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Can I go where you go? —Sam&Gwen.

Sam J. Lehmann el Sáb Ago 24, 2019 4:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 4 98vK10u
Fuerteventura, Islas Canarias | 19/08/2019 | 12:20h | Atuendo


Terminar en Fuerteventura había sido cosa de Santiago Marrero.

—¿Qué haces, Mia? —preguntó el joven español cuando vio a Sam sentada en una de las mesa del Juglar observando con curiosidad su móvil. No había apenas nadie a esa hora, por lo que se sentó con ella.

—Gwen y yo estamos buscando lugares baratos a los que irnos de vacaciones en donde haya buen tiempo y playa. Son nuestros tres requisitos. Bueno y calma. La calma es importante —dijo sin quitar la mirada de la lista que estaba leyendo.

—¿Por qué tú no preguntar a mí? —Se hizo el ofendido. —¿Tú no sabes yo ser de España? ¡España tener lugares maravillosos! Dame eso. —Y le quitó el móvil a Sam.

—¡Eh, oye! ¡Eso no se hace!

Ignorando las quejas de la rubia, Santi buscó en otra pestaña de Google las playas de canarias, más concretamente la de Fuerteventura pues, en su juicio, era la mejor isla a la que ir si querías un turismo playero. Giró entonces el móvil, enseñándoselo a Sam.

—Yo no ser de ahí, pero yo veranear con mis padres todos los años a Fuerteventura desde que tener consciencia, ¿te gusta?

—Fuerteventura —repitió Sam, con un acento terrible. —Es muy bonito, sí. ¿Donde es?

—Las Islas Canarias, esas que están más cerca de África que de España.

—Siempre me ha hecho gracia que esas islas pertenezcan a España estando tan lejos. —Tuvo que confesar Sam con cierta diversión.

Luego en casa, Sam le dijo la opción de Santi a Gwendoline, miraron precios, compararon con otras opciones que tenían y no le convencían demasiado y… al final Santi había conseguido que éstas dos se fuesen más lejos de lo que tenían pensado. Las Islas Canarias tenían turismo prácticamente en toda la época del año, pero teniendo en cuenta los precios que habían visto las chicas en otros lugares, ir a Canarias y hacer el turismo playero por su cuenta, quedándose a dormir en las playas, casi que parecía más perfecto que nada.

Cuando le dijeron que realmente iban a ir al destino que él les recomendó, no paró de decirles un montón de sitios a los que tenían que ir, la comida que tenían que probar, los trucos para buscar las playas más desérticas y bonitas de toda la isla… La verdad es que Santi era un amor de persona y se emocionaba sólo por ver al resto emocionados.


***

Habían vuelto a hablar con Dexter Fawcett para que les hiciera un traslador con el que poder ir a Canarias, pues no querían tener que utilizar sus identidades falsas para viajar por mera inseguridad. En cuestión de dinero era un poco más caro pagar un traslador que comprar dos billetes ida y vuelta a Fuerteventura, pero lo preferían sencillamente porque se sentían más seguras y cómodas.

Una vez en Fuerteventura, sus planes habían sido bastante claros: no querían hoteles, no querían grandes multitudes, querían poder estar tranquilas en la playa y si querían meterse en algún núcleo urbano, ya irían ellas. Santi les había dicho que no se permitía pernoctar en cualquier sitio de acampada, pero la verdad es que eso para ellas era totalmente irrelevante. Entre que podían esconder su tienda de campaña de muggles y que cualquier policía que apareciese podía ser fácilmente espantado con un confundus…

El traslador les había dejado en Pájara, la zona más turística de todo Fuerteventura, por lo que decidieron empezar ahí abajo, buscando una de las playas que le había recomendado Santi. Era una playa oculta con poca transición, pues había que pasar una montaña además de bajar grandes riscos. Sin embargo, para Sam y Gwen eso no era para nada un problema.

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 4 Plya-cofete-roque-moro-montana-aguda-1426x701

Mientras montaban la caseta de campaña, Sam revisó su móvil antes de dejarlo en el interior de la tienda, pues no quería estar pendiente de él. Vio que Caroline le había mandado una foto con todas las mascotas en el sofá de Gwen y Sam, además de un mensaje de Laith que decía, literalmente: “como te cases sin mí, te mato a la vuelta.” Como le había dicho que quería casarse en la playa, se creía que éstas vacaciones iban a ir de casamientos en secreto o algo así. Sam no le dijo nada, solo por molestarle.

Después de una mañana de trasladarse, buscar el sitio perfecto en una cala oculta y dejarlo todo preparado, la austriaca corrió casi brincando hacia la orilla del mar, mojándose los pies y salpicando al aire el agua. Hacía un calor terrible para el cual ella estaba acostumbrada, por lo que se desabotonó la camisa que llevaba, acercándose a Gwen.

—Pájara —repitió divertida Sam, pues llevaba todo el rato leyéndolo con su acento inglés. —¿Vamos a bañarnos, Pájara mía? —Y se carcajeó ella misma de meter el dichoso ‘Pájara’ en todos lados. Nunca había leído el nombre de un municipio tan gracioso. —Se me pasará, te juro que se me pasará —prometió, sin poder ocultar ni un poco la sonrisa.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Sep 25, 2019 1:40 am

Gwendoline veía al idioma español muchas posibilidades, especialmente en lo que a Santiago Marrero se refería. Que sí, que era cierto que les vendría muy bien en futuros viajes a España, pero… ¿y cuándo descubrieran los intentos de broma de Santi, dado a hacerlas decir palabras malsonantes? La morena todavía recordaba el incidente coño: un día en que el español estaba sirviendo un café, éste se le había caído al suelo con taza y todo, y había exclamado esa palabra; cuando Gwendoline había preguntado su significado, él le había dicho que significaba “mano”.

Suerte que Gwendoline, dentro del contexto de la situación, no se lo había llegado a creer ni por un segundo. ¿Os imagináis si se le ocurría decirle a Sam en español dame tu coño? Habría sido un momento embarazoso para ambas.

—A mí me cuesta un poco acostumbrarme a este calor, aunque también es cierto que soporto bien el frío.—Comentó Gwendoline.—Pero te doy la razón en en lo del buen tiempo: si hay algo que me deprima de Londres es que todo el tiempo parezca estar gris, nublado, lluvioso… ¡Por favor, mi cuerpo necesita las vitaminas del sol!—Rió, divertida, a pesar de que no estaba contando mentira alguna.

Sí era cierto que no habían socializado demasiado con los locales, pero el poco trato que habían tenido con ellos había sido lo suficientemente bueno como para hacerse una idea de cómo se comportaban habitualmente: En serio, ya el mero hecho de tratar bien a sus clientes, haciendo lo posible por entenderse con ellos, distaba mucho del comportamiento inglés habitual, que casi parecía hacer honor a aquella famosa frase de “Sálvese quien pueda”: o bien los extranjeros encontraban la manera de hacerse entender, o ningún inglés movería un dedo para facilitar la comunicación.

Le gustaba pensar que ella no era así. No se le ocurriría desatender a una persona simplemente por hablar un idioma distinto o por pronunciarlo de una manera distinta.

—Creo que hay estudios científicos que respaldan esa teoría tuya.—Dijo Gwendoline, que en más de una ocasión había escuchado y leído cosas así.—Y bueno, lo poco que hemos visto de aquí ya es mejor que Londres, ¿no? Es decir, si esos fueran camareros ingleses, y nosotras turistas españolas, ¿qué crees que habría pasado?—Rió, divertida. A veces era demasiado mala con sus compatriotas ingleses, lo reconocía.

El momento más esperado de aquella visita por fin llegó: el camarero les trajo la comida que habían pedido. La morena contempló los platos con curiosidad e interés, especialmente el tal gofio, para el cual seguramente no podría encontrar una palabra inglesa concreta.

A simple vista, a Gwendoline le vino a la cabeza algún tipo de salsa con queso cheddar, o bien algún tipo de salsa picante. Salvando las diferencias, le recordó a un plato de nachos, salvo que en lugar de totopos había cebollas. Las patatas también tenían buen aspecto, pero podría decirse que tenían un aspecto más normal. Lo que le resultó curioso a la morena fue el hecho de que estuvieran cocinadas con piel, a pesar de que ya había leído sobre eso en Internet.

Sam, cuyo nivel de español había aumentado con aquel ‘Gracias’, fue la primera en probar el susodicho gofio, y ella la observó con curiosidad, la barbilla apoyada en las manos. Fue un momento tenso el que tuvo lugar antes de que la rubia declarase que estaba rico.

—¿Me toca ser conejillo de indias?—Bromeó Gwendoline, tomando su tenedor para pinchar una de esas papas arrugás.—¿Te fías de mi criterio? Ya sabes que fui capaz de comerme el super picante ese del Magicland...

Gwendoline se llevó una de las patatas, embadurnada en salsa, a su plato, y la cortó. Humeaba, por lo que dedujo que estaría caliente no, lo siguiente. Así que después del primer corte a la mitad, todavía dividió cada mitad en dos. Entonces, tras mojar bien en la salsa uno de los pedazos, se lo acercó a la boca para soplarle unos segundos. Sam, comiendo gofio con cebolla, la observaba expectante.

Cuando consideró que ya había enfriado lo suficiente la patata, se llevó el trozo a la boca. Seguía caliente, lo suficiente como para que tuviera que paseársela un poco por la boca antes de masticarla. Sin embargo, enseguida notó el picor de la salsa. ¿A su juicio? No era suave, pero tampoco era lo más picante que había probado. Y estaba muy bueno.

—Primero: quema mucho.—Advirtió a Sam.—Segundo: pica bastante. Para mí está muy bueno, pero quizás a ti te pique bastante. Recomiendo que pruebes con moderación.—Y le dedicó un guiño cómplice a su novia.—Mientras esto enfría un poco, déjame probar un poco de ese… cómo se diga.—Alcanzó una de las cebollas del plato de gofio y la mojó bien en el mejunje, llevándoselo a la boca. Con el picor de la salsa y todo, sintió cómo sus papilas gustativas se inundaban de sabor. Era una especie de puré con un sabor muy rico y salado.—¡No está nada mal!—Exclamó, coincidiendo con su novia.

Por ahora, la comida española no decepcionaba. Ya habían probado otros platos antes, en el Magicland, pero aquello era mejor: lo consumían directamente en la tierra que había visto nacer aquellas mismas recetas. ¿Qué podía haber más auténtico que eso?

—Bueno, y siguiendo con lo que decíamos antes… ¿Con qué vacaciones te quedas? ¿Con estas, o con nuestra cabaña en medio del bosque?—Se refería, por supuesto, a aquella ocasión en que habían pasado unos días en el bosque, en una cabaña con una chimenea junto a la que les había encantado calentarse. Por entonces solo eran amigas, y seguía habiendo un gobierno decente en el mundo mágico inglés.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Sep 27, 2019 3:50 am

Nunca había visto a turistas españoles ir a un restaurante inglés y tener un mal trato por parte de los trabajadores, la misma Sam nunca había visto en el Juglar Irlandés tampoco un trato desfavorable pero porque todos los que trabajaban en su cafetería eran extranjeros y ninguno era inglés: ella era austriaca―alemana para ellos―, Santiago era español, Adrian era griego y los dos jefes eran irlandeses. Sin embargo, podía hacerse una idea de cómo trataría un inglés cerrado a un extranjero en un restaurante como ese extranjero no supiera inglés.

―Me imagino a un camarero inglés muy estresado, a la espera de que el extranjero sepa comunicarse mágicamente. Eso sí, no me lo imagino intentando comunicarse o haciendo algo como para hacer de la comunicación algo más sencillo ―le respondió con sinceridad. ―El problema de los ingleses, o de los Estados Unidos, es que al ser el inglés el idioma más usado en casi todos los países, se creen que todo el mundo debe de saber hablarlo y que ellos no tienen que hacer nada por favorecer la comunicación. El resto debemos adaptarnos, ¿sabes? Pero tanto en sus propios países, como fuera. Tienen que haber miles de ingleses que vengan aquí y exijan que las personas de cara al público sepan el idioma más hablado del mundo.

Que a ver, siendo justos el idioma más hablado en el Planeta Tierra era el chino, pero porque había un porrón de chinos en el mundo. Pero dejando eso de lado, el idioma más hablado en más países era el inglés y se sabía que era el más global.

Samantha puso cara de obviedad cuando Gwendoline le dijo que si a ella le tocaba ser el conejillo de indias, ¿qué esperaba, que fuese Sam quién probase LO PICANTE primero? No, claro que no. Es por eso que sonrió, siendo muy consciente de que el nivel de picante que podía soportar su novia era muy alto. Eso sí, también sabía que Gwen sabía cuál era el límite de Sam, por lo que era el mejor conejillo de indias del mundo.

―¿Cómo no me voy a fiar de tu criterio? Tú sabes con qué me puedo morir. ―Le respondió, sonriente. Aún se acordaba de aquel chocolate al que le había echado picante como venganza.

Después de que probase las papas arrugadas con mojo picón―nombre que aún le hacía gracia porque más literal no podía hacer―, Sam hizo lo propio y partió una, dejando que se enfriase un poco y remojándola lo justo y necesario con la salsa. La verdad es que le gustó, pues si bien era picante, no era nada tremendamente exagerado. También es que no probó mucho, pues tampoco era de esas a las que le gustasen las papas a rebosar de salsa.

Le habían gustado, por lo que no tardó en coger la otra mitad de la papa, ya un poco más fría. Aprovechó para partir unas cuantas y así ir dejando que se enfriasen para no achicharrarse la lengua.

Mientras comían lo que había llegado, la pregunta de Gwen la hizo sonreír, mirando hacia el techo mientras comía un poco de gofio y se hacía la gran pensativa.

―Jo, es que no tienen ni punto de comparación, ¿sabes? ―Le reprochó, pues la situación en la vida no era para nada la misma, ni tampoco la relación entre ellas. ―Siempre he sido de playa y sol, así que por eso gana esta. Y por mucho que adore con todo mi corazón a la Samantha y a la Gwendoline del pasado que sólo eran amigas y sólo se miraban como amigas… indudablemente prefiero unas vacaciones en las que estamos como ahora, porque ahora que estoy contigo no me puedo imaginar siendo solo tu amiga. Lo siento. ―Admitió divertida. ―¡Sé que quedamos en que esta relación no influiría para nada en nuestra amistad, pero no he podido evitarlo! ―Y rió, haciendo un drama divertido. ―Pero… debo de admitir que tengo muy buenos recuerdos de aquellas noches en la cabaña. Creo que deberíamos repetir ese retiro espiritual al bosque. Recuerdo aquella alfombra junto a la chimenea muy sexy y pensar en su momento que sería muy sensual hacerlo frente a la chimenea… No contigo, claro: por aquel entonces nos veíamos con el mismo interés con el que miraríamos un ladrillo. Cómo cambian las cosas, tía...

Estaba muy de broma, obviamente. Bueno, no era tanta broma, en realidad, pues Sam realmente sí que pensó en su momento que era el típico lugar para irte con tu pareja, alejarte de cualquier tipo de tecnología y tener un fin de semana en donde tu máximo hobbie fuese abrazarte a tu pareja. Claro que, habiendo ido con Gwendoline, el focus estaba en cosas muy diferentes.

―En realidad lo dije de broma aunque ahora no pueda dejar de pensarlo. ―Confesó divertida. ―Pero no, en serio: me quedo con esto.

Pese a que en aquel momento hubiesen estado en un mejor momento político, Sam no podía dejar de pensar que ella no cambiaría nada. Lo había pasado muy, muy mal en el pasado, pero aún así no cambiaría nada. Ahora mismo estaba feliz junto a ella y tenía la sensación de que si las cosas hubieran sido diferentes, aquello no se hubiese dado nunca. Y ahora mismo lo que tenía con Gwen no lo cambiaba por nada, ni siquiera por un pasado menos traumático o solitario. Creía que, pese a todo, había valido la pena. Y para ella ahora mismo significaban más esas vacaciones―por encima de su complicada vida―que las que habían tenido hacía años, sólo como amigas y sin una vida tan complicada.

―¿Y tú qué? Admite que desde que dije lo de la alfombra, tu balanza se ha inclinado más hacia las vacaciones del bosque… ―Y con una sonrisa risueña, la dejó contestar. En realidad después de lo que hicieron bajo las estrellas, en plena playa, cualquier otras vacaciones tendrían que currárselo mucho para superar estas…
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Sep 27, 2019 10:09 pm

Teniendo en cuenta lo educados que eran los ingleses, por norma general, una se esperaría que tuviesen consideración con los pobres y desvalidos extranjeros que no dominaban ni el idioma ni la pronunciación, pero no: Inglaterra, simplemente, no era así. Que vale, podía entender que si repentinamente aparecía un español diciendo cosas en su idioma, pretendiendo ser entendido, los ingleses perdieran un poco el interés, pues lo mínimo era aprender algo del idioma local al visitar un lugar, o por lo menos el inglés. Pero de ahí a ignorar a la gente únicamente en base a la pronunciación… Debería estar considerado, incluso, un crimen.

Moralmente cuestionable era, al menos.

—Y eso está “bien”, entre comillas —dijo Gwendoline, haciendo el gesto de comillas con ambos dedos—. Entiendo que se pueda perder un poco el interés por una persona que llega a un país sin siquiera intentar hablar un poco de inglés o el idioma local, o al menos llevar consigo un diccionario de bolsillo. —En alguna ocasión la había parado en plena calle algún turista perdido sin mucha idea de inglés con uno de esos diccionarios, pronunciando fatal cuatro o cinco palabras, y ella había intentado ser de ayuda—. Pero estamos hablando de que somos tan exquisitos que ni siquiera aceptamos una pronunciación que no sea perfecta. ¡Es absurdo!

Con ese “somos” se refería a los ingleses, no a ellas dos, evidentemente. Y quizás no fuera justo incluirse en ese grupo, pues solía evitar ese tipo de cosas, pero teniendo en cuenta que era inglesa, estaba feo eso de atribuirse las cosas buenas y no las malas. ¿Como en los partidos de fútbol de la selección nacional? Algo parecido.

La comida no tardó en llegar a la mesa, y ambas chicas se pusieron a probar. A Gwendoline le tocó ser el conejillo de indias del plato más picante, algo que ya se esperaba: de las dos, era la única con un paladar a prueba de picante, lo que se resumía a que, si era demasiado picante para ella, a Sam más le valdría mantenerse alejada por su propia seguridad. Podía parecer una broma o una exageración, pero era cierto: el picante, en exceso, podía ser perjudicial para los ojos. Ya algunas especies de chile extremadamente picantes traían advertencias con respecto a manipularlos sin guantes.

El mojo picón de las papas, pese a lo picante, no resultaría peligroso para Sam. Como ella bien decía, Gwendoline sabía más o menos el nivel de tolerancia de su novia a sustancia tan agresiva con el paladar.

—Tenías razón —le dijo, después de que la rubia probase el picante—: no has explotado en llamas. ¡Soy buena!

Le guiñó el ojo con complicidad, de una manera exagerada, para demostrar que estaba de broma. Ese gesto ni siquiera se le daba demasiado bien, y cuando lo hacía le quedaba inevitablemente muy exagerado. Así que podía olvidarse de guiñar el ojo como señal secreta para nadie, pues sería demasiado evidente.

Hablando del tema de las vacaciones, Gwendoline no pudo evitar recordar aquellas en que se habían marchado a una cabaña en medio de un bosque, esa con la chimenea y aquella cálida alfombra. Aquella escapada había sido como amigas, y seguramente tendría unas implicaciones muy distintas de tener lugar en la actualidad.

Rió ante el comentario acerca de la amistad y la relación, muy propio de Sam. Luego la rubia comentó que volvería encantada a hacer un retiro espiritual en el bosque. Frunció el ceño.

—¿De verdad? —preguntó, extrañada—. Tenía la impresión de que el bosque ya no te llamaba la atención como antes. Ya sabes: vida de fugitiva y eso. —Esta última parte la susurró, acercándose un poco a Sam para que sólo ella la escuchase.

Por supuesto, la nueva propuesta tenía su atractivo, como ella decía: la cantidad de cosas de esa cabaña que podrían aprovechar de una manera totalmente distinta ahora que eran pareja y hacían cosas como tener sexo en medio de una playa desierta en plena noche. Sin embargo, esas ideas, por interesantes que parecieran, eran totalmente eclipsadas por la situación actual. ¿Qué había que echar en falta de esa época? ¿La libertad, quizás? Porque, si lo deseasen, podrían ser totalmente libres, dejando atrás Inglaterra.

Volvió a reír, divertida, ante la pregunta y posterior petición de Sam.

—Te reconozco su atractivo —respondió, bebiendo un poco para refrescar la boca del picor del mojo—, pero me parece que voy a tener que quedarme con las Islas Canarias. O lo que he visto de ellas, por lo menos. Y tú te preguntarás: ¿Por qué, mi Florecilla, si tenemos la alfombra y la chimenea en nuestras vacaciones en el bosque? Yo te respondo que es muy sencillo, Melocotón: son nuestras primeras vacaciones en pareja. Desde este día en adelante, ocupan un lugar especial en mi gélido corazón inglés.

Se llevó ambas manos al pecho en un gesto terriblemente dramático, al tiempo que sonreía de manera divertida. De hecho, le estaba costando mucho aguantar la risa.

—Creo que incluso ha empezado a descongelarse —añadió, y ahí fue cuando rompió a reír—. Vale, lo reconozco: eso último era broma, por si no se notaba, pero lo demás es cierto: estas vacaciones siempre van a tener un lugar especial en mi corazón.

Y con eso estaba todo dicho. Sin embargo, en secreto, Gwendoline deseó que la próxima vez que viajasen allí, fuese como mujeres libres, con pleno derecho a hacer lo que quisieran. Ese pensamiento permaneció en su cabeza mientras comía de manera ausente, acompañando los bocados con tragos de cerveza fría. Para entonces no necesitarían que Dexter Fawcett las colase ilegalmente en país alguno. ¿Por qué algo así le sonaba como algo ficticio, fruto de la imaginación de alguien demasiado ingenuo?
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Oct 03, 2019 3:41 am

De las cosas que le habían llevado, indudablemente se quedaba con el gofio escaldado, pero admitía que las papas con mojo estaban muy buenas y no estaban exageradamente picantes, aunque también era porque Sam no rebosaba la papa en el mojo. Eso era un dato muy importante.

Gwendoline entonces le hizo una pregunta muy complicada mientras comían, qué cuáles vacaciones prefería: unas en el bosque cuando ambas sólo eran amigas, o estas de ahora, en donde la vida de ambas había cambiado tan radicalmente desde entonces. Daba vértigo solo de pensar en cómo habían cambiado las cosas desde entonces, como si todo hubiese sido a la velocidad de la luz cuando ya hacía años de ello. Había veces que retroceder en el tiempo en sus memorias le hacía el bien, pero en otras ocasiones era hasta invasivo. Habían pasado tantas cosas…

―En mi vida de fugitiva tuve muchos lugares en donde refugiarme, no solo el bosque. ―Recordaba haber dado con un polígono industrial abandonado en la zona seis de Londres, bien alejado del centro. Ese lugar también había sido muy utilizado por Samantha, aunque por norma general le daba más miedo, pese a estar más cerrado. Prefería enfrentarse a animales peligrosos que a los humanos. ―Y… bueno, vale, es cierto que perdió en cierta medida su encanto por la experiencia, pero es diferente el visitarlo en busca de un lugar en donde refugiarme en solitario y otra muy diferente ir contigo a pasar unos días de desconexión. ―A pesar de que Gwen susurró, Sam continuó hablando normal: ―Dudo mucho que alguien aquí pueda saber de lo que hablamos. Sí no sí que me bajo del tren de la vida por tener tan mala suerte.

Su novia coincidió con ella, prefiriendo las vacaciones en las Islas Canarias sencillamente por cómo la estaban compartiendo. Sonrió de manera idiota cuando utilizó esos motes cariñosos de Florecilla y Melocotón, pensando que a cursis no las ganaba nadie y… ¡a mucha honra! Cuando se llamaban así es que todo iba bien.

Si bien bromear con lo del ‘gélido corazón inglés’ de Gwen había sido algo recurrente en el tiempo, Sam nunca había pensado así de ella, pues la relación que tuvo con ella siempre fue muy cálida y cercana.

―Tu corazón es una piedra de hielo en cuyo interior hay una llamita, de nombre Sam, que lo está descongelando. Bueno, eso ocurrió hace dieciocho años cuando nos conocimos y gracias a mí eres una persona normal y no una fría inglesa. ―Sonó a broma porque evidentemente era una broma. Por un momento le invadió el recuerdo de la primera vez que se conocieron, dándose cuenta de que había pasado demasiado tiempo. ―Madre mía, dieciocho años…


***

Flashback - 3 de septiembre del 2001

Una pequeña Sam de once años, estresada con la vida de la brujería que se le había abierto repentinamente frente a ella, no entendía cómo organizarse. Si tenían clase por la mañana y por la tarde, ¿cuándo iba a estudiar? ¿Por la noche? ¿Y si no dormía, cómo iba a rendir en clase por las mañanas? ¿De verdad era estrictamente necesario subirse a esas escobas tan inestables?

Demasiado estrés para una niña de doce años que no entendía la mitad de las cosas que le estaban enseñando.

Había perdido a Caroline de vista, de las pocas niñas que conocía que le había tendido una mano amiga, pero no podía quedarse como una boba en mitad de la nada esperando a que alguien viniese a socorrerla. Así que a eso de las seis y media, cuando terminó la última clase, decidió ir a la biblioteca por segunda vez en su vida. La primera vez se había quedado alucinada de todos los libros que había ahí, prometiéndose que tenía siete años para leérselos todos.

Sin embargo, en ese momento iba con la idea de buscar un libro de Criaturas Mágicas que le había recomendado la niña pelirroja, la cual parecía fascinada por las criaturas mágicas. Y no lo iba a negar: Sam también. Todavía no sabía que los unicornios existían de verdad, veréis tú cuando se enterase…

Habían pasado dos horas y Sam se había quedado sentada en el suelo de uno de los pasillos de la biblioteca, leyendo aquel libro de Criaturas Mágicas mientras flipaba en colores psicodélicos. Desde que vio un unicornio no pudo despegarse de la lectura y se encontraba con los pies estirados por todo el pasillo, con el gran libro en su regazo―que, por cierto, había tardado media hora en encontrar―.

―¡Perdón! ―dijo de repente cuando vio unas piernas frente a ella de una chica, pues tenía una falda. Recogió las piernas para no estorbar y alzó la mirada, viendo allí a una muchacha de cabellera morena y larga, de ojos verdes curiosos. ―Hola, lo siento. ―Volvió a disculparse, cerrando el libro de los nervios y poniéndose en pie. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había cerrado el libro sin marcar la página. ―Rayos ―murmuró, frunciendo el ceño mientras miraba con reproche al libro, ¡cómo si él tuviera culpa!

***

Se había quedado momentáneamente en la inopia, recordando lo mucho que había alucinado con aquel libro de Criaturas Mágicas que ahora era tan normal para ella, de un mundo que ya había asimilado hacía muchísimo tiempo. Suponía que recordaba tan bien aquel recuerdo por dos motivos: que luego siempre tenía mucho cuidado con no perder las páginas de donde iba leyendo―pues los libros mágicos solían tender a tener muchas páginas―y que aquel primer encuentro fue el primer momento de una gran amistad. No era secreto de que los hijos de muggles tenían malas experiencias en sus primeros días y Sam no fue la excepción, por lo que se le quedaba grabado cuando conocía a una persona y la trataba bien.

―¿Algunas vez te acuerdas de cómo eran las cosas en Hogwarts? Mira que hace tiempo de eso... pero aún así tengo recuerdos más lúcidos que… yo qué sé, de hace ocho meses. ―Exageró, evidentemente, pero para que se hiciera una idea. ―Iba a decir que no sabía qué había comido ayer, pero precisamente de ayer sí que me acuerdo muy bien. Pero Hogwarts… fue una época muy bonita. Menos mi último año: yo creo que ese año me faltaba algo importante… ―Y se hizo la tonta, como si no fuera obvio.

Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Oct 03, 2019 4:12 pm

A pesar de llevar conviviendo cerca de dos años con personas en la situación de Sam, que habían tenido que abandonar sus hogares en pos de la supervivencia, y a pesar de que se había concienciado mucho con aquella situación, para Gwendoline el tema todavía era algo ajeno, quizás un tanto abstracto: no podía saber lo que alguien sentía al huir, al ser perseguido, pues jamás lo había vivido en sus propias carnes. Lo más parecido había sido su huida desenfrenada a través de los pasillos del Hotel Gran Necrópolis, con Zed Crowley pisándole los talones.

Con todo y con esas, aquella experiencia no era suficiente para aprender a pensar como un fugitivo. Y si bien había conocido gente de todo tipo en su tiempo con la Orden —gente más responsable, gente menos responsable, y luego gente como Beatrice Bennington y Kyle Beckett—, creía que podía confiar en el criterio de Sam a la hora de definir aquella vida.

Si ella aseguraba que visitar el bosque como una forma de ocio, para desconectar del mundo, no le traería recuerdos de las noches que había pasado allí, por necesidad, Gwen la creía. Ni siquiera se notaba duda en sus palabras.

—Te gusta vivir peligrosamente, Lehmann —le dijo, con tono falsamente ofendido, que llegó a sonar incluso burlón—. Y no me refiero al bosque, precisamente.

Quizás no había por allí ningún mago que pudiera reconocer el tema de qué hablaban, pero Gwendoline, de todas formas, decidió volverse en su silla y echó un vistazo en dirección a la barra. Si lo que vio se correspondía con un espía del Ministerio Británico —o de cualquier otro Ministerio—, Gwendoline lo felicitaría por su buena actuación: sólo vio a un camarero muy concentrado en montar unos pinchos, esa comida tan popular en toda España.

Convencida de que nadie les prestaba atención alguna, devolvió la suya a la conversación.

No pudo evitar hacer aquella broma respecto a su gélido corazón. No eran pocas las personas que creían que Gwendoline, en efecto, era una mujer de corazón frío incapaz de mostrar emoción alguna hacia nadie. Y si bien se declaraba parcialmente culpable de aquellos cargos, las personas que de verdad conseguían llegar a ella, que tenían la paciencia suficiente, comprendían que no era así: Gwendoline amaba a las personas con sinceridad, y si acaso se mostraba fría a veces, aquello se debía única y exclusivamente a la situación actual del gobierno.

Cuando Sam le siguió la broma, Gwendoline no pudo evitar sonreír. Y más que sonrió cuando mencionó su primer encuentro, dieciocho años atrás.

—Nuestros mejores años... —dijo la morena con un suspiro, evocando a su vez aquel momento.


***

Flashback - 3 de septiembre del 2001

Era su segundo curso en Hogwarts, y a pesar de llevar un año de ventaja con respecto a los nuevos, la pequeña Gwendoline apenas tenía amigos. Lo más parecido podría ser aquella muchacha de su misma casa, Charlotte Fitzroy, aunque sospechaba que su interés se debía únicamente a sus buenas calificaciones en los deberes.

Teniendo en cuenta que en un futuro soñaba con convertirse en magizoóloga —por aquel entonces, Duncan Edevane todavía no había aplastado esos sueños—, la niña cursaba la optativa Cuidado de Criaturas Mágicas. Junto a Pociones, se trataba de su asignatura favorita, lo cual la convertía en una de las más raras… del colegio, en general.

¿Sólo por eso? No, no, sólo por eso no: también detestaba Vuelo. Mientras sus compañeros estaban como locos por llegar al campo de Quidditch y montarse en una de esas escobas infernales, Gwendoline prefería mantener sus pies en la Tierra, meterse en el aula de Pociones a practicar, o directamente pasar sus días leyendo sobre criaturas mágicas.

Sus favoritas eran las marinas.

Ese día, en la biblioteca, buscaba un libro en concreto: Animales fantásticos y dónde encontrarlos, escrito por Newton Scamander. Planeaba empezar el curso escolar estudiando un poco de aquel mundo que tanto le fascinaba.

Rebuscando en los estantes, Gwendoline dejó de prestar atención a lo que la rodeaba, y sólo cuando escuchó aquella voz regresó de su pequeño mundo interior. Sus ojos se depositaron sobre una niña que no conocía, aunque recordaba vagamente del Gran Comedor. Se figuró que sería una chica nueva.

—No pasa nada —se apresuró a decir, mientras la chica, nerviosa, cerraba su libro de golpe; Gwendoline reparó en que se trataba del libro que ella estaba buscando, precisamente—. ¿Es Animales fantásticos?

La pregunta era innecesaria: lo era. Gwendoline ya empezaba a temer que aquella chica se lo llevase prestado.


***

Aquellas dos niñas habían terminado juntas, sentadas a la gran mesa de la biblioteca, leyendo aquel libro. Habían comenzado a hablar y… bueno, el resto era historia: allí estaban, dieciocho años después, como pareja, y ni por asomo se parecían a quienes habían sido. La vida las había ido cambiando, pero jamás se habían separado.

No del todo.

—¿Alguna vez? —Bufó Gwendoline—. Casi a diario. No miento cuando digo que aquellos fueron los mejores años de mi vida —le dijo, suspirando a continuación.

¿Que a ella le había faltado algo en Hogwarts? Pues imaginaos a Gwendoline Edevane, una chica de diecisiete años que apenas había tenido tiempo de romper su propio cascarón, totalmente sola durante un año entero en la universidad mágica. Había tenido tiempo de echar de menos incluso al maldito poltergeist y a los fantasmas de las casas. ¡Hasta al Barón Sanguinario!

De haber tenido a Sam a su lado, estaba segura, no habría echado nada de aquello de menos.

—¿Qué sería ese algo? —preguntó Gwendoline, siguiéndole la broma a su novia—. A mí me faltaba absolutamente todo. Echaba de menos todo: fantasmas, poltergeist, escaleras móviles… y sobre todo, a mi persona especial. ¡Ya entonces sabía que lo eras!

Y rió, divertida. Obviamente, bromeaba: entonces, Sam era su persona especial, pero por motivos totalmente diferentes. Tenían una amistad muy bonita y muy sólida, y eso nadie podría negarlo.

Cuando dejó de reír, unos segundos más tarde, Gwendoline se quedó pensativa. Se llevó un poco más de comida a la boca, con ese mismo aire pensativo, y entonces se le ocurrió un tema que plantear.

—Ya sé que dijimos que es muy probable que nuestro mundo no vuelva a ser el que era —señaló, antes de nada—, pero ¿crees que alguna vez los niños podrán volver a ir a Hogwarts con esa ilusión con la que íbamos nosotras? Es decir: yo no recuerdo cosa que me gustara más en el mundo, por aquel entonces, y no sólo por aprender magia.

Entonces, Hogwarts era su vida. Era el lugar donde estaba la gente a la que quería. Se sentía completa entre los muros de aquel castillo, y ni por un segundo se sentía fuera de lugar.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Oct 08, 2019 4:14 am

Recordó perfectamente como después de que aquella mini-Gwendoline le preguntase por el libro, la mini-Sam lo giró para leer el título y, evidentemente, asentir a su pregunta. Era el único ejemplar que quedaba en la biblioteca en ese momento, por lo que si bien Sam había optado por tendérselo a la morena porque quizás lo necesitaría para algo más serio, ésta no se lo llevó, sino que lo compartió con ella al ver que estaba tan fascinada leyéndolo. Se habían pasado toda la tarde en la biblioteca leyendo aquel libro, con una Gwendoline con cierta experiencia contándole curiosidades a Sam sobre cosas que, hasta hace cinco minutos, ni sabía que existía. Qué bonita primera impresión, ¿verdad? ¡Pues por eso no había dejado ir a esa tan bonita de su vida!

Hogwarts había sido la experiencia de sus vidas y por mucho que en ese momento lo viesen como algo normal, por aquel entonces para Sam fue muy especial. El divorcio de sus padres lo vivió estando en el castillo, por lo que en cierta medida se refugió en él y en la pequeña familia que había ido consiguiendo allí dentro. Al final las vacaciones eran tan incómodas en Austria que muchas veces se ponía triste allí por no estar en Hogwarts pasándoselo bien con sus amigos y estudiando.

―Sí, lo fueron ―coincidió con ella, asintiendo con la cabeza casi de manera ausente.

La broma que había hecho era muy fácil, pues obviamente ambas eran conscientes de que se habían echado muchísimo de menos en aquel año, siempre matizando que era injusto estar en cursos diferentes sólo por tres meses de diferencia.

―Para mí venías con el pack de Hogwarts, eras como… mi amiga un año mayor que me lo enseña todo y me cuida. Bueno, eras como no, es que eras eso tal cual. ―Rió, divertida―. Cuando de repente llegó el último año y no estabas fue en plan… “¿y ahora qué?” Tenía un vacío en mi interior.

Y a eso le sumamos a una Caroline y a una Henry juntos, luego se separaron y Samantha tuvo que lidiar con ambos por separados después de la ruptura, luego los EXTASIS… Al menos, eso sí, fue un año cargado de cambios que estuvo ajetreado y la echó menos de menos de lo que podría haberlo hecho. Además, tener sus apuntes ayudaban para echarlas un poquito de menos, pues encontrarse fortuitamente sus apuntes y comentarios divertidos le hacían el día.

―Pero bueno, valió la pena: el verano siguiente fue increíble. ―La familia Edevane le había acogido en su casa durante montón de tiempo, fue a visitar a sus padres durante dos semanitas y luego… ¡tadán! ¡Se habían ido a vivir juntas! No sé, creía que también el haber hablado de esas cosas por cartas hacía que todo fuese más fácil. ―¿Te acuerdas? ¿Que nos fuimos a vivir juntas a la residencia universitaria? Me encantaba vivir contigo en la residencia universitaria ―recordó, nostálgica.

Podría decir muchas cosas de esos años, pues guardaba muchísimos recuerdos con demasiado cariño, pero tampoco quería ahondar tan atrás. ¡O sí!

La pregunta de Gwendoline volvía de una zancada al presente, incluso pensando en el futuro. De nuevo, el presente y el futuro estaba bastante negro en comparación a la luz que Sam recordaba en el pasado muy pasado, pero aún así se encogió de hombros, pues ella aunque no fuese ahora mismo la persona más optimista, quería pensar en que habría un futuro mejor. Ella había tenido la suerte de salir del pozo supremo y estar viviendo una muy buena vida ahora mismo, cuando pensaba que todo iría a peor, por lo que realmente lo de ser optimista tenía que llevarlo con ella.

―Hasta ahora han tenido de directores a los dichosos Lestrange, tía. ―Que no quería decir nada con palabras, pero su mirada lo decía todo: no se alegraba de la muerte de ninguno de los dos, pero sí creía que era incluso necesaria. ¿Sabéis lo terrible que debía de haber sido ir a Hogwarts con esos profesores y directores? No quería ni imaginárselo―. Hogwarts siempre ha sido un organismo independiente del Ministerio de Magia, lo que al cambiar el gobierno y tener a Dumbledore como director… los Mortífagos tuvieron que tomar dos cosas a la vez, poniéndolas sobre su mando. El-que-no-debe-ser-nombrado no quería cabos sueltos si ese ‘cabo suelto’ se llamaba Albus Dumbledore. ―No era un secreto que eran los magos más poderosos―. Yo creo que tarde o temprano Hogwarts volverá a tener un director que realmente se preocupe por la educación y de hacer Hogwarts un hogar, como lo vivimos tú y yo. El castillo no es un lugar para la guerra, sino para aprender. No sé a quién pondrá nuevo este próximo año… pero no creo que el nuevo gobierno quiera enterrarse a sí mismo: no pueden poner a dos asesinos como directores, por mucho que quieran salvaguardar la lealtad del castillo.

No estaba defendiendo al nuevo gobierno, evidentemente, pero sabía que si habían durado ya casi tres años es porque estaban haciendo cosas bien. Quizás no deberían de haber esperado a la muerte de los Lestrange para quitarlos de la dirección, pero tarde o temprano el castillo debía de tener un cambio.

―Pero es lo que yo creo... ―dijo, sonriéndole―, ya te dije que quiero pensar positivamente con todo esto. Y en algún momento de nuestra vida... yo también quiero que nuestro hijo lo pase tan bien en Hogwarts como nos lo pasamos nosotras. Ese castillo nos cambió la vida. ―Había llevado su mano hacia la de Gwen, acariciando su dorso mientras la miraba a los ojos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Oct 08, 2019 4:11 pm

Gwendoline se quedó en silencio, con una leve sonrisa y una expresión soñadora en su rostro, al tiempo que se cruzaba de brazos y recargaba todo el peso de su espalda sobre el respaldo de la silla. A punto estaba de perderse en ese mundo de recuerdos, ese refugio mental al que podía viajar siempre que quería olvidarse de lo mal que estaban las cosas en el presente.

Como casi siempre, fue un trago dulce con un regusto amargo, pues inevitablemente tenía que volver a hacer frente a la realidad. Sin embargo, recordarlo en compañía de la persona más especial de su mundo hacía que esa sensación dulce durase mucho más.

La sonrisa se le ensanchó en los labios cuando su novia le contó cómo había vivido aquel último año en Hogwarts. No era la primera vez que se lo contaba, pero era una de esas cosas que una persona nunca se cansaba de escuchar.

—Las dos teníamos ese vacío —matizó Gwendoline, sin poder evitar acordarse de lo que había sido aquel primer año en la universidad. Se había sentido, literalmente, como un pez pequeño al que repentinamente meten en un estanque enorme—. Me pasé como dos trimestres pensando que se habían equivocado, que ese no era mi lugar. Y no por los estudios, ni nada parecido. Eso siempre lo he tenido controlado. —Parecía el típico alarde, pero Gwendoline lo dijo con toda la naturalidad del mundo, afirmando un hecho objetivo—. Mi compañera de habitación de por aquel entonces hizo lo que pudo, pero...

Gwendoline se encogió de hombros. Charlotte Fitzroy, en efecto, había hecho lo que había podido. Había intentado sacarla de la habitación, llevarla de fiesta y todas esas cosas, pero poco o nada había conseguido. Timothy Jarrow, en una ocasión, había señalado algo que a la morena le había parecido una locura: que quizás Charlotte no veía a Gwendoline únicamente como a una amiga.

Nunca llegó a saberlo, pues en cuanto Sam llegó a la universidad, Gwendoline no perdió el tiempo: movió cielo y tierra para cambiarse de habitación.

Con el paso de los años, Gwendoline viviría para lamentar el haber conocido alguna vez a Charlotte Fitzroy, pero esa es una historia para otro día.

—Me acuerdo muy bien. —Rió, divertida, respondiendo a la pregunta sobre la residencia universitaria—. No pensé que en dirección fueran a aceptarme el cambio de habitación, la verdad. Pero tuviste mucha suerte —dijo Gwendoline, haciéndose un poco la misteriosa—: podría haberte tocado una asquerosa purista como compañera, y me tuviste a mí. Saliste ganando, claramente.

Con aquel falso narcisismo que nadie se creía, Gwendoline dejaba obviamente de lado que esa no había sido la única virtud de la convivencia juntas: la historia que tenían en común era suficiente como para que se considerasen afortunadas de tener aquella oportunidad. ¡Ni en Hogwarts habían podido compartir habitación!

Casi mejor: su parte adulta irracional sentiría celos de una Caroline con tendencia a meterse en la cama de Sam, por absurdo que sonase aquello.

Evocar aquellos buenos momentos, inevitablemente, trajo consigo el amargo trago de regresar al presente y, peor aún, vislumbrar el futuro: Gwendoline, siendo quizás la aguafiestas perfecta, puso sobre la mesa el asunto de Hogwarts, concretamente preguntando a Sam si vislumbraba un futuro en que los niños podrían acudir al castillo con la misma ilusión que ellas en su día.

Se sintió un poco mal por traerlo a colación. Se notó incluso en su postura: apretó todavía más los brazos, cruzados sobre su pecho, y se le borró la sonrisa de la cara.

—Supongo que tienes razón —respondió a la visión que Sam tenía acerca de la educación de los niños en Hogwarts—.Pero ¿crees que en algún momento dejarán de impartir Artes Oscuras? Por no mencionar las cosas que he oído en el refugio, de boca de aquellos niños que fueron capaces de huir de Hogwarts después del cambio de gobierno. —Se estremeció en la silla, sintiendo que repentinamente bajaba la temperatura veinte grados: la maldición Cruciatus, por lo visto, era lo más suave allí dentro—. Por no mencionar la clase de traumas que los chavales que han estudiado bajo la tutela de esos dos arrastrarán el resto de sus vidas...

Ellas mismas arrastraban traumas, pero siendo adultas, eran capaces de sobrellevarlos de una manera distinta. Los pocos libros que había leído sobre psicología coincidían en lo mismo: muchos de los problemas que un adulto experimenta tienen sus raíces en traumas de la infancia.

Ese pensamiento se vio interrumpido por la mención de Sam a un hipotético hijo. Gwen dio un respingo, y de nuevo apareció esa sonrisa en sus labios. Aflojó la tensión de ambos brazos, acomodándose un poco mejor sobre la silla.

—Nuestro hijo —repitió, sin poder evitar visualizar a ambas en un futuro que parecía idílico, viviendo en la misma casa en la que vivían ahora, asomándose a la cuna de una pequeña criatura que, por imposible que fuera en la realidad, en la fantasía tenía rasgos identificables de cada una de ellas—. A mí también me gustaría que nuestro hijo tuviera una infancia tan feliz como la nuestra, y que solamente conociese las cosas buenas de nuestro mundo.

Lo cual venía a querer decir… que más les valía construir un futuro mejor, si querían que aquella imagen idílica —con sensibles cambios— se hiciese realidad.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Oct 09, 2019 3:31 am

Le había entrado ganas de revivir los momentos tan buenos que tenían en la universidad y si bien ya eso quedaba muy atrás en el tiempo, sus recuerdos seguían manteniendo aquella experiencia como una de las mejores de su vida. Si no llegan a estar en las Islas Canarias, seguramente Samantha se hubiera dado un viaje por sus recuerdos en el pensadero en casa, pero lo dejaría para cuando volviesen a Inglaterra y todavía le durase la nostalgia de la felicidad de dos adolescentes en pleno principio de sus vidas adultas.

Gwendoline tenía razón: Sam había tenido mucha suerte teniéndola como compañera de la universidad, pero no por la posibilidad de que le hubiera tocado una purista, sino sencillamente porque la morena ganaba a cualquier otro compañero, fuese quién fuese.

―Claramente ―repitió, con obviedad―. Podría haberme tocado cualquier persona en el mundo, que no se hubiera podido comparar contigo en ningún caso. Cualquier opción era peor, te lo digo yo que sé de cosas. ―Rió, divertida.

Recordaba en más de una ocasión, en Hogwarts, el momento de volver a sus respectivas habitaciones de diferentes cursos, cuando en realidad eran prácticamente de la misma edad. A Samantha siempre se le quedó la espina clavada de no haber compartido habitación con Gwendoline siendo tan afines, por lo que al final al ver la posibilidad perfecta para ello, no la desaprovechó. Recordaba perfectamente el haberse pensado durante un día entero―porque no quería hacer esperar mucho la carta―el decirle a Gwen la idea de compartir habitación en la residencia universitaria, pese a que ella ya tuviese una compañera decente… ya que, claro, parecía un poco “juego sucio” por intentar robarle a la compañera a otra chica.

Al final dejó de lado la moralidad del juego sucio y le dejó caer a Gwen si quería. Y claro que había querido.

―Recuerdo… ―Hizo una pausa al ver que el camarero traía otras cosas para comer, esperando a que las colocara en la mesa antes de volver a irse―, haberme pegado casi un día entero reflexionando sobre dejarte caer el irnos juntas a una habitación en la residencia porque me daba apuro robarte de tu compañera anterior. Así que… de nada. ―Le guiñó un ojo, siendo consciente de que después las cosas con Charlotte se volvieron un poco turbias―. ¿Te imaginas que hubiésemos descubierto… esto en la universidad? ―Se señaló a ambas, evidenciando que se trataba de su relación―. ¿Te imaginas lo diferente que hubiera sido todo?

Ya no sabía si Hogwarts dejaría de impartir Artes Oscuras, pues suponía que eso venía de la mano de la estúpida ley de educación que habían puesto de ‘crear guerreros’, por lo que se encogió de hombros, sin saber muy bien cómo iría nada. Cuando mencionó los posibles traumas de los niños que habían vivido bajo la tutela de los Lestrange… se puso más seria y asintió, apenada e incómoda. Creía que este cambio de gobierno había hecho mella en absolutamente todos y, si en algún momento cambia, va a haber muchas personas con cicatrices que serán incurables.

―Supongo que dependerá de las reformas educativas que vayan haciendo. Tarde o temprano se darán cuenta de que Artes Oscuras no funciona ―respondió con voz disconforme―. Pero no lo sé ―dijo finalmente―, no sé qué creo de todo eso.

Pese a que el nuevo gobierno hubiese empezado siendo tan radical en muchísimas cosas, todo se había mantenido relativamente estable, aunque las cosas malas continuasen existiendo, sin embargo, debía decir que Sam se imaginaba que todo siguiese evolucionando a mucho peor. Tenía la sensación que dentro de lo horrible que era, realmente el gobierno esperaba quedarse mucho tiempo en el mando y, por tanto, hacer un gobierno sólido.

Al fin y al cabo, uno de los pensamientos de Sam en un principio era: “son tan desastres, que quizás no duren tanto.” Pero desgraciadamente lo habían hecho y parecían muy bien posicionados.

La legeremante había cambiado de tema de manera inconsciente, pasando del tema lúgubre de Hogwarts al de un futuro hijo de ambas que terminase viviendo una gran experiencia en el castillo. Aparte de que no le gustaba hablar de la realidad de Inglaterra, evidentemente prefería hablar de cosas más positivas, sobre todo de cara al futuro. Sabía que todavía era MUY PRONTO para hablar de hijos y era plenamente consciente de ello, sin embargo, Gwen y Sam eran muy amigas y sabían todo de la otra, por lo que sabían muy bien que ambas querían un hijo, tarde o temprano.

Además, tener la confianza para hablar de esas cosas era bonito y creaba ilusión, pese a que Sam ahora mismo supiese que su maternidad brillaba por su ausencia.

―Qué guay… ―dijo entonces, medio ausente, despertando de su propia inopia y dándose cuenta de que se había quedado en su mundo―. El tener ilusión, digo. Es guay. ―Sonrió, casi como una niña pequeña emocionada, encogiéndose levemente de hombros. No dijo nada más de eso, sino que picó con el tenedor un trozo de queso frito, para mojarlo en mermelada.

No solo le gustaba tener ilusión, sino tener ese tipo de ilusión. Ya no era un pensamiento positivo de: “venga, a sobrevivir” sino un pensamiento que iba mucho más allá: ¡formar una familia! Y ambas eran muy consciente de que tal y como estaba la cosa, formar una familia era totalmente inviable, pero… bueno, si pensaba en la posibilidad de ser madres, es que también pensaban―conscientes o inconscientemente―de que todo cambiaría.

―Jo tía, ¡qué bueno está todo! ―exclamó sin gritar, llevándose la mano a la boca para hablar sin haber tragado―. ¿Hay algo que en Canarias hagan mal? ¿No te gustaría sacarte la doble nacionalidad canaria? Yo no puedo tener triple, pero tú aún tienes posibilidades. ―Estaba de broma, evidentemente, pues no existía la nacionalidad canaria.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Oct 09, 2019 10:05 pm

A estas alturas de la historia, con ambas chicas sentadas a la mesa de un restaurante en las Islas Canarias, durante las que eran sus primeras vacaciones en pareja, sobraba remarcar lo evidente: Gwendoline tampoco habría podido soñar siquiera con una compañera mejor. Algunos lo considerarían una exageración, quizás, pero la realidad era que ambas habían sido almas gemelas, espíritus afines, desde el mismo día en que se habían conocido.

Sin embargo, si había que mencionar un añadido, un pequeño plus de la convivencia entre ambas, ese añadido sería la posibilidad que Gwendoline había tenido de dejar atrás a Charlotte Fitzroy. La bruja, durante las semanas previas a sus primeras vacaciones de verano como universitaria, había cambiado radicalmente su conducta hacia la morena. Y como jamás le había gustado demasiado el conflicto, no había dudado ni un segundo en saltar del barco, y menos cuando Sam se lo propuso.

—Yo salí ganando en todos los sentidos —dijo Gwendoline con rotunda sinceridad.

Precisamente, casi a continuación, Sam hizo mención al cambio de compañera. Gwendoline, enfatizando sus palabras, se incorporó sobre la silla, separando la espalda del respaldo, y señaló con el dedo índice a su novia.

—¡De robarme nada! Esa mujer se había vuelto demasiado desagradable como para tenerla alrededor —protestó—. Si ya con todo lo anterior sabía que había salido ganando, con eso…

Se interrumpió cuando escuchó el supuesto que Sam proponía y que, si tenía que ser sincera, no era la primera vez que lo visualizaba. Si aquellos sentimientos hubieran nacido mucho antes, mil y una cosas serían diferentes.

En cierto modo, le daba mucha pena imaginarse a una Gwendoline mucho más inocente de lo que ella era, trabajando en un Ministerio de Magia liderado por una mujer de ideales pro muggles, enamorada hasta las trancas de Samantha Lehmann, viéndose atrapada en medio de la situación con Sebastian Crowley. ¿Cómo habría encajado aquello?

No hacía falta pensar mucho para saber que seguirían siendo pareja hasta aquel fatídico día. Entonces, posiblemente tendría lugar una ruptura muy dolorosa. Una Gwendoline herida, incapaz de comprender lo que ocurría, quizás se encerraría en sí misma todavía más de lo que lo había hecho. ¿Y volvería a ver a Sam? Algo le decía que no, a no ser que decidiera buscarla: conocía a su novia lo suficiente como para saber que, de haberle roto el corazón sin explicaciones, además de arrastrar consigo el peligro constante de ser fugitiva, no habría acudido a su puerta en diciembre de 2017.

Llegó a una clara conclusión:

—Creo que habría sido infinitamente peor —dijo, componiendo una triste sonrisa mientras volvía a hundirse en su asiento, casi como si se hubiera desinflado. Y, como no le apetecía recorrer el camino de la tristeza, optó por el humor—. Habría descubierto mi faceta multiorgásmica mucho antes, y teniendo en cuenta que compartíamos habitación, difícilmente me vería sacando la carrera: demasiadas distracciones como para estudiar como es debido.

Si bien las ideas previas habían provocado una profunda desazón en Gwendoline, esa última imagen le produjo un cosquilleo placentero: se visualizó a sí misma desnuda, a una Sam desnuda, ambas mucho más jóvenes, sus cuerpos enredados en esa danza que ambas habían aprendido a bailar tan bien, enganchadas la una a la otra hasta que las sorprendiese el amanecer.

Quizás en un universo paralelo, una Gwendoline y una Samantha muy distintas habrían terminado así.

—¡Qué pena no poder llevarte un día conmigo a la universidad! —Gwendoline se mordió el labio inferior, mirando a su novia mientras negaba con la cabeza. El brillo de sus ojos indicaba… excitación sexual. Era sorprendente lo fácil que lo tenía Sam con ella.

Ante la visión positiva de Sam con respecto a las Artes Oscuras y la educación, Gwendoline no tenía mucho más que decir: era un tema demasiado complicado, fuera de su campo de conocimientos, y tampoco es que tuviese mucho que decir al respecto. Sólo podía esperar que en el mundo mágico se impusiese en algún punto la maldita cordura: el próximo diciembre haría tres años del asesinato de Milkovich.

Por lo menos, les quedaban ilusiones de que, en un futuro, las cosas serían mejores. Que tendrían una familia de verdad, sin necesidad de esconderse.

Se encontraba sonriendo, con aire soñador y visualizando ese futuro en que ambas se asomaban a la cuna de una pequeña criatura que compartía rasgos físicos de ambas, cuando llegaron más platos a la mesa. La presencia del camarero la trajo de vuelta del mundo de fantasía en que se encontraba, agradeciéndole al muchacho con una sonrisa el buen servicio que les estaba dispensando.

A Sam le gustó mucho el nuevo plato, que parecía ser queso con mermelada, y Gwendoline se dispuso a probarlo.

—La lluvia. Eso lo hacemos mejor en Inglaterra —bromeó, alcanzando con su tenedor un pedazo de queso y, emulando a Sam, probándolo tras mojarlo un poco en mermelada—. No está nada mal, aunque a mí ya sabes que me tenían conquistada desde el mojo picón. —Su pronunciación española, tan mala como de costumbre—. Una doble nacionalidad suena interesante, pero creo que por ahora me quedo como estoy: soy demasiado blanca para pasar por canaria.

Era una broma, por supuesto, por mal que sonase. Sin embargo, era cierto: no había más que verlas a ambas, blancas como la tiza, para saber que a ellas el sol les daba de cuando en cuando y de casualidad.

Iba por su segundo trozo de queso frito cuando se le ocurrió algo que, quizás, sonaba dramático y fuera de lugar.

—Me he dado cuenta de que lo hemos hecho muy bien —dijo, y como suponía que Sam no entendería esa frase fuera de contexto, añadió—: Me refiero a toda la situación que nos ha tocado vivir: se nos han puesto delante muchos obstáculos y hemos tenido que jugar nuestras cartas, y siempre lo hemos hecho lo mejor que hemos podido. —Tragó el bocado de comida que tenía en la boca, acompañándolo con un trago de su bebida—. Supongo que podemos sentirnos orgullosas de nosotras mismas.

Estuvo a punto de añadir que no cambiaría nada de su historia, pero mentiría: de poder deshacer algo, sin dudas, desharía todas las cosas horribles que le habían pasado a su novia. Esas le dolían mucho más que las penurias que ella misma había vivido.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Oct 10, 2019 3:39 am

¿Infinitamente peor? Sam no creía eso. Era el efecto mariposa, ese efecto en el que un pequeño cambio podría hacer que todo un futuro cambiase por completo. Podía entender que enfrentarse como pareja a todo el cambio de gobierno, a todo lo de Sebastian Crowley y todas las desgracias que habían pasado, hubiera sido terrible, pero… ¿y si con Gwendoline al lado nunca hubiera terminado aquel día en casa de los Crowley y nunca hubiera tenido que pasar por eso? ¿Y si juntas hubieran terminado traicionando al gobierno nada más ocurrió y hubieran decidido desde un primer momento huir a otro país para ponerse a salvo? ¿Y si en este preciso momento en realidad podrían estar teniendo una vida totalmente alejada de traumas y miedos en, qué sé yo, Tailandia?

En realidad la suposición de Samantha solo iba por eso último que había mencionado Gwendoline y el hecho de que habría sido muy diferente la convivencia entre ellas en una habitación tan reducida con las hormonas como estaban a esas edades. Bueno, eso y que a día de hoy llevarían un porrón de años juntas.

―Hubiéramos tenido que dejar de estudiar juntas ―dijo la cruda realidad, pues como buenas Ravenclaw que eran, ni el más placentero sexo iba a dejar que ninguna repitiera un curso―. Me dejarías a dos velas por los libros. ―Sonrió, echándole la culpa divertida.

En más de una ocasión en la universidad Samantha había ido a algún parcial sin estudiar por culpa de sus románticas experiencias, pero en su defensa tenía que decir que los parciales eran para los débiles que no podían con todo en los finales. En realidad no, pero en su momento era su gran excusa. ¡Era Ravenclaw, pero también era universitaria!

Le devolvió la mirada seductora, sonriéndole un tanto traviesa.

―Yo no puedo ir ni a tu trabajo ni a dónde estudias ―dijo, casi enfadada con la situación, para entonces mirarla de manera sugerente―. Un día tú te tienes que pasar por el Juglar cuando me toque cerrar a mí sola. ―No dijo nada más, pues la mirada no había cambiado en absoluto.

Era curioso, pero desde el momento magdalena―que fue hace un eón―veía con otros ojos aquella dichosa mini-biblioteca que tenía el Juglar Irlandés en la parte superior del establecimiento.

La comida que les estaban sirviendo estaba muy buena y la verdad es que la conversación que estaban teniendo también, pese a que en algunas ocasiones llegase a rozar algunas cosas que ambas intentaban dejar atrás. Tenían que aprender a lidiar con ello, en realidad, al hecho de que era imposible quitarse ciertas cosas de la cabeza y que iban a terminar teniendo que normalizarlo todo.

Rió a la vez que asentía cuando mencionó que ambas eran demasiado blancas, aunque entonces Sam alzó el dedo índice.

―¿Perdona? ¿Yo blanca? ―Mostró sus pobres bracitos―. A mí ahora me tienes que considerar roja. ―Y si te fijabas, también tenía los carrillos y la nariz roja, así como parte de sus piernas. Y te juro por Arturo que seguramente se hubiera echado más crema que hasta Gwen, ¡pero era imposible no quemarse con ese sol que hacía!

Sonrió contenta cuando la escuchó hablar sobre que habían hecho las cosas bien. Contenta de verdad, pues le gustaba ver que Gwendoline veía las cosas positivas de todo lo que había pasado, además de considerar que debía de estar orgullosa de sí misma. Sam estaba orgullosísima de la morena: de cómo se había metido en la Orden del Fénix para ayudar, de cómo había sabido mantener la calma en el Ministerio de Magia, de haberse arriesgado tanto por ella, de haber tenido una paciencia de santo con ella… y de haber llegado a donde estaban ahora. La legeremante también se sentía orgullosa de sí misma, no tanto por sus decisiones o supervivencia―pues creía poder haber hecho todo mejor―pero sí que se sentía muy orgullosa de su propia superación y de haber podido ser una más junto a Caroline y Gwendoline en toda la mierda que de repente se había caído sobre ellas.

Así que después de esa ración de positivismo por parte de Gwen, Sam conservó la sonrisa mientras bebía un poco de agua.

―Yo me siento muy orgullosa ―dijo, dejando el vaso sobre la mesa suavemente―, de ti, de mí y de nosotras. O sea… es que yo sé que tú no eres capaz de verlo, por eso me gusta repetírtelo: pero es que tú eres increíble. ―Se mostró tan natural que casi parecía que estaba diciendo una verdad universal que no tendría contra posible―. Y no me digas que es que te veo con ojos de enamorada porque te conozco te hace mucho y sé cómo eres. Pero a tu lado, después de todo lo que hemos pasado, tengo la sensación de que da igual qué se nos ponga delante mientras estemos juntas. ―No tenía duda alguna de lo que sentía y de cómo la veía―. Bueno, quizás sí tenga que ver que te tengo un cariño muy especial.

Gwen siempre decía que ella era su persona especial, pero claramente era recíproco. Lo que Sam sentía por Gwen, independientemente del amor romántico, sólo lo sentía con ella.

―Increíble, maravillosa, magnífica, fantástica… ―Empezó a decir adjetivos rimbombantes, para entonces apuntarla con el tenedor antes de picar una papa arrugada―. Pero también tienes tus fallos, ¿sabes? No te creas. ―Y fingió que iba a enumerarlos, para hacerse la despistada―. Vale, ahora no se me ocurre ninguno.  

¿Sabéis eso que se dice de que cuando se está enamorado, te enamoras tanto de virtudes como de defectos? Sí, obvio Gwen tenía algunas cosas que a Sam no le gustaban, pero hasta eso ya lo veía con otros ojos.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Oct 11, 2019 2:03 am

Conociéndose —conociendo su faceta de rata de biblioteca, mejor dicho—, las palabras de Sam bien podrían ser ciertas: una Gwendoline, por joven e inexperta que fuese en la vida, y por mucho que estuviese descubriendo los placeres del sexo, acabaría imponiendo su estricto sentido común, y habría optado por concentrarse en acabar la carrera. Seguramente, se habría recordado a sí misma que le sobraba tiempo para disfrutar de aquel innegable placer…

...aunque no podía evitar tener ciertas dudas, teniendo en cuenta cómo se sentía cada vez que estaba en la cama con ella.

—Menos mal que no vamos a tener ocasión de descubrirlo —comentó con diversión, y tras meditarlo un par de segundos, añadió—: Aunque existe una alta probabilidad de que esa otra Gwendoline haya tenido que repetir algún curso. ¿Te puedes imaginar la tremenda vergüenza que supondría eso para ella?

Todo aquello lo dijo en tono jocoso. En realidad, no se visualizaba a sí misma, en ningún universo paralelo, repitiendo curso. Antes conseguiría un giratiempos para ser capaz de atender absolutamente a todas sus obligaciones.

El pensar en aquellas cosas tenía un efecto secundario: Gwendoline se encendía igual que el plumaje de un fénix con solo imaginarse ciertas situaciones. Eso, inevitablemente, la llevó a pensar en lo que habría sido poder acostarse con Sam en la residencia universitaria.

Y a lamentar que el nuevo gobierno hubiese cortado de raíz esa posibilidad.

La alternativa que proponía su novia, en cambio, no era nada mala: el Juglar Irlandés ofrecía una posibilidad jugosa de divertirse juntas. Una traviesa sonrisa se dibujó en los labios de la morena, quien se llevó un pedazo de patata a la boca y la mordió suavemente.

—¿Me estás haciendo una proposición formal de carácter indecente, señorita Lehmann? —preguntó, alzando las cejas de manera sugerente—. ¿Qué indumentaria sería la apropiada para una cita de ese tipo? ¿Algo parecido a lo de nuestra cita en la playa?

Evidentemente, en pleno Londres, una indumentaria así no sería apropiada… aunque Gwendoline podría encontrar un sustituto aceptable.

Dejando aquello a un lado, y el comentario de Sam acerca de su piel roja al estilo de los langostinos cocidos que provocó una risa a Gwendoline, la morena pasó a valorar el cómo habían afrontado aquella vida que no habían pedido, que se les había impuesto. El que siguieran con vida, en la situación en que se encontraban, quería decir que tan mal no lo habían hecho. Esa vida les había repartido una serie de cartas, y ellas las habían jugado de la mejor manera posible. No cabía duda de ello.

Le gustó saber que Sam opinaba lo mismo que ella, aunque no se sentía tan inclinada a realzar sus propias virtudes como lo estaba su novia. Le costaba verse como esa persona perfecta que aparentemente veía la rubia cada vez que la miraba, pues tenía muchísimos fallos. Cometía más errores de los que le gustaría, pero al menos era capaz de subsanarlos.

—¡Oh, a mí se me ocurren muchos! —respondió enseguida, sabiendo que su novia pasaría de inmediato al modo “defender a Gwendoline de sí misma cueste lo que cueste”; antes de que ocurriese, alzó un dedo, pidiendo tiempo muerto—. No voy a ponerme a enumerarlos. No te preocupes —aseguró, para luego añadir—: Simplemente, sabes que hay cosas que me hubiera gustado hacer mejor, o de una manera distinta. Poco a poco voy haciendo las paces con eso, aunque no te lo creas.

Y perfectamente podía no creérselo: el día anterior había sufrido un bajón anímico que le había hecho verlo todo de la manera más negativa, considerando que cada paso en el camino que la había llevado hasta aquel lugar había consistido en un error tras otro.

—Pero bueno, dejando a un lado si soy o no digna de tu orgullo... —Volvió a alzar un dedo para pedir tiempo muerto—, en realidad me siento mucho más orgullosa de cómo lo has hecho todo tú. No sé si te lo he dicho alguna vez, aunque puede ser: tiendo a ser un tanto repetitiva. El caso es que… has sabido sobrevivir. Has sabido marcharte cuando debías hacerlo, y has sabido regresar cuando más te necesitaba. —Bajó la mirada, lanzando un leve suspiro—. Si no hubiera sido por ti, ya te puedo decir que habría sido totalmente incapaz de seguir adelante todo este tiempo.

De acuerdo: eso había sonado terriblemente dramático, pero acertado. Así se sentía: una y otra vez se daba cuenta de que, de haber tenido que afrontar todo lo que había afrontado sola, habría tirado la toalla muchísimo antes. O peor: la habrían atrapado y actualmente estaría encerrada en Azkaban… o muerta, dependiendo de la clase de psicópatas con los que se cruzase.

—Ay —dijo, una queja sin apenas emoción, seguida de un suspiro—. He vuelto a ponerme dramática. Creía que eso era tu rollo —arrugó la nariz, con una sonrisa divertida en los labios—. ¿Qué te parece si pagamos la cuenta y nos vamos a disfrutar de las vacaciones sin recordar cosas feas? Quizás podamos ir a la playa y unirnos a alguna partida de volleyball. ¿Te apetece?

Apenas quedaba comida en los platos, pero Gwendoline se sentía incapaz de comer un bocado más. Además, tenía la sensación de que llevaban allí metidas demasiado tiempo. ¡Quería disfrutar de las vacaciones mientras pudiese!

—O podemos holgazanear todo el día, si el ejercicio físico te da pereza —sugirió, para luego comentar, como si tal cosa—: Esta noche te necesito a pleno rendimiento físico...

Se mordió el labio inferior: era evidente por dónde iban los tiros.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Oct 11, 2019 9:02 pm

Había una cosa cierta tanto en ese universo paralelo, como en todos los posibles universos paralelos en donde existiese Gwendoline Edevane y ambas sabían muy bien lo que era. Ni siquiera el más placentero de los sexos con su amada iba a conseguir que la ex ravenclaw fuese capaz de repetir algún curso.

―Las dos sabemos que eso es algo que jamás ocurriría, ni en este universo, ni en ningún otro ―le respondió con toda la seguridad del mundo.

Quizás suspender un examen podría ocurrir, ¿pero repetir curso? ¡Venga ya!

La legeremante vio en ese momento la oportunidad perfecta para declarar uno de sus pensamientos más recurrentes cuando se ponía a limpiar la biblioteca del Juglar Irlandés. No había dicho nada con mucho detalle, pero sí que lo había dejado caer con las intenciones bien claras, sobre todo porque había sacado el tema cuando estaban hablando de sexo. Cuando Gwen le preguntó aquello, la rubia se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa traviesa, para entonces mirar al techo frente a su siguiente sugerencia de cómo ir vestida. A partir de esas vacaciones iba a desear siempre que su novia fuese sin ropa interior cada vez que fuese con falda o vestido.

―Por ejemplo ―le respondió, alzando sendas cejas―. A partir de ahora cada vez que vaya a meterte mano bajo la falda, me voy a acordar de nuestra cita en la playa.

Porque si había otra cosa que pasaría tanto en este universo como en cualquier otro en donde ellas dos estuviesen juntas: si Gwendoline se ponía falda o vestido, Sam siempre iba a meterle mano. Era como la ley de darle una palmadita en el culete cuando iba ella primero subiendo por las escaleras.

Negó con la cabeza cuando Gwendoline mencionó que se le ocurrían muchos fallos, sin decir nada al respecto porque ella mismo dijo que no iba a ponerse a enumerarlos. Hasta Sam sabía que tenía montón de defectos, además de que habían un montón de cosas que le hubiera gustado hacer mejor, ¿pero de verdad valía la pena estancarse en el maldito pasado cuando ya todo había conseguido salir bien? ¿De qué le serviría a Sam quedarse lamentándose de haber hecho las cosas tan mal con los Crowley? ¿O escondiéndose de todo y de todos durante tantos años?

―Que lo eres ―insistió aunque hubiese levantado el dedo para pedir silencio, para entonces recibir halagos por su parte. Lo único que le había movido a Sam a marcharse de lado de Gwen en su momento había sido la vida de su amiga directamente amenazada por Sebastian. La dejó terminar de hablar, así como de resaltar que se había vuelto una dramática; la verdad es que haberse ido de vacaciones estaba sacando sus más oscuros pensamientos, pero Sam quería pensar que hablar de ello era bueno y purgaba malas vibraciones―. Es mi rollo y me parece fatal que estés intentando quitarme el puesto ―bromeó divertida, sonando dramática.

Sam creía que Gwen sería perfectamente capaz de seguir adelante con la vida que tenía aunque Sam no hubiera aparecido de nuevo en su vida, pues al fin y al cabo, había estado ya prácticamente dos años sin ella y lo había conseguido. Lo que sí que tenía claro la legeremante es que sin el apoyo de Caroline y de Gwendoline ella sí que no habría podido seguir hacia adelante después del dos mil diecisiete. Pero quién sabe, quizás si Gwendoline hubiera visto en El Profeta que Samantha Lehmann había muerto, le habría hecho cambiar por completo el chip y, a día de hoy, hubiera seguido perfectamente como estaba, involucrándose desde hacía tiempo en la Orden del Fénix.

Podría haber ocurrido tantas cosas y tantas desgracias que… uno no podía decir con seguridad cómo se hubiera comportado con toda la mierda que tenían alrededor. Ya Sam le había dicho muchas veces a Gwendoline como la veía y, a día de hoy, para ella la valiente de la relación no era más que ella.

―O hacemos un castillo en la arena ―comentó a lo de jugar al volleyball, antes de sonreír―. Debo confesar que cada vez que me siento en la orilla y me pongo a jugar con la arena… ―algo que hacía todos los días, a todas horas, cuando de repente se cansaba de coger sol, de bañarse o de hacer cualquier cosa―, me apetece hacer un dichoso castillo de arena. ¿Por qué sueno como si tuviera ocho años? ―Rió divertida.

Y entonces pasó de pensar como una niña de ocho años, a pensar como la mujer adulta y enamorada que era, frente a su pareja proponiéndole cosas de adultos.  

―Para ti siempre reservo mi mejor versión, Florecilla. ―Le sonrió, desviando la mirada hacia sus labios y cómo se los mordía.


Al día siguiente
Lanzarote, “Los Charcones”, piscinas naturales - 23:40 horas

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 4 Charcones

Había terminado ese día en Fuerteventura, pero al día siguiente decidieron cambiar de ubicación y terminar en Lanzarote, en una de las calas que Santiago había insistido en que deberían de ir. Se trataba de unas piscinas naturales en la parte sur de la isla, la cual daba hacia el mar del norte, bastante agresivo y salvaje. Sin embargo, las calas estaban protegidas por gran cantidad de riscos, por lo que éstos formaban las piscinas en calma y tranquilidad, sin que las olas del atlántico influyesen en absoluto.

Habían colocado su tienda bajo la sombra de un risco, a unos diez pasos de una piscina. No se habían movido en todo el día, pues por suerte antes de salir de Fuerteventura habían ido a comprar comida a un supermercado, por lo que se habían pasado ese día, de principio a fin, en aquel lugar. En todo el día no habían visto ni un alma, por lo que se sentía de verdad como si ahora estuviesen en un lugar totalmente idílico y desértico, solo para ellas dos.

A esas horas de la noche ambas se encontraban en el exterior, tomándose una taza de chocolate caliente que había preparado Sam. Ésta iba vestida con el bikini del día, pero se había puesto una camiseta por encima debido a la humedad y, como todavía sentía un poco de frío, se estaba tapando con la toalla los pies como si fuera una mantita. Se les había hecho especialmente tarde, ya que Sam había sacado el tema―hace como tres horas―sobre lo divertido que sería escribir un libro de ciencia ficción, pues se había quedado en pesca imaginándose como sería vivir en el espacio.

Desde entonces, las dos se habían puesto a imaginarse historias de diferentes personajes viviendo aventuras galácticas. Hasta le había entrado ganas de volver a verse la saga de Star Wars y Star Trek, pues era la típica que las confundía.

―¿Y nosotras qué? ―dijo entonces, después de haberle contado la historia de su personaje inventado de nombre Kol, un alien humanoide de color lila y pelo dorado que se había inventado―. ¿Te imaginas que viviésemos en el espacio? Yo creo que me daría miedo estar en una nave y ver la inmensidad al mirar por la ventana, ¿sabes? O ver un planeta, o una estrella, de dimensiones impensables a través de la ventana. Lo pienso ahora y me daría miedo, imagínate. ―Sonrió, soñadora. ¿Ella viajar al espacio? ¡Qué pereza! Nunca había tenido especial interés en ser astronauta, pero evidentemente estaba hablando en el hipotético caso de que eso estuviese normalizado y la raza humana viviese, abiertamente, en naves y surcando la galaxia―. En realidad seguro que me encantaría aunque ahora me de miedo ―reflexionó al final. ―Tendría que molar eso de descubrir nueva vida, ¿te acuerdas la película que vimos: Valerian? ¿Te imaginas que fuera todo así?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Oct 12, 2019 4:24 pm

Gwendoline se encogió de hombros con una leve sonrisa que, sin palabras, parecía querer decir “¡Qué bien me conoces!”.

Las dos brujas lo tenían claro: ni en este universo, ni en ningún universo del multiverso, existía una Gwendoline capaz de abandonarse tanto a los placeres carnales como para olvidarse de sus estudios. Su cerebro era incapaz de concebir la existencia de una versión de sí misma capaz de olvidarse de sus obligaciones.

Soltó una risa que fue más bien un bufido, divertida.

—Antes que abandonar mis estudios, te diría que me reservo para el matrimonio. —Y volvió a reír, negando con la cabeza—. Nací siendo rata de biblioteca, y moriré siendo rata de biblioteca, sea cual sea el universo que habite.

No dejaba de ser curioso el estar manteniendo aquella conversación. Algo le decía que deberían aparcar un rato las películas de ciencia ficción, pues estaban haciendo mella en sus cerebros y convirtiéndolas en más frikis todavía, si cabe.

Hablando de temas sexuales —algo impensable para ella en los meses previos al inicio de aquella relación suya—, Sam hizo una propuesta, que si bien no fue explícita, era bastante sugerente: ¿Qué iban a hacer, sino, dos chicas que compartían una sana relación de pareja, solas en una cafetería después del cierre?

—En ese caso —empezó Gwendoline, de manera misteriosa—, voy a tener que jugar un poquito con el misterio, ¿no? Ya sabes: si nunca llevo nada bajo la falda, acabará perdiéndose el factor sorpresa. —Y mientras mantenía aquella conversación, como buena persona primeriza en el sexo en los primeros meses de su relación, notaba cómo la excitación ante todas aquellas ideas crecía en su interior.

Quizás Gwendoline tuviese treinta años, pero en aquellos temas no era muy distinta de una adolescente que estaba conociendo su propio cuerpo y el de su amante.

Después de hablar sobre el orgullo que sentían la una por la otra, y de darse cuenta de que se había puesto demasiado dramática con todo, la broma de Sam sirvió para dar carpetazo al tema. Gwendoline se dio cuenta de que no era el lugar indicado, ni el momento indicado, para tratar esos temas tan dramáticos. Y como apenas quedaba comida en la mesa, la morena sugirió irse a holgazanear y disfrutar de las vacaciones, que para eso estaban allí.

—Bueno, si me preguntas a mí, prefiero mil veces a alguien que suena como si tuviese ocho años, y no a alguien que suena como si tuviese ochenta. —Se señaló a sí misma con ambos dedos índices—. Especialmente cuando no quiero salir de casa por la noche y me pongo a pensar en rescas, obligaciones, limpiar la casa...

Otra prueba, si acaso hacían falta más, de lo bien que se compenetraban: Sam era ese espíritu más rebelde, más juvenil, que de cuando en cuando la incitaba a cometer alguna locura o irresponsabilidad; Gwendoline era esa parte excesivamente madura que conseguía de cuando en cuando apaciguar a la más rebelde e infantil.

Podía sonar aburrida, la típica persona que no quieres a tu lado. Podría incluso tachársela de aguafiestas. Sin embargo, aportaba equilibrio: si Gwendoline fuese igual que Sam, tendrían un enorme problema, especialmente cuando se sumaba a la mezcla Caroline Shepard, cuyas ideas para los cumpleaños amenazaban con acabar con los ahorros de cualquiera.


***

Los Charcones era otro de esos nombres que Gwendoline era incapaz de pronunciar bien, especialmente la “ch”, que tenía tendencia a pronunciar como una “x”. Y eso que había hecho caso al consejo de Santi y se había descargado un traductor para su iPhone. Antes de abandonar su lugar de acampada, esa mañana, había estado escuchando una y otra vez al asistente de voz pronunciar aquellas dos palabras.

Los estaba controlada.

Charcones se le seguía resistiendo.

Para cuando llegó la noche en Los Charcones, Gwendoline había optado por rendirse y, simplemente, disfrutar del lugar: uno de esos pequeños rincones del mundo que parecen inexplorados, donde no se atisba señal alguna del paso de la humanidad, con sus rocas erosionadas por el viento y todas aquellas piscinas naturales en las que una podía bañarse sin temor al oleaje.

Cosa que había hecho, por supuesto.

Sin embargo, para las once de la noche, su bikini aguamarina ya estaba totalmente seco, al igual que su pelo. Éste caía ondulado y lleno de salitre sobre sus hombros, cubiertos bajo una toalla. Otra toalla le cubría las piernas, de tal manera que no sentía frío alguno.

Todavía se sorprendía que de un calor tan sofocante como el que se vivía durante el día, pudiesen surgir noches frías. ¡Era casi un sinsentido climatológico!

En algún momento, el tema de conversación había pasado a girar entorno a la vida en las estrellas, al espacio, a Star Wars, Star Trekk y, finalmente, la posibilidad de escribir un libro sobre aquella temática. Sam había aportado su pequeño granito de arena, inventándose un personaje con una historia muy entretenida.

—Yo creo que no te daría miedo —meditó Gwendoline—. Se supone que, de vivir en el espacio, ya estarías más que acostumbrada. Piensa que no seríamos exactamente nosotras, sino versiones nuestras que llevan viviendo esos avances toda su vida —le explicó—. Yo no soy muy amiga del espacio. A mí sí me da demasiado miedo, teniendo en cuenta la realidad innegable de que ahí fuera existe vida inteligente. La prueba más clara de ello es nuestra propia existencia. ¿Te imaginas que existan ahí fuera magos de una raza alienígena? No es descabellado pensar que puedan existir, ¿no? No creo que la magia tenga que ser algo exclusivo nuestro… ¿Y si se trata de una especie de energía universal de la que conseguimos tomar prestados nuestros poderes? Si es así, otros planetas tienen que contar con individuos capaces de hacer magia. —Gwendoline se quedó brevemente pensando en lo que acababa de decir, algo que no había meditado de antemano, y se dio cuenta de que era incluso más horrible de lo que se había imaginado—. Creo que me he ido por las ramas, ¿cuál era la pregunta? ¿Cómo sería nuestra vida ahí arriba? —Y dejó escapar una risa, divertida, al tiempo que se ponía en pie para estirar un poco los músculos.

Echó un vistazo al cielo, plagado de estrellas, y después bajó la mirada para contemplar el reflejo de éstas en la superficie de las piscinas ocultas entre los peñascos de la costa. Con aquella oscuridad, casi parecía que ya estuvieran en medio del espacio.

—Es como si ya estuviéramos allí, ¿te das cuenta? —dijo, para acto seguido abarcar todo lo que las rodeaba con los brazos abiertos—. Desde nuestra posición, casi parece que nos hayamos asomado al borde mismo de nuestro planeta, y que lo que tenemos ante nosotras es el infinito del espacio. —En ocasiones, Gwendoline se ponía muy profunda hablando de cosas así, y casi sonaba como si hubiese fumado marihuana o algo así.
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Sam J. Lehmann el Lun Oct 14, 2019 3:08 am

A día de hoy, en ese momento, Sam le tenía miedo a dos inmensidades: la del universo y la profundidad marina. Aunque claro, siendo un poco tiquismiquis la diferencia entre el universo y la profundidad marina de un planeta tan pequeño y despreciable era muy grande, pero si ya le daba miedo lo desconocido del interior del mar, no se quería imaginar lo que sentiría si llegaba a ser capaz de estar frente a algo tan magnífico e infinito como era el espacio.

La reflexión de Gwendoline con respecto a la magia a nivel galáctico… le dio qué pensar, ¿qué sería la magia fuera del Planeta Tierra?

―¿Y si… ―Cuando intentó volver al tema principal, Sam no pudo evitar seguir con su gran paranoia― …en realidad nuestro don mágico ha aparecido debido a una mutación por nuestras condiciones en el Planeta Tierra y somos las únicas especies con esto? A lo mejor somos los únicos en la galaxia que podemos tener magia y somos… una especie extraordinaria. ―Entonces otra cosa le vino a la cabeza momentáneamente―. ¿Te imaginas entrar en la mente de un alienígena? ¡Sería super diferente! ―La legeremancia que ella había aprendido, seguramente, ya no valdría una basura porque la cabeza de un extraterrestre tendría nimiedades parecidas a las de los humanos.

Samantha siguió la mirada de Gwendoline hacia las piscinas naturales, en una absoluta calma. Observó el reflejo del cielo estrellado en el agua prácticamente estática, sintiendo eso de lo que hablaba su novia. Pese a que daba la sensación, ahí Sam no tenía la sensación de vértigo de caerse en una inmensidad mortal e infinita, cosa que le inspiraba el hecho de estar en una nave espacial en surcando la galaxia.

―¿Nos tiramos a ver qué pasa? ―La miró a ella de soslayo, mirando a través de ‘esa ventana’ del Planeta Tierra hacia el infinito.

Por un momento a Sam se le pasó por la cabeza la posibilidad de tirarse allí y que fuera como una especie de portal que las transportase en mitad de la nada, viviendo lo que sería estar en mitad de un lugar sin oxígeno, congelado y en donde tú eres tan insignificante como un átomo.

―¿Y si… ―La pesada de Sam ya no paraba con las preguntas de qué pasaría sí, las cuales ahora mismo le asaltaban una tras otra― ...la humanidad tuviera que huir del Planeta Tierra? Tal y como vamos, parece que la Tierra nos está echando porque la estamos destrozando: ¿te imaginas que los supervivientes se monten en una nave enorme y empiecen a surcar el espacio en busca de otro planeta habitable? ¿Que la nave no llegue a ningún sitio durante generaciones y sea como un nuevo hogar tecnológico en mitad de ningún sitio, que surca la galaxia en busca de un nuevo lugar? ¿Una nave en donde… se haya tenido que conservar la historia de la humanidad para que los más jóvenes sepan de dónde venimos? ―Por un momento se imaginó lo que sería una civilización muy diferente a la que ahora mismo pertenecían, mucho más ordenada, más disciplinada para poder haber vivido tanto tiempo así y, sobre todo, más concienciada. Sin embargo, pese a todo eso, la duda que se le presentó fue diferente―: ¿Y si la magia no funciona fuera del Planeta Tierra? ¿Te imaginas? ¿Qué por qué no iba a funcionar la magia fuera del Planeta Tierra? No lo sé, tía, no soy científica, ¡sólo digo una posibilidad! ―Y se rió ella sola por su propia contestación.

Le encantaba pensar en esas cosas, en lo que podría pasar si ocurriese cualquier cosa y, sobre todo, imaginarse cómo se enfrentaría ella a todas esas cosas. Imaginarse qué hubiera pasado con Sam si fuera una de las primeras en pisar esa nave o si, por el contrario, hubiera nacido en esas generaciones futuras en donde no tienen consciencia ni de lo que fue el Planeta Tierra, más que por los documentales y los registros.

Tenía que ser muy fuerte.

De repente le habían entrado ganas de escribir una historia, de ponerse frente al portátil y empezar a teclear todas las ideas locas que le fuesen viniendo a la cabeza.

―¿Y si… ―Lo que parecía que iba a ser de nuevo una invitación a empezar de nuevo una hipotética historia, no lo fue. La sonrisa de Sam habló por sí sola―. ¿Tienes frío? Llevo un rato pensando que la piscina me da un poco de miedo porque la oscuridad no me deja ver el fondo y parece que puede haber cualquier cosa ahí debajo: como la posibilidad de que sea un portal tridimensional que haga de ventana con el espacio… ―Enarcó una ceja, fingiendo que esa posibilidad era muy obvia y que había que tener cuidado con ello. Era gracioso porque tenían conversaciones más locas estando sobrias y con chocolate caliente entre sus manos que bebiendo vino bajo las estrellas. ¡Está claro que el alcohol lo que hace es ponerlas bobitas de otra manera!―. Pero… yo me bañaría.

Se puso en pie, dejando que la toalla cayese sobre las rocas. Se estiró, con las piernas desnudas y una camiseta un poco ancha cubriéndole el torso. Miró entonces a su hermosa florecilla, la cual parecía tener más frío que ella. En realidad Sam no tenía frío, frío, sencillamente se tapaba porque después de tanto sol por el día, hasta la brisilla más débil la notaba.

―No hace falta que me acompañes. Sé que eres una débil friolera. ―Se metió con ella muy evidentemente para chincharla, siendo muy consciente de que la cosa no se iba a quedar ahí. Se quitó la camiseta hacia arriba y la dejó caer junto a la toalla, acercándose a la piscina natural para sentarse en el borde y meter los pies. Arrugó la nariz divertida antes de girar la cabeza hacia Gwen y bromear―: Qué buena está, Florecilla; calentita. ―Su cara denotaba claramente que no estaba para nada calentita.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Oct 14, 2019 3:06 pm

Por cómo se desarrolló la conversación a partir de aquel punto, Gwendoline supo que no era la única que sonaba como si se hubiera fumado un porro. No conocía esa sensación, pues nunca la había experimentado, pero había visto suficientes películas como para saber que el ser humano medio, colocado con marihuana, tenía tendencia a mantener conversaciones metafísicas como aquellas.

Literalmente, allí estaban las dos tratando de desentrañar los misterios de la magia.

Si ya costaba imaginarse cómo sería una raza extraterrestre —Gwendoline, insistía, estaba segura de la existencia de más de una, pues era estadísticamente imposible que el planeta Tierra fuese el único en que había sucedido aquel curioso accidente—, imaginarse cómo sería la magia a nivel intergaláctico era todavía más difícil.

Por no hablar de introducirse en una mente extraterrestre.

—¡Y tan distinto! Si ya para nosotros como especie es imposible comprender el entramado mental de un animal, imagínate lo que sería entender una mente inteligente con otra naturaleza —dijo Gwendoline, que en alguna ocasión había leído cosas sobre la legeremancia aplicada a animales: algunos sostenían que no se podía, otros sostenían que sí, pero que resultaba imposible comprender los pensamientos de un animal, perros incluidos—. Quizás ni siquiera se pueda —concluyó—. Y con respecto a lo que mencionas de la magia, no creo que sea así. Viene a ser el mismo concepto de los que niegan la existencia de vida en otros planetas: el egocentrismo humano, que tendemos a creernos el centro del universo. ¿Por qué no podría haber ahí fuera seres “muggles” y seres “mágicos”? Y quizás no sólo eso: a lo mejor no les hace falta utilizar varitas o canalizadores de ningún tipo.

La magia todavía era un misterio incluso para los magos en sí, y cualquiera que se atraviese a insinuar que conocía todos sus secretos no era más que un imbécil. Por eso los puristas eran, por norma general, unos ignorantes: podían creer en lo que les diese la gana con respecto a la sangre limpia o la sangre sucia, pero la naturaleza cada día los dejaba en evidencia.

Cada vez que nacía un mago hijo de muggles, quedaban en evidencia, por muchas teorías que se inventasen de que los squibs en familias de sangre limpia eran el resultado de los nacimientos mágicos en familias muggles.

Cuando sugirió que parecía que se encontraban en el borde mismo de su planeta, contemplando únicamente el universo con sus millones de estrellas, Sam sugirió que se tirasen, a ver qué sucedía. Gwendoline bufó, sonriente.

—Te hundirías en el agua. Eso pasaría —le dijo, rompiendo por completo la magia y el misterio del asunto. Así era ella.

Las cuestiones intergalácticas todavía no se habían terminado: Sam propuso una idea que, si la morena no se equivocaba mucho, no era algo nuevo ni original. Le sonaba que podía existir ya alguna historia de ciencia ficción que contase algo parecido.

—Esa idea tiene un evidente problema: los recursos —respondió Gwendoline—. A no ser que en esa nave existiese algún tipo de sistema autónomo que permitiese generar agua potable y comida suficiente para todas esas personas, lo que acabaría ocurriendo ahí sería… muerte. —Sus palabras fueron un tanto funestas—. Aunque primero, seguramente, habría rebeliones: gente matándose por los escasos recursos que hay ahí dentro, o directamente por la sensación de estar atrapado en un receptáculo cerrado sin posibilidad de salir. Y eso sin mencionar que la nave sufriese algún tipo de avería que afectase al sistema que limpia el aire.

Había quedado claro: si el ser humano abandonaba el planeta en una nave sin un plan de emergencia a corto plazo, la humanidad bien podría haberse quedado atrás, en el mismo planeta Tierra, pues estaba igualmente condenada a la extinción.

Con respecto a la magia en el espacio exterior, Gwendoline tenía una sencilla respuesta.

—Puedes tener razón o no, pero me temo que ni tú ni yo llegaremos a descubrirlo nunca: vamos a envejecer y morir juntas, rodeadas de hijos y nietos, en este hermoso planeta azul. —Una sonrisa iluminó el rostro de la morena, que le dedicó una mirada a su novia.

Sam se disponía a plantear otro de sus “¿Y si…?”, pero o bien se volvió atrás, o directamente estaba bromeando, pues nada tuvo que ver lo que dijo con una posibilidad hipotética de nada. Por el contrario, estaba sugiriendo que se bañasen en aquella que parecía ser una piscina donde nadaban estrellas.

Librándose de su camiseta y de la toalla que le tapaba las piernas, Sam caminó en dirección a la piscina y comenzó a meterse, llamando a Gwendoline cobarde friolera. Puso los ojos en blanco, negando con la cabeza, y sonriendo de manera sarcástica.

—¿Me estás retando, acaso? —Sabía que era así, pero de todas formas entró al juego—. Soy inglesa, acostumbrada a un clima gélido: no tengo frío. Y digo más. —Gwendoline se llevó ambas a la espalda y buscó el nudo que mantenía el bikini firmemente sujeto sobre sus pechos; comenzó a desatarlo—: Creo recordar que teníamos pendiente un baño totalmente desnudas...

Sobra decir que Gwendoline no tuvo miedo alguno a la hora de librarse de la parte superior de su bikini, dejándolo caer junto a sus pies, sobre las rocas. De esa guisa, conservando todavía la parte inferior de su traje de baño, miró a Sam y, sin palabras, pareció decirle que le tocaba a ella mover ficha.
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