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Opus Tenebrae. —Caleb Dankworth.

Abigail T. McDowell el Jue Ago 01, 2019 11:46 pm

Opus Tenebrae. —Caleb Dankworth. Z3ATGfm
Rusia, mercado mágico | 03/08/2019 | 19:32h | Atuendo

La visita de Abigail a Rusia había surgido por una razón totalmente política. El nuevo jefe del Departamento de Relaciones Internacionales del Ministerio de Magia ruso, antiguo conocido de la pelirroja, le había pedido una cita formal para hablar de ciertas cosas. En un principio había intentado escurrir el bulto hacia a su asistente Castlemaine, el que mejor se encargaba de esos temas, pero rápidamente Mijaíl Pávlov le insistió en que no iban a ser acuerdos oficiales y que todo iba a ser mucho más privado, que prefería hablar con la Ministra de Magia en persona. La verdad es que no le dio muchos detalles, pero no perdía nada por asistir a la cita y ver qué cosas se traía entre manos.

No iba a mentir: no tenía nada de ganas de ir a Rusia ese fin de semana. Desde que le había tocado vivir las consecuencias de una maldición, en apariencia sin cura, no es que su humor estuviese en su mejor estado y eso que ya Abigail destacaba por tener el humor en el centro del orto. Además, desde hacía unas pocas semanas había empezado a notar síntomas de la maldición y se sentía torpe e inútil, pero lo que más rabia le daba de todo era sentirse dependiente.

Así que en un intento de intentar normalizar su vida, pese a que podría morir en los próximos seis meses, decidió ir. En muchas ocasiones pensaba que por qué no lo dejaba todo y se dedicaba expresamente a vivir lo poco que le quedaba, pero esa no era Abigail McDowell. Ella se negaba a aceptar ‘su fin’ de esa manera tan patética y estaba segura de que si buscaba, podría encontrar una solución al problema.

Y ese fue otro de los motivos de que visitara Rusia: acudir a los expertos en maldiciones en busca de alguna solución, pauta o remedio que pudiese alargar más el proceso.

El viernes había tenido la cena con Mijaíl Póvlov, por lo que el sábado lo iba a dedicar a esa búsqueda, aprovechándose de contactos para dar con alguien en el que poder confiar. Cabe añadir que la pelirroja no dejaba cabos sueltos con respecto a su maldición y que no iba a permitir que nadie que se enterase, porque ésta le pide ayuda, pudiese soltar de manera pública que la ministra de magia británica estaba maldita, sin una cura a la vista. Así que a todos les hacía firmar un contrato de sangre, en donde si decía alguna palabra de lo hablado con ella o relacionado con ella, terminaría muy mal. No muerto, teniendo en cuenta que la muerte estaba detrás de la puerta de Abigail, había decidido obsequiar a un traidor chivato con una vida inútil; una maldición en donde no pudieras hacer nada.

El propio Póvlov le había dicho que en el mercado ruso de magia, una especie de Callejón Diagón, tenía un contacto que trabajaba específicamente con maldiciones. No las hacía, en principio, sino que se encargaba de los objetos malditos y cualquier otro tipo de consecuencia de una maldición. Abigail, con toda su buena intención, había ido al mercado ruso, viendo ya allí a muchos entusiastas comprando sus cosas para ir a Koldovstoretz en apenas un mes. Pese a su buena intención, eso sí, le era imposible descifrar los nombres de las tiendas, pues el ruso no era precisamente uno de los idiomas que dominase. Tenía una idea vaga gracias a todo lo que había aprendido con Caleb, pero evidentemente no podía encontrar “Tienda contra las maldiciones y objetos malditos” porque no sabía qué clase de jeroglífico correspondía con dichas palabras.

El ruso siempre le había parecido un dolor de cabeza.

Al final, preguntando en inglés había conseguido dar con la tienda. Se pasó en el interior una media hora, pero se hubiera pasado mucho más tiempo si el dependiente no supiese algo de inglés. No consiguió nada que ya no supiese, por lo que tras hacerle firmar el papel y metérselo en el bolsillo interior de su chaqueta bien doblado, salió de allí. Su intención era seguir buscando, pues el tipo con el que acababa de hablar le dio otros nombres, pero ni tiempo tuvo a ordenar sus prioridades, pues de repente escuchó una voz familiar.

—¿Abi? ¡Mira papá, es Abi! —La pelirroja miró hacia donde lo había escuchado, viendo a una niña de cabello rubio correr hacia ella, abrazándose a su pierna. —¡Abi!

Vio a Caleb caminando tranquilamente atrás, a lo que Abigail no pudo evitar pensar qué cuántas probabilidades había de que eso ocurriese en Rusia. Rusia era enorme. Intentó actuar con normalidad pese a que no tenía muchas ganas de dar explicaciones de qué hacía allí; quería llevar lo de su maldición con toda la discreción posible. Así que aprovechándose de que Grace Dankworth era la única niña pequeña que Abigail soportaba, se agachó para saludarla.

Cuánto tiempo, Grac… Y antes de terminar la frase, ya la niña le había abrazado.

No es que la pelirroja hubiese sido una madre para ella, pero había pasado mucho tiempo con la pequeña cuando no era más que un bebé.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Ago 02, 2019 1:41 am

Seguramente otros padres considerasen que llevar a su hija de casi cuatro años a acompañarle a comprar ingredientes para pociones malditas al equivalente ruso del callejón Knockturn, pero Grace ya conocía esas callejuelas oscuras perdidas en una de las zonas de reputación más baja de Rusia perfectamente.

Vestida casi entera de rosa, como solía exigir (en las ocasiones en las que la cuidadora o el propio Caleb habían intentado vestir a la niña con ropa de colores menos llamativos, su pataleta había amenazado con estallarles los tímpanos a todos los ocupantes de la mansión), Grace llamaba la atención más que nadie en todo el callejón. Se deleitaba con las miradas curiosas que le dirigían algunos personajes de reputación cuestionable, orgullosa de ser el centro de atención.

Caleb a menudo se preguntaba de quién había heredado una vena tan diva su hija. Su madre siempre había sido tímida, y él propio Caleb... bueno, no podía mentir y decir que no pecaba de vanidoso, pero había una clara diferencia entre los aires extrovertidos de su hija y los suyos.

¡Papi, mira esa calavera! —Grace señaló una calavera expuesta en uno de los escaparates de las tiendas a su derecha. Era negra, y claramente no humana. De licántropo, tal vez. —¡Cómpramela!

¿Para qué quieres una calavera?

A ti te gustan.

Touché, pero Grace no estaba todavía en edad de seguir los pasos de su padre. Aún quedaban muchos años para que Caleb comenzase a entrenarla en las Artes Oscuras, y en comprobar si a Grace le gustaban las calaveras por la misma razón que a su padre. A Caleb no le gustaba simplemente obtenerlas como objeto macabro de decoración; le gustaba ser él mismo quien le arrebatase esas calaveras a sus víctimas, minutos después de haber escuchado sus últimos gritos de dolor bajo las maldiciones y torturas que Caleb con tanta destreza les hacía sufrir.

Hemos venido a por ingredientes de pociones, Grace, nada más. —Caleb fue capaz de sentir la pataleta de su hija antes de que ésta llegase a modo de agudos chillidos y protestas, y actuó rápidamente al respecto. —Te comprare esa muñeca que tanto querías.

Quiero dos.

Caleb resopló, pero no pudo más que sentirse orgulloso de su niña. Sabía lo que quería.

No había llegado todavía a la tienda donde debía comprar todos los ingredientes de contrabando que necesitaba para las pociones que pretendía preparar en unos días cuando Grace de repente salió corriendo de su lado para ir con alguien que acababa de salir de una de las tiendas.

El mundo se detuvo para Caleb en cuanto vio a Abi allí.

Hacía ya más de año y medio que su relación con Abi se había acabado. Más de año y medio sin ella, y con cada día que pasaba más convencido estaba Caleb de que no podría soportarlo. Había sido la razón por la cual había aceptado tan precipitadamente abandonar su puesto como Jefe de Accidentes y Catástrofes Mágicas en Londres para acudir a espiar en Rusia cuando se le presentó la oportunidad; no se creía capaz de permanecer en un sitio en el que vería a Abi todos los días, pero en el que no podía tenerla. No podía dormir en la cama que había compartido con ella y ni sentirla a su lado al despertar.

Era un imbécil, y lo sabía. No debería sentirse así. Estaba seguro de que Abi no se sentía así.

No sabía cómo leer la expresión de Abi cuando se vieron el uno al otro. A Caleb le dio la sensación de que el tiempo se congelaba, de que los segundos se transformaban en horas, pero por fin consiguió salir de su estado de ligero shock y se acercó, esbozando una cariñosa media sonrisa mientras caminaba hacia su ex novia y su hija. Le enterneció ver a Grace aferrándose a Abi como un koala.

Te ha echado muchísimo de menos —dijo, refiriéndose a la niña, aunque eso era obvio. —No esperaba verte por aquí.
Caleb Dankworth
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Vie Ago 02, 2019 1:14 pm

La expresión de Abigail cuando vio a Caleb acercarse a ella era, prácticamente, inexpresiva. Quizás hubiera mostrado algo de alegría a verlos allí porque, bueno, por mucho que fuesen ex-pareja siempre habían sido muy buenos amigos y, quiera admitirlo o no, casi que parecían hechos el uno para el otro. Y no se iba a poner dura: le echaba de menos. Había pasado mucho tiempo a su lado como para sencillamente olvidarse de él. La diferencia, claramente, es que Abigail se auto-convencía de que no lo necesitaba. Sin embargo, el hecho de estar en la situación en la que se encontraba hacía que no se le apeteciera en absoluto encontrarse con personas cercanas, mucho menos Caleb y Grace, con quienes compartía indudablemente un vínculo más especial.

No le apetecía tener que dar explicaciones y, por supuesto, menos le apetecía tener que mentir. No había mentido nunca a Caleb, pero sabía que en esta ocasión debía de hacerlo porque sabía muy bien cómo era su ex novio y cómo se pondría de enterarse de lo que ahora mismo pasaba en la vida de la pelirroja.

Aún de rodillas frente a Grace, dejaron de abrazarse.

Qué grande estás, y qué guapa. Le ladeó una sonrisa, tocando ‘sorprendida’ la falda rosa que llevaba con los aires de diva que parecían rodearla por completo. Casi que pedía a gritos ser el centro de atención, cosa que a Abi le encantaba.

—Lo sé. —Respondió, altanera y divertida, pero con una timidez propia de su edad. —Tú también estás guapa, Abi —respondió Grace.

Yo también lo sé. Y tras guiñarle un ojo y acariciarle el pelo, se puso de pie, notando como la niña no dejaba de abrazarle la pierna.

Entonces la pelirroja prestó atención a Caleb, quién declaraba que su hija le había echado de menos y, sobre todo, lo más evidente: que no esperaba verla en Moscú, saliendo de una dichosa tienda de especialistas en maldiciones. La verdad es que le daba un poco de rabia, pues ese reencuentro podría haber sido muy diferente si ahora mismo no estuviese pensando todo el rato en ocultar sus verdaderos motivos de estar allí.

Podría haber bromeado con que si él no la había echado de menos también, pero tal y como estaban las cosas entre ellos y el motivo de la ruptura, decidió no echar leña al fuego.

Imagino respondió, soltando aire por la nariz. Yo tampoco esperaba estar por Moscú el fin de semana. Un antiguo contacto del departamento de relaciones internacionales quería tener una reunión conmigo y he venido casi de imprevisto. Me voy mañana. Era fácil relativizar las cosas y tomar como referencia que Caleb se refería a ‘aquí’ como Rusia y no como a específicamente al mercado en el que se encontraban. Había intentado llevar la conversación por donde le convenía. He intentado aplicar mis conocimientos limitados de ruso para darme a entender, pero creo que tus clases han sido totalmente inútiles.

No era un secreto que el ruso se le daba mal—y que lo pronunciaba de pena—, por no hablar de que unas clases que terminaban con profesor y alumna en la cama no solían ser muy productivas ni tenía mucha opción de retener información.

¿Y vosotros? ¿Estás enseñándole a Grace las cosas para que vaya eligiendo sus enseres para cuando entre a Hogwarts? preguntó, mirando hacia abajo para ver como la niña le devolvía una amplia sonrisa. Ya la imaginaba teniendo una conversación con Caleb de por qué no había una casa en Hogwarts que fuese de color rosa. ¿Os va todo bien por aquí? añadió, volviendo a posar la mirada en él.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Ago 02, 2019 6:37 pm

¿Debería enseñar a su hija a ser un poco más modesta? Por supuesto que no. La personalidad de Grace era fuerte y decidida, y Caleb no pretendía corregir ninguna parte de ella. Le hizo gracia cuando su hija respondió al cumplido de Abi diciendo que ya sabía que estaba muy guapa, y las escuchó hablar entre ellas mientras él permanecía en silencio a un metro de distancia.

Grace no había dicho ninguna mentira; Abi estaba guapísima. Como siempre. Sin embargo, Caleb no pudo evitar notar que había algo distinto en ella. Cierto cansancio, cierta palidez que antes no solía estar ahí. No sabía si tal vez se debía tal vez a una mala noche, a una gran carga de trabajo en su puesto de Ministra, o al mal clima ruso de ese día.

No mencionó nada de aquellas observaciones, y se limitó a expresar su sorpresa al verla allí. Escuchó la respuesta de Abi, y no pudo evitar sentirse un poco molesto de que no le hubiese avisado, por muy imprevisto que hubiese sido el viaje, de que iba a estar en la misma ciudad en la que él ahora vivía desde hacía un año… aunque tal vez habría sido un mensaje incómodo, tanto para Abi como para él. ¿Qué habrían hecho, de haber sabido que Abi iba a estar allí? ¿Preguntar si podían verse? ¿Quedar a tomar algo?

No te las tomabas nada en serio —protestó Caleb cuando Abi dijo que sus lecciones de ruso no habían tenido éxito. Su hija, sin embargo, casi hablaba mejor ruso que inglés ya. Caleb se estaba esforzando en que la niña no perdiese su lengua materna, sin embargo.

En aquel momento Grace no parecía estar teniendo ningún problema para hablar inglés, sin embargo.

Papá me va a comprar tres muñecas —dijo la niña todavía agarrada a la pierna de Abi como si le fuese la vida en ello.

Dijimos dos, Grace.

¡Dijiste tres! Abi, dile a papi que no mienta. Dijo tres.

Si era así a los cuatro años, Caleb temía imaginarse cómo sería cuando tuviese quince. Miró a Abi, intentando estar serio para mantener un semblante de autoridad ante su hija mientras discutían el tema, pero al final no pudo evitarlo y una sonrisa divertida se e escapó antes de poner los ojos ligeramente en blanco.

Antes de las muñecas pretendía que le comprase las calaveras de licántropos de ese escaparate —dije, indicándole a Abi la tienda que estaba justo al lado de la tienda de la que ella había salido. —Venía a por unos ingredientes para unas pociones. Esta es la mejor calle para encontrar ciertas cosas. Por muy legales que sean las Artes Oscuras en estos países a veces es difícil encontrar lo que quieres. —Caleb miró entonces la tienda de la que había salido Abi. Una tienda que Caleb conocía muy bien, especializada en maldiciones. Más de una vez había acudido a ella. —¿No encuentras lo que quieres en Inglaterra?

¿Te quedas hoy con nosotros? —preguntó entonces Grace. —Nuestra casa es muuuuuuuuy grande.
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Abigail T. McDowell el Sáb Ago 03, 2019 2:43 am

Es usted un mentirosole reprochó a Caleb cuando Grace le pidió apoyo femenino.

Abigail no tenía ningún problema en cuanto a malcriar a la niña, por lo que cumplirle esos caprichos entraba entre sus cosas favoritas que hacer con un niño pequeño. A decir verdad, Abi nunca había tenido una actitud dulce, sobreprotectora o tierna hacia Grace. Abi había seguido siendo Abi, pero en modo 'tratar con un niño', lo cual suavizaba las cosas porque por mucho que cagasen y llorasen, al menos no habían desarrollado la habilidad de ser gilipollas, como la mayoría de los adultos.

Era una de las muchas ventajas de que no fuera realmente tu hija y luego lo fuese a criar la otra persona, que lo conscientes más de lo que deberías. Y bueno, tampoco es que Abigail se fuese a llevar algún premio por su maternidad cuando evidentemente estaba más perdida que nada. Siendo literales, ya ni existía.

Su mirada se dirigió hacia la calavera de licántropo, la cual para ser una calavera era bastante estética. Quedaría bien si por algún casual—que no es el caso—coleccionase calaveras.

¿Y seguro que no prefieres la calavera a tres muñecas? Seguro que no tienes ninguna calavera pero sin embargo tienes muchísimas muñecas… Intentó que Grace volviese a cambiar de opinión, viendo de reojo la mirada de reproche de Caleb.

Se pudo ver como Grace entraba en fase de confusión, separándose de la pierna de Abigail para acercarse un poquito a la tienda de la calavera y observarla con detenimiento, probablemente pensando si dicha calavera valía el precio de tres muñecas. Seguramente también pensase que dicha calavera, quizás, podría ser el nuevo villano de sus dramas con las barbies.  

La pelirroja volvió su atención hacia Caleb, quién sin dar detalles de cómo les iba la vida en Moscú, habló de lo que hacían allí. Cuando metió en la conversación a la tienda de maldiciones, se limitó a encogerse de hombros. Por suerte su puesto como Ministra de Magia le hacía muy fácil el inventarse excusas. Que ojo, tampoco eran tantas excusas teniendo en cuenta las cosas que pasaban en Inglaterra últimamente...

Sí, ha habido problemas con respecto a maldiciones en Inglaterra y estamos intentando estudiar el caso. Y Grace hizo de nuevo acto de aparición, ofreciéndole una cama en su mansión. Antes de contestar miró de soslayo a Caleb, pues estaba claro que una niña de apenas… ¿cuatro años? podría entender que compartir casa entre dos personas como eran Abi y Caleb lo mismo podía ser un poco explosivo, pues pese a que las cosas hubieran terminado ‘bien’, en realidad habían terminado muy inconclusas. Era normal que Caleb no quisiera presionar a Abigail sabiendo como era, por lo que habían quedado muchas cosas en el aire que, al menos a la pelirroja, no le apetecía abordar ni ahora, ni esa noche, ni nunca a poder ser. Huir de esas cosas siempre era la mejor opción. No, Grace, yo tengo una habitación muy grande en un hotel también muy grande. Estoy bien. Y dejó de mirar a la pequeña para mirar a Caleb.

En realidad estaba muy lejos de estar bien.

—Pues no me parece bien —dijo Grace, mirando entonces a su padre mientras tiraba de sus pantalones, para captar su atención. —Papi, convéncela de que se quede en casa. Podemos hacer fiesta y comer chucherías.

Y de nuevo la mirada de Caleb y Abi se encontraron, en donde la pelirroja negó con la cabeza. No pensaba quedarse en esa mansión, pese a que las intenciones fuesen puras y desinteresadas.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Mar Ago 13, 2019 10:35 pm

Caleb miró a Abi con ligero reproche cuando la pelirroja animó a Grace a que pidiese la calavera de licántripo y no las muñecas que su padre le había prometido. Grace idolatraba a Abi; ahora que era ella la que había dicho que la calavera era mucho mejor no habría fuerza alguna sobre la faz del planeta que fuese capaz de convencer a la niña de lo contrario.

¿Por qué me odias? —preguntó Caleb a Abi, resignado a que habría una calavera de licántropo colgada de decoración en el dormitorio de su hija pronto.

Escuchó lo que Abigail le dijo sobre que había habido problemas con maldiciones en Inglaterra y frunció el ceño, pues no le había llegado ningún tipo de noticia al respecto. No todos los magos ingleses expatriados tendrían por qué enterarse de las crisis de maldiciones que ocurrían en su país, pero dado que Caleb estaba en Rusia con condición de espía le parecería lógico ser puesto al tanto de ese tipo de cosas, sobre todo si podía haber soluciones en ese país que no estaban siendo encontradas en Inglaterra.

¿De qué tipo de maldiciones se trata? Tal vez pueda ayudarte. —Entre que tenía un hermano que se dedicaba a romper maldiciones profesionalmente (y a crear muchas más por diversión), y las tendencias familiares que había entre los Dankworth con experimentar con las artes más oscuras del planeta, había pocas maldiciones que a Calleb le resultasen completamente desconocidas.

Cuando Grace regresó junto a Abi y le pidó quedarse esa noche en la mansión Dankworth de Moscú Caleb se sintió un poco incómodo. No porque la presencia de Abi le resultase incómoda, pues eso sería imposible (Caleb haría cualquier cosa por pasar más tiempo con Abi si le fuese posible, pero en el último año y medio esas oportunidades no se habían dado), sino porque sabía cuál iba a ser la respuesta de Abi. Y sabía cómo iba a reaccionar Grace.

Intentó evitar el desastre antes de que a su hija le diese la pataleta en medio de esa callejuela rusa de baja reputación.

Grace, Abi necesita descansar después de estar trabajando tanto, estará mucho mejor en su hotel... —Nada, era inútil. Los ojos de impresionante color azul de Grace, bastante grandes para el tamaño de su cabecita, ya estaban llenos de lágrimas.

Caleb hizo su mejor esfuerzo para no maldecir entre dientes al tiempo que se agachaba para coger a su hija en brazos mientras esta lloraba y se abrazaba a su cuello.

¡Ya no me quiere! —lloró la niña en su oído, casi dejándolo sordo.

Miró a Abi mientras continuaba abrazando a su desconsolada hija. no quería poner a Abi en una situación incómoda... pero la situación presente ya era incómoda, y eso no podía evitarse. —¿Y a cenar...? —sugirió muy bajito, de forma que Abi pudiese leer sus labios pero Grace no le escuchase por encima de su llanto.
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Abigail T. McDowell el Sáb Ago 17, 2019 4:28 am

Quizás si hubiera sido cierto lo de que Inglaterra estuviese pasando por un mal momento en cuanto a maldiciones desconocidas y peligrosas, hubiera podido aceptar la ayuda de Caleb y de su hermano experto en maldiciones, pero dadas las circunstancias no quería que se enterase de la gravedad de su asunto personal, por lo que decidió negar con la cabeza y quitarle hierro al asunto, sin dar demasiadas explicaciones.

Siendo justos quizás las mereciera, pero ella era libre de no dárselas.

—No creo, no te preocupes —le respondió, con desinterés.

Podría haberse explayado un poco más, pero se había reservado esa información inventada por si su ex novio decía indagar más en el tema. No quería decirle más mentiras de las necesarias si no se ponía pesado con ello.

Por suerte, el tema casi parecía indiferente porque Grace y 'lo suyo' siempre hacía mucho más ruido. Por una parte le gustaba que Grace fuese una niña con las ideas claras, capaz de manipular a cualquiera para conseguir lo que quiere, pero no nos íbamos a engañar: Abigail no era de esas a las que les gustase mimar a los niños, ni mucho menos apoyar sus pataletas. Era eso, precisamente, lo que menos le gustaba de ellos. Tenía claro que si alguna vez hubiese sido madre, su retoño sería lo más recto del universo.

Pudo leer los labios de Caleb, a lo que suspiró. Realmente no tenía nada que hacer esa noche, más que probablemente rechazar otra cena con Póvlov. Prefería cenar con Caleb y Grace, pese a las posibles incomodidades, que volver a cenar con el ruso. No le apetecía tener un encuentro incómodo con él rechazándole después del interés que había mostrado.

—Está bien —le respondió, viendo como Grace se giraba. —Cenaré con vosotros, pero no me quedaré a dormir.

—¡Me vale! —dijo, contenta.

Entonces la pelirroja miró a Caleb, queriendo dejar claro un par de cosas.

—Pero nada de hablar de trabajo: después de los secuestros por parte de los radicales estoy intentando tomármelo todo con cierta filosofía. —Que era otra manera de decir que estaba hasta los mismísimos, pero quedaba fatal que una niña de apenas cuatro años empezase a soltar tacos y no quería ser su mala influencia. No al menos en eso. Después de haberse acostumbrado a 'hablar correctamente' eso de soltar improperios parecía que dejaba por debajo a cualquiera.

Suponía que Caleb se habría enterado de la noticia de los radicales, pues la cosa había hecho eco y llegado muy lejos. Y teniendo en cuenta que Zack se había quedado en Londres, podría haber sido perfectamente uno de los afectados. Por suerte no había sido así.

—¿A qué hora estoy por vuestra casa?

—¡Vamos desde ya! —Propuso la niña.

—Tengo cosas que hacer, Grace —le dijo, a lo que ella infló los mofletes.

—Pues cuando termines.

—¿A las nueve está bien? —preguntó entonces, desviando la mirada al adulto que era quién tomaba las decisiones, por lo menos aparentemente.
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Caleb Dankworth el Lun Sep 30, 2019 12:10 am

Caleb no insistió cuando Abi rechazó su ayuda para ayudarla con el tema de las maldiciones que habían surgido en Inglaterra. Supuso que Abi ya estaría en completo control de la situación, y pues no quiso imponerse. Estaba seguro de que, siendo un tema tan delicado como la seguridad del país que gobernaba, si realmente necesitase ayuda Abi no la rechazaría por algo tan tonto como el orgullo.

A veces Caleb era un ingenuo. No por pensar que Abi podría no ser orgullosa, sino por creerla en primer lugar. Debería haberlo sabido. Debería haberla mirado a los ojos y haberse dado cuenta de que le estaba mintiendo descaradamente a la cara.

Tal vez en el fondo se daba cuenta de que algo no estaba del todo bien, pero no escuchó a su instinto, y no cuestionó a Abi.

En lo que sí insistió (y lo hizo realmente por él, porque quería pasar más tiempo con ella y hablar y que su encuentro en Rusia no fuese simplemente una coincidencia pasajera de cinco minutos, no porque a Grace le estuviese dando una pataleta por no pasar más tiempo con la mujer con la que se había criado más que con su propia madre) fue en invitarla a cenar esa noche en su mansión de Moscú. Si Abi hubiese rechazad la invitación, Caleb habría insistido. No podía ocultar las ansias que sentía por pasar aunque fuese solo una hora con ella.

Tampoco pudo ocultar su alivio cuando ella aceptó. Era curioso: era un hombre acostumbrado a ocultar la verdad, a mentirle a la cara a poderosos magos y brujas, había desafiado a la ley y mantenido oculta una personalidad dádiva bajo una fachada de civismo impecable... y no era capaz de ocultarle a la mujer que todavía amaba lo mucho que le alegraba poder hacer algo tan simple como cenar con ella.

Las nueve es perfecto —asintió.

Ya con la promesa de que podría ver a Abi más tarde, Grace accedió a irse con su padre y dejar que Abi siguiese su propio camino.

# # #

Caleb no pudo sentirse tranquilo hasta que las nueve llegaron y Abi apareció en la mansión, pensando que tal vez ella faltaría a su promesa y no iría a cenar con ellos.

Grace insistió en ser la que abriese la puerta. Recibió a Abi vestida con un vestido rosa completamente distinto al que había llevado puesto en la calle, como toda una princesa, y correteó a su lado hacia el comedor, donde Caleb la esperaba ya con la mesa servida.

Caleb había ordenado a las cocineras que preparasen los platos favoritos de Abi. La mesa no estaba puesta como si aquello se tratase de un banquete, sino que era una cena tranquila, familiar. Tomaron buena comida, bebieron buen vino (menos Grace, que tomó zumo de calabaza), y contaron historias de sus vidas en países distintos. Grace quiso hablarle a Abi de sus nuevos amigos rusos, y de que echaba mucho de menos a su hermano. Caleb también echaba mucho de menos a su hijo mayor, pero sabía que estaba en buenas manos en Inglaterra. Abi y Matt no dejarían que nada malo le ocurriese.

Cuando llegaron las diez y media, Grace ya bostezaba. Era muy tarde para ella, y aunque insistió en quedarse, Caleb mandó a la nanny que tenía viviendo permanentemente en casa que se llevase a la niña a dormir. Esta se despidió con un fortísimo abrazo de Abi, y por fin ambos adultos se quedaron solos.

Espero que me permitas invitarte a una copa más —dijo Caleb tras el postre, conduciendo a Abi al salón frente a la chimenea encendida con su copa de vino en la mano y la botella en la otra. Le dedicó una de sus famosas medias sonrisas, pícaras e irresistibles, de aquellas que no avecinaban nada bueno. Siempre había tenido de esas sonrisas para Abi, durante diez años.
Caleb Dankworth
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Sáb Oct 05, 2019 4:16 am

La cena fue bastante tranquila, llena de anécdotas y un ambiente familiar al que Abigail ya se había acostumbrado hacía mucho tiempo en la familia Dankworth. Pocas personas sabían cómo había sido la historia de la pelirroja o las malas experiencias que había tenido con respecto a su familia, por lo que lo más cercano que tuvo siempre fue la familia de Caleb, que la había aceptado por completo incluso antes de empezar una relación sentimental y seria con él. Quizás no era la familia más normal, pero para Abigail siempre había sido lo más cercano a vivir en familia que había sentido, por lo que en cierta manera, aunque faltase Zack, no podía negarse a aquella experiencia.

Echaba de menos a los Dankworth y tampoco pasaba nada por decirlo. Aunque el ochenta por ciento de Inglaterra viese a la pelirroja como una zorra sin escrúpulos ni sentimientos, sorpresa: sí que tenía. Pocos, pero tenía.

Como era evidente, Grace se fue a dormir poco después de terminar la cena, pues a las diez y media ya estaba bostezando y cerrando los ojos. Después de un abrazo fuerte que Abigail probablemente sólo concedía a la pequeña de los Dankworth, se fue a dormir. La pelirroja se quedó entonces sólo con Caleb, yendo al salón para charlar.

Enarcó una ceja, siendo demasiado consciente de esa traviesa sonrisa de Caleb que conocía muy bien.

―Te permito invitarme a una copa ―le concedió, dejándose caer sobre un sillón de cuero de una plaza, alzando la copa para que se la llenase de nuevo de vino, pues estaba vacía―. Pero conozco esa sonrisa: procura que esta última copa se alargue, porque es la última y me voy ―advirtió.

Sin contar este último año que llevaban separados, así como la época en donde a Caleb le había dado por ser fiel a Alyss, desde hacía muchos años que entre ellos dos había habido una relación muy pasional que siempre terminaba con ellos dos en la cama, o cualquier otro lugar apto para tener sexo. Es por eso que Abigail conocía muy bien al hombre que tenía delante, sus trucos y sus encantos.

Y no, no tenía intención alguna de caer ante ellos ni volver a acostarse con Caleb. Había sido con diferencia hasta la fecha su mejor amante, pero no quería caer en ese error. Sabía que a nivel sentimental tendría repercusión, por no hablar del hecho de que desnudarse frente a él estaba prohibido: no quería que se enterase de la maldición que amenazaba con su vida. Caleb siempre se había preocupado por ella y su bienestar, por no quería ni imaginarse lo pesado que se pondría de enterarse…  

Bebió de la copa de vino, antes de remojarse los labios y cruzarse de piernas.

―¿Y cómo está yendo todo por aquí? ―preguntó, con intención de matizar―: El Ministerio de Moscú mantiene muy buenas relaciones con nosotros, ¿pero tú cómo lo llevas? ¿No estás cansado de que te preguntes qué narices haces aquí, siendo el heredero principal de los Dankworth en Inglaterra? Cualquiera diría que huyes de tu gran fortuna. ―Le guiñó un ojo, pues evidentemente hablaba de rumores, no de lo que ella realmente pensaba.

Abigail ya se tomaba esas cosas a guasa, pues ahora mismo su vida se movía en torno a eso: rumores y más rumores. La prensa rosa ya no sabía qué más narices inventar sobre su vida.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Mar Oct 29, 2019 4:41 am

Durante gran parte de la velada, la noche se sintió como si nada hubiese cambiado, como si estuviesen todos de regreso en la mansión Dankworth en el Valle de Godric y nada de lo sucedido después del ataque de los radicales durante el mundial de Quidditch hubiese ocurrido. Caleb se engañó a sí mismo durante un buen rato en el que se imaginó que, efectivamente, así era. Que Abi estaba ahí con él no simplemente como una visita, sino porque su lugar estaba y siempre estaría ahí.

Era doloroso tener que recordarse a sí mismo de vez en cuando que no era así. Que Abi solo estaba de visita, que no se quedaría. Caleb solo esperaba que no se notase la manera en la que apretaba los puños y la mandíbula durante un par de breves segundos mientras intentaba controlar las emociones que aquella realización le provocaba.

Al menos fue capaz de lograr con éxito que Abi se quedase un rato más después de la cena. Sonrió triunfal, con ese encanto sensual que él siempre irradiaba, la sonrisa confiada y traviesa con la que Abi le había conocido hacía ya más de una década. Una invitación a una copa de vino jamás fallaba.

Tendré que llenarla mucho, entonces, —respondió él a las palabras de Abi mientras iba hacia ella y le servía una cuantiosa cantidad en el vaso que la pelirroja ya tenía en la mano, alzado y vacío. —Ya sabes que no permito que mis invitados se larguen sin acabar todo.

Se sirvió a sí mismo otra copa, también bastante llena (tal vez incluso un poco más que la de Abi. Sin quererlo realmente, Caleb había vuelto a recaer en su terrible hábito de beber de más. Para un hombre famoso por tener más alcohol en vena que sangre, beber “de más” para sus estándares era preocupante) y dio un sorbo a la vez que Abi, aunque él no se sentó en uno de los cómodos sillones de cuero que decoraban el enorme (y tal vez sobrecargado. Caleb no se había preocupado en remodelar la decoración de la mansión cuando la heredó de su madre, y los gustos de sus abuelos y bisabuelos rusos eran poco sutiles) salón, sino que se quedó de pie apoyado en la chimenea encendida. Pese a que aún no era invierno, ya hacía mucho frío en Rusia.

Todo nos va muy bien por aquí —contestó a la pregunta de Abi, sin saber muy bien qué más decir, aunque ella se encargó de expandir la pregunta. Se encogió de hombros. —No realmente. Está siendo una buena oportunidad para que Grace crezca conociendo también esta cultura, para que crezca bilingüe... A mi madre le habría disgustado que su descendencia olvidase sus raíces —dijo. —Y Zack es el heredero principal, yo soy el cabeza de familia —corrigió, un tanto tiquismiquis pero con una sonrisa divertida mientras se dirigía a Abi. —Le viene bien estar solo una temporada, encargándose de la mansión, de manejar su propia fortuna, sus contactos... Tener la mente ocupada todo el tiempo es bueno para él, después de lo que pasó —añadió, sabiendo que Abi sabría perfectamente a qué se refería. Ella había estado ahí el día que Zack enloqueció y trató de asesinar a la que era en aquel entonces su novia y a Ferdinand. —Aunque...estaba pensando en, tal vez, volver.

Interrumpió momentáneamente su conversación una sombra fugaz que entró como una bala en el salón y pasó a su lado corriendo hacia Abi. Sutra, mi Rottweiler, se abalanzó sobre Abi en el sofá y le lamió la cara meneando la cola, feliz de ver tras tanto tiempo a la que consideraba su ama.

¡Sutra, siéntate! —le ordenó Caleb al perro.
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Miér Oct 30, 2019 3:04 am

Observó con una ceja alzada como le llenaba hasta arriba la copa de vino, cuando de normal se solía llenar un poco menos de la mitad, pero tampoco se quejó. Estaba cómoda, aunque no tenía intención de hacer que esa comodidad traspasara barreras que antaño no le importaba saltar una y otra vez.

Durante la cena habían hablado bastante, pero al estar Grace las conversaciones se centraban bastante en la niña, la cual estaba adoptando un ego propio de los Dankworth. Así que ahora, más tranquilos y a solas, Abigail le preguntó por su estancia en Moscú, buscando una respuesta mucho más sincera en donde Grace no estuviese presente. No sería la primera vez que Grace condicionaba las formas y los modales, además de las sinceridades. Era una niña y había que comedirse con lo que se decía.

Rodó los ojos cuando le corrigió con que Zack era el heredero principal, pues había sido un fallito tonto, pero a Caleb le encantaba recordarle a Abigail cuando se equivocaba, pues eran muy pocas veces.

Bebió de la copa cuando mencionó lo sucedido con Zack, siendo consciente de que su nuevas responsabilidades y su nueva vida le mantenían muy, muy ocupado: hacía mucho que no lo veía y sabía que era porque tenía muchas cosas entre manos. Eso sí: sabiendo lo bien que le iba a ellos allí en Rusia, como a Zack en Inglaterra, se sorprendió de su pensamiento.

―¿Y eso por qué? ―preguntó, sorprendida.

Que ella supiera, en Londres no había nada para Caleb que no pudiera tener en Rusia, por no hablar de que Grace parecía feliz en Inglaterra y suponía que Zack debía de estar viviendo el sueño de todo niño rico con todo a su cargo y disposición.

Quizás Ferdinand era el más aburrido y el que agradecería tener de vuelta a Caleb y Grace en casa, pero dudaba mucho que sus pensamientos de volver se debiesen a su empatía por su mayordomo.

Antes de poder añadir mucho más, Sutra hizo aparición. Cuando Caleb y Abi estaban juntos habían adoptado a una pareja de perros: un doberman y un rottweiler. Caleb se había quedado con Sutra, la hembra, mientras que Abi se había quedado con Kama, el macho. Eran dos perros muy bien adiestrados, sobre todo de manera agresiva. Es por eso que cuando Sutra fue corriendo a saludar a la pelirroja a reconocer su error, se sentó cuando Caleb se lo dijo, pero se le notaba inquieta. La perra movía la cola pese a estar sentada, esperando a que alguno de los dos volviese a dar otra orden que le permitiese moverse.

Fue la propia Abi quien bajó la mano hacia ella, acariciando su cabeza, detrás de sus orejas. Volvió a mirar a Caleb, sin decir nada respecto a Sutra. La división que hicieron de sus mascotas había sido lógica: Kama se lo había llevado la pelirroja porque se llevaba mejor con ella y al rottweiler Caleb por lo mismo.

―Haber criado a los perros juntos ha hecho que ahora mismo mi elfo doméstico tenga que creerse perro para satisfacer las energías de Kama ―dijo, sin poder evitar mencionarlo. Abigail vivía en un piso pequeño y le daba pena tener a Kama ahí después de haber vivido en las amplias hectáreas de la Mansión Dankworth, por lo que cuando ella no podía sacarlo a grandes lugares, se encargaba el elfo doméstico de ello, pues se negaba a mantener encerrado a Kama en aquel pequeño piso al que recientemente se había tenido que mudar por seguridad―. Pero a ver, cuéntame… ―Dejó de acariciar a la perra y se echó para atrás en el sillón, notando como la perra se acostaba en el suelo justo a su lado. Ella continuó hablando―: Con lo bien que os van las cosas aquí y con lo bien que le van las cosas a Zack, ¿qué te hace querer volver? No parabas de darme la lata con lo increíble que era Rusia cuando estábamos juntos: ¿y ahora quieres irte?

Sabía que Grace no era un impedimento: podría seguir estudiando ruso y recibiendo las mismas clases en Inglaterra. Y sabía que Zack tampoco era un motivo, pues Caleb podría dejarle las mismas responsabilidades aunque volviese.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Jue Oct 31, 2019 4:42 pm

Caleb disfrutó viendo como Sutra se tiraba encima de Abi y, aunque bien educado y obediente cuando se le ordenó sentarse, siguió mostrando sin poder evitarlo su entusiasmo al ver a su antigua dueña, a la que hacia tanto tiempo que no veía.

Rió cuando Abi le contó la indeseable situación en la que se encontraba su elfo doméstico, Feto, con el perro que Abi se había quedado tras su separación. Tuvo cuidado de no derramar vino sin querer sobre la alfombra persa que cubría el suelo del salón. Tal vez fuese billonario, pero eso no quería decir que le apeteciese comprar otra alfombra.

Pobre Feto. Esa es una imagen mental que no me apetecía tener en la cabeza, es... perturbador. —Ese elfo doméstico era una de las criaturas más feas del universo (de ahí el nombre Feto, era de suponer) e imaginarle teniendo que ponerse a cuatro patas a actuar como un perro por culpa de Kama no era algo que Caleb hubiese estado esperando imaginar.

Bebió de su copa mientras Abi volvía a preguntarle la razón de que estuviese considerando volver a Inglaterra, dado lo bien que le estaba yendo en Moscú. Claro que le estaba yendo bien en Moscú, con una cantidad tan obscena de dinero como la que poseía él le iría bien en cualquier sitio del mundo. Intentando mantener una actitud relajada, Caleb se encogió de hombros cuando Abi se mostró sorprendida de que ahora quisiese marcharse de allí. Era cierto que durante su relación le había dicho muchas veces lo mucho que le gustaba aquel país, y se lo había demostrado convenciéndola de acompañarle en algunas ocasiones, pero Inglaterra también tenía sus cosas buenas.

Hace demasiado frío en invierno aquí.

Pero aquella simple explicación (que podría haber resultado creíble para cualquier otra persona) no pareció satisfacer a Abi. Ella le miró con una ceja alzada, con expresión de que a ella no la engañaba, y Caleb suspiró. Antes de añadir nada más, o de intentar inventarse otra excusa, volvió a beber de su copa. Bebió hasta que la vació, y eso que la había llenado hasta arriba, y entonces caminó hacia la mesa donde había dejado la botella y llenó su copa otra vez hasta arriba.

Bebió otra vez. Había dejado de beber tanto cuando estaba con Abi, pero desde que vivía en Rusia bebía más. Demasiado, tal vez.

No vine a Moscú porque echase de menos Rusia —confesó con una sonrisa triste en los labios, y la copa de vino muy cerca de ellos, como si fuese a vaciarla otra vez en cualquier momento. — No vine para que Grace conociera esta cultura ni para que Zack fuese independiente. Eso han sido solo... cosas que han resultado de que yo sea un cobarde que no podía seguir en Inglaterra viéndote en el Ministerio todos los días sin poder tocarte.

Había habido unos meses incómodos entre ellos después de su ruptura. Caleb había sentido la tensión, se había ahogado en ella. Si así iba a ser su relación con Abi a partir de entonces, prefería estar lejos. Dolía menos.

Pero ahora esa tensión parecía haberse disipado. Parecía que, tal vez, podrían recuperar su amistad, aunque Abi ya no le quisiese como antes. O tal vez Caleb estaba siendo un idiota que se imaginaba cosas y Abi no quería que volviese a Inglaterra, amigo o no amigo.

No quiero seguir huyendo como un idiota. —Y bebió otra vez.
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Caleb DankworthMagos y brujas

Abigail T. McDowell el Jue Oct 31, 2019 9:52 pm

Pese a que Feto era uno de los elfos domésticos más feo de todo el Planeta Tierra, era muy servicial y siempre estaba buscando no solo la complacencia de Abigail, sino de todo lo que rodeaba a su ama. Era muy gracioso ver a un elfo doméstico tan pequeño intentando domar y entretener a un doberman tan grande, pero en el fondo hasta agradecía tener cosas que hacer y limitar así las responsabilidades de la Ministra de Magia. Además, desde la maldición―cosa que evidentemente sabía el elfo doméstico, pues vivía veinticuatro horas en su nuevo piso―hasta Feto se había vuelto más servicial, pero a la vez discreto. Sabía lo poco que le gustaba a la pelirroja la insistencia o la pesadez de cualquier humano o criatura.

Ahí en donde lo veías, después de tantísimos años de servidumbre, el dichoso elfo doméstico era de las criaturas que mejor conocían a la Ministra de Magia. Y ésta sabía que éste estaría dispuesto a morir o ser torturado antes que traicionar a su gran y poderosa ama.

Cuando McDowell le preguntó que por qué quería volver, su respuesta fue sencilla, pobre y, evidentemente, una manera de salir del paso. Era cierto que en Moscú hacía más frío que en Inglaterra, pero eso nunca había supuesto ningún problema. Así que no dijo nada, sino que con la mirada fue capaz de dejarle claro que si no quería contarle la verdad, iba a tener que currárselo al menos un poco.

Abigail respetaba la intimidad de Caleb, ahora más que nunca que no era pareja, sino ex pareja, por lo que podía entender que hubiera cosas que no quisiera decirle, como de la misma manera había cosas que la pelirroja no quería decirle a él.

Sin embargo, cuando le contó la realidad, tampoco le cogió muy desprevenida. Era cierto que había sido muy raro seguir viéndose en el Ministerio de Magia después de haber cortado, pero la fría de la pelirroja lo llevó mucho mejor que lo que podría llevarlo el “perdedor” de aquella relación. Habían pasado de ser durante años amantes y un año una pareja estable, a pasar a ser prácticamente nada. Había sido muy raro eliminar esas miradas, esas conversaciones subidas de tonos y cualquier gesto de atracción entre ambos. Y por muy fría que hubiese sido la pelirroja, obviamente sí que había notado el cambio y en muchas ocasiones lo echaba de menos. A fin de cuentas, si Feto era la criatura que más le conocía, Caleb era el humano que no solo mejor le conocía, sino que casi le complementaba. Realmente el haberlo dejado tenía más que ver con sus propias mierdas, que con algo relacionado con Caleb.

Carraspeó ligeramente después de beber de la copa de vino y remojarse los labios.

―No tenías que venirte a Rusia para huir de mí ―le respondió―, con dejar el Ministerio de Magia hubiera servido.

En realidad con la de lugares en la que salía su cara en medios de comunicación, aunque dejase el Ministerio de Magia probablemente Caleb hubiera tenido que vivir viéndola en varias partes del mundo mágico.

―Sé cuánto adoras Moscú y a día de hoy todavía no entiendo muy bien por qué… ―Se metió con él, enarcando una ceja, pues pese a que le gustaba el país, Abigail no veía nada en especial en los rusos que no estuviera en Londres―. Pero Londres siempre ha sido tu hogar y lo sabes, sería una pena que Grace no creciera en el mismo lugar en donde creciste tú y creció tu hijo. Además, ya no tienes vacante en el Ministerio de Magia. ―Eso había sonado un poco cruel, pero es que era la cruda realidad. Desde que se había dejado el puesto de jefe, había sido reemplazado sobre la marcha.

Y entonces, al igual que Caleb era un egocéntrico narcisista, Abigail no se quedaba atrás. Una de las muchas cosas en las que se complementaban.

―Y los dos sabemos que por mucho que te vengas a Moscú… ―Hizo una ligera pausa, mirándole traviesa antes de continuar―: No es suficiente distancia como para que te olvides de mí. ―Bebió de manera sugerente de la copa, para entonces añadir algo más divertido―. E idiota eres siempre, lo que no has sido nunca es un cobarde.
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