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Something we have in common {Freya&Gwendoline}

Gwendoline Edevane el Vie Sep 06, 2019 1:53 am

Something we have in common {Freya&Gwendoline} SgbXS6R
Martes 10 de septiembre, 2019 || Southwark, Londres || 19:57 horas || Atuendo

Con motivo de los recientes ataques del Juguetero—ese mago que había consagrado su existencia, por lo visto, a atacar refugios de fugitivos con artefactos mágicos en forma de juguetes, segando demasiadas vidas—, la Orden del Fénix había puesto en marcha un plan de evacuación para los fugitivos que, si bien no formaban parte de la organización, sí formaban parte de la red de contactos de ésta: a cambio de protección o lo que fuera que necesitasen, dichos grupos ofrecían aquello que pudiesen aportar a la causa.

Uno de los refugios, concretamente, se encontraba en el barrio de Southwark, al sur de Londres. Aquel lugar tenía una pésima reputación, relacionándose a menudo con la venta y consumo de drogas, así como con la delincuencia; casi parecía el lugar apropiado para asentar un refugio para fugitivos.

El refugio albergaba a unas veinte personas, más o menos, entre las que se encontraban cinco niños e, incluso, una joven squib que había logrado escapar a la persecución junto a sus padres. Se trataba de una base subterránea, un entramado de túneles situado bajo la catedral de Southwark. Gwendoline jamás había estado allí, pero su acompañante de ese día, sí: Xenobia Myerscough. La bruja había sido enviada a supervisar el traslado de aquellos fugitivos a un nuevo lugar seguro por medio de trasladores, entregados por el propio Dumbledore, que conducían a una nueva localización que solo él y Dexter Fawcett conocían.

La desmemorizadora estaba nerviosa, debía reconocerlo: hacía mucho que no hacía algo así, y por sencillo que pareciera, siempre cabía la posibilidad de que algo saliese mal.

—Cálmate.—Sugirió Xenobia, que caminaba a su lado por una calle que comenzaba a vaciarse, los ciudadanos volviendo a sus casas tras el trabajo.—Saldrá bien. Sólo hay que entregar el paquete, y listo.

—Ya.—Respondió Gwendoline, de manera distraída, con la mirada clavada en sus zapatillas de deporte.

Estaba nerviosa, y no se atrevería a negarlo: todo lo relacionado con el Juguetero la ponía de los nervios. Aquel individuo llevaba mucho tiempo sin hacer movimiento alguno, después de sus dos primeros ataques, y muchos habían comenzado a pensar que su amenaza se había terminado; ella no las tenía todas consigo, y no podía evitar que un desagradable escalofrío le recorriera la espalda con cada paso que las acercaba a la catedral.

—Saldrá bien.—Insistió Xenobia.—Se lo prometí a Samantha, ¿no? Y recuerdo que ella me prometió que me cortaría la cabeza si te pasaba algo.—La ex-periodista, poco dada a sonreír, hizo su mejor esfuerzo, y Gwendoline se lo agradeció.

—Sí, vale.—Gwendoline le dedicó una sonrisa forzada y la miró. Llevaba un atuendo parecido al suyo, y a ojos de cualquiera que las viese, parecían un par de deportistas. Xenobia, además, se había teñido de rubio el pelo para aquella misión.—Estaré bien, no te preocupes.

Recorrieron los metros que las separaban de la catedral en silencio, paseando de cuando en cuando la vista por los alrededores para asegurarse de que nadie las seguía. Por el momento, todo parecía ir bien, pero Gwendoline no se sentiría tranquila hasta que entregasen la preciada carga, que Xenobia llevaba en la mochila, y estuvieran de vuelta en sus respectivos hogares.

La catedral no tardó en alzarse ante ellas, y ambas brujas, después de cerciorarse de que nadie reparaba en ellas, cruzaron la puerta principal, que se abrió con un sencillo Alohomora conjurado por Xenobia. El lugar estaba cerrado al público a esas horas, por lo que esperaban no encontrarse a nadie en el interior.

La enorme capilla se extendía ante ellas, silenciosa como si de un cementerio se tratase. Gwnedoline no pudo evitar sentir que otro escalofrío le recorriera la espalda: en la penumbra, aquel lugar ofrecía un aspecto tétrico, como extraído de un relato de H. P. Lovecraft o Edgar Allan Poe.

—Vamos.—Indicó Xenobia, quien de inmediato comenzó a recorrer el pasillo a través de la hilera de bancos, en dirección al órgano que se encontraba al fondo. Gwendoline la siguió.

Por lo visto, debían tocar una serie de notas en el órgano, de tal manera que en el suelo se abriese una entrada con unas escaleras descendentes, las cuales conducían al refugio. Todo parecía sencillo.

Y lo sería, de no ser porque no habían caído en un pequeño detalle: el miedo al Juguetero les había hecho olvidarse de que existían otros problemas en el mundo mágico. ¿Qué problemas exactamente? Los mortífagos, que eran tan malos o incluso peores que el enemigo al que temían últimamente.


Catedral de Southwark:
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Gwendoline Edevane
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Freya Howll el Lun Sep 16, 2019 4:43 pm

¿Cómo es eso de que le has pegado a otra niña? — pregunté directa a mi hermana ganándome un llano silencio. Con Skadi recorríamos una zona bastante alejada de nuestro departamento, ella se mantenía callada como si no se tratase de un asunto de su conveniencia. —Skadi…— insistí. Alzó la mirada conectando con la mía, no pude evitar sentirme apenada de toda la situación.

Desde lo ocurrido el año pasado, Skadi, por decisión familiar, no pisaría Hogwarts hasta que cada uno de nosotros estuviese seguro de que no volvería a ocurrir un episodio similar. Es decir, hasta que el poder que nos gobernaba estuviese fuera de juego. Ella permanecería en nuestro resguardo y alejada de cualquier tipo de magia. No nos escondíamos, no éramos fugitivos, nadie nos estaba persiguiendo porque no había motivos exceptuando para una persona (si así se lo podía llamar). No la regalaría en bandeja de plata y este era un tema que ya habíamos hablado por lo que estaba zanjado. Por esa razón, Skadi asistía a un colegio muggle, nadie hacia preguntas, todos suponían que mi hermana estaba estudiando en casa, como una vez fue en mi infancia.

Sabes que no puedes usar magia, pero nos sorprendes y te sales con la tuya, encestando gratuitamente un golpe en el rostro de tu compañera de clases, creo no haberte educado así. — continué mientras nos dirigíamos a Bread Ahead, según el letrero que presentaba tal nombre.  

Hacia unos minutos nos hallábamos en la Catedral de Southwark, sí, era lejos teniendo en cuenta donde vivíamos, pero en una de esas aventuras que había realizado Skadi con la abuela la habían descubierto junto a toda la historia que conllevaba. Bastante bonita a la vista, aunque si querías tomarte una foto debías pagar cierto módico precio que a muchos turistas no les terminaba de convencer. A mí, menos.

Ella empezó. — quise reprocharle, pero su mirada me calló. —hablo de ti…— solo hizo que una ceja se alzase y maquinase más de un escenario.

Si bien mis abuelos se habían hecho cargo de la enseñanza de Skadi en el mundo muggle, este último tiempo, no todo era color de rosas. Era consciente de que nuestro reencuentro no fue del todo bueno y menos lo que pasó a continuación. Tampoco había que ser demasiado inteligente para que su regreso a las calles de Londres se viese afectado por mi reputación de modelo. El rumor de que había estado embarazada no se había ido del todo, menos cuando mi barriga se desinfló ante las cámaras y allí se volvieron a teorizar miles de estados de salud hasta la perdida del embarazo como que también era toda una estrategia de publicidad para llamar la atención. Pero como había mencionado, todo era un rumor, nadie había encontrado pruebas de que mi hinchazón de los primeros meses era un bebé como tampoco algún estudio médico.

Eran ridículos los medios de comunicación. Había dejado el modelaje y todas las empresas lo sabían. Era una pausa que necesitaba, mi representante —mi abuela— se había hecho cargo de todo lo que era la prensa y los comunicados se habían elevado a quienes correspondían, no obstante, aquí tienen a la gente que solo le gusta hablar mentiras sobre otras. Ese era el mundo del espectáculo.  

Skadi, no es ese motivo alguno para hacer lo que has hecho. — dije mientras abría la puerta del negocio y así entrar. —Sé que es duro para ti y para mí igual, las dos sabemos todo lo que sacrificamos para estar ahora juntas. No quiero que todo eso se vea interrumpido por las habladurías de ajenos. He escuchado a más de un programa de televisión hablando esporádicamente de mi y no por ello voy a lanzarles nada. — sonreí abrazándola. — Vamos, pidamos y nos vamos a casa.

Las donas en este lugar eran exquisitas y la muchedumbre cesó al cabo de unas horas. Las ventanas nos daban el indicio de que se estaba ocultando el sol hasta un nuevo día, era hora de volver. Con Skadi habíamos hablado de un poco más y como tenía la idea de volver al modelaje, al menos como modelo de ropa, no contemplaba la idea de modelar lencería. La marca que había dejado la cesárea daría de qué hablar y sabía que podía cubrirla sin que nadie se enterase, pero ese no era el problema, las dietas que ejercían las campañas para mantenerse delgada —más ahora que debía llamar la atención con un regreso— no estaban en mi lista de consideraciones.

Al salir tuvimos que recorrer la periferia de la catedral, parecía cerrada y era lo más probable, no había turistas merodeando y las celebraciones que se realizaban dentro habían ya sido realizadas.

Freya…— murmuró Skadi espantada. Alcé la mirada y vi como tres mortífagos caían elegantemente entre las tinieblas características de su aparición en frente de las puertas de la catedral a pocos metros de nosotras. Estiré el brazo posicionándome al frente de mi hermana. La oscuridad nos ocultaba, pero no por mucho.

Necesitamos irnos Skadi, ahora. — determiné dando unos pasos atrás. Esas personas las conocía, estar en las filas de Voldemort me habían dejado en evidencia más de una vez. Más de una conversación de mierda para que quién se llamaba mi padre no le hiciese nada a Skadi.

Pero van a atacarlos…

¿Qué? ¿A quiénes?

La abuela sabe que aquí hay un grupo de fugitivos, habló con uno de ellos cuando vinimos. — se me heló la sangre. Skadi no dejaría que nos fuésemos así como así y yo sabía que si ellos me veían esperarían que colaborase.

Jadeé. Estaban hablando de como entrar, precisamente ellos no eran sigilosos hasta que viesen a sus presas. —Pásame la poción multijugos, la que me corresponde. — los ojos curiosos me incomodaban, todos sabían que estuve entre los mortífagos exceptuando Skadi. Y este era un secreto que debía ser develado más tarde que pronto, pero henos aquí. — Me quedaré aquí, intentaré ayudar, pero te necesito fuera de esto. ¿Entiendes? Sé que eres valiente y la más fuerte pero no puedo si estás aquí. — con un asentimiento salió corriendo hacia el lado opuesto después de darme el pequeño frasco. Marqué el numero de mi abuela. — Hay fugitivos en la catedral de Southwark y se lo has dicho a Skadi. — reclamé. — Vinieron mortífagos, trataré de salvar a los que pueda, pero son unos malditos maniacos. — mordí mi labio. — Sí, todavía tengo poción multijugos. Nadie descubrirá que la celebridad Denisse estuvo por acá. Skadi está en los alrededores. — asentí, aunque ella no me viese. Colgué y suspiré.

Hoy no estaba como Denisse Howll, Freya, la modelo con su hermana. Era una extraña ante los demás gracias a una poción multijugos. No podía salir a lugares turísticos sin tener las preguntas típicas del supuesto embarazo o siendo perseguida, peor. Era una medida que no me había gustado tomar pero debía hacerlo si quería tener una tarde tranquila con mi hermana.

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Gwendoline Edevane el Jue Sep 19, 2019 12:12 am

Xenobia, actuando como una persona acostumbrada a entrar en lugares a deshoras con toda alevosía, no parecía preocupada en lo más mínimo por la situación. Quizás lo estaba, pero de ser así, su inexpresividad facial le impedía verlo. No pudo evitar sentir algo de envidia por ella, y muy pronto se recriminó este pensamiento tan egoísta: para llegar allí, la bruja americana había tenido que perder muchísimas cosas, y estaba segura de que devolvería esa aparente calma que mostraba a cambio de recuperar a sus seres queridos.

Su compañera de misión se acercó al órgano casi de manera solemne, y se detuvo apenas un par de segundos a contemplarlo. Recorrió su forma de abajo arriba, siguiendo la longitud de los enormes tubos. A saber qué estaba pensando, pues Gwendoline no le preguntó.

Myerscough finalmente se situó delante de las teclas. Se descolgó la mochila del hombro y la dejó en el suelo, a sus pies; también se quitó la gorra, que dejó sobre la mochila. La escuchó entonces murmurar algo, y más tarde que pronto comprendió que repasaba en voz alta los acordes que debía interpretar.

—Lo mío es la guitarra, pero bueno… Puedo hacerlo.—Aseguró. Gwenoline no le replicó: se limitó a permanecer allí, de pie, algunos pasos por detrás de ella.

Seguía inquieta y no podía evitar echar miradas fugaces a su alrededor. En más de una ocasión, su mente traicionera la engañó haciéndola creer que veía movimiento donde no lo había. Aquella penumbra jugaba con su mente, y no por primera vez se hizo una pregunta: ¿Cómo podía estar tan oscuro ese lugar cuando apenas eran las ocho de la tarde?

De repente, un acorde del órgano, cuya melodía reverberó por toda la capilla.

Gwendoline dio un respingo, se le aceleró el corazón, y tardó un segundo en comprender que no era otra que Xenobia quien estaba tocando. Igualmente, el sonido no podría ser más tétrico, y menos estando donde estaban.

—¿Cómo pueden estar seguros de que ningún muggle tocará por error esa combinación de teclas?—Preguntó, más por acallar sus inquietudes que por una curiosidad verdadera.

Xenobia interpretó otro acorde.

—Algún tipo de protección mágica.—Informó la bruja americana, mientras tocaba el siguiente acorde.—Algo parecido al encantamiento que repele la presencia de muggles en zonas determinadas, pero aplicado a las notas.—Otro acorde más.

—Tiene sentido.—Dijo Gwendoline, quien no había pensado en esa posibilidad.

Xenobia continuó extrayendo lamentos a aquel órgano hasta que, finalmente, tocó un último acorde de tal manera que sonó… extraño. Mal, casi estridente, como si las teclas escogidas no tuvieran una armonía entre ellas. Gwendoline se volvió nuevamente para mirarla con gesto interrogante.

—Otra protección: el último acorde debe ser interpretado de manera equivocada, pero de una manera equivocada concreta. Así no hay posibilidad de que ningún muggle abra esto por error.—Le explicó su compañera, a lo que Gwendoline asintió con la cabeza.

Cuando el eco del último acorde se desvaneció, el suelo bajo los pies de ambas brujas comenzó a temblar. Se apartaron del órgano y del atril, y no tardaron en comprobar cómo este se hundía poco a poco en el suelo. Y no sólo eso: toda aquella sección del suelo desapareció, dejando a la vista un agujero circular por el cual descendía una escalera de caracol.

La entrada al refugio.

—Funcionó, desde luego.—Dijo Gwendoline, esbozando una leve sonrisa. Se sentía algo más calmada: aquella misión estaba llegando a su final, por suerte. No veía el momento de…

¡Clack!

Un chasquido metálico, procedente de la entrada principal. Gwendoline lo reconoció como el sonido de la puerta al abrirse, y no se equivocó: pronto a ese chasquido lo siguió un traqueteo de madera acompañado de un chirrido de bisagras oxidadas. Al mirar en esa dirección, pudo ver como entraba algo de luz al interior de la capilla, procedente del exterior.

Gwendoline se puso tensa y no tardó en sacar su varita; a su lado, Xenobia hizo lo mismo. Lo más prudente en esa situación habría sido esconderse, pero si lo hacían, dejarían al descubierto la entrada al refugio.

Además: quienes entraban ya sabían que estaban allí dentro.

—¿No saben ustedes que lo que acaban de hacer se denomina como allanamiento? Y tengo entendido que los muggles tienen severas leyes que lo castigan.—Dijo la grave voz de un hombre que cruzaba la puerta y caminaba en dirección al órgano.

Dos más le siguieron, y cerraron la puerta a sus espaldas. Siguieron al primero mientras avanzaba a través del pasillo entre los bancos. Se trataba de un hombre de pelo engominado negro, peinado hacia atrás, que vestía un guardapolvo negro y guantes negros de cuero. A Gwendoline le recordó vagamente a un mafioso de esos de la yakuza que a veces veía en películas: sólo le faltaban unas gafas de sol y la etnia asiática.

—¿Qué están haciendo ustedes aquí?—Preguntó el tipo con sorna. Algo en su tono de voz indicaba a Gwendoline que sabía perfectamente qué estaban haciendo ahí: apestaban a mortífago.

Iban a tener que hacerles frente...
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Freya Howll el Vie Oct 04, 2019 5:23 am

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Había cedido a la idea de abandonar el modelaje desde el minuto que supe que continuaría con el embarazo, los comunicados estuvieron a cargo de mi abuela. Si bien las tendencias tuvieron mi nombre como un cierto ruido de polémica en Londres, mayormente, no pasó a mayores y la gente lo olvidó. Si bien los modelos como las modelos tenemos cierto público detrás de nosotros, no era del todo universal el interés. Las redes sociales colaboraron a que uno fuese conocido hasta llegar a nombrarse como celebridad, pero con la privacidad suficiente en tu intimidad, solo lo valorable era tu trabajo el cual no era del todo constante si no te encargabas de ello.

Y por esto mismo que hablaba con Skadi es que habíamos tomado medidas drásticas para estas salidas, mi hermana no era una figura pública pero siempre prefería estar un paso adelante para no tener que lamentarlo más tarde. Ambas poseíamos una poción multijugos, la suya seguía guardada sin ser utilizada, al contrario de mi caso. Mi cabello lacio estaba ondulado y mucho más corto, casi llegando a los hombros, mi propia contextura había desaparecido para dar paso al de otra mujer.

Dejamos atrás el local de donas y para disfrutar un poco el aire fresco decidimos caminar, mala decisión. El murmullo de Skadi me alertó, la varita parecía latir dentro de mi abrigo al observar la escena. Tres. Tres mortífagos que podrían venir por nosotras, por fugitivos o solo pasaban por el lugar. Cualquiera de esas opciones hacía ruido en mi mente. Sin embargo, una distancia prudencial nos separaba y tenía ciertas dudas de que fuésemos el objetivo, no eran tipos que estuviesen bajo las palabras dañinas de quién nos trajo al mundo.

La advertencia de mi hermana no hizo más que helarme, maldito sea el día que todo esto se había descarrilado por completo. Maldito día el que pertenecía a aquellas filas que seguía clavando sus uñas en mi cuerpo, en mi vida, en mi identidad. Verla correr al lado opuesto logró relajar mis músculos, suspiré, sentí como todo el aire dentro de mi cuerpo se escapó entre mis labios y dejé caer mis parpados. Un segundo.

Silencio ruidoso, una melodía de murmurantes pensamientos.

Podría hacerme la desentendida, caminar hacia adelante pero simplemente ocultarme el tiempo suficiente para que Skadi pensase que estuve colaborando. No, no era lo que haría. Mi mayor secreto y, a la vez, mentira sería haber participado a la par con los mortífagos hace unos meses, sería el único que tendría con respecto a ella. Ni uno más. De todas formas, sentía que lo debía.

Las puertas arrastrarse por el recinto provocaron un escalofrío a lo largo de mi espalda, en el centro. Recordaba un sonido similar. Apreté mis labios en una llana línea, mis pasos me acercaron, pero como la habían abierto, la cerraron. Retrocedí en mi caminar.

Maldita sea…— dije entre dientes.

Debía esperar, nadie me aseguraba que al abrir no estuviesen detrás y fuese un blanco fácil.

Uno, dos, tres minutos. Menos, tal vez. Un minuto eterno, dos, y todo se abrió en caos. Una carcajada lunática al aire y esa fue señal suficiente para actuar. Empujé una de las puertas lo suficiente para entrar al ras de manera rápida. Las varitas estaban alzadas y los gritos corearon una cruzada.

Linda, más te vale salir de aquí. — cuestionó uno de ellos, el más cercano a mí. El más pequeño, pero mayor que yo por unos tres años. Lo había conocido, el típico macho alfa que se hace el malo para ligar y que puede endiosarte solo para llevarte a la cama.  

Religio. — murmuré serena como quién no quiere la cosa, la varita acariciando el aire al elevarse entre ambos y una mirada determinada le hizo fruncir su entrecejo y gruñir como un animal traicionado.
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Gwendoline Edevane el Mar Oct 08, 2019 12:49 am

Gwendoline se encontraba en tensión.

No la tensión previa a la batalla que experimentaría cualquier guerrero, experimentado pero consciente de lo que le espera, al contemplar el inexorable avance del enemigo.

No. Gwendoline no sentía ese tipo de tensión. La que en aquellos momentos atenazaba su cuerpo era la tensión provocada por el miedo y por miles de inseguridades, cultivadas a lo largo de los últimos meses y de las derrotas que habían acaecido. Cientos de pensamientos funestos correteaban por su mente, y visualizó únicamente las peores consecuencias que podría tener aquel encuentro.

Aún suponiendo que Xenobia y ella fuesen capaces de hacer frente a aquellos tres sin morir en el intento, ¿qué pasaría si alguno lograba escapar? ¿La habrían reconocido? Porque, de ser así, lo que estaba haciendo era lo suficientemente incriminatorio como para acabar siendo una fugitiva más.

Siempre y cuando no lograran atraparla poco después, claro.

—Les he hecho una pregunta, señoritas —insistió el mortífago del pelo engominado y el guardapolvo, que en otro tiempo debía haber visto muchas películas de mafiosos. Sólo así se explicaba su comportamiento—. Me temo que tengo que insistir en que me respondan.

—¿Eres policía, acaso? —Fue la mordaz respuesta de Xenobia. Si su compañera estaba tan nerviosa como ella, su actuación era impecable.

La risotada del mortífago reverberó en el interior de la capilla, sonando como un estruendo que parecía llegar de todas direcciones. Por lo visto, se lo estaba pasando bien con aquella situación. Se creía vencedor incluso antes de comenzar el duelo, una actitud muy propia de los de su bando.

Quizás el mortífago tenía en mente decir algo, alguna frase sacada de alguna película que jamás reconocería a sus amigos puristas que había visto, pero en algún momento debió cambiar de opinión. Su rostro, divertido antes, mutó en una expresión de cólera tan rápido que pareció ponerse una máscara.

Y atacó. Lo mismo que hicieron sus compañeros. Gwendoline y Xenobia se vieron repentinamente en medio de un duelo mágico, protegiéndose de los hechizos que surcaban el aire en su dirección.

Mientras la fugitiva buscaba la cobertura de la fila de bancos del lateral derecho, conjurando barreras a su paso, la empleada del Ministerio tardó un poco más en responder. Su inseguridad la traicionó, y un hechizo estuvo a punto de alcanzarla. De no haber conseguido agacharse en el último momento, en aquellos momentos posiblemente estuviese paralizada o malherida en el suelo; en cambio, gracias a aquella acción únicamente perdió la gorra, que salió disparada y fue a parar al lugar en que antes había un altar.

Todavía agazapada, Gwendoline corrió en dirección a los bancos tras los que se ocultaba Xenobia, arrojándose al suelo y pegando la espalda al asiento de éste. Su compañera, más concentrada que ella, se ocultaba y asomaba intermitentemente, en un intento por responder al fuego enemigo.

—¡Vamos! ¡Salgan de su escondite, señoritas! —exclamó el mortífago, que en esos momentos avanzaba por el pasillo central, con los brazos abiertos—. Sólo queremos charlar. —Con esas palabras, lanzó un nuevo hechizo en dirección a ellas, el cual forzó a Xenobia a esconderse nuevamente, e hizo saltar astillas de madera procedentes del respaldo del banco.

—Charlar, claro... —murmuró Xenobia.

Gwendoline no dijo nada, pues bastante tenía con intentar mantener la calma. Se le antojaba una tarea imposible. Todo lo que podía prever eran catástrofes en que una o las dos terminaban derrotadas, capturadas o muertas. También se permitió un momento para extrañar a su vieja yo, aquella de la época previa a Artemis Hemsley y Zed Crowley. Esa que quizás ya nunca volvería.

Xenobia, por su parte, esperó un cese temporal en los hechizos que llovían sobre ellas para volver a asomar, varita por delante… pero no llegó a lanzar hechizo alguno. Desde dónde estaba Gwendoline, seguía escuchando el clamor de la batalla, pero ningún maleficio iba dirigido ya a ellas.

Así que se atrevió a asomar. Y lo que vio fue a tres mortífagos repartidos en distintos puntos del pasillo central lanzando hechizos contra alguien a quien no reconoció. Parecía ser una mujer. Lo más sorprendente de todo fue que la desconocía respondía a los hechizos.

—Hay que...

—Ayudarla, sí —concluyó Gwendoline, que por un momento se olvidó de su miedo inicial, y se levantó casi de un salto, varita por delante.

Esto no pasó desapercibido a la atención del mortífago del pelo engominado, que en cuanto las escuchó, se giró en su dirección. Abrió la boca para decir algo… pero todo en él fue demasiado lento, tanto sus palabras como su reacción, y Xenobia lo fulminó con un Desmaius no verbal.

Uno menos.

Gwendoline, mientras tanto, corrió en ayuda de la desconocida, que en aquellos momentos mantenía una batalla desigual con los dos mortífagos restantes. Ejecutó una floritura y conjuró un hechizo en dirección al más cercano, al tiempo que continuaba corriendo. Falló, pasando su maleficio silbando por encima del hombro del susodicho, que enseguida se dio la vuelta para hacer frente a Gwendoline.

La respuesta del tipo fue inmediata, y enseguida Gwendoline sintió una dolorosa laceración en la parte superior del brazo derecho. Allí, un hechizo de su enemigo había cortado limpiamente la tela de su suéter y abierto una herida bastante profunda, la cual comenzó a sangrar profusamente. No obstante, logró protegerse con un rápido hechizo Aura del siguiente ataque del mortífago.

Lo siguiente que supo fue que Xenobia se le unió para hacer frente al enemigo, mientras la desconocía seguía batiéndose con el que quedaba.
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Freya Howll el Miér Oct 09, 2019 4:31 am

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Era una completa locura lo que llevaría a cabo, esto no era nada de lo que deseaba un martes por la noche. Todo lo que esperaba era llegar a mantenerme en el anonimato, sin nadie que estuviese en mis espaldas con una cámara o alguien encubierto esperando agarrarme desprevenida para así dar su parte al malnacido de mi padre. Desligarme de cualquier situación comprometedora con los mortífagos, no deseaba nada más que descansar en paz en casa, permitirme llorar por una pérdida que no superaba del todo, debía sincerarme.

Mis músculos se tensaron en pura expectativa, no podía decir que sería algo sencillo de cometer, pero tampoco imposible. No todos los días intervienes en la misión de unos lunáticos que quieren torturar hasta el cansancio a las personas que no tienen su misma manera de ver las cosas en el mundo. Tampoco estaba segura del grado de locura que debía suponer mandarse a la boca del lobo, abrir las puertas de la catedral era lo único tangible y reconocible, lo que se hallaba detrás de estas era completamente desconocido. De todos modos, hacia tiempo que no alzaba una varita contra un cuerpo real ni me permitía asestar un puño contra otro, había dejado atrás el entrenamiento físico que había llevado años y años de práctica, mañana la pasaría mal. Si salía bien de esto, claro.

Conté, o intenté hacerlo, el pulso corría errático y me desconcertaba mis propias decisiones. De igual manera, esto era algo que hacía por Skadi, era ilógico, incoherente y lo sabía, era consciente. Con solo empujar una de las puertas supe que no había vuelta atrás, todo mi cuerpo rígido rogó que me arrepintiese y dejase a su buena suerte a quienes se encontraban dentro del refugio.

Mi rostro era irreconocible, no sabían ni podían suponer quién era y lo pude constatar con la declaración de Johann. Bajo con un carácter del infierno si lo provocabas, nunca había sido acompañada por él, pero muchos habían dicho que tenía cierto grado de locura que pocos eran testigo, se dedicaba a demostrarla con sus presas, gustaba de hacerlas gritar una por una hasta que su voz fuese reemplazada por jadeos hilarantes. Esperaba y no ser yo una de ellas.

Mi murmuro llegó a ser escuchado, su rostro se deformó en una asquerosa sonrisa de gato de Cheshire crujiendo burlesca e intimidante.

Por tu bien, espero que esto sea una jodida broma. — exclamó entre gruñidos llamando la atención de sus compañeros. Si quienes fueron el foco anterior de ellos no colaboraban, estaría cavando mi propia tumba con lo siguiente

Fulmen cruciatus

¡Zorra maldita! — vociferó cubriéndose con una barrera.

Impetus.

¡Es mía esa perra!

No llegué a cubrir mi cuerpo a tiempo. Una terrible punzada me perforó el estómago, como aquella noche. El hierro inundó mi boca, mis dientes se habían enterrado en la piel en un acto reflejo, la mandíbula apretada como si la articulación se hubiese roto y no pudiese modular. El golpe me había desestabilizado más de lo pensado, me levanté y volví a atacar.

En un abrir y cerrar de ojos, habíamos emparejado el juego. No estaba sola, dos mujeres comenzaron la segunda fase de los ataques. Uno de los tipos quedó imposibilitado a los segundos, el suspiro que siguió de mis labios se escuchó por quién más odio destilaba hacia mi persona en estos instantes.

Encárgate de las otras, esta es mía. — volvió a advertir Johann, me había vuelto su objetivo.

Te deben de ayudar para tenerme. Pobre. — incité con malicia sin perder la oportunidad de atacar.

Los mortífagos no utilizaban hechizos reversibles, ni inocentes, todo lo contrario. El golpe en mi estómago continuaba repercutiendo en mi cuerpo y por lo poco que me había permitido observar, las otras dos mujeres no saldrían ilesas del todo.

Hija de…

Flare — interrumpí, una larga llama salió de la varita impactando en forma de látigo contra Johann, las quemaduras serían dolorosas y se arrepentiría de siquiera intentar insultarme. El brazo derecho, el cual sostenía la varita, se sacudió con un grito cuando se vio atrapado por el látigo quemante. —Repítelo
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Gwendoline Edevane el Vie Oct 11, 2019 2:04 am

Con un enemigo fuera de combate, una pieza menos sobre el tablero de ajedrez, la balanza claramente se inclinó a favor de su equipo.

Gwendoline era consciente de lo precipitado de considerar a la desconocida como parte de su equipo; sin embargo, el haber decidido empuñar la varita para hacer frente a los mortífagos la situaba, indudablemente, en el mismo saco que ellas dos. Todas se jugaban lo mismo, pues los mortífagos no eran famosos por entender matices o hacer distinciones.

Mientras la desconocida se enfrentaba al único mortífago que había optado por ignorarlas, Xenobia y Gwendoline le plantaban cara al otro.

Éste había sorprendido a la inglesa con la guardia baja, acertando un lacerante hechizo que le había producido un corte sangrante en el brazo; inmediatamente, ella había pasado a una actitud mucho más conservadora y defensiva, sirviéndose de sus hechizos protectores.

La ayuda de Xenobia, casi inmediata, sentenció el duelo: desde el primer segundo quedó clara la experiencia de la estadounidense, entrenada por su fallecido novio de la misma manera que se entrenaban los aurores, frente a la inexperiencia de su enemigo. Ante la agilidad y destreza de la fugitiva, el hombre parecía más un aspirante, uno de esos jóvenes sedientos de fama en las filas de Voldemort, que un duelista experimentado.

Más tarde que pronto, Xenobia logró arrebatarle la varita de las manos, para acto seguido envolver su cuerpo con cadenas que lo inmovilizaron por completo.

Cuando todo terminó, el corazón de Gwendoline latía acelerado dentro de su pecho, con tanta intensidad que sentía su martillero en las sienes. Se le había agitado la respiración, y una vez más pensaba en sí misma como el eslabón más débil de aquel equipo. Quizás, como siempre, fuera injusta consigo misma, pero tenía claro que no podría haber salido viva de aquello sin la ayuda de Xenobia.

La cual, por su parte, caminaba en dirección al mortífago que quedaba, batiéndose en duelo con la joven desconocida y dándole la espalda.

Tuvo el tiempo justo para ver cómo un látigo ígneo conjurado por la joven impactaba sobre el cuerpo su enemigo, haciéndolo retroceder unos pasos a causa del dolor. No tuvo tiempo de alejarse mucho más, pues el mismo látigo de llamas le sujetó el brazo con que empuñaba la varita, y enseguida un olor dulzón a carne quemada inundó el aire.

Xenobia —persona que si bien había padecido penurias terribles a manos de individuos de ese mismo bando, jamás había encontrado placer alguno en el sufrimiento ajeno— apuntó con su varita al mortífago y lo dejó fuera de combate con un Desmaius no verbal. Su cuerpo cayó desmadejado en el suelo, frente a la desconocida, y su varita rodó y repiqueteó a través del suelo de la capilla.

—¿Estás bien? —preguntó Xenobia, volviendo la mirada en dirección a Gwendoline, que en esos momentos caminaba en dirección a ella.

—No es nada —aseguró, y quizás tuviese razón; sin embargo, la herida sangraba profusamente, y la sangre había empapado la manga rasgada de su suéter—. ¿Tú estás bien?

La pregunta no iba dirigida a Xenobia, sino a la joven que las había ayudado: desconocía el alcance de la lesión o el tipo de hechizo utilizado, pero saltaba a la vista que el mortífago la había herido en el estómago. Con gran preocupación e ignorando su propio dolor, Gwendoline se le acercó.

—¿Con qué te ha golpeado? Déjame ver —le pidió, totalmente ignorante del hecho de que, bajo una máscara de poción multijugos, tenía delante de sus narices a Freya Howll.

Por su parte, la desmemorizadora no llevaba máscara alguna, mágica o no: no había utilizado la poción multijugos, por mucho que hubiera sido prudente, y la gorra con la que escondía parcialmente su identidad momentos antes había salido despedida al recibir el impacto de un hechizo.

«Parece que voy a tener que borrar la memoria de unas cuantas personas aquí», pensó, refiriéndose únicamente a los tres mortífagos.
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Freya Howll el Miér Oct 16, 2019 1:13 am

Something we have in common {Freya&Gwendoline} Tumblr_p7yamrVovM1shdbazo1_250Something we have in common {Freya&Gwendoline} Tumblr_p7yamrVovM1shdbazo3_250

Cualquier otro pensamiento se había esfumado de mi mente, solo las palabras incompletas resonando en mi fuero interno. Este tipo había osado insultar la presencia de mi madre con un despectivo que me daba el suficiente coraje como para olvidar la razón. Mis labios se movieron sin previo aviso, la varita se alzó elegantemente pero con firmeza. No iba a permitirlo.

La llamarada acarició la muñeca de Johann en un abrazador agarre que consumió las vestiduras que lo cubrían en aquella zona, el hedor a carne chamuscada no me inquietó ni un solo momento. ¿Cuántas veces habré presenciado el mismo olor y yo impoluta ajena y cómplice a la vez? Esto era una acción inimaginable para estas escorias, ni siquiera rozaba lo mínimo al encontrar una presa, un fugitivo, bajo su poder. Cuando develaban la ubicación de un grupo se exaltaban como niños con juguete nuevo, se preparaban como para una guerra, una guerra del placer. Era intolerable y podía producir arcadas de solo tener un asiento en primera clase de los shows que se montaban. Y todo esto lo había soportado por una simple razón: Skadi.

Ahora fuera de las garras de Robert Pendragon, me excluí de todo y todos. La pérdida del embarazo fue una gran excusa, dolorosa de utilizar, pero cierta. De todas formas, él se mantenía en silencio y no era algo tranquilizador. Con simplemente elevar la voz podría ser un nuevo blanco, ser una traidora, que todos viniesen tras mi cabeza o peor, mi familia. Y a estas alturas, me era inconcebible la idea de que mi abuela haya relacionado a Skadi con este grupo de fugitivos. Era consciente de que Senna que es una gran persona, servicial y generosa, pero no podíamos ser resguardo de nadie más que de nosotros mismos en estos tiempos.  

Pronto Johann se vio desvalido, arrojado en el suelo como un juguete malgastado y reemplazado. Dormido, sin sufrimiento alguno. Apreté mi mandíbula insatisfecha, no quería gritar del placer por lo que veía —no era ellos— pero necesitaba saber que sufriría por esto, no volvería a atacar a nadie.

Froté mi rostro con frustración, estaba a nada de levantar mi móvil y preguntar de la ubicación de Skadi, si ella ya estaba en casa. Me acerqué al cuerpo de Johann mientras escuchaba a las mujeres preguntarse sobre sus estados. Mi ritmo cardíaco había disminuido y con ello el aumento del dolor en el estómago, no sabía si era algo meramente físico o la carga emocional pesaba allí también. Con mi bota pateé la varita aún más lejos.

La última pregunta no fue respondida de inmediato y pronto supe el porqué. Era a mí a quién le preguntaban. —Si, todo bien, nada de lo que preocuparse. — Intenté ver a los otros dos, si los reconocía. Sin embargo, no era necesario saber sus identidades como para identificarlos de psicópatas. Las risas, la determinación del otro hombre que me atacó y el saber que uno de ellos era Johann me daba más de una pista. Mi mano, instintivamente, se había posado sobre el costado de mi vientre. Un moretón asegurado. Los puntos de la cesárea no eran un problema, estos habían sanado hacia tiempo y solo había una cicatriz. Sin embargo, mi cuerpo saltaba instintivamente a mi estómago más veces de lo que quisiese.

Alcé mi cabeza y pude visualizar quién se acercaba. —No. — contesté férreamente. — Discúlpame. Fue un golpe simple, nada de lo que preocuparse. — alejé mi mano de manera renuente.

Quién estaba frente de mis narices no era nada más y nada menos que Gwendoline. Mi jefa. Mis facciones se endurecieron. ¿Qué hacía ella aquí? Y esta era una pregunta bastante estúpida. Se había enfrentado a tres mortífagos con la cara destapada y todo a causa de un grupo de refugiados, si Skadi no mentía. ¿Quién en su sano juicio sacrificaba su vida por unos desconocidos? Ella misma debía saber todo lo que peligraba teniendo el puesto que tenía en el Ministerio.

Mordí fuertemente mi labio, revelar mi identidad era un paso bastante atrevido, pero tampoco me quedaba otra opción. ¿Cuánto tiempo que restaba? La poción multijugos que me había entregado Skadi se encontraba rota. El golpe había tenido un efecto secundario: el frasco de la poción había salido despedido y al instante se reventó contra el suelo de la catedral.

¿Qué haces aquí? — cuestioné aun en estado de shock. Esto estaba mal, demasiado mal. Froté por segunda vez mi rostro acabando con la mirada en la otra persona que la acompañaba, no la reconocía, no me la había cruzado en los pasillos del Ministerio, pero creía haberla visto en otro lugar, no me sorprendería si fuese en un poster pegado en las paredes con un “se busca” encima.

Mantuve para mí, en la punta de la lengua, el nombre de Gwendoline. Todavía no entendía qué hacía aquí. Por supuesto, existían dos opciones. A) Ella tenía unos ideales nobles sobre cómo ayudar a los fugitivos por lo que estaba aquí haciendo un control de daños o dando víveres, con ello una buena intención de corazón; B) Gwendoline solo fingía. Ella estaba colaborando solo para entregarlos más tarde y conseguir vaya uno a saber qué —un ascenso, unas palabras halagadoras de los superiores—

Mi respiración volvió a ser errática. —Te conozco, del Ministerio. ¿Qué haces colaborando con fugitivos?— tal vez, la elección de mis palabras no eran del todo correctas pero en este punto: ¿Qué era correcto?


Última edición por Freya Howll el Lun Oct 21, 2019 6:26 pm, editado 1 vez
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Gwendoline Edevane el Jue Oct 17, 2019 3:36 pm

El silencio que reinaba en la capilla resultaba, ahora que la contienda había terminado, resultaba casi sobrecogedor. Gwendoline fue consciente del leve pitido que invadía sus oídos, seguramente fruto de las diversas detonaciones de los hechizos a su alrededor. También fue consciente del sonido de su corazón, que parecía martillear directamente sobre sus tímpanos, y muy poco a poco, de manera casi imperceptible, regresaba a su ritmo normal.

Había estado muy cerca de desenmascarar su identidad, y al tiempo que se preocupaba por la desconocida que definitivamente había inclinado la balanza a su favor, también tuvo tiempo de preocuparse por sí misma. Especialmente, cuando empezó a preguntarse qué habría ocurrido si alguno de ellos hubiese logrado escapar.

No podía ni imaginarse que el peligro, todavía, no había pasado.

La joven de cabellos negros se sujetaba el costado de su vientre, presumiblemente donde había sido herida, y Gwendoline se preocupó por ella. Desconfiada, quizás, rechazó su ayuda, y la bruja no insistió más. Tampoco es que estuviese en condiciones de atender las heridas de nadie, viendo su propia herida.

—Será mejor que me encargue de lo que hemos venido a hacer aquí —informó Xenobia, quien comenzó a caminar en dirección al altar, ahora convertido en entrada al refugio de los fugitivos. Allí mismo había dejado la mochila con los trasladores—. Tú encárgate de estos...

Xenobia no terminó de hablar, y se detuvo en seco en medio del pasillo al escuchar las palabras de la joven. Con el ceño fruncido, la americana se giró y prestó atención.

Si ella estaba sorprendida, Gwendoline lo estaba más: algo gélido, un terrible escalofrío, recorrió su espalda, y una sensación de malestar se adueñó de su estómago. Su mano derecha, herida en un pasado reciente por Zed Crowley, experimentó un pronunciado temblor, y llegó a agarrotársele un poco.

La habían reconocido.

—¿Quién eres? —preguntó la morena, totalmente incapaz de reconocer a aquella muchacha. Se puso seria, pensando que quizás se había equivocado al considerarla una aliada inesperada—. Estoy bastante segura de que no te reconozco del Ministerio, así que… ¿quién eres?

No le hizo falta mirar por encima del hombro para saber que Xenobia se había puesto tensa. Muy posiblemente, su compañera de la Orden del Fénix había sacado nuevamente la varita. Los dedos de Gwendoline se cerraban firmemente en torno a la empuñadura de su propia varita, y a pesar de lo mucho que le dolía la herida del brazo, supo que, quizás, tendría que utilizarla.

¿Lo único bueno de todo aquello? Que en caso necesario… la desconocida estaba totalmente en inferioridad de condiciones. Aquello no la hacía sentirse mejor, pues había sido terriblemente descuidada.
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Freya Howll el Lun Oct 21, 2019 1:24 am

Observé la situación. Tres cuerpos tumbados en medio de una catedral idolatrada por turistas. ¿Habría cámaras las cuales intervenir para que pase este encuentro desapercibido por los ojos muggles? Las dos mujeres desconocidas que no eran del todo ajenas, al menos una de ellas.

Por cada minuto transcurrido aceptaba una verdad: no tendría que haberme dejado convencer por Skadi, no era nuestra culpa que esas personas estuviesen en tales condiciones pasando penurias, iba mucho más allá de nuestras posibilidades. No debería haber tomado un bando en todo esto, peligraba mi identidad, mi familia.

Mi rostro, como Freya, había sido visto por mortífagos en más de una ocasión, más de lo que podría contar con los dedos de las manos. Unos cuantos mantenían una relación estrecha con Robert, si él llegaba a descubrir que me había revelado en contra de sus ideales, nada ni nadie podría detenerlo y ya habíamos sido advertidos de la peor forma. Temía más por un hombre demente que por el cabecilla de todo este gobierno. Esto era personal.

Todo se tornó en algo peor.

Gwendoline Edevane, mi jefa, empleada del Ministerio estaba entre estas cuatro paredes apoyando a la causa de los fugitivos. No había otra opción, si venía en colaboración de la eliminación de ellos no hubiese atacado abiertamente a cada uno de los mortífagos. Sin embargo, tampoco me quedaba del todo claro si realmente estaba a favor o en contra.

Mis palabras se modularon antes de ser siquiera pensadas, no era característica de mi persona, pero todos cometemos errores. Uno era este, otro era haber arruinado la última poción multijugos. No quedaba otra opción. Me quedaban minutos, si estaba en lo correcto, para que mi verdadero rostro se apropiara nuevamente de mí.

Atenta. ¿De qué se estaban por encargar? Eran demasiadas las preguntas, los dientes apretaban mi lengua tratando de acallar cada una de ellas.

El ambiente cambió en un tono demandante y en una postura defensiva por parte de su compañera. Cerré los ojos suspirando, un espacio de unos segundos. —Antes de que alcen sus varitas y sea saco de boxeo, estoy de su parte. No me metería con los mortífagos de gratis, no soy una suicida — dije elevando mis brazos por encima de mi cabeza, ambas manos sin sostener la varita. Esto podría ser mi suicidio. — Aunque en estos momentos tengo mis dudas. — De todas maneras, confíe en la nobleza que había demostrado Gwendoline a lo largo de trabajar a la par. De reojo observé mi muñeca, en ella un reloj la rodeaba exponiendo la hora. En menos de un par de minutos el efecto de la poción se esfumaría. — Trabajo para ti, Gwendoline. — tanteé las probabilidades de que descubrir mi rostro era una completa locura. Eran muchas, a decir verdad.

Skadi se me vino a la mente, lo único que deseaba es que estuviese resguardada en la seguridad de la casa junto a nuestros abuelos. Al menos, se había salido con la suya, estaba en esta situación por intentar mantener vivos a los fugitivos que supuestamente se escondían en esta Catedral.

—No tengo este rostro todos los días, por supuesto. — aclaré al minuto, respiré hondo e intenté pensar bien en mis siguientes palabras. El poder de conocer sobre el otro era más importante de lo que parecía, en esta época donde las lealtades son volubles pero valiosas al fin. — Soy Freya, Freya Howll. — hablé. No tenía nada qué perder, hace un año tal vez no tendría este pensamiento recurrente.

Mis manos que estaban en muestra de rendición frente a mí alzadas, se vieron distorsionadas como un cuerpo hecho de gelatina. Mis dedos largos junto a unas uñas cuidadas por esmaltes y otras parafernalias a causa de mi regreso al modelaje y las redes. Podía sentirme unos centímetros más alta y un rostro mucho más afilado. El cabello cayendo lacio por mis hombros a comparación de los bucles que antes adornaban mi cabeza.

—Estoy de vuestro lado, parece. — y esperaba no equivocarme, no ahora. — Ahora, ¿Puedo saber qué haces tú aquí? No imaginé que estarías a favor de esta causa. —  pronuncié lentamente. Tenía ciertos temores que no me gustaría rebelar.
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Gwendoline Edevane el Miér Oct 23, 2019 2:20 am

Con la incredulidad como expresión facial en un rostro ceñudo, y habíéndose olvidado por completo del dolor pulsante que aquejaba su hombro herido, Gwendoline escuchó en silencio las palabras de la que entonces era una desconocida.

Antes de la revelación, que la golpeó igual que una bofetada en la cara, Gwendoline hizo cábalas con respecto a la identidad de aquella joven. Se preguntaba quién era, y más específicamente, en qué parte del edificio trabajaba, pues estaba bastante segura de no haber reconocido esa cara. ¿Sería una mentira, temiendo que ambas brujas tuviesen intenciones agresivas para con ella?

El mundo había desaparecido alrededor de Gwendoline, y sólo quedaban ellas dos, desconocida y ella.

Y entonces, cayó la bomba: aquella joven no era otra que Freya Howll, a quien ella misma había entrevistado para ofrecerle un puesto como becaria, con quien había trabajado tanto tiempo, codo con codo. Con la cual, de manera imprevista y sin haberlo planeado en lo más mínimo, había alcanzado a formar una especie de vínculo.

Por si le quedaba alguna duda, ella misma pudo observar cómo la transformación, fruto con toda seguridad de una poción multijugos, se deshacía ante sus ojos. Y, efectivamente, allí estaba aquella persona que conocían.

Freya hizo una última pregunta, y entonces hubo silencio. Gwendoline todavía estaba intentando reaccionar, recomponerse de la bofetada metafórica que la sorpresa había depositado sobre su mejilla. También intentaba decidir qué hacer a continuación, descubriendo para su desgracia que no tenía la más mínima idea.

Si hubiera sido otra persona, la decisión estaría clara: un borrado de memoria y cada una seguiría con su vida, ignorando que aquello hubiese ocurrido jamás; siendo Freya, no se sentía capaz de hacer algo tan drástico.

Quizás la decisión que estaba tomando, basada únicamente en sus emociones y en sus sentimientos hacia la joven, fuese la incorrecta. Sin embargo, no se veía capaz de hacer algo así, y menos con una joven con la que había desarrollado una relación que iba un paso más allá del vínculo maestra-profesora.

Freya Howll había terminado importándole de verdad.

Exhaló el aire que llevaba reteniendo un par de minutos dentro de su pecho en un lento suspiro, cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. La sangre sobre sus dedos se había secado, y la herida parecía haber dejado de sangrar. El aire, a su alrededor, de repente parecía demasiado denso, y a consecuencia, todo se movía a cámara lenta.

Cuando habló, sintió que su voz no le pertenecía del todo.

—Yo... —Fuera cual fuera la frase que iba a articular, murió en sus labios antes siquiera de formarse.

Miró entonces a Xenobia, quien había permanecido en guardia en medio del pasillo. Le indicó, con un asentimiento de cabeza, que todo estaba bien, y la fugitiva respondió. Acto seguido, siguió su camino en dirección al refugio oculto bajo la catedral, con intención de cumplir la misión que las había llevado allí.

Gwendoline volvió a mirar a Freya y, ahora sí, el mundo pareció volver a moverse a su velocidad normal.

—De acuerdo. Si nos has ayudado, si te has arriesgado, quiero pensar que es porque eres una persona de fiar. ¿Es así? —Sin esperar su respuesta, nerviosa, añadió de inmediato—: Si es así, solo te voy a pedir una cosa: no puedes contarle a nadie que me has visto aquí. No vas a tener que preocuparte por ellos. —Señaló, sin mirar, a uno de los mortífagos inconscientes—: Me aseguraré de que no recuerden nada de este encuentro. Pero necesito saberlo, Freya. —Tragó saliva, sintiendo la garganta muy seca de repente—. ¿Puedo confiar en ti?

Y casi como en respuesta a esa pregunta, el primer mortífago —ese que había visto demasiadas películas de mafiosos— empezó a recuperar la consciencia, a espaldas de una Gwendoline cuya atención estaba puesta en su totalidad en Freya.

Confuso al principio, el mago no tardó en comprender lo que estaba pasando, y se puso a tantear el suelo en busca de su varita. Se le acababa de presentar una ocasión de oro para lucirse, y no pensaba desaprovecharla...
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Freya Howll el Lun Oct 28, 2019 5:55 pm

La adrenalina corriendo por cada centímetro de mi cuerpo, dispuesta a alzar la varita de ser necesario. Sin embargo, era consciente de la diferencia de experiencia entre ambas y que ellas eran dos. Yo solo una. Este mundo se había alzado en desconfianzas y deslealtades. ¿Qué me dejaba tranquila de que Gwendoline no fuese una impostora, una infiltrada? De cualquier bando, cualquier ilusión tenía su propia desesperanza y terror albergados.

“Estoy de vuestro lado”.

¿Realmente lo estaba? O ¿Era una simple marioneta de los sentimientos ajenos? Ya había perdido mi identidad y la fortaleza que había alzado frente a mis narices se había venido abajo en cuestión de parpadeos. No había un “lado” para mí, era lo único que rescataba. Llamadme cobarde, pero no me inmiscuiría en ninguna causa de no ser necesario como ahora, todo por Skadi. El pensamiento de ella solo se serenaba con el que estuviese en casa, sana y salva.

“¿Qué haces tú aquí?”

El silencio reinó. Ninguna de las dos volvió a añadir palabra alguna hasta más tarde.

¿Qué ocultaba Gwendoline? ¿Cuáles eran sus intereses para arriesgar su vida de tal manera? Me parecía muchísimo más coherente que estuviese aquí salvando a los fugitivos junto a su compañera. No era capaz de visualizarla como aquellas personas que hacen de todo para ascender o agradar, no, no lo parecía.

La otra mujer seguía detrás de ella firme, esperando algún comentario o una orden. ¿Borraría mi memoria? Esperaba que tantos años entrenándome fuesen de utilidad para esquivar el posible ataque que se vendría. Sin embargo, con un asentimiento ella se marchó. ¿Un uno contra uno? Seguía teniendo claras desventajas.

Gwendoline era todo un misterio.

Y habló. Atenta escuché todo lo que la nerviosa mujer decía, no se esperaba encontrar con un colega del trabajo en esta situación. Ni siquiera suponía este escenario.

— Puedes confiar en mí, yo soy de las primeras que no quiere que se divulgue esto. — añadí, entorné los ojos sin perder la vista en ella. —Pero, ¿Qué me asegura que tú no dirás nada? — inquirí de espaldas a los mortífagos que yacían en el suelo inertes.

O eso pensamos.

—Armorum Sonitum— elevó la voz un tercero. Uno de los mortífagos —el robusto con pintas de mafioso— había llegado a su varita actuando rápidamente ante nuestra sorpresa.

Sentí mi cuerpo elevarse y golpear contra uno de los bancos de la catedral. Grité a pulmón. Mi espalda ardía del dolor, había un pitido constante en mis oídos que no desaparecía con los segundos que pasaban. Alcé la vista y maldecí.

El hechizo parecía no haber salido del todo como él quería, pero al observarlo sabía que le valía.

—Mira la ratoncita escurridiza que escapó de las filas, Freya, ¿Ya te recuperaste de haber perdido tu bebé? ¿O ya estás revolcándote por ahí? — escupió levantándose, se ayudó presionando su palma en una de sus rodillas. Tosco y vulgar. —Le enviaré tus saludos a tu padre, estará contento de saber que te encuentras bien. ¿Dónde ocultas a tu hermanita? Seguro sigue tus pasos, Robert no estará contento si se convierte en abuelo. —sonrió limpiándose el polvo de su saco.

— ¡Hijo de puta! — grité con rabia. ¡Conocía a ese malnacido! A quién asesinó a mi bebé. Veía rojo, la ira gobernaba y mi varita latía en la palma de mi mano exclamando venganza. —¡Sectum! — vociferé apuntando el rostro del maldito.


Última edición por Freya Howll el Mar Nov 12, 2019 4:11 am, editado 1 vez
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Gwendoline Edevane el Miér Oct 30, 2019 4:33 pm

«¿Qué te asegura que yo no diré nada?», pensó Gwendoline, tratando de aclarar sus pensamientos y de dar con una solución a aquel entuerto. «Nada, supongo, de la misma manera que nada me lo asegura a mí: sólo tengo tu palabra.»

Esa podría haber sido su respuesta, y sería totalmente válida: no podía jugar sobre nada, ni ofrecerle pruebas de que sus labios estaban sellados, y desde luego que no tenía intención en llevar a cabo algo como el juramento inquebrantable, así que lo único con lo que Freya contaba era con su palabra. Con su honestidad.

Abrió la boca con intención de responder, pero no pudo hacerlo: de inmediato, sus oídos se vieron perforados por un ruido ensordecedor, y se llevó ambas manos a éstos mientras contraía la cara en una expresión de dolor. No pudo evitar caer de rodillas junto a los bancos.

Freya no tuvo tanta suerte con su jefa: el hechizo, por lo visto, iba dirigido a ella. El choque sónico la mandó por los aires contra uno de los bancos del lado opuesto de la capilla.

Uno de los mortífagos se había puesto en pie, y Gwendoline, que escuchaba un continuado pitido en los oídos, escuchó sus palabras a duras penas. No comprendió el contexto de todo lo que estaba diciendo, pero sí lo más básico: había algo personal entre él y Freya. La reacción de su joven becaria acabó por confirmar lo que ya se imaginaba.

Se enzarzaron en un violento duelo, y Gwendoline, de manera instintiva, tuvo que hacerse a un lado para no recibir algún hechizo perdido. El mortífago parecía haberse olvidado de ella.

Con los oídos todavía pitándole, Gwendoline apuntó con su varita al mortífago, que justo en ese momento se defendía de uno de los hechizos de Freya de manera efectiva. Algo debió apreciar por el rabillo del ojo, pues en cuanto lo hizo, apuntó su varita en dirección a la directora de la oficina de desmemorizadores. Una cuerda brotó de esta, yendo directamente a por ella, pero logró protegerse a tiempo con un hechizo Aura no verbal.

Sin embargo, después de esto llegó un certero hechizo desarmador, que arrancó la varita de sus manos y la hizo rodar entre los bancos.

—No sé quién eres, pero algo me dice que me pagarán generosamente por tu cabeza —comentó con una perversa sonrisa. Su rostro presentaba un corte sangrante por debajo del ojo izquierdo, y había perdido las gafas de sol.

Gwendoline, en cuyos planes no entraba el dejarse atrapar, sentía el corazón latiendo desbocado dentro de su pecho. Optó por guardar silencio.

—Espera ahí —solicitó con una sonrisa el mortífago con pinta de mafioso—. No tardaré mucho en acabar con ella. —Y se giró, dispuesto a continuar con su enfrentamiento personal con Freya.

Mientras los hechizos iban y venían, Gwendoline decidió aprovechar la confianza en sí mismo de aquel tipo para buscar su varita. El problema fue que, a simple vista, no la vio: debía haberse quedado bajo alguno de los bancos, lejos de su alcance. Y teniendo en cuenta cómo estaban las cosas, no iba a tener tiempo para recogerla.

En lugar de eso, buscó alternativas, y se dio cuenta para su desazón que no había ninguna, únicamente bancos y el suelo que pisaban sus pies.

Se agachó para mirar por debajo de los bancos y divisó su varita: había caído a cuatro bancos de distancia, cerca la puerta. No iba a ser una opción el intentar recuperarla. Así que tuvo que pensar rápido y… sólo se le ocurrió una cosa.

Se levantó, aprovechando que el mortífago le daba la espalda, y protegiéndose con el cuerpo de este, corrió agazapada en su dirección. Salvó los poco más de dos metros y medio que los separaban, y una vez estuvo a la distancia necesaria, descargó una patada bien dirigida contra la parte trasera de su rodilla. El resultado fue evidente e inmediato: con un alarido de dolor fruto de su golpe y del impacto de la rodilla contra el suelo, el mortífago quedó medio acuclillado. El desequilibrio hizo que alzase ambos brazos y que el hechizo que conjuraba en aquel momento saliese despedido por encima de la cabeza de Freya, impactando en la pared del fondo con un restallido luminoso rojo.

—¡Hija de puta! —exclamó con furia, su rostro contraído en una expresión de dolor.

Trató de apuntar a Gwendoline con su varita, pero la morena bloqueó el movimiento con ambos brazos, para acto seguido golpear el antebrazo del mortífago con el suyo propio, en un intento de hacer que soltara la varita. No tuvo éxito, y a consecuencia de esto, el mortífago logró incorporarse a duras penas y lanzar un puñetazo directo a su cara con la mano que tenía libre.

El golpe hizo retroceder a Gwendoline y le provocó una herida en el labio inferior.

—Zorra de mierda, ¿quién te manda meterte? —dijo el mortífago, apuntándola directamente con su varita.

La única posibilidad que tenía Gwendoline de salir con vida en aquellos momentos era que Freya, a quien el mortífago definitivamente había dejado de prestar atención, hiciese algo para detenerlo.
Gwendoline Edevane
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Freya Howll el Mar Nov 12, 2019 9:32 pm

Estoy siendo una estúpida, todo esto era una absoluta mierda. No era nada de lo que esperaba, no sabía que rompería mis esquemas al atravesar el umbral de la catedral que se sostenía sobre nosotras. Ninguno de los escenarios pensados incluía a Gwendoline, mi jefa, como opositora del gobierno revelándose contra este colaborando a una causa prohibida para mencionar. Si, había mostrado una faceta ofensiva contra tres mortífagos sin miedo visible de que la reconociesen. Por supuesto, trabajaba en el departamento de Desmemorizadores. No cabía duda de que haría alarde de su experiencia eliminando la memoria a estos sujetos, pero… ¿Quién o qué aseguraba de que estaban en el “mismo bando”? ¿Quién podía decir que no estaba siendo una mentirosa?

La imagen mental que tenía sobre ella se reforzaba en ciertos fragmentos, en otros se desmoronaba por completo. ¿Cuánto ocultó? ¿Cuánta veracidad se encontraba entre sus palabras? Nadie más que ella podía decirlo. Y eso generaba dudas.

Era consciente de que no abriría la boca por voluntad, era quién no quería que todo este show llegase a oídos terceros, especialmente a los de Robert Pendragon. Me generaba temor la ilusión de que despertase de su letárgico silencio.

La contemplé con intenciones de hablar, con la oportunidad de responder a una incertidumbre que se hacía cada vez mayor, pero nada. Nada más que un pitido profundo que perforaba el oído, el dolor que recorría su espalda era un fuego abrazador. Presentía que quedaría algo más que un moretón para dentro de unos minutos.

Gemí quejumbrosa por el asalto. Perdida, atontada por segundos, entre lo ocurrido y agradeciendo de que no hubiese pasado a mayores. Mis sentidos se alertaron en busca del responsable de la explosión de sonido, no podía ignorar la posibilidad de traición, aunque pareciese improbable.

Había sido uno de los mortífagos, en pie enfrentándonos. Quien se alzó embravecido escupiendo veneno desde que mi rostro fue reconocido. Ahogué un suspiro, sabía más de lo que parecía y poco me importó que Gwendoline escuchase. Aquí y ahora, quería vengarme.

Mi visión era oscura, roja, necesitada de acción. Un grito profirió de mi garganta al elevar la varita entre los cuerpos. Ya no había intención de ocultar el odio que arrastraba mi corazón. Los hechizos salían rápidos de mis labios y pocos eran efectivos, exhalaba con rabia.

Su próximo ataque me golpeó las costillas haciéndome perder el equilibrio, las rodillas golpearon el suelo y una mano se apoyó en este para no caer completamente. En segundos, ya no era el objetivo del hombre. Gwendoline quedó desarmada más temprano que tarde y mi mandíbula tensa modulaba un próximo hechizo para verse protegido nuevamente. Con la poca energía que me quedaba me levanté sin parar con el ataque. No podía permitir que se saliese con la suya, me prohibía fallar.

Con el rabillo del ojo percibí movimiento, no eran los demás mortífagos. Era Gwendoline.

Lo siguiente sucedió con demasiada prisa. Con cólera apunté contra el cuerpo robusto, la varita expulsó un rayo que pegó de lleno dejando inconsciente al que había osado intentar eliminar a ambas. Me acerqué a él, sin bajar mi varita podía sentir la ansiedad apoderándose de mi mente queriendo que acabase con su vida.

Poco me importaba la ética, la moral, mis principios. Me posicioné sobre el cuerpo inerte, arrojando hacia un lado mi varita. Junto con mis puños cerrados di un golpe contra su rostro, contra su cuerpo, grité enfurecida, dolorida.  Robert Pendragon.
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Gwendoline Edevane el Miér Nov 13, 2019 4:56 am

Cada poco tiempo, de alguna manera, la vida le mandaba un pequeño recordatorio. «No vales para esto», decía ese recordatorio. «Eres totalmente inútil y cada vez que lo intentas, te pones en peligro. Deberías retirarte.»

Indefensa, con la varita de un mortífago apuntándole directamente al pecho, su rostro descubierto, Gwendoline sentía el peso de estos recordatorios, y no por primera vez pensó que aquel era el final del camino. «Un camino que has recorrido de la manera equivocada», se dijo a sí misma.

Sin embargo, ese no iba a ser el último, ni mucho menos: Freya Howll, por fortuna o por desgracia, estaba allí, y jugaban en el mismo equipo. Fue ella quien impidió que aquel mortífago cumpliese su cometido. Podría decirse que la becaria había arrancado a su jefa de las garras de la muerte, por muy inverosímil que fuese aquella situación.

El corazón de Gwendoline latía desbocado, y se había olvidado de respirar; cuando vio al mortífago caído ante ella, pareció recordar cómo hacerlo. Cerró los ojos, sintiendo un profundo alivio. Momentos antes ya se creía muerta, y habrían sido muchas las cosas que dejaba pendientes en su vida.

Entonces, llegaron los gritos, y éstos la trajeron de vuelta a la realidad. Volvió a abrir los ojos y se encontró a Freya, fuera de sí, golpeando al mortífago mientras gritaba.

Más que ponerse en pie, Gwendoline gateó hasta alcanzar a Freya. Rodeó sus hombros con su brazo desde la espalda y la retuvo, a fin de que dejase aquella actitud agresiva. No le preocupaba demasiado lo que pudiese ocurrirle al mortífago en sí, pero sí a ella: si seguía golpeando así, acabaría haciéndose daño.

—Basta, Freya. ¡Basta! —le dijo, sujetándola con firmeza, tratando de apartarla de su enemigo inconsciente—. Le has vencido, ya está. No hace falta que sigas...

En su confusión, Gwendoline no había entendido ni la mitad de lo que ocurría ante sus ojos, pero tampoco necesitaba entenderlo para comprender que había algo personal en todo el asunto. Posiblemente, aún a pesar de que no hiciese falta que siguiese, la joven bruja sí querría seguir.

Soltó entonces a Freya, y lo primero que hizo fue buscar una varita, cualquiera. La primera que vio fue la de su enemigo, caída no muy lejos de su cuerpo, y la tomó. La utilizó para envolver su cuerpo con cadenas e inmovilizarlo; acto seguido, con un Accio no verbal, atrajo su propia varita. Entonces, se puso en pie, sintiendo un doloroso pinchazo en el brazo herido.

—¿Qué estabas haciendo aquí? —preguntó, consciente de que la joven tendría también unas cuantas preguntas para ella. No obstante, su intención era mantener su mente apartada de aquel mortífago al que, estaba claro, odiaba—. No es que no agradezca tu ayuda, pero...

«...pero lo que menos me esperaba hoy era encontrarme contigo», pensó Gwendoline, al tiempo que miraba a la joven. Tuvo tiempo de preguntarse qué iba a suponer aquello, desde aquel momento en adelante, para su relación con Freya Howll.

Una parte de ella seguía queriendo, más por seguridad que por otra cosa, asegurarse de que la joven no recordaba nada de aquel encuentro; otra, en cambio, se sentía incapaz de hacerlo. Y es que quizás Freya y ella no fuesen amigas, que su relación en el Ministerio de Magia fuese mera cordialidad, pero en el fondo había sido incapaz de evitar que entre ellas dos surgiese un vínculo, un lazo, una especie de confianza.

Aquel momento, sin duda, la estaba poniendo a prueba. Y como una señal de buena voluntad, Gwendoline tendió su mano a la chica para ayudarla a ponerse en pie.
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