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Can I go where you go? —Sam&Gwen.

Sam J. Lehmann el Sáb Ago 24, 2019 4:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 3 98vK10u
Fuerteventura, Islas Canarias | 19/08/2019 | 12:20h | Atuendo


Terminar en Fuerteventura había sido cosa de Santiago Marrero.

—¿Qué haces, Mia? —preguntó el joven español cuando vio a Sam sentada en una de las mesa del Juglar observando con curiosidad su móvil. No había apenas nadie a esa hora, por lo que se sentó con ella.

—Gwen y yo estamos buscando lugares baratos a los que irnos de vacaciones en donde haya buen tiempo y playa. Son nuestros tres requisitos. Bueno y calma. La calma es importante —dijo sin quitar la mirada de la lista que estaba leyendo.

—¿Por qué tú no preguntar a mí? —Se hizo el ofendido. —¿Tú no sabes yo ser de España? ¡España tener lugares maravillosos! Dame eso. —Y le quitó el móvil a Sam.

—¡Eh, oye! ¡Eso no se hace!

Ignorando las quejas de la rubia, Santi buscó en otra pestaña de Google las playas de canarias, más concretamente la de Fuerteventura pues, en su juicio, era la mejor isla a la que ir si querías un turismo playero. Giró entonces el móvil, enseñándoselo a Sam.

—Yo no ser de ahí, pero yo veranear con mis padres todos los años a Fuerteventura desde que tener consciencia, ¿te gusta?

—Fuerteventura —repitió Sam, con un acento terrible. —Es muy bonito, sí. ¿Donde es?

—Las Islas Canarias, esas que están más cerca de África que de España.

—Siempre me ha hecho gracia que esas islas pertenezcan a España estando tan lejos. —Tuvo que confesar Sam con cierta diversión.

Luego en casa, Sam le dijo la opción de Santi a Gwendoline, miraron precios, compararon con otras opciones que tenían y no le convencían demasiado y… al final Santi había conseguido que éstas dos se fuesen más lejos de lo que tenían pensado. Las Islas Canarias tenían turismo prácticamente en toda la época del año, pero teniendo en cuenta los precios que habían visto las chicas en otros lugares, ir a Canarias y hacer el turismo playero por su cuenta, quedándose a dormir en las playas, casi que parecía más perfecto que nada.

Cuando le dijeron que realmente iban a ir al destino que él les recomendó, no paró de decirles un montón de sitios a los que tenían que ir, la comida que tenían que probar, los trucos para buscar las playas más desérticas y bonitas de toda la isla… La verdad es que Santi era un amor de persona y se emocionaba sólo por ver al resto emocionados.


***

Habían vuelto a hablar con Dexter Fawcett para que les hiciera un traslador con el que poder ir a Canarias, pues no querían tener que utilizar sus identidades falsas para viajar por mera inseguridad. En cuestión de dinero era un poco más caro pagar un traslador que comprar dos billetes ida y vuelta a Fuerteventura, pero lo preferían sencillamente porque se sentían más seguras y cómodas.

Una vez en Fuerteventura, sus planes habían sido bastante claros: no querían hoteles, no querían grandes multitudes, querían poder estar tranquilas en la playa y si querían meterse en algún núcleo urbano, ya irían ellas. Santi les había dicho que no se permitía pernoctar en cualquier sitio de acampada, pero la verdad es que eso para ellas era totalmente irrelevante. Entre que podían esconder su tienda de campaña de muggles y que cualquier policía que apareciese podía ser fácilmente espantado con un confundus…

El traslador les había dejado en Pájara, la zona más turística de todo Fuerteventura, por lo que decidieron empezar ahí abajo, buscando una de las playas que le había recomendado Santi. Era una playa oculta con poca transición, pues había que pasar una montaña además de bajar grandes riscos. Sin embargo, para Sam y Gwen eso no era para nada un problema.

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 3 Plya-cofete-roque-moro-montana-aguda-1426x701

Mientras montaban la caseta de campaña, Sam revisó su móvil antes de dejarlo en el interior de la tienda, pues no quería estar pendiente de él. Vio que Caroline le había mandado una foto con todas las mascotas en el sofá de Gwen y Sam, además de un mensaje de Laith que decía, literalmente: “como te cases sin mí, te mato a la vuelta.” Como le había dicho que quería casarse en la playa, se creía que éstas vacaciones iban a ir de casamientos en secreto o algo así. Sam no le dijo nada, solo por molestarle.

Después de una mañana de trasladarse, buscar el sitio perfecto en una cala oculta y dejarlo todo preparado, la austriaca corrió casi brincando hacia la orilla del mar, mojándose los pies y salpicando al aire el agua. Hacía un calor terrible para el cual ella estaba acostumbrada, por lo que se desabotonó la camisa que llevaba, acercándose a Gwen.

—Pájara —repitió divertida Sam, pues llevaba todo el rato leyéndolo con su acento inglés. —¿Vamos a bañarnos, Pájara mía? —Y se carcajeó ella misma de meter el dichoso ‘Pájara’ en todos lados. Nunca había leído el nombre de un municipio tan gracioso. —Se me pasará, te juro que se me pasará —prometió, sin poder ocultar ni un poco la sonrisa.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Vie Sep 13, 2019 3:49 am

Lo peor de Santiago Marrero con el inglés después de ya casi año y medio en Londres no era cuestión de vocabulario o gramática―que a pesar de todo, seguía con unas manías un poco terribles a la hora de hablar―sino sobre todo el acento y la pronunciación, que hacían que a veces fuese totalmente inentendible. Por eso todavía seguía en la cocina del Juglar Irlandés.

Pero no le iba a quitar razón a su novia, pues la tenía.

―Tiene un traductor en el móvil que utiliza el noventa por ciento de su tiempo. Cada vez que no sabe algo, se saca eso del bolsillo y arreglado. ―Que ojo, para ser un español con nulo nivel inglés, no era tan mala idea. ―Bueno las patatas saladas me gustan, así que tienen que estar buenas.

Porque unas patatas fritas sin estar saladas no eran patatas fritas bien hecha. Tenían que venir con salsa y encima con sal, sino… ¡sino eso no eran patatas fritas!

Sam desenvolvió el bocadillo para empezar a comérselo, sin perder atención de lo que le decía su novia. La verdad es que por mucho calor que tuviera, nunca había sido muy amante de bañarse en lagos y eso que en Hogwarts convivió con uno durante siete años. Sin embargo, el hecho de que creasen tanta flora marina, hubiesen tantas algas y el barro le… incomodaba bastante. De hecho, recordaba haberse bañado en el Lago Negro de Hogwarts, como muchísimo, tres veces. Y a decir verdad sólo recordaba una de ellas.

Y bueno, este lago era minúsculo en comparación al que rodeaba al castillo de Hogwarts.

―Pues no lo sé ―le respondió cuando tragó el primer trozo del bocadillo. ―De todas maneras… en el hipotético caso de que esté protegido, ¿quién te va a decir algo aquí? Ya te digo yo que Doña Ardilla no dirá nada si la chantajeamos con un poco de comida ―comentó divertida al ver como la ardilla las miraba.

Fue Gwendoline quién le dio un poco de pan a la ardilla, no sin antes mencionar algo en relación a la adopción de Chess. Eso sí, cuando dijo que Sam DESPRECIABA a Chess, la rubia la miró con los ojos bien abiertos, sin saber de dónde había sacado TAL FALACIA.

―¡Oye, pero qué dices! ¿Cuándo he despreciado a mi hijo postizo? ¡De eso nada! Que se note que es adoptado no quiere decir que lo desprecie, con lo que a mí me gusta adoptar animales. ―Se quejó, bastante divertida. ―A Elroy sí que tienes motivos para decir que lo desprecio porque me he olvidado por completo de él, ¡pero Chess no! Después de dos Don Gatos en mi vida que parecen ser la viva reencarnación del Diablo y todo lo contrario al cariño, ¿cómo voy a despreciar al primer gato que me da amor de verdad?

Estaba exagerando, por supuesto. Don Gato daba amor, a veces. Pero si daba, sin duda alguna era a Sam que para algo lo había soportado ya durante tanto tiempo. A veces le hacía gracia que el gato negro de Gwendoline fuese el cariñoso de la familia, mientras que el blanco―y aparentemente puro e inocente―fuese el más malvado y arisco de todo. Aunque bueno, la cara de Don Gato hablaba un poco de su poco amor por el mundo.

Le dio otro mordisco a su bocadillo, aprovechando para dejarlo en su regazo mientras sacaba de la mochila un par de bricks de zumo pequeños. Había de melocotón y de piña, a lo que Sam eligió el de piña porque para acompañar le gustaba más, pues el de melocotón era muy dulce y no le pegaba.

Fue entonces cuando se dio cuenta que, camufladas con el ambiente, empezaban a acercarse bastantes ardillas después de ver que las dos humanas tenían comida. Las chicas tenían un par de cosas de picar en la mochila, pero las ardillas ya se podrían ir olvidando de recibir muchos trozos de bocadillo de parte de Sam porque, recordemos: ¡tenía mucha hambre! Las ardillas, sin embargo, se acercaban y se ponían a correr alrededor de ellas, intentando acercarse estratégicamente.

―¿Te imaginas que se ponen de acuerdo y nos atacan todas a la vez para quitarnos el bocadillo? Ardillas con alma de Slytherin abusones. ―Sonrió, divertida, recordando a más de un abusón de Slytherin en Hogwarts que se había metio con ella, no precisamente para ‘robarle el bocadillo’ porque en Hogwarts no había bocadillos de desayuno, pero sí por otras cosas. ―Te voy a preguntar algo pero no sé si quedaré de demasiado vaga o si por el contrario es super obvio: pero vamos a recurrir a nuestra grandísima capacidad mágica para volver a la playa, ¿verdad? Mira, mira. ―Le mostró el antebrazo: ―¿Has visto esto? Me voy a morir.

Estaba rojito, evidentemente, pero también estaba cansada y prefería pasarse la tarde en la playa.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Sep 13, 2019 3:14 pm

Gwendoline asistió fascinada a la explicación que Sam le ofreció para la destreza ocasional que mostraba Santi con el inglés, y si bien tenía todo el sentido del mundo… no pudo evitar sentirse un poco decepcionada por la respuesta al misterio: igual que los muggles que asistían a un espectáculo de ilusionismo y creían que todo lo que ocurría a sus ojos era fruto de la magia, el saber el truco le quitaba gran parte de la gracia y el misticismo.

Sí, misticismo. Gwendoline se daba cuenta de lo aburrida que debía ser a veces su vida para ver misticismo donde había un traductor de idiomas.

—¡Así que ese era su truco!—Exclamó, con un tono de voz más entusiasmado de cómo se sentía en realidad.—Debería copiarle el truco. ¿Habrá datos móviles por aquí? ¿Suficientes como para descargarse un traductor?—Lo decía medio en broma, medio en serio, pero la innegable realidad era su nulo nivel de español, y que tendrían que arreglárselas para sobrevivir en aquella isla en que todo el mundo hablaba diferente a ellas.

Su conocimiento sobre las Islas Canarias era escaso, muy escaso, pero la noche anterior a tomar el traslador que las llevaría allí había hecho una búsqueda general en Google, como suponía que debía hacer cualquier persona normal. Había cosas que Internet no podía brindar, por supuesto, pero otras que sí: las más generales, como los lugares turísticos que visitar o los platos típicos. ¿Y encima un plato típico consistente en patatas con salsa picante? ¡Gwendoline tenía que informarse sobre eso!

Ofreció su pequeña dosis de cultura, que no era demasiado grande, y Sam pareció convencida.

—¿No vas a probar ni un poquito de mojo picón?—En serio, su pronunciación en español era demasiado graciosa.—¿Tienes miedo de que tu boca salte en llamas?—Bromeó, sonriéndole divertida.

El drama que se dispensaban la una a la otra era sano, y nunca terminaba en discusiones; en piques, en ocasiones, sí, pero a los cinco minutos volvían a llevarse bien. Así había sido desde siempre, y así había cultivado Sam su vena dramática. Con el paso de los años, a Gwen se le había contagiado también ese interés por pincharla de broma, aunque no se le daba demasiado bien.

Solo a veces, y generalmente Sam tenía la réplica perfecta para ella.

En este caso, Gwendoline pudo considerarlo una victoria a medias, y eso fue simplemente por el hecho de que Sam no le soltó una réplica que la hiciese quedarse sin palabras y picarse. Aunque, la verdad, ambas podían considerarse victoriosas de aquella situación: estaban bromeando, divertidas y relajadas.

—¡Vergüenza!—Gwendoline hizo una imitación más o menos acertada de aquel odioso personaje de Juego de Tronos cuyo objetivo parecía ser únicamente decir esa palabra.—Por suerte para ti, Elroy no pasa suficiente tiempo en casa como para ofenderse. A veces he pensado que la vida salvaje le iría mejor, pues lo que es estar en casa...—Poco, resumidamente: lo suyo era irse al bosque y cazar roedores, y de cuando en cuando volvía a casa, quizás para dejar constancia de que seguía viviendo allí.—Sabes que Chess y yo no somos capaces de mirarte con desprecio, de todas formas...—Dijo finalmente, sonriéndole de una manera mucho más tierna, dejando un poco a un lado las bromas.

Alimentar a la primera ardilla que apareció, y que había decidido que tenía tanto derecho como ellas a plantarse allí, pareció ser el detonante para que toda una familia de ellas hiciera acto de presencia, quizás en busca del mismo trato.

Gwendoline las observó de manera suspicaz mientras se acercaban, y pese a lo pequeñas e inofensivas que parecían, por un momento dudó: también las ratas parecían pequeñas e inofensivas, pero no tenían problemas para lanzarse al cuello y a la cara como vampiros sedientos de sangre, si se veían acorraladas o tenían la rabia. Así que se incomodó un poco, y se mantuvo algo tensa.

—Espero que no muerdan...—Respondió con inseguridad a las palabras de Sam. Si tenía que tirar el bocadillo y correr, tiraría el bocadillo y correría.

Aprovechando la confusión de Gwendoline, la rubia planteó una pregunta interesante: ¿utilizarían la aparición para regresar a la playa? La verdad era que no se sentía con ánimos de repetir el mismo camino, con sus desniveles de roca en las que habían tenido que apoyarse. Incluso se había hecho algunos rasguños con los afilados bordes de algunas rocas, quedando claro que lo suyo no era el actuar como una cabra montesa cualquiera.

—De acuerdo, no hace falta que me convenzas con ese rojo gamba de tu brazo.—Bromeó, divertida, sin ser capaz de olvidarse del todo de los pequeños roedores que seguían esperando una migaja de su comida.—Pero podemos echarnos una siesta antes, ¿no? Este sitio es agradable… siempre y cuando estas damas y caballeros decidan no hacernos nada.—Gwendoline miró de reojo a las ardillas y, al verse ya superada, optó por arrancar un pedazo grande de pan a su bocadillo a medio comer y arrojarlo cerca de las ardillas.

Se lanzaron sobre él como alimañas hambrientas, nada que ver con la reacción de la primera ardilla: hubo una encarnizada batalla, el pan se hizo pedazos cada vez más pequeños, y cuando quedó un trozo de apenas un tercio del tamaño original, una ardilla lo cogió y salió corriendo. Las demás la siguieron, buscando arrebatarle tan preciada presa, y abandonaron la pequeña gruta.

—Ha funcionado, pero por poco tiempo: volverán.—Gwendoline habló con la seriedad del protagonista de alguna película mala de acción, sin percatarse de ello.—Más vale que cuando vuelvan no tengamos ya nada que comer. ¡Nos lo comeremos todo!—Sugirió, mirando a Sam, para luego alcanzar uno de los dos zumos, el de melocotón, y beber un trago.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Sep 14, 2019 1:52 am

No tenía ni idea de si allí habrían datos móviles, pues el móvil lo tenía en la punta de abajo de la mochila y no lo había mirado desde que se levantó esa mañana, en su promesa de alejarse lo máximo posible de todo lo que pudiera pasar en Londres. Lo miraba, eso sí, por si su padre le decía algo importante o para ver qué tonterías le mandaba Santi, pues alguna que otra tontería siempre era interesante. Uno ya no sabía qué esperarse del WhatsApp de Santi.

―No sé, saca el móvil y míralo. De todas maneras en la playa si teníamos bastante, aunque para lo que nos relacionamos con los canarios no sé yo si nos va a hacer mucha falta… ―mencionó divertida. ―Santi me dio unos tips a seguir para las cosas importantes. Tú confía en mí, que cuando vayamos a comer yo pido la comida. ―Y sonrió, mirándola de soslayo, porque confiar en Santi era un deporte de riesgo.

La verdad es que Elroy estaba bastante despegado de la casa que compartían, no tanto como Doña Lechuza, que solía estar bastante por la zona, creando expectación entre sus vecinos. A veces había pensado en ‘encerrarla’ solo para que no fuera tan obvio que hubiera una lechuza por ahí, pero se veía incapaz de hacer eso, por no hablar de que la lechuza se veía incapaz de irse. Habían pasado muchos años juntas y era un animal que ya tenía su edad. En muchas ocasiones Sam hasta pensaba que algún día terminaría yéndose volando y no volviendo, a lo que asumiría que se habría ido a morir a algún sitio. Le daba pena pensarlo, pero no sería la primera vez que pierde a una mascota.

―Es que Chess me ama. ―Y se balanceó hacia ella, apoyándose en su hombro para mirarla a los ojos. Como si se hubieran comunicado con la mirada, se dieron un besito. Después de de eso, Sam añadió: ―Tú también me amas. Yo lo sé. Algo me lo dice; lo noto en tu mirada. ―Y volvió a su posición inicial, mientras abría el envoltorio del bocadillo.

Las ardillas no parecían precisamente animales violentos ni agresivos, por lo que no creía que fuesen a morder. Suponía, también, que si las ardillas de Fuerteventura tuviesen fama de morder a la gente, Santiago le hubiera dicho algo. Lo único que parecía, en realidad, era un pequeño grupo de ardillas en busca de curiosear a las humanas que estaban en su hogar y, de paso, mendigar un poco de comida poniendo ojitos y dejándose acariciar.

El rojo gamba del brazo de Sam era algo muy serio. Si ya estaba así el segundo día no se quería ni imaginar cómo iba a terminar volviendo a Londres y lo peor de todo es que no había parado de echarse crema. Pero bueno, una no podía tener una piel pálida perfecta para combinar con el carmín rojo y encima ser resistente al sol; eran dos cosas que no iban de la mano.

―¿Siesta? ―Pintó una sonrisa en su cara, alzando las cejas. ―¡Sí! ¡Siesta! Aquí en la sombra se está genial y sabemos que después de comer hay que reposar con media hora de sueño tranquilo. ¿Qué nos van a hacer las ardillas? Cómo mucho acurrucarse con nosotras o intentar buscar en nuestro bolso alguna otra cosa para comer. Aunque algo me dice que como una se cuele en nuestro bolso extensible, va a vivir una experiencia única.

Sería como meterse en un vórtice mágico infinito.

Sonrió ante la Gwen de película mala de acción, para volver a hincarle el diente a su bocadillo. Ella ya había estado comiendo y no pensaba dejar ni un poquito, con el hambre que tenía y lo mucho que le gustaban los bocadillos con pepinillo.


Media hora después

Las ardillas habían terminado por pasar de ellas desde que vieron que no tenían más comida, mientras que Sam y Gwen se habían acostado sobre la esterilla. Para mayor comodidad cada una estaba en una dirección diferente, con las caras una al lado de la otra. Sam había empezado con los ojos cerrados, pero en realidad no tenía sueño, por lo que había terminado mirando el perfecto cielo azulado, de nuevo sin ninguna nube. Al estar el sol detrás de la montaña que daba sombra podía hacerlo sin que le molestase en absoluto.

Llevaba un rato intentando averiguar cuál sería su animal más representativo debido a un hilo de pensamiento bastante divertido, por lo que tras un rato en silencio, lo rompió:

―Tu patronus es una tortuga. ―Afirmó repentinamente. ―¿Alguna vez te has visto reflejada en lo que… representa una tortuga? ―Era una tortuga marina, sí, pero matizar eso suponía que daba un poco igual. Era cierto que había ciertas diferencias entre una tortuga de tierra y una marina, pero suponía que Gwen entendería el punto de Sam. ―Es que…

Ahora iba a explicar el por qué de esa pregunta tan aleatoria.

―Estaba mirando hacia el cielo… ―Elevó sendas manos hacia arriba y, así de paso, se estiraba. ―Y vi pasar un algo. Parecía un ave rapaz, pero en realidad no sé si era un halcón, un águila, un cuervo…

En realidad había sido un cernícalo. Era más pequeño que el resto de ave rapaces, pero más grande que el resto de aves comunes. Era muy común ese animal de las Islas Canarias, aunque ellas no lo supieran porque evidentemente la fauna de otros países y localidades no es que fuera su especialidad.

―El caso es que me llevó a pensar… en que molaría mucho ser un ave y volar, en plena libertad y con el cielo como tu hogar. Y luego pensé que hay personas que son animagos y han tenido la suerte de poder tener como animal que les represente un ave. Que tiene que ser super complicado aprender a volar, ¿sabes? No tiene que ser fácil ser pájaro. ―Reflexionó, algo más divertida. ―Pero luego pensé... que quizás haya gente que no entienda por qué su animal representativo es uno en concreto, bien porque no conoce bien al animal o bien porque no se conoce bien a sí mismo, ¿no? Es decir, la magia va más allá que eso. Hay veces que la magia te revela cosas de las que tú mismo no eres consciente.

Gesticulaba con las manos, contándole ahí toda su paranoia. Pero así la tenía que querer: aunque se volviese filosófica en mitad de las extensiones secas de Fuerteventura.

―Me puse a pensar en cuál sería mi animal… porque en verdad no es fácil, ¿sabes? No creo que haya un animal que me defina al cien por cien, por mucho que me parezca a mi cerdito. ―Eso había sido una broma, en la cual giró la cabeza hacia ella para sonreírle casi de manera risueña. ―Luego me acordé que tu patronus era una tortuga marina. ¿Te imaginas que llegas a estudiar animagia y llegas a ser una tortuga marina? ―Que ojo, podría darse el caso que estudiase animagia y fuese otro animal, pero era muy poco común que no coincidiesen forma animaga con forma del patronus.

Lo de su animal representativo siempre le había hecho ilusión saberlo. Era como... descubrir quién eres, pero en otra sincronía muy diferente. Le gustaba lo que significaba y el hecho de que cada uno tuviera algo representativo que salía de lo más profundo de cada persona. Era cierto que Sam había pensado muchas veces en qué podría ser, pero siempre como un hecho aislado de poca importancia. Hasta ahora, que mirando al cielo había indagado más en el tema.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Sep 15, 2019 2:49 am

Teniendo en cuenta que su bolso tenía un encantamiento extensor y que su teléfono móvil estaba perdido en uno de los bolsillos más hondos de éste, Gwendoline no hizo siquiera ademán de buscarlo: el dichoso traductor podía esperar. En el fondo, no le apetecía nada sacar el móvil, pues de hacerlo sabía que no podría evitar ciertas tentaciones, como preguntar a Danielle Maxwell cómo iban las cosas y si habían avanzado algo en el asunto del Juguetero.

No; definitivamente, mejor que el teléfono móvil se quedara donde estaba.

—Confiaré mi supervivencia a Santiago Marrero, pues.—Respondió, al tiempo que obsequiaba al bocadillo un nuevo mordisco.—Y a tus dotes para el español.—Añadió, hablando con la boca llena, aunque de manera perfectamente entendible.

Una cosa que quizás no estaban teniendo en cuenta, eso sí, era que vivían en el siglo veintiuno: el turismo era un negocio próspero, moviendo gente de todas partes del mundo que iban y venían por distintos lugares, y si existía una lengua internacional, esa era el inglés. Por consiguiente, cabía esperar que la carta de la mayoría de restaurantes tuviese algún tipo de traducción al inglés.

No se iban a morir de hambre, desde luego.

Elroy era un animal, si bien cariñoso cuando estaba en presencia de sus compañeras humanas, bastante independiente y desapegado de la civilización. Le gustaba vivir su vida a su manera, y Gwendoline no tenía pensado imponerle ningún tipo de cambio: a fin de cuentas, era un animal, y en su naturaleza había cosas que los seres humanos no podían brindarle. Y teniendo en cuenta lo poco que utilizaban el correo mágico, Gwendoline se conformaba con tener su percha siempre a su disposición, para cuando quisiera entrar en casa.

Sabía que algún día, si tenía la mala fortuna de convertirse en fugitiva y debía abandonar Londres por seguridad, dejaría en libertad a Elroy. Y por mucho que humana y lechuza no pareciesen muy unidos… la idea le daba mucha pena. A fin de cuentas, llevaban juntos desde Hogwarts, siendo Elroy un regalo de su madre.

Sam le quitó aquellos tristes pensamientos de la cabeza, inclinándose hacia ella hasta que sus hombros se tocaron. Se dieron un suave beso, y la morena le sonrió de manera sincera.

—Eres muy buena con tus deducciones.—Le respondió. Aquello podía traducirse como un “te amo”.—Si algún día te cansas de ser camarera, creo que te iría bien montando una agencia de detectives. ¡Ya estoy viendo incluso el rótulo!—Gwendoline dejó el bocadillo en su regazo, aún a riesgo de perderlo a manos de las ardillas, y abarcó con ambas manos un imaginario cartel que tenía desplegado ante sus ojos.—Agencia de detectives ‘Don Detective’. Nuestras dotes de deducción garantizan su satisfacción.—Añadió con voz grave, como de anuncio de la radio, para luego reír divertida.

Tras un momento en que el aumento en la población de ardillas en esa cueva provocó una leve inquietud a Gwendoline, situación que subsanó con un soborno en forma de comida, la morena estuvo de acuerdo en regresar a su pequeño campamento utilizando la aparición. No sólo por comodidad y por lo cansadas que estaban, sino también porque de esa manera podían disfrutar un poco más del lugar, sin agobiarse por salir tarde de allí y que las sorprendiera la noche en medio del desértico paisaje.

Eso sí: necesitaba recobrar fuerzas con una siesta; a Sam le entusiasmó la propuesta.

—Tomo nota: cerrar como es debido los bolsos si no queremos descubrir en Londres una ardilla muerta ahí dentro.—Había que ser realistas: cualquier ardilla que quedara atrapada ahí dentro y pasara tantos días ahí metida, tendría un destino aciago.


***

Gwendoline no llegó a dormirse del todo: cuando dormía en pleno día, fuera de sus horas habituales de sueño, se sumía en un leve sopor que le permitía seguir escuchando los sonidos a su alrededor y, si soñaba, su mente otorgaba a esos sonidos un sentido dentro del sueño. ¡La de veces que se había dormido escuchando de fondo una serie de televisión, y su cabeza había cogido todos esos elementos y montado su propia historia! Algunas llegaban a ser fascinantes.

Aquel día, los sonidos de la naturaleza la relajaban, pero no la llevaban a evocar sueño alguno. Escuchaba el rumor de la brisa acariciando las piedras, el sonido de alguna que otra ardilla correteando alrededor, el roce entre las hojas de las palmeras cuando una ráfaga de viento más fuerte las hacía mecerse, su propia respiración…

Cuando Sam habló, su voz se introdujo en el grupo de sonidos, y por un momento Gwendoline no reaccionó. Permaneció con los ojos cerrados hasta que su mente asoció la voz de su novia a la necesidad de ésta de recibir respuesta, y ahí los abrió. Parpadeó varias veces, observando un parche de cielo azul que tenían por encima de ellas.

No interrumpió la reflexión de Sam, ni siquiera para responder a sus preguntas iniciales. Escuchó su reflexión, y su propia mente se puso a divagar acerca del tema. Nunca se había interesado por la animagia, ni lo más mínimo, aunque sabía que existían personas que se desvivían por dominar ese tipo de magia. Ella no lo veía necesario, nunca lo había visto necesario, pero aún así tampoco compartía todas las cosas que se decían de ella.

No creía que un patronus tuviese que representar necesariamente a la persona que lo conjuraba, ni su forma animaga: teniendo en cuenta su asociación con recuerdos felices, Gwendoline creía más bien que el patronus representaba a ese recuerdo feliz en concreto, y dicho recuerdo feliz no tenía por qué representar fielmente al mago. En su mayoría, dichos recuerdos evocaban a otras personas.

—He conocido a alguna persona cuyo patronus llegó a cambiar de forma debido a un cambio en su vida.—Comentó de manera ausente, pensando en su propio caso: el patronus, directamente, se había esfumado, y no tenía pinta de regresar pronto.—Las tortugas utilizan su caparazón como defensa frente a las amenazas, y no son combativas. Así que supongo que sí me definen.—Estaba siendo demasiado injusta consigo misma.—Pero no creo que mi forma animaga fuese una tortuga. Quizás sí fuese algo relacionado con el mar o con el agua, pero no creo que fuese una tortuga.—Se incorporó entonces, pensativa, y se llevó el dedo índice a la barbilla.—Quizás fuese un pez.—Concluyó.

Lo primero que le había venido a la cabeza había sido una orca, pero lo descartó enseguida: demasiado voraz, demasiado agresiva como para representarla. También pensó un delfín, pero aquellos cetáceos se pasaban más tiempo haciendo payasadas que otra cosa, así que también los descartó.

—¿Te imaginas lo que debe ser descubrir que tu forma animaga es la de un pez? ¿Que consigues transformarte en tierra firme, y resulta que tienen que meterte a toda prisa en una pecera para que no te mueras?—Y compuso una sonrisa divertida, para luego mirar a Sam y guardar un silencio serio durante algunos instantes; tras eso, dijo una palabra.—Un cisne.—Y, como se imaginaba que Sam no entendería a qué se refería, añadió:—Tu forma animaga. Creo que sería un cisne, y tiene todo el sentido del mundo: alguien dijo hace tiempo que el cisne es un alma que jamás muere, y que ante la cercanía de su muerte lanza un último canto melodioso.—Sonaba extraño, pero tenía una explicación.—¿No te define eso a ti? Has pasado por mucho, pero no has muerto, e incluso las veces que creías que sí, estabas dispuesta a interpretar ese “canto”.

La frase canto de cisne hablaba del final de algo, de una persona o ser que está listo para abandonar el mundo, y antes de hacerlo, deleita éste con su “última canción”, que no es otra cosa que una obra magnífica antes de que todo termine.

Tristemente, Sam había estado al borde de la muerte, y su personal “canto de cisne” había sido un intento desesperado por morir sola, sin llevarse a nadie más. Algunos no lo verían como una acción memorable y magnífica, pero para Gwendoline era el sinónimo del sacrificio.

Y el sacrificio era algo magnífico, se mirase por donde se mirase.

Aquel pensamiento tuvo un efecto en Gwendoline: de repente, se acordó de todo aquello, de todas aquellas cosas horribles por las que su novia había tenido que pasar, y una vez más protestó mentalmente por lo injusto de éstas. Porque no es que hubiera tenido mucha elección a la hora interpretar la que creía su última canción, ¿no?

Se le humedecieron los ojos.

—También compartís similitudes físicas: belleza, elegancia...—Continuó en un intento por no romperse al recordar todas aquellas cosas tan horribles.

Y he aquí el gran secreto de Gwendoline: vivía su día a día de una manera feliz, estando junto a la persona a la que amaba, pero no podía olvidar un pasado, cuanto menos, traumático. Por mucho que intentara concentrarse en recuerdos felices, cada uno de ellos iba asociado a muchos otros tristes. No resultaba extraño el bloqueo mental que sufría, y que ya no fuese capaz de conjurar un patronus.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Sep 16, 2019 4:25 am

En el colegio siempre le habían dicho que el animal que te representaba como animago, solía estar muy a menudo en sincronía con la forma animal que acogía tu patronus. Se conocían casos en donde la forma del patronus había cambiado por sucesos en la vida, pero Sam quería pensar que eso era porque dicha situación te hacía cambiar a ti como individuo. Una persona está en continua evolución y era normal que los diferentes sucesos de tu vida te afectasen, haciéndote adoptar otra manera de ser o de enfrentar las cosas.

Si bien solo te puedes hacer animago una vez, el animal que más te representa en ese momento es el animal al que vas a conseguir transformarte toda la vida, mientras que el patronus está en constante actualización, persiguiéndote allí a donde vayas. Pero en principio, si a día de hoy una persona no sabe animagia ni ha podido conjurar un patronus, ambas soluciones es altamente probable que sea la misma, ¿no?

Por lo que decía Gwen, por mucho que su patronus fuera una tortuga marina, ella no creía que tuviera nada que ver con su animal representativo con la animagia y le pareció extraña la explicación, puesto que hacía unos segundos había dicho que sí que le definía.

―Es cierto lo del caparazón ―le concedió, mirando al cielo todavía. ―Pero no solo para las amenazas, sino para todo. Desde que éramos jóvenes siempre has tenido por delante un muro invisible que te hace mantenerte alejada del resto, en tu propio mundo. Yo lo notaba menos porque desde que nos conocimos me dejaste pasar a través del muro y conocí a la Gwen de verdad. Pero ese caparazón siempre ha estado ahí. ―Sam nunca entendió a la gente que decía que Gwendoline era fría o distante, porque claramente la rubia nunca había vivido a una chica así a su lado. ―Y quizás antes no presentabas guerra, sino que ambas vivíamos pasivamente nuestra vida sin involucrarnos en nada peligroso. ¿Pero ahora? ―Giró la cabeza hacia su novia. ―Por favor, Gwendoline, que no quieres irte de Inglaterra porque todavía tienes asuntos pendientes. ―Bufó, algo divertida, sin ningún tipo de burla o ‘zasca’, sino con total honestidad. ―Desde que volví a tu vida he visto a una Gwendoline muy diferente a la de antes, queriendo luchar por lo que es justo. Y lo has conseguido. Así que no me vengas con esas, que me enfado.

Porque sí, Sam también se había dado cuenta de que había dicho dos rasgos de la tortuga que, en contexto, hacía que pareciese que no se estaba valorando. Dejó a un lado su opinión sobre las formas relacionadas entre animagia y patronus, pues en realidad era una ciencia que no era precisa.

―Quizás como has cambiado… ya la tortuga no es el patronus que siempre te definió. Quizás cuando vuelvas a conjurarlo es otro diferente. ―Y la verdad es que lo pensaba, sobre todo si Gwendoline pensaba que no se sentía del todo identificada con ella.

Sam siempre había tenido dificultades para hacer ese encantamiento y la verdad es que la pregunta que había soltado había sido en relación con su animal representativo, no con su interés en conseguir el patronus. Sin embargo, estaba segura de que Gwendoline terminaría dominando de nuevo aquel encantamiento, como siempre hacía con todo lo que se proponía.

―Tiene que ser curioso sentir como te ahogas en un lugar en donde siempre pudiste respirar y viceversa ―reflexionó,  sonriente. ―¿Pero te imaginas lo genial que sería poder tirarte al mar y vivirlo al cien por cien? Eso sí, molaría ser un pez medianamente grande, porque si no meterte en el mar tendría más peligros que otra cosa. ―Qué tristeza sería ser animago de pez, meterte en el mar feliz para vivir una tranquilizante experiencia y terminar siendo devorado por un pez mayor.

Un cisne.

Ni en mil años Sam se hubiera relacionado a sí misma con un cisne, por lo que se mantuvo callada ante la reflexión de su novia. La verdad es que uno de los motivos por los que Sam no se hubiera relacionado nunca con un cisne era precisamente porque aunque tuviera muy presente el hecho de que había tenido muchas posibilidades de morir en el pasado, no creía que esas nuevas oportunidades la representaran, pues consideraba que sólo había sido suerte. Además, tampoco hubiera tenido ‘la frialdad’ de buscar similitud con su pasado más oscuro, pese a que luego hubiese resurgido de ello y hubiese ‘vuelto a la vida’ como se dice.

La legeremante era consciente de que sus propias experiencias en el pasado habían influido bastante en Gwen y la verdad es que se arrepentía de habérselo mostrado todo a través de la legeremancia. No lo había pensado demasiado en su momento, pero a Sam no le hubiera sentado bien ver como Gwen vió, como un ser querido sufre de esa manera.

―Pues no lo había pensado de esa manera… ―confesó, algo ausente, antes de escuchar cómo continuaba hablando, en una voz un poco más apagada. Sam volvió a girar la cabeza hacia ella sobre aquella esterilla. ―Es curioso como un animal tan precioso tenga relación con algo tan feo como la muerte. ―Y tras ese comentario se dio cuenta de los ojos húmedos de su novia, a lo que la rubia se puso de costado y se sujetó la cabeza con una de sus manos apoyadas sobre el suelo, al lado de la cabeza de Gwen. Con la otra mano acarició el pelo de la morena. ―¿Qué te pasa?

Sam intuía lo que le ocurría. A ella tampoco le sentaba muy bien recordar esas cosas, pues por mucho que objetivamente haya sido una victoria para ella el haber salido vivas de tantas desgracias, igualmente el haberlas tenido que vivir había dejado en ella cosas que no le gustaban. Y claro que todo había sido injusto para ella y para todos los que le rodeaban, pero Sam quería que Gwen supiera que eso ya era cosa del pasado.

Quizás Gwen sí que tenía razón y precisamente a uno le define el animal que más te representa en los momentos más difíciles.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Sep 17, 2019 12:34 am

Tenía que concederle un punto a Sam en ese aspecto: tenía alrededor su propia versión del caparazón de una tortuga, y lo vestía prácticamente a diario. No había más que ver a la persona que caminaba por los pasillos del Ministerio de Magia, y compararla con la que estaba sentada allí, en aquella esterilla, bajo la sombra que les brindaba a ambas brujas aquella pequeña gruta.

Al principio, dicho caparazón no era otra cosa que su timidez; con el tiempo, se había convertido en algo vital para su supervivencia. Viéndolo de aquella manera, ¿quién sabía? Tal vez sí que era una tortuga, después de todo.

Compuso una débil sonrisa, nada convencida, ante la broma de Sam. Quizás sí había luchado, pero realmente… ¿importaba la lucha si el resultado siempre acababa siendo una derrota, o bien una victoria que llegaba después de muchas penurias y derrotas? Algunos dirían que sí, pero ella… Ella no estaba tan segura.

—Todavía hay mucho camino que andar.—Dijo simplemente, refiriéndose a su lucha. No quería profundizar demasiado en el asunto, pero tenía claro que jamás se sentiría como una auténtica luchadora mientras no sintiera la seguridad de que podía proteger aquello que amaba.—Pero vamos, que visto lo visto, parece que mi forma animaga sí sería la de una tortuga. No puedo rebatir tu lógica.—Y se encogió de hombros, casi con fastidio: le gustaban las tortugas, sí, pero como forma animaga, sin lugar a dudas, tenía que ser de lo más inútil.—Suerte que no lo vayamos a descubrir nunca...

No sabía si la falta de su patronus se debía a un cambio personal, a una especie de desarrollo o mutación a nivel espiritual que se solucionaría en algún momento con un cambio de aspecto para su encantamiento, o si por el contrario su mente no estaba del todo en orden y, por mucho que se concentrase en recuerdos felices, no iba a conseguirlo.

Esa segunda opción le parecía la más apropiada, aunque estaba claro que una cosa no quitaba la otra. Gwendoline había conjurado su patronus desde siempre evocando recuerdos de su madre. Sin embargo, los últimos tiempos habían traído una avalancha de vivencias negativas, traumáticas incluso, y cada vez que intentaba evocar un recuerdo feliz de verdad, muchos otros no tan felices lo empañaban. Y era plenamente consciente de que su felicidad actual era frágil, y ese miedo a perderlo todo una vez más… No era sencillo convivir con él.

—Supongo que lo sabremos cuando llegue el momento, si es que llega. Tampoco es que un patronus sea tan importante...—Parecía que se estuviera intentando convencer a sí misma. En realidad, ese encantamiento era más importante para ella de lo que parecía: que antes pudiese hacerlo y actualmente no denotaba que algo había cambiado para peor dentro de sí misma.

Siguiendo un poco con el tema de la forma animaga, Gwendoline había propuesto la posibilidad de ser algún tipo de pez por su afinidad con todo lo relacionado con el agua. No parecía ser el mejor criterio a la hora de establecer un vínculo tan profundo con una forma animal, pero bueno. No sabía gran cosa sobre la magia de transformación ni comprendía cómo podía tener tanto que ver la psicología en la magia. Además, aquellos que habían escrito los libros sobre transformaciones tenían una opinión tan subjetiva como la de cualquier otra persona, pues… ¿realmente se podía identificar un animal con un tipo concreto de personalidad, sin margen de error? Aquellos libros habían sido escritos hacía muchísimo tiempo, y desde entonces no sólo el ser humano había cambiado, sino también los animales.

Los animales, en la actualidad, habían probado no ser tan planos, y tener sus propias y complejas personalidades.

—Sería una forma demasiado patética de morir.—Tuvo que comentar, sin poder evitar soltar una carcajada.—No sé, me gusta mucho el océano, el fondo marino y todo eso… pero teniendo en cuenta que en su mayoría está inexplorado, y sabiendo lo que sabemos y que no saben los magos que habita ahí abajo… Tiene que dar miedo, ¿eh? Ya no sería una cuestión de ser medianamente grande: o eres un gran depredador, una ballena azul o algún bicho así de grande, o tu vida duraría muy poco.—Pero lo terrorífico no quitaba lo hermoso de la experiencia. Gwendoline estaría dispuesta a vivirla al menos una vez.

Después de meditar un poco, estableció una relación entre las vivencias y la personalidad de Sam y un cisne, otorgándole a su novia la posibilidad de transformarse en uno mediante la medimagia. Y hablar de eso le trajo recuerdos malos, pues una no podía pretender pisar el fango y no acabar enterrada hasta la rodilla.

Se le humedecieron los ojos, pero intentó disimular un poco. Por la reacción de Sam, estaba claro que no había funcionado. Mientras su novia le acariciaba el pelo, ella se enjugó un par de lágrimas traicioneras, que lograron escapar y rodar mejilla abajo, y trató de serenarse por todos los medios. Incluso compuso una sonrisa, un tanto falsa.

—Nada. Que soy idiota, eso es lo que me pasa.—Alzó la mirada en dirección a las palmeras, que en ese momento se sacudían suavemente, movidas por la brisa.—Estamos en el paraíso. Aquí no hay sitio para pensamientos malos ni lágrimas traicioneras. Hemos venido a disfrutar, a vivir.

Estaba segura de que Laith, si en algún momento se le ocurría comentarlo con él, podría elaborar perfectamente un historial de problemas psicológicos que arrastraba desde el año 2016, o incluso desde antes. Seguramente tenía algún tipo de depresión, o la había tenido, aunque siempre había sido una experta a la hora de tomar sus sentimientos, arrojarlos a lo más profundo de su ser, y encerrarlos ahí, en un pozo del que no podían salir.

¿Por qué no podía, simplemente, seguir haciendo lo mismo?

Pues porque has metido demasiadas cosas en ese pozo, Gwen, se dio a sí misma. Y tarde o temprano, todo rebosa.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Sep 17, 2019 4:10 am

A ella le gustaba el mar, pero el mar en la orilla, sin olas, sin profundidades inmensas desconocidas y sin depredadores que tienen miles de ventajas más que tú bajo la superficie marina. Aunque nunca hubiese sido un temor muy importante en su vida, realmente el fondo marino le parecía aterrador, pues tanta inmensidad y tanto desconocimiento hacía que pareciese de lo más peligroso. Así que ella tenía bastante claro que su animal probablemente no fuese ningún tipo de pez.

―Tiene que ser horrible ―respondió con sinceridad. ―Todo, ahí abajo, tiene que dar mucho miedo. Nunca he sido muy fan de nada de eso. Yo me quedo en el snorkel. ―Ni bucear le hacía ilusión.

Que Gwendoline podría limitarse a decirle que era una idiota y nada más, para luego intentar desviar el tema aludiendo a que estaban en un sitio muy bonito para ese tipo de pensamientos o lágrimas. Le parecía encantador, pero a la vez terriblemente innecesario, que no quisiera hablar con Sam de nada de eso. ¿De verdad creía que estar en un lugar así era motivo para guardarse lo que pensaba? ¿Qué iba a decirle a Sam, que ya no se esperase o que pudiera ‘romperle el momento’? Sam estaba más que acostumbrada a pensamientos catastróficos, no le iba a sorprender en absoluto lo que pensase Gwendoline.

La rubia era la primera que sabía que ambas tenían cosas en su interior que las mantenían presa del pasado. Sam era la primera que todos los días descargaba su rabia con un dichoso saco de boxeo, en un intento de que en algún momento un puñetazo terminase por sacudir toda las desgracias del pasado. Y también sabía por todo lo que había pasado Gwendoline y el peso que cargaba ella sola a su espalda: la pérdida de una amiga sin motivos aparentes, un cambio tan grande de gobierno que tuvo que enfrentar totalmente sola, la traición de su padre, el encarcelamiento de su madre, un año de mentiras y de fingir, recuperar a un ser querido que estaba roto y despedazado, tener que lidiar con toda la mierda de una vida de fugitiva, haberse visto en la situación de que alguien controle toda su vida...

―No eres una idiota... ―Fue lo que contestó a todo lo que dijo, con una voz suave y tierna, sin dejar de acariciar su pelo hacia atrás con delicadeza. ―Da igual en donde estemos o cómo estemos, si tienes ganas de llorar, lloras. No tienes que reprimirte a mi lado y llorar no te hace un persona débil. ―Bajó a darle un beso en la frente, protector y puro, que incluso duró unos segundos. Era un beso de apoyo, uno de esos 'te entiendo' que no hace falta decir con palabras.

Se mantuvo unos segundos en silencio, recogiendo de la mejilla de su novia esa lágrima que se había fugado, para entonces llevar de nuevo la mano a su fleco, admirando lo preciosa que era su novia y lo poco que le favorecía estar triste, cuando su sonrisa era tan hermosa.

―Muchas veces yo también me vengo abajo por todo lo que nos ha pasado y… es normal, ¿qué es lo que vamos a hacer? Nos tocó vivir una mierda y... por suerte estamos vivas, aunque tengamos que recordar, ¿no? ―Esbozó una amarga sonrisa. ―Quiero pensar que al final terminaremos recordando sin que duela, porque olvidar no vamos a olvidar nunca todo lo que ha pasado estos años. El truco es intentar vivir bien ahora que podemos, para que nuestra nueva vida intente opacar a la anterior.

Muchas veces le decían a Sam que pecaba de ser demasiado optimista, pero es que después de todo lo que había pasado, creía que o eras optimista, o terminabas abrazándote a la oscuridad, hundiéndote cada vez más. La esperanza era muy, muy importante para salir del pozo y se había dado cuenta cuando había estado bien profunda metida y había recibido desde la luz los brazos de sus amigas.

No quería que Gwendoline pensase que Sam estaba diciendo lo que quería oír, sino simplemente le estaba diciendo cómo era su manera, triste y cutre, de afrontar los fantasmas del pasado. Y sobre todo quería que supiera que ella no era la única que tenía que lidiar con ellos, que no tenía que hacerlo sola. Podían hacerse la promesa de compartir solo felicidad, pero ambas eran consciente de que la otra siempre iba a tener ese aura oscura hasta que todo cambiase y pudiesen darle un respiro en el que dejar lo malo atrás.

―Sé que siempre te metes conmigo porque soy muy optimista… ―Y esta vez la sonrisa fue algo más juguetona, casi culpable. ―Pero tú me hiciste ver que había esperanza y que aferrarse a ella es lo mejor que puedes hacer, aunque sea difícil y creas que no vale para nada. Además, estamos juntas en esto. ―Y con el dedo índice de su mano, tocó la punta de su nariz. ―Y ahora dime sólo una cosa que no hayamos podido conseguir juntas. ―Le retó.

Siendo objetivos, literalmente estando juntas no había habido nada que se les hubiese impuesto. Por eso Sam estaba segura de que tarde o temprano aquello dejaría de afectarles como lo hacía, aunque el camino fuese duro y lento. ¿Cómo había dicho Gwen en su momento? Tiempo y cariño.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Sep 18, 2019 12:57 am

Si había habido a lo largo de su vida una persona con la persona con la que siempre se había sentido cómoda a la hora de compartir sus pensamientos, inquietudes y miedos, sin duda esa persona era Sam. Su madre también había sido su confidente, en mayor medida, pero desde hacía algunos años, ya no tenían tanto contacto. Y por si fuera poco, la habían metido en Azkaban.

Por lo demás, Gwendoline tenía una tendencia natural a guardárselo todo, bueno o malo, para sí misma. ¿Y por qué se guardaba entonces todo aquello, si estaba precisamente con su persona de confianza para aquellos asuntos? Bueno, sencillo: de poco o nada servía estar recordándole a Sam cada dos por tres todas las miserias que habían vivido, especialmente ella.

Tampoco sabía cómo expresar exactamente que las cosas que le habían pasado a ella le dolían más que las que le habían ocurrido a sí misma.

La escuchó hablar mientras pensaba, mientras dejaba que sus palabras le calasen hondo. Sabía que no debería reprimir el llanto, que no hacía falta que lo hiciese en su presencia, pero… tampoco quería convertirse en una maldita llorona. ¡Siempre se quejaba de los personajes de ficción que lloraban cada dos por tres! ¡¿Acaso iba ella a convertirse en uno?! Sólo quería olvidar el pasado, pero eso era imposible.

No veía cómo iba a poder recordar algún día todas las cosas horribles por las que había pasado Sam sin que le doliesen. Porque sí, podía recordar las miserias que le habían ocurrido a ella, como Zed Crowley y Artemis Hemsley, sin sentirse miserable ni dolida; si acaso, esas dos personas habían dejado huella en su autoestima, pero no es que su recuerdo le doliese.

¿Pero lo sucedido el diciembre de 2017? ¿Y cómo había permanecido totalmente apartada de aquel asunto, en base a su propia ignorancia? Aquello le dolía, y más cuando se ponía a pensar en las peores consecuencias que podía haber tenido aquello. ¿Y si Sam hubiera muerto? ¿Y si no hubiera habido un después de eso para ella? ¿Qué le habría quedado a Gwendoline en el mundo? Nadie, seguramente, pues estaba convencida de que Caroline se habría lanzado de cabeza al peligro para vengarse, y si bien había podido con un Crowley, ¿quién le garantizaba que fuera a vencer a dos? Si es que daba con ellos, claro.

Brevemente recordó, también, a Sebastian Crowley y su enfrentamiento con Caroline; aquello, inevitablemente, la llevó a recordar el momento en que había visto a la pelirroja tendida en el suelo, con una katana atravesándole el hombro. Culpa suya.

—¿Cómo vamos a recordar todo eso sin que duela?—Preguntó débilmente.—Es más: ¿por qué tenemos siquiera que recordarlo? ¿Por qué la gente como ellos se cree con derecho a irrumpir en nuestras vidas, hacernos daños, y no desaparecer ni siquiera cuando ya han muerto?—Mismas preguntas que se había hecho muchas veces antes.

Sam intentó animarla, y… bueno, funcionó en parte. La morena sabía que, para dejar atrás todo aquello, necesitaría posiblemente sesiones de terapia. En alguna ocasión había valorado la posibilidad, pero había terminado descartándola: no podría ser sincera con un medimago, y tres cuartos de lo mismo con un psicólogo muggle. En resumidas cuentas, tendría que mentir, y mentir en terapia le parecía absurdo.

—Nunca he pensado que no sirva para nada.—Le aclaró, con una sonrisa muy muy leve, después de que le tocase la nariz con el dedo.—Simplemente, a veces se me viene el mundo encima.—Confesó, suspirando, para luego quedarse pensando acerca de la pregunta de Sam. Y teniendo en cuenta que la sonrisa de su novia siempre conseguía animarla al menos un poco, se atrevió a bromear.—Una tortilla de jamón y queso perfecta.—Curvó los labios en una leve sonrisa, para luego mirar a Sam.—¿Qué pasa? ¿No me crees? Primero no lo conseguíamos por pura torpeza, y después estaba el tema del vegetarianismo. ¡Así no hay quien haga una tortilla de jamón y queso perfecta!—Bromeó, para luego reír un poco… y finalmente quedarse de nuevo en silencio.

Se quedó pensativa, sentada sobre la esterilla con los brazos alrededor de las rodillas. Pensó en su vida en Londres y en todos los recuerdos malos que este lugar traía. Pensó en su familia: su padre, su madre, su abuela… incluso en sus dos primos, Ayax y Joshua. Y pensó en la Orden del Fénix y en las personas a las que había conocido desde que formaba parte de esta.

¿Alguna vez cambiaría aquella situación?

—¿Crees que alguna vez volverá todo a ser como antes?—Preguntó Gwendoline, evocando la conversación que habían tenido en su reencuentro, a finales de 2017; en aquella ocasión, quien había formulado aquella pregunta había sido Sam.—¿Crees que Inglaterra volverá a ser alguna vez nuestro hogar?

Una reflexión bastante grande, a decir verdad. ¿Se podía prever el resultado de aquel maldito conflicto? Porque ningún bando parecía dispuesto a dar su brazo a torcer...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Sep 18, 2019 3:35 am

No respondió a ninguna de esas preguntas retóricas que Gwen había hecho para desahogarse. Eran preguntas que ambas se habían hecho muchas veces y que, realmente, no tenían ninguna respuesta clara. Eran preguntas que declaraban la viva injusticia de las acciones que habían tenido que vivir y más que ser preguntas con una respuesta coherente, eran preguntas que solo evidenciaban lo asqueroso de todo lo que habían tenido que vivir.

Esperaba que Gwen comprendiese que Sam la entendía a la perfección, pese a no decir nada al respecto. Si precisamente no decía nada era porque no había respuesta para esas preguntas.

Se alegró al darse cuenta de que lo que había dicho había servido para algo, pues a veces se sentía un poco inútil dando consejos que ni ella misma era capaz de acatar al cien por cien. Además, también era muy consciente de que ese tipo de bajón venía de manera totalmente arbitraria y Sam no quería pecar de hipócrita haciéndole ver a Gwendoline que todo estaba bien con ella, porque tampoco era así. Era una situación complicada que tratar siempre con delicadeza, pero la legeremante quería pensar que lo estaban haciendo bien.

―El mundo está hecho una mierda, es normal que de vez en cuando se nos venga encima. ―Y se encogió de hombros, en señal de que no pasaba nada. Eso sí, su rostro serio duró unos segundos hasta que frunció el ceño y puso cara de patata confundida. ¿Una tortilla de jamón y queso? Vale, eso la había pillado totalmente desprevenida. Al escuchar la explicación de Gwendoline y que no le faltase ni un poquito de razón, Sam también rió. ―Vale, te lo concedo, pero es un ejemplo válido a medias. Podríamos intentar hacer una tortilla perfecta de champiñones y queso, para intentar superarnos y quitarlo de la lista.

Su siguiente pregunta le resultó familiar, aunque no recordaba si porque ya habían hablado de ello o porque Sam se hacía esa pregunta miles de veces a la semana, intentando convencerse de que sí. Cuando Gwendoline se sentó, Sam volvió a acostarse en la esterilla, mirando a su novia desde allí abajo.

―Mi hogar está en donde estés tú ―le dijo mientras se colocaba bien, sin titubear. ―Si nuestra casa está en Londres, Londres será mi hogar. Si te refieres como ‘hogar’ a no tener miedo al salir a la calle… ¡eso ya es otro tema diferente! ―Y sonrió, mirando al cielo. ―Yo no creo que todo vuelva a ser como antes. Es imposible ser tan optimista, ¡ni yo puedo ser tan optimista! Después de todo lo que ha pasado a nivel socio-político… que la cosa sea igual al gobierno de Milkovich es complicado. ¿Que habrá un cambio? Por supuesto. Es decir, no puedo ser capaz de entender un mundo así para toda mi vida, por mucho que ya haya normalizado mi situación. ―Ahí en donde la veías, contestar a esa pregunta le estaba sentando bastante bien. ―Quiero pensar que si después de dos años y medio sigue habiendo una resistencia es que todavía hay oportunidades. Ni la oposición es tan débil, ni el gobierno es tan fuerte como nos hacen creer.

Además, a nivel personal, aunque no lo había dicho―pues creía que quedaba implícito con la conversación y no quería incidir en el tema―también afectaba. Era imposible que la Gwendoline y la Sam de antes volviesen a la vida que tenían. Esas ya no existían y no existirían. La experiencia de estos años las había amoldado a una nueva forma de enfrentar la vida y eso se iba a notar por mucho que cambiase el gobierno mágico. Sin embargo, sí que estaba segurísima de que tarde o temprano―probablemente, tal y cómo está la cosa, sería más tarde que temprano―las cosas se iban a arreglar, no a nivel político, sino a nivel de simplemente ellas. Ya le había dicho su opinión: tarde o temprano podrían recordar sin que doliese porque se habrían dado cuenta de que esas cosas sólo pertenecían al pasado y en el presente todo estaba bien, que pese a lo horroroso que había sido todo, habían conseguido salir a adelante como auténticas luchadoras. Quizás hacía falta primero ese gran cambio en el gobierno para que ambas pudiesen dar ese paso con ellas mismas.

La mano de Sam buscó la de Gwendoline para acariciarla, sólo por costumbre y cariño y para así llamar ligeramente su atención.

―¿Y tú? ―Le sonrió. ―¿Crees que en algún momento habrá un cambio que nos lleve a una nueva etapa de nuestra vida en donde podamos volver a ser libres?

Había muchas personas que por mucho que luchasen por la causa, no creían en ella, que consideraban que el gobierno era demasiado poderoso como para ser derrotado. Sam creía que si Gwendoline estaba en la Orden del Fénix era porque no pensaba así y realmente tenía esperanza, pero quería saber cuáles eran sus expectativas.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Sep 19, 2019 12:11 am

Gwendoline no habría escogido esa palabra concreta para referirse al mundo tal cual estaba, pero estaba de acuerdo en que lo definía muy bien. Aún en ocasiones se despertaba por la mañana preguntándose cómo era posible que aquella locura que algunos llamaban gobierno pudiese haber durado tanto. No era tan inverosímil, realmente, pues a lo largo y ancho del mundo existían gobiernos semejantes, gobiernos tiránicos que dominaban sus pueblos con mano de hierro, empleando el terror en su beneficio, pero muy distinto era tener que vivirlo en primera persona: hasta hacía unos años, aquellas cosas parecían fruto de la ficción para ella.

Pero de ficción nada: un mundo asqueroso gobernado por monstruos, y por la hipocresía de aquellos que se creían con derecho a decidir sobre el derecho a la vida y la libertad de quienes no habían cometido delito alguno.

Sin embargo, dejó esos pensamientos a un lado de manera temporal, cuando las palabras de Sam le subieron un poco el ánimo. Se atrevió incluso a bromear, para sorpresa de su novia, con la frustrada tortilla de jamón y queso que jamás habían logrado perfeccionar debido a las vicisitudes de sus vidas.

—Pero ya no sería una tortilla de jamón y queso. No es lo mismo.—Apostilló, más en un intento de seguir la broma que en un comentario serio de verdad. ¿A quién le importaba una maldita tortilla de jamón y queso con la que estaba cayéndoles alrededor.

El tema, por supuesto, volvió a imponerse, y Gwendoline hizo esa pregunta, esa que seguramente miles de personas se hacían a diario: ¿Era posible que Inglaterra volviera a ser lo que había sido en algún momento? A su mente acudió el diálogo de aquella película, El Señor de los Anillos: Las Dos Torres, que decía algo así como: “No deberíamos ni haber llegado hasta aquí. Pero henos aquí, igual que en las grandes historias. Las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros. Esas de las que no quieres saber el final. Porque, ¿cómo van a terminar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido?”

Precisamente, un personaje de nombre Sam había dicho aquellas palabras, y Gwendoline no pudo evitar encontrar algo de curioso en el discurso de su novia: Inglaterra no iba a volver a ser nunca la que había sido después de tanta oscuridad, de tanto daño como los magos se habían causado los unos a los otros. Quizás la oscuridad pudiera desvanecerse, pero tarde o temprano volvería.

Qué tristeza, pensó Gwendoline, que se negaba a aceptar que el mundo no pudiera recuperarse… aunque supiese que así era.

La miró a los ojos y le sonrió cuando mencionó que ella era su hogar, y como acto reflejo, acercó una mano a su rostro y le acarició la mejilla. Y quizás su discurso dejaba claro que las cosas no volverían a ser como antes, pero al menos no cerraba la puerta a la esperanza.

Cuando la pregunta le fue devuelta, Gwendoline volvió a mirar al frente, con aire pensativo y una seriedad que desentonaba con el lugar en que se encontraban. ¿Cómo podían haberla perseguido los problemas allí? Al parecer, una nunca podía librarse de ellos.

—Necesito creerlo.—Le respondió con voz apagada, casi como si no creyese demasiado en lo que estaba diciendo.—Porque si no creo en eso, nada de lo que he hecho desde el año pasado tiene sentido. ¿Qué sentido tendría haber saltado de cabeza a formar parte de una resistencia si no creo en su lucha? ¿Qué sentido tendrían las pérdidas que hemos sufrido? ¿Las personas que ya no están?—Suspiró, intentando no pensar en las personas que habían caído por el camino, aunque no pudo evitarlo: todos los rostros de aquellos que ya no estaban pasaron por su mente, incluida Artemis Hemsley, incluido Zed Crowley, incluido Caiden Ashworth...—Sé que las guerras pueden perderse, pero lo que no se puede hacer es luchar en ellas sin creer en el objetivo a conseguir. Si lo haces… te has manchado las manos de sangre por nada.

Quizás fuera exagerado decir que sus manos estaban manchadas de sangre, pero así lo sentía: al menos, la de Hemsley y Ashworth, y suponía que en un futuro terminarían manchándose aún más.

—Pero supongo que tienes razón: nunca recuperaremos el mundo en que vivíamos.—La miró entonces, apretando suavemente la mano de ella, que en algún punto de la conversación había alcanzado la suya.—Pero supongo que podemos construir otro, ¿no? Aunque primero haya que acabar con esta amenaza...

Qué fácil era decir aquello. A veces temía que jamás lo consiguiesen, pero se obligaba a sí misma a creer en ello. Siempre intentaba poner su grano de arena, pues ya no luchaba únicamente por sí misma; también luchaba por las personas que quería, y sólo por esas personas se sentía fuerte.

Por eso no le venía mal de cuando en cuando que le recordasen lo fuerte que en realidad era: últimamente le costaba mucho verlo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Sep 19, 2019 1:56 am

A riesgo de decir 'mimimimimi' y poner cara de niña que no acepta una réplica a su gran idea, Sam miró a su novia con un rostro divertido, totalmente a favor de seguirle la broma.

―Pues hacemos una tortilla de jamón y queso perfecta solo para quitarla de la lista y se la regalamos a mi padre ―le respondió a la broma, como si se hubiera ofendido por ser tan tiquismiquis, cuando nada más lejos de la realidad. De hecho, lo dijo con una sonrisa en el rostro. ―Siendo vegetarianas tampoco deberíamos cocinar carne, ¿no? ¿Hasta donde llega el límite? ―Frunció el ceño, divertida.

Era muy importante para las dos tener esperanzas, creer de verdad que tarde o temprano se iba a producir un cambio. No podían vivir con la certeza de que nada cambiaría porque entonces iban a terminar hundiéndose en un pozo, sin poder pasar página de todo lo que les había pasado. Al menos, de esta manera, las dos vivían con la ilusión y la confianza de que tarde o temprano habría un cambio.

Y, siendo un poco objetivos, tal y como estaban las cosas y tal y cómo lo habían pasado, era altamente probable que el cambio fuese a mejor. No quería ni imaginarse la posibilidad de que fuera a peor.

La verdad es que teniendo en cuenta la causa por la que había luchado Gwen, era harto necesario creer en que algún día iba a pasar ALGO o parecería que habrías estado perdiendo el tiempo. Esperaba que no ocurriese nunca, pero el día en que la Orden del Fénix cayese, mucha gente perdería realmente la fe en el cambio. No quería pensar ni siquiera en eso.

―Por supuesto ―le respondió Sam a su pregunta, para entonces erguirse y ponerse a su lado, sentada como los indios. Una vez allí, apoyó su cabeza sobre el hombro de la morena. ―A mí me gusta mucho el mundo que estamos construyendo juntas, sólo falta que haya un cambio político que nos facilite las cosas y quiera dejar de intentar matarnos. ―Miró de reojo a Gwen, con una mirada divertida. ―Sé que no debería reírme de que intenten matarnos, pero hay veces en las que me doy cuenta de que por mucho que lleve tres años así, normalizando mi vida, aún no entiendo como la cosa se ha jodido tanto como para que haya tenido que huir y esconderme porque me quieren matar o encerrar en una prisión. Me sigue pareciendo fuerte aunque esté acostumbrada.

O sea, piénsalo. Piensa que, viviendo en tu mundo ideal y perfecto en donde la gente es relativamente civilizada, de repente hay un boom que hace que que todo el mundo se desmorone y de repente tú empiezas a ser buscada por la ley. Intenta meterte en la piel de una persona que ha tenido que huir del lugar al que llamaba hogar, de tener miedo de cuando va a comprar el pan... La Sam de hace cuatro años, metida en la mierda con todo el asunto de los Crowley, ni de lejos podría haber pensado que las cosas se podrían haber torcido tanto como para que su vida se fuese tan a la mierda.

―Tengo la sensación de que miro hacia atrás y todavía no entiendo cómo todo se jodió tanto… es decir, creo que hubiera visto más plausible que un meteorito chocase contra la tierra al hecho de que nuestro mundo tratase a otros como escoria viviente. Indudablemente, el ser humano es el único ser que repite su propia historia. Y los magos se creen superior a los muggles. ―Abrió los ojos, crítica frente a su reflexión. ―Supongo que es la costumbre de vivir en un mundo civilizado.

Que en realidad porque Sam se había acostumbrado a vivir así porque había nacido en una buena época, pero no había más que imaginarse a los judíos con los nazis, que era prácticamente lo mismo.

―¿Pero sabes lo primero que debemos de hacer? ¿Lo primerito de todo? ―Le preguntó a Gwen, rescatando su comentario de que había que acabar con la amenaza del purismo. ―Lo primero es disfrutar de Fuertevetura y sobrevivir a ella. ―Mostró su antebrazo, rojo. ―Que yo no sé si lo estoy haciendo muy bien, ¿eh? Deberías hacerme un masaje con crema solar y así nos aseguramos de que estoy bien embadurnada por todas partes y cada milímetro de mi piel está bien protegido ―dijo, caradura, sonriendo divertida. Tenían crema del cincuenta, especial para niños pequeños. Un canario diría que eso, más que crema solar, era escayola.

¿A quién no le gustaba que le diesen un masaje? La excusa de que le echasen crema en la espalda era la mejor manera de incentivar un buen masaje.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Sep 19, 2019 11:50 pm

Siguiendo con aquella broma de la tortilla, Gwendoline no pudo evitar replicar de una manera similar a cómo lo haría Sam: matizando que queso y champiñones no era lo mismo que queso y jamón. Aquello devino en una nueva broma por parte de la rubia, a la cual Gwendoline miró con cierto escepticismo. Y estaba segura de que, en base a los motivos que la habían llevado a hacerse vegetariana en primer lugar, el cocinar algo que en esencia era carne de cerdo no debía estar permitido.

—No lo tengo muy claro.—Le dijo, fingiendo pensar un poco en el el tema, como si de verdad fuera un dilema.—Habría que revisar el contrato que tú y Don Cerdito firmasteis en su día. Seguro que tuvo en cuenta todos los detalles, y hay una cláusula que te impide cocinar cerdo.—Bromeó, para luego mirara Sam, encogiéndose de hombros.—A mí no me mires: yo no tuve nada que ver en ese tema.

Si acaso, en el hipotético caso de que existiera un “contrato de vegetarianismo” o algo por el estilo, Gwendoline lo habría contraído con Sam; y teniendo en cuenta que ella lo había contraído con Don Cerdito… ¿quería decir eso que indirectamente su contrato estaba vinculado con Don Cerdito?

Mejor no seguir por aquellos derroteros, y más teniendo en cuenta la conversación que mantendrían a continuación.

El tema de la guerra en el mundo mágico había acabado por salir a la superficie, como era habitual: era como ese elefante en la habitación, ese tema tan evidente que, por lo visto, quienes están presentes simplemente ignoran con la intención de que se marcha. Pero como solía decirse, la moraleja de esa historia, era precisamente que no, el problema no se iba a solucionar solo, y tarde o temprano salía a la superficie.

Gwendoline aseguró que necesitaba creer que la lucha servía para algo, que al final tendría efecto en el mundo mágico, pues de lo contrario, ésta no valdría nada. Luchar creyendo que has perdido de antemano es la manera más cómoda de rendirse: hagas lo que hagas, nadie podrá reprocharte el no haberlo intentado.

También manifestó sus deseos de construir un mundo nuevo, si no podían recuperar el que habían perdido. Nadie era tan ingenuo como para creer que todo podía volver a ser como antes, desde luego.

Esbozó una leve sonrisa ante el intento de broma de Sam. Sabía que su novia intentaba normalizar, incluso ridiculizar, una verdad horrible, pero ella no podía: no le hacía ni pizca de gracia que fuese legal que gente como ella fuese perseguida y asesinada, sin más, en plena calle. O que fuesen atrapados con vida solo para convertirse en conejillos de indias en una prisión subacuática.

—Yo tampoco sé cómo pudo suceder. Con tanta gente preparada, supuestamente, para hacer frente a los magos tenebrosos… ¿cómo demonios tantos mortífagos fueron capaces de pasar bajo el radar del Ministerio y dar semejante golpe? ¿Y cómo es posible que ocurriese, precisamente, durante el gobierno de la Ministra más justa para con los hijos de muggles que hemos tenido en los últimos… qué sé yo… cincuenta años?—Gwendoline nunca había acabado de comprender eso. Le parecía hasta inverosímil.—Cuando todo esto cambie, quien quiera que sea el nuevo Ministro o la nueva Ministra, espero que no permita que este tipo de cosas sucedan. Es vergonzoso que los derechos humanos se hayan vulnerado de esta manera.

Y no quería ni empezar a hablar de la actitud pasiva del resto de países del mundo, empezando por aquel en que estaban en ese momento: España. Sólo podía pensar en aquel gobierno como en una panda de cobardes, además crédulos: ¿de verdad creían que el tal Voldemort era su aliado? Quizás sí, pero no dudaría. Lo que estaba claro era que la ayuda externa vendría muy bien a aquellos que luchaban por restaurar el orden.

—Odio hablar de política.—Bufó, hundiendo el rostro entre sus brazos, que tenía cruzados sobre las rodillas.—Me ofusca y me parece absurda.

Le encantaría simplemente poder desconectar el chip, olvidarse de todo aquello, y dedicarse a disfrutar del resto del día, pero sabía que no podría. Lo mejor que podía hacer era intentar “consultarlo con la almohada”, y despertarse al día siguiente con la intención de afrontar el día de una manera más positiva. Sabía que podría hacerlo, después de cómo se había desahogado, pero pasaría el resto del día con un poco de desánimo.

No todo podía ser perfecto, evidentemente.

—Ya sabes cómo me pongo con estas cosas.—Le dijo, intentando sonreír sin demasiado éxito.—Lo intentaré lo mejor que pueda, pero ya sabes que Gwen estará chof al menos hasta mañana.—Hundió de nuevo la cara entre sus brazos.—Siento ser la aguafiestas oficial de las vacaciones...—Se disculpó.

En otro momento, se habría animado con lo de darle un masaje con crema bronceadora, pero el tema… le había salido de demasiado adentro, y no era algo sencillo. Alzó la cabeza de nuevo y la miró.

—Te propongo una cosa: ya sé que no te atreves a cruzar de nuevo ese infierno desértico de ahí fuera, pero… necesito caminar.—Le dijo.—Nos volvemos a la tienda por medio de la aparición, nos embadurnamos con crema solar, y buscamos una zona con sombras por la que poder pasear. El ejercicio físico me vendrá bien. ¿Te parece?

Sí, el ejercicio físico siempre le sentaba bien: nada como liberar endorfinas para olvidarse un rato de los pensamientos negativos, o al menos que otros más positivos salieran a la superficie.
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Sam J. Lehmann el Sáb Sep 21, 2019 2:57 am

Prestando atención a la queja de Gwendoline con respecto a todo lo que había pasado y al no entender cómo había podido pasar todo con el gobierno de Milkovich al mando, Sam miraba al frente mientras asentía ante la cruda realidad. Los mortífagos se habían infiltrado, habían dejado en evidencia la seguridad de Milkovich y habían explotado desde dentro y… ahora mismo vivían las malditas consecuencias. Triste, horrible, desalentador y… hasta patético. Como bien decía parecía mentira que en el siglo en el que se encontraban, después de haber pasado por tantas mierdas no solo como especie humana, sino ya en sí los magos, siguieran diferenciando de esa manera a todos los que podían hacer magia.

―Yo también ―le respondió, todavía con la mirada en las preciosas curvas de las montañas que tenían en frente de ellas. ―Nunca me ha gustado, me aburre.

¿Sabéis esas típicas Ravenclaw que solían soñar con ser Ministra de Magia? Sam no era de esas. Habiendo venido de una familia muggle, lo que menos le había fascinado del mundo mágico era precisamente el mundo político, que tenía el mismo interés que en el resto de países. Pero recordaba a una de sus compañeras de cuarto que se desvivía por ello, ¿en donde estaría esa pobre mujer ahora?

Había muchísimas cosas que odiaba de la situación de Londres, pero sin duda alguna lo que más odiaba de todo es que les afectase tanto a ese nivel. En otro país, en una isla paradisíaca y el simple tema ya había hecho que Gwendoline supiese perfectamente que iba a estar desanimada hasta el día siguiente. Eso sí que era injusto y lo que parecía incorregible. Aún así, Gwen no tenía la culpa de desanimarse por la realidad que tenía que vivir, por lo que Sam no la iba a culpar de ser ‘la aguafiestas’ de las vacaciones.

―Menuda aguafiestas tengo como novia ―dramatizó, acercándose a ella para buscar su rostro escondido entre sus brazos. ―Venga ya, no seas bobilina.

Y la cosa era así: a veces quién se desanimaba era Gwen y otras veces Sam. A veces le tocaba a una ser la que mantuviese el tipo y, en otras ocasiones, a la otra. Había llegado un punto en el que no era cuestión de animar a nadie, sino sencillamente dar un pasito hacia adelante.

Cuando le dijo que necesitaba caminar, Sam la miró con los ojos entrecerrados, divertida. ¡Pero si estaba cansadísima! Sin embargo, si su florecilla del desierto quería caminar, ella retrasaría su hora de tirarse en la toalla sin hacer nada más que coger sombra bajo la sombrilla y ya está. Además, en la playa en donde se estaban quedando había una zona que por la tarde daba la sombra debido al gran acantilado que les quedaba atrás. La sombra estaba garantizada.

―Me parece. ―Y sobre la marcha, se levantó de allí porque le estaba doliendo ya el trasero de estar tanto tiempo sobre una superficie tan dura, que era prácticamente piedra. Entonces se sacudió el culete y le tendió las manos a Gwendoline para tirar de ella y ponerla de pie. ―Y luego, cuando los rayos de sol no sean carnívoros, nos tiramos en la playa hasta que se haga de noche. Es un trato buenísimo. O sea, tienes una novia que sólo hace tratos buenos contigo… ―Y mientras empezaba a recoger las cosas, alardeaba de sus grandes dotes de negociación, como si acaso fuera sido idea suya.


Al día siguiente: Municipio de Betancuria. 14:03 horas. Atuendo

Betancuria.Leía en la carta de comida que tenía en la mano, que además de ser el nombre del municipio, también era el nombre del restaurante en el que estaban comiendo ahora mismo. ―No suena tan bien como pájara, pero se lo perdonaremos.

No habían muchas personas allí, un restaurante pequeño, modesto y muy hogareño. Hacía fresco en el interior, pero porque estaba a la sombra y había corriente, ya que allí por mucho calor que pudiera hacer, no había aire acondicionado. Estaban en una mesa pequeña de madera, pegadas a una de las paredes del local, que era de piedra.

Pese a que ellas estaban en su mundo, ignorando a los transeúntes canarios, ver en un lugar tan poco turístico como Betancuria, en un restaurante tan canario a dos chicas tan monas, inglesas hasta la médula, observar tan atentamente la carta COMO SI LA ENTENDIESEN, hacía que el grupo de personas de la barra―tanto camareros como clientes―las mirasen con curiosidad. Uno de los camareros se armó de valor, aprovechando que era el más joven y, por tanto, el que mejor chapurreaba el inglés.

―Hola, señoritas ―dijo el hombre al acercarse a ellas. ―Yo ser muy pequeño nivel de inglés. ―Su acento era el típico que parecía de broma, por lo que que Sam no se riese fue cuestión de suerte. Eso sí, le sonrió porque parecía muy mono y entregado a la situación. ―Camarero yo. ¿Vosotras qué pedir?

Yo saber a poquito españolLe respondió Sam, sin poder evitar la sonrisa divertida. Amigo recomendar... ¿papas con mojo picón?

¡Papas con mojo picón! ¡Sí! ¿A half or… ? ―Sam apostaba que no sabía decir ración entera, por lo que le ayudó.

―Una ración ―respondió en inglés, que al parecer era bastante parecido y ella no lo sabía. Fíjate tú, las casualidades de la vida.

Después de eso, la cosa fue… desternillante. El tipo que no paraba de recomendarles pescado, porque al parecer allí es super común comer pescado porque viven en una isla―la originalidad―y era como su plato maestro. Después de mil años se dio cuenta de que eran vegetarianas, por lo que ya les recomendó otras cosas, todo eso mezclando tanto el inglés chungo del canario, como el español nefasto de Samantha. Gwendoline se unía de vez en cuando para dejar claro que se le daba tan mal como a ella.

Al final pidieron champiñones salteados, queso frito con mermelada, una ensalada con aguacate y croquetas de espinacas. El camarero se fue, SUDANDO del estrés de esa conversación que, sin exagerar, había durado casi quince minutos. Eso sí, todos salieron contentos.

―¿Qué te había dicho de mi español? ―Y tras ese intento de alardear, puso sendas manos sobre las de su novia. ―¡No me dejes volver a intentarlo! Deberíamos de haber llamado a Santi y poner el manos libres. ―Rió, bajando la cabeza 'derrotada'.


*Todo lo que está en cursiva es idioma español.
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Gwendoline Edevane el Dom Sep 22, 2019 2:02 am

Pocas personas conocen o conocerán nunca la sensación de tener una pareja que, además, es tu mejor amiga. Porque a la gente se le llenaba la boca diciendo eso de que su novio o novia era su mejor amigo o amiga, que nadie le conocía mejor que él o ella… pero en realidad no era del todo así. Entre ellas dos existía un vínculo especial, nacido de años de amistad y que había culminado en aquella relación maravillosa que tenían y que ojalá se hubiese podido dar en unas circunstancias menos peligrosas que las que vivían actualmente.

Esa confianza te quitaba el miedo a mostrarte decaída de cuando en cuando, a mostrar tu debilidad. Sabías que no habría prejuicios ni habría malas palabras, sólo comprensión. ¿Y si caías? Ella estaría ahí para ponerte de nuevo en pie.

No existía nada tan maravilloso como aquello, y Gwendoline Edevane daría las gracias por ello cada día a una entidad superior de tener creencias como aquellas; ahora, simplemente, le daba las gracias a la vida por haberlas puesto a ambas a recorrer sus caminos la una junto a la otra. Y a ellas mismas por haberse atrevido a dar un paso que podía dar muchísimo miedo.

—¿Qué haría yo sin ti?—Le preguntó mientras ella le ofrecía sus manos para, literalmente, ayudarla a ponerse en pie. Teniendo en cuenta lo que pensaba en aquellos momentos, aquella sencilla acción fue casi poética.—Tengo a mi lado a la mejor persona con la que jamás habría podido soñar.

Con esas palabras, antes siquiera de darle tiempo a ponerse a recoger las cosas, rodeó su cintura con ambos brazos y la estrechó en un abrazo lleno de sentimiento. Apoyó incluso su cabeza en el pecho de ella, cerrando los ojos mientras escuchaba el latido de su corazón.


***

Al día siguiente se despertó anímicamente mucho mejor, pero con agujetas por todo el cuerpo. ¿Cuánto habían caminado en total? ¿Unas cuatro horas? Fuera cuanto fuese, aquello le había sentado tan bien como las bromas de su novia, así como su falso drama por todo lo que la había obligado a caminar.

Un par de pociones reconstituyentes de su propia cosecha y las agujetas pasaron a ser un mal recuerdo.

Ya en el restaurante, en el municipio de Betancuria, tuvo lugar una pequeña odisea que las llevó a chapurrear español, para disfrute del camarero, que a su vez chapurreó inglés, para disfrute de ellas. Resultaba difícil no olvidarse de los problemas del día anterior en una situación como aquella, en que todos los implicados terminaron riendo. ¡La risa era una buena señal! Hacían amigos allá donde iban.

Con un menú vegetariano pedido correctamente—o eso esperaba Gwendoline, al menos—, ambas brujas se quedaron solas en la mesa; Sam no tardó demasiado tiempo en alardear de su español… para luego dejar claro que no debía dejarla intentar aquello nunca más. Por lo visto, tenía miedo de que le prohibieran la entrada en las Islas Canarias, o algo así.

Aquello sería toda una tragedia, teniendo en cuenta lo bien que se estaba allí.

—Habría sido una buena solución, porque yo no lo he hecho precisamente mucho mejor.—Bufó Gwendoline, divertida, para luego alcanzar una vez más la carta y echarle un vistazo… más por curiosidad que por otra cosa.—¿Qué opinión te merecen las Islas Canarias hasta ahora? A mí me gusta, la verdad. No diría que no a volver el año que viene.—Le dijo con sinceridad.—Pero si lo hacemos, quiero hacer un cursillo de español. Algo básico o lo que sea, pero me gustaría aprender un poco… para no quedar tan mal como esta vez.

Sí, habían quedado como dos idiotas que no sabían hablar español… o como dos mujeres extranjeras. Eso dependía de la mentalidad de los locales, que hasta el momento parecía mucho más abierta que la de los ingleses. Gwendoline sabía que, de producirse la misma situación en un restaurante inglés siendo ellas españolas, habrían tenido suerte si daban con algún camarero español que estuviera trabajando en allí, pues de los ingleses no obtendrían misericordia alguna.

Y he ahí la diferencia: los camareros de aquel restaurante se iban a llevar propina, cosa que los ingleses seguramente no conseguirían.

—Esta buena gente se merece ese pequeño esfuerzo.—Comentó, imaginándose que no toda España era tan bonita. Había leído cosas en Internet y… bueno, no quería empezar a recordarlas o le explotaría la cabeza.


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Sam J. Lehmann el Mar Sep 24, 2019 2:24 am

Había sido una odisea comedio-dramática aquella comunicación entre inglesa y canario. Gwendoline y Samantha no se habían dado cuenta, pero los compañeros del camarero, en la barra, se estaban riendo vivos de lo mal que se desenvolvía el canario con aquellas dos extranjeras. Y claro: siempre era culpa del canario, ni siquiera sopesaron la posibilidad de culpar al mal inglés de las chicas porque, secreto: todos los ingleses que iban a las Islas Canarias tenían un nivel peor que el que rubia y morena habían demostrado en ese momento, por lo que hasta fue un gusto que tuvieran ciertas intenciones.

Sin embargo, al parecer quedó claro que ninguna de las dos comía ni carne ni pescado―que era lo importante―por lo que se quedaron bastante tranquilas, viendo a ver qué les traía el camarero, pues hubieron algunas cosas que no tuvo muy claras que había pedido.

La pregunta de Gwendoline hizo que Sam mirase alrededor, dándose cuenta de que lo mismo dos chicas tan monas en un lugar tan hogareño y pueblerino sí que destacaban un poco.

―Sí, no estaría mal ese curso de español. Hemos dejado claro que nos hace falta. ―Le respondió, aún ‘avergonzada’ por su gran actuación léxica. ―Y no sé, hasta el momento me ha encantado. Sabes que pese a nacer en Austria y vivir en Inglaterra, siempre me ha enamorado el sol, la arena y la playa, así que debo de admitir que este sitio me parece increíble porque a todo eso le añadimos el buen tiempo, que no necesariamente viene en el pack siempre. Encima es una gozada, ¿cómo un lugar tan increíble puede ser tan poco concurrido? ¿Por qué no viene medio mundo aquí de vacaciones? ―Dijo entre risas. ―Bueno, yo no he ido a Hawaii, a las Islas Griegas y demás, pero no sé, me parece el típico sitio de película paradisiaca. De hecho hasta se me hace injusto que haya gente viviendo aquí el cien por cien de sus vidas.

Era irónico que la gente de fuera lo apreciase tanto, cuando los que vivían en las Islas Canarias ni siquiera valoraban ni disfrutaban sus propias playas o su magnífico tiempo. Pero vamos, es lo que pasaba en todos los lugares del mundo.

―Y a nivel de personas… bueno, no es que hayamos sido muy sociables, ¿no? ―Le ladeó una sonrisa, pues habían ido muy por su cuenta y ese día era lo más cercano que habían estado a canarios, viniéndose arriba incluso para hablar con ellos, pues tampoco es que hubiese muchas opciones si querían comer allí. ―Pero no tengo quejas. En general en la playa y aquí… parece que cada uno va a su rollo, pero felices. ―Matizó eso último, con un guiño divertido. ―Ya sabes, en Londres va todo el mundo a su rollo, pero tristes. Yo creo que la ausencia de sol destroza el día a cualquiera, por eso allí todo el mundo parece tener malos días. ―Su gran reflexión del día. ―Yo vendría aquí siempre, qué te voy a decir. Me está encantando.

Mientras hablaban, los platos más rápidos y fáciles de hacer no tardaron en llegar. Entre ellos se encontraban dos típicos de los restaurantes canarios: las papas con mojo picón, las cuales―si se trataba de un buen restaurante canario―siempre venían con el mojo por encima para que no cometieses la SOBERANA TONTERÍA de comerte una sin mojo y, como segunda cosa, un plato que les había recomendado el propio camarero: gofio escaldado. Eso último venía en un bol, era un pasta marrón hecha de gofio―que era una especie de harina―y caldo de pescado, el cual se solía comer o bien directamente con cuchara o con trozos de cebolla que venían alrededor del cuenco.  

―Qué os aproveche ―dijo el camarero con su inglés cutre.

Graciascontestó Sam en español, que esa palabra sí que se la sabía. Cuando el camarero se fue, Sam miró a Gwen y alzó sendas cejas varias veces. ―Mi nivel aumenta por momentos. ¡Qué hambre y qué bien huele esa cosa marrón tan rara! ―Admitió divertida, cogiendo la cuchara para probarlo primero, pues no le convencía eso de comérselo con cebolla. Sin embargo, cuando lo probó abrió los ojos, sorprendiéndose del sabor que tenía, salado y pastoso. ―Oye, qué rico. ―Y entonces cogió la cebolla para probarlo con eso. ―Tú me tienes que decir si ese mojo picón es tan picón como dicen, que ya sabes mis niveles de aceptación con el picante ―le puso como misión.
Sam J. Lehmann
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