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Therapy [Priv. Evans Mitchell]

Laith Gauthier el Jue Jun 13, 2019 6:41 am

Recuerdo del primer mensaje :

Habían pasado algunos meses desde la última conversación a finales de octubre, hasta que llegó diciembre. No podía mentir, pero en verdad era una situación complicada la de tener que atender a escondidas a una niña, y por eso es que necesitó tiempo para planificarlo todo a la medida. Era un planificador, y prefería que todo saliera sólo como debía suceder, en especial cuando algo le decía, más bien un presentimiento, que las cosas podían torcerse tan mal.

Obvió sitios de encuentro típicos, donde pudieran reconocerlo visualmente a él o a cualquiera de sus acompañantes, y apuntó más lejos. Había ido a un viejo anfiteatro ya casi olvidado y alejado de toda civilización, por supuesto. Ahí se habían celebrado todo tipo de conciertos, por lo que estar lejos de las casas era importante para impedir inconvenientes o molestias. Había llegado bien temprano y realizó hechizos para ocultar lo que estaba haciendo de ojos u oídos indiscretos.

Se sentó en una de las bancas, con los audífonos puestos, mientras miraba la estructura: sumida bajo el suelo, el escenario hasta el fondo, y un techo que cubría aproximadamente la mitad del anfiteatro. Despejó su mente, porque ahí dentro no debía haber nada que sesgara su juicio médico. Sabía que Evans no vendría con él, pero eso no significaba nada, tenía que ser un profesional por encima de todas las cosas.

Si alguien miraba desde fuera de la protección vería el anfiteatro y más nada. No a un sanador sentado con un cuaderno y una grabadora. Una vez cruzado el velo de protección, sin embargo, nomaj o mago serían capaces de ver todo el interior, como una burbuja que se protegía del exterior. O más bien, un espejo doble.

Estaba atento al exterior, sin embargo. Cuando viese a alguien venir, si correspondía con la descripción que había recibido, él saldría de la burbuja para salir a recibirles y apremiarles a entrar. Buscó una botella con agua dentro de una mochila que llevaba, donde mismo llevaba algunos tentempiés por si hacían falta.

Prometía ser una mañana interesante.
Laith Gauthier
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Laith Gauthier el Vie Oct 04, 2019 4:15 am

Es parte de la cura el deseo de ser curado —le contestó, — yo puedo saber qué tienes y exactamente qué necesitas para solucionarlo, pero si no pones de tu parte no puedo hacer nada —le explicó, a grandes rasgos, cuál era la mayor problemática de la medicina en todas sus formas. Todos querían soluciones, pero no todos querían ser curados.

Al hablar de la magia como un parásito, no estaba diciendo que fuera negativo, sólo una verdad demasiado incómoda para muchos magos. Y se sonrió, como si le divirtiese, cuando fue Evans el que dijo que no lo dijera como si ser mago fuera una enfermedad.

Me parece curioso que siempre te muestres tan seguro, y después te sientas agredido por oír que la magia es un parásito, que lo es, con la diferencia de que es inextirpable —le contestó. — Si tú quieres sentirte subnormal con mis palabras, no es mi responsabilidad, pero hay de hecho muchas entidades parasitarias que aportan al hospedador antes que perjudicarlo, sin que deje de ser lo que es; no es un don, no han sido tocados por una entidad divina, sólo su sangre está contagiada —y eso era la mayor problemática purista de la actualidad.

Sus palabras no tenían afán ofensivo: era una realidad aquí y en China, aunque los magos fueran tan obstinados que lo negaban y se atribuían méritos que no les correspondían sólo por tener esta entidad en el cuerpo. Porque por dentro eran carne, huesos, vísceras, sangre, tejido, nada más y nada menos.

Por otro lado, su responsabilidad para con él era el de familiar de paciente, explicándole y tranquilizándolo con el procedimiento. Laith no sentía responsabilidad analista con Evans. No era él su paciente, aunque lo analizase por hobbie, así que si se sentía incómodo o no con sus palabras era un tema que encontraba irrelevante. Cada vez confirmaba más, por ejemplo, que el muchacho era tan sólo seguridad aparente. Nadie suficientemente tenaz se siente tan agredido como para sentirse subnormal por unas palabras, y vaya que lo sabía él.

Entonces lo asaltó con una pregunta fuera de tópico, sobre su paternidad. Obviamente su situación hacía que los embarazos por accidente fuesen nulos, así que lo suyo tendría que ser una decisión premeditada que necesitaba mucho tiempo para confirmar que fuera una buena idea.

Laith enarcó una ceja cuando continuó hablando sin dejarlo contestar.

¿Entonces se supone que yo cuide de no decirle al “pobrecito Evans” que tiene un parásito en el cuerpo y de ahí viene su “súperespecial” magia, cuando el “pobrecito Evans” se mete con mi sexualidad? —su tono estaba sobrado en condescendencia exagerada, aunque no estaba realmente molesto. A diferencia de Evans, Laith sabía bien lo que era y lo que valía. — En todo caso, creo que les importa tres carajos mi sexualidad, están demasiado ocupados persiguiendo gente que no creen digna de su parásito como para pensar en quién se coge a quién —espetó, y eso sí le molestó, pero se esmeró en no demostrarlo.

La verdad era que el gobierno actual no estaba muy a favor de ninguna minoría. Les prometían a las criaturas mágicas protección y dignidad sólo para burlarse de ellas en sus caras, perseguían a todo el que no pensase como ellos, y realmente los grupos marginales no estaban dentro de su “mundo perfecto”, tampoco, aunque al menos no los mandaban a la horca o a la cárcel por norma. Igual, era un mundo difícil para vivir.

El ambiente se volvió a distender en cuanto Evans empezó a hablarle al perro, el que respondía al tono meloso antes que entender realmente qué estaba diciendo. Le hizo pensar en Mukki, y supuso que tenía una parte agradable tener una compañía que no necesitaba entender para estar.

Esto y los estudios van por mi cuenta —le dijo entonces, — pero ahorra para el medicamento, si lo necesita —ya que no había contemplado un pago hasta ese momento. — Mi idea es conseguir un diagnóstico y estabilizarle, mas luego de eso quiero transferirla con alguien que pueda darle la atención que necesita… quizá tenga que mudarse a algún lugar que no comparta ideas con el gobierno actual para que pueda atenderla un medimago.

Él no era el proceso, ni era el camino. Más bien sentía que era la flecha del camino que dice hacia dónde ir. No podía atenderla como debía estando a escondidas y con todas sus ocupaciones actuales encima; en algún momento tendría que seguir su tratamiento con alguien de cabecera.
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Evans Mitchell el Sáb Oct 05, 2019 5:49 am




—Todos mienten—Evans se sintió medianamente desconcertado con el comentario del Doc. El “si no pones de tu parte” sonaba hasta personal. ¿Es que se lo estaba echando en cara o algo? Que no, porque no era su paciente. En cualquier caso, se le hacía que el Doc estaba siendo un poco deshonesto—. Tiene que ser un coñazo llegar al problema. Hay un estudio y todo, ¿sabes?—añadió, refiriéndose a una encuesta de revista. Y aclaró, en el tono de un cientificista—: Una persona tiene un promedio de tres mentiras durante una conversación de diez minutos. Y es sólo una estimación. Pero entiendes el punto.

La actitud con que abordaba el diálogo era de suma confianza, como si “la humanidad es una mierda” fuera un tema que dominara por completo. Era un nerd sobre la bajeza de la humanidad.

>>Me imagino que si tu terapia es de ¿cuánto?, ¿cuarenta minutos? Bueno, ahí tienes un promedio de 120 mentiras por sesión. Por eso digo que es un coñazo. Es como si tuvieras que escarbar en la vida de tus pacientes. Ahora, si ellos quieren curarse o no—se encogió de hombros—… Bueno, ¿y qué pasa si te equivocas con un paciente? Además, ¿un problema no podría ser precisamente que no vieran la necesidad de curarse?

Cualquiera diría que era como buscarle la quinta pata al gato, cuestionar por el puro placer del conflicto, pero Evans tenía opiniones muy claras y una postura definida con la que le gustaba volcarse en el debate. No se esperó lo que sobrevino sobre la marcha: el golpe contra su persona, y parpadeó, genuinamente impresionado.

—¡Oye!—lo cortó—, ¡pero que ataque más gratuito!—Lo oyó hablar como quien abre los ojos ante los disparates, hasta que Laith llegó a mencionar “entidad divina” y Evans soltó un “¡Ah!” como si lo hubiera entendido todo. Todo, ¿qué? Era cosa de preguntarle—. Ya sé de qué va todo esto—expresó, seguro—. Tú eres el científico y eres tan racional y tienes todas las respuestas, ¿verdad que sí? Oye, ni siquiera estoy en desacuerdo contigo, yo sólo te he dicho que de verdad suena como si le dijeras a alguien que tiene una enfermedad. ¿Adivina qué? Yo no quiero que hablen de mi magia como si tuviera la lepra. Es una cuestión de sensibilidad, ¿sabes? Jodida sensibilidad. Ok, tú eres el doctor, el científico, pero relaja. No tienes que ser tan técnico. Y además, he leído revistas sobre magia genética y ellos no mencionaban nada de “parásitos”. Escúchate a ti mismo. ¿Te gustaría ir a una consulta con tu médico y que este te diga que tienes un problema porque tus “parásitos” están actuando como locos? Suena insensible. Suena asqueroso. No me digas que no tengo razón. Además, sólo te daba un consejo para tratar con personas de verdad, ¿sabes? Sí que lo sabes, “seres complejos y emocionales”, ¿te suena? No te preocupes—añadió, sarcástico—, no tienes que preocuparte por mis sentimientos.

Evans se expresaba de una manera inconveniente, con la emoción puesta en las inflexiones de la voz, pero estaba lejos de sentirse ofendido. Hablaba con calor y se aferraba a un tema porque así era su carácter, pero se relajaba tan pronto como pasaba el momento. Si Laith lo tomaba como una ofensa, era cosa suya. Sin embargo, Evans no podía dejar de tener en cuenta, que su Doc era, en cierto sentido, bien delicado.

Le resultó curioso que reaccionara mal a su comentario cuando sacó el tema “gay” a colación. No entendía ni cómo es que se lo había tomado mal. ¿Era gay o qué?, ¿cómo quería que lo llamara?, ¿¡dónde carajo estaba el problema!? Sí, definitivamente, era de lo plus sensible. Sin darse cuenta, llegados a ese punto Evans empezó a hablar en un rápido francés. Así había sido cuando estuvieron en el hospital, y Evans volvió a ello tironeado por la espontaneidad.  

—¿Quién se está metiendo con tu sexualidad?—Estalló en una sonrisa que era a la vez un interrogante. Abría las manos en un gesto, sin comprender—. ¡Sólo recordé que eras gay!, ¿y qué? ¿Es que ya no eres gay? ¿No se puede hablar de eso?, ¿por qué? Sabes, “meterse” significa literalmente tocarte las narices. Yo sólo remarco lo obvio. ¿Y cómo que no importa? No me digas que eres TAN CIEGO, que no te has dado cuenta. Aquí a veces se vive como si estuvieras en el puto medioevo. El otro día, unos tipos—Iba a relatar una escena de acoso en las calles, pero se interrumpió, por hallarla personalmente desagradable a un nivel inconfesable—…¡De eso es lo que estoy hablando! ¿De qué carajo crees tú que estoy hablando? ¡Estoy jodidamente bien con tu sexualidad! ¡No me estoy metiendo contigo! Pero joder, no sabía que ibas a ponerte a la defensiva con eso. Y no estés tan seguro—insistió, por último, con repentina seriedad—. Sí que pueden meterse contigo porque seas gay. Tú no sabes cuándo unos tipos pueden acercarse para romperte la cara—Resopló recostándose contra el extremo del sofá, y exclamó—: ¿Vivimos en el mismo jodido mundo o qué?, ¿en qué nube de caramelo tú vives?

Debía querer dar la impresión de que él era un viejo cascarrabias hablando con un adolescente imposible, menudo tupé. Al ir a parar Dager en los brazos de su dueño, éste se distrajo en ese mundo aparte en que suelen crear para sí los dueños con sus mascotas.

—Sí—Evans había bajado la voz, mostrándose ensimismado al respecto del tratamiento de su hermana. Mantenía gacha la mirada mientras le rascaba a Dager las orejas—. Sobre eso… Supongo que es lo mejor—Por un momento pareció que hablaba consigo mismo, pero entonces levantó la mirada—. No quería, ¿sabes? Que Aimee dejara el país. Pero no parece que las cosas vayan a cambiar por aquí muy pronto—sonrió tristemente—. Adonde vaya, yo no podré ir hasta que el gobierno cambie. Si cambia.

Suspiró.

—Estaba pensando en Suiza.



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Laith Gauthier el Mar Oct 08, 2019 5:30 am

Se sonrió entonces, como si se divirtiese de repente. Evans tenía la extraña manía de siempre querer contradecirlo, no parecía aceptar nada que dijera y siempre tenía una réplica, no importaba el tema en cuestión. Le escuchó con atención, entrelazando sus dedos en una expresión relajada.

¿Y ese estudio lo sacaste en una de esas notas que publican en las redes sociales? —le preguntó con un tono socarrón, — tienes que aprender a ser más crítico con tus lecturas —le dijo, evidentemente poniendo en duda su “dato científico”. — En cualquier caso, y suponiendo que tu estudio sea verídico —que no lo consideraba así, — de ahí viene el “es parte de la cura el deseo de ser curado”; si no quieren curarse no lo van a hacer por mucho que pongamos de nuestra parte como profesionistas; hay gente con un alto grado de autoengaño —le explicó. Al hablar su voz adoptaba un retintín curioso, como si le hablase a un niño. — Puedo equivocarme, soy humano, pero es altamente improbable si el paciente me ha dado toda la información que necesito.

La medicina como tal era más bien una ciencia que se basaba en la repetición. Había una sintomatología muy específica para ciertos males, y estos eran corroborados o descartados por estudios. El cuerpo humano no mentía, por mucho que los humanos se esforzasen en hacerlo como Evans señalaba.

Tuve un paciente —le dijo, circunspecto de repente, — tenía un desorden de identidad de integración corporal y tendencia a la apotemnofilia —le dijo, y explicó acto seguido: — sentía que su pierna no era suya y quería cortársela, aunque no hubiera una razón médica para hacerlo, basado en una experiencia traumática —no estaba mirando a Evans; miraba al suelo, recordando. — Fue derivado a psiquiatría, empezó a mejorar… Pero un día se amputó a sí mismo la pierna; la perdió, ya era inviable cuando volvió al hospital —frunció ligeramente el entrecejo, abordado por un recuerdo. — Él no quería ser curado; cuando uno no quiere, no existe nada ni nadie que se interponga.

Cuando abordaron el tema del parásito que era la magia, no se ahorró decirle que consideraba que su seguridad no era tan firme como él quería hacerla ver. Ni siquiera podía enfadarse, y no se mostraba de esa manera. Se necesitaban dos para discutir, y él no se prestaba a ello; en cambio, parecía un juego para él, las estocadas y esperar una explosión que luego podría contener, quizá por más lógica, quizá porque en medio de un debate perdía el que primero perdía los papeles.

Oh, ¿disculpa? ¿Estás en consulta con un médico? Perdóname, no me habré enterado que este era mi nuevo consultorio —dijo en primera instancia: insistía en que no debía ningún tipo de sensibilidad profesional, no con ese tema en particular. — Por favor, ¿ahora eres un ser altamente emocional y sensible? ¿Que no puede lidiar con un hecho de la vida? Nadie lo pone en esas palabras, pero en el fondo todos creemos que es así; es más fácil llamar a las cosas por su nombre —porque estaba en una distendida conversación informal; lógicamente cuidaría más “el nombre de las cosas” en una consulta real. — Y, para tu información, nada relacionado con la medicina es bonito del todo, ni siquiera la percepción de la magia.

¡Había que ver los nacimientos! Que, además, también eran una suerte de parásito que se alimentaba de su hospedador hasta ser capaz de sobrevivir en el exterior. Obviamente a ninguna pareja de futuros padres le gusta que un médico se exprese de su retoño como tal, pero su comportamiento era parasitario. Ahí donde los veían, creando vida, y algo que a Laith le parecía filosóficamente precioso… médicamente venía acompañado de sangre, de tejidos, de llantos y hasta excremento.

Pese a que se encontraban sentados en una sala de estar, su conversación parecía más una batalla a armas, donde las estocadas esperaban dar en un punto sensible. Laith se sentía con la particular ventaja de que no expresaba su enfado ni su resentimiento de ningún modo; ni siquiera existían, si era honesto. Lo que encontraba más gracioso, es que sentía que Evans proyectaba sus propios sentimientos en él, y veía en él sensibilidades y enfados que no existían.

Por supuesto, como es tan normal preguntarle a otro hombre si está embarazado, ¿seguro que no es que estás tan susceptible porque tienes la regla? ¿Los cambios hormonales te están afectando? —inquirió con un tono arrogante y una sonrisa que acompañaba sus palabras. Y no, no tenía nada contra las mujeres, sino contra los “Evans” que hablaban y no esperaban una respuesta. Sin embargo, le desapareció la sonrisa cuando habló de un caso real de homofobia, recargando su codo en su rodilla para inclinarse en su dirección. — Si alguien quiere venir para romperme la cara porque están tan interesados sobre dónde la meto, que vengan y lo intenten.

Sus palabras eran contundentes, serenas, pero serias. No es que fuera intocable o que pudiese con todo el mundo, pero llevaba más de veinticinco años lidiando con su homosexualidad y la mente cuadrada de la gente como para que viniese alguien a hacerle frente y esperase que se encoja del miedo y llore. La homofobia era un hecho, pero no era razón para jugar a la víctima; era todo lo contrario, el motivo para ponerse más firme. De lo contrario, ellos ganaban.

De regreso a la conversación sobre Aimee… Laith suspiró, poniéndose de pie y acercándose a una ventana. Miró a través unos segundos, sin ningún tipo de interés particular.

Tú lo viviste con tu madre —señaló, esta vez cautelosamente; un Laith completamente distinto al que seguía los debates tontos con Evans. — Una enfermedad mental requiere de un círculo de apoyo estable y firme; yo sé que ella tiene a Trudy, pero los dos sabemos que no confía plenamente en ella, me preocupa lo que pueda suceder si Trudy no se gana su confianza para cuando Aimee empiece la batalla consigo misma —expresó su mayor incomodidad al respecto. — Sé que puedo conseguirle un buen profesional dondequiera que vaya, pero no puedo conseguirle un círculo de apoyo; creo que ella va a necesitarte —le confesó.

Entendía que Evans estaba en una posición muy incómoda con el nuevo gobierno, pero al mismo tiempo su hermana iba a sentir el mundo temblar bajo sus pies cuando la medicación empezase a hacer efecto. Iba a sentir miedo, y ni siquiera su psiquiatra sería capaz de aplacar sus temores por completo.

Necesito que te hagas la idea de esto, de ver cómo comunicarte con ella, empieza a pensarlo desde hoy —se giró hacia él, mirándolo a los ojos. — O ayúdala a confiar en Trudy lo suficiente como para que ella baste —que era complicado, ¡nadie podía sentir nada sólo porque otro se lo pedía!
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Evans Mitchell el Miér Oct 16, 2019 9:16 am





—¿Y qué?—Se defendió. Lo habían pescado, pero eso no era lo importante, ¿sabes? Había un estudio sobre el tema, punto—. Imagino que alguien lo habrá verificado. Ponle que no, pero igual me lo creo. Suena cierto para mí. Sí, sí, eso. Supongamos que es cierto—Adoptó una postura de escucha muy convincente. El tema de lo que era una “correcta psicoterapia” le interesaba. Le resbalaba el tonito con que el Doc se dirigía a él. El que reía último, decían…—. ¿Ves? Eso sí que no me lo trago. Eres como un tipo un poco idealista, ¿no?

Un poco demasiado. En su opinión, arrojarle la culpa de una mala terapia al paciente era una forma que tenían los psicoterapeutas de desentenderse de la responsabilidad que ellos tenían en el asunto, o lo que era aún peor, no asumir que había algo erróneo con su método. Le parecía que la idea del Doc era sorprendentemente curiosa, porque eso sí que sonaba a…

Eso es autoengaño—
señaló.

El engaño que se hacía el Doc podía explicarse en dos partes. Primero, se hacía necesario darse cuenta que las personas no eran transparentes. Nadie lo era. Nadie decía toda la verdad, conscientes o no, de forma voluntaria o no. Y segundo, ni aunque juntaras todas las piezas podías garantizar que ibas a resolver el problema en la cabeza del paciente. La realidad es que exigía muchísimo tiempo y esfuerzo y decepciones llegar al fondo del asunto y sacar algo bueno de todo ello. Por eso era que, Evans estaba seguro, su Doc se equivocaba.

No todo el mundo era perfecto, qué se le iba a hacer.

—¿La apoqué?—
exclamó, enarcando una ceja interrogante—. Ah, ya. Que loco—Escuchó obedientemente hasta que la expresión se le quebró en el acto, impactado por el suceso. Que joder, era tu puta pierna. No te cortas tu propia pierna. La de otro, vaya y pase, ¿¡pero la de uno mismo!? La reacción escandalizada de Evans podía deberse al tinte a salvajada del relato, pero dentro suyo el ego se le rebelaba inquieto, como si el sólo hecho de atentar contra uno mismo de esa manera fuera lo que verdaderamente le causara repelús en toda esa historia—. ¿¡Pero qué me estás contando!? Oye, si crees que con esto me convences, ¿qué te has fumado? Escucha, tenías un paciente con un problema muy jodido, ¿y me dices que lo que le pasó fue su culpa? No estaba bien de la cabeza para tener ese impulso, desde ya. Pero escucha, esto es lo que estoy intentando decirte. Si el problema está en la cabeza, ¿hasta qué punto es ético (sí, ético, me escuchaste bien), señalar al sujeto como el que tiene la culpa? Sé que te vas a poner sensible conmigo—añadió, muy seguro de cada una de sus palabras y relajado a un tiempo—, pero decir “él no quería ser curado”, me suena a facilismo.

Con el tiempo era fácil darse cuenta, que Evans amaba las discusiones, la polémica, una buena dosis de dialéctica tirante y encendida. De la nada misma erigía una pirámide argumentativa, preparado para sofocar a quien quisiera oír (o no) todo lo que salía por su boca. Nunca parecía tomarse nada muy en serio, hasta que defendía un tema a muerte para olvidarlo o contradecirse al día siguiente. En ese caso en particular, hablaba lo que pensaba, sinceramente y sin tapujos. Puede que los dos se hubieran dejado arrastrar a aquel ida y vuelta sin darse cuenta del todo.

—¿Qué quieres decir…?—Arrugó el ceño, sin comprender a que se refería con que aquel era su consultorio, pero lo cazó al vuelo y resopló con una media sonrisa, negando con la cabeza al tiempo que apartaba la mirada. ¿Quería que sacara turno?—. Oy, SOY un ser… ¡Sí! Hola, soy una persona también. Me hieres, Doc —expresó, con fingido dolor—. ¡Ey! Esas son TUS palabras. Si tú quieres llamarte “parásito”, es cosa tuya. Llámate como quieras. Pero a mí no me agrada la idea de que me anden llamando “parásito”, ¿ok? ¡Ese definitivamente NO es mi nombre!—Su último comentario atrajo su curiosidad. ¿Que no todo era bonito…?—¿Qué es lo que quieres decir?

El Doc se había tomado tan personal lo del embarazo, que le hizo gracia.

—Oye, pero hombre—Evans rió—. Sólo te pregunte si nunca te había pasado dejar embarazada a una chica. Es una expresión, sólo relájate—Tomó el último sorbo de su taza de té. Se distrajo un momento, y añadió—: ¿Quieres más café…? ¡WOW!, ¡ey!—exclamó, saltando en una reacción repentina. No se lo esperaba— No hablemos de meter cosas, ¿ok? Y, ¿te das cuenta? Ahora mismo, estás actuando tan gallito. Vas a hacer que te maten. Y me preocupo, ¿ok?—Había una pizca de socarronería en su voz—Pero ok, ok, no me meteré contigo. No quiero que me pegues. Hombre, cuánta violencia.

Luego de que el Doc lo tuviera entretenido por un buen rato, volvieron al tema de Aimee. Casi se lo había olvidado, como le gustaba olvidarse de todo lo que le provocaba un insufrible estrés. Pero a diferencia de antes, se sentía más abierto a hablar sobre el tema. Más enérgico, más contento incluso. Se sentía mucho más cómodo que al principio. Sin embargo, arrugó la boca en una mueca momentánea al oír la mención a su madre. Esos sí que eran malos recuerdos, muchas vivencias compartidas que hubiera preferido no tener, especialmente de cuando era niño.

No respondió, sino que sopesó las palabras de Laith en el silencio de su cabeza, ensimismado. Era imposible para él estar para Aimee dadas las circunstancias. A menos que Voldemort se apurara y muriera de una vez. Dager, recostado en su regazo, toqueteaba su mano con el hocico, pidiendo que lo consintieran.

—Sigo esperando que esto—Evans levanto un dedo y lo giró en el aire, indicando con la amplitud del gesto que se refería a “toda la mierda en la que Londres estaba metida hasta el fondo con Voldemort en el poder”—acabe pronto… Al principio, creí… O no sé qué creí. Todo pasó muy rápido. Pero no parece que el gobierno vaya a cambiar de la noche a la mañana. Y estoy, digamos, “atado” en Londres a menos que eso cambie. Bueno, no exactamente, pero… Si me acerco a Aimee sólo la pondré en peligro.

Sonrió con resignación.

Dager se removió inquieto, y ladró.


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Laith Gauthier el Sáb Oct 19, 2019 4:03 am

Universitario y sanador, que se miraban distintos, no se daban cuenta de cuán parecidos eran. Compartían, por ejemplo, que sentían que tenían la razón en todo lo que tenían, y que el otro era sólo palabrería. Tenían razón y estaban equivocados al mismo tiempo: ninguno de los dos era perfecto y, en una situación tan informal, se descubrían subjetivos en sus opiniones que defendían desde su prisma.

Si un paciente quiere ser curado, es menos propenso a mentirme porque sabe que voy a tardar más en diagnosticarlo; sí, yo necesito hacer mis estudios y aplicar mis conocimientos, pero no leo mentes ni soy adivino —dos habilidades mágicas de las que él carecía en gran medida. — Supongamos que yo a este paciente le receto un “equis” medicamento, ¿yo tengo la culpa de que el paciente no se medique con algo que yo le he dado? ¿O que no haga un ejercicio que yo le he recomendado? La gente tiene que aprender a tomar responsabilidad de sus actos —fue su respuesta.

Era muy fácil culpar a los demás, pero no ver lo que uno mismo hacía o dejaba de hacer. Evans hablaba desde el punto de vista de un paciente con un médico negligente; Laith lo hacía desde el de un médico con un paciente irresponsable.

Por supuesto, la experiencia de Laith se refería más allá de la medicina mental. De su parte, veía en Evans a un paciente irresponsable; había que verlo y reconocerlo, ¿yendo al médico sólo cuando es obligado? ¿Automedicándose? Y después, culparía al sanador en cuestión de no mejorar por algo que se provocó a sí mismo. Si bien las enfermedades mentales muchas veces estaban condicionadas químicamente y no eran irresponsabilidad de un paciente, éste mismo o la persona encargada tenían el mismo cargo de culpa de no llevar un debido control.

A los ojos del sanador, el ladrón creía que todos eran de su condición. Le daba la impresión de que Evans no era precisamente el tipo de persona que reconocía sus errores.

¿Fue su médico que le cortó la pierna? —le preguntó retóricamente a Evans; — ¿También fue quien le dijo “no te tomes el medicamento” o “deja de venir a terapia” cuando estaba mejorando? Todos tienen límites, y el límite de un profesionista de la salud está cuando pasa la responsabilidad al paciente o sus allegados; hacemos revisiones, tenemos seguimientos, pero no podemos llamar todo el día a todos nuestros pacientes asegurándonos que no se corten extremidades —claramente era un caso inusual, pero el sentido se entendía.

La medicina y los servicios de salud no eran perfectos, pero era lo que había. Los pacientes, “realistas” como Evans los señalaba, debían saber que no llegaban y esperaban por magia –que no la de la varita- esperando que en cuestión de días los profesionistas les arreglaran. Que no es que fueran ordenadores para pasarles el antivirus o formatearles y todo estaría bien.

Vaya, pensé que eras alguien “altamente realista”, pesimista, sobre todo —se sonrió al oír que se defendía por ser una persona muy sensible y que le hería escuchar que tenía un parásito. — Lo gracioso es que —dijo, haciendo una pausa, — yo no te llamé “parásito”, dije que tenías uno, ¿es tu complejo hablando?

Sintió que daba una estocada al decir eso.

Me refiero a que muchas veces la medicina tiene que ver con heridos, sangre, dolores, malestares, problemas en general; si bien tiene que ver con sentirse mejor… el proceso no es agradable, no por norma.

Laith enarcó una ceja, escéptico, cuando lo escuchó defenderse, tergiversando sus propias palabras.

Sabemos que no fue eso lo que quisiste decir —le dijo, sin ánimo de enzarzarse en una discusión sobre eso, sólo diciéndole que dejase de hacerse el idiota. — No te queda ir de víctima —porque de alguna manera siempre intentaba ponerse en ese papel, como el único agredido, y así había sido toda la conversación.

Suponía que tenía suerte de no ser los que se enganchaban fácilmente a los enfados. Cuando le entraba el modo, Evans se volvía un tanto insufrible; al menos el sanador lo tomaba con filosofía.

Después de toda una conversación que no tenía nada que ver con el tema principal y ni siquiera era importante, puestos a descartar, volvieron a caer al asunto que había hecho que Laith estuviese ahí, que hacía que gastase horas de su tiempo libre en altruismo.

Si se lo preguntaban: Evans no pensó el peso de sus actos hasta que cayeron encima de él. Sin embargo, fue profesional y eso se lo guardó, porque no era el momento ni el tema para hablar de eso.

No, parece que va para largo —le dijo, — sé de… maneras, de sacarles del país y todo eso… Eso implica muchos riesgos y yo no puedo asegurar que estén a salvo —avisó, con el único propósito de hacerlo saber que no lo estaba aconsejando de seguir sus palabras. — Dado el caso… me gustaría que nos ayudases a tratar de hacer esto lo más colina abajo posible, de la forma en que creas que puedes ayudar —le explicó. — Si definitivamente no puedes hacer nada, descartaré eso y trabajaré con lo disponible.

No quería hacer menos a Trudy, pero era obvio que no era el foco de la confianza de Aimee. Era peligroso en el sentido de que ella, por mucho que lo quisiera, no podría entender del todo el mundo mágico, viéndolo desde fuera, y también, desde el sentido psiquiátrico, no era precisamente un buen núcleo de apoyo por no tener lazos de confianza establecidos. Sería más errático, sería más difícil, sin embargo, no era imposible.

Su mayor preocupación siempre era la niña, y su deseo era tratar de apartar la mayor cantidad de trabas a las que pudiese enfrentarse en su proceso.
Laith Gauthier
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