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Priv. »Light at the End of the Tunnel

Evans Mitchell el Sáb Ago 03, 2019 7:57 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Light at the End of the Tunnel

Hora:Noche
Día:Después de la tragedia
Clima:de tensión
Lugar:En movimiento
Con:Un papi


REFUGIO DEL TÚNEL
En el vagón abandonado de un tren.


Era absoluta oscuridad hasta que se hizo la luz. Hay asientos rotos y grafitis en las paredes. El rostro de él refleja la seriedad de un carácter estoico. El rostro de ella es apasionado y vibrante. Entre ellos se interpone una firme negativa.

—No.

Giraud no les dejaba opción. Era imposible convencerlo con argumentos, como siempre, pero por esa misma dureza de carácter era que todos depositaban en él su confianza. Jane, sin embargo, creía que había perdido de vista lo verdaderamente importante.

—Si no conseguimos esa medicina….


Es que, ¿no podía entenderlo?

—Es mi última palabra.

Jane apretó los puños.

—Los estás condenando.


Giraud se sintió de pronto cansado y triste bajo el ataque de esa mirada. Recordó la primera vez que se conocieron, era entonces una muchacha asustada. Había cambiado, aunque nunca de vocación. Era difícil no alinearse con sus sentimientos. Pero tenía que disentir, por el bien mayor. Empleó un tono más suave al volver a hablar.

—Nos estoy poniendo fuera de la línea de peligro. Tú lo sabes.

No había forma en que pudiera atemperar el golpe.

—¡Estoy harta de esto! Soy doctora, no puedo…

—No es lo que podemos—cortó él—. Es lo que debemos—Calló un instante durante el que ella mantuvo gacha la mirada, y añadió—: Ahora mismo, tenemos que mantenernos unidos en las decisiones. De otro modo, sería como estar por tu cuenta.  

Jane lo observó alejarse habiendo tomado una decisión.

Necesitaban esa medicina.


I


Todo lo que empieza bien, acaba mal
—Ley de Murphy.


Que tenía putas pesadillas, ¿ok? Súmale a eso que era un insomne por las noches y aquella nochecita no estaba de humor. No le gustaba —porque vaya que te dejaba “zombie”—, pero cuando se dio cuenta de que a pesar de haber llegado exhausto a casa tendría los ojos abiertos e inyectados en sangre clavados en el techo hasta que los pajaritos cantaran, fue a lo seguro y bajó por la garganta la poción del sueño, sin más, de un trago.

Total, que la jornada siguiente libraba, ¿sabes? No tenía clases en la universidad, no tenía que atender mesas en el café que trabajaba. Era su puto día libre, joder. ¿Qué había de malo con la rutina?, ¿qué le pasaba a la gente que no apreciaba una buena vida normal? Que los jodan. Monotonía, era la mejor tendencia en esos días. Te mantenía al margen de los conflictos, con tu culo fuera de la línea de fuego. ¿Problemas?, ¿qué problemas? Si te ajustabas a tu itinerario, no tenías tiempo siquiera de pensar.

Todas las mañanas Evans manoteaba el despertador a las 05:00 AM, y en el mismísimo instante en que se planteaba hacer como si nada hubiera sucedido allí, Dager, su Jack Terrier, arañaba el suelo en una carrera desde el living hasta el dormitorio y saltaba a la cama como un frisbee arrojado en la distancia —la misma escena cada vez: mordía y tiraba de las sábanas, gruñido de por medio, con la cola contenta y brincando de entusiasmo—. Era una bola de pelos y energía, mientras que su dueño era un intento de persona a esas horas, tan temprano.

Finalmente se levantaba, y con él se ponía en marcha el reproductor de música a todo volumen con temas de Michael Jackson (Annie, ¿are you ok?) y la banda completa del 80 mientras que arrastraba los pies por el departamento para sus abluciones matutinas, encender la hornalla de la cocina, darle la comida al perro y masticar una tostada. Se aseguraba primero de recortar los bordes para obsequiarle a Dager con un bocado antes de encaminarse hasta la entrada, tomar la correa y salir por la puerta con la cola de Dager bailando detrás hacia su acostumbrado paseo, porque así era como dueño y mascota iniciaban el día. Luego a casa, y de vuelta a salir.

¿La mañana de la tragedia? Se quedó profundamente dormido. Abrió los ojos y nada había cambiado, todo seguía allí como lo recordaba. Había dormido a pata suelta casi toda la tarde, se había dado el gusto, nada de despertadores para él en ese día, no. Amaneció un poco atontado, eso era todo. Dager había orinado la alfombrilla de la entrada. Empezaba a oscurecer allí fuera, del otro lado de la ventana. ¿Y cómo no? Había llegado como a la madrugada el día anterior luego de un poco de fiesta, la poción lo golpeó fuerte. Nada se salía de lo esperado. O de eso estaba seguro, hasta que se vio a sí mismo sujetando al perro de la correa rodeado de la histeria colectiva y en medio de los escombros de lo que había sido el simpático paseo por el Callejón Diagón, convertido en ruinas.

Ese fue el principio de una verdadera pesadilla.

*

A semanas luego de la tragedia protagonizada por los radicales, los periódicos todavía flameaban con sus catastróficos titulares. No se había hablado de otra cosa. Era imposible pensar que la comunidad mágica fuera a olvidarlo fácilmente. De tonto, Evans no tenía nada, y sabía lo que eso significaba. Lo supo desde el primer día, aunque ni siquiera el pánico y los estruendos del desastre a tan sólo metros de su modesto departamento pudieron sonsacarlo de su profundo sueño. En lo que a él respectaba, ese ataque le dolía más a él y era todavía más personal que para los rehenes secuestrados.

Putos radicales.

¿Qué era lo que habían conseguido con toda esa locura? Evans podía decirlo, ¡servir su culo en una bandeja!, ¡eso! Cuando él pensaba que podía escapar de las malas decisiones que había hecho, refugiarse en la rutina, tenía que aparecer un grupo terrorista que hiciera saltar todas las alarmas siendo la situación general ya lo suficientemente tensa. La presión por parte de la comunidad mágica en su reclamo de seguridad, el odio del Ministerio por verse debilitado frente a la acción demente de una banda de extremistas, desencadenó en lo que más temía.

Hicieron un llamado —por la “seguridad pública” o vaya  saber qué cuento—, y a Evans, por supuesto, le colaron una citación que no podía rechazar, a lo Marlon Brandon. ¿Sorpresa? No. Había pactado con el Diablo, lo sabía, pero le daba bronca que no pudiera hacer otra cosa que dejarse arrastrar por las circunstancias. ¿Y si no? Lo mataban, así, sin peros. Ya bastante nerviosos estaban dentro del círculo de mortífagos como para irles con el cuento de que era un muchacho asustado y cobarde —que de cuento nada, verdad pura y dura— que no estaba a la altura de lo que le pedían y que, por favor, que lo consideraran prescindible que él lo iba a entender, perfectamente. Por desgracia, la tensión del momento los había puesto a todos muy sensibles, y si Evans demostraba otra cosa que ardoroso fanatismo, lo mataban, estaba seguro. Que no era broma, ¿sabes?



II


LA ALARMA


Han reclutado a los aspirantes para realizar rondas nocturnas de vigilancia, extremando la seguridad. Hay que estar preparado para el llamado ante la posibilidad de una alarma. No está establecido, pero hay un horario de queda en los lugares de tránsito. Las tiendas cierran temprano, todos son detenidos e interrogados por sus papeles, cualquiera es sospechoso.
   


Se aparecieron en la noche con un susurro sibilante. El punto de encuentro era una plaza infantil venida a menos. Un grupo de aspirantes a mortífagos se apiñó cerca de una robusta calesita. Hay cada rostro de espanto, ensombrecido por viles intenciones. Evans Mitchell está entre ellos. El mortífago a cargo de aquella operación de vigilancia se hacía llamar Pollack. Agrupaba a los aspirantes y les asignaba una locación, llamándolos por una lista.

—…a mí, que vengan, ya te digo que si tuviera a uno de esos radicales—Su interlocutor acabó la frase chocando el puño contra la palma abierta, en un elocuente gesto, y siguió cuchicheando—Lo que hicieron, qué descaro. Yo les di con todo, ¿sabes? Ese día, en Diagón. Pero las sabandijas, lo destrozaban todo, era casi imposible ver nada entre tanto escombro, pero te juró que algún bastardo allí afuera se ha llevado un recuerdo mío, había uno que… ¿Tú estuviste ahí?

El tipo no se callaba. No supo en qué momento se le acercó, él estaba muy seguro de que no le había dado la impresión de querer iniciar una conversación, pero allí estaban, murmurando en la noche siniestra. Que Evans no iba allí a hacer buenas migas, pero aquel sujeto, grandote y rapado con un tatuaje en la calva brillante y las pintas de un matón de tachas y cuero, no era tampoco un sujeto al que lo mandabas a callar sin que se te echara encima.  

—Sí, sí…—Caradura, pero que pintado. Mentía porque, era cuestión de hacerse respetar. Era eso, o explicar cómo había caído rendido al sueño toda la tarde—Perseguí a uno, pero luego me acorralaron…

—¡Si tuviera uno enfrente de mí ahora mismo, te juro…!


—Sí, sí…

Intentaba poner la cara más seria de la que era capaz.

—Mitchell, Howell…


Por fin, que el de ahí era un pesado.

—Oh, ese es mi nombre.  

No estaba tan mal, eh. Especialmente porque nunca pasaba nada. De hecho, había habido un par de alarmas, que resultaron falsas. Evans confiaba en que pasada la ola postraumática del último ataque de los radicales, todo regresaría a la normalidad. Mientras tanto, paciencia. Se paseaba durante las noches que le tocaba ronda al lado de un compañero, pasando desinteresadamente por delante de tiendas cerradas por matar el tiempo.

No se imaginaba por qué esa noche tenía que ser diferente.

—Así que, ¿a qué te dedicas?


No tenía otra cosa que hacer más que caminar y ver la luna, así que, ¿qué perdía por conocer a su compañero? Sólo rogaba no recibir una respuesta tétrica como lo que venía escuchando últimamente: la funeraria, disecado de elfos domésticos, entre otras formas de ocupar el tiempo que daban algo de repelús. Que había conocido a un tipo que hasta reducía cabezas, pero no le quedó claro si por profesión o pasatiempo, ni si tenía el permiso de las cabezas.

En esos días, incluso el Callejón Knocturn estaba vacío. Eso sí que asustaba. Era acercándose a los bares donde se empezaba a detectar el movimiento. Allí sólo tenían cerca la boticaria del viejo canalla que nunca te hacía un buen precio por la mercancía que vendía, ni la que compraba. Era de esos que tenían un almacén lleno de mercancía ilegal, difíciles de conseguir. Eso lo sabía por habladurías. Era lo más interesante de la calle, porque lo otro eran tiendas de variedades en las que nadie reparaba.

La boticaria era la única tienda que todavía tenía luz.
Emme


Evans Mitchell
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Ian Howells el Lun Sep 16, 2019 4:29 am

Al menos hacer el idiota hacía que el tiempo pasase menos lento y el simple hecho de sonreír, aunque fuese por un mal chiste, hacía que el peso de estar allí y la incertidumbre de no saber si saldrás, se disipara un poco, haciéndote respirar. Aunque no lo pudiera parecer el simple hecho de hablar te aliviaba la presión de la cabeza, haciéndote pensar mejor, o al menos haciéndote pensar un poco, pues la situación en la que se encontraban llevaba a encerrarte en un pozo sin salida.

Se notaba la diferencia entre Ian y Evans y el resto, pues si bien no estaban bien al cien por cien, al menos eran los que menos caras de traumatizados tenían ahora mismo en aquel vagón. El hecho de haber hablado e incluso esa terapia de yoga y respiración con la fugitiva, había hecho que los dos chicos tuviesen algo más de control emocional ahora mismo.

―Claro que tengo un hijo ―le respondió a su compañero, pues antes había creído que sólo era una estratagema para dar pena. ―Se llama Perseo y tiene dos años. Y su madre me remata en mi tumba como le deje sin padre, ¿sabes?

Si bien Eris al principio no confiaba nada en Ian, las cosas habían cambiado bastante y la Masbecth consideraba que no solo era un buen padre, sino que era lo que necesitaba Perseo. Ella, más que nadie, veía a Perseo con y sin Ian en su vida y sabía que aunque hubiese sido un adolescente estúpido, como padre lo estaba haciendo muy bien. Además, ahora mismo Eris estaba bastante sola e Ian era un gran apoyo para ella, por lo que no quería perderlo ella tampoco como el padre de su hijo, así como uno de sus mejores amigos.

―Que esa chica te haya salvado de tu ataque de ansiedad no quiere decir nada, colega ―le respondió en relación a que como no eran radicales, no les iban a matar. ―Somos sus enemigos. Puede pasar cualquier cosa. Tú no te fíes y sé un buen chico. ―Le advirtió, mirándole de reojo.

Si tenían suerte, el resto de sus compañeros sin duda serían los peores del grupo, auténticos ‘mini-mortífagos’ que ahora mismo estarían replanteándose qué era peor, si no sobrevivir al secuestro de unos fugitivos o enfrentarse después a la bronca de sus respectivos padrinos mágicos. Ian tenía la sensación de que si allí dentro alguien iba a dar problemas, no serían precisamente ninguno de ellos dos.


***

La intervención de Evans fue acompañada por un asentimiento continuo de Ian, como si estuviese apoyando todo lo que le decía.

―Sí, eso, lo que dice él ―añadió, dando a entender que él opinaba lo mismo que opinaba su colega.

El fugitivo entonces comenzó a leer una lista de nombres y a Ian por un momento se le vino el momento de Hogwarts en donde pasaban lista a primera hora para asegurarse de que nadie se había quedado dormido en la cama. Por un momento hasta se imaginó a la gente diciendo: “¡aquí!”, “presente” o sucedáneos.

¿Sinceramente? Ni puta idea de la gente que estaba nombrando, así que puso cara de patata pasiva, intentando no cagarla con sus propios pensamientos sobre un día en clase pasando lista.

Intuyó, por lo que estaba pasando, que estaba hablando de personas fugitivas. ¿O de personas muertas? Uno de sus compañeros preguntó por la familia Lawrence, un tal Chris, pero no supo identificar muy bien toda la vaina. Sin embargo, como habían dicho que si sabían de algunas personas e Ian no sabía de ninguno, decidió estarse callado. No fue hasta que terminó todo el mundo de aportar su pequeño grano de arena, que Ian vio el momento de decir un par de cosas.

―Esa gente… ¿no se sabe si están atrapadas, desaparecidas o muertas… verdad? ―Ian lo preguntó al tipo que preguntaba y éste se limitó a asentir con la cabeza. ―Supongo que hacer un trato de libertad a cambio de información es pecar de ser un poco necio, ¿no? ―Añadió Ian, ladeando una sonrisa algo divertida.

―¿Sólo un poco, chaval? ―preguntó el fugitivo, devolviéndole la sonrisa.

―Quiero decir, actualmente no sé nada de esas personas, pero muchos de aquí tenemos la oportunidad de conseguir información. Yo, por ejemplo, tengo un buen amigo en San Mungo, le puedo preguntar por ellos y ver si han fallecido o, al menos, han pasado por allí. Mucha gente antes de terminar en Azkaban o en el Área-M pasa por el hospital; de hecho habilitaron una zona para los fugitivos, para no mezclarlos con el resto de personas ―lo dijo de carrerilla, carraspeando al final.

―Buen intento, chico ―bufó el fugitivo.

―¡Hablo en serio, colega! ¡A mi no me cuesta nada preguntar por unos nombres y vosotros sabréis cosas! No tengo intención de cavar mi tumba ayudando a los fugitivos: seamos realistas. Lo siento por vosotros, pero yo obviamente tengo mi vida. Sin embargo, estoy dispuesto a daros información por salir de aquí. Y creo que todos los que estamos aquí dentro estamos dispuestos a cooperar. Tenéis a… ―Contó a los que estaban ahí dentro, eran siete en total. Los contó con el dedo en alto, apuntando a cada uno para no perderse. El muy idiota, con los nervios, olvidó contarse a sí mismo. ―Tenéis a seis personas dispuestas a ayudaros. Pidan lo que quieran y les devolvemos el favor por no matarnos. ¡Joder, ¿suena a puta ideaza o no, colegas?! ―Se giró para hablar con el resto.

Varios asintieron de manera totalmente inconsciente y desesperadas, mientras que otros parecieron un poco menos seguros porque eran conscientes de que hacer lo que estaba proponiendo Ian podía hacer que los metiesen en Azkaban por traidores.

El fugitivo no supo qué decir, realmente, por lo que simplemente decidió irse de allí, cerrando el vagón detrás de él y dejando de nuevo a los chicos a solas. Fue uno que se llamaba Carl el primero en hablar.

―¿Estás loco, Howells? ¿Sabes que eso nos puede meter en la absoluta mierda?

―¡Ah! ¿Tú prefieres terminar muerto, subnormal? ―Frunció el ceño. ―No nos cuesta nada hacer lo que le he dicho que haríamos y no tenemos por qué decirle nada a nadie. Incluso le podemos decir a esta gente que nos borre la puta memoria de quién ha estado con nosotros para no jodernos mutuamente. ¿O es que te jode tener que ayudar a la gente que te ha dado por culo, Carlsito? ―le picó.

―Cállate, Howells. Es una mala idea; sólo digo que es una mala idea.

―¿Todos pensáis que es una mala idea?
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Evans Mitchell el Miér Sep 18, 2019 4:32 am






Se rió internamente con la idea mental de una madre furiosa dispuesta a rematar al padre de su hijo. Imaginó que debían tener una bonita relación. Aterradora, pero bonita. No parecía tan mal tener un padre como Ian, con lo macanudo que era el tipo en los momentos desesperantes.

—Eso suena… Me da miedo, sabes… Y eso que estamos aquí dentro. No creo que tampoco le alegre saber que te atraparon—Y con ironía, preguntó—: ¿Seguro que quieres salir?

La descripción de su situación de boca de Ian daba mucho que pensar, excepto en una cosa sobre la que Evans no iba a aceptar que lo cuestionaran.

—Siempre soy un buen chico.


Rezumaba cinismo.

—Lo sé, pero—dijo, regresando momentáneamente a la seriedad del asunto—. Sí que dice algo. Dice mucho. Quiero tener un buen presentimiento sobre todo esto. Pensé que de verdad moría, ¿sabes?—añadió, refiriéndose a su ataque—. Nunca me había sentido así. Es de puto asco. Todavía tengo el vómito atorado en la garganta—Rio, breve—. Pero no morí. Quizá ellos estén cansados de tanta muerte. Yo estoy harto. No quiero hacer esto nunca más. Si fuera por mí…

Si fuera por él, el gobierno podía ser derrocado ese mismo día. Voldemort muerto. El retorno de los días antes del miedo. Una vida normal. Quería todo eso en su futuro. Pero quedaba preguntarse, ¿qué ocurriría después? Evans alegaría que no había tenido otra opción que someterse a un gobierno del terror, como tantos otros, ¿pero podrían perdonarle sus crímenes? Sólo él se perdonaba, porque sabía cuánto había odiado llevarlos a cabo.

—¿No te preguntas que pasará cuando todo acabe?—soltó, exteriorizando su pensamiento— Si acaba. ¿Seremos nosotros luego los perseguidos?  



***




¡Joder, ¿suena a puta ideaza o no, colegas?!


El estallido de ocurrencia que tuvo Ian sacó a Evans de sus pensamientos luego de que repasara por enésima vez en sus recuerdos lo que había sucedido con los Carrington una noche que ingenuamente prefería olvidar. Lo que Ian proponía sonaba descabellado, pero principalmente porque no se hallaban en posición de negociar. La propuesta generó un debate, y como era de esperar, no todos se ponían de acuerdo.

—¿Tú tienes otra idea?—espetó Evans.

Se sumó al calor del debate y comprobó lo evidente, que nadie parecía tener ni pálida idea de cómo salir de aquel berenjenal, así que era cuestión de pensarse dos veces sus posibilidades con la estrategia de Ian. Lo cierto es que la idea le había dado a Evans en qué pensar, pero nada que quisiera compartirle al resto de la cuadrilla. No quería apostar sus posibilidades confiando en la gente equivocada.

—Saben que sólo queremos salvarnos el cuello—opinó Evans—. Si ni siquiera confiamos entre nosotros, ¿por qué ellos habrán de confiar? No querrán aceptar ese trato.

Sin embargo, algo se había dado en aquel vagón. La lista de nombres y las manos levantadas habían dejado en evidencia que allí no había sólo victimarios desalmados, sino también víctimas, y Evans esperaba que los fugitivos meditaran en ello antes de tomar cualquier decisión.

—Hay movimiento allá fuera—
continuó, alzando la mirada hacia una de las ventanas del vagón—. Este refugio ya no es seguro, y querrán moverse. Incluso aunque se deshicieran de nosotros, otros nos rastrearían preguntándose por qué una cuadrilla de vigilantes desapareció. No pueden arriesgarse. Digo que esperemos.

Pero la idea de Ian hacía eco en su cabeza.

¿Por qué no…?

Le aliviaría la culpa ofrecerse de esa manera, actuando a dos bandos. El problema era que también incrementaría su miedo ante la mínima posibilidad de que lo descubrieran y las consecuencias que ello le deparaba. Quizá, de pensarlo mejor, Ian tampoco querría ese arreglo.

Pero en el hipotético caso de que decidieran actuar a pesar de las consecuencias, ¿cómo convencer a los refugiados de que se arriesgarían a dos bandos…? Habría que ofrecer una prueba de buena fe, con información como la que él tenía de los Carrington.

Sólo que se sentía como jugar con fuego.



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Ian Howells el Lun Sep 23, 2019 1:01 am

Eris era consciente del papel de Ian con respecto a los mortifagos, así como Ian era consciente de cómo de implicada estaba ella en el tema por motivos familiares. Ambos eran consciente del riesgo, pero una cosa estaba clara: Ian no tenía intención alguna de contarle a Eris que había sido capturado por unos fugitivos en el caso de que saliera con esa con vida. Bueno, ni a ella ni a nadie. Alguien de confianza se preocuparía de más y probablemente le echaría la bronca por la falta de seguridad, mientras que alguien que no fuera de confianza podría sospechar el por qué de que hubiese salido con vida de una situación así sin nada a cambio…

―En el hipotético caso de que se entere… prefiero su bronca, sí. Ya estoy acostumbrado. ―Rió, intentando tomárselo con filosofía.

Tal y como veía las cosas Evans, con ese optimismo… quizás sí que tuviesen alguna oportunidad. Sinceramente, Ian ya no tenía ni idea de qué pensar, ni de nada ni de nadie. ¿Decía algo en claro el hecho de que aquella mujer hubiese jugado un papel tranquilizador ante el ataque de pánico de Evans, o sencillamente era un resquicio de humanidad frente al miedo de otro humano?

―Yo también estoy bastante harto… ―le apoyó, pese a que no dijo nada más, aunque estuviese totalmente de acuerdo con él.

Ian no quería luchar a favor de Lord Voldemort, ni castigar a los hijos de muggles, ni a los traidores; él no quería luchar contra nadie. Él sólo quería que viviesen todos tranquilamente, como siempre habían hecho. En ese momento hasta se sentía imbécil de haber sido tan radical y estúpido en Hogwarts, teniendo en cuenta cosas como la estúpida pureza de sangre…

La última pregunta de Mitchell hizo que se le pusieran los pelos de punta.

―Sinceramente… no quiero ni pensarlo, colega…

Él había hecho hecho todo lo posible para no hacer daño ni que le hicieran daño. Todo lo posible para seguir conservando su vida ‘privilegiada’ sin tener que ocultarse del gobierno, pese a que tenía relaciones con fugitivos y se había acogido a los ideales pro-muggles, aunque abiertamente siguiese pareciendo un estúpido purista. No quería ni imaginar en cómo podrían cambiar las tornas si la cosa cambiaba de manera tan drástica…


***

Evans pareció apoyarle con la idea, pero el resto de chicos no parecían estar muy de acuerdo con aceptar algo que podría ponerlos en peligro con respecto al nuevo gobierno. La verdad es que elegir entre morir a manos de fugitivos o morir a manos del nuevo gobierno… pues hasta él elegiría morir a manos de fugitivos, pues parecía que sería menos doloroso.

Tal y lo que hacía Ian, poco le importaba a esas alturas ayudar a personas que realmente lo necesitaban. ¿Tenía miedo de ser descubierto? Por supuesto, pero más miedo tenía de no volver a ver a su hijo nunca más, por lo que estaba totalmente dispuesto a arriesgarse.

―Sí, ahora mismo no podemos hacer otra cosa que esperar… ―dijo Ian, acompañando a la mirada de Evans para ver qué encontraban fuera del vagón.


Y tuvieron que esperar un buen rato.

Si bien allí fuera solo se veían a los fugitivos movilizarse de un lado para otro, mientras hablaban y parecían tomar decisiones ajenas a los prisioneros, no repararon en ellos hasta bastante más tarde, sin preocuparse de que ‘su desaparición’ pudiera ser problema de ellos a corto plazo. Además, pese a que pudieran llegar a la ubicación de aquel refugio, tardarían en hacerlo, por lo que los fugitivos allí escondidos habían priorizado sus acciones: primero la búsqueda de otro lugar, luego la movilización del grupo y luego ver qué hacían con aquellos tipos que tenían retenidos.

Era obvio que en ese grupo, aunque no hubieran radicales, como tal, hubo personas que votaron por matarlos: la solución más fácil y, en opinión de algunos, más justa. Así se ahorraban el tener más enemigos ahí fuera y tratarlos de la misma manera que ellos le tratarían a ellos.

No fue hasta dos horas después, que tres fugitivos entraron al vagón: la mujer que había ayudado a Evans a no tener el ataque de ansiedad, el tipo que los había interrogado y, por lo que parecía, el ‘líder’ de aquel pequeño grupo fugitivo.

Ian no estaba durmiendo, pero la entrada de aquellos tipos le cogió con los ojos cerrados,  reflexionando sobre la vida, en mitad de aquel silencio sepulcral entre todos los capturados. Los fugitivos no se andaron con rodeos:

―Estamos en un problema, jóvenes. ―Los miró a todos. ―No sabemos qué hacer con vosotros y debemos de admitir que lo más fácil es mataros y librarnos de todo problema que podáis darnos. Ahora he visto que a uno de vosotros se os ocurrió una… moneda de cambio. ¿Hay más ideas? ¿Proposiciones? Estamos dispuestos a escuchar vuestras ofertas a cambio de vuestra vida.

En realidad los fugitivos no habían pensado en matarlos, pero sabían que eso podría hacer que cambiasen de opinión y fueran más receptivos.

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Evans Mitchell el Mar Oct 01, 2019 2:14 am






En el vagón, los prisioneros se removieron mostrando caras de preocupación. Los fugitivos pedían una moneda de cambio, ¿información? Evans se preguntaba si lo que tenía consigo era suficiente para negociar por su vida. ¿De verdad iban a matarlos?

—¿Por qué?—protestó, visiblemente enfadado. Ni él se esperaba responder así, pero toda la situación lo enervaba y era imposible callarse—. ¡No somos una amenaza así!—tironeó de las cadenas que se asían a sus muñecas, mostrando sus manos impedidas—, ¿no lo creen?  

Entre los demás se cruzaban miradas de inseguridad, y la pregunta sobre qué hacer generaba tensión. Uno de los prisioneros se apropió de la idea de Ian y la expuso frente a sus carceleros. Evans lo reconoció como uno de los rostros que había rechazado la propuesta en un principio, y estuvo a punto de soltar una risa hueca que sin embargo se le atoró en la garganta por el poco humor que tenían realmente las circunstancias.  

—No vamos a aceptar tan sencillamente la promesa de cooperación. No confiamos en ustedes. Pero cada uno de ustedes sabe algo, de eso estoy seguro. Me fío tan poco de su palabra como de sus promesas. Así que, como lo veo, su única moneda de cambio son sus recuerdos.

Lo decía de forma literal, era fácil de adivinar. En esa situación, los prisioneros podían ser capaces de soltar cualquier cosa con tal de saberse libres, incluso falsear testimonios. Los recuerdos eran una forma de apoyar con evidencia lo que se decía, pero también, ¿qué pasaría después con esos recuerdos?

En el peor de los casos, podían extorsionarlos al tener las pruebas de que habían negociado con el enemigo o querer tomar justicia por su propia mano, pero Evans no pudo evitar pensar en aquella película sobre el nazismo, en la que en un campo de concentración un judío se propone salvaguardar la evidencia fotográfica de lo que sucedía allí, para un futuro, para que ninguno de los soldados alemanes quedara impune ante la justicia.

A Evans no se le escapaba que había visto cómo aquel hombre que les hablaba, ¿el líder?, había apuntado una pistola sin hesitar con el disparo. Le revolvía el estómago pensar en cuán real se volvía su culpa cuando se topaba de narices con situaciones que no podía simplemente evitar. Aquel hombre con su sombra asesina le parecía, también, inevitable. Se hacía desagradable pensar demasiado.

El líder sacó un petaca vacía de entre sus ropas y se la arrojó a uno de los prisioneros, que la atrapó al vuelo. Éste entendió lo que tenía que hacer y luego de desenroscar la tapa se colocó la boquilla de la petaca a la altura del ojo; lentamente una lágrima se deslizó por su mejilla irradiando un fulgor plateado. La petaca comenzó a pasar de mano en mano, en silencio. Sólo uno la rechazó expresándose ruidosamente en una queja, invadido por el pánico de lo que “pasaría después”. A ese se lo llevaron fuera del vagón, y desde entonces ninguno se quejó.  

Quizá les borraran la memoria, con suerte. Sobre su estadía como prisioneros, y los arrojaran de vuelta al túnel, sólo con la idea de que los habían atacado y tenían que volver a reportarse. Evans se dijo que quizá aquel era un desenlace demasiado encantador para su situación. Pero si con motivo de ser liberados, no tenían otra opción que dar algo a cambio, Evans se substraería a sí mismo el recuerdo de los Carrington. ¿Sería aquello lo correcto para él? No veía otra salida.

La petaca llegó a las manos de Evans.

Derramó tres lágrimas plateadas, y se la pasó a Ian.



Evans Mitchell
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Evans MitchellUniversitarios

Ian Howells el Mar Oct 08, 2019 4:12 am

¿La única moneda de cambio eran… sus recuerdos? ¿Qué recuerdos iban realmente a importarles a aquellas personas? En ese momento Ian entró un poco en pánico, sin saber si realmente él podía tener algún tipo de vivencia que pudiera demostrar de alguna manera que tenía intención de ayudar. Podría enseñarles algo en relación con Perseo, para que se diesen cuenta de que por esa cosa Ian iba a hacer lo que fuera necesario, pero dudaba mucho que eso fuese un recuerdo válido o útil.

No pudo evitar pensar en Stella Thorne en aquel momento.

Se recordaba a sí mismo huyendo de un grupo de fugitivos que habían acorralado a uno de sus compañeros, se recordaba poniéndose una máscara de pato porque no tenía ninguna otra máscara y tenía miedo de que los fugitivos tuvieran algún tipo de repercusión contra él si conseguía huir y lo veían, se recordaba corriendo sin ver nada a través de esa dichosa máscara de pato y… también recordaba como un golpe bien dado le había terminado tirando al suelo y como una mano le arrebataba esa máscara: Stella, su amiga, su amante y… una fugitiva.

Discutieron en ese momento y ella le había dado por perdido, pero Ian no se rindió, pues sabía que ese grupo de fugitivos se iba a internar en un sitio en donde iban a perder, pues una trampa les esperaba, pero claro, ¿después de tremenda decepción, como esperaba Ian que Stella fuera a hacerle caso? Así que pese a todo, volvió a lugar después de que Stella ‘le perdonase la vida’, sólo para sacarla de allí pues no quería ver una noticia con la fecha de su muerte, o la fecha de su encarcelación.

Al final, Ian se mostró en contra de sus propios ‘compatriotas’ por Stella y el único motivo por el cual no le habían señalado como traidor era por dos razones: el tipo al que abandonó no sobrevivió y el resto no lo vio.

Pero él, igualmente, se había arriesgado por su amiga; una fugitiva.

Así que cuando le llegó la petaca a él, intentó hacer un rápido barrido de memorias por su cerebro para ver si había algún recuerdo que pudiera ser más útil que ese, pero no lo encontró. En un intento de demostrar realmente sus ideales y que estaba, literal, HECHO UN LÍO CON LA VIDA y que ahora mismo lo único que le importaba era hacer lo correcto, independientemente de lo que hubiese que hacer por ley. Un par de lágrimas cayeron dentro de aquella petaca y la pasó de nuevo al fugitivo, pues él había sido el último después de Evans.

Reflexionó un momento sobre qué tipo de recuerdos habían dado el resto, un poco inseguro por no saber si el suyo realmente valía o sería un motivo de confianza.

Los fugitivos no tardaron en irse, dejándolos de nuevo a todos solos en aquel lugar. Era incierto saber cuándo volverían, si acaso volverían o con qué noticias, por lo que después de un rato de silencio, Ian suspiró y miró a su amigo el del Ataque de Ansiedad, también conocido como Evans.

―¿Qué es lo que les has mostrado? ―preguntó entonces, queriendo quitarse la espinilla de la curiosidad―. Yo… no supe muy bien qué darles porque no sé qué es lo que buscan.

Uno del fondo alzó la mano, dando a entender que a él le había pasado lo mismo.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Vie Oct 18, 2019 6:35 pm






—Ey, ¿y qué es lo que les mostraste?—contestó, evasivo—. Te escucho.

Le proponía una moneda de intercambio: “Tus recuerdos, por los míos”. Dudaba que se abriera a contarle, pero he ahí el meollo del asunto: las memorias de uno eran un terreno demasiado personal. Especialmente en medio de ese círculo de “amigos”. La puta vida los había colocado juntos en aquellas raras circunstancias, y podía decirse que había vínculo de complicidad, pero hasta ahí. Evans no perdía la manía a la que lo arrastraba su desconfianza. Pero en el fondo, era porque estaba avergonzado de sus memorias como para ser demasiado explícito.

—Quise mandarles un mensaje—
dijo, relajándose—. De que mi vida es una mierda.

No se podían manipular los recuerdos; él no podía y menos en esa instancia; pero se podía transmitir lo suficiente con sus pros y sus contras para dar testimonio de lo que les tocaba vivir a los que habían decidido quedarse a pesar de las consecuencias. Cuando Voldemort subió al poder, para los que no compartían sus ideales quedaron dos caminos: o huías o te quedabas. Ninguno era más fácil que otro. Evans pensaba que no había fuerza moral que lo obligara a sufrir la persecución del gobierno, ni que el acto de arrojarse como fugitivo por las alcantarillas de Londres encerrara ningún tipo de coraje especial. ¿Era cobarde por quedarse? No, era inteligente. Eso era todo. Había fugitivos que no pensarían lo mismo, pero que menudo grupo de egoístas tenían que ser como para criticarle a él, un superviviente, cómo hacía para sobrevivir.

—Imagino que evaluarán nuestra integridad moral—comentó, sarcástico el tono—. ¿Se darán cuenta de que soy hipócrita? Claro. ¿Pero cuán el mundo no fue hipócrita por empezar? Indígnate si quieres—añadió—, pero ahora mismo tu mejor carta baja la manga es ese hijo tuyo—se encogió de hombros—. Es verdad. Espero que les hayas mostrado muchas imágenes de sus cachetes regordetes. Ese sí que sería todo un mensaje: “Tienes que ser un puerco para matar al padre de este nene, mira que cachetes”.  

En torno a ellos los demás “presidiarios” iniciaron un debate sobre qué surgiría de todo aquello y cómo terminaría. La incertidumbre era lo que a más de uno le provocaba un frío sudor. Luego de lo que pareció una eternidad, los fugitivos finalmente se presentaron. Venían en la búsqueda de, ¡qué mierda de sorpresa!, Evans. No era el único, a Ian lo tomaron para llevárselos juntos. Los apartaron del grupo y aquella acción provocó un nerviosismo general. Uno de los tipejos saltó con la voz alarmada, presumiblemente en su defensa.

—¿Por qué ellos? ¿Qué van a hacer con ellos?


La realidad era que le preocupaba lo que harían ellos en la medida en que ello tenía que ver con él: si empezaban a llevárselos, ¿pensaban liquidarlos? Esa idea tiranizaba a través del miedo el imaginario colectivo, pero Evans sabía muy bien que por lo demás, cada uno se preocupaba por el otro, literalmente, un rabanito al cuadrado. Nada. Poco. No, ni un poco.

—Venga, hombre—soltó Evans, sintiéndose con ganas de un giro de humor—Que me conmueves.

Encadenados, los colocaron del líder de los refugiados. No habían hecho más que guiarlos hacia el otro extremo del vagón, haciéndolos atravesar una delgada cortina transparente, que no era otra cosa que un hechizo que dividía el compartimento en lo que se podía ver y lo que no. Al estar del otro lado, Evans se sintió como detrás del espejo en una sala de interrogatorio. El círculo de mortífagos —secuaces, que no mortífagos realmente—, no podía ni verlos ni oírlos, y en lo que a ellos respectaba, Evans, Ian y su escolta habían desaparecido completamente del mapa; pero Evans podía verlos con claridad: revueltos y nerviosos.
 
El líder de los refugiados había tomado asiento frente a una especie de pensadero portátil que levitaba a unos pocos centímetros del suelo. La situación hizo que Evans se inquietara. Le jodía siempre que se hallaba en una instancia similar, a punto de ser atacado por el juicio de alguien más, como si otros tuvieran verdadero derecho a opinar sobre sus propios asuntos. Las caras embebidas de profunda seriedad en los refugiados allí presentes le daban una terrible mala espina. Aunque fuese de forma involuntaria, y por tanto, un acto un tanto humillante, Evans tragó duro. Menuda mierda. ¿Por qué no podía tener una vida más sencilla?

—¿Y esto qué? ¿Ahora nos van a torturar?—A Evans se le aflojó la lengua, como siempre que se ponía nervioso—. Menuda panda de tíos. ¿No se dieron cuenta ya? Tengo una PUTA VIDA, y porque NO quiera vivir arrastrándome por las alcantarillas…

—¡Pero qué bocaza nos salió este chico!—La mujer simpaticona estalló en risa—. Te me calmas, eh. Que no queremos otra escena. Tú respira. Recuerda, inhalo, exhalo…

Era humillante, eh. Pero qué hacerle. Evans apretó la mandíbula.

—Ninguno de los dos está en situación de excusarse por lo que son—intervino el líder, con un aplomo que hizo que Evans prefiriera mantenerse callado—. Pero las discusiones que tomaron hasta ahora son su propia responsabilidad. No me importan. En lo que a mí refiere, suponen una pérdida de tiempo. Pero, ¿qué van a hacer ahora?

El líder se removió en el lugar, adoptando una postura que se prestaba a la confrontación. Su mirada era severa. Habría estado pensando qué hacer con ellos con minuciosidad, y Evans no se equivocaba: tenía una propuesta para ellos.






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Evans MitchellUniversitarios

Ian Howells Ayer a las 3:19 am

Howells lo miró con cierto reproche cuando le devolvió la pregunta para que contestase él primero, negando con la cabeza. Él no tenía problema en decir lo que había compartido, aunque en aquel lugar hubiesen algunos compañeros con los que no quería compartir que ayudaba o era amigo de  fugitivos, así que tendría que ser bastante más sutil a la hora de contarlo.

¿Evaluar la integridad moral? Cuando Evans mencionó que debería de haberle enseñado algo relacionado con Perseo, Ian se quedó un poco patidifuso: ¿por qué usar a su hijo como moneda de cambio? ¿Realmente le iban a perdonar por ser el padre de una criatura inocente? ¿Cuántos de ellos no eran padres y el gobierno les había quitado indiscriminadamente a sus hijos? No supo identificar si su colega estaba hablando irónicamente o si realmente debería de haber hecho eso, pero igualmente fue sincero, creyendo que lo que había compartido era lo que ellos querían ver.

―No he enseñado a mi hijo ―le respondió a Evs, negando con la cabeza―. Les he enseñado que no soy lo que aparento ser.

Ahí en donde lo veías, ya no conservaba las amistades de Hogwarts más malinfluyentes y actualmente agresivas, sino que había hecho nuevas que eran muy buenas influencias y, con total seguridad, con ideales pro-muggles. Nunca había hablado de esa manera con Laith, pero estaba seguro que de poder, ayudaría a un fugitivo en problemas. Y si bien Ian había dado ese paso por Stella, ahora mismo se plantería muy seriamente colaborar con la ‘causa perdida’ tanto por justicia como por supervivencia. Quería que los fugitivos supieran que ya lo había hecho y que por eso no dudaría en volverlo hacer. Si bien en un momento le movió “el amor”―pues nunca aceptaría estar enamorado de Stella así porque sí―ahora mismo su perspectiva había cambiado.

Además, no quería utilizar a Perseo para salir de una situación así. De poder ser, quería dejar la identidad de su hijo totalmente anónima, pues nadie tenía porqué saber quién era. Se había tomado muy en serio lo de no poner en peligro a Persie y si bien su situación ya lo ponía en peligro indirectamente, no quería cagarla todavía más.

Después de un buen rato, pero igualmente de manera repentina, sacaron a Evans y a Ian de aquel lugar, moviéndolos hacia otro lado del vagón en donde estaban ocultos por magia del resto. En un principio se asustó porque separar a un grupo nunca era buena: ¿y si ellos eran los primeros en morir? Se quedó callado, totalmente fuera de la onda de la situación. Evans sí fue capaz de quejarse y criticar que ahora fuesen a matarlos o torturarlos, mientras que Ian, pese a ser el mayor, se quedase callado. No sabía qué decir, realmente: ¿si los mataban, realmente no se lo merecían después de todas las cosas feas que habían hecho? Él no quería morir y había hecho lo que era necesario para conservar su vida, ¿era justo que les juzgasen por ello?

―¿Cómo que… qué vamos a hacer ahora? ―preguntó Ian, perdido, mirando entre el líder y la muchacha que se encontraba allí, intentando descifrar qué narices decían―. ¿Acaso podemos decidir lo que hacer? Pensé que nuestro futuro era vuestra decisión.

Básicamente porque míralos: maniatados en un lugar en donde no podían hacer nada, habiendo sido desprovistos de sus varitas. ¿Qué clase decisión podían tomar?

―Yo ya se los he dicho: si me dejan salir de aquí estoy dispuesto a colaborar con ustedes si necesitáis algo a lo que no podáis acceder o lo que sea… ―Habló un poco rápido, sin saber muy bien lo que decía―. No quiero morir aquí dentro y si bien no estoy orgulloso de lo que he hecho, actualmente intento arreglarlo. Sé que no nuestros enemigos. ―Tragó saliva, sin saber si lo que decía tenía sentido o no―. Esto es cuestión de bandos y si bien he tardado lo mío en darme cuenta, sé cuál es al que no quiero pertenecer. Pero como Evans, tenemos un vida que queremos conservar y todos hemos tenido que hacer cosas de las que no estamos orgullosos.

¡Y es que eso era así! ¡Pasaba en todo el mundo! Cuando 'tu país' te necesita, no puedes decir que no o te conviertes en una persona no grata para el mismo. ¿Qué hubiera pasado si Ian le hubiera dicho a su madrina que no quería seguir actuando de manera pro-activa en la fila de los mortifagos, cuando era una persona joven con ideales bien claros? ¡Esos eran los que había que conservar! Uno no podía directamente decir que no y, desgraciadamente, habían tenido que hacer cosas muy feas.
Ian Howells
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