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Halloween 2019: Concurso de relatos

Salazar Slytherin el Mar Oct 15, 2019 12:35 am

UN HALLOWEEN PARA RECORDAR

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¡Esto es un concurso!

Una vez, allí por el año dos mil quinientos antes de Lord Voldemort, hicimos un concurso de relatos y... hubo poca aceptación, sin embargo, queremos pensar que fue porque era un mal momento, ya que creemos que al ser un foro en donde a todo el mundo le gusta escribir, ¿no es super guay hacer también relatos con una temática específica?

Íbamos a dar temática libre jallogüinesca, pero hemos decidido poner una temática para el relato con motivo de conocer mejor a los personajes y sus pasados. Es por eso que el tema es "un Halloween para recordar" en donde podéis describir un Halloween de vuestro personaje que bien haya sido terrorífico, una locura inesperada, que haya vivido un suceso que él cree paranormal o, sencillamente, que haya sido el más divertido de su vida. No hay más límites, ni tampoco más aclaraciones.

El ganador no lo elegiremos nosotros, sino que también será elegido por el público cuando acabe el tiempo límite. Además, el criterio para la votación también será libre: lo mismo puedes votar al que te pareció más terrorífico, que el que te pareció más divertido. Ahí es cuestión de gustos.


ACLARACIONES Y NORMAS

  • Desde ya podéis ir poniendo vuestros relatos a continuación. La fecha límite es el 31 de octubre, éste inclusive.
  • Un día después de abrirá la fase de votaciones en donde podéis votar a vuestros dos relatos favoritos, uno con dos puntos y uno con un punto.
  • El relato tiene que tener cómo mínimo 1.000 palabras.
  • Obligatoriamente todo aquel que haya participado enviando un relato, tiene que votar, sino queda automáticamente descalificado.
  • El ganador se llevará un 'sabías qué' declarándose el vencedor del concurso, un trofeo ganador y 1.000 galeones.
  • Además, todo aquel que participe, se llevará este hermoso trofeo de la momia Lucrecia:

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Salazar Slytherin
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Zdravka E. Ovsianikova el Miér Oct 23, 2019 4:40 am

Halloween en Predjama
Zdravka E. Ovsianikova con 16 años | Eslovenia, Liubliana - Castillo de Predjama

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]Zdravka: #48d1cc | Darko: #9999ff | Ernest: #0099f | Francis: #ff99ff

―El castillo lleva aquí desde el siglo XIII ―contaba Darko, de camino al castillo Predjama―: Tiempo atrás fue la residencia del caballero Erazem Lueger y dicen que cuenta con mazmorras y pasadizos secretos que dan a esas mazmorras. Afirman que si das con uno de esos pasadizos secretos, ya no hay vuelta atrás: te quedas atrapado en las mazmorras de Predjama para siempre.

Darko, Zdravka, Ernest y Francis iban caminando por el bosque en dirección al castillo. Todos eran menores y, durante años, ya habían estado deseando meterse en las míticas fiestas de Halloween que se creaban en el Castillo de Predjama todos los treinta y uno de octubre. Ese año, en concreto, Zdravka los había retado a todos a ir por su cumpleaños, para que así ninguno se echase atrás.

Ernest y Francis eran novios desde hacía años, mientras que Darko y Zdravka podría decirse que… “estaban de rollo” pero se molaban mucho. Cada uno iba disfrazado, así como con una copa de alcohol en la mano.

―Supuestamente el castillo era un lugar de torturas y era un asedio en su gran lucha con Frederico III, ese austriaco que lo atacó hasta la muerte. Sin embargo, no fue el de Habsburgo quién lo mató: ¿sabéis quién fue? Su propio sirviente. ―Esa sonrisa que había ensayado para dar vida al Joker ahora mismo daba mucho miedo―: Desde entonces continúa embrujando los pasillos de Predjama, buscando al traidor que lo mató en su propia casa; bajo su propio techo. Se dice que quien encuentra uno de esos pasadizos secretos, se pierde para siempre y que si alguna vez alguien consigue salir, sólo es porque Erazem lo ha poseído y ha salido, pues él era el único que conocía los más oscuros recovecos de Predjama…

Y Ernest en ese momento pegó un gran susto por la espalda de las chicas, las cuáles saltaron a la vez después de la historia de Darko. Francis gritó, mientras que Zdravka se había hecho aliada de la fuerza bruta, buscando el hombro de Ernest para golpearle fuertemente.

―¡No tiene gracia! ―dijo Francis, apartándose de Ernest cuando intentó abrazarla.

―¡Claro que no tiene gracia! ¡Vamos de camino a un castillo de donde no podríamos salir! ―Recitó Darko, alzando las manos como si estuviese contento de ir a suicidarse o algo por el estilo.

―Yo sigo teniendo nuestras dudas de que nos dejen entrar…

Se habían vestido de manera elegante, sexy y bastante currados para la edad que tenían, así como para el dinero que habían invertido en los disfraces. Zdravka iba de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo], con todas las intenciones de aprovechar el disfraz no solo para hacerse pasar por una mayor de edad, sino también para seducir a su casi novio. Darko, por su parte, se había currado demasiado un disfraz de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] del que Zeta se había declarado fan desde el minuto uno, sobre todo por esa sonrisa que había estado ensayando durante una semana. Ernest y Francis iban de Víctor y la novia cadáver, la pareja de la famosa película.

―¿Dejarnos… entrar? ―preguntó Zeta, divertida.

―¿Quién ha dicho que vamos a pedir permiso? ―Añadió Darko, en sintonía con su novia.

―Vamos a colarnos, por eso venimos por aquí ―dijo, señalando el bosque con sendas manos―, por la parte trasera hay una parte abierta: nos colaremos sin que los porteros puedan vernos. Y una vez dentro… el último en pillarse la borrachera va a ser el que mañana tenga que pagar los churros para todos.

―No vamos a venir hasta aquí para que esté la posibilidad de que nos manden de nuevo a la ciudad, ¿no? ―añadió Darko, poniendo la mano boca arriba para que Zeta se la chocase, cosa que hizo sobre la marcha.

Ernest y Francis eran muy buenitos, pero Zdravka y Darko eran amantes de saltarse las normas.


***

Consiguieron colarse en el interior sin muchos problemas y las horas pasaron y pasaron. A contrario de que la fiesta fuese ‘decayendo’, fue siempre hacia arriba, pues cada vez estaba más animada, con lo que parecía la música más alta y absolutamente toda la parte baja―la habilitada para la fiesta―con personas saltando y bailando. Todo el mundo era mayor de edad y así a ojo, la media de la fiesta estaba en veinticinco años. Estaba claro que quienes rompían esa media eran los cuatro adolescentes de apenas dieciséis años.

Borrachos perdidos, Zeta y Darko terminaron colándose a través de unas escaleras que bajaban al piso inferior, tan juguetones como solo dos adolescentes vírgenes y enamorados podían estar. “Buscaban” al fantasma de Predjama, cuando en realidad “buscaban” un sitio en el que estar solos.

Lo cual era ESTÚPIDO porque para besarse podían hacerlo mientras bailaban o en cualquier esquina como habían estado haciendo TODA LA NOCHE.

Pero eran jóvenes y buscaban romper las reglas, como siempre.

―Sabes que no deberíamos de estar aquí ―decía Darko, que se estaba haciendo el responsable mientras, sujeto por la mano por Zeta, se dejaba llevar por el pasillo inferior detrás de ella.

―Ohhh, parece que Darko tiene miedo ―le chinchó, mirando hacia atrás divertida.

―No, no es eso, yo no tengo miedo ―defendió su hombría eslovena―, pero… ¿y si hay un fantasma de verdad?

―¿Qué va a haber un fantasma de verdad? ¿Qué tienes: ocho años? ―Algún día ese escupitajo escéptico le caería de lleno en el ojo cuando una chica morena inglesa le dijese que los fantasmas sí existen―. Los fantasmas no existen, ¿lo sabes, verdad?

―Pero… ¿y si existen? ―En realidad la intención de Darko era intentar girar las tornas y empezar a hacerle pensar a ella que podía haber peligros allí abajo, para romperle los esquemas. Era fácil teniendo en cuenta que estaban borrachos―. ¿Y si todo lo que se dice del fantasma es real? ¿Y si en cualquier momento no sabemos volver atrás y nos quedamos atrapados para siempre? ―Había empezado a hablar con un tono más siniestro y serio, a lo que Zeta paró.

―Me das mal rollo cuando te pones intensito, tío ―confesó, soltándole la mano.

―¿Ahora eres tú la que tienes miedo? ―Siguió a Zeta, poniéndose delante para cortarle el camino.

―Claro que no tengo miedo, el idiota que cree en los fantasmas eres tú.

―¿Entonces te dará igual meterte por este pasillo oscuro? ¿O pretendes ir por el iluminado todo el rato?

―Eres un idiota.

―Soy un idiota. ―Se llevó la mano al pecho, ofendido―: Pero tú eres una miedica.

Zdravka empujó a Darko hacia atrás, metiéndose por el pasillo oscuro que no era más que una intersección del principal. En aquella planta no había nadie ni nada, al menos en principio. Sólo era la parte baja y desde ahí podían escucharse ruidos del piso superior.

―¿Estás segura, Zdravka? ¿Y si te encuentras al fantasma? ―Parecía divertido.

―Cállate, Darko. Parece mentira que tenga que ir la primera porque tú no eres capaz de ir el primero, ¿seguro de que no necesitas que te proteja? ―Darko entonces dio unas grandes zancadas hasta quedar por delante de ella, juguetón. Se miraron intensamente y Darko se acercó a darle un beso pero… ―Idiota: a mí no me llamas cobarde y luego vienes a besarme cual galán. ―Se apartó del chico y siguió caminando por el pasillo, hasta llegar a otra intersección e ir hacia un lugar aleatorio.

Darko la persiguió.

―¡Pero Zdravka no me rechaces así! ¡Tus labios son mi elixir! ―La sujetó divertido de la mano, parando su trayectoria. Entonces hincó una rodilla―. Perdóneme si la he ofendido, bella dama. Prometo no volver a herir su orgullo ni su reputación. Déjeme besarla en este páramo desolado, rodeado de fantasmas y demonios.

Zeta rió, tirando de su mano para levantarle de allí y aprovechar el tirón para besarlo una vez estuvo frente a ella. Al final el beso se volvió juguetón y el Joker terminó acorralando a Catwoman contra la pared de piedra. Todo bien, hasta ahí.

De repente ambos escucharon un sonido al final del pasillo. Sí, lo típico: eso que ocurre en las películas de miedo eslovenas en donde dos adolescentes imbéciles deciden saltarse las reglas e ir a pegarse el lote a un sitio en donde no deberían. Ambos se separaron, pues ambos, aunque muy valientes ellos, tenían algo―muy poquito, pero algo―de temor, pues no estaban acostumbrados a ir por ahí tan valientemente rompiendo las reglas.

―¿Lo escuchaste?

―Lo escuché ―respondió, mirando a Darko.

―¿Ves algo?

―No veo nada ―respondió de nuevo, sobre la marcha.

―Pero lo escuchaste ―dijo desesperado, en voz baja.

―¡Que sí! ―Susurró en voz alta.

Fue entonces cuando escucharon otra cosa. Esta vez no fue lo que parecía un golpe, sino casi un susurro. Eran como voces, la cuáles no podían identificar lo que decían.

―Tengo miedo.

―Yo también ―contestó él esta vez de inmediato.

―¿Nos quedamos quietos?

Pero entonces empezaron a escuchar como esos susurros cada vez estaban más cerca, más altos. Todavía se escuchaba el retumbar de las canciones y los saltos, pero aquello se podía escuchar perfectamente. Darko cogió entonces la mano de Zdravka cuando sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal y comenzó a correr como alma que lleva el diablo. Gritaron, por supuesto. Gritaron muchas cosas, entre ellas que se querían y que si salían de esa querían ser pareja, pero evidentemente quedó opacado por los gritos de miedo y la sensación de que iban a morir.

Definición gráfica:
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Salieron de allí después de dar no sé cuántas vueltas y porque se encontraron con uno de los porteros en una de las bajadas. Ellos, que solo eran capaces de decir tonterías como que habían escuchado voces y que el fantasma de Erazem Lueger existía, fueron echados de la fiesta a empujones. Ellos gritaban, sin embargo, a los cuatro vientos, totalmente seguros de que habían visto y oído lo que decían.

Se quedaron en la entrada de la fiesta, abrazados como dos bebés, hasta que terminó el evento, esperando a Ernest y Francis para volver a casa juntos. Habían quedado en volver juntos, pero la realidad era que no se atrevían a coger el camino a oscuras de vuelta a la ciudad ellos solos.

Al día siguiente, después de la gran borrachera que tenían encima―pues habían pasado la noche juntos en casa de Ernest―, hablaron detenidamente de lo ocurrido, llegando a la conclusión de que estaban demasiado borrachos y seguro que uno alimentó la paranoia del otro, pero que nada de lo que habían visto u oído era real. ¿Cómo iba a ser real? Seguro que era algún idiota gastándoles una broma.

¿Quién iba a creer a dos borrachos adolescentes que se habían colado en la fiesta? No podía existir un fantasma, ¿verdad que no? Esas cosas no existen; eran solo leyendas y mitos. Los hechos paranormales no existían, todos esos vídeos de Youtube eran mentira: vídeos que habían sido retocados para engañar a la gente.

¿O quizás sí que existía el fantasma de Erazem Lueger en el Castillo de Predjama?

Zdravka E. Ovsianikova
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Laith Gauthier el Vie Oct 25, 2019 8:50 am

Medicina paranormal.

Octubre 31, 2016.
Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas.
Planta baja.
23:47 pm.

El rigor mortis ya había estaba haciendo su trabajo para cuando el cuerpo llegó a manos de ese sanador. Una muerte impredecible y desgarradora: el peor accidente de escoba que Xavier hubiese visto nunca. Frente a él tenía a una mujer que, según su tablilla, tenía tan sólo veintiún años cuando perdió la vida; el calor se había perdido de sus mejillas ahora pálidas, los labios amoratados y el pómulo abierto y ensangrentado por el impacto. Su pierna derecha estaba rota, pero la causa de muerte directa debía haber sido sus costillas, que perforaron sus órganos internos ahogándola en su propia sangre hasta su muerte.

Xavier se apenó al verla, y no pudo evitar imaginarse una sonrisa carismática, unas mejillas arreboladas y vida en sus ojos cerrados. Comenzó su trabajo lentamente, en calma. Tomó su bisturí, una bocanada de aire y realizó el primer corte para la autopsia.

Mientras depositaba los órganos sobre la bandeja, un vuelco le agitó el corazón cuando se dio cuenta de que la mujer había abierto los ojos. Juraba que lo miraban esos ojos fríos y desprovistos de luz, perdida en el momento en que expiró su último aliento. Tragó en seco para juntar valor y cerrar sus ojos con sus dedos.

En ese momento se percató de que la frente de la difunta sudaba. La habitación tenía ventilación y una agradable temperatura fresca, pero el cadáver sudaba. Extendió su mano dispuesto a limpiar la humedad de su piel cuando una voz lo advirtió:

“No seques su sudor”.

Era su mentor, el ya entrado en años sanador en jefe Salvatore.

“La pobre chica busca a alguien para llevar consigo: no quiere irse sola”.

Xavier no secó su frente y terminó con su trabajo. Cuando los padres reclamaron el cuerpo, fue testigo del momento en que el padre de la muchacha secaba su frente con su mano.

Tan sólo dos días después, tenía un nuevo cuerpo en su mesa.


Era el padre de la chica, que se había quitado la vida —lo interrumpió una voz a sus espaldas. — Ya está, ¿vas a seguir perdiendo el tiempo?

Lindsay Lyons no era precisamente la mujer más paciente de todo San Mungo. Sanadora excepcional con malas habilidades sociales, era una criatura arisca y quizá algo desdeñosa que no valoraba otra cosa que el trabajo bien hecho, o al menos así se presentaba en su trabajo.

Evidentemente, su mejor amigo sentado con un grupo de tres practicantes hablando de historias de miedo no era la definición de productividad, y menos en Halloween.

Arruinaste la mejor parte —se quejó el sanador, poniéndose de pie. — Estamos esperando trauma.

Deberías hacer tus rondas en lugar de asustarlos, mírales, ¿crees que van a querer hacer sus rondas ahora? —hizo un gesto hacia los practicantes.

Eran dos hombres y una mujer. Lo más gracioso es que la mujer era quien menos asustada parecía, y estaba seguro que uno de los chicos había palidecido para la mitad de la historia.

Venga, ya, ustedes dos —señaló al tipo pálido y la mujer, — revisiones, tú —el chico que quedaba, — ve a mirar si a la señora Monroe ya le bajó la inflamación de la picadura de araña, llámame si ha empeorado.

Recuerda que has perdido un año, no puedes ponerte en el punto de mira —Lindsay lo advirtió cuando lo tuvo a solas, como una madre regaña a su hijo, — debes concentrarte y ser eficiente.

Laith puso los ojos en blanco. — Sí, mamá, soy eficiente.

Él no había entrado a trabajar al hospital nada más graduarse de la universidad. Se había tomado un año más de estudios en Francia, luego de una crisis existencial que lo había llevado al fondo de lo peor. Así que tenía que recuperar su puesto, que a duras penas había conseguido de vuelta tras sus prácticas profesionales.

Voy a vigilar trauma, si me das permiso —su tono era socarrón y su sonrisa, de pillo.

Se ganó una colleja con el expediente que Lindsay llevaba en la mano. — Date prisa.

Esa era su relación, nada de lo que preocuparse.

El sanador salió de la sala de descanso con dirección a urgencias. Halloween era una temporada agitada en cuanto urgencias, como todas las festividades, con la diferencia de que muchas veces no sabía si lo que veía era un disfraz o un trauma. Esa misma noche había recibido a un hombre con un hacha en la cabeza, bañado en sangre, pero su urgencia era una fractura de pierna y no el hacha, que era su disfraz. O una mujer con sus tres hijos, todos vestidos de inferí o de zombies, y no había sabido decir a simple vista cuál era el que tenía salivación y mucosidad anormal.

Llevaba cerca de veinte minutos sin tener a nadie en su puesto de urgencias, y la verdad era que lo prefería así. Por más que sus historias estuviesen basadas en el horror, era un hombre sensible que prefería no ver a las personas pasarlo mal.

Decidió comenzar a ordenar sus expedientes mientras esperaba, caminando hacia Candace Pembroke, la recepcionista de su piso, con una sonrisa. No la encontró en su puesto de trabajo, así que se sirvió solo, buscando sus registros.

Vamos, Laith —se animó a sí mismo, — tú puedes.

¿Cuál fue su sorpresa cuando, al abrir su primer expediente, lo encontró pulcro y perfectamente pasado a limpio? Era su caligrafía, o al menos se le parecía, pero estaba seguro que él no lo había hecho. Lo mismo encontró en el siguiente, y con el que vino después, hasta ver que no tenía más papeleo que hacer.

Curioso… —masculló para sí mismo.

Estaba confundido, pero lo dejó estar. Dando un último vistazo a urgencias, le hizo una señal a Janeth para hacerle saber que iba a revisar pacientes a pisos superiores con un gesto para que lo llamase si sucedía algo.

Tenía que revisar los vitales de algunos de sus pacientes. Todo lo que encontró era una revisión sin firmar con la hora de hace diez minutos que correspondía con los datos actuales en cada paciente que miró.

Pensó, muy lógicamente, que Lindsay estaba intentando hacer que lo echasen al demostrar que no era productivo como ella, pero sabía que su amiga no dudaría en firmar las revisiones hechas por ella misma. Así que le quedaba pensar que había alguien intentando ayudarlo más de la cuenta, tanto a él como al resto de los sanadores de turno.

Volvió a urgencias y se introdujo en la pequeña habitación de empleados que había, recargándose en un escritorio mientras pensaba, con los brazos cruzados.

Tan ensimismado estaba, que por poco no creyó a sus ojos en cuanto observó lo que ocurría ahí fuera a través de la ventana con las cortinas semiabiertas. Los monitores cardiacos en desuso se apagaron, dejando sólo tres de ellos disponibles para posibles traumas. Salió rápidamente para encontrarse con… la nada.

Voy a contar a tres y tienes que salir, ¿entendido? —dijo al aire; Janeth lo miró como si estuviese loco hablando a metros de distancia solo. — Uno… Dos… Dos y medio…

No sabía qué esperar: ¿un elfo doméstico? ¿Un duende? ¿Alguna criatura demasiado amable?

Tres.

Un fantasma se volvió visible justo frente a él, causando que cayese de espaldas sentado al suelo.

¡Lo siento! —el fantasma habló con una voz temblorosa y apenada, — ¡No quería asustarte!

¡Nada! ¡Si yo no me asusto: me sorprendiste! —el sanador se hizo el valiente.

¡Sólo estaba trabajando!

¿Trabajando?

Laith se fijó bien en quién era.

No puede ser… ¿Herbert?

Herbert MacQuoid era un sanador muy mayor que había muerto muy recientemente: habían pasado luto en San Mungo tras tanto tiempo de servicio que Herbert había prestado al hospital. No había esperado en ningún momento verle ahí: un hombre alegre y que, hasta entonces, Laith juzgó pleno.

¡Quién más sino yo!

El sanador vivo no salió de su estupefacción.

¿Te das cuenta que ya no resides en el mundo de los vivos?

Herbert bufó en respuesta. — Qué más da, es un poco más difícil hacer cualquier cosa porque se necesita mucho esfuerzo para manipular objetos, ¡pero es lo de menos! ¡Trabajo es trabajo!

Laith visualizó a Lindsay a la edad de Herbert haciendo lo mismo que él: trabajo, trabajo y más trabajo hasta después de la muerte. El pensamiento le resultó gracioso.

Sabes la política de San Mungo, los fantasmas no pueden residir aquí —le recordó Laith.

Es decir… a ningún paciente le gustaba ver un fantasma y percatarse de cuán frágil era su existencia cuando peor lo estaba pasando. Así como fantasmas, se restringía la entrada a cualquier otra entidad mágica que pudiese perturbar la pulcritud del hospital.

Por eso no atiendo pacientes —usó su tono de anciano, ese tono que decía que el muchacho era tonto sólo por ser menor que él, — mas no puedes impedir que realice mi trabajo.

Tienes que pensar en otra cosa que no sea tu trabajo.

Mi trabajo es mi vida.

Silencio.

Mi vida metafórica —se corrigió.

No lo sé —dijo Laith, — si yo fuera un fantasma, creo que pasaría mi eternidad asustando gente incauta —bromeó.

Herbert volvió a bufar. — ¡Estos jóvenes ya no se toman nada en serio!

Ya es muy triste que te hayas estancado en el “antes de la muerte”, y si no quieres encontrar cómo trascender… Al menos haz que valga. Podrían hacer películas sobre ti.

Eso le llamó más la atención, se le notó por cómo flotó más abajo del suelo para quedar cara a cara con Laith, que no era precisamente alto.

Te escucho.

El sanador sonrió.

Cuarta planta.
01:27 am.

Regina y Arnold habían hecho las rondas que el sanador Gauthier les había indicado, tal y como tenían que hacerlas. Ahí donde veían a su superior, con un humor distendido, era incluso peor que la sanadora Lyons cuando la situación se ameritaba. Era mejor no hacerlo perder mucho el tiempo.

¿Crees que fue verdad la… historia? —Arnold preguntó, distraídamente, apretando contra su pecho su tablilla en blanco.

Claro que no —Regina repuso, — el sanador Gauthier siempre cuenta historias durante el turno nocturno.

No era su primera vez bajo el servicio de Laith, pero no era el mismo caso para Arnold. Era cierto: él tenía un gran repertorio de historias para contar, y de algún modo se las ingeniaba para no decir la misma historia, no al menos frente al mismo grupo de practicantes.

Terminadas sus rondas, decidieron aproximarse a la cafetería, donde, si bien ya estaba cerrada, todavía estaba en funcionamiento la máquina de café que les proveía de un elixir de la vida que les impedía quedarse dormidos a media guardia.

Entrar a ese lugar era un tanto lúgubre: poseía unas amplias ventanas desde las que se veía la noche nublada, las luces estaban apagadas dejando sólo la más próxima a la máquina encendida. Funcionaba con monedas: dos sickles servían para un vaso. No era de la mejor calidad y su sabor no era el más delicioso, pero hacía su función, cuando menos.

Lo primero que notaron, caminando lado a lado, fue que la luz que iluminaba la máquina se apagó cuando estaban suficientemente cerca.

El corazón de Arnold dio un vuelco y se sobresaltó, escondiendo la cara tras su tablilla. Su compañera se sonrió divertida al verlo.

Vamos —le dijo, — no es para tanto, sólo está fallando la iluminación.

Podían ver a sus espaldas las luces encendidas, así que no era un corto de luz general. Con su varita, la practicante encendió un lumos que les permitiera continuar su trayecto hasta la máquina, o cuando menos al interruptor que encendiese la luz.

La puerta emitió un rechinido detrás de ellos antes de azotarse en un ruido seco al cerrarse de golpe. Esta vez a Regina le hizo falta un momento antes de abogar a su lógica más sensata.

Seguramente fue el viento.

¿Viento? —repuso Arnold, — Yo no sé tú, pero yo no siento ni un soplo de aire.

Era verdad. En una habitación cerrada, no había entrada de aire que provocase tal movimiento en una puerta que, sabían por experiencia, era algo pesada, con la intención precisamente de no cerrarse de golpe cuando alguien fuese pasando a través de ella.

No pensarás que es una especie de fantasma.

Un fantasma no —pues, como estudiante de Hogwarts, acostumbraba a lidiar con ellos, — pero… ¿qué me dices de un poltergeist? ¿O algo peor? ¿Una entidad maligna que quiere llevarnos con ella?

Regina enarcó una ceja. — ¿Al igual que en la historia del sanador? —se mofó.

Vengan conmigo… —una voz masculina y espectral inundó la cafetería, lastimera y temblorosa.

Esta vez no sólo Arnold se sobresaltó: Regina balbuceó intentando encontrar en su cabeza las palabras para neutralizar su temor. No las encontró, en especial cuando una luz en el rincón más alejado de la cafetería se encendió. Los dos practicantes se volvieron hacia ella.

No pudieron ver nada, pues se apagó al instante, encendiéndose otra en otro lugar, repitiendo el proceso hasta que la luz que se encendió estaba justo sobre ellos.

La demacrada cara fantasmagórica de Herbert apareció ante ellos, retorcida en una mueca sin igual de dolor y muerte que no le correspondía.

Regina y Arnold hicieron en coro un grito agudo; imposible decir cuál de los dos alcanzó una nota más alta, y Laith agradeció por dentro haber insonorizado la habitación antes de romper a reír. Sus risas revelaron su paradero: detrás de la barra de cafetería.

Todas las luces se encendieron.

¡Tenías razón! —Herbert se recompuso, — ¡Fue divertido!

Los que no se divertían habían sufrido un pequeño infarto y sus corazones destilaban adrenalina.

¡¿Qué está sucediendo?! —espetó una Regina, cuyo miedo se transformó en rabia.

Arnold estaba pálido y todavía no salía de su impresión.

¡Lo siento! —dijo Laith, riendo entre dientes, mientras se ponía de pie y se recargaba con las palmas sobre la encimera. — ¡Estaba ayudando a un paciente!

¡Paciente! —recriminó la mujer. — ¡¿Qué paciente?!

Herbert la interrumpió: — Un paciente con una adicción severa al trabajo, ¡que ahora piensa en cómo divertirse!

¡Es el sanador MacQuoid! —fueron las primeras palabras de Arnold en una exclamación sorprendida.

¡Correcto, muchacho!

El sanador, el que estaba vivo, salió de detrás de su escondite para encarar al grupo finalmente, recuperando el aliento.

La obsesión con Arnold a su trabajo lo trató de retener en San Mungo, pero, como saben, no están permitidos los fantasmas en las instalaciones… Así que me aseguró que se marcharía pacíficamente si conseguía mostrarle algo mejor que trabajar.

¡Ahora sé que quiero hacer: iré a mi vieja casa familiar! Ahora está abandonada, así que la haré el mejor sitio encantado de la historia —Herbert se alegró.

Laith alzó las manos en un gesto pacífico, percatándose de que tenía que enmendar un poco la situación.

Venga, el café va por mi cuenta por haberme ayudado con la tarea: puedo darles de la sala de sanadores —que era, de lejos, mejor que el de la máquina, si bien tampoco la gran cosa.

¡Les agradezco a los tres! —exclamó el fantasma, — ¡nos veremos, quizá, después del velo!

Diciendo aquello, Herbert MacQuoid se desvaneció.



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Hester A. Marlowe el Vie Oct 25, 2019 2:56 pm

Terrores nocturnos


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Cada noche —cada una de las desafortunadas noches en que sucedía— era de la misma forma: Hester abría los ojos, encontrándose ante ella la oscuridad apenas rota por la luz de las farolas de la calle, que lograba a duras penas escurrirse entre las láminas de la persiana.

Trataba de moverse, pero no podía. Su cuerpo, simplemente, no respondía.

Cuando, años más tarde, le preguntasen si alguna vez había experimentado algo más agónico que aquello, ella respondería sin dudarlo que no: era como sentirse atrapada dentro de su propio cuerpo, hasta el punto en que este más que un vehículo de su esencia misma era una pesada roca que la mantenía anclada a la cama. Incluso respirar se volvía dificultoso, especialmente cuando comenzaba la inevitable ansiedad.

Si esto le ocurría —y no eran pocas las veces que ocurría—, Hester intentaba volver a dormirse. Se trataba de una ardua labor, sí, pero en ocasiones lo conseguía.

¿Y qué ocurría exactamente cuando no lo conseguía? O, más acertadamente, ¿por qué no lo conseguía, exactamente?

***

La parálisis del sueño es un fenómeno horrible en sí mismo, tan agónico como esa sensación de estar corriendo en sueños, perseguido por un monstruo o un asesino, y que sientas que te fallan las fuerzas. Tan agónico como cuando gritas en sueños y tu voz parece morir en tu garganta.

¿Hay algo más horrible que eso?

La respuesta es un rotundo sí, y ese algo son, ni más ni menos, los terrores nocturnos.

A veces, Hester cerraba los ojos y trataba de volver a dormirse, pero una profunda inquietud se lo impedía. Sabía a qué se debía, y en muchas ocasiones, lo poco de racional que quedaba en su mente en ese estado le mandaba una orden clara: «No abras los ojos.»

Solía ser lo bastante cobarde como para obedecer, como para cerrar los ojos con fuerza y suplicar a un dios en el que no sabía si creer que, por favor, aquello se terminase. Esas eran las noches buenas, pues generalmente terminaba durmiéndose.

Si la curiosidad la vencía y abría los ojos, entonces las noches se convertían en una verdadera pesadilla.

***

¿Quiénes eran ellos, exactamente? Hester no lo sabía, pero allí estaban, observándola.

Generalmente no hacían otra cosa: permanecían cada uno de ellos en su rincón, vigilándola, como centinelas silenciosos o soldados de la guardia de la reina. No parecían amenazantes ni agresivos, pero algo en su mera presencia provocaba una profunda inquietud.

¿Quiénes eran? ¿Qué querían de ella? ¿Por qué seguían ahí en lugar de hacer lo que fuese que quisieran hacer y marcharse?

Únicamente cuando despertaba comprendía que estos seres no eran reales, sino producto de su hiperactiva imaginación. Sin embargo, en una ocasión había cometido el error de buscar en Internet, en el ordenador de la biblioteca del orfanato, una explicación a este fenómeno.

Había descubierto entonces que no era la única que recibía sus vistas.

Tenían un nombre: la gente sombra. Lo cierto es que no les sentaba nada mal: a ojos de Hester, no eran más que eso, sombras. En la penumbra de su cuarto, si cometía la osadía de mirar directamente alguno de ellos, se encontraba con una masa oscura que recordaba vagamente a una silueta humana. La negrura de que estaban compuestas estas figuras era semejante a la de un agujero negro, como si en lugar de ser un cuerpo físico que estaba ahí fuesen una ausencia total de luz con una forma caprichosa.

A la luz del día, estas visitas casi llegaban a tener algo de anecdótico, y la mente infantil de una Hester de nueve años era capaz de sobrellevar el día sin apenas pensar en ellas; cuando llegaba la noche, llegaba a tener miedo incluso de cerrar los ojos.

Noche de Halloween, 2002.
Orfanato St. Christopher’s Hospice, Londres

La de 2002 había sido una noche de brujas como otra cualquiera: las monjas del orfanato habían vaciado pequeñas calabazas, les habían tallado rostros y les habían colocado cordones a modo de bolsa, para luego dar permiso a los niños del orfanato para pedir golosinas hasta las diez de la noche.

A Hester, miedosa como pocas niñas de su edad, la fiesta de Halloween no le gustaba, pero se había visto arrastrada por sus amigos a aquella chorrada. Con la idea de disfrutar de todos los caramelos que les diesen los vecinos una vez de vuelta en el orfanato, había terminado practicando un par de agujeros a una vieja sábana y pintándola con algunas acuarelas de la sala de plástica.

Mallory la había definido como “El fantasma gay”, teniendo en cuenta que prácticamente había pintado un arco iris sobre la sábana.

Los demás niños habían vestido disfraces igualmente cutres, compuestos por sombreros de bruja hechos de cartulina y papel maché, vendajes de momia hechos de papel higiénico y capas de superhéroe elaboradas con viejos manteles. En su conjunto, los niños del St. Christopher ostentaban los disfraces más cutres de toda la festividad.

Con todo y con esas, Hester se lo había pasado bien, y había regresado con una calabaza llena hasta la mitad de distintos tipos de golosinas. Con un poco de suerte, después de que inevitablemente pasasen la revisión rutinaria de las monjas —algunas creían fervientemente en las historias de esas almas descarriadas que colocaban cuchillas de afeitar en los dulces—, quedarían por lo menos dos tercios de esos caramelos.

Al día siguiente se pondrían las botas.

Fue media hora después, cuando ya estaba en la cama con las luces apagadas, que su auténtica pesadilla de Halloween comenzó.

***

A diferencia de otras veces, en esa ocasión, Hester abrió los ojos y logró incorporarse hasta quedar sentada en la cama. No había rastro de parálisis en ninguno de sus miembros —de manera absurda, incluso movió los dedos de sus pies para cerciorarse—, y tampoco de las sombras que siempre la vigilaban.

Aún así, algo había perturbado su descanso.

No logró identificar en un principio qué era lo que no iba bien, pues de manera errónea había adjudicado al sonido que escuchaba de fondo —una especie de rasguño o arañazo sobre una superficie áspera— como parte del conglomerado de sonidos ambientales que se escuchaban en el orfanato cada noche.

«Seguro que es la rama de un árbol en la ventana», se dijo, igual que hacían las protagonistas de las películas de terror que a veces veía en televisión.

Solo que aquello era imposible, y Hester reparó en ello casi de inmediato: la ventana de su cuarto no daba a ningún lugar con árboles lo suficientemente grandes como para que una rama estuviese arañando el cristal de la ventana.

Además, el sonido procedía de algún lugar por encima de su cabeza.

Un escalofrío le recorrió el espinazo, y por un momento Hester sólo quiso cerrar los ojos y pedir al universo que aquel sonido se terminase. No quería mirar arriba. No quería descubrir que, una vez más, le habían visitado esos seres, esta vez encaramados al techo de su habitación. No quería ni pensar en qué podrían hacerle.

Pero la curiosidad infantil, a veces, es más poderosa que el miedo, y Hester fue una víctima directa de la suya: alzó la mirada, echando la cabeza atrás y…

Nada. Solo el techo pintado de blanco, surcado de pequeñas grietas que indicaban que más pronto que tarde sería necesaria una remodelación.

El sonido, en cambio, continuaba incesante. Hester pensó que, ahora que sabía que lo que fuera que producía aquel sonido no estaba en su cuarto, podría dormirse. Y lo intentó. Se echó las mantas por encima, se acostó de lado en su litera y se hizo un ovillo. Cerró los ojos con fuerza y se puso a contar ovejas, como le habían enseñado las monjas.

No funcionó. El sonido insistía, hasta el punto en que Hester sintió que aquellas uñas invisibles estaban a punto de perforar el techo por encima de su cabeza.

Volvió a incorporarse bruscamente, buscando con la mirada el origen de aquello. Ahora ya temblaba y temía lo peor.

—¡Eh! —susurró una voz por debajo de ella, en la litera inferior. Tardó algunos segundos en darse cuenta de que era Mallory—. ¿Qué pasa? ¿Por qué estás despierta?

Mallory había conseguido acelerarle el ritmo cardíaco hasta tener la sensación de que su pequeño corazón abriría un agujero en su pecho y se iría por ahí a dar un paseo.

—¿Oyes eso? —preguntó Hester susurrando a su vez, señalando con el dedo índice el techo de la habitación.

Su amiga frunció el ceño, pero guardó silencio y escuchó. Al cabo de unos segundos, asintió con la cabeza, y Hester se sintió aliviada: no estaba loca.

—¿Qué es eso? —preguntó, y Hester se encogió de hombros—. ¿Una rama contra una ventana? —Hester negó enérgicamente con la cabeza.

—No lo sé. —Y, además, parecía que con el paso de los minutos, aquel sonido era más intenso, como si lo que fuera que lo provocaba pretendiese socavar un agujero en el techo, con intención de pasar a través de éste.

***

—No estoy soñando, ¿verdad? —preguntó Hester en un susurro, tan repentinamente que incluso ella misma se sobresaltó.

—¿Qué? —Mallory se giró rápidamente hacia ella, enfocándole el haz de luz de la linterna directamente a los ojos; al darse cuenta de que Hester se quedaba ciega por unos segundos y se cubría los ojos con las manos, la muggle bajó la linterna de inmediato—. ¡Claro que no es un sueño! Pellízcate el brazo.

—¡Eso no funciona! ¿No te duele cuando te dan un coscorrón en sueños? Pues es lo mismo. —Sí, Hester también había investigado eso, entre muchas otras cosas.

Uno de los fundamentos, una de las formas de averiguar si una estaba soñando, era el buscar elementos discordantes dentro del sueño. Como Hester no tenía ni idea de qué significaba “discordante” a sus nueve años de edad, había buscado también qué significaba esa palabra.

El resumen era: buscar algo que pareciera totalmente fuera de lugar ahí, de tal manera que, con suerte, la mente consciente interpretara el suelo como tal y terminara despertándose.

Mientras ambas niñas recorrían los pasillos de la tercera planta, que permanecían a oscuras y en un silencio casi sepulcral, la bruja buscaba alguno de estos elementos a la luz del haz de la linterna. No sería la primera vez que soñaba sin darse cuenta… cosa normal en todo ser humano, claro.

Los arañazos las habían forzado a abandonar la habitación, a dirigirse a hurtadillas a las cocinas y a tomar una de las linternas que las monjas guardaban en los cajones en caso de un apagón. Armadas con ella, y luchando contra el creciente miedo, Hester y Mallory habían decidido subir al piso de arriba en busca del origen de los sonidos.

Sí, había sido cosa de Mallory, evidentemente; Hester estaba demasiado asustada, hasta el punto en que se aferraba con ambas manos al brazo de la muggle.

—Si nos comen, es culpa tuya —susurró Hester.

—¿Por qué no te quedaste en la habitación? —le respondió la muggle.

—¡Porque te ibas y me daba miedo! —exclamó Hester, quizás en voz demasiado alta.

Ese golpe de voz recibió una respuesta que ambas niñas no se esperaban: un fuerte sonido, algo metálico, resonó al fondo del largo corredor que recorrían. Un dedo gélido pareció recorrerles la espalda, y Hester se aferró con más fuerza al brazo de Mallory, clavándole las uñas; la muggle, por su parte, mantenía el haz de la linterna, tembloroso, apuntando al frente.

Se habían quedado congeladas allí donde estaban.

—¿Qué es eso, Mallory? —preguntó en voz baja la aterrorizada Hester.

—¡No lo sé! —protestó Mallory en el mismo tono de voz—. Ahí delante no hay nada.

Efectivamente, al frente no había absolutamente nada: el potente haz de luz únicamente iluminaba la ventana al fondo del pasillo. Allí, el pasillo giraba a la derecha en forma de L, y la linterna proyectaba la sombra de la esquina sobre la pared del fondo.

—Tiene que estar al doblar la esquina —concluyó la muggle—. Vamos a ver.

Hester no se consideraba una persona demasiado inteligente ni mucho menos. Curiosa, sí, y también trabajadora, pero no intelectual de por sí. Sin embargo, no necesitaba ser muy inteligente para saber que aquella idea no era muy buena.

—¡Nos van a comer! —Sonaba muy desesperada.

—¡Los monstruos no existen! —respondió Mallory. Qué equivocada estaba aquella niña.

—¡Volvamos a la cama! ¡O avisemos a una de las monjas! —suplicó Hester, tirando del brazo de una Mallory que repentinamente parecía deseosa de ir a ver qué ocurría allí.

Otro sonido, semejante al arrastrar de un objeto metálico hueco, como una tubería o algo así, las sobresaltó. Ambas clavaron la vista al fondo, los ojos desorbitados, y Hester supo que ya no sería capaz de moverse de allí.

Mallory, por su parte, pareció envalentonarse más, y se zafó del agarre de Hester.

—¡Tú quédate aquí, cobardica! Yo voy a ver qué pasa.

—¡No vayas, Mallory! ¡Puede ser peligroso! —suplicó Hester, pero de nada sirvió.

La muggle, portando la única linterna que tenían, se fue alejando poco a poco en dirección al recodo, abandonando a Hester en la más completa oscuridad.

***

Pasaron los minutos, unos minutos agónicos en que Hester se encontró, incluso, rezándole a ese dios en que las monjas creían. En reiteradas ocasiones, pensó en ir tras Mallory, que no volvía, pero tenía demasiado miedo y sus piernas no le respondían; en otras tantas ocasiones, llamó a su amiga, pero la única respuesta que recibió fue el silencio.

Llegó ese momento en supo que no podía quedarse más tiempo allí: o iba a buscar a Mallory, o se marchaba a su cuarto, pero quedarse allí en medio no era una opción.

Quizás Hester fuera y siempre sería una miedica, una cobardica, pero también era leal. Esa noche descubrió que su lealtad era más fuerte que su miedo, y a pesar de que sus músculos parecían atenazados por una fuerza invisible, se forzó a caminar en la dirección en que Mallory se había marchado.

Apoyó ambas manos en la pared y, pasito a pasito, fue moviéndose hacia el fondo del pasillo. Mientras lo hacía, volvió a llamar varias veces a Mallory de manera infructuosa, y más tarde que pronto, sus manos dejaron de tocar pared.

Cuando esto sucedió, Hester estaba sujetándose a la pared con tanta fuerza que la repentina falta de apoyo a punto estuvo de hacerla caer. Por suerte, logró mantenerse en pie.

Al girar a su derecha, lentamente, esperó encontrarse oscuridad y nada más… pero no: se encontró también el haz de la linterna iluminando parte del suelo y parte de la pared del fondo. Cuando se acercó para recogerla, tan lentamente como había llegado hasta allí, comprobó con horror que no había ni rastro de Mallory.

Justo cuando se agachaba, cuando sus dedos se cerraban alrededor del plástico negro de la linterna, a su espalda se reanudaron aquellos arañazos que la habían despertado en primer lugar.

Presa del pánico, Hester se levantó de un brinco y se dio la vuelta, el corazón latiéndole con furia dentro del pecho. El haz de la linterna iluminó únicamente un pasillo vacío; los arañazos habían cesado de repente.

Junto a su oído, prácticamente al lado, Hester escuchó un siseo de aire que le heló la sangre, y se dio la vuelta con celeridad para encontrarse… nuevamente nada. Para entonces, si no había sufrido un infarto, ya poco le faltaba.

Comprobó otra cosa, además: al fondo del pasillo, una puerta aparecía entreabierta.

—¿Mallory? —aventuró a preguntar, temblorosa—. ¿Eres tú? Si estos es una broma, no tiene gracia.

Como respondiendo a su pregunta, la puerta se abrió del todo. Las oxidadas bisagras chirriaron y le helaron la sangre. A la luz de la linterna, Hester no pudo ver nada al otro lado del umbral, solo un enorme almacén lleno de muebles viejos.

Fue en ese momento en que la linterna decidió ponerse a parpadear, apagándose cada vez durante períodos más largos de tiempo.

Hester se sintió entrar en pánico, aporreando la linterna con su mano izquierda, en un intento de arreglarla tan mágicamente como se había estropeado. Sus intentos no dieron resultado alguno, y por su cabeza comenzó a pasear una idea, casi una certeza: «Voy a morir.»

Y entonces, como confirmación a sus temores, Hester pudo atisbar entre los parpadeos de la linterna que “algo”, una especie de silueta oscura, comenzaba a formarse en el umbral de la puerta recién abierta. No podía verla con claridad, pero juraría que estaba tomando la forma de una mujer de largo vestido negro, con una sombra oscura, como un agujero negro que absorbiera toda la luz del mundo, en el lugar en que debería encontrarse su rostro.

Hester lanzó un chillido de puro pánico, retrocedió un par de pasos y sus pies se enredaron. Se cayó al suelo, quedando dolorosamente sentada. La linterna parpadeante se le escapó de las manos, aterrizando en el suelo con el haz dirigido al fondo del pasillo.

En medio de aquellos destellos demenciales, la figura se le aproximaba, lenta pero inexorable. Hester retrocedía arrastrándose poco a poco, tanto como le permitían sus pequeñas manos y sus pequeños pies.

Trató de volverse para ponerse de pie y echar a correr, pero cuando lo hizo, justo cuando encaraba el recodo del pasillo, la vio justo frente a ella: la dama oscura, alta y delgada.

No sabía cómo podía verla, teniendo en cuenta la oscuridad que reinaba, pero la veía. Era como si su cuerpo fuese más oscuro que la propia oscuridad, como si su silueta se recortase contra la oscuridad de la misma manera que lo haría contra la luz.

Hester temblaba, Hester estaba paralizada. Sabía que iba a morir.

Entonces, la dama oscura lanzó una blanca mano, como la de un cadáver, en dirección a ella. Le aferró el brazo izquierdo y Hester sintió frío. Con todo el aire que tenía en los pulmones y un poco más, Hester lanzó un grito desgarrador.

***

Hester jamás fue capaz de explicarse aquel episodio de su vida, ni siquiera cuando unos años más tarde se encontraba inmersa en el mundo mágico. Había encontrado posibles explicaciones mágicas, sí, pero jamás nada que respondiese del todo sus dudas.

Los hechos son que no era capaz de recordar nada más después de aquello, y que se despertó a la mañana siguiente en su litera.

Mallory, que dormía en la litera de abajo, también estaba allí, y al parecer dormía un sueño más plácido que el suyo propio. No parecía la persona que la noche anterior se había enfrentado a algo tan terrible.

Cuando habló con ella, durante el desayuno, la muggle la miró como quien mira a un loco: no entendía de qué le estaba hablando, y no parecía recordar en lo más mínimo nada de lo sucedido.

Hester, sin embargo, mantenía que todo había sido demasiado real para ser una simple pesadilla. Pero ahí venía el problema con los terrores nocturnos: en ocasiones, podían imitar a la perfección la realidad, e incluso a las personas de nuestro entorno. ¿Había sido eso? ¿Un episodio de terrores nocturnos especialmente demencial? Hester comenzó a apreciar a sus “visitantes de dormitorio”, a la gente sombra que únicamente se limitaba a vigilarla.

Otro dato curioso: durante los siguientes días, Hester vio a personas extrañas en compañía de la madre superiora. Personas que vestían de una manera un tanto anticuada, y que cada vez que se percataban de la presencia de la niña en sus proximidades, cerraban la boca y se iban a algún lugar donde no pudiera escucharles.

Quizás estas personas no tuvieran nada que ver con el asunto, o quizás sí. Sin embargo, su presencia no explicaba lo ocurrido.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Evans Mitchell el Dom Oct 27, 2019 5:10 am

Halloween
La vecina de enfrente es una anciana cascarrabias. Vive sola y nunca recibe visitas. Su nombre es, todos le dicen, Sra. McGinty. Ese Halloween la fachada de su casa desentona visiblemente en comparación con el escalofriante decorado que es el orgullo de toda la cuadra: un ejército de malignas calabazas dominando las calles; enormes arañas trepadas a las chimeneas; fantasmas de vértigo atravesando las paredes; blancas telarañas que cuelgan de los portones, los arbustos de la vereda, telarañas por todos lados.  

La Sra. McGinty parecía obstinada en su apatía, resuelta a pasar por alto la alegría general como si aquella noche de espíritus y cuentos de terror a la luz de una linterna no tuviera nada de especial. Sin embargo, “los chicos del barrio”, o también conocidos como “la banda de Mitchell” —o los “patas cortas”, como la ofendida mujer decidió llamarlos cada vez que la importunaban con sus chiquilinadas—, tenían otros planes para la bruja amargada. Así fue como al caer la noche, mientras que una oleada de risas y niños disfrazados cruzaba las calles yendo de puerta en puerta con el famoso “¿Truco o trato?”, un pequeño Evans Mitchell reunió a sus amigos para una travesura.

—¿Por qué la señora Barrows te ha dado una barra de chocolate a ti y a mí no?
—¡Mike!, ¿dónde está Mike?
—¿¡Quién traía los huevos!?
—¡Me has pisado!


Ocultos tras un arbusto un grupo de niños se apiñaba en un círculo. Su objetivo era la casa de La Sra. McGinty, la única casa en toda la cuadra con las luces apagadas. Aquí y allá se vivía el revuelo acostumbrado de pequeños disfrazados que correteaban con sus bolsas de caramelos, pero todos esquivaban la vivienda de la vieja cascarrabias como si tuviera una especie de maldición.  

—¡Ya cállense todos!—intervino Evans, llamando la atención de sus amigos—, ¡escuchen el plan!

Evans era siempre el que hacía los planes, o para ser justos, era el motivo por el que siempre llevaban a cabo sus planes.  Mike también tenía planes, pero ninguno de sus amigos lo tomaba en serio; sólo cuando Evans soltaba una idea curiosamente similar —se apropiaba de la idea y la hacía suya, ¡Mike estaba convencido!, aunque el otro lo negara una y mil veces— con ese vozarrón de niñato mandón que le era propio, sólo entonces, el resto del grupo se entusiasmaba por hacerla realidad.

—... la vieja saldrá y cuando diga “¡YA!”, ¡atacamos todos juntos!

 
Hubo un asentimiento general. Únicamente el hermano pequeño de George parecía perdido; siempre era el que hacía las "preguntas tontas", y los mayores, ocupados en asuntos más importantes que hacer de niñera, pasaban de él categóricamente. “George, George, ¿qué vamos a hacer?”, insistía en preguntar el pequeño, un [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] cubierto de pies a cabeza, pero sin obtener respuesta. Los demás hablaban uno encima del otro, cada cual preocupándose de estar bien surtido para el asalto.

Cuando Evans dio la señal, los patas cortas atravesaron corriendo el jardín de la Sra. McGinty y se posicionaron con los huevos podridos en la mano. Mike [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo], Rose [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo], George [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo], Peter [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] y Mitchell [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] descargaron toda su artillería contra la puerta y las ventanas, enchastrando el porche de la casa. Se burlaban a gritos de la Sra. McGinty esperando verla salir, enrojecida y furiosa con la escoba en la mano, la misma con la que siempre los amenazaba al verlos pasar todos los días.  

La Sra. McGinty no apareció enseguida, pero los niños tenían un plan. Se escondieron en las inmediaciones para esperarla y lanzarse en un ataque sorpresa cuando girara de nuevo hacia su hogar pensando que habían huido a la carrera. Mitchell se había escondido junto con Rose debajo del porche, y aguardaban agazapados, traicionados de tanto en tanto por una risita. La banda contenía el aliento y permanecía expectante, a la espera. Pero el tiempo pasó y los chicos seguían esperando. Hasta que todos pudieron escuchar, no sin cierta molestia, la aguda vocecita del fantasmín preguntar: “George, ¿qué estamos haciendo? ¡George!”.  

Evans se impacientó y se plantó delante de la entrada con su bocaza insolente y a grito pelado. Jamás había sucedido que la vieja cascarrabias no respondiera de vuelta, provocada por el pequeño de los Mitchell. Fue entonces que, enfrentado a la puerta, Evans reparó en el detalle de que esta estaba ligeramente entreabierta. ¿Todo ese tiempo la puerta había permanecido sin pestillo? Algo parecía estar fuera de lugar. Ante la mirada atónita de sus amigos, Evans empujó la puerta y esta se abrió con un chirrido, invitándolo a pasar por un pasillo siniestro y oscuro.

—¡Evans!
—¿¡Qué haces!?
—¿¡Dónde está la vieja!?
—¿Qué pasa?


La primera en llegar a su lado, por supuesto, fue la brava y leal de Rose. Era “la chica” del grupo, pero no era ninguna “nena”. Al cabo, el resto se acercó y formaron un abanico de caras intrigadas y desconfiadas que miraban en silencio la penetrante oscuridad del pasillo. Hasta que Peter, alguien a quien nunca debías tocarle el almuerzo a riesgo de que te mordiera la mano, saltó con una exclamación y se abalanzó hacia dentro del hogar, a pesar de las advertencias de sus amigos.  

—¡Son dulces!

Era verdad: un cuenco tirado en una esquina había volcado en el suelo un montón de caramelos, chupetines y chocolates que permanecían desperdigados sin que nadie se hubiera molestado en recogerlos, nadie excepto Peter, quien se lanzó sobre los dulces sin ninguna preocupación. Le tenía miedo a la escoba de la Sra. McGinty, pero si se apresuraba antes de que ella viniera todo estaría bien, ¿verdad? Desde la puerta, Evans y los demás lo llamaban para que volviera, pero desistieron cuando Peter empezó a enumerar los dulces: lo mejor de lo mejor, y al alcance de la mano... ¡De ninguna manera iban a dejar que se los quedara todos para él sólo!

—¡Está bien, está bien! ¡Entremos! ¡Pero ey, tú!—Se dirigió al fantasmita, quien apuntó la cabeza en su dirección (Evans no estaba seguro de si veía algo detrás de la sábana, pero suponía que sí)—, ¡tú haces guardia!

Los chicos se maravillaron con su hallazgo. Era una pila enorme de dulces, pero Peter se apartó un poco del resto yendo hacia la sala y los dejó pelearse por los mejores dulces mientras que él, más listo, seguía el caminillo de bocaditos de chocolate. De lejos, sus favoritos. Recolectaba los dulces a prisa y siempre alerta, hasta que sus ojos chocaron con una forma en la oscuridad que hizo que el pánico tirara de su corazón acelerado. En la confusión, ni siquiera cayó en la cuenta de que había pegado un grito de espanto hasta que sus amigos se acercaron queriendo saber qué ocurría.

—¿Qué?
—¿Qué es?
—¿La vieja?
—¿¡Qué es eso!?


El terror se apoderó de los rostros enmudecidos. Evans se tornó más pálido de lo normal. Todos los ojos miraban el bulto en el sofá, tendido de una extraña manera. Era el cuerpo de la Sra. McGinty. La Sra. McGinty…, ¿estaba muerta? Su brazo colgaba inerte y un charco oscuro se esparcía a los pies del sofá. En aquellos instantes de terrible asombro los niños se olvidaron de que el fantasmín hacía guardia en el pasillo y que durante la conmoción general había guardado un silencio de muerto.

Mientras que los chicos recuperaban el habla y se preguntaban qué hacer o qué estaba pasando, el fantasmín permanecía quieto y en silencio, con el rostro vuelto hacia el fondo del pasillo. Por debajo de la sábana la expresión de su rostro era de pura alarma. Sudaba de la ansiedad. Sus piernas querían correr, pero no podía moverse mientras que a cada latido quebrado de su pecho sentía cómo se aproximaban lentamente los pasos de una sombra desconocida que se parecía a un hombre, un hombre que estaba cada vez más cerca.

—¿George?—
llamó, con un hilo de voz.

Mike lloraba, Rose marcaba el 911 pero tenía el teléfono al revés, Evans era una roca dura en el medio del salón, Peter tenía unas tremendas ganas de ir al baño y no sabía si iba a aguantarse y George intentaba que Evans volviera en sí, sin mucho éxito.

—¡Evans!, ¡ey!... ¡Ahora no!—exclamó molesto, sin mirar a su hermano—¿¡Evans!?, ¿qué te pasa?

—¿George?—
La voz compungida era seña de que el menor estaba a punto de romper en llanto, pero nadie le hacía el más mínimo caso—George…

—¡El teléfono!

La exclamación de Rose acaparó la atención de todos los presentes que todavía tenían aire en sus pulmones. Cuando sus amigos giraron las miradas hacia ella, una sensación de auténtico miedo se enterró en sus corazones. Ante ellos, Rose sostenía el teléfono en una mano y el cable pelado en la otra, como si alguien lo hubiera cortado con un cuchillo cual película de terror y asesinato. En ese momento, Evans salió de su estado de estupor, y estuvo a punto de gritar “¡Vámonos!”, cuando un chillido que no era el suyo lo tomó por sorpresa.

—¡GEORGEEEEEEEE!

Todos se voltearon.

—¡No gri… AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!


El shock de adrenalina golpeó a todos y cada uno de la forma más violenta y la cacofonía de los gritos los sumió en un estruendo terrible. En el mismo instante en que un hombre enmascarado se asomó por el pasillo, iluminado por la blanca luz de la luna en el exterior, y sosteniendo en lo alto un cuchillo en una mano, ninguno de los niños dudó en echar a correr. Evans empujó a Mike para que saliera del medio, Mike empujó a Evans y lo hizo resbalar, Rose pasó por encima de ambos, Peter dejó caer su bolsa de caramelos de camino hacia la salida, George tomó la mano de su hermano y huyó despavorido.

Ninguno volvió a mirar atrás luego de lanzarse a la calle como una manada de simios revueltos. El hombre del cuchillo los observó correr desde el porche, despidiéndose con un gesto siniestro de la mano, y para cuando comprobó que no iban a volver por mucho, mucho tiempo, la Sra. McGinty se quitó la máscara. Su expresión revelaba lo muy satisfecha que se sentía de sí misma, porque puede que los años le hubieran teñido de canas el cabello, pero nunca perdería la maña, y menos contra un grupo de renacuajos con el pequeño de los Mitchell a la cabeza. Sonriéndose, se volvió hacia dentro del hogar, para ver qué dulces le habían traído.
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Evans Mitchell
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Salazar Slytherin el Vie Nov 01, 2019 2:56 pm

Fase de participación acabada.

Fase de votación abierta hasta el día 5 de noviembre del 2019.

*Recordamos que puede votar TODO EL MUNDO independientemente de no haber participado, mientras que los que han participado es obligado que voten.
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Zdravka E. Ovsianikova el Vie Nov 01, 2019 2:59 pm

2 puntos para Evans Mitchell.
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Zdravka E. OvsianikovaMuggle

Hester A. Marlowe el Vie Nov 01, 2019 3:42 pm

2 puntos para Laith Gauthier.
1 punto para Zdravka Ovsianikova.
Hester A. Marlowe
Imagen Personalizada : Halloween 2019: Concurso de relatos 54FaudG
RP : 10
PB : Alycia Debnam-Carey
Edad del pj : 26
Ocupación : Profesora Universidad
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 1.842
Lealtad : Pro-muggles
Patronus : No tiene
RP Adicional : 000
Mensajes : 314
Puntos : 234
http://www.expectopatronum-rpg.com/t6384-hester-s-id-ficha-de-hester-marlowe http://www.expectopatronum-rpg.com/t6387-relaciones-de-hester-marlowe http://www.expectopatronum-rpg.com/t6386-cronologia-de-hester-marlowe http://www.expectopatronum-rpg.com/t6499-hester-s-mailbox
Hester A. MarloweMagos y brujas

Laith Gauthier el Sáb Nov 02, 2019 1:31 am

Dos puntos para Hester Marlowe.
Un punto para Evans Mitchell
Laith Gauthier
Imagen Personalizada : Halloween 2019: Concurso de relatos Jb1010
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 27
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 36.905
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 1309
Puntos : 1108
http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier
Laith GauthierMedimago

Evans Mitchell el Sáb Nov 02, 2019 5:48 am

2 puntos para Hester Marlowe.
1 punto para Laith Gauthier.
Evans Mitchell
Imagen Personalizada : Halloween 2019: Concurso de relatos VGl3uS3
RP : 8
PB : Grant Gustin
Edad del pj : 17
Ocupación : Universitario
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 24.950
Lealtad : Los suyos
Patronus : -
RP Adicional : +2F
Mensajes : 575
Puntos : 425
http://www.expectopatronum-rpg.com/t4572-evans-mitchell?highlight=evans http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/
Evans MitchellUniversitarios

Henry Kerr el Lun Nov 04, 2019 6:07 pm

Dos puntos para Hester Marlowe.
Un punto para Evans Mitchell

Postdata: El gif del Jack Sparrow que puso Zeta merecería otro punto extra XDD
Henry Kerr
Imagen Personalizada : Halloween 2019: Concurso de relatos NdTTpKx
RP : 10
PB : Dan Stevens
Edad del pj : 28
Ocupación : Dragonolista
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 21.580
Lealtad : Lord Voldemort
Patronus : -
RP Adicional : +2F
Mensajes : 213
Puntos : 146
http://www.expectopatronum-rpg.com/t3791-henry-kerr http://www.expectopatronum-rpg.com/t3792-henry-kerr-relaciones http://www.expectopatronum-rpg.com/t4004-henry-kerr-cronologia http://www.expectopatronum-rpg.com/t4005-el-arcon-de-los-recuerdos-de-henry-kerr
Henry KerrMagos y brujas

Salazar Slytherin el Miér Nov 06, 2019 1:54 am

¡Gracias a todos por votar!

Hester Marlowe ganadora del concurso de relatos de Halloween con una cantidad de siete puntos.

Ganas 1.000 galeones, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] que desde hoy se podrá ver aleatoriamente en la zona de "sabías qué" del banner izquierdo, además de obtener un trofeo especial por haber ganado el concurso de relatos. ¡Felicidades!

Todos los participantes: Zdravka Ovsianikova, Hester Marlowe, Laith Gauthier y Evans Mitchell, os lleváis a la momia Lucrecia.

¡Muchísimas gracias por vuestra participación y hasta la próxima!
Admin
Expecto Patronum


Salazar Slytherin
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Galeones :
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