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Please, don't. —Sam&Gwen.

Sam J. Lehmann el Lun Jul 01, 2019 2:10 am

Recuerdo del primer mensaje :

Please, don't. —Sam&Gwen. - Página 4 DsfxfcY
Casa de Sam & Gwen | 01/07/2019 | 17:38h | Atuendo

Alfred le había regalado ese lunes libre a Samantha porque había trabajado el sábado casi en los dos turnos y se había encargado de prácticamente toda la tienda frente a la ausencia de tanto Alfred como de Erika, que habían tenido que viajar a Irlanda por motivo de un funeral. Además, por fin los dueños habían contratado a una nueva persona, por lo que pese a que los horarios estaban parecidos, había más estabilidad. Ya Sam había pedido, por favor, que le diesen turno de mañana casi siempre para poder tener una vida con Gwendoline que fuese más allá que compartir las últimas horas de la noche antes de caer rendidas en la cama del cansancio. Alfred y Erika todavía se lo estaban pensando.

Sam había comido sola porque Gwendoline tenía cosas que hacer después del trabajo, diciéndole que llegaría a la hora de merendar. Es por eso que a la buena hora de merendar, Sam estaba preparando unos bol con fruta partida: plátano, fresa, melocotón, piña… Últimamente hacía bastante calor, por lo que les encantaba salir al patio trasero a coger sol mientras tomaban fruta bien fresquita. Mientras partía, ahí se encontraba Don Cerdito, sentado en el suelo, a la espera de que algo cayese al suelo para poder hacer su función de aspiradora.

Al terminar de cortar la fruta, dejó los bol sobre la encimera y salió para recoger la mesa del comedor que estaba totalmente tirada. Estaban su mil y una libretas que utilizaba para a saber qué cosas, además de la que tenía actualmente para escribir como un diario. Se había pegado un rato de la mañana escribiendo y se le habían quitado las ganas de recoger. Entre que era más guay comer y cenar frente a la televisión mientras veían algo, había días en donde la mesa del comedor se plagaba de cosas que no debían de estar en la mesa del comedor. Así que antes de que llegase Gwendoline, que debía de estar al caer, Sam hizo limpieza intensiva. Separó las cosas de su novia por un lado y las de ella por otro, en dos montones para subirlo a la habitación y dejarlos sobre el escritorio.

Al llegar arriba hizo los dos montoncitos y se dio cuenta de que bajo una carpeta de Gwendoline estaba el Profeta de ayer. Sam no lo había leído, sino que había sido Gwen quién se lo había contado, pero lo cogió porque quería leer ella misma todo lo que decían sobre los secuestros y lo ocurrido en Hogsmeade y el Callejón Diagón. Sin embargo, al cogerlo se dio cuenta de que bajo eso había una carpeta desordenada en donde varias hojas salían por fuera. Al colocarlo, se dio cuenta de lo que era: información sobre objetos mágicos y el uso que se le había dado a dichos artilugios para cazar fugitivos.

Y eso sí le sonaba.

Dejó El Profeta a un lado, dándose cuenta de que Gwendoline parecía estar estudiando aquello. Hacía ya unas semanas le había dicho que la Orden del Fénix estaba detrás de un mago que estaba utilizando artilugios mágicos para cazar a los fugitivos y que había que dar con su identidad para parar dichos ataques. Sam le había pedido que no se metiera ahí, porque ni sabía quién era ese mago ni cómo se tomaría el hecho de que alguien estuviese espiándolo para saber qué. Y, por lo que le había quedado claro en aquel momento, Gwen parecía haber aceptado no hacer nada de eso.

Esta mujer…Susurró, sin querer mirar nada más.

Y no quería mirar nada más porque no era de su incumbencia. Lo había visto sin querer y… si algo le molestaba de todo eso es que lo estuviese haciendo sin decirle nada. Entendía el hecho de que Gwen se quisiera implicar en las cosas porque uno tiene la necesidad de hacer lo posible por ayudar al resto e incluso entendía que quisiera hacer las cosas aunque Sam no quisiera que las hiciera porque la quería proteger, pero… que se lo dijera al menos. Que le dijera: “Sam, sé que te preocupas por mí, pero lo voy a hacer igualmente.” ¿Y qué narices iba a decirle Sam? La verdad es que el hecho de que se lo ocultase, por lo que eso implica, era lo que más le molestaba de todo. ¿Y si pasaba algo y ella no tenía ni idea de lo que estaba haciendo durante todo este tiempo?

También era cierto que ella siempre intentaba despegarse de sus asuntos de la Orden del Fénix… pero a veces se arrepentía teniendo en cuenta que Gwendoline, igualmente, no iba a dejar nada de eso de lado y no quería quedarse de lado en cosas que incumbían a su novia y podían ser peligrosas.

Contrariada, cogió El Profeta y salió de la habitación tras dejarlo todo ordenado, bajando las escaleras hacia la cocina.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Sáb Ago 10, 2019 12:51 am

En momentos en que las cosas no iban del todo bien, resultaba sorprendente lo mucho que reconfortaba refugiarse en buenos recuerdos, como aquel del que estaban hablando en ese momento.

Casi parecía que regresaban a aquella época, siendo dos chicas con su vida prácticamente solucionada, viviendo ésta de una manera desenfadada.

A Gwendoline no le costó volver a verse como aquella muchacha borracha que, ahora que lo pensaba, no sabía absolutamente nada de la vida. Y sintió envidia. ¿Por qué no podían simplemente regresar atrás, volver a ser aquellas dos muchachas casi descerebradas que buscaban un plato de fideos orientales para matar el apetito a las tres de la madrugada? ¿O las que fueron los días posteriores, ya sobrias, pateando Chinatown en busca de aquellos fideos mágicos?

Pues porque el pasado no iba a volver, y lo único que podían hacer era construir un futuro mejor. Uno en el que se sintieran tan bien como entonces.

Aún así, no había nada de malo por disfrutar un poco de ese mundo que solo existía en sus recuerdos. Una manera de coger fuerzas, de recordarse a sí mismas que las cosas podían ir bien. Que las discusiones no lo eran todo en aquella vida.

—He tenido la teoría durante años de que dimos con algún tipo de puesto chino mágico, algo parecido al andén nueve y tres cuartos: tienes que saber el lugar exacto, y creer que está ahí, si quieres encontrarlo.—Bromeó, sabiendo que aquello, si bien posible, no era la explicación más sencilla: como Sam dijo después, seguramente esos fideos no estaban tan buenos como creían, ni recordaban tan bien como pensaban aquel lugar.

Su imitación, esperaba, sería lo bastante buena como para matar un pequeño antojo. Y es que, como bien señalaba Sam, aquellos fideos serían irrepetibles, una de esas cosas mágicas que suceden cuando una está bajo los efectos del alcohol.

—Seguramente.—Coincidió con ella, todavía sin apartar la mirada de las verduras que se sofreían a fuego lento en la sartén, removiéndolas cada pocos segundos con la cuchara de madera.—Pero durante todo ese tiempo que pasamos buscándolos, creíamos de verdad que tal maravilla existía. ¿Te imaginas que los hubiéramos comprado en cualquier puesto cutre, y en nuestra imaginación creíamos en aquella ventanilla maravillosa?—Rió un poco, divertida, aunque no creía que su imaginación llegara a tanto. No hasta el punto de que ambas recordaran lo mismo.—Gracias. Espero que sea verdad, porque si te digo la verdad, no recuerdo lo que llevaban esos fideos.

¿Cómo iban a acordarse? A fin de cuentas, habían engullido aquella comida como dos buenas borrachas hambrientas. No estaban pensando, precisamente, en analizar cada uno de los ingredientes de la receta para replicarla en casa.

Sam se ofreció a ayudarla entonces, vistiendo para ello su delantal multicolor, y solo cuando la escuchó trastear con las cacerolas fue cuando Gwendoline miró en su dirección. Y le llamó la atención el aspecto anormal de sus nudillos. A ojos de cualquiera que no estudiase medimagia, posiblemente no parecieran muy distintos de lo habitual, pero ella advirtió un levísimo enrojecimiento y algo de hinchazón. Supuso que Sam habría estado golpeando el saco de boxeo, pues otra explicación no había.

O bueno, sí: que hubiera estado golpeando directamente una pared. Sin embargo, eso no le parecía propio de ella.

—¿Quieres que cambiemos puestos?—Sugirió, ofreciéndole incluso la cuchara de madera y, por fin, mirándola a la cara.—Sería una pena que te hubieras puesto el delantal para no mancharlo...

Sam entonces hizo una pregunta… bastante más grande de lo que ella misma creía. ¿Por qué? Pues porque a simple vista podía ser muy fácil de responder, con un simple sí o un simple no. De hecho, tal vez ni necesitara respuesta: que estuvieran allí, hablando tranquilamente después de lo ocurrido, riendo incluso, era un indicativo claro de que todo estaba perdonado.

¿El problema? Que Gwendoline no creía que hubiera nada que perdonar.

El paseo la había ayudado a desahogar unas cuantas frustraciones, y a pensar en todo lo ocurrido, y se había dado cuenta de una cosa importante: tan cegada como estaba Sam en su interés por protegerla, por evitar que se metiera en problemas, solo había visto lo negativo del asunto. Y la entendía, de verdad que la entendía: resulta muy complicado ver el lado bueno a algo que desprecias, aunque lo tenga y sea evidente.

Así que tampoco podía enfadarse con ella… por preocuparse por ella. Sería egoísta.

—¿Perdonarte por qué?—Después de ese beso, y con el brazo de su novia todavía alrededor, Gwendoline se volvió para mirarla, dejando el cucharón sobre la sartén. Depositó una mano sobre su mejilla y la miró a los ojos.—No has hecho nada malo. Lo único que querías era que no hiciera locuras ni me obsesionase. Querías cuidar de mí.—Se puso de puntillas y le dio un beso en los labios, uno suave, pausado y prolongado, depositando la otra mano sobre su cuello. Cuando se separó de ella, seguía mirándola a los ojos.—Pero si te has hecho daño golpeando ese saco de boxeo, como me imagino que ha sido, sí que me voy a enfadar.—Esas fueron sus palabras, pero en realidad bromeaba. Se notaba por la leve sonrisa en sus labios.

No era estúpida, y sabía que aquel tema necesitaba de una conversación un poco más extensa. No podían solucionar las cosas dándose un beso, diciendo que todo estaba bien, y yéndose a la cama a tener sexo como dos adolescentes. Ese había sido el error del día anterior, y allí estaban de nuevo.

Sin embargo, ahora sabía que podía hablar del tema de una manera más civilizada. Así que, antes de proseguir, y mientras esperaban a que los fideos estuvieran listos, Gwendoline apagó el fogón de las verduras y las dejó a un lado. Tomó entonces las manos de Sam y, de manera instintiva, bajó la mirada. Con la vista fija en el delantal multicolor de su novia, comenzó a hablar.

—Entiendo lo que querías decirme, ¿vale? No quiero que pienses que, con todo el tema de la discusión, no estaba prestándote atención.—Se obligó a mirarla a los ojos, pensando con cuidado las palabras que iba a decir.—No creo que tenga que perdonarte por preocuparte por mí, ni por pensar algo que no era, teniendo en cuenta que tenía toda la pinta de ser así.—Reconoció. También se había dado cuenta de lo obsesionada que parecía durante el paseo.—Y creo que no hice bien en sacar el tema de cómo ayudabas a fugitivos antes. Digas como digas eso, suena mal. Pero no era mi intención...—Ahí se sintió genuinamente mal, y bajó la mirada: también se había dado cuenta de lo cruel que había sonado recordándole lo valiente que era antes.—¿Cómo iba a poder recriminarte yo algo así, cuando siempre he sido la primera en pedirte que tuvieses mucho cuidado, que no hicieses locuras?

Solo habría una palabra para definirla, en ese caso: hipócrita.

No se le había pasado por la cabeza exigirle que fuera valiente, o que luchara por una causa por la que no quería luchar. Había sido una forma penosa de escoger sus palabras, en un intento de que comprendiera la necesidad que Gwendoline sentía, y sin pretenderlo… había hecho una comparación que estaba fuera de lugar.

—Perdóname tú, por favor.—Le pidió, su mirada todavía baja.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ago 10, 2019 4:58 am

Le encantaba mucho el simple hecho de pararse pensar en el pasado, darte cuenta de que todavía recordaba cosas que creía olvidadas y sobre todo sentir esa nostalgia alegre de saber que, pese a todo, el pasado que tuvieron fue muy bueno. Quizás si mirabas de aquí a atrás en un corto periodo de tiempo la cosa hubiese sido un poco deprimente, pero nadie les podía quitar lo que habían vivido antes.

—A ti se te da mejor eso —le dijo cuando le fue a dar la cuchara de madera para que saltease las verduras. —Las dos sabemos qué me pongo el delantal porque me queda bien y es muy homosexual —admitió divertidísima, encogiéndose de hombros.

Después de eso, Sam quiso pedir perdón. No quería pasarse el resto de día pensando en la conversación del mediodía y tampoco quería dejar las cosas ‘feas’ con Gwendoline. El tema del juguetero ya había quedado claro que iba a ir para largo y que ella no tenía ningún tipo de intención de abandonar, por lo que había que tratar las cosas desde ya para que la bola no se hiciese cada vez más grande.

¿Que no había que pedir perdón? Sam creía que sí… Vale que resumidamente lo que le había pedido era que no hiciera locuras ni se obsesionase, pero también había dejado caer el por qué de creer que estaba tan obsesionada y eso había sido un poco feo. Bastante feo. Y bueno, en general había sido un poco por todo: pese a haber tenido una conversación más tranquila que el día anterior, el simple hecho de echar cosas en cara… ya merecía una disculpa. Pero debía de admitir que aún así el hecho de que dijera que no merecía disculpa, le tranquilizó. Le hizo poder enfocarse en su ‘amenaza’ con respecto a los nudillos después del beso.

—Me caí —le respondió con respecto a los nudillos. —Una gran caída.

Obviamente ella sabía que era mentira, pero era la gracia de la broma. No quería darle importancia a eso. Las cosas entre su saco y ella, se quedaban entre su saco y ella. Maldito saco.

Podía entender que Gwendoline se sintiese mal: al igual que a Sam no le había gustado insinuar que podía tener falta de autoestima—cuando claramente era ella la que tenía carencia de ello—, a Gwen no le había gustado insinuar que Sam era una cobardica que ya no luchaba por nada. Y ojo, pese a que decirlo sonaba feo, al menos había conseguido que la rubia se diese cuenta de que… en realidad lo era. ¿La verdad? Lo que más le pesaba de ser una cobarde es que Gwen pudiera pensarlo de cualquier manera, pues quieras o no te hace sentir… como un poco inútil; o quizás incluso alguien con quién no contar. Era rara la sensación pese a que era bien consciente de que no era para nada la realidad. Nadie quería que la persona que quieres te vea de una manera de la que no te sientes orgullosa.

—Tranquila. —E hizo que la cabeza de su novia se elevase tras agacharse un poquito a darle un besito en la frente. —Sé que no era tu intención pincharme en el corazoncito. —Eso era una broma y se lo demostró dándole un besito en la punta de la nariz. Creo que ambas eran conscientes de que ninguna de las dos tenía como objetivo hacer daño a la otra, por mucho que durante el furor de la discusión pudieran decir cosas feas. —Sonó de la única manera que puede sonar, pero… era la verdad. Nunca sienta bien que te digan esas cosas a la cara, una siempre intenta pasar por alto las cosas por las que no se siente orgullosa. —Arrugó la nariz. Claramente Sam no se sentía nada orgullosa de cómo había hecho las cosas, o como las enfrentaba ahora, pero eso no era un secreto.

A veces es que ni sabía. Había pasado por tanto en tan poco tiempo que todo ella había evolucionado en algunos momentos e involucionado en otros. ¿Cómo era posible que en una situación de máximo peligro de su vida hubiese sido la persona más temeraria, y ahora que podía pensar las cosas con claridad había optado por abrazarse a la seguridad extrema y no arriesgarse ni un poquito? Parecía que en un intervalo de más o menos cuatro años habían pasado por Sam varias versiones de sí misma, cuando en realidad siempre había sido la misma. Con más miedos, con más pérdidas, con más experiencia…

Entonces se dio cuenta de que si cada vez que hablaban del tema del juguetero iban a ponerse a discutir, probablemente el maldito juguetero fuese su primera crisis de pareja, por lo que puso una regla nueva.

—Nada de discutir de nuevo por este tema, por favor. ¿Cómo es posible que hayamos discutido en dos días más que en todo lo que llevamos saliendo? —Soltó una risilla, antes de soltarla y pasar sus manos por alrededor de su cuello, abrazándola fuertemente.

Ese abrazo. ¡Ese es el abrazo que necesitaba! Después de comer pensaba abrazarse a ella en el sofá y no la iba a soltar. Iba a pasarse abrazada a ella toda la noche. Gwen iba a tener que aparecerse a la cama porque no iba a poder subir las escaleras con Sam en modo koala.

—Yo pensé que nuestra primera crisis de pareja vendría cuando tuviésemos que ponerle los nombres a nuestros hijos —dijo al separarse de ella, evidentemente sin hablar en serio. Observó que las verduras necesitaban ser removidas, por lo que se despegó de ella. —Acude al rescate de las verduras; yo voy a echar los fideos en el agua.
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Gwendoline Edevane el Lun Ago 12, 2019 12:33 am

La incredulidad se adueñó del rostro de Gwendoline cuando Sam aseguró que lo que veía en sus nudillos eran las consecuencias de, en sus propias palabras, una ‘gran caída’. Sin embargo, negó con la cabeza y compuso una leve sonrisa.

A aquel momento siguió otro en que Gwendoline reconocía que se había equivocado, que había abordado el tema de la manera equivocada. Que había intentado apelar a algo que sabía que seguía dentro de Sam, pero de la manera más incorrecta. Y se disculpó por ello.

Como había sospechado, sus palabras no habían hecho sentir feliz, precisamente, a su novia, y eso la hizo sentirse incluso peor. Aún a pesar de volver a mirarla a los ojos, y de recibir un beso de ella en la frente, no se sintió mejor. Cada ser humano en el mundo tenía un tema sensible, uno que era mejor no mencionar pues hacía daño, y teniendo en cuenta las vivencias de Sam, estaba claro que aquel era uno de esos temas.

¿Y quién se lo podía reprochar? Su forma de ser era la consecuencia más evidente de los calvarios que había tenido que vivir.

Resultaba bonito imaginarse esas historias, totalmente ficticias, en que el protagonista o la protagonista vivía una experiencia traumática de la que era capaz de salir venciendo a sus temores. En muchas ocasiones, dichos temores estaban representados por una persona, y el derrotarlos literalmente representaba dejar atrás todos sus traumas para renacer.

La vida no era así, había comprendido Gwendoline.

—Lo siento.—Volvió a disculparse, después de que Sam afirmara no sentirse orgullosa de su actual temor hacia la vida.

No creía que nadie pudiera reprocharle tener miedo, desde luego. Gwendoline no era la persona más valiente del mundo, especialmente cuando se paraba demasiado a pensar las consecuencias de sus acciones, por lo que podía comprender lo que se sentía no sólo al temer dichas consecuencias, sino al haberlas experimentado en carne propia. Hemsley y Crowley le habían dado una pequeña muestra de lo que había debido padecer Sam.

Sam entonces hizo una propuesta: terminar aquellas discusiones. Gwendoline estaba de acuerdo, y no sólo por el bien de su relación: era perfectamente consciente de que, si no estaban unidas, no servirían para nada en la lucha contra El Juguetero.

Respondió a su abrazo, sujetándola con fuerza y asintiendo con la cabeza varias veces.

—No discutiremos más por esto. Lo prometo.—Respondió, dejando en el aire la respuesta a aquella pregunta, pues no había necesidad alguna de responderla: habían discutido tanto simple y llanamente porque habían encontrado un tema en el que opinaban prácticamente lo opuesto.—Que sepas que si decides llamar ‘Don Niño’ a nuestro futuro hijo, y ‘Doña Niña’ a nuestra futura hija, la tierra temblará por la discusión que vamos a tener.—Bromeó cuando se separaron, haciendo alusión a la poca originalidad exhibida por Sam a la hora de bautizar a sus mascotas. ¡Que no se le ocurriera hacer gala de ella a la hora de poner nombre a los futuros niños Lehmann-Edevane!

Volvió a prestar atención a las verduras, que por suerte había apartado del fuego, y acercó la nariz a la sartén para asegurarse de que olían bien. Y sí, olían bien. Tomó entonces una cuchara y probó un poco, dándose cuenta de que también estaban en el punto exacto para añadir los fideos y terminarlas. Así que sólo restaba esperar.

Dejó en el fregadero la cuchara con que había probado las verduras y se giró en dirección a Sam, que observaba la cazuela con los noodles cocinándose como quien observa un experimento de química a punto de estallar. Estuvo a punto de tacharla de dramática para seguir con la broma y el ambiente distendido, pero en su lugar… tuvo una idea.

—Quiero proponerte una cosa. Y te pido que mantengas la mente abierta, ¿vale?—Levantó el dedo índice como señal de ‘advertencia’, para luego proseguir con una expresión seria en el rostro.—Me gustaría que conocieses a la gente del refugio. Sé que nunca has querido por miedo a saber demasiado en caso de que algún cazarrecompensas te captura, pero igualmente creo… que sería una buena idea. Ellos siempre necesitarán una mano amiga, y a cambio siempre tendrás un lugar al que acudir cuando la necesites tú.

Sinceramente, no sabía cómo reaccionaría Sam ante semejante propuesta. Se esperaba cualquier cosa, incluso una nueva discusión. Sin embargo… puestas a discutir de nuevo, mejor hacerlo en aquel momento y no más adelante.

Además, no sería una discusión: intentaría convencerla, pero si insistía en no querer, no la presionaría.
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Sam J. Lehmann el Mar Ago 13, 2019 2:24 am

Después del gran abrazo de reconciliación, la legeremante respiró tranquilamente. Por un lado la promesa de dejar de discutir por ese dichoso tema y, por supuesto, porque después de una discusión siempre esperabas ese momento en el que todo se queda atrás y la otra parte te dice: ‘no pasa nada, está todo bien.’ Que parece una tontería, pero no lo era para nada. Hasta que no te lo decían, casi que no dejabas de sentir el nudo en mitad de tu garganta.

Se separó de ella y puso sus manos en jarras, ofendida. Ofendida de broma, obviamente, pues después de los dos días que llevaban era imposible que pudiera llegar a ofenderse por un comentario así que evidentemente era broma.

—Como si no supieras mis nombres favoritos para nuestros futuros hijos. —Una de las muchas cosas que Sam quería de su futuro era tener hijos y, obviamente, tenía sus nombres preferidos desde hacía bastante tiempo. Claramente estaba asumiendo que sus hijos los tendría con Gwendoline porque... obvio: la adoraba y eso de que fuera la otra mami de sus futuros hijos se veía como el futuro perfecto. Evidentemente le daba igual no ponerle esos nombres por cualquier razón, pero habían sido elegidos por la Sam del pasado, soñadora y familiar: Lukas y Julia. —Además, siempre podemos ponerle ‘Don Niño’ y ‘Doña Niña’ de segundo nombre, ¿no? —Rió, divertida.

Su predilección por ponerle ese tipo de nombres a las mascotas era sencillamente porque era divertido y porque lejos repetir nombre con cualquier otro animal, le estabas otorgando un estatus social—obviamente irrelevante—que le hacía parecer un cerdo o un gato superior a cualquier otro cerdo o gato. Y era gracioso ver a la gente llamar de esa manera a un gato que literalmente se cree superior a ti o a un cerdito vietnamita que mueve el culo mejor que cualquier experto en twerk.

Mientras observaba los fideos pensando en nombres de niños, Gwen volvió a captar su atención, pidiéndole una mente abierta. Se cruzó de brazos por mera comodidad y prestó atención a sus palabras, frunciendo el ceño. ¿Ir al refugio de la Orden del Fénix? No se le apetecía, realmente, pero porque se había acostumbrado a verlo como una mala idea. Ahora, si lo pensamos con detenimiento: el único motivo para no ir era para saber menos en el improbable caso de que la pillasen y lo primero que debía de dejar de asumir es que la iban a pillar en algún momento después de lo mucho que hace para evitar precisamente.

Se quedó como cinco segundos callada, mirando a Gwendoline pero en realidad se le notaba en la mirada que estaba pensando y en realidad tenía la mirada perdida.

—¿Cuánto tiempo llevo callada? —Cuestionó entonces con una sonrisa, destensando sus brazos y dejándolos caer a su lado, apoyándose en la encimera con una de sus manos. —No quiero escupir al aire, pero me gustaría empezar a interiorizar que ningún cazarrecompensas me capturará nunca porque ya he llenado mi cupo de mala suerte, por lo que tengo que intentar dejar de preocuparme de lo que sé o no quiero saber. —Gwen sabía que Sam nunca había tenido mucha ilusión por entrar al refugio, pero resaltar esa obviedad le pareció innecesario. Así que intentando dar un paso hacia adelante en la causa que siempre le había incumbido, se encogió de hombros. —Si quieres voy. Así me reencuentro con Dumbledore y le tiro de la oreja por meter a mi mujer en asuntos turbios. —Había bajado la mirada momentáneamente a los fideos, para mirar de reojo a Gwen al decir ese comentario: —Es broma, quién me viese tirándole de la oreja a Don Dumbledore. —Y rió inevitablemente.

No creía que matizar que el hecho de tirarle de la oreja a Dumbledore fuese broma era necesario, pero era divertido igual. La verdad es que con el apoyo que tenía la Orden del Fénix dudase que Sam pudiese ser de mucha ayuda allí abajo, pero no le iba a quitar razón a la morena sobre lo de saber en donde estaba la ayuda en caso de necesitarla.

Y seamos sinceros: ahora mismo si le capturaba alguien y le miraban en la cabeza, probablemente pusiese en peligro lo que más amaba, por lo que tenía que empezar a priorizar. ¿Y sinceramente? No quería sonar a novia celosa ni nada así—porque obviamente no lo era—pero ahora que se había puesto en la mesa todo el tema del Juguetero, le había entrado curiosidad por saber quiénes estaban con ella en ese tema, sobre todo por el tema confianza.

—Si quieres que vaya, iré —dijo finalmente, moviendo los fideos con un palo de madera para ver su textura. —Una de las entradas es en el centro comercial grande del centro, ¿verdad? En el Mango. No, ahí no. En el H&M. —Creía recordar.
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Gwendoline Edevane el Mar Ago 13, 2019 2:50 pm

Quizás no hubieran mantenido muy a menudo conversaciones acerca de los hijos que tendrían—y mucho menos acerca de cómo los tendrían—, pero Gwendoline no desconocía el dato de los nombres predilectos de Sam. Aquello lo sabía desde hacía años: no habían necesitado ser pareja para hablar de esas cosas, siendo tan amigas como eran.

Sin embargo, Gwendoline prosiguió con la broma, entrecerrando los ojos y dedicándole a su novia una mirada falsamente amenazadora cuando sugirió que “Don Niño” y “Doña Niña” fueran los segundos nombres de sus hijos.

—Estás jugando con fuego, Lehmann...—Bromeó, para luego terminar sonriendo. Francamente, no había nada mejor que haber superado la que parecía ser su primera discusión de pareja.

Y hablando de discusiones, el mencionar la posibilidad de que Sam visitase la zona segura de Londres podía ser perfectamente un motivo para empezar otra: la rubia nunca había estado dispuesta a conocer los entresijos de aquel lugar, ni detalles respecto a la vida de las personas que allí se escondían. Y si bien la morena no tenía pensado insistirle si decía que no, casi había esperado una mala reacción.

No la hubo, para su sorpresa.

Sí hubo un silencio lo bastante prolongado como para esperarse una negativa más pausada, y es por eso que, durante aquellos segundos, también Gwendoline permaneció en vilo, mirando a Sam sin saber bien qué esperar.

Su novia sonrió, en cambio, y la sorpresa fue mayúscula cuando aceptó aquello, si bien no con entusiasmo, sí con más convencimiento del que habría esperado. Estaba tan acostumbrada al rechazo de Sam por todo lo que tuviera que ver con la Orden del Fénix o los fugitivos de Londres que ni por asomo hubiera esperado una respuesta positiva.

—¿Estás hablando en serio?—Preguntó Gwendoline, francamente sorprendida. No le hizo falta más que mirar los ojos de Sam para darse cuenta de que sí.—¡Estás hablando en serio!—Exclamó, abriendo mucho los ojos y señalando con el dedo índice a Sam. Si existía una expresión de sorpresa más sincera que aquella, Gwendoline no la había visto.—Es decir… Casi esperaba que me dijeras que no, pero… Eso está bien.—Sonrió, un tanto insegura.

¿Cómo no iba a estar insegura? Pese a que conocía bien a Sam, y sabía la cara que ponía cuando bromeaba, todavía no las tenía todas consigo. Se esperaba que, en cualquier momento, saltara exclamando “¡Inocente!”, aún a pesar de no estar ni remotamente cerca del día de los Santos Inocentes, para luego asegurar que ni loca pisaría semejante lugar. Alegaría que tenía miedo de pegarles su mala suerte o algo por el estilo.

No, aquello no pasaría, estaba claro. Pero por si acaso su novia se lo pensaba un poco mejor, y finalmente le podía el miedo, Gwendoline decidió no perder tiempo.

—Sí, en el H&M hay una entrada, pero es sólo una de ellas. Y no me sorprendería que Dumbledore conozca alguna más que no es del dominio público.—La informó, para entonces añadir, de forma innecesaria:—Y no le tires de la oreja a Dumbledore. Algo que me dice que no se resistiría, pero… quizás le perderían el respeto.—Sabía que Sam bromeaba cuando había dicho aquello, pero igualmente lo remarcó.—¿Cuándo te sentirías cómoda yendo?

La pregunta sonaba rara, pero es que si le preguntaba “¿Cuándo te apetece ir?”, la respuesta sería algo así como “Nunca, voy solo por ti, así que decídelo tú”, o algo un poco menos borde y pasivo-agresivo.

De todas formas, Gwendoline todavía no salía de su sorpresa: cuando formuló aquella propuesta, lo menos que esperaba era una respuesta tan positiva. Sería muy beneficioso para ellas, creía, pues ya habían discutido demasiado por aquel motivo.

Y, no menos importante, podrían sentarse a hablar todos los implicados en el tema del Juguetero. Sería más productivo que discutir cada vez que salía el tema a colación.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ago 14, 2019 3:23 am

Era MUY normal que Gwendoline creyese que le iba a decir que no, pues básicamente le llevaba dando negativas con ese tema desde que había sabido que pertenecía a esa organización, además de que había mostrado abiertamente su desagrado con el tema. Bueno, la misma Gwen lo había dicho: desde el dos mil dieciocho su actividad con respecto a otros fugitivos, o el mismo problema purista que le afectaba directamente a ella, había sido prácticamente nulo.

Sus ojos se volvieron divertidos ante la sorpresa de Gwendoline, pues si había dicho que sí a ir era sencillamente por dos razones muy recientes: el tema del Juguetero y la gran capacidad de persuasión de su saco de boxeo.

—En realidad siempre te he dicho que si alguna vez necesitabas ayuda con algún tema de la Orden del Fénix, yo te prestaría ayuda aunque no me gustase. —La actualidad era el vivo ejemplo. Nunca había querido que Gwen se enfrentara a nada sola que pudiera ser peligroso. —Hasta la fecha nunca te has enfrentado a algo tan peligroso ni difícil, así que ahora… no sé.

Sí que sabía, obvio.

Y a Gwendoline no le costaría mucho identificar que la discusión de ese mediodía había tenido mucho que ver. Sin embargo… tenía que dejar ya las tonterías a un lado y enfrentarse al mundo y, sobre todo, no podía negar que la Orden del Fénix era parte de ese mundo, aunque se hubiese negado profundamente a tener nada que ver con ello hasta ahora.

La miró con sorprendida cuando dijo que Dumbledore podría perder el respeto. No sabía cómo eran las cosas en la Orden del Fénix, ¿pero Dumbledore no seguía siendo el mismo Dumbledore de siempre? ¿Ese que te robaba grageas por los pasillos cuando te veía comiendo y se ponía a comentar contigo que una vez le tocó una con sabor a moco? Que podía entender que ahora mismo el ex-director estuviese más serio y enfocado en el gobierno, pero… siempre había tenido su personalidad cariñosa y atenta bajo esa seriedad. Y la verdad, ni se lo imaginaba siendo serio o no apareciendo por los pasillos del refugio para ser simplemente Dumbledore.

Se encogió de hombros a su pregunta.

—Me da igual, Gwen. Cuando tú creas que sea un buen momento: tú eres la experta en refugios de la Orden del Fénix —dijo, bastante divertida. —Y cuando no tenga que trabajar. Me resultaría raro decirle a Alfred que necesito un día libre para ir a visitar la base de una organización rebelde. —Y como sabía que, pese a la broma, quizás había sonado sin pretenderlo un poco sarcástica, se acercó a Gwendoline para darle un besito, para darle a entender que sólo bromeaba. —Es en serio: cuando tú quieras. —Miró entonces a los fideos. —¿Sacamos eso ya, no?

En cuestión de unos minutos en donde Gwen unía los fideos y las verduras y Sam preparaba la mesa en la salón, frente a la televisión, ya estaban sentadas preparadas para comer. Como era la típica comida en donde los fideos se le caerían de la boca, la rubia optó por sentarse sobre la alfombra en lo que comía, para estar cerca de la mesa y poder comer cómodamente.

Estaba puesta la interfaz de Netflix, pero Sam no había picado en nada en concreto.

—¿Quieres ver algo en concreto? —dijo, sirviéndose zumo en su vaso. —¿O prefieres contarme y alertarme de lo que puedo encontrarme en la base secreta de los rebeldes? —Sonó misteriosa a propósito, pues parecía un personaje de Star Wars enfadado con el bando rebelde. —Espero que me presentes a la famosa Dorcas.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Miér Ago 14, 2019 11:34 pm

En honor a evitar una posible nueva discusión con su pareja, y teniendo en cuenta que acababan de tener una hacía bastante poco, Gwendoline prefirió dejarlo estar. Podría haber señalado que sí, quizás sus palabras dijeran que estaba ahí para ayudarla cuando las cosas se pusieran complicadas en la Orden del Fénix, pero otra cosa muy distinta era su actitud para con el tema: una no podía ocultar su desagrado a una persona que la conocía tanto como se conocían ellas dos.

Y en aquel caldo de cultivo, pues… No es como que Gwendoline se sintiese muy inclinada a tratar asuntos de la Orden con su novia.

Era mejor aceptar la victoria, teniendo en cuenta lo difícil que resultaba conseguir una, y así lo hizo. Así que, mentalmente, comenzó a pensar en un día apropiado para llevar a Sam de visita a aquel lugar. ¿Cuál podía ser? Porque, repentinamente, le resultaba difícil decidirse por uno. ¿Cuál era el día perfecto para mostrarle por primera vez a una persona el lugar que lleva rehuyendo tanto tiempo? ¿Un lunes? ¿Un martes? ¿Un sábado? Todos los días parecían demasiado “estándares”, por lo que concluyó que lo mejor sería hacerlo cuando a ambas les viniese bien.

Lo antes posible, eso sí.

—Pues ya te diré qué día se me ocurre.—Sólo esperaba que no se volviese atrás en el último momento.

Así que terminaron de preparar la cena poniendo los fideos cocidos en la misma sartén que la verdura. Tras unos minutos removiéndolos al fuego para impregnar la pasta con todos los sabores, Gwendoline sirvió el resultado en sendos cuencos de estilo japonés—una de esas tonterías innecesarias que una se compra en una tienda de decoración oriental—, y ambas se fueron a comer ante el televisor.

Obviamente, con tenedores: los palillos eran demasiado traicioneros.

—Pon esa cosa de Umbrella Academy otra vez, a ver si esta vez somos capaces de ver más allá de los diez primeros minutos del episodio cinco.—Propuso Gwendoline, quien en realidad no tenía la más mínima intención de prestar atención al episodio. Por eso, Umbrella Academy venía bien.—Créeme que Dorcas será la primera entusiasmada a la hora de conocerte. ¿Cómo te sentirías tú si no pudieras salir de ahí, o lo hicieras en muy contadas ocasiones? Es un lugar grande, sí, pero...

Y así, mientras de fondo unos superhéroes de lo más extraños hacían cosas de superhéroes y se trataban mal los unos a los otros, Gwendoline habló a Sam tanto de la propia Dorcas como del enorme refugio en que vivía.

Respecto a los fideos… estaban buenos, pero no eran los que recordaban.


Viernes 5 de julio, 2019 || Zona segura para fugitivos, Londres || 18:38 horas || Atuendo

Esa tarde, Gwendoline y Sam se desplazaron al susodicho centro comercial de Londres, o más concretamente, a su tienda H&M. Hicieron la primera parte del trayecto por medio de la aparición, y una vez estuvieron en las cercanías del centro, caminaron hasta llegar a la tienda en cuestión.

Gwendoline llevaba una mochila cargada con productos que ella misma había elaborado, siendo en su mayoría pociones con las que abastecer la enfermería de la zona segura. También se había preocupado de traer consigo algunos ingredientes con los que pocionistas más experimentados que ella podrían trabajar: había remedios que todavía se le escapaban, y para donar una poción mediocre o directamente mala, prefería no donar absolutamente nada.

No tardaron demasiado en llegar a la tienda, y una vez allí, Gwendoline informó a su novia de lo que debían hacer: colarse en uno de los probadores, básicamente.

—La táctica habitual a seguir es… utilizar un Confundus con la señorita encargada de vigilar los probadores, y evitar que cualquier otra empleada de la tienda te vea.—Explicó Gwendoline a su novia.—Sí, está un poco feo, pero mejor eso a que sospechen cualquier cosa, ¿no?

Realmente, la cosa salió bien: un sencillo Confundus no verbal—uno muy leve, se aseguró Gwendoline—, y prácticamente ya tenían el problema resuelto. Se colaron en el probador número tres, cerraron la cortina, y la morena procedió a mostrar el código secreto a su novia.

—Es un patrón musical. Hay que golpear varias veces el espejo con la varita y...—Mientras hablaba, hizo exactamente eso, y no tardó en suceder lo que siempre sucedía: el espejo se abrió ante ellas, revelando un pasadizo que llevaba directamente al patio central de la zona segura.—...y ahí lo tenemos. ¡Vamos!—El rostro se le iluminó con una sonrisa mientras tomaba a su novia del brazo para guiarla al interior de aquel lugar que tanto tiempo había evitado conocer.

Ese día, el patio central estaba ocupado por algunas personas, que volvieron la mirada en dirección a ellas con una moderada curiosidad. A algunos, Sam les llamó lo suficiente la atención como para quedarse mirándolas algo más de tiempo, pero realmente no llamaron para nada la atención: la gente atendía a sus asuntos, sin más, y ellas no eran más que otras dos personas en aquel refugio.

—¿Qué quieres hacer primero?—Preguntó Gwendoline, que sujetaba una de las correas de su mochila, asentadas en sus hombros, con su mano izquierda.—Si tengo que sugerir algo, me gustaría descargar la mochila en la enfermería, antes de nada, pero a partir de ahí...—Se encogió de hombros: a partir de ahí, le mostraría a su novia aquello que ella quisiera ver.

Si es que quería ver algo en concreto, claro.
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Sam J. Lehmann el Vie Ago 16, 2019 2:01 am


Lo de golpear el espejo con un patrón musical concreto era muy Dumbledore. No podía evitar imaginarse a Dumbledore en aquel centro comercial, buscando la tienda más normal de todas, esa que él considerase que no podía ser sospechosa a ojos del gobierno, y metiéndose en el probador tres con las pintas que él tenía para hechizar aquel espejo con un patrón musical que podría haberle estado rondando aquella mañana la cabeza por pura casualidad.

Sam se mostraba bastante divertida con la situación, sobre todo por lo del confundus a la dependienta, que si bien era un poco feo, era totalmente necesario. Y un pequeño hechizo así no afectaba negativamente para nada a la muggle.

Ahí en donde la veías estaba bastante tranquila con la situación, pese a que ya tuviese interiorizado que todo lo de la Orden del Fénix era cosa mala para la vida. Había estado estos días interiorizando que no era nada malo y que todo iba a ir bien, que era algo necesario y que al final nada ocurriría. Y lo peor de todo es que lo sabía, pero su mente parnaoica volvía a hacer de las suyas. Había intentado auto-convencerse pero… no es que hubiese servido de mucho, en realidad.

Terminaron apareciendo en el patio central del refugio y Sam lo observó, curiosa. Por lógica ella estuvo allí, pero no iba a mentir: no recordaba nada de eso. Lo único que recordaba del refugio era la enfermería y porque se había despertado varias veces allí en mitad del tiempo en la que le trataban. La verdad es que ahora que lo pensaba… que feo había sido que la ayudasen a no morir en aquel momento y ella sólo hubiera querido salir de allí lo más rápido posible. Evidentemente había sido por Sebastian Crowley pero… a ojos de los tipos de la Orden del Fénix, o incluso de su rescatadora Fiona, debió de haber quedado como una desagradecida.

Así que en mitad de sus pensamientos, ignorando casi a todos los allí presentes, escuchó a Gwen y la miró. Evidentemente no sabía qué hacer primero, por lo que cuando sugirió lo de empezar desalojando la descarga de la mochila en la enfermería, sonrió algo divertida.

—Vale —le dijo, siguiendo sus pasos. —Es el único sitio que conozco, así empiezo por un lugar que me traiga recuerdos. —Y tras una pequeña pausa, añadió: —Y luego… ¿me enseñas cómo es todo esto en lo que encontramos a alguien que deba conocer?

Era la idea más general del universo, pero es que Sam no sabía a donde ir porque ni sabía qué cosas habían allí abajo. Además, no es como que quisiera ver algo en concreto, del lugar, sino más bien conocer a las personas que vivían en él. Tenía curiosidad por conocer a Myerscough y Maxwell, con quiénes estaba tratando el tema del juguetero, además de conocer a su ahijada Dorcas. Y bueno, en realidad si nos poníamos serios habían varias personas ahí dentro de las que había escuchado hablar y que, en algún momento, deseó conocer

La enfermería estaba bastante cerca del patio principal, por lo que llegaron tras pasar por unos pasillos en donde se pudo ver unas salas de reunión bastante sociales, el comedor y poco más. La enfermería era bastante igual a cómo la recordaba, incluso a nivel de distribución. No recordaba al sanador que la había tratado, pero al ver allí a un señor adulto de barba blanca y no reconocerlo, se quedó en la puerta, un poquito rezagada, mientras Gwendoline hablaba con él y le dejaba las cosas.

—Buenas tardes, Gwendoline —dijo el sanador, con una sonrisa agradable, mirando a la morena por encima de las gafas que sólo utilizaba para leer. —Siempre tan servicial. Muchas gracias. ¿Qué me traes hoy aquí dentro? —Y si bien se iba a poner a ‘fisgonear’ junto a la Edevane, su mirada se fijó en la muchacha que estaba en la puerta, observando fijamente la camilla. —Te puedes acostar. Los niños siempre me preguntan si pueden jugar a los médicos: no sé qué tiene esa camilla de especial.

Sam se dio cuenta de que estaba hablando con ella, a lo que salió de manera inmediata de su pesca inesperada, negando con la cabeza y una cara de: “jopé, me ha pillado en pesca profunda.”

—No, no se preocupe, no quiero jugar a los médicos hoy —dijo de repente, sabiendo por lo que acababa de decir que quizás un poquito nerviosa sí que estaba.

—Eres nueva por aquí, ¿no, Samantha? No me suena haberte visto anteriormente. —Sonrió, dándose cuenta de que su cara era un poema. Ellos dos no se conocían de nada, aparentemente. —Te he visto durante mucho tiempo en los carteles de Se Busca adornando las calles de mi día a día. Casi diría que parece que te conozco de toda la vida —dijo, notándose de lejos que estaba de broma. —¿Qué te trae por aquí?

Ahí donde lo veías, Freddie era un hombre libre, jubilado de su trabajo en San Mungo y que había dedicado su tiempo libre a ayudar a quienes lo necesitaban. Siempre que veía un cartel de Se Busca y no sabía del paradero de dicho fugitivo, se pensaba en cómo debía de estar viviendo la vida. Él era de esas personas que intentaban traer al refugio al máximo de fugitivos sin casas posibles, para que pudieran tener un lugar al que llamar hogar.

—Vengo de turismo. Gwen quiere enseñarme esto.
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Gwendoline Edevane el Vie Ago 16, 2019 10:17 pm

El refugio no era precisamente un lugar de turismo, por el cual se pudiera pasear como si nada únicamente para contemplar el paisaje. Sin embargo, dentro de la función para la que había sido construido, había un montón de cosas interesantes que podían verse. No es que Gwendoline hubiera pasado largas horas informando a su novia de todas y cada una de las estancias y habitaciones que lo conformaban—pues no las conocía todas ni ella—, así que tampoco le extrañó que Sam no conociese nada.

Salvo la enfermería, claro.

Había escuchado alguna vez la historia de Fiona y Sam, no sólo de su boca sino de la de Drake. El fugitivo y la morena habían compartido más de una historia, teniendo en cuenta el tiempo que habían pasado juntos allí dentro.

—Claro.—Le dijo, con una sonrisa, aunque esta se apagó un poco al pensar en Drake, Fiona, y la pequeña hija de ambos, Gabriella.—¿Sabes? Es una pena que Drake y Fiona se hayan marchado de Inglaterra. Me hubiera gustado presentártelos formalmente. Pero bueno, supongo que es para bien: seguro que están viviendo una vida la mar de tranquila, alejados de todo esto.

Así que el primer lugar que visitaron fue, en efecto, la enfermería: esa tarde, el encargado de vigilarla y atender a posibles enfermos o heridos era Fred Langley, sanador jubilado de San Mungo que, en los últimos años de su vida, no había tenido miedo a la hora de arriesgar su libertad y seguridad para ayudar a todos los necesitados que vivían dentro de aquel refugio. Gwendoline, en lo personal, le admiraba, y pese a lo gentil que era, no pudo evitar ponerse un poco nerviosa cuando le mostró la mochila.

¿Cómo no ponerse nerviosa? Ella era una principiante, él un veterano, por lo que su vena perfeccionista salía a la luz.

No obstante, procuró no tomárselo muy a pecho: ella misma había hecho una selección de pociones óptimas, pues no quería donar a la enfermería productos de baja calidad, y por eso mismo ni se había atrevido a tocar las más complejas. Algún día.

—Hola, señor Langley.—Le respondió, sólo para ver cómo el hombre fruncía el ceño con desagrado. Era de esas personas mayores afables a las que no les gustaba que las tratasen de señor, o de don, o similares.—Lo habitual: esencia de murtlap, reabastecedoras de sangre, tónicos para el resfriado… Y un pequeño invento mío: sirve para eliminar las cicatrices.—Había ido sacando poco a poco los frascos de la mochila, hasta llegar al que contenía la misma pócima que había perfeccionado para tratar las cicatrices de Sam.—Su efecto es lento, pero funciona.—No pudo evitar sentirse orgullosa de sí misma: la cantidad de personas llenas de cicatrices que podrían recuperar en gran medida su aspecto anterior.—¡Ah, sí! Y algunos ingredientes...

Por lo que veía, no haría falta ningún tipo de presentaciones: Freddie Langley ya conocía a Sam, y teniendo en cuenta la cantidad de carteles con su cara que empapelaban las paredes del mundo mágico, a Gwendoline no le extrañó nada.

—Me ha costado mucho convencerla.—Le dijo al doctor Langley, pero mirando a su novia.—También nos gustaría hablar con Xenobia y Danielle. ¿Las ha visto?—Esta vez sí se volvió para dirigirse a Langley.

—Danny.—Corrigió Freddie con una sonrisa.—No le gusta que le llamen Danielle.—Gwendoline tomó nota: no eran tan cercanas, lo justo para haber hablado del tema del Jugetero, pero tampoco le apetecía incomodarla.—A Xenobia la atendí hace una media hora: regresó de un pequeño recado que se le complicó con una fea herida en el antebrazo derecho. Le he recomendado reposo, pero sabiendo cómo es...—El sanador se encogió de hombros.—...seguramente estará en alguna sala de reuniones, informando de lo ocurrido. Y respecto a Danny...
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Sam J. Lehmann el Sáb Ago 17, 2019 4:20 am

Pese a que muchos pudieran considerar la decisión de Drake y Fiona como cobardes, a ella le parecía de valientes. No era fácil dejarlo todo atrás, por podrido que estuviese, para empezar de cero en un lugar totalmente desconocido. Ahora porque tenía una vida que le gustaba, pero aún así salir a la calle parecía ser ya un acto de riesgo. A veces pensaba si realmente valdría la pena dejarlo todo atrás, solo para poder vivir en libertad de verdad.

—Me hubiera gustado poder agradecerle a Fiona, la verdad —le confesó. Le había dado las gracias en su momento pero... ni ella misma se sentía muy orgullosa de ese agradecimiento.

Le sorprendió, pero no le desagradó en absoluto, la cordialidad de Fred, uno de los médicos del refugio. Le pareció hasta gracioso que hablase con ella, llamándola por su nombre de pila como si se conociesen de toda la vida. Eso sí, perturbadora era un rato el hecho de que la gente supiese quién eras de esa manera. Nunca se acostumbraría por mucho que llevase ya casi tres años siendo una fugitiva.

Sam asintió varias veces cuando Gwen dijo que había costado convencerla, dándole a entender que efectivamente... la legeremante había hecho gala de su tozudez. Atendió a la conversación de Fred con Gwendoline, sin entrometerse porque sentía que no tenía mucho que decir.

—...la vi en el comedor almorzando con Dorcas, pero no sé si se habrá ido o seguirá por aquí. Seguirle la pista es complicado. —Mostró una cálida sonrisa.

Si algo sabía el señor Langley era de todas las personas que solían frecuentar el refugio, así como las que vivían allí. Era un hombre cercano y amable, por lo que ser observador y saber un poquito de todo le gustaba, ya que así cuando alguien necesitase algo, él podía ser de ayuda, que era probablemente su mayor recompensa allí dentro.

—Lo mejor es que le preguntéis a Dorcas que creo que ahora mismo está en ayudando a Madeleine en una clase de herbología —les informó, para entonces volver a mirar a Sam. —Me llamo Fred, por cierto. Aquí todos me llaman Freddie, menos Gwen que es muy educada y le encanta mi apellido. —Le guiñó un ojo a Gwendoline, a quién le había cogido cariño. —Venga iros antes de que os enrolle más. —Y con un movimiento divertido de ambas manos, ‘las echó’ divertida de la enfermería.

—Un placer conocerte, Freddie —le dijo, con una sonrisa. —Nos vemos.

Dieron de nuevo al pasillo y esperó a que Gwen emprendiera de nuevo el rumbo para ir a su lado. No sabía si iba a ir a buscar a Dorcas para buscar a Danielle, o si preferiría ir por lo seguro y buscar a Xenobia. La verdad es que como el orden de los factores no iba a alterar para nada el producto, la rubia se limitó a observar todo, así como a las personas que iban y venían. Parecían felices y… le pareció un poco feo pensar eso, cuando claramente ese refugio era el motivo de felicidad de mucha gente que podría estar ahora mismo realmente infeliz. Pasaron por delante de varias puertas, en donde en algunas vieron en el interior a gente riendo, en otras a gente leyendo, en otras sencillamente gente jugando al ajedrez…

—Se respira… buen rollo —dijo, contemplativa y algo divertida. —Buenas vibraciones, ¿sabes? Aunque bueno, teniendo en cuenta la gente que está aquí dentro, no me extraña. Uno se siente hasta seguro.

Y entonces un tipo salió de la habitación en donde había gente jugando al ajedrez, el cual había salido corriendo, dejando su partida a medias con un señor mayor. El tipo miró por la espalda a Gwendoline y Samantha, para entonces arrugar el ceño.

—¿Samantha? —Llamó, con voz sorprendida, casi sin creérselo.

Evidentemente la rubia se dio la vuelta, viendo allí a una persona que no esperaba para ver. Y estaba bastante segura de que él tampoco esperaba verla a ella.

—¿Emerick? —Preguntó igual de asombrada.

Para cuando se dio cuenta, el chico ya se había acercado a ella para darle un abrazo por la cintura y alzarla unos centímetros incluso por los aires. Estaba carcajeándose él solo al reconocer a Samantha, muy feliz de volver a verla con vida. ¿Hacía cuánto tiempo que no la veía? ¿Desde aquel día en el que le había pedido ayuda y le había regalado la navaja mágica?

—¿Qué haces aquí?

—Vivo aquí ahora: les debo lo que se diría un poco… LA VIDA. —Resaltó, bastante divertido. —¿Y tú, tía? No sabía de ti desde hacía… ¿cuánto, casi dos años? No quiero sonar fatal, pero ya pensaba lo peor. Me alegro muchísimo de que estés bien. Mírate, estás preciosa. —Sonrió, mirándola de arriba abajo.

—Yo estoy aquí por primera vez, me he dejado convencer. —Y miró de soslayo a Gwendoline, con una sonrisa. —Ella es…

—¡Gwendoline! Lo sé. Llevo bastante por aquí. Lo mismo tú no me conoces tanto, Gwen, pero yo soy un buen stalker y me gusta preguntarle a todo el mundo por otras personas. —Igualmente, como nunca habían tenido una presentación formal porque Emerick no pertenecía activamente a la Orden del Fénix porque tenía problemas, decidió hacerlo. —Yo soy Emerick, pero puedes llamarme Eme. Rick no, por favor. Mi padre se llama Rick, el mismo que está ahora mismo por ahí lamiéndole el culo a la Ministra. —Arrugó la nariz, desagradable. —¿Y qué hacéis aquí? ¿Hay algún problema?
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Gwendoline Edevane el Dom Ago 18, 2019 3:53 pm

Comprendía el deseo de Sam de agradecer en persona a Fiona su ayuda, pues ella misma la había sentido al descubrir lo que la ex-auror había hecho por la que entonces era su mejor amiga. Gwendoline era de esas personas que creía en los agradecimientos sinceros, de la misma manera que creía en las disculpas sinceras.

Sin embargo, no podría ser, y lo más que podrían hacer sería desear a Drake y Fiona una vida tranquila. Quizás, si en algún momento cambiaban las cosas, volverían a verse y podrían tener esa conversación que había sido pospuesta.

Al llegar a la enfermería, Freddie Langley no sólo la saludó a ella con cordialidad, sino que reconoció a Sam por la favorecedora fotografía de su cartel de “Se busca”. La rubia era famosa, pero por los motivos menos apropiados, y seguramente tenía una legión de gente persiguiéndola… aunque no fueran precisamente fans. Ese era el precio de la fama, o de la mala fama que el gobierno le había construido a base de mentiras.

Gwendoline no sólo descargó la bolsa con pociones e ingredientes que había traído consigo, sino que además preguntó por Xenobia y Danielle… o Danny, como insistía todo el mundo que la conocía en decirle.

—Mataríamos dos pájaros de un tiro si siguen juntas.—Comentó Gwendoline mirando a Sam, con una leve sonrisa.

El sanador se presentó oficialmente por su nombre a Sam, momentos antes de despedirlas. Gwendoline le saludó de la misma manera educada de siempre—no podía evitarlo, pues así era ella—, y entonces se pusieron en camino. Tenían que decidir a cuál de las dos buscarían primero. Realmente, poco importaba: ese día estaban haciendo una primera toma de contacto, y como mucho podrían acordar una reunión con las dos para otro momento. Así que con ver a una de las dos sería suficiente.

—Esa es la idea de este lugar.—Reconoció Gwendoline.—Entiendo que resulta difícil de creer, que la desconfianza siempre está ahí, pero Dumbledore construyó este sitio como un hogar. No creo que ese hombre le haya pedido nunca a nadie hacer algo que no quiere hacer. Su idea es que esto pueda ser lo más parecido al hogar que todos tenían antes de esto. Y creo que, en gran medida, lo ha conseguido.

Habían tenido muchas veces esa conversación, y si bien Gwendoline sabía que a los miembros de la Orden del Fénix sí se les exigía un poco más, a los fugitivos que vivían allí no se les pedía gran cosa. Por supuesto, un lugar así no funcionaba con buenos deseos, y hacía falta trabajo, o contribuir de la manera en que se pudiera, pero ella jamás había tenido la sensación de que eso fuera obligatorio.

Iba a explicar a su novia lo que hacía la gente allí, empezando por aquellos que daban clase a los alumnos que habían tenido que huir de Hogwarts, cuando fueron interrumpidas: un chico que jugaba al ajedrez en una de las estancias reconoció a Sam, y viceversa.

Gwendoline creyó que en aquel momento sobraban las palabras, y simplemente les observó con una leve sonrisa en el rostro. Incluso ella, Samantha Lehmann, una de las fugitivas más solitarias del mundo mágico, había encontrado a alguien conocido allí dentro. No pudo más que maravillarse de ello.

El chico, además, la conocía, lo cual la sorprendió. Al menos, durante un minuto, pero pronto cayó en la cuenta: allí era más sencillo que la conociesen a ella que al revés, pues siempre, absolutamente en todos los casos, la llegada de alguien que trabajaba en el Ministerio de Magia despertaba cierta desconfianza. Todos se preocupaban por saber quién era esa persona, y si era de fiar.

—Es un placer conocerte, Emerick.—Sonrió, ofreciéndole la mano al chico, que se la estrechó.—¿Eres el mismo Emerick de la navaja mágica? Si es así, debo decirte que no sólo le ha sido de utilidad a ella, sino que me ha salvado a mí la vida en alguna ocasión.—Recordó el primer encuentro con Artemis Hemsley. El clavarle aquella navaja en la pierna a la mortífaga les había servido de mucho durante el enfrentamiento posterior.—No hay un problema ahora mismo, pero… queríamos hablar con Xenobia o con Danielle. Ya sabes, por el tema de...

—...de ese hijo de puta que hizo saltar por los aires dos refugios, ¿no?—El rostro de Emerick se había ensombrecido. Gwendoline asintió.—Me hierve la sangre. Si llego a tener a ese cabrón al alcance de mis manos, te juro que...—Y no terminó la frase, pero por cómo se le crispó el rostro, no hizo falta que lo hiciera: no tenía intención de ser delicado ni sutil con el Juguetero.

—Queremos evitar que vuelva a hacerlo. Sam ha venido con intención de echarnos una mano.—Dijo Gwendoline con un tono de voz suave, intentando calmar los nervios de Emerick.

—Pues eso espero. Ese cabronazo...—Emerick negó con la cabeza, sin querer poner en palabras las cosas que pensaba. Gwendoline le comprendía.

—¿Qué os parece si me adelanto para ir a buscar a Xenobia?—Miró a Sam, preguntándose si querría ponerse al día con su amigo.—Puedo reunirme aquí con vosotros en un rato si queréis poneros al día...

No es que quisiera dejarla sola en su primera visita al refugio, pero ahora que había encontrado a un conocido, podía comprender mejor cómo funcionaban las cosas allí. Vendría bien que tuviera otra visión distinta, no sólo la de su novia.

Gwendoline no era objetiva con respecto al refugio, considerándolo uno de los mejores lugares del mundo mágico actual.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ago 19, 2019 2:43 am

Era consciente de que no todo el mundo en el refugio de la Orden del Fénix tenía por qué entregarse a la organización como activo de la misma. No le costaba en realidad creerse lo que veía de un hogar para todos, pero eso no quitaba su desconfianza igualmente con la Orden del Fénix, pero no por nada en especial: Sam no tenía problemas con Dumbledore, de hecho lo adoraba, sino que ‘odiaba’ a la Orden del Fénix sencillamente porque era una organización activa en contra de un gobierno cruel y violento y eso ponía en peligro a quién participara en ella. Fin.

Y su reticencia con haber querido entrar al refugio se debía a que saber la ubicación del mismo era darle en bandeja de oro toda la Orden del Fénix a Sebastian.

—Antes de que volviésemos a encontrarnos la gente me hablaba muy bien del refugio —añadió a la conversación. —Yo tampoco lo creo.

¿Dumbledore obligando a la gente a comprometerse con la causa a cambio de darle un lugar en donde dormir? No le pegaba en absoluto. De hecho le pegaba a los mortifagos, chantajeando a las personas para poder sacar provecho de ellas.

Lo que luego ocurrió no se lo hubiera esperado nunca: ¿encontrarse a Emerick en el refugio? Ni en broma, sobre todo después de la de veces que había intercambiado con él su disconformidad con respecto a la misma y su miedo a estar en compañía de grandes multitudes. Pero le puso contenta el volver a verlo: siempre había sido una persona muy atenta con ella, muy bueno y simpático, por lo que haberlo visto de nuevo de una pieza era una buena noticia por la que alegrarse.

Al parecer también se había visto afectado por la noticia del Juguetero, pues pasó de estar alegre a ponerse serio, con una actitud bastante enfadada. No sabía si quería saber si había perdido a alguien importante para él por culpa de ese tema, la verdad… Pero por cómo reaccionaba, podía intuir que sí, que alguien que conocía habría perecido.

La oferta de Gwendoline le cogió desprevenida: ¿irse y abandonarla junto a Emerick en un lugar desconocido? En realidad no sonaba nada mal y mentiría si dijera que no le apetecía ponerse al día con el hombre. Pese a que tuvo la ‘obligación moral’ de decirle: “no, cariño, vamos juntis que nos amamos y somos un pack", pero Gwen pareció ver en la cara de Sam que sí que tenía ganas de quedarse.

—Vale. Eme me cuida. —Y sonrió, pues antes le había sonado hasta a ella misma mal el haberlo llamado Emerick, como si estuviese enfadada con él. Siempre, desde que le conocía, le había llamado por el diminutivo. —O espera, ¿conoces a Danielle? —preguntó Sam a su amigo, como si conociese a Danny de toda la vida. —¿Danny… Maxwell, no? —Acordó con Gwendoline para no equivocarse de nombre.

—¡Ah, Danny! —No la había reconocido por sólo Danielle. —Sí, ese culo inquieto. Cómo no conocerla. —Lo dijo divertido.

—¿La has visto recientemente?

—No, la última vez fue ayer que jugamos al ajedrez mágico y me ganó. Me ganó, tía. Yo sigo pensando que me hizo trampas pero ella dice que no. —Se cruzó de brazos. —Yo creo que fue un confundus lo que me hizo, por eso no me acuerdo y me siento tan confundido con la situación. —Sam sonrió al ver a Emerick indignado y con el orgullo roto por haber perdido al ajedrez mágico con una casi adolescente. —Yo te la cuido, Gwendoline. Estaremos aquí en la sala esta mientras la pongo un poco al día y le presento a mis amigos, ¿vale? —Y sujetó a Sam con sendas manos, en sus dos hombros, mirando a la morena por encima del hombro de la rubia.

Sam se despidió con un comedido zarandeo de manos de su novia, sintiendo la mirada del hombre bien cerquita a su lado.

—¿Entonces mi navaja mágica ha sido de utilidad? Vas a tener que ponerme tú primero al día a mí: ¿cómo es eso que ahora estás con una amiga que ni siquiera es fugitiva después de negarme como veinte veces el ser mi compañera fugitiva, eh? ¡Yo me lo pedí primero! —La rubia rió abiertamente, pues siempre consideró a Eme una persona muy divertida.

—Si tú supieras la mierda que tenía en aquel momento encima, te prometo que no me hubiera propuesto tantas veces ser mi compañero fugitivo. Te estaba alejando de mis problemas y tú eras un pesado que no paraba de insistir e insistir…

—Me caías bien y estaba muy solito.

Sam enarcó una ceja.

—Me caes bien, digo. Entiendes el punto, ¿verdad? —Le sonrió, caminando hacia la habitación en donde se encontraban jugando. —Además siempre quise conocer a Don Cerdito.

—¿Por eso estás aquí? ¿Porque te sentías muy solito?

—¡Ojalá fuera sólo por eso! —La miró, con una mirada un tanto más seria.

Emerick presentó a Sam a dos personas que estaban allí dentro: la mujer adulta con la que estaba jugando al ajedrez y un hombre que estaba en el sofá leyendo, de nombres Oliver y Esther. Sin embargo, luego se sentaron en uno de los sillones de dos plazas mientras se ponían al día.

Desde la última vez que se habían visto, las cosas para Eme habían cambiado bastante. Se había unido a los radicales después de haberse visto envuelto en una reyerta entre ellos y los mortifagos y, contra todo pronóstico, había conseguido reencontrarse con su hermano en dicho grupo; un hermano que había dado por muerto desde el cambio de gobierno. Habían discutido por ideologías y maneras, hasta el punto en el que terminaron peleándose. Aún enfadados habían salido a apoyar un grupo y su hermano no dio un duro por él: terminó malherido y no fue capaz de ir a buscarlo para sacarlo del peligro. Por suerte la Orden del Fénix si había apostado por él y actualmente vivía allí, sin muchas ambiciones más que sobrevivir.

También padecía de ansiedad muy fuerte, por lo que sabía que no podía seguir siendo un activo muy útil pues se ponía muy nervioso con facilidad. Pese a su actitud divertida y alegre, era un hombre que había perdido mucho cuando cambió el gobierno y que había recibido muchas patadas a lo largo de su etapa como fugitivo. Su cuerpo y su mente ya le había dicho: hasta aquí.


***

Mientras Samantha y Emerick se ponían al día y Gwendoline buscaba a Xenobia Myerscough, una Danielle Maxwell salía de la sala de entrenamientos de la Orden del Fénix con un ojo medio cerrado e hinchado.

Había estado entrenando con Perry, un chico de su edad con muchísima más habilidad que ella y que de manera accidental le había pegado tremendo hostión en la cara que había terminado en el suelo rezando a Merlín, Arceus, Dios Todopoderoso o a los dioses antiguos no perder el ojo. Por suerte, Perry le había atendido, le había dicho que no había sangre—lo cual es muy importante para el pánico del momento—y le había echado agua, lo cual sólo sirvió para aliviar lo caliente que lo sentía.

Así que media ciega, Danny caminaba por el refugio en dirección a la enfermería, sintiendo que le faltaba profundidad a su visión 3D.

—Freddie se me va a caer el ojo —dijo nada más entrar por la puerta de la enfermería.

—¡Pero sujétatelo Danny, que se te cae al suelo y se ensucia y luego no te lo puedo volver a poner! —Dramatizó Freddie, divertido.

—JÁ —dijo, medio asustada. —Muy gracioso. ME PARTO DE RISA.

—¿Por qué tu ojo es del tamaño de una pelota de golf? —preguntó, mirándolo con observación médica.

—Estaba entrenando con Perry y me dio una patada.

—Claro, ¿sabes que tienes que apartarte, verdad? Es un entrenamiento para aprender a apartarte, no para aprender a soportar los golpes.

—¿Pero a ti que te pasa hoy? —Se quejó Danny, divertida por las bromas pero enfadada por ser ella el objeto de bromas. —No me dio tiempo, es muy rápido. Cúrame.

—¡Bidibi, badibi, bú! —dijo, moviendo las manos delante del ojo de Danny, riéndose.

—¿Pero qué te has tomado hoy?
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Gwendoline Edevane el Lun Ago 19, 2019 11:50 pm

Sam decidió quedarse con su amigo recién recuperado, por lo que Gwendoline se encomendó la tarea personal de dar con Xenobia y Danielle. Sin embargo, antes de marcharse, su novia hizo una pregunta que la hizo detenerse en seco: quiso saber dónde se había metido la susodicha Danielle. No obstante, su respuesta fue negativa, por mucho que la conociese bien.

Gwendoline, de todas formas, le dio las gracias.

—Me las apañaré para encontrarla. Gracias, Emerick.—Y con aquellas palabras, Gwendoline se despidió y se alejó por el pasillo, dejando a ambos fugitivos en compañía el uno de la otra.

Por el camino, pensó en lo curioso de que Sam, tan poco dada a hacer amistades en su época de fugitiva, hubiera encontrado a un amigo de esa época en aquel lugar. Se dijo que el mundo mágico británico era un pañuelo, y que al final, todos acababan volviendo a encontrarse. Y menos mal: si querían salir adelante, más les valía colaborar.


***

Xenobia abandonó la sala de reuniones después de más de veinte minutos de charla, y francamente se sentía agotada: después de su pequeño recado, que no había salido tan bien como le hubiera gustado, había querido informar directamente de lo ocurrido. Así que culpa suya, definitivamente.

El recado en cuestión no era otro que visitar a Regis Hilmar en el Callejón Diagón. El hombre, que regentaba una tienda de curiosidades, era aliado de la Orden del Fénix, y estaba tan chiflado como todos los que llevaban su apellido.

De cuando en cuando, Hilmar les conseguía ingredientes y pociones poco comunes, muy necesarios para elaborar antídotos y tratar envenenamientos y maldiciones que se escapaban a la medimagia común.

Aquel día prometía no ser distinto a lo habitual, y salvo porque se encontró a un par de aurores muy persistentes en medio del camino, no lo fue. Había logrado escapar de ellos con los ingredientes que había ido a buscar, pero había recibido un corte de origen mágico en el antebrazo.

Freddie le había recomendado descansar, pero ella prefería dejar los cabos perfectamente atados antes de meterse en su cuarto.

Al salir de la sala de reuniones, Xenobia se apoyó en la pared junto a la puerta y suspiró, cansada. Aquellas situaciones la agotaban, pero siempre prefería hacerlas en soledad. ¿Por qué no? Después de todo, si la atrapaban a ella, la pérdida sería menor que si la atrapaban en compañía de alguien.

Perdida en sus pensamientos la sorprendió Gwendoline Edevane, que justamente doblaba el recodo del pasillo, a unos tres metros de ella.

No le prestó atención en principio, de la misma manera que no se la prestaría a cualquier persona que pasara por allí. Su intención era dedicarle un breve saludo con la cabeza cuando pasara delante de ella, y que cada una siguiese con lo suyo.

Sin embargo, Edevane tenía otras intenciones.

—Hola, Xenobia.—Saludó la bruja con una leve sonrisa, muy típica de ella. Le respondió con un movimiento de cabeza y una sonrisa cansada, también leve.—Te estaba buscando.

—¿A mí?—Xenobia frunció el ceño.—¿Ocurre algo?

¡Qué pregunta! Allí dentro siempre ocurría algo, y siempre hacía falta la ayuda de alguien en algún sitio. No obstante, Xenobia no se imaginaba que el tema que quería tratar era, precisamente, el del Juguetero.

—Me preguntaba si estarías ocupada. He traído a alguien que puede echarnos una mano en el tema del Juguetero.—Informó Gwendoline, y su rostro se ensombreció.

El de Xenobia también se ensombreció: no en vano, la bruja había sido, junto a Danny, la primera en contemplar la obra de esa hijo de puta. Una de sus víctimas mortales y su hija, que actualmente residía en el refugio, habían aparecido directamente en el patio principal, después del primer ataque de ese psicópata.

Xenobia negó con la cabeza de inmediato.

—No estoy ocupada.—Respondió.—Pero deberíamos contar también con Danny.

—No sabemos dónde está.

Xenobia se separó de la pared y sacó la varita de uno de sus bolsillo. La agitó con suavidad y conjuró un Patronus con la forma de un búho real. Éste se mantuvo en suspensión delante de ella, y la bruja le susurró una frase.

—Danny, reúnete conmigo en el patio central. Tenemos que hablar.—Y entonces el Patronus se alejó volando de ellas, dejando tras de sí un rastro luminoso.—Nos encontrará. Vamos.

***

Algunos minutos después, Gwendoline regresó con Xenobia a la sala común en que había dejado a Sam en compañía de Emerick. Y allí seguían ambos. Gwendoline entró en la sala; Xenobia, por su parte, se quedó cruzada de brazos en el umbral de la puerta, observando en silencio a las personas allí reunidas.

—La encontré.—Informó Gwendoline a Sam con una sonrisa, señalando con el pulgar por encima de su hombro a Xenobia. Entonces, se volvió hacia la americana.—Sam, te presento a Xenobia Myerscough; Xenobia, ella es Samantha Lehmann.

Xenobia dio un par de pasos, adentrándose en la estancia, y tendió su mano derecha a Sam. Una sonrisa muy leve, casi forzada, se dibujó en sus labios, y Gwendoline se recordó a sí misma no olvidar lo que le había ocurrido a la bruja, allá por agosto del año anterior: había perdido a toda su familia a manos de los mortífagos, entre ellos su hijo de menos de dos años, y ella a punto había estado de morir.

No le había contado aquella historia tan horrible a Sam, pero lo haría.

—Un placer conocerte, Samantha.—Le dijo, y lo que siguió debió ser un intento de hacer una broma, un destello de su antiguo ser aplastado por las tragedias.—He visto tu cara en esos carteles. Recuerdo que pensé que eras la fugitiva con el mejor maquillaje de todos.
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Sam J. Lehmann el Mar Ago 20, 2019 2:39 am

Un rato después en donde había hablado bastante con Emerick, pues eran dos cotorras cuando se juntaban, apareció de nuevo Gwendoline, aunque esta vez en compañía de Xenobia. Sabía que era ella porque por lo que le había dicho, Danielle no era más que una jovencita e indudablemente parecía la más perdida de las dos que andaban buscando. Así que sobre la marcha, Eme y Sam dejaron de hablar y la rubia se levantó de allí para plantarse frente a ellas ante la presentación.

Ella también le tendió la mano derecha y si bien estuvo a puntito de decir que también era un placer conocerla a ella, su broma con respecto al maquillaje hizo que la fugitiva soltase un bufido totalmente involuntario y sonriera.

—Tuve que dejar de maquillarme después de eso para que se me reconociera menos; al menos no me vino tan mal que me pusieran tan mona en el cartel. —Apoyó divertida su comentario.

Y no era broma: desde que había visto que en el cartel salía tan mona con sus labios rojos que tanto adoraba, había dejado de utilizarlo bastante. Aún recordaba pintárselos cuando estaba en la tienda, aunque no fuese a ir a ningún lado, sólo para mirarse al espejo y pensar: “bueno, sigo siendo un poco la misma.”

—Encantada de conocerte, Xenobia.

Entonces Emerick hizo acto de presencia. No, no era para acoplarse a la conversación ni mucho menos, pues sabía que iban a tratar temas que él no estaba dispuesto a tratar porque sabía que probablemente terminase saliéndose de sus casillas y comportándose como no quería.

—Hola, Xenobia —le saludó el segundo, con tranquilidad. Se conocían por la convivencia después de tanto tiempo, aunque no es que tuvieran demasiada relación. —Bueno, yo os dejo para que habléis de vuestras cosas. Os podemos dejar la sala, que nosotros íbamos a ir a merendar algo. —Señaló a los dos de atrás, que precisamente estaban recogiendo. Antes de irse, por supuesto, volvió a mirar a Sam. —Pásate más a menudo a acompañar a Gwendoline, ¿vale?

—Me lo pensaré —le chinchó, con un guiño, antes de recibir un beso cariñoso, casi fraternal, en su sien por parte de Eme. —Hasta otra.

—Hasta… pronto. —Matizó él, antes de salir por la puerta junto a sus dos amigos.

Pero en realidad no se iban a quedar allí, pues primero tenían que recoger a Danny que según un mensajero patronus, estaría esperando en el patio central. Myerscough, Edevane y Lehmann se encaminaron hacia allí, mientras que Maxwell… hacía de Maxwell.


***

—¿Y con esto ya está?

—¿Qué más quieres que te haga en el ojo? Te he puesto una crema anti-inflamatoria de mi propio huerto, pero no puedo ponerte mucho más. Es una zona sensible.

—No sé, está feo —decía, mirándose a un espejo.

—Los he visto peores. ¿Quieres un parche para que vayas cual pirata? Te vendrá bien porque lo mantendrás cerrado. —Danny lo miró, indecisa.

Pero sí, salió de la enfermería con el parche puesto. No era como el de un pirata, sino que era blanco y médico, de esos que se te pegan en la piel de alrededor del ojo. Le dolía bastante y al pestañear sobre todo, por no hablar que la luz le molestaba. Aquella patada le había dejado el ojo bastante sensible, pero había que pensar en positivo: al menos seguía dentro.

Nada más salir de la enfermería, el patronus de Xenobia apareció delante de ella. Se maravilló, como siempre hacía, pues ella quería conjurar uno también, pero siempre le salía deforme, sin forma corpórea. Y no entendía por qué, si es que ella era una muchacha muy feliz.

—Voy.

Sí, le contestó al patronus porque parecía que estaba hablando con la propia Xenobia.


***

Para cuando llegaron al patio central, Danny ya había esperado un ratito, allí sentada, con paciencia. Otra cosa no, pero paciencia había ganado muchísima estos últimos años y había que admitir que una buena lista de spotify y unos auriculares hacían la espera amena a cualquier persona.

—¡Hola! —Saludó enérgicamente, bajándose del murito en el que estaba sentada para acercarse a las mujeres. No las saludó ni con besos ni con nada, sino un zarandeó de manos junto con ese ‘hola’ y listo. Sin embargo, como no conocía a Sam, sí que hizo la presentación ella misma. —Hola, soy Danny.

—Sam —le dijo de vuelta, igual de sonriente.

En realidad Danny ya sabía que se llamaba Sam y Sam ya sabía que se llamaba Danny, pero así era la vida de la redundancia en concordancia con la educación.

—Sé que me veréis algo raro… —Comenzó a relatar entonces la rubia, dando un pasito para atrás mientras recogía los auriculares. —Me he cortado el pelo. —Y tras un silencio dramático, rió. Era gracioso porque Sam no la había visto nunca ergo no sabía si lo del pelo era verdad o no, ¡o si siempre llevaba ese parche en el ojo! —No, en serio, es que Perry me ha pegado una patada entrenando y se me ha puesto el ojo muy feo, Freddie ya me vio. —Con esa breve explicación sobre la mesa del por qué del pirata Maxwell, se guardó los auriculares en el bolsillo de su sudadera. —¿De qué hay que hablar? ¿Hay noticias nuevas con lo del Juguetero? —preguntó directamente, pues si Gwen y Xenobia estaban juntas era porque era algo de ese tema.

Y lo iba a gritar a los cuatro vientos: Danny estaba muy contenta de que dos personas como eran Edevane y Myerscough contasen con ella de esa manera con lo del Juguetero. Ella en realidad no era nadie: no proporcionaba ningún tipo de ventaja al grupo, solo un punto de vista más inexperimentado que, en muchas ocasiones, ni ayudaba. Sin embargo, míralas: contaban con ella hasta para las reuniones. Maxwell se sentía integrada, útil y… contenta de poder ayudarlas en todo lo que estuviera en su mano con aquel tema.
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Gwendoline Edevane el Mar Ago 20, 2019 11:55 pm

De regreso a la pequeña sala común en que se encontraban Sam y Emerick, Gwendoline hizo las presentaciones oportunas. Ambas fugitivas se estrecharon la mano e, incluso, intercambiaron una pequeña broma.

Se extrañó un poco por esto, teniendo en cuenta el carácter de Myerscough. No es que fuesen íntimas ni nada parecido, y más allá de un par de conversaciones sueltas, algunas reuniones y el tema del Juguetero, no la conocía. Sin embargo, todos los que sí lo hacían decían lo mismo de ella: se mantenía distante, reservada, evitando el contacto con otras personas. No podía culparla.

Evidentemente, Gwendoline no conocía toda su historia previa, ni a la persona que había sido antes de perder a toda su familia el año anterior. Por eso la sorprendía que quedase algo de aquella antigua Xenobia.

—Mira el lado positivo: te habrán ahorrado dinero.—Prosiguió la americana con su pequeña broma, aunque enseguida se centró en las palabras de Emerick.

El fugitivo se despidió de ellas, dejándoles la oportunidad de utilizar aquella sala, cosa que quizás harían cuando se reunieran con Danielle. Gwendoline y Xenobia se despidieron del joven con sendas sonrisas, y una vez se quedaron solas, informaron a Sam de su próximo destino: el patio principal, un lugar de reunión sin pérdida.


***

Llegaron al patio en cuestión de minutos, y para entonces Danielle Maxwell ya se encontraba allí. La bruja, universitaria, se encontraba sentada en el muro bajo, en uno de los laterales del patio, y las tres mujeres caminaron en su dirección.

Fue la joven de los auriculares la primera en saludarlas, reparando casi de inmediato en su presencia; Gwendoline, por su parte, reparó en lo que le había sucedido en un ojo, cubierto por un parche adhesivo.

La joven se presentó con Sam, todo ello muy breve y educado, y enseguida pasó a explicar lo que le había sucedido: al parecer, durante un entrenamiento, otro mago había terminado golpeando su ojo de mala manera, y allí delante tenían los resultados… o mejor dicho, aquel parche que ocultaba los resultados.

—Espero que se la hayas devuelto.—Dijo Xenobia, y por su tono de voz… Gwendoline no podría afirmar si estaba de broma o si hablaba en serio, y mucho menos por su expresión facial: literalmente, no mostraba emoción alguna, solo un ceño ligeramente fruncido.

Quiso pensar que estaba de broma.

—No hay noticias, realmente.—Respondió Gwendoline a la pregunta de Maxwell.—Lo cual supongo que puede considerarse algo bueno de por sí.—Fue Gwendoline quien buscó el muro entonces, sentándose en lo alto de este de un pequeño brinco. Miró entonces a las tres mujeres, una por una.—Esta pequeña reunión improvisada tiene como objetivo que nos conozcamos para trabajar en el caso juntas. Vosotras dos—, miró primero a Xenobia, luego a Danielle—, fuisteis las primeras en saber del asunto.

—No me lo recuerdes.—Dijo Xenobia, cruzada de brazos, con la mirada fija en sus pies. Seguramente pensaba en la niña que había aparecido en el refugio con el cuerpo sin vida de su padre, después del primer ataque.

—Sam es...—Gwendoline miró un segundo a Sam, dedicándole una sonrisa. No solía hablar de aquella parte de su vida con la gente del refugio.—...mi novia. Y he cometido el error de querer participar en esto a sus espaldas. Quiere echarnos una mano.—Bueno, eso no era del todo cierto, pero explicar los matices les haría perder tiempo.—Y teniendo en cuenta cómo están las cosas, el secretismo con que se está llevando todo esto, y demás, creo que no nos vendrá mal una mano extra. O una cabeza extra.

Xenobia asintió con la cabeza, con aire pensativo. Parecía estar meditando acerca de todo el asunto, o quizás se estuviera evadiendo y pensando en sus propios demonios.

—¿Os parece bien?—Preguntó a ambas integrantes de la Orden del Fénix.

—Sí, claro.—Respondió Xenobia, para luego mirar a Sam.—Es la primera vez que vienes aquí, por lo que tus contactos estarán más bien en el exterior. Si es que tienes. ¿Tienes alguno?

Gwendoline podría haber respondido a aquella pregunta… pero optó por no hacerlo y esperar a la respuesta de Sam. A fin de cuentas, y no era un secreto entre ellas, la rubia no le había contado todas las miserias de su época como fugitiva. Quizás conociese a gente de la que ella no sabía absolutamente nada.
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