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Can I go where you go? —Sam&Gwen.

Sam J. Lehmann el Sáb Ago 24, 2019 4:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 5 98vK10u
Fuerteventura, Islas Canarias | 19/08/2019 | 12:20h | Atuendo


Terminar en Fuerteventura había sido cosa de Santiago Marrero.

—¿Qué haces, Mia? —preguntó el joven español cuando vio a Sam sentada en una de las mesa del Juglar observando con curiosidad su móvil. No había apenas nadie a esa hora, por lo que se sentó con ella.

—Gwen y yo estamos buscando lugares baratos a los que irnos de vacaciones en donde haya buen tiempo y playa. Son nuestros tres requisitos. Bueno y calma. La calma es importante —dijo sin quitar la mirada de la lista que estaba leyendo.

—¿Por qué tú no preguntar a mí? —Se hizo el ofendido. —¿Tú no sabes yo ser de España? ¡España tener lugares maravillosos! Dame eso. —Y le quitó el móvil a Sam.

—¡Eh, oye! ¡Eso no se hace!

Ignorando las quejas de la rubia, Santi buscó en otra pestaña de Google las playas de canarias, más concretamente la de Fuerteventura pues, en su juicio, era la mejor isla a la que ir si querías un turismo playero. Giró entonces el móvil, enseñándoselo a Sam.

—Yo no ser de ahí, pero yo veranear con mis padres todos los años a Fuerteventura desde que tener consciencia, ¿te gusta?

—Fuerteventura —repitió Sam, con un acento terrible. —Es muy bonito, sí. ¿Donde es?

—Las Islas Canarias, esas que están más cerca de África que de España.

—Siempre me ha hecho gracia que esas islas pertenezcan a España estando tan lejos. —Tuvo que confesar Sam con cierta diversión.

Luego en casa, Sam le dijo la opción de Santi a Gwendoline, miraron precios, compararon con otras opciones que tenían y no le convencían demasiado y… al final Santi había conseguido que éstas dos se fuesen más lejos de lo que tenían pensado. Las Islas Canarias tenían turismo prácticamente en toda la época del año, pero teniendo en cuenta los precios que habían visto las chicas en otros lugares, ir a Canarias y hacer el turismo playero por su cuenta, quedándose a dormir en las playas, casi que parecía más perfecto que nada.

Cuando le dijeron que realmente iban a ir al destino que él les recomendó, no paró de decirles un montón de sitios a los que tenían que ir, la comida que tenían que probar, los trucos para buscar las playas más desérticas y bonitas de toda la isla… La verdad es que Santi era un amor de persona y se emocionaba sólo por ver al resto emocionados.


***

Habían vuelto a hablar con Dexter Fawcett para que les hiciera un traslador con el que poder ir a Canarias, pues no querían tener que utilizar sus identidades falsas para viajar por mera inseguridad. En cuestión de dinero era un poco más caro pagar un traslador que comprar dos billetes ida y vuelta a Fuerteventura, pero lo preferían sencillamente porque se sentían más seguras y cómodas.

Una vez en Fuerteventura, sus planes habían sido bastante claros: no querían hoteles, no querían grandes multitudes, querían poder estar tranquilas en la playa y si querían meterse en algún núcleo urbano, ya irían ellas. Santi les había dicho que no se permitía pernoctar en cualquier sitio de acampada, pero la verdad es que eso para ellas era totalmente irrelevante. Entre que podían esconder su tienda de campaña de muggles y que cualquier policía que apareciese podía ser fácilmente espantado con un confundus…

El traslador les había dejado en Pájara, la zona más turística de todo Fuerteventura, por lo que decidieron empezar ahí abajo, buscando una de las playas que le había recomendado Santi. Era una playa oculta con poca transición, pues había que pasar una montaña además de bajar grandes riscos. Sin embargo, para Sam y Gwen eso no era para nada un problema.

Can I go where you go? —Sam&Gwen.  - Página 5 Plya-cofete-roque-moro-montana-aguda-1426x701

Mientras montaban la caseta de campaña, Sam revisó su móvil antes de dejarlo en el interior de la tienda, pues no quería estar pendiente de él. Vio que Caroline le había mandado una foto con todas las mascotas en el sofá de Gwen y Sam, además de un mensaje de Laith que decía, literalmente: “como te cases sin mí, te mato a la vuelta.” Como le había dicho que quería casarse en la playa, se creía que éstas vacaciones iban a ir de casamientos en secreto o algo así. Sam no le dijo nada, solo por molestarle.

Después de una mañana de trasladarse, buscar el sitio perfecto en una cala oculta y dejarlo todo preparado, la austriaca corrió casi brincando hacia la orilla del mar, mojándose los pies y salpicando al aire el agua. Hacía un calor terrible para el cual ella estaba acostumbrada, por lo que se desabotonó la camisa que llevaba, acercándose a Gwen.

—Pájara —repitió divertida Sam, pues llevaba todo el rato leyéndolo con su acento inglés. —¿Vamos a bañarnos, Pájara mía? —Y se carcajeó ella misma de meter el dichoso ‘Pájara’ en todos lados. Nunca había leído el nombre de un municipio tan gracioso. —Se me pasará, te juro que se me pasará —prometió, sin poder ocultar ni un poco la sonrisa.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Sam J. Lehmann el Miér Oct 16, 2019 3:23 am

Le enarcó una ceja, en tono totalmente de reproche, cuando dijo que simplemente se hundiría en el agua si se metía ahora mismo en aquella piscina natural. En esa relación habían muchos títulos oficiales para cada una de ellas y, claramente, uno de los de Gwendoline era la que se llevaba el título de Corta Rollos oficial.

La idea de Samantha sobre una nave que surcase el espacio, llevando en ella a toda la humanidad restante durante generaciones y generaciones, evidentemente debía de contar con algún tipo de manera de sustentarse, ¿sino cómo narices iban a llegar a haber generaciones y generaciones viviendo allí?

―Bueno, parto de la idea de que si el ser humano es capaz de crear un nave espacial tan grande como para albergar a tantos humanos, también sea capaz de crear un sistema autónomo que de agua potable y comida, ¿si no cómo iban a sobrevivir? ¡Hablo de una nave que ha sobrevivido centenas de años! ―Los humanos habrían dejado de comer animales para hacerse todos totalmente veganos y comer alguna cosa sintética que hubiesen inventado con sabor a carne, pero que realmente nadie ya en esa época fuese consciente de a lo que realmente puede saber un trozo de carne de verdad―. Las rebeliones deberían de haber estado en el plan inicial de los diseñadores de esa nave: no dejarían entrar a nadie propenso a ello, sino enfocado en su tarea para preservar la humanidad. Y las generaciones venideras crecerían en esas condiciones, por lo que realmente se acostumbrarían a ello…

Sam estaba asumiendo esa idea como algo que pasaría de manera muy nazi: en esa nave solo entraría la crême de la crême de la humanidad, entendiéndose como a los seres humanos más preparados, no a los más millonarios. Era su idea, ¿no? ¡Pues así de utópica era!

Consideraba a su novia una mujer muy inteligente, además de considerarse a sí mismo también una mente bastante avispada, pero estaba segura de que la única posibilidad que podrían llegar a tener de entrar a una nave así es que Dexter Fawcett les hiciese otro traslador para colarse en el interior. Ellas serían de las que se quedarían en El Planeta Tierra viendo como se muere.

Sin embargo, prefería mil veces el final que les esperaba en ese mundo, que cualquiera que pudiera inventarse en ese momento de creatividad galáctica. Ante lo que dijo de los hijos y los nietos, no pudo evitar sonreír:

―Y gatos ―mencionó, divertida.

No habló de su cerdito, pues estaba segura de que no llegaría a tanto, por no hablar que conseguir a un cerdito vietnamita no era tampoco muy fácil. Quizás terminarían con cerditos de verdad en un gran jardín que tuviera su casa.

Si bien parecía que el alcohol la podía dejar dormida, parecía que el chocolate caliente y esa charla sobre el universo y la expansión del ser humano, le habían despertado bastante, hasta el punto de que le habían entrado muchas ganas de meterse en esa ventana hacia el espacio, nadar un poco y mirar desde ahí el cielo. Al ver a Gwendoline tan calentita bajo tantas toallas, decidió ‘retarla’ para ver si quería entrar con ella, pues sabía que a esa hora podía no apetecerle en absoluto.

―Yo no hago esas cosas, por favor, Gwendoline ―le respondió cuando le preguntó que si le estaba retando, para entonces sonreír ante sus palabras―. ¿No deberíamos bañarnos siempre desnudas? A mí me encanta verte desnuda. ―Eso lo dijo con un mohín infantil, casi juguetón.

Al ver que se quitó la parte de arriba, Sam, que estaba de espaldas a ella, también llevó una de sus manos a la parte trasera de su bikini para desabrochar el mecanismo y dejar sobre las rocas la parte superior. Entonces, sólo se deslizó hacia la piscina, hundiéndose nada más caer para mojarse la cabeza y salir con el pelo mojado hacia atrás. Sintió tremendo escalofrío por todo el cuerpo que hasta notaba su piel erizada al máximo por el contraste. ¿Lo curioso? La piscina no estaba tan fría, pues al ser agua que solo se renovaba con la marea muy alta, había sido calentada por el sol durante todo el día.

Hacía pie, por lo que el agua, totalmente erguida, le llegaba por los pechos. Sin embargo, se hundió hasta que solo la cabeza estaba por fuera, asomándose por el borde de las piedras y observando a su pareja. No dijo nada a Gwendoline, sino que le tiró de manera totalmente desprevenida la parte inferior de su bikini mojado. Cayó delante de sus pies, a lo que Sam puso un gesto divertido en el rostro antes de coger impulso hacia atrás con las rocas y empezar a nadar de espaldas, boca arriba, mientras miraba al cielo.

Jo, se sentía tan libre en ese lugar que…

―¡GWENDOLINE! ―Gritó de repente―. ¡QUE NOMBRE TAN BONITO TIENES!

Y de la risa que le entró, no pudo mantenerse flotando haciendo el Cristo, sino que se volvió a poner de pie.

―¿No te dan ganas de gritar? ¡YO QUIERO GRITAR!
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Oct 16, 2019 2:09 pm

Si en otra vida —en un universo alternativo—, Gwendoline hubiese crecido para convertirse en una friki de los cómics, videojuegos, o alguna de esas cosas que divertían a los jóvenes —y no tan jóvenes— de hoy en día, estaba segura de que habría sido una repelente. Una de esas personas que, detrás de sus gafas gruesas y resguardada por una bolsa de cheetos, se dedicaría a criticar cada elemento flojo de una trama.

Suerte que tenía otros encantos —aparentemente—, pues de lo contrario dudaba mucho que esa mente tan poco soñadora pegase con la creatividad de Sam.

—Yo sólo digo que es como esa película de la chica de la cicatriz. ¿Cómo se llamaba? Mortal algo. ¡La de las ciudades que se movían, esa tan mala! —exclamó Gwendoline—Recuerdo que me quejé un montón de lo incoherente que era la posibilidad de que una serie de ciudades decidiesen cazar a otras ciudades para hacerse con sus recursos, pues tarde o temprano se acabarían. ¿No te da la impresión de que pasaría eso con tu nave espacial? —En realidad, en ese momento ya esbozaba una sonrisa divertida: buscaba ese momento en que su novia, o bien se picase con ella por ser tan poco imaginativa, o bien le pidiese que se dejase de ser tan lógica para divertirse un poco—. ¡Y ya me contarás tú cómo puedes evitar que haya rebeliones! ¿Implantando dispositivos que provoquen descargas eléctricas en quien intente rebelarse?

En realidad, y lo sabía, si Sam decidía ponerse algún día a escribir una novela de ciencia ficción —cosa que podía ocurrir perfectamente—, ella le brindaría todo su apoyo y la ayudaría cada vez que lo necesitara. ¿No era precisamente eso lo que estaba haciendo al señalar los posibles agujeros de guión de su futura obra? ¡Eso era lo primero que una debía pensar en esos casos!

Suerte que no tenía inquietudes literarias: vería agujeros de guión hasta en el planteamiento previo de la obra.

A la conclusión que llegó fue que ellas dos acabarían muriendo de viejas en aquel planeta, y la idea no le preocupaba lo más mínimo: a fin de cuentas, la vida era finita, y tanto daba que transcurriese en un planeta o en otro… y casi mejor que transcurriese en aquel planeta que conocían y amaban.

Sam hizo una matización importante, a lo que Gwendoline añadió:

—¡Y un perro! Siempre he querido tener uno, pero nunca me ha parecido una mascota apropiada para un apartamento, o para la casa que tenemos. —Y como posiblemente existían razas pequeñas de perros que perfectamente servirían para un apartamento, añadió—: Un perro grande. ¡Uno de esos perros peludos que son más grandes que yo! O bueno, un labrador. Me conformo con un labrador.

Estaba segura de que Chess se llevaría bien con un perro; con Don Gato, las cosas no estaban tan claras; Don Cerdito, estaba segura, se acabaría encariñando con ese hipotético perro e iría a todas partes tras él.

Y entonces, Samantha Lehmann tuvo la osadía de retar a Gwendoline Edevane a darse un baño nocturno en aquella piscina que más bien parecía el pozo del espacio exterior, negro y salpicado de estrellas. La morena, lejos de echarse atrás, subió la apuesta: un buen baño desnudas, dando el primer paso de quitarse la parte superior del bikini.

Sam aceptó, y cuando Gwendoline quiso darse cuenta, la parte inferior del bikini de la señorita Lehmann, empapada, caía delante de sus pies. La señorita Edevane le sonrió con picardía, mordiéndose el labio inferior.

—Me parece un poco injusto que no me dejes ver cómo te lo quitas. —Gwendoline, quien jamás había mostrado un interés desmesurado por las partes íntimas de nadie, encontraba cada parte de la intimidad de su novia preciosa. Y aunque prefiriera los pechos, por todas las cosas que le hacía, Sam podía dar fe de que también estaba enamorada de su sexo—. Solo por esa desfachatez que has tenido, no voy a quitarme la mía despacio.

Y no lo hizo: sin mucha ceremonia, desató los nudos que unían las tiras de la braguita, y la dejó caer en el suelo, junto a la de Sam. Y allí, totalmente desnuda, contempló a su novia elevando su voz en dirección a las estrellas.

—¿Quieres gritar? ¿En serio? Porque yo quiero hacer otra cosa —dijo Gwendoline, y por la sonrisa pícara que dibujó en sus labios, tal parecía que, una vez más, hablaba de sexo.

Gwendoline, definitivamente, no hablaba de sexo: retrocedió varios pasos y, una vez creyó que había distancia suficiente, echó a correr, y una vez llegó al borde de la piscina, dio un salto hacia delante, se hizo un ovillo en medio del aire, y aterrizó ruidosamente en el agua, salpicando en todas direcciones —incluida la cabeza de Sam.

Permaneció sumergida algunos segundos, y entonces nadó hacia la superficie moviendo únicamente los pies. Su cabeza emergió justo al lado de Sam, y en esa zona casi hacía pie. La diferencia de estatura entre ambas marcaba la diferencia.

—¿Quién es la friolera ahora? —dijo Gwendoline, riendo, para bajar un segundo la mirada—. Se nota que tienes frío. —Se refería, obviamente, a los pezones de la rubia, que se habían endurecido.

Para ser justas, los suyos estaban igual, y se le había puesto la carne de gallina por lo súbito de la entrada en el agua. Y si bien el agua no estaba congelada, tampoco era aquello un baño de burbujas, así que pronto empezaría a temblar.

—¿Sabes a qué me recuerda esto? —preguntó Gwendoline—. Al Magicland. Con la diferencia de que ahora puedo hacer esto.

Sin dar ocasión a su novia a responder, Gwendoline unió sus labios con los de ella en un beso lleno de ternura y cariño. Rodeó el cuerpo desnudo de su novia con sus brazos, pegándose a ella hasta sentir el contacto de su piel, y continuó besándola con la misma ternura durante algunos segundos más.

Al separarse, se quedó muy cerca de ella, sonriéndole.

—Cuéntame más de esa nave tuya —le pidió, acariciando su rostro mojado y perdiéndose en sus ojos, que parecían luminosos aún en aquella penumbra—. ¿Dónde estamos nosotras dos? ¿Tenemos empleos interesantes? ¿Tenemos nuestro nidito de amor, o nos está prohibido el sexo sin fines reproductivos? —Y soltó una risita divertida.

Gwendoline, en aquellos momentos, se sentía mejor de lo que se había sentido jamás. Se sentía tan libre en aquel lugar… Se encontró deseando que aquella experiencia durase para siempre, que no tuviesen que regresar a la asquerosa realidad de Londres.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Oct 17, 2019 2:42 am

Esa idea de la nave surcando el espacio con la humanidad restante en su interior había sido una idea totalmente del momento, sin ningún tipo de profundidad narrativa ni lógica. Samantha se había puesto a soñar y… directamente era lo que estaba contando, como si algo de eso pudiera tener sentido. Aunque ojo, en su mente tenía sentido. Eso sí: Gwendoline era la oficial número uno para darle la vuelta a sus ideas, lo cual estaba bien porque siempre había algo que otra persona iba a encontrar muy diferente a cómo lo encontrabas tú.

―Pero esa película era malísima la cogieras por donde la cogieras, Florecilla. ¡No compares mi obra de arte con esa cosa! ―Le reprochó, evidentemente divertida―. Lo que yo digo es que la nave sí que tendría un sistema para generar agua de manera autónoma, así como su propia planta destinada a los cultivos de comida en zonas con unas condiciones específicas. Y claro, la nave estará preparada para dar ciertas provisiones a la semana, o al mes, por lo que el control de natalidad estaría muy bien controlado porque no puede haber superpoblación en la nave o sí que se iría todo a la pique. ―Cuando le rechistó con respecto a las rebeliones, Sam asintió divertida a su idea de las descargas eléctricas―. Oye, no sería mala idea. Pero de base me imagino que la población que esté ahí sepa qué es lo que hace ahí, además de que si todo está bien controlado no necesariamente habría rebeliones. Pero lo del chip me gusta, me lo apunto ―dijo divertida.

Cuando mencionó al perro, le vino a la cabeza el perro que tenía su abuela en casa, en Austria, cuando ella era pequeña. Era tan repipi como su propia abuela, por lo que quizás eso había hecho que Sam se decantase por los gatos en vez de por los perros: los traumas de pequeña son muy duros. ¡Y ese maldito perro intentó moderla una vez!

―A mí me gustan los pastores alemanes ―le dijo, sonriente―. No me gustan los perros pequeños, mi abuela tenía uno que era un demonio y creo que les cogí un poco de miedo. No paraba de ladrarme y me odiaba. ¿Desde cuándo un perro es así? ¿No se supone que son todo amor y devoción? ―Hizo una pausa―: Y por eso soy de gatos. ―Rió, divertida.

En realidad sí que le gustaban los perros, pero los que no estaban poseídos por el demonio, los cuáles solía ser más propio de los perros pequeños que de los grandes.

Después de eso, Sam fue la primera en meterse en la piscina de estrellas, sin tardar en ponerse a gritar. Había un poco de eco al estar bajo unos riscos muy altos, pero allí, con absoluta certeza, no las iba a escuchar absolutamente nadie. Llevaba todo el día sin aparecer ni un alma, por lo que a esa hora estaba segura que menos posibilidades había de que alguien se dejase caer por la zona.

Sin embargo, Gwen no quería gritar sino… si bien Sam pensó que se trataba de algo más travieso, lo que realmente quería era tirarse de bomba a la piscina, por lo que no pudo evitar sonreír al verla. Cuando salió, la muy inglesa le devolvió la jugada, remarcando la evidencia de que hacía un poquito de frío, o al menos así lo notaban sus pezones.

―Ya, ¿y tú qué? ―Aunque en vez de bajar la mirada, subió una de sus manos por su cuerpo para corroborar que ella estaba igual―. Mira la inglesa acostumbrada al clima gélido…

Cuando la besó, recordando el Magicland―hace ya literalmente un año―, Sam subió sus manos para rodear sus cuello y devolverle el beso, pensando que allí se estaba demasiado bien. Tampoco pudo evitar el pensamiento del Magicland, pues ella también recordaba aquella noche en la piscina después de haber pasado la ‘incomodidad’ de aquel intento de beso en la noria. Aún recordaba perfectamente cómo había sopesado la opción de intentarlo, pero terminó por optar por lo más fácil: dejarlo todo tal cual estaba porque era más fácil; más sencillo de lidiar. Ahora miraba hasta aquel momento después de lo que había vivido con Gwen y… qué idiota había sido, el ‘ser amigas’ no era el problema de arriesgarse, sino la evidencia de que todo iba a salir bien.

En realidad a veces miraba hacia atrás y se sorprendía de lo fácil que había sido todo con Gwendoline, a excepción del claro tema sexual que costó un poco más que llegase, pero que para nada parecía una limitación.

Cuando se separó y le preguntó por la nave, Sam soltó una pequeña risita.

―Vale, pero con la condición de que no me lleves más la contraria ―le propuso como reto divertido a la corta rollos profesional, para entonces, aún abrazadas, continuar hablando―: Tú eres la jefa de enfermería de la nave y yo soy… profesora. ―Le costó un poco, pero al final se decidió porque teóricamente, aunque fuera legeremante, su profesión siempre fue instructora, que era lo mismo que profesora, al menos en parte―. Profesora de Historia: haría conscientes a los más jóvenes de dónde venimos y, sobre todo, a dónde vamos. ―Más contenta con la resolución de su trabajo, continuó―: La homosexualidad está bien vista porque es una pareja que no tiene hijos indeseados ya que hay un gran control de natalidad debido a los recursos escasos que hay, por lo que tú y yo estamos juntas y podemos tener todo el sexo que tú quieras. Podemos tener sexo en la enfermería porque eres la jefa y puedes hacer lo que quieras, o puedes venir a mi despacho y lo hacemos sobre mi mesa. ―Y entonces rió, sin apartar la mirada de ella―. O siempre podemos hacerlo en nuestro nidito de amor. ―Pero entonces abrió los ojos ampliamente, sorprendiéndose de la idea que se le acababa de venir a la cabeza―. ¡O quizás en realidad es una sociedad super nazi que obliga a que hayan parejas heterosexuales para poder regular la natalidad de manera exhaustiva y ambas tenemos una pareja con pene pero la repudiamos porque nos amamos nosotras y nos vemos a escondidas para poder ser felices! ―Terminó con la boca abierta, sorprendida y en modo dramático―. Eso sería muy triste. Y en ese caso el sexo estaría prohibido si no es con fines reproductivos: ewww, ¡un pene! ―Y rió divertidísima, aún sin soltarse de ella.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Oct 17, 2019 3:36 pm

Resultaba divertido escuchar como Sam, poco a poco y casi sin darse cuenta, iba restringiendo cada vez más las libertades de los pobres habitantes de aquella nave.

La escuchaba con una sonrisa divertida en los labios, preguntándose en qué momento acabaría sugiriendo lo de ejecutar a cualquiera que se le ocurriese desafiar las normas establecidas. Es decir, era lo lógico, ¿no? Para que una historia tuviese algún tipo de conflicto, no todo podía ser bonito.

—No creo que a tus personas futuras les haga mucha gracia eso de que les racionen la comida —dejó caer—. Pero en serio, está bien: tiene que existir algún tipo de conflicto en esa historia tuya. Si todo es felicidad, paz y armonía, el lector tiende a aburrirse.

La morena no recordaba si alguna vez habían mantenido una conversación acerca de perros, pues ambas tenían gatos, lechuzas y un cerdito, y estaban la mar de contentas con ellos. ¿Para qué plantearse la posibilidad de tener un perro, uno grande como parecía gustarles a ambas, si ni siquiera tenían sitio donde tenerlo?

Y, siendo justos, Sam había tenido perro en los últimos tiempos, aunque ahora permaneciera en custodia de Caroline.

—Y, curiosamente, tienes un gato que es todo amor y devoción —dijo Gwendoline, con ironía—. Eres consciente de que Don Gato me odia, ¿verdad? ¡Lo digo totalmente en serio! —Pero se reía al decirlo—. Ya no le caía muy bien antes, pero desde que entré en tu casa bajo el control de Hemsley y le dejé inconsciente, me desprecia. Y creo que tampoco le hace mucha gracia que seamos pareja. Voy a suponer que el problema es mío.

Ya desnudas y sumergidas en esa pequeña poza de agua salada en calma, tiritando bajo la superficie, ambas remarcaron que la otra tenía frío, cosa que resaltaba a la vista. Cuando Sam señaló que Gwendoline mostraba el “mismo problema” que ella, la morena hizo amago de encogerse de hombros, cosa que no quedó muy bien mientras intentaba mantenerse a flote moviendo los pies.

Luego se besaron con gran amor, con gran pasión, y se dedicaron caricias llenas de ternura. Gwendoline le había recordado su estancia en el Magicland, cuando algo entre ellas había estado a punto de suceder pero finalmente no había sucedido. ¡Cómo de diferentes serían las cosas si en algún momento volvían allí! Casi que lo deseaba.

Con una mente mucho más abierta, y orientada al plano romántico, Gwendoline pidió a su novia que le contase más cosas sobre esa nave suya. Y ella lo hizo, pero con la condición de que la morena no le buscase los defectos.

—Bueno, vale. —Hizo rodar los ojos, fingiendo hastío—. Haré mi mejor esfuerzo. Palabrita. —De manera intencionada, imprimió a su voz un tono bastante repelente, como si supusiera un enorme esfuerzo para ella el mero hecho de dejarse llevar por la magia.

Gwendoline la escuchó con atención, todavía abrazada a ella, asintiendo con la cabeza mientras le narraba la primera parte: ella era doctora, Sam profesora, ambas mantenían una relación abiertamente homosexual con muchos sitios donde darle rienda suelta… Y entonces, puso cara de asco cuando mencionó que, quizás, tendrían parejas heterosexuales con fines reproductivos, y ellas dos mantendrían una relación en secreto.

Le había prometido no sacarle pegas a su historia… pero no pudo evitarlo.

—¡Ya tienes a la primera amotinada! —exclamó, en un tono de voz demasiado alto y alzando el puño en señal de rebeldía—. ¡Me gustaba más la primera versión! Porque no tengo intención de dejar que hombre alguno meta su cosa dentro de mí. ¡Soy doctora, tengo escalpelos y sé utilizarlos! —Rompió a reír, divertida por su propio entusiasmo, para luego recuperar la compostura y hablar, de nuevo, en voz más baja—. El sexo es algo muy importante —dijo la que había sido virgen durante treinta largos años—. Si le prohibes el sexo a un montón de personas encerradas en una nave, o les dices con quién tienen que hacerlo y cuándo tienen que hacerlo, se volverán todos locos.

Lo decía medio en broma y medio en serio. Realmente, lo más importante para ella no era el sexo en sí, por mucho que le gustase.

—Pero lo más terrible de todo sería obligar a dos personas que se aman a estar separadas. Eso no tiene perdón. —Miró a Sam a los ojos, todavía rodeándola con sus brazos y sin intención alguna de separarse—. Si me obligasen a permanecer separada de ti, a mantener relaciones con un hombre al que ni amo ni deseo, ten por seguro que causaría muchísimos problemas.

No era estúpida, y sabía muy bien que en esa situación hipotética o en cualquier otra, ella sola poco podría hacer. Seguramente, tendría que aguantarse… pero dudaba que tuviese estómago para ello.

No sólo porque la idea de tener a un hombre sobre ella, con su miembro dentro de ella, le produjese una repugnancia tal que le provocase náuseas, que también; lo peor de todo sería no poder estar con ella, con su persona especial, y saber que otro hombre asqueroso estaba haciéndole lo mismo a ella. Esa idea la volvería loca.

En ese punto de su vida, Gwendoline necesitaba a Sam tanto como podría necesitar el aire para respirar.

—¿Y si conviertes tu historia en eso? —preguntó, con un susurro—. La historia de dos chicas que vieron cómo su mundo perecía, que tuvieron que dejarlo todo atrás en un intento por salvarse, pero que a pesar de todo fueron incapaces de renunciar la una a la otra. La historia de dos chicas que lucharon por lo que creían justo, que se negaron a ser doblegadas.

Aquella historia tenía bastante de real, aunque Gwendoline fuera incapaz de verse tan valiente como su versión en aquella historia.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Oct 19, 2019 3:31 am

Pese a que era consciente de la limitación cariñosa de Don Gato, a Sam no le molestaba, pues era un gato que si alguna vez hacía algo cariñoso o amoroso con alguien, indudablemente iba a ser con Sam, pues era su dueña. ¿Y sabéis lo bien que se sentía la legeremante cuando su gato se acercaba a ella, sin más intención que recibir cariño humano? Era bonito.

―Es que tú te lo buscas, Gwendoline ―le dijo, cómo si fuera su culpa―. ¿Sabes lo mal que debe de sentirse mi pobre gato ahora que tú acaparas toda mi atención? ―Obvió el resto de cosas, pues eso era lo importante: que la única persona a la que Don Gato toleraba y quería, su dueña, ahora estaba embelesada por otra persona.

Una vez las dos en la piscina, Sam continuó con su historia galáctica. La verdad es que estaba improvisando totalmente, sin pensar en detalles en absoluto, por eso se aventuró a seguir diciendo cosas sobre cómo estarían ellas en una situación así. Evidentemente la austriaca también prefería la primera opción, pero la segunda era mucho más dramática y nazi.

Cuando Gwendoline mencionó lo de hacerlo con un hombre, ella arrugó la nariz, algo desdeñosa. Nunca en la vida había tenido ni siquiera curiosidad por ello, pues desde bastante joven ya empezó a sentir cierto desagrado en el simple hecho de besarse con un chico en Hogwarts, pues Caroline era una pesada insistiéndole en que lo probase o que correspondiese al idiota aquel que ni recordaba su nombre. Nunca entendió cómo a Caroline le gustaba besarse con Henry y claro, en su momento muchas veces lo achacó a los celos y nada más, ¡pero es que por aquella época pensar en cualquier cosa era… ewww! Cuando creció es que ni se lo imaginaba, pues sólo sentía desagrado al imaginarse un pene, mucho más al verlo. Así que no, no se podía imaginar, por mucho que dijera, la posibilidad de que un hombre pudiera tener sexo con ella.

Tenía bastante claro que saldría corriendo.

―Mejor nos quedamos con la primera versión en donde ambas somos felices ―le respondió, para luego encogerse de hombros―. Pero todavía hay cosas así en el mundo en donde vivimos, desgraciadamente, pues no es cosa de una historia de ciencia ficción. Hay países en donde prohíben a las personas estar con quien aman, bien por raza, por orientación, por ideales… ―Eso último, en su mismo país y mundo mágico. Al menos en su historia era por la supervivencia de la raza y el control de la población―. Yo desde que me pongo a pensar que hay personas intentando llegar a Marte cuando todavía hay personas en la Tierra a las que no les llega el agua potable, sé que todo lo estamos haciendo muy mal.

Había veces que se ponía a reflexionar y… era muy fuerte que todavía hubieran personas en el mundo que no tuvieran acceso al agua potable. ¡Al agua potable, que era un bien necesario para que el ser humano pudiera sobrevivir! Cuando veía ese tipo de noticias, documentales y todo eso, a veces le daban ganas de dejarlo todo e ir sólo a ayudar. Era super injusto que las clases fuesen tan diferentes.

Entonces su susurro le sacó de sus pensamientos, clavando su mirada en la de ella. La historia que proponía Gwen, si bien estaba ‘inspirada’ en lo que le acababa de contar de su historia, no se alejaba tanto de la realidad. Para empezar, desde que obligaron a Sam darle la mano a Sebastian Crowley y jurar aquello, para ella su vida y su mundo había caído estrepitosamente.

―¿Quieres que escriba nuestra historia? ―Le sonrió, pues pensó que había dicho eso siendo consciente del paralelismo, pero entonces se dio cuenta de lo que eso significaría―. ¿Te imaginas escribir una historia así, sin escatimar en detalles e intentar publicarlo en todo el mundo? ¿Te imaginas que se pueda hacer famosa una historia en donde se habla tan claro de nuestro mundo y todo el mundo no mágico pueda acceder a esa información? ―Preguntó, casi como si fuera una idea loca. Los magos, tan ávidos de poder, siempre habían querido mantener el mundo mágico y el muggle separados, por lo que sólo imaginar de lo que serían capaz de hay una fuga así de información, le daba hasta miedo―. Todo el mundo pensaría que es un libro de fantasía, cuando en realidad no es más que puro realismo, aunque nadie sea consciente de ello. Todo estaría claro, ¿pero quién se lo creería? ―Sonrió―. ¿Te imaginas a los ingleses después en el andén nueve y tres cuartos intentando pasar por la pared para intentar llegar al expreso?

Siempre habían dicho que antes de morir una persona tenía que hacer tres cosas: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Era algo bonito a tener en cuenta además de tu listas de metas personales y Sam, hacía poco, había plantado un árbol en el jardín de su casa en uno de esos días de quitar malas hierbas, regar y arreglarlo. Y desde siempre le había gustado la idea de escribir un libro: ¿pero de qué? Siempre pensó en que lo más divertido era ser creativa y hacer algo que a la gente le hiciese reflexionar, pero en ese momento su mente irónica solo podía reírse de ella: "Haz un manual de autoayuda para juramentos inquebrantables abusivos" decía, y repetía. Y en realidad le hacía gracia, pues había llegado el punto de reírse de su propia desgracia.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Oct 20, 2019 2:41 am

Gwendoline puso los ojos en blanco cuando dijo que ella se lo buscaba, para luego bufar con desagrado: estaba segura de que no se merecía ni siquiera un diez por ciento del desprecio que aquel gato mostraba hacia ella. Y de haber hecho algo así en el pasado, estaba casi segura de que había hecho lo suficiente como para ganarse su perdón, pues nunca escatimaba a la hora de comprar comida de gato de la mejor calidad.

Prefirió no entrar en el juego de defenderse, y pasó directamente al orgullo.

—El día que tu gato pueda darte las cosas que yo te doy, hablaremos —bromeó, y por mucho que pareciera lo contrario, una vez más, no estaba dando a entender nada sucio ni pervertido, como matizó a continuación—: ¿Se ha preocupado tu gato por abrazar la dieta vegetariana, aunque adorase los tacos con salsa picante? ¿Se ha preocupado por convertir esa dieta vegetariana en algo sabroso? ¿Ha convivido tu gato con los gases por un exceso de legumbres? ¡¿Cómo iba a hacerlo, si se infla la tripa a base de comida para gatos de la mejor calidad que no tengo problema en comprarle?!

Aquello, quizás, había sonado un poco intenso: casi parecía que Gwendoline, de verdad, tenía algo en contra de un gato cuyo cerebro no le daba para comprender los lógicos razonamientos del ser humano.

Ya sumergidas en las tranquilas aguas de aquella poza natural, piel contra piel bajo un cielo estrellado que más que negro era azul oscuro, ambas chicas retomaron en tema de la nave intergaláctica que transportaba a toda la raza humana en busca de algún planeta habitable que colonizar.

Samantha puso sobre la mesa algunas ideas desagradables, y Gwendoline no tuvo ningún tipo de tapujo a la hora de mostrar su descontento: no aceptaba una sociedad en que se la obligase a estar con un hombre solo por procrear, prohibiéndole estar con el amor de su vida. Su novia estaba de acuerdo.

También puso sobre la mesa otros temas importantes de aquel mundo real en que vivían.

—Siempre lo he dicho y siempre lo diré: el ser humano tiene una ambición mucho más grande que sí mismo, y no hace falta que señales al ansia de conquistar el espacio exterior como culpable —le dijo, con una triste resignación—. Ha habido incendios forestales este verano tanto en el Amazonas como aquí mismo, en las Islas Canarias. Nadie se ha preocupado demasiado. Sin embargo, cuando ardió Notre Dame, a las pocas horas ya habían reunido suficientes donaciones como para reconstruirla. ¿Tú crees que hay derecho a algo así?

Podría haber seguido enumerando cosas, como lo inmoral de dejar morir a una persona de una enfermedad que puede curarse únicamente por no tener dinero, o ciertos avances tecnológicos que podrían solucionar la vida a miles de personas que jamás tendrían porque no podían pagarlos. El dichoso dinero lo movía todo, y mientras la gente se moría de hambre en algunos países, en otros se paseaban en coches caros por las calles.

Sin lugar a dudas, la raza humana tenía una enorme deuda moral consigo misma.

Siguiendo esa línea de pensamiento, la de la nave que viajaba a la deriva en el espacio exterior, Gwendoline tuvo una ocurrencia: que Sam convirtiera esa historia… bueno, en la que ellas dos habían vivido.

—Estoy bastante segura, ya que hablábamos antes de universos paralelos, de que eso es real en alguna realidad alternativa: nuestra historia se cuenta en libros, pues muchos muggles ya nos considerarían ficción. —Casi se imaginaba a un montón de personas haciéndose fotografías delante del andén nueve y tres cuartos, posteándolas en Facebook e Instagram, y añadiendo algún comentario referente a este mundo mágico, se llamase como se llamase para ellos—. Pero no me refería exactamente a eso —matizó.

Con estas palabras, Gwendoline se soltó del abrazo de Sam, se puso boca arriba en el agua y nadó suavemente, contemplando las brillantes luces que titilaban en el cielo, como luciérnagas que permanecían suspendidas por encima de ellas.

—La historia de nuestro mundo es un asco. Algunos, si la creyesen ficción, seguramente la disfrutarían, pero nosotras hemos tenido que vivirla. —«¡Y vaya forma de vivirla!», pensó—. Si el ser humano disfruta la ficción es porque le resulta tan irreal que no cree que jamás pueda ocurrir algo así en su vida. Y sí, ya lo sé: técnicamente, para cualquier muggle que leyese nuestra historia, sería una muy buena ficción. ¡Seguro que incluso podrían hacer como yo y encontrar agujeros de guión! —No pudo evitar soltar una breve carcajada, divertida; entonces, volvió a ponerse seria—. Lo que quería decir es que… No sé ni lo que quería decir, pero no que escribieras nuestra historia palabra por palabra.

Se detuvo entonces en medio de la poza, recuperando una posición vertical y manteniéndose a flote. Buscó a Sam con la mirada.

—A dónde quería llegar, antes de toda esa divagación, es a que me gustaba la idea de las dos chicas luchando la una por la otra en esa nave tuya. Supongo que me gusta porque es ficción, pero vivirlo sería demasiado feo —dijo, con un deje triste en la mirada—. ¿Pero qué te voy a contar? Si ya lo estamos viviendo.

Lo dijo sin acritud, lejos de su intención ponerse triste igual que hacía dos días. Quería mantenerse positiva en la medida de lo posible, despejar sus ideas, y regresar a Londres con una nueva mentalidad que le permitiese afrontar todos los problemas que seguirían allí, haciendo cola delante de su puerta, esperando su turno para molestarla.

—¿Salimos? El agua está muy bien, pero me apetece sentarme un rato junto al fuego —sugirió con una amplia sonrisa en los labios, para luego tomar su mano bajo el agua y comenzar a nadar en dirección a la orilla.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Oct 21, 2019 3:20 am

Pese a que realmente tal y cómo había hablado Gwendoline de su pique con Don Gato, parecía que era algo real, Sam no pudo evitar escucharla todo el rato con una sonrisa en los labios. Cuando habló de los gases, además, soltó una divertida carcajada. ¡Las malditas legumbres! La verdad es que había sido un detalle por parte de Gwendoline hacerse vegetariana también, pues Sam no se lo había pedido y sabía cuánto le gustaban los tacos. Sin embargo, después de ya bastante tiempo sin probar carne, Sam se sentía bastante bien consigo misma, por no hablar de que ya se había acostumbrado a tener una dieta más limitada, pero igual de rica si sabías hacer las cosas y ser un poco de creativa en la cocina. Era divertido eso de meterte en la cocina e intentar improvisar con cosas vegetarianas a ver qué salía.

Sam se limitó a negar con la cabeza cuando Gwendoline habló de los incendios forestales y del poco caso que se le hacía a eso, mientras que Notre Dame había recibido suficientes donativos como para restablecerla y hacer una réplica igual si se quería. El ser humano, además de la deuda moral que tenía consigo mismo, parecía no ser consciente de que llegado el momento y el mundo se fuese a la mierda y el último árbol hubiera caído, uno no iba a poder comerse el dinero.

Los seres humanos más egoístas habían sido lo que habían conseguido hacerse con el poder, por lo que estábamos todos sentenciados. Parecía que los más concienciados con el medio ambiente eran los pobres que no tenían medios para crear el cambio.

Pese a que la invitación de Gwen parecía que quería que hablase de la historia de ellas dos, Sam había entendido perfectamente que no se refería específicamente a ellas dos, sino a las supuestas Gwen y Sam que vivían en esa nave a la deriva en el espacio. Sin embargo, cómo su explicación fue tan parecida a su vida actual, no pudo evitar hacer la broma y continuar con un supuesto “qué pasaría sí…”. Aún así, la escuchó atentamente antes de matizar nada, pues le gustaba escucharla hablar.

Mientras Gwen flotaba en el agua, Sam se había quedado apoyada a un roca, observándola casi de manera hipnotizante.

―Ya sabía que no te referías a que escribiese específicamente de ti y de mí ―le respondió, esbozando una pequeña y ladeada sonrisa en el rostro―. Pero es lo que dices: por mucho que cambiemos la ambientación y el tiempo, casi parece que ambas realidades están unidas. No estaremos en una nave espacial intentando conseguir que la raza humana sobreviva y luchando por la otra, pero estamos en el Planeta Tierra, viviendo momentos difíciles y luchando la una por la otra ―añadió, para entonces convertir la sonrisa en una más tiernas―: Da igual la versión de Sam o la versión de Gwen, me gusta pensar que en todas siempre la una lucha por la otra y lo dan todo para proteger lo que creen que es justo y lo que quieren.

Se separó entonces de la piedra, acercándose a su Florecilla del Desierto. Puso sendas manos sobre su rostro, pasando su pelo por detrás de sus orejas, para entonces asentir cuando dijo que quería salir del agua.

―Por mucho que hablase de ellas, también estaría hablando de nosotras. ―Se acercó a su nariz, como si fuera a darle de esos juguetones besos en la punta, pero en vez de darle un beso, le lamió la puntita y luego lo saboreó, divertida―. Me encanta que estés salada.

Nadaron hasta el borde para salir de la piscina y Sam soltó a Gwen para que saliera ella primero, observando su cuerpo desnudo caminar hasta el pequeño fuego que habían hecho para calentarse un poco. Sam se había quedado en el interior de la piscina, apoyada con las manos al borde y su cabeza sobre ellas, simplemente mirando.

A veces hasta ella tenía la sensación de que la vida que habían tenido que vivir era una mierda, pero luego volvía al presente y veía lo que tenían y… hasta se sentía mal odiando un pasado que la había traído a esta maravilla. Pese a que su historia fuese un asco y hubiera podido ser de otra manera, Sam se sentía orgullosa de haber sobrevivido y de estar ahí en ese momento. Pese a que todavía le costaba asimilarlo, había valido la pena luchar para llegar ahí.

Cuando vio que Gwen se puso la toalla por encima y se sentó frente al fuego, Sam salió de la piscina haciendo fuerza con sus manos antes de sentarse en el borde. Se puso en pie y caminó hacia Gwen, pero no cogió su toalla, sino que le hizo una señal a la morena para que le abriese la suya y poder sentarse justo detrás de ella, abrazándola por la espalda. Entonces, con la toalla, se tapó a ambas. Apoyó la cabeza sobre el hombro de Gwendoline, besando suavemente su cuello antes de cerrar los ojos y pasar las manos rodeando su vientre.

―Aunque lo que estamos viviendo es feo… ―Rescató lo que había dicho Gwendoline antes, la cual le había dado qué pensar. “Feo” era solo un calificativo bonito y cutre con lo que definir lo que vivían sin sonar catastróficas. Hablaba en voz baja y solo hizo una pausa, antes de continuar―: Vivirlo a tu lado le da color a todo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Oct 22, 2019 4:45 pm

Sam tenía razón: fuera cual fuera el contexto histórico, fuera cual fuera el universo y la temática, ambas se identificaban con la idea que había propuesto.

El mensaje de fondo era muy bonito: sin importar cuál fuera la realidad, cuál fuera el contexto histórico o cómo fuera el mundo que las rodeaba, ambas luchaban la una por la otra. Había algo de romanticismo trascendental en esa idea, casi como si sus almas viviesen distintas vidas a lo largo y ancho de un gigantesco multiverso, y de alguna manera lograran permanecer unidas en todas y cada una de esas realidades.

¿Era algo así posible? Desde luego, sería precioso que fuera posible.

—Me gusta esa idea —respondió, pensativa, todavía con las estrellas flotando en el cielo ante sus ojos—. Aunque resulta un tanto agotadora. La gente suele decir que el drama les da la vida, que disfrutan de la ficción dramática, y yo digo una cosa: el drama deja de ser divertido en el momento en que te ves obligada a formar parte de él.

Lo comentó con un tono de voz divertido, pero no dejaba de ser cierto: a veces, en sus vidas, lo único que Gwendoline le pedía al maldito universo era un descanso, un alto el fuego definitivo. ¿Sería posible algo así? Porque lo que antes daban por sentado, esa calma, ahora se antojaba pura ficción.

Cansada de flotar, y sintiendo los primeros asomos del frío nocturno, Gwendoline volvió con Sam y sugirió terminar aquel baño nocturno, tan lleno de reflexiones.

Sonrió ante su respuesta, y cerró los ojos cuando ella depositó un beso en su nariz. Lo siguiente que dijo la hizo reír, y no pudo evitar pensar que a ella Sam le gustaba dulce, salada, o con el sabor que fuese.

—Y yo pensando que te gustaba más el azúcar... —le respondió con un guiño cómplice.

Al salir del agua —sin darse cuenta de que su novia la miraba como si fuese algún tipo de maravillosa obra de arte de carne y hueso—, Gwendoline ni se molestó en ponerse de nuevo el bikini: simplemente, tomó la misma toalla con que se había estado tapando hasta entonces y la echó por encima de los hombros. Caminó hacia la hoguera dejando tras de sí un rastro de gotitas de agua en el suelo de roca, y entonces se sentó junto al fuego. Utilizó un borde de la toalla para secarse un poco la frente, que era prácticamente lo único que le molestaba de estar chorreando.

También ella observó cómo Sam salía del agua y se recreó en las formas de su perfecta anatomía. «Perfecta a mis ojos, y perfecta a los ojos de cualquiera», se dijo, sintiéndose afortunada de que aquella hermosa visión —parecida a la imagen que tenía en la cabeza de las diosas de la mitología griega— estuviese reservada únicamente para sus ojos. Y si bien generalmente sentía lujuria al verla desnuda, y ese momento no era distinto, también se permitió admirar lo hermosa que era Sam, en su totalidad.

La rubia caminó hacia ella y Gwendoline la miró sin disimulo alguno, sonriendo. Cuando le hizo aquella señal, no dudó ni un segundo en dejarla pasar al interior de su toalla. Enseguida sintió la piel desnuda de ella en la espalda, salpicada de gotitas de agua salada, así como sus manos en el vientre y su barbilla y sus labios en el cuello.

Cerró los ojos y sonrió, buscando una de sus manos con su diestra.

—Tienes razón —le respondió, sintiendo el corazón acelerado dentro del pecho—. Tienes que perdonar a tu novia: como dicen en ese proverbio, a veces los árboles no le dejan ver el bosque. —Apretó suavemente la mano de ella mientras se permitía disfrutar de aquel momento—. A veces estoy tan centrada en superar lo malo que puedo llegarme a olvidar de vivir las cosas buenas que tenemos.

Solía quejarse, cuando la presión podía con ella, de lo asquerosa que era la vida en general. Al pensarlo, en ese momento, incluso se sintió un poco mal por ello: esa vida que tenían era la vida que las había juntado.

Quizás su relación hubiera podido darse en otras circunstancias, eso no podía saberlo, pero en su historia había habido un hecho determinante: Sam le había faltado mucho tiempo, y cuando había regresado… se había dado cuenta de que no era únicamente una amiga, sino que la necesitaba. Y lo que le había faltado todo ese tiempo no era una amiga; era una parte de sí misma.

—¿Te hago sentir mal cuando te digo que nuestra vida es un asco? —aventuró a preguntar, volviendo ligeramente la mirada para poder ver sus ojos, en los que se reflejaban las danzantes llamas—. Porque a veces me da la sensación de que hablo demasiado, de que me quejo demasiado, y puede parecer que no valoro todo lo bueno que tú y solo tú le aportas a mi vida. Si es el caso…quiero que sepas que no es así. Tú también le das color a mi vida.

«Tú le das todo su color a mi vida», especificó mentalmente, dándose cuenta no por primera vez de lo grises que habían sido sus días antes del regreso de Sam.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Oct 23, 2019 1:08 am

Nadie en su sano juicio sería capaz de amar una vida así de dramática y caótica, llena de estrés e inseguridad. Podía entender el falso amor por el drama insulso y ficticio, pero no creía que nadie fuese capaz de acostumbrarse a una vida llena de malos momentos y desgracias. Si bien Sam seguía siendo amante del falso drama, ese que era más broma que realidad, odiaba mucho todo lo que le había pasado, así cómo la situación que le había tocado vivir con respecto a su libertad.

Así que le dio toda la razón, pues tanta mala suerte en tu vida termina por quitarte las ganas de todo. Era duro pensarte hasta tres veces si era estrictamente necesario salir de casa, sólo porque en la calle eras incapaz de sentirte cien por cien segura.

Se encogió de hombros cuando Gwendoline le dijo que pensaba que prefería el dulce.

―Tú estás buena siempre ―le respondió, algo traviesa―: Te pondría hasta por encima del chocolate en mi escala de sabores favoritos… ―Añadió mientras la veía salir, en esa declaración de amor.

De toda la vida el chocolate había encabezado su lista de sabores favoritos y no era un secreto, mucho menos para su mejor amiga de toda la vida. Pero ahora… estaba claro que tenía de otras prioridades.

Sam salió después de Gwendoline, sin ganas de volver a separarse en dos toallas. Se unió a ella, abrazándola por detrás como quién abrazada a un osito de peluche bajo la manta porque tiene mucho miedo o mucho frío. La verdad es que después de abrazarla bajo el agua, se había quedado con ganas de no soltarla. En aquel momento, por mucho deseo que pudiera tener por ella―que lo tenía, indudablemente―, sólo quería abrazarse a ella y quedarse así un buen rato, hasta que su cuerpo se secase y se calentara junto al de ella.

No dijo nada a su disculpa, pues aunque Sam intentase ser optimista, era totalmente consciente de que la situación que vivían era bastante horrible, invitando a pensar de manera más drástica y pesimista. ¿Y cómo la iba a culpar por pensar así? Sin embargo, después de estar al límite en varias ocasiones, ahora mismo Sam valoraba mucho lo que tenía como para pensar que era ‘feo’ lo que estaba viviendo. ¿Cómo iba a ser feo después de haber vivido dos años de fugitiva bajo el jugo de un Crowley? En comparación ahora mismo estaba viviendo en un arcoiris. Un arcoíris limitado con rejas, pero… al menos ella se sentía viva.

No fue hasta que Gwen le preguntó que si le hacía sentir mal lo que había dicho, que no lo procesó. ¿Y si sí le afectaba de verdad, aunque ella dijera que no? ¿Y si por eso había ido como una niña pequeña a abrazar a su tesoro después de que le dijera eso?

Su mirada azul conectó momentáneamente con la de Gwen cuando giró la cabeza, pero no dijo nada hasta que ella terminó de hablar. Era una tontería, ¿sabes? Sam sabía perfectamente que Gwen la quería y que estaban viviendo bien, felices, pero igualmente toda la situación fuera de su pequeña burbuja de felicidad influía. Estaba el Ministerio de Magia, ella como fugitiva, la Orden del Fénix, todos los amigos que tenían que podían terminar también en situaciones peliagudas…

Volvió a besar su cuello con dulzura cuando afirmó que ella también le daba color a su vida.

―No me haces sentir mal... ―le respondió, sin tener muy clara ella tampoco esa afirmación―. Es solo que… me recuerdas que todo lo especial que podría ser lo nuestro está siendo opacado por toda la basura que estamos viviendo y… no sé, me da pena ―confesó, algo triste―. Yo sé que lo nuestro va bien, pero igual me molesta que todo lo que pasa fuera nos influya a nosotras, es como si no hubiéramos podido… vivir bien lo nuestro. ―Y entonces se dio cuenta de algo―: Quizás sí que me hace sentir un poco mal, pero porque aunque las cosas no estén ocurriendo como queremos que ocurran, yo no puedo considerar estar viviendo un asco de vida después de todos los años que pasé… por ahí yo sola ―lo dijo de esa manera porque no quería darle importancia a lo que no venía a cuento en el discurso―, es decir: yo siento que estoy viviendo un pequeño resurgir y estoy feliz pese a todo lo que nos rodea y me parece injusto que todo eso… le esté quitando importancia a lo nuestro.

Quizás si llega a ocurrir en otro momento la cosa hubiera sido muy diferente en esa relación, pero tal y cómo había ocurrido, habían tenido que lidiar con la relación a la par que lidiaban con un gobierno que quería encerrar a una de las partes, a la fugitiva hija de muggles aparentemente asesina y peligrosa.

―Porque en el hipotético caso de que nada de esto se solucione jamás en la vida y los puristas se queden en el poder para siempre, yo no quiero estar viviendo un asco de vida contigo. Van a hacer tres años en el poder ―recordó, sin sonar drástica―: Y no quiero esperar de brazos cruzados los años que sean a la espera de poder vivir bien. No quiero depender de ellos para vivir bien a tu lado.

Lo cual era obvio: Sam no podía depender de ellos para nada, desde hacía ya mucho tiempo. El único motivo que hacía que siguiera pendiente de ellos era Gwen.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Oct 23, 2019 2:19 am

Ante la afirmación de Sam de que “su sabor” acababa de quitarle el primer puesto al chocolate en su podio personal, Gwendoline abrió los ojos y la boca en una genuina muestra de sorpresa.

¿Tenéis una ligera idea, la más mínima, de lo importante que era el chocolate en la vida de Samantha Lehmann? Porque para ella, a veces, más parecía una pasión que un gusto personal. Había crecido con ella, y el chocolate siempre había jugado un papel vital en su vida, ya fuese para degustarlo tal cual era, o para elaborar recetas con él. ¡Sam amaba el chocolate!

La expresión de genuina sorpresa fue sustituida por una sonrisa de genuina admiración.

—Creo que eso es lo más romántico que me has dicho nunca —le confesó, medio en broma, medio en serio—. Ahora sé que me quieres de verdad. —Y la obsequió con un abrazo, lleno de amor.

Gwendoline, más a menudo de lo que la gente podía pensar, tenía momentos como aquel, en que reflexionaba acerca de sus propios errores.

Aquellos errores, por norma general, se veían opacados por el miedo que reinaba en a su alrededor a cada segundo que vivían en Londres. Quizás por eso nunca se había puesto a pensar en ello de aquella manera. Ahora, quitando el miedo de la ecuación, quitando de en medio los árboles, Gwendoline por fin podía ver el bosque en su totalidad. ¿Y cuál era ese bosque, exactamente?

Todo lo que importaba: Sam, su vida con ella, la vida que habían compartido previamente, el futuro que se les presentaba por delante... Y de repente sintió esa inseguridad. ¿Y si sus palabras, y si su visión negativa del mundo, hacía sentir mal a su pareja? ¿Y si ella pensaba que no valoraba lo bonito de su relación a causa de todos los peligros y toda la basura entre la que tenían que abrirse paso?

Se sintió genuinamente mal por ello, y una sensación pesada le atenazó el estómago.

A pesar de lo delicado de las palabras de su novia, venían a confirmar lo que temía: mientras Sam era un globo aerostático que intentaba elevarlas, ella actuaba como la pesa de dos toneladas que se empeñaba en mantenerlas ancladas en la tierra.

Nunca había tenido una pareja seria, ni había amado con toda su alma a nadie, antes de Sam… y lo estaba haciendo mal. Fatal, de hecho.

—Lo siento —le dijo con un hilillo de voz, bajando la cabeza en señal de derrota—. Es que tengo miedo.

Fue una confesión directa, descarnada, directa desde el mismo centro de su corazón. Gwendoline vivía con miedo, y seguramente Sam ya se lo imaginaba. No había que remontarse demasiado...


***

Flashback - 15 de abril de 2019

Había sido una conjunción de coincidencias, una tras otra, que habían alimentado un miedo que residía en ella desde lo ocurrido con Zed Crowley. El último de los hermanos de aquella podrida línea familiar había implantado en su interior un miedo y una inseguridad que nunca antes había sentido, y si había algo peor que el miedo por perderse a sí misma… ese era el miedo por perderla a ella.

Eran casi las doce de la noche, y su teléfono llevaba apagado o fuera de cobertura más de una hora.

Con el corazón en un puño, tratando de obligarse a sí misma a mantener la calma, Gwendoline volvió a llamarla una vez más. En el silencio de la habitación, con la única compañía de los dos gatos y el cerdito que tenían por mascotas, susurraba una y otra vez la misma súplica: «Cógelo, cógelo, cógelo, cógelo...»

Apagado o fuera de cobertura, otra vez.

El número de Santi sí daba llamada, pero sonó una y otra y otra vez, hasta que finalmente la llamada se colgó por sí sola. Para entonces, Gwendoline ya sufría un ataque de ansiedad y le temblaban las manos.

No tenía manera de saber que aquella noche Sam se había quedado sin batería, y Santi había dejado su teléfono móvil en el almacén, en silencio; tampoco tenía forma de saber que ambos, de hecho, estaban pasando un rato divertido mientras terminaban de limpiar el Juglar Irlandés.

Actuando de manera impulsiva, y sin contar con una varita para utilizar la aparición, Gwendoline había salido corriendo en dirección al garaje. Sabía que no debía conducir mientras tuviese el brazo en cabestrillo, que posiblemente tampoco debiera hacerlo en el estado en que se encontraba, pero igualmente se montó en su coche y condujo bajo la lluvia hasta llegar al Juglar.

No fue sencillo, teniendo el brazo en una férula, pero lo hizo.

Con su mano sana, Gwendoline había aporreado la puerta del Juglar Irlandés, que mostraba el cartel de “Cerrado” a pesar de tener las luces encendidas. Había pedido a gritos a quien fuera que estuviese allí que le abriese, y más pronto que tarde había visto una silueta acercarse a la puerta.

Santi había abierto la puerta, y Gwendoline le había puesto ambas manos en los hombros, con brusquedad, exigiéndole saber dónde estaba Sam. Estaba fuera de sí, y eso cualquiera podía verlo.

—¡Te he dicho que me digas dónde está, maldita sea! —le había exigido, y el pobre español, asustado, le había indicado dónde estaba.

Nada más verla, allí de pie, el teléfono móvil en una mano y el powerbank que le había regalado en la otra, Gwendoline había corrido hacia Sam y se había lanzado a sus brazos. La morena había roto a llorar de inmediato, hundiendo el rostro en el pecho de ella, mientras se aferraba a ella como un náufrago a un pedazo de madera.

—¡No me vuelvas a hacer esto, por favor! —le había dicho Gwendoline, desesperada.

Aquella noche, de verdad, había sentido miedo. Miedo de verdad, pues por una agónica hora de su vida había pensado que su vida se había terminado. Su vida terminaba si la de Sam terminaba, y eso lo sabía.


***

—Tengo mucho miedo —repitió, suspirando profundamente—. A veces no puedo evitar ver nuestra relación, nuestra vida, como un castillo de naipes: la más mínima brisa, la más mínima intromisión externa, podría destruirlo. No quiero sentirme así, pero...

«Pero». Ese era el tema. Los peros. Todo eran peros para su relación y la vida que ambas querían vivir. Inglaterra en sí misma se había convertido en enemiga de aquella relación tan hermosa que ambas compartían y querían tener. Mientras siguieran viviendo allí, el fantasma del miedo las perseguiría…

—Vámonos —dijo de repente—. Dejémoslo todo. Vámonos a algún sitio en que nos permitan ser felices. O mejor: quedémonos aquí, en estas islas. A nadie le importamos aquí, y es una sensación liberadora.

Sabía que no podían hacer eso, pero le apetecía creer que podían. Que algún día serían capaces de dejarlo todo atrás y de vivir su vida exactamente como querían vivirla, donde fuese que estuvieran.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Oct 23, 2019 3:35 am


***
Flashback

Sam estaba tranquila.

No se había dado ni cuenta de que tenía el móvil apagado, sino que al llevarlo en el delantal durante tanto tiempo sin que sonase ni vibrase, había dado por hecho de que sencillamente nadie le estaba mandando nada. Para colmo, cerrar con Santi el Juglar Irlandés era muy divertido y entretenido, por lo que lo último que haces es mirar el teléfono móvil cuando tenía tantas cosas que recoger y dejar preparadas para mañana.

Santi, además, le estaba contando―gritando cuando estaba en la planta de arriba y con voz normal cuando se acercaba a ella―su última experiencia divertida en la casa que compartía, pues al parecer tenía dos compañeros de piso que eran pareja y que parecían los problemáticos de la casa.

No fue hasta mucho tiempo después, que todo ya estaba prácticamente terminado, que miró la hora del reloj de pared de la cafetería y se extrañó de no haber recibido ningún mensaje de Gwendoline. ¿Y lo peor de todo? Que no la había avisado ella de que iba a llegar tarde para cenar y ya se estaba imaginando a una Gwendoline hambrienta frente a dos platos fríos.

Cuando cogió el móvil para revisar sus mensajes, se dio cuenta de que estaba apagado, por lo que se fue al despacho de Alfred―en donde guardaban sus cosas―y sacó de la mochila la powerbank para poder encender el móvil. De nada sirvió, pues para cuando vio las tropecientas llamadas perdidas de Gwen, ya la estaba viendo correr hacia ella. Se le cayó el alma a los pies cuando la vio así y si bien en una primera instancia no relacionó nada por el shock del momento, supo perfectamente que había hecho algo mal. Dejó caer su móvil y la powerbank al sofá que tenía a un lado y le envolvió con sus brazos de manera protectora casi instantáneamente.

―Lo siento ―le pidió, tragando saliva.

Si es que daba igual lo que hubiera hecho: pediría perdón hasta por no hacer nada si veía a Gwendoline de esa manera porque le dolía verla así. Y otra cosa estaba clara: no iba a volver a hacerle pasar por una situación así nunca más porque se negaba en rotundo a ser la causante de su estado.

―Perdóname, no me di cuenta ―le repitió en voz baja al caer en el motivo de todo eso, besando su pelo húmedo por la lluvia.



***

Ella era consciente de que Gwendoline tenía miedo pues en muchas ocasiones se lo había dicho y en muchas ocasiones ella misma lo había visto. Sam sabía que no podía hacer como si nada, hacer borrón y cuenta nueva para poder tener una nueva vida que vivir en absoluta plenitud: ella también tenía miedo. Ambas habían vivido cosas que jamás pensaron que tendrían que vivir y ahora mismo estaban lidiando con una situación que no solo venía con tener que sobrevivir en una sociedad que no aceptaba su relación ni a una de las partes, sino que además tenían que acarrear con los traumas de las experiencias pasadas.

No era una vida fácil y la rubia lo sabía. Ella también tenía mucho miedo, pero se aferraba a lo bueno que tenía a su lado e intentaba quedarse con eso, pese a que en muchas ocasiones no fuese suficiente.

Cuando Gwendoline volvió al tema de dejarlo todo, Sam pegó sus labios a su piel, quedándose en esa posición mientras la escuchaba hablar. Ella sabía que por mucho que les diese un arranque de locura en ese momento, quedarse en las islas no iba a servir de nada, como no serviría huir del maldito país: y todo lo que queda atrás, ¿qué? Al igual que durante los días que llevaban ahí no habían podido evitar hablar de todo eso, tampoco conseguirían evadirse tomando una decisión así de drástica. Había quedado claro que todo las perseguía allí a donde fueran.

―Yo también tengo miedo, Gwen ―le contestó, sin soltarse de aquel abrazo―. Tengo miedo de muchas cosas y no te voy a mentir diciendo que a tu lado se me pasa porque precisamente muchos de mis miedos tienen que ver contigo. Mi mente más horrible se encarga de recordarme cuando mejor estoy a tu lado, que quizás nuestra vida algún día decida sorprendernos con que hasta aquí hemos llegado. ―No podía recriminar a su mente por alertarla de su mala suerte o de gran imán para los problemas. Podría parecer una muchacha muy optimista por lo que decía, pero su mente no pensaba lo mismo en muchas ocasiones―. Y me pongo triste porque sé que aunque todo esté bien y haya muy pocas probabilidades de que ocurra algo porque estamos haciendo las cosas bien… La asquerosa posibilidad de que te pase algo, o de que nos pase algo, o de que pase algo malo en general… está ahí.

Claro que Sam también tenía la sensación de temor y la sensación general de que todo lo que les rodeaba era una mierda, ¿pero su vida? ¡La vida que estaba compartiendo con ella era lo mejor que había tenido en muchísimos años!

―Con esto quiero decir que… ―Apoyó la frente en el hombro de Gwen―. ¿Qué era lo que quería decir? ―Y no pudo evitar soltar un pequeño bufido divertido, para entonces elevar de nuevo la mirada y estrechar a Gwen con sus manos. No quería seguir con el drama, ni mucho menos hacer sentir mal a su novia, por lo que continuó de manera más despreocupada―: Que tener miedo está bien: nos hace cautas y nos hace valientes, pero no podemos rendirnos a él. Sabes que te quiero muchísimo y no quiero que tengas la sensación de que nuestra vida es un asco, porque lo que tenemos es maravilloso. La vida que comparto contigo es la mejor que he tenido nunca, así que si tienes miedo o crees que todo es un asco: apóyate en mí, que yo prometo hacerte feliz. ―Le dio un beso en el cuello y luego otro en la mejilla―. Y juntas lo hemos superado todo: también superaremos el miedo.

No era fácil llevar una relación así en un momento tan complicado y Sam lo sabía: ¿Gwendoline siendo trabajadora del Ministerio de Magia y ella fugitiva? Parecía que lo habían hecho a propósito para complicarse la vida. Aunque a decir verdad, muchos de sus miedos venían de antes de empezar con una relación sentimental, aunque ésto hubiese hecho a los miedos mucho más grandes.

―¿O no? ―preguntó entonces, medio juguetona, moviéndose de un lado para otro y moviendo a la par a Gwen, con suavidad.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Oct 24, 2019 11:50 pm

El miedo era una parte más de su vida, una fundamental y lógica: había que entender que, antes de todo el asunto del cambio de gobierno y los Crowley, lo más cerca que habían estado aquellas chicas de algo remotamente peligroso había sido la susodicha excursión al medio del bosque en la lluvia las había calado hasta los huesos.

Después, todo había llegado de repente, igual que un mazazo directo al estómago. Sin tiempo a tomar decisiones, habían tenido que reaccionar, más torpe o más hábilmente, siempre luchando para evitar ser aplastadas por una rueda que otros habían puesto en marcha.

Era natural tener miedo. Era lógico tener miedo. Y era triste que el miedo pesase tanto como para opacar otras partes más importantes de sus vidas.

En realidad, no necesitaba que Sam le explicase todas aquellas cosas. Había sido torpe, incapaz de darse cuenta de que su negatividad hacia la vida muchas veces hacía sentir mal a su pareja, pero no tan torpe como para no percatarse de que ella debía tener tanto miedo o más que ella. Ella era la fugitiva, a fin de cuentas, y mientras la morena quizás podría llegar a explicarse si el gobierno la pillaba en una situación comprometida, si pillaban a Sam, para ella se habría acabado el juego.

Cuando a Sam se le olvidó lo que iba a decir, Gwendoline compuso una sonrisa llena de esfuerzo, pero cansada a fin de cuentas.

Cansada porque sí, el miedo te mantenía viva, pero al final había una línea muy fina que separaba el vivir del sobrevivir, y Gwendoline a veces tenía la sensación de que había traspasado esa línea hacía mucho tiempo, y que el sobrevivir se había convertido en su modo de vida. Y en contadísimas ocasiones, como aquellas ocasiones, se permitía el lujo de vivir un poco.

No era justo.

—A veces es difícil sobreponerse al miedo —meditó, lanzando un suspiro, y dándose cuenta de que, con las tonterías, Sam había conseguido animarla un poco—. ¡Así no se puede! —protestó, lanzando un bufido divertido, al tiempo que se llevaba ambas manos a la cara—. ¿Cómo me voy a poner negativa con todas esas ondas positivas que estás lanzando en mi dirección? Simplemente, no se puede hacer. Es trampa. —Destapó el rostro y miró a Sam, cuya cabeza descansaba sobre su hombro—. Eres de lo peor.

Le dedicó una sonrisa sincera, y cuando Sam alzó ligeramente la cabeza, Gwendoline la besó en los labios. Después de eso, volvió la mirada al frente y fijó la mirada en las danzantes llamas que las acariciaban con su cálido abrazo.

—Estoy segura de que gran parte del miedo que siento tiene que ver con el Ministerio de Magia. Es el epicentro de todo lo que está mal en Inglaterra —meditó, más para sí misma que para Sam, a pesar de que lo dijo en voz alta—. A día de hoy, creo que sigo ahí porque no quiero privar a la Orden del Fénix de la información que me brindan, y porque no tengo ni idea de qué haría después. Me prometí a mí misma aguantar hasta el final de la carrera, pero...

Hizo una pausa, apretando los labios, todavía en actitud pensativa. Entonces, volvió a buscar las manos de Sam sobre su vientre con la suya propia, dándole un par de toquecitos suaves en el dorso de una de ellas con los dedos.

—Hipotéticamente hablando… e insisto en lo de “hipotéticamente” —puntualizó, volviendo una mirada seria en dirección a Sam—. Si decidiera que quiero encontrar otro trabajo y dejar el que tengo actualmente, porque tanto hipotéticamente como realmente, no tengo intención de irme de un trabajo sin tener otro, ¿cuáles crees que serían mis opciones? —Y volvió a darle dos toquecitos con el dedo en el dorso de la mano—. Insisto: hipotéticamente.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Oct 26, 2019 3:57 am

Ese era su superpoder… ¡aparentar felicidad para intentar creérselo! Vale, quizás no tal cual. Hasta ella misma sabía que ser optimista tenía su límite y que el auto-engaño era como hacerse cosquillas a sí misma. Sin embargo, fíjate: lo que empezó siendo una conversación bastante negativa, al menos había conseguido hacer que Gwendoline estuviese un poco más contenta y, sobre todo, riendo. La verdad es que le ponía bastante triste ver decaída a su novia por todo ese tema, pues le hacía recordar que por mucho que lo intentase, evadirse de eso era imposible. Ni siquiera unas vacaciones en otro país, en unas islas paradisíacas, había conseguido sacarles todo eso de la cabeza.

Cuando se destapó la cara, Sam la miraba con una sonrisa.

―¿Cómo que lo peor? ―Le reprochó, divertida―. Intento contagiarte de mi molesto optimismo.

Porque por mucho que dijeran, a veces el optimismo era hasta horrible. Sam intentaba comedirse porque evidentemente no era tan optimista como para parecer una ilusa: ella lo había pasado muy, muy mal como para saber el límite entre el optimismo y ser gilipollas. Simplemente intentaba no echarse más presión  y mierda con lo que ya tenían.

Gwendoline ya le había dicho que después de resolver lo del Juguetero, dejaría la Orden del Fénix, por lo que por esa regla de tres, dejaría de tener esa ‘presión’ con respecto a continuar ahí solo por el beneficio que era para la organización. Sabía que Sam también era un poco―bastante―pesada con lo de que dejase la Orden del Fénix y su trabajo en el Ministerio de Magia, pero es que ambas cosas sólo hacían dos cosas: recordarle todos los días lo horrible que era todo y, para colmo, ponerla en peligro.

Sam la admiraba―y la envidiaba un poquito―por hacer lo que hacía e intentar ayudar a buscar un modo de solucionar todo eso, pero creía que antes de ayudar con las vidas del resto, debía de preocuparse primero por tener ella una de calidad. Y así como estaba, no la iba a conseguir.

Eso por una parte, claro: en realidad el motivo principal de Sam es que no quería que estuviese en peligro, aunque eso significase dejar todo lo que ella considera justo en ese momento. Quizás por eso había dejado de insistir tanto al respecto.

Decidió no decir mucho al respecto, pues Gwendoline sabía perfectamente cómo opinaba la rubia sobre todo eso.

―Normal ―le reconoció―. Si algún día decides desvincularte activamente de la Orden del Fénix, podrías pensarte también el dejar el Ministerio de Magia.

Se sorprendió de que Gwendoline hablase del hipotético caso de que dejase el Ministerio de Magia, porque eso era un paso que le gustaba. Plantearse seriamente la opción de irse de ese nido de ratas era muy importante, por lo que Sam se pegó a ella y la abrazó más, para entonces pensar seriamente en qué se veía trabajando a Gwen. La verdad es que veía a su novia de muchas maneras, pero decidió ir por partes.

―Si hipotéticamente decidieras dejar tu trabajo en el Ministerio de Magia, que ya te aviso que en ese hipotético caso harías muy feliz a tu novia… ―empezó diciendo, sin poder evitar soltar eso antes de continuar―: Te visualizo en muchas maneras: primero, si yo puedo ser camarera, tú también. ―Y entonces rió, bajando ligeramente los labios para besar su hombro. En realidad a Sam no le gustaba nada ser camarera, pero se había ‘acomodado’ sencillamente por el buen ambiente en el que estaba, pero sentía que estaba… haciendo algo que no iba para nada con ella. Le desanimaba, pero como había sido el trabajo que le había dado de nuevo una vida pues tampoco podía quejarse―. Se me ocurre así a bote pronto… ¿Quizás como ayudante en algún herbolario o como ayudante de pociones médicas en San Mungo? O… ¿quizás pudieras pedir algún puesto de trabajo en la Academia de Desmemorizadores para enseñar a los nuevos? Siendo la directora del departamento… lo tendrías bastante fácil, además de que la academia está desvinculada del Ministerio de Magia, por lo que te alejarías de toda esa basura ―propuso como primeras ideas.

Tenía otra.

Y esa era una idea que siempre le había parecido que pegaría muchísimo con ambas, pues cuando eran pequeñas y estaban en Hogwarts, su lugar favorito era la biblioteca. Se recordaba a sí misma diciéndole a Gwendoline lo increíble que sería trabajar en una biblioteca, sobre todo si era mágica, pues soñaba con que siempre estaría leyendo algo, aprendiendo siempre cosas nuevas, pues estaba segurísima de que nunca podría llegar a saberlo todo del mundo mágico. Claro, era una Sam todavía entusiasmada y sorprendida de lo maravilloso y enorme del mundo mágico.

Además, si algún día trabajaba en una, tendría que hacer la broma de: “Hola, busco un libro” y ella contestar: “¡Menos mal que no buscaba un café!” Y reírse ella sola.

―O… también podrías buscar trabajo en alguna biblioteca mágica ―le sugirió―. Hay varias: están las de la universidad, que son dos enormes, luego otra en el Callejón Diagón que es increíble… Y no sé, podrías estudiar mientras estás allí, pues es un ambiente tranquilo y… estarás rodeada de libro. De pequeñas éramos muy felices rodeadas de libros ―le recordó, pues se imaginaba perfectamente a Gwen ejerciendo de bibliotecaria.

También serviría no estar en una biblioteca mágica, sino que fuera muggle, pero en el caso de Gwendoline, que podía todavía vivir en ese mundo, valía la pena conservarse en él.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Oct 27, 2019 1:09 am

Por mucho que estuvieran hablando, de manera hipotética, de la posibilidad de dejar atrás el trabajo en el Ministerio de Magia a cambio de una vida mucho más tranquila, para Gwendoline no era un proceso tan sencillo.

Para empezar, era el primer y único trabajo que había desempeñado en toda su vida, desde que se había graduado en la universidad.

Ese punto podía parecer irrelevante a ojos de cualquiera, y resultaba fácil caer en la típica filosofía de que, si en un lugar no se estaba a gusto, lo mejor era marcharse. Gwendoline no funcionaba así, no tenía ese espíritu aventurero que le permitiese desapegarse tan fácilmente de las cosas a las que vivía acostumbrada. Porque tal vez el Ministerio de Magia hubiera cambiado, pero había pasado muchos años dentro de aquel edificio, y dejarlo ir… no era tan sencillo para ella.

Lo mismo podría decirse de la Orden del Fénix, que si bien no llevaba tanto tiempo trabajando con ellos, sí se había implicado mucho con la causa que defendían. Le tocaba más de cerca de lo que creían algunos de sus integrantes.

Y, mencionando la Orden del Fénix, precisamente, Gwendoline se sentía en la necesidad de continuar trabajando dentro del Ministerio de Magia, igual que un caballo de Troya, para pasar toda la información posible a los fugitivos, permitiéndoles no solo estar más seguros, sino desarrollar algún plan para contraatacar y recuperar lo que se les había arrebatado.

Sí, estaba claro: dejar la organización borraba de un plumazo la necesidad de trabajar tras las líneas enemigas, pero tampoco se sentía capaz de abandonar tan fácilmente la lucha. No hasta haber solucionado algunos asuntos pendientes.

—Ya. Supongo —respondió a Sam, cuando su novia mencionó que la información ya no sería necesaria si abandonaba la Orden del Fénix.

¿Era la única presente en aquel lugar, ante aquella hoguera y junto a aquella tienda mágica, a la que todas aquellas palabras le sonaban terriblemente egoístas? ¿Abandonar la organización porque tenía miedo? ¿Cortarles el flujo de información, al menos en parte, porque tenía miedo? Sí, definitivamente, sonaba a una decisión egoísta, y entraba en la definición que tenía ella de rendirse.

«Así que me estoy rindiendo», reflexionó mientras dejaba escapar un suspiro. «Me estoy rindiendo como una cobarde.»

Cuando se puso a hablar de la posibilidad de dejar su empleo, aún cuando lo hacía de manera hipotética, Gwendoline sintió una confusa mezcla de emociones: por un lado, el alivio ante la posibilidad de saberse fuera de todo aquello, sin haber tenido que pagar un alto precio a cambio; por el otro, la decepción para consigo misma, sabiendo que podría haber seguido aguantando, sabiendo que su bienestar era un precio pequeño a cambio de todo lo que se podía ganar.

Decidió que no iba a mencionar esto en voz alta, que Sam no necesitaba saber esto. Le había prometido dejar la Orden del Fénix en cuanto detuviesen al Juguetero, y tenía intención de honrar esa promesa. No importaba lo mal que pudiera sentirse por abandonar tanto una cosa como la otra: nada podía compararse a lo mal que se sentiría si le diese la espalda a ella.

Escuchó las opciones que Sam le proponía en silencio, pensativa —respondiendo a la afirmación de que la haría feliz con una parca sonrisa, sin comentar nada—, y enseguida empezó a descartar cosas.

No quería ofender a Sam, pues sabía que era víctima de su propia situación, pero no tenía la más mínima intención de abandonar un puesto de directora en pos de uno de camarera, y mucho menos en el mundo muggle. Los muggles tenían la fea costumbre de pagar unos sueldos demasiado escasos.

Con respecto a todo lo que tuviese que ver con herbolarios, pociones o demás, Gwendoline sinceramente prefería terminar sus estudios primero. ¿Qué le podía ofrecer una aficionada sin título a un profesional? Nada, mejor aparcar esa opción para más adelante.

Lo mismo se aplicaba a San Mungo.

Lo de la universidad… resultaba pasable, estaba calificada de sobras, y seguramente ofrecería un buen sueldo. Tenía el único inconveniente de que debía dedicarse a una profesión que había aprendido a aborrecer. Aunque, por fortuna, sólo lo haría de manera didáctica, a su manera. Era una posibilidad.

Pero lo que de verdad le resultó interesante, y que sin duda sería una forma de recuperar la conexión con la que durante muchos años de su vida había sido una gran pasión, fue la opción de trabajar en alguna librería mágica. No tendría un sueldo tan bueno como en el Ministerio o en la universidad, pero...

—Eso último me gusta —dijo, y se notó en su sonrisa que, efectivamente, le gustaba la idea—. Me acuerdo de lo felices que éramos y de lo poco que lo hacemos actualmente. Creo que la última vez que me acordé de ponerme a leer fue cuando estaba de baja en casa. Y ni siquiera entonces lo hice bien: ese dichoso libro de Fuego y Sangre ha terminado criando polvo en una estantería.

El entusiasmo por aquel libro le había durado lo mismo que el entusiasmo por la octava temporada de Juego de Tronos. Es decir: más bien, poquito.

—Podría —empezó a decir, con aire pensativo—. Podría informarme de si alguna librería mágica busca empleados. Quizás sea una opción a largo plazo. —Esa era Gwendoline dudando, tratando de decidirse a dar un salto que una parte de ella sabía que no debía dar.

Cada vez que intentaba tomar una decisión así, que podría considerarse una “locura”, Gwendoline parecía topar con un muro invisible que le impedía pasar. ¿La única manera de tomar dicha decisión? Arremeter una y otra vez contra ese muro hasta conseguir debilitarlo, hasta llegar a la conclusión de que sí, debía hacerlo.

Para ello, primero, tendría que ser capaz de desestimar todos los contras.

—Pero de momento no te hagas muchas ilusiones —la avisó—. Sabes de qué pie cojeo, y lo lenta que soy para tomar decisiones importantes.

La historia de su vida: si Gwendoline no meditaba bien las cosas, generalmente no las hacía. En aquel momento lo único que podía prometerle a Sam era que lo iba a pensar, largo y tendido.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Oct 29, 2019 2:02 am

Leer, lo que se dice leer una novela, hacía mucho tiempo que Sam no lo hacía. Se había habituado más bien a utilizar su tiempo libre para escribir o para leer artículos, pues le gustaba mantenerse informada tanto con los descubrimientos como con las noticias del mundo. Era cierto que tenía una lista―en unas notas de su móvil―con libros que quería leerse, pero para eso tenían que darse dos factores: tener el libro y tener ganas de ponerse a leerlo.

En el Juglar Irlandés había unos cuantos que de vez en cuando leía, pero claramente tenía que ser un día muy aburrido―y no estar Santi trabajando―como para que Sam llegase a ese punto.

A Gwendoline le había gustado la idea de trabajar en una librería, o una biblioteca y Sam lo notó por esa sonrisilla que se le había colado en esa cara tan seria.

Aún así, le recordó a la rubia que no se hiciera ilusiones, pues sabía cómo era. ¡Já! ¡Que sí sabía como era! Sí que lo sabía, muy bien, además. Sabía que por mucho que le gustase la idea, sus responsabilidades tirarían con mucha fuerza en el sentido contrario. Ahora mismo la morena tenía muchísimas responsabilidades que ella misma se había tirado encima, por lo que dejarlas por propia voluntad le iba a costar más de lo que creía y Sam lo sabía. Vamos que si lo sabía…

―Bueno, intentaré recordarte todos los días las ventajas de trabajar en una librería y lo genial que sería ―le ‘amenazó’ divertida.

Ahora tenía un motivo válido para intentar convencerla de dejar el Ministerio de Magia, motivándola con alguna otra idea que sabía qué le gustaba, pues hasta ese momento había habido un gran vacío en el tema: sí, Sam quería que dejase el Ministerio de Magia, ¿pero para hacer qué? NADIE dejaría su trabajo por el que ha invertido tanto tiempo y dedicación para hacer algo tan cutre como ser camarera. Al menos ahora tenía algo con lo que motivarla un poco.

―Prometo solo recalcarte las ventajas de trabajar en una librería y nunca las desventajas de trabajar en el Ministerio de Magia: abogaré por las cosas positivas, nunca negativas ―añadió con una sonrisa, abrazándola más fuerte y meciéndose un poco con ella―. Y ahora que te he descubierto tu futuro trabajo perfecto, deberíamos ir entrando en la tienda o ponernos algo por encima porque me está entrando una brisa muy fresquita por debajo de la toalla que me está resfriando el alma ―le dijo, sintiendo su trasero bastante frío en comparación al resto de su cuerpo―. Además, me conozco buenas técnicas para entrar en calor. ―Sonó traviesa y seductora, pero entonces se acercó a su oído, como si fuera a decir algo muy sensual―. Te voy a enseñar ahí dentro mi truco maestro… ―Y tras morder suavemente su lóbulo de la oreja, añadió su gran apuesta―: Le llamo la Croqueta, consiste en enrrollarte con la manta de tal maner… ―Y rió divertida antes de terminar.


***
De vuelta a Londres
25 de agosto del 2019, 14:30 horas

Después del último almuerzo en Lanzarote, el traslador que era un monedero antiguo que, según Fawcett, pertenecía a su madre en sus tiempos mozos, las llevó de vuelta a Inglaterra, más concretamente al centro del patio del refugio de la Orden del Fénix. Dexter no sabía la ubicación de la casa de Sam y Gwen, por lo que no había podido hacerlo de vuelta en ese lugar en concreto.

Le habían dejado el monedero a uno de sus compañeros para que se lo devolviera a Dexter y así hacerle saber que habían llegado sana y salvas, pero con la misma se volvieron a su casa.

Nada más llegar, Sam estaba como está un perro cuando recién le cortan el pelo: triste y apagado. Había dejado sus cosas junto a la entrada y había ido directamente al sillón para acostarse. Apartó las cortinas de la ventana tras estirarse un poco y vio al otro lado un día pésimo: gris y con viento, pues el árbol de la vecina de enfrente se movía bastante.

Y no era solo el día: era volver a la rutina.

Vale que todavía les quedaba una semana de vacaciones pero… qué pereza. Una semana esperando para volver al Juglar Irlandés a repartir magdalenas y cafés.

Cerró los ojos, quitándose las sandalias y subiendo los pies al sillón. Se sentía vacía porque encima no estaban sus mascotas: suponía que Caroline se las había llevado a su casa para no pasarse todo el día en las de ella. Ya irían a buscarlas después o… seguramente fuese la misma pelirroja la que apareciese en cualquier momento con toda la manada.

―Gwen ―la llamó, aún con los ojos cerrados, pero alzó sendas manos al aire―. Ven, abrázame y durmamos una siesta.

Todo el mundo sabía que las siestas lo curaban todo.
Sam J. Lehmann
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