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The time of the reckoning [Ayax&Lohran]

Lohran Martins el Miér Jun 26, 2019 3:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The time of the reckoning [Ayax&Lohran] - Página 6 NCWTG9T
Jueves 20 de junio, 2019 ||  Edificio abandonado, Londres || 20:03 horas || Atuendo

Habían pasado cerca de dos horas desde que ambos, mortífago y fugitivo, llegaran a aquel destartalado lugar dejado de la mano de Dios. Se trataba de una antigua vivienda londinense que llevaba abandonada tanto tiempo que ni los fantasmas vivían en ella. ¿Para qué? Hacía tiempo que no había allí vivos a los que incordiar.

Fonollosa permanecía inmóvil, cabizbajo, atado a la silla, su rostro maltratado por los golpes de Lohran. En algún punto del interrogatorio, el brasileño le había golpeado demasiado fuerte y le había partido la nariz, de la cual brotaba un hilillo de sangre. También brotaba sangre de la comisura de sus labios.

Con todo y con esas, el mortífago no se había roto: había permanecido en silencio, sin mostrar ni un ápice de duda. No iba a confesar.

—Confieso que me gustaría que fueses un poco más parlanchín, Fonollosa.—Dijo Lohran, rompiendo el silencio en busca de algún tipo de reacción por parte del individuo.

No la hubo. Meric permaneció en la misma posición. Casi parecía que su cuerpo estuviera allí, pero su mente no. Su mente, quizás, estaría muy lejos.

Lohran había dejado de golpearle unos diez minutos antes, cuando había llegado a la conclusión de que de nada le iba a servir: aquel hombre no respondía a la tortura física, y muy probablemente estaba dispuesto a morir antes que confesar.

No obstante…

—¿De verdad merece la pena guardar silencio?—Lohran, que hasta entonces había permanecido sentado en otra de las sillas del lugar, frente a la de Fonollosa, se puso en pie y caminó un par de pasos en su dirección.—La pregunta que te he hecho es muy sencilla: Prue Martins. ¿Qué hicísteis con ella?

Silencio, una vez más. Lohran comenzó a sentirse frustrado, y tal y cómo se sentía bien podría haberle asestado un nuevo puñetazo. Se habría despellejado los nudillos, y con suerte habría podido romperle algún hueso al mortífago, ¿pero de qué le habría servido exactamente? Como mucho, pagaría sus frustraciones, y Fonollosa seguiría guardando silencio. La tortura física no funcionaba con aquel hombre.

Suspiró, negando con la cabeza, y se retiró. Caminó algunos pasos alrededor de la estancia, con aire pensativo, decidiendo si debía o no jugar aquella carta tan rastrera de la que disponía.

Después, pensó en su hermana… y pese a lo mucho que fuera aquello en contra de sus principios, decidió que daba igual: hacía ya mucho tiempo que Lohran había tocado fondo, que había vendido su alma.

—Sé dónde vives.—Sentenció, y guardó silencio, dejando que aquellas palabras calaran en Fonollosa. Y lo hicieron: nada más escucharlas, el mortífago dio un respingo, como si repentinamente hubiera regresado de un lugar lejano.—Sé que tienes familia. Mujer y dos hijos, ¿verdad?

—Ellos no tienen nada que ver en esto...—Dijo Fonollosa, rompiendo por fin su silencio, después de que Lohran lograra apresarlo.

—Aún no.—Coincidió Lohran.—Pero si sigues negándote a responder lo que te he preguntado, puedes estar seguro de que voy a hacer que tengan mucho que ver en esto. No estás ahí para protegerlos, así que puedo llamar a unos amigos y pedirles que los traigan aquí. ¿Te gustaría eso?

Por cómo se puso a temblar repentinamente, Fonollosa no disfrutaría en lo más mínimo la presencia de su familia en aquel lugar. Lohran no estaba precisamente orgulloso de aquello, pero si servía para recuperar a su hermana, estaba dispuesto a lo que fuera.

—No puedo decirte...—Lo intentó una vez más, pero Lohran le cortó.

—Pero sí que puedes. Porque si no lo haces, tus dos hijos y tu mujer van a sufrir las consecuencias de tu silencio. Y ni siquiera necesito hacerles daño: ¿Cómo te sentirías si te separo de tus hijos para siempre?

—¡Está bien!—Fonollosa alzó la voz, la desesperación marcada en su rostro.—Haz lo que quieras conmigo, pero a ellos no los metas en esto.

—Está bien. Pero para eso, tienes que empezar a hablar. ¿Qué habéis hecho con Prue Martins?—Lohran sonaba incluso razonable.

—Está en el Área-M.—Lohran ya se temía aquello, y sintió que algo dentro de él se despedazaba: no era lo mismo tener una sospecha que una confirmación. Y teniendo en cuenta lo que sucedía con los radicales cuando eran interrogados, cabía suponer que Prue… ya no fuese ella misma.—Es el nuevo juguete de Ayax Edevane...

—Cuéntame todo lo que sepas de ese Ayax Edevane.—Lohran apretaba la mandíbula, reprimiendo la ira, y tratando de no imaginarse lo que en aquellos momentos podía estar sucediendo con su hermana.

Fonollosa habló largo y tendido, ofreciéndole todos los detalles que conocía. Lohran no se sentía orgulloso por la manera en que había obtenido aquella información, pero solía decirse que todo valía en la guerra. Y sí, quizás su hermana como tal ya estuviera perdida, pero… eso sería algo que solucionaría una vez la tuviera de vuelta.

***

Lohran había hecho aquello solo, sabiendo lo que sucedería en caso de tener que rendir cuentas a su grupo: Fonollosa solo podría salir de aquello de una manera, y sinceramente, el brasileño no quería que un cadáver pudiera delatar al pelirrojo, cuyo nombre ahora conocía.

Sin embargo, pidió ayuda a alguien para deshacerse de Fonollosa, y cuando hubo terminado con él, uno de sus compañeros acudió al edificio abandonado con una furgoneta destartalada, que nada tenía que ver con las que se utilizaban de manera oficial en el grupo fugitivo.

Su compañero no hizo muchas preguntas, pues Lohran y él tenían una amistad que venía desde la universidad, y simplemente siguió sus instrucciones: los llevó a él y a Fonollosa al hospital muggle más cercano, y una vez allí, Lohran lo arrojó delante mismo de las puertas de urgencias. Se marcharon a toda prisa, dejando allí al mortífago, que no recordaría los hechos ocurridos esa noche.

Una vez la furgoneta se hubo alejado lo suficiente del hospital, Lohran ocupó el asiento del acompañante. Su rostro era serio y concentrado. Su compañero le preguntó qué debían hacer, y Lohran no dudó en responder.

—Tienes que cambiarle la matrícula a la furgoneta. Y el color. Seguro que pronto la policía muggle estará buscándola.—Le aconsejó.—Pero antes, necesito que hagas una parada.

Y le dio todos los detalles: Lohran quería hacer una visita a Ayax Edevane. Una visita que debía haberse dado hacía mucho tiempo.


Última edición por Lohran Martins el Miér Jul 03, 2019 2:38 pm, editado 1 vez
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Lohran Martins el Jue Nov 28, 2019 4:15 pm

«¿Qué hacer en una situación así?», se preguntó Lohran mientras Luciana y él, como dos espectadores de una función de circo especialmente desubicada, contemplaban a la que había sido su hermana. «¿Qué puedo hacer en esta mierda de situación?»

Para alguien que había conocido tan bien a la persona que tenía delante —o, al menos, a la persona que había sido—, como era Lohran, resultaba muy complicado no advertir las evidentes diferencias. Los gestos que antes estaban ahí pero ya no. Se había aferrado con todas sus fuerzas, como un hombre al borde de un precipicio sujetándose únicamente con las manos, a la posibilidad de que lo que le hubiera ocurrido a Prue no hubiese sido tan grave, y una parte de sí mismo seguía queriendo creerlo.

Sin embargo, algo en su interior, una especie de pálpito desagradable que le provocaba una gran inquietud, intentaba hacerle ver la realidad: aquella no era Prue.

—¿Cómo que dónde estás? —Fue Lucy quien respondió primero—. Estás en...

Lohran le puso una mano en el hombro, al tiempo que chistaba con los labios para que no dijese nada más. Luciana le miró con reproche, pero al contemplar la gravedad de su rostro, optó por dejar que su hermano mayor manejase la situación.

Así que dio un paso al frente, acercándose a la desconfiada Níobe, e hizo todos los esfuerzos posibles por verla como lo que afirmaba ser: una persona desconocida.

—Deberías saberlo. Has vivido aquí —le dijo, sintiéndose terriblemente mal por aquel ejercicio de dureza y frialdad que se vio obligado a realizar—. Pero supongo que te han borrado la memoria y no puedes recordar absolutamente nada, ¿no?

Como era evidente para cualquiera que conociese la historia de los radicales, Lohran se estaba haciendo el tonto. Luciana lo notó, pues igual que todos en aquel refugio, conocía el Pacto de Sangre que todo integrante de los radicales contraía con la organización, una forma de salvaguardar los secretos en caso de ser atrapados.

—Supongo que lo que te voy a decir no tendrá sentido para ti, pero de todas formas, te mereces la verdad: te han borrado la memoria, y si crees recordar algo, en realidad no es así —prosiguió con su explicación, dando otro paso adelante—. Me imagino que estarás pensando que estoy loco, o que te estoy mintiendo, pero a diferencia de las personas que te borraron la memoria, yo tengo pruebas de lo que digo. ¿Te han mostrado ellos alguna fotografía de tu vida como Níobe?

Luciana, que permanecía en silencio, entendió lo que su hermano quería hacer: generar confusión en la mente de Níobe, y calibrar sus respuestas. Así que permaneció a la espera, dejando hacer a su hermano. Quizás consiguieran algo bueno, generando una duda razonable dentro de la cabeza de su hermana.

—Lucy —dijo Lohran con suavidad, sin mirarla, y la susodicha prestó atención—. ¿Aún lo llevas contigo? Ya sabes a qué me refiero.

En realidad, a Luciana le costó un momento comprender a qué se refería, y estuvo a punto de preguntar; entonces, cayó en la cuenta: el teléfono móvil de Prue. Había sido una de las pocas cosas que los hermanos habían conseguido conservar de ella, junto con la varita. Lohran había recuperado ambas cosas de los túneles de metro donde habían sido atacados.

Con un asentimiento de cabeza, Luciana se llevó la mano al bolsillo derecho de su sudadera, bajó la cremallera, y extrajo el teléfono. No era ni el más moderno ni el mejor, pero había sido algo realmente valioso para Prue Martins. Y, por fortuna, era un modelo que reconocía huellas dactilares. Los hermanos, que conocían el código de desbloqueo que utilizaba, no lo habían cambiado, así que en manos de Níobe funcionaría.

Como detalle adicional, en su memoria había guardadas unas cuantas fotografías. Prue lo había conservado desde antes del cambio de gobierno, así que lo que atesoraba en su interior tenía un valor emocional incalculable.

Lucy se lo entregó, con cierto recelo, a Lohran; el fugitivo, tras observarlo unos segundos, se lo ofreció a Níobe, alargando la mano hacia ella.

—Este teléfono móvil te pertenecía —le explicó—. Supongo que no recordarás el código de desbloqueo. Es cero siete cero nueve. —Se trataba de la fecha de nacimiento de Luciana—. Pero no lo necesitarás, pues tiene registrada tu huella dactilar.

¿Funcionaría aquello? De ser así, quizás, tendrían una oportunidad de recuperarla, pues, Lohran estaba seguro, Ayax Edevane no habría podido falsificar algo así.
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Ayax Edevane el Jue Dic 12, 2019 5:18 pm

Níobe no estaba en su mejor momento. Muchísimas emociones exteriores que, desde su perspectiva más inocente, no había vivido nunca, pues no las recordaba. Había estado viviendo durante meses en un mismo lugar, por lo que salir de allí ya le suponía un cambio muy grande del que tenía que hacerse cargo y adaptarse.

Frunció el ceño cuando Lohran habló de un borrado de memoria y le echó la culpa a “ellos.” ¿Estaba intentando engañarla? ¿Se creía que era estúpida? ¿Qué se iba a creer eso que estaba diciendo? ¿Por qué iban “sus enemigos” a salvarla de esa manera? ¿Por qué le darían de nuevo una vida?

¿Cómo le iban a mostrar fotografías de su vida anterior? Era imposible. Si le habían dado un nuevo nombre era precisamente porque no tenía nada de su pasado. Como Níobe, sin embargo, sí sabía muchas cosas.

Observó detenidamente como Lucy sacaba un teléfono móvil y Lohran se lo tendía. No iba a negarlo: eso de tener grabada su huella dactilar hizo que se sorprendiese. ¿Eso qué narices quería decir? Sujetó el móvil con desconfianza y, al poner el dedo índice en la parte posterior, efectivamente aquello se desbloqueó.

De fondo de pantalla había una imagen de sí misma, lo que hizo que sus cejas se alzaran de manera sorprendente. Su mente despojada de memorias pasadas no entendía cómo se movía en el interior de aquella interfaz tecnológica, pero ver aquella imagen digital fue bastante impactante para ella. No estaba sola, sino que estaba en compañía de un perro, aunque no sabía qué perro era ese.

No supo qué decir ni qué hacer.

Luciana y Lohran dejaron a Níobe procesar aquello, con el móvil en su posesión para que pudiera ojear todo lo que había en el interior y hacerse ella su propia idea, sin agobios ni presiones. No tenía ni idea de el código numérico para desbloquear aquello, pero es que no hacía falta, pues su dichosa huella era más que suficiente.

Fue capaz de ver algo del móvil, sentada a solas en una de las sillas de aquel lugar, pero desde que vio algunas fotos, se rindió. ¿Qué le estaba pasando? ¿Acaso se estaba dejando convencer? Por un momento su cabeza no supo qué procesar y qué creer real: ¿creía lo que había vivido, lo que le habían enseñado? ¿O tenía que creer lo que estaba viendo, aunque pudiera ser manipulado? ¡Parecía tan real que…! Apartó el teléfono móvil a un lado, recordando a Aurore y a Ayax, aunque sobre todo a éste último… Él era tan real, había sido tan bueno con ella, le había cuidado tan bien… ¿cómo podía llegar al punto de estar dudando de él? ¿Acaso no le habían avisado previamente de todas las cosas que harían para convencerla?

No iba a caer en eso. No podía.

Pasaron, a ojo, unos quince minutos. Aún en aquel lugar, totalmente sola, se puso en pie y fue hasta la puerta para salir. Quería descubrir en donde se encontraba y no pensaba quedarse allí dentro. Sin embargo, cuando intentó abrir la puerta, ésta estaba cerrada. En ese momento su paranoia aumentó y se alegró de no haber caído ante las sucias mentiras y manipulaciones. Quizás no habían sido Lohran y Luciana quiénes habían cerrado esa puerta y, realmente, estaba enfocando su odio en quiénes no eran, pero a Níobe eso le daba totalmente igual.

Comenzó a mirarlo todo, caminando de un lugar a otro con nerviosismo. Vio sobre el escritorio algunas cosas, además de un bolígrafo, el cual cogió sin dudarlo, guardándoselo en el elástico de su pantalón.
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Lohran Martins el Sáb Dic 14, 2019 1:55 am

Una vez le entregaron a Níobe el teléfono que había pertenecido a su antiguo yo, Prue Martins, ambos hermanos la dejaron sola en la enfermería.

Los líderes del grupo radical no se caracterizaban precisamente por ser estúpidos o confiados, por lo que Lohran había recibido instrucciones claras: al salir del lugar, echó el cierre a la puerta.

Comprendía a la perfección aquella orden, y más después de hablar cara a cara con la susodicha Níobe: lo de su hermana había sido algo más que un simple borrado de memoria, y la posibilidad de que no fuese más que un caballo de Troya en aquella guerra que el Ministerio tenía contra ellos seguía sobre la mesa.

Lucy, por su parte, no pareció igual de satisfecha con aquello. Su mirada de reproche lo decía todo.

—No podemos arriesgarnos —le explicó el brasileño a su hermana, con todo el dolor de su corazón—. Viniendo de donde viene, no podemos bajar la guardia.

—¿Cómo va a ser un peligro? Es nuestra hermana. Seguro que termina acordándose de nosotros... —Incluso Luciana era consciente de lo débil que sonaba aquella esperanza, aferrándose a un clavo ardiente.

—Por ahora, es más seguro así. Aquí no sólo estamos nosotros, y hay que velar por la seguridad de todos —respondió Lohran, que a pesar de que deseaba estar equivocado, estaba empezando a perder la fe.

Ambos hermanos se alejaron de la enfermería guardando un silencio casi respetuoso. Al poco tiempo, el mayor sugirió a la más joven ir a comer algo, para luego descansar. Largas habían sido las últimas horas, y bien sabían que iban a necesitarlo.

***

Los líderes del grupo radical confiaban plenamente en Oliver, uno de los sanadores más experimentados del refugio, y como tal le habían asignado una tarea que sabían que Lohran Martins sería incapaz de llevar a cabo, sin que las emociones nublaran su juicio: vigilar a “Níobe”, la persona que había regresado al refugio en el cuerpo de Prue Martins.

Para el sanador, no era ningún secreto que sus líderes no confiaban en ella, que su único objetivo era mantenerla vigilada y, con un poco de suerte, descubrir algo de información de su enemigo. Conocedores de los efectos que el pacto de sangre tenía en la mente humana, ninguno de ellos tenía duda alguna de que Prue Martins ya no existía.

Oliver debía escuchar e informar, y últimamente, si se descubría que Níobe era un peligro, tomar medidas al respecto. No iban a hacer prisioneros.

El sanador se sentía un tanto en conflicto con aquellas órdenes: él mismo había participado en aquella suerte de rescate, y desde que había entrado a formar parte de los radicales, le unía una buena amistad con Lohran. Sin embargo, sabía que su amigo no iba a tomar la decisión que sería necesaria, pues igual que Luciana, albergaba la esperanza de recuperar a Prue.

Cerca de media tarde, Oliver regresó a la enfermería para comprobar el estado de Níobe, llevando consigo una bandeja con un sandwich para la mujer.

Abrió la cerradura de la enfermería y pasó al interior con aire despreocupado, sin tener en cuenta la posibilidad de que Níobe fuese tan peligrosa como para intentar algo contra él.

Comenzó a replantearse esta idea al no ver a la antigua radical por ninguna parte.

Repentinamente nervioso, cerró la puerta a sus espaldas y caminó un par de pasos, buscando a Níobe. Lo primero que pensó fue que había escapado, y tras dejar la bandeja sobre su escritorio, caminó hacia la ventana en busca de signos de que hubiese sido forzada. Al no encontrarlos, se dirigió al almacén de material que había en la parte trasera, único lugar en que la fugitiva podía haberse escondido.

—¿Níobe? —preguntó, al tiempo que echaba mano del pomo de la puerta, que no giró; buena señal, pues significaba que Níobe no había entrado allí—. ¿Dónde te has metido?

Oliver no viviría para lamentar su decisión de no registrar bien la estancia y haberse dejado llevar por el pánico.
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Ayax Edevane el Mar Dic 24, 2019 11:31 pm

Tanto tiempo allí encerrada sin nada más que un móvil que le generaba repulsión y desagrado, no fue para nada bueno para Níobe. Empezó a darle a la cabeza, asumiendo la evidencia: todo aquello era una trampa. Si fuera verdad y aquellas personas la conocían de verdad, ¿por qué narices la habían dejado allí dentro, encerrada, sin nada más que pruebas falsas para que ella misma se terminase autoconvenciendo? Ayax le había advertido y ella, aún así, había dudado como una estúpida.

Y el hambre… el hambre no estaba ayudando demasiado a su sentido más racional, sinceramente. Oliver quizás no era el peor de todos ellos, pues al menos le había llevado un sándwich.

Níobe se había recorrido toda la enfermería en busca de algo útil, pero todo estaba cerrado y las cosas peligrosas estaban en lugares inaccesibles para ella. Podría intentar forzar las cosas, pero haría mucho ruido y no quería que llegasen más refuerzos de los necesarios a ver qué narices estaba haciendo. Tenía que tener paciencia y… sobre todo ser consciente de que no necesitaba gran cosa para defenderse. El pelirrojo le había enseñado muchas maneras de defenderse, solo con sus manos.

Escuchó como una persona entraba en la enfermería mientras ella estaba detrás de la pared que dividía la enfermería, observando con curiosidad unas fotografías que habían allí colgadas en un escritorio.

Como no supo quién había entrado, se mantuvo callada, intentando evitar el encuentro directo. Se movió en base a sus pasos, intentando ser silenciosa y mantener la tranquilidad. Todavía tenía el bolígrafo en su poder, sujetándolo con la mano cerrada en un intento de utilizarlo como defensa… o ataque.

―¿Donde me voy a meter? ―le preguntó de vuelta ante su estúpida pregunta, apareciendo detrás de él. Tenía el bolígrafo entre sus manos y jugaba con él tranquilamente, en una copia exacta de cómo jugaba Ayax con sus bolígrafos en el Área-M―. Supongo que vuestra intención encerrándome aquí es, básicamente, que no pueda meterme en ningún sitio. Así me tenéis controlada.

Daba un poco de mal rollo ver a Níobe jugando de manera despreocupada con el bolígrafo pues, aunque nunca hubiera tenido ―que ella recordase― un arma punzante entre sus dedos, casi que se veía como si aquello fuera más peligroso de lo que era.

―¿Has venido tú solo? Qué raro, ¿no es normal venir acompañado si la prisionera es peligrosa? ¿O tú te las arreglas solo conmigo? ―Eso sonó a amenaza y… de hecho, más o menos lo era. Estaba solo y no iba a dejar que dijera nada que a ella no le convenciera que dijera. Para ella no tenía valor alguno la vida de una persona enemiga.

Ahora mismo, para colmo, Níobe veía todo como si todos fuesen enemigos. Por mucho que ahora mismo le hubiera traído un sándwich o antes hubiese tenido una actitud tranquila con respecto a ella, ella lo veía como alguien que en cualquier momento podría hacerle daño, tenderle una trampa o atacarla por la espalda y no estaba dispuesta a caer en algo así. Había sido advertida y pretendía utilizar su información para estar por delante.

―¿Es este el refugio principal? ―preguntó, sin rodeos―. Necesito ver a Maximus.

Sabía que esa declaración era vital y que su reacción determinaría como terminaría ese encuentro. Ella, no obstante, tenía sus prioridades bien marcadas.
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Lohran Martins el Jue Dic 26, 2019 9:51 pm

Incapaz de evitar empaparse de ese estado de tensión que reinaba en el refugio tras la llegada de una prisionera liberada del Área-M, así como de la situación en sí, Oliver sentía el corazón palpitando salvajemente dentro de su pecho y contra sus sienes.

Al escuchar a su espalda la voz que había pertenecido a Prue Martins, el sanador estuvo a punto de pegar un bote allí donde estaba, pero por fortuna logró mantener la compostura.

Se dio la vuelta para observar a la que, no lo neguemos, era una prisionera, y se puso en tensión al observar que se había hecho con un bolígrafo. De manera un tanto ingenua, quizás, pensó que poco podía hacer con semejante objeto, pero de todas formas no le tranquilizaba ver cómo jugueteaba con él entre los dedos, mientras pronunciaba aquellas palabras.

Llegó a sopesar la posibilidad de apelar a la empatía de aquella mujer, pero… ¿de verdad le quedaba algo de empatía dentro? No empezaba ni siquiera a imaginarse la clase de experimentos a los que habría sido sometida allí dentro, aunque había escuchado ciertos rumores.

Mengele parecía un principiante en comparación con los protagonistas de dichos rumores.

—¿Quién te ha dicho que eres una prisionera? —preguntó, algo incómodo, interpretando la fría amenaza subyacente en sus palabras—. Tu presencia aquí es una mera precaución, hasta que estemos seguros de tu estado de salud.

Mientras pronunciaba estas palabras, con mucha discreción, el sanador llevó la mano a la varita, que llevaba siempre colgada en un compartimento mágico a la espalda de sus pantalones. Con mucho cuidado, logró sacarla, dejándola oculta tras su pierna.

Que necesitaba ver a Maximus, Oliver se lo imaginaba. ¿Por qué la iban a liberar, si no? Ni siquiera Lohran había creído del todo en la buena voluntad de Ayax Edevane, ni siquiera tras su advertencia.

¿Los líderes? Ellos, directamente, no habían llegado a donde estaban por ser ingenuos, precisamente. Sabían que algo iba mal en todo aquel intercambio, y era casi un milagro que hubiesen aceptado traerla al refugio principal.

—No estoy autorizado a darte esa información —respondió, visiblemente nervioso—. ¿Por qué no vas a sentarte a la camilla? Como imaginé que estarías hambrienta, te traje algo de comer. Está en mi escritorio.

Oliver, en aquellos momentos, no pensaba en absoluto en mantener una conversación con ella. Ni siquiera pensaba dejarla comerse el sandwich. Su única intención era esperar el momento en que bajase la guardia, dejarla inconsciente, y finalmente encadenarla a la camilla, medida que posiblemente debían haber tomado en un inicio.

«Ese ha sido tu error y de nadie más», se dijo el sanador. «Has pecado de confiado. En fin, intenta arreglarlo.»

Poco sabía él que las posibilidades de arreglarlo se habían terminado. Quizás subestimaba a Níobe, o quizás tenía en alta estima sus propias habilidades, pero lo lamentaría.
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Ayax Edevane el Mar Dic 31, 2019 8:07 pm

―Si no soy una prisionera, ¿por qué me habéis encerrado? ―Le devolvió la pregunta, sin contestar directamente a la suya―. Entiendo que si fuera mera precaución, al menos se me hubiera comunicado.

Le resultaba falsamente modesta su contestación, como si el hecho de mantenerla allí presa no fuese sinónimo de desconfianza, por no hablar de que “estar presa” en la enfermería hablaba por sí solo. Además, ¿estado de salud? Ella se encontraba perfectamente y no tenía ningún problema más que lagunas en su memorias. Le parecía todo una tontería; una manera de poner en palabras saludables y generosas la pura realidad.

Ayax le había advertido del trato, pero tampoco se imaginó que fuera tan descarado y a la primera de cambio. ¿Cómo pretendían que se comportase si ellos la dejaban encerrada de esa manera allí? No parecía indicativo, precisamente, de que antes fueran demasiados amigos, como estaban intentando hacerle creer.

«No estoy autorizado para darte esa información», solo corroboró que allí nadie era su amigo. Sin embargo, sonrió. Lo notó nervioso y sin bajar la guardia, asintió a lo de ir a su camilla y comerse lo que fuera que le hubiera llevado.

―Está bien… ―contestó, dirigiéndose hacia allí.

Sabía perfectamente que no debía de bajar la guardia, pues su amigo se lo había matizado en muchas ocasiones. «Allí nunca bajes la guardia, pues cualquiera podría atacarte por la espalda», por lo que en ese momento se dirigía hasta la camilla siendo consciente de que detrás de ella iba una persona que no era su amiga.

Pese a que estaba advertida, igualmente le pareció sorprendente que le intentase atacar de esa manera tan sucia, por la espalda y después de haberle ofrecido, de buena fe, comer. Níobe se dio cuenta porque la sombra lo delató intentando sujetarla por la espalda, a lo que ella se agachó a tiempo de sujetar una de sus muñecas, girando en el proceso y retorciéndole el antebrazo. Él automáticamente se agachó, cediendo al dolor de esa torsión.

―¿Atacando por la espalda? Ahora entiendo que lo que me han contado de vosotros es verdad ―le recriminó, soltando su muñeca y golpeando con su pie, de una patada, su pecho.

Oliver cayó hacia atrás en el suelo y Níobe no tardó en colocarse contra él, sacando el peligroso y letal bolígrafo para colocárselo en la garganta. Oliver había confiado demasiado en sus capacidades físicas que ahora no llegaba a su varita, mientras que Níobe ahora mismo tenía la situación bien asegurada con aquella punta sobre su carótida.

No era el bolígrafo más puntiagudo, pero ella estaba muy segura ―y Oliver también― que con la debida fuerza, eso serviría para desangrarlo sin problema alguno.

―Necesito ver a Maximus ―repitió, sujetando una de sus muñecas con su mano libre―. La única posibilidad de que salgas con vida de esta es que me digas en donde está ―mintió.

―No me vas a convencer de traicionar a los míos; no soy como tú ―le respondió, asustado pero sereno―. Y los dos sabemos que no hay ninguna posibilidad de que salga de esta con vida, más que llevándote por delante.

―Y eso no va a ocurrir. ―Oliver intentó hacer fuerza, pero se contuvo desde que sintió bastante presión en el cuello―. Te puedo obsequiar con una muerte rápida, si colaboras.

―No soy de esos que se rinden sin luchar, Prue. ―Y, sin dejar tiempo a réplica, el hombre golpeó la mano del bolígrafo con su mano libre, intentando ganar aquella lucha de fuerza, aunque estuviera en clara desventaja.

Oliver consiguió tirar a la muchacha hacia un lado, pero la fuerza con la que cayeron terminó por ser una desventaja para el hombre, pues Níobe aprovechó ese vaivén para empujarlo contra una esquina y hacer que su cabeza se golpeara. Perdió de nuevo la iniciativa y, siendo presa de ese desconcierto, la muchacha volvió a golpear su cabeza contra la pared, haciendo que saliera sangre de una herida. Se irguió y lo empujó para atrás, haciendo que el cuerpo del hombre se chocase contra la camilla y ésta saliese rodando hacia atrás.

―Te digo yo que me vas a decir en donde está Maximus ―dijo Níobe, acercándose a él prácticamente gateando para no perder posibilidad. Estaba obsesionada.

Sin embargo, cuando llegó a él, lo que recibió fue una imprevista patada en la boca que la hizo caer hacia un lado. En ese momento Oliver, pese a que estaba mareado y bastante indispuesto, se levantó y se puso sobre ella, con intención absoluta de asfixiarla con sendas manos en el cuello.

Níobe había soltado el bolígrafo, pero mientras Oliver apretaba su cuello intentando dejarla sin aire y ella forcejeaba con pies y cuerpo intentando quitárselo de encima, su mano intentaba llegar al bolígrafo. Oliver lo estaba viendo, pero aquello era una apuesta de fe: si la asfixiaba a tiempo, no tendría que preocuparse de nada.

La chica, en su último hálito, se estiró hacia allí y con los dedos llegó al bolígrafo. Lo sujetó con fuerza y lo llevó al cuello de Oliver. Lo que él vio fue una visto y no visto, incapaz de reaccionar. Para cuando sus ojos se fijaron en lo que ocurría, ya había sentido como aquello se clavaba en su garganta y salía de nuevo sin ningún tipo de delicadeza.

Soltó rápidamente el cuello de Níobe y se los llevó al propio, intentando parar la hemorragia, poniéndose en pie. Se arrepintió sobre la marcha: ¿y si la hubiera terminado de asfixiar, aunque él muriese también en el intento, no hubiera sido mucho mejor? Sin embargo, el instinto le había hecho parar y preocuparse por sí mismo, aunque fuese totalmente inútil. Vio perfectamente cómo sus manos se empapaban de sangre e intentó ponerse en pie, pero su cuerpo no se lo permitió, volviéndose a caer de culo después de trastabillar varias veces.

Su cabeza chocó contra la puerta de entrada y en cuestión de segundos una mirada de decepción mirando a Prue se convirtió en una mirada vacía. Murió desangrado, con un charco de sangre bajo él que no paraba de crecer y crecer…

Níobe seguía en el suelo, con dolor en la garganta y ojiplática al ver aquella escena.
Ayax Edevane
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Lohran Martins el Jue Ene 02, 2020 1:08 am

Mientras Oliver moría desangrado en el suelo de la enfermería, habiendo cometido un grave error al subestimar las habilidades de la que en otro tiempo había sido Prue Martins, el hermano de la susodicha se encontraba no muy lejos de allí, en el ala residencial del refugio. Se había tendido en su cama, después de una exigua comida, y trataba de encontrar un poco de descanso.

Sobra decir que no lo estaba encontrando.

Valoró en un par de ocasiones el regresar a la enfermería, esta vez en solitario. De esta manera, quizás, habría aparecido a tiempo para evitar la muerte de su amigo, pero no sucedió así. Lo lamentaría después.

El brasileño no era estúpido, y era consciente de cómo había sido recibida la mujer que se hacía llamar Níobe en el refugio: los radicales no confiaban en ella. ¿Se les podía culpar, acaso? No sabía cuáles eran sus planes para ella, pero era consciente de cómo sus compañeros, en cuanto había entrado en el comedor hacía un rato, habían dejado de cuchichear y habían empezado a disimular.

Algo ocurría con Prue, eso estaba claro.

Sin embargo, no concebía la posibilidad de que Maximus hubiera dado la orden de acabar con su vida si resultaba ser un peligro. Sobraba decir que había estado totalmente en contra de semejante medida, igual que sobraba decir que su decisión poco habría importado. ¿Y qué podría haber hecho él al respecto? ¿Rebelarse? Seguro que acababa metido en una celda, mientras ellos llevaban a cabo tan fea tarea.

Por suerte para él, ésta no era una de las tribulaciones que le impedían conciliar el sueño; sin embargo, había muchas otras que sí.

Cuando se cansó de revolcarse en la decepción que sentía hacia sí mismo, además de en las preguntas sin respuesta, acerca de qué sentirían sus padres al descubrir cómo les había fallado, Lohran simplemente tuvo que salir de allí. La habitación comenzaba a tornarse pequeña y claustrofóbica, y repentinamente se sintió en la necesidad de respirar aire fresco.

Salió a los pasillos y caminó en busca de la puerta más cercana que condujera al exterior. Arrastraba los pies al caminar, y si bien se cruzó con algún que otro compañero en el trayecto, ninguno de ellos le preguntó a qué se debía ese aspecto de muerto en vida que llevaba. ¿Acaso hacía falta preguntar?

Se encontraba cerca de una de las puertas que llevaba al patio cuando, medio agazapado en una esquina, observó cómo Alden Rutherford daba buena cuenta de un cigarrillo, con aire despreocupado.

Lohran se detuvo a unos pasos de él, y ambos cruzaron una mirada tensa. Apretó los puños, no fuese a ser que su compañero de misión tuviese ideas de lanzarse sobre él.

No sucedió.

—¿Ya estás contento con el resultado de tu mierda de misión? —preguntó de manera despectiva; Lohran no respondió, y él dio una calada a su cigarrillo, expulsando una voluta de humo en un lugar en que, en teoría, no se debería fumar—. Por tu careto de mierda ya veo que no. ¿Qué esperabas? ¿Vivir felices y comer perdices?

A Alden, por algún motivo, aquella situación parecía hacerle mucha gracia. Lohran guardó silencio, pero tanto sus músculos como su mandíbula se tensaron. Le encantaría poder partirle la cara a su “compañero”.

—Eres un pedazo de mierda, ¿lo sabías? —le dijo, con un tono de voz más calmado del que le hubiese gustado.

Alden simplemente se rió, para luego dar otra calada.

—Ya he oído ese cuento más veces. Pero escucha: —Alden se separó de la pared y se le acercó un par de pasos; su rostro se puso serio y amenazador—: seguro que los demás no te han dicho lo que planean hacer con tu hermanita, pero ya te digo yo que nada bueno. Es una enemiga y una potencial espía, y si no consiguen nada interesante de ella...

Lohran se sintió muy tentado a desoír aquellas palabras tan venenosas, fruto sin duda del desacuerdo que habían tenido durante la misión de rescate. Sin embargo, una parte de él creyó que había verdad en esas palabras, y fue esa parte la que lo llevó a arrearle un manotazo en la mano a Alden, quitándole el cigarrillo de entre los dedos. Éste describió un arco en el aire, aterrizó en medio del pasillo soltando una nube de chispas rojas, y finalmente se detuvo un par de metros más allá.

Lohran y Alden se miraron con expresión amenazante.

—Cuidadito, Martins… Tú y yo no somos amigos.

—Quién debe tener cuidadito eres tú. Como vuelvas a decir algo así de mi hermana, te aseguro que te arranco los dientes a puñetazos —amenazó el brasileño, sin apartar la mirada de los ojos de Alden.

Sin embargo, su compañero no parecía dispuesto a empezar una pelea allí, en medio de los pasillos. Su rostro poco a poco mudó en una expresión casi risueña, divertido con la situación. ¿De verdad había llegado alguna vez a confiar en semejante persona? No podía creerlo.

—Como quieras, gilipollas. Niega la realidad todo lo que te dé la gana. —Y, con esas palabras, Alden le dio un par de palmadas en el hombro a Lohran, lo sorteó, y se encaminó en la dirección desde la que el brasileño había venido.

Lohran permaneció allí, en silencio, apretando puños y mandíbula, y por un momento deseó seguirlo. Deseó lanzarse sobre él y convertir su cara en una pulpa sanguinolenta. ¿Qué conseguiría con ello? Seguramente, nada, pero sentía que no necesitaba otra cosa en aquellos momentos.

En lugar de eso, optó por ir a tomar el aire. Ahora le hacía aún más falta.

***

Por su parte, Alden tenía sus propios planes: sus pasos se encaminaron a la enfermería, lugar en que se encontraba encerrada la tal Níobe.

¿Qué pretendía, exactamente? Bueno, tomarse la revancha, además de servir a la organización a la que había jurado lealtad.

Seguramente, en aquellos momentos, Oliver estaría intentando obtener una confesión de aquella traidora por medios poco violentos, amistosos. Ese era el estilo del sanador, pero no el suyo.

Alden, durante el secuestro de Angelica Edevane, había anhelado en secreto que le dejasen a solas con ella durante el tiempo suficiente para poner en práctica algunos de sus deseos más personales, esos de los que no le hablaba a nadie. La pelirroja y él se habrían divertido mucho de haber sido así, y para cuando regresase con ese pazguato que tenía por hermano —y regresaría, eso seguro—, apenas sería una sombra de lo que había sido.

Quizás incluso se habría quitado la vida a los pocos días.

Prue Martins, o Níobe, no tendría que preocuparse por eso: de todas formas, las órdenes de Oliver eran claras, y la prisionera viviría tanto tiempo como se la considerase útil. Seguramente, usaría algún tipo de potingue de los suyos para que su muerte fuese indolora, como quedarse dormida o alguna mierda así.

«Cambio de planes», pensó Alden con satisfacción. Se sentía perfectamente capaz de obligarla a confesar todo lo que quisiesen escuchar. Era insultantemente fácil.

Sin embargo, con lo que el depravado fugitivo no contaba era con que Níobe no era, ni por asomo, una víctima indefensa. Ignoraba lo que había ocurrido apenas minutos antes en la enfermería. ¿Le habría importado de saberlo? ¿Le habría preocupado Oliver? Seguramente no, pues su plan seguiría en marcha.

Para unos resultados más óptimos, llevaba consigo un afilado cuchillo que había tomado prestado de la cocina. Lo llevaba oculto en la cinturilla de los pantalones, bajo el suéter. Ya casi podía experimentar la sensación de ponérselo al cuello a esa zorra.

¿Cómo se sentiría Martins cuando descubriese las cosas que le había hecho a su querida hermanita antes de matarla? Lo mejor de todo era que podía escudarse perfectamente en el hecho de estar cumpliendo órdenes.

Ya podía ver la puerta de la enfermería, al fondo del pasillo. Deslizó la mano dentro del bolsillo y extrajo la varita, dispuesto a empezar con aquel festival de sádica diversión. Aquello prometía ser muy interesante...
Lohran Martins
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Ayax Edevane el Sáb Ene 04, 2020 2:17 am

Quizás le hubieran metido mucho en la cabeza la facilidad con la que uno podía matar a sus enemigos, pero vivirlo no fue para nada como se podía haber esperado. En ese momento el corazón de Níobe iba a una velocidad a la que nunca había ido ―que ella recordase―, tanto por haber pensado que podría morir, como por haber conseguido clavar aquello en el cuello ajeno, viendo como moría delante de sus propios ojos.

Mentalmente podría haberse preparado para la posibilidad, pero estaba claro que no había sido más que otra falsa seguridad. Ver como aquel pobre hombre intentaba parar la herida de su cuello mientras se quedaba sin fuerzas ni para mantener la mirada fue… duro.

Quería convencerse de que podría haber sido ella, pero aún así no llegaba a reconfortarle demasiado ese pensamiento.

Antes de poder siquiera asimilar todo lo que estaba pasando, Alden Rutherford abrió la puerta de la enfermería. Níobe no sabía quién era, pero probablemente de saber lo capullo que era o las intenciones con las que había ido allí, su reacción hubiera sido muy distinta. Sin embargo, al verlo entrar lo primero que hizo fue intentar levantarse de en donde estaba e intentar retroceder hacia atrás.

Quizás la Níobe de hace unos minutos hubiera optado por la ofensiva, pero haber visto al sanador morir le había resquebrajado todas sus defensas en ese momento y necesitaba volver a serenarse.

Le devolvió a la realidad el jalón de pelos que le pegó Alden Rutherford cuando, al ver toda aquella locura sangrienta ―y teniendo cero impacto empático―, la tiró hacia atrás y la hizo torcerse hacia atrás, cayendo de rodillas al suelo.

El hombre tiraba de ella fuertemente por su cabellera, manteniéndola «bajo su poder» ahora que había perdido la fuerza y estaba de rodillas frente a él.

―¡Y el estúpido de Martins creyendo que tienes algún tipo de salvación! ―Se carcajeó―: ¿Sabes? Oliver era un buen tipo, pero no voy a negar que me entusiasma que me hayas dejado tan fácil el poder castigarte a mi manera.

Níobe, que tenía sendas manos en su cabeza para evitar que tirase demasiado fuerte, lo miró con desafío desde su posición.

―Eres el más imbécil de aquí dentro si piensas que voy a dejar que alguien me castigue.

―Dímelo gritando dentro de…

Y el que gritó fue Alden al recibir un fuerte mordisco de Níobe en el muslo. Era lo único que podía hacer desde su posición, pero obviamente era una mala idea, pues recibió un rodillazo en la barbilla en cuestión de segundos. Su cuerpo cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la pared trasera y mordiéndose la lengua en el proceso.

Ese dolor que sintió después del rodillazo y el cocazo fue lo que hizo que Níobe volviese a ser ella, luchando por su supervivencia.

Se levantó todo lo rápido que pudo de allí, pero para cuando se quiso abalanzar contra Alden, éste le apuntó con la varita. Ella no tenía varita y, de hecho, jamás había visto ningún hechizo ofensivo salir de una de esas, por lo que durante una milésima de segundo hasta pensó que sería inofensiva. Lo pensó hasta que una corriente eléctrica impactó contra su cuerpo, haciéndola gritar de manera  repentina ante ese agudo dolor que sentía en todo su cuerpo. Sin poder evitarlo hincó una de sus rodillas e intentó reprimir el dolor.

―La imbécil eres tú si crees que vas a salir de aquí de una pieza… ―le dijo Alden cuando ésta aguantó los gritos.

De un movimiento de varita hizo que Níobe se levantara, creando en sus muñecas unas correas de hierro que se sujetaron mágicamente al techo. Inmovilizó también sus piernas cuando intentó atacar con ellas y, cuando la chica no pudo hacer nada más por frenar aquello, le escupió en la cara.

Alden, lentamente, se quitó la saliva de la cara, con una mirada de pocos amigos hacia Níobe. Antes de hacer nada, eso sí, miró hacia atrás, observando el cadáver de Oliver al que ―obviamente sin querer, pues no sabía que estaba ahí― había golpeado al abrir la puerta y ahora estaba totalmente acostado en el suelo.

―Debería llevarte ante los jefes y avisar de la muerte de Oliver… ¿pero sabes qué? ―Se hizo para atrás el pelo con una de sus manos, pues la muchacha lo había hecho hasta sudar un poco―. Si te llevo ante ellos, no me dejarán castigarte a mi manera y el imbécil de Martins se meterá de por medio… Y no pienso dejar que ese gilipollas siga metiéndose de por medio.
Ayax Edevane
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Lohran Martins el Lun Ene 06, 2020 2:38 am

Si en aquel momento, Alden Rutherford asegurase que de verdad le importaba la muerte de Oliver, estaría mintiendo.

De acuerdo: quizás no le hacía demasiada gracia que su compañero —uno de esos que jamás le había tocado las narices, y que para colmo le había remendado las heridas más de una vez a lo largo de su “carrera” como fugitivo—, pero la única prioridad que tenía en mente era aquella escoria traidora que ahora pendía del techo de la enfermería.

Despreciaba el purismo y a todos los que lo defendían con toda su alma, y había perdido demasiadas cosas como para preocuparse de si lo que hacía estaba bien o mal. Algunos decían que simplemente estaba muy implicado en la causa; otros, en cambio, lo definían como un loco.

Quizás ambos tuviesen parte de razón.

Lentamente, el fugitivo se levantó la camiseta para dejar a la vista el cuchillo que había tomado prestado en la cocina. Cerró los dedos alrededor de la empuñadura y lo sacó con un suave silbido metálico.

—Vamos a ver si puedo quitarte las ganas de escupir —le dijo a su prisionera, con una sonrisa maquiavélica en su rostro.

Con toda la intención de convertir los últimos minutos de vida de Níobe —no podía permitirse más, pues corría el riesgo de que le interrumpiesen— en un infierno, Alden dio un paso firme en su dirección, pasándose el cuchillo de una mano a la otra con aire juguetón, y comenzó a trabajar…

***

Mientras Lohran —que por muy mal concepto que tuviese de Alden, no lo creía capaz de hacer algo como lo que estaba haciendo— deambulaba sin rumbo fijo por los pasillos del refugio, Luciana Silva se encaminaba a la enfermería.

Quizás lo que estaba haciendo era imprudente, dado el estado en que su hermana mayor había regresado, y como le había sugerido Lohran, la paciencia fuese la clave para una hipotética recuperación, pero necesitaba verla. Necesitaba hablar con ella, contarle cosas de la que había sido su vida, en un intento por apelar a lo poco que quedase de ella.

No negaría que se sentía contrariada: por un lado, los máximos responsables de aquello eran los carniceros que trabajaban en el Área-M, por supuesto; por el otro, si Prue no hubiese aceptado ese pacto de sangre, seguramente sus recuerdos permanecerían intactos.

Sabía que era una medida necesaria, teniendo en cuenta cuántos de ellos caían en manos del gobierno, pero una parte suya, inocente, nunca alcanzaría a comprenderlo del todo. Aún cuando ese pacto de sangre había mantenido el refugio donde vivía a salvo durante tanto tiempo.

«Prue va a recuperarse», se dijo a sí misma mientras caminaba, con el corazón en un puño. «Tiene que hacerlo.»

Le habían entregado su teléfono móvil, lleno de recuerdos de su vida anterior, y cuando supiese que era seguro, incluso, traería a Alfredinho a verla. Su memoria volvería, o por lo menos les creería, y quizás estuviese dispuesta a recuperar su antigua vida, o iniciar una nueva sobre las ruinas que habían quedado en su cabeza.

Nerviosa como pocas veces había estado, Lucy se detuvo ante la puerta de la enfermería. Estaba cerrada —Alden se había encargado de ello antes de comenzar el “interrogatorio”, cosa que ella no sabía—, por lo que llamó con tres golpes de un puño tembloroso.

—¿Oliver? —preguntó a la puerta cerrada, su voz temblorosa—. ¿Estás ahí dentro? Soy Luciana, y me gustaría saber si puedo ver a Prue…

Lo que no sabía ella era que, posiblemente, no quería presenciar nada de lo que había ocurrido y aún estaba ocurriendo allí dentro.
Lohran Martins
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Ayax Edevane el Lun Ene 13, 2020 12:24 am

Níobe se encontraba atada de pies y manos, sin poder acceder a ninguna manera inmediata de darle la vuelta a aquella situación. Ver a Alden acercarse a ella con el cuchillo en la mano la hizo sentirse vulnerable, asustada y terriblemente frustrada, pues no podía hacer absolutamente nada. Además, le parecía terriblemente denigrante para su persona que un subnormal como lo era Alden ―por lo poco que lo había visto― pudiera hacerle daño de esa manera tan deshonesta, sin siquiera darle la posibilidad de defensa.

Ahí en donde veías a Níobe totalmente concienciada para matar con tal de sobrevivir, no concebía la idea de hacer daño sólo por hacer daño. Ella no necesitaba buscar información, ni torturar a nadie, sino simplemente matar a sus enemigos.

Sin apartar la mirada de los perversos ojos de Rutherford, sintió cómo posaba la hoja del cuchillo sobre su cuello, deslizándola suavemente con una .

―Una pena no tener tiempo para poder hacerte todo lo que me gustaría… ―le confesó, de manera enfermiza―, así que voy a tener que conformarme con hacerte el daño que te mereces. Has matado a mis amigos, ¿y sabes lo que le hacemos a los asesinos?

Llevó el cuchillo a su clavícula, clavando la punta entre el hueco entre el hueso y el trapecio. No hizo demasiada fuerza, pero sí lo suficiente como para que saliera sangre y Níobe gruñese de dolor. Sopesó la idea de dar un golpe con la cabeza, pero sabía que de hacerlo probablemente las consecuencias negativas de ese cuchillo fuesen peor para ella que para él.  

―¿Aunque sabes qué…? Quizás sí que podríamos tener un poco diversión después de todo… ―Alden Rutherford, enfermo mental desde que fue creado, no pudo evitar su máxima tentación. Parecía tener la imperiosa necesidad de dominar al resto de personas, sobre todo si eran mujeres, enemigas y podía doblegarlas a su merced.

Poco a poco bajó una de sus manos por su cintura hasta que llegó a su cadera, pero en ese momento la puerta sonó. Era Luciana, preguntando por Oliver.

Alden paró de golpe, cuestionándose qué hacer. Ese momento de duda le supuso un cambio en las tornas, pues Níobe aprovechó para golpear su nariz con su cabeza fuertemente, haciendo que el hombre retrocediera hacia atrás con una nariz sangrante. Había soltado el cuchillo y había dado un par de pasos hacia atrás para llevarse sus propias manos a la nariz. Tardó unos segundos en desatar su ira en forma de palabras y olvidarse de Luciana.

―¡Serás zorra!

Luciana, al escuchar el golpe y el insulto, empujó fuertemente la puerta para entrar al interior, quedándose en shock cuando vio que la puerta arrastraba consigo una mancha de sangre. Lo siguiente que notó fue como alguien sujetaba fuertemente su brazo y tiraba de ella hacia el interior, un Alden que, previsor, había tirado de ella y había colocado en su boca una de sus manos para evitar que gritase. A punto estuvo de gritar al ver a Oliver desangrándose, sin vida, en el suelo, como si su cuerpo no significase nada para nadie.

Los ojos de la pequeña estaban ojipláticos al ver a su hermana Prue en la situación en la que se encontraba y, sobre todo, al notar a Alden contra ella contra la pared. Le daba mucho miedo ese hombre después de lo que le había visto hacer ―y sugerir― cuando tenían a Angelica Edevane retenida en aquel lugar.

―Vaya, vaya… parece que es mi día de suerte: ¿las dos Martins sin el gilipollas de Lohran pululando alrededor? ―Rió, pasándose su mano libre por la nariz, quitándose parte de sangre―. ¿Quieres ver como castigo a tu hermana? Ella ha matado a Oliver. Quizás deberías ser tú misma la que la castigue, ¿o vas a permitir que ese monstruo haga lo que quiera con nosotros?
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Lohran Martins el Mar Ene 14, 2020 9:25 pm

Demasiadas emociones se agolpaban en el interior de Luciana Silva, quien apenas podía pensar con claridad. En apenas unos segundos frenéticos, había visto el cadáver de Oliver y la escena que había montado Alden con su hermana, quien además parecía herida. La respuesta natural de su mente fue bloquearse, y a pesar de que sabía que debería hacer algo, gritar, cuanto menos, simplemente se quedó paralizada.

El fugitivo que había amenazado con hacer abortar a golpes a Angelia Edevane la retenía contra una pared, amenazando no sólo a su hermana, sino también a ella. Su reacción natural fue desconfiar de sus palabras, incluso cuando afirmó que la ahora llamada Níobe había matado al sanador.

Sus labios temblaron, tratando de emitir palabras que no llegaron ni a formarse. Sus ojos buscaron los de Prue, encontrándose únicamente una expresión vacía, carente de empatía, en ellos. Lo único que parecía interesarle era su propia supervivencia.

«Ha sido él», decidió la muchacha, que a fin de cuentas no dejaba de ser una adolescente que apenas sabía nada de la vida. No podía llegar a concebir el hecho de que estaba encerrada con dos monstruos. «Quiere vengarse de Lohran y por eso lo ha hecho.»

—Suéltanos —pidió con un hilillo de voz agudo, que logró salirle a duras penas—. Si lo que dices es verdad, y ha sido ella… puedes explicarlo. No tienes que hacer ninguna...

No llegó a terminar la frase, pues demostrando un total desprecio por ella, Alden no dudó en asestarle el peor puñetazo que le habían dado nunca. Luciana sintió cómo sus dientes castañeaban, además de un profundo dolor en la mejilla y uno más agudo en la lengua. Supuso que se la había mordido, pues la boca comenzó a llenársele de sangre.

Alden la soltó en el mismo momento en que la golpeó, de tal manera que el golpe la mandó al suelo sin posibilidad alguna de recuperarse. Aterrizó de bruces sobre las palmas de sus manos y su cadera izquierda, y nada más hacerlo, varias gotas de sangre cayeron al suelo procedentes de su boca herida. Sin poder evitarlo, se llevó una mano temblorosa al labio, notando una sensación húmeda, caliente y pegajosa bajo sus dedos.

—Tu querida hermanita sabe cosas —declaró Alden, quien en aquellos momentos creía que había ganado, hasta el punto de bajar totalmente la guardia—. ¿Y sabes lo que han dicho nuestros jefes? Que tenemos que sonsacarle cualquier información que pueda resultarnos útil, y que luego nos deshagamos de ella. Me voy a asegurar de que se cumpla lo antes posible.

Luciana buscó con la mirada en la enfermería algo que la permitiese salir de aquella situación en que se encontraba, pero por más que lo hizo, no podía evitar quitarse de encima esa sensación de miedo, de que todo estaba perdido. Alden era un loco, no cometía errores y…

Entonces, los ojos de Luciana se fijaron en algo en lo que no habían reparado antes: apenas a unos centímetros de ella, bajo la camilla que antes ocupaba Prue, había terminado la varita de Alden, seguramente durante el forcejeo con la prisionera.

Quizás lo que hizo fue estúpido, teniendo en cuenta las palabras del fugitivo. Sin embargo, Luciana no pensó y actuó: se arrojó de un impulso sobre la varita, la aferró con ambas manos, y se dispuso a actuar.

Alden también reaccionó de inmediato, avanzando hacia ella y apartando la camilla de una patada, para luego intentar apresarla.

Lucy alzó la varita y conjuró un hechizo, el cual pasó de largo sin golpear a Alden. El fugitivo sonrió, divertido, para luego pisar con fuerza la mano de Luciana que sostenía la varita. Lo hizo con tal violencia que no sólo la obligó a soltarla, sino que partió el instrumento mágico que le había pertenecido, además de varios huesos de la muchacha.

Ella chilló, su mano atenazada por un profundo dolor. Esto no detuvo al que antes consideraba su compañero, sino que mantuvo el pie sobre la mano de la chica. Luciana creyó que se desmayaría del dolor, e incluso comenzó a nublársele la vista.

—La has cagado, putita —le dijo con un desdén perverso—. Has desperdiciado la única oportunidad que tenías, y encima me has cabreado. Creo que antes de pasar a la acción con tu hermana, voy a divertirme un ratito contigo. —Y, como para delatar sus perversas intenciones, Luciana lo vio relamerse. No pudo evitar sentir asco y temor a partes iguales.

El problema con todo aquello era que, estando como estaba Alden distraído con Luciana Silva, no se había dado cuenta de un dato importante: en ningún momento había pretendido la joven bruja acertarle con hechizo alguno.

Lo que realmente había hecho, confiando en sus instintos, había sido conjurar de manera no verbal un hechizo Finite Incantatem en dirección a Níobe. La antigua prisionera favorita de Ayax Edevane, repentinamente, se vio libre de las cadenas que la mantenían sujeta al techo de la habitación.

Y no sólo eso: a pocos pasos de ella tenía un afilado cuchillo que Alden Rutherford había logrado robar de las cocinas. Alden Rutherford, quien en ese momento estaba demasiado distraído como para percatarse de todo esto.
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Lohran MartinsRadical

Ayax Edevane el Miér Ene 15, 2020 11:23 pm

Níobe lo único que sintió al ver como Alden golpeaba a la muchacha había sido rabia. No sintió pena por su hermana porque no sabía que era su hermana ni tenía sentimientos por ella, pero después de cómo el hombre le había tratado a ella con esa dominación y violencia, no soportaba que tuviera esa misma actitud con alguien tan joven y débil. Luciana había sido probablemente la mejor versión de todas las personas allí dentro que había visto y, por lo poco que había podido presenciar, no parecía ni una amenaza ni un peligro.

Intentó forcejear con las dichosas cadenas para ayudar a la chica cuando le abofeteó el rostro, pero fue totalmente inútil. Le gustó al resistencia que opuso la muchacha y, sobre todo, su astucia. Sabía que en solitario, por mucho que tuviera varita, estaría en desventaja, por lo que lejos de querer atacarle, lo que hizo fue liberar a Níobe.

Quizás en otra situación ese movimiento hubiera sido estúpido, pues confiar en Níobe creyendo que era Prue era una absoluta necedad, pero en esa ocasión no era Área-M vs Radicales, sino dos mujeres contra un opresor que quería abusar de ellas.

Níobe se liberó de las cadenas y lo primero que sintió fue un ardor terrible en el hombro. Por un momento sopesó hasta la idea de coger ese cuchillo y huir por la puerta en busca de Maximus, pero sería un movimiento inútil pues salvando a la chica quizás sus posibilidades podría aumentar en cuanto a confianza con aquel grupo. Después de haber matado al sanador… la verdad es que había perdido muchas oportunidades, pero aquello había sido cuestión de supervivencia.

La muchacha cogió el cuchillo que había caído al suelo y mientras forcejeaba, de espaldas a ella, con la chica joven, Níobe no dudó ni un poco: alzó el cuchillo con ambas manos pues era incapaz de sujetarlo con fuerza sólo con una debido a su herida y lo clavó fuertemente en la espalda de Alden, en la parte baja. No fue de esas que dejan el cuchillo ahí y retrocede a ver qué pasa, sino que rápidamente volvió a quitarlo y a clavárselo, esta vez con más fuerza y en la parte superior.

Ahí la chica perdió toda la fuerza y lo empujó antes de casi caerse encima. Tenía la sensación de que se le iba a caer el brazo del dolor que estaba sintiendo, sin embargo, sus esfuerzos dieron sus frutos. Alden cayó hacia adelante, prácticamente sobre Luciana, pero no tuvo fuerzas ―ni intenciones, pues ahora la prioridad eran las heridas y el cuchillo― de sujetarla, por lo que la muchacha, casi como si el cuerpo del hombre le quemase, salió de allí y se alejó por el suelo.

Alden intentó llegar al cuchillo, pero debido a donde se encontraba le era imposible, por lo que prácticamente se intentó recomponer de la caída en el suelo, dándose cuenta de su error y sus daños.

―Hija de puta ―le insultó, notando que el cuchillo clavado no era el problema, sino más bien la herida que casi le atravesó en la parte baja del torso, la cual había dañado algo muy importante porque se estaba sintiendo fatal además de sangrar un montón. Níobe estaba llena de sangre, tanto suya como ajena, pero por suerte no era ella quién estaba al borde de la muerte―. No vas a salir de aquí, ¿me escuchas? Me habrás matado, pero tú me vas a acompañar al… ―tosió sangre, sorprendiéndose asustado―, me vas a acompañar al infierno. ―Terminó de decir, mirando entonces a Luciana―. Tú y tu hermano vais a terminar como ella…

Y, a pesar de lo que decía, intentaba llegar a la puerta en un intento estúpido de pedir ayuda y sobrevivir. Níobe no pensaba rematarlo, básicamente porque ella estaba cansada, había perdido sangre y, de verdad, creía que su brazo no se iba a mover, además de que creía que Alden tenía minutos siento extremadamente positiva.

―Cada uno recibe lo que siembra ―le dijo Níobe al moribundo Alden, empapado de su propia sangre―. Y tú has recibido un final muy misericordioso para la basura que eres.

No le hacía falta conocerlo más que lo poco que lo conocía: tal y cómo iba a tratarla a ella, una enemiga y tal y cómo iba a tratar a la que se supone que es una aliada.

Finalmente Níobe se apoyó en la pared y se dejó caer al suelo, llevándose su mano buena al hombro para intentar parar la herida, sin dejar de mirar a Rutherford con frialdad.
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Lohran Martins el Jue Ene 16, 2020 10:15 pm

La vena más sádica de Alden había sido, al final del día, su propia perdición. O quizás fuese su ego, al creerse vencedor e intocable en aquella situación, o simplemente una combinación de ambos factores. Como fuese, terminaría lamentando el haberse creído en una posición ventajosa para desatar todo el veneno que llevaba dentro.

Mientras Luciana Silva experimentaba un dolor más grande que el que había sentido nunca, y su rostro palidecía a medida que se le nublaba la vista, a espaldas de Alden sucedían cosas a las que debió haber prestado atención: Níobe era libre y, en el momento en que puso las manos sobre el cuchillo, acabó con la locura de Alden.

Sólo fue consciente de que estaba “a salvo” cuando dejó de sentir la presión del pie de Alden sobre su mano destrozada. El mareo que estaba sintiendo momentos antes se alivió un poco, y pudo volver a ver con claridad. Justo a tiempo para ver cómo semejante mastodonte se le venía encima.

Cuando más tarde le preguntasen, no sabría decir cómo se había quitado de encima a semejante mole, ni podría precisar exactamente cómo el fugitivo había logrado llegar al exterior de la enfermería, pues no había prestado la más mínima atención a sus movimientos.

En lugar de eso, Lucy miraba con ojos desorbitados a una Níobe que, si bien quizás ya no recordase haber sido su hermana, le había salvado la vida. Para alguien como ella, aquello significaba que algo de su antiguo ser debía permanecer ahí, en su interior, dormido, quizás.

Ambas estaban heridas, ambas sangraban, pero claramente, Níobe estaba peor. La vio apoyarse en la pared para, finalmente, terminar sentada en el extremo opuesto de la habitación. Haciendo un gran esfuerzo, y sujetándose la mano herida contra el abdomen, Lucy se acercó a ella arrastrándose por el suelo, depositando sobre la pierna de la mujer una mano que pretendía servir como apoyo.

Todavía veía a su hermana en aquel cuerpo.

—Prue —dijo, casi en un suspiro—. Me has salvado...

En realidad, la intención de Níobe no había sido esa, o al menos no del todo: su nueva “configuración mental” le impedía preocuparse por aquellos que en otro tiempo habían sido su familia, y sus prioridades eran su supervivencia y, últimamente, completar la misión que le había sido asignada.

—¿Estás bien? —preguntó la menor de los Martins en un susurro, tratando de mantenerse fuerte en una situación que claramente la superaba.

***

Con respecto a Alden Rutherford, a quien ambas mujeres olvidaron por considerarlo hombre muerto, logró llegar a duras penas a la puerta. Una vez junto a ésta, demostró lo complicado que iba a ser deshacerse de una mala hierba como él: usó casi todas las fuerzas que le quedaban para erguirse hasta poder asir el pomo de la puerta y girarlo.

Su esfuerzo por mantenerse en pie se fue al garete en cuanto la puerta, que se había convertido en su punto de apoyo, se separó del marco de la puerta en su dirección, pues se abría hacia dentro. Recibió un golpe en plena cara con el canto de la puerta, y terminó cayéndose de espaldas sobre un charco de su propia sangre. Cualquiera habría podido escuchar el grito de dolor que profirió al sentir cómo el cuchillo, que aún llevaba clavado, primero se le hundió más en la herida provocada por Níobe, luego se desprendió desgarrando la carne al salir.

Para entonces ya estaba sentenciado, y no había salvación posible para él, pero esto no lo detuvo: lleno de dolor, casi sin fuerzas para moverse, el fugitivo logró darse la vuelta, de tal manera que pegó su pecho al suelo, y comenzó a arrastrarse pasillo adelante, utilizando para ello manos y piernas.

Tras de sí, como el escenario de una película de terror, dejó un rastro de sangre que conducía directamente a la enfermería.

Alden perdió el conocimiento, para no recuperarlo nunca más, apenas metro y medio más allá. Sin embargo, aquel grito de dolor que había lanzado al caerse de espaldas sobre el cuchillo que, irónicamente, él mismo había llevado a aquel encuentro con Níobe, fue lo que alertó a los fugitivos que se encontraban en las proximidades de que algo había sucedido.

Cuando dos hombres y una mujer, que se encontraban en la sala de descanso que había unos metros más allá, llegaron corriendo con las varitas en la mano, encontraron a Alden tendido boca abajo, con los ojos abiertos y sin signo alguno de vida. Siguiendo los rastros de sangre del fugitivo, llegaron a la enfermería y se encontraron con todo lo demás: Oliver, muerto sobre un charco de sangre, y ambas hermanas Martins heridas al fondo de la estancia.

Para ellos, resultó bastante evidente lo que ocurría, y apuntaron sus varitas en dirección a Níobe; Luciana, que si bien tenía mucho dolor, no estaba tan herida como para ser incapaz de moverse, se apresuró a interponerse entre sus compañeros y la que había sido su hermana, alzando la única mano sana que tenía en señal de rendición.

—¡No ha sido ella! —exclamó, débilmente, casi suplicando—. ¡Fue Alden! ¡Fue Alden quien mató a Oliver! ¡Ella sólo se defendía!

¿Había creído en algún momento las palabras de Alden? ¿Que Níobe había sido la responsable de la muerte de Oliver? Bueno, no negaría que no tenía sentido que el fugitivo hubiese matado al mismo compañero que tantas veces se había ocupado de su salud, pero su amor por su hermana era mucho más fuerte que todo lo demás, y se sentía incapaz de verla como a una asesina.

Prue no podía ser así.

***

Por su parte, todo esto sucedió mientras Lohran buscaba el consuelo de aquellos más cercanos a él.

Después de pasarse un buen rato buscando a A.J., sin éxito, terminó encontrándose con Anyanka Hexe, la otra persona en la que más confiaba en aquel lugar. Después de la reprimenda que ella le echó por no haber contado con ella en la misión de rescate, y haberse llevado en su lugar al salvaje de Alden, escuchó sus inquietudes. Y justo cuando la legeremante iba a tener ocasión de decirle lo frágil que era la mente humana, lo limitado de sus posibilidades, les interrumpieron.

Alguien apareció corriendo por el pasillo y se asomó a la pequeña sala de descanso en que se encontraban ambos fugitivos, interrumpiendo a Anya. La buscaban a ella, pues era una de las mejores legeremantes de las que disponían.

Lohran quiso saber qué estaba pasando.

—No puedo decírtelo, Lohran —le respondió.

—Contesta, imbécil —exigió Anya, con su habitual falta de delicadeza.

Fue entonces cuando Lohran se enteró: Oliver y Alden estaban muertos por obra de Prue, y tanto ella como Luciana permanecían encerradas hasta nuevo aviso. El mundo del hermano Martins se desmoronó, e inevitablemente tuvo que sentarse en la silla más cercana. Muchos eran los sentimientos que se agolpaban en su interior, y mucho que procesar.

Lo dejaron allí, en su soledad, para que meditase acerca de un futuro incierto.
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Ayax Edevane el Jue Ene 23, 2020 11:44 pm

Níobe no había hecho aquello realmente por la chica, pues objetivamente aquella muchacha le daba muy igual. Lo había hecho por dos razones: había sido la distracción perfecta para que ella tuviera la oportunidad de darle el giro a aquello, además de que salvando a una persona quizás pudiese conseguir maquillar lo que ya había hecho con el sanador y lo que estaba a punto de hacer con Rutherford. Era cierto que había empatizado con la joven, pero nada más allá de querer darle su merecido al repulsivo abusón.

Cuando todo terminó, Níobe cayó al suelo exhausta.

No se sentía bien, pero tampoco se sentía mal… ahora mismo si tuviera que decir qué era lo que sentía en su interior, además de dolor y malestar, era sencillamente vacío. Se sentía tan rara sintiendo nada después de todo lo que acababa de pasar…

Se miraba las manos ensangrentada y… nada, solo una incertidumbre e inquietud: ¿qué pasaría con ella ahora? ¿La matarían sobre la marcha en venganza? ¿Tendría una oportunidad?

No respondió a Luciana, sino que se quedó callada y para ella pasó rapidísimo el momento hasta que llegaron las personas. Solo tuvo en cuenta dos cosas en ese momento: la violencia con la que le trataron para que no pudiera hacer nada ―como si tuviera fuerza para ello― y escuchar los gritos de la chica diciendo que ella no había sido ni siquiera la responsable de la muerte de Oliver. Ella, en realidad, no sabía eso: ¿la estaba defendiendo desinteresadamente? ¿Tanto odio le tenía a su compañero?


***

Pasaron dos días y Níobe no salió de aquella cárcel en la que le metieron. Era una habitación totalmente vacía en cuyo lateral había un colchón viejo y que olía mal en el que dormir. También había un cubo en donde hacer sus necesidades, el cual se llevaban una vez al día para vaciarlo. Habían tratado sus heridas mientras estaba bajo los efectos de alguna droga que la dejó inconsciente y, al día, recibía lo justo y necesario para sobrevivir: un poco de comida y agua.

Ni idea de donde estaba, ni tampoco tenía idea al valorar qué posibilidades tenía de salir de allí.

Cada vez que entraba alguien a la habitación no decía ni una palabra. En varias ocasiones entraron personas preguntándole cosas, pero ella no cedió frente a ningún tipo de cuestión. Miraba desafiante y permanecía callada. Quizás no cumplía con la misión encomendada, pero no iba a ser una doble decepción traicionando por miedo a la única persona que le había cuidado y ayudado.

Recordó a Ayax en ese momento y claro… ella no sabía que todo eso era obra de un intercambio por la supervivencia de la hermana de su amigo. No sabía que había elegido a su hermana ―pues no sabía ni que tenía hermana― por la vida de ella. Para Níobe, ella misma era una enviada para cumplir con una misión muy importante y… Ayax había pensado expresamente en ella.

En ese momento se sentía sucia y dolorida, aunque sobre todo mareada. Estaba bastante segura de que le habían metido ambos días algo en la comida porque su estado no era común y sabía diferenciar lo que era fruto del cansancio y el dolor. La verdad es que el hecho de no saber nada, estar encerrada y sentirse tan mal la hacía estar muy irascible, motivo principal de que cada vez que entrase alguien, saltase a la mínima ante cualquier acercamiento o intención.

Por ese mismo motivo desde que escuchó chirriar el pestillo de su celda, se puso en guardia, mirando hacia allí. Ya le habían dado de comer ese día, por lo que sabía que aquella visita no iba a ser una de las pocas programadas del día.

Y no, no lo era: ahora mismo ya estaba lo suficientemente "buena" como para ser interrogada como era debido.  Habían sólo dos motivos por el cual habían esperado: la insistencia de los hermanos Martins en encontrar una posible solución y que la debilidad de la chica no era propicia para que un legeremante pudiese hacer un trabajo óptimo con ella.
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Lohran Martins el Miér Ene 29, 2020 9:01 pm

Los siguientes días en la vida de Lohran Martins transcurrieron como en un sueño febril, uno de esos que se experimentan al estar enfermo y temblando en una cama, cuyas sábanas se pegan de manera desagradable a la piel sudorosa.

Así lo habría creído de no ser por lo poco que durmió aquellas noches.

Cuando permanecía despierto iba de aquí para allá, intentando dar con una solución al problema: Prue y Luciana permanecían encerradas en sendas celdas, la primera acusada de los asesinatos de Oliver y Alden, la segunda de haber intentado encubrirla.

Lo primero que intentó fue que le concedieran permiso para visitar a ambas prisioneras, y después de mucho esfuerzo e insistencia, logró que se le permitiera ver a Lucy. Visitar a Prue quedaba totalmente descartado, sobra decir.

***

Se la encontró sentada en el camastro de la celda, en un rincón, encogida sobre sí misma y con aire pensativo. Solamente la vio reaccionar ante el chasquido metálico que produjo el cerrojo de la puerta al abrirse, y cuando le vio entrar, saltó inmediatamente de la cama para abrazarlo. Él la recibió con los brazos abiertos.

La joven bruja había pasado mejores días: llevaba la mano derecha envuelta en una férula y su rostro mostraba magulladuras, seguramente fruto de su enfrentamiento con Alden.

Mantuvieron una breve conversación, sentados al borde del camastro. Lohran era consciente de que al otro lado de la puerta había compañeros del grupo radical, escuchando cada palabra que decía, y como le habían requisado la varita al entrar, no podía hacer nada al respecto. Simplemente, se tuvo que conformar con ser cauto y no decir más de la cuenta.

De las banalidades, como el saber si la menor de los Martins estaba comiendo bien, durmiendo bien, y recibiendo atención médica adecuada para sus heridas, pasaron a la situación en que estaban metidos: Luciana quiso saber qué había sido de Prue, y él le fue totalmente sincero.

—La han encerrado con intención de interrogarla y descubrir qué sabe —le explicó, tragando saliva, para luego añadir—: Creen que la enviaron aquí con una misión.

Sobra decir que Luciana no creía, o mejor dicho no quería creer, esta versión de los hechos: insistió en decir que Prue jamás le había hecho daño, que la había protegido de Alden, que todavía quedaba algo de su hermana allí dentro. Y luego le pidió a Lohran que se asegurase de que sus líderes lo supieran.

Que todavía quedaba esperanza para Prue.

Lohran no tuvo tiempo de decir nada más, pues cuando quiso darse cuenta, le informaron de que el tiempo de la visita se había terminado. Prometió a su hermana volver, si era posible, y que pronto la dejarían salir de allí.

***

La siguiente conversación la mantuvo con Merary Murray, la única de los líderes de los radicales que tuvo la consideración de hablar con él.

La fugitiva, seguramente apiadándose de él por la terrible historia que tenían en común —ambos sabían lo que era tener a un familiar encerrado en el Área-M—, le respondió de manera escueta acerca de la situación: Níobe —se refirió a ella con ese nombre— era una espía de los mortífagos, y su único cometido era el acabar con el grupo radical.

La mujer lo habría dejado ahí, sin más, pero Lohran tuvo que insistir. No podía descubrir semejante información y quedarse como si tal cosa.

Su insistencia dio frutos, y Murray hizo algo que rara vez hacía: le puso una mano en el hombro, a modo de consuelo. Acto seguido, pasó a explicarle la situación.

—Es un problema, un fallo en la seguridad, y no podemos permitírnoslo —le dijo—. Averiguaremos todo lo que sabe, sus intenciones, y después de eso, será ejecutada.

La noticia le golpeó como un mazazo. Tardó en responder, quedándose helado, y Murray aprovechó este momento para marcharse. Lohran la detuvo.

—Tiene que haber otra solución —dijo, a la desesperada—. ¿No se puede revertir lo que le hicieron? ¿Recuperar sus recuerdos o…?

—Tu hermana, igual que tú, sabía a qué se exponía al tomar el pacto de sangre —respondió la bruja—. Realizó ese sacrificio, sabiendo que si algún día la capturaban, lo único que tendrían entre manos sería un recipiente vacío de recuerdos. La única forma de revertir eso sería hacerle lo mismo que ellos le hicieron… ¿quieres eso? Ni con esas sería tu hermana, si no la imagen que tú tienes de ella.

Y con esas palabras, Murray se marchó, dejándolo allí solo para meditar acerca de esas palabras.

***

Lohran no se rindió. Siguió insistiendo en reunirse con Maximus en persona, pero no dio resultado: nadie quería saber nada del asunto, y la decisión que habían tomado parecía irrevocable.

¿Qué hacer en un momento así? ¿Debía aceptar la realidad y darse por vencido? Estaba claro que no conseguiría absolutamente nada. ¿O quizás debía desafiar a su propio grupo y salvar a su hermana? Este dilema la impedía dormir. Sabía que así seguiría mientras no supiera la verdad: ¿quién mentía? ¿Níobe o sus líderes?

Logró hablar con Anya, encargada de interrogar a Níobe, y la bruja no tardó en explicarle la situación: dudaba mucho que hubiera algo que salvar en ese cuerpo.

—Los recuerdos y las mentes humanas son muy frágiles, Lohran —le explicó, con un tono suave y casi condescendiente—. Hay daños que no pueden arreglarse, sin más.

Y, pese a todo, Lohran siguió insistiendo. Siguió queriendo saber, queriendo evitar lo inevitable, hasta que al final del segundo día alguien vino a llamar a su puerta: uno de sus compañeros, quien aseguró que se le había concedido una visita a Níobe.

Lohran, que necesitaba cerciorarse de que todo lo que decían sobre ella era cierto, dejó que le condujeran a su celda, cedió voluntariamente su varita, y se dispuso a afrontar la realidad.

La celda de Níobe era, sin lugar a dudas, mucho peor que la de Lucy: sucia, maloliente, y pequeña. Una sensación claustrofóbica envolvió a Lohran nada más entrar, aunque posiblemente se debiese a la presencia de la que había sido su hermana: la mujer, sucia y maltrecha, le observaba con unos ojos que en nada se parecían a los de Prue, pese a ser técnicamente los mismos.

Cerraron la puerta a sus espaldas, y Lohran permaneció de pie, justo donde estaba. Al principio, guardó silencio, sin saber qué decir; luego, las palabras brotaron de sus labios, y tuvo la sensación de que aquella sería la última conversación que mantendrían.

—Luciana dice que la protegiste —declaró, pensando en dejar la frase ahí. Finalmente, añadió—: ¿Es eso lo que pasó de verdad, o simplemente tienes una hermana que se niega a ver nada malo en ti?

Teniendo en cuenta que, después de aquello, Níobe sería interrogada por legeremantes expertos, daba igual que mintiese. De hecho, si lo hacía, sólo conseguiría confirmar unas sospechas que Lohran no quería confirmar.

Enseguida se sintió mal por aquel planteamiento, así que, antes de que Níobe respondiese, añadió:

—En estos momentos, hay legeremantes listos para interrogarte. Gente que lee la mente, por si no te han hablado de ellos en el Área-M —le explicó—. La verdad saldrá a la luz de todas formas, así que quizás te interese aprovechar esta oportunidad para ser sincera conmigo.

Y allí se quedó Lohran, cerca de la puerta, sin mostrar indicios de acercarse a la prisionera. Una parte de sí mismo deseaba que la respuesta fuera que, en efecto, lo había hecho por Luciana, pero otra parte, una vocecilla, le insistía: no lo había hecho por eso. No quería creer a esa vocecilla insistente.
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