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Nobody can save me now. —Alexander.

Abigail T. McDowell el Lun Jul 15, 2019 9:06 pm

Nobody can save me now. —Alexander. DsH9Gqf
Ministerio de Magia | 12/07/2019 | 18:32h | Atuendo

—De cuarenta y tres secuestrados confirmados solo once han vuelto sanos y salvo… ¿¡y pretendéis parar las negociaciones con los fugitivos!? ¿¡Qué pasa con el resto de rehenes!? ¡Hay hijos de familias importantes ahí dentro! ¡Mi sobrino está ahí dentro! ¡No podemos dejar que se salgan con la suya y poner en riesgo tantas vidas importantes!

Ese que gritaba era Nathan Perkins, el actual fiscal de Wizengamot. Se encontraban reunidos varios puestos importantes del Ministerio de Magia en aquella sala de reuniones, entre los que se encontraban la misma Ministra de Magia, su asistente Castlemaine, el fiscal de Wizengamot, el Jefe de Aurores y varios encargados de tratar ese tipo de… conducta terrorista.

—¡No podemos seguir negociando con ellos, Perkins! ¡Es inadmisible!

—¡Lo que es inadmisible es que…

Y la ‘reunión’ que amenazaba con ser profesional, se convirtió en una lucha de opiniones muy lejanas a cualquier trato propio de adultos, dejándose llevar puramente por sus emociones. Abigail había sido la primera en dejar clara su opinión al respecto y en ese momento, media hora después de gritos y discusiones, ya estaba perdiendo totalmente la paciencia.

No lo iba a negar: Abigail llevaba unos días muy mal. Entre que había ocurrido todo lo del secuestro, dejando al Ministerio y, por tanto, su posición como Ministra en entre dicho y la maldición que recientemente había invadido su cuerpo… no tenía capacidad mental para llevarlo todo de manera sana. Por un lado estaba la presión social de todas las familias puristas que cargaban contra ella por no hacer ‘algo’ por salvar a todos los rehenes de los radicales, por otra parte estaba toda la presión política de no poder hacer nada a favor de unos terroristas porque pactar con ellos sería dejarles claro que podían mangonearles; una clara evidencia de debilidad. Luego estaba la presión emocional de llevar casi tres semanas con una maldición en el brazo que estaba deseando expandirse por todo su cuerpo hasta consumirlo a la nada.

Le había caído encima en ese momento todo de golpe, por lo que no estaba con la cabeza como para soportar las exigencias humanas de alguien como Nathan Perkins.  

Abigail se puso entonces en pie lentamente en mitad de la discusión entre el jefe de aurores y el fiscal de Wizengamot. Cuando se callaron, ella habló con inesperada tranquilidad.

La decisión ha sido tomada: no vamos a entregarle a los radicales nada de lo que han pedido porque son una locura y sería armar a nuestro enemigo. Mientras tanto, el equipo de búsqueda seguirá haciendo su trabajo hasta dar con el lugar en el que tienen retenidos a los rehenes, cooperando con los recientemente liberad…

—¡Deberías dimitir como han pedido! —La señaló con el dedo índice tras interrumpirla. —Cualquier cosa es válida si es para salvar nuestro futuro. No necesitamos a una Ministra de Magia que no es capaz de dejar su puesto por el bien de todo el futuro de Inglaterra. ¡Tienen todavía a treinta muchachos ahí dentro, McDowell! ¡Treinta muchach…

La ministra cogió aire por la nariz en pos de sosegarse.

—Perkins, no sé en qué mundo está acostumbrado a vivir, pero lo único que conseguiríamos accediendo a todas las peticiones de los terroristas es a vernos como un gobierno débil y, para colmo, armar a nuestros enemigos. Sabrán que chantajeándonos de esta manera siempre accederemos porque hay personas como usted dejándose llevar por la componente más estúpida: el amor y la humanidad.

—McDowell tiene razón, lo que ahora deberíamos hacer es enfocarnos en…

—¡No, no tiene razón! La mitad de los fugitivos que piden que están presos en Azkaban son inútiles, la otra mitad están en el Área-M. ¡Podemos liberarlos y recibir a nuevos rehenes!

No pienso liberar presos de Azkaban que han matado a decenas de nosotros.

—Tú también has matado a decenas de ellos, McDowell. —Tras esa afirmación, todo el mundo se tensó. ¿Y eso qué más daba? Eran el enemigo y Perkins había sonado casi cargado de rencor. —Y como no hagas lo correcto, vas a matar a una treinta de niños de nuestro bando.

Ellos son el enemigo: tú has encerrado a muchos en Azkaban y yo les he quitado la vida. ¿Ahora quieres liberarlos? ¿Sabes lo que harán todos esos a los que liberes una vez estén libres, verdad? Ir a por gente como tú que les destrozó la vida. Eres el fiscal: sería liberar a tus propios asesinos.

—Correré el riesgo por la gente que lo merece.

Estaba empezando a perder la paciencia, por lo que la pelirroja miró al jefe de aurores.

¿Alguien me explica cómo alguien así ha llegado a ser fiscal? ¿Los radicales han matado ya a todos los inteligentes y sólo nos quedan las sobras más incompetentes? El jefe de aurores bufó, pero Perkins se ofendió. Eso sí, antes de que pudiera decir nada, Abigail continuó hablando. No pienso tener más reuniones con usted en relación a este tema, señor Perkins. Queda desvinculado del caso.

—No puede dejarme fuera del cas…

Sí que puedo, es uno de mis muchos poderes como Ministra de Magia: que puedo hacer lo que me de la gana, como asumir que su juicio como fiscal es errado y por tanto inútil en el caso. Así mismo, como de algún tipo de información de estas reuniones a medios externos será castigado por la ley por divulgación de temas confidenciales.Abigail entonces caminó en dirección a la puerta. La reunión se quedará aquí y mañana nos reuniremos el resto para continuar hablando de las medidas que debemos de tomar para…

Perkins entonces sujetó el brazo de Abigail con osadía antes de que llegase a la puerta.

—No pienso quedarme de brazos cruzados mientras todo esto se desmorona, McDowell. Hay que actuar y si tú no lo haces, lo pienso hacer yo.

Muy bien le dijo Abigail, quien no tuvo dudas en que aquello era una amenaza. Su mirada entonces se posó en la del jefe de aurores. Thomas, haz el favor de llevarte al señor Perkins al calabozo hasta nuevo aviso. Quítale su varita, sus pertenencias y que no salga de allí hasta que todo se solucione.

—No puedes hacer eso.

—Señorita McDowell…

¡Llévatelo! Y de un movimiento quitó las manos de Perkins de su antebrazo, el cual era curiosamente el infectado bajo la americana. De repente sintió un mareo muy fuerte, así como su mirada totalmente desenfocada. Él amenaza al gobierno y nosotros tomamos partido. No quiero tener que preocuparme, además, de un héroe justiciero que no tiene tres dedos de frente y no pienso tolerar en absoluto la desobediencia de absolutamente nadie.

Y para cuando Abigail fue a abrir la puerta, supo claramente que Perkins estaba sacando su varita por el movimiento que hizo. Antes de que pudiera asirla entre sus dedos hacia la pelirroja, ella sacó la suya y lo apuntó, golpeándole en el pecho con un hechizo derribador que lo hizo volar por encima de la mesa hacia la pared. Todos los pergaminos salieron volando por la estancia y la pelirroja miró al jefe de aurores en un silencio sepulcral.

Es un peligro: mantenlo vigilado hasta nuevo aviso o nos puede joder cualquier estrategia.

Y se fue de allí sin decir nada más, caminando por los pasillos en dirección a su despacho. El sonido de sus tacones golpeando el suelo hacía eco por todo el Ministerio, ya a esa hora prácticamente vacío y entró en su despacho tras abrir la puerta con un movimiento de su varita, dando un portazo contra la pared trasera. Llegó hasta el gran escritorio central, en donde dejó la varita y se apoyó con las dos manos tras sentir un bajón en sus defensas en donde necesitaba apoyo inmediato. Cerró los ojos fuertemente y, para cuando los abrió, su vista no volvió al momento.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Mar Ago 06, 2019 9:25 pm

En tan solo unas horas los radicales nos habían asestado un golpe que ni siquiera nos habíamos imaginado. Habían estado esperando agazapados para realizar su maniobra maestra, esa que ellos esperaban que nos pusiera contra la espada y la pared. Como gobierno es cierto que nos habían puesto en una situación difícil pero sí sabíamos jugar nuestras cartas incluso podríamos salir beneficiados de esto. En el fondo mucha gente de la calle seguía sintiendo simpatía por el colectivo, pese a las atrocidades que se les adjudicaban desde el propio Ministerio. Muchos se negaban a creer que fueran capaces de ejercer el terrorismo como tal, sino que les reconocía como un grupo de oposición pacífica, obviamente hasta cierto punto, como mártires sacrificándose por la libertad del pueblo, pero ahora con esa nueva jugada ya no podía negarse la realidad. Habían salido del cascarón y se habían revelado como verdaderos criminales, actuando contra gente a priori inocente amenazando incluso con asesinarles si no cumplíamos con sus condiciones. Realmente dudaba que se atrevieran a llevar a cabo sus amenazas y por supuesto tenía bien clara cuál debía ser la postura que tomara el Ministerio al respecto, mostrándose implacable y sólido y sin ceder ni un ápice.

La opinión pública y las familias más poderosas se iban a poner en su contra y al final todo este circo que habían montado les iba a perjudicar de todos modos, tanto si sueltan a los rehenes como si les hacen daño o incluso si los nuestros los encuentran primero. Pero claro, no todo el mundo dentro del Ministerio podía mantener la cabeza fría y pensar con lógica. El miedo se había apoderado de algunos de ellos y estaban empezando a perder los nervios y por tanto comenzaban a decir estupideces. Aun así no esperaba que el fiscal del Wizengamot perdiera los papeles de ese modo agarrando bruscamente a la ministra e intentando agredirla haciendo uso de su varita simplemente porque ella le había demostrado tener más huevos que él. En ese momento mi mano se movió instintivamente también hacia mi varita y por el rabillo del ojo me pareció ver que alguien más imitó el movimiento, no sé si dispuesto a defender a Abigail o por el contrario a apoyar la insolencia de Perkins. Al final no había sido necesario intervenir pues el alborotador había acabado cayendo de culo perdiendo la poca dignidad que aún le quedaba. La reunión había finalizado.

Pese a todo el espectáculo no había sido divertido en absoluto, había sido incómodo y ciertamente había notado a Abigail un poco rara, como si se estuviera empezando a ver superada por todo lo que estaba ocurriendo. Eso era algo que no me parecía propio de ella, pues sin duda es la mujer más fuerte que conozco pero… es humana al fin y al cabo y todo el mundo la colocaba en el punto de mira. Estaba soportando mucho estrés, mucha presión y solo le faltaban las tonterías de Perkins para seguir echándole más cosas encima. Sin dudarlo salí de la sala de reuniones y fui tras ella escuchando aún el sonido de sus tacones unos metros por delante de mí y por supuesto oyendo también el estruendo del portazo. Obviamente iba a estar de un humor de perros y quizás no estuviese muy por la labor de hablar conmigo pero en cierto modo forma parte de mi trabajo como asistente prestarle… pues eso, asistencia. Por el camino vi a Diane y al resto de las secretarias junto con otros administrativos que se habían asomado curiosos ante el revuelo. Todos estaban serios e intrigados, las noticias sobre lo ocurrido y los cotilleos iban a correr como la pólvora, pero no iba a ser yo el que los iniciara. ¡A mi no me van esas cosas! Tengo confianza en Diane y en la intimidad es inevitable que a veces hablemos de cosas del trabajo, siendo ambos empleados del Ministerio pues es lógico, hasta cierto punto y sin violar las normas difundiendo información confidencial.

Continuando por el pasillo llego por fin al despacho encontrándome la puerta abierta de par el par, por lo que de inmediato veo a Abigail apoyada sobre el escritorio con una clara expresión de pánico en su rostro y la mirada un poco perdida.


- ¿Abigail? -pronuncio confundido al tiempo que reacciono cerrando la puerta y dirigiéndome con presteza hacia el escritorio- Ehh… ¿Estás bien? ¿Qué te ocurre? -añado preocupado. Me había parecido verla trastabillar cuando Perkins la agarró del brazo pero en ese momento pensé que simplemente había sido porque la había pillado por sorpresa esa acción del fiscal- Espera… deja que te ayude a sentarte… -le digo colocando mi mano en su cintura y guiándola un poco hacia el sillón giratorio el cual al tener ruedecitas también le acerco usando mi otra mano.
Alexander Castlemaine
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Alexander CastlemaineTrabajador Ministerio

Abigail T. McDowell el Miér Ago 07, 2019 3:59 pm

No solía pedir ayuda. No era de esas que estando mal, se piensa siquiera el hecho de acudir a otra persona por consejo, apoyo o ayuda. De hecho, cuando estaba en una situación tan incómoda como la actual, hasta le molestaba que hubiese personas que quisieran prestarle su atención, pues ella no necesitaba que nadie le diese la mano para nada. Tenía la creencia de que ella podía con todo, como hasta la fecha había podido demostrar, sin embargo, durante toda su vida nunca había vivido una situación como en la que está ahora mismo: ya no solo a nivel profesional, en donde claramente sentía una presión terrible, sino a nivel emocional.

El hecho de estar maldita… evidentemente no lo había encajado muy bien. Nadie puede encajar bien el hecho de que tarde o temprano, te ibas a morir si no encontrabas una cura misteriosa en a saber donde. Podía intentar hacer vida mientras su tiempo libre lo dedicaba a descubrir algo, pero a nivel mental eso no era vivir. Era estar minuto sí y minuto también preocupada y el hecho de que dicha maldición trastocara por completo su día a día era algo que la sacaba totalmente de la poca estabilidad que podía conseguir.

No era la primera vez que perdía la visión de esa manera, pero sí era cierto que no le había pasado demasiadas veces. De repente, uno o más sentidos se apagaban para ella. Y quizás a simple vista pudiese parecer que no era para tanto, pero uno no se da cuenta de la importancia de ver hasta que ya no puede ver absolutamente nada. No saber hacía qué lugar guiar tus ojos, o no saber siquiera hacia qué lugar estás realmente mirando.

Es por eso que cuando Alexander se acercó a ella, lo primero que hizo fue cerrar los ojos y apartarse de él. No quería ser esa que no sabe enfocar la mirada.

Vete, déjame sola. Le instó antes de sentir que la tocaba.

Dejó que le guiase hasta sentarse en la silla, para rápidamente poner sus codos sobre el escritorio y esconder su rostro bajo la protección de sus manos.

Alexander…le dijo con claridad, bajando la cabeza mientras se tapaba con una de sus manos, para con la otra señalar en dirección a la puerta, o todo lo cerca que podía estar la puerta debido a lo poco orientada que estaba. Sabes lo poco que me gusta repetir las cosas: vete.

Sin embargo, como es normal, su asistente insistió. No era normal ver a Abigail así y ella lo sabía, pero le era imposible controlar la situación y se sentía vulnerable, pues no sabía con qué clase de efecto secundario le atacaría aquella puta maldición, ni cuánto duraría ni… Siendo totalmente sincera, en ese estado daba gracias de que en ese despacho ella fuese la única con capacidad para desaparecerse y poder volver a su casa. Si no lo había hecho más es porque estaba intentando tranquilizarse antes de usar una aparición que traspasaba tantas barreras mágicas.

¿Pero lo que más rabia le daba? Parecer frágil frente al resto. Odiaba con toda su alma no poder demostrar que ella no era esa y que realmente no necesitaba la ayuda de nadie. Así que cuando su asistente insistió en saber qué ocurría, la pelirroja mordió fuerte antes de hablar, casi sin ganas.

Me cago en la puta, Alexander.Sus manos sujetaba sus sienes y su mirada todavía estaba baja, hacia la mesa. Los ojos volvían a estar abierto, en un intento de ver algo. Pero nada, una oscuridad desenfocada hacía que no pudiera atisbar ni el más mínimo detalle. No ocurre nada que alguien como tú pueda solucionar, por lo tanto no quiero un puto inútil a mi lado que me está sobrado y molestando. Así que deja de ser un puto grano en el culo y de preocuparte por mí. Vete de mi despacho y déjame sola, ahora mismo ordenó.

Ahora sí que le habló de manera mordaz y sin cuidado de herir sus sentimientos. De hecho, en ese momento solo pensaba en herirlos para que realmente se fuese. Siempre había sido su mecanismo de defensa: herir y así todos se mantenían alejados. Abigail nunca le había hablado así a Alexander, no al menos desde que trabajan juntos en el Ministerio de Magia, pues obviamente en Hogwarts no cuenta.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Alexander Castlemaine el Mar Ago 13, 2019 7:42 pm

A pesar de que había notado cómo su cuerpo se tensaba bajo mi mano, ella permite que la guíe hasta la silla para inmediatamente después cubrirse el rostro inclinándose sobre el escritorio. No tenía ni idea de lo que le estaba ocurriendo, pero debía ser algo grave cuando la señora ministra ponía tanto interés en que me fuera del despacho. Llevo trabajando aquí el tiempo suficiente como para tener caladas las “estrategias” que usa Abigail cuando quiere dar por zanjada una reunión o quiere deshacerse de alguien para que la deje tranquila. Hasta ahora no la había visto usar ninguna de ellas con tan poco acierto y tan torpemente ¿Es que se piensa que soy gilipollas?

- No pienso irme hasta que no me cuentes lo que ocurre así que… si va para largo ve pensando qué quieres que pidamos de comer para que nos lo traigan -le digo tranquilamente, a diferencia de ella desplazándome por la habitación para ir directamente delante de nuestra nueva mascota, el señor Pinchitos, un cactus con forma claramente fálica acompañado de unas dos pequeñas bolitas pinchosas en su base obviamente formando los testículos. Si, fue esa peculiar forma que tenía la que me hizo comprarlo para regalárselo a Abigail. Me hizo recordar aquella metáfora que ella me dijo comparándose a sí misma con un cactus y bueno ¿acaso no le dije yo que algunos de ellos ocultaban sorpresas?

Fue en un viaje que hice con Diane, una especie de escapada romántica… Ni me explico cómo acabé comprando un cactus con forma de pene y sus acompañantes para regalárselo a mi jefa como souvenir. No es algo demasiado normal y mucho menos algo típico, pero me hizo gracia y como siempre busco chinchar un poco a Abi pues pensé que al menos original era un rato.


- Hmmmm el Señor Pinchitos está más verde… veo que le va bien eso de echarle los posos del café -añado, aunque presiento que hasta los culines de whisky de fuego que se quedan en el vaso van a parar también a su maceta. En fin… estamos llevando al Señor Pinchitos por el camino del vicio- ¡Wow! Tienes muchas ganas de que me vaya ¿eh? Has usado puto/puta tres veces en la misma frase… eso es un claro indicativo de desesperación -añado, mirándola de reojo y viendo como aún sigue ocultándose.

Así a priori lo único que se me ocurre que pueda estarle pasando es que quizás el gran jefe (aka Voldemort) esté también apretándole las tuercas con el asunto del secuestro perpetrado por los radicales. El asunto está resultando más complicado de lo que parecía al principio y encima se está alargando demasiado.


- Me niego a creer que te has puesto así por el numerito que ha montado el idiota de Perkins. Tú no eres así, Abigail -le digo, optando por coger la botella de whisky que ella tiene en el despacho y acercarme al escritorio también llevando dos vasos en la otra mano. Seguro que no hay nada que el whisky no pueda curarle a Abigail- ¿Te apetece un lingotazo? -añado dejando los dos vasos sobre la superficie de modo que el cristal suena al aterrizar sobre la madera maciza, sobresaltando un poco a Abigail ya que ella no lo ha visto venir literalmente-¿Pero qué diantres te pasa? Si es por todo esto del secuestro ya te he dicho mil veces que estamos haciendo lo correcto negándonos a cooperar con los radicales. No podemos ceder. Ellos tienen todas las de perder hagan lo que hagan...
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Abigail T. McDowell el Vie Ago 16, 2019 10:30 pm

Claro que tenía ganas de que dejase el maldito tema, se fuese a tomar por culo y la dejase en paz. Podía entender su preocupación y su tarea laboral de 'asistir' a la Ministra de Magia, hasta que ésta te dice que te vayas a la mierda porque no te necesita, por muy mal que esté. Ahora no tenía la entereza para discutir eso, pero iba a tener que dejar claros ciertos puntos, como por ejemplo que no necesitaba a nadie que abogase por su paz mental.

No le hizo mucho caso a la mención del 'Señor Pinchitos' porque ya bastante tenía con ver a ese cactus con forma fálica todos los días como para hablar de él en esta situación. Al menos había dado en el clavo: obviamente no se había puesto así por el imbécil de Perkins.

—No —respondió a lo del whisky.

Obviamente algo malo había: ¿McDowell rechazando su bebida favorita, perfecta para finales de reuniones como aquel? El único motivo para que eso pasara era que estuviese embarazada o que estuviese esperando el momento perfecto para irse ella mediante aparición, ya que Alexander no parecía querer irse. Sabiendo lo mal que se encontraba ahora, ansiosa por tranquilidad, como tomase whisky no le iba a afectar para nada positivamente en su despacho, en su compañía.

Pese a que hubiese tenido muchas dudas con respecto a cómo estaban actuando con los radicales, tenía bastante claro que estaban yendo por el buen sendero, por lo que no, tampoco era eso.

—Obviamente no es por Perkins. —Habló, todavía en su mundo, presionando sus párpados con los dedos de una de sus manos. —Ni tampoco por los radicales. Trato con Perkins y los radicales todos los días, Alexander. —Sonó tajante y cansada. —Y no necesito darte ninguna explicación de por qué quiero que salgas de mi puto despacho. Espero que lo recuerdes para la próxima vez. —Consiguió sonar serena y no perder los estribos.

Así que se levantó, se giró y cogió de detrás de su escritorio, en donde había una pequeña mesa, su abrigo y su bolso. Lo hizo todo rápido, de manera mecánica, somo si supiera de memoria en donde estaba todo perfectamente colocado. Y bueno, en realidad así era. Precisamente esas cosas sí que las tenía bien interiorizadas. Si le decías de ir al baño, lo mismo no tenía tan bien interiorizado el camino hacia allí.

Se puso el bolso sujeto en el antebrazo y se echó el abrigo encima del mismo lugar. Sin mirar a Alexander, se despidió:

—Buen fin de semana. —Pese a que era un deseo, sonó casi hostil.

Se desapareció sobre la marcha, apareciendo en su piso, justo en medio del salón. Lo corroboró cuando se agachó lentamente sin ver nada y pudo tocar la tela de su sofá, así como al de su alfombra. Soltó el bolso y el abrigo, quedándose de rodillas y derrotada. Sintió la cabeza de su perra cerca de ella, buscando el cariño de su dueña recién llegada y también escuchó a su elfo doméstico, Feto. Éste estaba sorprendido, pues jamás había visto a su ama así.

—Señorita McDowell... ¿está usted bien?

Y pese a que amenazaba con ser tan 'tocapelotas' como Castlemaine, era consciente de que ignorar al elfo doméstico sin funcionaría, pues él dejaría de preguntar.
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