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Can I go where you go? —Sam&Gwen.

Sam J. Lehmann el Sáb Ago 24, 2019 5:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 2 98vK10u
Fuerteventura, Islas Canarias | 19/08/2019 | 12:20h | Atuendo


Terminar en Fuerteventura había sido cosa de Santiago Marrero.

—¿Qué haces, Mia? —preguntó el joven español cuando vio a Sam sentada en una de las mesa del Juglar observando con curiosidad su móvil. No había apenas nadie a esa hora, por lo que se sentó con ella.

—Gwen y yo estamos buscando lugares baratos a los que irnos de vacaciones en donde haya buen tiempo y playa. Son nuestros tres requisitos. Bueno y calma. La calma es importante —dijo sin quitar la mirada de la lista que estaba leyendo.

—¿Por qué tú no preguntar a mí? —Se hizo el ofendido. —¿Tú no sabes yo ser de España? ¡España tener lugares maravillosos! Dame eso. —Y le quitó el móvil a Sam.

—¡Eh, oye! ¡Eso no se hace!

Ignorando las quejas de la rubia, Santi buscó en otra pestaña de Google las playas de canarias, más concretamente la de Fuerteventura pues, en su juicio, era la mejor isla a la que ir si querías un turismo playero. Giró entonces el móvil, enseñándoselo a Sam.

—Yo no ser de ahí, pero yo veranear con mis padres todos los años a Fuerteventura desde que tener consciencia, ¿te gusta?

—Fuerteventura —repitió Sam, con un acento terrible. —Es muy bonito, sí. ¿Donde es?

—Las Islas Canarias, esas que están más cerca de África que de España.

—Siempre me ha hecho gracia que esas islas pertenezcan a España estando tan lejos. —Tuvo que confesar Sam con cierta diversión.

Luego en casa, Sam le dijo la opción de Santi a Gwendoline, miraron precios, compararon con otras opciones que tenían y no le convencían demasiado y… al final Santi había conseguido que éstas dos se fuesen más lejos de lo que tenían pensado. Las Islas Canarias tenían turismo prácticamente en toda la época del año, pero teniendo en cuenta los precios que habían visto las chicas en otros lugares, ir a Canarias y hacer el turismo playero por su cuenta, quedándose a dormir en las playas, casi que parecía más perfecto que nada.

Cuando le dijeron que realmente iban a ir al destino que él les recomendó, no paró de decirles un montón de sitios a los que tenían que ir, la comida que tenían que probar, los trucos para buscar las playas más desérticas y bonitas de toda la isla… La verdad es que Santi era un amor de persona y se emocionaba sólo por ver al resto emocionados.


***

Habían vuelto a hablar con Dexter Fawcett para que les hiciera un traslador con el que poder ir a Canarias, pues no querían tener que utilizar sus identidades falsas para viajar por mera inseguridad. En cuestión de dinero era un poco más caro pagar un traslador que comprar dos billetes ida y vuelta a Fuerteventura, pero lo preferían sencillamente porque se sentían más seguras y cómodas.

Una vez en Fuerteventura, sus planes habían sido bastante claros: no querían hoteles, no querían grandes multitudes, querían poder estar tranquilas en la playa y si querían meterse en algún núcleo urbano, ya irían ellas. Santi les había dicho que no se permitía pernoctar en cualquier sitio de acampada, pero la verdad es que eso para ellas era totalmente irrelevante. Entre que podían esconder su tienda de campaña de muggles y que cualquier policía que apareciese podía ser fácilmente espantado con un confundus…

El traslador les había dejado en Pájara, la zona más turística de todo Fuerteventura, por lo que decidieron empezar ahí abajo, buscando una de las playas que le había recomendado Santi. Era una playa oculta con poca transición, pues había que pasar una montaña además de bajar grandes riscos. Sin embargo, para Sam y Gwen eso no era para nada un problema.

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 2 Plya-cofete-roque-moro-montana-aguda-1426x701

Mientras montaban la caseta de campaña, Sam revisó su móvil antes de dejarlo en el interior de la tienda, pues no quería estar pendiente de él. Vio que Caroline le había mandado una foto con todas las mascotas en el sofá de Gwen y Sam, además de un mensaje de Laith que decía, literalmente: “como te cases sin mí, te mato a la vuelta.” Como le había dicho que quería casarse en la playa, se creía que éstas vacaciones iban a ir de casamientos en secreto o algo así. Sam no le dijo nada, solo por molestarle.

Después de una mañana de trasladarse, buscar el sitio perfecto en una cala oculta y dejarlo todo preparado, la austriaca corrió casi brincando hacia la orilla del mar, mojándose los pies y salpicando al aire el agua. Hacía un calor terrible para el cual ella estaba acostumbrada, por lo que se desabotonó la camisa que llevaba, acercándose a Gwen.

—Pájara —repitió divertida Sam, pues llevaba todo el rato leyéndolo con su acento inglés. —¿Vamos a bañarnos, Pájara mía? —Y se carcajeó ella misma de meter el dichoso ‘Pájara’ en todos lados. Nunca había leído el nombre de un municipio tan gracioso. —Se me pasará, te juro que se me pasará —prometió, sin poder ocultar ni un poco la sonrisa.
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Gwendoline Edevane el Mar Sep 03, 2019 10:35 pm

Gwendoline era plenamente consciente de lo mal que sonaba aquello: renunciar a una vida tranquila, una vida idílica con la persona amada, en pos de librar una batalla en que, si bien ambas podían ganar o perder cosas, no dejaba de ser la batalla que otros habían empezado. Era casi como si estuviera eligiendo una vida de peligro, de emociones fuertes… y no era así.

Casi podría echarse mano de esa frase que tan de moda estaba en aquel momento, esa que decía que el amor era la muerte del deber. Le parecía apropiada, si bien injusta: no había un ultimátum de por medio, nadie le había pedido que eligiese entre ambas, por mucho que pudiesen estar reñidas. Y, sin embargo, de verse ella con el metafórico puñal en la mano, sería totalmente incapaz de hundirlo en el corazón de su amada.

No, desde luego que no era Jon Snow, y no iba a renunciar a lo que amaba en pos del “deber”.

Sin embargo, aún no existiendo ese ultimátum, se sentía culpable por no obedecer a la lógica, al miedo y al amor que sentía por la persona que en esos momentos estaba a su lado, y marcharse Londres sin mirar atrás. Y de obedecer estos deseos, muy seguramente se sentiría culpable por abandonar a tantos otros que llevaban tanto tiempo a su lado, y que de alguna manera contaban con ella.

Puso sobre la mesa uno de los posibles resultados del actual conflicto: ¿Qué pasaba si perdían? ¿Qué pasaba si al final la lucha era en vano? ¿Se quedaría el Ministerio de Magia cruzado de brazos ante un intento de rebelión? Lo dudaba mucho. Sam quería pensar que podrían seguir como hasta el momento, y Gwendoline no pudo evitar mirarla con una ceja alzada. Casi le decía, sin palabras, que ni ella se lo creía.

—Tú misma lo estás diciendo: no seguiríamos como hasta ahora. Todo sería muchísimo peor.—Y si bien no quiso decirlo en voz alta, imágenes de películas sobre el holocausto, o metrajes antiguos de esa época, acudieron a su cabeza: soldados nazis entrando, por las buenas o a la fuerza, en las casas de la gente; magos siendo arrastrados a la calle, puestos en fila, arrodillados en el asfalto, mientras registraban sus viviendas; ejecuciones públicas, tanto de fugitivos como de aquellos que les encubrían… Los derechos humanos desaparecerían por completo para algunos grupos de gente.

Quería pensar que, de suceder algo así, otros países tomarían partido en el asunto. Quizás se desatase algo parecido a una guerra mundial mágica, especialmente si las miras de Voldemort iban más allá de Inglaterra. ¿Y qué podía ocurrir si sucedía eso? Nada bueno… para nadie.

Pero hablar de aquello, de aquellos temores… no le parecía buena idea. En lugar de eso, hizo una broma, asegurando que debió desnudarse cuando tuvo ocasión. Estaba segura de que la cosa habría transcurrido como decía Sam: no es que ninguna de ellas le hiciese ascos, nunca, al cuerpo de la otra. Rió divertida, para que luego esa risa se convirtiese en una sonrisa más leve cuando mencionó que había sido una conversación profunda.

Tomó entonces la copa de vino, que tenía un tanto abandonada, y se la acercó a los labios para beber otro pequeño sorbo. Para entonces, Sam propuso contarle algo de ella que no supiese.

—Sorpréndeme.

Lo que siguió fue… bueno, fue una sorpresa, pero no en el sentido que seguramente Sam había esperado. Quizás la rubia creía que, si se ponía muy seria y disimulaba lo suficiente, Gwendoline se tragaría cualquier trolleo que se le ocurriese. El único problema era… que había dejado la coherencia a un lado en el intento: ¿Samantha Lehmann con un hombre? Seguro que sí.

El rostro de Gwendoline dejaba claro que no se creía nada. Con esa misma expresión, una ceja alzada, se acercó lentamente la copa a los labios y bebió de nuevo, sin apartar la mirada de Sam. Lo único que le faltó fue preguntarle si se creía que había nacido ayer.

—¡No me…!—Empezó a decir, respondiendo al beso de Sam de manera automática, sus labios viejos conocidos que no necesitaban demasiadas presentaciones.—¡...digas! No sabía que contaban las historias inventadas. De haberlo sabido, te habría contado que en realidad soy astronauta, la primera mujer en pisar la Luna.—Añadió con sarcasmo, negando con la cabeza mientras Sam reía ante su propia broma. Al final, ella también terminó sonriendo.

Pero, pensadlo por un momento… ¿Y si fuera verdad? ¿Sam acostándose con un hombre? ¿Qué podría llevar a una mujer que estaba a dos pasos de fabricarse en casa una tarjeta multicolor que la acreditase como Súper Lesbiana, para llevarla en la cartera a todas partes? Es más, no tenía tan claro que no la llevase ya encima. ¿Conociéndola? Totalmente plausible, y con una fotografía de Don Cerdito en lugar de la suya.

Poniéndose un poco más serias, Sam le contó algo semejante a lo que Gwendoline le había contado a ella: algo que desconocía, precisamente, porque era una de esas cosas íntimas y profundamente arraigadas que no resultaban sencillas de contar. ¿Cómo introducir en una conversación el odio hacia el lugar en que habías crecido, sin más? ¿O lo que Sam le contaba de que antes de dormir tenía que concentrarse en recuerdos felices para evitar las pesadillas? Complicado.

Recordaba la noche que describió a la perfección. Antes de todo lo que había ocurrido recientemente, cuando Gwendoline todavía no era consciente del todo del peligro que la rodeaba. No pudo evitar sonreír al recordar cómo la había tranquilizado, hablando de los dichosos muñecos de nieve que habían animado y habían terminado persiguiéndolas, el invierno de 2005. Había sido un recuerdo precioso, y había desembocado en que continuaran hablando hasta bien entrada la madrugada, y riendo como si no sucediera nada malo alrededor.

¿Y alguien se preguntaba todavía por qué eran pareja? Momentos como aquel llevaban a preguntarse por qué demonios no lo habían sido desde antes.

—Vale, tienes razón: eso no lo sabía. Pero… me alegro mucho de saberlo.—La miró, sosteniendo todavía la copa medio vacía contra su pecho. En el borde aparecía una huella rosada de su pintalabios, impresa sobre el cristal.—Estoy segura de que, si lo intentases y con esos pensamientos en mente, serías perfectamente capaz de conjurar un patronus.—Le dijo, con una sonrisa divertida. Sin embargo, algo le decía a Gwendoline que, en la actualidad, el motivo de que Sam no fuera capaz de obrar dicho encantamiento no era la ausencia de felicidad… o eso quería pensar, pues había puesto todo su empeño en hacer su vida la más feliz posible.—Oye… Puedes contar conmigo para hacerte feliz, siempre que haga falta. Creo que esa es la misión más importante que jamás me he propuesto en la vida: tu felicidad.—Se acercó la copa a los labios y bebió poco a poco lo que quedaba en ésta. Entonces, miró al frente, nuevamente al reflejo de las estrellas en la superficie del mar.—No sé si alguna vez te lo había dicho, pero… eres el motivo por el que mi vida actual merece la pena. No sabía lo que era querer a una persona, lo que era amar a una persona, hasta...

¿Hasta qué? Había estado a punto de decir que hasta que la había conocido, pero eso habría sido de lo más inexacto: se habían conocido siendo muy pequeñas como para experimentar ese tipo de sentimiento. ¿Hasta que habían comenzado su relación? No, en lo más mínimo, pues se había enamorado de ella muchísimo antes.

Antes incluso de que se marchase para regresar algunos años después.

—Creo que estaba enamorada de ti incluso antes de que regresaras.—Le dijo con toda sinceridad.—Nunca he entendido muy bien cómo funciono en ese aspecto, y si bien hubo otra persona que me llegó a hacer sentir algo parecido a lo que siento por ti, no llega a ser lo mismo ni por asomo. A tu lado me he sentido siempre mejor que con nadie. Siempre has sido una persona especial para mí, mi persona especial. El cariño que te tenía no hizo más que crecer y crecer y… ¿y si siempre fue amor? ¿Y si no sabía identificarlo pero siempre fuiste lo que necesitaba?—La miró, arrugando la nariz.—¿Tiene sentido algo de lo que estoy diciendo?
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Sam J. Lehmann el Miér Sep 04, 2019 3:56 am

Vale, la broma de que se había acostado con un hombre no colaba. ¡Claro que no colaba, si es que llevaba siendo lesbiana desde Hogwarts, sin ningún tipo de dudas! Y creía que precisamente con Gwen era con quién más conversaciones de ese estilo había tenido: su indiferencia hacia el sexo masculino y lo mucho que le atraía el cuerpo femenino. Si es que no había ni un poquito de posibilidad de que la legeremante se hubiera acostado con un hombre.

Sin embargo, luego le contó algo que sí era verdad y que probablemente Gwen no supiera. Su hábito antes de dormir y, por qué no, uno de sus momentos favoritos. En realidad no sabía si identificarlo como momento favorito o limitarse a decir uno de los recuerdos que conservaba con más cariño, porque estaba claro que para momentos favoritos tenía muchísimo más alegres a su lado que sin duda ganaban a aquel.

Arrugó la nariz cuando mencionó el patronus. Sinceramente, ese hechizo había dejado de ser de su agrado después de haberlo intentado tantas veces y no haberlo conseguido.

—No creo —le respondió, bastante segura de que ese encantamiento se le resistiría hasta la eternidad.

Le daba rabia porque consideraba que recuerdos felices le sobraban, pero no lo conjuraba sintiéndose una persona cien por cien feliz. Demasiado demonios, preocupaciones y miedos como para poder centrarse en ser absolutamente feliz para invocar un patronus.

Se mordió el labio, contenta, cuando le declaró su misión importante en la vida. Sam negaba con la cabeza, como si Gwendoline no tuviera remedio y no pudiese evitar ser la cosa más mona del mundo entero.

—Lo tienes fácil: el mero hecho de estar a mi lado ya me hace muy feliz. —Le reconoció.

Lo siguiente que le dijo era totalmente recíproco. No era la primera vez que Sam le decía que le había devuelto la ilusión de vivir, así como le había demostrado que podía volver a sentir algo por alguien, algo bueno e intenso. Se había pegado tanto tiempo sola y hundida en la miseria que casi que se le había congelado el corazón. ¿Pero sabéis lo mejor de todo eso? Se sentía super afortunada no de haber vuelto amar, o de haber vuelto a recuperar la ilusión. Sam se sentía afortunada de haber sido la persona a la que Gwendoline viera de esa manera.

No dijo nada, pues cuando continuó hablando, Sam no quiso interrumpirle hasta el final. Ese final en el que ella misma sabía muy bien si tenía sentido lo que decía. Sam dudaba mucho que anteriormente Gwen hubiera estado enamorada de ella, aunque en ese momento pudiera parecer lo más obvio del universo.

—Algo de sentido tiene —le reconoció, girándose un poco hacia ella porque se le cansaba el cuello de girarlo hacia su lado. ¿Era bobi por el hecho de que le hiciera TANTA ILUSIÓN ser la persona especial de Gwen? Te lo digo: eso era lo que le hacía sentir la persona más afortunada del mundo. —No creo que estuvieras enamorada de mí antes: lo hubieras sabido. ¿No supistes perfectamente que lo estabas cuando nos besamos en los pasillos de aquellos apartamentos? ¿O después de eso, en cualquier situación? —Y tras esas preguntas retóricas, sonrió. —Claro que siempre ha habido amor entre tú y yo. Desde siempre y para siempre, pero no era este tipo de amor, ese amor romántico en el que prometernos para toda la vida. —Y entonces amplió la sonrisa, mostrando los dientes. —Y créeme: lo he pensado. A día de hoy te miro, recuerdo nuestro pasado y todavía me pregunto cómo es posible que hayamos terminado así y que no hubiera pasado antes nada de nada entre nosotras. ¿No te da la sensación de que es… como super obvio que tú y yo hayamos terminado así? ¿Cómo si fuera de toda la vida? Es una sensación extraña… —Se mostró hasta un poco tímida, aunque más natural que nunca.

Se sentía muy cómoda hablando de sus sentimientos con Gwendoline. Si bien nunca había tenido problemas por hablar con ella de nada—a excepción del sexo, porque siempre había sido muy pudorosa—ahora que estaban juntas y podía pecar de ser excesivamente ñoña y cursi, se sentía prácticamente acompañada por un igual que sabía que la comprendería.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Miér Sep 04, 2019 3:47 pm

De alguna manera sabía que las dos eran plenamente conscientes de lo cursi que podía sonar todo aquello que había dicho, al menos para un observador ajeno. Sin embargo, un observador ajeno no llegaría nunca a comprender del todo su relación, el por qué se necesitaban tanto la una a la otra. En algún lugar había leído una frase que describía a la perfección cualquier relación amorosa, y explicaba por qué en la ficción las relaciones sentimentales nunca duraban, si no era pasando por muchos altibajos: “El verdadero amor es aburrido, y sólo es interesante para ellos que se convierten en prisioneros suyos.”

Aburrido o no… Gwendoline no cambiaría la situación en que se encontraba por nada, absolutamente nada, en aquel podrido mundo. Sam siempre sería aquello que hace que todo merezca la pena, y de alguna manera siempre lo había sido.

Y es por eso que, cuando su novia argumentó en contra de su afirmación, lo primero que hizo fue poner los ojos en blanco, negando con la cabeza. La escuchó, por supuesto, pero se llevó la copa a los labios y la vació poco a poco. ¿Lo peor de todo? Que aquella, digamos, virtud suya de argumentar siempre en contra de las cosas era una de las cosas que más le gustaban de ella. Se preocuparía el día en que Sam dejara de tener opinión propia, pues siempre había atribuído ese rasgo al interés que sentía hacia la persona con la que argumentaba, o hacia el tema en cuestión.

Mirándola con una expresión escéptica en el rostro, y tras dejar su copa vacía con la base medio enterrada en la arena y la marca de pintalabios rojo en el borde, Gwendoline procedió a responder.

—Hasta hace poco no era capaz de entender qué era eso que la gente llamaba amor. No era ni siquiera capaz de identificarlo.—Le explicó, haciendo una pausa antes de proseguir.—¿Te acuerdas de Timothy? ¿Te he contado alguna vez cómo fue nuestro “noviazgo”?—Gwendoline hizo el gesto de comillas con los dedos.—Supongo que no, porque resultaba complicado de explicar, pero voy a hacer mi mejor esfuerzo.—Con actitud reflexiva, Gwendoline bajó la mirada y la posó sobre la toalla en que estaba sentada; tras unos segundos, comenzó.—Timothy fue alguien con quien me gustaba estar. Me sentía a gusto a su lado, me importaba, y la perspectiva de verle al día siguiente me ponía una sonrisa en la cara.—Recordaba perfectamente cómo había sucedido todo: él, con una paciencia increíble, había conseguido que el corazón de la Edevane se derritiese, hasta el punto que fue a la primera persona a la que permitió un beso, sin huir a continuación.—Resulta muy difícil de explicar. El caso es que yo no soy como tú, no he tenido tantas referencias en mi vida como para comprender lo que es el amor, y ni mucho menos las tenía cuando éramos niñas. Lo único que sé es que me gustaba estar contigo, que paseásemos de la mano y nos encerrásemos juntas en la biblioteca, que la perspectiva de verte al día siguiente me ponía una sonrisa en la cara. Y sobra decir que fuiste desde siempre una persona muy importante en mi vida.—Gwendoline la miró entonces… y al momento bajó la mirada.—Si antes no ocurrió nada entre nosotras fue porque… bueno, ya sabes, las circunstancias no se dieron.

¿Cómo se iban a dar, exactamente? Sam había pasado su época de Hogwarts enamorada de Caroline; al llegar a la universidad, había conocido a Natalie; y después de eso, habían llegado las otras dos. ¿Cómo se iba a dar exactamente algo entre ellas? Y para más seña, Gwendoline había tenido aquel “noviazgo” con Timothy Jarrow, “confirmándose” a ojos de Sam como una heterosexual muy rara.

Su historia había sido la que había sido: si en algún momento alguna de ellas había visto a la otra de la manera en que se veían ahora, con tantos árboles de por medio habrían sido incapaces de ver el bosque.

—He pensado muchas veces en ello, sí, pero… ya te digo, creo que las circunstancias no permitieron realmente que se diera.—Gwendoline jugueteaba con su dedo sobre la arena, hundiéndolo en ella y describiendo círculos, de tal manera que estaba practicando un pequeño hoyo.—¿Cómo te ibas a fijar en tu mejor amiga, tímida y que encima creías heterosexual, cuando tenías delante a todas esas chicas que lo tenían tan claro?—La sonrisa de Gwendoline era resignada, un poco triste, quizás.—Bueno, salvo Rhianne, claro.—Añadió, recordando brevemente aquella visceral discusión que había tenido con la susodicha, aquella noche en que Sam había aparecido en la habitación borracha y lamentándose de lo poco que la valoraba aquella indecisa mujer.
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Sam J. Lehmann el Jue Sep 05, 2019 2:48 am

Sonrió inevitablemente cuando se dio cuenta de que quizás había sido un poquito cortarollos con su contestación, sobre todo al ver como Gwendoline puso los ojos en blanco. ¡Así era Sam, vale! Había que quererla, con sus momentos cortarollos también. Pero vamos, ¿lo que había dicho tenía su sentido, no?

Por parte de su novia, había que buscarle el sentido a lo que decía pero en el "Modo Gwendoline", que era un modo especial que sólo entendía la propia morena y sus maneras para vivir el amor y cualquier relación con atisbos románticos, pues si una cosa estaba clara en este mundo es que Gwen era la viva imagen de la rareza en esos temas.

La verdad es que de Timothy lo que más recordaba es que Gwendoline huyó de él cuando metió mano, pero porque era imposible no imaginarse la escena cómica y porque en ese momento nació el odio de Sam hacia Timothy, un chico al que apenas vio nunca.  

―Sí, supongo que tienes razón… ―le concedió al escucharla, sobre todo la parte de que si no había pasado nada fue porque las circunstancias no se dieron. Primero estaba la época universitaria y luego el momento en el que Sam perdió su fe en el amor por culpa de Katerina y lo mal que trató la confianza de la rubia. Y bueno, lo que decía era importante: si bien nunca vio a Gwen con esos ojos, también creía que estaba en su friendzone porque ella no estaba interesada. Quizás, de haberse sabido, las cosas hubieran sido muy diferentes. ―Ewww, Rhianne. Aunque creo que Katerina era peor, ¿eh? Rhianne era una cobarde, pero Katerina una… No voy a ensuciar mi boca con ella. ―Y se calló, dando a entender que podría decir cosas muy feas de esa mujer. ―Pero sí… supongo que no se dio nunca. O sea, yo nunca lo vi como una posibilidad, ¿sabes? Eras Gwen, mi amiga Gwen y ya. Al principio cuando me empezó a gustar Caroline no la veía tampoco como una posibilidad, pero surgió antes de que pudiera poner mis propias normas o entender lo que siquiera significaba todo. Luego entre que eras mi amiga aparentemente heterosexual y que nunca vi ningún tipo de indicios pues… claro, el tiempo simplemente pasó, acostumbrándonos a lo que siempre habíamos sido.

También estaba la parte en que Sam no se permitía tener ese tipo de sentimientos por sus amigas. No era un secreto que después de lo de Caroline se sentía bastante mal, por lo que se hubiera sentido fatal teniendo ese tipo de sentimientos por Gwendoline cuando ésta misma era consciente de lo que había pasado con Caroline.

―Podría ser una buena realidad alternativa. Lo mismo en otro universo una Sam y una Gwen empezaron con la relación cuando tenían veintiún años y ya llevan nueve años juntas. ―Le dijo, con una sonrisa en el rostro. ―Yo, personalmente, me quedo con nuestra versión. Nunca había tenido tan claro que estoy junto a la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida. ―Porque Sam podría haber tenido más experiencias, pero eso que acababa de decir era totalmente real. Natalie había sido su novia muy joven, Rhianne sin comentarios y Katerina era una imbécil. ―Y a riesgo de que suene SUPER CURSI... ―matizó, de manera muy cariñosa y divertida y si Sam decía eso es que iba a sonar más cursi de lo que ya normalmente sonaba. ―Siempre te he dicho que me ayudaste a amar de nuevo, pero lo retiro, yo creo que no he amado a nadie nunca como te quiero a ti.

Era un rollo muy diferente lo que sentía por Gwendoline a lo que podría haber sentido por otra persona; una mezcla perfecta entre su mejor amiga, su confidente, su apoyo incondicional y su amor verdadero. A día de hoy, no veía de verdad nada en el horizonte que pudiera hacer resquebrajar una relación como las de ellas.

―En fin... ―Suspiró, cogiendo la botella de vino que estaba enterrada en la arena cuando vio que la de Gwendoline estaba vacía y la de ella con apenas un dedo. Vertió en la copa de su novia, para también rellenar un poco la suya. ―¿Te imaginas a la Sam y Gwen de ese otro universo? Eran muy jóvenes, seguro que han tenido mil y una discusiones por tonterías. Aunque podrían haber tenido sexo en el Ministerio de Magia mientras fingen trabajar en el archivo... ―Y entrecerró los ojos, mirando a su novia antes de reír risueña y divertida.

Lo peor de la Sam y Gwen de ese universo era, de lejos, el cambio de gobierno y el Crowley. Ni la Sam de ese universo sabría como habría actuado.
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Gwendoline Edevane el Jue Sep 05, 2019 4:00 pm

Algo curioso con respecto a las exnovias de Sam es que, en el pasado, nunca había sentido nada especial al hablar de ellas: Natalie le había caído bien en su momento, siendo amable y amistosa prácticamente con todo el mundo; Rhianne había sido un caso importante, y habían tenido una importante discusión a causa de su comportamiento; y Katerina había sido buena… hasta que había hecho lo que había hecho y se había ganado el odio de Gwendoline. Sin embargo, ninguna de estas sensaciones tenían que ver con los celos amorosos.

En aquellos momentos, por irracional que fuera y por mucho que formara parte del pasado, Gwendoline sintió una punzada de celos sólo por mencionarlas en ese contexto. Incluso sintió celos hacia Caroline. Nadie podía culparla: ¿cómo no sentirse así cuando tu pareja, que ha sido tu amiga desde los doce años, descubrió su sexualidad al enamorarse de su otra mejor amiga? Daba que pensar.

Sin embargo, Gwendoline quería valorar el presente por lo que era. No quería que el pasado irrumpiese de ninguna manera, pues era totalmente absurdo: aunque se sintiera mal al respecto, no había manera de cambiarlo, y no le parecía justo reprocharle a Sam algo que no podía cambiarse ni debía tener influencia en el presente.

Pero el ser humano era así: irracional, como poco.

—No me he quejado, que conste.—Dijo con una sonrisa, intentando alejar los estúpidos pensamientos que había tenido momentos antes.—A excepción de que me sentía un poco más sola cuando tenías pareja, por entonces estaba feliz con la relación que tenías. Supongo que para mí era suficiente con sentirme a gusto estando a tu lado. No llegué a plantearme dar un paso más allá, por lo que tú dices: era una relación de amistad bien establecida, una confianza cultivada a lo largo de los años. No resultaba fácil concebir otra cosa.—Hizo una pausa y, con una sonrisa divertida en el rostro, añadió:—¡Pero ya podrías haberte fijado en mí en Hogwarts, maldita sea! De haber sido así, habrías sido tú quien me robó mi primer beso al borde del lago.

Desastroso había sido ese capítulo de su vida, y menos mal que en la actualidad podía reírse a gusto de ello. Bastante vergüenza había pasado en su momento. Estaba segura de que, de haberse producido con Sam, no habría sido vergonzoso. ¿Que quizás se habría puesto igualmente un poco nerviosa y habría comenzado a hiperventilar? Posiblemente, no decía que no. En aquella época era maestra a la hora de reaccionar de manera exagerada a las cosas.

Pero, indudablemente, no habría huído de la escena como una vulgar criminal pillada con la mano dentro de un bolso ajeno.

Y precisamente Sam mencionó el tema de la realidad alternativa, que no distaba mucho de lo que se había imaginado. Sin embargo, cuando la rubia lo mencionó y ella echó un vistazo en retrospectiva, opinó igual: ella tampoco cambiaría su historia por nada del mundo, aunque sí podría seguir viviendo sin un par de capítulos concretos.

—Yo también me quedo con...—Empezó a decir, pero entonces Sam anunció que iba a decir algo cursi, y Gwendoline la escuchó. Y se quedó boquiabierta. ¿Cómo no iba a quedarse boquiabierta después de eso? Se puso incluso un poco roja, y se le dibujó una tímida sonrisa en los labios. Pasó algunos segundos intentando procesarlo, buscando algo que decir, pero se dio cuenta de que no se le ocurría nada.—¡Madre mía!—Dijo, abanicándose con la mano por el repentino calor que se había adueñado de su rostro.—Sabes cómo dejar a una chica sin palabras, señorita Lehmann. ¿Ahora cómo voy a superar yo eso, eh? No puedo. Es… lo más bonito que nadie me ha dicho jamás.

Gwendoline podía afirmar que ella misma se sentía igual, pues… ¿a quién había amado ella? Ni de esa manera, ni de ninguna otra: Sam era su primer amor, y tal y cómo iban las cosas, sería el único. No tenía problema alguno con eso.

Entonces, Sam alivió un poco la tensión con una broma, mencionando a las Samantha y Gwendoline de esa hipotética realidad en que eran pareja, y no pudo evitar soltar una carcajada. Detuvo justo a tiempo la copa recién rellenada por Sam, pues estaba a punto de dar un sorbo, y el resultado habría sido catastrófico. De hecho, tuvo que dejarla de nuevo anclada sobre la arena para evitar accidentes.

—¡Ya te digo yo que lo habrían tenido!—Bromeó Gwendoline también.—¿Tú sabes lo largos que se me hacen a mí los descansos ahí? Estoy segura de que eso me los habría amenizado mucho...—Y rió, divertida; “amenizado” era un eufemismo descarado para referirse al sexo con su novia.—No sé, yo creo que si llevasen nueve años juntas, ya se habrían casado. Y quizás tuviesen un hijo. Ya sabes, la economía les iba bien, trabajaban las dos… Seguro que podrían haberse permitido el formar una familia.—Se imaginó, sabiendo que para ellas dos, las de aquella realidad, todavía quedaba un largo trecho para conseguir algo así.

Gwendoline, ahora sí, se llevó la copa a los labios y bebió un poco de vino. Tras eso, dejó la copa en la arena, donde no molestase, y volvió la mirada hacia su novia. Se le acercó hasta que no hubo espacio entre ellas dos y tomó de entre sus dedos su copa, dejándola a un lado también.

La miró a los ojos, mordiéndose el labio inferior mientras sonreía, y entonces la besó en los labios. Y no fue precisamente un beso de cariño: fue un beso cargado de pasión, un beso cargado de intención. Y por si no había quedado claro…

—¿Sabes que nunca he tenido sexo en una playa bajo la luz de las estrellas?—Y mientras decía esas palabras, sus dedos se deslizaban sobre el vientre de Sam, ascendiendo en dirección a sus pechos, acariciando la tela del vestido a su paso.—¿O estoy siendo una pájara por querer tener sexo en la nuestra primera cita?
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Sep 06, 2019 4:08 am

Pese a que Sam siempre había intentado no descuidar sus relaciones amistosas cuando tenía pareja, podía entender que igualmente Gwendoline se sintiese más sola, sobre todo teniendo en cuenta que por aquel entonces vivían juntas y la ausencia de una era bastante notoria. Sin embargo, de todo lo que dijo lo que le hizo reír fue lo último.

—¡Ojalá hubiera podido elegir, tía! ¡Todo me cogió igual de sorpresa que a ti! —Y de haber podido elegir, ya te decía que no hubiese elegido a la amiga que salía con su mejor amigo. No hubiera sido tan masoquista. —Pero si hubiera sido yo, ¿de qué nos estaríamos riendo ahora, si no de ese beso al borde del lago con…? Siempre me olvido.

Entrando en materia un poquito más seria y romántica, Sam le confesó sus sentimientos y cómo se sentía hacia ella. Le encantó la cara que se le quedó a Gwen, pues le encantaba sorprenderla. Alzó varias veces las cejas cuando impresionó a su novia con su modo cursi, pero en realidad su intención no había sido esa. Ya que se habían puesto a decirse cosas bonitas… que menos qué decirlas todas. Sam quería que su novia tuviera muy claro que la tenía loquita, en todos los sentidos, no se le fuese a olvidar.

Continuaron hablando entre risas, sobre todo cuando se imaginaron a una Gwen y a una Sam de un universo paralelo, cuya relación hubiera empezado muchos años antes. No le costó imaginarlas en el Ministerio de Magia, sobre todo porque lo vivido ya con Gwendoline le hacía que ese tipo de imágenes fuesen más que cotidianas.

—Ya, amenizado. —Repitió, enarcando una ceja, para entonces sonreír más dulcemente ante la idea de que ya hubieran formado una familia. —Ellas ya tendrían a Don Niño. —Bromeó, riendo. —A menos que… en realidad no hubieran tenido trabajo estable porque las hubiesen despedido del Ministerio por haberlas encontrado teniendo sexo desenfrenado en el archivo del Departamento de Misterios. Seguro que pasó eso. Eres una gritona: seguro que nos pillaron por tu culpa. —Y bebió de su copa de vino para intentar no seguir riéndose, pese a que bebía con las comisuras de sus labios alegres.

Vio entonces en la mirada de Gwendoline el spoiler de sus intenciones, apartando primero su copa y luego la de Sam. Ésta observó, pues le encantaba ver a su novia así de seductora, buscándola a ella para tocarla y besarla. Le devolvió el beso con ganas de que todo se convirtiera en algo más que un beso.

Tuvo que sonreír cuando paró el beso para decirle aquello, más que nada porque sí lo sabía: todos los orgasmos que Gwen había tenido con otra persona, le ‘pertenecían’ a Sam, por lo que sabía muy bien cuáles eran los sitios en donde había hecho el amor.

—¿Ah, sí? —Se mojó los labios, antes de dejar de utilizar su mano como apoyo y erguirse, inclinándose hacia Gwen. —Qué casualidad que yo tampoco. —Algo que añadir a la lista de sueños cumplidos y pecados compartidos. Mientras ella se llamaba pájara, Sam llevó una de sus manos al rostro de Gwen, en donde pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja, antes de bajar por su cuello y meter su mano por debajo de su vestido, a la altura del hombro. —Serías una pájara si no quisieras después de haber venido así a nuestra primera cita… —Y con “así” se refería a ese escote, el cual Sam pronunció haciendo que su vestido cayese suavemente por su brazo, haciendo que lo poco que tapaba, dejase de tapar uno de sus pechos.

La observó justo antes de bajar a él y dejar allí un beso suave y lento, para luego descubrir el otro y hacer lo mismo antes de subir por su cuello y volver a sus labios, sintiendo el calor emanar desde su propio interior. Su mano, posada en la cintura de Gwen, subió en caricias por su cuerpo, sin poder evitar pensar que su otra mano sólo le estaba sirviendo de apoyo y lo único que quería en ese momento era tocarla a ella.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Sep 06, 2019 2:34 pm

Recordar el primer beso… bueno, Gwendoline suponía que lo mágico o no de ese momento dependía de las personas implicadas y la experiencia en sí: sabía de caso en que las personas implicadas lo recordaban como un momento mágico, mientras que en otros se trataba de una experiencia que se prefería olvidar por completo.

¿Su caso? El segundo, indudablemente.

—Se llamaba John, y tú eres la única que se ríe.—Protestó llevándose ambas manos a la cara. En realidad, se estaba riendo, así que añadió:—¡Yo no me río, Samantha!

Tras la confesión de sentimientos, tal vez cursi, pero que había derretido el corazón de Gwendoline, pasaron a imaginarse cómo serían ellas dos en una realidad alternativa en que llevasen unos nueve años de relación. Y si bien le hubiera gustado ser protagonista de esa situación idílica, habría que preguntarse qué habría ocurrido con todos los obstáculos que aparecieron en su camino: el manido cambio de gobierno, la presencia de Sebastian Crowley, la vida llena de peligros como fugitiva de Sam…

Quería pensar que, de haber sido pareja entonces, Gwendoline habría logrado ser un pilar en la vida de su novia, que la habría ayudado a superar todos esos escollos, y que hubiera podido, incluso, evitar que algunos tuvieran lugar para empezar.

Aquella línea de pensamiento la puso un poco triste, aunque lo disimuló.

—¡Sam, te he dicho que nada de Don Niño!—Protestó, fingiendo ofenderse, para escuchar a continuación su hipótesis al respecto. No pudo rechistar.—No sé lo que sentirás cuando te lo hago yo...—Empezó a decir. Quería creer que lo hacía bien, pero una nunca estaba segura.—...pero si sintieras lo que siento yo cuando me tocas, no podrías reprimir los gritos. ¡Lo intento! ¿Vale?—Y finalmente terminó riendo, pero no podía quitarse de encima esa leve tristeza que se adueñó de ella al imaginar las versiones alternativas de todo lo malo que les había sucedido.—¿Se produjo el cambio de gobierno en su realidad alternativa? Porque si es así, esa Gwen es fugitiva, estoy segura de ello: teniéndote a su lado, queriéndote como te quiere, no dudo ni por un segundo de que se posicionó en contra del gobierno. Y si tu versión alternativa huyó para intentar protegerla, como supongo que sucedió, da igual: ella decidió ir a buscarla y al final se reunieron. E hicieron frente a todas las adversidades.

Demasiado bonito para ser cierto, pero Gwendoline quería creer que podía existir un mundo paralelo en que eso fuese posible. Habían probado de sobra que, cuando la una lo necesitaba, la otra se convertía en una guerrera, y que juntas eran muy fuertes. ¿Invencibles? Quizás no… pero quien intentara hacerles daño no se encontraría, precisamente, a dos víctimas indefensas.

Avanzada un poco la cita, y embriagada por el amor que sentía hacia esa mujer y hacia ninguna otra, Gwendoline puso a un lado las copas de vino y se acercó a su novia con toda la intención de llevar aquello a un plano mucho más adulto: le confesó, además, que jamás había hecho el amor en una playa bajo las estrellas. Sam lo sabía, por supuesto, y parecía dispuesta a acabar con los días sin sexo en la playa.

La caricia de Sam sobre su cuello y su hombro le produjo una electrizante descarga y un cosquilleo placentero. Sólo dejó de mirarla a los ojos cuando siguió la mano de la rubia, que bajó el vestido y dejó al descubierto uno de sus pechos. Entonces, volvió a alzar la mirada y la depositó sobre sus azules ojos. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Sólo he traído este vestido para que me lo quites...—Le dijo en un susurro. Sus ojos brillaban de excitación y deseo, y comenzaba a sentir cómo el calor aumentaba dentro de su cuerpo.

Sam descendió entonces y sus labios besaron su pecho. Los brazos de Gwendoline la envolvieron de manera instintiva, y acarició suavemente su pelo rubio adornado con flores. Su novia descubrió también el otro pecho y repitió el proceso. Cerró los ojos y suspiró profundamente, sintiendo cómo un calor conocido y agradable inflamaba todo su cuerpo.

Con suavidad, puso ambas manos en el rostro de Sam y la hizo alzarlo hasta que quedó a la altura del suyo. Ambas se besaron como si quisieran devorarse la una a la otra, mientras las manos recorrían la anatomía de la otra y suspiros de excitación se escapaban de entre sus bocas unidas. Se sumergieron en aquella danza, conocida y excitante, hasta que Gwendoline terminó tendida sobre la arena con los brazos extendidos por encima de su cabeza, y Sam encima de ella con una pierna a cada lado de sus caderas, sujetándole las muñecas contra la arena mientras ambas sonreían como dos adolescentes presas de un arranque de pasión.

—Te quiero.—Le susurró, antes de fundirse con ella en un nuevo beso.
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Sam J. Lehmann el Sáb Sep 07, 2019 4:04 am

Cada una tenía sus maneras de enfrentar el placer del cuerpo y que conste en acta que Sam no tenía nada en contra de cómo lo hacía Gwendoline, pues a ella le encantaba, además de que le ponía muchísimo el hecho de que su novia respondiese así a todo lo que le hacía. Que Sam tenía sus momentos también, pero era mucho menos sonora, pues había veces en las que ni se acordaba de respirar, como para saber qué sonidos le salían por la boca.

―¡Pero Gwendoline! ¡Siempre estás destrozando mis ideas! ―Se quedó, dramática, cuando se metió con su ‘Don Niño’, el cual sólo mencionaba porque hacía poco Gwendoline lo dijo y ya no podía quitárselo de la cabeza. ―A mí lo que me surja en el momento, la verdad... yo no entiendo a mi cuerpo. ―Se encogió de hombros, sin poder evitar una sonrisa tímida.

Lo mismo un día su excitación hacía que quisiera superar a Gwen inconscientemente, mientras que otro día no salía más que sonidos ahogados de su boca. No es que hubiese una manera, sino que iba por días, momentos y... seguramente también excitación o morbo.

Por un momento quiso matizar ciertas cosas de lo que ocurriría en esa realidad alternativa que continuaba alimentando Gwen, pero por otra parte consideraba que mencionar ciertos temas romperían totalmente el momento. No era situación para mencionar a los Crowley, ni tampoco lo duro que hubiera sido si las cosas se hubieran resuelto como Gwen lo plasmaba en esa posibilidad. Así que decidió aportar solo en la parte bonita del asunto:

―Tu versión alternativa no hubiera tardado nada en encontrarme, seguro. Y entonces mi versión alternativa después de librarse de todo te hubiera dicho: ¡vámonos lejos! Y vivieron felices, comiendo perdices en Papúa Nueva Guinea. ―Sólo había dicho ese nombre porque era gracioso. ―O Tailandia. ―Mencionó otra opción totalmente aleatoria.

Si no fuera porque habían cosas mucho mejores que hacerle a Gwen con los labios, Sam tenía muy claro que podría pasarse todo el tiempo del mundo besando a la preciosidad que tenía como novia bajo las estrellas. Siempre le había gustado ese momento, esos preliminares en donde los besos se vuelven candentes y traviesos, creando una chispa en tu interior que no paraba de saltar hacia todos lados y avivarse cada vez más.

Entre besos y caricias, Sam terminó haciendo que Gwendoline se fuese acostando hacia atrás, mientras que ella se colocaba encima, ‘ganándole’ el terreno. Sujetó con suavidad sus manos hasta llevarlas por encima de su cabeza, manteniéndolas allí con las suyas propias. Le sonrió frente a sus palabras mientras bajaba hacia ella para volver a besarla.

―Yo también te quiero ―le respondió en un susurro, añadiendo: ―Pero yo no me he puesto este vestido para que me lo quites. ―Se separó de ella para llevar sus manos hasta la parte baja de su vestido, que al ser bastante corto era casi como una camiseta larga. Tras sujetarlo por debajo, se lo subió lentamente hacia arriba, quedándose con un sujetador y unas braguitas de color blanco de encaje que Gwendoline ya debía de conocer muy bien.

Sam entonces se puso a un lado de Gwendoline, pero le impidió que se levantase de donde estaba, sino que se acercó a su rostro mientras su mano bajaba por su pierna y le subía la falda del vestido.

―Me vas a llamar pájara por no haberte dejado quitarme el vestido, ni que yo te vaya a quitar el tuyo, pero no me puedo resistir a colarme por debajo de esa falda… ―Le dijo en voz baja, bien cerca de sus labios, pero sin llegar a besarla. Su mano, ahora acariciando la piel de su pierna y muslo mientras le abría suavemente la pierna, subía hacia sus caderas por debajo de la tela en busca del elástico de su ropa interior, pero cuando llegó no encontró ropa interior. La cara de Sam empezó siendo de sorpresa, pero le duró un segundo, hasta tornarse a una mirada totalmente seductora porque… ¡tenía la mejor novia del mundo! ―Me gusta la Gwendoline de las primeras citas. ―Y en vez de morder su labio, se acercó a morder el suyo con suavidad, mientras la mano bajo su falda, tan traviesa como siempre, iba directa a su zona favorita.

No besó los labios de Gwen, sino que la miraba fijamente a los ojos mientras sus bocas estaban a milímetros de distancia. Sam quería ver la cara de su novia mientras la tocaba, con esa lentitud intensa que siempre hacía pedir más. Quería que Gwendoline llegase al orgasmo mirando a las estrellas, si ella quería… No iba a ser Sam quién rechazase un beso de Gwen; nunca.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Sáb Sep 07, 2019 4:01 pm

Estaba claro que ninguna de las dos quería ver la parte más negativa de una vida como fugitivas, a fin de no generar un drama que arruinaría el momento. Porque quizás un poco de falso drama era divertido, pero lo que habían tenido que vivir desde el cambio de gobierno no había sido divertido: peligro, perder la pista a sus seres queridos, sufrir cosas que habrían destrozado mentalmente a cualquier otra persona…

Todavía le dolían cosas de aquella época, y sabía que no dejarían de dolerle nunca. Y por curioso que pudiera resultar, esas cosas que aún dolían no le habían pasado a ella. Quizás el derrotar a Zed Crowley hubiera aplacado un poco esa rabia, ese dolor que sentía al acordarse de los nombres de los tres hermanos, pero no engañaba a nadie: allí seguirían, muy posiblemente para siempre.

Suerte que no dijo nada de esto en voz alta, y que Sam le siguió el juego con su fantasía alternativa.

—¿Y por qué no a Islas Canarias?—Le sugirió con una sonrisa.—¡Ah, ya! Que el Ministerio de Magia Español le tiene miedo al nuestro y colaboran.—Y, pese a lo triste que era eso, no pudo evitar soltar un bufido y reír, divertida.—Vale, aceptamos Tailandia como opción aceptable.

Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, las conversaciones fueron dejadas a un lado y ambas mujeres se enredaron en la antigua, tradicional, danza del amor: un acto que llevaban practicando los seres humanos desde mucho tiempo atrás, mucho antes incluso de ser considerados seres humanos.

Besos y caricias las llevaron a encontrarse, la una sobre la otra, en aquella playa que parecía ser sólo para ellas.

Gwendoline dejó escapar un suspiro al contemplar cómo su novia se quitaba el vestido. Admiró su cuerpo de arriba abajo, ese cuerpo que conseguía inflamarla por dentro como ningún otro, y si bien todavía con la ropa interior puesta, Samantha Lehmann conseguía excitarla como ninguna otra persona, nunca antes, lo había conseguido.

—Esa también es una buena opción...—Susurró en respuesta a la afirmación de que ella no se había puesto aquel vestido para que se lo quitase su novia.

Semidesnuda, Sam se tumbó junto a Gwendoline, y durante unos instantes se miraron a los ojos; la mano de la rubia, entonces, comenzó a recorrer sus piernas, y la morena comenzó a sentir esa humedad tan familiar y agradable allí, en su zona más íntima. Excitada como estaba, no respondió a lo primero que Sam dijo, y en cambio, cuando descubrió lo que escondía bajo la falda, sus labios se curvaron mientras se mordía el labio inferior.

Le hubiera gustado responder a aquello, desde luego, pero la boca de Sam la atrapó y sus dedos comenzaron a obrar la magia. La magia de verdad.


***

Apenas unos minutos más tarde, Gwendoline Edevane yacía sobre la toalla, casi sin aliento. Su frente estaba sudorosa, y sus pechos desnudos subían y bajaban al ritmo de su pesada respiración. El mundo se había desvanecido por un instante que parecía haber durado una eternidad… pero no lo suficiente. Sólo entonces comenzó a percibir todo aquello que la rodeaba: el olor a sal, el sonido de las olas al mecerse contra la orilla, y sus propias carcajadas entrecortadas.

Sus ojos se abrieron y contemplaron las estrellas. Había intentado mantenerlos abiertos, pero… no lo había conseguido. Aquel orgasmo, quizás propiciado por el lugar que las rodeaba y la experiencia nueva, había sido muy intenso. Notaba su zona íntima tan empapada que hasta tenía miedo de haberse orinado.

—Oh… dios mío.—Decía entre jadeos y carcajadas, feliz ante la plenitud del momento.—Oh… dios mío… Ha sido...—Se le ensanchó la sonrisa en la cara y cerró de nuevo los ojos.—...maravilloso...

Se permitió descansar unos minutos, allí tendida. Sam se tendió junto a ella, apoyando la cabeza en su hombro, y Gwendoline volvió la mirada en su dirección. En los ojos de la morena había un brillo especial, ese que sólo se veía en los ojos de una persona que acaba de pasar por una experiencia tan gratificante como aquella.

Permanecieron así el tiempo suficiente para que Gwendoline volviera a respirar como era debido, y entonces, con renovadas energías y un calor interno que jamás se apagaría del todo mientras estuviera con Sam, le llegó el turno a la rubia.


***

Con el sabor de su novia todavía en los labios, Gwendoline se separó poco a poco de la zona más íntima de una Sam que, en aquellos momentos, yacía tumbada, sin ropa, boca arriba sobre la toalla.

La morena sonreía, satisfecha y con el corazón palpitando como sólo el amor por ella podía conseguir. Contempló su blanca y perfecta anatomía, gateó en su dirección sin perder en ningún momento aquella sonrisa. También Gwendoline se había desembarazado de su vestido.

Se tendió a su lado, como Sam había hecho antes, y comenzó a acariciarle el pelo y a besar su frente. Entonces, se le escapó una risita y dejó reposar la cabeza sobre el hombro de su novia.

—Siento decirlo porque soy consciente de que va a ser difícil repetir esto, pero… Creo que voy a querer repetirlo en el futuro.—Y rió de nuevo, besando suavemente la piel del cuello de Sam, que era la que tenía a su alcance.

¿Cómo se podía sentir aquella plenitud, aquel amor tan sincero, sabiendo las cosas que habían dejado en Inglaterra? Pues muy fácil: olvidándose por completo de ellas. Gwendoline no le había dedicado ni un sólo pensamiento a su hogar en las últimas horas, y perfectamente podría seguir así toda su vida.

¿Por qué no?, pensó de repente. Deberíamos escaparnos y mandarlo todo al infierno…
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Sam J. Lehmann el Mar Sep 10, 2019 2:01 am

Esa noche, por ejemplo, fue una de esas noches de placer en donde su cuerpo se vino demasiado arriba. Siempre le pasaba que cuando durante el acto sexual no llegaban a la vez, sino que primero una ‘se encargaba de la otra’ y era Sam la segunda, llegaba muchísimo más excitada sencillamente darle placer a Gwen. El hecho de darlo y ver cómo disfrutaba hacía que ella llegase a unos niveles muy altos y que en ‘su turno’ lo sintiese todo más intenso. Si a eso le añadimos el lugar, el hecho de hacerlo en un lugar no sólo público sino al aire libre y… bueno, todo, en general, conseguíamos a una Samantha que no podría pasar desapercibida tampoco en los hipotéticos Archivos del Ministerio de Magia.

Su orgasmo, cargado de ese electrizante placer que te recorre hasta las arterias, le duró unos largos segundos y cada vez que Gwen le tocaba durante ese periodo, sentía que la podía sentir como si todo ella pudiese sentirlo todo con el doble de intensidad. El clímax al que llegó fue increíble, largo y muy fuerte, tanto que para cuando abrió los ojos, ni se acordaba que tenía justo en frente a ella un cielo estrellado. Sonrió entonces tras haber recobrado la compostura.

Cogió profundamente aire por la boca antes de soltarlo, para observar con dicha sonrisa a su novia, quién le acariciaba el pelo.

Las palabras de Gwen le llegaron a su oído con retraso, pues todavía estaba alucinando, sin embargo, ella también rió ante lo que dijo, con una sonrisa casi infantil pues al estar boca arriba no podía ni controlarla. Estaba sin aire y sentía que su cuerpo ahora mismo era un horno, tanto por dentro, como por fuera. Aunque sobre todo por dentro.

―¡Todos los días, tres veces! ―Miró a Gwendoline tras esa exigencia para repetirlo en el futuro, antes de volver a reírse con la respiración todavía un poquito agitada. ―No, mejor, cuatro. ¡En la merienda también! ―Y no, es que no podía dejar de reír de pura alegría.

Aún es que no había ni recuperado el aliento.

De nuevo, giró la cabeza hacia la morena cuando su respiración se relajó un poco, mirándola desde bien de cerca. Hacía unos pocos días había habido luna llena, por lo que pese a la oscuridad, pudo ver los ojos verdes de su novia. Jo, de verdad: ¿por qué no se había dado cuenta antes de que esos ojos verdes eran LOS OJOS VERDES que querría ver frente a ella toda la vida?

Podría haberse puesto muy cursi en ese momento, pero estaba tan excitada todavía después de terminar de esa manera tan apoteosica, que no pudo salir del modo travieso.

―Tengo que decirte, mi amor... ―E hizo una pausa para girar todo su cuerpo y quedar frente a ella, llevando su mano al rostro ajeno. ―Que tienes a una novia MUY complacida sexualmente y creo que hemos llegado al final total de tu adiestramiento en la cama. ―Y después de eso, con una sonrisa enorme en el rostro, pues evidentemente estaba de broma, se acercó a ella para besar sus labios con adicción, felicidad y pasión.

Mientras le besaba, su mano acarició su cuerpo y se puso ligeramente sobre ella, entrelazando sus piernas y sintiendo el calor de la piel de la otra. Se separó de sus labios y, con los ojos azules enlazados en sus verdes, le sonrió. En brillo de sus miradas, así como la sonrisa imperecedera hablaban por sí solas.

―Creo que aún me tiemblan las piernas ―le confesó, sintiendo todavía un cosquilleo por todo su cuerpo, sin poder quitarse de la cabeza lo vivido hace unos minutos. ―Te has dado cuenta de que estamos en mitad de una playa pública, totalmente desnudas y acabamos de ser muy poco sutiles las dos, ¿verdad? ―Se mojó los labios, divertida. ―Me lo llegas a decir  hace un par de días y no sé si me lo hubiera terminado de creer ―añadió, mirando hacia la zona en donde se veía la inmensa extensión de playa, pues para el otro lado tenían los riscos que además hacían de cortavientos.

Al contrario que tener sueño, aquello le había quitado en absoluto cualquier tipo de ganas de dormir, sino que estaba con los ojos bien abiertos y con la sensación de poder hacer cualquier cosa en ese momento. Era lo que le solía pasar a las mujeres: un orgasmo las hacía venirse arriba, mientras que a los hombres los terminaba dejando dormidos.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Mar Sep 10, 2019 4:26 pm

Se daba cuenta. Se daba perfecta cuenta.

Gwendoline se daba cuenta de dónde estaban, cómo estaban y lo que acababan de hacer. Su cuerpo todavía conservaba el calor de la pasión que sólo su novia le producía, y dentro de ella seguía ardiendo el fuego del deseo. Poco importaba el escenario: si acaso, éste inflamaba todavía más la pasión, por tratarse de un lugar “prohibido” para aquel tipo de actos. Quizás hubieran incumplido un par de leyes en el proceso, pero… ¿y esa plenitud que sentía en aquellos momentos?

Hacía muchísimo que no se sentía tan libre, si es que alguna vez se había sentido así.

Sonreía mientras su cabeza reposaba sobre el hombro de Sam, mientras sus dedos traviesos acariciaban la sensible piel de su novia, y escuchaba su agitada respiración. Como muchas otras veces antes, se paró a comprender la magnitud de la situación: pese a toda la conversación que había precedido al sexo, ni en un millón de años aquellas dos niñas que se conocieron en Hogwarts se habrían visualizado así.

—Me siento como una alumna aventajada y plenamente satisfecha de mi rendimiento y mis recompensas...—Y se mordió el labio inferior, recordando la amorosa caricia de los dedos de su novia en aquella zona íntima suya, esa que solo dos personas habían acariciado. Y ambas estaban presentes en aquella playa.

Compartieron un beso, uno que no tenía nada de inocente, sino que era apasionado, y poco a poco, Sam se colocó ligeramente por encima de ella. Las manos de Gwendoline, inevitablemente, buscaron los pechos de su novia y se colocaron suavemente sobre ellos. Notó la piel erizada bajo sus dedos.

Tenía razón: sus piernas, entrelazadas con las de Gwendoline, todavía temblaban. Había sido muy intenso, quizás inesperado. La morena habría esperado que alguna de las dos—las dos, incluso—se sintiera intimidada por la situación y se detuviera. Pero no, no había sido así: había sucedido, y no se habían dado prisa, precisamente.

—Me doy cuenta.—Le respondió, asintiendo con la cabeza, sin dejar de sonreír.—Y creo que nunca me había sentido más libre que en estos momentos.—Le confesó una Gwendoline que, en esos momentos, sólo pensaba en continuar así durante el resto de sus vidas.—¿Hace falta vestirse? Me refiero, en general… ¿Por qué no nos quedamos así?

Las manos de Gwendoline se separaron de los pechos perfectos de su novia y recorrieron todo el camino que conducía a la espalda de su novia acariciando la piel a su paso; una vez allí, se entrelazaron y tiraron de ella, en un intento de pegarla todavía más a su cuerpo. Sus ojos no dejaban de mirar el hermoso azul de los de Sam.

—Si nos fugamos, si lo dejamos todo atrás...—Gwendoline ensanchó la sonrisa y se mordió el labio inferior.—...que sea a un sitio como este: arena, mar, buena temperatura… Creo que me acostumbraría a esto.

Y tanto que se acostumbraría: acababan de terminar y no veía el momento de repetirlo. ¿El problema? Que estaban enredadas en aquel abrazo, y el cariño que tenía hacia aquella mujer le impedía separarse de ella. Quería hacerla disfrutar, pero también quería abrazarla y no soltarla. ¡Menudo dilema!

Apoyó su frente en la de ella, y una de sus manos subió hasta descansar sobre su omóplato. ¿Cómo era posible querer a alguien así? La amaba como a una mujer, confiaba en ella como en una hermana, y la sentía como una parte de sí misma que nunca debía haberle sido arrancada.

—¿Crees que podemos dormir aquí mismo o hará mucho frío? Es que ahora mismo soy incapaz de separarme de ti.—Le dijo, sonriente, para terminar riendo y hundiendo el rostro en el hueco entre su cuello y su hombro, besando la piel cálida que tenía a su alcance.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Miér Sep 11, 2019 4:21 am

Lo cierto es que después de vivir como vivían, estar en aquella situación era como algo en principio imposible en su normalidad. En Londres no podían sentirse así de libres porque ambas tenían la sensación que al mínimo intento de hacer una vida normal, su libertad estaba cortada por tener que ocultarse. Allí, en España, era totalmente diferente. ¿Quiénes eran ella en España, más que dos guiris inglesas a las que no entender al comprar un poco de fruta? No eran más que esos: dos extranjeras que estaban allí para aprovecharse del turismo de playa y sol, nadie sospecharía de que en realidad una es una fugitiva de un gobierno mágico y que la otra engaña a su propio país por estar con ella.

―Nos podemos quedar así… ―le contestó, con suavidad. ―Podemos hacer lo que queramos ahora mismo.

Y nunca había tenido tanto sentido esa frase, pero es que allí daba la sensación de que realmente podían hacer lo que quisieran, que no iba a tener repercusión alguna. Estaba feliz, por lo que también se creía capaz de cualquier cosa a su lado.

―Podemos poner Fuerteventura como posible lugar para hipotética fuga en un hipotético futuro…  ―mencionó divertida, sin poder evitar acordarse de su amigo por el reiterado uso de la palabra ‘hipotético’ en una misma frase. ―¿Acostumbrarse al buen tiempo, a vivir en un lugar que parece continuas vacaciones y a estar a tu lado? ―Sonrió, divertida, como si Gwen le hubiera dicho algún tipo de broma. ―¿Estás como describiendo mi vida perfecta o cómo? A mi ya me tienes convencida. ―Y rió, en una leve carcajada.

Ya Sam se lo había dicho: ella firmaba lo que fuera con tal de irse de Londres, por lo que para ella cualquier lugar era perfecto. Obvio prefería un lugar paradisiaco teniendo en cuenta que había vivido toda su vida en Viena y en Londres, dos lugares que no destacan precisamente por su buen tiempo. Además, a Sam le encantaba la playa, el mar y el sol.

Con una sonrisa de idiota escuchó lo que dijo, mirándola cómo solo la miraba a ella. Cogió aire y rió, pues cuando escondió su rostro cerca de su cuello, con su respiración y sus besos, hacía que le hiciese muchísimas cosquillas.

―Me encantaría, sino fuera porque… no quiero que mañana nos despertemos resfriadas. Además, podemos estar exactamente igual que ahora, pero en una cama con unas sábanas por encima. ―Porque por mucho que ahora mismo estuviesen bien calientes, iban a terminar notando la humedad de la noche tarde o temprano y eso ponía malo a cualquiera. ―Y podemos… ―Y volvió a sonreír. ―¿¡Quieres dejar de besarme el cuello!? ¡Sabes que me encanta y ahora mismo tengo la piel sensible! ―Se quejó, divertidísima.

Se quedaron un buen rato allí, a la intemperie, disfrutando del tiempo perfecto de la noche en Canarias, así como de la compañía de la otra. Incluso sopesaron la idea de bañarse a esas horas, pero cuando a ambas empezaron a atacarles los estornudos, decidieron que era buena idea irse para el interior de la tienda. Recogieron su ropa, pero para tirarla en el suelo nada más entrar y meterse directas en la cama.


Al día siguiente || Fuerteventura || Barranco de la Peñita, 13:44 horas || Atuendo

Sólo faltaba que una aulaga pasase por delante de ellas para parecer que estaban viviendo una escena típica de las películas del Oeste que tanto le gustaban al padre de Sam. El sol estaba increíblemente fuerte, casi que se podía escuchar ese sonido típico de película de puro calor y encima no había absolutamente nadie. Y lo pensabas y… ¿quién narices iba a ir a un sitio así de desolado en mitad de verano, cuando hace un calor que te mueres? Ellas, claro, no acostumbrada a ese tipo de climas y esperando que todo clima era como en Londres.

Pero iban preparadas: con una mochila con agua y crema solar―muy importante, más importante que el agua―e incluso una esterilla para ponerla en el suelo y poder sentarse a comer unos bocadillos que habían comprado en el mercado antes de salir.

Llevaban como dos horas caminando hasta que al final llegaron a donde tenían que llegar: el Oasis que le había dicho Santi que existía en el mitad del trayecto. ¿Lo mejor de aquello? ¡Que había sombra! ¡Bendita sombra! Se metieron justo en la sombra de una especie de cueva, en donde se sentaron a descansar, beber agua y hacer la parada estratégica para almorzar.

Sam se había sentado en la sombra exhausta. Llevaba camiseta de tiros debajo de la camisa de cuadros, la cual había terminado atándose en la cintura. Tenía riesgo de quemarse al estar tan ‘destapada’ pero se había embadurnado de crema como tres veces y no podía soportar tener aquello puesto con tanto calor.

―Jamás en la vida había pasado tanto calor y temor por terminar convirtiéndome en un tomate viviente, ¡pero cuánto sol! ―confesó divertidísima, sacando su varita para quitarse el sombrero y echarse agua en la cara. Obviamente el agua también le mojó el pelo y la camisilla, aunque le dio igual porque eso le dio frescor en aquella sombra con ligera brisa. ―Pero ha merecido la pena. ―Y dejó la varita a su lado, cerrando los ojos para respirar profundamente. ―¿Comemos? ―Y abrió los ojos mirándola, además de sonreír muy ampliamente como una niña pequeña.

Llevaba como media hora dando la lata con comer, porque se moría de hambre.

Lo que ellas no sabían es que en aquel momento, ellas eran las intrusas del lugar y que los autóctonos del lugar las estaban vigilando. Y cuando sacasen la comida… iban a ser monosamente atacadas por las bestias más lindas de Fuerteventura.

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Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Jue Sep 12, 2019 12:37 am

Solía decirse que las comparaciones son odiosas, pero a menudo se dejaba fuera de la ecuación otro dato importante: también eran inevitables. Y si bien Gwendoline había alcanzado algo que se aproximaba bastante a la felicidad completa—aunque había demasiadas imperfecciones como para que lo fuera—en su casa en Bromley, aquel lugar…

Aquel lugar era simplemente maravilloso, y casi parecía irreal.

No era de extrañar que no quisiera marcharse. No era de extrañar que no quisiera ni moverse de allí en aquellos momentos. Temía romper la magia, acabar con una ilusión demasiado bonita para ser real. Nunca había soñado con estar así, en una playa desierta, desnuda en brazos de la persona amada… hasta que había conocido el amor de verdad de la mano de Sam. Allí, lejos de casa, parecía que los problemas no podían alcanzarlas, por mucho que alargaran sus dedos rematados en afiladas uñas.

A Gwendoline le hubiera gustado tener el suficiente desapego hacia las personas que le quedaban en Londres para no volver.

—Algún día...—Susurró, no sabía bien si en respuesta a las palabras de Sam, o a sus propios pensamientos.

Lo único que Gwendoline quería en aquel momento era permanecer así, y de repente le daba igual que, llegada la mañana siguiente, un montón de niños correteando por la playa las despertasen de esa guisa. No podrían verlas, de todas formas: habían ocultado su zona de acampada, de tal manera que no sólo era invisible, sino que cualquier muggle que intentara acercarse sentiría un rechazo inmediato.

Pero Sam tenía razón: debiluchas londinenses, acostumbradas al frío de la capital inglesa, acababan de llevar a cabo una actividad física extenuante, estaban bañadas en un sudor que pronto se enfriaría, y no podían cometer el riesgo de subestimar la bajada de temperatura que se produciría bien entrada la noche.

Resumen: no, no podían quedarse allí.

—Pero hay que moverse.—Protestó como una niña pequeña, con los labios todavía hundidos en el espacio entre el cuello y el hombro de Sam. Depositaba besos allí, sabiendo que a su novia le encantaba.—Me encanta tu piel sensible después de hacer el amor.

Al final, no le quedó más remedio que parar, pues a pesar de que apuraron aquella situación nueva y sorprendentemente agradable todo lo que pudieron, finalmente tuvieron que marcharse. Antes de eso, todavía tuvo ocasión de, en contra de todos sus deseos, separar los labios del cuello de su novia para observar aquellas estrellas. Sería muy feo no dedicarles, al menos, un poco de atención.

Y sí, se les pasó por la cabeza la locura transitoria de bañarse, pero no: primero, Sam estornudó; después, Gwendoline estornudó, quizás contagiada por su novia; después, ambas se miraron, asintieron, y dijeron casi al unísono “¡Para dentro!”

Para cuando se metieron bajo las sábanas de su cama, sus cuerpos fríos agradecieron el contacto de las sábanas. La piel sensible de Gwendoline disfrutó de la caricia de la tela, así como del cuerpo de su novia, del cual no pensaba separarse en toda la noche.


***

Para el segundo día de sus vacaciones, el plan consistía en hacer un poco de senderismo y disfrutar del hermoso paisaje de la isla de Fuerteventura. Por toda guía, lo que Santiago Marrero le había contado a Sam cuando se habían decidido por aquel destino vacacional.

La bruja morena, que no era lo que se decía una experta en geografía ni mucho menos, encontraba curioso que existiese un lugar de aspecto tan desértico en una isla. Y si bien ella también procedía de una isla, por mucho que fuera más grande que aquella, no pudo evitar la sorpresa al comprobar lo diferente que era el paisaje.

El paisaje más allá del horizonte parecía ondular y desdibujarse por momentos, y de cuando en cuando Gwendoline tenía la impresión de que un largo alguna otra superficie de agua se materializaba a lo lejos, pero no se trataba más que de espejismos. Tampoco le sorprendería si le dijesen que estaba alucinando: aquel calor era demasiado para una criatura de sangre fría como ella.

Después de dos horas de camino, y como un litro de agua bebido, Gwendoline sentía dos cosas: una vejiga a punto de estallar, y el urgente deseo de sentarse lo antes posible. Tenía los pies tan doloridos que sentía que palpitaban dentro de sus zapatillas.

Por fortuna, habían alcanzado su destino: un pequeño oasis del cual Santi le había hablado a Sam. Se trataba de un lugar hermoso, con palmeras y una pequeña gruta que ofrecía cobijo del sol. Gwendoline comprobó, cuando se colaron en su interior, que la temperatura caía algunos grados allí.

—¿Me lo dices o me lo cuentas?—Bufó la acalorada inglesa, cuya cara había estado protegida por la visera de su gorra; el resto de la cabeza, expuesta al sol, parecía en llamas. Con todo y con esas, sonreía.—¡Sí, venga, comemos!—Gwendoline fingió indignarse, poniendo los ojos en blanco: Sam no había parado de repetir esa pregunta en la última media hora.—Empieza sin mí: tengo una urgencia que solucionar primero, y no quiero que pese sobre mi conciencia tu muerte por inanición.—Con esas palabras, habiendo descargado su equipaje en la pequeña gruta, Gwendoline salió al exterior. Sin embargo, se detuvo un momento, volviendo a asomar al interior.—Antes de que lo preguntes: no, no voy a hacer caca.

Gwendoline escogió un lugar alejado un par de metros de la gruta, a pleno sol, entre unas rocas. Allí se bajó pantalones y parte de abajo del bikini que llevaba por debajo, y se puso en cuclillas para acabar con aquella opresión que sentía en el bajo vientre. Se sujetaba con una mano a una de las rocas para no caer, mientras trataba de evadirse de alguna forma de aquella necesidad tan humana y que a tanta gente avergonzaba.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que una ardilla, posada en la roca delante de ella, la estaba mirando mientras movía su naricilla de un lado a otro.

Dio un respingo y abrió mucho los ojos, pero por suerte no se cayó de culo. Habría sido demasiado embarazoso.

—¡Oh, hola!—Saludó alegremente a la ardilla, con una sonrisa, alargando la mano con que se sujetaba a la roca en dirección al animalito.—Que sepas que me has conocido en un mal momento de mi vida.—Bromeó Gwendoline. La ardilla, por su parte, no quiso dejar que la bruja la tocase, y se alejó dando saltitos.—¡Sam! ¡Tenemos compañía animal autóctona!—Anunció, de manera animada, mientras terminaba de hacer lo suyo.

Definitivamente, aquello había sido lo más entretenido que le ocurría en la vida mientras orinaba.


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Sam J. Lehmann el Jue Sep 12, 2019 5:20 am

Una vez Sam estuvo a salvo de esa infernal radiación solar que estaba quemando su pálida y débil piel, Gwendoline huyó en dirección a una piedra para poder orinar tranquilamente todo el agua que había conseguido no deshidratarlas. Sam había sudado tanto en esa caminata que todo lo que bebió se había disipado por completo. ¡Si es que hasta daba asco echarse crema estando tan sudada! ¿¡Cómo podían vivir tranquilos estos canarios!? Ah claro, como ellos eran morenos, no tenían que echarse tropecientos kilogramos de crema solar para no terminar muriéndose por quemaduras de tercer grado.

Santi no le avisó de eso. No le avisó de que el sol iba a arrasar con todo por delante.

En fin, que ser dramática era gratis, pero en verdad estaba muy bien, sobre todo que ahora habían llegado al final del camino y estaba bajo la sombra de una montaña, así como de varias palmeras. Una brisa bien fresca pasaba por allí gracias a la corriente, por lo que ahora mismo Sam estaba en la gloria bendita.

Esperó a que Gwen volviese de hacer pis aunque le hubiese dado el beneplácito necesario para comenzar a comer, aunque sí que sacó los bocadillos, además de poner la esterilla que habían llevado sobre la tierra y así estar más cómodas. También sacó unos pañuelos húmedos para lavarse las manos, pues estaban llenas de tierra y suciedad de, obviamente, estar apoyándose en todos lados para no caerse.

Una cosa estaba clara y es que por mucho que les gustase el senderismo, estaban acostumbrada a hacerlo en lugares en donde no peligraba tu vida. ¡Pero aquello era un dichoso barranco! ¡En ocasiones pensó que moría!

―¿¡Me hablas a mí!? ―Le gritó al escuchar que decía ‘hola’. ¿Pero qué decía? ―¿Gwen?

Pero entonces gritó más, lo suficiente como para entender que hablaba de algún animal. Por un momento hasta se imaginó a Gwen lo suficientemente acalorada como para perder el norte y hablar con hormigas o algún lagarto, pero Sam no tardó en pegarse un susto con una ardilla que se acercó a sus bocadillos. No se acercó demasiado, pero sí que subió a la esterilla.

El susto duró un segundo, pues la monosidad de esa cosa tan bonita le robó el corazón.

―¡¿Pero tú quién eres?! ¡Qué cosita tan bonita! ―Exclamó divertida al ver aquello.

Las ardillas de lugares como ese, bastante turísticos, estaban más que acostumbradas al trato humano y a tratar con ellos en busca de comida. No huían con facilidad y se tomaban ciertas confianzas sabiendo que ‘su monosidad’ haría que los humanos la tratasen hasta con delicadeza. Y, si había suerte, dejasen caer algún fruto seco.

Entonces Gwen salió de detrás de la piedra, volviendo a donde se encontraba Sam.

―Gwen, te quiero presentar a Doña Ardilla. Es el nuevo hermano de Don Cerdito, Don Gato, Doña Lechuza y Chess. ¿Te das cuenta que se nota que Chess es el adoptado? ―Y rió inevitablemente ante su propio chiste, el cual hasta a ella le cogió desprevenida. ―Y todavía pretendes que nuestro niño también se sienta apartado como el gato. ―Pero entonces alzó sendas manos en señal de paz con ese tema, pues obviamente sólo estaba de broma. Y obviamente también estaba de broma con lo de llevarse a la Ardilla. Jamás se le ocurriría llevarse una ardilla de Fuerteventura, que se le muere de depresión en Londres con el frío. ―¿Orinaste bien? ¿Te atacó una ardilla?

Le dio un par de golpecitos a su lado para que se sentase, con algo de impaciencia. También cogió los dos bocadillos, para estirar una de sus manos y darle a Gwen el que le correspondía. En realidad los dos eran vegetales con pepinillo y huevo, bastante frescos para el calor que tenían en ese momento.

―¡Ah! Me acuerdo que Santi me dijo que fuésemos un día a comer o cenar a un sitio típico de aquí, que hay una salsa picante que seguro que te gustaba mucho, que se comía con patatas arrugadas. ―Se encogió de hombros. ―No sé qué son patatas arrugadas, supongo que son patatas y estarán arrugadas. Soy Ravenclaw, ¿sabes? No te sorprendas por mi gran capacidad de deducción. ―Le dijo totalmente seria, antes de reír de nuevo.

Que a ver, estaba claro que los canarios no se complicaban mucho la vida. ‘Mojo picón’ porque era picante, ‘papas arrugadas’ porque eran papas y estaban arrugadas. Las cosas sencillas siempre son mejores y hacen felices a la gente. Por eso los canarios eran tan felices.
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Gwendoline Edevane el Jue Sep 12, 2019 3:59 pm

Todavía agachada entre las rocas, y habiendo sido abandonada por aquella ardilla fisgona, Gwendoline escuchó las sorprendidas palabras de Sam en el interior de su pequeño refugio. Y supo cuál había sido la siguiente parada del roedor: la fuente de comida más cercana, que no era otra que el almuerzo que traían con ellas.

Gwendoline terminó lo que estaba haciendo, se subió los pantalones y regresó con su novia, que efectivamente estaba acompañada por la misma ardilla que la había sorprendido momentos antes. Les dedicó una sonrisa a ambas, para luego tomar una de las toallitas húmedas. Comenzó el meticuloso proceso de limpiarse las manos, llenas de tierra y restos de arena, antes de sentarse a comer.

—Ya conozco a Doña Ardilla: ¿quién crees que estaba mirándome mientras orinaba?—Le dijo con un tono jocoso, como si aquella ardilla fuera una maleducada.—Aunque, en su defensa, debo decir que en todo momento me miró a los ojos. Debe ser chica.—Gwendoline se hizo con la bolsa de plástico destinada a los desperdicios, que se llevarían con ellas al terminar su excursión, arrugó la toallita sucia y la arrojó dentro. Enseguida tomó otra, a fin de repasar bien los espacios entre los dedos. La anterior toallita había acabado casi marrón.—Bueno, en realidad no sé si es esta misma… pero no, no me atacó.

Con las manos lo suficientemente limpias para su gusto, Gwendoline se sentó en la esterilla junto a su novia, la cual tenía mucha prisa por comer, pero no la suficiente como para empezar sin ella. Dicha prisa se hizo patente cuando, sin dar tiempo a la morena a reaccionar, ya puso uno de los bocadillos en su mano. Y como ella también tenía hambre después de aquella larga caminata, comenzó a desenvolver su comida.

Masticaba un bocado generoso del bocadillo cuando Sam mencionó el famoso sitio al que tenían que ir a comer, por recomendación de Santi. Algo había oído ella de la famosa salsa picante canaria, ese mojo picón, y por supuesto que quería probarlo.

—Lo que me sorprende a mí es que Santi haya sido capaz de traducirte eso con el nulo nivel de inglés que tiene.—Bromeó Gwendoline, que había mirado algo en Internet la noche anterior al viaje, y había leído ese término en español: papas arrugadas. Sorprendentemente, el traductor de Google le había dicho que se llamaban Wrinkled potatoes, y había había empezado ella a entenderlo un poco mejor.—Parece ser que se cocinan con piel y mucha sal, lo que les da ese aspecto arrugado.—Había dicho la palabra en español, con una pronunciación terrible, y se rió de sí misma.—Pero no me hagas mucho caso: lo he mirado en Internet, así que puedo estar equivocándome. ¡Pero me apunto a probar todo lo que tenga riesgo de abrasarme el paladar!

Dio otro bocado a su bocadillo, y mientras masticaba, echó un vistazo al paisaje que las rodeaba. Lo mejor de todo eran aquellas palmeras, así como la sensación refrescante que emanaba el lago sobre el que crecía aquella vegetación. Parecía un pequeño pedazo de paraíso en un lugar que no le correspondía, una zona casi desértica, pero bienvenido tanto para los sentidos como para el alma.

Sí, eso era muy poético.

—Cuando hayamos comido, me quiero dar un baño.—Dijo, refiriéndose obviamente al lago que tenían tan cerca.—¿Estará permitido, o será uno de esos sitios protegidos?—Preguntó, confusa: si de ella dependiera, sí, aquel lugar definitivamente estaría protegido, pues era una maravilla.

La ardilla, que no se había marchado, las observaba, erguida sobre sus patas traseras, las delanteras unidas por delante del cuerpecillo como si estuviera rezando. Seguía moviendo su naricilla, y su cabeza giraba alternativamente de Sam a Gwen.

Estaba claro lo que quería, y Gwendoline partió un pedazo de pan de su bocadillo para ofrecérselo en su palma abierta.

—Es una grosería comer mientras otra persona te mira. ¡Acompáñanos, Doña Ardilla!—Entonces, echó un vistazo de reojo a Sam, con una traviesa sonrisa en los labios.—Y que sepas que no me olvido de que has despreciado a mi gato diciendo que es adoptado. De ahora en adelante, Chess y yo os miraremos a ti y a tus dos “Dones” con desprecio cada vez que nos crucemos en casa. Has iniciado una guerra de indiferencia, señorita Lehmann.—Obviamente, bromeaba: cada animal que entraba en aquella casa vivía a cuerpo de rey.—Y encima, vas y te olvidas del pobre Elroy. ¡Que no sea la lechuza más espabilada del mundo no te da derecho a olvidarte de él, aunque él se haya olvidado de ti después de tantos golpes contra el cristal de la ventana!
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