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Everything has change. —Hester.

Sam J. Lehmann el Vie Sep 06, 2019 3:09 am

Recuerdo del primer mensaje :

Everything has change. —Hester. - Página 2 XPeTbWh
"Blazing cords" Sala de conciertos | Londres | 30/08/2019 | 21:52h | Atuendo

—Hola, Sam. Soy tu padre. ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Dentro de dos días toco en el Blazing Cords junto a una cantante. Buscaba pianista para poder hacer un directo y me he ofrecido voluntario para así darnos a conocer un poco los dos en esa sala de conciertos. Me gustaría que vinieras con Gwendoline y así os veo un poco y me contáis qué tal por Fuerteventura. Bueno, te dejo. Te quiero. Un besito. Adiós.

Eso había sido un audio de WhatsApp, el cual Sam escuchó cuando se despertó, a eso de las once de la mañana del miércoles. Gwen no estaba en la cama, por lo que aún sin levantarse, le mandó un audio a su padre.

—Papi, ¿sabes que no tienes que decirme hola ni adiós en el mismo audio, verdad? —Y se lo mandó, para luego añadir otro: —No tenemos planes para el viernes, así que seguramente vayamos a verte brillar. —Bostezó, pero no cortó el audio. —Es que me acabo de despertar, luego a la tarde te llamo para que me des más detalles. Te quiero. —Y esta vez sí que le cortó el audio.

Dejó el móvil sobre la mesa de noche y se estiró enérgicamente por toda la cama aprovechando que estaba sola. Remoloneó un poco en compañía de Don Gato, que siempre que una de las dos se quedaba durmiendo él venía muy digno como si estuviera protegiéndola de Morfeo. Después de eso, se levantó y bajó para buscar a Gwen y contarle el plan del viernes, a ver si le parecía bien.


Viernes, 30 de agosto del 2019

Caminaban en dirección al Blazing Cords mientras tenían la misma conversación que tenían siempre que se vestían para salir y Sam, como de costumbre, se ponía los tacones que tanto le gustaban. Recordaba que pocas veces había ido a trabajar al Ministerio de Magia sin tacones, pues era de sus prendas favoritas. Su prenda favorita era el pijama, pero luego los tacones y… luego podría decir que los tops.

—No echaba de menos Londres con este frío que me congela las piernas —dijo, en referencia a las espectaculares vacaciones que habían tenido en Fuerteventura. Allí podía ir en falda sin medias y sin abrigo y en Londres, como siempre, tenía que abrigarse más de la cuenta. ¡Y eso que ahora mismo no hacía tanto frío!

Fue Sam la que llegó primero a la puerta del Blazing Cords, tirando—que no empujando—la puerta y dejando pasar primero a Gwendoline. La sala era grande, amplia y por lo que ponía un cartel que Sam no leyó tenía aforo para doscientas cincuenta personas. Tenía dos barras y, en su mayoría, era para estar de pie observando el concierto, a pesar de que había algunas mesas altas para apoyar bebidas y algunas más bajas en los laterales en donde poder sentarse. Era un poco mierda esas últimas porque cuando empezase el concierto y todo el mundo estuviera de pie, en realidad no ibas a ver demasiado.

Por Sam, prefería quedarse de pie, aunque al entrar lo primero que quería era encontrar a su padre, el cual no le costó en absoluto verlo encima del escenario mientras observaba su piano y le decía un par de cosas al técnico. Sujetó la mano de Gwendoline para no perderse por la muchedumbre y se encaminó hacia allí. Ambas lo saludaron desde abajo y a Luca se le iluminó la cara con una sonrisa, disculpando al técnico para bajar a saludarlas.

—¡Hola! —Abrazó primero a Sam, dándole un besito en la mejilla, para luego hacer lo mismo con Gwendoline. —Siempre os digo lo mismo: ¡pero qué guapas estáis! Yo creo que os han sentado muy bien las vacaciones.

—Gracias papi —le dijo.

Había música puesta y, si mal no creía Sam, se trataba de esa tal Billie Eilish. Se había hecho super famosa y a el algoritmo de Youtube le recomendó par de canciones a Sam, acertando, pues le gustó mucho.

—Aquí lo importante es que nos digas cómo has conseguido una cantante. Llevabas meses intentando buscar a una con la que poder colaborar, ¿y de repente te cae una del cielo?

—¡Pues fíjate que ni tuve que esforzarme! Fue ella quién contactó conmigo a través de un contacto, pues al parecer no tenía pianista y quería hacer un concierto acústico. Así que le dije que sí y llevamos toda la semana ensayando. Debe de ser de vuestra edad.

—Pensé que sería más vieja, en plan de tu edad.

—¿Estás llamando viejo a tu padre?

—¿Qué? ¿YO? Papá, por favor. Estás en la flor de la vida. —Y besó su mejilla, divertidísima. —Luego nos la presentas.

—Sí, ahora mismo está ahí dentro preparándose. Voy a ver cómo le va, que esto no creo que tarde mucho en empezar. —Pero antes de irse, se acercó a Gwendoline de manera traviesa, dándole la pulsera de VIP que tenía él por ser uno de los artistas que iban a tocar. —Toma, para que os salgan gratis las bebidas. Yo no puedo beber, que luego veo dobles las teclas. —Y tras esa broma, se fue.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Jue Oct 24, 2019 12:12 am

«Dos», pensó Hester. «Dos personas somos ya las que opinamos que no se debe mentir a tu pareja». Aquella era toda la confirmación que necesitaba de que Dexter Fawcett era un idiota. Y por si necesitase más apoyo, la propia Samantha Lehmann lo calificó como tal.

Asintió con la cabeza a la primera pregunta, acompañando el asentimiento con un “ajá”; a la segunda pregunta, no tuvo demasiado tiempo a responder: la fugitiva llegó a la conclusión de que Dexter tendría sus motivos para mentir. Hester le podría haber dicho perfectamente cuáles eran esos motivos, pero sinceramente… ¿qué más daba? Ella misma lo había dicho.

Dexter era Dexter, y seguiría siendo Dexter. No iba a cambiar de parecer.

—Gracias —respondió con sinceridad—. Los secretos son algo horrible, una manera de destrozar la confianza que otra persona tiene en ti. Y ahora yo me veo obligada a guardarle uno tan gordo a él… No sé ni porqué lo estoy haciendo.

Aunque, en realidad, sí lo sabía: Dexter Fawcett podía ser todo lo capullo que quisiese en ese aspecto, pero también se había portado bien con ella, y la lealtad era un rasgo especialmente fuerte en ella.

Por eso mismo, lo que Zdravka y ella iba a hacer a mediados de la semana siguiente iba a estar mal hecho por parte de ambas, no solo de la eslovena.

Pasaron a hablar entonces sobre el Ministerio de Magia, lugar del que ambas eran ex empleadas. Hester, que había durado una cantidad sorprendente de tiempo allí después del cambio de gobierno, había acabado sucumbiendo a la inquietud que suponía trabajar cada día rodeada de puristas, viendo cómo otros empleados eran expuestos como traidores, había optado por salir huyendo con el rabo entre las piernas.

Sam, por lo visto, aprobaba su decisión.

—Ya, aunque esas vías son lentas, y tengo un conejo belier que mantener. —Fue su intento de bromear, con una sonrisa divertida—. No es muy agradable ir a trabajar un día y darte cuenta de que falta una de tus compañeras, y que cuando preguntas el motivo, te digan que fue descubierta colaborando con traidores...

Aquel había sido, precisamente, su colmo. Había sido el momento en que se había dado cuenta de que, sin ningún tipo de pruebas o juicios previos, cualquiera podría acusarla y meterla en un grave problema. Y sí, podía ser una muy buena oclumante, pero si existía la más mínima sospecha de que era una traidora —y lo era, al menos según las nuevas leyes—, existían otros métodos para sacarle la verdad.

Y os contaré un secreto acerca de Hester: no soportaría ni la más mínima tortura. Es más, quizás ni tuviesen que llegar ahí: una simple amenaza haría que se orinase encima y confesase hasta lo que no había hecho, con tal de evitarse el dolor.

El miedo era su peor enemigo.

Lo incomprensible para Hester era que Gwendoline Edevane hubiera optado por seguir allí metida. Colaboraba con la Orden del Fénix, y para rematar la faena, mantenía una relación sentimental con una fugitiva. Casi parecía que se hubiese levantado por la mañana un día con la idea de pintarse una diana lo más grande posible en la espalda.

Las palabras de Sam al respecto parecían tranquilas, como si hubiese hecho las paces con la situación que vivía su pareja. Al menos, en apariencia: Hester no podía quitarse de la cabeza la idea de que, quizás, no le hacía mucha gracia. No es que hubiera algo en su actitud que la delatase, ni mucho menos; más bien, pensaba en cómo se sentiría ella estando en esa misma situación, y definitivamente no estaría contenta ni lo aceptaría fácilmente. Y como no tenía ni el más mínimo poder para discutir con otro ser humano, acabaría volviéndose loca poco a poco.

Y un buen día... ¡PUM! Infarto, y a la tumba.

—Nunca entenderé esa necesidad que tiene de luchar la gente. Si algo me ha enseñado criarme en un orfanato regentado por monjas, ese algo es que Dios creó al hombre y a la mujer con dos piernas, y si esas dos piernas están ahí, es para correr. —El planteamiento de Hester era la cobardía en estado puro. No había más que decir al respecto—. Para correr en dirección contraria a donde se encuentra el peligro, quiero decir. Y a día de hoy, una gran parte de ese peligro está concentrado en ese maldito edificio.

Sólo de pensar en que había dejado de trabajar allí, a Hester volvía a inundarla el alivio. Casi como el día en que había presentado su dimisión con motivo de aceptar una vacante de sustituta en la universidad.

—Ahora trabajo con el profesor Scheider, a quien conocerás bien, dado que has estudiado legeremancia. Supongo que puedo considerarme afortunada de que le surjan tantos “imprevistos”, pues así tengo ocasión de dar más clases y ganar más dinero. —Se encogió de hombros, tan conformista como siempre.

Si seguía allí el tiempo suficiente, estaba segura de que conseguiría una plaza fija cuando el profesor Scheider que jubilase. No obstante, todavía no tenía las miras puestas en un empleo tan a largo plazo: primero tenía que sobrevivir con sus escasos ingresos.

—¿Y qué me cuentas tú de todo el tiempo que ha pasado desde nuestro intento de cita? Que se pueda contar, claro...

No sabía si su pregunta sería muy atrevida. A fin de cuentas, no tenían tanta confianza como para contarse cosas así.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Mar Oct 29, 2019 3:12 am

Samantha no creía que las mentiras pudiesen estar justificadas: más valía ser sincero y hacer daño, que evitarlo por una mentira. Podían existir las ‘mentiras piadosas’ pero le parecían las típicas con las cuáles tratabas a la otra persona como a una estúpida. Después de haber pasado por esa etapa en donde los secretos crearon tantas discusiones entre Caroline, Gwendoline y ella, había dejado atrás todo eso. Además, después de haber guardado durante tanto tiempo un secreto encadenado al cuello, no tenía ganas de seguir ocultando cosas a nadie a quién apreciase, pues no merecía la pena.

―Porque es tu amigo ―le respondió a su propia incertidumbre, encogiéndose de hombros―. Es una mierda mentir a quién te importa por un tercero… ―Desvió la mirada hacia Gwen momentáneamente―: Estamos en épocas de mierda, Hester, a menos que tengas una soga al cuello obligándote a hacer algo, deberías hacer lo que consideres correcto y ya está ―le dijo, a un nivel de pasotismo que casi parecía que no hablaba de la situación de la oclumante en concreto, sino en general e incluso basándose en su propia experiencia.

No valía la pena, sobre todo si peligraba la relación de amistad entre Hester y Zdravka por algo que no tenía que ver con ella. Era injusto.

¿Merecía la pena ganar en calidad de vida, aunque perdieses dinero para algunos caprichos? Sam creía que sí. Por desgracia no podía opinar objetivamente pues no había vivido eso de poder irse por su propio pie del Ministerio de Magia, pero llevaba muchos años acostumbrándose a vivir con poco y menos, por lo que los caprichos era algo que no solía darse. Sólo con el chocolate, ¡y eso que había aprendido a vivir con muy poco chocolate en su vida!

Rió, empatizando con ella con lo del conejo. Sam había tenido que cuidar de un gatito y un cerdito mientras era fugitiva: sabía lo que era eso de preocuparse más por pensar qué comerían ellos a pensar en qué comería ella.

Evidentemente a Samantha no le hacía gracia que Gwendoline estuviera con la Orden del Fénix. Casi que parecía que justo cuando Sam consigue desvincularse de todo lo que tenía que ver con esa batalla y la vida de fugitivo, Gwen se había acercado lo máximo posible.

―Ya… ―respondió Sam, siendo consciente de que huir en muchas ocasiones lo mejor era hacer lo que decía Hester, sin embargo, por mucho que quisiera huir no es que fuese muy propensa a ello, ya que los problemas parecían perseguirles―.  Yo es que ya estoy acostumbrada a correr en contra del peligro, ¿sabes? Se me hace raro que Gwen quiera correr hacia él. ―Vale, vale, no estaba siendo justa pues obviamente Gwen no iba corriendo hacia él, pero suponía que Hester pillaría a lo que se refería.

Sam asintió cuando le nombró al profesor Scheider, pues aunque no fuera de sus profesores predilectos o de los que más clases le dieron, sí que le dio alguna que otra, sobre todo lo básico de oclumancia. La verdad es que estaba bien que hubiera conseguido un trabajo en la universidad, pues cuando el profesor Scheider decidiese jubilarse―que si mal no calculaba, no debería de quedarle demasiado―ella podría quedarse con su puesto. Después de haber sido instructora tantos años, eso de ser docente se le antojaba un trabajo muy bueno.

Todos los trabajos eran mejor que ser camarera. Bueno, casi todos.

La pregunta de Hester sobre todo el tiempo entre su casi cita y la actualidad hizo que Sam elevara ligeramente la mirada y la llevase hasta los ojos de la morena, abriendo bien los ojos y asintiendo varias veces. Si realmente tuviese intención de contarle todo, ni siquiera sabría por dónde empezar. Había sido tan desgraciada que antes de que hubiese un cambio de gobierno ya estaba jodida.

―Pues nada más ocurrió todo fui a casa, cogí a mis mascotas y una tienda de campaña y… me pegué mucho tiempo por ahí, intentando esconderme. Salir del país no era una opción así que… ―Se encogió de hombros―. Al año me reencontré con una amiga y con Gwendoline y me dieron un lugar en donde dormir, arriesgándose por mí. Desde entonces intento tener una vida medianamente normal pero… ―Sonrió, pues a pesar de todos sus intentos era complicado: ya no solo por sus propias vivencias y experiencias, sino también porque su compañera de vida ahora mismo estaba tan pesimista como ella―. Es difícil.

Zdravka, Luca y Gwendoline estaban esperando a que un semáforo se pusiera en verde para poder cruzar, por lo que Sam y Hester estaban acercándose a ellos mientras seguían hablando.

―Pero nada: estoy viva, así que intento tomármelo con cierta filosofía ―añadió, algo más sonriente, pues no quería mostrarse como una víctima o algo así―. ¿Y tú desde nuestra ‘casi’ cita decidiste quedarte con todo lo que pasó? La verdad es que…

―¿Casi cita? ―preguntó Zeta, curiosa y divertida, mirándolas con los brazos cruzados al ver que estaban justo al lado de ellas.

Sam se sintió como si de repente hubiese hecho algo malo y la hubieran pillado con las manos en la masa. Miró a su padre y luego a Gwen, para finalmente mirar a Hester.

―Trabajábamos juntas en el mismo departamento ―dijo, para entonces sentir que estaba metiéndose en terreno pantanoso. Miró a Zeta―: ¡Sorpresa! Nosotras también somos brujas.

La cara de Zeta se quedó en pause con una sonrisa de lo más divertida y sorprendida en los labios, como si no se hubiese esperado para nada que la hija de Luca y su pareja fuesen también magas, pues obviamente a la única persona mágica que conocía era Hester.

Luca, por su parte, sonrió feliz porque Sam y Gwen tuvieran una nueva amiga, sin darle importancia alguna a lo de la cita.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Sáb Nov 02, 2019 1:42 am

Con toda la sinceridad del mundo, Hester no sabía si la palabra “amistad” definía la relación existente entre ella y Dexter, teniendo en cuenta lo poco que le había gustado que le confesase a Zdravka su secreto. Una parte de ella sabía que tenía razón, que tenía derecho a contarle sus secretos a Zdravka si quería; otra, en cambio, no podía evitar sentir que Dexter tenía razón y que ella había cometido un terrible error.

Su relación había mejorado a costa de contárselo, eso estaba claro, pero...

—¡Y tanto que es una mierda! —Hester no solía utilizar ese tipo de lenguaje, pero suponía que no había mejor manera de definirlo—. ¿Y si supiera que las mentiras de Dexter están haciendo daño a Zdravka? ¿Debería decirle que le miente? —No era la primera vez que se planteaba esa cuestión, aunque sí la primera vez que lo hacía en voz alta.

Hablando del tema del Ministerio de Magia, fue inevitable que Gwendoline apareciese mencionada en la conversación. Para Hester, era un completo misterio el por qué sentía esa necesidad de luchar, así como de permanecer en su puesto de trabajo. Seguramente podría encontrarse algo mejor, algo más seguro, teniendo en cuenta que su carta de recomendación seguramente sería bastante buena.

¡Dios! Por no entender, no entendía cómo es que aquellas dos no cogían al señor Lehmann y se marchaban del país. ¿No estarían mejor, por ejemplo, en la Conchinchina? Cualquier lugar era mejor que Inglaterra en aquellos tiempos.

—Si yo estuviera en vuestra situación, creo que me habría marchado de aquí hace mucho tiempo —confesó, sin poder añadir mucho más al tema. ¿Qué sabía ella de la tendencia de Gwendoline Edevane de correr hacia el peligro? Bien podría ser una loca suicida o una superheroína… O quizás ambas cosas, a saber.

Y si bien en aquellos momentos, Hester ya no sentía una añoranza especial por descubrir qué habría sucedido si hubieran tenido aquella cita, no pudo evitar preguntar respecto a todo el tiempo transcurrido desde entonces. Ella sabía que había tenido una vida bastante anodina y aburrida —cosa que mucha gente en la situación de Sam, seguramente, agradecerían sobremanera—, pero imaginaba que la de Sam habría sido trepidante, llena de emociones…

Ni se lo imaginaba.

Sam, por su parte, no le ofreció ni un quince por ciento de lo que su vida había sido desde finales de 2016, y si bien no tenía manera de saber qué había ocurrido, sí notó que había sido un tanto… escaso.

—¿Y ya está? —preguntó, sorprendida, alzando las cejas y abriendo mucho los ojos—. ¿No hubo persecuciones y esas cosas? Ya sé que la vida no es una película, pero... —Hester se quedó un segundo en silencio, bajando la mirada al suelo, para luego reconocer—: Veo demasiadas películas, ¿vale?

Cuando se detuvieron en el paso de peatones a esperar que el semáforo se pusiera en verde, Sam hizo una pregunta interesante… con una respuesta muy aburrida. Abrió la boca para responder, pero justo en ese momento, Zdravka acudió, llamada por las palabras “casi cita”. Hester cerró la boca de golpe, sin poder evitar reparar en la mirada gélida que Gwendoline envió en su dirección.

La mayor de las tres brujas no dijo nada, pero Zdravka sí. Y Sam lo resolvió con la confesión más… repentina de toda la historia.

—Pues… sí, eso parece: también ellas son brujas —añadió Hester de manera muy innecesaria, repentinamente muy cortada—. Sam y yo nos conocemos de...

—Una “casi cita”, ¿no? —intervino Gwendoline, quien había compuesto una sonrisa un tanto… rara. No parecía divertida—. ¿Y qué pasó? ¿Por qué esa “casi cita” no fue una “cita sin casi”?

Hester, de repente, sintió un profundo deseo de que se la tragase la tierra, y en un intento por hablar, abrió la boca y balbuceó. De sus labios no salían más que sonidos inconexos y sin sentido alguno. Al final, una preocupada Gwendoline tuvo que añadir:

—Calma, sólo estaba bromeando. —Y era cierto: el nivel de celos de Gwendoline Edevane no llegaba a tal punto de desconfiar de una chica que casi había tenido una cita con su pareja hacía años.

—Ya sé —dijo Hester, aunque en realidad no sabía tanto: la mirada de Gwendoline le había dado un poco de miedo. Claro que a ella le daba miedo incluso su sombra. No era complicado que una novia celosa le diese miedo—. ¡Oh, mirad! ¡Verde!

Hester señaló al semáforo del lado opuesto de la calle, y en secreto le agradeció el haberla salvado de aquel momento incómodo. Sin tener ocasión de responder a Sam, se apresuró a cruzar el paso de peatones, seguida por los demás.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Jue Nov 07, 2019 3:52 am

Miró a la oclumante con cara de patata, sin querer meterse en su vida ni aconsejarle algo que luego pudiese no salir como ella quisiera, pues Sam no sabía nada de su vida o de Dexter o de Zeta. Obviamente Samantha no haría sufrir a un amigo solo por guardarle el secreto a otro amigo, pues las mentiras son una soberana porquería y no estaba dispuesta a hacer sufrir a nadie, ni a ocultar ciertas cosas, a personas a las que quiere. Podía entender el dilema de Hester, pues el secreto mágico era complicado, ¿pero merecía la pena contar una mentira?

Sam era muy poco tolerante con las mentiras.

―No lo sé ―le dijo, sintiéndose un poco mal porque no quería decirle nada en claro. Imagínate que le dice que sí y luego Hester se lo dice y la caga estrepitosamente. No quería que cayese en su conciencia―. Piensa que merece la pena, o quién merece más la pena.

Eso de “huir del país” había sido un dilema en la vida de Sam desde que era fugitiva. Primero no podía porque Sebastian, obviamente, se lo prohibía. Luego no podía porque lo único que tenía―Caroline y Gwendoline―estaban en Londres y no iba a dejarlas siendo lo único que había recuperado de su vida. Y ahora… bueno, ahora las cosas no estaban para irse porque si bien Sam podía empezar de cero en cualquier otro sitio, Gwendoline en realidad tenía todo allí. Era bonito soñar con irse, pero no se podía.

―Ojalá fuera tan fácil ―le reconoció a Hester, suspirando derrotada―. No te creas que no lo he pensado, ¿eh?

Aquella muchacha parecía un icono andante, sobre todo cuando le preguntó que si ya estaba con las cosas que había vivido siendo fugitiva. ¡Cómo si te lo fuera a contar todo con pelos y señales, tía! Sam tuvo que sonreír, negando con la cabeza.

―Ufff… ―La miró fijamente a los ojos―. Estoy bastante segura de que ni la película más dramática ni de acción se compara con mi vida. Pero no quiero darte miedo, ni pena ―lo dijo de manera tan natural que casi parecía que estaba de broma y, de hecho, como Hester apenas la conocía no iba a saber si hablaba en serio o no―. Prefiero que me recuerdes como la legeremante con la que casi tienes una cita antes de que cambiase el gobierno y no como la fugitiva con una vida terrible. Eso es muy feo.

Sin embargo no pudieron llegar a ahondar demasiado más en la vida de fugitiva de Sam, gracias a Merlín, pero a diferencia de eso, otro tema salió a coalición cuando se acercaron a Luca, Zeta y Gwendoline. La “casi cita” de Hester. La verdad es que le pareció de lo más gracioso cómo huyó Hester por el paso de peatón después de la broma de la morena. Al final Sam se había quedado allí con un Luca maravillado de que Hester fuera bruja, una Zeta sorprendida de que la hija de Luca y su novia fuesen bruja y Gwen riéndose de la pobre Hester por su broma.

―¡¿Pero en serio también sois…?! ―Exclamó la eslovena.

―¡Y tu amiga! ―dijo Luca.

―¡Sí, ella también! ¡Me enteré hace poco!

―Yo me enteré cuando Sam cumplió once años que…

Los dos hablaban muy entusiasmados. Zeta en ese momento lo único que pensó con respecto a esa “casi cita” es que a Hester probablemente le fuesen las rubias de labios rojos y carnosos. ¡Ella tenía poco de eso!

Sam entonces miró a Gwendoline y se encogió de hombros. Podría haberle explicado el por qué esa "casi cita" no fue "una cita sin casi" pero no lo hizo porque creyó que realmente no hacía falta. Sin embargo, la rubia no tenía ningún problema con ese tema, aunque se veía que a Hester le había cogido más desprevenida de lo que creía. Sam no entendió qué más daba, ¿realmente se creía que Gwen se iba a molestar o algo? ¿O estaba pensando más bien en Zdravka?


***

Habían llegado al restaurante de pizzas―también llamado PIZZERÍA―del que había hablado Luca Lehmann antes de salir, sentándose en una mesa redonda. Pese a que lo normal es que Sam se hubiera sentado al lado de su padre, por casualidades del destino, Sam se rodeó de Gwendoline y Hester, mientras que las que acompañaban ambos lados de Luca eran Gwen y Zeta.

Pidieron cuatro pizzas para cinco personas, siendo dos de ellas vegetarianas. Sam se estaba comiendo un trozo de una de ellas, cuando decidió hablar con Hester, pues Gwen, Luca y Zeta estaban hablando de especias y Sam había desconectado totalmente de la conversación después de quedarse en pesca mientras mordía un trozo.

―Zeta es muy mona ―le reconoció a Hester, sin ninguna doble intención. De hecho, su intención real era continuar con la conversación declarando que era mona de actitud, no nada físico. No se había fijado en ella de esa manera―: Encima parece que ha encajado bien lo de la magia: está super emocionada con que seas una bruja. Bueno, con la magia en general… ―Hablaba en voz normal, pero como en el restaurante había bastante barullo era imposible que nadie más que Hester la escuchase―. ¿No tenías miedo de que se volviese loca cuando se lo contaste?
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Lun Nov 11, 2019 11:41 pm

La pregunta de Hester… en realidad, como ella misma sospechaba, era más bien retórica, un pensamiento en voz alta. No podía buscar una respuesta en terceros, pues era algo que debía averiguar ella misma. Ella misma debía sopesar pros y contras de ser sincera, y pros y contras de seguir guardando el secreto a Dexter.

Entonces, no lo sabía, pero la semana siguiente, la decisión prácticamente se tomaría sola.

En aquel espacio de tiempo, Hester simplemente suspiró, frustrada ante una situación de la que no había pedido ser partícipe en ningún momento. Dexter la había metido allí de cabeza, la había empujado a la piscina y ella ni siquiera había tenido tiempo de comprobar si había agua o, por el contrario, se encontraría con un duro suelo de cemento contra el que darse un batacazo.

Sam no le dio demasiados detalles con respecto a lo de fugarse. Simplemente, dejó claro que no era tan fácil, y aseguró que lo había pensado. La oclumante no podía decir que la comprendiese al cien por cien, pues ella —siempre y cuando no terminase encarcelada primero—, buscaría por todos los medios abandonar aquella maldita zona de guerra en que se había convertido la Inglaterra mágica. No quería tener nada que ver en todo aquel conflicto, y dudaba mucho que su ayuda llegase a servir para algo, en todo caso.

Pero cada quien debía tomar sus decisiones, y supuso que sus motivos tendría para quedarse. Lo parco de su respuesta le dejó claro que lo mejor era no insistir más en aquel tema…

...aunque, claro, luego tuvo que insistir: conocer a una fugitiva era sinónimo de curiosidad, especialmente acerca de la vida al límite que dicha fugitiva llevaba. ¿No es así? Sin embargo, esa curiosidad no iba a ser satisfecha, pues Sam no parecía demasiado interesada en hablar de sus miserias pasadas. No le quedó más remedio que quedarse con la curiosidad.

—Así será, entonces —le respondió, encogiéndose de hombros—. Seguramente sea lo mejor, pues creo que la idea de conocer tus aventuras sólo te haría más atractiva y, actualmente no es demasiado apropiado que… Igual que no es apropiado decir eso en voz alta. —Otra vez, su lengua la traicionaba, moviéndose más rápido que sus pensamientos. Hester no pudo evitar sonrojarse—. Olvida lo que he dicho.

Cuando llegó el momento de la revelación sobre la naturaleza de Samantha y Gwendoline, y la desmemorizadora decidió hacer aquella “broma”, Hester no pudo más que salir por piernas en cuanto el semáforo le dio su beneplácito. Una vez más, Marlowe huía de sus problemas. No pasaría mucho tiempo antes de que descubriese que huir de los problemas, en más de una ocasión, generaba tantos conflictos o más que el afrontarlos, pero en esa ocasión le sirvió.

Al otro lado de la calle, Hester sintió que había esquivado una bala. Como si el tema fuese tan delicado…


Ya en la pizzería, Hester llevaba un período de tiempo indeterminado en un estado cercano a la ensoñación, contemplando a Zdravka. ¿Qué había de fascinante en una muggle que comía pizza y hablaba con otro muggle y una bruja acerca especias y recetas varias? Seguramente, nada más allá del hecho de que esa muggle era preciosa y todo en ella le parecía igual de precioso.

En la mano de Hester, un pedazo de pizza margarita —la más sencilla de todas, pero la más rica, en su opinión— parecía triste y decaído. El queso que goteaba lentamente sobre el plato, en un fino hilillo que formaba un charco coagulado sobre el plato, casi parecían sus lágrimas. Como si no hubiera cumplido su propósito en la vida, que no era otro que ser comido como era debido.

Las palabras de Sam la trajeron de vuelta y, un tanto perpleja, buscó la mirada de la rubia. Se quedó un momento pensativa, intentando asimilar la información que recibía, y después de un rato de duda, su cerebro pareció volver a arrancar.

—Sí —respondió, una respuesta especialmente escasa para ella. En seguida lo solucionó—: Quiero decir que sí, me daba miedo cómo podría haber salido aquello, pero cada vez que le mentía me sentía peor. Llegó un punto en que la cosa era insostenible, y más teniendo en cuenta que... —Aventuró a mirar nuevamente a Zdravka, tranquilizándose al ver que seguía hablando con Luca Lehmann y Gwendoline Edevane—. Teniendo en cuenta que cada vez se cree menos las excusas de Dexter, y está empezando a sospechar cosas. Yo no podía seguir mintiéndole.

Hester, después de observar el triste pedazo de pizza de su mano, optó por dejarlo en el plato, y buscar un par de servilletas con que limpiarse los dedos. Mientras lo hacía, con deliberada lentitud y meticulosidad, prosiguió.

—Dexter me metió más miedo aún en el cuerpo. Me dijo que si se lo contaba, la estaba poniendo en peligro. ¡Yo! —Hester adoptó una expresión de profundo desagrado en el rostro—. Me han dicho muchas cosas malas en la vida, pero puedo decirte que ninguna me ha sentado nunca tan mal como esa. ¿Cómo que yo la pongo en peligro? ¡Quien la pone en peligro es él! Y da igual si no sabe nada: si alguien descubre su relación...

No quiso seguir. No había visto nunca actuar a los mortífagos y prefería seguir sin verlo, pero por lo que contaban y se imaginaba, no hacían nada bueno. En el hipotético caso de que no le hiciesen daño a Zdravka, convencidos de que no tenía información alguna sobre la traición de su pareja, si llegaban a ella, no la dejarían vivir. ¿Para qué borrarle la memoria si podían asesinarla directamente?

Hester hizo un esfuerzo para alejar esos pensamientos de su mente. No quería pensar en eso.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Miér Nov 13, 2019 2:59 am

Tenía que admitir que aunque la confesión de Hester de verla más atractiva sí que había sonado bastante rara en esa situación, no iba a negar que le subió un poquillo la autoestima a Samantha. También cayó en algo gracioso cuando vio a Hester huir despavorida por el paso de peatón: sin duda alguna era más que evidente que el estereotipo de chicas que le gustaba a la rubia eran morenas, de pelo largo y mirada clara… Y era curioso porque en ningún momento de su vida ella hubiese considerado que “ese” era su estereotipo o los rasgos físicos de su posible mujer ideal. Sin embargo, en ese momento de su vida no tenía ojos para ninguna otra mujer que no fuera su Florecilla y le encantaba poder mirar a Gwendoline y que sólo ella le hiciera sentir todo lo que le hacía sentir.

Una vez en la pizzería, mientras Luca, Zeta y Gwen tenían su propia conversación animada sobre comida, Sam volvió a sacar tema con Hester sencillamente porque se había perdido y meterse de por medio ya le quedaba como algo complicado.

Preguntó por Zeta, pero de manera bastante inocente: no quería meterse tampoco en su vida, pero el hecho de contarle el secreto mágico a un muggle siempre da un poco de miedo, ya no por la ley mágica, sino más bien por cómo va a reaccionar una persona así cuando le descubras un mundo absolutamente nuevo que rompe con tantos esquemas de sus vidas.

Mientras se terminaba una de sus porciones de pizza, escuchó a la oclumante, sorprendiéndose de lío que parecía haber con mentiras y verdades a medias entre Dexter Fawcett, Hester Marlowe y la muggle que estaba en medio de ambos. La verdad es que la cogió de sorpresa que le dijera todo eso: ¡ella solo quería saber cómo se lo había tomado Zeta! Sin embargo, Sam era bastante empática y entendió a la primera la frustración de Hester no solo con respecto a lidiar con las mentiras de Dexter que no le pertenecían, sino por tener que mentir “obligadamente” a una persona que le importaba.

Sam miró a los tres que hablaban animadamente, quedándose durante un segundo mirando a Gwen y pensando que ella también le había mentido hace años y que no se sentía nada bien. A día de hoy no se arrepentía porque todo había salido bien, pero no quitaba lo mal que se había sentido haciéndole tanto daño.

Decidió ser sincera:

―Realmente ambos ponéis la ponéis en peligro ―le respondió, en voz bajita. Había tanto ruido en el restaurante que era imposible que nadie pudiera escuchar su conversación en ese volumen―. Quiero decir: él tiene una vida peligrosísima. Trabaja en el Ministerio de Magia, colabora activamente con la Orden del Fénix y encima ayuda a los fugitivos a salir del país: o es muy egoísta o la ama demasiado. Supongo que cree que si no le dice nada, la está protegiendo porque no sabe, pero es un iluso si piensa que eso será importante para el Ministerio de Magia. Como le pillen, seguro que es a por la primera por la que van y les va a dar igual que sepa algo o no. ―Se encogió de hombros―. Y bueno, tú le has dicho que existe la magia y se la has mostrado.

Y no iba a pecar de hipócrita; era cierto que aunque no hubiera sido queriendo o su nivel de “peligrosidad” era menor, Hester también la ponía en peligro, pero es que eso lo hacían todas las personas. Ahí estaba Sam, que tenía a Santiago Marrero en el mismo punto exacto que Hester tenía a Zeta.

―Pero es lo que hay ―continuó hablando, en este momento para tranquilizar a la morena―. Yo también tengo amigos muggles a los que me he visto en la obligación de decirles que soy bruja y la magia existe. Sé que si las cosas se tuercen, que si el Ministerio descubre quién soy, mi identidad falsa o en donde trabajo, él podría estar en grave peligro, pero él lo sabe. Mi padre también lo sabe. ―Echó una ligera mirada hacia su padre, para entonces añadir―: Yo creo que la única diferencia entre un mago y un muggle es la que nosotros creamos. No vale la pena alejarse, ni tampoco mentir a alguien que te importa. Le dices la verdad y que él decida. Tenemos la mala costumbre de pensar que los muggles son más débiles o algo por el estilo, pero son perfectamente capaces de adaptarse a todo nuestro mundo e incluso de ser más valientes que nosotros.

¡Santi había ido a por un dichoso vampiro para proteger a Samantha! ¡Un vampiro que casi lo mata! ¿Y lo veís huyendo de Sam o de Gwen, pese al peligro que pueda suponer estar a su lado?

―Yo creo que has hecho bien ―le reconoció, con una sonrisilla―. Pero si no la sabe ya, tendría que saber toda la verdad. Si bien nuestro mundo puede parecer increíble para un muggle, ahora mismo está muy podrido y, desgraciadamente, es muy peligroso.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Dom Nov 17, 2019 2:46 am

Hester podía parecer una persona ingenua, sin demasiadas luces incluso, pero no era así: comprendía el mundo que la rodeaba mucho más de lo que parecía a simple vista, y eso hacía que no le gustase. ¿Cómo le iba a gustar el mundo en que vivían los de su especie, los magos y las brujas, si actualmente se respiraba la represión y el miedo en el aire?

Y precisamente porque comprendía el mundo, no necesitaba que nadie le dijese el peligro al que estaba expuesta Zdravka, tanto por su parte como por la de Dexter. Esa no era la cuestión.

La cuestión era que le parecía injusto que una persona, irresponsable como había demostrado ser Dexter, primero la hubiese metido en sus mentiras, y después se hubiese atrevido a echar sobre ella toda la responsabilidad si a Zdravka le ocurría algo. Era un claro caso de tirar la piedra y ya no esconder la mano, sino amputársela para poder decir que no tenía mano con que arrojar dicha piedra.

Lo responsable habría sido que Dexter viviese su maldita vida de héroe sin involucrar a Zdravka, pero en lugar de eso, la había convertido en su pareja y, de rebote, había involucrado a Hester en su mentira. Sin preguntar.

Una parte de ella hubiera deseado, el día en que conoció a Zdravka, que Dexter le pidiera amablemente que se marchase de la tienda y volviese en otro momento, cuando su novia muggle no estuviese. Ellas nunca se habrían hecho amigas, nunca se habría visto obligada a contarle su secreto, y ahora no estaría cargando con más cosas de las que debía sobre sus hombros.

Lo peor es que, por muy clarividente que fuese, no había visto aquello venir.

—Me sentí en la obligación —se defendió Hester, aprovechando la pequeña pausa que Sam había hecho, antes de que le explicase que ella también tenía amigos muggles que conocían su secreto.

Entonces cerró la boca y observó a Sam con toda su atención, escuchándola. En su cabeza, comenzó a formarse una idea clara: lo que había hecho la rubia era con toda claridad mucho menos grave que lo que había hecho ella. ¿Que por qué? Pues porque su vida ya había sido declarada “ilegal” por el mero hecho de haber nacido con magia en una familia que no debía tenerla. ¿Cómo se podía hacer algo peor que eso? ¿Qué diferencia habría? Es como que su vida ya había tocado fondo, y una vez ahí, casi podría sentirse libre de hacer lo que quisiese. Ya no le iban a poder reprochar nada más.

Y entonces, afirmó que creía que había hecho lo correcto, para acto seguido sugerir que Zdravka debía saber toda la verdad. Ese fue el momento en que a Hester se le formó un nudo en el estómago y lo supo: esa pizza se iba a quedar en el plato, intacta.

—No es tan fácil —dijo Hester, suspirando a continuación—. De acuerdo, Dexter se está comportando como un imbécil con Zdravka y conmigo, intentando tapar sus mentiras con más mentiras, y quizás debería ordenar sus prioridades en la vida, pero es una buena persona. Es, o ha sido, no lo tengo claro, mi amigo. Supo estar a mi lado en este mundo arisco, hasta que decidí marcharme del Ministerio, y creo que le importaba más allá de esas clases de oclumancia. —Suspiró de nuevo, sintiéndose repentinamente muy mal y con muy pocas ganas de mantener esa conversación—. Le debo lealtad. Es sus secreto, no el mío...

Y lo sabía. Que conste que lo sabía: el ser tan leal a Dexter iba a explotarle en la cara en un futuro. Sin embargo, Hester se lo había imaginado muy distinto a cómo, finalmente, ocurriría la semana siguiente. En su cabeza, seguir mintiendo iba a terminar con una ruptura a triple banda: por un lado, Zdravka la mandaría al infierno por su sinceridad parcial; por otro lado, Dexter la mandaría al cuerno por todos los problemas que le causaba; y finalmente, por un tercer lado, los dos romperían y ninguno de los tres volvería a saber de los otros.

Sí, era demasiado catastrofista.

—Y encima, están mis dichosos sentimient... —Aquella frase no debería haber salido de su cabeza, y por eso Hester no la terminó y se quedó paralizada—. O-olvida eso… No he dicho nada.

Echó mano de su vaso y se lo llevó a los labios. No era más que agua fría con dos cubitos de hielo, pero la necesitaba debido a lo seca que se le había quedado repentinamente la garganta.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Mar Nov 19, 2019 4:16 am

La austriaca no estaba preocupada por ella por haberle dicho a sus conocidos muggles sobre el secreto de la magia, sino más bien les preocupaba ellos. Claro que Sam no tenía nada que perder: la habían juzgado injustamente no solo por ser sangre sucia, sino incluso por asesinar a gente que vete tú a saber quiénes eran. Si de algo podía estar un poquito orgullosa es que no había tenido que sobrevivir durante tantos años arrebatando vidas y que las únicas veces que había colaborado en un asesinato había sido porque no había, literalmente, ninguna otra opción. Odiaba la violencia y, sobre todo, la muerte. Sin embargo, si bien ahora mismo Amelia Williams parecía ser una identidad que la estaba manteniendo a salvo, lo que ella temía es que alguien se diese cuenta y su círculo íntimo más obvio se expusiese. Y ella creía que había una gran diferencia entre que un muggle supiera el secreto o no, pues podía ser la diferencia entre hacer un Avada Kedavra o un sencillo encantamiento de confusión después de una lectura mental.

Comprendía las palabras de Hester, pero que fuera una buena persona no le justificaba para mentir a su novia. Si la estaba mintiendo todo este tiempo, ¿por qué empezó con ella desde un principio? ¿Qué clase de persona era para empezar una relación sabiendo en qué bases se iba a sostener? Le parecía una decisión muy egoísta.

―A mí también me parece una buena persona ―le respondió―. Pero no tiene nada que ver una cosa con la otra… que sea una buena persona no le justifica que pueda mentirle a su novia: eso es de malas personas. ―No pudo evitar sonreír un poquito por la irónica situación―. De todas maneras está bien que decidas serle leal.

En realidad Sam no sabía cómo se sostenía en esa situación; debía de ser estresante. Ella no sería capaz de mentirle a su amiga de esa manera, sabiendo que su pareja le está mintiendo sólo porque no le quiere reconocer algo que en realidad ya sabe que existe. Además, siéndole leal a Dexter, al final iba a conseguir que cuando explotase, también cayesen trozos en su dirección porque cómplice había sido.

Cuando añadió esa frase inconclusa, Sam la miró con los ojos bien abiertos y una sonrisa en el rostro. ¡Vaya por Merlín, qué giro de los acontecimientos! No había identificado nada de eso, ya que por una parte estaba al principio bastante preocupada por la situación, por no hablar de que después sencillamente había visto a Zdravka como la novia de Dexter y, ni por asomo, se hubiera imaginado que Hester sentía nada por ella. De repente aquello se había complicado más todavía.

Ahora sí que no entendía como se sostenía en esa situación.

Suspiró fuertemente, dejando el borde de la pizza sobre su plato, sin intención de comérselo. Estaba bastante llena, por lo que se iba a limitar a comerse la parte buena y dejar la parte trasera. Miró entonces a la morena, negando con la cabeza.

Obviamente no iba a olvidar lo que acababa de decir y le iba a hablar con confianza y sinceridad.

―No entiendo como eres capaz de ver cómo le mienten en la cara a alguien a quién quieres ―le dijo, soltando aire por la boca―. Yo a día de hoy sería incapaz. ―Y decidió ella también confesar algo, para que se diese cuenta que no estaba hablando precisamente desde la ignorancia o desde una posición de desconocimiento. Se giró hacia ella en la silla, para hablar de manera un poco más privada―. Siempre he sido amiga de Gwendoline, desde Hogwarts y si bien no existían… estos sentimientos, jamás en la vida nos hemos mentido. Hará como cuatro años, antes de que cambiase el gobierno, me ocurrió una cosa que me hizo tener que alejarme de Gwen porque no quería que se metiera en mis asuntos, pues eran peligrosos, y le hice creer que no me importaba y que ya no necesitaba nada de ella. Nos encontrábamos por el Ministerio de Magia y le hacía el vacío, la ignoraba y… ―Se encogió de hombros, bajando ligeramente la mirada a sus propias manos―. El caso es que yo lo estaba pasando muy mal con mis propios asuntos, pero te puedo jurar que lo peor que me sentaba era tener que mentirle y tratarla así, pues sabía que por mi culpa ella estaba pasándolo mal. ―Y entonces sonrió, cogiendo un poco de aire, pues recordar eso no le gustaba―. Por suerte me perdonó, pero a día de hoy aún recuerdo lo mal que me sentía y lo mal que la hice sentir y… no merece la pena. Es una auténtica basura sentirse así y tener que mentirle a una persona a la que quieres, sobre todo si sabes que lo está pasando mal.

Quizás se había puesto un poco intensita, por lo que intentó bajar la tensión y le sonrió, dulcemente.

―Haz una lista de pros y contras; a mí me sirven normalmente. ―Asintió varias veces, como para darle más credibilidad a su consejo, con una sonrisa.

No había reparado en el hecho de los sentimientos, no de manera explícita. No quería incomodarla, pero básicamente lo había hecho comparándola con Gwen y ella, pues a día de hoy ni se le ocurriría mentir a la persona a la que ama.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Hester A. Marlowe el Mar Nov 26, 2019 11:45 pm

Aunque generalmente se sentía bastante en paz con su forma de ser, y convivía a la perfección con esa parte irritante de sí misma que tenía miedo hasta al más mínimo conflicto, Hester tenía sus momentos de lucidez en que se odiaba por ello.

Especialmente en lo que a Zdravka y Dexter se refería.

Una parte de ella, esa que se atrevía a señalar la cobardía del resto de su psique, ardía en deseos de ser sincera con su amiga. Esa parte había sido una buena consejera en el pasado, cuando le había recomendado ser franca con Zdravka y descubrir su identidad secreta como bruja.

Esa parte sabía que poner excusas, que decir que debía lealtad a Dexter porque era buena persona, no era más que otro signo de cobardía pura y dura. La historia de su vida, en definitiva, dejando que el miedo guiase sus pasos. Era triste e, incluso, patético.

Sí, a la hora de la verdad, Hester se juzgaba con demasiada dureza… con razón.

—Si, pero es tomar la posición de los cobardes —dijo, consciente de que esa era la verdad—. También es lo más cómodo para todos menos para ella, lo cual me convierte en una mala persona.

Sam no había dicho nada de eso, pero lo que era cierto, era cierto: su cobardía la llevaba a tomar decisiones que claramente la dejaban como a una mala persona, sin siquiera pretenderlo.

Y entonces, toda su frustración brotó en la forma de una confesión con una persona con la que no tenía prácticamente ninguna confianza. A punto estuvo de confesar la naturaleza de dichos sentimientos, pero siendo sinceros, no importó: en cuanto pidió a Samantha que olvidase aquello, quedó totalmente claro a qué se refería. Su cerebro la traicionaba una vez más. Una de muchas.

Por suerte para ella, aún pese a lo que la rubia pudiera pensar de semejante afirmación, no comentó nada al respecto. A no ser que la explicación que siguió fuese algún tipo de consejo encubierto, cosa que no tenía clara.

Como fuese, al menos, no había activado el modo cotilla.

La escuchó, incapaz de comprender cómo alguien podía ser capaz de llegar a ese punto con una persona con la que, literalmente, había terminado teniendo una relación sentimental. ¿Cómo de gordos debían ser aquellos problemas para pensar que esa era la mejor opción? A Hester no le apetecía nada verse en semejante problema con nadie que le importase mínimamente en su vida.

—Vaya. Eso es… frío. —Aquella palabra le salió antes incluso de tener oportunidad de evitarlo. Así funcionaba su cabeza a veces—. Quiero decir que yo no sé si tendría la capacidad para hacerlo, ignorar a alguien que es tan importante para mí. No lo decía como algo malo, sino como que debe requerir fuerza de voluntad —trató de excusarse, sintiéndose un poco mal por calificarla de “fría” tan a la ligera—. De todas formas, me alegra que, lo que fuera que te pasó, ya esté solucionado y hayáis podido encontraros la una a la otra.

No creía que en su caso una lista de pros y contras fuese a funcionar. La pura verdad era que le daba miedo decirle la verdad a Zdravka. Sabía que si era ella quien lo contaba, sería también quien pagase los patos rotos. Así que no dijo nada y, simplemente, se hundió un poco en la silla. Lanzó un suspiro desganado, para luego mirar de reojo a Sam, dándose cuenta entonces de que llevaba, posiblemente, un minuto en silencio.

—Cuando hoy salí por la puerta de mi casa, no esperé que tendría una charla tan profunda delante de una pizza —confesó, lanzando un bufido—. ¿En qué momento nos hemos dejado llevar por esta vertiente de conversación?

En realidad, para ser justos, había sido ella quien había empezado, pero en ese momento no reparó en ello. Estaba demasiado ocupada pensando en sus dilemas como para asumir su parte de responsabilidad, que posiblemente era el cien por cien.

—En fin, gracias por escucharme y aconsejarme —le dijo a la rubia—. Y siento haber dicho que tu actitud para con Gwendoline había sido fría. No ha sido mi intención ofenderte, pero a veces me cuesta reprimir los pensamientos que se me materializan en la boca. En realidad, seguro que si te ha perdonado eso es porque sabe que tú no eres así, y porque te quiere de verdad.

Hablaba sin conocer la historia, y tratando de quedar un poco mejor de lo que había quedado hasta el momento. Aquella faceta suya podía sentar muy mal a la gente que no la conocía.
Hester A. Marlowe
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