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Everything has change. —Hester.

Sam J. Lehmann el Vie Sep 06, 2019 3:09 am

Everything has change. —Hester. XPeTbWh
"Blazing cords" Sala de conciertos | Londres | 30/08/2019 | 21:52h | Atuendo

—Hola, Sam. Soy tu padre. ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Dentro de dos días toco en el Blazing Cords junto a una cantante. Buscaba pianista para poder hacer un directo y me he ofrecido voluntario para así darnos a conocer un poco los dos en esa sala de conciertos. Me gustaría que vinieras con Gwendoline y así os veo un poco y me contáis qué tal por Fuerteventura. Bueno, te dejo. Te quiero. Un besito. Adiós.

Eso había sido un audio de WhatsApp, el cual Sam escuchó cuando se despertó, a eso de las once de la mañana del miércoles. Gwen no estaba en la cama, por lo que aún sin levantarse, le mandó un audio a su padre.

—Papi, ¿sabes que no tienes que decirme hola ni adiós en el mismo audio, verdad? —Y se lo mandó, para luego añadir otro: —No tenemos planes para el viernes, así que seguramente vayamos a verte brillar. —Bostezó, pero no cortó el audio. —Es que me acabo de despertar, luego a la tarde te llamo para que me des más detalles. Te quiero. —Y esta vez sí que le cortó el audio.

Dejó el móvil sobre la mesa de noche y se estiró enérgicamente por toda la cama aprovechando que estaba sola. Remoloneó un poco en compañía de Don Gato, que siempre que una de las dos se quedaba durmiendo él venía muy digno como si estuviera protegiéndola de Morfeo. Después de eso, se levantó y bajó para buscar a Gwen y contarle el plan del viernes, a ver si le parecía bien.


Viernes, 30 de agosto del 2019

Caminaban en dirección al Blazing Cords mientras tenían la misma conversación que tenían siempre que se vestían para salir y Sam, como de costumbre, se ponía los tacones que tanto le gustaban. Recordaba que pocas veces había ido a trabajar al Ministerio de Magia sin tacones, pues era de sus prendas favoritas. Su prenda favorita era el pijama, pero luego los tacones y… luego podría decir que los tops.

—No echaba de menos Londres con este frío que me congela las piernas —dijo, en referencia a las espectaculares vacaciones que habían tenido en Fuerteventura. Allí podía ir en falda sin medias y sin abrigo y en Londres, como siempre, tenía que abrigarse más de la cuenta. ¡Y eso que ahora mismo no hacía tanto frío!

Fue Sam la que llegó primero a la puerta del Blazing Cords, tirando—que no empujando—la puerta y dejando pasar primero a Gwendoline. La sala era grande, amplia y por lo que ponía un cartel que Sam no leyó tenía aforo para doscientas cincuenta personas. Tenía dos barras y, en su mayoría, era para estar de pie observando el concierto, a pesar de que había algunas mesas altas para apoyar bebidas y algunas más bajas en los laterales en donde poder sentarse. Era un poco mierda esas últimas porque cuando empezase el concierto y todo el mundo estuviera de pie, en realidad no ibas a ver demasiado.

Por Sam, prefería quedarse de pie, aunque al entrar lo primero que quería era encontrar a su padre, el cual no le costó en absoluto verlo encima del escenario mientras observaba su piano y le decía un par de cosas al técnico. Sujetó la mano de Gwendoline para no perderse por la muchedumbre y se encaminó hacia allí. Ambas lo saludaron desde abajo y a Luca se le iluminó la cara con una sonrisa, disculpando al técnico para bajar a saludarlas.

—¡Hola! —Abrazó primero a Sam, dándole un besito en la mejilla, para luego hacer lo mismo con Gwendoline. —Siempre os digo lo mismo: ¡pero qué guapas estáis! Yo creo que os han sentado muy bien las vacaciones.

—Gracias papi —le dijo.

Había música puesta y, si mal no creía Sam, se trataba de esa tal Billie Eilish. Se había hecho super famosa y a el algoritmo de Youtube le recomendó par de canciones a Sam, acertando, pues le gustó mucho.

—Aquí lo importante es que nos digas cómo has conseguido una cantante. Llevabas meses intentando buscar a una con la que poder colaborar, ¿y de repente te cae una del cielo?

—¡Pues fíjate que ni tuve que esforzarme! Fue ella quién contactó conmigo a través de un contacto, pues al parecer no tenía pianista y quería hacer un concierto acústico. Así que le dije que sí y llevamos toda la semana ensayando. Debe de ser de vuestra edad.

—Pensé que sería más vieja, en plan de tu edad.

—¿Estás llamando viejo a tu padre?

—¿Qué? ¿YO? Papá, por favor. Estás en la flor de la vida. —Y besó su mejilla, divertidísima. —Luego nos la presentas.

—Sí, ahora mismo está ahí dentro preparándose. Voy a ver cómo le va, que esto no creo que tarde mucho en empezar. —Pero antes de irse, se acercó a Gwendoline de manera traviesa, dándole la pulsera de VIP que tenía él por ser uno de los artistas que iban a tocar. —Toma, para que os salgan gratis las bebidas. Yo no puedo beber, que luego veo dobles las teclas. —Y tras esa broma, se fue.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Mar Sep 10, 2019 3:27 pm

No era ningún secreto que la amistad entre Dexter Fawcett y Hester Marlowe, si es que alguna vez había existido, no pasaba por sus mejores momentos.

La bruja se hacía cargo de su parte de responsabilidad: contra los deseos de su antiguo compañero de trabajo, había revelado su naturaleza mágica a la que en aquellos momentos era su novia. Sin embargo, había tenido en consideración parte de sus deseos y lo había dejado fuera del asunto, además de informarle previamente de cuáles eran sus intenciones.

A ella no le había preguntado antes de meterla en sus mentiras.

También estaba el otro asunto: siempre que Zeta le necesitaba, Dexter encontraba alguna forma para eludir su responsabilidad como novio. Generalmente, el problema siempre era el mismo: la dichosa Orden del Fénix, dentro de la cual Dexter parecía ocupar el cargo de vicepresidente, por lo menos, pues pasaba con ellos una cantidad ingente de horas.

Hester sabía el motivo de su ausencia; Hester no podía decir nada, aunque en sus manos estuviera calmar los nervios de la chica que le gustaba. Porque no, no necesitaba ser una lumbrera para comprender sus sentimientos por Zdravka.

¿Sabéis la clase de confusión que tenía Hester en su cabeza? Por un lado, intentando por todos los medios calmar las inquietudes de Zeta con respecto a su novio; por otro lado, deseando poder soltárselo todo y provocar una ruptura que, con suerte, culminase con Zeta en sus brazos. ¿Qué clase de tontería era aquella?

Una muy fea, pensó Hester mientras contemplaba la pantalla de su teléfono móvil, que mostraba la ventana de chat de Whatsapp de Dexter Fawcett. Le había escrito hacía más de veinte minutos, preguntándole si tenía pensado aparecer, pero no había obtenido respuesta alguna. Teniendo en cuenta que tampoco había aparecido, supuso que podía asumir que la respuesta era que no.

Suspiró, levantando la vista del teléfono y mirando al escenario, todavía vacío. Zeta le había pedido hacía un buen rato, desesperada, que acudiera para darle un abrazo y darle fuerzas. Literalmente. ¿Sabéis lo que había hecho Hester? Efectivamente: correr a los brazos de Zdravka, sin dudarlo ni un solo momento.

Momentos como aquel la llevaban a querer escuchar la canción You belong with me de Taylor Swift, muy apropiada para la situación.

—Déjate de pensar tonterías.—Se sugirió a sí misma mientras suspiraba una vez más. Hester era dada a hablar sola.—Si le gustases a Zeta, ten por seguro que aquí no habría drama alguno. Creo que lo mejor que puedes hacer es cerrar el pico, dejar de pensar chorradas, y concentrarte en seguir con tu vida. ¿Qué te parece eso?—Mal. Le parecía mal, pero era lo que había que hacer, suponía.

Ofuscada, Hester se puso en pie de golpe, recogió el teléfono de la mesa que ocupaba en unos de los laterales, y caminó en dirección a la barra más cercana, con intención de pedir una bebida. No pretendía engañar a nadie ni a sí misma: iba a pedir cerveza sin alcohol, como buena floja que era. Pero bebiendo algo, quizás, empezaría a contentrarse en el acto de beber y no en todas sus preocupaciones.

En su cabeza, aquello tenía sentido.


Algunos minutos después, Hester permanecía con rostro pensativo junto a la barra, sentada en uno de los taburetes con una cerveza sin alcohol envuelta en una servilleta en una mano, y el rostro apoyado en la otra. Para entonces, Dexter ni había llegado ni había respondido, la actuación no había dado comienzo, y Hester supuso que Zdravka estaría ultimando los detalles para dar comienzo al espectáculo.

—Asco de situación...—Murmuró de manera ausente, llevándose la cerveza a la boca para beber un poco.

Percibió movimiento en el escenario por el rabillo del ojo y volvió la mirada en ese dirección. La recibió la imagen de un hombre dando instrucciones a uno de los técnicos, gesticulando con las manos y explicando algo de manera apasionada. Se le quedó mirando con la misma expresión ausente, hasta que vio llegar a una pareja de chicas a su lado.

Por cómo las saludó, estaba claro que el señor—ese compañero del que Zeta le había hablado, el pianista, supuso—las conocía y les tenía cariño. En ningún momento identificó Hester a Gwendoline Edevane, jefa de la oficina de desmemorizadores, y mucho menos a Samantha Lehmann, conocida fugitiva; para ella eran simplemente dos chicas, una pareja muy feliz.

¡La sorpresa que se iba a llevar cuando lo descubriese!

Cuando ambas chicas y el pianista se separaron, Hester las observó y se sorprendió a sí misma envidiándolas: caminaban de la mano y sonreían, divertidas y feliz, y existía entre ellas una complicidad que a ella le gustaría tener con Zdravka. No se daba cuenta de que, en gran medida, ya la tenía. ¿Cómo darse cuenta? Dexter Fawcett seguía ensombreciendo la escena con su presencia.

O, mejor dicho, con su ausencia.

Volvió a revisar el teléfono móvil. Nada. Abrió la ventana de Whatsapp del mago, sopesando la posibilidad de insistirle un poco, pero la desestimó enseguida. En su lugar, buscó la ventana de chat de Zdravka, con la cual conservaba todos los mensajes, y reprodujo otra vez el audio que le había enviado hacía menos de una hora.

Se acercó el teléfono a la oreja y, mientras sonreía, escuchó una vez más las palabras de Zdravka...

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Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Vie Sep 13, 2019 3:51 am

Aprovechando que no es que hubiera mucho sitio para sentarse, Sam y Gwen se acercaron a una de las barras para pedir alguna bebida aprovechándose de la pulsera VIP de su padre, la cual no iba a usar por el momento. La rubia había visto que había varias personas con mojitos en la mano, con un vaso grueso cargado de hielo, hierbabuena y una pajita. La verdad es que nada más verlo se le antojó uno, por lo que fue lo primero que pidió.

La señorita que estaba al otro lado le dijo que allí no se hacían los mojitos, sino que solo en la barra central era en donde estaba todo lo necesario para prepararlos. Ante el odio de dicha camarera, Sam cogió de nuevo de la mano a Gwen―pues cuando había había multitudes la regla básica entre amigas era ir cogidas de la mano para no perderse―y se acercó a la otra barra. Aprovechó que todavía no había mucha gente, ni tampoco tan borrachas, para alzar el dedo índice y corazón de su mano y pedir dos mojitos.

Después de pedir y que el señor camarero se pusiese manos a la obra a hacerle los mojitos desde cero, picando la hierbabuena y la azúcar, Sam fue a retroceder para dar paso al resto de personas, pero justamente recibió un pequeño empujón que hizo que chocase con el hombro con la chica que tenía al lado, que parecía estar hablando por teléfono.

―Lo siento ―se disculpó.

Sin embargo, ocurrió algo inesperado: reconoció aquella carita.

No iba a mentir: no se acordaba de cómo se llamaba, pero sí de quién era. Era aquella oclumante que recientemente se había incorporado en la plantilla de su departamento como instructora y que, apenas unos días del cambio de gobierno, le había pedido una cita. Y se acordaba de la situación perfectamente porque siempre pensaba que había perdido una cita por culpa del dichoso gobierno. ¡Para una cita que aceptaba después de años diciendo que no!

Por suerte vio en los ojos de la chica que no la reconocía, así que en vez de tener el impulso de saludar de manera incómoda, sonrió y se giró para irse. Y es que… por mucho que pudiera pensar que aquella mujer no tenía ningún tipo de malicia, al fin y al cabo lo último que sabía de ella es que trabajaba en el Ministerio de Magia. Y lo peor de todo es que ahora mismo estaba con Gwendoline y no quería ponerla en peligro por una tontería así.

Tal y como estaban las cosas, lo primero y más precavido era desconfiar.

Cogió de nuevo la mano a Gwen, para irse a otra zona de la barra a la espera de los mojitos. Eso sí, frente a esa ‘huida estratégica’ y totalmente carente de sentido para la morena, Sam decidió explicarse. Se acercó a su novia para hablar cerca de su oído.

―Hay ahí una chica que conocí cuando trabajaba en el Ministerio de Magia. No sé si me ha reconocido, pero me choqué con ella, me ha mirado y… entonces huí. ―Lo dijo bastante seria, pues sabía el peligro que suponía el hecho no solo de que la reconocieran, sino que la viesen con ella. Que en ese caso podría no ser nada, ¿pero y si sí? ―Quizás deberíamos irnos.

¿O no? ¡Qué difícil! ¿Veis? ¿¡Veis esa mierda!? ¡Por eso tenían que irse a Fuerteventura a vivir de por vida sin tener que preocuparse de conocer a nadie una noche en el que sólo vas a ir a ver a tu padre tocar el piano! Y le daba mucha rabia, porque en otra situación totalmente diferente, Sam hubiera tratado muy diferente a aquella chica e incluso bromeado con la mala suerte que habían tenido en el pasado. Pero no, ahí estaba, pensando en lo peor de ella cuando en su momento le había parecido encantadora y, sobre todo y para variar―nótese la ironía―, pensar lo peor que pudiera pasarle a ellas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Dom Sep 15, 2019 2:52 am

Sumergida en sus pensamientos, una sonrisa de boba pintada en la cara, el teléfono móvil pegado a la oreja y la voz de Zdravka hablándole al oído, Hester logró evadirse del mundo real durante algunos momentos. Para la mayoría de seres humanos, esa fracción ínfima de tiempo no era ni de lejos suficiente para que ocurriera nada significativo a su alrededor, pero para Hester, su mala suerte y su torpeza innatas, llegaba y sobraba.

Sorprendentemente, eso sí, no fue ella la responsable directa de la eventualidad.

Una persona indeterminada chocó contra ella, y fue ese choque lo que devolvió a Hester al mundo real. No se hizo daño, ni nada parecido, pero se tambaleó en el taburete, y a consecuencia zarandeó los brazos con intención de sujetarse a algo. Y mientras la persona que había chocado con ella se disculpaba, Hester arrojó parte de su cerveza sin alcohol sobre la camisa del caballero sentado junto a ella.

Se levantó de un brinco, sorprendida, y se puso nerviosa: sabía lo que acababa de ocurrir y, como siempre, temía una confrontación. El tipo, un hombre de unos treinta y muchos vestido de camisa y pantalones de traje, se había dado la vuelta mientras examinaba la mancha de cerveza, que se encontraba sobre su hombro derecho. Al darse cuenta de lo que había, miró a Hester con una expresión que, si bien no era de enfado, sí que parecía querer decir “¡Pero tía! ¿Cómo no miras por dónde vas?”

Hester se apresuró a disculparse.

—¡Perdón, perdón! ¡Lo siento, no era mi intención!—Su voz asustada y cantarina hizo sonar aquello como algún tipo de rima.—No quería mancharle la camisa...

Por suerte para ella, había dado con un muggle normal y no demasiado borracho: con un gesto de exasperación, tomó un puñado de servilletas y trató en vano de secar la mancha. Al no obtener el resultado deseado, se levantó del taburete, le dedicó una última mirada recriminatoria a Hester, y se alejó en dirección al baño de caballeros, asegurando que “su mujer lo iba a matar”.

Estoy viva, se recordó a sí misma. Me sobrepongo a mi torpeza y sobrevivo un día más. Una parte de ella no creía justo atribuirse toda la culpa de aquello, pero sabía que si aquella desconocida hubiera chocado contra cualquier otra persona, las consecuencias posiblemente habrían sido menos embarazosas.


Precisamente a unos cuantos taburetes de distancia se encontraba la desconocida en cuestión, que realmente no era tan desconocida en realidad. Tras su pequeño choque, haciendo honor a su clasificación oficial a cargo del Ministerio de Magia, había huido de la escena del crimen, buscando salir de allí lo antes posible en compañía de su novia.

Gwendoline Edevane—la novia en cuestión—compuso un semblante preocupado durante unos instantes, escuchando las palabras de Samantha Lehmann. No era para menos: ambas solían tener cuidado, pero los espías del Ministerio de Magia podían perfectamente estar camuflados entre los muggles, buscando fuentes de dinero fácil con patas, como lo eran ellas dos.

Así que, más por curiosidad que por otra cosa—y sintiendo el apremio de alejarse de la bruja con la que su novia se había chocado—, Gwen se inclinó hacia atrás para buscar a la desconocida con la mirada. No le fue muy difícil: se la encontró de pie, de espaldas a ellas, disculpándose con un hombre muggle que intentaba limpiarse una mancha en la espalda de la camisa.

Cuando la desconocida se volvió, Gwendoline pudo verle la cara y se relajó un poco. Su corazón se había acelerado, temiendo un enfrentamiento con alguien del Ministerio de Magia en aquel lugar lleno de muggles y, más importante, con la persona más importante para ella y su padre de por medio. Tal cosa no iba a ocurrir, por suerte.

—Falsa alarma.—Le dijo, sonriendo de manera tranquilizadora, para luego mirarla a los ojos.—Esa es Hester Marlowe, y por lo que me ha contado Dexter Fawcett de ella, es de fiar: es su instructora de oclumancia, así que conoce muchos de sus secretos.—Le explicó. Aquello debía ser necesario para calmar sus preocupaciones: de no ser de fiar, actualmente Dexter Fawcett estaría entre rejas.—La conozco de vista. Alguna vez he tenido que tratar con ella por trabajo, pero siendo lo despistada que es, no me sorprende que no me haya reconocido.—Suspiró, negando con la cabeza.—A veces no me explico cómo se ha mantenido libre hasta ahora...

Aquella, Gwendoline, era una muy buena pregunta: con esa torpeza, ¿cómo es que nadie había reparado en que Hester Marlowe ocultaba tantos secretos? ¿Quizás aquella torpeza jugaba a su favor, precisamente? Quizás nadie sospechaba de alguien tan torpe...
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Lun Sep 16, 2019 4:26 am

¡Hester, eso!

Desde que le dijo el nombre, sintió como si su mente ya lo supiera y lo rescatase del baúl de los recuerdos, devolviéndole la memoria en donde Hester se le presentaba en las oficinas de instrucción. Le tranquilizó la vida el hecho de que Gwendoline supiera de ella como una persona de fiar, pues ya Sam estaba pensando lo peor. De hecho, se le pudo notar como sus hombros se relajaron pese a que no parecía que la morena hubiese reparado en la presencia ni identidad de Samantha Lehmann.

Sam sabía que era instructora de oclumancia, pero se sorprendió al saber que era la profesora de Dexter Fawcett, nada más ni nada menos que su transportista de confianza. La verdad es que teniendo en cuenta la de cosas en las que estaba metido Dexter―por lo que le había contado Gwen―, Hester debía de saber cosas que podrían meterla en Azkaban durante años.

Era cierto que la confidencialidad del legeremante/oclumante venía de la mano de un secretismo muy grande, pero tal y como estaban las cosas en el mundo mágico, dudaba mucho que dicha confidencialidad eximiese del hecho de informar de un traidor.

Si ya Sam lo pasaba mal con los secretos de Sebastian Crowley y mintiendo en un gobierno que, en teoría, era justo y benevolente, no quería ni imaginarse cómo estaría Hester en una situación como esta, en donde el gobierno a la mínima te castiga.

―Un día de estos me va a dar un infarto… ―le dijo a Gwendoline, pasando sus manos alrededor de su cuello para darle un abrazo y apoyar su cabeza contra la suya, suavemente. Aún sentía las pulsaciones a mil, maldita sea. ―Que casualidad estar precisamente en el mismo pub que otra bruja, de verdad… ―dijo tras separarse, para volver a la barra a buscar los mojitos.

En unos segundos se los dieron y le tendió uno a Gwendoline, mientras Sam bebía del suyo a través de la pajita, observando como su padre volvía al escenario y se sentaba en el piano. Esperó allí tranquilamente, con esa pose de ‘sim sin acción’ que tanta gracia le hacía a Sam cuando una persona simplemente estaba quieta, sin hacer nada. Luca intentó buscar a través del público a su pareja favorita, pero justamente las luces cambiaron y prácticamente toda la zona del público se quedó en oscuridad, enfocando varias de dichas luces al escenario.

Luca no dijo nada al micrófono que tenía delante, sino que llevó sus manos lentamente a las teclas y comenzó a tocar una pieza alegre. En un principio casi que parecía una obra propia, pero rápidamente los acordes comenzaron a sonar más familiares a todos aquellos que supieran un poco de cultura pop. Era la canción de ‘The Show Must Go On’ de Queen y si bien empezó tocando una gran parte de ella él solo, hubo un momento en donde el telón trasero se abrió y apareció la cantante. Zdrakva Ovsianikova iba vestida con un vestido largo de terciopelo morado oscuro, de manga larga y con una abertura en la falda que iba prácticamente desde la cadera. Era elegante, pese a que jugaba con la sensualidad de mostrar una pierna en un vestido tan ‘recatado’.

Ese ‘empty spaces’ del principio, puso los pelos de punta a Sam, quedándose con la mirada fija en los músicos, sabiendo desde ese principio tan intenso y profundo que iba a ser un conciertazo.

Aunque todos los conciertos en donde estuviera Luca Lehmann eran un conciertazo, sin ofender a Ovsianikova.


Una hora y cuarto después, luego de un concierto muy épico y bonito

Pese a que Hester fuera una persona de fiar, prefería indudablemente que no viese a Gwendoline con Sam, sencillamente porque entre menos supiera, mejor.

El primero en salir del camerino fue Luca, por lo que Sam corrió hacia él como buenamente sus tacones le permitían y le dio un gran abrazo.

―¡Me he pasado el concierto entero con los pelos de punta, papá! ¡Pero qué temazos! ―No era un secreto: el padre de Sam era muy clásico, ergo cuando tenía conciertos él solo, pese a que su habilidad con el piano era increíble, faltaba el acompañamiento de una voz. Y ahora había sido todo increíble. ―Hacéis un equipo buenísimo. Mis más sinceras felicitaciones. ―Le sonrió, con una amplia sonrisa. ―Te vino bien un alma joven en el equipo, ¿eh?

―¡Oye, oye, que yo también tengo mi cultura musical actual, listilla! ―Rió el hombre, con sendas manos sobre su regazo, tras abrocharse el botón de su americana. ―¿Os apetece ir a tomar algo ahora, verdad? Y picotear algo. Zeta me ha dicho de ir con ella y así la conocéis.

―¿Zeta? ¿Y esas confianzas, papá? ―Sam no cayó en que había visto anteriormente un mote como ese en fin de año.

―¡No son confianzas, cariño! ¡Es que esa muchacha tiene un nombre del demonio! Zdra… vaka… ¡algo muy raro! Ya se presentará ella cuando llegue, que está con una amiga. ―Y entonces buscó la pulsera VIP que les había dado. ―¿La habéis amortizado? Vamos a que me pida una cerveza que estoy acalorado.
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Jue Sep 19, 2019 2:25 pm

Ajena por completo a la conversación que tenía lugar a apenas unos taburetes de distancia e ella, y que la tenía como protagonista, Hester sólo podía pensar en su maldita torpeza. Y menos mal que aquella vez no había que lamentar ningún herido, ni ninguna palabra malsonante, pues la pobre oclumante no ganaba para disgustos en ese aspecto. ¡No se podía vivir la vida con dos pies izquierdos!

Quiso volver a sentarse en su taburete, pero cuando se dio la vuelta para hacerlo, a punto estuvo de darse de bruces contra la ancha espalda de un tipo que debía sacarle unas dos cabezas, por lo menos, y que tenía la anchura aproximada de un armario empotrado. El cómo ese hombre le había robado el sitio de una manera tan sigilosa que no se había dado cuenta era el más grande de los misterios.

Así que, con lo que quedaba de su cerveza sin alcohol, Hester optó por permanecer de pie: no era lo suficientemente alta como para ver bien el concierto desde una mesa.


Gwendoline, por su parte, no pudo evitar sonreír divertida cuando Sam la abrazó con alivio. Fue casi como si la legeremante hubiera estado hinchándose hasta ese momento, como un globo con exceso de aire en su interior, y de repente toda esa presión fuese liberada de golpe. Correspondió a su abrazo con esa misma sonrisa divertida, depositando un beso en su mejilla que dejó una ligera marca de pintalabios.

—Ya ves: últimamente tengo la sensación de Londres, el Londres muggle, es un pañuelo.—Comentó la morena con cierta ironía, poniendo los ojos en blanco mientras caminaba junto a su chica de vuelta a la barra.—¿Sabes esas ciudades del juego este que te gusta, ese de Los Sims? ¿Que parecen enormes pero son pequeñitas? Pues últimamente tengo la sensación de que eso es lo que le pasa a Londres.

En ese momento, Gwen no sabía hasta qué punto era cierta dicha afirmación: Londres era enorme, y aún así, por lo visto, seguían encontrándose con “conocidos” sin pretenderlo. Y sinceramente, no tenía nada en contra de Marlowe, pero cada vez que veía a un mago fuera del mundo mágico sin pretenderlo, no podía evitar sentir que su privacidad había sido violada sin piedad alguna.

Tal vez estuviera exagerando.


Hester terminó abriéndose paso como pudo a través de todas las personas apostadas delante del escenario hasta alcanzar, a duras penas, la primera fila; una vez allí, se preparó para asistir a la actuación de su amiga.

No la malinterpretéis: Hester no tenía nada en contra del pianista, que tan magistralmente hacía su trabajo, ni de las canciones de Queen interpretadas con el piano; de hecho, era una gran fan del grupo musical en cuestión. Sin embargo, lo que ella quería era ver a su amiga, Zdravka, brillando como siempre lo hacía. Se le caería la baba, como siempre le ocurría, y al final correría a darle un abrazo y felicitarla, como siempre lo hacía.

No pudo evitar acordarse, durante un amargo momento, de Dexter Fawcett, su ausencia reiterada de los eventos importantes de Zdravka, y el hecho de que no fuera capaz de valorar no sólo a la persona que tenía a su lado, sino cómo la estaba perdiendo poco a poco con sus estúpidas decisiones.

Todo eso quedó en el olvido en cuanto vio aparecer a Zeta con ese vestido tan aparentemente recatado, y con esa abertura en la falda que dejaba a la vista su pierna de una manera tan seductora. ¿Y en cuanto empezó a cantar? Bueno… el mundo desapareció alrededor de Hester, y la bruja se sintió atrapada por el canto de sirena de su amiga. Suspiró profundamente, y no pudo evitar cantar con ella siempre que conocía la letra de un tema.

Como cada concierto, fue algo mágico.


—¡Lo has clavado! ¡Y no sé porqué lo matizo si lo haces siempre!—Exclamó Hester nada más llegar, corriendo, junto a Zdravka. Y de la misma manera, se lanzó a sus brazos y la estrechó con tal fuerza que casi le hizo daño. Se refrenó un poco.—Lo siento, lo siento. He de controlar mi efusividad.—Le dijo, apartándose un poco y mostrando las manos, dando a entender que no tenía intención de agredirla de nuevo.—Has estado maravillosa. Estoy segura de que el pianista era buenísimo, pero me ha dado un poco igual: no hacía más que prestarte atención a ti. ¡Eres la leche!

Sí, de acuerdo: Hester estaba un poco eufórica, y eso que no se le había ocurrido tomar alcohol de ningún tipo. Sus consumiciones se habían limitado a dos cervezas sin alcohol, y se había pedido la segunda simplemente por tener algo en la mano, no porque le apeteciese de verdad.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Mar Sep 24, 2019 2:25 am

Lo bueno de no estar esperando nada en ese momento, es que tampoco se llevaba demasiadas decepciones. Zdravka había estado cantando con tranquilidad, en su mejor momento, sintiéndolo todo como a ella le gustaba y sin estarse preocupando si en algún momento vería entrar por la puerta a Dexter. Lo cierto es que cada vez que quería ver un rostro que le diese paz, tenía a Hester en primera fila acompañándole con las canciones que se sabía y no echaba para nada de menos a su pareja. Se sentía muy bien tener a una fan incondicional que no se perdiese ninguno de tus conciertos y siempre estuviese pendiente ti. ¿En qué momento Zdravka se había ganado la lotería con esa amiga? No solo había aparecido antes del concierto para ayudarla a relajarse, sino que nada más salir de la parte trasera, ya habiéndose quitado el micro y los auriculares linier, vio a Hester acercarse a ella, abrazándola fuertemente.

Recibió el gran achuchón asesino entre risas, directamente. Cuando la soltó, fue la propia Zeta quien pasó una de sus manos alrededor de la cintura de Hester, acercándola a ella para besar su mejilla, feliz.

―Gracias, mi fan número uno, ¿dónde quieres el autógrafo? ―Bromeó sonriendo, pese a que siempre estaba muy agradecida con las palabras de Hester y, sobre todo, con su entusiasmo. Le parecía tan natural y real que hasta ella se emocionaba de poder hacer sentir eso a otra persona. ―Hablé con el pianista para ir a cenar y tomar algo con él y su hija, que ha venido a verle. Le dije que yo iba con una amiga porque aunque no te hubiera dicho nada, pensé que aceptarías ―confesó, divertida ante su caótica organización de planes. ―Perdón, estos días he estado con la cabeza en otro planeta. ―Y entonces le soltó de ese medio abrazo y le dio la mano, pues no iba a salir ya: ―Acompañáme a la mini habitación de antes que quiero cambiarme. No voy a ir a cenar así.


***

―¡Hola, Zeta!

Luca, Samantha y Gwendoline se encontraban sentados en unos taburetes, en las típicas mesas altas que están en las columnas de los locales. Los tres se tomaban una caña pequeña de cerveza, tranquilos y pacientes. Sam se había relajado porque había perdido de vista a la bruja y eso minimizaba incidentes, sin embargo, cuando su padre se levantó para saludar a la cantante, Marlowe estaba con ella.

En ese momento Sam le hubiera reído el chiste al destino, declarándole claro vencedor. Miró a Gwendoline, sonriéndole con esa sonrisa que dice: “la vida se ríe de nosotras.”

―Chicas, ella es… ―Luca la miró, con una sonrisa de disculpa.

―Zdravka, pero podéis llamarme Zeta. Todo el mundo me llama Zeta. ―Se presentó divertida.

―¿Veis? Os dije que su nombre era complicado. ―Entonces señaló a su hija. ―Ella es Amelia, mi hija y ella Gwendoline, su novia. ―Señaló por último a Gwendoline, presentándolas lleno de orgullo. ¿Cómo no iba a estarlo, si adoraba tanto a su hija como a su nuera? Se sentía muy afortunado de poder formar parte de la vida de esas dos grandes mujeres.

―Encantada, chicas. Ella es mi amiga Hester. ―Presentó a la morena, apartándose a un lado para que se integrase mejor en el grupo.

Sam, que de repente volvió a sentirse bastante cohibida, intentó seguir actuando como una persona normal, por lo que dijo lo que llevaba pensando un buen rato que diría cuando viese a la cantante.

―Encantada, chicas ―le dijo a ambas, para luego mirar a Zdravka. ―Ha sido un placer escucharte: venía con las expectativas típicas de: “seguro que solo me fijo en mi padre” y al final en par de ocasiones hasta desvié un poquito la vista. ―Bromeó divertida, sabiendo que el simple comentario molestaría a su padre, cuando éste en realidad quería darle todo el protagonismo a la cantante. Sin embargo, era típico tirar siempre hacia el músico por el que ibas al concierto.

―Oye, que me digas eso es un honor, que cuando escuché tocar a tu padre hace unas semanas en el Ritz, me quedé alucinada y no le presté atención ni al saxofonista ni al bajita. ―Se encogió de hombros, con una sonrisa culpable. ―Tienes a un pianista experto en casa.

―Lo sé, pero se hace el difícil.

―Chicas, ya está bien, que uno ya está mayor para ruborizarse. ¿Vamos a comer? ―Se quitó el peso de encima, levantándose del taburete con una sonrisa en el rostro ante el cambio de tema. ―Estuvimos mirando lugares y cómo no sabíamos qué os gustaba, optamos por una pizzería porque a todo el mundo le gusta la pizza, ¿os parece bien?

Zeta miró a Hester, buscando en ella también aprobación, pues a ella le daba tan igual que hasta un McDonalds era más que válido para llenar el hueco que se le había quedado en el estómago.

Luca fue el primero en coger su americana―pues se la había quitado del calor que hacía allí dentro―y dar unos pasos hacia la salida. Zeta y Hester lo siguieron entre la multitud, mientras que Sam y Gwen fingieron tardar en colocarse los abrigos, cuando en realidad…

―¡Te lo dije! ¡La mala suerte es mi fiel amiga! ¡¿Cómo es posible que sea amiga de la chica que canta con mi padre?! ―Y se rió, pues la situación, quieras o no, era cómica. ―Ya, ya sé que no es peligrosa, pero aún así me da mal rollo, ¿sabes? ―añadió antes de que Gwen dijera nada. ―En realidad seguro que no me reconoce, apenas coincidimos, pero yo qué sé: a ti si puede reconocerte… ―Y antes de salir en dirección a la puerta, sujetó a su novia, fingiendo dramatismo, lo cual se le daba muy bien. ―¿Y si finjo que me parto un pie y huimos? ―Rió divertidísima.

Vale, ahora sólo estaba haciendo sátira de su propia paranoia.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Vie Sep 27, 2019 2:50 am

Aquel fin de semana precedía a “la semana más intensa de sus vidas”, aunque muggle y bruja todavía no eran conscientes de ello. ¿Habría sido bonito que Hester, persona que de cuando en cuando podía atravesar el espacio tiempo y echar un vistazo a cosas que todavía estaban por suceder, hubiese podido ver venir aquello? Sin duda, pues quizás se permitiera corregir un par de cosas que habían salido rematadamente mal.

Pero la clarividencia era caprichosa, y en aquel momento, ajena a lo que ocurriría el siguiente lunes, Hester abrazó a su cantante favorita en el mundo entero, felicitándola por un éxito del que no dudaba lo más mínimo.

Se separó de ella, sintiéndose un tanto invasiva y temiendo hacerle daño con su efusivo apretón, para luego alabar sus virtudes sin pretender hacer de menos al pianista… cosa que, por desgracia, sí hizo. Así era ella.

—¡Porras! No me he traído mi carpeta llena de fotografías tuyas—. Exclamó, de broma, refiriéndose a la típica carpeta que los muggles llevaban al colegio y decoraban con fotografías de sus ídolos, generalmente recortadas de revistas—. La próxima vez no me la olvidaré—. La sonrisa no desaparecía de su cara.

Zdravka tenía toda la razón: no necesitaba preguntar a Hester si le apetecía cenar con ella (siendo los demás secundarios), pues todo lo que fuera estar con ella le apetecía. Siempre. Sin embargo, de haber sabido con quién estaba a punto de compartir mesa, Hester muy probablemente hubiese declinado la idea, instando a Zeta a tener cuidado: dos brujas las esperaban fuera, una de ellas fugitiva.

—Está bien. Acepto—. Dijo Hester, aunque no hiciese falta. Igual que no hacía falta la matización que siguió—. Y te acompaño ahí dentro, pero sin ningún tipo de avidez por mirar mientras te cambias.

Antes de que Zeta tuviera tiempo de darse la vuelta para mirarla con una ceja enarcada por la sorpresa, Hester se propinó una palmada en la frente. ¡Eres idiota! ¡Cierra el pico!, se ordenó a sí misma.


Aquel momento bochornoso pronto quedó olvidado: exactamente, en el momento en que Hester y Zdravka se reunieron con el pianista, su hija, y la novia de ésta. Fue una de las situaciones más surrealistas en que se encontró, y no pudo evitar mirar a todo el mundo con el ceño fruncido. Y, a pesar de que fingía sonrisas cada vez que le presentaban a alguien, por dentro algo le pedía que echara a correr y que no mirara atrás bajo ningún concepto.

A ver… ¿cómo demonios se disimula el hecho de que tienes ante ti a la jefa de la oficina de desmemorizadores del Ministerio de Magia? Porque quizás no la hubiese visto antes, igual que a Samantha cuando había chocado con ella, pero al tenerla a dos palmos de su cara, era imposible no reconocerla. Por muy guapa y arreglada que fuese.

Pudo advertir un gesto de disimulada incomodidad por parte de la desmemorizadora, quien al igual que ella, parecía haberse quedado sin palabras, limitándose a las sonrisas. Y mientras la acompañante de cabello castaño de Gwendoline Edevane elogiaba a Zdravka por su música, la oclumante terminó reconociéndola también a ella, pero no por lo que todo el mundo mágico la reconocería, sino por otra cosa.

Hacía unos años, poco antes del golpe de estado de Voldemort, esa mujer y ella iban a tener una cita. Jamás olvidaría esos labios rojos que, en su momento, habían despertado su deseo.

Después de eso, el pianista propuso que siguieran su camino y fuesen a cenar. Su amiga muggle la miró y buscó su aprobación, a lo que ella asintió con la cabeza, y de allí salieron las dos, siguiendo al padre de la susodicha Amelia, que en realidad ahora sabía que no se llamaba Amelia.

Va a ser una noche interesante, pensó, no sin cierto miedo en el cuerpo.


Todavía en el interior, Gwendoline y Sam tenían un enorme dilema: se disponían a cenar con la que, hasta no hacía mucho tiempo, había sido empleada del Ministerio de Magia. ¿Cuáles eran las posibilidades exactas de aquello? Gwen quiso creer que no demasiadas, lo cual quería decir que la mala suerte, inequívocamente, había tenido algo que ver con aquello.

—Tienes razón: es tu mala suerte—. Bromeó Gwendoline, para entonces añadir—: Venga, no va a pasar nada. No tienes que preocuparte. Dexter me habló bien de ella en más de una ocasión—. Gwendoline desconocía que Dexter Fawcett pronto comenzaría a hablar no tan bien de ella, o al menos a pensar muy mal de ella—. Opino que lo que deberíamos hacer es hablar con ella, aclarar la situación, y si se da la situación, le borro la memoria y...

—No creo que tuvieses éxito: soy muy buena oclumante.

La voz de Hester, a sus espaldas, las pilló totalmente desprevenidas, hasta el punto que Gwendoline pegó un bote en el sitio y se giró rápidamente, encontrándosela allí mismo, delante de ellas. Su rostro, a pesar de sus palabras, era concilidador.

—Estaba de broma—. Se disculpó Hester con una leve sonrisa, para luego añadir—: No quiero ningún problema con vosotras. Pero quizás deberíamos hablar de esta situación un momento, ¿no?

No es que fueran a tener mucho tiempo, pues Hester simplemente le había dicho a Zdravka que necesitaba volver adentro a pagar su última consumición, que se le había olvidado. No era cierto, por supuesto.

—Vale—, dijo Gwendoline—. ¿De qué quieres que hablemos?

Hester estaba haciendo un gran esfuerzo para no ponerse nerviosa, pues aquel tipo de situaciones le parecían muy violentas. Sí, le daba un poco de mal rollo estar en una situación con una fugitiva de lo que en aquellos días se llamaba justicia, pero peor sería saber que Edevane era una asquerosa purista. Gracias a Dexter, sabía que no: compartían causa en esa organización llamada “Orden del Fénix”.

—¿Sabe tu padre que sois brujas?—. Preguntó a Sam, señalando con el pulgar por encima de su hombro—. No me gustaría mentirle a Zdravka con respecto a eso una vez más, pero puedo esperar a que estemos solas para contárselo, si lleváis esto en secreto...
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Jue Oct 03, 2019 3:39 am

INFARTO.

Gwendoline y Sam miraron a Hester con cara de papas arrugadas―que ahora que tenían nuevo vocabulario canario, había que utilizarlo―retrasadas, sin saber al principio si estaba de broma o no. Teniendo en cuenta cómo estaba la cosa últimamente en el mundo mágico, cualquiera podría tomarse en serio eso de el borrado de memoria, aunque entre Sam y Gwen no hablasen del todo en serio del tema.

Sam se tranquilizó e incluso sonrió un poco cuando la oclumante confesó estar de broma, diciendo que debían de hablar del tema. Sam asumió que no solo había reconocido a la jefa de la oficina de desmemorizadores, sino que incluso la había reconocido a ella misma por mucho que tuviera otro color de pelo y de ojos. Seamos sinceros: no era el mejor disfraz y Sam lo sabía, pero su único motivo para cambiar era ser menos reconocible de primeras. No quería cambiar drásticamente su físico porque se sentía hasta falsa consigo misma.

Cuando Marlowe preguntó si su padre sabía que eran brujas, Sam arrugó el ceño. ¿Cómo no lo iba a saber? Era su padre. Es decir: ¿en algún mundo una bruja puede ocultarle a sus padres que es bruja? El señor mago tocando en casa para hablar a sus padres sobre que su hija tenía magia era bastante revelador, por no hablar que pasar nueve meses aislado en un internado mágico es notable para unos padres.

Y si bien a Sam se le pasaron unas cuantas contestaciones que podrían ser un poco broma pesada por la obviedad más obvia, no iba a decir nada de eso. Sam era una muchacha simpática que no se metía con nadie. Sólo se metía con Santi y porque la confianza con ese chico había llegado ya hasta límites insospechados.

―No tienes que mentirle ―le respondió Sam, mirando de reojo a Gwen para recibir su bendición con lo que estaba diciendo. ―Mi padre sabe que las dos somos brujas, de hecho nos sigue el rollo con mi identidad y se cree en mitad de una película de espías. ―Confesó mientras se encogía de hombros, pues su padre le parecía monísimo. ¿Por qué iba a llamar a su hija Amelia, en vez de Samantha, si no supiera nada? Sería raro cuánto menos. ―Intentamos evitar el apellido porque no me gusta sentirme adoptada. ―Vale, eso era una broma muy mala, pero ella se rió.

Era un poco cantoso que él se llamase Luca Lehmann―pues le era imposible cambiárselo de cara a su vida profesional―y que ‘su hija’ fuese Amelia Williams.

Por un momento a Sam se le ocurrió la malvada idea de dejarlo caer frente a Zeta y Luca, sólo para ver cómo se ponían nerviosos frente a la idea de tener que ocultar el hecho de que su ser querido era bruja. Ya los veía inventándose excusas con tal de hacer pensar al resto que allí no existía la magia. Su padre, al menos, tenía muy claro que haría lo imposible por desmentir cualquier acusación a que Amelia no era Amelia, o que podía tener un palo mágico.

―No tienes que preocuparte por mi padre. ―Hizo una pausa. ―Supongo que nosotras no tendremos que preocuparnos por tu amiga si le has confiado todo esto. ―Y teniendo en cuenta cómo estaba la cosa, ahora mismo Hester parecía estar en una situación comprometida con el gobierno, pues hablarle de la magia a los muggles estaba prohibido. Si había hecho eso, entendía que se movía totalmente a favor de éstos y que sí que era una persona de fiar. ―¿Ella sabe cómo está todo en el mundo mágico…?

Porque una cosa era contarle el secreto y otra muy diferente contarle toda la mierda que ahora mismo estaba envenenando el mundo mágico. Y bueno, si se presentaba como Samantha de nuevo y decía que era una bruja, iba a preguntar que porqué narices mentía con su nombre.
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Vie Oct 04, 2019 12:56 am

En un inicio, Hester no tenía intención alguna de asustar a aquellas dos brujas, ni mucho menos. Quizás, su entrada no había sido la más apropiada, eso lo reconocía, pero lo suyo no era buscar un conflicto ni mucho menos. Y claro que tenía algo de miedo por cómo aquello pudiera terminar, pero llegó a la conclusión lógica de que ellas tenían tantas cosas que esconder como ella. Especialmente Gwendoline Edevane, que llevaba una doble vida de la que estaba enterada gracias a Dexter Fawcett.

Sin embargo, la situación se tornó un poco… incómoda. Era como si ninguna de las tres supiera exactamente cómo proceder. El nerviosismo de Hester quedó patente con la absurda pregunta que hizo. ¿Cómo no iba a saber el padre de una bruja que su hija era una bruja? Absurdo, y hasta ella se dio cuenta.

—Eso tiene sentido —respondió Hester—. Me refiero a que sepa que sois brujas, no a lo de jugar a los espías —se apresuró a añadir—. Eso directamente me parece muy adorable.

La sonrisa con que acompañó esa última afirmación denotaba que no lo decía de broma, ni como una manera de ofender: simplemente, le parecía de lo más adorable.

Intercambió entonces una mirada dubitativa con Gwendoline Edevane, quien hasta hace poco era su compañera de trabajo —en un puesto superior, más bien—. La bruja parecía haber decidido callar, dejando el grueso de la conversación en manos de su acompañante de pelo castaño.

—No tenéis que preocuparos por ella en lo más mínimo —se apresuró a decir. Pondría su vida en manos de Zdravka, de ser necesario—. No le he contado nada del mundo mágico, más allá de lo que a mí respecta y todo aquello que me ha ido preguntando. Supongo que puedo sentirme afortunada de que una muggle sin conocimiento previo del mundo mágico no se ponga a pensar en política...

Lo dijo con mucha ligereza, acompañando sus palabras con un encogimiento de hombros. Sabía que era un tema serio, pero en gran medida había optado por mantenerse al margen del conflicto. ¿El problema? Que su manera de “mantenerse al margen” incluía el haber revelado el secreto mágico a una muggle, además de tener un amplio círculo de amistades sin poderes mágicos.

Suponía que aquel encuentro, y el no tener intención alguna de denunciarlo, incurría en otro delito. ¿Cuántos años en Azkaban habría acumulado ya?

—Supongo que está mejor sin saberlo —intervino Gwendoline, quien al igual que todos los presentes, no tenía ni idea de que esa misma semana que entraba, Dexter Fawcett le contaría todo aquello a Zdravka—. Chicas, os voy a ser sincera: no me hace demasiada gracia que nos paseemos las tres juntas, acompañadas por dos muggles, por Londres.

Hester comprendía la preocupación de Gwendoline. Sin embargo, cancelar aquel plan requeriría una serie de explicaciones, precisamente, acerca del mundo mágico. La verdad era que no le apetecía nada tener aquella conversación en aquel momento.

—Quizás deberíamos simplemente...

―¡¿Os venís o qué?! ―exclamó Luca Lehmann desde algún lugar en el exterior, no muy lejos de la salida.

—¡Ya vamos! —respondió Gwendoline, para acto seguido dedicar una última mirada a Sam y Hester, y salir por la puerta.

Ambas brujas, legeremante y oclumante, se quedaron solas, y no hacía falta ser demasiado observador para ver la incomodidad que reinaba entre ellas dos. Especialmente por la parte de Hester. La más joven de las dos recordaba a Samantha Lehmann perfectamente. ¿Cómo olvidarse de la única compañera de trabajo por la que había demostrado un interés sentimental antes del cambio de gobierno?

Lo suyo no había salido especialmente bien, aunque por motivos de peso.

—Bueno —dijo Hester, señalando con el pulgar en dirección a la puerta—, ¿vamos con los demás o prefieres que me vaya? Puedo inventarme alguna excusa o algo...

No es que le hiciese mucha gracia abandonar un plan que involucrase a Zdravka, pero las palabras de Gwendoline le habían metido un poco de miedo en el cuerpo. A lo mejor era verdad que no era muy buena idea pasearse por la ciudad, los cinco en compañía. ¿Y si los veía algún cazarrecompensas? La oclumancia no la salvaría de un testimonio visual.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Mar Oct 08, 2019 4:14 am

Hester había tenido suerte, sí, pues contarle a Luca todo lo relacionado con el cambio de gobierno en el mundo mágico había sido… hasta aterrador. Por suerte―aunque muchos lo considerarían una desgracia―se había normalizado bastante la situación, por lo que su padre al ver que tanto Gwen como Sam mantenían una vida decente, no se había preocupado demasiado de la condición de su hija y que, de hecho, estaba todavía en busca y captura, aunque muchos cazarrecompensas ya se hubieran olvidado de ella. Habían podido tener momentos de familia normal y eso había hecho que Luca, pese a todo, no tuviera realmente consciencia de lo peligroso que era todo.

Y eso que había vivido lo de Zed Crowley en el Juglar Irlandés, pero su hija por el propio bien del corazón de su padre le repitió hasta la saciedad que eso no tenía que ver con el Ministerio de Magia. Y aún así…

―Es joven: sólo los magos jóvenes tenemos la mala suerte de tener la política tan presente, creo yo. ―¿Qué persona de su edad realmente le prestaba tanto interés al tema político, sobre todo en Inglaterra que iba decente?―. Menos en Estados Unidos, claro. Eso de que tengan a Donald Trump debe de haberlos puesto en alerta.

Bueno, la elección de Donald Trump quizás había sido como el bofetón necesario para que todos se enterasen un poco de política y no dejasen que en su país llegase al gobierno alguien como él. Vergüenza debía de dar que ese hombre hubiese llegado a ser el presidente de los Estados Unidos. Era el surrealismo vivido en el mundo muggle similar a cuando el purismo subió al gobierno: nadie se lo creía, pero ahí había un gran número de personas apoyándolo incondicionalmente.

Entonces Luca apareció para meterles prisa y fue Gwen la que se fue para tranquilizar a su padre, para que Hester y Sam pudieran ‘llegar a un acuerdo’ sobre qué hacer con la situación. La rubia―ahora castaña―estaba segura de que Gwen hubiera sido mucho más precisa en esa conversación. Su novia había dicho que no le hacía demasiada gracia que se pasearan por las calles de Londres tan despreocupadamente, por lo que en teoría debía de apoyar esa idea.

Así que cuando Hester dijo eso último, le invadió un poco de pena. ¿Cómo que irse, de qué estaba hablando?

―En todo caso, Hester, creo que la que debería de irse sería la fugitiva buscada por la ley. ―Se llevó la mano al rostro, sintiéndose un poquito egoísta. En realidad siempre lo sentía cuando salía a la calle con otras personas y sabía en qué peligro los estaba metiendo―. No pasa nada, vamos con el resto y entramos rápido en algún restaurante… o podemos ir a comer a casa y pedir algo de comer… ¿Zeta está familiarizada con la aparición? A mi padre le marea, pero lo entiende cuando es necesario y se sacrifica por el equipo, como buen espía. ―Le guiñó un ojo, pues obviamente estaba siguiendo con la broma de los espías.

Le hizo una señal para salir por la puerta del local en dirección a la salida. Zeta, Luca y Gwen comenzaron a caminar al verlas, por lo que legeremante y oclumante caminaron detrás de ellos, todavía hablando:

―Seguro que podemos ir a casa de mi padre y pedimos las pizzas ―dijo como idea, pues él estaría encantado de enseñarle a Zeta las fotos de él de joven enseñándole a tocar el piano a Sam inútilmente, pues ahora mismo Sam era negativamente virtuosa con el dichoso piano. Evidentemente no ofreció su casa, pues era el santuario secreto de Gwen y ella y, por mucho que no desconfiase de Hester ahora mismo, eso no estaba dentro de las posibilidades―. ¿Quieres… o vamos al sitio lo más rápido posible?

Dejó en el aire la intención, para ver si ella sabía qué hacer: ¿le decían a la cantante primero que allí habían mayoría de brujas? ¿Primero metían el tema de irse a un lugar ‘seguro’ a tomarse algo y cenar? ¿Mencionaban el hecho de que Sam se llamaba Samantha y no Amelia, o lo obviaban para ahorrarse el dar explicaciones? Sin embargo, mientras esperaba la respuesta, no pudo evitar sentirse extraña por la situación.

Si no la conociera de nada hubiera sido hasta más fácil, pero el hecho de que la reconociera de ‘la chica con la que casi salgo antes de convertirme en fugitiva’ le hacía sentirse un poquito rara. Y es que, después de todo, había aceptado aquella cita como prueba de sentirse una persona normal de nuevo, pues no es que precisamente la presión de Sebastian detrás le dejase mucho margen. Había sido algo tipo: ‘vamos a intentar sentirme un poquito viva aunque sea durante dos horas’ para luego recibir el gran hachazo de realidad del cambio de gobierno.

Si es que es lo que ella decía, una desgraciada en la suerte.

―Se me hace raro hablar contigo, aunque no en el mal sentido... ―le confesó, con una sonrisa―. Debo disculparme por fallar a nuestra cita hace casi tres años. Muy descortés por mi parte. ―Ensanchó la sonrisa, tornando a un gesto bastante risueño. ―Me surgieron algunos imprevistos: la vida, tan inesperada e incierta ―continuó bromeando, con ironía.

Sabía que no le debía explicaciones, evidentemente, pero no quería hacer como si nada hubiera pasado y darle a entender que sí que la reconocía de antes. Además, prefería tomarse el tema con humor.
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Lun Oct 14, 2019 1:36 am

Dejando a un lado el tema de las políticas de ambos mundos —tema en que Hester, ignorante de todo aquel mundo, prefería no meterse—, la oclumante, a solas con la fugitiva Lehmann, sugirió que quizás sería mejor que se marchase a su casa. Tres brujas, una de ellas fugitiva, en compañía de dos muggles, daban como resultado una mezcla inestable que podía perfectamente explotarles en plena cara.

La contraoferta de Samantha le parecía, cuanto menos, inapropiada: el único hombre del grupo era su padre, ni más ni menos, y sería un poco feo abandonarlo en su gran noche. Hester era el único elemento sobrante en todo aquel escenario.

No le gustaba, pero era así: si algún elemento mágico debía salir de la ecuación, ese elemento mágico era ella. Iba a protestar, cuando la rubia propuso otra opción: irse a casa, todos juntos.

La idea no le pareció tan mala, aunque se sentía un tanto incómoda metiéndose en casa de un desconocido con tres desconocidos. Tampoco quería que la invitasen a cenar ni nada por el estilo: eso la hacía sentir todavía más incómoda, pues no les conocía de nada.

Bueno, prácticamente de nada: Gwendoline y ella habían sido compañeras de trabajo, y Samantha y ella habían estado a punto de ser algo más que eso.

—Supongo que lo más seguro es que nos metamos cuanto antes en un lugar con suficiente privacidad. Nunca se sabe quién podría estar observando en un restaurante —dijo, sonando misteriosa sin que fuese su intención—. Está bien, creo que esta segunda idea puede ser la más adecuada.

Aunque no hubiera mencionado nada al respecto, Hester sí se acordaba de la cita que casi habían tenido ellas dos: habían quedado, irónicamente, antes de que se produjese el maldito cambio de gobierno. Antes de que Samantha se convirtiese en fugitiva, y antes de que Hester tuviese aquella funesta visión que la había hecho salir lo antes posible del trabajo aquel día. No había sido su mejor momento, no.

Casi hubiera deseado que Samantha no mencionase aquello: de nada servía acordarse del pasado, pues nada iba a cambiarlo. Y, por lo visto, había rehecho su vida nada más y nada menos que con Gwendoline Edevane. ¡Las vueltas que daba la vida!

Y más vueltas que le daría a ella la cabeza si llegaba a descubrir algún día que Caroline Shepard, la mujer con la que había mantenido relaciones sexuales la noche de Halloween, era amiga de Samantha Lehmann. ¡Suerte para ella que no lo sabía, pues habría sentido la imperiosa necesidad de salir corriendo de allí!

—¡Oh, no te preocupes por eso! —exclamó Hester, enseguida, sin caer en que Samantha bromeaba—. Estoy segura de que esos imprevistos fueron una causa de fuerza mayor. —Hester se quedó pensativa un momento; ahí sí cayó en cuáles eran los imprevistos, y se sintió como una completa idiota—. Estás hablando de lo de ser una fugitiva, ¿verdad?

Hester no mentiría si dijese que, entonces, había tenido un flechazo importante con Lehmann: recién llegada como era, Samantha siempre le dedicaba sonrisas, y en las contadas ocasiones en que Hester había optado por llevar ropa con escote, le había parecido descubrirla mirando más tiempo del que cualquier mujer heterosexual normal miraría los pechos de otra.

Quizás esto último se lo hubiera imaginado, pero todo ello había sido suficiente como para que se envalentonase y le pidiese salir, al menos una noche. No sabía si habría salido algo de todo aquello, pero… al menos lo había intentado.

—Pero bueno, agua pasada, ¿no? Ya no es que podamos hacer gran cosa para cambiarlo, remediarlo, o que realmente alguna de las dos quiera —comentó Hester con una sonrisa, para luego añadir—: ¿Tú y Gwendoline Edevane? Nunca había pensado que la directora de la oficina de desmemorizadores era gay…Que era pro-muggles, sí lo sabía: conozco todos los secretos de Dexter Fawcett.

Quizás con eso último se había pasado, pero no dejaba de ser cierto. Los conocía todos, al menos, hasta hacía poco, cuando la cosa entre ellos se había enfriado. Y más que se enfriaría en la semana venidera, a diferencia de su relación con Zdravka.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Miér Oct 16, 2019 3:22 am

¡Que no se preocupase por eso, dice! Sam no pudo evitar reír al escucharla hablar tan en serio del tema. Hester podía dormir tranquila: Sam no se preocupaba mucho de eso, simplemente lo había mencionado de una manera bromista, para declarar que se acordaba de quién era y nada más.

―Sí, que me persiguieran limitaba un poco mis movimientos y decisiones ―continuó, sin poder evitar añadir que era broma. No quería que se pensase que se tomaba eso tan en serio, ¿os imagináis? ¿Después de tres años pidiendo perdón por faltar a una cita a la que, literalmente, no había podido ir?―. Pero era broma, es decir: no me preocupo por ello. Sólo quería… que supieras que me acuerdo de quién eres. ―No sabía ni cómo explicarse, pero creyó que así estaba bien.

Asintió para apoyar eso de que era agua pasada, pues toda esa época para Sam estaba intentando encerrarla en un baúl y enterrarla en algún lugar de su cabeza. Le hizo gracia cómo se tomaba la conversación Hester, tan formal y seria, cuando la rubia sólo había querido bromear al respecto, ¡que sólo era una cita! Y encima una primera cita. Casi que tenían más en común por el trabajo que por haber planeado una cita que nunca ocurrió.

Cuando mencionó que no se esperaba que Gwendoline fuese gay… no pudo evitar reír. Había quién no se esperaba que Gwendoline fuese simpática teniendo como referencia su manera de ser en el Ministerio de Magia, por lo que se podía imaginar que lo de ser lesbiana era todavía más sorprendente. Si le sorprendió a Sam, que la conocía desde que era una niña pequeña, siendo ella misma lesbiana… Se podía imaginar la sorpresa del resto.

―Yo estuve años pensando que Gwen era asexual ―confesó, en tono divertido―. Pero resultó ser samsexual.

Lo decía tan divertido porque le encantaba decir eso: Gwen no se consideraba lesbiana y muy obviamente no era asexual―ahora ya lo sabía―, así que, claramente: samsexual. Había un gran abanico de posibilidades para poder identificar tu orientación sexual, pero si bien Sam era una fiel defensora del colectivo LGTB+, no salía de esas siglas y el resto no las conocía muy bien. Tal y cómo iba su vida, no es que pudiera implicarse mucho en ese tema.

―Dexter ―repitió entonces―. Gwendoline me ha hablado de él. Parece una buena persona, ¿no?

En realidad eso último lo dijo por decir, pues no pudo evitar darse cuenta del paralelismo: Hester era la oclumante de Dexter Fawcett y sabía todo sus secretos, secretos pro-muggles que guardaba un tipo que se hacía pasar por purista. Lehmann había sido la legeremante de Sebastian Crowley y sabía todos sus secretos, secretos horribles de una persona que se hacía pasar por un ciudadano ejemplar. La diferencia es que en aquel momento Sam sabía algo malo, pero no podía decirlo y estaba en peligro; Hester, ahora mismo, sabía algo que la ponía en peligro, ¿pero era realmente malo? Puestos a balancear, que todavía hubiera personas así de valientes en el Ministerio, como lo era Gwendoline también, era algo bueno, aunque ellos estuviesen todo el rato arriesgándose por el resto.

En realidad Sam sabía ALGO de Dexter, pero lo que más sabía―y con lo que se quedaba―es que hacía trasladores y, aunque cierto era que eran caros, al menos habían servido para que Gwen y Sam pudieran hacer algo más de vida fuera de ese país.

―Hija mía. ―Se escuchó entonces al señor Lehmann, girándose hacia ellas. Pocas veces le llamaba Amelia o Mia, ya que no le salía llamar a su hija Samantha de esa manera. Una vez Luca recibió la atención de Sam, a pesar de la distancia, éste señaló por una de las calles para cerciorarse de que era por ahí la pizzería. La legeremante asintió―. Por aquí. ―Y cogieron una esquina, metiéndose hacia el interior.

Sam y Hester, que iban unos pasos por detrás, cogieron la esquina unos segundos después.

―¿Y cómo llevas eso de trabajar en el Ministerio de Magia sabiendo tantos secretos que podrían... ponerte en peligro? ―preguntó, empatizando con ella más de lo que creía.

Ahora mismo, claro, ella no sabía que había cambiado de trabajo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Dom Oct 20, 2019 2:42 am

Otra persona —una cuya mente no fuese invadida, de cuando en cuando, por visiones del futuro— podría renegar de la existencia de algo parecido al destino, la predestinación, o como fuese que decidieran llamarlo, pero ella no: había visto cosas que todavía no habían pasado, y luego las había visto cumplirse delante de sus narices.

Así que podía hablar del destino todo lo que se le antojase, y por eso pensó, con algo de acierto, que lo suyo con Samantha no estaba destinado a ser.

Ni siquiera recordaba, viéndolo en retrospectiva, que la rubia se hubiese mostrado demasiado interesada por ella.

—Oh, vale. —No supo si sentirse un poco decepcionada. No solía ser buena señal que alguien con quien habías estado a punto de tener una cita te dijera que no se preocupaba demasiado por no haber podido acudir.

Intentaría no darle demasiadas vueltas.

Una vez roto el hielo —si es que a aquella conversación extraña se la podía catalogar de eso—, la conversación se volvió un tanto más amena. Hester manifestó su sincera sorpresa al saber que Gwendoline Edevane jugaba en su equipo, pues hasta hacía poco había considerado que no jugaba en equipo alguno: dentro del Ministerio de Magia, como en cualquier sitio de trabajo, se escuchaban los chismorreos amorosos de todo el mundo, y sobre ella nadie decía absolutamente nada. Nunca se la había visto en compañía de algún compañero o compañera, acaramelada o no, más allá de por cuestiones laborales.

Por la información que Samantha le daba, no es que jugase exactamente en su equipo.

—¿Sólo se ha interesado por ti? Bueno, tiene sentido: en el Ministerio, nadie que yo conozca ha sabido de ninguna pareja suya —dijo Hester. Pensó en preguntar al respecto, pero desestimó la idea por considerarla demasiado indiscreta.

Revelar que conocía todos los secretos de Dexter, hasta hacía poco al menos, podía ser un movimiento un tanto osado. Sin embargo, no reveló nada concreto, como siempre hacía. No sería hasta la semana siguiente que le acabara soltando absolutamente todo a Zdravka, así que hasta ese momento había sido y seguía siendo una tumba.

¿Pero era Dexter una buena persona? Bueno, malo no era… pero sí un tanto inconsciente.

—Invierte demasiado tiempo en esa Orden del Fénix, cosa que supongo que ya sabrás —explicó Hester—. Supongo que eso le convierte en una buena persona, y realmente yo no tengo demasiadas quejas respecto a él. ¿Te he dicho ya que es el novio de Zdravka, que no le ha contado que es mago y que no debe escapársenos ni media palabra al respecto?

A veces daba miedo la naturalidad con que Hester decía cosas tan importantes como aquella.

Entonces, el señor Lehmann las interrumpió, y a pesar de que llamó a su hija, la mirada de Hester también se desvió en su dirección. El muggle simplemente buscaba indicaciones, y entonces indicó el camino a seguir. Aquella pequeña interrupción fue suficiente para detener la conversación de ambas brujas durante un instante, pero la fugitiva fue quien la reanudó.

—Mal. Fatal. Horriblemente fatal —respondió Hester sin ningún tipo de tapujos—. Fíjate si lo llevaba mal que decidí dejar mi puesto poco antes del verano pasado y acepté un puesto de profesora sustituta en la universidad mágica. A veces siento que cometí un error, especialmente cuando miro cuántos ahorros me quedan, pero te aseguro que trabajo mucho más tranquila en la universidad. Al menos no tengo miedo de que, el día menos pensado, alguien me acuse de traición.

La oclumante, sin dejar de caminar, fijó la mirada en Gwendoline Edevane. La distancia que las separaba hacía pensar que le estaba mirando la nuca, cosa extraña, pero en realidad simplemente pensaba. Y no pudo evitar que todas esas cavilaciones desembocaran en una pregunta sencilla.

—¿Cómo lo soporta ella? —preguntó, volviendo la mirada en dirección a Sam—. Está clarísimo que no simpatiza con los ideales de este nuevo gobierno. ¿Cómo es capaz de plantarse cada día en su escritorio y trabajar como si nada sucediese? ¿Es algún tipo de superheroína de cómic, o algo así?

Hester no se imaginaba que no, que Gwendoline Edevane no soportaba demasiado bien el trabajar allí. No se imaginaba que, bajo esa fachada fría e inexpresiva, se encontraba una mujer que tenía miedo a perder todo aquello por lo que tanto había luchado.

Aunque debería habérselo imaginado.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Lun Oct 21, 2019 3:21 am

Al menos Sam consideraba que su vida personal en el Ministerio de Magia, cuando trabajaba allí, era totalmente irrelevante y que nadie sabía de ella, a excepción de sus amigos más cercanos que también trabajaban ahí, ¿quién iba a saber con quién empezaba o dejaba de salir y más todavía si la otra persona no era del Ministerio de Magia? ¿Quién iba a saber que Sam era lesbiana en el Ministerio de Magia, si nadie la conocía más allá de profesionalmente? Y por esa regla de tres, también debía de ser asexual, pues en todo su trayectoria por el Ministerio de Magia, su vida sexual se había limitado a darse placer a sí misma e interesarse lo mínimo por las personas.

―Eso parece ―le respondió frente a la pregunta, sin comentar nada al respecto.

Cuando le habló de Dexter y dijo que suponía que por estar en la Orden del Fénix ya era buena persona, le hizo gracia. La verdad es que Sam también consideraba que arriesgarse tanto por la Orden del Fénix también era sinónimo de que eras demasiada buena persona, sobre todo por cómo te ponías en peligro. Además, en el caso de Dexter y Gwendoline, precisamente, era ponerse en peligro dentro de la boca del lobo. Había veces que no entendía cómo a Gwendoline le entraban ganas de ir todos los días al Ministerio de Magia al despertarse por las mañanas.

Cuando el dijo lo de Zeta, la rubia enarcó una ceja, sorprendida.

―El amor hace a la gente un poco idiota. ―Y dijo “idiota” por no decir una palabra más fea, pero no había justificación alguna para mentir a tu pareja y mucho menos con algo tan fuerte sobre tu vida―. ¿Y tú sí se lo has dicho? ―Cayó entonces en la ironía―. ¿Por qué no aprovechó…? Bueno, ¿sabes qué? Sus motivos tendrá. ―No quería saberlo, realmente. Le parecía feo por lo poco que sabía, pero no conocía a Dexter Fawcett y prefería no juzgarlo, pues de poco le servía.

Ella había hecho cosas que al principio parecían no tener motivos lógicos, pero fíjate tú… que a estas alturas para juzgar a nadie y mucho menos si no era asunto suyo.

―No te preocupes, no diremos nada ―dijo tranquilamente, pues dudaba mucho que el tema de Dexter saliese a coalición en la conversación, aunque se encargaría de dejárselo caer a Gwen cuando hablase con ella.

Fue entonces cuando le preguntó por sus vivencias en el Ministerio de Magia y cómo llevaba eso, a lo que su respuesta le resultó bastante divertida por lo directa que fue. Con la cantidad de secretos que había en el Ministerio de Magia, ser el instructor mental de cualquier individuo contrario a los ideales impuestos, era un absoluto riesgo para ti y todo lo que te rodea. No le parecía para nada descabellado que Hester hubiera terminado huyendo del Ministerio, después de los hijos de perra que hay ahí dentro.

―No has cometido un error: has ganado calidad de vida yéndote de allí por mucho que te falte dinero en la cartera ―le respondió con sinceridad―. El dinero se puede conseguir por otras vías, pero yo no quiero ni pensar en cómo tiene que ser ir a ese sitio a trabajar todos los días…

Cuando le preguntó por Gwen, Sam se limitó a encogerse de hombros, sin tener mucha idea de cómo su novia había soportado ya durante casi tres años el ir a trabajar a ese lugar.

―No lo sé, yo siempre le digo que deje el trabajo ―le respondió con honestidad, algo divertida―. Pero no quiere. No tiene por qué estar ahí haciéndose pasar por quién no es, cuando a la mínima sospecha la pueden meter en Wizengamot a ser interrogada, pero ella quiere seguir ahí ―añadió, con cierta resignación. Al final ella respetaba su decisión, así como lo hacía con la decisión de pertenecer a la Orden del Fénix―. Lucha por lo que quiere, aunque eso sea vivir en constante peligro. Supongo que sí que podría ser algún tipo de superheroina, porque no cualquiera tiene ese aguante ni esa paciencia ―le concedió.

Había hablado tranquilamente del tema, pero se notaba que Sam prefería que Gwendoline dejase ese trabajo sabiendo la cantidad de cabrones que había allí y que en cualquier momento podía ser sometida a alguna prueba que fuese en contra de lo que llevaba protegiendo tanto tiempo. Sin embargo, también entendía que su posición estaba ‘asegurada’ y que ese siempre había sido su trabajo, pero creía que al igual que Hester, ganaría mucho en calidad de vida solo por dejar de preocuparse y estresarse.
Sam J. Lehmann
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