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Ryan Goldstein el Jue Ago 01, 2019 11:53 am

01
El Interés Propio

Hora:Primeros rayos de sol
Día:El día después de luna llena
Clima:Frío invernal
Lugar:Bosque
Con:Adolescente  conflictivo

Era un grupo de tres que repartía volantes en una esquina del Callejón Diagón. La mujer pelirroja y regordeta de apariencia infatigable era la madre, acompañada de dos muchachos con rostros de un pálido nervioso que se esforzaban por colocarse a la par en su grado de empeño por hacerse ver, hacerse oír, frente a una masa indiferente de transeúntes, en un día húmedo y gris con nubes que presagiaban tormenta.  

Su nombre era Marie y salía a las calles desde la muerte de su hijo. Había aparecido en las noticias: el cadáver descuartizado de un hombre lobo fue encontrado en las inmediaciones del Valle Godric e identificado como Leonard Curie. En “El Profeta” lo publicaron casi al final del periódico, compartiendo la sección con una publicidad de lustradores para escobas. El titular lo ocupaban los recientes eventos que tenían a la comunidad mágica convulsionada por el miedo.

En el Ministerio no habían querido recibirla; las brujas y magos de Londres tenían ojos y oídos sólo para aquello que los tocaba de cerca, y eso era la amenaza real que representaban los radicales a sólo semanas luego de los ataques. Pero el odio y los problemas en el mundo mágico eran mucho más grandes de lo que se dejaba entrever y no se limitaban a los sucesos actuales de mayor dimensión mediática.

Marie Curie intentaba advertir a quien quisiera oírla sobre un grupo organizado que, cualquiera fuera su razón, perseguía y cazaba a los magos que presentaban esa ‘embarazosa’ condición conocida como ‘la afección de la luna llena’. Denunciaba a pleno pulmón la indefensión de un sector de la población mágica tratado a menos y en el que nadie reparaba, o por el que nadie sentía más que desprecio o profunda indiferencia dentro del clima de tensión que se respiraba últimamente.

—¡Vieja loca!

Marie quedó impactada por el repentino ataque y entreabría la boca sin comprender. Se dirigía a ella una muchacha con los ojos enrojecidos; colmada de ira, arrugaba uno de los volantes en un puño.

—¡Aquí han muerto magos!—gritó, y sólo entonces Marie comenzó a hacerse una idea de por qué su indignación. Estaba dolida. Hacía poco, el ataque de los radicales se había llevado a muchos consigo, muchos seres queridos. La muchacha, que no era más que una jovencita, se expresaba violentamente con el cuerpo, señalando lo que a su alrededor antes habían sido escombros, ‘bajas’, rostros de pánico—. ¿A quién le importan los hombres lobo? ¡Son tan peligrosos como los radicales! ¡Ojalá estuvieran todos muertos!

La gente había empezado a desviar la mirada, pero nadie hizo nada cuando la muchacha se enzarzó con la mujer pelirroja en un forcejeo. Quería tomar sus volantes y, presumiblemente, romperlos. Sólo los acompañantes de Marie se adelantaron a ayudarla, pero ella los apartó, especialmente al chico. Al hacerlo, soltó los volantes y la muchacha los arrojó por los aires, sacó su varita y los papeles comenzaron a incendiarse, deshaciéndose en cenizas bajo la incipiente llovizna que caía del cielo gris.

—¿¡Pero qué haces!?

—Déjala, Martin—Marie se interpuso en su camino—, ¡déjala irse!

—¿¡Pero por qué!?

Marie se arrodilló sobre el pavimento con la intención de recuperar un volante que de alguna manera escapó del destino de los demás. Había en aquel gesto una infinita tristeza.  

—Porque está de luto, como nosotros.

—¡No entiendo! ¡Ella…!

—¡Ella ha perdido a alguien, Martin!—exclamó la mujer, clavando en él sus ojos conmocionados—Como nosotros—repitió—. Está enojada y no sabe a quién echarle la culpa. No creo que sepa lo que dice—agachó la cabeza y buscó fuerzas en la foto de su hijo, enmarcada a un lado de la foto del incidente, un cuerpo destrozado por innumerables cortes—Sólo déjala irse.

La muchacha se iba, dándoles la espalda y arrebujada en su abrigo. Chocó contra un hombre en el camino y le lanzó una rápida mirada antes de escurrirse calle abajo. El mismo extraño se acercó a Marie Curie, protegido de la lluvia por un paraguas que era posible gracias a la varita que llevaba alzada en una mano. Ni a la mujer ni a sus acompañantes pareció importarles mojarse un poco. El cielo tronó y a su alrededor varios magos y brujas se dispersaron de la vía principal, apurándose por entrar a los locales.  

—¿Disculpe?

Marie levantó la mirada del rostro de su hijo y vio que le tendían una mano.

—Mi nombre es Ryan Goldstein.
 


*

Había historias sobre los bosques que rodeaban el Valle de Godric. La hora antes de ir a dormir estaba llena de sombríos relatos que hacían que los niños se escondieran debajo de las sábanas. Nidos de erklings, boggarts como “La Bruja del Caldero” que hervía a los niños antes de devorárselos, y cantidad de horrorosos personajes desfilaban por el imaginario de los locales.

Era también una reconocida reserva de criaturas mágicas, como el Bosque Prohibido en Hogwarts, pero que a diferencia de este último, acogía a todo aquel interesado que quisiera conectarse con la naturaleza, siempre con total responsabilidad y mientras que sus propósitos no desobedecieran ninguna ley mágica. Había incluso un vigilante forestal por la zona, el viejo Joe, del que se decía que estaba tan sordo como una tapia.

Al caer la noche, era posible sentir los estremecimientos que un aullido provocaba en el que supiera oír y se imaginara los colmillos sangrientos de los hombres lobos en luna llena. Desde hace algún tiempo el bosque había sido tomado por la constante presencia de hombres lobos, para disgusto de los pobladores del valle, pero últimamente, un pavoroso quejido animal durante las horas nocturnas hacía creer que algo terrible estaba sucediendo allí, que mantenía alertas incluso a las criaturas.

Pero de nuevo, sólo para el que supiera oír.

Fue durante las primeras horas luego de la noche de luna llena que Ryan se adentró en el corazón del bosque. Halló una pista de sangre y la siguió a través de la mata densa y misteriosa del boscaje tocado por el rocío. Hacía frío a pesar de los primeros rayos de sol. No estaba seguro de si la pista lo guiaría hasta algo real, cuando oyó las voces y el quejido de una criatura. Se acercó silenciando sus pasos con un encantamiento, y asomó la mirada por entre las ramas.

En el centro de un pequeño claro, dos hombres discutían. Uno de ellos, Ryan lo sabía, era el viejo Joe. No muy lejos de donde ambos entablaban un acalorado debate, otros hombres tiraban de un hipogrifo joven por medio de una cuerda y tenían problemas con controlar una maleta que se agitaba violentamente en el suelo y de la que salían por la tapa abierta alaridos de animal. En el lugar, se detectaban los últimos rastros de lo que debió ser un campamento improvisado.

—¡No te hagas el sordo conmigo, viejo! Has oído bien: ni una moneda más. ¿Quién te crees que somos? No voy a darte el puto bonus navideño. Tú sigue con la boca callada como hasta ahora.

El aire apestaba con el hedor a carne chamuscada. Habían arrojado a un fuego que ahora moría lentamente un saco de piel y huesos a medio carbonizar. ¿Qué hacer en aquella situación? Los hombres, presumiblemente carroñeros con propósitos clandestinos, se iban con una maleta que se le hacía sospechosa y en la que aparentemente querían forzar a una cría de hipogrifo a meterse dentro. El vigilante forestal estaba comprado y algo terrible había sucedido allí, se olía en el aire. Pero Ryan no quería simplemente capturarlos, quería perseguirlos y averiguar todavía más sobre sus actos ilegales.

¿Era eso posible si desaparecían? No, así que debía apostar a una situación de uno contra… Sí, cuatro, si contaba bien. Al menos, tenía bajo la manga el elemento sorpresa. Era en mitad de estos mismos pensamientos que se sorprendió a sí mismo con el avistamiento de algo inesperado. A tan sólo unos pasos, un segundo testigo del suceso le daba la espalda. Ryan actuó de inmediato y moviéndose con sigilo, y su varita apuntó a la garganta del desconocido. Rápido, en un gesto, le pidió silencio con un dedo en los labios. ¿Pero cómo le pides calma a alguien que lo tienes a punta de varita…? Ryan tenía que contar con el buen juicio de la otra persona.
Emme


Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Joshua Eckhart el Sáb Ago 03, 2019 10:42 pm

Las noches de luna llena eran desvelo y angustia, para los que eran como él. Esa noche la bestia era más fuerte y había costado domarla mucho más de lo que normalmente requería. Se preguntaba si tenía algo que ver lo que había sucedido en el pasado: había arrebatado la vida a una persona y, de alguna manera, el lobo había ganado una batalla muy importante en aquella guerra.

Lo normal era volver a casa y quedarse ahí dormido hasta que el malestar general pasara al menos un poco. Un hombre lobo desgarraba su piel y sus huesos se deformaban hasta crear la forma de una bestia, su sangre se intoxicaba y luchaba contra sí misma, por lo que era comprensible saber que había días de enfermedad tras aquella maldición.

Ese día no era normal. Había vuelto a casa con ayuda de su primo, pero había algo que lo estaba molestando y no le dejaba dormir. Tuvo que ponerse de pie sobre la cama: las rodillas le temblaban por ser incapaces de sostener su propio peso, pero se recompuso tan bien como pudo.

Caminó con dirección al baño y ahí tomó una poción para tratar de mejorar su sentir. Le costó admitir que no sintió gran diferencia, sin embargo, al menos, sus piernas ya no suplicaban sentarse un momento nada más sentir el peso del resto del cuerpo.

Se vistió para la ocasión, gorro de por medio y ropa larga para disimular su estado. Las malas lenguas decían que en el Valle de Godric habitaban bestias, y Joshua se negaba a ser descubierto por más ojos de los que ya lo conocían.

Cerró los ojos y apareció, mareándose momentáneamente por la debilidad de su cuerpo, y llegó a las calles de aquel poblado. Vio a lo lejos una escena que lo sorprendió, aunque de buenas a primeras no supo decir qué era lo que estaba sucediendo. No hasta que uno de los folletos, de esos escasos que sobrevivieron a duras penas la ira del fuego, llegó hasta sus pies.

Era la foto de un hombre que, se presumía, estaba desaparecido. La tinta se corrió con la lluvia, pero creyó leer que era un licántropo entre las letras impresas. Levantó la mirada a una madre descompuesta y herida que no removió ni un nervio de su pecho.

Sólo dio la vuelta y se fue.

***

Salió de la ciudad tan pronto había podido. Podían reconocerlo por la palidez de la piel o las ojeras bien marcadas en su rostro, o en general con la expresión que tenía de cansancio absoluto. Por no mencionar que su presentimiento no estaba en el poblado.

No podía darle nombre a lo que sentía. Era una especie de sensación en el vientre alto, como una ansiedad que lo hacía preguntarse si había olvidado algo o si tenía que hacer alguna cosa en los alrededores que no había concluido. Los pasos sobre la tierra húmeda lo llevaron a la cueva donde solía pasar sus transformaciones e, iluminando con su varita, no encontró nada, ni esta presintió algo.

Su varita siempre confiable había sido reemplazada por otra que tenía una personalidad más intensa. A veces Joshua la sorprendía sacudiéndose o soltando pequeñas chispas, o equivocándose a propósito del hechizo que quería utilizar. Si bien no siempre era así, solía comportarse de maneras extrañas en los momentos menos oportunos. Ni mencionar qué pasaba si estaba en contacto con la varita cuando pensaba en reemplazarla, pues se volvía loca.

Caminó sin rumbo fijo, decidiendo que lo suyo era tontería y que debía volver a casa a descansar como Merlín mandaba. Justo estaba por hacerlo cuando lo oyó, a lo lejos, voces. Todavía tenía los sentidos sensibles por la reciente transformación, así que fue casi poderlos escuchar a sólo metros de distancia.

Lo alarmó un ruido que no reconoció muy bien.

Decidió aproximarse hacia ahí, varita en mano, ocultándose tras un árbol cerca de la acción. Había una criatura que, a juzgar por su apariencia, debía ser un hipogrifo bastante joven. Tenía apenas semanas de haber salido del huevo, se atrevía a decir. Además de cuatro personas que tenían todas las intenciones de llevárselo contra su voluntad.

No había visto un hipogrifo adulto en los alrededores, así que se preguntó de dónde lo traerían.

Estaba pensando cómo lidiar con esa situación: su instinto animal decía que fuera con las metafóricas garras por delante, pero su yo humano sabía que lo suyo, y con su varita desconfiable, era un suicidio.

Su varita zumbó bajo aquel pensamiento, pero no fue el pensamiento lo que la inquietó. Apenas unos segundos después, sintió una varita al cuello y al girar se encontró con un rubio que le pedía silencio. Silencio sí, porque era necesario para que no lo descubrieran, pero… ¿y si ya lo habían hecho?

El espino reaccionó entonces, apuntando hacia el suelo, haciendo trepar las raíces del árbol más próximo a las extremidades, brazos y piernas, de aquella persona. Devastier era un hechizo simple, sin embargo, muy útil en situaciones así.
Joshua Eckhart
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Ryan Goldstein el Lun Ago 05, 2019 7:23 pm



El hipogrifo joven se rebelaba cada vez más alto contra sus captores y sus garras eran motivo de preocupación, pero lo estaban doblegando por la fuerza. El quejido herido del animal se oyó por encima del susurro quebrado de las ramas al enredarse violentamente contra un mago que no se esperaba el ataque. Había una densa capa de arbustos que los protegía de las miradas indiscretas. Ryan sería inmovilizado y enterrado en el anonimato del bosque sin que nadie lo supiera. El único fallo era que no era un mago desarmado.

Había caído al suelo y habiéndose incorporado a medias se quitaba las ramas como lianas de encima con mucha calma, arrojándolas lejos. No pudo saberlo, pero al caer, el hombre calvo que discutía con el viejo Joe reparó en cómo los arbustos se removían, fue sólo un vistazo, antes de volver a arremeter contra el viejo con el peor de los humores. Estaban a resguardo, sí, pero se trataba de algo precario. Desde donde estaba, que era la tierra, Ryan levantó la mirada y entreabrió la boca dejando escapar un pequeño suspiro. Tenía esa mirada, de alguien a quien no le gusta caerse de culo entre la hojarasca todos los días. No dijo nada, pero volvió a sellar sus labios.

Hubo un silencio de mutua evaluación, o al menos, Ryan guardó silencio y se tomó el descaro de recorrer a su atacante de arriba abajo. Había algo en su mirada que era como los rayos X. ¿Es que acaso a veces no daba la impresión…?, de que los ojos de ciertas personas podían leer nuestras decisiones, errores y motivaciones, como dígitos en un libro que en un lenguaje matemático representaba todas las escenas de nuestra vida que nos habían llevado a ser quienes éramos. No debía saber tanto ese hombre, si se había dejado tomar por sorpresa de esa manera. Pero en su misterio lo aparentaba, y todavía tenía posesión de su varita, así que entre ellos había una tregua.

—Mi culpa—
reconoció, en voz baja pero audible a pesar del rumor circundante—. Yo hubiera hecho lo mismo si… Bueno, no realmente. Tiendo a ser cauteloso. ¿Es una varita temperamental lo que tienes ahí?

El hipogrifo habría herido a alguien porque hubo revuelo.

—No lo hagas—Ryan seguía sentado, casi como si esperara un aventón, pero sus advertencias tenían un tono imperativo. Había seriedad en sus ojos—. Lo que vayas a hacer, no lo hagas.

Desde el suelo, le tendió una mano.

—¿Qué tal si te ayudo?

Si lo ayudaban a levantarse, lo agradecería.


***

El hombre petiso y calvo con el vozarrón enfadado era el que organizaba al resto. Escupió al suelo con repugnancia, a los pies del viejo Joe. Esa era su última palabra. No había más que hablar.

—¡Callen a ese maldito animal!—ordenó, volviendo a prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. Alzó la varita y lanzó un hechizo ensordecedor, que golpeó contra uno de sus hombres accidentalmente. Antes que culpar a su falta de puntería, prefirió desquitarse a gritos y rezongones—. ¡Su madre puede oírlo a kilómetros a la redonda, idiotas! ¡Hazlo tú!... ¡Y tú!—detuvo a un hombre esmirriado y pelirrojo al verlo ir derechito hacia los arbustos, con la intención de adentrarse solo en el bosque que los rodeaba—, ¿dónde te crees que vas? ¡Tsk!, ¡nos iremos sin ti!

Finalmente, condujeron al hipogrifo dentro de la maleta y uno de los hombres se internó con él en el descenso. Desde lo profundo se oían no solo los quejidos del pequeño sino de otras criaturas, como un eco lejano. Entre tanto, Bennie, se apresuró por miedo a que el jefe cumpliera su amenaza y halló un lugar apartado y escondido para soltar el vientre. Se desabrochaba el cinto, cuando lo tomaron por sorpresa y se hizo la oscuridad.

Sólo necesitaban de él un poco de cabello.



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Joshua Eckhart el Jue Ago 08, 2019 5:40 am

En el silencio que Joshua encontró incómodo, miró a aquel rubio antes de mirar por el árbol para percatarse de que no habían llamado mucho la atención. Justo después, notó unos ojos que quemaban, que escrutaban e investigaban ahí donde mirasen. Ojos que encontró sobrecogedores, desagradables, y se sintió desagradado en presencia de aquel hombre justo como lo haría un animal en presencia de alguien que sienten en el cuero que no es grato y los obliga a huir.

Durante ese momento, sin embargo, no había modo posible de que Joshua huyera. No podía, porque no le salía del pecho abandonar a esa criatura en una misión que encontró suicida. La cantidad de cosas que podían salir mal era catastróficamente enorme, pero se temía que era un riesgo que estaba dispuesto a correr.

Joshua notó dos cosas: al parecer, no estaba del lado de aquellos hombres. La segunda cosa es que parecía imperativo y con ese “Yo soy el líder” molesto que tienen casi todos los adultos.

¿Y qué si lo es? —respondió evasivo.

Pronto se distrajo por el revuelo que había causado el hipogrifo al herir a alguien, y levantó apenas un poco su mano cuando el otro interrumpió su hilo de pensamientos. Su varita zumbó, disgustada, pudo sentirla en la palma de su diestra. La izquierda seguía bastante débil como para ser útil con la varita por el momento.

No necesito ayuda —susurró sin mirarlo en principio, podía hacerlo solo. No, no podía, pero su orgullo y la reticencia que tenía a trabajar en equipo se lo exigían. Sólo lo miró cuando se dio cuenta que le tendía la mano, y un breve silencio se extendió entre ambos. — No —y se negó a ayudarlo.

Joshua, que era normalmente muy educado, había ocasiones en que se lo reservaba para sí mismo. No le gustaba que lo tocaran, y por eso es que en principio había atacado. Incluso el contacto de una mano era de pensarse para él.

***

La esperanza, viable en principio, de que la madre oyera a la cría terminó cuando le encerraron ahí abajo, dentro de la maleta, donde se había internado otro hombre en conjunto. Pudo detectar, sensibles los oídos, aquel rumor de gruñidos, gritos y rugidos de animales molestos por el confinamiento, y le vibró el pecho de molestia.

Al parecer el rubio tenía un plan, y tenía un modo autoritario de actuar, de hacer, que a Joshua no le gustaba. Su plan, por otro lado, no parecía loco del todo. Aparentemente llevaba con él un frasco con poción multijugos. Si Joshua era listo podría pretender, el mente malévola, que estaba de su lado para robárselo y ser él quien participara en aquel rescate. Sólo necesitaba tener la maleta al alcance de la mano y largarse con la velocidad de una aparición.

El otro tenía, si a Joshua no le fallaba el instinto, intenciones diferentes a las que él tenía. No estaba ahí por las criaturas, sino por otro motivo, motivo que a Joshua no le importaba lo más mínimo.

Cazaron a aquel hombre, el pelirrojo, desabrochándose el pantalón.

Joshua levantó su varita, temiendo que atacara por su cuenta, pero no lo hizo. Esperó hasta que su dueño conjuró, en voz baja, un hechizo que hizo que las raíces le atraparan por completo, ciñéndosele y enredándosele en el cuerpo, cara y boca incluidos.

De ahí, el pelo —habló consigo mismo, acercándose sigiloso como lo haría un animal en la naturaleza, el instinto hablando. Le arrancó un mechón, sin el más mínimo cuidado, y encaró al rubio, varita en alto. — Dame la poción, yo lo haré.

Todo era una locura. Era el salvajismo hablando. Enfrentarse con alguien mayor y más experimentado, atacar a lo que parecía ser un grupo organizado. Todo estaba mal, y Joshua, en el fondo, lo sabía.

Sé que tu intención no parece ser salvar a las criaturas y ya está —no lo sabía a ciencia cierta, mas era un presentimiento que no lo abandonaba. — Sólo tomaré la maleta y me iré, luego podrás hacer lo que quieras.
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Ryan Goldstein el Lun Ago 12, 2019 5:32 pm



No debía ser alguien que se dejara afectar fácilmente por el rechazo, porque le dedicó una sonrisa de pena que rayaba la comicidad y se encogió de hombros, no quedándole otra que levantarse por su cuenta. Fue como si un gigante se irguiera mientras que se le desprendían las hojas y ramitas. Había en su mirada un leve rastro de humor, pero sus pensamientos eran mucho más serios de lo que parecía.

Su primera impresión era que ese muchacho estaba allí con un propósito, algo que tenían en común. Observó el rastro de fatiga en el rostro antipático, y considerando el asunto que lo había llevado hasta allí, estableció rápidamente una relación y sacó sus deducciones. ¿Un joven arisco, mostrando visibles signos de agotamiento físico, presente en un bosque con fuertes rumores de hombres lobo merodeando en la zona y a la mañana siguiente a la luna llena? Se preguntó qué interés último podía tener en los carroñeros, y al mismo tiempo temía la respuesta. Estaba casi seguro que quería saltarles encima, y creía entender que el cuerpo del hombre lobo quemado en la fogata había sido alguien para él, tenía sentido.

—¿Eres un hombre lobo?


Lo preguntó sin andarse con rodeos mientras que se sacudía la tierra de las manos. Miraba fijamente queriendo percibir el estado de humor en el semblante de la otra persona. El tono era suave porque hablaba en susurros, pero incluso así podía notarse en su voz cierta delicadeza intencional. No podía culpar al chico por ser desconfiado, y sin embargo, Ryan tenía muy claro que la situación entre ellos no era debatible. Si se proponía arremeter contra los carroñeros, mejor que contaran con un plan. Después de todo, Ryan tenía sus propias intenciones, y no quería que la oportunidad se arruinara. Comprendiendo que el joven allí de la varita temperamental —seguramente, como su dueño—era alguien esquivo y porque contaban con poco tiempo, omitió ahondar en sus asuntos—asuntos que él creía que adivinaba—, y le hizo una propuesta.

—Quiero seguir a esos carroñeros—explicó, y sacó una petaca del bolsillo interno de su chaqueta—. Será fácil si me hago pasar por uno de ellos—Y enarcando una caja, añadió—: ¿Crees que podamos ayudar…?—Instintivamente, optó por cambiar de palabra, cambiándola por una que quizá no pusiera al muchacho a la defensiva—: ¿Cooperar?

***


¿Por qué no le sorprendía? Habían acabado enfrentándose después de todo. A punta de varita, su único posible aliado lo tenía a punta de varita. Habiéndose aprovechándose de sus recursos, le hacía una contraoferta poco conveniente. Había actuado a traición.

De nuevo, tuvo que resignarse, y alzó las manos en una silenciosa petición de tregua. El pelirrojo no podía moverse e intentaba visualizarlos de soslayo con sus ojos desesperados entre que se preguntaba qué estaba pasando. De la sorpresa, hasta se mojó un poco. Ninguno de los otros dos estaba mirando.

Ryan supo que iba en serio.

Desde el principio, el chico lo desconcertó al plantearle su presunta motivación para estar allí, pero no tenía tiempo para debatir. Le preocupaba que los demás carroñeros los sorprendieran en esa situación, o peor, se largaran sin más. Era crucial que pensaran que no tenían nada de lo que preocuparse. No podía dejar que el joven imprudente actuara independientemente y frustrara la persecución.

Oyeron cómo una voz impaciente llamaba el nombre de “Bennie”, y tomó una decisión. Asintió, aparentemente vencido por las circunstancias, y lentamente introdujo la mano en su chaqueta, pero no fue la poción lo que tomó. Se arrojó hacia un lado tirándose sobre la hierba, con la varita en la mano. Hubo un destello, y Bennie siguió sin saber qué estaba pasando.

Eso fue antes de salir de entre los arbustos.

—¡Ahí estás!—exclamó el jefe de malos modos—¿Quieres una jodida pedicura también?—En una mano llevaba sujeta la misteriosa valija mientras que se removía impaciente, Bennie se apresuró—¡Vente para acá!

No tuvo que repetirlo porque un graznido rompió el aire, todos lo oyeron y levantaron las cabezas. Un hipogrifo adulto caía en picada hacia ellos, con las garras por delante. El momento los tomó a todos a todos por sorpresa. Joe, el vigilante, corrió espantado alejándose del pequeño claro, pero de entre los carroñeros uno levantó la varita al cielo, se sintió un chasquido y unas sogas amarraron al robusto animal en el aire. Chilló y aterrizó forzadamente, derrapando y golpeándose contra la tierra. No fue capaz de volver a erguirse sobre sus patas.

—¡Una pena!

Pero no era por el animal, sino por el tiempo que el jefe se había expresado de esa manera. Tenía que olvidarse de esa oportunidad de caza. Dejaron atrás al hipogrifo, luchando en el suelo. Nadie hizo ninguna pregunta durante la marcha. Se movieron entre las hojas hasta detenerse frente a un árbol panzón de gruesas raíces y ubicado en un punto sombrío. Lanzando primeramente una mirada alrededor con un leve rastro de paranoia, el jefe se adelantó con la varita afuera, pero no hizo más que plantarse allí, a la espera.

—¡Wilson!—llamó.

Bennie ojeó disimuladamente a sus compañeros y observó que uno de ellos mantenía la cabeza gacha, concentrado en las manecillas del reloj en su muñeca. Debían estar esperando a que fuera “la hora”, pero desconocía los detalles. Bennie, que no Bennie sino Ryan, lamentó no poder sacar su propio reloj sin que ello captara una indeseada atención. Le incomodaba este cuerpo del que se había apropiado, pero cierto revoltijo de pelos del que estaba al pendiente lo distraía de forma que no pudiera pensar en nada más.

—Espere, jefe, espere… Ahora sí.

A la señal, el jefe golpeteó tres veces el tronco del árbol, y aunque en principio pareció que no sucedería nada, con un movimiento demorado y un chirrido, la corteza del árbol se resquebrajó hasta que delante de ellos se ensanchó una abertura por la que era posible caber siempre y cuando agacharan la cabeza. Una luz traslúcida emanaba del interior ahuecado del tronco. Los carroñeros se introdujeron por el orificio, y Ryan los siguió.



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Joshua Eckhart el Vie Ago 16, 2019 6:12 am

Había algo en ese rubio que le provocaba desconfianza. Era algo extraño, y estaba seguro que no era sólo su general asocialidad, sino algo que provenía del instinto animal que permanecía latente en su interior. Era cambiado desde el núcleo, por lo que no era de extrañar que permanecieran aquellos guiños más tiempo del que duraba una luna llena.

Por otro lado, tendría que equivocarse. La vida y la experiencia lo habían vuelto un tanto insensible al sufrimiento humano, así como al de un igual. Era un moratón en su pecho que había quedado después de lo sucedido en el ataque de los radicales que le atemorizaba ver en el espejo, no en la carne sino en sus ojos. Se preguntaba si sería capaz de reconocerse al mirar su reflejo, pero la respuesta le daba miedo.

¿Qué importa? —preguntó, evasivo, cuando le fue interrogado sobre su naturaleza.

Era así, y dudaba que cambiara en un futuro próximo, la confianza que tenía hacia el otro, que permanecía nula. Hasta donde Joshua sabía, podía ser uno de ellos y esperar el momento para darle caza y ponerlo en la hoguera. Podía olerlo, el aroma a carne calcinada y el humo del pelaje. También la sangre tenía un aroma particular cuando entraba en contacto con el fuego. Todo sobresaturaba sus sentidos, que eran sensibles.

La propuesta, por otro lado, le fue interesante. Encontró en ella una posibilidad de cumplir sus propios propósitos, las metas que se había predispuesto a seguir, que conllevaban a la toma de aquella maleta y la liberación del hipogrifo que guardaba en el interior, así como del puñado de criaturas que había oído lamentarse ahí adentro.

De acuerdo.

***

Habían colaborado, sí, durante la brevedad de aquel momento. Luego, Joshua se quitó la metafórica máscara del rostro y mostró sus verdaderas intenciones, que habían sido volverle la espalda y apuntarlo con la varita. Quería la poción, y hacer sus cosas sin interrupciones. Si bien se decía fácil, en el fondo, él sabía que no lo era del todo.

Debió haber previsto que aquello parecía demasiado fácil para ser verdad. Complicado, eso sí, si uno consideraba que la bestialidad y el impulso estaban hablando más alto que la razón.

***

Fue el reflejo de un hechizo y él intentando protegerse, la varita había reaccionado bien pero no a tiempo, pues había acabado recibiendo el impacto de lleno. Esperó muchas cosas, y se temió el resultado, pero en cuestión de segundos se dio cuenta de qué tipo de hechizo era. No era uno dañino ni pretendía, en principio, lastimarlo, sino que lo había reducido al tamaño de una rata, lo supo en cuanto observó los árboles que llegaban tan altos como el cielo, y el tamaño del rubio.

Vio su mano acercarse y, aunque se defendió a punta de mordida, pues la varita se había consumido como el resto de sus pertenencias en algún plano extraño al que pertenecía la magia al transformarse, no consiguió evitar que le tomase y todo se volvió oscuridad.

No, no lo había aplastado hasta hacerle perder la conciencia, sino que se vio pronto encerrado en el claustrofóbico bolsillo de aquel hombre. Ahí contempló su situación: era un bicho pequeñísimo metido en un bolsillo, tomado como rehén por aquel rubio con cara de patán.

Podía escuchar, ahí fuera, todo el jaleo y las voces humanas que comprendía con una razón ofuscada por la naturaleza roedora que se le había sido implantada a la fuerza. La parte que seguía siendo Joshua resolvió por revolverse e intentar escapar de aquel lugar con desesperación, mordiendo tela y dedos, lo que fuera que se cruzara en su camino, con la fiereza que tiene el lobo y no un hámster.

Aquello no le gustaba y, por primera vez durante el día, consideró que quizá se había equivocado al salir de la cama para el Valle de Godric cuando ya estaba descansando plácidamente.

Ya no había marcha atrás.

Sintió en el cuerpo el cambio que provoca cuando uno pasa un traslador o una red flu: era una opresión en todo el cuerpo al cambiar geográficamente de lugar, y lo aturdió el ruido citadino que, si bien estaba acostumbrado, no terminaba de gustarle.
Joshua Eckhart
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Ryan Goldstein Ayer a las 7:54 am




La Ciudad Ambulante era como la llamaban, The Moving City o The Awakened City, entre otras referencias a su naturaleza itinerante —nunca se la encontraba en el mismo lugar— y al movimiento incesante que hacía que aquella pesadilla de neón cobrara vida sin conocer el descanso. Era siempre de noche en la ciudad que no duerme, pero las luces de la calle principal herían la mirada. Esta se abría a los laterales en calles más angostas por las que era posible deslizarse hacia oscuros callejones, húmedos y malolientes, hasta que en algún punto estos terminaban y más allá no había nada, sólo un inmenso vacío del que la ciudad de neón era la única antorcha que sostenía una llama.

Aquel no era como ningún otro lugar, Ryan lo sabía, aquel era un lugar peligroso. Era un lugar donde la magia de la ilusión levantaba muros a través de los que hacía falta saber moverse a menos que uno quisiera perderse entre sombras acechantes de extravagante silueta. Una oleada de confusión, música estridente y gemidos lo golpeaba a uno en la cara, como el mal aliento o el hedor de un riachuelo estancado que trae el viento, entre seductoras fragancias y cálidas promesas a cambio de dinero. Eso era lo que le daba vida a la ciudad, el dinero. Allí sólo se podían ser tres cosas, cliente, vendedor o mercancía. Y nunca se podía estar muy seguro sobre los dos primeros.

Habían tenido que detenerse frente a la mirilla de una puerta trasera antes de que los guiaran a través de las lóbregas paredes de un calabozo que hacía sentir en la carne lo que eran la suciedad y la miseria y sobre el que se había construido “La Jaula”, un estadio multitudinario en el que se apretaba un público indeseable para presenciar una lucha a muerte tras otra, en la que exóticas criaturas eran las protagonistas de un agónico final. Lo que Ryan vio a través de los barrotes de las celdas fueron criaturas en cautiverio que eran explotadas como una forma cruel de entretenimiento para una mujer que se beneficiaba lucrativamente de ello, y según lo que llegó a entender del breve intercambio de palabras a su alrededor entre hombres que lo tomaban por alguien diferente, su nombre era “The Ringmaster”.    

Durante la marcha, Ryan tuvo que cuidar de su andar al caminar, e intentó imitar un paso desgarbado y enclenque. Hubo de hacerlo de esta manera desde que uno de sus compañeros lo señalara con una carcajada porque “Mira cómo camina, el muy señor, ¿desde cuándo enderezas tú la espalda?”. Era una de las trabas al camuflarse, ser atrapado por un gesto o acción que llamara demasiado la atención. No sabía quién era el hombre que había abandonado en el bosque, pero al parecer, sus compañeros no hablaban mucho —lo cual, era una ventaja— y se limitaban a ser hoscos entre sí y soltar carcajadas sin gracia. Pero su propia situación se le pasó por alto cuando atestiguó los rostros apagados y los cuerpos maltratados que eran prisioneros.    

—¿Cuál es tú hombre?

Se impusieron con un timbre en el que se evidenciaba el desprecio. Los hombres del Ringmaster querían evaluar la mercancía y ponerle un precio, y ello les llevaría un rato. Entre tanto, el guía hizo una petición al jefe de los carroñeros. Lucía como un viejo lobo de mar que sabe leer todas las mañas. Era un hombre entrado en edad al que empezaban a salirle las canas, de pelo largo y grasiento; Ryan no pudo evitar notar que usaba un traje de segundo mano que, en su tiempo, habría sido lo último en elegancia. Tenía verrugas en las manos y en la nariz, y al hablar su boca se torcía en una mueca de puro asco.

Habían estado hablando por el camino que estaban en necesidad de alguien que lidiara con una criatura herida en una de las celdas o por el estilo, alguien que tuviera una buena mano para… Ryan sólo había cazado de a oídas fragmentos de la conversación. Se sorprendió enormemente —aunque hizo bien en no demostrarlo— cuando lo señalaron a él, pero se mantuvo en su papel. Siguió al guía, quien lo apartó del grupo, y luego… Empezaba a sentirlo, el picor en la piel, ¿tan pronto? No, no le extrañaba. Ni la cantidad de la poción había sido suficiente —lo supo en el momento, e igualmente tomó el riesgo— ni la preparación debía ser de calidad. Eso era lo malo de comprar a último momento a vendedores poco fiables. Aunque actuó extraño, su guía no lo notó. Simplemente le hizo una indicación para que siguiera solo, y Ryan, queriendo desentenderse de la situación lo antes posible, se alejó sin siquiera saber qué era exactamente lo que querían con él o por qué.

El guía desapareció doblando una esquina y en ese momento Ryan se escondió en una celda abandonada con la puerta rota. Sufrió el cambio de la transformación entre gemidos ahogados que se extendieron disimuladamente en la prolongación de un eco susurrante. Había sido innecesariamente doloroso —lo que sucede, cuando no se licua correctamente la poción, maldición—, pero le sobrevino un suspiro de alivio cuando todo pasó. Se tomó un momento antes de recordar a su pequeño amigo, y no porque se hubiera olvidado de él, o porque no se hiciera notar lo suficiente a pesar de su reducido tamaño “de bolsillo”. Sobre el segundo piso de una cama oxidada y destartalada de hierro fue que Ryan soltó al roedor, sin andarse con cuidados. Lo liberó, sabiendo que no tenía escapatoria. Era una pequeña crueldad de su parte. Lo siguiente, fue hablarle “cara a cara”, de hombre a rata. Puede que lo hubiera transformado en una rata, pero sabía que recordaría sus palabras, ¿o eso creía? Sabía que los magos transformados perdían la consciencia de sí mismos, de su humanidad, si permanecían bajo el hechizo durante una exposición prolongada, y que los efectos variaban según el mago o la bruja.  

—¿Tengo tu atención ahora?—
Se desvestía. Quería deshacerse prontamente de esos andrajos que tenía puestos, y lo hizo con el desquite de alguien que no espera por quitarse la peste de encima. Había caminado hasta allí con los pantalones mojados de un tipo al que no conocía de nada, ¿acaso no hablaba eso de su compromiso con las circunstancias? No podía decirse lo mismo del chico, y Ryan, en situaciones desesperadas, no se andaba con muchas vueltas. Iba al grano—. No tuvimos tiempo de las presentaciones, así que seré rápido. Estoy aquí porque quiero saber qué pasó con tus amigos, los hombres lobo. Y liberarlos, si siguen vivos. Tienen familiares que se preocupan por ellos. Tú, has demostrado ser poco útil—remarcó, para añadir de inmediato, contundente—: y una carga.

De una sacudida de varita, su desnudez, que era completa, impúdica, y otros dirían “apetecible”, volvió a cubrirse bajo un nuevo e impecable conjunto, casual y con un abrigo beige cayéndole hasta los talones y recalcando que, ése, era un tipo alto. Se detuvo un momento con las manos en los bolsillos y notó algo en el bolsillo izquierdo, y al sentir al tacto de qué se trataba, se sonrió, con una idea perversa. Volvió a sacar la mano con un maní —solía llevarlos en ese abrigo, para masticar algo, y le gustaban demasiado los frutos secos y las nueces—, y sin decir nada, se acercó y tentó a su amiguito con una probada, interesado en ver cómo se comportaba.

—Pero no soy tu padre—
susurró—, o nada tuyo, así que no tengo por qué hacerme responsable de ti. No me importa lo que pase contigo, esa es la verdad. Por alguna razón, has tomado la decisión de que tienes que estar aquí, ¿no es eso verdad? Hubieras seguido a aquellos hombres a cualquier sitio—observó, convencido—. Pude dejarte allá, en el bosque. Pero no lo hice—A esas alturas se preguntó si en verdad el pequeño ratoncito entendería, puede que no, pero siguió hablando, queriendo toquetear las mejillas suavecitas mientras lo hacía, por cargoso sin duda—. Respeto tu coraje, y por eso estás aquí, aunque no puedo decir que me gustes del todo. Porque tienes una de esas caras… de esas personas que actúan por su cuenta y por su propio beneficio, sin pensar en las consecuencias.

Dio un paso atrás y levantó la varita, y donde había una rata, se hizo un adolescente.

—Piensa rápido—
dijo, sin dejar de apuntarle— Estás conmigo o por tu cuenta.  



Ryan Goldstein
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