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The time of the reckoning [Ayax&Lohran]

Lohran Martins el Miér Jun 26, 2019 3:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The time of the reckoning [Ayax&Lohran] - Página 8 NCWTG9T
Jueves 20 de junio, 2019 ||  Edificio abandonado, Londres || 20:03 horas || Atuendo

Habían pasado cerca de dos horas desde que ambos, mortífago y fugitivo, llegaran a aquel destartalado lugar dejado de la mano de Dios. Se trataba de una antigua vivienda londinense que llevaba abandonada tanto tiempo que ni los fantasmas vivían en ella. ¿Para qué? Hacía tiempo que no había allí vivos a los que incordiar.

Fonollosa permanecía inmóvil, cabizbajo, atado a la silla, su rostro maltratado por los golpes de Lohran. En algún punto del interrogatorio, el brasileño le había golpeado demasiado fuerte y le había partido la nariz, de la cual brotaba un hilillo de sangre. También brotaba sangre de la comisura de sus labios.

Con todo y con esas, el mortífago no se había roto: había permanecido en silencio, sin mostrar ni un ápice de duda. No iba a confesar.

—Confieso que me gustaría que fueses un poco más parlanchín, Fonollosa.—Dijo Lohran, rompiendo el silencio en busca de algún tipo de reacción por parte del individuo.

No la hubo. Meric permaneció en la misma posición. Casi parecía que su cuerpo estuviera allí, pero su mente no. Su mente, quizás, estaría muy lejos.

Lohran había dejado de golpearle unos diez minutos antes, cuando había llegado a la conclusión de que de nada le iba a servir: aquel hombre no respondía a la tortura física, y muy probablemente estaba dispuesto a morir antes que confesar.

No obstante…

—¿De verdad merece la pena guardar silencio?—Lohran, que hasta entonces había permanecido sentado en otra de las sillas del lugar, frente a la de Fonollosa, se puso en pie y caminó un par de pasos en su dirección.—La pregunta que te he hecho es muy sencilla: Prue Martins. ¿Qué hicísteis con ella?

Silencio, una vez más. Lohran comenzó a sentirse frustrado, y tal y cómo se sentía bien podría haberle asestado un nuevo puñetazo. Se habría despellejado los nudillos, y con suerte habría podido romperle algún hueso al mortífago, ¿pero de qué le habría servido exactamente? Como mucho, pagaría sus frustraciones, y Fonollosa seguiría guardando silencio. La tortura física no funcionaba con aquel hombre.

Suspiró, negando con la cabeza, y se retiró. Caminó algunos pasos alrededor de la estancia, con aire pensativo, decidiendo si debía o no jugar aquella carta tan rastrera de la que disponía.

Después, pensó en su hermana… y pese a lo mucho que fuera aquello en contra de sus principios, decidió que daba igual: hacía ya mucho tiempo que Lohran había tocado fondo, que había vendido su alma.

—Sé dónde vives.—Sentenció, y guardó silencio, dejando que aquellas palabras calaran en Fonollosa. Y lo hicieron: nada más escucharlas, el mortífago dio un respingo, como si repentinamente hubiera regresado de un lugar lejano.—Sé que tienes familia. Mujer y dos hijos, ¿verdad?

—Ellos no tienen nada que ver en esto...—Dijo Fonollosa, rompiendo por fin su silencio, después de que Lohran lograra apresarlo.

—Aún no.—Coincidió Lohran.—Pero si sigues negándote a responder lo que te he preguntado, puedes estar seguro de que voy a hacer que tengan mucho que ver en esto. No estás ahí para protegerlos, así que puedo llamar a unos amigos y pedirles que los traigan aquí. ¿Te gustaría eso?

Por cómo se puso a temblar repentinamente, Fonollosa no disfrutaría en lo más mínimo la presencia de su familia en aquel lugar. Lohran no estaba precisamente orgulloso de aquello, pero si servía para recuperar a su hermana, estaba dispuesto a lo que fuera.

—No puedo decirte...—Lo intentó una vez más, pero Lohran le cortó.

—Pero sí que puedes. Porque si no lo haces, tus dos hijos y tu mujer van a sufrir las consecuencias de tu silencio. Y ni siquiera necesito hacerles daño: ¿Cómo te sentirías si te separo de tus hijos para siempre?

—¡Está bien!—Fonollosa alzó la voz, la desesperación marcada en su rostro.—Haz lo que quieras conmigo, pero a ellos no los metas en esto.

—Está bien. Pero para eso, tienes que empezar a hablar. ¿Qué habéis hecho con Prue Martins?—Lohran sonaba incluso razonable.

—Está en el Área-M.—Lohran ya se temía aquello, y sintió que algo dentro de él se despedazaba: no era lo mismo tener una sospecha que una confirmación. Y teniendo en cuenta lo que sucedía con los radicales cuando eran interrogados, cabía suponer que Prue… ya no fuese ella misma.—Es el nuevo juguete de Ayax Edevane...

—Cuéntame todo lo que sepas de ese Ayax Edevane.—Lohran apretaba la mandíbula, reprimiendo la ira, y tratando de no imaginarse lo que en aquellos momentos podía estar sucediendo con su hermana.

Fonollosa habló largo y tendido, ofreciéndole todos los detalles que conocía. Lohran no se sentía orgulloso por la manera en que había obtenido aquella información, pero solía decirse que todo valía en la guerra. Y sí, quizás su hermana como tal ya estuviera perdida, pero… eso sería algo que solucionaría una vez la tuviera de vuelta.

***

Lohran había hecho aquello solo, sabiendo lo que sucedería en caso de tener que rendir cuentas a su grupo: Fonollosa solo podría salir de aquello de una manera, y sinceramente, el brasileño no quería que un cadáver pudiera delatar al pelirrojo, cuyo nombre ahora conocía.

Sin embargo, pidió ayuda a alguien para deshacerse de Fonollosa, y cuando hubo terminado con él, uno de sus compañeros acudió al edificio abandonado con una furgoneta destartalada, que nada tenía que ver con las que se utilizaban de manera oficial en el grupo fugitivo.

Su compañero no hizo muchas preguntas, pues Lohran y él tenían una amistad que venía desde la universidad, y simplemente siguió sus instrucciones: los llevó a él y a Fonollosa al hospital muggle más cercano, y una vez allí, Lohran lo arrojó delante mismo de las puertas de urgencias. Se marcharon a toda prisa, dejando allí al mortífago, que no recordaría los hechos ocurridos esa noche.

Una vez la furgoneta se hubo alejado lo suficiente del hospital, Lohran ocupó el asiento del acompañante. Su rostro era serio y concentrado. Su compañero le preguntó qué debían hacer, y Lohran no dudó en responder.

—Tienes que cambiarle la matrícula a la furgoneta. Y el color. Seguro que pronto la policía muggle estará buscándola.—Le aconsejó.—Pero antes, necesito que hagas una parada.

Y le dio todos los detalles: Lohran quería hacer una visita a Ayax Edevane. Una visita que debía haberse dado hacía mucho tiempo.


Última edición por Lohran Martins el Miér Jul 03, 2019 2:38 pm, editado 1 vez
Lohran Martins
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Lohran Martins el Lun Mar 23, 2020 3:27 pm

Finalmente, frente a frente con el último de los responsables de la muerte de su hermana, el brasileño sintió temblar su mano. Hizo todo lo humanamente posible por esconder esto, y mirada se mantuvo firme sobre él. La varita siguió apuntándole, casi como un dedo acusador.

Que el pelirrojo, una vez más, iba a intentar defenderse por lo que había hecho, Lohran ya lo esperaba. Tampoco es que fuera a culparlo por pretender conservar su vida, pues no había nada más humano que el instinto de supervivencia.

«Él y su mentora privaron a mi hermana del suyo», pensó, furioso. «Y no les importó nada convertirla en un arma.»

Mantener el control en aquella situación, estaba descubriendo, iba a resultarle muy difícil. También descubrió que, igual que Aurore Brennan antes que él, poco o nada podía decir Edevane para salvar su miserable pellejo. La decisión ya estaba tomada, y solo tenía que dejarse llevar por la rabia.

Entonces… ¿por qué era tan difícil, simplemente, conjurar el maleficio que le pondría fin a todo aquello?

—Enhorabuena por el ascenso —escupió con asco y parte de sarcasmo—. Estoy seguro de que entra en tus planes hacerle lo mismo que a mi hermana a muchas otras hermanas.

Y, hablando precisamente de hermanas, Lohran Martins recordó el tiempo que Angelica Edevane había pasado bajo su cautiverio, y cómo ésta, después de ser liberada, había ayudado a su familia a recuperar a Prue. O lo que al menos todos creían, en aquel momento, que sería Prue.

Usarlo como defensa, cosa que Edevane hizo a continuación, no era ni remotamente suficiente para aplacar la ira del brasileño; si acaso, era como tratar de apagar fuego con gasolina.

—Tú no me devolviste a mi hermana y lo sabes. Me entregaste a tu amiga Níobe. —Dio un paso brusco adelante, haciendo aspavientos con la varita, a fin de que el pelirrojo no se relajase en ningún momento—. Tú y Brennan la creasteis en vuestro laboratorio y la utilizasteis como arma. De mi hermana ya no quedaba nada cuando murió. Tú, en cambio, sí recibiste a la tuya, sana y salva.

Lohran podría haber terminado aquello de inmediato, pero no sólo necesitaba acabar con la vida de Ayax Edevane. También necesitaba que comprendiese lo que había hecho, y sacarse del pecho toda la angustia que sentía. Había vivido un calvario durante más de un año, sabiendo que su hermana estaba cautiva, sin recuerdos, sufriendo a saber qué. ¿Y qué ocurría cuando la liberaban?

Que no existía un final feliz. Eso ocurría.

—De rodillas —ordenó, señalando al suelo con la varita, para luego volver a apuntarle a la cara—. Te prometí que no haría daño a tu familia. Bien, pues deseo cumplido: vas a morir aquí mismo, de rodillas, como el cobarde que eres.

Ya estaba decidido. Aquello iba a terminar allí, en aquel mismo callejón. No se sentía como algo justo, ni como algo noble, pero… ¿qué más daba ya? Un hombre tenía que hacer lo que debía, especialmente por su familia. Después de aquello, todo daría lo mismo.
Lohran Martins
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Ayax Edevane el Jue Mar 26, 2020 9:42 pm

Obviamente no iba a hacer lo mismo con “otras muchas hermanas”, pero Ayax no estaba en situación de responder nada soez o irónico, ni mucho menos responder a algo que no esperaba una respuesta. Lohran Martins estaba muy enfadado y no lo sabía precisamente por sus estudios en psicología. Cuando uno se sentía así de intimidado, sin apenas ser tocado por el otro, era porque tenía miedo y el pelirrojo no es de sentir miedo gratuitamente si el motivo no lo merece de verdad. Veía perfectamente capaz de Martins de conjurar una maldición asesina ―siendo benevolente― y acabar con su vida ahí mismo y eso es lo que ahora mismo lo hacía obediente y lo hacía estar aterrorizado.

Quizás sus decisiones y su vida no eran las mejores, pero evidentemente no quería morir. A decir verdad, el pelirrojo consideraba que había empezado a vivir hacía pocos años.

―Tú me exigiste sacar a tu hermana en el Área-M ―le respondió sin poder evitarla― y yo te di lo que quedaba de ella. ¿Acaso hubieras renunciado a ella si te llego a decir lo que era?

Cuando mencionó a Angelica, tampoco pudo callarse.

―Y te estoy agradecido por ello… ―dijo, casi notando como se le cortaba la garganta.

¿Sinceramente? Sentía que a cada palabra que decía se estaba ganando a pulso un puñetazo que podía venir en cualquier momento y, pese a esperárselo, no verlo venir. Y sabía que desde que aquel hombre le dañase, como le dañó en aquel momento, no tendría la fuerza para salir de allí. Que no es que ahora tuviera muchas esperanzas, pero al menos podía hablar y estaba en “pleno uso de sus facultades físicas y mentales” que, bajo presión, no es que fueran demasiadas.

Cuando ordenó que se pusiera de rodillas, Ayax obedeció casi automáticamente, pero de manera lenta e insegura. Sin embargo, cuando le dijo que iba a morir ahí, ahora mismo, no se arrodilló, sino que volvió a usar sus rodillas para ponerse en pie.

―¡No, espera! ―¿Qué iba a decir?―. No me mates, no quier… ―Teniendo en cuenta la situación, no quería decir que “no quería morir” porque sabía que le iba a decir: “PRUE TAMPOCO QUERÍA MORIR” y seguramente le enfadase más―. Por favor.

¿Y ahora qué hacía? ¿Huía? ¿Intentaba razonar con él o…? Empezó a retroceder lentamente con los pies, poniendo las manos frente a Lohran como intentando frenarlo.

―De verdad, no me mates, por favor. No puedo darte ahora mismo una razón, pero no me mates. Matar está mal, no deberías, de verdad que…

El pelirrojo, indudablemente, era incapaz de dar una razón útil, básicamente porque no existía. Era perfectamente normal que Lohran estuviera enfadado con él y quisiera venganza: si bien a lo mejor puede llegar a creerse que no fue Ayax quien hizo toda la manipulación mental, sí que fue él quién capturó a Níobe y la metió en prisión. Así que… fuera como fuera, tenía su culpa.

Entonces Angelica Edevane, que no había encontrado el libro que estaba buscando y cayó en que estaba llegando tarde a la quedada con su hermano, salió de la librería en dirección al Caldero Chorreante. Fue al girar una de las esquinas cuando se encontró con aquello. Lo primero que vio fue la cabellera pelirroja de su hermano, gritando cosas sin sentido. Cuando vio un poco más allá, vio el rostro conocido del que había sido su secuestrador.

Sintió miedo, pero no por él en sí, sino por esa varita. Ella no era ajena a lo que había ocurrido hace poco con la compañera de Ayax, así que no le hizo falta ninguna explicación de lo ocurrido. Se dio cuenta de que Lohran la había visto, así que ni se replanteó sacar la varita porque la tenía en el bolso y, obviamente, no le iba a dejar. Así que hizo lo único que pudo.

―¡Eh, no, no! ―Dio unas zancadas hacia adelante, llevando una mano de “paciencia” y freno en dirección a Lohran. No se metió en medio de los dos pues, aunque en aquella situación le hubiera liberado, no tenía la certeza de que en ese momento no hubiera ido con las ideas claras de matar a Ayax o, en su defecto, a una de sus hermanas―. No… no lo hagas. Baja la varita, por favor.

Angelica tenía mucho que decir, pero en ese momento la impresión del momento le había dejado sin palabras. Necesitaba serenarse. Ayax, por su parte, se quedó callado.
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Lohran Martins el Jue Mar 26, 2020 11:58 pm

Sencillamente, no había una sola palabra que brotara de la boca de aquel muchacho pelirrojo que pudiera aplacar su ira. Cada vez que lo escuchaba decir algo, lo que fuese, se intensificaba esa necesidad de darle un puñetazo, de molerlo a palos allí mismo hasta que no quedase más que una pulpa sanguinolenta sobre los adoquines del Callejón. Y es que todo le sonaba a excusa, a burdo intento de desviar una culpa que claramente había sido suya.

Dio un paso adelante, amenazante, cuando le hizo aquella pregunta.

—¡Tu experimento de mierda ha costado tres vidas, imbécil! —Le espetó, la mano de la varita temblando intensamente—. Pero ¿qué son las vidas de tres fugitivos para ti, verdad? Para ti y para los tuyos no somos más que escoria, escoria con la que podéis hacer lo que queráis...

Que estuviera agradecido con él por liberar a Angelica Edevane, francamente, le importaba una mierda. El agradecimiento de aquel monstruo era tan necesario en su vida como el hecho de tener que esconderse, cada día, para sobrevivir: él y los suyos podían meterse ambas cosas por donde les cupiesen.

Así que le ordenó ponerse de rodillas, con toda la intención de terminar aquello de una vez por todas. No sabía cuánto tiempo le quedaba antes de que alguien reparase en la situación que tenía lugar allí, en pleno epicentro del comercio mágico en Inglaterra.

Y entonces…

«¿Súplicas a estas alturas?», pensó, contrariado. «¿De verdad me sale ahora con esas?»

Lo escuchó en silencio, sin moverse ni siquiera cuando se puso en pie y empezó a retroceder. ¿Qué iba a hacer, exactamente? Un movimiento de varita y estaría muerto. De hecho, el brasileño, que había batallado demasiado contra sí mismo para decidirse, se disponía a hacerlo. Un poco más y…

«¿Qué hace ella aquí?», se preguntó en el momento en que vio acercarse a la pelirroja y embarazada hermana mayor de Ayax Edevane.

No la apuntó con su varita, sino que mantuvo ésta sobre su hermano. Sólo desvió la mirada en dirección a la mujer, quien por algún motivo le había ayudado a recuperar a Prue una vez liberada. ¿Había sido así, acaso? Después de todo, el recuperarla había supuesto un calvario casi peor que si se hubiese quedado encerrada.

Como la curiosidad es una fuerza poderosa, Lohran necesitó satisfacer la suya allí mismo, a pesar de que el tiempo corría.

—¿Tú lo sabías? —preguntó con un tono de voz mucho más suave que el empleado con Ayax—. ¿Sabías lo que este monstruo le hizo a mi hermana? ¿En qué la convirtió? ¿Todos los días y las noches que pasó moldeándola, hasta transformarla en un arma contra los que antes eran sus amigos?

Sabía que Angelica Edevane no le debía nada, y mucho menos después de haber sido su rehén, pero igualmente, creía que era mejor persona que Ayax. Y sintió una profunda decepción al verla allí, defendiendo a un monstruo.

Claro que, por otro lado, era su hermano.

—¿Por qué debería perdonarle la vida después de que ha convertido a mi hermana en un arma para matarme a mí y a todos mis compañeros? —Miró entonces a Ayax, dibujando una sonrisa irónica en sus labios. Sus ojos se habían humedecido, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba parcialmente rota por un inminente llanto—. Buen trabajo, por cierto: murió creyendo que la habías abandonado, totalmente leal a ti...

Sin embargo, algo debía reconocer: cada vez le resultaba más difícil llevar a cabo lo que tenía en mente. No se atrevía, simplemente, a quitarse de en medio a Angelica y acabar con la vida de su hermano. Cada paso en el camino parecía más y más difícil.
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