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Priv. »Light at the End of the Tunnel

Evans Mitchell el Sáb Ago 03, 2019 7:57 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Priv. »Light at the End of the Tunnel - Página 2 0DQfTZg

REFUGIO DEL TÚNEL
En el vagón abandonado de un tren.


Era absoluta oscuridad hasta que se hizo la luz. Hay asientos rotos y grafitis en las paredes. El rostro de él refleja la seriedad de un carácter estoico. El rostro de ella es apasionado y vibrante. Entre ellos se interpone una firme negativa.

—No.

Giraud no les dejaba opción. Era imposible convencerlo con argumentos, como siempre, pero por esa misma dureza de carácter era que todos depositaban en él su confianza. Jane, sin embargo, creía que había perdido de vista lo verdaderamente importante.

—Si no conseguimos esa medicina….


Es que, ¿no podía entenderlo?

—Es mi última palabra.

Jane apretó los puños.

—Los estás condenando.


Giraud se sintió de pronto cansado y triste bajo el ataque de esa mirada. Recordó la primera vez que se conocieron, era entonces una muchacha asustada. Había cambiado, aunque nunca de vocación. Era difícil no alinearse con sus sentimientos. Pero tenía que disentir, por el bien mayor. Empleó un tono más suave al volver a hablar.

—Nos estoy poniendo fuera de la línea de peligro. Tú lo sabes.

No había forma en que pudiera atemperar el golpe.

—¡Estoy harta de esto! Soy doctora, no puedo…

—No es lo que podemos—cortó él—. Es lo que debemos—Calló un instante durante el que ella mantuvo gacha la mirada, y añadió—: Ahora mismo, tenemos que mantenernos unidos en las decisiones. De otro modo, sería como estar por tu cuenta.  

Jane lo observó alejarse habiendo tomado una decisión.

Necesitaban esa medicina.


I


Todo lo que empieza bien, acaba mal
—Ley de Murphy.


Que tenía putas pesadillas, ¿ok? Súmale a eso que era un insomne por las noches y aquella nochecita no estaba de humor. No le gustaba —porque vaya que te dejaba “zombie”—, pero cuando se dio cuenta de que a pesar de haber llegado exhausto a casa tendría los ojos abiertos e inyectados en sangre clavados en el techo hasta que los pajaritos cantaran, fue a lo seguro y bajó por la garganta la poción del sueño, sin más, de un trago.

Total, que la jornada siguiente libraba, ¿sabes? No tenía clases en la universidad, no tenía que atender mesas en el café que trabajaba. Era su puto día libre, joder. ¿Qué había de malo con la rutina?, ¿qué le pasaba a la gente que no apreciaba una buena vida normal? Que los jodan. Monotonía, era la mejor tendencia en esos días. Te mantenía al margen de los conflictos, con tu culo fuera de la línea de fuego. ¿Problemas?, ¿qué problemas? Si te ajustabas a tu itinerario, no tenías tiempo siquiera de pensar.

Todas las mañanas Evans manoteaba el despertador a las 05:00 AM, y en el mismísimo instante en que se planteaba hacer como si nada hubiera sucedido allí, Dager, su Jack Terrier, arañaba el suelo en una carrera desde el living hasta el dormitorio y saltaba a la cama como un frisbee arrojado en la distancia —la misma escena cada vez: mordía y tiraba de las sábanas, gruñido de por medio, con la cola contenta y brincando de entusiasmo—. Era una bola de pelos y energía, mientras que su dueño era un intento de persona a esas horas, tan temprano.

Finalmente se levantaba, y con él se ponía en marcha el reproductor de música a todo volumen con temas de Michael Jackson (Annie, ¿are you ok?) y la banda completa del 80 mientras que arrastraba los pies por el departamento para sus abluciones matutinas, encender la hornalla de la cocina, darle la comida al perro y masticar una tostada. Se aseguraba primero de recortar los bordes para obsequiarle a Dager con un bocado antes de encaminarse hasta la entrada, tomar la correa y salir por la puerta con la cola de Dager bailando detrás hacia su acostumbrado paseo, porque así era como dueño y mascota iniciaban el día. Luego a casa, y de vuelta a salir.

¿La mañana de la tragedia? Se quedó profundamente dormido. Abrió los ojos y nada había cambiado, todo seguía allí como lo recordaba. Había dormido a pata suelta casi toda la tarde, se había dado el gusto, nada de despertadores para él en ese día, no. Amaneció un poco atontado, eso era todo. Dager había orinado la alfombrilla de la entrada. Empezaba a oscurecer allí fuera, del otro lado de la ventana. ¿Y cómo no? Había llegado como a la madrugada el día anterior luego de un poco de fiesta, la poción lo golpeó fuerte. Nada se salía de lo esperado. O de eso estaba seguro, hasta que se vio a sí mismo sujetando al perro de la correa rodeado de la histeria colectiva y en medio de los escombros de lo que había sido el simpático paseo por el Callejón Diagón, convertido en ruinas.

Ese fue el principio de una verdadera pesadilla.

*

A semanas luego de la tragedia protagonizada por los radicales, los periódicos todavía flameaban con sus catastróficos titulares. No se había hablado de otra cosa. Era imposible pensar que la comunidad mágica fuera a olvidarlo fácilmente. De tonto, Evans no tenía nada, y sabía lo que eso significaba. Lo supo desde el primer día, aunque ni siquiera el pánico y los estruendos del desastre a tan sólo metros de su modesto departamento pudieron sonsacarlo de su profundo sueño. En lo que a él respectaba, ese ataque le dolía más a él y era todavía más personal que para los rehenes secuestrados.

Putos radicales.

¿Qué era lo que habían conseguido con toda esa locura? Evans podía decirlo, ¡servir su culo en una bandeja!, ¡eso! Cuando él pensaba que podía escapar de las malas decisiones que había hecho, refugiarse en la rutina, tenía que aparecer un grupo terrorista que hiciera saltar todas las alarmas siendo la situación general ya lo suficientemente tensa. La presión por parte de la comunidad mágica en su reclamo de seguridad, el odio del Ministerio por verse debilitado frente a la acción demente de una banda de extremistas, desencadenó en lo que más temía.

Hicieron un llamado —por la “seguridad pública” o vaya  saber qué cuento—, y a Evans, por supuesto, le colaron una citación que no podía rechazar, a lo Marlon Brandon. ¿Sorpresa? No. Había pactado con el Diablo, lo sabía, pero le daba bronca que no pudiera hacer otra cosa que dejarse arrastrar por las circunstancias. ¿Y si no? Lo mataban, así, sin peros. Ya bastante nerviosos estaban dentro del círculo de mortífagos como para irles con el cuento de que era un muchacho asustado y cobarde —que de cuento nada, verdad pura y dura— que no estaba a la altura de lo que le pedían y que, por favor, que lo consideraran prescindible que él lo iba a entender, perfectamente. Por desgracia, la tensión del momento los había puesto a todos muy sensibles, y si Evans demostraba otra cosa que ardoroso fanatismo, lo mataban, estaba seguro. Que no era broma, ¿sabes?



II


LA ALARMA


Han reclutado a los aspirantes para realizar rondas nocturnas de vigilancia, extremando la seguridad. Hay que estar preparado para el llamado ante la posibilidad de una alarma. No está establecido, pero hay un horario de queda en los lugares de tránsito. Las tiendas cierran temprano, todos son detenidos e interrogados por sus papeles, cualquiera es sospechoso.
   


Se aparecieron en la noche con un susurro sibilante. El punto de encuentro era una plaza infantil venida a menos. Un grupo de aspirantes a mortífagos se apiñó cerca de una robusta calesita. Hay cada rostro de espanto, ensombrecido por viles intenciones. Evans Mitchell está entre ellos. El mortífago a cargo de aquella operación de vigilancia se hacía llamar Pollack. Agrupaba a los aspirantes y les asignaba una locación, llamándolos por una lista.

—…a mí, que vengan, ya te digo que si tuviera a uno de esos radicales—Su interlocutor acabó la frase chocando el puño contra la palma abierta, en un elocuente gesto, y siguió cuchicheando—Lo que hicieron, qué descaro. Yo les di con todo, ¿sabes? Ese día, en Diagón. Pero las sabandijas, lo destrozaban todo, era casi imposible ver nada entre tanto escombro, pero te juró que algún bastardo allí afuera se ha llevado un recuerdo mío, había uno que… ¿Tú estuviste ahí?

El tipo no se callaba. No supo en qué momento se le acercó, él estaba muy seguro de que no le había dado la impresión de querer iniciar una conversación, pero allí estaban, murmurando en la noche siniestra. Que Evans no iba allí a hacer buenas migas, pero aquel sujeto, grandote y rapado con un tatuaje en la calva brillante y las pintas de un matón de tachas y cuero, no era tampoco un sujeto al que lo mandabas a callar sin que se te echara encima.  

—Sí, sí…—Caradura, pero que pintado. Mentía porque, era cuestión de hacerse respetar. Era eso, o explicar cómo había caído rendido al sueño toda la tarde—Perseguí a uno, pero luego me acorralaron…

—¡Si tuviera uno enfrente de mí ahora mismo, te juro…!


—Sí, sí…

Intentaba poner la cara más seria de la que era capaz.

—Mitchell, Howell…


Por fin, que el de ahí era un pesado.

—Oh, ese es mi nombre.  

No estaba tan mal, eh. Especialmente porque nunca pasaba nada. De hecho, había habido un par de alarmas, que resultaron falsas. Evans confiaba en que pasada la ola postraumática del último ataque de los radicales, todo regresaría a la normalidad. Mientras tanto, paciencia. Se paseaba durante las noches que le tocaba ronda al lado de un compañero, pasando desinteresadamente por delante de tiendas cerradas por matar el tiempo.

No se imaginaba por qué esa noche tenía que ser diferente.

—Así que, ¿a qué te dedicas?


No tenía otra cosa que hacer más que caminar y ver la luna, así que, ¿qué perdía por conocer a su compañero? Sólo rogaba no recibir una respuesta tétrica como lo que venía escuchando últimamente: la funeraria, disecado de elfos domésticos, entre otras formas de ocupar el tiempo que daban algo de repelús. Que había conocido a un tipo que hasta reducía cabezas, pero no le quedó claro si por profesión o pasatiempo, ni si tenía el permiso de las cabezas.

En esos días, incluso el Callejón Knocturn estaba vacío. Eso sí que asustaba. Era acercándose a los bares donde se empezaba a detectar el movimiento. Allí sólo tenían cerca la boticaria del viejo canalla que nunca te hacía un buen precio por la mercancía que vendía, ni la que compraba. Era de esos que tenían un almacén lleno de mercancía ilegal, difíciles de conseguir. Eso lo sabía por habladurías. Era lo más interesante de la calle, porque lo otro eran tiendas de variedades en las que nadie reparaba.

La boticaria era la única tienda que todavía tenía luz.


Última edición por Evans Mitchell el Jue Nov 21, 2019 11:27 pm, editado 1 vez
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Ian Howells el Lun Sep 16, 2019 4:29 am

Al menos hacer el idiota hacía que el tiempo pasase menos lento y el simple hecho de sonreír, aunque fuese por un mal chiste, hacía que el peso de estar allí y la incertidumbre de no saber si saldrás, se disipara un poco, haciéndote respirar. Aunque no lo pudiera parecer el simple hecho de hablar te aliviaba la presión de la cabeza, haciéndote pensar mejor, o al menos haciéndote pensar un poco, pues la situación en la que se encontraban llevaba a encerrarte en un pozo sin salida.

Se notaba la diferencia entre Ian y Evans y el resto, pues si bien no estaban bien al cien por cien, al menos eran los que menos caras de traumatizados tenían ahora mismo en aquel vagón. El hecho de haber hablado e incluso esa terapia de yoga y respiración con la fugitiva, había hecho que los dos chicos tuviesen algo más de control emocional ahora mismo.

―Claro que tengo un hijo ―le respondió a su compañero, pues antes había creído que sólo era una estratagema para dar pena. ―Se llama Perseo y tiene dos años. Y su madre me remata en mi tumba como le deje sin padre, ¿sabes?

Si bien Eris al principio no confiaba nada en Ian, las cosas habían cambiado bastante y la Masbecth consideraba que no solo era un buen padre, sino que era lo que necesitaba Perseo. Ella, más que nadie, veía a Perseo con y sin Ian en su vida y sabía que aunque hubiese sido un adolescente estúpido, como padre lo estaba haciendo muy bien. Además, ahora mismo Eris estaba bastante sola e Ian era un gran apoyo para ella, por lo que no quería perderlo ella tampoco como el padre de su hijo, así como uno de sus mejores amigos.

―Que esa chica te haya salvado de tu ataque de ansiedad no quiere decir nada, colega ―le respondió en relación a que como no eran radicales, no les iban a matar. ―Somos sus enemigos. Puede pasar cualquier cosa. Tú no te fíes y sé un buen chico. ―Le advirtió, mirándole de reojo.

Si tenían suerte, el resto de sus compañeros sin duda serían los peores del grupo, auténticos ‘mini-mortífagos’ que ahora mismo estarían replanteándose qué era peor, si no sobrevivir al secuestro de unos fugitivos o enfrentarse después a la bronca de sus respectivos padrinos mágicos. Ian tenía la sensación de que si allí dentro alguien iba a dar problemas, no serían precisamente ninguno de ellos dos.


***

La intervención de Evans fue acompañada por un asentimiento continuo de Ian, como si estuviese apoyando todo lo que le decía.

―Sí, eso, lo que dice él ―añadió, dando a entender que él opinaba lo mismo que opinaba su colega.

El fugitivo entonces comenzó a leer una lista de nombres y a Ian por un momento se le vino el momento de Hogwarts en donde pasaban lista a primera hora para asegurarse de que nadie se había quedado dormido en la cama. Por un momento hasta se imaginó a la gente diciendo: “¡aquí!”, “presente” o sucedáneos.

¿Sinceramente? Ni puta idea de la gente que estaba nombrando, así que puso cara de patata pasiva, intentando no cagarla con sus propios pensamientos sobre un día en clase pasando lista.

Intuyó, por lo que estaba pasando, que estaba hablando de personas fugitivas. ¿O de personas muertas? Uno de sus compañeros preguntó por la familia Lawrence, un tal Chris, pero no supo identificar muy bien toda la vaina. Sin embargo, como habían dicho que si sabían de algunas personas e Ian no sabía de ninguno, decidió estarse callado. No fue hasta que terminó todo el mundo de aportar su pequeño grano de arena, que Ian vio el momento de decir un par de cosas.

―Esa gente… ¿no se sabe si están atrapadas, desaparecidas o muertas… verdad? ―Ian lo preguntó al tipo que preguntaba y éste se limitó a asentir con la cabeza. ―Supongo que hacer un trato de libertad a cambio de información es pecar de ser un poco necio, ¿no? ―Añadió Ian, ladeando una sonrisa algo divertida.

―¿Sólo un poco, chaval? ―preguntó el fugitivo, devolviéndole la sonrisa.

―Quiero decir, actualmente no sé nada de esas personas, pero muchos de aquí tenemos la oportunidad de conseguir información. Yo, por ejemplo, tengo un buen amigo en San Mungo, le puedo preguntar por ellos y ver si han fallecido o, al menos, han pasado por allí. Mucha gente antes de terminar en Azkaban o en el Área-M pasa por el hospital; de hecho habilitaron una zona para los fugitivos, para no mezclarlos con el resto de personas ―lo dijo de carrerilla, carraspeando al final.

―Buen intento, chico ―bufó el fugitivo.

―¡Hablo en serio, colega! ¡A mi no me cuesta nada preguntar por unos nombres y vosotros sabréis cosas! No tengo intención de cavar mi tumba ayudando a los fugitivos: seamos realistas. Lo siento por vosotros, pero yo obviamente tengo mi vida. Sin embargo, estoy dispuesto a daros información por salir de aquí. Y creo que todos los que estamos aquí dentro estamos dispuestos a cooperar. Tenéis a… ―Contó a los que estaban ahí dentro, eran siete en total. Los contó con el dedo en alto, apuntando a cada uno para no perderse. El muy idiota, con los nervios, olvidó contarse a sí mismo. ―Tenéis a seis personas dispuestas a ayudaros. Pidan lo que quieran y les devolvemos el favor por no matarnos. ¡Joder, ¿suena a puta ideaza o no, colegas?! ―Se giró para hablar con el resto.

Varios asintieron de manera totalmente inconsciente y desesperadas, mientras que otros parecieron un poco menos seguros porque eran conscientes de que hacer lo que estaba proponiendo Ian podía hacer que los metiesen en Azkaban por traidores.

El fugitivo no supo qué decir, realmente, por lo que simplemente decidió irse de allí, cerrando el vagón detrás de él y dejando de nuevo a los chicos a solas. Fue uno que se llamaba Carl el primero en hablar.

―¿Estás loco, Howells? ¿Sabes que eso nos puede meter en la absoluta mierda?

―¡Ah! ¿Tú prefieres terminar muerto, subnormal? ―Frunció el ceño. ―No nos cuesta nada hacer lo que le he dicho que haríamos y no tenemos por qué decirle nada a nadie. Incluso le podemos decir a esta gente que nos borre la puta memoria de quién ha estado con nosotros para no jodernos mutuamente. ¿O es que te jode tener que ayudar a la gente que te ha dado por culo, Carlsito? ―le picó.

―Cállate, Howells. Es una mala idea; sólo digo que es una mala idea.

―¿Todos pensáis que es una mala idea?
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Evans Mitchell el Miér Sep 18, 2019 4:32 am






Se rió internamente con la idea mental de una madre furiosa dispuesta a rematar al padre de su hijo. Imaginó que debían tener una bonita relación. Aterradora, pero bonita. No parecía tan mal tener un padre como Ian, con lo macanudo que era el tipo en los momentos desesperantes.

—Eso suena… Me da miedo, sabes… Y eso que estamos aquí dentro. No creo que tampoco le alegre saber que te atraparon—Y con ironía, preguntó—: ¿Seguro que quieres salir?

La descripción de su situación de boca de Ian daba mucho que pensar, excepto en una cosa sobre la que Evans no iba a aceptar que lo cuestionaran.

—Siempre soy un buen chico.


Rezumaba cinismo.

—Lo sé, pero—dijo, regresando momentáneamente a la seriedad del asunto—. Sí que dice algo. Dice mucho. Quiero tener un buen presentimiento sobre todo esto. Pensé que de verdad moría, ¿sabes?—añadió, refiriéndose a su ataque—. Nunca me había sentido así. Es de puto asco. Todavía tengo el vómito atorado en la garganta—Rio, breve—. Pero no morí. Quizá ellos estén cansados de tanta muerte. Yo estoy harto. No quiero hacer esto nunca más. Si fuera por mí…

Si fuera por él, el gobierno podía ser derrocado ese mismo día. Voldemort muerto. El retorno de los días antes del miedo. Una vida normal. Quería todo eso en su futuro. Pero quedaba preguntarse, ¿qué ocurriría después? Evans alegaría que no había tenido otra opción que someterse a un gobierno del terror, como tantos otros, ¿pero podrían perdonarle sus crímenes? Sólo él se perdonaba, porque sabía cuánto había odiado llevarlos a cabo.

—¿No te preguntas que pasará cuando todo acabe?—soltó, exteriorizando su pensamiento— Si acaba. ¿Seremos nosotros luego los perseguidos?  



***




¡Joder, ¿suena a puta ideaza o no, colegas?!


El estallido de ocurrencia que tuvo Ian sacó a Evans de sus pensamientos luego de que repasara por enésima vez en sus recuerdos lo que había sucedido con los Carrington una noche que ingenuamente prefería olvidar. Lo que Ian proponía sonaba descabellado, pero principalmente porque no se hallaban en posición de negociar. La propuesta generó un debate, y como era de esperar, no todos se ponían de acuerdo.

—¿Tú tienes otra idea?—espetó Evans.

Se sumó al calor del debate y comprobó lo evidente, que nadie parecía tener ni pálida idea de cómo salir de aquel berenjenal, así que era cuestión de pensarse dos veces sus posibilidades con la estrategia de Ian. Lo cierto es que la idea le había dado a Evans en qué pensar, pero nada que quisiera compartirle al resto de la cuadrilla. No quería apostar sus posibilidades confiando en la gente equivocada.

—Saben que sólo queremos salvarnos el cuello—opinó Evans—. Si ni siquiera confiamos entre nosotros, ¿por qué ellos habrán de confiar? No querrán aceptar ese trato.

Sin embargo, algo se había dado en aquel vagón. La lista de nombres y las manos levantadas habían dejado en evidencia que allí no había sólo victimarios desalmados, sino también víctimas, y Evans esperaba que los fugitivos meditaran en ello antes de tomar cualquier decisión.

—Hay movimiento allá fuera—
continuó, alzando la mirada hacia una de las ventanas del vagón—. Este refugio ya no es seguro, y querrán moverse. Incluso aunque se deshicieran de nosotros, otros nos rastrearían preguntándose por qué una cuadrilla de vigilantes desapareció. No pueden arriesgarse. Digo que esperemos.

Pero la idea de Ian hacía eco en su cabeza.

¿Por qué no…?

Le aliviaría la culpa ofrecerse de esa manera, actuando a dos bandos. El problema era que también incrementaría su miedo ante la mínima posibilidad de que lo descubrieran y las consecuencias que ello le deparaba. Quizá, de pensarlo mejor, Ian tampoco querría ese arreglo.

Pero en el hipotético caso de que decidieran actuar a pesar de las consecuencias, ¿cómo convencer a los refugiados de que se arriesgarían a dos bandos…? Habría que ofrecer una prueba de buena fe, con información como la que él tenía de los Carrington.

Sólo que se sentía como jugar con fuego.



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Ian Howells el Lun Sep 23, 2019 1:01 am

Eris era consciente del papel de Ian con respecto a los mortifagos, así como Ian era consciente de cómo de implicada estaba ella en el tema por motivos familiares. Ambos eran consciente del riesgo, pero una cosa estaba clara: Ian no tenía intención alguna de contarle a Eris que había sido capturado por unos fugitivos en el caso de que saliera con esa con vida. Bueno, ni a ella ni a nadie. Alguien de confianza se preocuparía de más y probablemente le echaría la bronca por la falta de seguridad, mientras que alguien que no fuera de confianza podría sospechar el por qué de que hubiese salido con vida de una situación así sin nada a cambio…

―En el hipotético caso de que se entere… prefiero su bronca, sí. Ya estoy acostumbrado. ―Rió, intentando tomárselo con filosofía.

Tal y como veía las cosas Evans, con ese optimismo… quizás sí que tuviesen alguna oportunidad. Sinceramente, Ian ya no tenía ni idea de qué pensar, ni de nada ni de nadie. ¿Decía algo en claro el hecho de que aquella mujer hubiese jugado un papel tranquilizador ante el ataque de pánico de Evans, o sencillamente era un resquicio de humanidad frente al miedo de otro humano?

―Yo también estoy bastante harto… ―le apoyó, pese a que no dijo nada más, aunque estuviese totalmente de acuerdo con él.

Ian no quería luchar a favor de Lord Voldemort, ni castigar a los hijos de muggles, ni a los traidores; él no quería luchar contra nadie. Él sólo quería que viviesen todos tranquilamente, como siempre habían hecho. En ese momento hasta se sentía imbécil de haber sido tan radical y estúpido en Hogwarts, teniendo en cuenta cosas como la estúpida pureza de sangre…

La última pregunta de Mitchell hizo que se le pusieran los pelos de punta.

―Sinceramente… no quiero ni pensarlo, colega…

Él había hecho hecho todo lo posible para no hacer daño ni que le hicieran daño. Todo lo posible para seguir conservando su vida ‘privilegiada’ sin tener que ocultarse del gobierno, pese a que tenía relaciones con fugitivos y se había acogido a los ideales pro-muggles, aunque abiertamente siguiese pareciendo un estúpido purista. No quería ni imaginar en cómo podrían cambiar las tornas si la cosa cambiaba de manera tan drástica…


***

Evans pareció apoyarle con la idea, pero el resto de chicos no parecían estar muy de acuerdo con aceptar algo que podría ponerlos en peligro con respecto al nuevo gobierno. La verdad es que elegir entre morir a manos de fugitivos o morir a manos del nuevo gobierno… pues hasta él elegiría morir a manos de fugitivos, pues parecía que sería menos doloroso.

Tal y lo que hacía Ian, poco le importaba a esas alturas ayudar a personas que realmente lo necesitaban. ¿Tenía miedo de ser descubierto? Por supuesto, pero más miedo tenía de no volver a ver a su hijo nunca más, por lo que estaba totalmente dispuesto a arriesgarse.

―Sí, ahora mismo no podemos hacer otra cosa que esperar… ―dijo Ian, acompañando a la mirada de Evans para ver qué encontraban fuera del vagón.


Y tuvieron que esperar un buen rato.

Si bien allí fuera solo se veían a los fugitivos movilizarse de un lado para otro, mientras hablaban y parecían tomar decisiones ajenas a los prisioneros, no repararon en ellos hasta bastante más tarde, sin preocuparse de que ‘su desaparición’ pudiera ser problema de ellos a corto plazo. Además, pese a que pudieran llegar a la ubicación de aquel refugio, tardarían en hacerlo, por lo que los fugitivos allí escondidos habían priorizado sus acciones: primero la búsqueda de otro lugar, luego la movilización del grupo y luego ver qué hacían con aquellos tipos que tenían retenidos.

Era obvio que en ese grupo, aunque no hubieran radicales, como tal, hubo personas que votaron por matarlos: la solución más fácil y, en opinión de algunos, más justa. Así se ahorraban el tener más enemigos ahí fuera y tratarlos de la misma manera que ellos le tratarían a ellos.

No fue hasta dos horas después, que tres fugitivos entraron al vagón: la mujer que había ayudado a Evans a no tener el ataque de ansiedad, el tipo que los había interrogado y, por lo que parecía, el ‘líder’ de aquel pequeño grupo fugitivo.

Ian no estaba durmiendo, pero la entrada de aquellos tipos le cogió con los ojos cerrados,  reflexionando sobre la vida, en mitad de aquel silencio sepulcral entre todos los capturados. Los fugitivos no se andaron con rodeos:

―Estamos en un problema, jóvenes. ―Los miró a todos. ―No sabemos qué hacer con vosotros y debemos de admitir que lo más fácil es mataros y librarnos de todo problema que podáis darnos. Ahora he visto que a uno de vosotros se os ocurrió una… moneda de cambio. ¿Hay más ideas? ¿Proposiciones? Estamos dispuestos a escuchar vuestras ofertas a cambio de vuestra vida.

En realidad los fugitivos no habían pensado en matarlos, pero sabían que eso podría hacer que cambiasen de opinión y fueran más receptivos.

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Evans Mitchell el Mar Oct 01, 2019 2:14 am






En el vagón, los prisioneros se removieron mostrando caras de preocupación. Los fugitivos pedían una moneda de cambio, ¿información? Evans se preguntaba si lo que tenía consigo era suficiente para negociar por su vida. ¿De verdad iban a matarlos?

—¿Por qué?—protestó, visiblemente enfadado. Ni él se esperaba responder así, pero toda la situación lo enervaba y era imposible callarse—. ¡No somos una amenaza así!—tironeó de las cadenas que se asían a sus muñecas, mostrando sus manos impedidas—, ¿no lo creen?  

Entre los demás se cruzaban miradas de inseguridad, y la pregunta sobre qué hacer generaba tensión. Uno de los prisioneros se apropió de la idea de Ian y la expuso frente a sus carceleros. Evans lo reconoció como uno de los rostros que había rechazado la propuesta en un principio, y estuvo a punto de soltar una risa hueca que sin embargo se le atoró en la garganta por el poco humor que tenían realmente las circunstancias.  

—No vamos a aceptar tan sencillamente la promesa de cooperación. No confiamos en ustedes. Pero cada uno de ustedes sabe algo, de eso estoy seguro. Me fío tan poco de su palabra como de sus promesas. Así que, como lo veo, su única moneda de cambio son sus recuerdos.

Lo decía de forma literal, era fácil de adivinar. En esa situación, los prisioneros podían ser capaces de soltar cualquier cosa con tal de saberse libres, incluso falsear testimonios. Los recuerdos eran una forma de apoyar con evidencia lo que se decía, pero también, ¿qué pasaría después con esos recuerdos?

En el peor de los casos, podían extorsionarlos al tener las pruebas de que habían negociado con el enemigo o querer tomar justicia por su propia mano, pero Evans no pudo evitar pensar en aquella película sobre el nazismo, en la que en un campo de concentración un judío se propone salvaguardar la evidencia fotográfica de lo que sucedía allí, para un futuro, para que ninguno de los soldados alemanes quedara impune ante la justicia.

A Evans no se le escapaba que había visto cómo aquel hombre que les hablaba, ¿el líder?, había apuntado una pistola sin hesitar con el disparo. Le revolvía el estómago pensar en cuán real se volvía su culpa cuando se topaba de narices con situaciones que no podía simplemente evitar. Aquel hombre con su sombra asesina le parecía, también, inevitable. Se hacía desagradable pensar demasiado.

El líder sacó un petaca vacía de entre sus ropas y se la arrojó a uno de los prisioneros, que la atrapó al vuelo. Éste entendió lo que tenía que hacer y luego de desenroscar la tapa se colocó la boquilla de la petaca a la altura del ojo; lentamente una lágrima se deslizó por su mejilla irradiando un fulgor plateado. La petaca comenzó a pasar de mano en mano, en silencio. Sólo uno la rechazó expresándose ruidosamente en una queja, invadido por el pánico de lo que “pasaría después”. A ese se lo llevaron fuera del vagón, y desde entonces ninguno se quejó.  

Quizá les borraran la memoria, con suerte. Sobre su estadía como prisioneros, y los arrojaran de vuelta al túnel, sólo con la idea de que los habían atacado y tenían que volver a reportarse. Evans se dijo que quizá aquel era un desenlace demasiado encantador para su situación. Pero si con motivo de ser liberados, no tenían otra opción que dar algo a cambio, Evans se substraería a sí mismo el recuerdo de los Carrington. ¿Sería aquello lo correcto para él? No veía otra salida.

La petaca llegó a las manos de Evans.

Derramó tres lágrimas plateadas, y se la pasó a Ian.



Evans Mitchell
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Ian Howells el Mar Oct 08, 2019 4:12 am

¿La única moneda de cambio eran… sus recuerdos? ¿Qué recuerdos iban realmente a importarles a aquellas personas? En ese momento Ian entró un poco en pánico, sin saber si realmente él podía tener algún tipo de vivencia que pudiera demostrar de alguna manera que tenía intención de ayudar. Podría enseñarles algo en relación con Perseo, para que se diesen cuenta de que por esa cosa Ian iba a hacer lo que fuera necesario, pero dudaba mucho que eso fuese un recuerdo válido o útil.

No pudo evitar pensar en Stella Thorne en aquel momento.

Se recordaba a sí mismo huyendo de un grupo de fugitivos que habían acorralado a uno de sus compañeros, se recordaba poniéndose una máscara de pato porque no tenía ninguna otra máscara y tenía miedo de que los fugitivos tuvieran algún tipo de repercusión contra él si conseguía huir y lo veían, se recordaba corriendo sin ver nada a través de esa dichosa máscara de pato y… también recordaba como un golpe bien dado le había terminado tirando al suelo y como una mano le arrebataba esa máscara: Stella, su amiga, su amante y… una fugitiva.

Discutieron en ese momento y ella le había dado por perdido, pero Ian no se rindió, pues sabía que ese grupo de fugitivos se iba a internar en un sitio en donde iban a perder, pues una trampa les esperaba, pero claro, ¿después de tremenda decepción, como esperaba Ian que Stella fuera a hacerle caso? Así que pese a todo, volvió a lugar después de que Stella ‘le perdonase la vida’, sólo para sacarla de allí pues no quería ver una noticia con la fecha de su muerte, o la fecha de su encarcelación.

Al final, Ian se mostró en contra de sus propios ‘compatriotas’ por Stella y el único motivo por el cual no le habían señalado como traidor era por dos razones: el tipo al que abandonó no sobrevivió y el resto no lo vio.

Pero él, igualmente, se había arriesgado por su amiga; una fugitiva.

Así que cuando le llegó la petaca a él, intentó hacer un rápido barrido de memorias por su cerebro para ver si había algún recuerdo que pudiera ser más útil que ese, pero no lo encontró. En un intento de demostrar realmente sus ideales y que estaba, literal, HECHO UN LÍO CON LA VIDA y que ahora mismo lo único que le importaba era hacer lo correcto, independientemente de lo que hubiese que hacer por ley. Un par de lágrimas cayeron dentro de aquella petaca y la pasó de nuevo al fugitivo, pues él había sido el último después de Evans.

Reflexionó un momento sobre qué tipo de recuerdos habían dado el resto, un poco inseguro por no saber si el suyo realmente valía o sería un motivo de confianza.

Los fugitivos no tardaron en irse, dejándolos de nuevo a todos solos en aquel lugar. Era incierto saber cuándo volverían, si acaso volverían o con qué noticias, por lo que después de un rato de silencio, Ian suspiró y miró a su amigo el del Ataque de Ansiedad, también conocido como Evans.

―¿Qué es lo que les has mostrado? ―preguntó entonces, queriendo quitarse la espinilla de la curiosidad―. Yo… no supe muy bien qué darles porque no sé qué es lo que buscan.

Uno del fondo alzó la mano, dando a entender que a él le había pasado lo mismo.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Vie Oct 18, 2019 6:35 pm






—Ey, ¿y qué es lo que les mostraste?—contestó, evasivo—. Te escucho.

Le proponía una moneda de intercambio: “Tus recuerdos, por los míos”. Dudaba que se abriera a contarle, pero he ahí el meollo del asunto: las memorias de uno eran un terreno demasiado personal. Especialmente en medio de ese círculo de “amigos”. La puta vida los había colocado juntos en aquellas raras circunstancias, y podía decirse que había vínculo de complicidad, pero hasta ahí. Evans no perdía la manía a la que lo arrastraba su desconfianza. Pero en el fondo, era porque estaba avergonzado de sus memorias como para ser demasiado explícito.

—Quise mandarles un mensaje—
dijo, relajándose—. De que mi vida es una mierda.

No se podían manipular los recuerdos; él no podía y menos en esa instancia; pero se podía transmitir lo suficiente con sus pros y sus contras para dar testimonio de lo que les tocaba vivir a los que habían decidido quedarse a pesar de las consecuencias. Cuando Voldemort subió al poder, para los que no compartían sus ideales quedaron dos caminos: o huías o te quedabas. Ninguno era más fácil que otro. Evans pensaba que no había fuerza moral que lo obligara a sufrir la persecución del gobierno, ni que el acto de arrojarse como fugitivo por las alcantarillas de Londres encerrara ningún tipo de coraje especial. ¿Era cobarde por quedarse? No, era inteligente. Eso era todo. Había fugitivos que no pensarían lo mismo, pero que menudo grupo de egoístas tenían que ser como para criticarle a él, un superviviente, cómo hacía para sobrevivir.

—Imagino que evaluarán nuestra integridad moral—comentó, sarcástico el tono—. ¿Se darán cuenta de que soy hipócrita? Claro. ¿Pero cuán el mundo no fue hipócrita por empezar? Indígnate si quieres—añadió—, pero ahora mismo tu mejor carta baja la manga es ese hijo tuyo—se encogió de hombros—. Es verdad. Espero que les hayas mostrado muchas imágenes de sus cachetes regordetes. Ese sí que sería todo un mensaje: “Tienes que ser un puerco para matar al padre de este nene, mira que cachetes”.  

En torno a ellos los demás “presidiarios” iniciaron un debate sobre qué surgiría de todo aquello y cómo terminaría. La incertidumbre era lo que a más de uno le provocaba un frío sudor. Luego de lo que pareció una eternidad, los fugitivos finalmente se presentaron. Venían en la búsqueda de, ¡qué mierda de sorpresa!, Evans. No era el único, a Ian lo tomaron para llevárselos juntos. Los apartaron del grupo y aquella acción provocó un nerviosismo general. Uno de los tipejos saltó con la voz alarmada, presumiblemente en su defensa.

—¿Por qué ellos? ¿Qué van a hacer con ellos?


La realidad era que le preocupaba lo que harían ellos en la medida en que ello tenía que ver con él: si empezaban a llevárselos, ¿pensaban liquidarlos? Esa idea tiranizaba a través del miedo el imaginario colectivo, pero Evans sabía muy bien que por lo demás, cada uno se preocupaba por el otro, literalmente, un rabanito al cuadrado. Nada. Poco. No, ni un poco.

—Venga, hombre—soltó Evans, sintiéndose con ganas de un giro de humor—Que me conmueves.

Encadenados, los colocaron del líder de los refugiados. No habían hecho más que guiarlos hacia el otro extremo del vagón, haciéndolos atravesar una delgada cortina transparente, que no era otra cosa que un hechizo que dividía el compartimento en lo que se podía ver y lo que no. Al estar del otro lado, Evans se sintió como detrás del espejo en una sala de interrogatorio. El círculo de mortífagos —secuaces, que no mortífagos realmente—, no podía ni verlos ni oírlos, y en lo que a ellos respectaba, Evans, Ian y su escolta habían desaparecido completamente del mapa; pero Evans podía verlos con claridad: revueltos y nerviosos.
 
El líder de los refugiados había tomado asiento frente a una especie de pensadero portátil que levitaba a unos pocos centímetros del suelo. La situación hizo que Evans se inquietara. Le jodía siempre que se hallaba en una instancia similar, a punto de ser atacado por el juicio de alguien más, como si otros tuvieran verdadero derecho a opinar sobre sus propios asuntos. Las caras embebidas de profunda seriedad en los refugiados allí presentes le daban una terrible mala espina. Aunque fuese de forma involuntaria, y por tanto, un acto un tanto humillante, Evans tragó duro. Menuda mierda. ¿Por qué no podía tener una vida más sencilla?

—¿Y esto qué? ¿Ahora nos van a torturar?—A Evans se le aflojó la lengua, como siempre que se ponía nervioso—. Menuda panda de tíos. ¿No se dieron cuenta ya? Tengo una PUTA VIDA, y porque NO quiera vivir arrastrándome por las alcantarillas…

—¡Pero qué bocaza nos salió este chico!—La mujer simpaticona estalló en risa—. Te me calmas, eh. Que no queremos otra escena. Tú respira. Recuerda, inhalo, exhalo…

Era humillante, eh. Pero qué hacerle. Evans apretó la mandíbula.

—Ninguno de los dos está en situación de excusarse por lo que son—intervino el líder, con un aplomo que hizo que Evans prefiriera mantenerse callado—. Pero las discusiones que tomaron hasta ahora son su propia responsabilidad. No me importan. En lo que a mí refiere, suponen una pérdida de tiempo. Pero, ¿qué van a hacer ahora?

El líder se removió en el lugar, adoptando una postura que se prestaba a la confrontación. Su mirada era severa. Habría estado pensando qué hacer con ellos con minuciosidad, y Evans no se equivocaba: tenía una propuesta para ellos.






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Ian Howells el Lun Oct 21, 2019 3:19 am

Howells lo miró con cierto reproche cuando le devolvió la pregunta para que contestase él primero, negando con la cabeza. Él no tenía problema en decir lo que había compartido, aunque en aquel lugar hubiesen algunos compañeros con los que no quería compartir que ayudaba o era amigo de  fugitivos, así que tendría que ser bastante más sutil a la hora de contarlo.

¿Evaluar la integridad moral? Cuando Evans mencionó que debería de haberle enseñado algo relacionado con Perseo, Ian se quedó un poco patidifuso: ¿por qué usar a su hijo como moneda de cambio? ¿Realmente le iban a perdonar por ser el padre de una criatura inocente? ¿Cuántos de ellos no eran padres y el gobierno les había quitado indiscriminadamente a sus hijos? No supo identificar si su colega estaba hablando irónicamente o si realmente debería de haber hecho eso, pero igualmente fue sincero, creyendo que lo que había compartido era lo que ellos querían ver.

―No he enseñado a mi hijo ―le respondió a Evs, negando con la cabeza―. Les he enseñado que no soy lo que aparento ser.

Ahí en donde lo veías, ya no conservaba las amistades de Hogwarts más malinfluyentes y actualmente agresivas, sino que había hecho nuevas que eran muy buenas influencias y, con total seguridad, con ideales pro-muggles. Nunca había hablado de esa manera con Laith, pero estaba seguro que de poder, ayudaría a un fugitivo en problemas. Y si bien Ian había dado ese paso por Stella, ahora mismo se plantería muy seriamente colaborar con la ‘causa perdida’ tanto por justicia como por supervivencia. Quería que los fugitivos supieran que ya lo había hecho y que por eso no dudaría en volverlo hacer. Si bien en un momento le movió “el amor”―pues nunca aceptaría estar enamorado de Stella así porque sí―ahora mismo su perspectiva había cambiado.

Además, no quería utilizar a Perseo para salir de una situación así. De poder ser, quería dejar la identidad de su hijo totalmente anónima, pues nadie tenía porqué saber quién era. Se había tomado muy en serio lo de no poner en peligro a Persie y si bien su situación ya lo ponía en peligro indirectamente, no quería cagarla todavía más.

Después de un buen rato, pero igualmente de manera repentina, sacaron a Evans y a Ian de aquel lugar, moviéndolos hacia otro lado del vagón en donde estaban ocultos por magia del resto. En un principio se asustó porque separar a un grupo nunca era buena: ¿y si ellos eran los primeros en morir? Se quedó callado, totalmente fuera de la onda de la situación. Evans sí fue capaz de quejarse y criticar que ahora fuesen a matarlos o torturarlos, mientras que Ian, pese a ser el mayor, se quedase callado. No sabía qué decir, realmente: ¿si los mataban, realmente no se lo merecían después de todas las cosas feas que habían hecho? Él no quería morir y había hecho lo que era necesario para conservar su vida, ¿era justo que les juzgasen por ello?

―¿Cómo que… qué vamos a hacer ahora? ―preguntó Ian, perdido, mirando entre el líder y la muchacha que se encontraba allí, intentando descifrar qué narices decían―. ¿Acaso podemos decidir lo que hacer? Pensé que nuestro futuro era vuestra decisión.

Básicamente porque míralos: maniatados en un lugar en donde no podían hacer nada, habiendo sido desprovistos de sus varitas. ¿Qué clase decisión podían tomar?

―Yo ya se los he dicho: si me dejan salir de aquí estoy dispuesto a colaborar con ustedes si necesitáis algo a lo que no podáis acceder o lo que sea… ―Habló un poco rápido, sin saber muy bien lo que decía―. No quiero morir aquí dentro y si bien no estoy orgulloso de lo que he hecho, actualmente intento arreglarlo. Sé que no nuestros enemigos. ―Tragó saliva, sin saber si lo que decía tenía sentido o no―. Esto es cuestión de bandos y si bien he tardado lo mío en darme cuenta, sé cuál es al que no quiero pertenecer. Pero como Evans, tenemos un vida que queremos conservar y todos hemos tenido que hacer cosas de las que no estamos orgullosos.

¡Y es que eso era así! ¡Pasaba en todo el mundo! Cuando 'tu país' te necesita, no puedes decir que no o te conviertes en una persona no grata para el mismo. ¿Qué hubiera pasado si Ian le hubiera dicho a su madrina que no quería seguir actuando de manera pro-activa en la fila de los mortifagos, cuando era una persona joven con ideales bien claros? ¡Esos eran los que había que conservar! Uno no podía directamente decir que no y, desgraciadamente, habían tenido que hacer cosas muy feas.
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Lun Nov 18, 2019 8:57 pm






Decidir sobre la vida de otra persona o personas no era algo que a ninguno de los fugitivos allí presentes les gustara hacer, a diferencia del bando mortífago. De ahí que las palabras de Ian fueran recibidas con una severa e introspectiva mirada en medio de un grave silencio. Habían sido obligados por el gobierno a esconderse e incluso pelear con uñas y dientes por su vida, y no sólo su vida ni de sus seres queridos, sino de un grupo de gente como ellos, en sus desgraciadas circunstancias. Eso los había cambiado, pero no a el punto de descubrir una naciente y violenta crueldad en su instinto de supervivientes.

El líder tenía la convicción de que aquella instancia los había hecho más humanos, y aunque dentro de la comunidad mágica no todos se habían transformado o moldeado a partir de esas convicciones —sacando a relucir, en cambio, una piel más dura e insensible como era el caso de muchos de los hombres que tenían apresados—, sí creía que algunas personas, cobardes o convenidos, podían cambiar y seguir el ejemplo. La humanidad, él quería creer, no podía organizarse en torno a la crueldad, no por mucho tiempo al menos.

El gobierno de Voldemort había hecho que muchos tomaran malas decisiones, pero con el tiempo —y de nuevo, quería creer—, la humanidad debía prevalecer frente al miedo y el odio. Sin embargo, eso no quitaba que dentro de la Alemania nazi la transformación no se había dado desde dentro del seno de la sociedad, sino que fue necesario que las bombas depusieran las armas y las ideologías. En este caso, el líder tratataba con dos hombres a los que había puesto entre la espada a la pared. Estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de recuperar sus vidas normales, pero también había husmeado entre sus recuerdos, sus temores y esperanzas, y estos eran como una semilla de resistencia entre aquellos que, en cierto sentido, se habían quedado atrás, mientras que rostros que conocían, e incluso seres queridos, huían.

—Tú siempre tienes una elección. Ustedes tomaron su decisión cuando se enrolaron en las filas del Innombrable, pero lo he pensado—el líder recorrió momentáneamente las miradas de los que lo acompañaban. Lo que fuera que habían hablado entre ellos lo habían hecho muy concienzudamente—, y yo estoy en posición de darles otra opción. Nosotros no jugamos con las vidas. Porque creemos que habrá un después por el que todos tendremos que pagar por nuestros errores. Y no quiero que llegue ese día y darme cuenta que he matado a un puñado de chicos asustadizos. No creo que a ustedes se les haga fácil tampoco, enfrentarse en un futuro a todas sus malas decisiones. Así que, les propondré algo, y si lo hacen, eso los hará sentirse mejor con ustedes mismos algún día. Y si no, bueno, eso queda en ustedes.

»El innombrable tiene muchos hombres, como ustedes. No son fieles ni fanáticos, sólo hombres a su servicio. Cree que el miedo es suficiente para tenerlos de su lado. Estoy seguro de que siempre se los recordará. Pero yo no creo que pudiera controlar la situación por mucho tiempo más. Si ustedes nos ayudan, serán la prueba de eso. No pedimos de ustedes grandes sacrificios. No porque muchachos más jóvenes que ustedes no se hayan visto obligados a sacrificarse en maneras que no habrían tenido que. Pero, lo que pedimos, es un nivel compromiso. De ustedes para con su consciencia, y un poco con nosotros. Lo que queremos es información. Primero, queremos nombres, queremos registros. Sabemos que este terrorismo está muy documentado, ¿esto es así? A los mortífagos les encanta documentar sus atrocidades, como si lo que hicieran no fuera más que cualquier acto de burocracia. Queremos copias de estos documentos, de todo a lo que tengan acceso: listas negras, registros de allanamiento, actas de defunción, lo que encuentren, todo con lo que puedan hacerse: fotos, incluso memorias. Puede que en algún día en el futuro, ellos vayan a querer borrar la huella de todo lo que hicieron, pero esperemos que no sea el caso, o al menos, nosotros no vamos a dejar que lo olviden.

»Hemos pensando en una vía segura para que nos hagan llegar lo que les pedimos, tanto para ustedes como para nosotros. No se los estamos pidiendo, pero si lo hacen o no, eso queda en ustedes. Piensen, y piensen bien, en lo que han hecho de sus vidas… Pueden vivir con ello ahora, pero no por demasiado tiempo, no en adelante. Los carcomerá desde adentro, y no es una amenaza. Es sólo lo que sé, lo que sabemos y aprendimos de esta vida que nos vimos obligados a llevar. Yo he tenido que matar por defenderme, y aun así, no me gusta. He matado en su mayoría muchachos y muchachas por los que el Innombrable nunca se preocupó cuando ellos murieron por su causa. Por fanatismo, por odio. Por lo que sea, tú ponle un nombre. Este no va a ser otro día en el que manche mis manos de sangre. Quizá sea un error. Quizá mañana, uno de ustedes mate a alguien que tiene mucho más en común conmigo que lo que tengo yo en común ahora con ustedes, pero también podría pasar que elijan ayudar cuando alguien más lo necesite, y por eso, por eso es que creo que esto valga la pena. Adiós, por ahora.



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Ian Howells el Jue Nov 21, 2019 3:00 am

«¿Qué haces que no estás como aspirante ya? ¿Acaso tienes dudas de tus ideales? Entre más seamos, más fácil será hacernos con el poder», la voz de Circe resonó en su cabeza. Aún no entendía cómo es que siempre seguía a la rubia como un perrito faldero por todos lados, haciendo todo lo que ella siempre quería. Era cierto que por aquel entonces Ian no era más que un niñato influenciable, pero a día de hoy se arrepentía de no haber tenido más huevos y usarlos nada más ligar con las chicas.

Ian había llegado a presenciar las muertes frente a él sin mover ni un solo dedo para evitarlo. Se mentía diciendo que él no había matado a nadie, pero mentirse de esa manera sólo le hacía sentirse mil veces peor, pues podría haber salvado una vida y no lo había hecho por cobarde, por miedo a perder la suya. Había dejado que un inocente muriese solo porque él, que era culpable de muchas cosas, no quería morir.

Es por eso que entendía que los fugitivos estuviesen enfadados, quisieran venganza o darles algún castigo. Hasta eso lo podía comprender aunque sólo de pensarlo le crease temor. Sin embargo, cuando el líder dijo que estaba en posición de darles otra opción, Ian no se creía lo que estaba escuchando.

¿Otra oportunidad? ¿Les estaba dando la opción de salir de allí con la esperanza de que ese acto de fe hacia ellos, les hiciese cambiar el chip? Tenía suerte de que, al menos Ian, ya llevase tiempo buscando redención por todos sus errores, por lo que tenía clarísimo que si esas personas le perdonaban la vida, él iba a hacer lo que estuviera en su mano para ayudarles. Quizás hace años no valoraba la vida e iba por ahí creyéndose un adolescente inmortal e idiota, pero a día de hoy eso había cambiado estrepitosamente rápido. No quería morir bajo ningún concepto: sí, uno de los motivos era que tenía miedo a la muerte, a no ser recordado y a sufrir… pero el motivo más importante era sin duda Perseo. Su hijo. Quería ver cómo esa cosa crecía y se convertía en una persona mucho mejor que él.

Por un momento hasta sintió admiración del tipo que tenía enfrente, que fuese capaz en confiar en ellos por… ¿un intento de mejorar como persona? Ian no era demasiado experto en sentimientos humanos, pero  creyó ver en su rostro arrepentimiento cuando mencionó a todos los jóvenes que había matado.

Cuando terminó de hablar, tanto él como la chica del ataque de la ansiedad, los miraban a la espera de… alguna reacción. Ian estaba hasta emocionado, pues hace un momento se creía que no iba a salir de ahí. Ahora mismo creía que estaba teniendo DEMASIADA SUERTE y que en verdad no se la merecía. ¿O sí se la merecía? ¿Cómo narices sabía si se lo merecía o no?

Tragó saliva antes de decir nada, para aclararse el nudo que se le había formado.

―Podéis contar conmigo… ―Asintió con la cabeza lentamente, mirando a ambos―. Os juro que no sé ni por donde empezar a agradecerles al segunda oportunidad y que no decidan dejarnos a todos en ese vagón sin cabeza.

―Oye, tampoco parece mala opción, ¿no, jefe?

Él sonrió levemente, negando con la cabeza.

―¿Sabes qué, Howells? ―Hizo una pregunta retórica, pues no esperaba realmente respuesta―. Hay que empezar a romper el círculo de odio o vamos a terminar dejándonos llevar por la venganza, la ira y el odio. Y después de ya casi tres años… no quiero terminar mi vida con esos sentimientos dentro de mí. Prefiero arriesgarme cuando veo un poco de esperanza y quiero pensar que si las obras malas contaminan al resto, una obra buena mía, quizás pueda motivaros a ustedes a obrar de la misma manera.

«Hay que romper el círculo de odio» Resonó en su cabeza varias veces.

―Pues muchas gracias… ―dijo medio perdido.

―De nada ―añadió él, para luego mirar a ambos―. En lo que ambos nos habéis enseñado… no estábais solos. En tu caso, Howells, no conocemos a la fugitiva a la que ayudaste, pero esperamos que siga bien. En tu caso, Evans… ¿quién era el otro? ―Antes de que contestase, decidió explicarse―: Eso es a lo que nos referimos: dos personas entran a un lugar, matan y mutilan a una familia inocente y… ¿luego se van, sin ningún tipo de repercusiones? Puedo entender tu arrepentimiento, así como yo me arrepiento de haber matado a gente que no se lo merecía. Pero si algún día esto cambia, esa otra persona que no se arrepiente ni un poco, no puede tener la cara de pedir clemencia o perdón.

Era una prueba para Evans, ¿diría quiénes eran sus compañeros, en caso de haber más de uno?
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Evans Mitchell el Jue Nov 21, 2019 11:45 pm

«Hay que romper el círculo de odio», esas simples palabras revolotearon en el pecho de Evans haciéndolo sentir extraño, extraño porque experimentaba incomodidad con la idea de la esperanza. Le hacía pensar que de un momento a otro se agarrarían todos de las manos y empezarían a cantar el kumbayá. Pero entonces vino a él la escena que había vivido unos momentos antes, con su ataque de ansiedad, su primer ataque de ansiedad. Había sido la prueba de que él se estaba quebrando. No le gustaba admitirlo, porque todo lo que le hacía sentir vulnerable era una idea que despreciaba, pero tenía que hacerle frente a la realidad.

¿Matar por sobrevivir? Sabía que no era ninguna estupidez ser egoísta y preocuparse por uno mismo. Sólo un altruista con la cabeza muy golpeada podía decir otra cosa; pero tenía que reconocer que en algún punto, hacer todas esas cosas con las que no estaba de acuerdo hacía que sobrevivir no valiera tanto la pena. El miedo y la ansiedad se apoderaban de él cuando las situaciones se convertían en una elección. Era mucho más fácil tomar decisiones cuando tu cabeza no estaba en juego, pero incluso él, tan egoísta, no había podido callar sus impulsos cuando se trataba de ayudar a un fugitivo. En alguna oportunidad lo había hecho, y haciendo memoria, se había sentido mucho mejor, aunque no fuera la clase de persona que le gustara reflexionar al respecto, sobre la moral ni nada.

Las palabras del líder sonaban demasiado bien en su cabeza y se preguntaba, no sin cierta desconfianza, si podía confiar en él y en aquellos fugitivos. Como otras veces, la elección parecía sencilla, porque no había otra opción. Pero en aquella elección estaba la promesa de un compromiso. Le desconcertó la pregunta que le hiciera especialmente el líder. ¿Delatar al aspirante que había luchado codo a codo con él? Puede que el bando contrario hubieran sido fugitivos, inocentes, pero habían salido de aquel atolladero juntos. Sin embargo, la idea que presionaba a Evans era la posibilidad de que, de alguna manera, delatar a Ayax le jugara en contra en un futuro. ¿Era eso posible…? No, ¿por qué lo sería? Era simplemente que haberse confesado —aunque experimentaba un sentimiento de liberación por ello— lo ponía en una situación incómoda.

—Edevane—
dijo, sin dilación. No tuvo que meditarlo mucho, sin culpa—. Era el hijo de los Edevane. Esos no son arrepentidos.

La familia no necesitaba presentación. Eran reconocidamente puristas. Sin embargo, Evans se ahorró de explicar la inquietud que despertó en él aquel pelirrojo. Había algo poco natural en cómo había disfrutado de la tortura de la familia. A veces, todavía pensaba en ello. Decir que daba escalofríos era poco. Siempre había algo retorcido con las familias de magos sangre pura.

—Yo me fiaría de él—
añadió, Evans, momentáneamente perdido en su cabeza. La lengua hablaba por él—Pero tiene una hermana… Digo, ella es sólo una idiota. Lo que quiero decir, es que los Edevane son sólo basura, pero. Bueno, eso. Ayax Edevane no te mostraría ninguna clemencia, así que.

Chasqueó la lengua.

—Romper el círculo de odio, dices. Eso es—se interrumpió con un rápido susurro— Mierda, ¿tú realmente pudiste habernos matado, verdad?

Dejó escapar al mismo tiempo que se acuclillaba en el lugar, hundido por el peso de los nervios. El dramatismo no era fingido, no sentía que pudiera sostenerse sobre las piernas. Escondía la cabeza entre sus manos y sentía que le ardían los ojos, que le cosquilleaba todo el cuerpo. No era ningún ataque. Si todo eso era cierto, lo suyo era puro alivio. Levantó la mirada para hablar.

—¿Qué puedo hacer?—
quiso saber, abriendo los brazos en una pregunta—. Porque lo haré—Y añadió, en una confesión—: Necesito hacerlo.

Los fugitivos dejaron atrás a sus agresores en su huida. Cuando los refuerzos llegaron y finalmente pudieron acceder al túnel, se encontraron con un campamento levantado y nadie a quien capturar. Sólo un puñado de los suyos imposibilitados de pies y manos. No hicieron preguntas, porque la verdad estaba a la vista. No había por qué pensar que algo había sucedido allí, entre los presos y los fugitivos. Pero para Evans habían sucedido muchas cosas.

Semanas después, cuando la situación en las calles se había normalizado, si acaso se le podía decir así a la exageración en materia de presencia de aurores en las calles, Evans pudo volver a su vida de civil. Pero contaba con algo que antes no tenía, y era su silenciosa complicidad con la causa de la revolución, en romper el círculo del odio.


En el Café de las Cinco Esquinas
Atendiendo las mesas


—Que no está soltera—
saludó Evans, bandeja en mano—. Y si lo está, ¿qué? Si la entretienes haces que se retrase atendiendo el resto de clientes, y luego el que paga soy yo.

Pero no tenía problema si lo entretenían a él mientras que su compañera hacía el trabajo extra. Evans podía no ser una mujer que estaba buena, pero se invitaba solo cuando quería escaquearse del trabajo.

El rumor de los clientes daba cuenta de que aquel era un lugar concurrido en el horario de la tarde. Desde una de las mesas un ingenuo intentó llamar la atención del mesero, pero Evans aprovechó a tomar asiento.

—¿Qué hay? Espero que no vengas pensando que te voy a dar plato gratis o algo.

Había pasado un tiempo, y en ese tiempo Evans cumplió su palabra de compromiso. En Ian había encontrado a alguien en las mismas, y aunque no lo dijera en voz alta, eso le aligeraba un terrible peso. Apresados en el vagón habían pensado que saber uno del otro sería un problema, pero Evans pensaba con ironía que resultó ser más bien lo contrario. Por lo demás, el tipo era una risa.

Especialmente cuando el tema iba de ligues.

—Nunca te pregunté—soltó, de la nada, resguardado por el rumor de los tenedores y la cháchara (que él sabía, era el mejor ambiente para pasar desapercibido). Su tono adquirió un ligero toque de complicidad—. ¿Quién era esa chica? La que ayudaste. ¿La embarazaste a ella también?
Evans Mitchell
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Evans MitchellUniversitarios

Ian Howells el Vie Nov 22, 2019 1:48 am

No tenía ni idea de ningún Edevane, no así a bote pronto, sin embargo, sí que conocía el apellido pues era muy famoso en la sociedad actual, pues eran puristas hasta la médula. Agradeció interiormente no conocer a nadie de esa familia, pues no sabría cómo se habría sentido si en vez de mencionar a ese tal Edevane, hubiera mencionado a una chica Masbecth. Odiaba la sensación de división que le invadía en esos temas.

Evans se vino abajo cuando su cuerpo pareció darse cuenta de que realmente estaba recibiendo una segunda oportunidad y que en ese momento podrían estar frente a otros fugitivos que en vez de otorgarles la libertad a cambio de ayuda, les estuviesen extorsionando o apuntándoles con una varita a puntos de conjurar una maldición asesina. Era muy fuerte, no por la suerte que podían tener que ya de por sí era increíble, sino porque ambos estaban en ese punto de «¿realmente soy merecedor de esta segunda oportunidad?», porque Ian había mostrado un recuerdo en donde él creía demostrar sus ideales actuales y sus motivaciones, pero era muy consciente que anteriormente había hecho cosas muy feas por personas que no se lo merecían.

Sin embargo, quiso creer en el karma. Quiso creer que, si en ese momento se le otorgaba una segunda oportunidad es porque, en algún punto que él muy bien no identificaba de su vida, se la había ganado.


***

Después de aquella experiencia, el chip de Ian cambió. Ya no era algo insustancial el salir de “patrulla” con los mortífagos, pues eso significaba que podías terminar al borde de la muerte, siendo ésta solo decisión de una persona. ¿Y si en aquel momento, aquel señor hubiese estado de mal humor? ¿Y si en aquel momento alguno de los suyos hubiese caído en combate y, doloridos por la pérdida, hubiesen querido matarlos? Ian pensaba tanto en las infinitas posibilidades que había y en la suerte que tuvieron que, evidentemente, cooperó ya no sólo porque realmente sentía que debía hacerlo, sino porque quería hacerlo por agradecimiento a que no le matasen.

Él tenía mucho miedo a la muerte, por lo que para él había sido un regalo que le dieran la oportunidad de hacer las cosas bien, aunque casi pareciese demasiado tarde. Más que una segunda oportunidad, parecía una quinta.

Había acudido a Laith para pedir información que pudiera servirle a los fugitivos, ya que él al trabajar en San Mungo tenía acceso a un montón de registros. También aprovechó para hablar con su hermana, que ya iba por tercer curso de legislación mágica y estaba haciendo prácticas en Wizengamot. Su hermana casi llora de que casi maten a su hermano, pero todavía más cuando se dio cuenta de las intenciones que tenía, ayudando a una causa que ella respetaba y también apoyaba. Juliette había tenido muchos disgustos con Ian, pero estaba orgullosa de que hubiera vuelto al camino.

Ese día, sin embargo, como tenía la tarde libre y tenía que hacer un par de diseños para unos clientes, decidió ir a un café a escuchar música, comer cosas de gordos y trabajar un rato fuera de su zona de confort en donde no se concentraba. Aprovechando que había estrechado un poco de lazos con el otro traumatizado con la muerte―aka Evans―, fue a su café.

―¿Seguro que no está soltera? Yo creo que si le sonrío, va a desear estar soltera. ―Alzó las cejas varias veces, esbozando una sonrisa encantadora―. Pero tío, yo prefiero que me atienda ella, ¿por qué? Espera, ¿qué haces?

Se sentó, a lo que Ian se cruzó de brazos, descontento.

―O sea, espera: vengo a tu café SOLO porque me das comida gratis. Encima que no me dejas ser atendido por la chica guapa sino porque el chico feo que encima ya conozco: ¿¡No me vas a dar comida gratis!? ―Enfatizó en voz baja, no le fuera a escuchar el jefe―. Al menos la coca-cola.

En realidad él estaba super bien de dinero y no le importaba pagar, pero la comida estaba como más rica si te la regalaban, además de que si tienes a un amigo camarero es SU OBLIGACIÓN MORAL darte las cosas gratis. Al menos una. Y bueno, si fuera “SU AMIGO” no le espantaría a las chicas guapas.

En verdad le daba igual, pues la compañía de Mitchell era agradable. Además, el hecho de que fuese un traidor como él, arrepentido por lo que había hecho, le hacía sentirse en confianza y comprendido, cosa que no mucha gente hacía en su situación. Bebió de su coca-cola mientras ponía su carpeta sobre la mesa y le escuchaba, sorprendiéndose de que, a esas alturas, le preguntase lo del recuerdo que utilizó para salir de allí con vida, por llamarlo de alguna manera.

Y en ese momento se percató de algo: Evans era más joven que él y, si mal no recordaba, era de Gryffindor. Era altamente probable que conociera a Stella Thorne.

―¿Tú eras Gryffindor, verdad? ―respondió con otra pregunta―. ¿Cuántos años tienes?

Después de todo, consideraba que podía confiar en él y nada iba a ocurrir si le mencionaba igualmente a Stella, por lo que entonces sí que se dispuso a contestarle.

―No la he embarazado ―respondió, sin poder evitar añadir en sus pensamientos “¡aunque intentos no me han faltado!”―. Es una buena amiga. Resultó que ese recuerdo era de un día que iba de patrulla, como el otro día contigo. El grupo de mi amiga y ella iban a hacernos una emboscada y… evidentemente ella no sabía que yo estaba metido en todo este asunto. Mientras que ella se enfadó y me medio abandonó herido, yo conseguí evitar que el mortifago al cargo no le hiciera daño ni la atrapase, alertándola de que nuestro grupo sabía de su ataque y que venían refuerzos, para que le dijera a los suyos que huyese. No nos hablamos después de eso en meses, muchísimos meses ―le explicó, encogiéndose de hombros―. Ya me perdonó y ahora seguimos siendo amigos. Realmente somos más que amigos, pero nuestra relación es extraña. ―No dio más explicaciones porque era meterse en sentimentalismos profundos que él no entendía porque era idiota―. Se llama Stella, Stella Thorne. Era Gryffindor. Te pregunté la edad porque creo que… es altamente probable que os conociérais.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Evans Mitchell el Vie Nov 22, 2019 10:55 pm


—Tú dices, ¿esa cara?—Evans lo evaluó reprobadoramente con la mirada, enarcada una ceja de circunstancia—. No sé, amigo, parece que te ha dado una trombosis o algo.

A pesar de sus palabras mezquinas, siempre que veía a Ian haciendo el idiota con una de sus compañeras, Evans abría una gaseosa de cola y se acercaba a la mesa.

Cada vez, repetía su número de mala persona y se traicionaba a sí mismo con sus acciones. Se hacía rogar, pero en ocasiones hasta cedía con el especial del día.

—Me hieres—dramatizó, revisando su móvil por debajo de la mesa. Había aprovechado para tomarse un descanso para el que nadie le había dado permiso—, ¿dices que eres un convenido?

Levantaba por momentos la mirada de la pantalla del móvil para reírse internamente de exageración teatral con la que Ian se tomaba tan a pecho la vida.  

¿Chico feo, decía?

—No conozco a ese tipo—comentó tranquilamente— No trabaja aquí.

Adelantó la mano y tomó la gaseosa, arrastrándola ruidosamente sobre la mesa en dirección a Ian en un gesto que era una invitación. Había estado todo el tiempo ahí.

—Ea, ahí tienes.


Si se lo preguntó de repente, sobre la persona que Ian había ayudado, era porque en su mente había hecho una rápida asociación ideas que lo llevó a recordar el detalle, y porque para entonces había más confianza.

—Sí—La pregunta lo intrigó, y se adelantó con los codos sobre la mesa—. Diecinueve.

El rostro serio que se había puesto de repente era el de alguien que en su cabeza intentaba desarrollar una matemática muy complicada, ¿Ian estaba queriendo implicar que Evans podía conocer a la chica?

Se contuvo de soltar cualquier chiste sobre esa “extraña” relación —por la forma en que Ian lo decía casi hasta parecía que en el medio había un cuento supernatural—, más porque el peso en su pecho era un indicador de que se sentía preso de la expectación.

¿Ella se llama…?

¿Qué?

¿De verdad…?

El inmediato alivió que lo invadió por saber que una amiga estaba bien, bien y a salvo, fue como el golpe de una brisa fresca cuando hay una herida que duele y escuece, fue como tomarte un cajón de cerveza de manteca, eso fue.

No le duró mucho, porque tan pronto como entendió que se trataba de Stella, su Stella, la que había conocido cuando todavía se escarbaba la nariz con el dedo —de hecho, lo seguía haciendo—, tuvo que relacionarla emparejada con Ian, un picaflor empedernido con los condons pinchados,  y… ¿y no era ese todo un giro?

¿Hablaban de la misma Stella? “La Despeinada”, la leona con la que siempre discutían por bobodas para reírse luego, Stella “la Marimacho”, ¿de ella?, ¿en qué momento se había convertido en una mujer? En la corta mente de Evans, él sólo podía verla como una amiga de la infancia, ¿pero mujer?

—¡JODER!

Evans se echó para atrás en la silla, con el puño a la altura de la boca. Se reía, un podo de humor, un poco de alivia, de todo un poco. Se reía entrecortadamente, con el corazón palpitándole y los ojos desencajados.

—¡Joder!—
repitió, casi en la necesidad de tomar aire—Eres una puta caja de sorpresas, ¿lo sabes? Jodete, Ian. ¿De en serio?—exclamó, incrédulo—Wow—Finalmente pasado el ataque de sorpresa, sólo pudo sonreír—. No, sí, sé quién es—Hizo una pausa antes de continuar, con otro tono—: Tú sabes, sobre eso. Tú sabes, lo “extraño”—aclaró—. Yo no creo que le vayan los hombres, ¿sabes?

Rió, como un tonto.

—No supe nada de ella…—
susurró, para sí, más tranquilo. Y añadió, sonriéndose—: Gracias. Sí, la conozco—repitió—. Era una molesta, esa. Más le vale que esté bien.

Evans tenía una extraña manera de expresar su afecto que dejaba una sensación del todo contradictoria, pero sincera.  

—¿Dices que has perdido el contacto con ella?—El rostro de Evans adquirió una repentina sombra de seriedad—Eso es una pena.

Cerraba el puño sobre la mesa, y se estuvo así un momento, hasta que recuperó la expresión despreocupada y ligeramente pilla que le era característica.

—Bueno, ¿qué quieres? Apura antes que me arrepienta. ¿El especial del día?
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Ian Howells el Mar Nov 26, 2019 1:10 am

Por edad y por Hogwarts, Ian había hecho matemáticas simples para pensar que Evans podía conocer a Stella y, sorprendentemente, sus cálculos no fallaron, pues su sorpresa había evidenciado que conocía a la muchacha.

La historia que le había contado era la resumida, pues realmente habían muchas cosas de por medio, pero decidió ser conciso por dos razones: tampoco consideraba que a Evans, tal y como era, le interesase los detalles; la segunda razón era que tenía hambre y, entre antes se volviese a levantar de allí, más pronto podría convencerle de que le dejase algo gratis.

Bufó cuando dijo que no le iban los hombres. Sí, ya, claro… ¡no le van los hombres!

―Yo le voy bastante ―dijo soberbio, con una sonrisa de lo más divertida.

No era la primera vez igualmente que Stella le había dicho a Ian su atracción por las mujeres, por lo que siempre había asumido que era bi. No lo iba a negar: estar con una mujer bi tenía que ser una mierda teniendo en cuenta los sexys que son las mujeres, pero ahí estaba Stella con él, prefiriéndole a ninguna mujer.

―Teniendo en cuenta como es ella y cómo eres tú, asumo que uno es la molestia del otro. Menudo dolor de cabeza tuvo que haber sido compartir año contigo ―confesó, sobre todo con intención de molestarlo. Luego al final negó con la cabeza para aclarar la última parte―: Perdí el contacto con ella después de aquel suceso, sí. Se cabreó conmigo y no quería volver a verme, pero a día de hoy ya lo hemos recuperado. Sé en dónde encontrarla y cómo contactar con ella, pero supongo que si era una “molestia” no tendrás mucho interés, ¿no? ―Ladeó una sonrisa.

Después de contarle esa historia, al parecer había tocado la fibra sensible de Evans, pues antes de irse le ofreció UN PLATO GRATUITO. Bueno, no lo había matizado, pero por cómo lo había dicho, haciendo alusión a su arrepentimiento, era lo que se suponía. Ian, que era evidentemente un convenido, asintió varias veces con la cabeza, pues el especial del día era más que apetitoso.

Cuando Evans se fue de allí en dirección a la cocina, Ian no dudó en molestarlo.

―Gracias, mi cieli ―le medio gritó lo suficiente para que las cinco mesas alrededor de Ian lo escuchasen y mirasen, divertidos.

Oye, que Ian era fiel amante y defensor de su hombría, pero sabía que la reacción de Evans lo valía más que su imagen de homosexual. Además, ahora que tenía un amigo gay, sabía que él de gay no tenía nada de nada.

Entonces se puso a trabajar en lo que esperaba la comida. Sacó su carpeta y de allí un cuaderno y un pequeño estuche en donde tenía tres cosas: portaminas, goma y un delineador. Con el portaminas empezó a bocetar algunas cosas a partir de unas notas que tenía en el móvil y, aunque Evans le llevó la comida, no se fue del café cuando se la terminó. Estaba bastante a gusto trabajando allí al ritmo de un grupo de metal bastante guay. Al final prácticamente esperó a que Evans terminase el turno y se fue con él, no sin antes, obviamente, presentarse a la otra camarera guapa y hablar un poco con ella.

Lo primero que le dijo es que tenía pareja, ¿¡pero y qué!? ¡Hablar era gratis y no suponía nada! Además, ¿y si de repente lo dejaban, qué tan bonito sería que considerase a Ian una buena opción para el despecho?
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