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¿Tú? ―Ryan.

Sam J. Lehmann el Vie Sep 13, 2019 3:48 am


Thaddeus Allistar había sido uno de los profesores de Samantha cuando estaba en la universidad y la diferencia entre él y el resto de miembros docentes de su estancia como estudiante de legeremancia fue sin duda buen rollo que había tenido con él. Se podría decir que lejos de tener una mera relación alumna-profesor, se habían hecho amigos, de esos compañeros que comparten su pasión con un chocolate y una porción de tarta delante. Cabe añadir que era el profesor favorito de Sam, mientras que ella era la alumna favorita de Thaddeus. Hasta después de su graduación siguieron teniendo contacto: ella siempre contactaba con él para preguntarle dudas, mientras que él siempre la invitaba a convenciones porque sabía que era de sus pocas conocidas que lo valoraría tanto como él.

Hacía, literalmente, casi cuatro años que no sabía del paradero de Thaddeus ni sabía de él, sin embargo, sí que recordaba perfectamente como él había sido el desencadenante de que Artemis Hemsley se hubiera metido en la vida de Samantha, Caroline y Gwendoline. No le culpaba, pues sabía que la única culpa de que pasasen tantas cosas malas era sólo de quién las atacaba, pero aún así no había podido evitar relacionar todo eso con él.

Había quedado esa mañana con él en una ubicación que le había mandado, todo eso por correo electrónico. Era el método que utilizaban para comunicarse, aunque los últimos que Sam le había mandado preguntando que si estaba bien no recibieron respuesta alguna. Sin embargo, hace tres días le llegó uno de él, como si nada hubiera pasado y diciéndole que quería verla. Ese día precisamente trabajaba de tarde, por lo que pudo contestarle diciendo que allí estaría.

Estaba algo nerviosa, pero especialmente feliz. Confiaba en Thaddeus y sabría que por mucho que su nombre hubiese resonado en situaciones en donde habían problemas, precisamente él no le acarrearía ninguno. Así que tras avisar a Gwen de que se iba por móvil, ya que ella estaba trabajando, fue en dirección a la ubicación.

Era en la dichosa montaña.

Había una cabaña de piedra en un lugar muy hogareño, con unas vistas increíbles, casi en la punta de una meseta. No le sorprendía del todo que Thaddeus hubiera terminado viviendo en un lugar así, con lo bohemio que era. Lo que le sorprendía, en realidad, es que siguiese en Londres.

Tocó dos veces en la puerta con el puño, ya que no había timbre y era una puerta muy gorda como para tocarla con los nudillos. Esperó bastante, hasta que se cansó y se metió por el pequeño jardín de la cabaña, yendo a la parte trasera y mirando por el interior de los cristales. No veía nada de nada, ni rastro de vida. Además, el cerdito de Thaddeus, de nombre Rosie, siempre solía hacer bastante ruido cuando olía que alguien se acercaba.

Mientras caminaba alrededor de la cabaña en busca de su amigo, se encontró de frente a otra persona. No era ni de lejos Thaddeus: era joven, alto, rubio, de ojos azules e… ¡iba con ella al gimnasio! ¡Era un muggle! ¿Qué narices hacía allí Ryan?

―¿Tú? ―preguntó, más confundida que un daltónico en una piscina de bolas.

No entendía nada.

Sam cuando se hacía pasar por ‘Amelia Williams’ solía tintarse mágicamente el pelo de color castaño, además de cambiar también el color de sus ojos, dejando de ser de ese celeste para pasar a ser marrones. Ahora, sin embargo, no iba como Amelia, sino como Samantha, por lo que era rubia y el tono de sus ojos competía con el del chico que tenía delante.

Iba a matar a Thaddeus. Y lo peor de todo es que parecía que no iba a parecer. Ya le parecía raro que contactase de nuevo con ella... ¡Tenía que haber gato encerrado en algún lugar!
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Vie Sep 13, 2019 7:22 pm





Nadie en casa, ¿qué hacer? Rodeó la casa sin siquiera imaginar que poco rato después alguien tomaría la vuelta contraria hasta que, ensimismados en puros andares circulares, se chocaran —abruptamente, sin aviso, ¡cual súbito tropiezo!— en un encuentro aparentemente casual, ¿o era que habían estado por mucho tiempo gravitando en la misma órbita sin tener noción uno de otro?

Thaddeus Allistar era un hombre que siempre te deparaba una sorpresa, eso es lo que Ryan podía esperar cuando trataba con él en asuntos extraoficiales. Lo que menos se pensó, fue toparse con una nomaj. ¿Era aquello pura casualidad?, ¿o había un elemento perverso en la aparente inocencia del encuentro? Su primera reacción —en mutua sintonía con una expresión de atropello que era todo un poema— fue la de alarma. Sin siquiera reconocerla de antemano, tuvo el presentimiento de que algo iba mal.

Es intrigante cómo funciona la memoria, porque incluso en los momentos de sobresalto trabaja forzosamente para hilar en el tumulto de la confusión una suerte de asociaciones que nos transporten al terreno más seguro de lo familiar. En el instante del choque, aunque tuvo la inmediata y en un modo desagradable certeza de que no había visto a esa mujer en su vida, el hilo de asociaciones en su mente lo atenazó de tal manera que lo condujeron a un rápido reconocimiento facial. ¿Y cómo actúa un experimentado…

—¿Tú?

… agente que se sirve de las apariencias para cubrir sus verdaderos propósitos en una situación que le genera una fuerte desconfianza…? Casual, cómo no. Mejor no le podía salir, porque estaba completamente en ascuas. Pensaba a toda máquina, eso sí, sobre las posibles implicaciones de aquel encuentro. Su confianza hacia Thaddeus Allistar, algo que de momento los dos no sabían que compartían, era lo que echaba para atrás sus sospechas de una terrible amenaza. ¿A menos que se tratara de una agente encubierto que lo hubiera seguido todo ese tiempo, a menos que hubieran interceptado su medio de comunicación…? Era muy cuidadoso ante esa posibilidad, lo habían entrenado para serlo. Era un agente experimentado, entrenado…

—¿Te ves diferente?

… que sólo podía atinar a hacer un frívolo comentario sobre el nuevo look de su, ahora caía finalmente en la cuenta, gym buddy. De haberse dado cuenta de que ella se había teñido el cabello, se lo habría señalado. Sólo sabía que se veía diferente, pero no sabía muy bien por qué. Ya era bastante intentar asimilar qué hacía allí, y se hallaba demasiado fuera de contexto en ese momento; en una palabra: perdido.

—Diferente, pero bien—añadió rápidamente, en lo que sonaba a una excusa— ¿Te cortaste el cabello?

Pasado el extrañamiento momentáneo se relajó con un suspiro y cambió de actitud. Alzó las menos en un gesto de amables intenciones —eso aparentaba— que lo delataba total e indudablemente tomado por sorpresa.

—Nunca te vi fuera del gym, así que… Estoy pasmado—No quedaba claro si por el nuevo look de Amelia o por la situación, pero Ryan se sentía en esas circunstancias honestamente más impresionado por lo segundo—. ¿Qué haces tú por aquí?  

De seguro, algo sobre lo que los dos querían interpelar enseguida y con el mismo énfasis. No era realmente obvio qué hacía una nomaj merodeando por las inmediaciones de una cabaña solitaria en una de las apacibles y paisajísticas montañas de Londres, curiosamente alrededor de la hora estipulada por Thaddeus para una reunión de índole clandestina.

Obvio, lo que se decía “obvio”, realmente no era. Sin embargo, Thaddeus Allistar era alguien que a lo largo de su vida había demostrado ser extremadamente cuidadoso y confiable, y no por nada seguía disfrutando de su libre albedrío a pesar de todas las distintas organizaciones con las que se había visto liado, o que habían deseado arrastrarlo en algo fuera o no de su agrado. De ahí, su nivel de confianza.

De darse en el contexto de las circunstancias, ya fuera por una interna necesidad de relajar la tensión o por la mutua sensación de sorpresa que los había llevado a mirarse como a dos intrusos salidos del huevo, Ryan se echaría a reír.


Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Sáb Sep 14, 2019 2:19 am

No fue hasta que Ryan, el muggle, mencionó que se veía diferente que se daba cuenta que no estaba allí como Amelia Williams, sino como Samantha Lehmann. Claro que ella tenía intenciones de reencontrarse con Thaddeus Allistar, su buen profesor mago, no con su compañero del gimnasio. Soltó aire lentamente, un poco contrariada con el hecho de que las cosas no estuviesen saliendo ni de lejos cerca de lo que ella esperaba para aquella mañana.

Sin embargo, Sam se dio cuenta de una cosa: después de tanto tiempo leyendo la mente de las personas y viendo cómo reaccionan frente a emociones y pensamientos, identificó perfectamente la misma sorpresa e incomodidad del rubio. Allí Sam no era la única que parecía haberse encontrado con algo que no esperaba.

―¿Sólo por encontrarme fuera del gym? ¿No te resulta extraño el hecho de que nos encontremos en una cabaña que no nos pertenece a ninguno de los dos en mitad de una montaña desolada? ―Argumentó, enarcando una ceja.

En realidad no sabía si esa cabaña le pertenecía o no, pero por su cara estaba asumiendo que no. Iba bien vestido y parecía tan perdido como ella al no ver a nadie en su interior.

¿Y si… era un cazarrecompensas, había ido a por Thaddeus y éste había tenido que huir antes de poder avisar a Sam? Por un momento se le pasó eso por la cabeza, el mismo momento en el que dio un pasito hacia atrás. Sin embargo, otro pensamiento la relajó: si hubiera sido un cazarrecompensas, con buena memoria para los fugitivos a los que tiene que cazar, estaba segura de que la hubiera reconocido por mucho que hubiese castaña de ojos marrones en el gimnasio.

Y entonces cayó en algo: ¿qué narices hacía su compañero de gimnasio muggle en un sitio así? Era imposible que hubiese llegado caminando y no había visto ningún vehículo.

―¿Conoces a Thaddeus Allistar? ¿Estás aquí por él? ―preguntó directamente, sin saber si estaba preguntando la pregunta adecuada. ―Nadie viene aquí de paseo; estamos en el culo del mundo.

La legeremante se encontraba en una esquina de la casa y si bien no había hecho amago alguno de coger la varita―por miedo―si que había pensado en donde la tenía guardada por si tenía que acudir a ella. Por una parte dudaba que el Ryan que ella conocía del gimnasio fuese un peligro, pero por otra parte había aprendido a desconfiar de su propia sombra. No sería la primera vez que la sombra de una farola le da miedo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Dom Sep 15, 2019 10:36 pm





Extraño, sí. En esa clase de situaciones sólo quedaba reflexionar sobre lo evidente. Si estuviera cualquiera de los dos en peligro, este no se hubiera anunciado de la forma en que lo hizo. Algo tenía que significar haber sido citados en el mismo lugar, el culo del mundo. La expresión le sacó una sonrisa. Aun ante la mención de Thaddeus, Ryan mantuvo una actitud calmada, curado de la sorpresa, como si se viera en posición de analizar la situación con más detenimiento. No lo abandonaba, sin embargo, la sensación de humor que venía aparejada con la situación. Vaya, y por mucha cara casual que llevara puesta, estaba sujeto por la incredulidad.

¿Su gym buddy había sido todo ese tiempo alguien exactamente como él?

Ryan la miró con curiosidad. Se lo adivinaba fascinado con un encuentro así de imprevisto. Había pasado de la confusión al interés con suma facilidad, sin guardarse reparos. No estaba seguro de poder decir lo mismo de Amelia, así que prestó atención a lo que diría a continuación, atendiendo finalmente a sus preguntas. Se sujetó una muñeca de forma que sus manos quedaran recogidas al frente y reclinó el peso en un pie, luego habló con una acentuada confianza.

—Sí, el mismo. Él no te mencionó; a ninguno de los dos para el caso, ¿es así?—La obviedad de la pregunta no demandaba una respuesta, era más un uso muletilla que le daba a las preguntas al final de una oración, a modo de énfasis—. Tienes que admitir que—incapaz de estarse quieto con las manos, las alzó en un gesto abierto—… Esto suena exactamente a algo que él haría—Sonrió—. Supongo que él pensó que lo descifraríamos solitos.

¿Y cómo harían eso?

—Supongo que eso es lo que tiene un buen profesor, ¿verdad?—continuó. Había en esa actitud casual un intento por alivianar lo que había sido un comienzo de puro golpe y extrañamiento—Deja puzles para que los alumnos lo resuelvan por su cuenta… Es más como una manía, si me preguntas. Molesta, al principio.

No es que lo conociera mucho, Thaddeus Allistar era un contacto que había conocido, como era usual en su campo, a través de un mediador. Existía un canal extraoficial para aquellos que, por una razón u otra, necesitaban mantener en confidencia sus acciones y recurrir, como era su caso, a un “extractor de memorias”. Se trataba de una red que se movía en las sombras y en la que el negocio de la información se valía de estrategias para ocultar y difundir secretos que otros consideraban valiosísimos. Pero para Ryan, aquella petición era personal. Quería recuperar algo que le habían quitado hace tiempo, durante sus días en el MACUSA como miembro del Departamento de Misterios. ¿Y cómo es que Amelia podía serle de ayuda?



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Lun Sep 16, 2019 4:24 am

―Es así ―le respondió sin tardar ni un poco.

Desgraciadamente… sí que sonaba a algo que haría Thaddeus Allistar y le odiaba por ello. Estaba claro que su profesor no había hablado mucho con ella últimamente porque entonces hubiera sabido que no le hacía ni una pizca de gracia que le hiciera una jugarreta como esa, una cita a ciegas con una persona que en teoría no debe de conocer en absoluto. Sin embargo, el pensar eso hizo que Sam le diese un poco al coco.

Thaddeus no le iba a hacer una cita a ciegas para que quedase con un tío sólo porque sí. No lo haría en ningún caso, ni siquiera en esta situación. Para colmo, Allistar era muy consciente de las preferencias sexuales de Sam, pese a que no supiera que ahora tenía una relación estable, por lo que es impensable el hecho de que las intenciones de Thaddeus fuesen más allá que algo profesional. Y teniendo en cuenta las pasiones que unían al profesor con la alumna, tenía que ser algo relacionado con la memoria.

Y por lo que se veía, Ryan también conocía a Thaddeus como un profesor y, hasta donde Samantha sabía, el anciano solo daba clases de temas mágicos.

―Vale, entonce eres un mago. Ryan, el tipo que me ayuda a mejorar en el gimnasio y a veces se deja ganar, es un mago. ―Dio por hecho, cruzándose de brazos. ―¿Cómo puedo tener tan mala suerte? ―Bufó, en un tono de voz casi inaudible.

Samantha si conocía bastante bien a Thaddeus como para saber perfectamente que quería que ALGO sucediese entre Ryan y Sam y no quería que ese ALGO le salpicase a él. ¿Por qué? Eso ya era algo que escapaba al conocimiento de Sam, sobre todo después de tanto tiempo y sin saber en qué situación se encontraría ahora su tan preciado profesor.

―Está bien: tú eres un mago amigo de Thaddeus Allistar y has venido a verle. Yo soy una bruja amiga de Thaddeus Allistar y me había citado aquí. Asumo entonces por tu cercanía por muggles en el gimnasio, tu cero interés en los carteles de ‘Se Busca’―eso iba en relación a que no se había dado cuenta de que ella era Samantha Lehmann. ―Y tu indiferencia con respecto al hecho de que Allistar sea fugitivo… Que debes de ser un traidor.

Hacía mucho tiempo que Samantha no veía los carteles de ‘Se Busca’ a excepción de las cosas que salían en El Profeta que Gwendoline llevaba a casa, pero igualmente no le sonaba haber visto la cara de Ryan en ningún lugar.

El único motivo por el cual la reflexión de Sam había hecho que confiase un poco en Ryan es porque conocía a ese Ryan. Si llega a ser un completo desconocido, ya te decía yo que Sam a hubiese desaparecido en dirección a su casa, sin embargo, el Ryan que ella conocía del gimnasio era un buen tío, gracioso y atento. Le había ayudado en muchas ocasiones no solo a mejorar, sino incluso a desestresarse un poco y cambiar de aires. No había visto ni en mil años a un mal hombre en la persona que tenía ahí delante.

Y bueno, debía de admitir que si Thaddeus confiaba en él… Algo le decía que debía de darle un voto de confianza.

―No me llamo Amelia Williams, me llamo Samantha Lehmann y llevo huyendo del nuevo gobierno casi tres años. Y llevo como cuatro sin ver a Thaddeus. Era mi profesor de la universidad. ―Y entonces dio un paso hacia adelante, aún con los brazos cruzados. ―¿Y tú?
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Miér Sep 18, 2019 4:43 am





—¿Es mala suerte?


Ryan interrumpió a Amelia, tan inquisitivo como desorientado por la elección de palabras, quien parecía ensimismada en un diálogo consigo misma que le hacía golpearse internamente la cabeza con una pared. Le hubiera gustado agregar que muy posiblemente Thaddeus la hubiera puesto en su camino porque fuera ella la que necesitara de su ayuda, pero pensándoselo dos veces, prefirió no sacar el tema a colación por el momento.

En su caso, creía que las palabras más acertadas eran “extraña coincidencia”. Aunque personalmente, Ryan se había hecho a la idea de que por mucho que se llamaran a ciertos eventos “casualidad”, había algo más en el imbricado y aparentemente inexplicable caos del universo. Esa, sin embargo, era una conversación para otro momento, y más apropiada frente a una taza de café. En cambio, se entretuvo siguiendo el razonamiento de Amelia, considerando ciertamente entrañable que tuviera el hábito de ordenar en voz alta la confusión en su cabeza.

Traidor, lo llamó.

—Me han llamado muchas cosas—
dijo, pero sin negárselo—. No soy una amenaza para ti, Amelia—aseguró, intuyendo por qué el nerviosismo y la precaución.

Su afirmación podía no tener garantías fehacientes, pero era un comienzo. La revelación de Sam Lehmann no hizo más que confirmar su teoría sobre el universo. No había sólo “casualidades”. Ella era una fugitiva, y él un miembro de la Orden. Vaya chiste ese, y pensar que siempre estuvieron en la posición de ayudarse entre ellos.

—Ya veo. Un gusto, Sam—saludó, con un dejo encantador—. Yo acudí a él a través de un canal seguro porque necesito que haga algo por mí. No tenemos más relación que una, si quieres ponerlo de esta manera, “profesional”. Pero lo conozco lo suficiente como para respetarlo, y sé que es confiable—Llegado a ese punto, suspiró—. Tres años—repitió, pensativo—. Espero que no estés sola, eso es mucho tiempo para que alguien esté solo—comentó, cambiando ligeramente el acento de su voz en lo que sonaba a empatía. Y añadió—: Yo soy sólo yo, Ryan. Pero se da la casualidad de que no soy precisamente “indiferente” hacia los fugitivos. Los busco y les ofrezco opciones a su situación. Yo, y otros como yo, que todavía se resisten bajo las órdenes de Albus Dumbledore. Lo llamamos “La Orden del Fénix”.

Antes que exponer su problema, se sintió naturalmente inclinado a abordar la situación de Sam, ignorante sobre cuál era verdaderamente su situación, o dicho de otra manera, lo poco que era necesitado.

Si bien estaba interesado en la conversación, una idea asaltó su mente y tomó el control de su libre albedrío, inclinándolo a actuar con espontaneidad y adelantarse en dirección a la puerta de entrada. Le hizo un gesto a Sam para que lo siguiera y subió la pequeña escalinata de un salto. Pareció distraerse pensativamente frente a la puerta, pero escuchaba y respondía, muy atento.

—¿Crees que se aparezca después de todo?—
preguntó, y se volteó hacia Sam con las manos en alto. Parecía querer ampararse en ese gesto tan suyo a esas alturas cada vez que quería mostrarse como un ser inofensivo—. Quiero sacar mi varita, ¿está bien para ti? ¿Sabes?—añadió, recordando una anécdota del pasado— La primera vez que me hablaron de él, yo intenté allanar su oficina en la universidad—confesó, con una mueca que rezumaba pillería—. Mi norma era no fiarme nunca, por eso. Así que quise investigarlo primero. Pero—Ryan se hizo con su varita y volvió a entretenerse con la puerta, dando prudentes golpecitos—No me fue muy bien—sonrió, con la oreja contra la puerta—Creo que estaremos bien.

De un movimiento de varita, el interior de la cabaña de mostró ante ellos.


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Jue Sep 19, 2019 1:56 am

No comentó nada al respecto lo de la ‘mala suerte’ sino que lo miró con resignación. Para ella era mala suerte que la relacionaran con otras personas con las que ella no quería ser relacionada, por egoísta y antisocial que sonase. Llevaba mucho tiempo asegurándose de tener una red confiable a su lado, de no cagarla por exceso de confianza y que Thaddeus le uniese a otro mago de esa manera tan repentina y inesperada pues le molestaba, pues sentía que de repente tenía que lidiar con algo que no estaba en sus planes. Eso de haber sobrevivido tres años a un gobierno que la está cazando había hecho que la espontaneidad de Sam desapareciese bastante y se sintiese incómoda cuando las cosas se escapan a su control. ¿Pero cómo culparla, después de todo lo que había tenido que pasar?

Él aseguraba que no era una amenaza para ella y, pese a que le creía, no podía evitar estar alerta. Amelia conocía a su compañero de gimnasio Ryan y nada había pasado en meses, ¿qué le iba a hacer el mago Ryan a la fugitiva Sam?

Entonces escuchó su historia con Thaddeus y, tal y como estaba contándolo, no parecía que hubiese ningún tipo de contrariedad. Le gustaba fardar de saber leer bien a las personas después de años leyendo mentes ajenas y viendo cómo reaccionaban a ello, pero igualmente había fallado tantas veces que tampoco se fiaba mucho de sí misma.

Cuando mencionó que pertenecía a la Orden del Fénix se sorprendió y también se sorprendió de que su cerebro fuese tan hábil relacionando recuerdos: ¿sería el mismo Ryan del que le había hablado Gwendoline? ¡No parecía en absoluto el mismo Ryan del que le había hablado su novia enfadada porque le intentó besar! Aún así supo que no era el momento de preguntar algo así.

―Conozco la Orden del Fénix, pero yo estoy bien. Voy al gimnasio como rutina semanal, así que tan mal no me va la vida. ―Y tras ese comentario, cauto y reservado, le guiñó un ojo. No sonó distante, sino bastante jovial para el tipo de frase que era.

Sam siguió a Ryan, el cual parecía tener intenciones de entrar a la casa. ¿La verdad? Sabiendo lo servicial que era Thaddeus, hasta Sam se imaginaba que si los había citado en aquel lugar era precisamente para que usasen dicho lugar. No sabía si era la residencia de su ex-profesor o si por el contrario sólo era un lugar seguro que utilizaba para ciertas cosas, pero el haberlos citado ahí debía de significar algo.

―No creo que aparezca ―le respondió, asintiendo cuando le pidió permiso para sacar la varita, dándole el voto de confianza. Tuvo que bufar cuando dijo que ‘no le fue muy bien’ allanar su oficina en la universidad antes de abrir la puerta. ―Si te plantas delante de Thaddeus y le dices: “por favor, cuéntemelo todo de usted” ya te digo yo que te lo cuenta. Es un hombre que poco tiene que esconder. Me encanta porque es una persona que parece encantado y orgulloso de todo lo que hace, ¿sabes? Parece que nunca se equivoca o tiene remordimientos por nada.

Y Sam tenía envidia porque en cuatro años había vivido tantas cosas y cometido tantos errores que tenía la sensación de que le iban a perseguir toda la vida.

―Y otra cosa que sé de él: es muy puntual. Si no está aquí ya, no va a aparecer. ―Sam entró entonces en el interior de la casa, sin miedo a que pudiera pasar algo.

Thaddeus había contactado con Sam por un medio en el que sólo él podía acceder, por lo que no temía que aquello fuese una trampa. Quizás la trampa era Ryan, pero no podía pensar en ello después de haber compartido tarima. Así que yendo un poco al grano, se apoyó en lo que parecía un muro que daba a una escalera que bajaba a la planta baja, mirando al rubio.

―Yo había quedado con él sencillamente para vernos, pero intuía que algo querría pedirme, ya que hacía mucho tiempo que no teníamos contacto. Adoro a Thaddeus, pero en esta situación en la que nos encontramos no es que sea muy prudente quedar para tomarnos un té y ponernos al día. ―Thad tenía la misma filosofía que ella: entre menos fugitivos se encuentren en el mismo lugar a la vez, menos posibilidades de que aparezca un mortifago había. ―¿Tú qué necesitabas que hiciera por ti?

Y entonces se dio cuenta de un detalle: ¿olía a chocolate? Por un momento pensó que su obsesión con el chocolate le estaba jugando una mala pasada, pero no, olía a chocolate. Tras mover cual conejito la nariz en busca de identificar el olor, se dio la vuelta y miró escaleras abajo, viendo allí la cocina, en cuya mesa central habían dos chocolates en tazas de las cuáles salía todavía humo, al lado de ellas un plato con pastas y galletas y, como no, una carta que ponía por fuera: "Sam & Ryan".

Obviamente desde ahí Sam no leía que ponía "Sam & Ryan", pero el hecho de haber visto eso, hizo que bajase las escaleras sobre la marcha.
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Lun Sep 23, 2019 1:59 am




Que conociera la Orden del Fénix implicaba que conocía a alguien de la Orden; no era necesario entrar en detalles, sabía que de todas maneras aquella no era una situación para entrar en detalles. Hubo de reconocer que jamás hubiera pensado que Amelia alias Sam era una fugitiva. Ni siquiera ahora, que sabía que la suya era una cara buscada, podía hallar pequeñas o evidentes pistas de sus anteriores encuentros que se le revelaran ante él con un nuevo significado. De no haberse cruzado en el “culo del mundo”, nunca habría descubierto su secreto.

Hubieran seguido viéndose de vez en cuando para compartir una sesión de entrenamiento sin saber nada sobre lo que el otro ocultaba. Lo cierto es que puede que no conociera a Sam, pero había simpatizado con Amelia. Le cambiaba el día si la encontraba con ganas de hacer equipo. Como alguien a quien le apasionaba el desgaste físico en un gimnasio, tener un gym buddy con quien sudar le añadía un toque extra al buen rato, y a Ryan le gustaba sobremanera excederse físicamente, ya fuera contra el saco de boxeo, las máquinas o un intercambio de buenos golpes. En compartir aquello es que Ryan había construido su vínculo con Amelia.

Era en cierto modo agradable volver a verla. Nunca se hubiera imaginado aquellas circunstancias, pero una vez que había asimilado la idea, hasta lo encontraba extrañamente apropiado. Porque si no se equivocaba, Sam Lehnmann tenía que ser una bruja de la mente. No dijo nada incluso cuando entraron a la cabaña, pero la notita que venía con las galletas resolvió la cuestión. Si lo hallaba apropiado era porque abrirse a otro mago incluso por necesidad, abrir las puertas de su palacio mental, era algo en lo que se apreciaba un cierto grado de intimidad con el brujo de la mente, aunque no era siempre el caso. Parecía increíble que Thaddeus le hubiera acertado tanto en la persona que eligió para sustituirlo, incluso sin saberlo.

La descripción de Thaddeus le pareció curiosamente acertada, excepto por lo de “no tiene nada que esconder”. En general, Ryan dudaba que aquello aplicara como cierto a las personas, su naturaleza suspicaz le impedía creérselo, aunque entendía lo que quería decir. Puede que el profesor que ella conocía no mostrara de puertas afuera lo que pasaba por su mente —el detalle de que era un reconocido mago de la mente daba mucho qué hablar al respecto—, pero era difícil pensar que alguien pudiera no tener remordimientos. Sin embargo, no exteriorizó nada de lo que pensaba, y se inclinó por la condescendencia.

—Es de esas personas con un rostro plácido—corroboró. Asintió ligeramente, dándole la razón en cuanto a la situación en que se encontraban—. Así que—sonrió con presunta coquetería—, seremos sólo tú y yo.  

La pregunta era si podría convencer a Sam de que aquello era una buena idea. Esperaba encontrar un mensaje en la cabaña que los pusiera al corriente de las intenciones de Thaddeus, y no se equivocó. Había estado a punto de responder a la pregunta de Sam sobre qué buscaba yendo hasta allí, pero la observó con interés cuando ella se mostró más interesada en el chocolate y las galletas. La siguió con la mirada atravesando la sala en dirección a la deliciosa bandeja, y él fue detrás, admirando al pasar el acogedor interior de la cabaña. Tomó cuidadosamente la carta dispuesta para ellos, pero al hacerlo, sintió cómo el sobre cobraba vida entre sus dedos. Saltó fuera del alcance de sus manos.

Era una carta vociferadora.

No quedó duda que Thaddeus había orquestado el encuentro. Sintiéndose inclinado a dejarse adormecer por los efectos de un clima hogareño y una tentadora oferta de chocolate y galletas, Ryan se desprendió tranquilamente de la chaqueta de cuero y la dejó caer sobre un extremo del sofá. De un movimiento de varita había encendido el fuego de la salamandra y hecho que la deliciosa bandeja se elevara en el aire hallando sola su rumbo hacia la mesita a los pies del sofá, sin derramar ni una gota y desfilando por delante de los ojos con acróbata y dulce descaro.

—Te diré qué—Ryan se acomodó en el suelo, sobre la alfombra de piel—Te contaré mi historia, y luego me dices si quieras ayudarme. ¿Te parece justo?

Era comprar su tiempo con una merienda, ¿qué podía salir mal?


Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Mar Sep 24, 2019 2:24 am

Si Ryan conociera a Sam se daría cuenta de que no había NADA DE RARO en que ella prefiriese una oferta de chocolate y galletas antes que cualquier cosa, pues era una glotona amante del chocolate. Sin embargo, en ese momento no había bajado las escaleras en busca de probar aquel chocolate, o de darle una mordida a una galleta, sino porque había visto una carta justo al lado de ello.

Y sabiendo como era Thaddeus, aquello era claramente un pequeño aperitivo de bienvenida.

No había dudado en coger la carta, aunque ésta no quiso se cogida, pues era un vociferador para ellos, el cual tenía la voz de Thad. Por un momento sintió nostalgia al volver a escucharlo, pero le daba mucha rabia que no estuviera allí para darle un abrazo. No iba a decir que era como un padre para él, pues Sam siempre tuvo al mejor padre del mundo, pero era como… un abuelo, sí. Sam nunca había tenido un abuelo al que querer, así que seguramente Thad había sido lo más parecido.

Se pudo ver en el rostro de Sam que ni le importó ‘la jugarreta’ de Thaddeus de unirlos allí, sino que se había quedado media ausente escuchándole, con su característico tono bromista, como si todo tuviera gracia.

Despertó de su embobamiento cuando vio a Ryan moverse hacia la zona del salón con el chocolate y las galletas, dejando las cosas sobre la mesa mientras él cogía asiento en la alfombra. La rubia lo miró desde allí, todavía de pie y ausente, pensando en que Ryan era muy mono sentándose sobre la alfombra teniendo un sofá tan grande, pues le parecía un gesto infantil. Sam también solía sentarse en las alfombras cuando había confianza, acompañada de alguna manta y con la cabeza apoyada sobre el sofá. Uno pensaría que si es idiota, pero a ella le encantaba ese momento hogareño frente a la televisión y una chimenea bien caliente.

Se pensó qué contestarle a Ryan mientras se acercaba a él, quitándose el bolso y dejándolo sobre la mesa, antes de sentarse en el sofá frente a él. Suspiró notablemente, pero finalmente le sonrió al rubio.

―Está bien ―le concedió: ―Pero porque hay chocolate y galletas, ¿eh? Thaddeus ha sabido como convencerme para que no pueda decir que no… ―Eso había sido una pequeña broma, acompañada de una pequeña sonrisa, para demostrarle a su gym buddy que había dejado un poco atrás la desconfianza y la incomodidad y que, por supuesto, estaba dispuesta a escucharle.

Eso sí, no quería prometerle nada antes de tiempo. Sam hacía mucho tiempo que no ejercía como legeremante y las últimas cosas que había hecho habían sido, literalmente, por necesidad. Era cierto que había recuperado cierta confianza en su habilidad cuando ayudó a Gwendoline después de su problema… pero igualmente, Sam hacía mucho que le había cogido bastante odio a la propia legeremancia.

―Quiero que sepas que hace mucho que no ejerzo de legeremante... ―Sabía que nadie podía exigirle nada, pero también era cierto que para los pocos legeremantes honrados que había y la cantidad de cosas que podrían arreglar o solucionar, a veces hasta le parecía egoísta negarse. ―Pero bueno, cuéntame y luego ya vemos. ¿Para qué necesitabas a Thaddeus?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Lun Sep 30, 2019 11:09 am






Sabía que sería una negociación, a pesar del chocolate y las galletas. ¿Por dónde empezar? Como alguien que se mostraba muy abierto en el trato con la gente, era igualmente difícil sincerarse del todo sobre cuestiones personales, y esa petición era personal. Se apartó una galleta para sí, sin morderla, acomodándose tranquilamente frente a su taza de chocolate, sin apurarse por beber.

—Lo busqué, porque necesito desbloquear mis recuerdos—respondió—. Yo solía trabajar directamente para el MACUSA, en el Departamento de Misterios. Y como algunos de mis compañeros, de una forma que es… ilegal—aclaró, con suma delicadeza sobre la moralidad de sus acciones—, un día decidí que tenía que poner en resguardo mis memorias de mi propio gobierno. ¿Estás familiarizada con los “cerrajeros”?

Era un término que se utilizaba informalmente para referirse a los legeremantes que operaban su magia en la mente de un mago para bloquear recuerdos de forma de hacerlos inaccesibles para quienes quisieran acceder forzadamente a ellos o incluso para los mismos dueños de esos recuerdos. Lo que hacían, metafóricamente hablando, era enterrar un cofre con llave en el fondo del inconsciente. Había infinitos caminos y bóvedas en la mente de un mago que eran, de hecho, posibles.

—No se trataba sólo del MACUSA, yo quería protegerme a mí mismo ante cualquier eventualidad que me comprometiera seriamente. En su momento acudí a Thaddeus buscando consejo, incluso cuando sabía que no sería algo que le fuera a gustar a mis superiores si tal movida llegara a su conocimiento.

>> Lo que me aterraba en ese entonces, era que un día perdiera partes de mi vida. Sólo hablando de esto puedes darte cuenta de lo terrible que es, ¿verdad? Después de todo, quienes somos, nuestra identidad, está estrechamente vinculado con la memoria. Tú debes saber esto.

Pero Thaddeus le explicó que incluso si eso llegaba a pasar, las memorias no son algo que se borran fácilmente y que había una manera de recuperarlas. Si le pasaba, si el MACUSA o por otro azar le borraban las memorias, estas no irían a parar al olvido. Le explicó sobre el proceso que atraviesa el cerebro con esa clase de encantamientos hechos para suprimir pasajes enteros de vívidas experiencias, y que de hecho, estos no simplemente “desaparecían”; mediante una técnica llamada “Palacio Mental” y la debida intervención esos recuerdos podían salvarse.  

—Sabía qué pasaría si un día abandonaba el Departamento, pero no iba a aceptarlo sin oponer resistencia. Una vez que lo abandoné, no noté serias repercusiones. Ellos se quedaron con sus secretos, y me pareció bien, por un tiempo, mientras yo pudiera seguir con mi vida, algo que he hecho hasta ahora. Esperé, también porque era lo más prudente.  

Ryan hizo una pausa y partió su galleta por la mitad, enfrascado por un momento en el chocolate espeso y caliente en el que sumergió su trozo de galleta.



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Jue Oct 03, 2019 3:42 am

“Desbloquear sus recuerdos.” Ya empezaba bien…

Hacía mucho, muchísimo tiempo, que no había escuchado hablar de los ‘cerrajeros’. Recordaba que su profesor le había hablado de ello, pero la verdad es que esa rama de la legeremancia no le llamaba demasiado, pues para poder dominar esa manera de encerrar recuerdos en una mente ajena―o la tuya propia―hacía falta mucha dedicación, así como dominar también la oclumancia, algo que al menos Sam no hacía.

No quiso interrumpir a Ryan, por lo que mientras soplaba en la taza de su chocolate para que se enfriase un poco, le prestó atención.

Primero se sorprendió de que fuera estadounidense, pues no le había reconocido el acento y segundo tampoco se esperaba que hubiese trabajado en el departamento de misterios, aunque claro, quizás eso era injusto porque hasta hace literalmente cinco minutos que no sabía que Ryan era un mago.

No pudo evitar sentirse identificada cuando Ryan le habló de perder partes de su vida y su propia identidad, pues evidentemente todo estaba muy relacionado con la memoria. Ella asintió cuando le reconoció que debía de saberlo, quizás con algo de pesar. Inevitblemente recordó a Henry Kerr, su mejor amigo de la infancia y la adolescencia, el cual había sido despojado cruelmente de las vivencias y recuerdos que siempre le habían conformado, creando en su lugar… a una persona que, sin dudas, no era Henry Kerr. No al menos el que ella conocía, al que había considerado hasta su hermano…

Le apenaba tanto cómo había terminado la historia con Henry que hasta recordarlo le molestaba. Había tenido la oportunidad de ayudarle, pero había sido imposible aún siendo ella una legeremante.

Intentó volver a la conversación, para no perderse en lo que le decía Ryan. Cuando terminó de hablar fue cuando Sam intentó resumir lo que había entendido, pues era muy consciente que el haber metido a Henry en su cabeza en medio de la conversación quizás le hizo perder algún que otro dato importante.

―Entonces… acudiste a un cerrajero para proteger tus recuerdos del trabajo antes de que el propio MACUSA te borrase los recuerdos de tu paso como inefable, ¿no? ―No sabía si en Estados Unidos se llamaban también ‘inefables’ pero suponía que igualmente Ryan entendería su punto. ―Es decir… pese a que ellos creyesen que habían eliminado por completo los recuerdos de tu mente, realmente siguen ahí. Un buen legeremante podría haberse dado cuenta de que alguien te había retenido los recuerdos, lo sabes, ¿verdad? Podrías haberte metido en un gran lío y terminar en… el Azkaban de Estados Unidos por intentar pasarte la confidencialidad profesional por el arco del triunfo e intentar engañar al MACUSA. ―Era cosa seria, muy seria. Sam se mostraba sorprendida de que alguien realmente se hubiera arriesgado tanto, pues a saber qué era lo que había descubierto en el Departamento de Misterios del MACUSA como para no querer olvidarlo y arriesgarse tanto. ―Supongo que lo hiciste siendo consciente de quién te iba a borrar la memoria no era un legeremante.

Vale, a ver, no había que sumar dos más dos, ni ser experto en psicología humana para darse cuenta de que Thaddeus había unido allí a Ryan y a Sam para que ésta última ayudase a Ryan con sus problemas mentales. ¿El problema? Que Lehmann nunca había hecho nada de eso, por no hablar de que llevaba mucho tiempo―desde lo del Imperius de Gwen―sin practicar la legeremancia.

Bebió un poco de su chocolate antes de proseguir.

―No sé hace cuánto tiempo que no trabajas ahí, ¿pero por qué quieres desbloquearlos ahora? ―preguntó, cruzándose de brazos. ―Supongo que algo debes de saber. ¿Cómo conseguiste ocultar al MACUSA que habías hecho esa jugarreta en contra de ellos? ¿Alguien te lo confesó después o cómo…?

Porque también era un riesgo el hecho de haberlo hecho y ser consciente de ello, pues esas cosas terminan por traicionarte en la mente. Bastaba tener algo en la cabeza que no debías de mostrar y era lo primero que se te venía a la mente cuando alguien intentaba leerte la mente.
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Sáb Oct 05, 2019 4:47 am





—Eso es correcto—afirmó, en un tono más amable que oficial. Había sido “Buscador” de artefactos y raras anomalías para el Departamento de Misterios, y eso era de lo poco que sabía de esos días. No tenía idea qué había pasado al final, el cómo terminaron. Apuró a tragarse la galleta en su boca antes de continuar—Eso depende del buen trabajo del cerrajero… O de la habilidad del legeremante, sí. Lo sabía. Fue un riesgo que decidí tomar.

Pero entre la confidencialidad profesional y su derecho personal al acceso a sus propios recuerdos, Ryan se había escogido a sí mismo. Nunca había sido, después de todo, alguien que siguiera al pie de la letra las reglas. Estas podían tener un motivo, pero sus intereses personales siempre habían diferido de los intereses de los gobiernos. Por eso es que había encontrado un lugar en El Archivo.

—Bueno, fue Thaddeus el que me puso al tanto de que “protegería mis recuerdos” hasta que yo estuviera listo para recuperarlos. Hacerlo inmediatamente después hubiera sido poco prudente, en caso de que tuvieran un ojo sobre mí y mis actividades.

Se sabía de casos de agentes que habían sido atrapados traicionando la cláusula de confidencialidad, en la mayoría de casos por intentar vender información. De otros, se sabía que habían escapado a través de las redes de la clandestinidad convirtiéndose en magos y brujas buscados incluso a nivel internacional.  

Fuera de la legalidad había grupos de terrorismo, traficantes de información, todo un mundo que se expandía underground monitoreado incansablemente por las fuerzas de los estados de las comunidades mágicas. Si se descuidaba, un agente podía ser el blanco de una organización ilegal o incluso gubernamental de otro país, ya fuera que quisieran comprarlo o extirparle información a la fuerza.

—Está bueno, ¿verdad?—dijo en referencia al chocolate, en una breve interrupción—. Hay—continuó—algo que te enseñan cuando eres un agente del MACUSA. Cuando el agente está en activo, siempre existe la posibilidad de que sus conocimientos lleguen a las manos equivocadas. Que sea capturado, torturado. En estos casos, un agente bien entrenado puede retraerse hacia dentro de su propia mente, aunque sólo sea para ganar tiempo hasta ser rescatado, o en el peor de los casos, la muerte. Se trata de una técnica que sólo puede ser profundizada por oclumantes, pero que se enseña entre los agentes, “El Palacio Mental”.

Cuando Thaddeus aceptó asegurar la integridad de sus memorias, activó una suerte de mecanismo en su cerebro. Si la memoria residual no desaparecía, sino que se desplazaba hacia un subnivel entre las varias capas del inconsciente, la intervención del cerrajero plantó las migajas que conducirían a esas memorias “borradas” hacia un compartimento previamente acorazado dentro de la mente, que una vez utilizado se protegía a sí mismo contra la intrusión de terceros e incluso el rastreo.

Encontrar sus memorias equivaldría a un viaje por las galerías de su propio diseño: su antiguo hogar, el castillo de los Golgomatch. Era creando un escenario imaginario que era posible acomodar las memorias de una forma que fueran accesibles, pero el propio inconsciente tenía formas de rebelarse contra lo que creía una intrusión, y eso sin contar las trampas que pudo haber colocado en su momento el mismo Thaddeus o incluso el MACUSA. La mente de un agente, podía ser peligrosa.

Thaddeus, como el cerrajero, era el único que podría volver sobre sus pasos y que sabía cuál era la llave para desbloquear lo que había bloqueado una vez. Sin embargo, Ryan imaginó que Sam, como alguien que demostraba conocerlo tan bien, debía tener la confianza de Thaddeus para hallar y reconocer las huellas de su maestro y amigo. Había infinidad de trucos que los magos de la mente se guardaban debajo de la manga, así como las maneras de aplicar su magia, según los fines que persiguieran. Era por eso que el negocio del tráfico de información era un asunto tan peliagudo.    


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Miér Oct 09, 2019 3:32 am

―Espera, ¿qué? ―O le había entrado algo en el oído, o había dicho algo que ni en mil años se hubiera esperado―. ¿Thaddeus es tu cerrajero? ¿Me estás vacilando?

¡Thaddeus siempre jugando con el resto! ¿Por qué no le había dicho a Samantha, desde un principio, que él era un cerrajero, capaz de hacer todas esas cosas? No, sólo se le ocurre hablar de los cerrajeros desde una tercera perspectiva, como si él ni lo fuera, ni quisiera serlo. ¡Y fíjate, míralo ahí, haciendo locuras mentales a las personas y luego mandando a sus aprendices a desenredar el nudo en el que les habrá metido! Si él había sido el cerrajero de Ryan, ¿por qué narices había llamado a Samantha? ¿Qué pintaba ella allí en todo eso? ¿No sería más fácil que fuese él mismo quien rompiera las barreras mentales que hubiese creado en la cabeza del rubio?

Si bien ya entendía poco el hecho de que Thad hubiese acudido a Sam, teniendo en cuenta su destreza mental, menos entendía que hubiese tenido en cuenta a su aprendiz si había sido el propio cerrajero del rubio.

Ahora mismo estaba ahí escuchando lo que le decía Ryan, pero sin entender realmente qué movía a Thaddeus a hacer esa conexión innecesaria. Encima es que Samantha llevaba tiempo sin sentirse segura y cómoda con la legeremancia, pero claro… eso Thaddeus no lo sabía porque hacía muchos años que no hablaban. Estaba bastante segura que de saberlo, no hubiera contado con ella.

―Sí, ese término es bastante utilizado ―respondió cuando le contó lo del ‘Palacio Mental’―. Se utiliza bastante en oclumancia, supongo que te enseñaron lo básico para saber cómo funciona todo y poder presentar aunque fuera un poquito de batalla frente a un legeremante. Quizás sirve para legeremantes novatos, pero un buen legeremante suele saber resolver el Palacio Mental de un principiante. Sólo nos hace el trabajo un poco más tedioso o... divertido, depende de cómo lo mires. ―A Sam le gustaba resolver acertijos y vencer a ese pequeño puzle mental.

Que entendía el modus operandi del MACUSA y el resto de sistemas gubernamentales que conservaban secretos, pero formar a los trabajadores en los principios básicos de la oclumancia sólo servía en determinados casos. Si una persona realmente quiere sacar la información, lo haría con alguien que pudiera descubrir hasta los más profundos secretos.

―Y sí, está bueno ―respondió después de un rato, sonriendo un poco más tranquila, en referencia al chocolate―. Thaddeus sabe que tengo debilidad por el chocolate y que está en mis normas personales no negar nunca uno. Juega conmigo. ―Era una broma, por supuesto.

Tomó entonces una galleta, comiéndosela entre sorbo y sorbo del chocolate caliente. Solía mojarla, pero también solía ser tan torpe como para mancharse cuando mojaba la galleta, bien porque la mojaba demasiado y se rompía dentro de la taza―¡y luego se quedaban galletas por ahí en medio de SU chocolate―y, sobre todo, solían caer gotitas de chocolate en el camino desde la taza hasta su boca. Así era ella: con el chocolate parecía una niña de tres años. Así que lo mejor era comerse la galleta por un lado y el chocolate por otro, diferenciando bien las cosas.

Pero entonces volvió al tema importante, cogiendo aire antes de hablar:

―Quiero decir que no entiendo por qué Thaddeus, si fue el encargado de encerrarte los recuerdos, no hace lo mismo para desbloquearlos. Sería muchísimo más fácil. A mí me va a costar más que a él, seguro, no entiendo por qué me ha llamado a mí. ―Se le escapaba totalmente de su comprensión―. Que puedo hacerlo, pero entre que llevo tiempo sin practicar la legeremancia y que estaré en terreno organizado por Thaddeus, será algo complicado. Ya ha quedado claro que a nuestro amigo en común le gusta complicarse la dichosa vida…

Se apoyó hacia atrás en el sofá, cruzándose de piernas y dejando el bolso a un lado, notándose que poco a poco estaba entrando en una situación más cómoda que al principio, que estaba bastante tensa.

―Cuéntame entonces: ¿por qué ahora quieres desbloquear tus recuerdos? ¿Thaddeus te ha dicho algo al respecto o…? ―Hizo una pausa, sin saber si se estaba explicando―. Es decir, ¿por qué quieres recuperarlos ahora si ni siquiera sabes qué hay ahí? ¿Eres consciente de que ahí dentro hay algo importante o… sencillamente por realización personal?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Ryan Goldstein el Mar Oct 15, 2019 1:46 am





Lo asaltó en el momento con un interrogante, y Ryan se la quedó mirando. Se había imaginado que Sam estaría al tanto de las andanzas de Thaddeus al borde la legalidad y no se esperó su sorpresa. Había en ella una cierta ingenuidad que contradecía la coraza de desconfianza que había levantado entre ella y el mundo, un mundo hostil y traicionero en el que ella era todavía alguien honesto, o al menos, esa era la impresión que provocó en Ryan cuando vio salir a flote la espontaneidad en la reacción de Sam: ¿no había siquiera sospechado que desde el principio la situación de Thaddeus apuntaba hacia la comprometida dirección que tomaba la conversación? Debía ser que, después de todo, le tenía demasiado aprecio como para pensar que era capaz de mentirle, incluso por omisión.

—Pensé que ya te lo habías figurado—respondió, mojando tranquilamente su galleta. Rio, porque la idea de que la estaba vacilando con algo así se le antojó genuinamente un golpe de humor.

Suponía que Sam tendría que acostumbrarse a la idea, y que ello le llevaría su tiempo. Entre tanto, se apropió de los interrogantes que revoloteaban en la cabeza de ella, ¿quizá juntos le encontraran la lógica a aquel encuentro? Cuanto decía era cierto, ¿por qué Thaddeus enviaría a una alumna que menospreciaba su propia habilidad sino su autoestima en la cuestión y que, para variar, no estaba ni enterada de las movidas en las que andaba metido su profesor? Ryan no podía evitar pensar que había dos posibles motivos para ello; primero, Sam era, de lejos, demasiado modesta; segundo, realmente sería peligroso apostar a que ella lo consiguiera, y el resultado podía ser terrible. Con un asomo de sonrisa, Ryan prefirió pensar lo primero.

—Me gusta tu perspectiva—
señaló, en el momento que Sam mencionó que el trabajo de un legeremante podía ser divertido. Había asentido a todo lo referente a su formación con un reiterado movimiento de cabeza—. Hay legeremantes que son verdaderamente temidos—comentó, cambiando el acento por uno ligeramente sombrío—. Tienen una habilidad que te pondría los pelos de punta—explicó—, pero la legeremancia es un raro talento. Sólo un puñado de magos son “naturales”. O tan buenos como para devorarte “de una sola mirada”.

La legeremancia no era un arte infalible, y si a ello le sumabas que la mente de un mago podía estar llena de trampas, el trabajo de un experto de la mente se hacía todavía más intrincado, vaporoso y difícil. Los gobiernos y las agencias secretas se peleaban por acaparar a los profesionales, pero siendo estos raros trofeos, tenían que confiar en sus métodos de instrucción, y de todo lo que pudieran disponer para armar su cuerpo de inteligencia, además de los legeremantes.

—Puede que piense que “el alumno ha superado al maestro”—aventuró, frente al problema que los atañía—. O porque lo conoces mejor que muchos otros. ¿No funciona así, acaso? Para los magos de la mente y para todos en general, venidos al caso… —Y aclaró—: Cuanto más sabe otro de ti, más cerca está de conocer sus debilidades… En este caso, sus trucos. Sus trucos y cómo sortearlos. Puede ser… divertido—repitió, citando a Sam—, ¿no lo piensas?

La oleada de preguntas al respecto de sus memorias lo hacía volver atrás en el tiempo, a cuando abandonó el Departamento de Misterios. Muchas imágenes se agolparon en su mente. Sus emociones entraban en conflicto llegados a ese punto, pero se mostró sereno. Se sonrió ante la aplastante curiosidad de Sam.

—Desde que me vi obligado a dejar el Departamento de Misterios, supe que quería recuperarlos. Soy alguien celoso con lo que es mío, si quieres ponerlo de esa manera. Y a veces…

Apartó la mirada.

—Tengo la impresión de que esos recuerdos no me han abandonado del todo. No sé cómo explicarlo, pero. A veces, el más ligero movimiento de cabello, el viento, un ruido, me ponen sobre alerta, o me enfurezco en silencio.

Suspiró imperceptiblemente. Hablaba acodado en la mesa y concentrado en un punto en la nada. Su voz sonaba grave y apacible, pausada por breves intervalos en los que su aire pensativo ocupaba la escena.

—Es como si quisiera recordar, pero no hay manera de que pueda acceder a mis memorias y, a pesar de ello, vuelven a mí las emociones. Es duro a veces—se interrumpió, y le dedicó a Sam una mirada—. Por eso es que me acerqué cuando estabas en el saco, el primer día que te vi.

Sonrió.

—Sé lo que es darle a un saco sólo porque estás enojado, y seguir dándole hasta que duele, sin que te importe—Calló un instante y añadió—: Siempre he sido un “chico enojado”—enfatizó, con humor—, pero esto es diferente. Se siente realmente extraño ser expropiado de algo que tu cuerpo no ha olvidado. Y no soy de los que prefieren olvidar. En todo caso, lo hago ahora, porque pienso que ya ha pasado un tiempo prudencial que me ponga fuera de la mira de mi propio gobierno, y porque… No sé qué pueda pasar mañana. Ya sabes lo que dicen: A veces, mañana es muy tarde. Así que… ¿qué dices?, ¿me das una mano? Puedo ser…tu pequeño experimento o algo por el estilo.


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Miér Oct 16, 2019 3:23 am

¿Cómo se iba a figurar que Thaddeus Allistar era un dichoso cerrajero? Vale que precisamente había sido él quién le había hablado del tema, pero Sam desconocía que era tan buen oclumante. Podía entender que quisiera llevarlo con cierta confidencia, pues ser un experto en ambas ramas mentales era algo muy importante y podía ser muy solicitado, pero no se lo esperaba. Y le molestó enterarse de esa manera: ¡se supone que eran amigos, Thad, idiota! ¿Por qué no se lo había dicho? A ese hombre le sobraban las ganas de crear misterio con su vida, sinceramente.

―No, no me lo había figurado ―le respondió, suspirando―. No sabía que Thaddeus controlaba tanto la oclumancia. Sabía que tenía estudios, pero tantos…

Siempre se consideró una gran legeremante, pero a día de hoy estaba desencantada con todo eso debido a cómo había tenido que utilizar la legeremancia para su propio beneficio y supervivencia. Nunca le había gustado el uso amoral de la legeremancia y… desgraciadamente había tenido que abusar de ello en muchas ocasiones. ¿Qué la situación lo requería? Por supuesto, pero aún así le era imposible no recordar todo lo que había visto, o todo lo que había hecho.

Sin tener eso en cuenta, igualmente Sam llevaba tiempo sin dedicarse expresamente a ello, por lo que quizás hacer algo tan complicado como intentar decodificar los recuerdos ocultos de un cerrajero, era demasiado para volver al trabajo.

¿Thaddeus pensando que el alumno ha superado al maestro, con lo poco modesto que era? Arrugó el ceño, sin estar muy segura de qué pensar. En cierta manera podía tener sentido, pero le pareció mucho más lógico lo siguiente que decía, pues pese a que ahora mismo estuviese dándose cuenta de que no conocía tan bien a Thad, realmente ella siempre consideró que sí lo hacía.

―Puede ser, no lo sé ―le reconoció, asintiendo―. Quizás tienes razón y pensó en mí por… cercanía, porque puedo saber cómo burlar sus defensas… ¿pero sabes? Me sigue mosqueando: ¿por qué no lo hace él? Él siempre ha controlado muy bien eso y si él fue tu cerrajero, ¿por qué narices no le da la vuelta al asunto?

Se tomó un tiempo de pausa, poniendo un gesto un poco entristecido.

―No quiero ser fatalista, pero Thaddeus siempre ha tenido en muy alta estima sus capacidades. El único motivo que se me ocurre para que me mande a mí a hacer esto, en vez de él, es que él no esté ejerciendo o, por alguna razón, no pueda. ―Hizo una pausa―. Y eso me preocupa…

¿Por qué no le decía las cosas claras? ¿Por qué no estaba allí diciéndoles claramente lo que quería y por qué él no podía hacer las cosas? ¡Arggg, dichoso Allistar!

Prestó entonces atención a lo que decía y Sam pudo empatizar perfectamente con él, pues también sería celosa de lo que era suyo, sobre todo después de ser partícipe de lo absurdamente fácil que un legeremante con sus estudios y experiencia podría hacerte creer que eras incluso otra persona.

―Quizás siente que no te han abandonado del todo porque la ‘burbuja’ en donde encerró tus recuerdos no es hermética ―opinó al respecto―. Thaddeus es un genio, pero también comete errores. Quizás sea algo así…

Pero entonces se calló, escuchando el motivo de que la primera vez que se acercase a ella fuese porque se vio reflejado en Sam. Recordaba ese momento en el gimnasio en donde, antes incluso de tener su propio saco en casa, había ido allí y había colocado un dibujo―cutremente hecho por ella―de Sebastian Crowley para golpearlo hasta la saciedad. Estaba bastante segura, aún en ese momento, de que si no llega a aparecer Ryan a darle un poco de perspectiva, probablemente hubiera seguido golpeando aquello hasta que fuesen sus nudillos quiénes se quejaran al respecto y pidiesen un poco de tiempo.

Ese comentario era otro: ¿qué pasaría si el MACUSA se enteraba que Ryan había conseguido ‘desbloquear’ unos recuerdos que habían sido supuestamente eliminados y que no debería saber? Que ojo, había que ser jodidamente retorcido para pensar en aquello: ¿por qué el MACUSA iba a reparar en un ex-inefable que supuestamente ha tenido la eliminación exitosa de los recuerdos que le vinculaban con su departamento?

Soltó aire por la nariz, pensativa. Iba a ser totalmente clara con él.

―Serías mi experimento ―le respondió, sonriente, aún con la taza entre sus manos―, hace mucho que no ejerzo como legeremante de ese estilo y… para colmo nunca antes me he enfrentado a nada que haya hecho un cerrajero, por lo que no sé qué me voy a encontrar ahí. Por suerte… ―Hizo una pausa, para beber un poco de chocolate―: fue el propio Thaddeus quién me enseñó, por lo que creo que en parte es también uno de los motivos por los que me habrá elegido… La verdad es que no lo sé, pero me gustaría hablar con él o intentar ponerme en contacto con él antes de empezar a hacer nada entre tú y yo.

Eso que había dicho no dejaba nada en claro, por lo que colocó la taza sobre la mesa y reposó sus antebrazos sobre sus rodillas.

―Me gustaría ayudarte ―dijo, saliéndole una sonrisa un poco espontánea―. No te voy a engañar: pocas cosas me ilusionan como antes y la legeremancia siempre ha sido una de mis pasiones. Me encantaría hacer algo útil con ella y no utilizarla sólo para… sobrevivir y salir del maldito paso. Y… creo que podría conseguirlo. ―Pero ahora venían las pegas―: Pero… las cosas pueden salir mal, ¿sabes? Esto no es una ciencia cierta y cualquier mínima cosa puede hacer que no lo consiga, o incluso hacerte daño a ti. ¿Y qué te garantiza que, en el hipotético caso de que lo consigamos, esos recuerdos no te lleven de vuelta al MACUSA? ¿Estás cien por cien seguro de que quieres abrir la caja de Pandora? Yo no quiero que nada de lo que pueda estar ahí dentro me salpique, ¿sabes? Yo no tengo nada que ver con eso, ni quiero tener que ver con eso.

Bastante tenía con que el gobierno de Inglaterra estuviese buscándola por sangre sucia como para que ahora el gobierno estadounidense decidiese ir a por ella por ir en contra de la confidencialidad de sus departamentos. ¿Os imagináis? ¡Lo que faltaba!

―O sea, sé que es rizar el rizo, pero yo qué sé. Son temas mayores. ―Tomó aire por la nariz, antes de preguntar lo siguiente―: ¿Todo lo que tienes ahí son solo recuerdos de tu trabajo anterior o también hay cosas personales? ―preguntó, pues no sabía si merecía la pena arriesgarse tanto al proceso y, sobre todo, a saber. Por experiencia, Sam sabía que saber algo que no debías de saber era... horrible.
Sam J. Lehmann
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