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Giselle van der Vaart el Dom Jun 30, 2019 12:57 am

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BRODGAR | ORKNAY ISLAND | VIERNES, MAYO 03, 2019 | 19:42 HRS.

—Es Winnie Pooh. Es Winnie Pooh —canturreó para sí misma, vagando la vista de forma aparentemente distraída por todos los convidados a la celebración, bastante cómoda a pesar de las desaveniencias propias de la convivencia con muggles. Aún faltaba media hora para dar inicio al Beltane, aunque los preparativos para la fertilidad y la primavera ya habían sido colocados en el centro del Anillo. Giselle se encontraba tranquila, degustando un tarro grande de cerveza fría de la región con una sonrisa bailarina en la comisura de los labios. Habían recibido instrucciones precisas para estar presentes en la celebración y aunque no era partidaria de convivir con muggles bajo ningún tipo de circunstancia, aceptaba que se encontraba de excelente humor aquella tarde. Finalmente, no tendría porqué perderse las fiestas—. Un travieso osito de algodón relleno, es Winnie Pooh…

Normalmente hubiese optado por algo incisivo. Hechizos de fuego que devorasen todo a su paso, bestias gigantes que crecieran en la hoguera y que terminaran por arrancar a los bebitos inocentes de los brazos de sus padres mientras sus madres gritaban con los brazos achicharrados para intentar sostener sus cuerpos de ceniza; pero dado que en esa ocasión se encontraban vigilando con el fin de conseguir información, habían optado por algo mucho más simplón que le exigía tranquilidad mientras mantenía la vista fija un par de metros por delante de ella, en donde el líder del Clan Gunn pasaba un agradable momento familiar en espera de alguno de sus contactos con el que de forma bastante estúpida, esperaba hacerles frente.

«Iluso», pensó riendo para si misma mientras daba un sorbo a su espumosa bebida, recargada sobre la barra en donde una pancarta con números de instituciones estúpidas a favor del medio ambiente, se encargaban de conseguir firmas para alguna de las tonterías propias de la inferioridad muggle. —Siempre me ha agradado el fuego. ¿A ti no, Rawson? —se giró hacia su compañero, parpadeando un par de veces para crear la ilusión de una falsa inocencia que no había tenido ni en sus primeros años—. Un espectáculo por demás agradable, a pesar que los escoceses no sean precisamente diestros al momento de llevar las tradiciones —comentó con indiferente desprecio, dando un nuevo sorbo al tarro casi vacío—. Oh, pero qué comentario más tonto de mi parte. Finalmente, eres un limey —se rió entre dientes, contenta por su propia broma, regresando la vista a donde los miembros del Clan se regocijaban, aparentemente inofensivos.

Y ella que solo esperaba hacerlos arder.

—Debe ser triste, ¿no te parece? —regresó a su charla casual, sin mirar a su compañero—, ser Gunn, me refiero —hombre de mediana edad que comenzaba a perder el cabello en la coronilla y cuyo cuello era tan ancho y rojo que le recordaba a una mandrágora madura—. Traidor a la sangre, esposa muggle. Si lo piensas, su vida debe ser bastante traumática al lado de una mujer con cara de caballo judío y tobillos anchos —ladeó el mentón para mirarlo, elevando un par de veces las cejas para puntualizar la falta de agraciado de la basura matrimonial—. Seguro que engendraron a sus hijos utilizando una sábana agujerada. Es la única forma en la cual podría explicarse, de forma medianamente racional —medianamente, dado que un sangre pura uniéndose a una muggle jamás tenía una respuesta lógica más allá del mongolismo— para su tendencia romanticoide —levantó el índice, dejándolo sobre sus labios un instante, antes de soltar un largo suspiro—. Seguro que sus hijos deben ser del carnicero. Ninguno ha heredado la anchura de su padre —divagó, aunque en realidad no le interesaba en lo absoluto.

Se encogió de hombros, quitándole peso a su charla mientras daba el último sorbo a su bebida. Usualmente no era de bebidas muggles, pero a Giselle siempre le había gustado implicarse en todo tipo de misión, así esta incluyera fingir, por media hora, indiferencia hacia las criaturas que despreciaba. Era parte de un juego. Un juego macabro en donde sus palabras se cargaban de doble sentido y la adrenalina fluía libremente por sus sienes. El juego del cazador vigilando a su presa. —Uhm. Estoy segura que podría hacerlo hablar arrancándole las uñas a su esposa. Normalmente, ya sabes, hablan a la primera. Las demás son simple placer —para ella, no para el interrogado—. ¿Qué dices? ¿hacemos una apuesta? —levantó de nuevo el índice y aunque no señaló abiertamente su ubicación, si lo bailó en el vacío—. ¿Cuántos niñitos se van a morir antes que Gunn abra su apestosa boquita? —solo por divertirse—. O tal vez quieras apostar a que primero termina por embarrar con sus heces sus pantalones, no sé. Las opciones son muchas.
Giselle van der Vaart
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Giselle van der VaartInactivo

Wolfgang Rawson el Lun Jul 01, 2019 10:33 pm

Por norma general, Wolfgang Rawson solía ser una persona de pocas palabras: el tipo de hombre que uno ve sentado en una solitaria mesa en un bar cualquiera, o quizás en la barra, con un libro entre las manos y una copa de alguna bebida fuerte que apenas ha tocado, la condensación empapando el vidrio del vaso. Un hombre serio, sin duda, pero no un hombre cruel: el perfecto ejemplo de un lobo vestido con la piel de un cordero.

Sin embargo, Rawson también podía ser bastante camaleónico, siendo capaz de adaptarse a todo tipo de situaciones. Vivía para dar caza a aquellos que no obedecían los designios del Señor Tenebroso y osaban rebelarse contra él, por lo que el camuflaje era una técnica que dominaba.

Esa tarde, Wolfgang y su compañera, Giselle Van der Vaart, interpretaban un papel: dos asistentes a una celebración muy familiar, algo a lo que en absoluto estaba acostumbrado el mortífago.

Su dicharachera acompañante y compañera de misión parecía entusiasmada. De haber sido capaz de experimentar emociones normales, posiblemente ese habría sido uno de los momentos en que exhibiera una sonrisa divertida: a ojos de una persona normal, una que supiera cuáles eran los auténticos hobbies de la pelirroja, Giselle debía ser una persona la mar de agradable con la que pasar el rato.

A él no le disgustaba del todo, desde luego.

—He tenido buenas experiencias relacionadas con el fuego.—Reconoció, aunque también las había tenido malas: sabía lo que se sentía cuando las llamas acariciaban su piel, y lo sabía desde su juventud.—He leído algunas cosas acerca de esta tradición, libros sobre viajes y esas cosas, pero nunca había tenido ocasión de presenciarla en primera persona.—Bebió un trago de su propia cerveza, negra y de barril. Tenía un sabor aceptable, aunque las había probado mucho mejores.—Es una experiencia curiosa, cuanto menos.—Añadió el hombre que entendía la referencia a los “limey”, también gracias a los libros. No dejó claro si era una experiencia curiosa en el buen o en el mal sentido.

Tenían una misión, por supuesto, y esa misión no era la de emborracharse: Gunn, su objetivo, era un traidor a la sangre, y aquella fiesta no era una mera celebración, sino que pretendía reunirse con algunos de sus aliados. Eso decían los rumores. Por ese motivo, los dos mortífagos observaban y hacían el papel de invitados.

La cosa no iba mal, por el momento.

—Ya sabes lo que dicen: el amor es ciego.—Comentó Wolfgang con respecto al matrimonio de Gunn, curvando los labios en una media sonrisa que pretendía ser irónica. En lo personal, él no sabía si eso era cierto: jamás se había enamorado, y dudaba ser capaz de ello. No había mostrado nunca un interés sentimental hacia mujer alguna, aunque hubiera mantenido algún que otro encuentro sexual.—Si sus hijos no son sus hijos, ya serán dos mundos en los que no le tienen respeto: el mágico y el muggle.—Concluyó Rawson, que había convivido únicamente con su padre durante gran parte de su vida. Y su padre había sido ese tipo de personaje patético: buscando destacar en un mundo que le repudiaba. La única diferencia era que, al menos, su padre había intentado unirse al bando correcto.

Lástima que pagara sus frustraciones con la persona equivocada, y eso le hubiera costado la vida.

Cuando Giselle propuso hacer una apuesta sobre cómo irían los interrogatorios al bueno de Gunn, Wolfgang permaneció impasible: había torturado a muchos hombres a lo largo de su vida para saber que resultaba muy difícil predecir cuánto tardarían en romperse, o lo que haría falta para que se rompiesen. Sabía, por pura experiencia, que todo el mundo tenía un punto de ruptura, aunque costase llegar a ello: a todo el mundo le importa algo, ya sea su propia vida o la vida de otros, o a veces incluso cosas estúpidas y sin sentido—en una ocasión había obtenido una confesión a base de “amenazar” una colección de platos de porcelana—, pero todo el mundo tenía algo.

Quizás a Gunn le importasen sus familiares, o su propio pellejo. Pero algo le importaría lo suficiente como para cantar.

—Quién sabe. Quizás estemos ante un cobarde que vendería a cualquiera para preservar su pellejo.—Meditó Wolfgang, echando un vistazo al ambiente familiar que les rodeaba. Niños correteando y jugando, atiborrándose de dulces, mientras sus padres se atiborraban de otras cosas aún menos saludables.—Pero no creo que sea su caso. Yo diría que es un tipo bastante familiar: se romperá en el mismo momento en que pongas un cuchillo al cuello de uno de sus hijos. Quizás su esposa también sirva, sí.—Wolfgang se llevó su bebida a los labios, bebiendo un pequeño sorbo.—Si las cosas suceden de otra manera, me sorprenderé mucho.

Wolfgang no pudo evitar recordar aquella ocasión en que él y su actual discípulo, Ayax, habían atrapado a Cadmus Jorgensen. Se habían llevado al fugitivo y a un par de niños de su grupo a un piso franco en Londres, y allí le habían interrogado. La tortura psicológica había bastado para hacer cantar a aquel cobarde, utilizando a los niños como herramienta. Ni siquiera habían tenido que ponerles una mano encima a él o a los niños.

Se imaginaba algo parecido con Gunn.
Wolfgang Rawson
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Giselle van der Vaart el Mar Jul 02, 2019 1:57 am

—De mis mejores experiencias —agregó sin dejar de mirar el centro del anillo, en donde la madera de color verde junto con algunas ofrendas esperaban el momento exacto en el cual el sacerdote encargado pasaría al frente para encender la renovación de todos los presentes en una gran llama que se alzase por los cielos, dispuesta a devorarlos. Era una sensación agradable y de ser algo menos frívola, incluso diría que era cómoda la sensación, casi como el sentimiento de regresar a casa luego de un largo viaje—. ¿Significa qué te estás desvirgando conmigo, Rawson? —le miró de soslayo, dejando escapar una risa suave y ligera que no era usual o típica en su personalidad, inclinada mayormente hacia el escándalo. Una burla sutil ante la novedad—. Es mi celebración favorita.

Cuando era niña, antes incluso de poder utilizar una varita y poder crear el fuego por ella misma; Giselle solía viajar con sus padres y hermano al Condado de Limerick, en donde la celebración anual incluía danza, bebida y comida a montones. No se juntaban con los muggles, no era algo necesario cuando los clanes de la región se encargaban de festejar por ellos mismos Lá Bealtaine por su cuenta en las ruinas de algunos de sus viejos y casi derruidos castillos en donde se encontraba con sus antiguos amigos, la mayoría tan pelirrojos como ella, para corretear por los prados imitando a antiguos animales.

En Escocia, no podía sentirse en casa; pero el recuerdo de los momentos en los cuales danzaba con las llamas de fondo siempre provocaba sonriera con felicidad no fingida. —Es una fiesta política, mayormente; no solo un ritual pagano. Es parte de la diáspora celta y una forma en la cual renacemos a través de las llamas —explicó, aunque sus palabras no habían sido requeridas—. El comienzo de verano, nuestra forma de pedir tener suerte en las cosechas —le dió un pequeño sorbo a su cerveza, el último antes de regresar la vista hacia su compañero—. El fuego es el mejor de los elementos. Tiene la fuerza para arrasar todo a su paso, tan destructivo que detrás de él deja solo cenizas —cualidad que debía decir, le agradaba profundamente desde niña—; y aún así, el origen de todos nosotros. Es con el fuego que nace la vida. Con esa chispa tan necesaria para dar origen a todo lo que conocemos —le causaba fascinación—. Sin el fuego, no existiríamos.

Normalmente, esa clase de palabras no acompañaban su charla. No había necesidad de juicios propios cuando estaban a punto de entrar al juego de la limpieza; pero ese día en particular tenía fuerza en ella y ya fuese por la nostalgia y por el ánimo provocado por la familiaridad de la celebración, había decidido compartir con su compañero —limey, pero compañero a final de cuentas—, una de esas encantadoras verdades que la habían fascinado cuando de niña observaba las llamas en los brazos de su padre.

Regresó de nuevo al presente una vez que escuchó el comentario de Rawson y esta vez si fue capaz de soltar una larga y sonora carcajada, dejando caer la cabeza hacia atrás para hacerla elevarse sobre sus consciencias. —Y bastante estúpido, también —ladeó la sonrisa—. “Sigue tu corazón”, te dicen cuando ya no tienen argumentos. ¿Y para qué? Mejor sigue a tu cerebro, el corazón siempre resulta ser imbécil. —No su caso, le gustaba aclarar. Jamás había sido del tipo romántico que suspirase por atenciones o que se sintiera vibrar en el fondo de su esencia ante alguna clase de afecto. Le gustaba divertirse, compartir razonamientos, exacerbar las emociones. Pero doblegarse ante otra presencia era algo que le repugnaba en el fondo de su esencia tanto como en la superficie—. Se caso con una muggle. Me queda claro que respeto no siente, ni por él mismo. —Y por esa razón, Gunn moriría.

«Es patético», pensó hasta con sus gestos, mirando con cierto disgusto morboso el lugar en donde Gunn jugaba al padre de familia. Idiota también. Si tanto le importase su familia habría aprendido a esperar pacientemente en lugar de querer jugar al revolucionario; y aún así ahí estaba, esperando aferrarse a la presencia que le resolvería la vida, la única nota esperanzada para su vida de errores.

A Giselle le disgustaba, pero sobre todo, le asqueaba su existencia.

—Tal vez. Sería interesante hacerlo cantar frente a su familia. Seguro que sus niños del carnicero se desilusionarían bastante con sus acciones. Puede que incluso su esposa llore y le pregunté porqué mientras se ahoga con sus sentimientos muertos y apestosos —y ella se divertiría presenciando el espectáculo—; pero estoy contigo. No creo que sea su caso. Seguro que querría proteger a sus niños muggles. Es más, estoy casi segura, nos rogaría por ellos. —La piedad, el último recurso para los débiles, incapaces de hacer algo más que no sea encomendarse al sentimentalismo de los verdugos cuando nada más quedaba en ellos que la consciencia de la muerte—. Podríamos jugar un poco. Ser el devorador bueno y el devorador malo —y con esta nueva idea, volvió a sonreír—. Me gustaría ser la buena. Ya sabes, no tengo que fingir demasiado, si en el fondo soy un alma cándida y romántica, llena de sentimientos de unicornio —ironizó, antes de separarse de la barra en la cual se encontraba—. Se está moviendo —señaló—. ¿Sabes bailar o tendré que hechizarte para que me sigas los pasos? —se golpeó los costados con las palmas abiertas—. Tal vez su informante sea alguien con quien cambiará de pareja.
Giselle van der Vaart
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Wolfgang Rawson el Jue Jul 04, 2019 3:31 am

A Wolfgang, un hombre que había leído muchísimo a lo largo de los años, se le escapaba por completo aquella necesidad que tenía el ser humano de llevar a cabo semejantes actos ritualísticos: construir efigies de madera, cargarlas con elementos que podrían servirles de alimento o de utilidad, y prenderles fuego con intención de aplacar la ira de un ser ficticio que no existía más que en sus cabezas. Y no sabía si era más patético eso, o el suplicar a dichas entidades que les enviaran prosperidad.

No sería él quien insultara las creencias de nadie, por supuesto: el no creer en aquellas cosas no venía con una necesidad de criticarlas. En su lugar, Rawson se limitaba a observarlas con la misma apatía que podía observar un recipiente dando vueltas dentro del microondas.

A aquella familia de muggles y traidores a la sangre parecía gustarles aquella celebración. Parecía brindarles algún tipo de gozo o paz espiritual, a juzgar por las expresiones en sus rostros. Quizás no lo comprendía porque él jamás había experimentado esa sensación que llaman ‘felicidad’—amén de muchas otras emociones—, y algo le decía que, de ser alguien normal, quizás lo entendiese un poco mejor.

Giselle parecía ser de esas personas que disfrutaban aquellas celebraciones, a juzgar por la explicación que le ofreció al respecto. Rawson, amante de las buenas historias, la escuchó con toda su atención. Y a su juicio, hablaba con más pasión de la que jamás habría podido leer en ninguna guía de viajes que hablara sobre el festejo en cuestión.

—Estoy de acuerdo en que, sin el fuego de por medio, la raza humana no habría llegado a donde ha llegado.—Comentó Rawson en respuesta, apareciendo en su mente la imagen de unos cavernícolas ataviados con sus escasos vestuarios de pieles de animales primitivos descubriendo una cálida llama en el tronco de un árbol alcanzado por un rayo.—Supongo que tiene mucho sentido que las distintas culturas del planeta hayan resuelto emplearlo como elemento de poder. Tú misma lo has dicho: su capacidad destructiva es mayor que la de cualquier fuerza de la naturaleza.—O una de las mayores: la fuerza del agua también era envidiable.

Con respecto al hombre que había despertado el interés de los mortífagos, el señor Gunn, los dos intercambiaron sus impresiones: Giselle abogaba por una infidelidad dentro de su matrimonio, mientras que Wolfgang era de la opinión de que, por lo que se contaba, el amor era ciego. Le parecía totalmente plausible que aquel mago venido a menos se hubiera enamorado de aquella mujer muggle de belleza cuestionable, por mucho que no comprendiera el concepto del amor en sí. Él nunca había amado, ni se creía capaz de hacerlo algún día.

Las pocas veces que había sentido algo parecido al afecto, como por ejemplo hacia su hermanastra, habían sido intentos de obtener algún tipo de beneficio personal. Wolfgang no amaba a nadie sin reservas.

—Sin duda alguna.—Coincidió con su risueña compañera, con respecto a lo imbécil que podía ser el amor.—Nunca he comprendido ese sentimiento, ni lo he necesitado para seguir vivo. Así que, como observador externo, puedo asegurar que es el sentimiento más estúpido del mundo. Aunque nosotros podemos beneficiarnos del amor de otros...—Especialmente, durante los interrogatorios y las torturas que a menudo tenían que llevar a cabo. Era muy sencillo utilizar el amor que dos personas se tenían en su contra.

Giselle propuso apostar con respecto a lo que tardaría Gunn en cantar, y lo que haría falta para conseguirlo. Rawson, que había tratado con suficientes hombres de familia en su vida, sabía que no solía hacer falta mucha cosa. Y, precisamente, venía a colación con el tema anterior: un hombre que sentía afecto o amor hacia otros, generalmente solía confesarlo todo en el momento en que las vidas de esos otros eran amenazadas.

—No te negaré ningún placer.—Le dijo con toda sinceridad, con una frase que bien podía entenderse de otra manera. Y no: en caso de encontrarse en esa tesitura, tampoco le negaría ese placer. Bien sabía que sería un placer también para él.—Como ya sabrás de mí, soy alguien que prefiere resultados directos, lo más rápido posible. Si es necesaria una tortura sistemática durante horas para obtener lo que quiero saber, no tengo problema a la hora de hacerlo… pero prefiero no desperdiciar demasiado tiempo con escoria.—A la hora de torturar, no solía tener problema alguno, pero no obtenía placer alguno de ello.—Pero estamos de viaje. Supongo que podemos permitirnos algún pequeño capricho, ¿no? Si quieres jugar… podemos jugar.

Si Giselle quería mostrarse como alguien dulce, alguien inocente, Wolfgang estaba seguro de que lo conseguiría. Su rostro podía llegar a ser angelical como el de pocas mujeres que conocía. Además, los hombres solían ser mucho más vulnerables ante la visión de una mujer aparentemente amable: una sonrisa, una mirada directa a los ojos, quizás una pizca de insinuación, y un hombre podía considerar a cualquier mujer su salvadora personal.

La pelirroja propuso a Wolfgang un baile, entonces, lo cual resultó curioso. ¿Era el motivo que puso una excusa? ¿Quería vigilar de verdad al sospechoso, o simplemente pretendía disfrutar de aquella celebración?

Rawson no se negó: se terminó su copa, dejándola sobre la primera superficie sólida que encontró, y aceptó la oferta de Giselle. Fue en ese momento en que se percató de lo mucho que le favorecía aquella ropa. No sólo era una mujer atractiva, sino que sabía vestirse y realzar sus encantos. Y Wolfgang, por mucho que no tuviera la capacidad de amar, seguía siendo un hombre. Reconocía la belleza cuando la tenía cerca.

—Bailemos. Procuraré seguir tus pasos en la medida de lo posible, y espero que no sea necesario hechizarme.—La siguió en dirección a la pista de baile, echando un breve vistazo a toda la parte trasera de su cuerpo mientras caminaban juntos. Todo en ella era atractivo.—Debo señalar que estás especialmente atractiva hoy. Se te da muy bien eso de camuflarte en celebraciones.

Se situaron el uno frente al otro en la pista de baile. Wolfgang tomó una de sus manos y depositó la otra en su cadera, mientras ella depositaba la mano libre sobre su hombro. Comenzaron a moverse al ritmo de la música, convirtiéndose en una pareja más en aquella extraña fiesta. ¿Cuántas personas los observarían, pensando que hacían buena pareja, o que bailaban bien, sin saber lo que realmente estaban planeando?
Wolfgang Rawson
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Giselle van der Vaart el Lun Jul 08, 2019 5:48 am

—Oh, di eso en voz alta una vez más y algún vegano caerá muerto en alguna parte del mundo por falta de nutrientes —se burló de la idea muggle que últimamente tenía algo de importancia en el mundo mágico, una razón más para desdeñarla dado que, como toda idea que venía de los sin magia, resultaba sumamente estúpida. No que esa parte la sorprendiera, los muggles jamás habían destacado por ser precisamente avispados o inteligentes, lo cual le había llevado a pensar, la sinapsis era una función cognitiva meramente mágica… en buena parte de los casos.

Mucho tiempo había pasado desde que Giselle tuviera la idea simple que la inteligencia venía con la magia, algo que lamentablemente había tenido que contrarrestar cuando criaturas como Gunn, magos de sangre pura y limpia, terminaban por convertirse en traidores a la sangre para de esa forma defender a seres inferiores como lo eran los muggles; en cambio —y algo que nunca admitiría en voz alta—, también había tenido que tragarse sus palabras cuando tenía que hacer una brillante excepción a la pureza; por ejemplo, el caso de Rawson. En un inicio, había rehusado tener que compartir grupo con personas similares —¡Mestizos, por Morgana!—, solo para darse cuenta que a pesar del accidente de su nacimiento (la falta de pureza) podía contar con un par de cualidades que bien lo hacían resaltar del resto.

Giselle solía burlarse. «Soy sabia y como tal, tengo derecho a cambiar de opinión», aunque la realidad es que no cambiaba de parecer, simplemente había aprendido a discernir entre la basura y las personalidades que bien valían la pena a pesar de los descuidos, personas que podían realizar grandes cambios —y si no, al menos divertirse en el proceso— dentro del grupo al cual pertenecían.

—Me gusta lo destructivo —aceptó, elevando el hombro izquierdo con un gesto cómplice. El fuego, su mejor aliado. La corona que portaba en la cabeza y también, su hechizo favorito al momento de arrasar todo a su paso—. ¿Y qué hay de ti? —se giró para mirarlo con atención, casi como si pudiera expresar un atisbo de curiosidad por alguien que no fuera ella misma—, ¿prefieres el control o dejar que al caos tome la iniciativa? —En su caso, la respuesta era bastante obvia. Le gustaba todo lo desordenado, le gustaba también ser desordenada ella misma; salir de la caja, romper los bordes.

Era por esa razón que tampoco era dada a las relaciones de tipo amoroso. El amor limitaba y a ella no le gustaba que le marcasen las líneas. —Bueno, algún pretexto romántico tendrían que inventarse los menos privilegiados para celebrar sus bodas, ¿no te parece? —Una idea que mantenía desde sus primeros años de vida, cuando veía a sus compañeros de apellido lustroso unir sus vidas a alguien más para realizar concilios. Aquello, si bien no era su inclinación, le había parecido natural. Cuando tu nombre representaba algo más que tu persona, casarte era una buena forma de establecer un contrato, algo que la gente menos afortunada, no podía decir para ellos mismos, dado que nada tenían que ofrecer salvo un montón de sentimientos exacerbados que les hacían sentir conectados de forma efímera a la vida, los sueños y las proyecciones, de alguien igual de descosido—. Prefiero la ira la lujuria —aceptó, sin ningún esfuerzo—. El amor, en cambio, me parece una debilidad en el carácter —aún así, sonrió con la idea—. Y por supuesto, nadie podría culparnos por ocupar esas debilidades para nuestra obra.

Emocionada con la idea, juntó las manos al frente, ampliando la sonrisa mientras parpadeaba un par de veces, justo como había visto alguna vez en una obra mágica hacer a la protagonista inocente que se encontraba frente a su mago-azul. —¿En serio lo harías? —preguntó con una voz suave, desprovista de los agudos que dejaban clara la burla en sus palabras—. Oh, eres un Sol, Rawson —remarcó la palabra con cierta ironía que se acentuó en su sonrisa ladeada—. Ya sabré… agradecértelo, después. —No iba a negar, le gustaba ser consentida. Tener la libertad de obrar como quisiera—. Y nadie negará que haces un trabajo por demás encantador, aún sea sistemático —en su caso, prefería la improvisación. Era alguien bastante versátil, de forma que le gustaba hacerse con todos los elementos para luego unirlos en una gran obra teatral, disfrutarlo más allá de cumplir con la tarea—; pero las chicas solo queremos diversión —canturreó, parte de la letra de una canción que no conocía o sabía completa—; además, siempre he sido un poco caprichosa. Resultado de ser la niña pequeña de casa —confesó, aunque en realidad no tenía ninguna clase de problema con ello—. Y ya sabes que adoro jugar —en especial, cuando esos juegos estaban ligados a los gritos desesperados de una presa.

—Muy caballeroso de tu parte —tanto como la mirada que le diría, de forma que decidió ser bondadosa con el trayecto, balanceando de izquierda a derecha las caderas con el ritmo que marcaba la música regional. Escocesa, no precisamente de su gusto, pero al menos parte de la celebración—. Uno de mis mayores tributos. —No mentía. Tampoco era una ironía. La belleza física era algo que siempre podía utilizar para salir de paso o para lograr algún objetivo en específico, dado que era más simple confiar en alguien hermoso que en una persona molesta para la vista—. Puedo decir lo mismo de ti, Rawson —levantó la mano para tomar la suya, aunque le fue imposible esconder la sonrisa agresiva que se formó desde el fondo de su estómago, ante una nueva perspectiva—; aunque te verías mucho mejor con algo de rojo. —Líquido, caliente, sobre su rostro. Una cabeza aplastada salpicando sus facciones.

—Nos vemos hermosos —comenzó a moverse, en apariencia solo prestando atención a su pareja, cuando su vista periférica estaba pendiente de los movimientos de Gunn, sus sonrisas bobaliconas, y la cara de caballo de su esposa—. Hermosos y malditos —teatralizó, dado una improvisada vuelta para tener una mejor vista del panorama, algo que la llevó a torcer los labios enseguida. Ya había olvidado, esos malditos escoceses no podían tener ni siquiera una celebración rústica sin necesidad de incluir sus asquerosas gaitas—. Mhm —apretó ligeramente los labios—, ¿me recuerdas por qué no debería matar a todos en este momento? —Gunn, familia y escoceses de mierda incluidos.
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Wolfgang Rawson el Miér Jul 10, 2019 3:23 am

Rawson jamás había llegado a comprender ciertos estilos de vida practicados por aquellos que no contaban con el don de la magia, y aún pese a que había leído libros de todo tipo a lo largo de su vida—empapándose en el proceso de todo tipo de conocimientos variopintos, incluido el susodicho veganismo—, no llegaba a comprender del todo aquellas ideas, ni la lógica de salvadores mundiales que muchos muggle utilizaban para defenderlas.

Quizás se debiera a su propia falta de empatía hacia el resto de seres humanos, la cual inevitablemente llevaba a que salvar el mundo le importase un bledo.

No pudo más que soltar un bufido de desagrado con respecto al comentario de los veganos. Si bien no tenía una pasión especial por la comida, considerándola únicamente un medio para seguir con vida—algo molesto, en muchas ocasiones—, tampoco es que se limitase demasiado: comía lo que podía permitirse con su sueldo, sin hacerle ascos a ningún alimento en concreto.

Con respecto al asunto del caos… era habitual en las filas del Señor Tenebroso encontrarse a fieles seguidores cuyo único objetivo era ver el mundo mágico arder. Algunos, de hecho, parecían desear literalmente que el mundo mágico desapareciera con ellos dentro, pretendiendo inmolarse para acabar con el mayor número posible de vidas.

¿Tenía algo de malo? Wolfgang suponía que sí, aunque su concepto del bien y el mal estaba totalmente alienado por sus circunstancias personales. El bien y el mal eran conceptos arbitrarios que en gran medida dependían de la educación y las creencias que cada uno tuviera. Ellos dos, Giselle y Wolfgang, creían que lo que hacían era lo correcto, lo que había que hacer, el bien.

—En mi caso, prefiero mantener las cosas bajo control.—Respondió con toda sinceridad, aún a pesar de que, si se enfurecía lo suficiente, podía transformarse en el ser más vicioso y caótico del mundo.—No digo que el caos esté mal, pero generalmente suele venir con demasiados inconvenientes.—Su compañera no opinaría lo mismo, eso estaba claro: le gustaba lo destructivo.

Gunn era un hombre que había escogido el amor antes que la sensatez, en eso estaban de acuerdo, y aún con las sospechas de Giselle de que los hijos del susodicho fuesen en realidad del carnicero, allí estaba el hombre: rodeado de muggles que parecían ser una familia feliz, viviendo para ese amor romántico del que hablaban los dos mortífagos.

Wolfgang no lo entendía; su compañera, por lo visto, tampoco.

—La lujuria no necesita venir acompañada del amor. De hecho, puedo decir que la lujuria me ha brindado buenos momentos en la vida.—Comentó sin ningún tipo de segundas intenciones, sin poder evitar recordar alguno de sus encuentros sexuales. Los que había tenido con McDowell, sin lugar a duda, estaban entre los mejores.—Esa es la idea, ¿no? Utilizar esos buenos sentimientos que parece que todos se tienen para conseguir nuestros objetivos. Te diría que quizás no necesitemos nada más que una buena dosis de tortura psicológica, pero eso arruinaría tu diversión.—Rawson preferiría que bastase con un poco de tortura psicológica para que Gunn cantase como un jilguero, pues sería rápido y podrían acabar con todo aquello para volver a sus casas. Pero las cosas tenían una tendencia preocupante a complicarse. Había que estar preparado para todo.

Uno de los principales motivos por los que estaba dispuesto a dar rienda suelta a Giselle con sus deseos más oscuros era… porque nadie podía negar su eficiencia. La pelirroja, dentro de lo caótico de sus métodos, obtenía resultados. Y resultados era precisamente lo que necesitaban. Si ella jugaba, ambos se beneficiaban. Así funcionaban las cosas entre ellos: siempre buscaban una manera de obtener beneficio personal de una colaboración con el otro.

Ese era el mejor tipo de relación que podía existir.

Su compañera pareció feliz, y Wolfgang no pudo evitar componer una media sonrisa al verla tan ilusionada. También le gustó cómo sonó esa promesa de agradecimiento posterior, no lo negaría. ¿Qué tendría en mente? Su curiosidad, uno de los pocos rasgos humanos que tenía, se mezcló con su lujuria, otro rasgo muy humano suyo, y se imaginó cosas interesantes.

—Esa promesa suena de lo más tentadora.—Reconoció, aunque lo hizo de tal manera que sonó casi apático. Él siempre sonaba casi apático.—Tendrás tu ocasión de jugar, y si todo sale como me imagino que saldrá, tendrás muchos juguetes en tus manos.—No pudo evitar peinar la fiesta con la mirada, contemplando uno por uno a los asistentes, enfrascados en sus incautas vidas.

Salieron a la pista de baile en un intento por acercarse a Gunn y vigilarlo más de cerca. Rawson remarcó lo atractiva que estaba Giselle con toda su sinceridad: era una mujer hermosa que, además, poseía un físico de infarto. Cualquier hombre caería a sus pies si entre sus aficiones se encontrara el frecuentar bares llenos de hombres babosos y borrachos. No tendría más que sentarse en un taburete en la barra, pedir una copa y cruzar una pierna sobre la otra, y cuando quisiera darse cuenta, todos los ojos estarían posados sobre ella.

Ella le devolvió el cumplido, y añadió una clara referencia a la sangre. Quizás no tuviera que esperar mucho antes de ver cumplido su deseo.

—Los necesitamos vivos para hacer cantar a Gunn… y tampoco nos favorecería mucho empezar una matanza antes de atraparle. Podría escapar, como la rata que es.—Siguieron moviéndose al ritmo de la música, alternando la mirada entre los ojos del otro y su objetivo, que no parecía darse cuenta de que estaba sometido a vigilancia.—Te propongo una cosa: como no necesitamos a toda esta gente, ¿qué te parece si eliges a unos cuantos? Los afortunados que elijas permanecerán con vida mientras que los otros, cuando hayamos capturado a Gunn y a sus colaboradores, desgraciadamente tendrán que perder la vida. De esta manera tendrás tu diversión...—Wolfgang volvió a echar un vistazo a algunos de los asistentes a la fiesta, especialmente a los niños. Sabía que elegiría a algún niño para sus juegos privados.—...y el equipo logrará apuntarse un tanto con el Señor Tenebroso. ¿Qué te parece la idea?

A Rawson le daba igual quienes formaran parte del interrogatorio. Estaba seguro de que la mejor combinación serían niños pequeños, esposa, y alguna persona que fuera especialmente importante para Gunn. Nada soltaba más la lengua de un hombre que las amenazas hacia su pequeña y hermosa manada de seres queridos.

Y eso era lo que conseguía Gunn con su dichoso amor.
Wolfgang Rawson
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