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Staying silent's the same as dying {Danielle&Xenobia}

Xenobia Myerscough el Sáb Jul 06, 2019 2:33 pm

Staying silent's the same as dying {Danielle&Xenobia} Sn8tPwG
Martes 18 de junio, 2019 || Zona segura para fugitivos, Londres || 17:39 horas || Atuendo de Quidditch

Xenobia cerró los ojos y, suspendida a varios metros por encima del suelo, se permitió disfrutar de la caricia del aire fresco en su rostro. La suave brisa alborotó los pocos mechones de cabello negro que asomaban bajo los bordes del casco.

Quizás no fuera una sensación real, no del todo, pero se le parecía bastante. Era lo hermoso de la magia: en muchas ocasiones, obraba milagros y prodigios dignos de verse y experimentarse; en otras ocasiones, en cambio, era capaz de obrar las atrocidades más horribles que el ser humano pudiera imaginar, y con las que ella, por desgracia, estaba familiarizada.

Viejos recuerdos—no tan viejos, en realidad—perturbaron su paz, y la bruja americana abrió los ojos de golpe, regresando al mundo real: una estancia de naturaleza ilusoria ubicada en en la zona segura para fugitivos.

Ante sus ojos se extendía un inmenso cielo nocturno, sin una sola nube que entorpeciera la visión de miles de estrellas brillantes. Una delgada luna en cuarto menguante, al borde del eclipse, ocupaba un lugar por encima de su cabeza. En la lejanía, un cometa de larga cola luminosa surcaba este hermoso y silencioso vacío.

Ilusión o no, el lugar era hermoso, y Xenobia solía acudir allí cuando pretendía evadirse del mundo real. ¿Qué mejor lugar que un cielo sin fin para olvidarse de los problemas de la Tierra?

«Da igual—, interrumpió la parte más negativa de su mente—. Puedes volar todo lo alto que quieras: en algún momento tendrás que volver a bajar, y los problemas seguirán ahí. Seguro que te saludan con la mano en cuanto te vean aparecer.»

El pensamiento la llenó de desasosiego, y sus dos manos se cerraron con fuerza sobre el palo de la escoba que la mantenía en el aire—una preciosa Flecha Plateada, uno de los pocos caprichos de índole mágica que se había permitido tener—, a medida que sus peores vivencias cobraban vida de nuevo ante sus ojos.

La soledad, esa arma de doble filo: lo mismo ayudaba a aclarar la mente… que a perturbarla incluso más.

En un intento por alejar aquellos pensamientos, Xenobia espoleó los estribos de su escoba y comenzó a surcar aquel cielo nocturno ilusorio a gran velocidad. A medida que lo hacía, se aproximó a todos aquellos cuerpos celestes que antes parecían tan lejanos: atravesó cinturones de asteroides, sorteó llameantes estrellas rebosantes de vida y compitió con el cometa que había visto en la lejanía. Todo ello fue asombrosamente fácil.

«Si esto fuera el espacio de verdad, estarías muerta—, le recordó su parte más cínica y racional—. Es bastante complicado respirar allí dónde no hay oxígeno.»

Mantener activas las ilusiones de aquel cuarto era relativamente sencillo: una simplemente debía visualizar aquello que quisiera ver, y lo vería. Sin embargo, una debía mantener su mente en calma en todo momento: un pensamiento de añoranza podía convertirse rápidamente en una pesadilla en aquel lugar. Xenobia siempre lo había comparado un poco con el mundo de los sueños, y es por eso que solía llamar a aquella sala ‘Cuarto Onírico’.

Mientras seguía volando a toda velocidad por aquel paisaje de ensueño, Xenobia cerró los ojos y volvió a concentrarse; cuando volvió a abrirlos, el paisaje había cambiado, convirtiéndose en un largo campo de Quodpot en el que se encontraba sola, bajo un sol radiante en un día despejado. Una quod apareció volando en su dirección, y la bruja no tuvo problemas a la hora de atraparla y sujetarla contra su pecho.

Estaba a punto de estallar.

Sin ningún tipo de oposición en el camino, surcó los cielos a toda velocidad en dirección a la cesta en la que debía encestar la quod. A un par de metros de su objetivo, Xenobia tiró del mástil de su escoba todo lo que pudo hacia arriba, forzando a su montura a elevarse en dirección a ese brillante sol. Cuando hubo tomado altura suficiente, invirtió la dirección y comenzó a descender en picado.

Asió entonces la quod con su mano derecha, firmemente, y cuando estuvo apenas a un par de metros de distancia de la cesta, la arrojó en su dirección. Entró limpiamente, hundiéndose en la sustancia que inhibía las propiedades explosivas de la bola. Antes de chocar contra la cesta, ejecutó un giro brusco hacia la izquierda, alejándose de manera segura de la cesta.

Sabía que aquello no era real. Sabía que muy posiblemente aquella quod jamás hubiera explotado. Sin embargo, se sentía muy bien. El Quodpot y volar en escoba eran de las pocas cosas que le brindaban un poco de paz en los últimos tiempos...

Off: Este ‘Cuarto Onírico’ me lo he sacado totalmente de la manga, y como tal, pienso que lo que ve la persona que está dentro es una especie de proyección, así que cualquiera que entre podría verlo.
Xenobia Myerscough
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Danielle J. Maxwell el Vie Jul 12, 2019 2:44 pm

Acababa de salir de un examen y había sido la absoluta decadencia. Poco podía quejarme, en realidad, pues no había estudiado lo suficiente como para siquiera tener esperanzas en poder sacar un cinco. Les había dicho a mis padres—en un intento de apaciguar su ira interior—que iba a intentar dejar la carrera con todo limpio por si en un futuro quería volver a retomarla, pero el perder la motivación y haber dado ya el paso para no volver a matricularme había hecho que perdiese todas las ganas de ponerme a estudiar, por no hablar, claro, que en julio y agosto solían ser las pruebas para los equipos de quidditch profesionales y sentía que estaba perdiendo el tiempo intentando estudiar para algo que no me iba a aportar nada en vez de estar entrenando.

Sabía que probablemente con lo poco que llevaba no me fuesen a coger, pero tampoco tenía prisa. Uno de mis objetivos era que me reconociesen al menos un poquito y dejar el listón alto para, quizás en un futuro, que contasen conmigo y mejorar en base a mi errores. Tenía planes aunque no me cogiesen para ningún equipo, lo cual era lo obvio que iba a ocurrir.

Era consciente que a finales de junio iba a tener que lidiar con el enfado de mis padres y mi abuela por los suspensos pero… quería pensar que merecería la pena. Aunque fuera un poquito.

Ese día mi abuela estaba en casa con Obi y ella sabía que tenía examen, por lo que como no tenía ganas de enfrentarme a eso, decidí ir al refugio de la Orden del Fénix. Tenía varias cosas que hacer allí: primero desahogarme con Dorcas, mi mejor amiga y por tanto mi ser por excelencia con el que desahogarme y contarle todo y, segundo, hablar con Viktor. Él era mi padrino en la Orden del Fénix y habíamos hecho muy buenas migas, pero hacía un par de días me había dicho que estaba con algunas cosas un poco peligrosas y que prefería mantenerme al margen, sin embargo, el hombre siempre contaba conmigo después de casi todo lo que hacía, enseñándome lo que había hecho para que así también aprendiese de los aciertos y errores del resto. Se notaba que Viktor veía en mi a una muchacha con posibilidades, pero como era ‘pequeña’ en comparación al resto y mi falta de experiencia era tan evidente, solía intentar evitar que me metiese en cosas que pudiesen quedarme grandes.

Y por mucho que eso en parte afectase a mi pequeño y mimado orgullo, no decía nada, pues una parte de mí era muy consciente de que habían muchas cosas que me quedaban grandes. Y ni yo tenía muy claro si me veía capaz de enfrentarme a todo eso. Era curioso, ¿eh? Yo, que en realidad no había pasado más que miedo y no había perdido prácticamente nada en esta guerra, en comparación a otras personas, estaba cagadísima de miedo. Sin embargo, personas que sabían lo que habían ahí fuera y habían perdido mucho, parecían haber perdido también cualquier tipo de miedo. En realidad me resultaba fascinante lo cobarde que soy: ese es mi punto. Y me odiaba por ello, porque de verdad que me daba mucho coraje ser así de idiota y sentir que el cuerpo se te petrifica.

Después de ir a ver a Dorcas y verla ocupada ayudando a un medimago con algunas cosas, le dije que luego iría a verla, que iría primero a ver a Viktor. Él solía estar bastante por allí por las tardes, luego de terminar de trabajar y si bien habíamos quedado, no habíamos confirmado nada. Precisamente por eso no me enfadé después de haber dado trescientas mil vueltas por todos lados.

Había llegado a una de las puertas que siempre abría por costumbre, pues no tenía ni idea de para qué servía aquel cuarto tan grande y vacío. Yo siempre lo abría, aún así, esperando ver a alguien dentro algún día que pudiese explicarme el poco uso que se le daba a aquello. Sin embargo, ese día me llevé una grandísima sorpresa al abrir aquello y ver a una muchacha volando en escoba de manera increíble hacia una cesta de quodpot con una pelota que estaba a punto de estallar. En realidad todo fue super épico, tanto que me había quedado boquiabierta todavía con el pomo en la mano. ¿Desde cuándo aquel lugar era tan grande? ¿Aquello siempre había estado ahí? Fue cuando la muchacha se separó de la cesta y comenzó a descender, que caí en quién era: esa tal Xenobia. Y digo 'tal' porque en realidad no la conocía mucho, pero su nombre me recordaba al Río Danubio—no sabía por qué, mi mente hace estas asociaciones tan idiotas—y ya no se me había olvidado. Creo que no habíamos intercambiado nunca una conversación demasiado larga.

Entonces aquella proyección acabó y todo lo épico pasó a quedar en un segundo plano.

—Hola —saludé de repente cuando se dio cuenta de que allí tenía a una espectadora con cara de sorpresa. —¿Esta sala lleva siendo así de épica toda la vida? Me siento super imbécil ahora, que llevo pensando desde que estoy aquí que era una sala vacía en desuso.

Solté entonces el pomo, dando un pasito para el interior. No quería molestar a la mujer tampoco, pero en mi rostro se evidenciaba que me había quedado flipando; tanto que se me había olvidado que estaba allí buscando a Viktor.

—¿Esto qué es exactamente? ¿Cómo la Sala de los Menesteres? —Lo que yo sabía de las salas de los menesteres era todo por lo que le había dicho Dorcas, pues yo nunca había tenido la suerte de que esa puerta se me abriese en mis narices. ¡Y eso que las necesité muchas veces para huir! Sin embargo, Dorcas me había hablado mucho de ello. —Bueno... creo que en la sala de los menesteres todo lo que sale es real, aquí no, ¿no?

Y definitivamente, ese monólogo había sido mi máximo intercambio de palabras con aquella mujer.
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Xenobia Myerscough el Dom Jul 14, 2019 2:08 pm

Otra característica significativa del ‘Cuarto Onírico’ era que conllevaba una gran concentración a la hora de mantener una ilusión determinada. La magia con que había sido creado—supuso que por Albus Dumbledore—requería que el observador creyese con toda su alma que aquella ilusión estaba allí. Bastaba un solo momento de desconcentración para que todo se desmoronase.

Y eso sucedió, precisamente.

La puerta del ‘Cuarto Onírico’, si bien mágica, también era vieja. Era un armatoste de tablones de madera con goznes de hierro negro y una de esas enormes cerraduras antiguas que permitían a cualquiera mirar a través de ellas. Cuando se giraba el viejo pomo, éste emitía un lastimero quejido oxidado. Y fue este quejido el que desconcentró a Xenobia, haciendo desaparecer la ilusión.

De repente, la bruja americana se encontró flotando en el aire, sujeta a su escoba, en medio de una sencilla habitación de paredes de piedra, cuya función era difícil de averiguar. Podría servir de sala de exposiciones si se la llenaba con viejas armaduras y armas medievales, así como de sala de entrenamiento por lo amplio de la estancia.

De vuelta en el mundo real, Xenobia fijó la mirada en la puerta, varios metros por debajo de ella, y fue allí donde la vio: se trataba, si la memoria no la engañaba, de Danielle Maxwell, una de las aspirantes de la Orden del Fénix.

Más por educación que porque existiera entre ellas algún tipo de trato previo—más allá de los saludos ocasionales en los pasillos y de coincidir en las reuniones de la Orden del Fénix—, la americana descendió suavemente con su escoba hasta que sus pies tocaron el suelo.

—Hola.—Fue capaz de responder antes de que Maxwell la sorprendiera con una batería de preguntas.

Sinceramente, Xenobia no sabía lo que era una ‘Sala de los Menesteres’, y esto se debía precisamente a que había estudiado en Ilvermorny. Si en su colegio mágico había existido en algún momento algo así, ella no había escuchado mención alguna al respecto, ni se había topado con ello.

Así que respondió a aquellas preguntas de la mejor manera que pudo.

—No sé lo que es esa ‘Sala de los Menesteres’ que mencionas—empezó, con total sinceridad—. Lo poco que sé de este lugar es que crea proyecciones de aquello que tienes en la cabeza. Y no, nada es real… aunque te aseguro que se siente como si fuera real.—El poder de la mente sobre el cuerpo, con un poco de ayuda de la magia.—Requiere concentración, pero ya has visto lo que sucede si eres capaz de mantenerla.

Xenobia se apeó de su escoba y, como hacía siempre que terminaba de utilizarla, la sujetó con ambas manos para realizar un rápido examen visual. Buscaba posibles daños que necesitaran reparación, o arañazos que requirieran de un poco de un poco de barniz. En otros tiempos, cuando todavía tenía su guitarra—que con toda seguridad estaría bien cuidada en manos de Zeta—, solía llevar a cabo un ritual parecido.

A simple vista, la escoba no mostraba desperfecto alguno, así que se la echó al hombro derecho, devolviendo su atención a Maxwell.

—Te llamas Danielle, ¿verdad?—Dijo entonces, mirándola a los ojos.—Te he visto muy a menudo por aquí, aunque si no me falla la memoria, tú no eres fugitiva.

No era un dato extraño, en realidad: aquel lugar era frecuentado, muy a menudo, por magos que habían conseguido mantener su libertad. Maxwell solamente era una más de ellos.
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Danielle J. Maxwell el Sáb Jul 20, 2019 1:35 am

Quizás alguien, en algún momento de mi vida en el refugio, me había dicho que Xenobia no era inglesa y por tanto no había ido a Hogwarts ni sabía qué era la misteriosa ‘Sala de los Menesteres’ o lo mismo nadie nunca en la vida, en ningún momento de mi vida, me había dicho esa información, pues la verdad es que mi cerebro ahora mismo no podía entender cómo es que no sabía lo que era la Sala de los Menesteres teniendo en cuenta lo famosa que era en Hogwarts.

Es decir, tú vas a Hogwarts y en algún momento de tu vida escuchas hablar de ella porque es que es como el top de los tops, la sala de las salas. Era como eso que siempre estaba ahí, pero nunca se confirmaba; como los aliens.

Y yo tampoco es que tuviese mucho dominio de los acentos, por lo que tampoco caí en que no era de por aquí. En resumen: soy un desastre y no me entero de una mierda, ¿vale? Para mí lo único que tenía sentido de todo aquello es que tuvo una estancia en Hogwarts muy extraña si nunca escuchó hablar de la Sala de los Menesteres.

—Qué guay —reconocí cuando me explicó de qué iba todo aquello. Era guay, sin duda, aunque algo me decía que con mi dominio—inexistente—de mi concentración lo mismo me mataba allí dentro. —Ha parecido como si fuera real, aunque no lo haya sido. Me puedo imaginar que si yo lo he sentido… cómo habrá sido para ti.

No iba a negar que me encantaría probarlo, pero no era el momento.

Me di cuenta de que ni me había presentado formalmente, básicamente porque ella preguntó por mi nombre. Me cogió desprevenida la pregunta, pues como si estuviese viendo a la persona más atractiva del mundo—o una patata frita—, por casi no babeo al ver aquella flecha plateada que tenía en su posesión. De cerca la reconocí, pese a que de lejos hubiese parecido una escoba cualquiera.

En ese momento cuando me preguntó por mi nombre no supe si darle la mano por la presentación formal y correcta, o si por el contrario sólo debía… no hacer nada.

—Sí, puedes llamarme Danny. —Aún recordaba aquellos tiempos en donde me enfadaba cuando la gente me llamaba Danielle. Me gusta mi nombre, pero prefería indudablemente sólo Danny. —No, en teoría soy una ciudadana ejemplar en pleno uso de mis libertades físicas y mágicas. Sólo en teoría. —Intenté bromear, para entonces encogerme de hombros. —Llevo viniendo desde que me gradué hace dos años así que… llevo también tiempo teniendo suerte de no haber terminado siendo fugitiva. Recuerdo haberte visto desde siempre aquí, pero como sois tantos y no quiero molestar suelo quedarme al margen a menos que se me necesite para algo. Tú eres Xenobia, lo sé. —Y de manera inconsciente, le tendí la mano como si nos hubiésemos recién presentado.

¿He dicho ya que se me dan mal los primeros contactos? En teoría soy una persona extrovertida que sabe desenvolverse en una conversación normal, pero había veces que hablar con personas más adultas o muy implicadas en la Orden del Fénix, pues me costaba más. Ya si uníamos ambos factores, pues la cosa podía ser catastrófica.

—Mola tu flecha plateada, por cierto. Está en muy buen estado. —Y eso lo dije sorprendida, pues mi pobre Saeta de Fuego, pese a que la cuidaba… estaba claro que no la cuidaba TANTO. Ahora que estaba entrenando de nuevo, la pobre estaba un poco en la ruina.
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Xenobia Myerscough el Dom Jul 21, 2019 1:15 am

Difícilmente podría Xenobia explicar lo que sucedía en el interior de aquella sala, o el tipo de magia empleada para crearla. Sí podía imaginarse que semejante ingenio sería obra de Albus Dumbledore, un mago al cual precedía su reputación. La americana rara vez había tenido contacto con él fuera de las reuniones, pero había escuchado muchas cosas. Su propio prometido, Thomas, le había contado muchas historias de cuando aquel anciano era su director en el colegio Hogwarts. Se notaba el respeto que le tenía, y también la fe que depositaba sobre su persona.

Si las historias eran tal y cómo se las contaban, Dumbledore sería capaz de hacer aquello y mucho más, Xenobia no tenía duda alguna.

Real parecía y real se sentía, pero no dejaba de ser una ilusión. Por eso Xenobia jamás se había permitido a sí misma visualizar sus auténticos anhelos allí dentro: no soportaría que su padre, su hermano, su prometido y su hijo hicieran acto de presencia en aquella sala, siendo meras ilusiones extraídas de su propia mente. Aquello sería demasiado cruel.

—Así se siente, desde luego.—Volvió la mirada en dirección a la pared más cercana, posando una mano sobre las rugosas piedras que la conformaban.—Aunque, si te soy sincera, jamás he comprendido del todo cómo funcionan las dimensiones y las leyes de la física aquí dentro. Siempre he pensado que el movimiento dentro de esta sala también es una ilusión, pero… la magia es extraña y difícil de comprender.—Y eso era así incluso para seres como ellas dos, que poseían el don de la magia. Irónico, desde luego.

Xenobia reconoció a la joven bruja de cabello rubio como Danielle Maxwell, una de las aspirantes a la Orden del Fénix que jamás se perdía una reunión. O pocas, al menos. No había cruzado demasiadas palabras con ella, pero sí era una cara conocida del lugar.

De hecho, cuando lo mencionó, enseguida le pareció recordar que muchas personas allí dentro la llamaban Danny. Quizás se equivocara, y su mente había decidido introducir ese dato en su memoria, pero estaba casi segura de que lo recordaba de antes.

No hubo necesidad de decir su nombre: Danielle lo conocía, y Xenobia hizo un esfuerzo consciente por no pensar en el motivo de esto. Y es que la americana era una de esas personas tristemente célebres allí dentro debido a su trágica historia: pocos habría que desconocieran el incidente que le había costado la vida a Thomas… y en el cual había perdido a su hijo, Daniel. Thomas había sido alguien muy parecido a Dexter Fawcett, otro de los miembros más activos de la Orden: alguien a quien casi todo el mundo conocía por lo mucho que se implicaba en los asuntos de los residentes del lugar.

Pero prefirió no mencionarlo y, simplemente, estrechar la mano de Danielle.

—Esa soy yo.—Trató de sonreír, pero desde lo ocurrido en agosto del año anterior, sonreír le costaba muchísimo. Su intento se quedó en una leve mueca parecida a una sonrisa.—Es un placer conocerte. Procuraré llamarte Danny de ahora en adelante.

La mención a su escoba hizo que la mirada de Xenobia se posara sobre el mástil, que descansaba sobre su hombro. La volvió a sujetar con ambas manos, casi de manera ceremoniosa, y la miró de arriba abajo: desde el mástil, pasando por los estribos, hasta el cepillo. Ciertamente, era una belleza, y la cuidaba como había cuidado su guitarra… hasta que se quedó en manos de su amiga Zdravka.

—Gracias. La verdad es que es una escoba de excelente calidad, y cuando es así, pocos cuidados se necesitan.—También era cierto que no solía practicar Quodpot o Quidditch con ella, por lo que el riesgo de daños era mínimo. Con todo y con esas, de cuando en cuando solía aplicar barniz para mantener su madera en buenas condiciones, y recortaba aquellas cerdas que creían demasiado en el cepillo.—¿Vuelas en escoba alguna vez?—Preguntó entonces, con intención de mantener una conversación distendida.

Quizás en los últimos tiempo, el carácter de Xenobia se hubiera avinagrado bastante, convirtiéndose en alguien solitaria y poco habladora, pero conservaba muchos rasgos de su anterior vida. Se había vuelto más seca a la hora de tratar con los demás, pero seguía siendo amable y educada. Y, por mucho que le costara reconocerlo, seguía preocupándose por los demás.
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Danielle J. Maxwell el Lun Jul 29, 2019 10:23 pm

Entendía de lo que hablaba Xenobia.

Había llegado un momento en Hogwarts en donde por ciertas cosas yo ya no preguntaba cómo era posible que ocurrieran. Yo había llegado al colegio de magia y hechicería después de haber ido a un colegio público en Helsinki, lleno de cosas aparentemente obvias que seguían las leyes de la vida, pero de repente terminé en un internado mágico en donde la mayoría de cosas no siguen la lógica, ya que tú no le podías pedir lógica a la magia, pues era algo totalmente diferente e independiente. Así que sí, podía entender esa sensación de: ‘me encanta lo que siento y lo que hago, pero no entiendo cómo es posible.’

Porque una de las cosas que siempre me habían parecido fascinante era que una escoba con la que yo de pequeña barría el polvo del suelo, ahora fuese capaz de levantarme metros y metros del suelo, además de coger unas velocidades de vértigo. No tenía ningún sentido que pudiese volar simplemente porque sí, pero como ya me había acostumbrado, para mí era lo que más sentido tenía. Era raro.

—Quizás es algo mental, en plan… la sala se conecta contigo y entonces todo lo que tu piensas, se recrea, por eso te parece tan real tanto visualmente como a nivel de sensaciones. Yo lo he visto y me ha parecido maravilloso, pero supongo que no he sentido ni la mitad de lo que tú. Ni una cuarta parte. —Me encogí de hombros después de soltar una idea un poco aleatoria que creía que podía tener un poco de sentido.

Siendo justos, yo pertenecía a la Orden del Fénix desde antes del cambio de gobierno, pero no me metí de lleno en toda la movida hasta que salí de Hogwarts, en el verano después de que cayese el gobierno de Milkovich. Para cuando ya empecé a estar en serio, fue cuando ocurrió toda la desgracia que le había ocurrido a Xenobia y… bueno, claro, sabía quién era porque le precedía una situación que había hecho eco. Sin embargo, no la reconocía por eso, sino porque la veía continuamente en las reuniones y su nombre era de los más especiales.

—Gracias —le dije cuando mencionó que me intentaría llamar Danny. —Mis ‘enemigos’ en Hogwarts solían llamarme Danielle con retintín me hicieron cogerle un poco de tirria a mi propio nombre. La gente guay es la que me llama Danny, ¿sabes? —Le conté como anécdota.

Los malditos Slytherin entre ‘Danielle’ y DANIELA me habían terminado por cansar. Después de eso, solo soportaba el Danielle en boca de gente demasiado guay o que me inspirasen buen rollo respetuoso de mayores. ¡Pero hasta Dumbledore me llamaba Danny!

—Ya me imagino, qué chula —continué admirando su escoba cuando me habló de la calidad de ésta. Entonces Xenobia me preguntó, a lo que asentí con la cabeza de manera animada. —Sí, desde que descubrí que estas cosas servían para volar y no para barrer el suelo, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados. —Mi sonrisa era amplia, mostrando mis dientes. —En Hogwarts jugué al quidditch durante cuatro años y ahora estoy entrenando con el equipo universitario a ver si le intereso a algún equipo profesional… —Le expliqué a la muchacha, bastante contenta.

La verdad es que si cuando me rechazaron la primera vez me había desmotivado muchísimo, ahora sentía que estaba tomando la decisión correcta volviendo a intentarlo. Como me decía mi padre a escondidas de mi madre, tenía que trabajar por lo que realmente me hiciera feliz e, indudablemente, era eso. Sabía que para tener más oportunidades necesitaría algún tipo de entrenador personal que supiera del mundo, pero creo que eso era más difícil de encontrar que la propia oportunidad de entrar a un equipo profesional.

—Ya me presenté hace dos años al salir de Hogwarts pero no me aceptaron y me enfadé con la vida porque creía que tenía el nivel y me dieron un bofetón de realidad. Así que… aquí estoy volviéndolo a intentar. —Le cuento mi vida porque no tengo mucho filtro y porque ahora mismo parece que mi vida gira en torno a eso, así que… El caso es que luego volví al tema principal. —Yo tengo una Saeta de Fuego desde hace ya unos años, pero la pobre está un poco… pocha. La he usado muchísimo.

Llevé sendas manos a mi pelo suelto para pasarme dos mechones por sus respectivas orejas, mirando entonces a la mujer.

—Ya, hablo mucho. —Me excusé, para entonces añadir: —En verdad yo venía buscando a Viktor, ¿lo has visto o sabes en dónde está?

Viktor era mi padrino.

Mi padrino:


Viktor Lébedev
32 años MuggleProMuggles
Profesor universidadPadrino de DannyRuso
HISTORIA Y PERSONALIDAD
DATOS RELEVANTES
• Fue a Koldovstoretz y jugó al quidditch montado en árboles.
• En Koldovstoretz se daba mucha importancia a los duelos por lo que es un buen duelista.
• Es profesor de universidad en la Universidad Mágica de Londres.
• Imparte 'Introducción a la Legeremancia' en primer curso de esa carrera, así como 'Prevención de riesgos mentales' en tercero.
• Su pareja está en Azkaban retenida por haber sido pillada ayudando a hijos de muggles.
• Simpatiza con la filosofía de los radicales pero si no se une a ellos es porque no está dispuesto a pagar el precio que establecen.
• Es relativamente nuevo en la Orden del Fénix, pero su implicación y lealtad son incuestionables.

RELACIÓN CON DANNY
Llevan siendo padrino-ahijado apenas un mes, por lo que no han tenido mucho tiempo en el que conocerse. Sin embargo, pese a que Danny tiene novio y sabe que Viktor está muy lejos de sus posibilidades: LO ADORA. Considera que es una persona muy guay y lo admira en todos los sentidos. Considera que es muy responsable, que siempre lo tiene todo perfectamente controlado, no se le escapa un detalle y... encima es bueno en todo lo que hace. Además, si por todo eso fuera poco, tiene una personalidad muy afable y agradable. Bromista cuando tiene que serlo, pero con un humor un poco negro y pícaro, en muchas ocasiones cargado de ironía y sarcasmo.

Ayuda a Danielle sobre todo a mejorar con la varita, pues él es muy básico en cuanto a defensa personal se refiere. Así mismo instruye a la chica no solo de manera mágica, sino que le intenta dar siempre varias visiones no solo de las misiones a la que van, sino también de las reuniones y de todo lo que ve. Es un hombre muy hablador, siempre con muchas perspectivas en mente. Hace que Danny le de mucho al coco y vea todas las posibilidades, pues siempre ha sido bastante simple.



Había quedado con él ese día en el refugio, pero la quedada era incierta por falta de horario, por lo que yo había aparecido allí al no tener nada que hacer, con intenciones de buscarme un poco la vida si no estaba disponible todavía. Si bien Dorcas era su mejor amiga y ahora mismo estaba ocupada, si Viktor también lo estaba, tendría mil cosas que hacer por todos lados. Era lo 'bueno' y lo malo del refugio, que siempre habían cosas que hacer, en las que ayudar o en las que mejorar.
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Danielle J. MaxwellMagos y brujas

Xenobia Myerscough el Sáb Ago 03, 2019 12:33 am

Como explicación para algo desconocido, sobre lo que únicamente podían elaborar hipótesis y cábalas, la visión de Danielle era perfectamente válida a juicio de Xenobia.

Muchas habían sido las ocasiones en que la americana se había preguntado qué habría sido de su vida en caso de decidirse a profundizar en otros aspectos del mundo que la rodeaba, en lugar de dedicarse al periodismo. Para ser bruja, había escogido una senda profesional de lo más mundana, no muy diferente a la de los nomajs. No obstante, de volver atrás, no elegiría otra profesión.

Tampoco cambiaría una vida que, hasta hacía bien poco, había sido casi perfecta para ella.

—Quizás...—Dijo, su mirada perdida en las paredes de piedra que la rodeaban. No sabía qué esperaba encontrar ahí, pues en esos momentos no había otra cosa que eso: piedra desnuda, y nada más.—La mejor manera de que sepas lo que se siente es experimentarlo por ti misma.

Después de una escueta presentación, en que la una ya conocía de antemano el nombre de la otra, la más joven explicó que sus enemigos solían llamarla ‘Danielle’, como una suerte de mofa o broma cruel.

En lo personal, ella jamás había tenido problemas con su nombre. Siempre le había gustado, y tampoco es que fuera de las que callaba cuando trataban de ofenderla. Así que no recordaba episodios parecidos a lo largo de su historia en Ilvermorny.

Tampoco había convivido tan de cerca con el purismo, cabía señalar.

Había escuchado historias sobre Hogwarts, sobre la casa Slytherin y sobre aquellos que estudiaban en ella. Y había escuchado historias sobre ese tal Voldemort, cuyo mero nombre inspiraba temor. Y si bien vivían en una sociedad gobernada por dicho mago, todas esas historias sobre purismo, estudiantes de la casa de la serpiente, y magos tenebrosos, aún a día de hoy le resultaban algo ajeno, casi imposible de creer.

Y seguirían siendo imposibles a día de hoy de no haber sufrido la persecución en sus propias carnes.

—Estoy segura de que habrá por ahí también gente guay que te llame Danielle.—Le dijo, componiendo una leve sonrisa. Ya nunca sonreía de verdad.—Te llamaré como prefieras, pero Danielle me parece un nombre bastante guay.

Xenobia había estado a lo largo de su vida particularmente orgullosa de tres objetos.

El primero de ellos era su guitarra, una española que conservaba desde su tierna infancia y que, estaba segura, permanecía a buen recaudo en manos de la que había sido su mejor amiga, Zdravka.

El segundo, su cámara fotográfica digital, una Pentax K-70 que había conseguido en un mercadillo de segunda mano, con objetivos y todo, y que por suerte había conseguido llevarse consigo al convertirse en fugitiva.

Y el tercero era aquella Flecha Plateada, que se había comprado al poco de empezar a trabajar para El Profeta.

Aquella escoba era mucho más que un objeto, que una herramienta para practicar uno de sus hobbies; era casi como un par de alas que le otorgaban una sensación de libertad que no experimentaba cuando sus pies tocaban el suelo. Y en muchas ocasiones había sido un salvavidas.

Antes de poder compartir su propia historia con esa escoba, Danielle le contó la suya, y Xenobia la escuchó hasta el final. Y ni siquiera tuvo que remarcar ella que la rubia hablaba mucho: lo hizo ella misma, al terminar.

La americana, para entonces, sonreía levemente.

—¿Viktor?—Preguntó Xenobia, para cerciorarse de que había escuchado bien.—Me suena haberle visto, pero llevo aquí un buen rato. Creo que le vi en el comedor, o en los pasillos aledaños.—Cabía la posibilidad de que se equivocase, pues últimamente no prestaba demasiada atención a la gente del refugio.—Vamos. Te echaré una mano para buscarlo.—Sugirió, señalando con la cabeza en dirección a la puerta.

Mientras salían de la sala y enfilaban el pasillo en dirección al comedor, Xenobia recordó lo que la rubia estaba diciendo antes de preguntar por Viktor: Quidditch. Conocía el deporte, pero nunca lo había practicado.

—Así que practicas el Quidditch...—Dijo, para romper el silencio, la vista fija al frente.—Yo solía jugar al Quodpot en Ilvermorny, pero hace ya muchos años que no. Lo que has visto ahí dentro… seguramente no se parece en nada a la realidad. Sin embargo, puedo decir una cosa: el Quodpot es infinitamente más sencillo que el Quidditch.—Miró a Danielle, frunciendo el ceño.—Cuando era niña, mi padre me habló del Quidditch y de sus reglas, y la verdad es que me pareció terriblemente complicado. Ahora, ya no tanto… pero más que meter una pelota explosiva en una cesta.

Siempre le había parecido fascinante eso de atrapar una pelota voladora con alas que se desplazaba a gran velocidad. Poco se imaginaba ella que, muy pronto, ese pequeño objeto mágico se volvería muy importante en su vida.

Y no en el buen sentido.
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Danielle J. Maxwell el Miér Ago 07, 2019 4:40 am

A medida que había pasado el tiempo y mis relaciones con los Slytherin se habían visto considerablemente reducidas, ya empezaba a ver el ‘Danielle’ de otra manera. No quería sonar extremista porque, a día de hoy, ya no lo era, pero hubo un momento que hasta me enfadaba con mi abuela y mis padres por llamarme por mi nombre completo. Ahora en realidad me da igual, pero ese odio por mi nombre por culpa de un colectivo con ganas de tocar la moral nunca se me iba a olvidar.

—Es un nombre bastante guay —le dí la razón, asintiendo con la cabeza. —Pero en boca de imbéciles no queda tan bien.

Una de las cosas que mejor se me daban en esta vida era… hablar. Pero hablar por hablar, ¿eh? No es que yo tuviera una habilidad especial para explicarme, o incluso una labia espectacular con la que convencer gente. No, yo solo hablaba, diciendo tonterías varias o contando mi vida. O ambas cosas, pues normalmente mi vida estaba cargada de muchas tonterías.

Podría ser tímida para muchos temas, pero precisamente para hablar con recién conocidos no era una de esas. Y teníais que verme con un par de copas encima, me podía hacer amiga de toda la discoteca y al día siguiente además de tener diez followers más en instagram, también tener unas historias un poco patéticas. Pero así soy yo.

—Pasé por el comedor, pero no lo vi —le respondí. —Gracias.

Salí yo la primera, entrando al pasillo y dando un par de pasos antes de que la mujer se pusiese a mi lado. Ambas comenzamos a caminar y ella mencionó el quidditch, haciendo que yo asintiese con la cabeza. Sabía de qué iba el quodpot por lo que me habían dicho y lo que había leído, pero nunca había jugado a eso. Si mal no recordaba, consistía en meter una pelota que explota, en plan patata caliente.

Sus palabras confirmaron mis sospechas, a lo que sonreí.

—Bueno… tiene un par de cosas más a tener en cuenta, sí. Cuatro roles, tres pelotas… Pero al menos aquí no explota nada. Bueno, puede explotar una persona si una bludger le da muy fuerte en la cabeza, quizás. —Era una broma, pero era conocido la peligrosidad que había jugando al quidditch precisamente por las bludger, aunque si ella había jugado al quodpot sabría más o menos de lo que hablaba. —Yo soy buscadora, me encargo de la pelota más pequeña y escurridiza, la snitch dorada. Es super guay cuando la coges. —Hice una pausa, tan soñadora como siempre sonaba cuando hablaba de mi deporte favorito del mundo. —Recuerdo que en Hogwarts no perdí ningún partido hasta que llegué a séptimo y perdí LA SEMIFINAL. ¿Te lo puedes creer? ¡Que ahí había ojeadores! —Suspiré muy fuertemente para que ella fuese consciente de mi frustración. —Pero bueno, aunque en aquel momento quisiera atarme con un religio y tirarme en el lago negro, ahora lo veo con otra perspectiva.

Me encantaba contarle mis desgracias a la gente, pues una vez lo decía en voz alta una lo relativiza y se daba cuenta de que en realidad no era para tanto. Sobre todo cuando lo decía allí dentro, cuando todo el mundo probablemente ha tenido más desgracias que tú, desgracias de verdad. Lo mío sólo había sido mala suerte; una mala suerte puntual que había convertido mi oportunidad de oro en una derrota sin más, pero al fin y al cabo… simple mala suerte.

Ya lo tenía superado, aunque me siguiese frustrando mi mala suerte.

—Supongo que por cómo es el quodpot… a ti te molaría ser cazadora, ¿no? Con la quaffle, pasándola entre todos los cazadores para intentar meter en alguno de los anillos. Es lo que más se parece. —Mientras hablaba tuve que sortear a cuatro niños que venían corriendo mientras golpeaban una pelota y, obviamente, no quería terminar siendo yo su pelota.

—Danny, ¿y tu stake? ¿Ya no lo traes? —preguntó Dan parándose detrás de ellas, de nombre Daniel, el cual siempre quería quitarme el skate cuando lo traía.

—No, que si no me lo robas —le respondí divertida.

—¡Has descubierto mi plan malévolo y que claramente ya no es nada secreto! —Y, tras reírse, continuó corriendo detrás de sus amigos.

Yo volví a mirar a Xenobia, continuando con la conversación mientras buscábamos a Viktor, mi amado—en secreto—padrino de la Orden del Fénix. Toda la mala suerte que tuve con Maverick me había sido recompensada con este nuevo padrino, indudablemente. Encima hablaba con acento ruso, que parecía super poderoso, misteriosos e interesante. Sí, yo lo venero, platónicamente claro.

—Lo conozco de Hogwarts —le dije a la chica, señalando hacia atrás con el pulgar, refiriéndome al niño. —Cursaba primero en Hufflepuff, conmigo. Fue de los que tuvieron tiempo para esconderse en una sala oculta del castillo hasta que consiguieron salir. Bueno, en esa Sala de los Menesteres que te hablo.
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Xenobia Myerscough el Sáb Ago 10, 2019 1:27 am

La relativa paz y normalidad con que había transcurrido su época estudiantil le hacía difícil visualizar a gente capaz de burlarse de alguien en base a algo tan simple como un nombre. Sabía que existía gente así, de la misma forma que existían aquellos que no reunían una neurona sana completa en un grupo de diez, y que tenían como afición insultar a otros en base a cosas como el físico, la orientación sexual, o cualquier tipo de nimiedades.

Sin embargo, allí tenía a alguien que lo había padecido. Lástima que una panda de idiotas la hubieran llevado a pensar que su nombre tenía algún defecto.

—¿Te refieres a esos imbéciles que son prácticamente incapaces de articular dos palabras seguidas?—Le preguntó con una media sonrisa, restando importancia a lo que esos imbéciles dijesen.—Déjalos hablar.

Poco después de eso, salieron en busca del padrino de Danielle, Viktor, a quien Xenobia recordaba haberlo en los comedores; Danielle, por su parte, no lo había visto, por lo que muy posiblemente la información de Xenobia estuviera desactualizada.

Era lo que tenían las noticias: el tiempo mismo las volvía obsoletas.

Por el camino, charlaron un poco sobre los deportes similares que practicaban: Quidditch, la variante inglesa y más compleja, y Quodpot, que se practicaba en Norteamérica y, definitivamente, iba mucho más al grano. Básicamente, había que marcar tantos, por lo que no tenía complicación alguna.

La explicación improvisada de Danielle la ayudó a visualizar un poco más un terreno de juego con sus jugadores, y el rol de cada uno de ellos. Ayudaba el haber visto algún que otro partido, claro.

—Creo que lo de la snitch esa es lo que más claro he tenido siempre. ¿Y puede ser que haya un tipo de pelota diseñado únicamente para incordiar? ¿Esa que has dicho, la bludger?—Algo así le sonaba, pues siempre que le hablaban del Quidditch en Ilvermorny, les recordaban que la pelota con que jugaban era en esencia una quaffle, el tercer tipo de pelota que se utilizaba en el Quidditch, aunque en este caso, era explosiva.

La joven, por lo visto, era una buena jugadora que, por desgracia, se había quedado a las puertas de la victoria en su último año. Xenobia podía identificarse perfectamente con eso: en una ocasión, la casa del Ave del Trueno había tenido la victoria al alcance de los dedos, con ella liderando el equipo, y habían perdido por una diferencia de cinco puntos. ¡Cinco!

Nunca se había sentido tan estúpida en toda su vida.

—Estoy más que familiarizada con la derrota en los momentos cruciales, por desgracia.—Le dijo, con una sonrisa resignada, encogiéndose de hombros.—Supongo que fue para bien: así me di cuenta de que el Quodpot no era lo mío, solo un hobbie, y me pude dedicar al periodismo.

Asintió entonces con la cabeza: con lo poco que sabía del Quidditch, sin duda esa sería su posición predilecta. Al menos, sería lo que mejor se le daba hacer.

Iba a responder a la pregunta de Danielle cuando, de improviso, cuatro niños aparecieron corriendo en el pasillo, persiguiendo una pelota al estilo más nomaj posible. Xenobia, en lugar de sortearlos como había hecho la rubia, optó por una maniobra más segura: pegó la espalda a la pared más cercana, evitándolos de inmediato.

Intercambiaron algunas palabras amistosas con Danielle, y entonces siguieron su camino, riendo de esa manera tan reconfortante que sólo los niños pueden mostrar. La bruja americana los siguió con la mirada, inmóvil donde estaba, y por un momento se perdió en viejos recuerdos: las manitas de su pequeño Daniel cerrándose en torno a su dedo, y su musical risa de bebé cuando su madre o su padre le hacían muecas, o escondían el rostro tras sus manos para “asustarle”.

Aquellos recuerdos la hicieron sonreír un breve instante… hasta que recordó que la cruda realidad era que, muy posiblemente, jamás volvería a ver a su hijo.

—Ya.—Respondió de manera distraída a las palabras de Danielle, quien, se dio cuenta entonces, llevaba la versión femenina del nombre de su hijo.—Me alegra que tuvieran suerte de salir de allí.—Dijo, sin más. Se la notaba más sombría que hasta entonces.

No quería ir por esos derroteros y recordar todo lo que había perdido, así como lo poco que le quedaba, por lo que en su lugar optó por seguir con la conversación que los niños habían interrumpido antes.

—Sobre lo del Quidditch… sí, supongo que lo mío sería ser cazadora. Aunque debo decir que en el Quodpot no cuenta tanto la puntería.—Explicó.—Es más de velocidad, de sortear a tus adversarios y aproximarte a la cesta. Se parece mucho al rugby, el fútbol americano de los nomajs.—Hizo una pausa, dándose cuenta de que había usado la palabra que los americanos utilizaban para referirse a lo que los británicos llamaban muggles.—Muggles, quiero decir.

Después de tantos años de relación con un mago británico, a Xenobia no había llegado a pegársele esa dichosa palabra. Pensó, con añoranza y de manera traicionera, que daría lo que fuera con tal de volver a escuchar a Thomas decir esa palabra.

Ese pensamiento surcaba su mente cuando cruzaron la puerta del comedor, donde apenas quedaba gente, más allá de aquellos que se habían quedado a echar una mano con las labores de limpieza. Unas diez personas limpiaban cada rincón de la enorme sala común llena de mesas y sillas de una manera meticulosa, demostrando lo trabajadores que eran a pesar de las circunstancias.

—Pues parece que se ha marchado, sí.—Dijo Xenobia, quien a simple vista no vio a Viktor entre los presentes. ¿Podría estar en la parte trasera, en la cocina, por algún motivo?
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Danielle J. Maxwell el Miér Ago 14, 2019 3:20 am

Me hubiera encantado pasar por lo mismo que ella y que la derrota hubiera sido el detonante real de que el quidditch no era lo mío y que en realidad las pociones era mi futuro. Sin embargo, si bien lo intenté porque una derrota lo que te incita es a rendirte, me equivoqué estrepitosamente porque dos años después no me puedo sentir más decepcionada con mis decisiones, pues siento que hasta hacer un par de meses no he sabido reubicar bien mis prioridades.

Al menos mi consuelo es que soy ‘joven’ y como dice mi abuela es el momento perfecto para equivocarte en tus decisiones.

—Ya… yo cuando vi que mis oportunidades se escapaban a un centímetro de mis dedos… también intenté interiorizar que el quidditch era un hobbie y que debía de dedicarme a otra cosa pero… —Negué con la cabeza continuamente, frunciendo los labios. —No funcionó.

En realidad no sabía por qué le estaba contando toda mi vida a Xenobia, pero suponía que su recepción amable me había dado cierta libertades, creyendo—probablemente de manera ilusa—que mi vida podría interesarle en algo, cuando en realidad era solo cortesía.

Le conté las cosas que habían pasado en Hogwarts cuando vi pasar a algunos niños a nuestro lado, dándome cuenta de que se volvía un poquito menos receptiva. Pensé que lo mismo ese tema no le interesaba tanto, o que quizás ya lo sabía teniendo en cuenta que llevaba tanto tiempo en el refugio… Sea como sea, fue bien recibido que volviera a sacar el tema del quidditch, pues era de los pocos con los que me sentía bien cómoda.

Estaba familiarizada con el término nomajs pues en la universidad me había encontrado a algunas personas que lo utilizaban, por lo que no le di mucha importancia.

—Es super importante como cazador tener mucha velocidad y agilidad para sortear al oponente, o incluso para arrebatarle la quaffle antes de que vayan a pasársela a un compañero. Seguro que se te daría bien —le dije convencida, asumiendo que era muy buena al quodpot y que tenía esas capacidades.

Una vez en el comedor no había rastro de Viktor, a lo que suspiré, pues a veces parecía un fantasma y me pegaba mucho tiempo intentando buscarlo por todo el refugio.

—¡Hey, Watson! —Grité al tipo que estaba al otro lado, detrás de la encimera en donde se repartía la comida. —¿Está Viktor por ahí?

—No, Danny, hace tiempo que no lo veo —me dijo, encogiéndose de hombros.

Entonces me dirigí a Xenobia, para quitarle el peso de la responsabilidad de ayudarme a buscar a alguien que parece no ser encontrado. Madre mía, a veces me parecía que me metía en una aventura cada vez que tenía que hablar con él, siguiendo pistas y buscando soluciones. Esta vez fui yo quien rodó los ojos y movió los hombros de manera resignada.

—Ya lo encontraré, no te preocupes. —Y me iba a despedir, pero entonces recordé algo: —¿Entrenas a menudo en la sede, verdad? Bueno, no sé si a menudo o no, pero yo te he visto. Era por si algún día podría…

...unirme contigo y así aprendo.

O eso era al menos lo que tenía intención de decir, porque de repente no dije nada porque un sonido de ‘socorro’ resonó en el eco del refugio. El comedor estaba cerca de la zona común central en donde solía aparecer al gente que cogía las diferentes entradas, por lo que el grito casi parecía que estaba al girar la esquina. Evidentemente la primera reacción de ambas ante eso, después de que a mí por lo menos se me pusieran los pelos de punta, fue correr hacia el grito de auxilio e intentar socorrer como buenamente podíamos.

Nada más girar la esquina mencionada mis ojos solo pudieron ir a parar a un tipo totalmente ensangrentado que estaba en el suelo. Parecía muerto. ¿Estaba muerto? Ojalá no estuviera muerto. No vi nada más. Sólo sé que me quedé en shock en ese momento, sin saber cómo reaccionar o por dónde empezar. Una muchacha, también manchada de sangre, hablaba rápidamente, con desesperación, hacia Xenobia, intentando comunicarse.

Yo casi que la oía en un tercer plano, sin entender nada, como si estuviese en una burbuja y necesitara que alguien la pinchase para volver a la realidad.
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Xenobia Myerscough el Dom Ago 18, 2019 3:54 pm

En su caso, abandonar el Quodpot no había sido demasiado trágico: había conseguido centrarse en lo que de verdad la apasionaba, el periodismo y la fotografía, aún a pesar de que, de cuando en cuando, todavía sintiese la necesidad de evadirse de todo en medio del aire. Su escoba le había servido como una manera de despejar la cabeza cuando el estrés era insoportable.

Porque sí: una persona que se dedicaba a aquello que le gustaba podía estresarse, igual que cualquier otro ser humano, y arrepentirse de haber escogido semejante camino profesional. Si le diesen una libra por cada vez que lo había pensado…

—Bueno, no tienes por qué desesperar: todavía no ha llegado tu momento, pero quizás todavía llegue. Y con un poco de suerte, quizás, podrás marcharte de este pequeño paraíso en que vivimos.—La palabra “paraíso” la dijo casi con asco, pensando en la situación política de la Inglaterra mágica.

Bueno, y en la de la Inglaterra nomaj, también. Dichoso Brexit…

Hablando de posiciones de Quidditch y comparándolas con las del Quodpot, Xenobia mencionó que el deporte de su América natal no se basaba tanto en puntería como en agilidad, capacidad para aproximarse a la cesta y, por supuesto, encestar. Era un deporte mucho más simple, y eso saltaba a la vista.

Suponía que una buena cazadora de Quidditch también debería contar en gran medida con esas habilidades, aunque también debería saber ver las ocasiones: cuando los aros no estaban defendidos, a fin de hacer un lanzamiento que le apuntase tantos a su equipo. Había visto lanzamientos de quaffle desde tanta distancia que serían imposibles en el Quodpot.

—Bueno, o mucho cambia la situación actual...—Xenobia se las arregló para componer una sonrisa. Cansada, eso sí, como todas las suyas: siempre que sonreía parecía cansada.—...o no creo que lleguemos a comprobar si se me daría bien o no. Además, creo que ya estoy peligrosamente cerca de la edad de jubilación.

Trataba de aligerar un poco el ambiente, pero desconocía si aquello era así: no tenía ni idea de a qué edad se jubilaban los jugadores de Quidditch, pero suponía que no distaría mucho de los de Quodpot. Los deportes era lo que tenían: hacían falta cuerpos jóvenes, y por mucho que en gran medida, las escobas ayudaran a suplir algunas carencias, factores como la fuerza, la resistencia y la agudeza mental se iban perdiendo irremediablemente.

Ya en el comedor, donde Xenobia creía recordar haber visto a Viktor, no fue una sorpresa el descubrir… que no, que allí no estaba. Quizás se habría confundido, pues en lo personal solía vivir su vida en el refugio bastante alejada del resto. No es que despreciara a nadie, sino todo lo contrario: procuraba no entablar demasiada amistad con nadie, pues sabía lo doloroso que podía llegar a ser el perder a alguien que te importa.

Danielle le habló, y Xenobia le prestó toda su atención, hasta que un grito las interrumpió. Ambas se quedaron congeladas unos segundos mirando en dirección a la puerta, y entonces echaron a correr de manera instintiva en dirección al grito.

El corazón de Xenobia se aceleró dentro de su pecho mientras corría, y una sensación terrible le recorrió la espina dorsal: sabía que corría hacia algo malo. Si después de experimentar aquella sensación, y correr de aquella manera, descubría que se trataba de la broma absurda de alguien, a dicha persona le iba a faltar refugio para correr. No estaba para ese tipo de bromas.

No obstante, cuando encontraron el origen de dichos gritos, Xenobia deseó que hubiera sido una broma: uno de los suyos había aparecido en la zona central, ensangrentado, y yacía inerte en el suelo.

Xenobia se detuvo en seco, impactada por la visión, y sólo cuando se permitió parpadear un par de veces fue consciente de la presencia de otra persona, una muchacha, que también estaba ensangrentada.

Y le estaba hablando.

—¿Qué?—Preguntó Xenobia, volviendo en sí.—¿Qué… qué has dicho? ¿Qué ha ocurrido?

La chica, rubia, ojos azules llorosos, manchas de sangre salpicando su piel de alabastro, estaba conmocionada por lo que fuera que había ocurrido.

—Necesita ayuda. ¡Ayúdale, por favor!—Y, sin dirigirse a ella, añadió, inclinándose sobre el hombre herido.—¡Papá! ¿Me escuchas? ¡Dí algo, papá!

Sin saber bien qué hacer, Xenobia se arrodilló junto al hombre y puso con delicadeza la mano derecha sobre su espalda, cubierta por una camisa hecha jirones. Lo hizo con delicadeza por lo que vio a través de los agujeros en la tela: heridas y quemaduras varias, muy dolorosas con toda seguridad.

—Danny, llama al sanador.—Dijo Xenobia, que no sintió nada, ni movimiento ni latido, al tocar al hombre. Se apresuró a buscar el pulso en su cuello, sin demasiadas esperanzas.

Como se había imaginado… no había nada que hacer. El hombre había fallecido. Xenobia, sin levantarse de dónde estaba, se retiró lentamente, como para dar un espacio que no necesitaba al difunto. Se quedó cabizbaja, bajo la mirada desesperada de la hija, y cuando no pudo soportar más la sensación, volvió la mirada en su dirección.

—Lo siento...—Le dijo en un hilillo de voz, al tiempo que se le humedecían los ojos.

La muchacha… la muchacha entró en un estado de negación, asegurando que su padre estaba bien y que solamente necesitaba un sanador; de ahí, pasó a enfurecerse, arremetiendo contra Xenobia y asestándole varios golpes en el pecho con sus puños cerrados; finalmente, lloró, envuelta en el abrazo de Xenobia.

Para cuando Danny regresó, en compañía de uno de los sanadores, la muchacha seguía llorando la pérdida del que, a todas luces, era el único familiar que le quedaba en el mundo.
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Danielle J. Maxwell el Jue Ago 22, 2019 3:41 am

Me hubiera quedado hablando de quidditch todo el día si hacía falta, con tal de no tener que enfrentar la situación que nos tocó enfrentar. Si ya el grito no manifestaba nada bueno, cuando llegamos a la zona central del refugio nos dimos cuenta que era porque una chica acababa de llegar en compañía de su padre, cuyo cuerpo estaba totalmente ensangrentado. De lejos parecía que ese hombre estaba muerto, pero en mi interior estaba rezándole a todo lo que se podía rezar que no lo estuviera.

Menos mal que Xenobia me dio una tarea a seguir porque no me veía yo muy lúcida para enfrentar nada de eso con mucho raciocinio. No era la primera vez que veía a una persona así de llena de sangre, pero... sí la primera vez que me daba tanto impacto. Suponía que la componente de la niña gritando por su padre influía.

Así que sobre la marcha me giré y me fui corriendo hacia la enfermería. Pero corriendo de verdad, no eso de ir saltando o brincando, sino que parecía que se me iba a salir el corazón de la boca. Para cuando llegué a la enfermería, Freddie estaba ordenando sus enseres, pero salió tan rápido como yo había llegado en dirección al patio junto a una maleta de primeros auxilios.

Para cuando llegamos, el hombre ya se había dado por muerto y la niña lloraba desconsoladamente envuelta en los brazos de Xenobia.

Yo me sentí... muy perdida. Por una parte sentía rabia por aquella muerte, por otra parte sentía pena por la niña, por un lado quería golpearlo todo y por otra abrazarme yo también a esa niña y llorar con ella. Pero ahora mismo lo que más me pesaba era la incertidumbre: ¿qué narices había pasado para que el padre hubiese terminado de esa manera? ¿Cómo habían vuelto? ¿Habría más gente?

La situación fue un poco tensa, tanto como para que todo el mundo guardase silencio, se mirasen entre sí y… nadie hiciera nada. Fue Freddie quién, después de mirar al cadáver y corroborar después de Xenobia que aquello no tenía solución, que tapó el cuerpo con una sábana blanca que sacó de su maleta—era mágica, por lo que dentro lo mismo había hasta un coche—, se acercó a Xenobia y a la niña. Era una situación muy dura, pero el sanador, experimentado en toda esa vaina tan incómoda, fue quién se agachó junto a ellas.

—Annie, cariño… —Llamó a la niña, con delicadeza. —¿Estás bien? Necesito ver que todo está bien y que nos cuentes que ha pasado…

—Hay más gente... Nos atacaron en el refugio en el que estábamos y mi padre consiguió huir conmigo pero… aquello fue una explosión muy fuerte… —Sorbió los mocos como buenamente pudo para seguir hablando. Pese a que la chica estaba muy mal y en evidente estado de shock, sabía que tenía que hacer un esfuerzo en hablar por el resto de personas que no habían terminado ahí y ni sabían cómo habían terminado. —No sé qué pasó con el resto…

—¿Dónde estábais, Annie? Tenemos que ir a ver qué ha pasado, pueden haber heridos.

—Hay… heridos —corroboró ella, con ojos desorbitados, asustada, sintiendo como volvían a caerle lágrimas por los ojos.

—Annie…

—Estábamos en… en el edificio ese alto de Endford Street. Era un refugio que llevaba meses ahí.

Yo… pues me quedé en mi mismo lugar, estática. Había que ir, pero yo no era de esas personas que decían: “VAMOS, HAY QUE IR, ORGANICÉMONOS, TÚ NO SE QUE, EL OTRO NO SÉ CUÁNTO.” No, yo era de esas que reciben órdenes, ya que no tengo en absoluto dotes de liderazgo. Sin embargo, sí que di un paso hacia Xenobia y la miré, con una mirada que denotaba que podía contar conmigo para lo que hubiera que hacer.

Que ojo, sabía lo que había que hacer. Y todo el mundo ahí sabía lo que había que hacer, pero evidentemente ver a ese hombre ensangrentado no ayudaba a la motivación, por lo que no había muchos voluntarios más que yo.
Danielle J. Maxwell
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Danielle J. MaxwellMagos y brujas

Xenobia Myerscough el Dom Ago 25, 2019 2:32 am

Algo que Xenobia agradeció en aquellos momentos tan desagradables fue que Danielle no perdiera la calma. Había estado en situaciones similares—había protagonizado una el año anterior, de hecho, cuando la habían llevado al refugio a un par de pasos de la muerte—, y era consciente de que las personas, en ocasiones, pierden la calma. Porque es una imagen impactante, una que recuerda la propia mortalidad y abre la mente a las posibilidades de dicha mortalidad, y el dolor que puede precederla.

No habría culpado a la joven bruja en caso de perder los nervios, pero agradeció que no lo hiciese.

Mientras ella corría en busca del sanador, Xenobia hizo todo lo posible por calmar a la muchacha. No necesitaba un diccionario para comprender lo que pasaba: su padre había muerto, y por la desesperación en sus palabras cada vez que lo llamaba sin éxito, cabía suponer que no le quedaba nadie más en el mundo. Aquello despertó el instinto maternal de la americana, e hizo todo lo posible por calmarla.

Fue doloroso para ella: cada segundo le recordaba a su pequeño Daniel.

Por fortuna para su cordura, y mientras acariciaba el pelo de la niña, el sanador Langley llegó enseguida, acompañado de la susodicha universitaria, y se hizo cargo de la llorosa cría. El alivio que Xenobia sintió al separarse de ella la hizo sentir una persona horrible, alguien egoísta que sólo pensaba en sí misma.

La niña, sin que le preguntasen, informó de la situación, y Xenobia escuchó en silencio, sus ojos fijos sobre ella: por lo visto, el refugio en que vivía había sido víctima de un ataque en el cual se habían producido explosiones, para luego asegurar que había heridos y, por fortuna, darles una dirección.

Xenobia, que aún no había abierto la boca, intercambió una mirada consternada con Danielle. Estaba claro que había que hacer algo.

—Iré a echar un vistazo.—Dijo, con determinación, mientras se ponía en pie.—Va a haber que preparar la enfermería para...

El sanador Langley se puso en pie, ayudando a su vez a la pequeña Annie a incorporarse. Ella contemplaba con sus ojos llorosos el cuerpo de su padre, cubierto con una sábana. Sorbió por la nariz y secó sus lágrimas con la manga de su suéter, manchado de sangre y de hollín.

—Sí, ya lo sé.—Asintió el hombre con la cabeza, para entonces volverse en dirección a las personas congregadas alrededor de la escena.—¡De acuerdo, amigos! Ya sabéis que no me gusta ponerme autoritario, pero la situación lo pide: cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de medimagia o medicina muggle, que me acompañe a la enfermería para prepararlo todo. Y cualquiera que no esté haciendo nada de vital importancia, que espere instrucciones de Xenobia para facilitar el rescate de nuestros compañeros.

Hubo un murmullo general, dubitativo, pero enseguida las personas comenzaron a dividirse en dos grupos: quienes ayudarían en la enfermería, y quienes esperarían más instrucciones de Xenobia. Ella estuvo de acuerdo con el plan.

—Iremos ligeras: dos personas.—Puso una mano en el hombro de Danielle, a fin de indicarle que la escogía a ella.—Danny y yo echaremos un vistazo, y enviaremos a todos los heridos por medio de trasladores. Estad preparados aquí, con camillas, para trasladarlos a la enfermería lo más rápido posible, ¿de acuerdo?—Todos asintieron con la cabeza, casi al unísono.—¡Ah, sí! Y prestadnos objetos pequeños: botones, gomas de borrar, lápices, monedas… Lo que tengáis. Cuantos más, mejor.

⋆⋆⋆

Danielle Maxwell y Xenobia Myerscough se trasladaron a la zona del incidente por medio del uso de la aparición. El mundo a su alrededor dio vueltas para ambas durante algunos segundos, pero para cuando se detuvo y sus pies volvieron a pisar tierra firme, se encontraban en medio del caos.

El enorme edificio estaba ardiendo, y una columna de humo negro ascendía hacia el cielo. El aire llevaba un aroma acre a sus fosas nasales, y Xenobia enseguida sintió que le picaban y lagrimeaban los ojos. A su alrededor, se escuchaba el sonido de sirenas de policía y de bomberos, y desde su posición en el callejón trasero de una cafetería cercana, pudieron observar el trabajo de los servicios de emergencias.

Un grupo de bomberos apuntaba el chorro de una manguera en dirección al edificio, al tiempo que otros muchos se gritaban órdenes los unos a los otros. Algunas personas tosían, y otras lloraban. Xenobia no tardó en ver un grupo de gente aglomerado detrás del cordón policial que había desplegado la policía.

—Tenemos que darnos prisa.—Dijo en voz alta. Dado el ruido que había alrededor, resultaba prácticamente imposible que nadie más la escuchase.—Vamos a entrar en el edificio de la manera más rápida que se me ocurre.—Y dicho aquello, Xenobia extrajo de su bolso, mágicamente encantado, su escoba voladora.

Antes de cometer ninguna locura, cosa que atraería indudablemente la atención del Ministerio de Magia, Xenobia desplegó un dispositivo de camuflaje mágico: aprovechándose de la densa humareda que brotaba del edificio, generó su propia fuente de humo mágico, que enseguida cubrió la zona y la dejó bañada en la penumbra.

Entonces, sujetó el mástil de su escoba con una mano, pasó una pierna por encima de éste, y miró a Danielle:

—Tú pon los pies en los estribos y sujétate fuerte a mí.—Lo cual la bruja hizo sin protestar. Xenobia, entonces, encaramando sus pies al mástil.—Allá vamos.

Y, efectivamente, allá fueron: la Flecha Plateada surcó el cielo a través de la cortina de humo que habían creado y que, momentáneamente, había interrumpido la labor de los bomberos. Entraron en el edificio a través del enorme boquete que había hecho una de las explosiones en la fachada, y una vez dentro, las altísimas temperaturas del interior se hicieron notar.

Se apearon en lo que debió haber sido el cuarto de alguien, a juzgar por la cama calcinada de uno de los extremos, y Xenobia volvió a guardar la escoba en su bolso. Para entonces, su frente ya estaba perlada de sudor.

—Vale. Este es el plan: localizamos a todos los heridos, convertimos los objetos que nos han dado en trasladores, y los evacuamos antes de que aparezcan los del Ministerio.—Xenobia comenzó a caminar en dirección al pasillo, del cual brotaban bocanadas de calor asfixiante y una densa humareda que parecía niebla.—No creo que hayan interpretado esto como un incidente mágico, o al menos no tan pronto...

Con esas palabras, Xenobia conjuró sobre su cabeza un casco burbuja, que le permitiría respirar en aquellas condiciones, y acto seguido comenzó a disparar chorros de agua de su varita en dirección al pasillo, a fin de refrescar un poco aquel ambiente.

Nada más cruzar el umbral lo supo: aquello no iba a ser nada sencillo.
Xenobia Myerscough
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