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The time of the reckoning [Ayax&Lohran]

Lohran Martins el Miér Jun 26, 2019 3:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The time of the reckoning [Ayax&Lohran] - Página 4 NCWTG9T
Jueves 20 de junio, 2019 ||  Edificio abandonado, Londres || 20:03 horas || Atuendo

Habían pasado cerca de dos horas desde que ambos, mortífago y fugitivo, llegaran a aquel destartalado lugar dejado de la mano de Dios. Se trataba de una antigua vivienda londinense que llevaba abandonada tanto tiempo que ni los fantasmas vivían en ella. ¿Para qué? Hacía tiempo que no había allí vivos a los que incordiar.

Fonollosa permanecía inmóvil, cabizbajo, atado a la silla, su rostro maltratado por los golpes de Lohran. En algún punto del interrogatorio, el brasileño le había golpeado demasiado fuerte y le había partido la nariz, de la cual brotaba un hilillo de sangre. También brotaba sangre de la comisura de sus labios.

Con todo y con esas, el mortífago no se había roto: había permanecido en silencio, sin mostrar ni un ápice de duda. No iba a confesar.

—Confieso que me gustaría que fueses un poco más parlanchín, Fonollosa.—Dijo Lohran, rompiendo el silencio en busca de algún tipo de reacción por parte del individuo.

No la hubo. Meric permaneció en la misma posición. Casi parecía que su cuerpo estuviera allí, pero su mente no. Su mente, quizás, estaría muy lejos.

Lohran había dejado de golpearle unos diez minutos antes, cuando había llegado a la conclusión de que de nada le iba a servir: aquel hombre no respondía a la tortura física, y muy probablemente estaba dispuesto a morir antes que confesar.

No obstante…

—¿De verdad merece la pena guardar silencio?—Lohran, que hasta entonces había permanecido sentado en otra de las sillas del lugar, frente a la de Fonollosa, se puso en pie y caminó un par de pasos en su dirección.—La pregunta que te he hecho es muy sencilla: Prue Martins. ¿Qué hicísteis con ella?

Silencio, una vez más. Lohran comenzó a sentirse frustrado, y tal y cómo se sentía bien podría haberle asestado un nuevo puñetazo. Se habría despellejado los nudillos, y con suerte habría podido romperle algún hueso al mortífago, ¿pero de qué le habría servido exactamente? Como mucho, pagaría sus frustraciones, y Fonollosa seguiría guardando silencio. La tortura física no funcionaba con aquel hombre.

Suspiró, negando con la cabeza, y se retiró. Caminó algunos pasos alrededor de la estancia, con aire pensativo, decidiendo si debía o no jugar aquella carta tan rastrera de la que disponía.

Después, pensó en su hermana… y pese a lo mucho que fuera aquello en contra de sus principios, decidió que daba igual: hacía ya mucho tiempo que Lohran había tocado fondo, que había vendido su alma.

—Sé dónde vives.—Sentenció, y guardó silencio, dejando que aquellas palabras calaran en Fonollosa. Y lo hicieron: nada más escucharlas, el mortífago dio un respingo, como si repentinamente hubiera regresado de un lugar lejano.—Sé que tienes familia. Mujer y dos hijos, ¿verdad?

—Ellos no tienen nada que ver en esto...—Dijo Fonollosa, rompiendo por fin su silencio, después de que Lohran lograra apresarlo.

—Aún no.—Coincidió Lohran.—Pero si sigues negándote a responder lo que te he preguntado, puedes estar seguro de que voy a hacer que tengan mucho que ver en esto. No estás ahí para protegerlos, así que puedo llamar a unos amigos y pedirles que los traigan aquí. ¿Te gustaría eso?

Por cómo se puso a temblar repentinamente, Fonollosa no disfrutaría en lo más mínimo la presencia de su familia en aquel lugar. Lohran no estaba precisamente orgulloso de aquello, pero si servía para recuperar a su hermana, estaba dispuesto a lo que fuera.

—No puedo decirte...—Lo intentó una vez más, pero Lohran le cortó.

—Pero sí que puedes. Porque si no lo haces, tus dos hijos y tu mujer van a sufrir las consecuencias de tu silencio. Y ni siquiera necesito hacerles daño: ¿Cómo te sentirías si te separo de tus hijos para siempre?

—¡Está bien!—Fonollosa alzó la voz, la desesperación marcada en su rostro.—Haz lo que quieras conmigo, pero a ellos no los metas en esto.

—Está bien. Pero para eso, tienes que empezar a hablar. ¿Qué habéis hecho con Prue Martins?—Lohran sonaba incluso razonable.

—Está en el Área-M.—Lohran ya se temía aquello, y sintió que algo dentro de él se despedazaba: no era lo mismo tener una sospecha que una confirmación. Y teniendo en cuenta lo que sucedía con los radicales cuando eran interrogados, cabía suponer que Prue… ya no fuese ella misma.—Es el nuevo juguete de Ayax Edevane...

—Cuéntame todo lo que sepas de ese Ayax Edevane.—Lohran apretaba la mandíbula, reprimiendo la ira, y tratando de no imaginarse lo que en aquellos momentos podía estar sucediendo con su hermana.

Fonollosa habló largo y tendido, ofreciéndole todos los detalles que conocía. Lohran no se sentía orgulloso por la manera en que había obtenido aquella información, pero solía decirse que todo valía en la guerra. Y sí, quizás su hermana como tal ya estuviera perdida, pero… eso sería algo que solucionaría una vez la tuviera de vuelta.

***

Lohran había hecho aquello solo, sabiendo lo que sucedería en caso de tener que rendir cuentas a su grupo: Fonollosa solo podría salir de aquello de una manera, y sinceramente, el brasileño no quería que un cadáver pudiera delatar al pelirrojo, cuyo nombre ahora conocía.

Sin embargo, pidió ayuda a alguien para deshacerse de Fonollosa, y cuando hubo terminado con él, uno de sus compañeros acudió al edificio abandonado con una furgoneta destartalada, que nada tenía que ver con las que se utilizaban de manera oficial en el grupo fugitivo.

Su compañero no hizo muchas preguntas, pues Lohran y él tenían una amistad que venía desde la universidad, y simplemente siguió sus instrucciones: los llevó a él y a Fonollosa al hospital muggle más cercano, y una vez allí, Lohran lo arrojó delante mismo de las puertas de urgencias. Se marcharon a toda prisa, dejando allí al mortífago, que no recordaría los hechos ocurridos esa noche.

Una vez la furgoneta se hubo alejado lo suficiente del hospital, Lohran ocupó el asiento del acompañante. Su rostro era serio y concentrado. Su compañero le preguntó qué debían hacer, y Lohran no dudó en responder.

—Tienes que cambiarle la matrícula a la furgoneta. Y el color. Seguro que pronto la policía muggle estará buscándola.—Le aconsejó.—Pero antes, necesito que hagas una parada.

Y le dio todos los detalles: Lohran quería hacer una visita a Ayax Edevane. Una visita que debía haberse dado hacía mucho tiempo.


Última edición por Lohran Martins el Miér Jul 03, 2019 2:38 pm, editado 1 vez
Lohran Martins
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Lohran Martins el Vie Sep 27, 2019 3:39 pm

Alden iba a ser un problema.

Lohran, cruzado de brazos en el umbral de la puerta de la nueva ubicación de la prisionera—lo que debía haber sido en otro tiempo una oficina, a juzgar por el escaso mobiliario polvoriento que quedaba allí—, miraba en dirección a una de las pasarelas metálicas del piso superior, pensando en lo sucedido hacía apenas unos minutos. Su preocupación era más que evidente, a juzgar por la manera en que los dedos de su mano izquierda martilleaban sobre su brazo derecho.

¿Podía confiar en que Rutherford no volviese a intentar algo parecido? No estaba seguro.

Cuando Luciana regresó de buscar el bolso de Angelica—había tenido que convencer a Lohran para que le permitiese tenerlo, no sin antes asegurarse de que no guardaba nada mínimamente peligroso—, la más joven de los hermanos enseguida informó al mayor de que la bruja tenía hambre, y había accedido a comer.

—Le pediré a Oliver que vaya a por comida —dijo en voz baja Lohran. Oliver era el tercer fugitivo que Angelica había visto en la ambulancia—. Si mando a Alden, es capaz de pisotearla y escupir en ella.

Lucy enseguida negó con la cabeza.

—Iré yo —se ofreció, también susurrando. Lohran enseguida frunció el ceño y se dispuso a responder; le detuvo con un gesto de la mano—. Si Alden causa problemas y sólo quedamos tú y yo, la cosa podría torcerse...

Lohran se hacía cargo de lo que su hermana quería decir: Oliver, mucho menos agresivo que Alden, seguramente trataría de mediar en aquello. Y en caso de que hubiese un enfrentamiento, Lohran lo tendría mucho más sencillo con Oliver a su lado. Sin embargo…

—Si alguien te reconoce...

—Sólo tengo intención de comprar algo de comer. No voy a ir por ahí bailando la conga y gritando a los cuatro vientos que soy una fugitiva. —Un asomo de sonrisa sarcástica asomó a los labios de su hermana—. Tendré cuidado —añadió, con un poco más de seriedad.

Lohran, aún cruzado de brazos, no estaba del todo convencido, pero no tuvo mucho tiempo de rechistar: Angelica Edevane, comprensiblemente preocupada por su propia seguridad, les interrumpió. Tanto el brasileño como su hermana miraron a la pelirroja, y fue Lucy la primera en responder a sus preguntas.

—Tranquila: uno de nosotros, o los dos, nos quedaremos por aquí —explicó la joven mientras pasaba a través del umbral para entregarle a la prisionera su bolso—. Toma. Te he traído tu bolso.

—¿Te… sentirías más tranquila si nos quedamos contigo? —preguntó Lohran, quien por lo visto se había convertido en el menor de los problemas de Angelica Edevane gracias a la maravillosa intervención de Alden.

El hecho de que la prisionera pidiese a sus captores que permanecieran a su lado para protegerla decía mucho de ella: no pretendía huir, sólo quería que aquello terminase de la mejor manera posible y, a poder ser, sin sufrir daños. Lohran no sabía si podría garantizarle nada de eso. Lo intentaría, por supuesto, pero en caso de que Ayax no cumpliese con su parte… algo tendría que hacer.

Luciana empezaba a postularse como un impedimento para esa parte del plan: la joven bruja mestiza se sentó junto a Angelica en el borde del pequeño camastro que habían colocado allí para ella, y le puso una mano en el hombro con gran delicadeza. Con una voz extremadamente suave y calmada, le preguntó:

—¿Qué te apetece para comer? Puedo ir a buscar lo que quieras, aunque te agradecería que no me pidas nada raro: no me voy a patear medio Londres, o Londres entero, buscando algún tipo de comida rara.

Luciana bromeaba, y Lohran lo sabía. Sin embargo, su ofrecimiento era sincero. No sabía si aquello le gustaba o no. ¿Tenía que empezar a pensar que su propia hermana iba a resultar un problema en sus planes? Porque simpatizar con un prisionero, por norma general, siempre terminaba mal.
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Ayax Edevane el Jue Oct 03, 2019 4:01 am

¿Se sentiría Angelica realmente más segura si Lohran Martins se quedaba con ella por la noche? Fíjate que si bien no le inspiraba confianza, al menos le habían demostrado hasta ahora que no tenían intención de hacerle daño y que el hecho de estar allí era, sencillamente, para presionar a Ayax. Además, la aparición de Alden Rutherford y su agresividad no solo contra sus iguales, sino contra ella también, había superado con creces el miedo que podría tenerle a los Martins. Evidentemente prefería quedarse con Luciana, pero algo le decía que de quedarse alguno de ellos, sería el hombre el que se presentase voluntario, sobre todo porque se notaba la preocupación latente por su hermana.

Así que frente a la pregunta de Lohran y sujetando su bolso en su regazo, asintió varias veces.

―Gracias ―le dijo primero a Luciana, para luego mirar a su hermano: ―No será un secreto a estas alturas que tengo miedo aunque me hayáis prometido no hacerme nada, pero él no me ha prometido nada. ―Confesó, refiriéndose con ‘él’ a su compañero.

Ella tenía ahora mismo miedo hasta de la vida. Se sentía tan fuera de su zona de confort, sin controlar absolutamente nada, que cualquier amenaza, por pequeña que fuera, le parecía una amenaza de lo más peligrosa. Ahora mismo, si bien la muerte era la opción más plausible a corto plazo, temía que pudieran hacerle cualquier tipo de daño, más por el bebé que tenía en su barriga que por sí misma. Dudaba que tuviese mucha tolerancia al dolor y no quería comprobarlo.

Aunque sonase estúpido, en ese momento priorizaba una vida que ni había visto a la suya propia, era muy, muy raro. No sabría cómo estaría en esta situación de no estar embarazada, pero esperaba no descubrirlo nunca igualmente.

Frente a la pregunta de Luciana, hasta Angie se molestó en esbozar una sonrisa. La muchacha se mostraba cercana y aunque se sentía raro un secuestrador así, no iba a negar que al menos la hacía sentir un poco más segura.

―En serio, me da igual ―le confesó sin querer meterla en ningún lío por hacerla ir al supermercado. ―Bueno… tengo antojo de McDonalds. Si voy a morir dentro de un par de días si la cosa sale mal, qué menos qué comer ese placer culposo que me prohíbo normalmente. ―Y se rió de los nervios, usando el típico humor negro que usaría su hermano en una situación así y que ella siempre criticaba. Encima había utilizado la palabra ‘antojo’, sin saber cuánto cierto era en ese momento. ―Lo siento.

No era su intención dar pena, aunque en su interior pensase que podría funcionar. La verdad es que sintiéndose víctima no se sentía cómoda, así que sobre la marcha intentó añadir algo para apartar ese comentario.

―Hay miles de McDonalds en Londres, literalmente uno en cada esquina. Quizás te resulte menos complicado que ir a un supermercado. Yo tengo dinero. ―Señaló su propio bolso. ―Bueno, creo, no sé que me habéis quitado o qué habéis dejado... No sé cómo vivís normalmente con eso de estar siendo buscados por la ley, así que podéis coger lo que queráis... ―¡Qué difícil era comunicarse con ellos! Ella era una burguesa con la vida solucionada y... ¡míralos a ellos! La verdad es que Angie ahora mismo no sabía ni qué decir o qué hacer y sentía que los nervios le estaban traicionando.

Que si la iban a matar lo mismo el dinero como que era poco importante.

Pese a que estaba ‘más relajada’ porque Luciana le había inspirado confianza, se la seguía notando muy nerviosa, como si aquel no fuese lugar para ella. Además, no hacía falta ser un experto en psicología para darse cuenta de que Angelica no quería dar problemas, ni tenía intención de enfrentarse a sus captores.
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Lohran Martins el Jue Oct 03, 2019 4:13 pm

Asumir el papel de “poli bueno”, por así decirlo, no hacía que Lohran se sintiese cómodo en lo más mínimo. Teniendo en cuenta lo que posiblemente se viese obligado a hacer al término del plazo que había dado a Ayax Edevane para cumplir con sus exigencias, no quería complicarse más las cosas: sabía que si se abría con Angelica Edevane, aunque fuese un poco, no sería capaz. ¡Joder, no sabía si sería capaz de ninguna manera!

Sin embargo, la situación exigía que actuase de manera conciliadora, que pusiera paz en aquella situación: Alden, si bien eficiente, era peligroso, y quería mantener a Edevane viva, por lo menos, durante los siguientes dos días.

La observó en silencio cuando le dedicó un agradecimiento, y tampoco dijo nada respecto al miedo que tenía. Una mejor persona, quizás, la habría calmado, pero Lohran decidió callar. Tampoco sabía qué decir exactamente: «¡Eh, no te preocupes! Todo irá bien, al menos hasta dentro de sesenta horas. Entonces, posiblemente, te cortemos la cabeza».

No sonaba nada convincente.

La presencia de su hermana, en cambio, sí parecía ejercer una influencia positiva en la rehén. Una parte de Lohran se alegraba de ello, sabiendo que pese a todo lo vivido, su hermana pequeña seguía ahí; otra parte, por otro lado, creía que aquello era de lo más inapropiado, y rabiaba por abrir la boca para decir algo al respecto. También entonces optó por cerrar el pico.

—McDonalds, pues —dijo Luciana con un asentimiento de cabeza, para luego fruncir el ceño—. ¿Alguna pista sobre lo que quieres comer? Porque la carta de McDonalds, si es que se le puede llamar así, ha de tener como cien cosas distintas. —A la joven de origen brasileño se le escapó una pequeña risa, refrescante y divertida—. Que yo sepa, el dinero sigue ahí —dijo Luciana, mirando entonces a Lohran—, ¿verdad?

Lohran, parco en palabras, asintió con la cabeza sin más. Lucy devolvió la atención a Angelica.

—Paga Lohran. —Lo señaló con un movimiento de cabeza—. ¡Qué menos!

El brasileño tampoco dijo nada, pero las miró mientras aclaraban los pormenores del pedido. Un par de minutos después, Luciana se levantó y caminó hacia él, extendiendo la mano con la palma hacia arriba.

—Afloja la pasta —le dijo, con una media sonrisa.

Lohran se llevó las manos a los bolsillos y comenzó a rebuscar. No nadaba en la abundancia, precisamente, pero su búsqueda arrojó resultados: cerca de veinte libras en forma de dos billetes arrugados de diez y cinco, una moneda de dos, otra de uno, y varios peniques. Depositó todo eso en la mano de Luciana.

—Esto no me gusta —le dijo en voz baja, mirándola a los ojos.

—¿Y crees que a mí me gusta? —respondió ella, en el mismo tono de voz—. Ya me gustaría a mí que no tuviéramos que pasar por esto para recuperar a...

—No me refiero a eso —interrumpió Lohran—. Es una prisionera. No deberías simpatizar con ella.

—Tío, es un ser humano —argumentó Luciana, y enseguida comenzó a alejarse en dirección a la salida.

Lohran caminó tras ella, siguiéndola más o menos hasta la mitad la zona que antaño ocupaba la cadena de montaje de aquella fábrica, y la detuvo poniendo una mano en su hombro. Su hermana se volvió y le miró, exasperada.

—¿Y ahora qué? —bufó, haciendo rodar los ojos.

—No quiero que te olvides de lo que tiene que pasar aquí si Edevane no libera a Prue, Luciana —dijo Lohran—. Si al término del plazo, nuestra hermana sigue en ese puto agujero...

—Ya, ya sé: te la cargas —respondió ella, casi con reproche—. ¿Es necesario?

La pregunta, si bien se esperaba que en algún momento saliese a relucir, pilló a Lohran por sorpresa. Tanto, que no fue capaz de responder. Su hermana debió ver esto como lo que era, un momento de duda e inseguridad, y aprovechó para seguir por esa vía.

—Si al final ese Ayax no consigue sacar a Prue de allí, porque lo que le has pedido es muy jodido y lo sabes, ¿de qué va a servir matarla a ella? —Lucy dio un paso hacia él, señalando en dirección al lugar en que Angelica seguía retenida—. Ella no te ha hecho nada, y cargártela no va a servirte para nada.

—Ese hijo de puta tiene que pagar... —La voz de Lohran sonaba débil.

—¿Venganza, tío? ¿Eso es lo importante aquí? —preguntó Lucy, incrédula—. ¿Cargarte a Angelica va a servir de algo? ¿Nos devolverá a Prue mágicamente?

Para ser una cría de apenas diecisiete años, Luciana hablaba con cierta sabiduría. Decir que era como los demás chicos y chicas de su edad, seguramente, sería injusto: había vivido cosas que no tendría porqué haber vivido, y seguramente se había visto obligada a madurar antes de tiempo. Ya no era esa sociable estudiante de Hogwarts de la casa Hufflepuff, cuyas preocupaciones eran los deberes y el curso escolar, además de algún chico que le hiciese tilín. No: era una adulta, y comprendía la situación.

Sin embargo, Lohran sabía que no comprendía lo más esencial:

—Si Edevane no cumple con sus exigencias, y al mismo tiempo dejo ir a su hermana con vida, ninguna otra cosa con la que le amenace de aquí en adelante servirá de nada —explicó, con paciencia—. No me tomará en serio. Si ella muere, en cambio, sabrá que cualquier otro miembro de su familia puede ser el siguiente.

Así lo veía, aunque en el fondo sabía que no estaba preparado para cumplir la amenaza. Quizás pudiera forzarse a hacerlo, a acabar con la vida de aquella mujer con un simple hechizo, pero no sabía lo que eso le haría a su conciencia. Cargaría con ello el resto de su vida.

—Mira, es igual, ¿vale? —dijo Luciana, que no sabía realmente qué decir ante aquello—. Voy a buscarle algo de comer. ¿Puedes, por lo menos, vigilar a ese animal de Rutherford mientras no estoy?

Lohran asintió. Eso sí podía hacerlo. A fin de cuentas, perder a Angelica Edevane por un arrebato de Alden era tan malo como dejarla ir si al final su hermano no cumplía con sus exigencias.
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Ayax Edevane el Vie Oct 04, 2019 1:56 am

Mientras Lohran y Luciana parecían discutir quién pagaba entre otras cosas, terminaron yéndose de allí, dejándola sola en lo que sería la habitación en donde estaría retenida siempre que no tuviera que ir al baño. Angie se había quedado sentada en la camilla, con el bolso en su regazo mientras pensaba en lo complicada y extraña que era la situación. Nunca había pensado sentir tantas emociones contradictorias en tan poco tiempo y en un secuestro así.

En ese momento pensó en qué estaría haciendo su marido, su familia y Ayax… y le hubiera encantado saber si la cosa iba bien o, si por el contrario, aquello iba a ser caída libre hacia su estrepitoso final.

Abrió entonces su bolso, en el cual había montón de cosas además de simplemente unos libros, pero sacó uno de esos libros, con intención de despejarse.

Evidentemente no funcionó.


Tres horas después

Se había comido un menú del McDonalds que Luciana le había llevado y ahora mismo descansaba sentada sobre una silla al lado de la camilla, mientras tenía el libro apoyado sobre el colchón y leía. Había conseguido, después de tres horas, empezar el primer tema pues su mente, después de la comida, se había relajado. Lohran y Luciana no estaban por ninguna parte, pero todo parecía seguro, protegido por un sepulcral silencio que…

Se escuchó entonces el patear de una pequeña piedra y Angelica miró hacia donde provino, viendo aparecer a Alden a través de la puerta principal de esa habitación. En ese momento le llegan a preguntar que qué estaba leyendo y seguro que no era capaz de responderte. Sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda y no pudo apartar la mirada de él, como si el mero pestañear pudiera ser muy peligroso. Tampoco dijo nada, pues le daba miedo.

Miró a ambos lados, por si Lohran o Luciana estaban cercas.

―No sé en dónde están los hermanos, pero no están aquí ―dijo el tipo, cuyas manos estaban en los bolsillos y caminaba hacia ella con un gesto pasivo, que evidenciaba pasotismo. ―Solo estamos tú y yo… Pero no me tengas miedo: no me dejan hacerte daño.

Entonces el hombre se paró al ver la bolsa del McDonalds, bufando.

―Te debes sentir como en casa: con dos sirvientes que parecen hacer todo lo necesario para que estés a gusto… Supongo que son tan blandos que quieren que tu vida de burguesa no sea tan miserable días antes de tu muerte...

Se acercó entonces a un paso de ella, cogiendo con confianza el bolso de la chica y abriéndolo para ver el interior. Empezó a sacar cosas: primero un paquete de kleenex, luego lo que parecía maquillaje, luego una pequeña agenda que ojeó por encima, un estuche… Todo lo fue tirando al suelo cada vez que lo sacaba, hasta que sacó un sobre.

Fue a abrirlo, pero Angelica se tensó y habló:

―¿Qué es… lo que quieres? ―preguntó, temerosa.

―¿De ti? Nada. ―Despreció su pregunta. ―Lo cierto es que me molesta la actitud de los Martins y no comprendo su benevolencia contigo. Si fueras mi secuestrada y la hermana del hombre que me ha arrebatado a la mía, te aseguro que ahora mismo estarías en un estado muy diferente… Aunque ese tipo me devolviese a mi hermana, me encargaría de recordarle de por vida que yo también pude hacerle daño a la suya. ―Intentó abrir de nuevo el sobre, pero Angie volvió a decir algo.

―Pero yo no he hecho nada.

―¿Perdona? ¿Qué no has hecho nada? ―Se encaró hacia ella, poniendo sendas manos sobre los posabrazos de la silla. ―¿No eres una burguesa de la familia Edevane? ¿Te crees que la gente no conoce tu asqueroso apellido, pelirroja? ¿No has hecho nada contra nosotros, pero has hecho algo por nosotros? No, claro que no. Sigues viviendo tu vida acomodada junto a una familia que nos hunde en la miseria, pero te escudas en que no has hecho nada porque vives junto a tu puto marido, ajena a toda esta guerra, haciendo oídos sordos y cerrando los ojos cada vez que ves una injusticia. ―La miró con desdén de arriba a abajo, asqueado. ―Eres tan asquerosa como el resto, no me vengas con tus aires de inocencia. ―[/color]Golpeó el posabrazos de la silla, a lo que Angie cerró los ojos fuertemente.

Entonces Alden se giró, abriendo el dichoso sobre. En el interior pudo encontrar, nada más ni nada menos, que una fotografía que se movía de una ecografía que se había hecho hace una semana y que iba a ser el ‘regalo’ para sus padres cuando dijese en la fiesta de Ayax que estaba embarazada. Apenas se veía nada claro pues sólo estaba de tres meses, pero claramente se entendía lo que significaba.

Alden se rió, girándose de nuevo para mirar a Angelica, que lo miraba cabizbaja, sin querer decir nada.

―¿Me lo podrías haber puesto más fácil, Edevane? ¿Qué crees que le duela más a tu hermano, que su hermana muera o que su hermana lo odie por haber perdido dolorosamente a su bebé por su culpa? ―Y puso un mohín fingidamente triste, guardando de nuevo la foto en el sobre. ―Tú te vas a venir conmigo. ―Dejó el sobre sobre la camilla y se apresuró en ir a por ella.

Eso sí, Angelica no se quedó quieta, sino que intentó ponerse en pie para defenderse.
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Lohran Martins el Sáb Oct 05, 2019 1:38 am

Después de aquella conversación con su hermana, y de que Luciana se marchase a buscar la comida para Angelica Edevane, Lohran había optado por dar un paseo y estirar las piernas. Aquella situación prometía ir para largo, y por ahora, no había habido comunicación por parte del pelirrojo.

Había pasado un buen rato en el exterior, pensando, mientras Luciana acompañaba a la rehén en su hora de la comida. No sabía de qué hablaban, y realmente no le interesaba, pero al cabo de un rato su hermana había salido, encontrándole nuevamente sentado en los oxidados escalones de entrada. La breve conversación que habían mantenido era demasiado repetitiva como para incidir en ella: Lohran había pedido a la menor de su familia que anduviese con ojo, dadas las confianzas que le estaba dando a Angelica.

Después de eso, Luciana se había marchado a dar un paseo por los alrededores para despejarse la mente, y Lohran la dejó marchar. Él permaneció allí un tiempo indeterminado, pensando tanto en sus cosas como en la situación, y cuando se cansó, simplemente volvió a entrar. Fue entonces cuando se encontró la escena que temía encontrarse.

—¡Eh, Alden! —exclamó Lohran, caminando a paso acelerado en dirección al cuarto en que retenían a Angelica Edevane—. ¿Qué cojones haces ahí? ¡Sal de una puta vez!

Lohran no había sido testigo de la conversación entre fugitivo y prisionera, y lo único que sabía era que su compañero tenía algo en la mano. En un principio, no se fijó en lo que era, pues tenía todas sus atenciones puestas en Rutherford.

Éste se volvió en su dirección. En su rostro, una mezcla extraña entre deleite, humor y cólera, combinación que le hacía parecer un lunático. Al ver llegar a Lohran, además, rió exactamente igual que un maníaco, o quizás como una hiena, con los ojos muy abiertos. A Lohran no le gustaba nada aquella expresión.

—¡Te ha tocado el puto premio gordo, compañero! —exclamó Alden, dándole una palmada en el pecho a Lohran. Al hacerlo, depositó algo allí que el fugitivo sujetó antes de que cayese al suelo—. Parece ser que la zorra ha estado siendo traviesa.

Lohran no comprendía a qué se refería, pero lo hizo en cuanto echó un vistazo a lo que le había entregado: una ecografía en movimiento, mostrando lo que claramente era un feto.

—¿Y qué quieres que haga con esto? —Lohran agitó la imagen animada en su mano, como si no fuese nada relevante—. ¿Que le regale una sillita de bebé o algo por el estilo?

Rutherford rió a carcajadas, para luego caminar en su dirección y ponerle una mano en el hombro. Seguía con esos desorbitados ojos de maníaco.

—¿Te lo tengo que explicar todo? ¡Démosle una paliza! —exclamó, señalando con el pulgar en dirección a Angelica—. No ha de ser muy jodido provocarle un aborto a hostias, ¿no? Estoy seguro de que Ayax Edevane no estará muy contento cuando descubra que ha perdido a su sobrino.

Lohran se quedó con la mirada fija sobre el rostro de Alden, sus facciones crispadas con la rabia contenida. Sentía asco, además de un profundo deseo de arrearle un puñetazo allí mismo, sin pensarlo. Sabía que se habría sentido muy bien de hacerlo, pues la sugerencia que acababa de hacer era de una bajeza total. ¿Qué clase de monstruo sugería algo así?

Se contuvo, y en lugar de obsequiar a Rutherford con un puñetazo, lo apartó de sí mismo de un empujón. Él retrocedió dos pasos, y por unos instantes la incredulidad se adueñó de su expresión facial; enseguida fue sustituida, una vez más, por la rabia.

—¡¿Qué cojones crees que haces?!

—Tienes suerte de que no te parta la cara aquí mismo, Rutherford —dijo Lohran, dando un paso hacia él; su compañero no se achantó.

—Eres un puto flojo de mierda —dijo Alden en tono susurrante, devolviendo a Lohran el empujón—. Tú y Seward sois muy amigos, pero al menos él tiene cojones. Tuvo cojones suficientes para cargarse a esa zorra de Lestrange, no como tú.

Lohran no cayó en su provocación. Se limitó a quedarse mirándolo, el puño en que no sostenía la ecografía firmemente cerrado. Guardó silencio, al tiempo que en su cabeza se visualizaba destripando a aquel cabronazo.

—Deberíamos estar aprovechando el tiempo con ella. No la vamos a tener eternamente. —Un destello que Lohran no supo interpretar apareció en los ojos de Alden, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral—En lugar de eso, la tratas como a una reina. Si yo estuviera al mando, esta hija de puta se iba a enterar.

—Pero no estás al mando —dijo Lohran, manteniendo la posición—. Así que, apártate de mi camino, vete a buscar un puto agujero por ahí y métete dentro.

—Ella tiene un par de ellos —susurró Alden con una sonrisa maliciosa.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Si algo no iba a tolerar era aquella conducta y aquellas insinuaciones. Y lo demostró lanzando un rápido puñetazo a la cara de Alden. Fue tal el golpe que el fugitivo retrocedió un par de pasos, y enseguida comenzó a sangrar por el labio inferior.

Con una mezcla de incredulidad y rabia, Alden le miró; pronto, la incredulidad desapareció y sólo quedó la rabia. Entonces fue cuando el fugitivo lo placó con toda su fuerza, enviándolo al suelo. Se colocó a horcajadas sobre él y, sin darle tiempo a reaccionar, le arreó un puñetazo en la cara. Fue un golpe tremendo, y por poco encaja otro cuando Alden alzaba el brazo para repetirlo. Por suerte, fue capaz de parar su puño con el antebrazo.

Lohran enseguida respondió, arreando un segundo puñetazo a la cara del fugitivo. Acto seguido lo empujó con una patada, quitándoselo de encima. Sin darle tiempo a responder, se arrojó contra él, placándolo a su vez contra el suelo, solo que Alden no le dio tiempo a golpearlo.

En lugar de eso, ambos comenzaron a forcejear y rodar por el suelo, propinándose un golpe tras otro, ante la mirada atónita de Angelica Edevane. La ecografía de la discordia cayó al suelo, liberada de la mano de Lohran.
Lohran Martins
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Ayax Edevane el Mar Oct 08, 2019 4:12 am

Apunto estuvo de suplicarle a Alden que por favor, no le hiciera daño, que haría cualquier cosa que quisiera pero que no hiciera nada en contra de su bebé. Tenía miedo de sufrir el dolor de perder el bebé, pero más miedo tenía de saber como terminaría si salía de allí con vida habiendo perdido a su hijo por pura agresión física. Sin embargo, después de lo que había escuchado en la conversación entre Lohran y Alden, hasta por un momento temió el haberle dado la facilidad de hacer lo que le pidiera con tal de que no le hiciera daño: ¿ese degenerado qué hubiera sido capaz de pedirle? ¿Qué hubiera sido capaz de hacerle si Lohran no llega a aparecer…?

Ahí en donde lo veías, estaba teniendo una especie de Síndrome de Estocolmo, dejando de lado el hecho de enamorarse, ¿pero cómo narices iba a ver a su secuestrador principal como el bueno de la situación y en quién respaldarse de necesitar ayuda? Parecía surrealista: ¿estarían jugando con su mente para que creyese que realmente Lohran era una persona…

Pero después de ver los golpes que empezaron a meterse, cargados de rabia y puro odio, Edevane supo a ciencia cierta que allí no había manipulación y que entre ellos realmente había una clara discrepancia de opiniones que había terminado por resolverse a golpes.

Angelica, que había terminado refugiándose detrás de su camilla y su silla, no supo que hacer cuando vio caer a ambos fugitivos al suelo, forcejeando para ganar la batalla. Tuvo miedo: ¿y si ganaba Alden qué pasaría con ella? Quizás era un poco egoísta pensar en ella cuando aquellos se estaban matando pero… ¿qué narices iba a hacer? ¡Quería salir de allí y no podía preocuparse de Lohran, él la había metido en todo esto! Sin embargo, se preocupó de manera indirecta: si él era el ganador, él cuidaría de ella. Él no le había hecho nada ni había sugerido en ningún momento la posibilidad.

¿Pero realmente era cauto meterse allí en medio de aquella pelea?

¡Piensa rápido, maldita sea! ―Se obligó a sí misma.

Al final, optó por lo único que se le ocurrió: no podía huir, no tenía varita ni sabía en donde estaba. Desde que desapareciese por la puerta iban a dejar de pelear e ir a por ella, por lo que no era una opción inteligente. Así que cogió el libro que estaba leyendo―lo más pesado que había encontrado sobre la camilla―y se acercó hacia allí, esperando hasta que Alden quedó encima de Lohran tras el forcejeo. Desde que pudo golpeó su cabeza con el libro.

Ni de lejos lo tumbó, pero al menos lo hizo caer hacia un lado.

―¡Hija de put…! ―Pero Lohran le ganó en ese momento, quedando por encima de él.

Angelica retrocedió de nuevo, sin saber qué hacer. ¿Y si…?

Optó por una opción peligrosa pero que quizás funcionaba. Estaría muy a favor de que aquella contienda la ganase Martins, pero no quería quedarse para vislumbrar un resultado diferente, por lo que decidió hacer una cosa: huir. O fingir que huía, más bien. Iba a salir corriendo por la puerta, pero realmente no iba a huir―pues no sabía a donde carajos irse―, sino a intentar buscar a Luciana.
Ayax Edevane
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Lohran Martins el Miér Oct 09, 2019 2:52 am

Dada su situación actual, enzarzado en una sucia pelea con Alden Rutherford —quien se suponía su compañero, y quien por lo visto había decidido tomarse aquello de manera personal—, Lohran no tuvo demasiado tiempo para detenerse a pensar en lo que estaba sucediendo.

Más tarde se descubriría a sí mismo pensando, sintiéndose orgulloso de haberla emprendido a golpes con Rutherford. El único momento de luz en toda aquella situación de mierda.

Pero volviendo al presente, Lohran estaba demasiado ocupado propinando y recibiendo golpes. Llamar a aquello un combate sería demasiado generoso, pues ambos fugitivos, simplemente, se habían enzarzado como dos perros callejeros que luchan por un hueso. A veces, el brasileño recibía un puñetazo en la cara o un rodillazo en las costillas; otras veces, era él quien se los propinaba a Alden.

Lohran dejó de prestar atención a lo que le rodeaba, concentrándose únicamente en Rutherford… y descubriendo, para su desgracia, que su compañero, por lo menos, tenía la ventaja a nivel de masa muscular. Cada vez que le asestaba un puñetazo parecía que le golpeaba con una maza de hierro.

Y como no podía ser de otra manera, terminó bajo Alden, quien no tuvo reparo alguno en asestarle uno tras otro de esos mazazos de sus puños. Por suerte para el brasileño, sólo recibió dos de aquellos golpes antes de que, sorprendentemente, Angelica Edevane golpease a su agresor con un libro.

Su rehén le quitó de encima al fugitivo que antes la había estado amenazando, y si bien podría haberlo hecho por ese mismo motivo, si uno mataba al otro, ella salía ganando. Así que el brasileño, sorprendido, cruzó una mirada de un par de segundos con la pelirroja.

Segundos antes de que la mujer echase a correr.

En aquel momento, a pesar de que más adelante bien pudiera arrepentirse de ello, Lohran tomó una determinación: no iba a perseguir a Angelica, ni a permitir que Alden lo hiciese. Así que en cuanto el fugitivo, igual que un león hambriento, se levantó y se lanzó corriendo en persecución de la mujer, el brasileño lanzó su mano y le sujetó el tobillo izquierdo en plena carrera, de tal manera que lo hizo trastabillar y caer nuevamente de bruces al suelo.

Mientras tanto, Angelica Edevane siguió corriendo; Lohran hizo su mejor esfuerzo por incorporarse y tratar de agarrar a Alden.

—¡Gilipollas! —exclamó un frustrado Alden, que no dudó en lanzar un puntapié contra la cara de Lohran. El brasileño ya tenía varios moretones y sangraba tanto por la nariz como por una brecha en el labio inferior—. ¡Esa zorra se va a escapar!

«¡Pues que se escape!», pensó Lohran, al tiempo que se colocaba a horcajadas sobre Alden con intención de retenerlo en el lugar.

***

Gracias a la acción de Lohran Martins, Angelica Edevane fue capaz de llegar al exterior de la factoría sin que nadie se lo impidiese. Incluso asustada como estaba, en una situación que claramente la superaba, no tuvo demasiado problema para encontrar la salida: una de las hojas de la puerta doble permanecía abierta, pues nadie se había molestado en cerrarla.

Por su parte, Luciana Silva, que en ese momento regresaba de dar un pequeño paseo, no podía escuchar el sonido procedente del interior: llevaba puestos sus auriculares. En su walkman, que había encontrado tirado en la basura y reparado con ayuda de otros habitantes del refugio, sonaba una vieja cinta recopilatoria de clásicos del rock. Concretamente, y por irónico que pueda parecer, Bruce Springsteen cantaba Born to run a todo volumen en sus oídos.

Justamente, fue a cruzarse con una Angelica Edevane que huía desenfrenadamente del interior de la factoría.

Su primera reacción fue sacar la varita y apuntarla con ella, pero en el momento en que lo hizo, la mujer alzó ambas manos y, con una expresión de pánico en el rostro, dijo algo que la bruja no escuchó. Se llevó la mano libre a la oreja izquierda y se quitó uno de los auriculares.

—¿Qué has dicho? —preguntó, al tiempo que poco a poco dejaba caer el brazo en que sostenía la varita.
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Ayax Edevane el Jue Oct 10, 2019 3:40 am

Había dado con la salida y volver a notar el frescor de la brisa fría londinense le hizo pensar de que, quizás, sí que podría correr lo suficiente para volver a la civilización e irse de aquel lugar. Sin embargo, no le dio mucho tiempo de pensar una estrategia, o de realmente seguir al impulso de la supervivencia, pues tras girar una esquina vio a Luciana que rápidamente alzó la varita contra ella.

No estaba escapando―todavía―, ni mucho menos quería ir en contra de nadie. A excepción de Alden, claro, que se había merecido aquel golpe con el libro.

―¡Tu hermano y Alden está peleando en el interior! ―Pero entonces la muchacha se quitó el auricular, declarando que no había escuchado nada de lo que había dicho, así que con la respiración agitada y bastante nerviosa, repitió―: ¡Tu hermano y Alden! ¡Se están peleando dentro! ―Bajó las manos para poder señalar en dirección al interior de la fábrica.

Se dio cuenta de que eso podría sonar a farol, a la ‘falsa alarma’ necesaria para que Luciana corriese al interior y le dejase vía libre a Angelica para continuar corriendo colina abajo y como no quería ser motivo de desconfianza, ni mucho menos que Alden saliera vencedor de aquella contienda, le hizo una señal a Luciana para que la siguiera al interior.

Angelica corrió de vuelta por el mismo camino que había cogido para salir de allí, aunque no se acercó del todo a la puerta en donde ella estaba retenida, sino que se quedó parada y le señaló a Luciana. No hacía falta ver a través de las paredes: el ruido hablaba por sí solo. Golpes, empujones, quejas y forcejeos, además de algún que otro insulto de Alden hacia Lohran, así como múltiples deseos de que se fuera a la mierda o, en su defecto, que se muriese. De vez en cuando también sonaba algún que otro comentario despectivo sobre “la puta que se ha escapado” o sucedáneos.

La cara de Angie hablaba por sí sola: no quería entrar ni asomarse, pero tampoco tenía cara de querer irse a ningún lado. Realmente cuando salió y vio lo desolado que estaba todo se dio cuenta de que si decidía caminar sin rumbo fijo, iba a terminar perdida en algún lugar del bosque.

―¡Suéltame, puto imbécil! ―Le pedía Alden a Lohran, que intentaba protegerse con sus manos la cara llena de moratones y sangre. Tenía una herida profunda en la ceja, además de ese mismo ojo bastante hinchado―. ¡Vas a terminar matándome, gilipollas! ¿¡Me vas a matar por culpa de esa zorra!? ¿¡En serio, Martins!?

Alden, totalmente sin querer, en mitad de un forcejeo de pura supervivencia, le golpeó la entrepierna a Lohran. No se sentía orgulloso de eso, realmente, pero por lo menos el tipo que le había cogido la posición favorable en aquella pelea, le había dejado un momento de calma en donde poder tirarlo a un lado y librarse de sus golpes. Se intentó poner de pie, aunque trastabilló tanto por el mareo y el dolor que buscó la camilla para apoyarse. La camilla se movió―pues tenía ruedas y había sido un bruto―por lo que casi cae al suelo.

En ese momento Alden podría haber dicho: “paz, hermano” y dejar aquella contienda como una anécdota, pues realmente se sentía dolorido y derrotado, pero era tan orgulloso, tan cabrón y tan hijo de puta que, cuando vio que tuvo la oportunidad de ganar aquello, dejó toda hermandad a un lado. No podías contar con Alden para que fuese una buena persona o decidiese elegir la opción correcta o bondadosa.

Así que desde que tuvo la oportunidad, fue hacia Lohran para golpearlo ahora que estaba confiado. Iba con la intención de golpearlo con una patada.
Ayax Edevane
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Lohran Martins el Sáb Oct 12, 2019 3:28 am

En el momento en que las palabras de Angelica Edevane la alertaron de la situación, fue como si todo le llegase al mismo tiempo: repentinamente, escuchó los sonidos procedentes del interior, casi al mismo tiempo que la información la golpeaba en plena cara.

Sí, Alden hacía de las suyas otra vez. No cabía esperar otra cosa de un salvaje como él.

Sin siquiera pensárselo, varita en mano, la bruja se quitó el otro auricular de la oreja y siguió a Angelica en dirección al interior. Ambas irrumpieron casi al mismo tiempo en el área de producción de la factoría, a tiempo de contemplar el festival de testosterona que allí tenía lugar: Lohran sujetaba a Alden, y Alden forcejeaba con Lohran para intentar liberarse.

Estaba segura de que Alden se lo había buscado, pero también estaba segura de que Lohran había cometido un grave error a la hora de seleccionar a alguien tan violento como él para aquella misión. ¿Cómo se le ocurría? Rutherford parecía estar a un mal día de acabar encerrado en un hospital psiquiátrico de máxima seguridad.

Avanzando a toda prisa, Lucy levantó el brazo en que empuñaba la varita. Tuvo tiempo de ver cómo Alden golpeaba a su hermano y se lo quitaba de encima, pero luego volver a lanzarse sobre él como una hiena. Fue en ese preciso instante en que conjuró sobre él un Expulso no verbal.

Igual que un muñeco de trapo a escala real, Rutherford salió despedido y rodó por el polvoriento suelo.

—¡Zorra de mierda! —exclamó el fugitivo, frustrado, haciendo sus mejores intentos por ponerse en pie.

Lohran, que en aquellos momentos todavía mostraba un rostro desencajado por el dolor en sus partes nobles, hacía el mismo esfuerzo que Alden; sin embargo, el insulto a su hermana pequeña pareció otorgarle renovadas fuerzas, haciendo que se irguiese mucho más deprisa, dispuesto a presentar batalla.

—¡Insulta otra vez a mi hermana y te…!

—¡Y nada! —exclamó a voz en grito la mencionada hermana, conjurando un Impedimenta no verbal que detuvo en seco a Lohran—. ¡Cortad esta mierda, par de gilipollas! —les recriminó, sin hacer distinciones.

Luciana había estado en suficientes peleas entre dos miembros del sexo opuesto, dos hombres que inevitablemente tendían a creerse más hombres que el otro, y había comprendido que la mejor manera de detenerlas era… ridiculizar los motivos de éstas. Hacerles sentir como dos niños inmaduros que discutían por las razones más absurdas. Aquello solía golpear directamente en sobre su ego, lo que les llevaba de manera inevitable a comportarse con un poco más de madurez.

Aunque, quizás, aquello le daba igual a Alden.

—La próxima vez que tu puta hermana, Martins, se atreva a lanzarme un hechizo, le voy a partir esa cara de zorra que tiene. —La señalaba con un dedo acusador, como si hubiese cometido el mayor delito del mundo—. Y a ti te haré exactamente lo mismo, hijo de puta. —Esta vez, señaló a Lohran, quien lo fulminó con una mirada llena de ira reprimida.

—Si no quieres que esto termine muy mal, lárgate de aquí ahora mismo —advirtió Lohran, que apretaba los puños y la mandíbula.

Alden pareció meditar seriamente, durante algunos instantes, si responder o no a aquella provocación. Si lo hizo, la determinación que tomó fue el ignorarla, y aceptar el consejo de Lohran: con grandes zancadas, pasó primero junto a Lohran, desafiándolo una última vez con la mirada, y luego junto a Luciana, a la que dedicó una mirada de asco; la última junto a la que pasó fue Angelica, que seguía junto a la puerta.

Ambos hermanos se pusieron tensos, especialmente Luciana: la bruja no dejó de apuntar a Alden con la varita en ningún momento.

Por suerte, el mago debió saberse en inferioridad de condiciones, y simplemente optó por abandonar el edificio, dejando a Angelica en paz. Luciana por fin se permitió bajar la varita, y acto seguido se dobló por la cintura, apoyando ambas manos en las rodillas, y suspiró de alivio. Aquella tensión había estado a punto de matarla.

—¡Joder, vais a acabar conmigo! —exclamó la joven ex-Hufflepuff.

Lohran, cojeando un poco, caminó en dirección a Angelica Edevane. Su rostro seguía serio, y cualquiera pensaría que estaba a punto de emprenderla a golpes con la mujer, pero nada más lejos de su intención. Se detuvo frente a ella, su rostro magullado por los golpes de Alden, y miró a los ojos a la hermana de Ayax Edevane.

—¿Por qué no has aprovechado para marcharte? —le preguntó, con toda sinceridad. Por un breve momento, uno del que se había sentido especialmente orgulloso, había deseado que huyese y fuese libre.

—¿Importa eso? —preguntó Luciana. Seguramente sí importaba, pero no creía que importase en aquel momento concreto—. Tenemos que asegurarnos de que ese imbécil no le haga daño, ¿no te parece? Podrías dejar que se fuera —sugirió, aún a sabiendas de que Lohran se negaría.

Mientras ambos estaban entretenidos mirándose, Luciana se movió discretamente hacia el lugar en que había tenido lugar la pelea entre su hermano y el imbécil de Rutherford. Discretamente también, colocó el pie derecho encima de un pequeño objeto que, para el ojo inexperto, simplemente podía parecer una piedra más del lugar.

No lo era: se trataba de una de las runas que permitían utilizar la aparición allí dentro. Debía habérsele caído a Alden del bolsillo durante la pelea.
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Ayax Edevane el Sáb Oct 12, 2019 2:16 pm

Edevane se había quedado en el marco de la puerta, por fuera de la habitación, mientras Luciana entraba a poner orden en aquella pelea. No sabía cómo iba a terminar aquello, pero tal y lo que había visto la pelirroja, se esperaba que terminase con alguno recibiendo un golpe desafortunado en el que terminase inconsciente, o como en las películas: que de una caída se golpease la cabeza y ya no tuviera que preocuparse por nada más en esta vida. Y sinceramente no quería ver nada de eso. Por mucho que Alden la hubiese tratado así o que su familia estuviese llena de asesinos―ya contaba tres―ella era intolerante a dejar morir o ver morir a una persona.

Después de todo, Angelica se separó de la puerta lo máximo posible cuando Alden pasó por allí exhausto y malherido, intentando no mirarle ni a la cara. Hubo un momento de tensión y de silencio y, por un momento, realmente temió lo que tuviera que decir o hacerle Lohran cuando se acercó a ella de esa manera. Angie dio un paso hacia atrás asustada, pero Lohran se paró a menos de un metro, haciéndole una pregunta que en ese momento no tenía mucha respuesta.

¿Porque se había encontrado a Luciana? ¿Por eso no había huido? ¿Lo hubiera hecho si la salida de aquel recinto hubiera estado totalmente libre? En realidad su estrategia fue huir para que alguno de los dos la persiguiese y así no siguieran peleando, pero de verdad, ¿quién se iba a creer eso? Ni ella misma se creía su estúpida idea.

―N-no lo s… ―Fue lo que alcanzó a decir, cuando Luciana interrumpió.

Se sorprendió de que la menor le dijese a Lohran que podría soltarla, cosa que hizo que Angelica volviese a mirar al hombre. Tenía tan mal aspecto que no creía que ni por esa cabeza realmente pudiera estar pasando nada lógico como pensamientos, más que: “me duele la ceja, me duele el labio, me duele la cara y me duele el alma. Quiero dormir.”

Así que mucho menos iba a dar el visto bueno como para que Angelica se fuera a ninguna parte después de haber recibido esa cantidad de golpes por ella. No quería presionar a Lohran en ese momento alentando a la GRAN IDEA de su hermana pequeña, por lo que bajó la mirada un momento, unió sus dos manos en su regazo y dio un asentimiento con su cabeza, dispuesta a ser sincera.

―Gracias… ―carraspeó suavemente, sin saber qué decir―, por enfrentarte a Alden para que no me hiciera nada. Por un momento pensé que… ―Su mirada se desvió a la foto de su ecografía, la cual todavía estaba arrugada en el suelo. Entonces sus manos, que descansaban en su regazo, subieron de manera protectora a su vientre―. Pensé que nos iba a hacer daño y…

¡Qué difícil! Tragó saliva, casi de manera tan densa que sonó por toda la estancia. No le era fácil hablar de eso todavía, pues literalmente los hermanos Martins y Alden eran las primeras personas―después del padre de la criatura―que sabían de esa noticia. Y menuda manera de enterarse...

―Pensé que iba a ocurrir de verdad, que me usarían para hacerle daño a mi hermano sin tener que matarme a mí y… ―Soltó aire, aliviada de que aquel hombre tan horrible ya no estuviera allí con sus ideas perversas en donde ponía en peligro la vida de su bebé―. Gracias por impedirlo.

Que sí, que era su secuestrador y que le había dicho que la iba a matar si Ayax no cumplía con lo debido, pero no le había tocado ni un pelo y le había proporcionado protección a lo que ahora mismo le daba más miedo de todo: la pérdida de su bebé. Alden le había dado tanto miedo hace un momento, que ahora mismo Lohran parecía casi un guardián. Le seguía teniendo miedo a la situación en general y a cómo se terminaría desenvolviendo todo, pero ahora mismo, tal y cómo se sentía, gracias a él no había recibido una paliza que hubiera terminado haciéndola abortar. Y eso para ella lo era todo.

Lo miró al rostro, viendo que estaba hecho un desastre. Luciana le inspiraba confianza, pues se notaba que no estaba de acuerdo con muchas de las cosas, por lo que sencillamente Angie le señaló el labio.

―Que tu hermana te mire bien las heridas ―le recomendó―, creo que algunas van a necesitar de puntos para que se cierren bien.

No sabía si él o ella eran medimagos o tenían experiencia, pero Angie siempre había sido muy cercana a Ayax y sabía por experiencia qué heridas no se arreglaban con un sencillo episkey. Su hermano, de pequeño, era experto en hacerse y hacer daño. Sobre todo en hacerse, aunque ahora parecía que habían cambiado las tornas y prefería hacer...
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Lohran Martins el Lun Oct 14, 2019 2:01 am

Cuando Lohran escuchó la sugerencia de su hermana, volvió en dirección a ella una mirada llena de incredulidad. Sumada a su aspecto general de acabar de pelearse con un jabalí, y al hecho de que tuviera las venas del cuello hinchadas como si estuviese reprimiendo la ira, casi pareció fulminarla.

¿Qué clase de sugerencia era esa? ¿Se había vuelto completamente loca?

No le dijo nada, y Luciana por una vez hizo lo mismo. En lugar de hablar, Lohran miró a Angelica Edevane, quien le agradeció lo que había hecho por ella.

Por ella… y por su bebé.

Aquello lo hizo sentir todavía peor por haber provocado aquella situación, y una vez más tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no mostrarse débil. Dejó escapar el aire entre los labios, sin mover demasiado el rostro dolorido, y se aseguró de que su expresión no cambiase.

Sin embargo, no pudo evitar compartir con ella una mirada llena de compasión.

Angelica, asustada, siguió hablando, y ninguno de los hermanos la interrumpió. Luciana parecía haber decidido callar, por fin, y Lohran no sabía exactamente qué decir. Y después de aquel consejo con respecto a sus heridas, el brasileño bajó la mirada. Cuando volvió a alzarla, puso una mano sobre el hombro de la pelirroja, con mucha delicadeza.

—Vamos. Vuelve a tu habitación —le dijo Lohran, aunque su tono distaba mucho de ser autoritario. Casi parecía una sugerencia—. Luciana se quedará contigo.

Miró a su hermana y le dedicó un asentimiento. La bruja, mucho más delicada que su hermano mayor, se acercó a la rehén y le puso una mano en la espalda, hablándole casi en un susurro, pidiéndole que la acompañara.

Por el camino, Lucy se agachó para recoger la ecografía mágica. Tras eso, ambas brujas pasaron al interior del cuarto, y la puerta se cerró mágicamente tras ellas.

Lohran, por su parte, caminó renqueante en dirección a las escaleras que conducían al entramado de pasarelas. Oliver debía estar por allí, escuchando música con los cascos a todo volumen, y por eso no se había enterado de nada. De todos ellos, era el que más experiencia tenía en medimagia.

***

En el interior del “alojamiento” de Angelica, fugitiva y pelirroja caminaron en dirección al camastro, y allí se sentaron la una junto a la otra. Como cabía esperar, la prisionera no intentó nada, pues parecía más asustada que otra cosa.

Una vez sentadas, Luciana le colocó en la mano a Angelica la ecografía, sintiéndose incluso peor que Lohran por el trato que se le había dado a la bruja.

—¿Te ha hecho daño ese gilipollas? —preguntó Luciana, que ya revisaba visualmente a la pelirroja—. Me refiero al gilipollas de Alden, no al gilipollas de mi hermano. —Y dibujó una sonrisa divertida en los labios.

Tras escuchar la respuesta de Angelica, Luciana adoptó un semblante mucho más serio, dejó escapar un suspiro, y se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Extrajo el puño cerrado y, antes de abrirlo, le pidió silencio a la prisionera. Cuando volvió a hablar, lo hizo entre susurros.

—Quiero que cojas esto y lo guardes bien —le explicó—Si algo sale mal. Si mi hermano… Si al final tiene intención de cumplir sus amenazas, quiero que lo uses.

Abrió la mano, mostrando la pequeña piedrecita que había cogido del suelo, la cual mostraba una runa protectora de trazos luminosos. Se la colocó en la mano a Angelica.

—Dijiste que eras runóloga, ¿no es cierto? Entonces, no podré engañarte con esto: se trata de una runa que te permitirá saltarte el bloqueo de aparición y desaparición que mi hermano ha colocado sobre el edificio —le explicó—. No funcionará si no tienes tu varita, pero haré todo lo posible por recuperarla. Y en cuanto crea que el peligro es inminente, te la daré.

Solo esperaba poder hacerlo. No tenía intención de ver morir a aquella mujer con sus propios ojos, y mucho menos ser responsable de su muerte. Había descubierto que no todo valía en aquella guerra.
Lohran Martins
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Ayax Edevane el Miér Oct 16, 2019 3:25 am

La Edevane entró de nuevo a la habitación, sentándose en el camastro con cara afligida. Quería volver a casa, abrazar a Mysha y llorar hasta darse cuenta de que todo eso había sido una mala experiencia y que realmente nada había ocurrido. No quería tener que estar allí viviendo su propio secuestro mientras veía como quiénes le habían secuestrado tenían problemas como el resto de mortales, cómo eran humanos y cómo… no eran tan malvados como parecían ser. Angie no quería vivir nada de eso; esa maldita confrontación social e ideológica a la que siempre había estado metida.

La levantó de su ensimismamiento que Luciana le pusiera la ecografía de nuevo en su mano, esbozando una pequeña sonrisa en agradecimiento.

―No, no me ha hecho daño ―dijo, sin corresponder a su tono divertido.  

¿Y si se lo hubiera hecho? Sabía que pensar en algo que no había pasado era estúpido, ¿pero todavía no estaba en posibilidad de que le pasara algo malo? ¿Cuánto tiempo le quedaba ahí? ¿Dos días? ¿Y si volvía?

El tono confidencial de Luciana hizo que Angelica volviese a prestarle atención, frunciendo ligeramente el ceño. Cuando le mostró aquella runa en su mano, la mirada de la pelirroja adoptó un brillo sorprendido, volviendo a mirar a los ojos de la chica. Como bien había supuesto, reconoció la runa incluso antes de que lo explicase, por lo que no prestó demasiada atención a la explicación pues estaba demasiado ocupada intentando averiguar por qué estaba haciendo eso.

Una vez tuvo la runa en su palma, la cerró y bajó el puño hacia su regazo.

―¿Por qué lo haces? ―preguntó, algo temerosa―: ¿Él de verdad… me mataría, no? ―añadió, pues después de todo uno no quería creer la realidad cuando ésta estaba tan negra―. Yo… yo no puedo asegurarte que mi hermano te vaya a devolver a la tuya si me voy antes, Luciana.

No le había llamado por su nombre en ningún momento, hasta ahora.

―No sé ni siquiera si lo podrá conseguir, pero si se retrasa y ve que estoy con ellos y aún no la ha podido sacar… no creo que se vaya a arriesgar en hacerlo. ―Tragó saliva, pensando en hacer una promesa que en realidad no sabía si la iba a poder cumplir―. Pero si gracias a ti consigo salir con vida de aquí, te prometo que haré lo que esté en mi mano para que él cumpla su parte del trato.

Apretó suavemente la ecografía, bajando la mirada para ver la imagen allí grabada.


***

Problemas, problemas y más problemas. ¡Eran todo problemas! Ayax había ideado un plan infalible para sacar a Níobe del Área-M y si bien, ejecutado de manera precisa, podía ser perfecto, el hecho de que fuera ejecutado de manera precisa era complicado. Tenía que contar con la extirpadora para que le ayudase y el pelirrojo tenía la sensación de que no iba a ser lo mismo, que si él pudiera hacerlo todo, todo saldría perfecto a la primera.

Y claro, estaba nervioso: ¿sabéis lo que pasaría si le pillaban sacando a una presa de ahí? En resumen, la idea de Ayax era introducir un preso nuevo, confundir a la secretaria para no registrarlo y utilizar a ese preso para intercambiarlo por la presa, para entonces matarlo y registrar la muerte de Prue Martins. Luego sacaría a Prue con el aspecto del preso que en realidad no era ningún preso y…

Sí, todo era complicado, más todavía porque habían sido unos días bastante moviditos en el Área-M.

Al tercer día, Ayax llamó al número que le había facilitado Lohran.

―Hola. ―¿Cómo narices saludabas al secuestrador de tu hermana? Ayax, que ya era asocial y no sabía hablar por teléfono móvil, no es que llevase demasiado bien eso de hablar con el enemigo por ese cacharro tecnológico―. He tenido unos inconvenientes por las fechas y no he podido sacar a tu hermana del Área-M, pero ya lo tengo todo preparado. Sé que me dijiste hoy, pero la sacaré mañana. ―Hizo una pausa, pero no quiso dejarlo hablar todavía―: ¿Cómo sé que mi hermana está bien?
Ayax Edevane
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Lohran Martins el Jue Oct 17, 2019 3:35 pm

Luciana había cometido un grave acto de traición a la confianza de su hermano. Tal vez estuviera cometiendo un error, o tal vez viese el mundo con los ojos con que lo veía antes del cambio de gobierno, cuando las palabras importaban algo.

Sin embargo, algo en toda aquella situación estaba mal, terriblemente mal.

¿Quizás la habría ayudado tener a una prisionera que lanzaba improperios con respecto a su sangre, a su traición hacia un gobierno en que no creían? ¿A una purista declarada en lugar de a una mujer asustada? No lo sabía. Lo único que sabía era que ante sus ojos tenía a una mujer que, o bien estaba muy asustada, o bien era una gran actriz.

Creía, por supuesto, lo primero.

—No sé si te mataría. Quiero pensar que no, pero no lo sé —le dijo, sin tapujos. Creía conocer a su hermano, pero había visto cambiar a muchas personas para peor. ¿Por qué Lohran iba a ser distinto—. Ya sé que tu hermano no nos devolverá a Prue fácilmente, y menos si te libero antes, pero... —Echó un vistazo en dirección a la puerta—. ¿Quieres arriesgarte a que ese gilipollas vuelva a intentarlo y no tener escapatoria?

Por supuesto, hablaba de Alden. ¿De quién, si no? Ese era precisamente una de esas personas que Luciana había visto cambiar a peor con el paso de los días.

Era consciente de todos aquellos detalles que Angelica le estaba diciendo. Es más, se imaginaba un escenario todavía peor: libre de la presión de una soga alrededor del cuello de su hermana, Ayax Edevane quizás optase por tomar represalias contra sus captores. ¿Y cuál era la forma más fácil de vengarse de ellos? Matando a aquella persona por la que tanto estaban luchando.

Sabía que si eso sucedía, Lohran lo interpretaría como una declaración de guerra, y todo acabaría muchísimo peor. Pero lo que importaba era el presente, la acción más inmediata, y la ex-Hufflepuff lo sabía.

—Gracias —le dijo con un amago de sonrisa, a sabiendas de que tal vez no pudiese hacer nada, de todas formas—. ¡Menuda locura de semana! —bufó de repente, llevándose ambas manos a la cara y poniéndose en pie. Se frotó ambos ojos con los pulpejos.

Se imaginó que Angelica podría responder a aquello con un sarcástico “¿Me lo dices o me lo cuentas?”. Estaba claro que la mujer era la más perjudicada por aquella situación.

—¡Ah, por cierto! —exclamó de repente, dándose la vuelta y señalando la ecografía—. ¿Necesitas algún tipo de vitamina, tónico o algo por el estilo?

***

La llamada telefónica sorprendió a Ayax en el interior de la factoría. Concretamente, se encontraba en el piso inferior, en la cadena de montaje propiamente dicha, recorriendo el lugar con paso tranquilo, manteniendo vigilado el cuarto en que se encontraba retenida la Edevane. No había señales de Alden Rutherford, y Martins se alegraba: un problema menos del que ocuparse.

El tono de llamada del teléfono móvil, uno que emulaba los teléfonos antiguos, resonó en el silencio sepulcral de la factoría. Lohran descolgó casi de inmediato, y como solamente había una persona que conociera aquel número, el corazón se le aceleró y sintió la anticipación del momento.

Tenían que ser buenas noticias.

Escuchó en silencio a Ayax Edevane, y más pronto que tarde se dio cuenta de que no, no eran buenas noticias: el aspirante a mortífago llamaba para pedir más tiempo. Lohran a punto estuvo de romper en carcajadas, carentes de humor. Pensó, brevemente, que el joven pelirrojo no se preocupaba lo suficiente por su hermana.

—¿Me estás tomando de coña, tío? —respondió Lohran, ignorando por completo la pregunta acerca de Angelica—. Te di unas instrucciones claras y setenta y dos horas para cumplirlas. ¿Qué has estado haciendo en todo este tiempo? ¿Dormir?

Lohran se llevó los dedos al puente de la nariz y cerró los ojos, con el teléfono móvil todavía pegado a la oreja. Caminaba de un lado a otro, sin rumbo fijo, pensando en lo que el maldito mocoso pelirrojo le había obligado a hacer. Le había puesto en una situación en la que no quería estar.

—¿Quieres saber si tu hermana está bien? Perfecto. —Lohran se giró y, con grandes zancadas, se encaminó a la habitación en que estaba retenida Angelica. Abrió la puerta de golpe, encontrándose a la susodicha sentada en su camastro, con la compañía de Luciana—. Muy bien. Habla con ella. Quizás sea la última vez que lo hagas.

Lohran ofreció el teléfono en un gesto brusco a Angelica Edevane. Su hermanastra, Luciana, lo miraba con un deje de terror en sus ojos. ¿De verdad estaba a punto de hacer aquello? ¿Después de todo?

Aprovechando que ninguno de los dos la miraba, Luciana decidió salir de la habitación con un claro objetivo en mente: recuperar la varita de Angelica. ¿Y si no podía? Bueno, pues tristemente tendría que entregarle la suya propia.
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Ayax Edevane el Vie Oct 18, 2019 4:01 am

La duda de su hermana Luciana no le estaba ayudando demasiado. Le daba la sensación de que ni ella misma sabía cómo iba a reaccionar su hermano y que por tanto confiaba en que podía ser totalmente impredecible. Quizás Angelica no era la persona adecuada para criticar la duda con respecto a tu hermano, pues precisamente ella tenía también dudas y consideraba a Ayax muy impredecible desde lo de Amalthea, pero igualmente... igualmente no le gustaba. No sabía si iba a terminar muerta o si por el contrario debía de tener esperanzas; o si tener esperanzas no era más que una tontería ilusa...

Cuando habló del gilipollas supo que se refería a Alden y no a su hermano, a lo que negó con la cabeza rápidamente.

—No, claro que no —le respondió sobre la marcha, por si acaso se pensara que era masoquista o algo por el estilo: no quería quedarse ahí bajo ningún concepto—. Agradezco que no quieras matarme...

¿Qué iba a decir? ¡Claro que quería irse! Obviamente al haberles tratado bien—por mucho que la amenaza de muerte estuviese ahí—le gustaría que Ayax cumpliese con su palabra, pues podía entender el sentimiento de pérdida de un hermano. Sólo le recordaba que si perdían a Angelica, Ayax tenía la libertad de no cumplir con lo establecido. Entendía perfectamente que Luciana no quisiera que Lohran la matase—pues nadie quiere tener un hermano asesino y Angelica lo sabía—pero también podían perder su oportunidad.

Dio un respingo frente a la repentina llamada, para entonces escuchar su pregunta. Angie se limitó a sonreír delicadamente, negando con la cabeza.

—No, estoy bien —le contestó, pues por fortuna su embarazo hasta la fecha no había dado más problemas que el interés de Alden en hacerla abortar.


***

De nuevo, Angelica se encontraba en la misma habitación que Luciana. Debía de admitir que la hermana del secuestrador oficial—pues Luciana, por mucho que fuera secuestradora, Angie casi ni la veía así de lo bien que la había tratado—había hecho que la estancia de la Edevane en aquel lugar, pudiendo ser horrible, hubiese sido bastante decente. Además, su promesa de ayudarla a salir de allí antes de que todo estallase había parecido sincera y… Angie se la había creído: ¿por qué iba a darle falsas esperanzas de ese tipo? ¿Quizás no confiaba en Ayax y haciendo un acto de buena fe intentaba ablandar su corazón? Angelica por una parte no podía evitar pensar que Luciana a fin de cuentas era ‘su enemiga’ y quería recuperar a su hermana. ¿Y si Lohran jugaba el papel de poli malo y Luciana el de poli buena para hacer que Angelica se confiase y…?

Se estaba volviendo loca.

Es por eso que cuando Lohran abrió la puerta así de fuerte, pegó un bote en su camilla, casi poniéndose en pie. El hombre caminó con pasos decididos hacia ella, ofreciéndole el teléfono. Por un momento no tuvo muy claro si debía de cogerlo o no, por miedo, pero finalmente la necesidad le pudo. Lo cogió y se lo llevó a la oreja, indecisa.

—¿H-ho…

—¿Angie? —preguntó Ayax, con un voz que claramente denotaba alivio—. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?

—N-no, estoy bien, no me han tocado… —respondía, mirando de reojo a Lohran y viendo como Luciana se había ido. Que la chica le hubiera dejado sola con su hermano así de enfadado no le inspiraba mucha confianza, por lo que de manera inconsciente y sin dejar de mirar a Lohran, dio unos pasos para dejar el camastro entre ellos—de manera bastante descarada pero le dio igual—entre ellos—. ¿Has conseguid…

—Sé cómo sacar a la chica del Área-M, pero no he podido hacerlo. Quiero hacerlo mañana, ¿vale? Por favor, intenta convencerles de que lo voy a hacer, que me den un día más —le pidió, sintiendo que casi tenía que suplicar—. He hecho todo lo que está en mi mano, ¿lo sabes, verdad? No voy a dejar que te pase nada. ¿Confías en mí? —La voz del pelirrojo sonaba seria y determinante, pues pese a las diferencias, él tenía muy claro los sentimientos por su hermana y su implicación con su familia.

Y Angelica, pese a las diferencias y las dudas, no podía desconfiar de su hermano, pues sabía que haría lo que estuviera en su mano para sacarla de allí, aunque eso supusiera arriesgarse. Podría ser un egoísta y un sangre fría, pero no con la familia.

—Sí, confío en ti —le respondió, un poco emocionada, bajando la mirada hacia el camastro.

—Siento todo esto —añadió, sintiendo que se le acababa el tiempo. Quería decirle todo lo que había sentido esos días, pues se sentía horriblemente mal—. No te mereces esto y siento que mis acciones hayan salpicado en tu dirección. Siento… todo esto, ¿me podrás perdonar?

—Tú sácame de aquí y luego hablamos de eso —dijo, notando como una lagrimilla le caía por la mejilla, la cual se quitó rápidamente antes de sonreír levemente.

Detrás del teléfono, el pelirrojo consiguió sonreír un poco.

—Pásame con Martins —le pidió, más suave y tranquilo.

—¿Nos vemos pronto? —Estaba enfadada con su hermano y sus decisiones, pero en ese momento no podía evitar sentir esperanza y demostrar que, pese a todo, seguía siendo su hermano.

—Nos vemos pronto —le respondió.

Al momento Angie se separase el móvil de la oreja y estiró la mano hacia Lohran, tendiéndole el móvil. No dijo nada, sino que el radical interpretó que aún no había colgado el teléfono. Cuando Ayax notó ruido al otro lado, continuó hablando, esta vez más serio:

—Sacar a alguien del Área-M no es tarea fácil —dijo eso como información, por si EL TONTO NO LO SABÍA—. Tengo el plan perfecto, pero no he tenido la oportunidad. Mañana por la mañana Prue estará fuera, así que mándame un lugar en el que podamos hacer el intercambio. Te agradezco que hayas tratado bien a mi hermana.

El pelirrojo, motivado por haber escuchado a su hermana, cortó la comunicación y se puso manos a la obra para corroborar que todo estaba bien. Mañana iba a ser el gran día: el primer día en el que hiciera algo en contra del gobierno de magia que había decidido apoyar. Sin embargo, era la única manera de rescatar a su hermana y no tenía problema alguno en sacar a Níobe—una presa cuyo propósito ya estaba terminado—por ella. Era consciente de que el resultado de Prue Martins iba a ser una decepción para sus hermanos, pero Ayax no podía hacer nada ya para evitarlo. Sí, podría advertirles, pero entonces declararía abiertamente que era consciente de lo que le habían hecho. Si se mantenía callado y venía buscando venganza, siempre podía optar por la opción de la ignorancia. Era cierto que Ayax Edevane había capturado a Prue Martins, pero como buen becario que era, ¿cómo iba a ser él el culpable de ese gran cambio en ‘su hermana’?

Cuando empezó a sonar el pitido a través del teléfono, Angelica todavía estaba al otro lado del camastro, mirando a Lohran con desconfianza y una mirada gacha. No dijo nada, sino que esperó que fuese él quién dijese algo o… hiciera algo.

Inevitablemente estaba en alerta, pues igual que Luciana podía considerarlo imprevisible, ella tampoco sabía por dónde podía tirar.
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Lohran Martins el Sáb Oct 19, 2019 2:55 am

Luciana había dedicado el poco tiempo que no había pasado en compañía de Angelica en las últimas horas a observar y averiguar el paradero de la varita de la bruja secuestrada.

Al principio, había temido que ésta no estuviese en la factoría, que alguien —Oliver, posiblemente— se la hubiese llevado al refugio. Las varitas eran un bien escaso entre los fugitivos, y pretender que la de una prisionera se quedase en el mismo lugar que dicha prisionera era de ser demasiado ingenua.

Sin embargo, ingenua o no, la varita sí estaba en la factoría. Posiblemente, nadie quería marcharse de allí hasta que todo aquel asunto se terminase, por lo que el artefacto mágico había sido guardado entre las pertenencias del susodicho Oliver, que se encontraban en la garita de vigilancia del piso superior, mismo lugar al que Angelica había sido llevada nada más llegar a la fábrica.

Mientras la pelirroja hablaba con su igualmente pelirrojo hermano, Luciana creyó que tenía una oportunidad, así que no perdió el tiempo. Aprovechó los beneficios de la runa protectora para aparecerse cerca de la entrada de la garita, agazapada, y asegurarse de que no había nadie que pudiera impedírselo. ¿Cómo le daría la varita a Angelica? Eso lo pensaría después.

No había nadie, ni Oliver ni Alden, en la garita. Era su día de suerte. Se incorporó, se coló a través del umbral sin puerta y enseguida se puso a buscar con la mirada la bolsa de Oliver.

El lugar estaba tan vacío como al principio, solo que un poco más limpio: Oliver lo había transformado en una especie de enfermería improvisada. Había retirado la capa de polvo que lo cubría todo y había dispuesto el escaso mobiliario de una manera acorde a sus necesidades: las dos sillas desvencijadas habían sido colocadas la una frente a la otra, y junto a ellas había dispuesto una especie de mesita auxiliar de metal plegable, sobre la cual había algo de instrumental médico. Un cubo de basura en un extremo mostraba un montón de gasas manchadas de sangre, seguramente resultado de haber atendido las heridas de su hermano y de Alden.

Respecto a la bolsa —que contenía más material médico—, Luciana la encontró en un rincón, detrás de una mesa con un monitor de ordenador antiguo hecho pedazos. Se agachó delante de ella, abrió los cierres y se puso a revolver en su interior.

No tardó en encontrar la varita, que Oliver había envuelto cuidadosamente con un trapo, a fin de protegerla de cualquier golpe.

—¿Qué mierda haces ahí?

La voz susurrante de Alden la sorprendió mientras desenvolvía el trapo para asegurarse de que tenía la varita de Angelica. La hizo sobresaltarse y ponerse en pie igual que si tuviera un resorte en cada pierna.

Se dio la vuelta, pero justo cuando intentaba esconder la varita a su espalda, Rutherford le agarró la muñeca como si su mano fuese la garra de una bestia salvaje. Apretaba tanto que le hacía daño.

—¿Qué tienes aquí, zorrita asquerosa? —El rostro de Alden mostraba una sonrisa lupina. Disfrutaba de aquello.

—¡Suéltame, gilipollas! —ordenó Luciana; no tuvo mucho efecto—. ¡No es asunto tuyo!

—Yo creo que sí.

***

Lohran esperó pacientemente a que Angelica y Ayax Edevane terminaran de decirse todo lo que tuvieran que decirse, y mientras tanto, permaneció de brazos cruzados, la espalda apoyada en el umbral. Trataba de ocultar el estado de tensión en que se encontraba, pero deducía que no estaría teniendo mucho éxito: no dejaba de martillear con las yemas de sus dedos sobre el antebrazo opuesto.

Francamente, no sabía si estaba preparado para lo que debía hacer. Tampoco sabía si se estaba precipitando. ¿Podía confiar en que Ayax Edevane estuviera haciendo todo lo posible por rescatar a su querida hermana Angelica? ¿O por el contrario estaba jugando con él, intentando ganar tiempo para luego no darle una mierda?

Fuera cual fuese la respuesta, no importaba demasiado: seguía sin saber si podría cumplir sus amenazas.

Cuando escuchó que la pelirroja se despedía de su hermano, miró en su dirección. La vio separándose el teléfono móvil de la oreja, para luego ofrecérselo con manos temblorosas. El brasileño dio un paso hacia ella, alargó la mano y lo recogió, llevándoselo a su propia oreja.

Y escuchó, pues no tuvo tiempo a más: tras la explicación y el agradecimiento, quizás sincero o quizás no, Edevane cortó la comunicación. Lohran suspiró y se guardó el teléfono móvil en el bolsillo, para luego quedarse mirando a Angelica.

—Se nota que tu hermano nunca ha tenido que tratar con secuestradores. De haberlo hecho, sería mucho más cuidadoso. —Con aquellas palabras, el fugitivo se llevó la mano al bolsillo, encantado con magia, lugar en el que guardaba la varita que había pertenecido a Prue Martins.

Ni siquiera en ese momento, mientras sacaba la varita y lentamente la apuntaba en dirección a Angelica, sabía si debía hacer lo que había prometido. Mucho menos lo supo cuando la pelirroja le miró con miedo, temiendo lo que venía.

¿Qué sintió él, exactamente? Miedo. Miedo de ser incapaz de hacerlo. Miedo de ser capaz de hacerlo. Miedo de equivocarse. Miedo de estar en lo correcto. Nada en aquella situación estaba bien, ni por asomo.

Suerte que le interrumpieron.

—¡Eh, Martins! ¡Adivina! —exclamó Alden a su espalda—. He pillado a tu hermanita haciendo algo que no debía.

Lohran se dio la vuelta justo a tiempo para ver cómo su hermana pequeña caía de bruces en el polvoriento suelo, empujada por el mastodonte que era Rutherford en comparación con ella. Enseguida se puso en guardia.

—¡¿Qué cojones estás haciendo, Alden?! —preguntó Lohran, airado, emprendiendo el camino hacia su hermana a grandes zancadas.

En respuesta, Alden arrojó al suelo, junto a Lucy, un objeto: una varita medio envuelta en un trapo, que Lohran reconoció enseguida como la de Angelica. Lohran se paró en seco, sin haber llegado junto a su hermana. No se creía lo que veía.

—Tu hermanita te la está jugando. Aquí la tienes, con la varita de la señorita preñada. —En el rostro de Rutherford, todavía magullado por la pelea que habían tenido, aparecía una media sonrisa divertida—. ¿Qué pensaba hacer con ella? ¿Guardarla en su colección?

Lohran y Luciana intercambiaron una mirada. Pudo ver en los ojos de su hermana una mezcla de culpabilidad y, por extraño que parezca, desafío. No necesitó preguntarle qué pretendía, pues era más que evidente. El brasileño se limitó a recoger la varita de Angelica.

Por su parte, Alden había sacado su propia varita, apuntando a la habitación en que se encontraba la susodicha Edevane, sin perder esa media sonrisa.

—Han pasado los tres días —señaló—. No te van a devolver a tu hermana, así que devuélvele tú a la suya en una caja.

—¡No! —exclamó Luciana con voz chillona—. ¡Lohran, tienes que dejar que se marche! Edevane puede que mienta o puede que no, pero si la matas, no sólo habré perdido a Prue; te habré perdido también a ti.

Aquellas palabras dolieron. Mucho.

—¡Oh, qué bonito! ¡Voy a llorar! —dijo Rutherford con sarcasmo—. No te preocupes: ya me encargo yo de matarla. Apártate.

Lohran podría haberlo hecho. Podría haber dejado aquella difícil tarea en manos de Rutherford y desentenderse, creyendo que sería mejor así. Una mirada al rostro de su hermana, que negaba con la cabeza, fue suficiente para saber que no: daba igual si apretaba él el gatillo o si se apartaba y dejaba que lo hiciese Alden; la sangre de Angelica Edevane mancharía sus manos.

Así que no se apartó, sino todo lo contrario: retrocedió con ambas varitas, la suya y la de Angelica, hasta regresar a la habitación e interponerse entre Alden y ella.

—Baja la varita ahora mismo, Rutherford. —Su voz sonaba firme, a pesar de que en ese momento no se sentía demasiado valiente.

—Apártate, Martins. Voy a mandar al infierno a otra puta purista y a su descendencia —amenazó el fugitivo, que avanzaba al mismo tiempo que Lohran retrocedía.

Alden estaba llegando a la altura de Luciana, ignorándola por completo. Lohran, por su parte, estaba a escasos centímetros de Angelica, protegiéndola con su cuerpo.

—¡Lohran! —llamó Luciana—. Dale su varita. Tiene una runa.

Al principio, no entendió de qué hablaba; entonces, su mente alcanzó a comprender: hablaba de una de las runas protectoras que permitían saltarse la barrera antiaparición. No quería ni preguntarse cómo la había conseguido, y tampoco es que tuviese tiempo de ponerse con eso.

Alden propinó un puntapié a su hermana, como forma de ordenarle que se callase; a Lohran le hirvió la sangre.

—Por última vez: apártate o te aparto yo.

¿La verdad? Lohran no tuvo tiempo de apartarse: Alden conjuró enseguida algún tipo de hechizo contra él, el brasileño no supo cual, y no tuvo tiempo de hacer otra cosa que conjurar una barrera protectora que lo desvió. El siguiente hechizo, sin embargo, alcanzó a Lohran en pleno hombro, haciéndole trastabillar y caer, arrastrando a la pobre Edevane en su caída. Ambos acabaron detrás del camastro en que había dormido la pelirroja aquellos tres días, parcialmente ocultos de los hechizos del radical.

Luciana aprovechó ese momento para agarrar la pantorrilla del fugitivo con ambas manos y propinarle un fuerte mordisco en la espinilla. Alden aulló de dolor, perdiendo por un momento el interés en Angelica.

Lohran la miró a los ojos, y sin más ni más, tomó una decisión: entregó la varita a la mujer, dedicándole un último asentimiento de cabeza antes de ponerse en pie para hacer frente a Alden.

Salió justo a tiempo de ver como aquel animal propinaba una patada en la cara a su hermana, para luego apuntarla con su varita. Cegado por la rabia y el instinto protector, Lohran corrió hacia él. Se le echó encima con todas sus fuerzas y le placó, arrojándolo al suelo un par de metros más allá.
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