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Priv. »Light at the End of the Tunnel

Evans Mitchell el Sáb Ago 03, 2019 7:57 pm

Light at the End of the Tunnel

Hora:Noche
Día:Después de la tragedia
Clima:de tensión
Lugar:En movimiento
Con:Un papi


REFUGIO DEL TÚNEL
En el vagón abandonado de un tren.


Era absoluta oscuridad hasta que se hizo la luz. Hay asientos rotos y grafitis en las paredes. El rostro de él refleja la seriedad de un carácter estoico. El rostro de ella es apasionado y vibrante. Entre ellos se interpone una firme negativa.

—No.

Giraud no les dejaba opción. Era imposible convencerlo con argumentos, como siempre, pero por esa misma dureza de carácter era que todos depositaban en él su confianza. Jane, sin embargo, creía que había perdido de vista lo verdaderamente importante.

—Si no conseguimos esa medicina….


Es que, ¿no podía entenderlo?

—Es mi última palabra.

Jane apretó los puños.

—Los estás condenando.


Giraud se sintió de pronto cansado y triste bajo el ataque de esa mirada. Recordó la primera vez que se conocieron, era entonces una muchacha asustada. Había cambiado, aunque nunca de vocación. Era difícil no alinearse con sus sentimientos. Pero tenía que disentir, por el bien mayor. Empleó un tono más suave al volver a hablar.

—Nos estoy poniendo fuera de la línea de peligro. Tú lo sabes.

No había forma en que pudiera atemperar el golpe.

—¡Estoy harta de esto! Soy doctora, no puedo…

—No es lo que podemos—cortó él—. Es lo que debemos—Calló un instante durante el que ella mantuvo gacha la mirada, y añadió—: Ahora mismo, tenemos que mantenernos unidos en las decisiones. De otro modo, sería como estar por tu cuenta.  

Jane lo observó alejarse habiendo tomado una decisión.

Necesitaban esa medicina.


I


Todo lo que empieza bien, acaba mal
—Ley de Murphy.


Que tenía putas pesadillas, ¿ok? Súmale a eso que era un insomne por las noches y aquella nochecita no estaba de humor. No le gustaba —porque vaya que te dejaba “zombie”—, pero cuando se dio cuenta de que a pesar de haber llegado exhausto a casa tendría los ojos abiertos e inyectados en sangre clavados en el techo hasta que los pajaritos cantaran, fue a lo seguro y bajó por la garganta la poción del sueño, sin más, de un trago.

Total, que la jornada siguiente libraba, ¿sabes? No tenía clases en la universidad, no tenía que atender mesas en el café que trabajaba. Era su puto día libre, joder. ¿Qué había de malo con la rutina?, ¿qué le pasaba a la gente que no apreciaba una buena vida normal? Que los jodan. Monotonía, era la mejor tendencia en esos días. Te mantenía al margen de los conflictos, con tu culo fuera de la línea de fuego. ¿Problemas?, ¿qué problemas? Si te ajustabas a tu itinerario, no tenías tiempo siquiera de pensar.

Todas las mañanas Evans manoteaba el despertador a las 05:00 AM, y en el mismísimo instante en que se planteaba hacer como si nada hubiera sucedido allí, Dager, su Jack Terrier, arañaba el suelo en una carrera desde el living hasta el dormitorio y saltaba a la cama como un frisbee arrojado en la distancia —la misma escena cada vez: mordía y tiraba de las sábanas, gruñido de por medio, con la cola contenta y brincando de entusiasmo—. Era una bola de pelos y energía, mientras que su dueño era un intento de persona a esas horas, tan temprano.

Finalmente se levantaba, y con él se ponía en marcha el reproductor de música a todo volumen con temas de Michael Jackson (Annie, ¿are you ok?) y la banda completa del 80 mientras que arrastraba los pies por el departamento para sus abluciones matutinas, encender la hornalla de la cocina, darle la comida al perro y masticar una tostada. Se aseguraba primero de recortar los bordes para obsequiarle a Dager con un bocado antes de encaminarse hasta la entrada, tomar la correa y salir por la puerta con la cola de Dager bailando detrás hacia su acostumbrado paseo, porque así era como dueño y mascota iniciaban el día. Luego a casa, y de vuelta a salir.

¿La mañana de la tragedia? Se quedó profundamente dormido. Abrió los ojos y nada había cambiado, todo seguía allí como lo recordaba. Había dormido a pata suelta casi toda la tarde, se había dado el gusto, nada de despertadores para él en ese día, no. Amaneció un poco atontado, eso era todo. Dager había orinado la alfombrilla de la entrada. Empezaba a oscurecer allí fuera, del otro lado de la ventana. ¿Y cómo no? Había llegado como a la madrugada el día anterior luego de un poco de fiesta, la poción lo golpeó fuerte. Nada se salía de lo esperado. O de eso estaba seguro, hasta que se vio a sí mismo sujetando al perro de la correa rodeado de la histeria colectiva y en medio de los escombros de lo que había sido el simpático paseo por el Callejón Diagón, convertido en ruinas.

Ese fue el principio de una verdadera pesadilla.

*

A semanas luego de la tragedia protagonizada por los radicales, los periódicos todavía flameaban con sus catastróficos titulares. No se había hablado de otra cosa. Era imposible pensar que la comunidad mágica fuera a olvidarlo fácilmente. De tonto, Evans no tenía nada, y sabía lo que eso significaba. Lo supo desde el primer día, aunque ni siquiera el pánico y los estruendos del desastre a tan sólo metros de su modesto departamento pudieron sonsacarlo de su profundo sueño. En lo que a él respectaba, ese ataque le dolía más a él y era todavía más personal que para los rehenes secuestrados.

Putos radicales.

¿Qué era lo que habían conseguido con toda esa locura? Evans podía decirlo, ¡servir su culo en una bandeja!, ¡eso! Cuando él pensaba que podía escapar de las malas decisiones que había hecho, refugiarse en la rutina, tenía que aparecer un grupo terrorista que hiciera saltar todas las alarmas siendo la situación general ya lo suficientemente tensa. La presión por parte de la comunidad mágica en su reclamo de seguridad, el odio del Ministerio por verse debilitado frente a la acción demente de una banda de extremistas, desencadenó en lo que más temía.

Hicieron un llamado —por la “seguridad pública” o vaya  saber qué cuento—, y a Evans, por supuesto, le colaron una citación que no podía rechazar, a lo Marlon Brandon. ¿Sorpresa? No. Había pactado con el Diablo, lo sabía, pero le daba bronca que no pudiera hacer otra cosa que dejarse arrastrar por las circunstancias. ¿Y si no? Lo mataban, así, sin peros. Ya bastante nerviosos estaban dentro del círculo de mortífagos como para irles con el cuento de que era un muchacho asustado y cobarde —que de cuento nada, verdad pura y dura— que no estaba a la altura de lo que le pedían y que, por favor, que lo consideraran prescindible que él lo iba a entender, perfectamente. Por desgracia, la tensión del momento los había puesto a todos muy sensibles, y si Evans demostraba otra cosa que ardoroso fanatismo, lo mataban, estaba seguro. Que no era broma, ¿sabes?



II


LA ALARMA


Han reclutado a los aspirantes para realizar rondas nocturnas de vigilancia, extremando la seguridad. Hay que estar preparado para el llamado ante la posibilidad de una alarma. No está establecido, pero hay un horario de queda en los lugares de tránsito. Las tiendas cierran temprano, todos son detenidos e interrogados por sus papeles, cualquiera es sospechoso.
   


Se aparecieron en la noche con un susurro sibilante. El punto de encuentro era una plaza infantil venida a menos. Un grupo de aspirantes a mortífagos se apiñó cerca de una robusta calesita. Hay cada rostro de espanto, ensombrecido por viles intenciones. Evans Mitchell está entre ellos. El mortífago a cargo de aquella operación de vigilancia se hacía llamar Pollack. Agrupaba a los aspirantes y les asignaba una locación, llamándolos por una lista.

—…a mí, que vengan, ya te digo que si tuviera a uno de esos radicales—Su interlocutor acabó la frase chocando el puño contra la palma abierta, en un elocuente gesto, y siguió cuchicheando—Lo que hicieron, qué descaro. Yo les di con todo, ¿sabes? Ese día, en Diagón. Pero las sabandijas, lo destrozaban todo, era casi imposible ver nada entre tanto escombro, pero te juró que algún bastardo allí afuera se ha llevado un recuerdo mío, había uno que… ¿Tú estuviste ahí?

El tipo no se callaba. No supo en qué momento se le acercó, él estaba muy seguro de que no le había dado la impresión de querer iniciar una conversación, pero allí estaban, murmurando en la noche siniestra. Que Evans no iba allí a hacer buenas migas, pero aquel sujeto, grandote y rapado con un tatuaje en la calva brillante y las pintas de un matón de tachas y cuero, no era tampoco un sujeto al que lo mandabas a callar sin que se te echara encima.  

—Sí, sí…—Caradura, pero que pintado. Mentía porque, era cuestión de hacerse respetar. Era eso, o explicar cómo había caído rendido al sueño toda la tarde—Perseguí a uno, pero luego me acorralaron…

—¡Si tuviera uno enfrente de mí ahora mismo, te juro…!


—Sí, sí…

Intentaba poner la cara más seria de la que era capaz.

—Mitchell, Howell…


Por fin, que el de ahí era un pesado.

—Oh, ese es mi nombre.  

No estaba tan mal, eh. Especialmente porque nunca pasaba nada. De hecho, había habido un par de alarmas, que resultaron falsas. Evans confiaba en que pasada la ola postraumática del último ataque de los radicales, todo regresaría a la normalidad. Mientras tanto, paciencia. Se paseaba durante las noches que le tocaba ronda al lado de un compañero, pasando desinteresadamente por delante de tiendas cerradas por matar el tiempo.

No se imaginaba por qué esa noche tenía que ser diferente.

—Así que, ¿a qué te dedicas?


No tenía otra cosa que hacer más que caminar y ver la luna, así que, ¿qué perdía por conocer a su compañero? Sólo rogaba no recibir una respuesta tétrica como lo que venía escuchando últimamente: la funeraria, disecado de elfos domésticos, entre otras formas de ocupar el tiempo que daban algo de repelús. Que había conocido a un tipo que hasta reducía cabezas, pero no le quedó claro si por profesión o pasatiempo, ni si tenía el permiso de las cabezas.

En esos días, incluso el Callejón Knocturn estaba vacío. Eso sí que asustaba. Era acercándose a los bares donde se empezaba a detectar el movimiento. Allí sólo tenían cerca la boticaria del viejo canalla que nunca te hacía un buen precio por la mercancía que vendía, ni la que compraba. Era de esos que tenían un almacén lleno de mercancía ilegal, difíciles de conseguir. Eso lo sabía por habladurías. Era lo más interesante de la calle, porque lo otro eran tiendas de variedades en las que nadie reparaba.

La boticaria era la única tienda que todavía tenía luz.
Emme


Evans Mitchell
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Ian Howells el Dom Ago 04, 2019 3:49 am

No pensaba ni en mil millones de años que nadie volviese a contar con él, pues había dejado muchas veces claro que no servía para nada de eso; no con palabras, sino demostrando que era incapaz. Hasta ella misma lo decía: “no pienso perder el tiempo contigo, Howells” y había dejado de contar con él, pese a que en una primera intención, Ian había intentado dar lo mejor de sí. Pero no, con el tiempo la cosa cambió y llegó a un punto de inflexión que marcó un antes y un después: desde que se encontró a Stella en mitad de todo un enfrentamiento que podría haber terminado muy mal, se había decidido a no poner en riesgo lo que quería. No solo era consciente de que su vida corría peligro, sino también la de sus seres queridos y… seamos sinceros: ¿realmente merecía la pena? Ian no disfrutaba con nada de eso, ni considerase que los fugitivos tuviesen la culpa de nada. De hecho, sentía que el gobierno actual era demasiado extremista y que todo lo que estaban haciendo era pura injusticia.

Ese día estaba en casa, jugando a las cogidas con Perseo por el salón, para cuando escuchó la puerta de su casa. Evidentemente esperaba encontrarse a una vecina pidiendo perejil, o a la vecina de al lado diciendo que su gato se había vuelto a perder, o incluso a un testigo de Jehová, por lo que motivado a rechazar a cualquiera, cogió a Perseo al vuelo y con él en brazos tras hacerlo sentir un avión, se acercó a la puerta para abrir.

Por casi se le cae su hijo de los brazos cuando la vio a ELLA ahí. No, no era una modelo de Victoria Secret con la que Ian se pajeaba, por mucho que pudiese parecerlo, sino que ella había sido su madrina en la fila de los mortifagos antes de que ella misma le diese una patada en el culo.

—Oh, tan lindo… —Eso iba con referencia a Perseo, por supuesto. —¿No vas a invitarme a entrar, Howells? Qué descortés... Me ha costado horrores dar con tu casa teniendo en cuenta que tu madre es muy mala explicando direcciones… —Entró libremente al interior, con la cabeza bien alta.

—¿Has ido a casa de mis padres? —preguntó, sorprendido y algo asustado.

Que esa tipa estuviese ahí era una mala señal, que hubiese visto a Perseo era mala señal y… todo era una mala señal. De repente los huevos de Ian se habían colocado al nivel de su garganta. En su momento cuando tenía intenciones de convertirse en mortifago se había hasta emocionado de que tremendo pibón fuese su madrina de las filas de los mortifagos, con la idea de impresionarla para ver si con tanto arte se la llevaba a la cama, pero al final la realidad tiró mucho más que su atractivo infernal.

—Claro que he ido a tu casa, era el lugar en el que se supone que vivías, al menos cuando trabajábamos juntos… No comprendo cómo has pasado de vivir en una casa como aquella a vivir en… esto. —Enarcó una de sus cejas, para entonces acercarse a Perseo. —Tampoco entiendo como cosa tan adorable pudo salir de ti.

Él sonrió, intentando parecer complacido frente a sus bromas de mierda.

—¿Qué haces aquí, Uxia? —preguntó directamente.

—¿Tú qué crees? ¿Sigues siendo tan lentito como siempre? Pobre niño, lo que le espera con tremendo padre… —Giró sobre sí misma, observando todo de la casa. Ahora mismo Ian estaba nervioso porque Alexandra estaba en su habitación y sería bastante terrible que Uxia se encontrase con ella y, sobre todo, que hubiese algún tipo de evidencia o de que ella es maga, o de que Alex es muggle. —Supongo que te habrás enterado de lo que ocurrió con los radicales…

Claro que sabía: Stella había desaparecido durante todo ese tiempo y a Ian casi le da un infarto.

—Sí. Ve directa al grano.

—El Ministerio pide más vigilancia y los aspirantes tenéis nuevas oportunidades. ¿No estás contento? Al fin alguien confía en ti, aunque no sea yo.

En éxtasis, se encontraba en éxtasis.

—Irás con Pollack, un compañero. Le daré tu dirección para que te envíe los datos necesarios cuando precise de ti. Recuerda lo que te dije en su momento: sigue sin valer negarse. Aquí los errores se pagan con la muerte. —La mano de Uxia acarició la mejilla de Ian, con una barba de unos tres días, antes de pegarle un bofetón que casi parecía cariñosa. —Así que espabila, Howells. Si estás a la altura, lo mismo me planteo el darte una segunda oportunidad…

Y tras guiñarle un ojo, miró a Perseo, dándole un pequeño golpecito con su dedo índice en la nariz del pequeño.

—Perseo, un placer conocerte. —Ian volvió a asustarse: ¿por qué esa loca se sabía el nombre de su hijo, eh? ¡Loca! —Nos vemos, Howells.

Con la misma, se desapareció. En ese momento, los huevos de Ian volvieron a bajar a su estado original, el nudo de la garganta se le desapareció y… soltó a Perseo, quién no entendió nada de nada, pero como la muchacha le había impuesto, se había quedado calladito mientras la miraba con confusión. Cuando Perseo volvió a tener sendos pies en el suelo, corrió a coger una pelota que llevó a su padre para jugar, pero Ian se había sentado en uno de los taburetes de la barra de la cocina, con una mirada derrotada.

¿Qué narices iba a hacer ahora?


***

Incómodo. Estaba incómodo.

Sentía que estaba en donde no debía de estar y… sabía que en ese preciso momento estaría decepcionando a prácticamente todas las personas que le importaban. ¿Pero qué debía de hacer? ¿Negarse? ¿Fingir un constipado? Estaba asustado por lo que podría pasar, pero no porque tuviese miedo, sino porque las consecuencias podían ser devastadoras tanto para él, como para sus enemigos y ninguna de las opciones le parecía bien.

Sin embargo, cuando se quedó a solas con su compañero de ‘vigilancia’ se sintió un poco mejor, fuera de tanta tensión y miradas que para él parecían prejuiciosas. Siempre él había sido ese que se hacía una idea preconcebida, el que va por delante, el que tenía las ideas claras y pecaba de altanería… pero ahora no, ahora era un amasijo de inseguridades porque no quería ni matar ni ser matado y parecía que el Ministerio de Magia solo buscaba eso. O matas, puto asesino o te matan, puto inútil. No había término medio.

—¿Eh? —dijo de repente, sin entender lo que había dicho su compañero. En realidad lo había escuchado, pero no procesó la información a tiempo, sino que vino con retraso. Reconocía a Mitchell de Hogwarts, pero como nunca habían tenido relación era como hablar con un completo desconocido. —Soy tatuador, pero ahora estoy sacándome el título superior de vigilante de callejones, el Ministerio de Magia los da gratis.

Eso era una broma, cargada de ironía.

Podía entender que habían muchos aspirantes que deseaban aquello, pues era una oportunidad de que ocurriese algo y aprovecharse de eso para destacar. Solo esperaba que la ronda de ellos fuese aburrida y no ocurriese nada especial, pues al menos él no quería destacar en absolutamente nada. Ni tampoco morir en el intento de pasar desapercibido.

—¿Y tú? ¿Ya tienes el máster en vigilancia de cosas o esta también es tu primera vez?

En realidad siendo justos no era la primera vez de Ian, pero sí la primera vez después de mucho tiempo, por lo que no consideraba justo tener en cuenta aquellas veces en donde incluso pensaba diferente.

No le pasó desapercibido el hecho de que la botica todavía estaba abierta o, al menos, tenía luz. Sin embargo, no pensó en absoluto que eso quisiese decir algo: Ian era de mente simple, lo único que pensó es que en el interior estarían los dueños haciendo recuento de la caja, trabajando todavía con algún pedido o sencillamente haciendo inventario para el día siguiente. Ian no solía frecuentar el Knockturn, pero sabía que era un lugar complicado, oscuro a cuanto a contenido y en donde tener mucho, mucho cuidado. O eso al menos era antes, cuando era conocido porque toda ‘la calaña’ se unía ahí dentro. Ahora, siendo justos con el sistema, la calaña no se encontraba ahí.

—Qué puta pereza —comentó entonces, mirando a la botica. —¿Qué narices estarán haciendo a estas horas todavía?

Y entonces se pudo ver algo curioso.

De la nada, de lo que parecía un óvalo invisible apareció un señor volando con restos de cristales. Y tú te quedas: ¿pero qué cojones es eso? Rápidamente te dabas cuenta de que no era ningún óvalo invisible, sino una barrera mágica de ocultación. El señor que recién se levantó, lleno de sangres y cortes, miró a Ian y Evans:

—¡Ayuda, por favor! —Y señaló a la botica que, en principio, parecía en perfecto estado.

Podía ser una locura traspasar una barrera mágica sin estar seguro de las protecciones que habían puesto, por lo que Ian dudó. En realidad Ian no dudó POR ESO, pero era un motivo sólido y coherente que decirle a Pollack por el cual no se había movido cual héroe.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Lun Ago 05, 2019 7:13 pm



¿Qué?


Lo había visto en la Luna y de vuelta. Había que decir, sobre este compañero suyo, que no daba mala espina. Era uno de esos tipos que si veía en la calle durante el día, iba y le hablaba—no en plan gay, entiéndase, no tenía nada que ver con “cruzarse de acera”, él estaba muy bien en su lado de las cosas—. De lejos, era más de lo que podía decir de otros tipejos con los que se había cruzado en esas estimulantes caminatas nocturnas. Le daba toda la impresión, sólo por la facha casual, que tenía tantas ganas de estar ahí como él, ninguna.

—Que si te dedicas a algo—repitió. Se le alzaron las cejas de la sorpresa por la respuesta, y como esos silbidos que se te escapan, añadió—: Cool—. Tuvo que disimular una sonrisa por la ocurrencia. Le siguió el juego con la ironía, poniéndolo mucho énfasis a sus palabras, plenamente convencido—. Sí, te veo un futuro brillante.

Que lo de ser aspirante no era broma, eh. Pero en muchos casos, no había sido opcional. Esto era lo que algunos querían cubrir pero que en la realidad saltaba a la vista. ¿Familias puristas presionando a sus hijos para que se enrolaran en las filas del innombrable?, ¿arrepentidos?, ¿brujas y magos mestizos o no que fueron amenazados para que probaran dónde estaban sus lealtades? Opcional, su tía. Si tú ves que un día un mago oscuro famosamente despiadado toma tu colegio, que era como el último sitio seguro de todo el mundo mágico, y te ponen en una fila junto a tus compañeros para preguntarte de qué lado estás con la varita preparada en la mano… ¿qué le respondes? BAUTÍZAME, esa era la respuesta. Bautízame con tus jugos oscuros, haz lo que quieras conmigo, pero por favor, no me mates.

¿Cuándo alguien se le iba a acercar, palmearle la espalda, y decirle que no había tenido otra opción, que no era su culpa? Por el jodido Cristo, que se había egresado de Hogwarts con un título firmado por una torturada mundialmente conocida —alias, Lestrange— y una especialidad en maldiciones imperdonables que había practicado por dos años sobre niños de primer año. ¿Alguien se daba cuenta de lo jodido que era eso? , ¿de lo mucho que torturaron su mente? Ni qué decir de las horas de castigo. Y luego, te escupen a un mundo dado vuelta, en el que la mitad de las caras que conocías están desaparecidas o muertas, y tienes que ganarte la vida con tu familia en Azkaban o muerta e intentando mantenerte al margen de los conflictos.

Si eras mestizo como él o tu apellido estaba en una lista negra porque alguien en tu familia ayudó a los fugitivos convirtiéndose en uno en el camino o te habías juntado con la gente equivocada, también como él, siempre estabas preguntándote, ¿cuándo seré el siguiente? Porque la verdad es que nunca sabías qué haría el nuevo gobierno, y la chispa del odio hacía que los magos se señalaran entre ellos, y que cuando salía el tema de la pureza de sangre —que era SIEMPRE—, tú salieras perdiendo. Era el puto guetto y él era un judío. Tenía que ser más fácil si eras sangre pura. Pero si no, hacías lo posible por una garantía de que estarías a salvo. Puede que no pudiera escaparse a otro país a menos que quisiera ser un fugitivo añadido a la lista de buscados, pero ser aspirante, aunque nunca consiguiera una promoción, le daba ciertas ventajas. Como que en vez de perseguirte con la nueva paranoia de que todos eran radicales, te usaban como una herramienta para cazar radicales. Eso…Eso era… ¿mejor? Definitivamente, de tener un máster, tenía que ser el de las malas decisiones.

—¿Sabes? Me está tomando más tiempo del que pensé. Hace dos semanas que me enrolaron. Dos noches por semana, eso no está tan…—que era pésimo, joder. Dejó la frase sin terminar— Pero casi me despiden de mi verdadero trabajo. Eso no fue nada coolconfesó, con la expresión resignada y pateando una piedrita en el camino—. Trabajo en un café. ¿Al fondo del callejón Diagón?, ¿La Quinta Esquina? E intento sacarme un título de verdad por las mañanas. No porque este no me guste—se apuró a añadir, cargado de ironía—. Pero tú sabes, prefiero cubrir todas las posibilidades. Pero qué cool lo de los tattos—dijo, regresando al tema que le llamaba la atención. Quiso cotillear un poco—  ¿Cuál es el tatuaje más raro que has hecho?

Eso estaba tan bien, sólo circular y perder el tiempo, pensando en volver a casa y ser recibido por la cola contenta de tu perro. Se estaba tan bien de ese modo, ¿por qué arruinarlo? No había nada fuera de lo usual, nada, ¿las luces? No, que no pasaba nada. Evans asintió repetidamente en una demostración de lo muy de acuerdo que se hallaba con la exclamación de su compañero de que ir hasta la boticaria y ponerse quisquillosos sobre la luz encendida daba una puta pereza, y reaccionó con un gesto despreocupado de la mano, restándole importancia.

—No es nada, conozco al viejo canalla. Seguro que sólo está contando el dinero, o algo. Que yo sepa, vive en la tienda. Lo que sí te digo, es que ése no dejaría que pasase nada en su tienda, primero muerto a que le roben. Mira, por qué no doblamos por aquí… En serio, está bien…  

De bien, nada.

Justo frente a sus ojos, los dos lo vieron, un hombre siendo expulsado de esa manera en el aire no era la definición de “bien”. No sabía si era los nervios o qué, pero tuvo esa extraña sensación de que el alma se le escapaba del cuerpo y lo dejaba frío. Si le hubieran dirigido la palabra en ese momento, no hubiera sabido qué responder. De algún modo, acabó encarando al viejo canalla, que de objeto volador no identificado pasó a estrellarse con el culo en el suelo. Eso no era lo malo, lo malo era que hablaba, y pedía ayuda. Evans lo oía en la distancia, como dentro de una burbuja, mientras que lo que sucedía afuera no parecía provocar en él ninguna respuesta. Excepto por una, la de voltear el rostro hacia su compañero de forma instintiva. Pero entre ellos, entre el tatuador y el viejo canalla, entre Evans y el viejo canalla y de vuelta a su compañero, en aquel extraño triángulo, se hizo un incómodo silencio que sobrevino al pedido de auxilio.

Así, de pronto, de la fisura en la barrera mágica se abrió paso una avanzadilla de cinco o seis magos y brujas. Evans dejó atrás el estado de aturdimiento, y como si los nervios controlaran sus movimientos, se vio a sí mismo en una situación bastante incómoda pero con la varita en alto. Había dos bandos enfrentados, uno solo tenía la ventaja numérica. El viejo canalla habría perdido la varita, porque fue a por lo seguro y se apresuró a colocarse detrás de “la ayuda”.


*


—¡Mierda, Matt!, ¡harán sonar la alarma!

—¡Era a ti al que el viejo estaba apuntando! ¡De nada!


Jane se acomodó la mochila al hombro, sin prestar atención al nerviosismo creciente dentro del grupo de voluntarios. Había que correr al punto de aparición, y rápido. Tenían lo que habían ido a buscar.

—¡Vamos!—
Todos apretaron sus varitas a coro con la orden de Jane—¡No se separen!

En el exterior de la barrera mágica se apiñaron en una formación defensiva intentando cubrir todos los flancos posibles.

—¡Son dos!

El tiempo se congeló en el momento en que todos alzaron sus varitas. Jane no era radical ni mortífago, así que les dio una opción.

—¡Suelten las varitas!


En la noche antes tranquila se soltó la alarma y el revuelo de hombres y luces inundó el callejón. Hubieran desaparecido para siempre de no ser porque un mortífago los siguió y delató su localización, arrastrando a sus hombres consigo. Era como Giraud había dicho, el riesgo era demasiado peligroso.  



I

LA TRAMPA



En la boca del metro no había nada. Hacía tiempo que habían clausurado la entrada y permanecía abandonada desde entonces. La única iluminación era una farola que titilaba como erráticas pulsaciones. Avanzando desde una esquina, el chirrido de un carrito interrumpía la soledad de la noche, arrastrado por un homeless. El ruido metálico de las ruedas lacerando el pavimento ocurría del otro lado de la acera, hasta que se frenó en seco. El homeless tuvo un extraño presentimiento.

Cruzando la calle, ni un alma. Sólo una luz que sucumbía a la oscuridad. Ni abriendo mucho los ojos el vagabundo fue capaz de verlo venir, el golpe. El carrito se levantó en el aire arrancado de su inmovilidad por una fuerza ventosa y se estrelló contra una pared de concreto. El estruendo de latas sueltas repercutió a través del aparente silencio, seguido por el alarido de un hombre huyendo a la carrera. Puede que nadie le fuera explicar cómo y por qué los objetos desafiaban descontroladamente la gravedad, pero no tenía la intención de averiguarlo. ¿Y quién le creería?

Sólo una vez volvió la mirada, pero nunca sabría de qué escapaba. De haber sido capaz de poner los ojos sobre lo que verdaderamente estaba teniendo lugar en la boca del metro, hubiera pensado que estaba demasiado cuerdo como para imaginar tanta locura. Porque tras de sí, una reyerta de varitas ponía en juego la vida de un grupo de presuntos radicales que retrocedían al fuego cargando con un herido e intentando formar una barricada sin huecos pero hostigados por la constante presión de un mortífago que sobrevolaba las alturas unido a una estela siniestra. Como una realidad dentro de otra realidad, es que tenía lugar lo que verdaderamente estaba sucediendo.

—¡Los quiero vivos!, ¡atrápenlos!, ¡atrápenlos!



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Ian Howells el Miér Ago 07, 2019 10:00 pm

De todo lo que ocurrió así de rápido, Ian solo entendió una cosa: cuando tu compañero Mitchell diga que alguien está bien, es que no está bien. ¿De verdad se podía ser más bocazas? ¿Con qué clase de señor imán de la mala suerte le habían puesto?

Pero espera, que antes de que aquel señor apareciese repentinamente, estaban teniendo una conversación bastante amena para ser un aspirante a mortifago.

—O sea, ¿trabajas en La Quinta Esquina como nombre del local, o en un café que está en la quinta esquina del callejón? —preguntó, pues hacía mucho tiempo que no iba al Callejón Diagón como para saber qué nuevos negocios habrían abierto, o fijarse en el nombre de un café cuando nunca iba a ningún café. —Sí, trabajar de tatuador mola. Por ahora el más raro que he hecho ha sido… un delfín. Pero no era raro por lo que era, sino por donde estaba: el hocico del delfín era en realidad el muñón de un bracito de un hombre. Era muy cómico, si lo piensas; y original. Pero fue muy raro tatuar el muñón de un tío. —Lo contó divertido, como si no estuviese a punto de pasar a un momento bastante incómodo y desesperante.

Volviendo al punto importante: el viejo canalla que presuntamente debería estar bien contando dinero pero no estaba nada bien. Para cuando se quiso dar cuenta y reaccionó, se encontraba junto a Mitchell, ambos con las varitas en alto, apuntando a una cantidad superior de enemigos. No identificaba a ninguno porque Ian es demasiado tonto—y se la suda—los carteles de se busca, por lo que para él eran enemigos simple y llanamente porque les estaban apuntando con la varita. ¡Pero él no quería problemas! ¿Y si les dejaban irse sin que hubiesen muertes de por medio? ¡Que no hubiera muertes siempre era positivo!

Pero no, eso era imposible cuando pertenecías a una organización violenta y mortal en donde o matas, o tienes que luchar hasta que maten. Ian y Mitchell se vieron arrastrados hacia un lugar oscuro y lleno de polvo y, por las vías que vio en el suelo, se fijó en que era una zona abandonada del metro, con varios instrumentos de construcción que claramente habían sido abandonados.

Ian corrió detrás de un grupo que creía que era suyo, sin saber muy bien qué hacer. No pretendía lanzar ningún hechizo de su varita que pudiera poner en peligro a ninguna persona, por lo que se limitó a correr, que eso se le daba bien. Corre, corre y sigue corriendo. Sin embargo, en cierta ocasión paró de golpe al ver delante de sí un resplandor al salir de una varita, viendo como el mortifago había parado a todos los enemigos entre él y ellos con una barrera mágica de fuego. La verdad es que a simple vista era bastante épico.

En ese momento parecía que los mortifagos tenían todas las de ganar pues habían dado, después de esa persecución, con los enemigos que arrastraban con un herido. A Ian eso no le sabía a victoria, sino que siempre lo vería como una derrota. No sabía quiénes eran esas personas, pero solo de pensar que eran amigos de Stella o cualquier cosa… se le caía el corazón al suelo. El mortifago líder, de nombre Pollack, fue quién empezó a desarmar a todos para acercarse a ellos. Si bien antes eran mayoría, ahora estaban en igualdad de condiciones, con la diferencia de que los mortifagos tenían mejor posición y estaban más armados.

Ningún enemigo opuso resistencia e Ian no entendía por qué… Normalmente cada vez que se enfrentaban a ellos preferían morir a terminar en Azkaban o en el Área-M, pero ahora…

Y de repente: el techo detrás de ellos, por donde habían corrido, se desplomó cortando el paso hacia la salida más cercana. Ellos no lo sabían, pero también habían puesto protecciones mágicas anti-aparición y…

—¡ES UNA TRAMPA! —Gritó uno de los aspirantes al ver como la barrera de fuego desaparecía con un montón de agua y detrás de allí aparecía un gran montón de enemigos, con varitas y armas de fuego—tipo pistolas—en las manos, apuntando a todos.

Ian esperó a ver qué hacía su líder, pero hasta él que era medio tonto entendía que lo que hizo su jefe había sido una soberana estupidez: frente a la derrota inminente, mató a uno de los que tenía justo delante, por lo que recibió un tiro de una pistola directo en la cabeza. El tatuador vio perfectamente como ese tiro le atravesó y como su ‘jefe’ caía al suelo.

No se lo pensó dos veces: tiró la varita y se puso de rodillas con las manos en alto. Él no quería que le diesen un puto disparo en la cabeza. ¡Él no quería puto morir! ¡No quería ser un puto héroe: quería volver a casa con su hijo, meterse debajo de la mantita y hacerle cosquillas en la barriguita con pedorretas! ¡Ese lugar era una mierda!

Estaba nervioso, pero intentó coger aire y acompasar su respiración. Estaba asustado, ahí en donde lo veías y no pretendía oponer resistencia ninguna, no como alguno de sus compañeros...
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Dom Ago 11, 2019 12:58 am






¿Que si La Quinta Esquina era un nombre o un lugar? Fijate, que aquella no era pregunta tonta. En principio, la respuesta era “ambos”, y Evans lo hubiera pensado así toda su vida, de no ser por aquel día en que el jefe se le acercó y, entre comentario que va y viene, le develó un dato inesperado, porque ya sabes lo que dicen, “siempre se aprende algo nuevo”. De estas cosas banales estaba hablando con su compañero, de su lugar de trabajo y del sujeto presumiblemente amputado que en un arrebato de optimismo se había hecho tatuar allí donde tenía el muñón, y ey, que sí, pensándolo, te robaba una sonrisa de rendida ternura, que hasta había algo inspirador en el muñón de un tipo que un poco se reía de sí mismo, de la puta vida… Era un patente recordatorio de que podías sacar lo mejor de la peor situación.  

Qué tremenda ironía, teniendo en cuenta dónde habían ido a parar. Puede que por eso mismo hubiera evocado la conversación del Callejón Knocturn, en la que había respondido lo mismo que su jefe le había dicho, un tipo raro si le preguntan: “Sí, nadie lo duda ni por un segundo. Se detienen, ven el letrero, y lo cazan a la primera. Porque estamos justo situados en las cinco esquinas. No están equivocados, pero no es por eso que me gustó este nombre para el local. Lo elegí por otro motivo. Tiene relación con la historia de mi vida. Nunca la he tenido fácil. Hubo veces en que mi situación era como estar atrapado entre cuatro paredes. Una situación imposible que me excedía a mí o a mis posibilidades. Pero luego, leí un libro de un viejo alquimista sobre “el quinto elemento” y su estrecha vinculación con lo imposible, me fasciné con todas las teorías al respecto. Me mostró algo que ya sabía, pero a lo que finalmente le puse nombre. Que allí donde crees estar atrapado, siempre hay una alternativa, una vía de escape que quiebra la geometría del espacio y la realidad, que desafía todas las posibilidades: de ahí, la quinta esquina. ¿Lo entiendes, ahora? No importa cuál sea la situación…"

Y una puta mierda, ¿sabes, jefe? Una puta mierda… La situación SIEMPRE importaba, y palabras de apoyo y descubrimiento personal no iban a caramelizar las circunstancias para él ni para ninguno de los involucrados en esa fatídica noche. Habían llegado hasta una trampa en la oscuridad de un túnel abandonado, del mismo modo que las ratas caen por un queso, y ni siquiera, porque estaba comprobado que la inteligencia de los roedores estaba por encima de la media, y de no ser así, de seguro que lo habían acabado por demostrar a lo largo de la cadena de sucesos que los llevaron hasta allí para sorprenderse como retardados mentales ante la probabilidad de uno a uno de que los sitios oscuros, estrechos y apartados son perfectos para una trampa. Es que siempre había ‘uno de esos’, ¿sabes? Un mortífago, por ejemplo, que no perdía oportunidad para lucir su despliegue de trucos oscuros frente a una panda de secuaces tanto o más entusiasmados por la adrenalina. ¿Y de qué otra forma podría ser, eh? Por supuesto que acabaron en una trampa, porque para eso los querían, para arrojarse al peligro los primeros, para allanar el camino sembrado de minas, ¿y por qué?, ¿una causa?, si lo único que hacían de un tiempo a esta parte era matarse. Las causas lo hacían enfermarse, mira, y la gente también, todo era para que uno se enfermara.

Habían reducido a los atracadores a una fila de perdedores arrodillados en el suelo de las vías, despojados de sus armas. La carrera hasta allí había sido como una zambullida de miedo en la montaña rusa. Durante la persecución, la tensión se había apoderado de la mano buena de Evans de tal forma que sus encantamientos no le habían salido del todo completos, y por suerte sólo él podía darse cuenta de la pobre potencia de sus ataques, que en cualquier caso, no le daban nunca al blanco. Se había apresurado para seguirle el ritmo a su grupo —de buitres sobre su presa— y que su rezague no fuera motivo de observación, pero nada más. Puede que fueran los nervios, pero de tanto recortar las distancias con apariciones repentinas —una forma de cubrir largos trechos del camino en una persecución, especialmente si tenías un mortífago que planeaba por los aires como una pesadilla dejando a todo el mundo atrás—, sentía un nudo desagradable en el estómago. Es que no era saludable, eso de aparecerse repetidamente, te revolvía las tripas…  

Joder, que tenía un estómago delicado, ¿ok?  
   
El perímetro había sido cercado por una cortina de fuego que bramaba encolerizada, Pollack se paseaba por delante de los cautivos sacando pecho en una demostración de seguridad en sí mismo y su victoria, rodeado por sus hombres, hombres — y una mujer— que se sonreían saboreando ese gustillo que le habían tomado a la humillación del más débil mientras que ellos eran mayoría, un grupo fuerte y aglutinado, ya fuera por miedo o deshonestidad, pero fuerte. En una esquina estaba Evans, que se había apartado hasta una sucia pared, doblándose en dos. Uno de su grupo le llamó la atención, era la mujer. Su nombre era Hymeria y tenía el pelo rubio ceniciento atado a un rodete desordenado, era una mujer alta y consumida como carne magra, con una cara larga y ojos grisáceos y un porte confiado y desdeñoso. Dio la impresión de que se le acercaría, y habló para el grupo.

—¡Le han dado a uno de los nuestros!—informó, y a ello le siguió la arcada de Evans, que más concentrado en sí mismo de lo que podía estar en la situación en ese momento, devolvía todo lo que llevaba dentro. La mujer se cortó en seco y sonrió con un retintín de burla. Se lo quedó mirando de brazos cruzados, insensible ante su miseria, al chico que daba pena—. Olvídenlo, a este se le han caído las pelotas.  

Se oyó una risotada hueca quebrar el susurrar de las llamas y Evans escupió hacia un lado, volviéndose con el revés de la mano contra la boca. Es que uno se sentía mucho mejor y hasta con ganas de cualquier cosa, otra carrera si querían, después de sacarse los malos jugos de encima. Venga, que la gente era ploma, eh. La mujer le daba toda la mala espina, y se enfadó con ella, que vamos, a esa y a quien quisiera seguirla, a tomar por culo.

—¡Jódete!  

Tuvo que haber sido en ese momento en el que sacaba al bravucón envalentonado de adentro que todo se vino abajo, casi como si se lo hubiera buscado. Hasta la rubia perdió la sonrisita. Las turnas se voltearon y los mortífagos —o intento de— pronto se vieron como lo que realmente eran: ratas en una ratonera. La realidad se desplomó sobre ellos, literalmente, la salida se vio bloqueada por un derrumbe y la pared de fuego cedió al sofoco húmedo, potente, de un torrente de agua. Hasta hace unos momentos, Pollack se paseaba por delante de los cautivos con la mochila de uno ellos en mano, y parecía tener planes de tortura e infinita diversión, empezando por encajarles en las narices aquello que habían querido robar, a punto de destruirlo como si fuera nada y como una reafirmación de que sus esfuerzos sólo los hubiera conducido hasta la muerte —que no la suya, la de ellos—, pero en el caos que sobrevino, a Evans se le paró el nervio a flor de piel, temiendo lo peor y sacando la conclusión más evidente.

—¡ES UNA TRAMPA!—
gritó, varita en mano.

La situación era desesperada, pero estaban preparados. O casi, porque uno, lo vieron bien, fue tragado por los escombros que se desprendieron del techo. Joder, joder. Eso era tan malo, tan, tan malo… ¿Cuál era la táctica con la que iban a proceder? Eso, quedaba a juicio de Pollack, alrededor del que todos se apiñaron a la espera de instrucciones. Sin embargo, todos los sabían, que en teoría, los mortífagos jamás se rendían. La lucha era a muerte, hasta el final. Incluso aunque Evans no tuviera mucho tiempo para pensar, frente a ese trágico panorama, sentía las piernas como de gelatina. ¿El juicio de Pollack había dicho? Puto juicio ni que nada, porque en medio de la vorágine de los eventos, declaró sus intenciones de una solución pacífica o medianamente diplomática, CARGÁNDOSE A UNO DE LOS REHENES. Ese era el fin. El puto fin.

Se oyó el disparo, un ataque que ninguno de los allí presentes se hubiera esperado, y que tomó a Pollack por sorpresa. El instante de su muerte fue de una desagradable crudeza. El tiro fue limpio. El cuerpo del mortífago se desplomó pesadamente en el polvo, marcando un antes y un después, que se evidenció en la actitud de sus hombres. Muchos de ellos habían ido al ataque, porque esa era otra señal de que eras mortífago: ibas al ataque de lo que fuera, sin detenerte a pensar, porque se suponía que eso lo hacían otros por ti, pero la mente maestra encargada del aspecto estratégico del asunto, ahora tenía, literalmente, los sesos revueltos, y sumado a eso, hacer el muerto sólo le complicaba la tarea. Así que, incluso cuando lo primero había sido atacar a diestra y siniestra, otros pasaron al PLAN B, como él, e intentaron desaparecerse. Qué tremenda patada en los huevos era esa sensación, de querer salir del atolladero y hallarse estancado en la mierda. Que no mentía, físicamente, intentar desaparecerse cuando había un encantamiento restrictivo impidiéndotelo, era exactamente como una patada en los huevos.  

Vale, el PLAN A estaba ahí tirado en el piso y no lo iba a levantar nadie —que hasta prefería la mierda de su perro para recoger del piso, ¿sabes?—, el PLAN B estaba descartado, ¿qué quedaba entonces? Hubo uno, y Evans lo reconoció, era su “compi”, que tenía que ser de mente rápida, porque el jefe no había ni tocado el piso y ése ya había hincado la rodilla con las manos en alto. Es que vamos, había calculado todas sus jugadas a la velocidad de la luz, o a esa velocidad con que te encajan un puño en la cara. Increíble. Todo estaba sucediendo demasiado rápido para Evans, y él no se atrevía a adivinar qué iba a suceder a continuación. No pudo evitar tener el desagradable presentimiento de que había pasado los últimos momentos de su vida al lado de ese sujeto, y no porque no le pareciera un tipo que va de simpático por la vida, con el que te puedes tomar unas cervezas, ¿pero compartirle los últimos momentos de su vida a un desconocido?,  ¿y qué vida?  Iba a morir como un inútil, no pudiendo hacer nada por la única persona que contaba con él, su hermana Aimee, ni para ella ni para nadie. ¿Y a qué se reducían esos últimos momentos? A contemplarse a sí mismo, y no querer ser esa persona que había llegado hasta allí, solo y con una maleta de decisiones que pesaban lo suyo, arrastrándose entre tanto odio que no sentía y muerte que no deseaba.  

Para colmo de males, parecía que no dejaba de llover mierda. Resulta que uno de los mortífagos no se había ni molestado en mirar qué había sido de Pollack, que si dormía una siesta o qué, ahí desplomado en las vías del tren. Sin decidirse por qué sentía del todo en esos momentos además de una profunda fobia a su propia situación sumada a la bronca que viene con la mala suerte, como cuando te toca una mano que da asco en un juego de cartas, fue testigo de cómo el pelado aquel, otro que desgraciadamente reconoció como el charlatán que le había tocado aguantar durante la selección de compañeros, se arrojaba contra los atacantes, sacando la lengua entre carcajadas como un loco y atrayendo sobre sí mismo toda la atención, a fogonazos y bombazos. Bueno, que al menos, no era sólo un charlatán.

Sucedió algo entonces que hizo que Evans se puto enamorara.

—¡Tomen a los rehenes, y conmigo!—
gritó Hymeria, lanzando órdenes y manteniendo la compostura en medio del caos— Como nos tengan, ¡nos matan!—recordó, y tuvo que hacer un alto especial, dirigiéndose al “compi”—: Tú, ¿no te enteras? ¡Los radicales no toman prisioneros! ¡Junta tus bolas del piso, y levanta!

La única razón por la que Evans no se había arrodillado al lado del “compi”, dicho sea. Y en eso debía estar pensando el resto del grupo, razón por la que, de pronto, a pesar de no conocerse de nada entre ellos, de un segundo para el otro, todos se querían mucho. Había dos bandos en el túnel, eso no podría olvidárselo nadie en adelante. Se hacía necesario, para sobrevivir la noche, idear la manera de hacer tiempo contra todo pronóstico y esperar por los refuerzos que estaban allí fuera, tan cierto como que allí dentro podían acabarlos en tan sólo un instante. Estaban encerrados entre cuatro paredes, pero… Hymeria vio una salida.

—¡Vamos!—Evans instó a su compañero a sumarse a la retirada, cubriéndolo en el proceso. Que a pesar de todo, confianza en la varita no le faltaba; sólo cojones. Se situó a su lado con la intención de seguir a los demás, y sobre todo a Hymeria, aunque no pudieran ir más allá de los escombros. Ni el nombre sabía de su “compi”, pero verlo allí de rodillas, ¿sabes?, como que despertó toda su simpatía por el tipo, que vamos, lo hacía sentirse menos solo, ¿sabes?, “comprendido”, en medio de esa locura—¡Te cubro!

Hymeria aprovechó el hecho de que “el charlatán” se hubiera arrojado solo contra los radicales y lo usó como una estrategia de distracción, que les sirvió para atrincherarse detrás de una barricada protectora que ordenó levantar en el momento mientras que ella, cubriéndose con uno de los rehenes y apuntándole a la garganta, optaba por cortar por lo sano.

Habían dado comienzo las negociaciones.

—¡Paren el fuego! ¡Entregaremos uno!, ¡solo uno! ¡Paren el fuego o todos mueren!




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Ian Howells el Vie Ago 16, 2019 2:02 am

Cogió de nuevo su varita y ante la motivación de supervivencia de su compañero, se levantó de allí para poder irse a algún lado. Él tenía unas prioridades en su vida: primero sobrevivir y, segundo, sobrevivir. Cuando una de sus actuaciones en la vida no le hacía pensar que iba a sobrevivir, pues intentaba hacer cualquier otra cosa por la que sí pudiera hacerlo. Por ese motivo era por lo que había terminado en el suelo, de rodillas, demostrando que él era un tipo totalmente inofensivo. No quería morir por gilipollas y quería sencillamente irse, por lo que antes que ‘ser una amenaza’ para el enemigo, lo mismo le perdonaban la vida si veían que no había hecho algo malo.

¿Iluso? Pues oye… un poquito. Hacía mucho tiempo que no se enfrentaba a los fugitivos y no es que estuviese demasiado centrado en cómo actuaban los radicales, pues según él creía no haberse enfrentado nunca a uno.

Así que juntó ‘sus bolas del piso’ y se puso en pie, huyendo junto a ellos. Se escondió estresadísimo detrás de una de las barricadas improvisadas y… no salió a observar qué ocurría, sinceramente. Se quedó allí mientra Hymeria tomaba el poder allí debajo e intentaba negociar contra los fugitivos en busca de… algo llamado paz.

Por su parte, su mente no era capaz de atisbar ningún tipo de solución al problema. En base a su experiencia—hacía ya tiempo—no es que uno pudiera sencillamente hacer negocios con el enemigo para salir con vida de la situación. O ganaban unos, o ganaban los otros, pero no podían sencillamente irse uno por cada lado, teniéndose uno en frente a otros. Así que a bote pronto, consideraba que el intento de Hymeria era totalmente inútil, una mera actuación para intentar pensar un plan mejor.

Se le pasó por la cabeza… huir hacia atrás. No podían aparecerse por lo que… ¿qué otra posibilidad tenía? Respiró profundamente varias veces, asustado.

Buscó con la mirada a Mitchell.

—Tú, tú, ven. —En verdad se acercó él, casi arrastrándose detrás de aquella barricada estrecha. —No tenemos oportunidad, o sea, ¿han visto cuántas personas eran? Tenemos que irnos porque si no…

¡PUUUUM!

Un disparo volvió a sonar en aquellas vías del metro y de nuevo comenzó la locura. Ian no vio nada porque ni de coña iba a salir de ahí para que un hechizo le diese por error. ¿Te imaginas? Encima que no quería estar ahí, se muere accidentalmente, super patético. No, estaba claro que no.

Después de un montón de hechizos en ambas direcciones, disparos que para él eran mortales y muy peligrosos, la cosa pareció relajarse de manera totalmente inmediata y… sorprendente. Él seguía sin salir de su ‘escondite’ y no pensaba salir de ahí a no ser que fuera estrictamente necesario.

—¡Tú! —dijo una voz desconocida justo encima de Ian que recién acababa de aparecer. —¡Aquí hay uno!

Intentó coger la varita, pero le pegó una patada.

—¿¡Pero qué haces, imbécil?!

—¡Lo siento, por favor, no me mates! —Soltó la varita y se tiró al suelo, muy machote por su parte, acobardado. No quería que se pensasen que era una amenaza porque claramente no era ninguna amenaza. —¡Por favor, estoy aquí obligado no quiero morir! ¡Tengo un hijo y y y y te juro que no he alzado la varita para atacar a nadie! Sólo quiero irme a casa.

—¿Ah, sí? ¿Solo quieres irte a casa con tu hijo? ¿Sabes qué, capullo cobardica? Yo tenía un hijo: ¿quieres saber en dónde está? En el Área-M. Y te juro que a mí también me encantaría dejar todo esto e irme con él a casa. —Cogió la varita de Ian y entonces sujetó al muchacho por la ropa, para alzarlo.

—Tío... Señor... —Consiguió decir, débil y asustado. —Por favor, no me mate. Por favor, en serio, no quiero morir...

De repente se sentía super asustado: ¿os imagináis que de repente decide hacer un Avada Kedavra hacia Ian? ¿Y entonces qué? ¿Todo se vuelve negro? ¿Habría una vida después de la muerte? ¿Qué noticia le llegaría a sus seres queridos: que había desaparecido de manera repentina? ¿Qué le dirían a su hijo? Le embriagó el puro pánico y cerró los ojos, esperando no morir.

Lo que sintió fue como unas cadenas bien frías ponían alrededor de sus muñecas, uniendo sus manos.
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Evans Mitchell el Dom Ago 25, 2019 8:08 am






—¿Que tenemos que irnos?—Evans Mitchell no se le había plantado a nadie pero tan serio en la vida. Repitió las palabras de no-sabía-cómo-se-llamaba, quien se le había acercado del mismo modo que a otros les cae encima la enciclopedia, pero literal—¿Tú ves que esté aquí de puta diversión?—señaló, con una intensidad que rayaba la histeria—Si pudiéramos irnos, ¡por supuesto que me hubiera ido!—Pero se tranquilizó en el acto, y añadió, porque quién te decía que ése no era un Houdini—Espera, ¿tienes una idea?

El PUM hizo que se distrajera y que se le electrizara la nuca, pero no hizo falta que hiciera más preguntas. La estrategia de Hymeria había fallado. Los mortífagos no llegaron a formar una muralla defensiva —se habían replegado con la intención de atrincherarse—, y los atacantes no frenaron su ataque, imponiéndose. Estaban siendo muy bien dirigidos, pero en cuanto a los mortífagos, al perder a la cabeza jerárquica de la operación, no hacían más que actuar por su cuenta, huyendo disparados como cucarachas. No había, sin embargo, muchos sitios hacia donde huir, y menos, esconderse. A Evans le hubiera gustado camuflarse mágicamente contra una de las paredes, como un camaleón que pasa desapercibido, pero se vio presionado por la necesidad de defenderse en medio de una reyerta de varitas. En la confusión, perdió a su compañero —¿que quizá había tenido una buena idea?, ¿o sólo era desesperación?—, pero hubo un recuentro.

Los atraparon casi al mismo tiempo y no se dieron cuenta de que se superponían al hablar, en una perorata desesperada. Eran ellos y sólo otros dos. Hymeria había muerto. Los apiñaron con las rodillas en el suelo y las manos en la cabeza. Se sintió a la espera del fusilamiento. Estaba tan nervioso, tan enojado, que no pudo callarse. Se quejó por la forma en que lo doblegaron, del dolor que le había producido el impacto del hechizo que lo derribó, maldijo y rogó en un intento de disuasión, todo junto, atropellándose con la lengua y asfixiándose con la ira y la impotencia. Lo amenazaron para que se callara, y apretó los labios. Sudaba, la tensión lo ponía inquieto, pero tuvo tiempo para oír lo que decía el chico de los tattos.

Evans no tenía lo que hay que tener para mostrar el comportamiento suicida y explosivo que tenían otros, y fíjate, que tampoco tenía la tremenda imaginación de su compañero. ¿Que tenía un hijo? Menudo cuento ese, tenía que reconocer. El cliché era, lamentablemente, demasiado obvio. Y al sacar a colación el tema de la familia, tocó una fibra sensible entre sus captores…

Fue testigo de cómo apuntaban a su compañero con la varita al tiempo que él rogaba por su vida, y se quedó sin voz, escapándose el aliento como un hálito de muerte. Tenía miedo, no iba a mentir. El vértigo de la ansiedad lo consumía. Pero lo que temió que hicieran con uno y cada uno, empezando por el padre con embarazo psicológico, no sucedió. En cambio, los esposaron, y los pusieron juntos. Habían sido vigilantes en las calles, y ahora prisioneros. Se sintió como un pequeño alivio sentir las cadenas en sus muñecas, Evans estaba en favor de cualquier cosa que demorara un desagradable final. ¿Pero qué les esperaba?


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Ian Howells el Mar Ago 27, 2019 1:04 am

Normalmente sentir cadenas alrededor de tus muñecas no solía ser nada agradable, sobre todo si no tiene que ver con ningún tipo de conducta sexual. En ese momento, contra todo pronóstico y aunque estuviese siendo capturado, sintió liberación. Quizás moría dentro de un rato, ¿pero sabéis lo que uno siente, habiendo evitado su muerte en ese preciso instante? Siente esperanza; se siente hasta capaz.

Respiró aliviado durante un momento, sintiéndose realmente mal pese a todo lo que ahora mismo se le agolpaba mental y emocionalmente en la cabeza. Sí, estar vivo era una buena noticia, pero estar vivo en compañía de fugitivos era una mala noticia. Además, cómo le había hablado el fugitivo que le dejó vivir lo hizo pensar, no sólo por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Rabia y dolor habían sido las dos cosas que sintió raspándose en la garganta del hombre. No podía ni imaginarse cómo sería haber perdido a tu hijo y que terminase en el Área-M… un sitio en el que sabes, cien por cien, que lo están pasando mal. Ahora mismo se veía sin Perseo por una injusticia así y… se le caían las ganas de vivir.

Le quitaron la varita para que no fuera ninguna amenaza y cuando todos los que no opusieron resistencia fueron encadenados, los pusieron en pie y los hicieron caminar junto a ellos. Los observó y no pudo evitar reflexionar: ¿de verdad aquellas personas merecían vivir como vivían? ¿Se merecían toda esta injusticia, haber tenido que abandonar una vida normal y justa para un ser humano para terminar escondiéndose por una ley absurda de pureza de sangre? ¿Por qué de repente el mundo había cambiado tanto, haciendo que la sangre fuese motivo válido para matar a una persona? Se sintió mal, pues por personas tan gilipollas como él, aquello había sido capaz de conseguirse. Por personas así de idiotas, personas que perdonaban vidas tenían que ser los castigados.

En realidad, si le mataban a él se aseguraban de que no hubiera por ahí un hombre de ideales convenientes. Quizás, les vendría bien a la larga.

Todos los capturados tenían las cadenas por delante, con las manos sujetas a la altura del vientre. Además, cada uno de ellos también estaba unido por una cadena, para que así ninguno pudiese correr de manera individual y se entorpeciesen.

―¿Y qué hacemos con ellos? ―preguntó una voz femenina que encabezaba la fila, hablando con el tipo que había tenido la conversación directa con Ian.

El tipo miró hacia atrás, con las cejas alzadas.

―No lo sé… ―Y lo siguiente que dijo no pudieron escucharlo.

Sin embargo, pese a que los fugitivos fuesen también un poco agresivos por pura supervivencia, no eran ni de lejos como los mortifagos o los cazarrecompensas. Sabían diferenciar entre una amenaza. Habían sido partícipes ya en prácticamente dos años de muchas personas que estaban ‘apoyando’ al gobierno por miedo o simple comodidad. ¿Era justo castigar a alguien que intenta sobrevivir por miedo?

Mientras los que encabezaban el grupo hablaban entre ellos, uno de los tipos encadenados, un rubio de ojos oscuros que estaba herido, se acercó a Evans e Ian, que eran los primeros.

―Eh, vosotros… psé… ―Los llamó. ―Podemos ganar. Podemos intentar tirarlos y asfixiarlos con las cadenas en lo que les intentamos quitar una varita. Si nos organizamos podemos…

―No contéis conmigo ―
dijo Ian, totalmente negado a hacer daño a nadie.
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Lun Sep 02, 2019 4:25 am




No se había sentido tan meado encima desde… ¿por qué tenía que caer en la cuenta justo en esos instantes de pura ansiedad que ya ni recordaba cuándo no se mojaba? Las cosas nunca habían sido fáciles con el advenimiento de Voldemort al poder. Su vida se había convertido en una ruleta rusa. Siempre se presionaba a sí mismo para salir adelante, con un trabajo, estudios, todo lo que conllevaba una vida normal, ¿pero por qué todo tenía que ser tan complicado? Le iban a dar un puto infarto al corazón, y tenía sólo diecinueve años, por las barbas… Era joven, atractivo a la vista, un buen tipo dentro de todo, un tipo decente, ¿ok?  

Sobre la marcha de una procesión de pena todo a lo largo de las vías del metro, Evans agachó la cabeza y se miró las esposas cerradas en torno a las muñecas apresadas. Chasqueó imperceptiblemente la lengua con una mueca contrariada y suspiró. Le molestaba toda la situación y sudaba por los nervios. Asomando por detrás, el susurro de uno de los desafortunados que venían con él lo tomó desprevenido, y se volteó sintiendo un zapatazo en el corazón, como si temiera un ataque. No reaccionó a favor de ninguna escapada organizada, sino que se mantuvo escéptico. “No contéis conmigo”, esa era una buena respuesta para el momento.

—¿Sabes?—Evans se dirigió disimuladamente hacia su compañero en un acto de complicidad, hablando por lo bajo—. Es gracioso, pero. Hemos bailado toda la noche y no te he preguntado por tu puto nombre—comentó, con una naturalidad envidiable y un cinismo evidente frente a toda la situación. Había algo crudo, visceral, en su forma malsonante de expresarse, pero su tono era de alguien sensato. Calló un instante antes de presentarse—: Soy Evans.

Miró hacia atrás, por encima de su hombro, y registró al rubio que había querido organizarlos. Le devolvió una intensa mirada con los párpados bien abiertos, y Evans pensó por una breve sucesión de segundos que quizá fuera de los que cometieran idioteces sin importar el riesgo. Del mismo modo, Evans era de los que no podía estarse callados, con tanto nervio encima. La cháchara lo hacía enfocarse en el momento, mientras que analizaba desesperadamente su situación.

—¿Qué crees que hagan con nosotros?—Las conjeturas sólo podían aumentar la ansiedad, pero eso no hizo que se callara. Del otro bando, no parecían interesados en ellos, como si siguieran instrucciones claras cuando, si había oído bien, tampoco pareciera que supieran qué iban a hacer con un puñado de mortífagos fracasados. Si ponían el oído sobre lo que Evans decía, su murmullo se volvía audible—. Yo no quería esto, ¿sabes? Nada de esto. Pero cuando todo empezó, no pareció que tuviera muchas opciones. Menuda mierda, eh—Chasqueó la lengua con sentida frustración, de nuevo. Y añadió—: Buena historia la del hijo que podría quedarse sin padre, pero no creo que se la haya tragado…

El túnel era una boca de lobo. La marcha de aquellos asesinos, secuestradores de familias, cobardes imprudentes, avanzó hasta hacer un alto frente a una falsa pared. Al atravesarla, una experiencia que a Evans le hizo evocar vagamente la vuelta al colegio desde la plataforma 9 ¾, en esos días en los que era un crío y se hacía emocionante regresar, se extendió ante ellos la visión de lo que era una precaria comunidad con el toque de genio creativo que sólo un mago puede hacer posible.

Había vagones desprendidos que se apostaban como autocaravanas en una parcela de camping, repartidas por el lugar entre tiendas de campaña. Luces, humo, y por alguna inexplicable razón, una mariposa que revoloteó en sus narices haciéndole preguntarse qué pasaba, casi como si lo hubieran cacheteado de improviso. Una mariposa de primavera con alas de un vívido color revoloteando en la oscuridad del encierro.

Hubo un foco de conmoción, pero pronto entendió que no se debía a ellos, los mortífagos, sino al regreso de los camaradas. La discusión de qué sería de los prisioneros no parecía de gran importancia para nadie, excepto ellos mismos. Había algo más. Un grupo de refugiados formó un círculo en torno a una mujer con una mochila, la mochila con lo que habían robado. No tardó en mucho en reparar en el aspecto general de los refugiados, y prestó atención a las manchas en brazos, cuello y rostros, como si sufrieran del mismo tipo de afección dermatológica.

¿Necesitaban medicamentos para tratar a una enfermedad… que se había hecho epidémica en esas condiciones de encierro?, ¿era eso contagioso?

Mantuvieron a los mortífagos rezagadas del pequeño tumulto, y los condujeron a su destino final, un vagón aislado del resto, vacío por dentro y con tintura en las paredes y ventanas. Evans se sonrió con ironía que “los judíos” de la comunidad mágica se habían hecho su propio vagón de prisioneros. Pero su sonrisa trocó en una mueca de sentida molestia. Toda la marcha había sentido un dolor insoportable en el costado de su abdomen, donde había recibido el golpe que lo derribó. Se sentía para el traste. Se dejó resbalar pesadamente con la espalda en la pared del vagón y el culo en el suelo, al lado del padre. Los estaban encadenando a una argolla en el suelo, para tenerlos retenidos.

—Oi, ¿te sabes algún chiste?—
preguntó, de la nada. Hacía un visible esfuerzo por hablar. Contraía el rostro en una expresión de molestia que te hacía preguntarte por qué seguía hablando, pero o era que estaba delirante o no podía cerrar la boca—Yo sé uno bueno. Sí, escucha. ¿Qué le dice…—Se interrumpió con un gemido ronco y cerró los ojos fuertemente, echando la cabeza hacia atrás y pegándose a la pared, como si pudiera sostenerlo en su miseria. Al volverlos a abrir, pareció perdido—. Mierda. No veo—La ansiedad se apoderó de su voz. Balanceaba la cabeza débilmente—No veo un carajo. ¡Ey!—Se sentía desfallecer, y no es que a sus polizontes pudiera importarle menos, se iban—. Mierda, necesito un doctor...



Evans Mitchell
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Ian Howells el Miér Sep 04, 2019 2:58 am

Le ponía nerviosísimo tener a aquel chico detrás de él, hablando todo el rato. Él ahora mismo estaba en modo preocupación mortal, pensando que iba a morir y que si no se moría, probablemente quedaría en el punto de mira de ese grupo y… ¿si se quedaba en el punto de mira de ese grupo, luego iban a por él y ponía en peligro a Eris o a Perseo? ¡Que Eris era Masbecth y es conocido que todos los Masbecth son unos hijos de puta! Estaba cagado de miedo, haciendo relaciones estúpidas pero bajamente plausibles que pudieran destrozar su vida de una manera o de otra.

Y la verdad es que Evans no ayudaba en absoluto en mermar sus nervios. Miró ligeramente hacia atrás cuando empezó a hablar.

—Ian —respondió, tajantemente.

¿Y él qué coño iba a saber qué iban a hacer con ellos? ¡Precisamente a eso le estaba dando vueltas todo el rato! ¿Los matarían? ¿Los dejarían salir bajo ciertas condiciones? ¡No podían hacer eso último porque sabían en donde está su base secreta y…! También suponía que de haberlos querido matar porque no servían para nada, ya los hubieran matado en su momento.

Continuó hablando, bien bajito, lo suficientemente bajito como para que su voz entrase por el oído de Ian de una manera molesta. ¡¿No veía que estaba casi temblando y que quería silencio para poder asumir su muerte tranquilamente!? Ian se giró levemente hacia él, observándolo de soslayo.

—¿Y te crees que yo quiero estar aquí, defendiendo una causa que me importa tres putas mierdas pensando que cuando éstos tíos se olviden o se cansen, se dan la vuelta y nos meten un tiro en la frente? —Y cuando dio a entender que su historia de Perseo era sólo una mera estratagema, volvió a mirar hacia adelante. —Tengo un hijo de verdad, capullo.

¡No se le hubiera ocurrido ni en mil años inventarse que tenía un hijo frente a personas que habían perdido a sus familias! ¡No era tan imbécil! Sin embargo, en el momento en donde pensó que iba a morir, era lo único que le había venido a la cabeza: Persie y no querer dejarlo huérfano, ni ponerlo en peligro. Esa cosita era lo más bonito de la vida de Ian, así como lo único que merecía la pena, por lo que para Ian era una responsabilidad no solo mantenerse con vida para poder ser su padre, sino también que no le pasara nada por su culpa.

Llegaron a lo que parecía ‘la base central’ de aquellos fugitivos y a ellos no tardaron en meterlos en un vagón abandonado y totalmente graffiteado por dentro. Lo sentaron al lado de Evans, el cual parecía querer seguir hablando pese a que tenía cara de no querer decir ni una palabra.

Ian estaba hundido en preocupación, por lo que cuando le dijo lo del chiste, casi que eso le pareció el chiste. Lo miró de reojo. A lo mejor era un chiste de qué le decía un mortifago gilipollas a un fugitivo enfadado y podía llegar a tener hasta gracia.

Sin embargo, no llegó a contar el chiste, pues hizo un ruido raro que hizo que le mirase y encima luego dijo que no veía. Por un momento pensó que estaba de puta coña para intentar llamar la atención de sus captores, pero no, no parecía para nada mentira. Ian notó preocupación y miedo en su voz, pues realmente no parecía ver por mucho que sus ojos estuvieran abierto.

—Tío —le llamó, llevando sus manos hacia él, tirando de las cadenas de un tipo que estaba en frente, el cual al ver la situación no hizo nada por volver a tener el control de sus cadenas. Ian sujetó a Evans, haciendo que lo mirase. —¿Cómo que no ves? ¿Por qué no ves?

—Daaale… dale un algo —dijo el tipo que tenía enfrente.

—¿Cómo que le de un algo, pedazo idiota? ¿¡Qué cojones le voy a dar!? —exclamó Ian, asustado.

—¡Es una cosa de esas, un ataque de ansiedad, necesita respirar en una bolsa!

—¡AH, ESPERA QUE SACO AHORA MISMO UNA BOLSA DE MI BOLSILLO! —Le respondió irónicamente al tipo, volviendo a mirar a Evans. Necesitaba tranquilizarse y seguramente no pudiendo ver no ayudase demasiado a su sosiego personal. —Cierra los ojos, colega. O sea, no vas a ver igual pero al menos no te estresas.

La lógica de Ian era muy coherente, ¿vale? No sabía qué hacer frente a un ataque de ansiedad, ni frente al hecho de que no pudiera ver.

Pero entonces llegó una fugitiva. Tenía un acento bastante marcado, pero Ian no supo reconocer dicho acento de nada y eso que su madre era latina. Sin embargo, no era para nada igual. Era morena y no parecía ser inglesa.

—¿Qué pasa aquí? Estáis gritando, ¿por qué estáis gritando? —Preguntó, en serio, mirándoles a todos con sorpresa.

—Le está dando un ataque de ansiedad.

—¿En serio?

Ian se encogió de hombros, tan perdida como la mujer.

—En serio.

Con la misma, la muchacha volvió a salir por la puerta de aquel vagón abandonado y, tras coger un poco de aire y preparar sus cuerdas vocales, no dudó en llamar al correspondiente individuo.

—¡MARCUS! —Por si no había quedado claro, sí: era el doctor.
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Evans Mitchell el Jue Sep 05, 2019 12:17 pm






Estaba aterrorizado, se iba a puto morir, eso era. Hasta ahí había llegado con su libre albedrío. Le faltaba el aire. Se iba, y lo último que le quedaba de este mundo era la visión de este tipo que, joder, le metía la cara en las narices. Que se estaba puto muriendo, no quería ver esa cara. No era nada personal, ¿pero por qué ese tipo al que no conocía de nada? Le hubiera gustado, al menos, no sentirse tan solo en medio de tanta mierda.

Lo peor del asunto es que seguía consciente, y era capaz de percibir las reacciones de los tipos a su alrededor —menudos giles, si le preguntan—, pero con lo que le estaba pasando, era como si él se hundiera en un estado desde el que era imposible encontrar su voz, y reaccionar se hacía difícil. Sólo podía actuar sacudido por un impulso de impotencia y angustia. De pronto, cayó en la cuenta de que quizá no se moría, y le entró la risa —o hubiera soltado una risa, de no ser porque se lo impedía la falta de aire—, cuando el tal Ian soltó la palabra “estrés”. Claro, porque era cuestión de quitarse el estrés, y con eso solucionaba todo. Así de fácil.  

La visión borrosa hacía que la situación fuera peor. Era como si le hubieran obligado a renunciar a sus facultades, y a él no le quedara otra que dejarse joder, forzado por las circunstancias. Era un sentimiento aterrador. El ímpetu de una voz de mujer lo cambió todo. Llamó a alguien, que a saber quién era, e hizo más. Evans sintió una mano en el hombro, de esas que buscan reconfortarte, y lo siguiente, no sólo no se lo hubiera creído si se lo contaban, sino que fue de puta risa. Pero reír, no podía.

—Que no pasa nada, chico, no pasa nada. ¿Cómo se llama? ¡Evans! Evans, ey. Acá, mírame a mí. Ay, joder, que eres un puto crío, con esa carita. Te he llamado al doctor. No pasa nada, ¿me oyes? Tú estás bien, te vas a poner mejor. MARCUS, JODER. Tú, ¿quién eres?—estalló de pronto, dirigiéndose a Ian—Me tienes que cuidar a tu amigo, eh. Mira, le dices que no pasa nada. Me lo tranquilizas. Evans, eso, respira. Respira conmigo, a ver, vamos. Tú también—exigió, instando a Ian a que la imitara. Se expresaba de una forma muy convincente. En pleno vagón de prisioneros, y en medio de una sesión grupal de yoga—. Que me sigas, te digo. Tu amigo la está pasando mal, así que conmigo, los tres. A ver, inhala—La morena inspiró hondamente una brisa de aire, gesticulando indicaciones—…. Exhala, eso, otra vez: inhala, exhala. ¿Ves cómo no pasa nada? Que estás a salvo, chico.

Allí, entre ellos tres, estaba sucediendo toda la acción, mientras que alrededor, en el vagón las caras eran de sobrado desconcierto. Pisando raudo, Marcus subió al vagón. El doctor tenía manchas en su piel, manchas que eran un síntoma común al resto de miembros del refugio, un par de ellos. Se acercó a su paciente sin chistar y preguntando qué pasaba, pero la morena parecía tener la situación controlada. Era de una actitud tan positiva, que hasta era capaz de sonreír y tranquilizarte el corazón.

—¿Cómo que qué pasa? Que me he sacado el puto diploma, Marcus. Tú no me creías que todo iba a salir bien, eh chico, pero mira. Aquí está el Doc. Y ya estamos más tranquilos, ¿no? Tú recuerda, INHALA, exhala…—Sonrió, de nuevo, y estiró una mano para cachetearle amistosamente la mejilla a Ian, antes de ponerse en pie—. Lo has hecho bien, guaperas. Y me lo miras, eh—advirtió, llevándose dos dedos a los ojos—: Me lo miras a tu amigo, que no se me vuelva a caer—Y remarcó, señalando a Evans—: responsabilidad.  

De pie, recorrió el vagón con una imperiosa mirada. Había algo en esa imposición de su voluntad que te hacía temer lo imprevisible e inesperado.

—¿Alguien más está herido? Que hable ahora o…—Dejó la frase inconclusa, y no hizo falta terminarla para darse a entender. Mostró su varita—. Acá, mis amigos y yo hemos tenido un momento… ¡Vaya, qué movidita! ¿Y por qué? Porque nosotros no somos unos putos desalmados, por eso. Pero como uno de ustedes amenace a familia…

Amagó con rajarse la garganta de un movimiento de varita, y aunque no dejaba de sonreír, la llama de sus ojos era oscura y no pasaba desapercibido que tampoco le hacía falta terminar la frase para que los mortífagos comprendieran que eran ellos, ahora, los rehenes. Sólo que Lord Voldemort no volvía a por los suyos, los dejaba morir.




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Ian Howells el Sáb Sep 07, 2019 3:02 am

Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar… Ian terminó acompasándose al ritmo de aquella mujer, creando entre los tres una perfección sintónica de sus respiraciones. No esperaba que eso ayudase en nada, pero se sorprendió de que terminase hasta ayudándole a él mismo con los nervios y la situación. No sólo por inhalar y exhalar―que también tenían su importancia fisiológica y mental―, sino porque la morena y su entrega en la situación hizo que el tatuador no se sintiese en peligro de muerte, pues la fugitiva no parecía tener interés en que nadie perdiese la vida allí abajo. De hecho, la fugitiva, tan dicharachera y elocuente le pareció hasta amable y simpática.

No le hacía nada de gracia tener a Evans como su responsabilidad, ya que si tenía alguna oportunidad de huir, no iba a quedarse a arrastrar con él. Sin embargo, la situación le hizo pensar con otra perspectiva: Evs no parecía un mal tío y ese ataque de ansiedad no había sido otra cosa que su manera de enfrentar el miedo.

―Yo lo cuido ―dijo casi de manera instantánea ante la insistencia de la morena.

―Así me gusta, guaperas ―añadió, antes de mirar al resto del vagón.

Nadie en el vagón parecía estar herido, por lo que nadie habló ante la oferta de la mujer. Sin embargo, uno sí que levantó la mano cuando terminó de advertirlos.

―¿Sí, querido, qué te pasa?

―¿Qué van a hacer con nosotros? ―preguntó, tragando saliva tan fuerte que prácticamente sonó por todo el vagón.

―No lo sé. ―Alzó las manos, encogiéndose de hombros. ―¿Tengo pinta de ser la jefaza aquí? ¿Ves Marcus que debería ser yo la jefaza? Sé que tengo pinta de ser la jefaza aquí dentro, pero sorprendentemente hay alguien por encima de mí. Él decidirá que hacer con todos vosotros, los granujas que hacéis nuestra vida imposible.

―Pero ninguno de nosotros somos mortifagos… habéis matado a nuestros jefes ahí atrás.

―Curiosa visión del asunto, rubiales. ―La morena se acercó hacia él, poniéndose de cuclillas frente a él y mirándole al rostro. ―¿Entonces si dejamos que vosotros matéis a nuestros líderes… el resto podemos volver a la sociedad tranquilamente, recuperar nuestras vidas y ser libres? ―El chico se quedó pasmado, sin contestar. La morena le dio un golpe en la nariz con la varita. ―¡Eso pensaba yo! Para hipócrita tú, hipócrita yo. Al parecer todos vosotros y todos nosotros somos enemigos, ¿no es así? ¡A saber qué sería de nosotros si todo este revuelo hubiera salido al revés! Seguro que alguno de vosotros ya estaría mirándose los bolsillos y el cheque del Ministerio de Magia por alguno de nosotros. ―Tras coger aire, volvió a girar sobre sus talones, mirando a todos. ―Repito: nada de hacer el zoquete, porque tolerancias las justas, ¿entendido? ¡He dicho que si está entendido!

―¡Entendido! ―dijeron varios al unísono.

―¡Así sí, hostias! ―Y tras una pausa, golpeó amistosamente la espalda de Marcus. ―¡Marcus, todos tuyos! ―añadió antes de bajar por el vagón e irse.

Marcus, el médico que había venido para ver cómo iba la cosa con Evans, había sacado una de esas linternas médicas para mirarle los ojos al chico, así como tomarle las pulsaciones con los dedos en su muñeca y mirando su reloj.

―¿Te había pasado antes, muchacho? ―preguntó a Evans, directamente, para ver si padecía de ansiedad. ―No te preocupes, que no creo que os matemos. Tampoco hemos adoptado todavía la vía de la tortura violenta que a vosotros os encanta. En principio no tenéis de qué temer, sino de que probablemente tengáis que quedaros mucho tiempo aquí dentro por nuestra seguridad, hasta encontrar un nuevo lugar.

Al escuchar eso, Ian apoyó su cabeza contra el metal del vagón, mirando hacia el techo del mismo y soltando aire muy profundamente. Marcus no tardó en irse, habiendo cumplido su cometido pues nadie necesitaba nada más. El chico de los chistes malos y parlanchín al tiempo completo parecía estar mejor, por lo que Ian, en un intento de amenizar aquel momento tan… desalentador, decidió darle conversación y ayudarlo a distraerse.

―¿Cómo era el chiste? ―preguntó. ―¿Qué le dice… el qué a qué?
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Evans Mitchell el Dom Sep 08, 2019 8:07 pm





Evans se limitó a negar débilmente con la cabeza de un lado al otro. Estaba pálido como la leche. Sentía malestar, pero el golpe de aquella sensación de encierro e impotencia se fue lentamente. El ahogo había sido terrible, y nunca lo había experimentado. Le parecía una debilidad del ánimo verse afectado de tal manera. Mierda de semana.  

Se estuvo un rato contemplando la nada con la mirada en el techo y en ninguna parte cuando la voz de Ian interrumpió el discurrir agotado de sus pensamientos. Despatarrado con las piernas extendidas en el suelo del vagón y recostado en la pared de hojalata, sin conseguir olvidarse de las cadenas en sus muñecas aunque quisiera, así era como se encontraba.

No parecía el mejor momento para malos chistes —antes tampoco, pero hablar le quitaba los nervios… o lo hacía, porque esa vez no fue suficiente—, pero Evans respondió con lentitud, a pesar del estrés emocional.  

—¿Qué le dijo un conductor de tren a un vampiro?—Calló un instante. Y añadió—: No me chu-chupes la sangre.


***


—Hay que evacuar por la ruta segura…
—¿Qué vamos a hacer con los mortífagos?
—Tenemos que irnos, este sitio no es seguro…
—El tratamiento es primero…
—¿Giraud?


Era una comunidad de refugiados que se había mantenido unida por mucho tiempo, y lo que es más, perfectamente oculta. Con la venida de un ataque, no podían seguir confiando en su seguridad en las profundidades del túnel abandonado. La salud, sin embargo, era primero.

El brote de una infección cutánea provocada por el contacto con bundimuns de las cloacas había afectado a gran parte de los refugiados. La enfermedad era tratable, pero el problema era cuando no se le trataba. En algunos, los síntomas habían empeorado hasta dejarlos en camilla. A dos los habían perdido. Por eso, la necesidad de medicinas.

En medio de las dificultades que implicaban una mudanza y la urgencia de un tratamiento, todo el mismo tiempo, surgió otra necesidad directamente relacionada con la captura de los mortífagos. Giraud no estaba de acuerdo al respecto de ceder a la petición, pero uno de los refugiados tomó la voz en nombre del resto, y se explicó de manera muy convincente.

—…queremos saber qué ha pasado con ellos, con nuestros familiares, nuestros amigos, dónde están… Si están con vida—Alaric se había acercado con un discurso claro y enérgico, que expuso con la emoción volcada en las palabras—. ¡Uno de esos malditos ahí dentro…!, ¡uno de ellos…. pudo haber matado a uno de nosotros! O incluso si fue uno de sus amigos… ellos podrían saber, tener algún dato por mínimo que sea. Y tenemos el derecho de saber. Ellos podrían saber lo que nosotros soñamos noche tras noche en nuestras peores pesadillas. ¡Digo que los interroguemos!

Giraud seguía sin estar de acuerdo porque sospechaba que la búsqueda de duelo y consuelo podría acabar mal, pero no parecía tener a la mayoría a su favor en esa decisión. ¿Qué sucedería con los mortífagos…?


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Ian Howells el Jue Sep 12, 2019 4:18 am

No le hizo gracia el chiste. ¡No se lo tengáis en cuenta, pero es que pocos chistes le hacían gracia y la verdad es que en ese momento que algo te hiciera gracia era complicado de narices! Sin embargo, sonrió. ¿Sabéis por qué? Porque el pobre chico parecía sacado del tambor de una lavadora, perdido y lento, como si no supiera en donde estaba o en donde iba a terminar. Y claro, cuando de repente le soltó ese chiste… pues Ian no pudo evitar sonreírle, casi con empatía. Entendía su malestar y sus emociones, pues aunque él no hubiera sufrido ningún ataque de ansiedad, sabía lo que era tener miedo por tu vida y por perder todo lo que has tenido hasta ahora. No enfrentaba el miedo de la misma manera que Evans, pero eso no quería decir absolutamente nada: le entendía y, aunque no fuesen más que compañeros de un ‘oficio’ que no les gustaba, ahora mismo probablemente le entendía mejor que nadie.

―Chu-chu. ―Repitió. ―Nada mal, ¿te lo has inventado tú? ―Y entonces Ian continuó con uno del tipo que siempre le había hecho bastante gracia. ―¿Qué le dice una maceta a su mandrágora? ―Y tras un segundo de ‘expectación’, sonrió ladino. ―¡Nada tío! ¡Las macetas no hablan! ―Y esta vez sí se rió, pero por pena: era un chiste malísimo pero a él le hacía gracia esas mierdas.

En verdad lo que le hacía especial gracia es que estuvieran en esa situación intentando hacer reír al resto con chistes tan malos. Parecían humanos, después de todos, aunque en ocasiones hicieran cosas inhumanas.


***

Mientras Alaric opinaba que había que interrogar a esos tipos, Alba, la muchacha que recientemente había estado con ellos en una clase de yoga experimental para que uno de ellos no se quedase preso de la ansiedad y el pánico, tenía también algo que decir.

―¿Interrogarlos para qué? ¿Pero los habéis visto? ¡Están cagados! ¡Uno casi sufre un ataque ahí dentro! ―Recibió la atención de todos, a lo que se quitó su arma y la puso sobre la mesa. ―Yo he perdido a mi hijo, ¿sabéis? No está en el Área-M, no está en Azkaban: está muerto. Y sí, quiero justicia para él y hacer de este mundo un mundo mejor, pero sé que esos ‘mortifagos’ que tenemos ahí no le llegan ni a la suela del zapato a los mortifagos que conocemos de verdad. Son críos, maldita sea. Son solo carne de cañón, lo que los mortifagos ponen delante para que reciban primero los disparos. Esa gente ni le importa a su propia gente.

Alba era una persona que había perdido mucho, pero que no se había dejado llevar por las ansias de venganza y de justicia. No consideraba que matarlo a todo arreglase nada, ni siquiera consideraba que ‘matar’ pudiese realmente arreglar nada, en ningún punto. Además, también era consciente de que de no haber estado en su situación y si hubiera podido conservar la libertad… ¿acaso ella no haría también todo lo posible por mantenerse a salvo y mantener a los suyos lejos de la mirada del Ministerio de Magia?

Había personas que lo habían pasado muy, muy mal, que habían sufrido mucho, pero volverse peor persona no iba a arreglar nada.

―Si queréis interrogarlos bien, pero que Alaric se quede fuera. ―Miró a su compañero. ―Lo siento, amigo, pero no estás en disposición de interrogar a nadie con los nervios tan crispados como los tienes. Aunque de todas maneras, esa gente no creo que sepa nada.

―Debemos... repartir las tareas útiles para el equipo: que unos busquen un lugar seguro en el que trasladarnos mientras el resto intenta solucionar el problema de las medicinas, no podemos dejar que este... virus se siga llevando por delante a los nuestros ―dijo una mujer adulta, que debería de rozar los cincuenta. ―El resto, si queréis conseguir algo de esos chicos, pues hacedlo, pero recordad que no somos como ellos.


***

―¿Qué dice?

―¿Cómo se llama el mortifago a cargo de esta misión?

―No era ninguna misión: estábamos de ronda de vigilancia. No tenemos "mortifagos líderes" que nos acompañen a estas cosas, sino que nos eligen a nosotros precisamente porque somos los más prescindibles y los mortifagos son demasiado exquisitos como para perder el tiempo caminando por las calles mágicas desérticas a la espera de que alguno de vosotros quiera aparecer. ―Respondió Ian, encogiéndose de hombros.
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Jue Sep 12, 2019 4:56 pm







No se inventaba chistes, los repetía. Lo que le salía mejor era reírse de los demás. En esa situación, sin embargo, no había mucho de lo que reírse o de quién, excepto de la situación en sí misma, o peor, de ellos mismos.

Evans negó débilmente con la cabeza en contestación, y una vaga sonrisa se asomó por sus labios con el chiste de las macetas. Prefería los malos chistes a nada en absoluto. Los demás “compañeros” estaban demasiado ensimismados en sí mismos, seguramente rumiando hacia dentro toda clase de pensamientos a los que Evans prefería no hacer lugar. Hizo una obvia observación.

—Somos los peores comediantes.


Y la idea le sacó otra sonrisa, aunque más sentida que evidente. En el momento, regresó a él que Ian lo había llamado “gilipollaz”. Por una vez, no era por resentimiento. Pocas veces se quedaba con un insulto.

—Así que, ¿de verdad tienes un hijo?


No tenía mucha pinta de padre, aunque su pregunta no iba por ese lado. Siempre se sorprendía con un padre tan joven, quizá porque le hacía pensar en lo accesible que era esa posibilidad para sí mismo, incluso a esa altura de su vida. A veces, había jugado con la idea en su cabeza. Recordó que, en el inicio de su pubertad, era un completo histérico en la intimidad. En lo que a él concernía, era él el más preocupado de las dos partes involucradas en el sexo ante la terrible, apabullante idea de quedarse embarazado.

Eso cambió con el tiempo, pero un día hasta tuvo una discusión con una feminista. Bueno, tenía que serlo, una feminista... porque vaya mal carácter. En su propio vocabulario, ese término tenía una connotación más peyorativa que otra cosa, el caso era que todavía podía evocar los fragmentos de una conversación, con él al borde de la histeria. Fue Analía la que le puso los frenos, ¿Analía se llamaba? Qué importaba.

“¿Te crees que las minas somos unas tontas?, ¿te crees que yo soy una tonta? Las mujeres no van por ahí quedándose embarazadas con chicos como tú por tontas. Así no se hacen los embarazos. Deja de repetir todo lo que te dice una sociedad machista. Me tienes hasta el coco. Me quitas todas las ganas. Mejor te callas”.

¿Y toda esa cantinela por qué? Simplemente había querido ser un tipo responsable, recordándole todo lo que podía salir mal y queriendo asegurarse de que… Bueno, de que no era una tonta. Sí, puede que se hubiera expresado un poco mal y haber sido un tanto cansino con el tema —abandonó esa costumbre con el tiempo, o eso quería creer—, pero para el caso, él no decía que los tipos no podían ser idiotas, ¿eh? Pero para las mujeres los tipos siempre eran los malos.

Y encima, cuando expresabas algo de materia gris en el asunto “bebés”, eras un machista porque subestimabas su inteligencia o vaya a saber. No era fácil ser el hombre en la relación, pero en eso nadie pensaba. Ni qué decir sobre el hecho de que cada persona era un mundo… Y ésa, qué mal carácter que tenía. Pero si Evans siempre había acabado con mujeres de “mal carácter”, era fácil sacar las cuentas de por qué. Que masoquista no era, pero apreciaba mucho el carácter fuerte en otra persona, especialmente si eran cercanos. Eso, al menos, en lo que a él concernía.

El caso era que, a veces, Evans se había preguntado qué hubiera pasado de quedarse embarazado… De hecho, si le ocurriera, a pesar de lo mal que pintaban sus propias circunstancias —ahora más que nunca—, no es como si la idea le molestara. Un poco más bien lo contrario. Después de todo, él proyectaba tener una familia. Aunque con su suerte, seguro que dejaba embarazada a una histérica que raptaba al chico y su suegra de seguro le lanzaba una maldición… pero, si se diera de otra manera, bueno, no es como si le desagradara lo de ser padre. Se dijo a sí mismo que, de estar en la situación de Ian, de seguro pensaría en ese chico que, de una forma u otra, él trajo al mundo. No se lo iba a confesar y puede que hasta se oyera extraño, pero le daba un poco de envidia.

—No son radicales—dijo, en una observación que quizá no había sido tan obvia al principio. No era optimismo lo que se deducía de sus palabras, pero de la seguridad con que se expresó sí se percibía cierto frío calculo. Evans prefería la lógica en los malos momentos, muy contrariamente a lo que pudiera parecer—Estos no nos matan.

Se entendía la diferencia entre radicales y fugitivos, pero así y todo, aquello sonaba a una apuesta.



***


Volvieron a abrir la puerta del vagón, pero esta vez no era la mujer de carácter tan enérgico ni ningún doctor buen samaritano. A Evans le quedó claro que ni eran radicales, y sintió un momentáneo alivio. Había oído todo lo brutales que podían ser y de ello no tenía ninguna duda. Lo que estos refugiados querían saber era más sobre en qué situación de peligro se encontraban, lo supo por el contenido de sus preguntas. Incapaz de quedarse callado —esto, más bien una manía—, intervino en el interrogatorio que le hacían a Ian.

—Teníamos un jefe de patrulla—aclaró Evans—, pero dudo que fuera mortífago. Últimamente algunos simplemente quieren hacer creer que lo son, pero no son nada. Sólo tienen cargos dentro de la jerarquía. Nosotros sólo estábamos ahí, pero tampoco queríamos estar ahí—enfatizó—. Es por la alarma general que pusieron a muchos de nosotros en la calle. Desde el ataque de los radicales… Creíamos que ustedes eran radicales.

El fugitivo, un hombre de complexión fuerte y rostro cansado, lo escuchó sin decir nada. Miró al resto y tomó una hoja de papel que guardaba en un bolsillo. A Evans le extrañó, pero comprendió cuando la voz se alzó por encima del largo silencio que había compartido con el resto, leyendo una lista de nombres. Le entró un imperceptible vértigo que le desagradó sobre manera.

Se sintió inconfesablemente incómodo.  

—¿Alguno de ustedes sabe de estas personas…?—Por el escepticismo en la mirada, no estimaba que ninguno hablara, pero no había dicho nada de “¿Qué pasaba si…?”—: Los Mallison, Judith y Gabriel, matrimonio; Jason Bullet—agitó su varita y una serie de fotografías que saltaron de su bolsillo, recorriendo el silencioso círculo de los prisioneros. Eran los rostros de los desaparecidos en fotografías—; Gertrudis Lawrence y sus hijos: Peter y Anastasia Lawrence; los Carrington: Matt y Melissa Carrington, hermanos, y su padre, Fran Carrington...

Evans se encogió en el lugar, sumamente callado.

… Ingrid Fawcett; Jonathan Harper, hijo; Paulette Morrison…

Una única mano se alzó desde el fondo del vagón. El fugitivo se interrumpió y miró con interés al joven que se abrazaba a sus rodillas, pero que había salido tímidamente de su ensimismamiento con lo que, esperaba, fuera alguna noticia.

Esperó, pero el joven no dijo nada.

—¿Y…?, ¿conoces a alguno?


La incómoda mirada a sus compañeros de encierro le hizo darse cuenta de cuál era su petición. Meditó un momento sobre si confiar o no. Decidió que no iba a preocuparse por las inseguridades de alguien que temía hablar delante de sus compañeros en un intento por salvar su propio pellejo.

—No voy a desencadenarte—objetó con calma.

Se hizo una breve pausa de cierta tensión, y entonces ocurrió algo realmente inesperado.

—Los Lawrence… ¿Hay un Lawrence aquí?, ¿Chris Lawrence?... Es mi primo…


El fugitivo bajó la tensión de los hombros con un suspiro. Le tomó unos segundos de pensativa reserva retomar la palabra.

—Sí…

Supo por la mirada que no mentía. En el momento en que le dio noticias de su familiar, una chispa inconfundible que en sus días de fugitivo conocía muy bien le hizo saber que su preocupación y alivio eran sinceros.

De nuevo, se alzó otra mano.

Evans sintió que algo cambió.

Pero no su culpa.


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