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Hard Rockin' the Place. —Joahnne.

Zdravka E. Ovsianikova el Vie Sep 06, 2019 3:11 am

Hard Rockin' the Place. —Joahnne. MsSICDD
Viernes, 23 de agosto del 2019 | Fabric, discoteca Londres | 01:27 horas | Atuendo

Si podía evitarlo, no se iba a poner tacones nunca.

Sí, le encantaba ponerse para los conciertos, con un traje precioso y elegante, pero para el día a día consideraba que era una tortura, por lo que hasta para salir de fiesta prefería salir en deportivas. Era bajita y a mucha honra, pero no iba a ponerse dichosos tacones o plataformas para ser del agrado de nadie.

—Yo no voy a llevar tacones, tía —le decía por un audio de WhatsApp a su amiga, mientras ya caminaba en su dirección para ir a recogerla.

Se trataba de una amiga de hace mucho tiempo, la cual acababa de dejar al novio y se había acordado de nuevo  de que tenía amigos a los cuáles había dejado abandonados por dedicar el cien por cien de su tiempo a su pareja. Zeta podría haberse mosqueado, pero ella también solía cometer el mismo error, dedicándole más tiempo a su romance que podría ser efímero, que a sus amistades que podrían ser para toda la vida.

—¿Y si no te dejan entrar? —Le devolvió un audio su amiga.

—¿Por no llevar tacones? Tengo veintisiete años, tía, como no me dejen entrar por no llevar tacones pido la hoja de reclamación y los llevo ante un juez. —Exageró divertida, mandándole uno nuevo.


***

El Fabric era la discoteca favorita de su amiga Jennifer, por eso habían decidido ir ahí ese día. Debía de admitir que Zeta era muchísimo más del Ministry of Sound en el caso de querer ir de fiesta de borrachas máximas, pero partiendo del hecho de que esa música no era del todo de su agrado, en realidad le valía cualquier discoteca en donde perder un poco la cabeza, bailar bien hasta abajo y llegar a casa con dolor de cabeza. En ese momento tenía ganas de volver a sentirse una teenager de dieciocho años, pero mañana cuando  tuviera resaca ya se arrepentiría de tanta motivación para un cuerpo que tenía ya una edad.

—¿Y donde está el guapo de tu novio que tiene más tetas que yo? —Preguntó Jennifer, de camino a la discoteca.

Zeta tuvo que reír, pues Dexter tenía unos pectorales que… madre mía.

—Está ocupado, como siempre. Le invité, pero dice que no está ya para estos trotes. Me estoy casando con un viejo, tía. —Exageró divertida.

—¿Y no habías invitado a una amiga?

—Sí, pero tampoco podía. —Le hubiera gustado salir de fiesta con Hester, pero tenía otros compromisos y Zeta le había avisado demasiado tarde.

—Bueno no importa, ¿sabes por qué? ¡Porque hoy volveremos a ser el trío calavera! Verás cuando veas a Giselle. Lleva meses diciéndome de quedar otra vez las tres en plan para emborracharnos de verdad.

Zeta tenía bastante claro que con cómo eran sus amigas, Jennifer terminaría en una farola llorando por su reciente ruptura—aunque hubiese sido culpa de ella—mientras que Giselle contaría la cantidad de hombres con los que se ha enrollado. No eran ni de lejos las mejores amigas de Zeta, pero tuvieron una época en la que eran inseparables y, lejos de sus dramas, eran dos chicas que eran super, super divertidas.


***

Una vez en la discoteca, en donde no le pusieron ninguna pega por ir en deportivas, Zeta fue a hacer cola en la barra mientras Jennifer iba a buscar a Giselle en medio de toda esa muchedumbre. Zeta hacía años había trabajado como barman en el Ministry Of Sound—de ahí su cariño por esa discoteca—por lo que sabía la presión que tenían los camareros las noches de fiestas, siempre ajetreados y sin un segundo de descanso. Debido a su experiencia, era una muchacha muy paciente en la barra, esperando por su turno.

Además de que hacía trampa: se pedía dos bebidas haciendo creer que era para otra persona pero… ¡en realidad las dos eran para ella! Así cuando se le acababa una, tenía la otra y no tenía que volver a hacer la cola tan rápido.

Era el truco definitivo.

Cuando llegó su turno, fue a pedir automáticamente.

—¡Hola! Por favor, ¿me pones un… —Pero entonces la miró y abrió los ojos ampliamente. —¡Oh! ¡Eres tú! —Y sonrió, como si hubiera visto a una vieja conocida.

Recordaba la vez que entró en al tienda de Dexter y que le había mandado un par de lugares en donde mostrar su currículum para ver si la pillaban, pero estaba claro que no le había dicho nada de la Fabric. Había tenido suerte: los barman no cobraban nada mal.

—Sin duda has conseguido un mejor trabajo del que yo te podría haber ayudado a conseguir. ¡Mis felicitaciones! —Hablaba por encima de la música.
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Joahnne Herondale el Miér Sep 25, 2019 2:57 am

Los labios de Camile se curvaron en una sonrisa mientras apoyaba los codos en la barra de manera descarada. — Hoy me llevo a alguien a casa. — dijo decidida como si hoy no fuese uno de los turnos más estresantes de la semana.

Camile era una empleada con la cual tenía pensamientos compartidos y otros tantos… no. Estos eran ignorados, no era de esas compañeras con la que desarrollaría una amistad y saldrían a tomar café después de una larga jornada, no, ella sería del estilo escuchar sus delirios y terminar sus conversaciones cuando se cerrasen las puertas de la discoteca. Camille era una francesa que había venido a Londres a probar suerte escapando de cualquier orden de sus padres con respecto a los estudios, había terminado su educación básica y no quería saber nada sobre universidades o libros. Ella prefería estar trabajando en The Fabric entre almas danzantes y bebidas cargadas de alcohol.

Con ella compartían los turnos del fin de semana. No era del todo mala pero tampoco era santo de su devoción.
Un hombre le pidió uno de los tragos con nombre más raro que jamás había escuchado, o que antes de tener este empleo había llegado a oír. Ahora, que trabajaba toda la semana en diferentes oficios que se requerían, podría decir que había aprendido todos los tragos y no se sorprendía de las selecciones de sus clientes.

Hmmm, podría ser ese rubio con camisa de flores. — se relamió Camille mientras se movía a su par preparando otra bebida exigida.

¿Cómo harás eso Camille? No podemos dejar la barra más que por unos cuantos minutos. — recordó la ex pelirroja.

Te sorprenderás, pero mi encanto atrae miradas querida Amy, mira, te apuesto que antes de finalizar la noche tengo el numero de ese niño. — le sacó la lengua, guiñó un ojo mirando a otro cliente sentado en la barra quien sonrió ladinamente ajeno a la conversación de ambas. Le entregó una servilleta con su número, esto lo supo cuando Camille se la mostró descaradamente mientras se contoneaba. Joahnne negó con la cabeza y continuó.

La noche recién estaba empezando y se notaba en la cantidad de personas que entraban al recinto con el pasar de los minutos.

Joahnne se alisó el cabello suelto de sus trenzas en el baño, se echó agua en el rostro mientras respiraba hondo.
Era una noche estresante, había cosas con las que seguía sin acostumbrarse.

Después de dos semanas de trabajar en The Fabric pudo sentirse cómoda con el resto de los empleados, a pesar de la música estridente y los clientes que permitían que sus mejillas se sonrojaran a tal punto de llamar a seguridad. Aquellos que comenzaban a emborracharse, esos los tenía vigilados. Los primeros días tuvo cierto recelo a recurrir al guardia de seguridad, pero pronto se llevó bien con este y no tenía problemas para llamarlo cuando se enturbiaba el asunto.

¡Amy! — exclamó Camille desde la otra punta de la barra al notarla.

En su ausencia, la barra colapsó ante la huida de otros dos compañeros. Algunos de ellos seguían en estado de prueba y ya presentía cuales serían los que no vería la próxima semana. Ahora entendía a Alex cuando la contrató en clara desesperación.

¡Voy, voy! — agitada, sin opción alguna administró los clientes más cercanos con sonrisas.

Varios se empujaban como si fuese la primera vez que iban a un lugar del estilo, sin consideración alguna a los camareros exigiendo un par de bebidas.

Estaba tan ensimismada en las botellas disponibles y cuales debía reponer que no se fijó en el rostro de quién estaba hablando hasta que alzó su rostro.

¡Tu! — exclamó a la par. —Si no fuese por tu positivismo me hubiese rendido hacia tiempo. — admitió dibujando una sonrisa en su rostro.

Una mujer de unos treinta años frunció el ceño llamando la atención de Joahnne. —¿Qué desea? — preguntó mientras recibía el pedido de dicha mujer. Gruñona recibió el trago y se alejó refunfuñando. Joahnne se seguía sorprendiendo de la poca paciencia que tenía varias personas teniendo en cuenta que era una discoteca bastante recurrida. — Perdón por esto. Hay gente que le gusta pensar que somos sirvientes, aunque no está nada malo el trabajo.

¡Amy! — Camille señaló con su cabeza un joven de unos veinte años, o un poco menos. Mejillas rojas, acalorado, traspirado y moviéndose como una gelatina. Se alzó en sus pies intentando visualizar a seguridad y así pedir su servicio. A veces, rondaba uno por la barra para que nadie entorpeciese el trabajo de los barman.
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Zdravka E. Ovsianikova el Vie Oct 04, 2019 1:57 am

Le alegró ver a Amy trabajando en un sitio así, pues aunque por experiencia supiera que era un trabajo muy cansado y que a veces daba la sensación de que poco recompensado, en realidad se cobraba bastante decente para las cosas que había por ahí. Zeta había trabajado hacía años en Ministry Of Sound, una discoteca muy famosa en Londres, pero suponía que por la reputación de The Fabric, la situación sería prácticamente la misma.

―¡Lo sé! ¡Es un poco frustrante! ―Le reconoció, dándole la razón.

En realidad te pagaban para que les sirvieras copas, por lo que en parte sí que eras un sirviente, pero igualmente no te pagaban por soportar gilipollas ni personas antipáticas bajo los efectos del alcohol. Eran cosas muy diferentes.

Zeta se dio cuenta de que Amy estaba un poco ocupada y bien que lo estaría el resto de la noche, por lo que evidentemente no quería molestarla y era muy consciente de que ese no era lugar en donde tener una conversación. Así que le pidió una cerveza para no hacerle perder el tiempo y luego se fue, para que pudiera concentrarse. Si ya de por sí los clientes de las discotecas eran subnormales, cuando te equivocabas en su pedido sacaban al demonio que llevaban dentro…


***
04:32 horas

―¿Jennifer, en dónde narices te has metido? ―Mandaba Zdravka a través de un audio de WhatsApp.

Y ojo, que tampoco había rastro de Giselle. ¡Las madre que las parió!

La discoteca estaba cerrando, por lo que Zeta se encontraba en la entrada junto al resto de personas que habían echado. Esperó pacientemente, hasta que vio salir a Giselle en compañía de una de sus ex-parejas, eso sí, iban cogidos de la mano y con una actitud muy melosa.

―¡Zeta! ―dijo ella, acercándose a su amiga más feliz que un pingüino hiperactivo. ―¿Todo bien, amiga?

―Sí… creo, ¿y tú? ¿Seguro que te quieres ir a casa con tu ex? ―Miró de reojo a Paul, su ex, el cual miraba a Zdravka con una sonrisa de borracho inocente.

―¡Sí! ¡Es Paul!

―Ya sé qué es Paul, le estoy viendo, tía. ¿Te tengo que recordar por qué lo dejastéis?

―¡No seas aguafiestas! ¡Eso es agua pasada! Ya somos adultos y superamos nuestras diferencias.

―Vale, vale… ―Alzó las manos, en señal de inocencia. Zeta también estaba bastante borracha y no se le apetecía hacer de mami de sus amigas de veintisiete años. Ya tenían una edad para controlar con quién terminaban en la cama. ―¿Has visto a Jenny?

―Se fue hace un rato con un tío en Uber.

―Sois lo peor, tía, de verdad, ¡si lo llego a saber no vengo!

―¡Nosotras no tenemos a un maromo esperándonos en casa!


Zeta negó con la cabeza. ¡Ojalá tener a Dexter esperándola en casa! Pero no, iba a tener que coger un taxi―o un Uber―hasta su casa y allí solo le esperaría una habitación solitaria y fría en donde tendría que abrazar a una almohada. Suspiró, viendo como Giselle se iba.

Sopesó entonces la idea de hablarle a Dexter o a Hester, pero era muy tarde y no quería despertar a ninguno para luego empezar a tener una conversación de borracha solitaria con ellos. Así que decidió ir en busca de alguna parada de taxis o de autobuses, lo que más cerca encontrase. Sin embargo, antes de dar muchos pasos, vio salir a Amy de la discoteca. En ese momento que estaba solita y ella también estaba solita, decidió acercarse a su conocida.

―¡Hola de nuevo! ―Le saludó, sintiéndose pesada. ―Antes preferí dejarte con lo tuyo, que ser barman es un trabajo muy estresante. Nadie lo entiende hasta que lo es.
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Joahnne Herondale el Lun Oct 07, 2019 4:55 pm

Estaban hasta las orejas de gente, en un par de horas todo había colapsado en millares de cuerpos danzantes que reían al ritmo de la música, otros tambaleantes, empujados por el resto, que caían en la barra demandando un poco de salvación en líquido. Más de uno había sido lanzado puertas para fuera por escándalo público, la morena esperaba que no volviesen a entrar. No sabía como lo lograban, pero muchas veces se habrían colado nuevamente y tolerarlos en la barra no era para nada gracioso. Menos cuando tienes dos compañeros menos que piensan que trabajar de esto es vivir de fiesta en fiesta.

Por otra parte, los tipos de seguridad demandaban una hora de tranquilidad, al menos. Lo que les ofrecía la noche era todo lo contrario, algunos se lo tomaban con gracia y otros eran más intimidantes que en un comienzo. Joahnne, mayormente, se acercaba al guardia que hacía de control en los baños — esos que estaban cerca de la barra— para charlar un poco. Él le mencionaba la situación de los jóvenes que más gracia le habían dado y los cuales pasaban situaciones fatales como derramarse un poco de cerveza en una blusa o vestido. Él tomaba todo con gracia, se divertía y era contagioso. Cada uno de los que entraba a esos cubículos, contaba, tenían una historia desesperanzada o estaban viviendo un estado de delirio cósmico inofensivo que robaba carcajadas. Por supuesto, era extraño ver un hombre corpulento, alto y con un rostro amenazante riéndose. Muchos pensaban que estaba planeando estrategias para asesinarlos o cómo hacer actos delictivos y salir impune. Sí, esos mismos eran los que entraban al baño y se comportaban educadamente por temor, si no estaban lo suficientemente alcoholizados para no saber donde estaban.

—¡Amy! — exclamó Camille desde una esquina con una sonrisa triunfante. El ceño fruncido de la falsa Amy no pudo pasar por desapercibido. —¡Conseguí el número del chico lindo!

—Ahh… ¿Se puede saber en qué momento? — inquirió sorprendida.

Toda la noche había sido agitada, había salteado un turno de descanso con tal de cubrir el lugar que había dejado abandonado cada uno de los empleados en estado de prueba. Sí, el informe que daría sobre ellos no sería para nada bueno. Podría ser buena, pero, ante todo, justa. Además, ¡le habían visto la cara!

En toda la noche, desde que se abrieron las puertas de la discoteca, ambos empleados en cuestión habrán estado detrás de la barra haciendo su trabajo, un total de una hora. ¡Nada más! Joahnne hubiese deseado que Alex estuviese aquí para observar todo lo que estaba ocurriendo con ellos, mejor dicho, lo que no ocurrió. Sin lugar a dudas, Alex era un gran apoyo más allá de tener cierto poderío del recinto. Joahnne no hubiese terminado así, de estar ella o que los empleados aquellos hubiesen hecho su parte.

Los músculos tensos, su cabello tirante por la coleta que, en determinado momento, había adornado su cabeza y, ante todo, su ropa alcoholizada. Joahnne podría ser un poco torpe o despistada, sin embargo, era profesional y en todo su trayecto hasta esta noche, eran contadas las ocasiones que había desperdiciado alguna bebida. Y hay que recalcar que era en sus comienzos, las horas de práctica. Lo que había ocurrido es que uno de los hombres que había pedido una cerveza, quería ser atendido por Camille y al no obtener lo que quería se las terminó agarrando con Joahnne. La pobre había sido bañada en el líquido amarillento y pegajoso, su turno de usar el baño había sido adelantado sin su consentimiento.

— Al menos, una de nosotras ha tenido suerte esta noche.

— Vamos, Amy, si no estuvieses tan dedicada al trabajo te hubieses dado cuenta de ese chico que vino cinco veces. ¡Cinco! Solo para verte.

— Mucha gente ha venido miles de veces, vienen por un vaso de alcohol.

— No puedes ser testaruda, ese chico lo quise atender y se fue. ¡Volvió a los segundos a tu sector!

Levantó la mirada sonrojada mientras limpiaba la barra.

— ¿En serio que no te diste cuenta? Eres un caso perdido.

— Vale, la próxima prestaré más atención.

— Si es que vuelve, el pobre tenía una cara de decepción.

Negó con la cabeza, lavó, por segunda vez, el trapo para poder pasar una última vuelta hasta que Alex la interrumpió. Había llegado hacía dos horas de sorpresa, más bien para sorprender a los nuevos a ver lo que hacían. Claro, el fiasco que se llevó había helado la circulación sanguínea de unos cuantos. Ahora, ellos estaban barriendo el suelo sin hablar, aunque estaban un poco tomados, el zigzag que hacían con las escobas daba gracia.

— ¿Segura? Puedo quedarme una hora más para cerrar.

Ante la negativa, tomó sus cosas y se vio alejándose de la escena junto a Camille. Después de todo, a ella la estaba esperando el “chico lindo”.

—Mira, no te lo quise dar antes porque estuviste ignorándolo, pero el chico que quería hablarte me dejó su número para que te lo entregue. Tendrías que haberle visto la carita, necesitaba un empujón y como gran celestina, que soy, toma.

— No te rindes, ¿No?

— Nunca, el amor es precioso y más si te da unos orgasmos de muerte. — le guiñó un ojo, pasó por el umbral de la salida y corrió hasta quién la esperaba en una motocicleta.

Joahnne, con sus mejillas rozagantes, imitó sus pasos hasta que fue interrumpida.

—¡Tú! ¡Hola! — suspiró, era aquella chica que le había ayudado en un mal momento. Sí, debía ser sincera, se había ilusionado de que alguien la estaba esperando como a Camille. Se retó mentalmente, no había dado paso a la coquetería como para obtener tales resultados. — Sí, hoy específicamente, no fue una gran noche, el trabajo se duplicó en un cerrar y abrir de ojos. —sonrió. — Gracias, fue un gesto lindo. — olisqueó su camisa, el olor a cerveza no se había ido del todo. Debía volver al refugio a darse un baño y cambiarse de ropa. —Perdón por el olor, un tipo se enojó y me tiró toda su cerveza encima. Deberían pagarme más por esto. — bromeó. Su paga era bastante generosa y lo agradecía, si seguía así en unos meses podría mudarse y vivir por Londres tranquilamente otros tantos hasta que encontrase un compañero de piso. —¿Estás esperando un Uber o a alguien más? — preguntó mientras veía la calle y, de reojo, al guardia de seguridad.


Última edición por Joahnne Herondale el Mar Oct 15, 2019 7:10 pm, editado 1 vez
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Zdravka E. Ovsianikova el Vie Oct 11, 2019 2:21 am

Cuando de repente se quedó sin saber qué hacer, ni en qué rumbo ir―pues estaba un poco borracha―vio la solución a sus problemas en Amy, aquella simpática chica que había vuelvo a ver, después de varios meses, trabajando allí. Se había alegrado de que las cosas le hubieran ido bien, entendiéndose como bien al simple hecho de conseguir un empleo, que no era tan fácil como muchos creían.

Abrazándose a sí misma porque hacía un poco de frío a esas horas, se acercó a ella para saludarla.

Le apenó escucharla decir que le habían tirado una cerveza por encima, sobre todo porque no parecía haber sido un accidente, sino un acto de algún ser humano gilipollas que no entiende que ella solo está haciendo su trabajo lo mejor posible. Zdravka suspiró, sin ganas de entrar en el trapo, pues en cualquier otro momento esa persona se hubiera llevado mil insultos.

Odiaba el tan poco respeto que había, ya no solo en general, sino también en los puestos de trabajo. Parecía que trabajar de cara al público te exige ser alguna especie de sirviente sin dignidad y estar por y para todos cuando ellos quieren.

―Es un trabajo poco gratificante ―le reconoció―, lo único decente es el dinero, pero terminas cansadísima, oliendo a alcohol sin haber bebido y con ganas de cortarte los pies de lo mucho que te duelen después de haber pasado casi seis horas de pie de un lado para otro sirviendo copas. ―Rodó los ojos―. ¿Echaron al idiota que te tiró la cerveza? Si no me hubieras avisado a mí que desde que trabajé en este tipo de trabajos he adoptado también cierta actitud de guardia de seguridad.

Bueno, en realidad es que a Zeta le tocaban los ovarios muchas cosas y solía sacar el carácter necesario para solventar los problemas, entre ellos pegarle una colleja al problemático y sacarlo de la discoteca. Cuando era barman, en más de una ocasión lo hizo y, obviamente, ella tenía las de ganar porque barmans y porteros son amigos para toda la vida.

―Pues… no, no estaba esperando nada ni a nadie. Salí, llamé a mi amiga y descubrí que vuelvo sola a casa. En mitad de mi incertidumbre intentando averiguar qué hacer, te encontré ―le contó su triste historia.

La verdad es que menos mal que tenía a Hester, porque en cuanto a amistades se refería, Jennifer y Giselle dejaban mucho que desear, ¿cómo se les ocurre dejar a Zeta sola? ¿No saben lo peligroso que es ir de noche de vuelta a casa? De verdad… Menos mal que Zdravka sabía lo que había, aún y pese estando borracha, pero aún era todo muy feo.

―¿Donde vives? Podemos compartir un Uber si quieres, o coger juntas el autobús. Llámame paranoica, pero prefiero no ir sola de noche por ahí, ni que tú tampoco tengas que hacerlo. ―Curvó los labios en un gesto inconforme―. Ya sabes, volver a casa de noche es un deporte de riesgo para las mujeres.
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Joahnne Herondale el Mar Oct 15, 2019 9:21 pm

La noche le estaba sentando fatal, sus pies latían de haber estado parada unas cuantas horas y la cabeza no se quedaba atrás. La molestia que había quedado en su boca por la incompetencia de sus compañeros seguía dándole un mal sabor, estaba —a estas alturas— harta de esas actitudes y cómo había pocas personas laboriosas que se encargaban de lleno en sus tareas. Se notaba que era un trabajo a tiempo parcial para aquellos, ella que necesitaba el dinero y se esmeraba desde que pasaba el umbral del recinto lo lograba percibir.  Alex, quién le había entrevistado y con ello una bonita relación comenzó a surgir, estaba hasta arriba —peor que Joahnne— de esta clase de empleados.

Después teníamos a Camille, era una buena persona si no te inmiscuías demasiado en su vida. O eso creía Joahnne, que ciertas cosas le hacían ruido, pero realmente podía contar con ella para cubrirle las espaldas, si hasta le había dado su número de WhatsApp. A pesar de todo el lío que era su cabeza podía decir que se sentía aliviada con este tipo de personas apoyándola en sus sueños que no eran más que unos malos bosquejos sobre su realidad.

Al salir, se había decepcionado un poco de manera ridícula, lo sabía. El chico del que habían hablado no la esperaba, Camille, por otra parte, se había retirado en una motocicleta con aquel que había sido su objetivo al comienzo de la noche. Deseaba que disfrutara de su noche y no cometiese errores de los cuales arrepentirse, como ella hará unos cuantos años atrás.

Sin embargo, encontrarse con una cara conocida la reavivó. La escena de la cerveza no la quería volver a repetir en su mente, demasiado cansada como para ocuparse del enojo. —Sí, creo que el dinero y la buena relación con el personal hace que todavía siga viniendo cada noche a trabajar. — sonrió apenada, la desesperación se escurría entre las letras de manera evidente. Tampoco sabría cuál trabajo sería su ideal, no tenía estudios ni era conocedora de oficios más que los básicos para vivir en soledad. — Por supuesto, Richard, unos de los de seguridad lo sacó de inmediato. Pero si quieres trabajar por aquí como mi guardia de seguridad puedo hablar para que te contraten. — rio con gracia. Ya quisiera ella estar detrás de un mostrador y no corriendo como una loca por bebidas de personas histéricas. Pocos eran los que valía la pena atender, esos que preguntaban tu nombre y te decían un “gracias” ya entregada su bebida.

Vaya, esta noche coincidimos en mucho. Recién salgo, como habrás notado, y una de mis compañeras ya tiene planes para lo que resta de la madrugada. — sonrojada por ser conocedora de tales planes, negó con la cabeza. — Por lo que se fue y he quedado aquí sola.

La conversación se había dirigido a un punto casual pero que a Joahnne no le hacía ni un poco de gracia, hablar sobre donde vivía era un tema delicado y cuando rellenó su curriculum mintió descaradamente.

Incómoda se abrazó, el fresco del clima la hizo temblar por unos segundos. —Pues, como quieras, podríamos pasar primero por tu casa y luego sigo el viaje hacia mi lugar. — no podía decirle “hogar” o “casa” era aún inquieto para ella modular tales palabras. — No tengo inconvenientes de compartir un Uber. — aclaró en un momento. — Me gustaría invitarte a algún sitio a tomar café y ponernos al día, pero creo que no se encuentra nada abierto a esta hora. — se disculpó. — Y donde vivo esta… está completamente sucio, hace días no limpio, no veo la hora de tener un ratito libre y poder limpiar, pero mírame saliendo a estas horas, es pequeño, pequeño, no te imaginas, es como la casita de un ratón.  ¡Pero vivo bien! Es un bonito lugar y la gente con la que me cruzo es divina. Digo, los otros habitantes del edificio, si, si es un edificio pintoresco, aunque muy pequeño, somos ratones. ¿Ya lo dije?
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Zdravka E. Ovsianikova el Jue Oct 17, 2019 3:32 am

Parecía que no, pero un simple ‘por favor’ y un sencillo ‘gracias’ te hacía la noche, pues era gratificante encontrarte con una persona que realmente te valorase como una persona que trabaja de cara a público, uno de los peores trabajos del mundo, sobre todo por lo poca agradecida que eran las personas en términos generales.

―No me lo digas dos veces que ahora mismo estoy en el paro y cualquier oferta de trabajo que rechazo casi que parece una ofensa ―dijo divertida, para luego zarandear la mano―. Pero estoy en el paro porque quiero. Dejé el trabajo en la tienda en donde nos conocimos hace relativamente poco para dedicarme a proyectos personales. ―Estaba un poco borracha y no estaba midiendo muy bien lo que estaba diciendo, por no hablar que ni recordaba si en su momento le había dicho que le gustaría dedicarse a la música o algo. Ahora mismo estaba perdida un poco con todo.

La pobre Amy había tenido la misma mala suerte que Zeta, con la diferencia de que una compañera de trabajo después del trabajo tenía más perdón que pudiera hacer lo que quisiera, ¿pero sus amigas, que habían salido con ella de fiesta y ocio? ¿Qué clase de mierda de amigas eran, que la dejaban ahí abandonada a su suerte? Estaba segura de que a Dexter no le iba a hacer mucha gracia, pero tampoco quería llamarle, por lo que la idea de compartir un Uber y no volver sola a casa sonaba bien.

Sin embargo, cuando Joahnne le ofreció lo de pasar primero por su casa, Zeta rió y negó con la cabeza.

―Vivo en Richmond ―le informó, bufando―. Lo sé, decir ‘Richmond’ o ‘puto mordor’ sería más o menos lo mismo, ¿no? Casi mejor ir primero a tu casa y luego a la mía.

Sonrió media borracha al escucharle, sobre todo por eso de invitarle a un café y luego por cómo se fue por las ramas hablando de su casa sucia. ¡Fíjate, una casa sucia, como si no fuera lo lógico! ¿Quién mantenía su casa limpia las veinticuatro horas del día? Zeta porque vivía en un sitio compartido y tenían como norma un horario para mantener todas las zonas comunes limpias, pero de puertas de habitaciones para adentro, eso era un caos horrible. La habitación de la eslovena muchas veces daba pena.

―Yo… te podría invitar a un café en mi casa de Mordor ―le dijo divertida, encogiéndose de hombros―. ¿Sabes lo que es Mordor, verdad? ¿O estoy aquí haciendo la idiota? Mordor, el lugar donde Frodo y Sam tenían que ir a tirar el anillo al Monte del Destino, a la lava. ―Hizo una pausa―. El Señor de los Anillos.

Ella sí que se había ido por las ramas hablando de esa tontería, pero le había pasado muchas veces eso de hablar sobre algo que para ella era cultura popular y ver que había montón de personas que no tenían ni pajolera idea de lo que decía. Y la verdad es que se le hacía super raro eso de mencionar Mordor, Frodo o Monte del Destino y que la gente no cayese en qué hablaba. ¡O Gandalf! ¡O Golum!

―Bueno lo que iba diciendo antes de irme por las ramas: que mi casa también está sucia pero las zonas comunes o están limpias o nos tiramos huevos entre nosotros así que… te puedo invitar a cereales. ¿Sabes lo bien que sientan unos cereales con leche bien calentita, a las cinco de la mañana? ―Hizo una pausa―: En realidad es que soy un poco paranoica, ¿vale? No me fío de nadie a estas horas y mucho menos de que… bueno, de que una chica vaya por ahí sola, aunque sea en Uber. ―Sabía de cosas muy turbias que habían ocurrido en taxis y Uber, por lo que tampoco le hacía ilusión coger un Uber sola―. No sé, me da mal rollo. He tenido muchas malas experiencias...
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Joahnne Herondale el Lun Oct 21, 2019 5:51 pm

¿Cómo? ¿Le habían despedido? A Joahnne no le entraba en la cabeza como podría haberle sucedido si hasta era simpática con los que buscaban empleo. Tal vez, estaba probando suerte con la música de manera mucho más abierta. No lo sabía hasta que la misma Zeta le dio una explicación.

¿En serio? — preguntó sin saber que ella estaba un poco menos sobria de lo que aparentaba. —¿Te ha estado yendo bien? No sé mucho de cómo ganarse la vida con la música o algo así. Realmente no quiero que me malentiendas, obviamente que los artistas pueden vivir de ello, pero como no se tocar más que la guitarra y nunca se me ha cruzado la idea de hacer música o estar encima de escenarios, pues eso. ¿Qué más decirte? — sonrió avergonzada por el parloteo.

Podría ser el fresco del clima o que simplemente el cansancio le estaba jugando una mala pasada con escalofríos recorriendo cada centímetro de su espalda, de arriba hacia abajo. En unos minutos podría aparecer en el refugio, en su habitación precisamente, para que el calor la acogiese y pudiese echar un ojo cargando energías para un nuevo día. Su horario, de hecho, había cambiado con su nuevo trabajo. Antes, Joahnne, se levantaba a primera hora de la mañana, recorría el centro para entregar sus hojas de vida —aunque tuviesen unas cuantas mentiritas— hasta tenía tiempo suficiente para colaborar con una que otra zona del refugio, cocinando o con el entretenimiento de uno que otro día. Por el contrario, ahora trabajaba toda la noche, su rutina laboral la agotaba como para dormir gran parte del día. Unas pocas horas la pasaba con los demás fugitivos y ya comenzaba a prepararse para las siguientes horas de laboriosa jornada.

Y hablando de eso, Joahnne no quería verse envuelta en este asunto de mentirle a Zeta. No le parecía que empezasen una relación de amistad de aquella forma, pero no le quedaba otra que mentir. Su idea sería dejarla en su hogar y de allí bajarse a unas cuadras para poder aparecerse dentro de las cuatro paredes de su pequeña habitación. Ya era hora que fuese buscando un departamento, compartido por supuesto. Había estado ojeando un par de ofertas, aunque no iba más allá que de eso, de echarle un vistazo superficialmente.

Si bien había vivido en Londres y actualmente estaba reconociendo, nuevamente, las ubicaciones estaba un poco perdida con Richmond. O era el cansancio dominando su mente por segunda vez en el día. —Ehh…— tartamudeó. No, no era ninguna buena idea ir primero a su casa menos cuando esta no era realmente suya ni era un piso compartido. Podría fingir bajar en alguna dirección aleatoria, por el camino y listo. No se daría cuenta ¿No? Y es que ella no podía mentir demasiado, se le saldrían patas y terminarían descubiertas.

Y todo pareció solucionarse. ¡Amaba el poder del alcohol! En realidad, no. La última vez que se había emborrachado había perdido la virginidad y nunca más vio a su mejor amigo con el cual la perdió. Vale, no lo amaba a ese poder devastador, pero le valía.

Se rio con Zeta, no de ella, por supuesto. — Me las he visto, aunque puede que me olvide del nombre de unos cuantos personajes. ¡Lo siento! Soy más de las películas románticas, de las comedias. — agregó con rapidez, excusándose. — Y acepto ese café en tu casa en… Mordor. —completó con unas risas.

—¡Lo siento! Mi casa está hecha un desastre, no hay lugar por el que mire que no haya ropa tirada o la basura sin recoger. ¡Un completo desastre! — aprovechó la pausa que había hecho Zeta en su discurso para dramatizar más el hecho falso de que su casa era un asco. En este momento, ambas coincidían en algo: se iban por las ramas inesperadamente. —Es entendible, viajar sola no es una buena idea menos con las cosas que están ocurriendo hoy en día. — Y es que no se perdía las noticias sobre los casos abundantes que salían a la luz. — Mira, pide el Uber a tu casa que ya estoy ansiosa de esos cereales prometidos.

En un abrir y cerrar de ojos, Zeta —con ciertas dificultades por su ebriedad— pidió el Uber. Un tal Carlos debía pasar a recogerlas y en cuestión de minutos estuvo frente a la discoteca con cara de simpático. Joahnne frunció el ceño, uno ya no podía confiar en la simpatía de la gente. Su cara podría decir “¡Chicas! Su caballero ha venido al rescate de posibles amenazas, suban que las llevo.” O “Seré su peor pesadilla, suban”. Sí, no estaba del todo segura. De todos modos, el chofer desde que subieron solo preguntó si habían disfrutado de la noche y se dispuso a pasar música en la radio.

Se disculpó si olían algo extraño, una pareja había vomitado en el anterior recorrido y si bien se había tomado su tiempo para limpiar podía sentirse un aromita sutil o eso había dicho él. —Realmente no huelo nada raro, no se preocupe. ¿Tú?— Joahnne no sentía nada o era toda la cerveza encima de ella que no dejaba sentirle otro olor más que ese.

Joahnne junto a Zeta pagaron el Uber, la ex pelirroja utilizó dinero de las propinas que había ganado el día de hoy. Si bien sus compañeros habían holgazaneado y sus manos no daban abasto con tanto trabajo, hubo gente que la menospreció como el que tiró cerveza sobre su cuerpo, pero otros agradecieron su amabilidad y las propinas fueron generosas.

— Adiós, muchas gracias. — se despidió del conductor que se retiró con una sonrisa. —Bien, vayamos por esos cereales. ¿Cuál es tu casa, decías? Será mejor que entremos antes de que pesquemos un resfriado. — puede que la cerveza se haya enfriado en su ropa y estuviese teniendo unos escalofríos por su causa.
Joahnne Herondale
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Zdravka E. Ovsianikova el Mar Oct 22, 2019 1:42 am

Intentaba no hacer drama de su vida ahora mismo, aunque estuviera en el paro. La verdad es que con la cantidad de experiencia que tenía en múltiples trabajos, conseguir de nuevo podría ser relativamente fácil. Sin embargo, no quería volver a enfrascarse en un contrato laboral o no iba a dedicarle nada de tiempo a la música y se había prometido empezar una nueva época musical en donde empezar a producir activamente en su pasión.

―Por ahora estoy dando clases particulares de música ―le respondió, haciendo una pausa para sonreír y continuar―: Tanto de instrumentos como de lenguaje musical, además de que intento buscar oportunidades para tocar en directos en pubs o salas de conciertos. Y mientras tanto, pues creo nueva música, que es lo verdaderamente importante. Llevo ya mucho tiempo que no me pongo en serio y lo echo de menos. ―¿Uno de sus momentos favoritos? Encerrarse en el estudio de Alpha durante un día entero y empezar a improvisar, pues salían cosas maravillosas. Echaba de menos esos tiempos junto a Alpha.

Alpha era su mejor amigo, un pianista increíble y amante de la música. En realidad se llamaba Alexander, pero ella lo llamaba de esa manera porque era experta en poner motes de letras a sus seres queridos.

Cuando mencionó tantas cosas del Señor de los Anillos, no le sorprendió tampoco de que no se acordara de nada. Eran tres películas largas que no todo el mundo era capaz de soportar, o que si soportabas, tampoco tenías por qué recordar del todo. Lo normal era acordarse de Gandalf o de Gollum que, para al menos Zeta, eran los más representativos.

―Oye a mí también me gustan las comedias románticas, sobre todo para los domingos de resaca ―le reconoció con diversión, sonriéndole―. Bueno a mí me gusta todo mientras sean buenas películas. La verdad es que poco asco le puedo hacer a las cosas. ¿Te gustan las películas de Tarantino? Me encanta Tarantino. ―Zdravka todavía no había visto la última película de su director favorito, pero terminaría decepcionándose.

La verdad es que una de las cosas que más le había molestado de que sus amigas la hubieran dejado tirada es que tuviera que volver sola a casa. Ella ya tenía cierta… experiencia en ese tipo de situaciones, pero igualmente no le hacía nada de gracia. Si ibas acompañada, te ibas acompañada y punto. Es por eso que no dudó en ofrecerle a Amy el irse juntas, sólo para que no tuvieran que ir cada una en solitario por un lado. Ojalá ser Hester, ¿verdad? ¡Ella, que puede aparecerse en donde le dé la gana cuando le dé la gana! Era lo que más le había gustado de todo lo que podía hacer. Bueno y también eso de atraer las cosas desde el sillón cuando estás perfectamente posicionada viendo la película. Bueno y…

Mejor dejar de pensar en lo genial que era la magia.

―¡Voy! ―Cogió el móvil, fue a la aplicación y pidió el Uber.

Al parecer su conductor de esa noche se llamaba Carlos y cuando el coche llegó Zeta pudo notar un acento latino en ese inglés hablado. Ella era una experta en identificar acentos después de años intentando suavizar su gran acento esloveno. Su idioma era precioso, pero era cierto que le había costado adaptarse a intentar parecer una inglesa convencional.

Cuando se disculpó por el supuesto mal olor a vómito, Zeta le quitó importancia.

―Yo tampoco huelo a nada. ―O sí, en realidad ahora mismo estaba bastante ebria como estar preocupándose de olores, por no hablar de que había abierto la ventana y el aire frío de Londres opacaba cualquier intento de mal olor interior.

El Uber tardó una media hora en llegar a Richmond, pero Carlos era un hombre extrovertido que se había interesado por la noche de las chicas. Había sido agradable que no preguntase nada personal, sino sencillamente si esa noche estaba todo bien. Daba un poco de mal rollo las personas que se interesaban DEMASIADO en tu vida personal, pues casi parecía un interrogatorio para ver si era una persona válida para ser secuestrada.

Zdravka tenía mucha paranoia con esas cosas.

―¡Nos vemos, Carlos! ―Se despidió la eslovena antes de cerrar la puerta trasera. Luego miró a Amy de nuevo mientras se cerraba la chaqueta, pues hacía frío. Aún así iba en vestido corto y no llevaba medias, por lo que tenía las piernas congeladas―. Está cerca, es aquella de allí, la color salmón.

En cuestión de un minuto caminando llegaron a la casa y Zeta abrió la puerta después de rebuscar la llave en su bolso. Todo estaba apagado, a excepción de la luz de la cocina al fondo del pasillo. Nada más entrar por la puerta podías ver a mano derecha unas escaleras que subían al piso superior―en donde se veía todo oscuro―y a mano izquierda una sala de estar con su comedor. Zeta le indicó a Amy que se quitase el bolso y el abrigo para dejarlo en el perchero si quería, pues en la casa hacía bastante buena temperatura. Luego le señaló al fondo para caminar hasta la cocina.

Una vez allí, si mirabas a la izquierda podías ver el salón, en donde había un sofá y la televisión. Zeta, sin embargo, se asomó a la cocina porque si estaba encendida es que había alguien.

―¡BÚ! ―Exclamó sin gritar mucho Santi, uno de sus compañeros de piso.

Zeta saltó hacia atrás, aún y pese que SABÍA que había alguien. Así que con toda la confianza le dio un golpe en el brazo con el puño cerrado. Odiaba que le asustasen, tío.

―Ay, tía, qué bruta.

―Tú qué idiota ―le respondió, divertida.

―Ohh, tú venir acompañada ―dijo Santi al ver a la chica, acercándose con confianza―: Me llaman Santi. ―Él también estaba un poco ebrio, se le notaba en los ojos y sobre todo en cómo hablaba. Entre que su acento español era muy cantoso y que su inglés un poco chabacano, el estar ebrio lo evidenciaba todo mucho más.

―Ella es Amy ―les presentó―. Él es mi compañero de piso. Sí, el idiota, ese del que te hablé… ―Era broma, obviamente no le había hablado a Amy de ningún compañero y mucho menos de uno ‘idiota’, pero sabía que Santi se picaría.

―¿Perdoooona? ―Se ofendió, para entonces bajar la voz―. ¡El idiota es Trevor y lo sabes! ―Entonces miró a Amy, para ponerla en contexto―: Vivir aquí Zeta, Noah y yo en habitaciones individuales pero luego estar Trevor y Rachel, una pareja. ¡Ellos son los idiotas! Nosotros tres ser los más mejores.

Mientras Santi le comía la oreja―verbalmente hablando―a Amy, Zdravka sacó dos bols de la alacena superior, para entonces sacar todos los cereales de su despensa personal. Ahí prácticamente la única que comía cereales era ella y todos aquellos que solían comer solían ‘pedirles prestados’ a ella, que siempre tenía como cuatro cajas para variar. Sacó las cuatro, mirándolas con cara de borracha sin saber qué elegir. Parecía que en vez de estar delante de cuatro cajas de cereales estaba frente a la teoría cuántica de los agujeros negros.  

―¿Tú cuáles quieres? ―preguntó en plural, pues lo OBVIO era echar de dos tipos para que sabor fuera más increíbles.

Había de cuatro tipos: estaban los típicos Froot Loops―que eran los típicos redondos con agujero de muchos colores―, los Golden Graham que eran los favoritos de Zeta, unos rellenos de leche y otros de chips ahoy.

―Yo recomendar antes de irme a dormir, Amy. Los Golden Graham con los de chips ahoy… ―Y se llevó la mano a la boca para darse un beso y declarar que estaban de rechupete―. ¿Qué por qué yo saber? Porque no seré el idiota de la casa, pero sí el ladrón de cereales de la eslovena. ―Se encogió de hombros, culpable y divertido. Miró a Zeta, que lo miraba sonriente y divertida mientras negaba con la cabeza.

Santi cogió una botella de agua de la nevera y bostezó enérgicamente, pues iba a ir directo a la cama.

Zeta le preparía a Amy el bol con cereales como quisiera: con los cereales elegidos, así como la leche fría o caliente. Además, la eslovena solía echarle a veces un poco de canela o de vainilla a la leche para que cogiese un sabor especial. Había veces que por las mañanas se venía arriba y en vez de echar leche echaba yogur y frutas, pero a estas horas la verdad es que complicarse demasiado la vida no estaba en sus planes.
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Joahnne Herondale el Miér Oct 23, 2019 3:28 am

— Un día de estos me gustaría irte a ver, un día que pueda claro. Ya ves que casi vivo la noche entera aquí. — señaló con un dedo la discoteca que tenía atrás. No se quejaba, no mucho. Tenía una buena paga y no todos los días se iba a casa mojada en cerveza. Eran los casos especiales estos.

Se alegraba por Zeta, era una joven bonita que tenía una gran chispa, eso le trasmitía. No dudaba de que hiciese buena música, teniendo tanto entusiasmo en la vida. Se merecía cumplir sus sueños, aunque sonase cursi.

—Ay, es un director de cine ¿No? He escuchado sobre él, aunque no sé cuáles son sus películas. Amo mucho las películas, el año pasado creo haber estado tan triste que vi Titanic toda una semana, no miento. Podría decirte los diálogos de tanto verla, pero no tengo ni idea de directores de cine. — resolvió con su parloteo. Ella vivía las películas, era una total dramática en el asunto. Sin embargo, los productores, los directores de cine, los estudios de animación o esto en específico como lo era Tarantino no podía acotar demasiado.

Estaba preocupándose, no sabía si el alcohol que le habían tirado sobre la camiseta podía emborracharla con solo su aroma porque se sentía perdida. Podría culpar al cansancio, por supuesto. Y su vómito verbal era algo común en ella. Esperaba que en unos años pudiese controlarlo, hablar por los codos no era del todo bueno, aunque la gente amase a las personas simpáticas y extrovertidas como ellas. O no.

Había conocido la semana pasada a una empleada —que renunció a los tres días— que le había gritado cosas del todo menos bonitas, había creído que toda esa simpatía que irradiaba Joahnne era una máscara para que estuviese bajo el ala de la jefa y ganar provecho de ello, pero no era algo más lejano a la realidad. Simplemente era así, le gustaba ser amable y sonreír.

Era extraño, lo sabía, ella era consciente de eso. Después de tantas cosas que le habían sucedido, todo el teatro que debía hacer para tener una vida normal y más, podría rendirse y ser una persona que odia la vida por todo el mal que se presenta en esta, pero no. No podía. Había intentado mantener un perfil bajo, acatando reglas, hacer lo necesario para ganar dinero y poder llevarlo a casa, nada más. Lo básico, lo mínimo. Pero no pudo. Era algo más fuerte que ella, tan fuerte como el olor a cerveza que llevaba encima.

Agradeció cuando Zeta bajó el vidrio de la ventana, la brisa —aunque le helase un poco— quitaba ese pequeño mareo que estaba teniendo. Si tuviese una pareja o fuese sexualmente activa tendría temor a estar embarazada —porque una siempre puede ser dramática con ese asunto— pero ahora no culpaba más que a su ropa apestada.

Caminaron la distancia que había quedado entre el lugar donde las dejó el Uber y la casa color salmón, bonita según Joahnne. Estaba contenta con su elección de jeans, estos cubrían sus piernas por completo y no había ninguna rotura donde entrase el frío. Las primeras noches en The Fabric había cometido el error de ir con vestuarios frescos que al salir a tempranas horas le congelaban hasta el alma, ahora había aprendido la lección. Eso no quitaba de que su playera apestara y que haya cometido otro error: no traer una muda extra. Es más, en su bolso había un repuesto de zapatillas y hasta un pequeño neceser, pero nada hablaba de otra blusa.

Al entrar, el calor le acarició las mejillas y profirió un jadeo de satisfacción. Que feo era ser muggle y no aparecerte en tu casa en segundos, si no se hubiese cruzado con Zeta en la salida habría llegado en unos minutos al refugio, solo se ocultaba en un callejón cercano y al abrir los ojos estaría en su cama.  Tan cerca y tan lejos, a la vez.

Joahnne dejó sus pertenencias donde le había dicho Zeta, ni siquiera sacó su móvil. ¿Quién la llamaría a esta hora? Pocos eran sus amigos y estas eran horas de sueño. Estaba Ethan, también, pero no se había hablado con él hacía tiempo. Lo conoció en un bar cercano a su antiguo departamento —más tarde, lo encontró en Las Vegas— y mantuvieron una relación sin definición, Joahnne se ilusionó a pesar de todo lo incorrecto de esta. De todos modos, no se lo encontró más.

Siguió los pasos de Zeta y se llevó la misma sorpresa. ¿Le habían entrado a robar? ¿Debía sacar la varita? ¿Por qué estaba teniendo un monólogo interno y no hacía nada? Tartamudeó, pero el golpe que se llevó el desconocido hablaba de mucha confianza. ¿Era amiga de un ladrón?

—Hola, soy J-Amy. — se presentó. — Bueno, ella ya me presentó y ya sabes quién soy. Digo, ¿por qué hablas extraño? ¡Perdona! No quiero ofenderte ni nada, por favor. Cállame. Que estoy nerviosa, no voy a la casa de la gente muy seguido y menos me sorprende un ladrón. ¡No lo eres! No quise decir eso, pero lo pensé antes y ahora veo que no, que vives aquí. Y descuida, no sabía que eras idiota. Digo, Zeta no me dijo que existías, digo, no dijo que eras idiotas. Ni siquiera te menciono. Creo que debo morderme la lengua, sí, eso es mejor. — finalizó con las mejillas sonrojadas. Se sentía estúpida y con creces culpaba a la cerveza que ni siquiera había bebido.

Estaba un poco pérdida. ¿Ya lo había dicho? Pues repito. ¿Todos esos cereales eran de Zeta? Joahnne cobraba bien pero no se animaba a comprar cajas y cajas, aunque eso era porque ahorraba y estaba siendo una tacaña con los gustos. —Eh…— tartamudeó hasta prestar atención al compañero de piso. — ¿Entonces sí eres un ladrón? — preguntó con sorpresa, pronto cayó en lo que había intentado decir Santi y se golpeó la frente mentalmente. —Digo, elijo los Golden. No quise decir que eras un ladrón y si lo eres está bien, bueno, no, no es moralmente correcto, pero…tú entiendes. — esperó la morena con la esperanza de que los tres estaban de todo menos sobrios, mañana lo olvidarían. —Leche fría, no puedo comerlos con leche caliente. No sé por qué. — contestó rápidamente.

Era cierto, no podía, le era imposible, perdían el atractivo, tal vez por aquella broma que le habían hecho en Hogwarts. Una muy asquerosa y nunca pudo volver a ver la leche caliente como antes. Muy trágico.

—Entonces… ¿Vives con tanta gente? ¿Cómo pueden mantener la convivencia? ¡No me quiero meter en tu vida, ni estoy juzgándote! Solo intento entender. He ido a un colegio donde pasábamos todo el año en este y compartíamos habitación, no era para nada sencillo. Los varones eran peores, cuando se desentendían comenzaban los golpes, eran un poco violentos. — mintió. No eran de subirse encima del otro y encestar golpes, se vengaban con hechizos y varitas de por medio. Todavía no estaba ebria como para plantearle ese mundo a Zeta. — Hablando de esto… Ya te dije que quería mudarme ¿No? He estado viendo apartamentos, pero no he dado con ninguno que no me salga un riñón a largo plazo y que me permita comenzar con mis estudios. Los que he visto se llenaban al tiro de personas y a los días desaparecían las publicaciones.
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Zdravka E. Ovsianikova el Jue Oct 24, 2019 3:20 am

Zdravka, que todavía estaba bastante perjudicada después de tanto alcohol esa noche, había sacado las cajas de cereales y las había puesto sobre la encimera, intentando decidirse ella también sobre cuál comer. No había ninguno de los cereales que fuesen de chocolate―a excepción de las chispitas de los chips ahoy―pues Zeta era alérgica al chocolate y no podía comer en grandes cantidades. A veces se echaba de los chips ahoy para darle un poquito de sabor, pero en muy pocas cantidades. Eran como sus cereales más culposos de todos.

Y otra cosa no, pero es que Zeta consideraba que un buen tazón de cereales era un desayuno, una merienda y una cena maravillosa, por lo que era comida que duraba mucho y servía para tres comidas diferentes, ¿no era eso fantástico?

Zeta presenció con diversión como Amy hablaba con Santi de esa manera tan atropellada y tímida, casi sin saber qué decir. Por un momento no tuvo claro si es que ella hablaba muy rápido o es que ella no estaba pillando las cosas con la misma atención y rapidez que lo hubiera hecho si no llega a estar borracha. No se metió en la conversación de su compañero con su invitada, básicamente porque no supo por donde cogerla, más que reírse por el hecho de que Amy matizase de tantas maneras que no le había mencionado y que mucho menos le había llamado idiota.

Santi era un buen tío, le caía bien. No lo llamaría idiota frente a nadie.

―A mí no me gustan con leche caliente, como que se ponen suaves más prontos y a mí me gustan crujientes ―le dijo, abriendo la nevera para coger la leche. Por eso Zeta no era de esas que echaban los cereales y luego echaban la leche, sino que ella echaba la leche y luego se llevaba la bolsa de los cereales para ir echando a la par que iba comiendo, así siempre estarían bien crujientes―. Siéntate ―le ofreció, señalando la mini-barra que había al lado de la isla central.

Puso los dos tazones sobre la barra, sacó dos cucharas grandes y las colocó también allí, para entonces llevar todas las cajas de cereales―porque ella era una gorda y no se había decidido―a la pequeña barra, para que Amy se sirviese las que quisiera.

―Uff, ¿eso qué era: un colegio o un reformatorio? ―Juzgó sin tener mucha idea, esperando no ofenderla―. ¿En qué clase de colegio te meten durante tanto tiempo? ¡Qué desgracia!

Porque claro, para una muggle los colegios NO MOLAN, no es como Hogwarts, que el sueño de la vida de todos los magos de Inglaterra porque era un lugar divino y mágico en donde poder practicar magia. Ahí claro que molaba pegarse el año entero alejado de tus padres mientras aprendes a echar cosas en un caldero y que explote. En ese momento, pese a que Hester le hubiera hablado de Hogwarts, evidentemente no cayó. ¿Cómo se iba a pensar que Amy era bruja? Además, Zeta no tenía tampoco tanta información de Hogwarts.

―Pero sí, tía: comparto la casa con otras cuatro personas, pero la verdad es que ha sido de las mejores casas que he compartido en mucho tiempo. Cierto es que siempre hay alguien que da más dolores de cabeza que el resto, pero si eres respetuoso, normalmente también son respetuosos contigo… ―Pero entonces se encogió de hombros―. Y la verdad es que yo ya estoy acostumbrada: llevo aquí ocho años ahora mismo y siempre he vivido compartiendo piso. No he tenido la oportunidad de poder independizarme: Londres es demasiado caro.

¿Que tenía ganas de independizarse? Demasiadas… La verdad es que hacía tiempo que estaba deseando una casa para poder tocar música sin que ningún vecino se pudiera quejar. A veces cuando iba al estudio y se quedaba allí el día tocando los instrumentos, pensaba en que si sería muy jacoso irse a vivir a ese sitio.

Le pasó los Goldem Graham a la morena, para ella echarse los froot loops y unos pocos de chips ahoy. Después de eso subió el tazón con una de sus manos para acercárselo a su cara y poder comerlos más cómodamente.

―¿Pero quieres irte a vivir tú sola o qué? ―preguntó, sorprendida―: Que pagan bien siendo barman pero NO TAN BIEN. ―Remarcó divertida―. Supongo que si has estado mirando alquileres habrás visto que son una pasada. Pagar una casa siendo solo un sueldo y bastante mediocre es sencillamente imposible. En esta casa pago quinientas libras por mi habitación y el resto de cosas compartidas, ¿sabes? Echa el cálculo de cuánto valdría el alquiler de la casa si no fuésemos cinco viviendo en ella.

Mucho, un puto mucho. Era inhumano. ¡Y eso que era Richmond! Que ojo, si nos ponemos a ser tiquismiquis, eso de que fuera Rich― decía mucho.

―Quizás si es un apartamento pequeño… ―Recordó el apartamento de Hester, el cual le encantaba: era pequeño y la mar de acogedor. Era cierto que ella en concreto tendría problemas con el tema música, pero para una persona normal que no tocase ningún instrumento iba muy bien―. Quizás puedas encontrar lugares más económicos si miras en zona cuatro o en zona cinco, pero eso es una mierda porque el metro hasta allí es carísimo. ¡Todo en Londres es carísimo! ―Rió, llevándose la cuchara a la boca para masticar sus tan adorados cereales―. Si me entero de algo te avisaré: ¿sigues teniendo el mismo número, no?

Ojalá que se fueran Trevor y Rachel, pero algo le decía que estaban demasiado cómodos en la habitación más grande de toda la casa, pero deberían de ir pensándose el independizarse: ¿no tenían ya la edad de tener un hijo o algo? ¡Ahí ya sobraban!

―¿No te dije que los cereales ahora eran la clave para una meriendita a las cinco de la mañana? ―
Le preguntó entonces, llevándose una nueva cucharada con una sonrisilla en el rostro, feliz de comer cereales. Ella siempre era feliz comiendo cereales―. ¿En dónde queda tu casa? ¿Muy lejos?
Zdravka E. Ovsianikova
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