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Everything has change. —Hester.

Sam J. Lehmann el Vie Sep 06, 2019 3:09 am

Everything has change. —Hester. XPeTbWh
"Blazing cords" Sala de conciertos | Londres | 30/08/2019 | 21:52h | Atuendo

—Hola, Sam. Soy tu padre. ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Dentro de dos días toco en el Blazing Cords junto a una cantante. Buscaba pianista para poder hacer un directo y me he ofrecido voluntario para así darnos a conocer un poco los dos en esa sala de conciertos. Me gustaría que vinieras con Gwendoline y así os veo un poco y me contáis qué tal por Fuerteventura. Bueno, te dejo. Te quiero. Un besito. Adiós.

Eso había sido un audio de WhatsApp, el cual Sam escuchó cuando se despertó, a eso de las once de la mañana del miércoles. Gwen no estaba en la cama, por lo que aún sin levantarse, le mandó un audio a su padre.

—Papi, ¿sabes que no tienes que decirme hola ni adiós en el mismo audio, verdad? —Y se lo mandó, para luego añadir otro: —No tenemos planes para el viernes, así que seguramente vayamos a verte brillar. —Bostezó, pero no cortó el audio. —Es que me acabo de despertar, luego a la tarde te llamo para que me des más detalles. Te quiero. —Y esta vez sí que le cortó el audio.

Dejó el móvil sobre la mesa de noche y se estiró enérgicamente por toda la cama aprovechando que estaba sola. Remoloneó un poco en compañía de Don Gato, que siempre que una de las dos se quedaba durmiendo él venía muy digno como si estuviera protegiéndola de Morfeo. Después de eso, se levantó y bajó para buscar a Gwen y contarle el plan del viernes, a ver si le parecía bien.


Viernes, 30 de agosto del 2019

Caminaban en dirección al Blazing Cords mientras tenían la misma conversación que tenían siempre que se vestían para salir y Sam, como de costumbre, se ponía los tacones que tanto le gustaban. Recordaba que pocas veces había ido a trabajar al Ministerio de Magia sin tacones, pues era de sus prendas favoritas. Su prenda favorita era el pijama, pero luego los tacones y… luego podría decir que los tops.

—No echaba de menos Londres con este frío que me congela las piernas —dijo, en referencia a las espectaculares vacaciones que habían tenido en Fuerteventura. Allí podía ir en falda sin medias y sin abrigo y en Londres, como siempre, tenía que abrigarse más de la cuenta. ¡Y eso que ahora mismo no hacía tanto frío!

Fue Sam la que llegó primero a la puerta del Blazing Cords, tirando—que no empujando—la puerta y dejando pasar primero a Gwendoline. La sala era grande, amplia y por lo que ponía un cartel que Sam no leyó tenía aforo para doscientas cincuenta personas. Tenía dos barras y, en su mayoría, era para estar de pie observando el concierto, a pesar de que había algunas mesas altas para apoyar bebidas y algunas más bajas en los laterales en donde poder sentarse. Era un poco mierda esas últimas porque cuando empezase el concierto y todo el mundo estuviera de pie, en realidad no ibas a ver demasiado.

Por Sam, prefería quedarse de pie, aunque al entrar lo primero que quería era encontrar a su padre, el cual no le costó en absoluto verlo encima del escenario mientras observaba su piano y le decía un par de cosas al técnico. Sujetó la mano de Gwendoline para no perderse por la muchedumbre y se encaminó hacia allí. Ambas lo saludaron desde abajo y a Luca se le iluminó la cara con una sonrisa, disculpando al técnico para bajar a saludarlas.

—¡Hola! —Abrazó primero a Sam, dándole un besito en la mejilla, para luego hacer lo mismo con Gwendoline. —Siempre os digo lo mismo: ¡pero qué guapas estáis! Yo creo que os han sentado muy bien las vacaciones.

—Gracias papi —le dijo.

Había música puesta y, si mal no creía Sam, se trataba de esa tal Billie Eilish. Se había hecho super famosa y a el algoritmo de Youtube le recomendó par de canciones a Sam, acertando, pues le gustó mucho.

—Aquí lo importante es que nos digas cómo has conseguido una cantante. Llevabas meses intentando buscar a una con la que poder colaborar, ¿y de repente te cae una del cielo?

—¡Pues fíjate que ni tuve que esforzarme! Fue ella quién contactó conmigo a través de un contacto, pues al parecer no tenía pianista y quería hacer un concierto acústico. Así que le dije que sí y llevamos toda la semana ensayando. Debe de ser de vuestra edad.

—Pensé que sería más vieja, en plan de tu edad.

—¿Estás llamando viejo a tu padre?

—¿Qué? ¿YO? Papá, por favor. Estás en la flor de la vida. —Y besó su mejilla, divertidísima. —Luego nos la presentas.

—Sí, ahora mismo está ahí dentro preparándose. Voy a ver cómo le va, que esto no creo que tarde mucho en empezar. —Pero antes de irse, se acercó a Gwendoline de manera traviesa, dándole la pulsera de VIP que tenía él por ser uno de los artistas que iban a tocar. —Toma, para que os salgan gratis las bebidas. Yo no puedo beber, que luego veo dobles las teclas. —Y tras esa broma, se fue.
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Hester A. Marlowe el Mar Sep 10, 2019 3:27 pm

No era ningún secreto que la amistad entre Dexter Fawcett y Hester Marlowe, si es que alguna vez había existido, no pasaba por sus mejores momentos.

La bruja se hacía cargo de su parte de responsabilidad: contra los deseos de su antiguo compañero de trabajo, había revelado su naturaleza mágica a la que en aquellos momentos era su novia. Sin embargo, había tenido en consideración parte de sus deseos y lo había dejado fuera del asunto, además de informarle previamente de cuáles eran sus intenciones.

A ella no le había preguntado antes de meterla en sus mentiras.

También estaba el otro asunto: siempre que Zeta le necesitaba, Dexter encontraba alguna forma para eludir su responsabilidad como novio. Generalmente, el problema siempre era el mismo: la dichosa Orden del Fénix, dentro de la cual Dexter parecía ocupar el cargo de vicepresidente, por lo menos, pues pasaba con ellos una cantidad ingente de horas.

Hester sabía el motivo de su ausencia; Hester no podía decir nada, aunque en sus manos estuviera calmar los nervios de la chica que le gustaba. Porque no, no necesitaba ser una lumbrera para comprender sus sentimientos por Zdravka.

¿Sabéis la clase de confusión que tenía Hester en su cabeza? Por un lado, intentando por todos los medios calmar las inquietudes de Zeta con respecto a su novio; por otro lado, deseando poder soltárselo todo y provocar una ruptura que, con suerte, culminase con Zeta en sus brazos. ¿Qué clase de tontería era aquella?

Una muy fea, pensó Hester mientras contemplaba la pantalla de su teléfono móvil, que mostraba la ventana de chat de Whatsapp de Dexter Fawcett. Le había escrito hacía más de veinte minutos, preguntándole si tenía pensado aparecer, pero no había obtenido respuesta alguna. Teniendo en cuenta que tampoco había aparecido, supuso que podía asumir que la respuesta era que no.

Suspiró, levantando la vista del teléfono y mirando al escenario, todavía vacío. Zeta le había pedido hacía un buen rato, desesperada, que acudiera para darle un abrazo y darle fuerzas. Literalmente. ¿Sabéis lo que había hecho Hester? Efectivamente: correr a los brazos de Zdravka, sin dudarlo ni un solo momento.

Momentos como aquel la llevaban a querer escuchar la canción You belong with me de Taylor Swift, muy apropiada para la situación.

—Déjate de pensar tonterías.—Se sugirió a sí misma mientras suspiraba una vez más. Hester era dada a hablar sola.—Si le gustases a Zeta, ten por seguro que aquí no habría drama alguno. Creo que lo mejor que puedes hacer es cerrar el pico, dejar de pensar chorradas, y concentrarte en seguir con tu vida. ¿Qué te parece eso?—Mal. Le parecía mal, pero era lo que había que hacer, suponía.

Ofuscada, Hester se puso en pie de golpe, recogió el teléfono de la mesa que ocupaba en unos de los laterales, y caminó en dirección a la barra más cercana, con intención de pedir una bebida. No pretendía engañar a nadie ni a sí misma: iba a pedir cerveza sin alcohol, como buena floja que era. Pero bebiendo algo, quizás, empezaría a contentrarse en el acto de beber y no en todas sus preocupaciones.

En su cabeza, aquello tenía sentido.


Algunos minutos después, Hester permanecía con rostro pensativo junto a la barra, sentada en uno de los taburetes con una cerveza sin alcohol envuelta en una servilleta en una mano, y el rostro apoyado en la otra. Para entonces, Dexter ni había llegado ni había respondido, la actuación no había dado comienzo, y Hester supuso que Zdravka estaría ultimando los detalles para dar comienzo al espectáculo.

—Asco de situación...—Murmuró de manera ausente, llevándose la cerveza a la boca para beber un poco.

Percibió movimiento en el escenario por el rabillo del ojo y volvió la mirada en ese dirección. La recibió la imagen de un hombre dando instrucciones a uno de los técnicos, gesticulando con las manos y explicando algo de manera apasionada. Se le quedó mirando con la misma expresión ausente, hasta que vio llegar a una pareja de chicas a su lado.

Por cómo las saludó, estaba claro que el señor—ese compañero del que Zeta le había hablado, el pianista, supuso—las conocía y les tenía cariño. En ningún momento identificó Hester a Gwendoline Edevane, jefa de la oficina de desmemorizadores, y mucho menos a Samantha Lehmann, conocida fugitiva; para ella eran simplemente dos chicas, una pareja muy feliz.

¡La sorpresa que se iba a llevar cuando lo descubriese!

Cuando ambas chicas y el pianista se separaron, Hester las observó y se sorprendió a sí misma envidiándolas: caminaban de la mano y sonreían, divertidas y feliz, y existía entre ellas una complicidad que a ella le gustaría tener con Zdravka. No se daba cuenta de que, en gran medida, ya la tenía. ¿Cómo darse cuenta? Dexter Fawcett seguía ensombreciendo la escena con su presencia.

O, mejor dicho, con su ausencia.

Volvió a revisar el teléfono móvil. Nada. Abrió la ventana de Whatsapp del mago, sopesando la posibilidad de insistirle un poco, pero la desestimó enseguida. En su lugar, buscó la ventana de chat de Zdravka, con la cual conservaba todos los mensajes, y reprodujo otra vez el audio que le había enviado hacía menos de una hora.

Se acercó el teléfono a la oreja y, mientras sonreía, escuchó una vez más las palabras de Zdravka...

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Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Vie Sep 13, 2019 3:51 am

Aprovechando que no es que hubiera mucho sitio para sentarse, Sam y Gwen se acercaron a una de las barras para pedir alguna bebida aprovechándose de la pulsera VIP de su padre, la cual no iba a usar por el momento. La rubia había visto que había varias personas con mojitos en la mano, con un vaso grueso cargado de hielo, hierbabuena y una pajita. La verdad es que nada más verlo se le antojó uno, por lo que fue lo primero que pidió.

La señorita que estaba al otro lado le dijo que allí no se hacían los mojitos, sino que solo en la barra central era en donde estaba todo lo necesario para prepararlos. Ante el odio de dicha camarera, Sam cogió de nuevo de la mano a Gwen―pues cuando había había multitudes la regla básica entre amigas era ir cogidas de la mano para no perderse―y se acercó a la otra barra. Aprovechó que todavía no había mucha gente, ni tampoco tan borrachas, para alzar el dedo índice y corazón de su mano y pedir dos mojitos.

Después de pedir y que el señor camarero se pusiese manos a la obra a hacerle los mojitos desde cero, picando la hierbabuena y la azúcar, Sam fue a retroceder para dar paso al resto de personas, pero justamente recibió un pequeño empujón que hizo que chocase con el hombro con la chica que tenía al lado, que parecía estar hablando por teléfono.

―Lo siento ―se disculpó.

Sin embargo, ocurrió algo inesperado: reconoció aquella carita.

No iba a mentir: no se acordaba de cómo se llamaba, pero sí de quién era. Era aquella oclumante que recientemente se había incorporado en la plantilla de su departamento como instructora y que, apenas unos días del cambio de gobierno, le había pedido una cita. Y se acordaba de la situación perfectamente porque siempre pensaba que había perdido una cita por culpa del dichoso gobierno. ¡Para una cita que aceptaba después de años diciendo que no!

Por suerte vio en los ojos de la chica que no la reconocía, así que en vez de tener el impulso de saludar de manera incómoda, sonrió y se giró para irse. Y es que… por mucho que pudiera pensar que aquella mujer no tenía ningún tipo de malicia, al fin y al cabo lo último que sabía de ella es que trabajaba en el Ministerio de Magia. Y lo peor de todo es que ahora mismo estaba con Gwendoline y no quería ponerla en peligro por una tontería así.

Tal y como estaban las cosas, lo primero y más precavido era desconfiar.

Cogió de nuevo la mano a Gwen, para irse a otra zona de la barra a la espera de los mojitos. Eso sí, frente a esa ‘huida estratégica’ y totalmente carente de sentido para la morena, Sam decidió explicarse. Se acercó a su novia para hablar cerca de su oído.

―Hay ahí una chica que conocí cuando trabajaba en el Ministerio de Magia. No sé si me ha reconocido, pero me choqué con ella, me ha mirado y… entonces huí. ―Lo dijo bastante seria, pues sabía el peligro que suponía el hecho no solo de que la reconocieran, sino que la viesen con ella. Que en ese caso podría no ser nada, ¿pero y si sí? ―Quizás deberíamos irnos.

¿O no? ¡Qué difícil! ¿Veis? ¿¡Veis esa mierda!? ¡Por eso tenían que irse a Fuerteventura a vivir de por vida sin tener que preocuparse de conocer a nadie una noche en el que sólo vas a ir a ver a tu padre tocar el piano! Y le daba mucha rabia, porque en otra situación totalmente diferente, Sam hubiera tratado muy diferente a aquella chica e incluso bromeado con la mala suerte que habían tenido en el pasado. Pero no, ahí estaba, pensando en lo peor de ella cuando en su momento le había parecido encantadora y, sobre todo y para variar―nótese la ironía―, pensar lo peor que pudiera pasarle a ellas.
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Hester A. Marlowe el Dom Sep 15, 2019 2:52 am

Sumergida en sus pensamientos, una sonrisa de boba pintada en la cara, el teléfono móvil pegado a la oreja y la voz de Zdravka hablándole al oído, Hester logró evadirse del mundo real durante algunos momentos. Para la mayoría de seres humanos, esa fracción ínfima de tiempo no era ni de lejos suficiente para que ocurriera nada significativo a su alrededor, pero para Hester, su mala suerte y su torpeza innatas, llegaba y sobraba.

Sorprendentemente, eso sí, no fue ella la responsable directa de la eventualidad.

Una persona indeterminada chocó contra ella, y fue ese choque lo que devolvió a Hester al mundo real. No se hizo daño, ni nada parecido, pero se tambaleó en el taburete, y a consecuencia zarandeó los brazos con intención de sujetarse a algo. Y mientras la persona que había chocado con ella se disculpaba, Hester arrojó parte de su cerveza sin alcohol sobre la camisa del caballero sentado junto a ella.

Se levantó de un brinco, sorprendida, y se puso nerviosa: sabía lo que acababa de ocurrir y, como siempre, temía una confrontación. El tipo, un hombre de unos treinta y muchos vestido de camisa y pantalones de traje, se había dado la vuelta mientras examinaba la mancha de cerveza, que se encontraba sobre su hombro derecho. Al darse cuenta de lo que había, miró a Hester con una expresión que, si bien no era de enfado, sí que parecía querer decir “¡Pero tía! ¿Cómo no miras por dónde vas?”

Hester se apresuró a disculparse.

—¡Perdón, perdón! ¡Lo siento, no era mi intención!—Su voz asustada y cantarina hizo sonar aquello como algún tipo de rima.—No quería mancharle la camisa...

Por suerte para ella, había dado con un muggle normal y no demasiado borracho: con un gesto de exasperación, tomó un puñado de servilletas y trató en vano de secar la mancha. Al no obtener el resultado deseado, se levantó del taburete, le dedicó una última mirada recriminatoria a Hester, y se alejó en dirección al baño de caballeros, asegurando que “su mujer lo iba a matar”.

Estoy viva, se recordó a sí misma. Me sobrepongo a mi torpeza y sobrevivo un día más. Una parte de ella no creía justo atribuirse toda la culpa de aquello, pero sabía que si aquella desconocida hubiera chocado contra cualquier otra persona, las consecuencias posiblemente habrían sido menos embarazosas.


Precisamente a unos cuantos taburetes de distancia se encontraba la desconocida en cuestión, que realmente no era tan desconocida en realidad. Tras su pequeño choque, haciendo honor a su clasificación oficial a cargo del Ministerio de Magia, había huido de la escena del crimen, buscando salir de allí lo antes posible en compañía de su novia.

Gwendoline Edevane—la novia en cuestión—compuso un semblante preocupado durante unos instantes, escuchando las palabras de Samantha Lehmann. No era para menos: ambas solían tener cuidado, pero los espías del Ministerio de Magia podían perfectamente estar camuflados entre los muggles, buscando fuentes de dinero fácil con patas, como lo eran ellas dos.

Así que, más por curiosidad que por otra cosa—y sintiendo el apremio de alejarse de la bruja con la que su novia se había chocado—, Gwen se inclinó hacia atrás para buscar a la desconocida con la mirada. No le fue muy difícil: se la encontró de pie, de espaldas a ellas, disculpándose con un hombre muggle que intentaba limpiarse una mancha en la espalda de la camisa.

Cuando la desconocida se volvió, Gwendoline pudo verle la cara y se relajó un poco. Su corazón se había acelerado, temiendo un enfrentamiento con alguien del Ministerio de Magia en aquel lugar lleno de muggles y, más importante, con la persona más importante para ella y su padre de por medio. Tal cosa no iba a ocurrir, por suerte.

—Falsa alarma.—Le dijo, sonriendo de manera tranquilizadora, para luego mirarla a los ojos.—Esa es Hester Marlowe, y por lo que me ha contado Dexter Fawcett de ella, es de fiar: es su instructora de oclumancia, así que conoce muchos de sus secretos.—Le explicó. Aquello debía ser necesario para calmar sus preocupaciones: de no ser de fiar, actualmente Dexter Fawcett estaría entre rejas.—La conozco de vista. Alguna vez he tenido que tratar con ella por trabajo, pero siendo lo despistada que es, no me sorprende que no me haya reconocido.—Suspiró, negando con la cabeza.—A veces no me explico cómo se ha mantenido libre hasta ahora...

Aquella, Gwendoline, era una muy buena pregunta: con esa torpeza, ¿cómo es que nadie había reparado en que Hester Marlowe ocultaba tantos secretos? ¿Quizás aquella torpeza jugaba a su favor, precisamente? Quizás nadie sospechaba de alguien tan torpe...
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann Ayer a las 4:26 am

¡Hester, eso!

Desde que le dijo el nombre, sintió como si su mente ya lo supiera y lo rescatase del baúl de los recuerdos, devolviéndole la memoria en donde Hester se le presentaba en las oficinas de instrucción. Le tranquilizó la vida el hecho de que Gwendoline supiera de ella como una persona de fiar, pues ya Sam estaba pensando lo peor. De hecho, se le pudo notar como sus hombros se relajaron pese a que no parecía que la morena hubiese reparado en la presencia ni identidad de Samantha Lehmann.

Sam sabía que era instructora de oclumancia, pero se sorprendió al saber que era la profesora de Dexter Fawcett, nada más ni nada menos que su transportista de confianza. La verdad es que teniendo en cuenta la de cosas en las que estaba metido Dexter―por lo que le había contado Gwen―, Hester debía de saber cosas que podrían meterla en Azkaban durante años.

Era cierto que la confidencialidad del legeremante/oclumante venía de la mano de un secretismo muy grande, pero tal y como estaban las cosas en el mundo mágico, dudaba mucho que dicha confidencialidad eximiese del hecho de informar de un traidor.

Si ya Sam lo pasaba mal con los secretos de Sebastian Crowley y mintiendo en un gobierno que, en teoría, era justo y benevolente, no quería ni imaginarse cómo estaría Hester en una situación como esta, en donde el gobierno a la mínima te castiga.

―Un día de estos me va a dar un infarto… ―le dijo a Gwendoline, pasando sus manos alrededor de su cuello para darle un abrazo y apoyar su cabeza contra la suya, suavemente. Aún sentía las pulsaciones a mil, maldita sea. ―Que casualidad estar precisamente en el mismo pub que otra bruja, de verdad… ―dijo tras separarse, para volver a la barra a buscar los mojitos.

En unos segundos se los dieron y le tendió uno a Gwendoline, mientras Sam bebía del suyo a través de la pajita, observando como su padre volvía al escenario y se sentaba en el piano. Esperó allí tranquilamente, con esa pose de ‘sim sin acción’ que tanta gracia le hacía a Sam cuando una persona simplemente estaba quieta, sin hacer nada. Luca intentó buscar a través del público a su pareja favorita, pero justamente las luces cambiaron y prácticamente toda la zona del público se quedó en oscuridad, enfocando varias de dichas luces al escenario.

Luca no dijo nada al micrófono que tenía delante, sino que llevó sus manos lentamente a las teclas y comenzó a tocar una pieza alegre. En un principio casi que parecía una obra propia, pero rápidamente los acordes comenzaron a sonar más familiares a todos aquellos que supieran un poco de cultura pop. Era la canción de ‘The Show Must Go On’ de Queen y si bien empezó tocando una gran parte de ella él solo, hubo un momento en donde el telón trasero se abrió y apareció la cantante. Zdrakva Ovsianikova iba vestida con un vestido largo de terciopelo morado oscuro, de manga larga y con una abertura en la falda que iba prácticamente desde la cadera. Era elegante, pese a que jugaba con la sensualidad de mostrar una pierna en un vestido tan ‘recatado’.

Ese ‘empty spaces’ del principio, puso los pelos de punta a Sam, quedándose con la mirada fija en los músicos, sabiendo desde ese principio tan intenso y profundo que iba a ser un conciertazo.

Aunque todos los conciertos en donde estuviera Luca Lehmann eran un conciertazo, sin ofender a Ovsianikova.


Una hora y cuarto después, luego de un concierto muy épico y bonito

Pese a que Hester fuera una persona de fiar, prefería indudablemente que no viese a Gwendoline con Sam, sencillamente porque entre menos supiera, mejor.

El primero en salir del camerino fue Luca, por lo que Sam corrió hacia él como buenamente sus tacones le permitían y le dio un gran abrazo.

―¡Me he pasado el concierto entero con los pelos de punta, papá! ¡Pero qué temazos! ―No era un secreto: el padre de Sam era muy clásico, ergo cuando tenía conciertos él solo, pese a que su habilidad con el piano era increíble, faltaba el acompañamiento de una voz. Y ahora había sido todo increíble. ―Hacéis un equipo buenísimo. Mis más sinceras felicitaciones. ―Le sonrió, con una amplia sonrisa. ―Te vino bien un alma joven en el equipo, ¿eh?

―¡Oye, oye, que yo también tengo mi cultura musical actual, listilla! ―Rió el hombre, con sendas manos sobre su regazo, tras abrocharse el botón de su americana. ―¿Os apetece ir a tomar algo ahora, verdad? Y picotear algo. Zeta me ha dicho de ir con ella y así la conocéis.

―¿Zeta? ¿Y esas confianzas, papá? ―Sam no cayó en que había visto anteriormente un mote como ese en fin de año.

―¡No son confianzas, cariño! ¡Es que esa muchacha tiene un nombre del demonio! Zdra… vaka… ¡algo muy raro! Ya se presentará ella cuando llegue, que está con una amiga. ―Y entonces buscó la pulsera VIP que les había dado. ―¿La habéis amortizado? Vamos a que me pida una cerveza que estoy acalorado.
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