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Staying silent's the same as dying {Danielle&Xenobia}

Xenobia Myerscough el Sáb Jul 06, 2019 2:33 pm

Staying silent's the same as dying {Danielle&Xenobia} Sn8tPwG
Martes 18 de junio, 2019 || Zona segura para fugitivos, Londres || 17:39 horas || Atuendo de Quidditch

Xenobia cerró los ojos y, suspendida a varios metros por encima del suelo, se permitió disfrutar de la caricia del aire fresco en su rostro. La suave brisa alborotó los pocos mechones de cabello negro que asomaban bajo los bordes del casco.

Quizás no fuera una sensación real, no del todo, pero se le parecía bastante. Era lo hermoso de la magia: en muchas ocasiones, obraba milagros y prodigios dignos de verse y experimentarse; en otras ocasiones, en cambio, era capaz de obrar las atrocidades más horribles que el ser humano pudiera imaginar, y con las que ella, por desgracia, estaba familiarizada.

Viejos recuerdos—no tan viejos, en realidad—perturbaron su paz, y la bruja americana abrió los ojos de golpe, regresando al mundo real: una estancia de naturaleza ilusoria ubicada en en la zona segura para fugitivos.

Ante sus ojos se extendía un inmenso cielo nocturno, sin una sola nube que entorpeciera la visión de miles de estrellas brillantes. Una delgada luna en cuarto menguante, al borde del eclipse, ocupaba un lugar por encima de su cabeza. En la lejanía, un cometa de larga cola luminosa surcaba este hermoso y silencioso vacío.

Ilusión o no, el lugar era hermoso, y Xenobia solía acudir allí cuando pretendía evadirse del mundo real. ¿Qué mejor lugar que un cielo sin fin para olvidarse de los problemas de la Tierra?

«Da igual—, interrumpió la parte más negativa de su mente—. Puedes volar todo lo alto que quieras: en algún momento tendrás que volver a bajar, y los problemas seguirán ahí. Seguro que te saludan con la mano en cuanto te vean aparecer.»

El pensamiento la llenó de desasosiego, y sus dos manos se cerraron con fuerza sobre el palo de la escoba que la mantenía en el aire—una preciosa Flecha Plateada, uno de los pocos caprichos de índole mágica que se había permitido tener—, a medida que sus peores vivencias cobraban vida de nuevo ante sus ojos.

La soledad, esa arma de doble filo: lo mismo ayudaba a aclarar la mente… que a perturbarla incluso más.

En un intento por alejar aquellos pensamientos, Xenobia espoleó los estribos de su escoba y comenzó a surcar aquel cielo nocturno ilusorio a gran velocidad. A medida que lo hacía, se aproximó a todos aquellos cuerpos celestes que antes parecían tan lejanos: atravesó cinturones de asteroides, sorteó llameantes estrellas rebosantes de vida y compitió con el cometa que había visto en la lejanía. Todo ello fue asombrosamente fácil.

«Si esto fuera el espacio de verdad, estarías muerta—, le recordó su parte más cínica y racional—. Es bastante complicado respirar allí dónde no hay oxígeno.»

Mantener activas las ilusiones de aquel cuarto era relativamente sencillo: una simplemente debía visualizar aquello que quisiera ver, y lo vería. Sin embargo, una debía mantener su mente en calma en todo momento: un pensamiento de añoranza podía convertirse rápidamente en una pesadilla en aquel lugar. Xenobia siempre lo había comparado un poco con el mundo de los sueños, y es por eso que solía llamar a aquella sala ‘Cuarto Onírico’.

Mientras seguía volando a toda velocidad por aquel paisaje de ensueño, Xenobia cerró los ojos y volvió a concentrarse; cuando volvió a abrirlos, el paisaje había cambiado, convirtiéndose en un largo campo de Quodpot en el que se encontraba sola, bajo un sol radiante en un día despejado. Una quod apareció volando en su dirección, y la bruja no tuvo problemas a la hora de atraparla y sujetarla contra su pecho.

Estaba a punto de estallar.

Sin ningún tipo de oposición en el camino, surcó los cielos a toda velocidad en dirección a la cesta en la que debía encestar la quod. A un par de metros de su objetivo, Xenobia tiró del mástil de su escoba todo lo que pudo hacia arriba, forzando a su montura a elevarse en dirección a ese brillante sol. Cuando hubo tomado altura suficiente, invirtió la dirección y comenzó a descender en picado.

Asió entonces la quod con su mano derecha, firmemente, y cuando estuvo apenas a un par de metros de distancia de la cesta, la arrojó en su dirección. Entró limpiamente, hundiéndose en la sustancia que inhibía las propiedades explosivas de la bola. Antes de chocar contra la cesta, ejecutó un giro brusco hacia la izquierda, alejándose de manera segura de la cesta.

Sabía que aquello no era real. Sabía que muy posiblemente aquella quod jamás hubiera explotado. Sin embargo, se sentía muy bien. El Quodpot y volar en escoba eran de las pocas cosas que le brindaban un poco de paz en los últimos tiempos...

Off: Este ‘Cuarto Onírico’ me lo he sacado totalmente de la manga, y como tal, pienso que lo que ve la persona que está dentro es una especie de proyección, así que cualquiera que entre podría verlo.
Xenobia Myerscough
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Danielle J. Maxwell el Vie Jul 12, 2019 2:44 pm

Acababa de salir de un examen y había sido la absoluta decadencia. Poco podía quejarme, en realidad, pues no había estudiado lo suficiente como para siquiera tener esperanzas en poder sacar un cinco. Les había dicho a mis padres—en un intento de apaciguar su ira interior—que iba a intentar dejar la carrera con todo limpio por si en un futuro quería volver a retomarla, pero el perder la motivación y haber dado ya el paso para no volver a matricularme había hecho que perdiese todas las ganas de ponerme a estudiar, por no hablar, claro, que en julio y agosto solían ser las pruebas para los equipos de quidditch profesionales y sentía que estaba perdiendo el tiempo intentando estudiar para algo que no me iba a aportar nada en vez de estar entrenando.

Sabía que probablemente con lo poco que llevaba no me fuesen a coger, pero tampoco tenía prisa. Uno de mis objetivos era que me reconociesen al menos un poquito y dejar el listón alto para, quizás en un futuro, que contasen conmigo y mejorar en base a mi errores. Tenía planes aunque no me cogiesen para ningún equipo, lo cual era lo obvio que iba a ocurrir.

Era consciente que a finales de junio iba a tener que lidiar con el enfado de mis padres y mi abuela por los suspensos pero… quería pensar que merecería la pena. Aunque fuera un poquito.

Ese día mi abuela estaba en casa con Obi y ella sabía que tenía examen, por lo que como no tenía ganas de enfrentarme a eso, decidí ir al refugio de la Orden del Fénix. Tenía varias cosas que hacer allí: primero desahogarme con Dorcas, mi mejor amiga y por tanto mi ser por excelencia con el que desahogarme y contarle todo y, segundo, hablar con Viktor. Él era mi padrino en la Orden del Fénix y habíamos hecho muy buenas migas, pero hacía un par de días me había dicho que estaba con algunas cosas un poco peligrosas y que prefería mantenerme al margen, sin embargo, el hombre siempre contaba conmigo después de casi todo lo que hacía, enseñándome lo que había hecho para que así también aprendiese de los aciertos y errores del resto. Se notaba que Viktor veía en mi a una muchacha con posibilidades, pero como era ‘pequeña’ en comparación al resto y mi falta de experiencia era tan evidente, solía intentar evitar que me metiese en cosas que pudiesen quedarme grandes.

Y por mucho que eso en parte afectase a mi pequeño y mimado orgullo, no decía nada, pues una parte de mí era muy consciente de que habían muchas cosas que me quedaban grandes. Y ni yo tenía muy claro si me veía capaz de enfrentarme a todo eso. Era curioso, ¿eh? Yo, que en realidad no había pasado más que miedo y no había perdido prácticamente nada en esta guerra, en comparación a otras personas, estaba cagadísima de miedo. Sin embargo, personas que sabían lo que habían ahí fuera y habían perdido mucho, parecían haber perdido también cualquier tipo de miedo. En realidad me resultaba fascinante lo cobarde que soy: ese es mi punto. Y me odiaba por ello, porque de verdad que me daba mucho coraje ser así de idiota y sentir que el cuerpo se te petrifica.

Después de ir a ver a Dorcas y verla ocupada ayudando a un medimago con algunas cosas, le dije que luego iría a verla, que iría primero a ver a Viktor. Él solía estar bastante por allí por las tardes, luego de terminar de trabajar y si bien habíamos quedado, no habíamos confirmado nada. Precisamente por eso no me enfadé después de haber dado trescientas mil vueltas por todos lados.

Había llegado a una de las puertas que siempre abría por costumbre, pues no tenía ni idea de para qué servía aquel cuarto tan grande y vacío. Yo siempre lo abría, aún así, esperando ver a alguien dentro algún día que pudiese explicarme el poco uso que se le daba a aquello. Sin embargo, ese día me llevé una grandísima sorpresa al abrir aquello y ver a una muchacha volando en escoba de manera increíble hacia una cesta de quodpot con una pelota que estaba a punto de estallar. En realidad todo fue super épico, tanto que me había quedado boquiabierta todavía con el pomo en la mano. ¿Desde cuándo aquel lugar era tan grande? ¿Aquello siempre había estado ahí? Fue cuando la muchacha se separó de la cesta y comenzó a descender, que caí en quién era: esa tal Xenobia. Y digo 'tal' porque en realidad no la conocía mucho, pero su nombre me recordaba al Río Danubio—no sabía por qué, mi mente hace estas asociaciones tan idiotas—y ya no se me había olvidado. Creo que no habíamos intercambiado nunca una conversación demasiado larga.

Entonces aquella proyección acabó y todo lo épico pasó a quedar en un segundo plano.

—Hola —saludé de repente cuando se dio cuenta de que allí tenía a una espectadora con cara de sorpresa. —¿Esta sala lleva siendo así de épica toda la vida? Me siento super imbécil ahora, que llevo pensando desde que estoy aquí que era una sala vacía en desuso.

Solté entonces el pomo, dando un pasito para el interior. No quería molestar a la mujer tampoco, pero en mi rostro se evidenciaba que me había quedado flipando; tanto que se me había olvidado que estaba allí buscando a Viktor.

—¿Esto qué es exactamente? ¿Cómo la Sala de los Menesteres? —Lo que yo sabía de las salas de los menesteres era todo por lo que le había dicho Dorcas, pues yo nunca había tenido la suerte de que esa puerta se me abriese en mis narices. ¡Y eso que las necesité muchas veces para huir! Sin embargo, Dorcas me había hablado mucho de ello. —Bueno... creo que en la sala de los menesteres todo lo que sale es real, aquí no, ¿no?

Y definitivamente, ese monólogo había sido mi máximo intercambio de palabras con aquella mujer.
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Xenobia Myerscough el Dom Jul 14, 2019 2:08 pm

Otra característica significativa del ‘Cuarto Onírico’ era que conllevaba una gran concentración a la hora de mantener una ilusión determinada. La magia con que había sido creado—supuso que por Albus Dumbledore—requería que el observador creyese con toda su alma que aquella ilusión estaba allí. Bastaba un solo momento de desconcentración para que todo se desmoronase.

Y eso sucedió, precisamente.

La puerta del ‘Cuarto Onírico’, si bien mágica, también era vieja. Era un armatoste de tablones de madera con goznes de hierro negro y una de esas enormes cerraduras antiguas que permitían a cualquiera mirar a través de ellas. Cuando se giraba el viejo pomo, éste emitía un lastimero quejido oxidado. Y fue este quejido el que desconcentró a Xenobia, haciendo desaparecer la ilusión.

De repente, la bruja americana se encontró flotando en el aire, sujeta a su escoba, en medio de una sencilla habitación de paredes de piedra, cuya función era difícil de averiguar. Podría servir de sala de exposiciones si se la llenaba con viejas armaduras y armas medievales, así como de sala de entrenamiento por lo amplio de la estancia.

De vuelta en el mundo real, Xenobia fijó la mirada en la puerta, varios metros por debajo de ella, y fue allí donde la vio: se trataba, si la memoria no la engañaba, de Danielle Maxwell, una de las aspirantes de la Orden del Fénix.

Más por educación que porque existiera entre ellas algún tipo de trato previo—más allá de los saludos ocasionales en los pasillos y de coincidir en las reuniones de la Orden del Fénix—, la americana descendió suavemente con su escoba hasta que sus pies tocaron el suelo.

—Hola.—Fue capaz de responder antes de que Maxwell la sorprendiera con una batería de preguntas.

Sinceramente, Xenobia no sabía lo que era una ‘Sala de los Menesteres’, y esto se debía precisamente a que había estudiado en Ilvermorny. Si en su colegio mágico había existido en algún momento algo así, ella no había escuchado mención alguna al respecto, ni se había topado con ello.

Así que respondió a aquellas preguntas de la mejor manera que pudo.

—No sé lo que es esa ‘Sala de los Menesteres’ que mencionas—empezó, con total sinceridad—. Lo poco que sé de este lugar es que crea proyecciones de aquello que tienes en la cabeza. Y no, nada es real… aunque te aseguro que se siente como si fuera real.—El poder de la mente sobre el cuerpo, con un poco de ayuda de la magia.—Requiere concentración, pero ya has visto lo que sucede si eres capaz de mantenerla.

Xenobia se apeó de su escoba y, como hacía siempre que terminaba de utilizarla, la sujetó con ambas manos para realizar un rápido examen visual. Buscaba posibles daños que necesitaran reparación, o arañazos que requirieran de un poco de un poco de barniz. En otros tiempos, cuando todavía tenía su guitarra—que con toda seguridad estaría bien cuidada en manos de Zeta—, solía llevar a cabo un ritual parecido.

A simple vista, la escoba no mostraba desperfecto alguno, así que se la echó al hombro derecho, devolviendo su atención a Maxwell.

—Te llamas Danielle, ¿verdad?—Dijo entonces, mirándola a los ojos.—Te he visto muy a menudo por aquí, aunque si no me falla la memoria, tú no eres fugitiva.

No era un dato extraño, en realidad: aquel lugar era frecuentado, muy a menudo, por magos que habían conseguido mantener su libertad. Maxwell solamente era una más de ellos.
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Danielle J. Maxwell Hoy a las 1:35 am

Quizás alguien, en algún momento de mi vida en el refugio, me había dicho que Xenobia no era inglesa y por tanto no había ido a Hogwarts ni sabía qué era la misteriosa ‘Sala de los Menesteres’ o lo mismo nadie nunca en la vida, en ningún momento de mi vida, me había dicho esa información, pues la verdad es que mi cerebro ahora mismo no podía entender cómo es que no sabía lo que era la Sala de los Menesteres teniendo en cuenta lo famosa que era en Hogwarts.

Es decir, tú vas a Hogwarts y en algún momento de tu vida escuchas hablar de ella porque es que es como el top de los tops, la sala de las salas. Era como eso que siempre estaba ahí, pero nunca se confirmaba; como los aliens.

Y yo tampoco es que tuviese mucho dominio de los acentos, por lo que tampoco caí en que no era de por aquí. En resumen: soy un desastre y no me entero de una mierda, ¿vale? Para mí lo único que tenía sentido de todo aquello es que tuvo una estancia en Hogwarts muy extraña si nunca escuchó hablar de la Sala de los Menesteres.

—Qué guay —reconocí cuando me explicó de qué iba todo aquello. Era guay, sin duda, aunque algo me decía que con mi dominio—inexistente—de mi concentración lo mismo me mataba allí dentro. —Ha parecido como si fuera real, aunque no lo haya sido. Me puedo imaginar que si yo lo he sentido… cómo habrá sido para ti.

No iba a negar que me encantaría probarlo, pero no era el momento.

Me di cuenta de que ni me había presentado formalmente, básicamente porque ella preguntó por mi nombre. Me cogió desprevenida la pregunta, pues como si estuviese viendo a la persona más atractiva del mundo—o una patata frita—, por casi no babeo al ver aquella flecha plateada que tenía en su posesión. De cerca la reconocí, pese a que de lejos hubiese parecido una escoba cualquiera.

En ese momento cuando me preguntó por mi nombre no supe si darle la mano por la presentación formal y correcta, o si por el contrario sólo debía… no hacer nada.

—Sí, puedes llamarme Danny. —Aún recordaba aquellos tiempos en donde me enfadaba cuando la gente me llamaba Danielle. Me gusta mi nombre, pero prefería indudablemente sólo Danny. —No, en teoría soy una ciudadana ejemplar en pleno uso de mis libertades físicas y mágicas. Sólo en teoría. —Intenté bromear, para entonces encogerme de hombros. —Llevo viniendo desde que me gradué hace dos años así que… llevo también tiempo teniendo suerte de no haber terminado siendo fugitiva. Recuerdo haberte visto desde siempre aquí, pero como sois tantos y no quiero molestar suelo quedarme al margen a menos que se me necesite para algo. Tú eres Xenobia, lo sé. —Y de manera inconsciente, le tendí la mano como si nos hubiésemos recién presentado.

¿He dicho ya que se me dan mal los primeros contactos? En teoría soy una persona extrovertida que sabe desenvolverse en una conversación normal, pero había veces que hablar con personas más adultas o muy implicadas en la Orden del Fénix, pues me costaba más. Ya si uníamos ambos factores, pues la cosa podía ser catastrófica.

—Mola tu flecha plateada, por cierto. Está en muy buen estado. —Y eso lo dije sorprendida, pues mi pobre Saeta de Fuego, pese a que la cuidaba… estaba claro que no la cuidaba TANTO. Ahora que estaba entrenando de nuevo, la pobre estaba un poco en la ruina.
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