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[IF] What if we had a regular life? {Gwendoline&Samantha}

Gwendoline Edevane el Dom Oct 20, 2019 8:06 pm

Recuerdo del primer mensaje :

[IF] What if we had a regular life? {Gwendoline&Samantha} - Página 2 GjuLMLy
Miércoles 16 de octubre, 2019 || Nueva York, Estados Unidos || 23:47 horas

Gwendoline mantenía toda su concentración fija en un objetivo: había puesto el ojo sobre él, y como buena cazadora que era, no pensaba dejarlo escapar.

Su presa no se había dado cuenta de que la perseguían, pero tampoco se había detenido en ningún momento. Su nerviosismo era más que evidente. Intuía algo. Lo olía.

Todavía no era el momento de pasar a la acción. Si quería minimizar riesgos, no podía arriesgarse a fallar. Un fallo podía suponer la muerte. Así que continuó acechando a su presa hasta que ésta alcanzó la pequeña casa de tablones semiderruida que se alzaba cerca del lecho del río.

Ese era el momento.

Gwendoline sonrió. Se lamió los labios, anticipando el momento del frenesí, y avanzó un par de pasos para tener una mejor vista del objetivo. Alzó su fusil, puso el ojo en la mira, y enseguida obtuvo una vista ampliada de su presa. Ya estaba hecho.

Sonó un disparo.

Gwendoline dio un respingo, sorprendida, al ver en pantalla a su avatar asesinado vilmente. En pantalla, el nombre de un tal Noobmaster69 se mostraba como su asesino. La joven aporreó la mesa con su mano desnuda, y el teclado de su ordenador dio un bote.

—¡Maldito seas, Noobmaster69! ¡Es la tercera vez que me matas ahí! ¡Maldito campero! —gritó la mujer, sabiendo que el tal Noobmaster no podía escucharla: la única persona a la que tenía al otro lado de aquella llamada de Discord era a Sam—. ¡Tía! ¡¿Te crees que hay derecho a eso?! ¡Se cree muy gracioso con ese nombre sacado de los Vengadores!

Muerta, sin poder hacer nada, y con un pique considerable, Gwendoline se cruzó de brazos y se hundió en su silla de ordenador. Puso morritos. Llevaba muy mal que le matasen de una manera tan sucia, utilizando un truco tan asqueroso como ese. ¡La había dejado confiarse, creyendo que tenía una muerte asegurada, y entonces la había matado!

—Espero que le reportes al final de la partida. Lo harás, ¿verdad? —pidió a la rubia, todavía enfurruñada.

Aquella era su mayor preocupación en aquel momento: que el maldito Noobmaster se llevase su merecido reporte. ¡Con suerte le banearían la cuenta! «Ya, seguro: con suerte, me llevaré yo algún tipo de amonestación por reportarle», se quejó mentalmente.

—Todas mis esperanzas están puestas en ti, Samantha. ¡Vamos, acaba con él! —animó, y pulsó la tecla que le permitía seguir la partida de su amiga.



Gwendoline Ava Jones
24 años MuggleHumana
EstudianteCamareraEstadounidense
HISTORIA Y PERSONALIDAD
Personaje creado por Gwen

Datos:
• Sus padres están casados y viven en Bangor, Maine. Su padre es escritor (o lo intenta) y su madre trabaja en el Hollywood Casino Hotel & Raceway. Tiene una hermana pequeña llamada Charlotte.
• Vive en un piso de estudiantes compartido, lo único que puede permitirse pagar.
• Estudia Arte en la New York School of the Arts, cursando su último año. Tiene un moderado talento, que compensa con creces con su entusiasmo y sus ganas de aprender.
• Tiene un empleo de camarera que generalmente desempeña los fines de semana. No obstante, no es extraño que trabaje también alguna tarde entre semana, cuando necesita sacarse un ingreso extra y alguna de sus compañeras quiere librar.
• Su interés por los videojuegos online nació de una necesidad de evadirse de su ajetreada vida. Empezó a jugar en su primer año de universidad, y desde entonces se ha interesado por otros juegos. Su compañero de piso, Max, a veces le presta su PlayStation 4. Actualmente está intentando pasarse un juego dificilísimo llamado Sekiro: Shadows Die Twice.
• Se pica mucho jugando a videojuegos, especialmente cuando pierde o cuando su ordenador anticuado no es suficiente para jugar como es debido.
• No tiene mascotas, pero le gustaría tener un perro de tamaño grande.
• La agobia demasiado el metro (su madre cree que tiene un principio de claustrofobia), por lo que de utilizar un transporte público, prefiere el autobús. También tiene una bicicleta, que utiliza para desplazarse en trayectos cortos.
• Su habitación es su pequeño desastre personal, y siempre se dice que la ordenaría si tuviese tiempo.
• Sus amigos y compañeros de piso piensan en ella como una persona asexual, puesto que en esta realidad tampoco ha mostrado interés alguno por mantener una relación sentimental o sexual de ningún tipo con nadie. ¿Cambiará esto en un futuro?




Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Oct 22, 2019 2:08 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
Imagen Personalizada : [IF] What if we had a regular life? {Gwendoline&Samantha} - Página 2 9guYyyq
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Nov 26, 2019 1:06 am

Llevaba hasta hace cuatro años pensando que iba a ser hija única durante toda su vida, puesto que sus padres nunca habían tenido ningún otro hijo. Sin embargo, desde que su padre se casó con su nueva mujer y tuvieron a Annie, uno de sus sueños desde pequeñita se cumplió: tener una hermanita la cual adoraba casi, casi, tanto como a su gato. Bueno vale, mentira: adoraba más a su hermana pequeña, obviamente.

―¿Te imaginas? Tendríamos que compartir el internet y eso seguro que nos daría lag. No creo que sea una buena idea ―visualizó divertida el gran problema de su convivencia en la casa de sus padres―. Que encima mis padres ahora han descubierto cómo bajarse películas y el uTorrent es un sinvivir ―exageró, con una sonrisa.

Objetivamente… la casa de Sam era una casa normal, sin nada especial. Era cierto que era muy hogareña, llena de cosas familiares, colorida―pues la mujer de su padre era una hippie―y algo más grande porque tenía dos pisos, pero no tenía nada de especial. Quizás su amiga, acostumbrada ya a la convivencia independiente con otras personas, echase de menos una casa así, pero realmente… no había nada del otro mundo.

La verdad es que acostumbrada a una casa así, no sabría cómo se habituaría ella a una casa compartida en donde solo poder estar tranquilamente en su cuarto. Era cierto que se pasaba horas en su cuarto jugando y que también lo utilizaba para estudiar, pero Sam era de esas personas que necesitaba cambiar para poder concentrarse: le gustaba estudiar en la mesa de la cocina, en el salón o usar el portátil de su madre para trabajar en algún otro lugar, pues estar en su habitación muchas veces la hacía totalmente improductiva.

―Exacto ―le respondió a su deducción―. Y ahí es donde KillerVet duerme con su gato. ―Señaló la cama, solo para seguirle la broma.

Tofu era un ser adorable y encantador por naturaleza, amable y que compartía a su mascota humana con todo aquel que le diese cariñitos. La verdad es que había tenido suerte con ese gatito, pero en el fondo se lo esperaba: había sido de una camada abandonada que había pasado muy mal sus primeros meses, por lo que precisamente ese gato en vez de adoptar una conducta hostil, adoptó una agradecida cuando Sam se lo llevó a su casa en compañía de su familia tan dedicada.

Mientras la mente de Sam jugaba divertida con ella por la mala elección de sus palabras, se rió en su cara cuando Gwen dijo las suyas. El rostro de Sam se enrojeció de manera inmediata, pues aunque supiera a la perfección que no se refería a nada sexual, su cabeza fue lo único a lo que prestó atención, al doble sentido. Cuando encima añadió que si podía quitarse el abrigo, la cabeza de Sam ya estaba demasiado disparatada como para tomarse aquello en serio.

Aún roja, decidió bromear para que no se notase que de repente había pensado cosas turbias para lo que sería una relación de amistad tan bonita como la que tenían. Usar el humor como mecanismo de defensa siempre estaba bien, pues hacía que la incomodidad―en caso de existir―fuese más llevadera.

―A ver, Gwen, agradezco tu proposición, pero voy a tener que rechazar la oferta: mis padres están a punto de llegar y no quiero dejarte a medias ―le respondió, sin poder evitar sonreír ampliamente y reír después―. A mí no me hagas esas proposiciones indecentes, ¿eh?

Con una sonrisa en el rostro y deseando que no se le notase demasiado que se le habían puesto las orejas excesivamente rojas, le hizo una señal para que le diese la chaqueta y así ir hasta su puerta y colocarla en el perchero de pared que había justo detrás, junto a un póster enmarcado de PUBG de una chica que imitaba a la imagen oficial del juego, la cual era de un hombre. A excepción de las fotos que tenía colgando sobre el escritorio, el resto de pósters siempre solía ponerlos con cristal y marco, pues le parecía mucho más estético.

Entonces volvió y dejó el tema de lado como si solo hubiera sido una broma graciosa y nada más. ¡Já! ¡Una broma graciosa! ¿Sabéis en lo que iba a pensar esa noche cuando intentase dormir, verdad? ¡En esa dichosa broma! Mira que era incómodo que la chica que te gustaba te dijera esas cosas sin ningún doble sentido. Era en plan falsas ilusiones.

―Pues pensé en hacer los disfraces aquí mismo: el escritorio es grande, tengo hueco en el suelo y si nos duele el culo nos sentamos en la cama, ¿no es un gran plan? ―preguntó con una sonrisa, para acercarse al escritorio y mostrarle todo lo que había comprado, además del traje―. Mira, al final mi padre tenía un traje que ya no usaba. Es la talla cuarenta y ocho de hombres, así que no sé si te quedará muy grande… ―Sujetó la chaqueta en alto, para ver el ancho―. Mi padre no lo va a usar más nunca en su vida pues ahora tiene una cincuenta y dos, además de que lleva como veinte años en una caja guardado, por eso está así de arrugado ―le contó información que podría considerarse casi histórica―. Así que si lo quieres es para ti. Si no, también tengo mi bata de veterinaria si no se te ha ido todavía la idea de ir Joker enfermero. ―La verdad es que si iba de Joker enfermero iba a ser una risa, pero obviamente Sam apostaría por el original, intentando hacer la vestimenta lo más parecida posible, ya que el Joker de Ledger era muy, muy épico―. Y para mí… verás: eso de conseguir una chaqueta negra y roja y unos pantalones negros y rojos es muy complicado, así que pensé en ponerme esta chupa. ―Se la mostró: era de color roja completamente, la típica de cuero que tenía bastante parecido con la que usaba Harley Quinn en el videojuego, pues era corta y aunque te la cerrases se te veía el ombligo. En realidad esa chupa ni era de ella, sino de una de sus amigas, pues una vez se la prestó y… bueno, no había vuelto a su dueña original―. Y por debajo pues este pantalón. ―Y le señaló el pantalón, el cual era de cuero ajustado y negro―. ¡Es lo único que se me ha ocurrido! Ya que no puedo compartir colores en la misma prenda, los divido. ―Se dio dos golpes en la sien―. Lo sé, soy una mente brillante.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Nov 30, 2019 1:40 am

Gwendoline Jones, por desgracia, conocía bastante bien el problema de compartir conexión de Internet: en su piso compartido vivían tres personas más, y todas ellas eran una especie de vampiros del ancho de banda.

Por un lado estaba Max, quien la había metido en el vicio de los videojuegos online en primer lugar, y que actualmente era Oro II en League of Legends; así mismo, solía descargarse películas, que luego solían ver juntos en el salón.

Luego estaba Rachel, quien se había mudado a Nueva York con un sueño en mente: convertirse en estrella de Broadway. Tenía un canal de YouTube muy activo —no dejaba de recordárselo a todos sus compañeros, día tras día—, y además un novio en Lima, Ohio, con quien pasaba mucho tiempo al Skype.

Y en último lugar, pero no por ello menos consumidora de Internet, estaba Ellie, quien también tenía novio —más allá del océano, en Inglaterra— y, además, tenía trabajo en un periódico online, para el cual hacía las veces de fotógrafa y redactora.

Así que sí: Don Lag había visitado en más de una ocasión las partidas de Gwendoline, aunque por suerte para ella, no solía ocurrir. Ventajas de jugar cuando todo el mundo ya se ha ido a la cama.

—Creo que puedo decir que sobreviviría —aseguró Gwendoline con una sonrisa—. No sabes lo que es sufrir hasta que intentas jugar un viernes noche y dos de tus compañeros están haciendo uso de la banda ancha. ¡No lo sabes, Williams, te lo aseguro!

La casa tenía un atractivo hogareño sólo apreciado por aquellas personas que ya no vivían en un lugar que pudieran llamar “hogar” en sí, como le ocurría a Gwendoline: no se había puesto demasiado cómoda en su piso estudiantil, ni siquiera tras llevar un par de años en él, porque sabía lo volátil que era una situación así. En cualquier momento, alguien podía decidir marcharse por motivos económicos, o directamente no lo decidía, sino que terminaban echándole por sus costumbres peculiares.

Por eso, Gwendoline se recordaba a sí misma que vivía de prestado, y así no se apegaba demasiado a aquella triste habitación en que pasaba las horas muertas.

El lugar estrella, sin lugar a dudas, era la habitación de Sam. En aquel momento, como es evidente, Gwendoline no lo supo, pero ese sería el lugar en que perdería la virginidad. Porque sí, la morena era virgen, y es que cuando la gente decía de ella que la creían asexual, lo decían de verdad. Pronto descubrirían que, en realidad, Gwendoline solamente estaba esperando a la persona adecuada.

Sin saber todo esto, Gwendoline bromeó con respecto al ordenador en que, sin duda, Sam se echaba todas sus partidas a juegos online, principalmente con ella como compañera.

—No sé quién de los dos es más afortunado —comentó Gwendoline, a la mención de que KillerVet y su gato dormían en esa cama—, si KillerVet o el gato.

Todavía no era consciente de las implicaciones de sus palabras en ese sentido: no podía insinuar que cualquiera que durmiese con Sam debía sentirse afortunado, pues los sentimientos que su amiga tenía por ella podían llevarla a malinterpretar las cosas. Ojalá entonces lo hubiera sabido, pues habría tenido más cuidado.

Para ejemplo, lo siguiente que dijo.

En realidad, entonces no tuvo intención de insinuar absolutamente nada, sino que hizo una pobre elección de palabras: todo el mundo, si lo piensa detenidamente, sabe que la palabra “hacerlo” se malinterpreta siempre, y la única forma de malinterpretarla es relacionarla con el sexo.

Sam —que, por algún motivo que escapaba a su comprensión, se puso roja— no perdió la ocasión de bromear al respecto. La cara de Gwendoline, que en un principio no entendió absolutamente nada, fue un poema.

Entonces cayó en la cuenta, y como no era tan cortada como su homóloga en cierta realidad alternativa mágica, hizo el segundo comentario inapropiado de la noche, con toda su intención.

—¿Estás segura? La verdad es que soy bastante silenciosa: podrías seguir haciéndome de todo aún con tus padres en casa —bromeó, con una sonrisa pícara, para luego dedicarle un guiño cómplice—. Es broma, no te preocupes: me las apañaré yo sola. Ventajas de ser tan silenciosa.

Se le escapó una carcajada, plena y divertida, creyendo que en efecto todo aquello eran bromas —sobra decir que pasó por alto, para desgracia de todos, el rostro rosado de su amiga y su significado—, refiriéndose a que ya se desahogaría ella sola en casa. No sería la primera ni la última vez que lo hacía.

Por si os lo estáis preguntando, solía ser rápida: lo hacía sentada en su silla de ordenador, con los pantalones bajados, y viendo porno lésbico. Sí, en efecto, porno lésbico. ¡Ay, si Sam conociese este detalle!

Entre bromas sexuales entre las que asomaba la verdad, pasaron a hablar del tema que las ocupaba: fabricarse sus disfraces. El lugar elegido era la habitación, y se valdrían de escritorio y suelo como improvisada mesa de diseño y costura.

Sam presentó todos los materiales que había conseguido, además de aquellos que habían comprado entre las dos —y que por comodidad se había llevado ella a casa—. Tenían un poco de todo: un traje que podía modificarse para hacerse un disfraz del Joker más clásico, una bata para la versión de Joker enfermera, una chaqueta de cuero roja y un pantalón de cuero negro para el disfraz de Harley Quinn de Sam, las típicas pinturas faciales, retales de tela… ¡Un poco de todo!

Cuando Sam le mostró chaqueta y pantalón, Gwendoline los observó y trató de visualizarla con ellos puestos. Y aún mejor: los visualizó con ciertas modificaciones que darían un resultado mucho más convincente.

—Vale, antes de pasar a hablar de mi disfraz, y mientras me decido por una de las dos versiones, voy a proponerte un par de ideas rápidas para mejorar tu disfraz —le dijo, señalando alternativamente las dos prendas—. ¿Hay algún problema por hacerle modificaciones a alguna de estas dos, o prefieres conservarlas lo más limpias posible? Porque… espera, te lo enseño. —Gwendoline alzó un dedo y se volvió hacia su mochila, que había dejado sobre la cama.

Extrajo del interior un block de dibujo, que contenía algunos de sus bocetos, y un estuche donde guardaba sus lápices. Se sentó en el borde de la cama, abrió el cuaderno y se lo acomodó en el regazo. Con rápidos trazos, dibujó una base de cuerpo humano con la velocidad que daba la práctica y, acto seguido, “lo vistió” con la chaqueta y el pantalón, dibujados más o menos de manera fiel a la realidad.

A la altura de los muslos y dibujó sendos rombos, y por debajo de las rodillas, un patrón de cuatro rombos alineados como un rombo más. A la chaqueta le dibujó algunos rombos a la altura de los hombros, en las mangas, y por último la dibujó por detrás, añadiendo en la espalda tres rombos, dos pequeños a los lados y uno más grande en el centro.

Le mostró a Sam el resultado.

—Mi idea aquí es que los rombos de los pantalones sean rojos, y los rombos de la chaqueta sean negros. De esa manera, creamos ese contraste. Luego, te pintamos la cara de blanco, los labios de rojo oscuro, dos coletas con las puntas pintadas de azul y rojo, et voilà, tenemos a nuestra Harley Quinn perfecta. —Se sentía particularmente orgullosa de esa idea tan rápida, por lo que sonreía ampliamente—. Qué guay...

Entonces, al quedarse mirando su pequeño boceto, hecho en menos de cinco minutos, recordó la petición que le había hecho a Sam: que fuese su modelo. Llevaba desde que se lo había propuesto pensando en la manera de decirle que la necesitaba desnuda, y no se le había ocurrido ninguna manera. Una cosa era soltar una broma sexual esporádica, otra muy distinta pedirle algo tan íntimo, tan personal, como lo era posar durante horas sin ropa delante de ella.

Tampoco quería esperar demasiado, o Sam podía tomárselo mal.

—Oye —dijo de repente, pensando que quizás no debía decírselo justo en ese momento—. ¿Te… te acuerdas de que te pedí que fueses mi modelo? Supongo que sí, no hace mucho de eso... —Sintió que se le secaba un poco la garganta—. ¿Qué… qué dirías si te digo que necesito que poses… desnuda?

Ese “desnuda” se le atragantó, y sonó casi como un gruñido ronco. Justo entonces se puso ella roja, y sintió deseos de que se la tragase la Tierra. ¡¿Estaba idiota perdida?! ¡¿Cómo se le ocurría pedirle a su amiga que posase desnuda para ella?! ¡¡No se le pedían esas cosas a una amiga!!
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Dic 12, 2019 5:30 pm

Ahora mismo la veterinaria tenía un dilema interior que le estaba dando muchísima rabia.

Ella, por norma general, solía tener mucha confianza con sus amigas que solo son amigas para poder decir cosas “subiditas de tono” simplemente en broma, porque todo el mundo sabía que era lesbiana y porque era muy fácil decir esas bromas. Ahora que misteriosamente la vida había decidido hacerle sentir cosas por Gwendoline se estaba dando cuenta de que no era para nada fácil hacer dichas bromas a alguien por quién tienes sentimientos, pues cuando ésta te devuelve las bromas o te las sigue… entras en un conflicto emocional. ¿Está de broma o… entre broma y broma, la verdad asoma?

Y la parte más racional de Sam decía: «Obviamente es broma», pero la parte más romántica pensaba: «¿Y si no hay tanta broma?».

Lo primero que le hizo pensar en todo eso fue la incertidumbre de quién era más afortunado si KillerVet o Tofu. ¿Era una indirecta? Lo peor de todo es que había posibilidades de que fuera una indirecta, ¿¡pero lo era o no!? Frente a la clara ignorancia, decidió sonreír y tomar el comentario tranquilamente sin darle mayor reparo al asunto.

Pero claro, si Sam ahora mismo sentía que iba descalza por encima de piedras calientes, cuando soltó esa broma sexual con intención de parecer bromista, se arrepintió al momento cuando Gwendoline se la contestó. Y se arrepintió sencillamente porque no se esperaba una contestación tan explícita, por lo que se notó todavía más que se le había subido la sangre a la cabeza. Intentó disimular riendo junto a ella como si fuera gracioso y nada ocurriese: sí, sí, ja, ja, ¡qué gracioso! ¡Graciosísimo! ¡Se partía de risa! ¿Pero sabéis qué imágenes se les habían quedado a Sam en la cabeza? No sabía cuál de las dos era peor, si la de Gwendoline tocándose en su casa o la de Gwendoline en su cama reprimiéndose las ganas de gemir porque los padres de Sam estaban abajo viendo la televisión.

Menos mal que era mujer y la sangre se le subía a la cabeza y no es que le bajase a ningún sitio evidenciando ciertas cosas, pero sus hormonas revolucionándose junto a la chica que le gustaba no es que fuese una muy buena combinación.

Así que desde que pudo sacó el tema de los disfraces y a tomar por culo las insinuaciones que no iban a llegar a ningún puerto porque estaba claro que la única que se sentía incómoda con todo eso era la única que tenía sentimientos ahí. ¡Mira qué despreocupadamente se ríe Gwendoline, que puede hacer bromas porque obviamente no siente nada!

―Ningún problema, en realidad no uso ninguna de las dos cosas. ―Y en base a la norma catorce del manual de la amistad, si algo pasa más de un año en la casa de tu amigo, pasa a ser de su propiedad, por lo que oficialmente esa chupa ya era de ella―. Enséñamelo ―le dijo, algo más tranquila, sentándose a su lado junto a la cama.

Observó cómo dibujó un cuerpo humano femenino a la perfección en cuestión de segundos, sintiendo hasta un poco de envidia de tanta facilidad cuando a ella le costaba hasta hacer un monigote compuesto por palitos y círculos. Cuando empezó a hacer la ropa, Sam la miró a ella, haciendo desaparecer esos pensamientos pervertillos que habían inundado su mente por unos pensamientos mucho más románticos y casi inocentes en donde pensaba que era preciosa y que esa concentración, siendo solo ella, le sentaba muy bien.

Cuando terminó de dibujar, Sam bajó la mirada al cuaderno.

―Pues sí, me gusta ―le contestó―. Además, eso es fácil de hacer: recortamos algunos trozos de tela de cada color y a coser. No es que se me dé muy bien coser, pero en el colegio me enseñaron punto de cruz, creo que podré hacer mi labor. ―Y no se le olvidó decir algo muy importante―: ¿Sabes lo que me hubiera pegado yo para hacer un monigote el quíntuple de cutre que eso, que seguramente me hubiera salido cabezona porque desde pequeña todos mis dibujos son cabezones? Haces que dibujar parezca fácil. Te he visto y he sentido que hasta yo podía hacer eso. Hiciste así y así… ―Movió la mano como si hubiese hecho dos rayas al aire―, y ya había una señora dibujada. ¿Puedo ver el resto de bocetos del block? ―Preguntó, por si era algo demasiado personal y prefería que no.

Sin embargo Gwen aceptó y Sam sujetó el block, colocándoselo en su regazo mientras pasaba las páginas y observaba las maravillas que había hecho, siendo solo bocetos. Estaba a punto de hacer algo, hasta que Gwen le llamó la atención.

―Oigo ―le contestó sin apartar la mirada del libreto, prestando la misma atención a los dibujos que a lo que decía―. Sí ―añadió de manera automática.

Su última pregunta, no obstante, no obtuvo una respuesta inmediata, sino que lo primero que hizo Sam al escuchar aquello fue continuar con la mirada sobre los dibujos como si la pregunta no la hubiese cogido totalmente por sorpresa. No la miró porque le dio mucha vergüenza que le preguntara eso. Sam nunca había tenido ningún complejo con su cuerpo y se gustaba mucho a sí misma, pero no sabía si había llegado al nivel de modelo como para mantener la entereza frente a la chica que le gusta mientras ésta le pintaba.

―Pero… ¿desnuda en plan normal o desnuda desnuda en plan desnuda? ―preguntó, todavía con la mirada sobre el block. Esa manera de desenvolverse había sido pésima, por lo que además de sonreír un poco, notó que otra vez se ponía nerviosa. Decidió enfrentar la situación con un poco más de dignidad, elevando la mirada hacia la de su amiga―. ¿Y en el dibujo saldrá toda mi desnudez en plan… completa, es decir, todo? ―Se rió de sí misma―. Mis preguntas dan pena, pero intento evitar que se me note que me he puesto nerviosa, pero… ¿íntegramente desnuda delante de ti mientras me pintas? Creo que no podría aguantarme la risa durante media hora desnuda frente a ti intentando parecer una persona seria, ¿sabes?

Sí, ya, claro, LA RISA era EL PROBLEMA.

Sam intentó desviar un poco la duda de la situación a la poca seriedad con la que se tomaría eso debido a la vergüenza.

―¿Es una tarea para clases? ¿Os han dicho que tenéis que dibujar un desnudo? ―¡Ala, dibujad a personas desnudas y si no tenéis parejas preguntad a vuestras amigos que seguro que no les da ningún tipo de vergüenza! ―No me he negado. Estoy en proceso de asimilar la información. ―advirtió, siendo consciente de que siempre podría negarse en un futuro si se arrepentía. En realidad le había hecho ilusión que Gwen le hubiera pedido que fuera su modelo porque eso quería decir que veía en ella aunque fuese belleza artística, pero ya para desnudarse… Eso sí, pensar que si le había elegido para eso es que también creía que tendría un buen desnudo, le hizo pensar que al menos se la había imaginado desnuda.

¿En qué momento invitar a Gwen a su casa había empezado a parecer una idea arriesgada? Llevaba solo veinte minutos y Sam se sentía ya como si hubiera abordado situaciones para diez horas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Dic 14, 2019 1:54 am

De haber sido, quizás, un poquito más observadora, Gwendoline Jones se habría dado cuenta de los pequeños gestos —que le resultarían terriblemente evidentes cuando, en un futuro, echara la vista atrás— que delataban lo que realmente pensaba la que creía que era y siempre sería nada más que una gran amiga.

Pero, como suele ocurrir en estos casos, no se percataba de los sentimientos que la otra chica le profesaba. Se habían hecho muy buenas amigas, sí, pero ¿cómo iba ella a imaginarse que sus bromas de índole sexual estaban revolucionándola tanto? ¿Cómo iba a imaginarse aquellos sentimientos?

Estaba ciega, y lo único que hizo fue reír ante lo que, a su juicio, no habían sido más que unas bromas subidas de tono.

«Pero, ¿y si…?», comenzó a preguntarse, pero no se permitió seguir por ahí: no quería empezar a imaginar lo que sería estar con Sam en aquella situación.

Por suerte para las dos, pasaron a hablar del disfraz de Harley Quinn que Sam llevaría en Halloween. La vena creativa de Gwendoline enseguida se puso a visualizar las mejoras que haría a esa chaqueta y esos pantalones, y como buena artista lo plasmó en un dibujo. Mucho más sencillo, en su opinión, que ponerse a describir. Alguna vez lo había intentado y, sinceramente, había llegado a una conclusión: las palabras no eran lo suyo, pero las imágenes sí.

Cuando se lo mostró a Sam, esbozó una sonrisa al ver que su amiga parecía conforme con la idea.

—Es muy fácil —coincidió con ella, para luego sonreír y ruborizarse un poco cuando su amiga se puso a elogiar su talento para el arte—. En realidad, esto no es para tanto —se quitó mérito, como siempre solía hacer—. Mejor o peor, esto lo puede hacer cualquiera con unas nociones muy básicas de dibujo. La clave está en reducir el cuerpo humano a formas simples: círculos, cuadrados, óvalos… Y a partir de ahí, de ese dibujo esquemático, se va sacando lo demás. —Y con aquellas palabras, asintió y le dejó coger el block de dibujo.

Y fue ahí, mientras Sam observaba sus bocetos —que, en su modesta opinión, no tenían nada de especial; algo así como el cuaderno de ideas de un escritor, cosas que iba probando sin llegar a nada concreto—, a Gwendoline se le ocurrió que era un buen momento para sacar el tema del posado que le había pedido.

Siendo realistas, en realidad, ni aquel ni ningún otro era un buen momento para semejante petición. Se puso bastante nerviosa y, a juzgar por cómo Sam reaccionó, dedujo que lo mismo le había ocurrido a ella. ¡Y no era de extrañar! No todos los días una persona te pide que te pases una hora, o el tiempo que haga falta, totalmente desnuda mientras te dibuja.

No, no tenía ni idea de las auténticas implicaciones de su petición.

—Sí —respondió Gwendoline, de una manera muy poco concreta y, no lo neguemos, muy avergonzada—. Quiero decir que sí, que se trataría de un desnudo integral. Se te vería… —Y con ambas manos, se señaló todo el cuerpo de arriba abajo, dejando implícito a qué se refería.

La sexualidad de Gwendoline era poco menos que confusa, y no se la podía juzgar en base a sus relaciones pasadas, dado que éstas eran prácticamente inexistentes. Solamente había tenido una pareja, un chico, y si bien no había tenido una primera vez como tal, si había compartido con aquel chico lo suficiente como para saber… que él no era el indicado.

Ahora bien: cada vez que se imaginaba en una situación de índole sexual, o que incluyese algún desnudo, con Sam, sentía un levísimo cosquilleo en su interior. Y excitación sexual pura y dura, no lo iba a negar. Eso, sumado al hecho de que la única clase pornografía que le gustaba era la lésbica, llevaba a pensar a Gwendoline que quizás también era lesbiana.

Pero claro… todavía no se había sentido lo suficientemente inclinada a “atarse” emocionalmente a nadie, por lo que tenía sus momentos de duda. ¡No podía ser lesbiana! Simplemente, se amaba a sí misma, en soledad.

Era incapaz de comprenderse a sí misma, no hace falta remarcarlo.

—En realidad es un proyecto personal, algo que me apetece hacer a mí —le confesó, cada vez más nerviosa—. ¿Quizás es un poco inapropiado pedírtelo? —Una sonrisa nerviosa asomó a sus labios, al tiempo que se rascaba la nariz de manera nerviosa con el dedo índice—. Es que, no sé, eres la única persona en la que pienso cuando se me ocurre algo así.

De acuerdo: ese tipo de frases, sin matices, podían llevar a equívocos. Y de acuerdo: técnicamente, era cierto, pero decirlo de aquella manera era jugar con fuego. Si al menos fuera consciente de lo mucho que estaba jugando con fuego…

—No tengo intención de publicarlo en ningún sitio, ni de mostrarlo en clase, ni nada por el estilo —se apresuró a matizar, por si acaso—. Pero vamos, sinceramente, creo que eres la única persona con la que puedo tener la confianza suficiente como para hacer algo así.

Otra verdad: no se podía decir que Gwendoline fuese, precisamente, una persona abierta. Era muy suya, y rara vez entablaba amistades profundas. Con Sam empezaba a llevarse muy bien, y por eso mismo pensaba que estaba confundiendo sentimientos: era normal pasar de sentirte muy apegada a una persona a comenzar a imaginártela desnuda… ¿no?

Quizás no.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Dic 14, 2019 7:49 pm

Típico: «Es muy fácil» dicen los artistas a todo lo que hacen, como si todo el mundo fuese capaz de hacer algo así. Gwendoline era una persona muy humilde, pero precisamente Sam, que era totalmente negada para ese tipo de actividades artísticas, sabía que era bastante complicado hacer un cuerpo humano reduciendo sus formas a la geometría más simple. Así que aunque Gwendoline intentase quitarse méritos, la rubia no iba a ceder ante ello.

―No es fácil ―le reprochó divertida, para coger el block de bocetos―. Me gustaría ver qué es lo que haces más profesionalmente. Deberías mandarme fotos de lo que pintas. O invitarme a tu casa y enseñarme lo que tienes. ―Entonces cayó en algo―. ¿Tienes todos tus cuadros en tu habitación o los dejas en la escuela? Porque por lo que me has dicho tu habitación no es demasiado grande, ¿no?

Desde que había descubierto ―cuando se conocieron― que Gwendoline era estudiante de artes, se la había imaginado frente a un caballete, con el típico moño despeinado, con su peto vaquero manchado de pintura por todos lados y con esa mirada de concentración en donde tú ves claramente que la mente de esa persona está concentrada en otro mundo que sólo existe en su cabeza.

Vale, sí, no lo iba a negar: esos pensamientos habían llegado cuando ya había empezado a tener sentimientos por ella.

Lo siguiente que ocurrió fue una situación para enmarcarla. Gwen había soltado lo del posado desnudo y Sam… bueno, Sam en ese momento deseó ser un avestruz para poder meter la cabeza bajo tierra y que así no se le notase que estaba ruborizada. Casi que le resultaría más fácil desnudarse frente a un hombre heterosexual, que frente a la mujer por la que tenía sentimientos, aunque ésta fuera también heterosexual: ¿es que no podía ponerle en una situación más comprometida? Sin embargo, también sabía que negarse era un poco raro: ¿por qué narices iría a negarse si SÓLO eran amigas y no había nada entre ellas?

Hasta sopesó el aprovechar el rechazo para decirle el motivo, pero la verdad es que en ese momento veía la situación tan negra que simplemente se acobardó. No quería crear un ambiente incómodo entre ellas teniendo en cuenta lo bien que habían calzado amistosamente. No quería ser esa persona que cagase la relación que habían ganado.

Lo siguiente que dijo hicieron que Sam diese un respingo divertido, alzando la mirada hacia Gwendoline casi con reproche. ¿¡Pero cómo se le ocurría decirle eso!? ¿Ella sería consciente de las palabras que salen por su boca? La rubia tuvo que sonreír, pues pese a que la situación le resultaba incómoda, debía de reconocer que frente a un tercero que conociera los sentimientos de ella debía de ser desternillante. Qué rabia le daba, ¿sabéis lo normal que podría haber sido una petición así si Sam no llega a estar comiéndose la cabeza con toda la tontería de los sentimientos?

―¿Soy la única persona en la que piensas cuando piensas en dibujar un desnudo? ―Le cuestionó, enarcando una ceja. En ese momento sopesó hasta la idea de preguntarle algo que dejase caer sus gustos sexuales, pero decidió hacer una pregunta que se camuflaba mucho mejor―: ¿Y Laith? Él tiene un cuerpo ejemplar, ¿no sería un modelo perfecto?

Laith era el amigo que las había presentado, por lo que ambas lo conocían bastante bien. Era una persona que cuidaba mucho su cuerpo en el gimnasio y que, objetivamente, estaba muy bien, aunque a Sam le atrayese lo mismo que le atraía un trozo de solomillo.

La verdad es que la idea de que expusiese o no el dibujo que pudiera hacerle desnuda era lo de menos, pues nadie la conocía. A Sam lo que le daba apuro era estar posando ―cosa que ya no se le daba demasiado bien― desnuda frente a la chica que le gusta. ¿Sabéis la rayada mental que le iba a dar eso, pensando todo el rato qué sería lo que se le pasaría por la cabeza a la morena al ver su cuerpo desnudo? Que sí, que Gwendoline quizás se lo pidió porque considera que su cuerpo es bonito ―objetivamente, como el de Laith―, pero Sam no podía evitar sentir que iba a ser un palo ponerse frente a ella desnuda y sentir que la miraba como si fuera un palo.

No obstante, cuando Gwen dijo que creía que era la única persona con la que creía tener suficiente confianza, se sintió en un pequeño compromiso. Gwendoline pidiéndoselo con toda la profesionalidad, sin más motivos que el de poder pintar un desnudo sin sentirse incómoda y Sam… Sam dándole demasiado a la cabeza. En ese momento se sintió incapaz de negarse, pero sabía muy bien que se iba a arrepentir cuando llegase el momento. Pero seamos sinceros, en ese punto es que no quería decirle que no.  

―Vale… ―respondió entonces―. A ver, qué jugar a videojuegos online hace que saquemos lo peor de nosotras mismas y eso nos da cierta confianza, ¡pero de ahí a que me veas desnuda…! ―bromeó intentando quitarle hierro al asunto―. ¿Está bien si poso borracha? Creo que se me va a ser mucho más llevadera la vergüenza si llevo un par de vodkas encima… ―añadió a la broma, con una sonrisa risueña―. ¿Y para cuando sería? ¿Tengo tiempo para mentalizarme y ensayar mi pose frente al espejo? ―No podía evitar seguir bromeando con el tema. Seguía un poco roja, pero ahora parecía que era de sonreír.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Dic 16, 2019 11:36 pm

Gwendoline jamás había pecado de falsa modestia en toda su vida.

Su forma de restar mérito a lo que hacía se debía únicamente… a que, en efecto, creía que cualquier persona lo suficientemente motivada, con las suficientes ganas de aprender, podría hacerlo igual de bien. Y entendía que a ojos externos podía parecer imposible, como le parecería a ella cualquier procedimiento veterinario que para Sam sería rutinario, pero sinceramente, lo creía: cualquiera podría aprender a dibujar el cuerpo humano de aquella manera.

De eso se trataba, precisamente: de facilitar la labor.

—No puedo guardar en casa nada de lo que pinto. Al menos, no lo que pinto en lienzos —matizó, suspirando. Algún día tendría una casa propia, lo sabía—. Tengo cuadernos de dibujo, eso sí, pero los cuadros los guardo en la universidad. No sé lo que haré con ellos cuando me gradúe... —En realidad, sabía que no podría desprenderse de sus obras, y aunque tuviera que dormir entre cuadros, los metería en su casa—. Un día te vienes conmigo a la universidad y te dejo ver mis obras de arte.

Eso último lo dijo con un tono falsamente presuntuoso, hinchando mucho el pecho, como si se creyese la nueva Dalí. Obviamente, no era así, pero le hizo gracia y terminó riendo.

Aunque, sin duda, las risas se terminaron cuando de hablar de desnudos tocó. O al menos, se terminaron las risas fruto del humor, teniendo en cuenta que lo que siguieron fueron risas nerviosas.

No es que tuviera segundas intenciones con ella, ni mucho menos. Sí, podía reconocerse a sí misma que en más de una ocasión había visualizado cosas “prohibidas” entre dos amigas, con ella como protagonista, pero no creía haber tenido nunca la intención de llegar más allá. Sin embargo, la forma en que hablaba —fruto de lo nerviosa que se ponía al proponer aquello— podía dar a entender que sí, algo había. Una pena que no fuese consciente de ello, y no sintiese la necesidad de dejarlo claro.

Una situación así únicamente podía enredarse más, especialmente cuando Sam le propuso una alternativa distinta a ella: Laith, el amigo que tenían en común. Podía aventurarse la respuesta de Gwendoline solo con ver cómo arrugó la nariz, con cierto desagrado.

—No me siento capaz de estar con un hombre desnudo en una habitación, a solas, por muy gay que sea —dijo, brutalmente sincera—. Además, ¿has visto la de tatuajes que lleva? No me sentiría bien conmigo misma pasando ese detalle por alto, y me llevaría la vida pintar todo eso. —Se le escapó una risita, pues aquello había sonado a excusa mala o a broma—. Prefiero la delicadeza de unos rasgos femeninos bonitos como los que tú tienes, o mejor dicho, como los que se intuyen...

En esta ocasión, ella misma fue consciente de que lo que estaba diciendo era un poco inapropiado, pues casi parecía sugerir que había estado “intuyendo” sus rasgos femeninos. Como si le hubiera estado mirando el culo cuando llevaba mallas deportivas, o algo por el estilo. Y vale, Gwendoline lo había hecho, así como la forma en que se dibujaba su silueta casi perfecta cuando se ponía alguna camiseta ajustada, pero sólo lo había hecho con el ojo de una artista.

O eso creía, vamos: en algún momento, había empezado a visualizarla desnuda, y eso no tenía por qué ser cosa del arte.

Sin embargo, lo que creía que sería una negativa se convirtió en una respuesta positiva: entre muchas bromas, Sam aceptó. La reacción de Gwendoline fue sonreír ampliamente, más feliz de lo que cualquiera se esperaría. Y no, no tenía nada que ver con el desnudo en sí, sino con el hecho de que casi había perdido toda esperanza con aquel proyecto personal. Una, simplemente, no iba por la vida pidiendo esas cosas.

Así que, de manera totalmente impulsiva e inesperada, se lanzó a los brazos de Sam y la abrazó con fuerza. Rara vez reaccionaba de esa manera con nadie, pero sinceramente, le estaba muy agradecida.

—¡Gracias! —exclamó, separándose de ella con las manos todavía apoyadas en sus hombros. Ahora Gwendoline estaba de rodillas en el suelo, frente a Sam—. Cuando tú prefieras, pues no tengo nada de prisa, y lo importante de todo esto es que estés cómoda contigo misma. —Y aquí viene otro de esos momentos en que Gwendoline, de haber sabido los sentimientos de su amiga, probablemente hubiera optado por cerrar la boca—. Eso del espejo es una buena forma de conocerte a ti misma. Creo que fue en mi segundo curso cuando, para un proyecto de clase, opté por un autorretrato, y como siempre me ha fascinado el tema de los desnudos, pues escogí un desnudo. Me pasé cerca de dos semanas desnudándome delante del espejo grande del baño —que “secuestré” para mi cuarto— y ensayando poses. También me tomé fotografías, pues evidentemente no podía posar para mi misma, ¿sabes?

Toda aquella información, quizás, estaba poniendo en la cabeza de Sam imágenes un tanto contraproducentes, pero Gwendoline no tenía ni idea de la repercusión de sus palabras. Simplemente, hablaba, y reía divertida, como si aquello fuese una de las anécdotas más graciosas de la historia.

—Creo que ha sido la primera vez que pinto un cuadro desnuda. —Y se rió, como si aquello fuera lo más absurdo del mundo—. Doy gracias cada día al inventor de los pestillos, pues de lo contrario, alguno de mis compañeros de piso ya me habría pillado.

¿Que por qué había pintado desnuda? Bueno, por mera comodidad: aquel trabajo había durado bastante, y siempre que necesitaba darle un nuevo enfoque, se sentaba ante el espejo, posaba y se tomaba una nueva fotografía. Suerte que su teléfono móvil tenía una función de autodisparo, y que tenía un pequeño trípode con que sujetarlo, o la tarea habría sido imposible.

—Cuando vengas conmigo a la universidad, te dejo ver el resultado final —prometió con una sonrisa. ¡Tonta e inocente chica!
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Dic 18, 2019 2:01 am

Con una curiosidad extrema por saber de qué era capaz de hacer Gwendoline con un pincel y un lienzo, Sam aceptó con un asentimiento efusivo y contento cuando le ofreció ir, algún día, a la universidad con ella para ver todo lo que había hecho en sus años de estudio. Le apetecía muchísimo verlo y es que siempre había visto el arte como una manera de expresarse del artista, al igual que los poetas hacen poemas, los escritores libros y los músicos su propia música. En ese contexto, le encantaría ver cómo era capaz Gwendoline de expresarse mediante el dibujo y la pintura.

Además, también consideraba que ese tipo de cosas eran bastante personales, por lo que le hacía ilusión que lo compartiera con ella.

Después de que le pidiera hacer un desnudo, la cosa se volvió un poquito incómoda, aunque por suerte, ambas supieron sobrellevar la situación sin que fuese excesivamente violenta. Sam aprovechó el momento para hacer una pregunta que si bien en el momento no podía decir mucho, en un contexto más amplio sí: ¿pero por qué Gwendoline no había pensado en pintar a un hombre, como podría ser su amigo Laith? Al principio su respuesta no le inspiró nada más que simple inseguridad, pero cuando añadió el final, Sam no pudo evitar apartar la mirada de nuevo a la libreta de bocetos mientras se mordía el labio y evitar sonreír.

Se había emocionado al escucharla. ¿De verdad que Gwendoline se había fijado en ella? ¿En su cuerpo y… en cómo se intuía lo que había debajo de su ropa? Sabía que en la frase de Gwen no había nada de índole sexual, ni siquiera de puro coqueteo… por un momento Sam se recriminó el hecho de que solo era una observación artística y objetiva pero… ¿cómo no se iba a emocionar? ¿Sabéis lo gratificante que es que la persona a la que quieres impresionar se fije en ti cuando lo estás intentando?

―El cuerpo femenino es mucho más bonito que el masculino, lo siento por todos los hombres y mi poca objetividad ―le contestó a Gwendoline en un tono neutro, pues si bien se le ocurrieron mil y una contestación “subida de tono” para una amiga, decidió optar por lo más correcto.

Al final, Sam no pudo negarse y el efusivo agradecimiento de Gwendoline la hizo reír de felicidad, sobre todo al notar su abrazo tan sincero. Estaba bastante segura de que esa era la primera vez que le abrazaba con esa sinceridad y esas ganas y no pudo evitar sentirse muy, muy bien. Le estaba gustando mucho Gwendoline ―hasta el punto no reconocido de creer enamorarse―, pero ahora mismo quería pensar que sobre todo estaba evolucionando su relación de amistad.

Cuando se separó, a punto estuvo de decir que ella se sentía a gusto con su cuerpo, pero se sorprendió cuando le dio detalles. Detalles basados en la experiencia propia de la misma Gwendoline, desnuda, frente a un espejo. Le hubiera encantado no hacerse una imagen mental de aquello, pero seamos sinceros: ¿cómo narices no te vas a hacer una imagen mental de aquello? Sam sí que había tenido pensamientos recurrentes de una Gwendoline desnudándose o directamente desnuda, siendo consciente de que era por la terrible atracción que sentía hacia ella, pero “estar acostumbrada” no fue para nada un alivio cuando era la misma Gwen quién le ponía las imágenes en la cabeza.

De repente le entró calor y, disimuladamente, mientras continuaba con la historia, ella se hizo para atrás para quitarse el suéter. Por casi también se le sale la camiseta que tenía debajo, pero la sujetó a tiempo de que se le viera el alma.

―Seguro que es precioso ―dijo con respecto al resultado final que quería enseñarle, sin que la rubia estuviera muy segura de que quisiera verlo en su estado actual―. Con la artista que lo ha dibujado y la modelo que ha posado, tiene que serlo. ―Esbozó una dulce sonrisa mientras su mirada se quedaba fija en la de ella, intentando que ese cumplido relajase los calores y, por favor, dejasen de hablar de desnudos.

Con la tontería no habían empezado a hacer el disfraz y los padres de Sam, como ella había previsto, llegaron a la casa, entrando por la puerta. Desde la habitación de Sam se pudo escuchar cómo se abría la puerta principal ―pues estaba todo en silencio―, además de cómo entraban los tres: Annie parecía estar muy feliz relatando algo que acababa de pasar, mientras que Luca y Cordelia la acompañaban añadiendo cosas.

―Han llegado ―le dijo, levantándose de la cama―. Ven, que te los presento. ―Sujetó la mano de Gwendoline por inercia, para aprovechar y tirar de ella y así levantarla del suelo. Eso sí, aprovechó que para eso le había sujetado y tiró de ella hacia el pasillo, para luego bajar por las escaleras―. ¡Familia! ―Canturreó.

Entraron en la cocina, en donde estaban sus padres y su hermana. Oficialmente ella era su madrastra y su hermana su “media” hermana, pero para Sam todo eso era pantomimas. Se llevaba super bien con Cordelia y para ella Annie era su hermana en todos los sentidos, aunque su madre fuera diferente.

―Hola, cariño ―dijo Luca, levantando la mirada y sorprendiéndose al ver a una segunda muchacha―. ¡Ay, no me acordaba que hoy venía Gwendoline! ¡Hola! ―Saludó, sorprendido pero feliz.

―Él es mi padre: Luca ―le presentó a Gwendoline cuando su padre se acercó a darle un beso. A continuación se acercó Cordelia y Sam, como siempre, hablaba claro―. Ella es mi segunda madre: Cordelia.

Ella sonrió, pues no iba a negar que se sentía agradecida de que Sam la viese así, pues ella misma también la veía como su hija.

―Un placer, cielo. Sam nos ha hablado mucho de ti, ¿eres tú con la que pega gritos por las noches diciendo que hay lag y que todos deben morir, verdad? ―bromeó, mirando de reojo a Luca antes de reír.

―Mamá, los juegos online sacan lo peor de las personas ―dijo divertida―. ¡Y por último y no menos importante…! ―Sam ya había soltado a Gwen nada más entrar a la cocina, por lo que se acercó a Annie, que se había subido a un taburete y la cogió en brazos, la cual rió ante las cosquillas de los besos de Sam en su cuello―. ¡Mi hermanita Annie! ―Se la colocó entonces sujeta en la cadera, sujetándola con un brazo. La niña, de cuatro años, miró a Gwendoline con curiosidad y timidez―. Oh, venga, no seas tímida: dile hola. Se llama Gwendoline.

―Hola, Gwendoline ―dijo con suavidad, para entonces abrazarse al cuello de Sam.

La rubia era plenamente consciente de que Annie ahora tendría timidez, pero que sería cuestión de tiempo que apareciese en la puerta de su cuarto, fisgoneando, con curiosidad para conocer y jugar con Gwen. Eso sí, las presentaciones siempre le costaban.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Dic 19, 2019 10:40 pm

Tenía que estar de acuerdo con esa afirmación, sin dudas: el cuerpo femenino era muchísimo más bonito que el masculino, sin llegar a desmerecer a los hombres por ello. De acuerdo que era una opinión totalmente parcial, y seguramente no deberían afirmarlo tan categóricamente, pero Gwendoline opinaba igual.

Y eso que todavía no había comenzado a ver a Sam como mujer más que como amiga.

Si esto último hubiera pasado, si fuera consciente de lo que sus palabras podían desencadenar, no habría dicho las palabras que dijo a continuación.

—Y no hace falta ser una adivina o verlo directamente para saber que el tuyo es precioso. —Y le guiñó el ojo, con una sonrisa.

Si Gwendoline dijo aquello con tanta naturalidad, sin sonrojarse ni nada por el estilo, fue porque lo dijo de la manera más inocente y honesta del mundo. No estaba haciendo una broma de índole sexual, una insinuación en tono de broma, como antes, no. Lo que decía, lo decía de verdad.

Y quizás ese cumplido fuese incluso peor para la pobre Sam, pues al no ser una broma, alimentaría algo para lo que Gwendoline aún no estaba preparada.

Pero bueno, si había algo que reprocharle a la joven artista, era lo ligeramente que ponía en la mente de su amiga lesbiana ciertas imágenes. Como ejemplo, cuando le describió el proceso de hacerse un autorretrato desnuda.

Lo idiota que iba a sentirse al rememorar estas cosas cuando supiese que Sam estaba enamorada de ella…

—Gracias —le dijo con una sonrisa, satisfecha, para luego mostrarse tan modesta como solía ser—, pero prefiero que te reserves la crítica para cuando lo veas. Como detalle puedo decir que tenía mejor cuerpo que ahora. Antes de descubrir los juegos online y los doritos, estaba algo más delgada. ¡Voy a tener que ponerme en forma!

En realidad, su físico no había cambiado tanto: Gwendoline procuraba alimentarse bien, evitar los excesos y demás, y si bien alguna que otra vez se rendía al placer de los doritos y los cheetos, procuraba controlarse. Si acaso, habría ganado un par de kilos, no más.

Antes de que Gwendoline tuviese tiempo de cagarla más haciendo comentarios inapropiados a su amiga lesbiana, los padres de Sam llegaron a casa. La morena no tuvo mucho tiempo de decir nada, pues su amiga literalmente se levantó del suelo como si tuviese un resorte bajo el trasero, cogiendo su mano y arrastrándola en el proceso.

No tuvo tiempo a señalar lo nerviosa que se ponía en situaciones sociales, aunque daba bastante igual: no creía que fuese a decirle a su amiga que no tenía pensado bajar a saludar a su familia únicamente por vergüenza.

Así que hizo de tripas corazón, disimuló sus nervios lo mejor que pudo —esta versión de Gwendoline, que no había tenido que aprender a disimular, no lo hacía tan bien como su otra yo—, y les sonrió a medida que Sam se los presentaba. Saludó al señor Williams con la mano, lo mismo con Cordelia, intercambió con ellos besos de cortesía, y cuando se disponía a asegurar que era un placer conocerles, Sam le presentó a su hermana pequeña: Annie.

—¡Hola, Annie! —le respondió, enternecida por lo tímido de la muchacha. Ya le caía bien—. Es un placer conocerte. ¡Y a ustedes también! Sam me ha hablado mucho de ustedes.

«Menuda novedad, ¿eh?», pensó con sarcasmo. «Una hija que habla mucho de sus padres. Creo que te llevas el premio gordo a la estupidez, Ava.»

―No hay razón para ponerse nerviosa ―bromeó Luca, con una sonrisa.

Gwendoline, a su vez, soltó una carcajada un tanto escandalosa y… sí, nerviosa.

—¿Tanto se nota? Soy un poco negada para conocer gente y esas cosas —se excusó, sintiéndose tan avergonzada que su rostro comenzó a ruborizarse.

―¿Por qué me da la impresión de que cuando coges confianza, no hay quien te calle. ―Se notaba el tono de broma que Cordelia imprimió a sus palabras―. Para ejemplo, tenemos aquí a la soldado de artillería.

Se refería a Sam, por supuesto, y Gwendoline volvió a reír. Cuando estaba nerviosa, hacía eso mismo.

—En realidad, lo suyo es el fusil de francotirador —remarcó, de manera totalmente innecesaria.

―¡Eso lo sabía! Yo lo sabía. ―Luca Williams levantó un dedo, como si hubiese acertado la respuesta del millón de dólares en algún concurso―. En fin, ¿te quedas a cenar? Sam me ha dicho que vives en un piso compartido y que rara vez comes decentemente...


***

Gwendoline terminó aceptando la invitación del señor Williams, y cenó con la pequeña y funcional familia, al más puro estilo americano.

Por supuesto, antes de todo eso, les quedaba mucha tarde por delante, y las chicas la invirtieron en elaborar sus disfraces. Incluso tuvieron ocasión de hacer una pequeña prueba, sin maquillaje, de cómo les quedarían una vez terminados.

Cuando había visto a Sam con su atuendo de Harley Quinn, totalmente casero e improvisado, y con las dos coletas, le dedicó uno de esos silbidos seductores que se escuchaban antes en las películas y le tomó una fotografía con su teléfono móvil. Mientras se la mostraba, hizo otro de esos comentarios a los que una persona en circunstancias normales no daría mucha importancia, pero al que Sam sí le daría vueltas.

—Quiero que seas mi Harley Quinn hoy, mañana y siempre. ¡Madre mía, Sam! ¡¿Te has visto?! —Y le mostró la fotografía que acababa de tomar para que ella misma comprobara a qué se refería.

Después de probarse su propio disfraz —ambas versiones, traje y enfermera—, habían bajado a la cocina con intención de echar una mano con la cena. Ésta había resultado de lo más agradable, y la familia se había asegurado de hacerla sentir una más. En cierto modo, echó de menos a su propia familia, pero pronto se dio cuenta de que ellos jamás habían tenido una química semejante a la de los Williams.

Con la cena terminada, ya caía la noche en el exterior, y Luca Williams insistió en que Gwendoline no podía marcharse sola a pie a aquellas horas. Y por mucho que insistió en que no pasaba nada, el padre de su amiga no se dejó convencer: le dijo que la llevaría a casa en coche, y tuvo que rendirse ante el ofrecimiento.

Mientras esperaban a que Luca terminase de ayudar a su esposa en la cocina —no les permitieron echar una mano con los platos, por mucho que insistieron—, Gwendoline y Sam esperaron en el sofá del salón, comentando los disfraces tan buenos que se habían hecho aquella tarde.

—Me lo he pasado muy bien —confesó al final—.Tenemos que hacer estas cosas más a menudo, ¿no te parece?

Con Sam se sentía más a gusto que con ninguna persona, a pesar de que tuviese amigos a los que conocía desde hacía más tiempo. Ambas habían formado un fuerte vínculo, y sinceramente, a Gwendoline le gustaba estar con ella.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Dic 24, 2019 11:32 pm

El meme de «Oh, stop it, you…» fue totalmente visible en la cara ruborizada de Sam cuando Gwendoline le dijo con tanta naturalidad que su cuerpo era precioso. Era bonito que te dijeran esas cosas, pero era más bonito que te lo dijera la chica que te gusta con esa evidencia. La rubia no fue capaz de decir nada, solo sonreír como una idiota que quizás se estaba dejando empujar demasiado hacia los sentimientos que tenía por ella.

¿Mejor cuerpo que ahora? Sam también había exagerado en muchos momentos el cambio de su cuerpo, pero ahora mismo no se imaginaba a Gwendoline con un cuerpo mejor, pues sinceramente, Sam la veía perfecta. Su mente no concebía qué podía cambiar de su cuerpo como para que estuviera mejor.

―Eso habrá que verlo ―le dijo, retándola con cierta diversión―. Porque yo te veo demasiado bien. No me creo que antes estuvieras mejor de lo que estás ahora.

Sam nunca había tenido problemas con su cuerpo, pues siempre había tenido la suerte de ser delgada y tener un metabolismo muy rápido. Por norma general nunca hacía deporte, no al menos por necesidad, sino más bien por diversión: quizás iba a alguna clase de aerobic, body combat o a bailar… pero nada más. Eso de ir a correr no iba con esta Samantha. Ella, como mucho, corría por Erandel para que el gas no le llegase a matar en el PUBG.

Le había presentado a su familia cuando llegaron, siendo Annie la más tímida como siempre. Luca y Cordelia, sin embargo, eran bastantes cariñosos y echados para adelante, por lo que no eran de esos que dejasen que Gwendoline fuese presa de su propio nerviosismo o timidez, a lo que incluso la invitaron a cenar. La integraron bastante bien, aunque las dos chicas no tardaron en volver a la habitación para ponerse manos a la obra con los disfraces. Teniendo en cuenta los estudios de ambas, así como los trabajos que tenían, ese era el único día que tenían para ponerse con eso y dejarlos relativamente terminados para la fiesta de Halloween.


***

Se miró sonriente en el móvil de Gwendoline, gustándose mucho a sí misma. El comentario de Gwen, si bien esta vez no malinterpretó, sí que lo tuvo que contestar.

―Bueno, tú me has ayudado: oficialmente esta Harley Quinn es solo tuya.

Ella también se probó sus respectivos disfraces, tanto el de Joker con el traje, como el de Joker enfermera. Personalmente, a Sam le gustaba más el de el traje, pues a pesar de que fuera de hombre y le quedase un poco grande, Gwen lo había entallado por algunos lugares con un par de puntos de costura, quedándose con una forma que le quedaba muy bien. Lo único que le daba puntos extras al disfraz de enfermera era el hecho de que se le veían las piernas, pero Sam lo soportaría.

Ya se la estaba imaginando totalmente maquillada con aquello y… consideraba que iba a quedarle genial.

―No es por nada, pero estoy bastante segura de que vamos a ser los mejores disfraces de la noche ―le dijo al verla vestida con el traje―. No solo en temática, sino también en currados: ¿has visto lo bien que TE HAN QUEDADO? ―Resaltó eso último, con la broma de toda la tarde: era obvio que ahí la artista era Gwendoline y Sam le había prestado ayuda, pero aquello era obra de ella.

Después de la cena, Gwen y Sam se habían quedado en el salón, a la espera de que Luca terminase en la cocina para llevar a Gwendoline a casa. Sam había insistido en que ella misma podría llevarla, que para algo tenía el carnet, pero Luca había insistido en que mejor ir los dos, así luego Sam no volvía solita.

Por si no se notaba, Luca era muy protector. Quizás demasiado.

―Yo también ―le respondió―. ¿Te refieres a quedar en persona en vez de por internet a matar personas? Admito que tu compañía física es incluso mejor. ¿Te confieso una cosa? ―Le sonrió, medio girándose hacia ella en el sofá―. Cuando Laith nos presentó por discord pensé que eras muy guay, pero cuando fuimos a quedar por primera vez pensé que lo mismo eras una rarita en persona y que iba a ser incómodo. Ya sabes, me habías dicho que estudiabas arte, que normalmente la gente que estudia arte es un poco hippie rara… ―La miró de reojo, obviamente en broma―. ¡Y luego encima jugabas a videojuegos! Te imaginaba super friki y resulta que… sólo fuiste friki. Sin capa. ―Y entonces decidió hablar un poquito más seria―. No sé si te ha pasado, que acostumbrada a hablar con alguien por discord, a través de una pantalla, luego quedas con esa persona y se te hace raro… Pero no sé, contigo no me pasó, sino lo contrario.

―¡Sam, cariño! ―Le interrumpió un grito de su padre desde la cocina―. Vete yendo al garaje y encendiendo el coche.

―¡Vale! ―Se puso en pie, caminando en dirección a la puerta para coger las llaves.

Había una puerta interior que daba al garaje, la cual utilizaron para dar a un garaje oscuro, bastante pequeño y… algo desordenado. Era garaje, trastero y lugar para que Luca se creyese carpintero. El coche se abrió después de un sonido y un parpadeo de sus luces, a lo que Sam se sentó en el asiento del conductor para meter la llave y encender el motor y las luces, dejando todo preparado hasta que Luca llegase.

Entonces giró la cabeza para el asiento trasero, mirando a Gwen.

―Un día que tengas un sábado libre podemos ir a dar una vuelta en mi ferrari ―le dijo en broma, pues su coche era un Renault Scenic familiar de toda la vida―. Podemos ir a la montaña y así te inspiras para pintar paisajes.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Dic 27, 2019 2:32 am

Por naturaleza, Gwendoline no solía ser nada vanidosa, pero había ocasiones en que debía señalar la realidad: Sam probablemente tenía razón.

Es decir, ¿cómo no iban a ser los mejores disfraces de la fiesta? No había que olvidar que se trataba de un montón de estudiantes de veterinaria, y que aquellos disfraces habían contado con la supervisión de una estudiante de arte. Sin querer ser despectiva con los disfraces de nadie, se imaginaba un montón de momias de papel higiénico y vampiros de la tienda china.

Así que, sí, en esta ocasión se iba a permitir un poco de vanidad: serían las mejores.

—NOS han quedado —corrigió, con una sonrisa; las aportaciones de su amiga habían sido tan necesarias como las suyas—. ¡Y claro que seremos las mejores! ¿Sabes si hay algún concurso de disfraces? Porque lo vamos a ganar.

Después de cenar, el señor Williams insistió en que Gwendoline no podía marcharse sola a casa a aquellas horas; Sam sugirió que podía llevarla; como respuesta, Luca insistió en que prefería ser él el encargado, aunque Sam parecía dispuesta a acompañarles.

Mientras esperaban a que terminasen de adecentar la cocina, Gwen y Sam mantuvieron una pequeña conversación en el sofá del salón. Para entonces, la morena ya se sentía bastante más cómoda en aquel entorno, desconocido hasta aquella noche.

Ante la confesión de Sam, Gwendoline rió enérgicamente, imaginándose una versión hippie de sí misma, viajando en la parte trasera de una furgoneta pintada de colorines, fumando drogas con sus amigos igual de hippies. Definitivamente, aquella descripción no encajaba con ella para nada.

—Los artistas no somos hippies —protestó, en broma—. Somos bohemios. Ya sabes: vivimos una vida libre, hacemos lo que queremos, nos emborrachamos... —Hizo una pausa, quedándose pensativa—. No, definitivamente, no soy así. Creo que soy más una artista de nueva generación, amante de la tecnología y todo eso. De hecho, he estado pensando en hacer mis pinitos con el ordenador. Usarlo para dibujar y eso, aunque...

Estuvo a punto de decir que los instrumentos necesarios para realizar dibujos por ordenador como era debido eran carísimos, pero entonces el señor Williams interrumpió la conversación para pedir a su hija que arrancase el coche.

¿Sabéis lo que pensó Gwendoline en este momento? Que estaba a punto de subirse a uno de esos coches antiguos, de esos que se arrancan con manivela.

Después de esta exageración, pensó que en realidad estaba a punto de subirse a un trasto de treinta años que a duras penas lograba mantenerse encendido, y necesitaba calentar el motor antes de arrancar.

Menos mal que enseguida comprobó que no era así: se trataba de un monovolumen familiar, un coche sencillo pero eficiente, y Gwendoline no tardó en imaginarse a los cuatro integrantes de la familia viajando allí, de camino al centro comercial o a comer en algún sitio. Parecían la típica familia que haría esas cosas.

Una vez sentada en el asiento trasero, con Sam temporalmente al volante del coche, Gwendoline esbozó una sonrisa divertida. Antes de darse cuenta, estaba respondiendo de manera automática a la broma sobre el ferrari.

—Tú lo que quieres es ligar conmigo, ¿verdad? Me traes a tu casa, me invitas a un paseo en coche... —Bufó, divertida—. ¿Qué será lo siguiente? ¿Invitarme a las recreativas? ¿Al parque de atracciones? ¡Qué descarada!

Era evidente que estaba bromeando, pero la primera parte de su broma había sido, claramente, inapropiada. Suerte que el señor Williams no estaba allí para escucharlo.

—Sabes que no hace falta que me acompañes, ¿no? —le dijo entonces, con una sonrisa más sincera, libre de toda broma—. Me encanta tu compañía, pero literalmente en unos veinte minutos estaremos hablando por Discord. Puedo esperar.

En realidad, sus conversaciones y partidas juntas eran lo mejor de su día. No veía el momento de volver a hablar con ella, aún a pesar de que todavía estaban juntas.

—¿Sabes lo que me imaginé yo cuando Laith me dijo que eras estudiante de veterinaria? —Se le escapó una risa—. Me imaginé a una gótica siniestra con afición de abrir animales en canal, pero luego pensé que Laith no me presentaría nunca a nadie tan horrible. Pero oye, no pude evitar caer en los clichés, y me alegra haberme equivocado.

Y tanto que se alegraba. Sin embargo, aún se preguntaba cómo alguien tan dulce como ella sería capaz de afrontar el inevitable momento en que tuviese que operar a un animal, o ponerle una inyección. Supuso que lo vería como una ayuda, no como algo que hiciese daño al animal, pero había que tener lo necesario para hacer algo así.

Gwendoline se desmayaría, seguro.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Dic 29, 2019 3:04 am

Eso era cierto: la palabra que buscaba no era hippie, sino bohemio. Sin embargo, se alegraba de haberse equivocado. Gwendoline tenía un estilo para vestir especial que quizás podría considerarse algo hippie, era cierto que de vez en cuando era capaz de quedarse admirando cosas que Sam no valoraba y que en ciertas ocasiones sí que quizás era un poco bohemia, pero… no nos engañemos, era una persona normal e increíble y debía de admitir que le gustaba mucho el contraste que había entre ellas. Se parecían en muchas cosas, pero en otras cosas en lo absoluto y le encantaba aprender cosas nuevas por ella.

Después de la interrupción de Luca, Sam se puso de pie, aunque no le pasó por alto que Gwendoline se había quedado con la palabra en la boca.

―¿Aunque…? ―Le instó a seguir.

De camino al garaje le contó que el material para el arte digital era bastante caro y Sam se lo imaginaba. Con lo caro que eran los lienzos y las pinturas, no quería ni imaginarse las herramientas para poder digitalizar todo eso. La única ventaja es que al menos una tableta gráfica te da para una infinidad de proyectos, mientras que un lienzo y pinturas sólo para un cuadro.

Una vez en el coche y después de ofrecerle, inocentemente, dar una vuelta algún fin de semana que librase y estuviese libre, Gwendoline saltó con que si estaba ligando con ella. Sam sonrió, identificando que estaba de broma e intentó no tomárselo de ninguna manera extraña. Sin embargo, cuando mencionó las siguientes opciones posibles para “intentar seducirla”, Sam no se pudo callar.

―Ya te he invitado a una fiesta de Halloween, ¿no? ―Le respondió con una pequeña sonrisa, con la cabeza girada hacia atrás. Rápidamente hizo un movimiento para pasarse al asiento del acompañante, medio de lado para seguir viéndola―. Mi padre es un amor y lo sé, pero pensé que lo mismo era un poco incómodo abandonarte en el coche con él hasta tu casa. Además, ¿qué voy a hacer en lo que te espero? Has sido una buena invitada y me has ayudado a recogerlo todo antes de irte. Eternamente agradecida ―le dijo, en una copia a los aliens de Toy Story.

Sam tenía muchos amigos, aunque por desgracia se había separado de ellos bastante por la universidad, pero siempre recordaba a sus amigas, yendo a su casa, destrozándole la habitación con todo tirado y luego yéndose sin ayudarles a recoger. Que sí, que tenían solo doce años por aquel entonces… ¡Pero luego le tocaba a la Sam de doce años recoger todo eso ella sola! ¡Rencoooor!

―¿Una gótica que…? ―Rió, apoyándose en el asiento para mirar hacia atrás divertida un poco más de cerca. Sus ojos se tornaron risueños―. ¡Pero si no soy nada así!

De hecho, era exactamente lo opuesto a gótica. No había más que ver su pelo rubio, sus ojos azules y su habitual forma de vestir. ¡O incluso la música que escuchaba! ¿Y sobre abrirle el canal a los animales? Lo que peor llevaba Sam de su carrera eran las operaciones, sin duda, pero le gustaba pensar que era la manera de ayudar a los animales.

―Yo tampoco querría de amiga a una veterinaria a la que le encanta abrirle el canal a los animales, ¿eh? Seguro que pensaste eso por mi euforia matando personas en el PUBG, ¿verdad? Ya que en la vida real no puedo satisfacer mi ansia matando humanos, pues al menos voy a por los animales. ―Estaba de broma y se le notaba de lejos―. Si casi trato mejor a los animales que a los humanos. Hay humanos de alma muy fea ―arrugó la nariz.

―¡Estoy! ―Declaró entonces Luca, entrando al garaje.

Entró por la puerta del conductor, colocándose el cinturón de seguridad y dándole al botoncito del mando para que la puerta del garaje se fuese abriendo.

―Vas a tener que guiarme, Gwendoline ―le dijo Luca, colocando el retrovisor central, el cual estaba ligeramente roto y siempre se movía―. Sé la zona, pero aquello es un poco caótico para ir en coche. ―La puerta del garaje se abrió y entonces metió primera para salir―. ¿Sabes? Yo también pertenezco al mundo de las artes: de joven tocaba el piano…

―De hecho lo sigue tocando: en Navidad se planta frente al piano con la familia y no para hasta convencerlos a todos de cantar villancicos ―añadió Sam, a lo que recibió una mirada de Luca.

―Eso es secreto familiar, cariño.

―Sabes que no ―dijo divertida―. E intentó que yo fuese música, pero le salió una hija cero virtuosa.

―Ahora lo estoy intentando con Annie, pero me da que va por el mismo camino ―dijo Luca resignado.

―Ella al menos es tu corista en los villancicos navideños. ―Sam se giró, divertida―. Yo huía desde que tenía oportunidad y me escondía detrás del árbol antes de que me pusiera la pandereta en la mano.

―Y desde entonces sé que me odia… ―dijo, victimista, recibiendo un golpe en el hombro de Sam.

―¡Sabes que no te odio! Si no me hubiera ido a vivir con mamá.

―Es verdad. Tanto no debiste de odiar la pandereta, entonces ―respondió divertido.


***
31 de octubre del 2019 ― 22:13 horas
Casa terrera de Steven York, compañero de Samantha Williams
Disfraz: Harley Quinn

Pese a que le había dicho a su padre que no hacía falta que la llevase, había insistido. Luca había recogido a Gwendoline disfrazada de Joker y las había llevado a la finca de Steven York, bastante alejada de la ciudad. Sam había llevado dinero de sobra para coger un taxi de vuelta a la ciudad cuando ya quisieran volverse, por lo que su padre le había dejado tranquilo en la fiesta. Era un hombre muy sobreprotector y no le costaba nada dejar a su hija y a su amiga en la fiesta y asegurarse de que llegaban bien.

―Adiós papá.

―No bebas mucho ―le “ordenó” siendo consciente de que tenía cero potestad en esa decisión.

―No te preocupes ―le respondió divertida, con una mirada que Luca interpretó debidamente como que iba a beberse hasta el agua de los jarrones, que para eso había pagado―. Nos vemos mañana.

―Vale, cuídense mutuamente. Nos vemos. ―Y tras cerrar la ventana del coche, se fue de allí.

Sam iba disfrazada con todo lo que ellas mismas habían confeccionado, se había hecho las dos coletas y se había pintado cada una de un color diferente. Además, se había pegado su larguísimo cuarto de hora maquillándose para estar guapa y sexy, con unos ojos con maquillaje oscuro y unos labios de color rojo. Evidentemente su intención era llamar la atención de Gwendoline, la única chica de la fiesta que le interesaba.

Bueno, pese a que esa fuese su intención prioritaria, también era cierto que su ex iba a estar en la fiesta y teniendo en cuenta lo feo que terminó eso, le gustaba mostrarse poderosa frente a ella.

Ahora se encontraban en un camino de piedras, a unos veinte metros de la entrada principal. El tiempo estaba frío, el cielo nublado y parecía que iba a llover, pero por ahora lo único que ambas notaban era como la humedad de la noche les iba calando. Habían quedado a las nueve y media para empezar la fiesta, por lo que no llegaban TAN tarde.

―Sé que no vas a conocer a nadie pero… son simpáticos. Tranquila que ninguno de los de ahí dentro es un gótico siniestro con afición de abrir animales en canal ―le dijo en referencia a su primera impresión sobre ella―. Ya te iré diciendo quién es…

―¡Woooooooow, Samantha! ―Ese era Steven, que iba vestido de zombie boy, con toda la cara maquillada de calavera negra―. ¡Cómo te lo has currado, casi no te reconozco! ―Se acercó a ella con confianza pero no le dio beso ni abrazo para no mancharle con su maquillaje.

―Gwen, él es..

―¡Steven, señorita! ―Se presentó él mismo―. Esta es mi casa y, por esta noche, la comparto con vosotras. Sentiros cómodas y sabéis que si al final de la noche estáis borrachas, os podéis quedar en algún recoveco de la casa que encontréis. Mi habitación no, ¿eh? Esa es sagrada para mí y el futuro Steven resacoso y no la comparto con nadie ―dijo divertido―. Id entrando, prácticamente han llegado todos. Yo iba al cobertizo a coger el hielo.

―Qué dicharachero, ¿cuánto has bebido ya?

―¡Yo llevo aquí vistiéndome y maquillándome con un cubata en la mano desde las tres, amiga! ―Le gritó mientras se iba de espaldas hacia el cobertizo.

Sam, que tenía frío, puso amistosamente la mano en la espalda de Gwen para ambas entrar en la casa. Ya la rubia le haría un resumen de todos en algún momento de la fiesta, pero ahora tocaban las presentaciones.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Dic 30, 2019 3:13 pm

Demostró el agradecimiento que sentía con una sonrisa: era agradable que la gente tuviera en consideración lo difícil que se le hacía socializar en “terreno desconocido”, por así decirlo.

Sin embargo, durante la cena había conseguido soltarse un poco, y ganar al menos un poquito de confianza con la familia de Sam. Todos ellos habían puesto su mejor esfuerzo a la hora de hacerla sentir cómoda, una más, así que no creía que fuese a ser incómodo un pequeño trayecto en coche con el señor Williams.

Aquello la llevó a preguntarse si, de ser al contrario y ser Sam quien visitaba su casa, la acogida por parte de su progenitor sería igual de cálida. Seguramente, no.

—Está bien, me has convencido: si te quedas, eres capaz de sucumbir a la tentación de empezar a jugar tú sola. ¡Y eso no puedo permitirlo! —Y no porque Sam fuese mala, ni mucho menos; el problema estaba en que, dependiendo del juego, Gwendoline acabaría quedándose muy atrás en cuanto a nivel.

Cuando de intercambiar primeras impresiones sobre la otra trató el tema, Gwendoline no pudo evitar mencionar cómo se había imaginado a Sam antes de conocerla. Y es que, antes de saber cómo era, la morena tenía una opinión bastante sesgada acerca de los profesionales de la salud, tanto de humanos como de animales.

En una ocasión, su compañero de piso, Max, había mencionado que iba a salir con una estudiante de medicina que planeaba especializarse en odontología, y Gwendoline le había recomendado no confiar en alguien que dedicaba su vida a mirar dentro de las bocas de la gente. Sus palabras exactas habían sido: «Hace falta una clase especial de sadismo para escoger esa profesión. Seguro que es una dominatrix o algo así.»

La última parte había sido broma; la primera, una manifestación sincera de sus temores.

Con respecto a Sam… de acuerdo, se había equivocado totalmente: solo había que verla para notar que no tenía nada de gótica ni de sádica. Era una buena chica, de los pies a la cabeza, y seguramente ni siquiera tenía un ápice de rebeldía dentro.

—Estoy de acuerdo con esa afirmación —respondió Gwendoline con respecto al “alma fea” de ciertas personas, después de reír con ella ante la extraña ocurrencia de la Sam gótica—. Si quieres ver a unos cuantos, pásate por mi clase a primera hora de la mañana de un lunes: sé que hay gente que tiene el ego por las nubes, pero es que los lunes por la mañana, esa gente de ego subido es todavía más insufrible.

Entonces llegó el señor Williams, dispuesto a ponerse al volante del coche. Gwendoline aprovechó este momento para acomodarse mejor en el asiento trasero y ponerse el cinturón de seguridad. En Estados Unidos era frecuente que algunas personas condujeran y viajaran en coches sin cinturón de seguridad, pero ella jamás prescindía de él.

¿Molestaba tanto ponérselo, acaso? Nunca entendería a esa gente que no se lo ponía.

—No tiene pérdida, en realidad —respondió Gwendoline, que a pesar de todo permanecería atenta a la carretera, por si acaso el señor Jones se saltaba su parada.

Le pareció curioso que el señor Williams fuese músico, o lo hubiese sido, así como le pareció entrañable el detalle de que, cada Navidad, se pusiese delante del piano para tocar y cantar. También le pareció entrañable que hubiese intentado inculcarle el gusto por la música a sus hijas.

No le gustó, en cambio, la mención a la madre de Sam, y no porque la hubiesen mencionado de manera desagradable ni mucho menos: simplemente, no sabía qué decir al respecto. Ambos parecían cómodos con la situación, pero ella prefirió no meterse en el tema.

—Mi padre es escritor —comentó de repente, casi sin venir a cuento—. O lo intenta, al menos. Si le preguntas y no tienes confianza con él, te dirá que ha cumplido todas sus expectativas de vida; si le preguntas en confianza, seguramente reconozca que no ha llegado donde le gustaría llegar. —Se encogió de hombros, dándose cuenta de que la historia que había contado estaba totalmente fuera de contexto—. Intentó inculcarme a mí su pasión por las letras, y por sus novelas policiacas de corte político, pero pronto quedó claro que no era lo mío. Lo mío es más plasmarlo todo en imágenes.

Después de aquella “explicación”, todavía se sentía un poco fuera de lugar. Allí quedó patente lo mal que se le daba socializar en entornos en que no se sentía cómoda.


***
Jueves 31 de octubre, 2019 - 22:13 horas
Casa terrera de Steven York, compañero de Samantha Williams
Disfraz: Joker

Cuando llegó el día de la famosa fiesta de Halloween —que tendría ciertas “consecuencias” en la relación entre Gwendoline y Samantha—, ambas chicas llegaron gracias a Luca Williams, que insistió en llevarlas. No tardaron demasiado en llegar, y después de unos cuantos consejos bienintencionados de padre, se despidió de ellas y las dejó para que se divirtiesen.

Gwendoline había optado por la opción del traje. Como su pelo era demasiado largo para interpretar al Joker, se lo había recogido en un moño bien prieto y se había puesto una peluca que había comprado a través de Amazon, y la había pintado de verde. El maquillaje le había costado un poco más, pero había conseguido no sólo emular las arrugas del personaje interpretado por Ledger, sino también las cicatrices en las mejillas que, a su vez, emulaban una falsa sonrisa.

El resultado general era bastante creíble, pero… ¿alguien se había fijado en esa Harley Quinn? No sólo era más alta que ella, sino que encima… Bueno, simplemente, su atractivo era innegable. No le sorprendería que ligase en aquella fiesta.

Antes de que Sam fuese capaz de presentarle a nadie, o incluso de terminar su pequeña introducción acerca de la fiesta, fueron sorprendidas por un zombie. Gwendoline dio un respingo al escucharlo, lo cual le confirió un aspecto ridículamente cómico: un Joker que se sorprendía al ver un zombie… ¡Debería estar riendo!

El zombie en cuestión resultó ser su anfitrión, Steven York, quien se presentó de manera animada. Tan animado estaba que Gwendoline solo pudo saludarlo con la mano y con una sonrisa antes de que se marchase en dirección al cobertizo, asegurando que ya llevaba maquillado y bebido unas cuantas horas.

—Veo que tu amigo disfruta las fiestas a tope —mencionó, todavía sonriendo con aire jovial, una forma de ser que no pegaba en absoluto con el Joker—. ¿Qué hacemos primero? Supongo que lo suyo será buscar la cocina, o donde sea que sirven las copas, y empezar a ponernos a tono, ¿no?

Mientras hablaban, caminaron en dirección a la puerta principal —que cabía suponer que estaría abierta, como ocurría en aquel tipo de fiestas—, y Gwendoline no fue capaz de contenerse más. Echó un vistazo a Sam de arriba abajo, para luego mirarla a los ojos.

—Ya sé que ya te había visto con el disfraz puesto, pero hoy estás incluso más atractiva con él. Supongo que es cosa del maquillaje, verlo completo y eso —comentó, sin pasar por alto el cuidado que había puesto en el maquillaje facial, con una base blanca para toda la cara, unos labios rojos intensos, y el contorno de los ojos totalmente negro.

Se fijó en que resaltar tanto el contorno de los ojos también parecía intensificar el azul de éstos. Tuvo que reconocer que estaba guapísima.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ene 04, 2020 2:19 am

―Sí. ―Sonrió de medio lado―. Siempre que lo veo en una fiesta, aunque yo llegue primero, él ya está borracho. Creo que hizo un pacto con el diablo para no perder el hígado antes de los treinta. ―La contestación le salió, divertida, desde lo más profundo, viendo cómo York se iba de camino al cobertizo con su maquillaje tan bien currado. Sam volvió a prestar atención a Gwen, asintiendo―: Seguro que todos estarán en la cocina haciendo lo mismo, así que hacemos las formalidades rápido y luego empezamos a beber. Tú no te preocupes si no te acuerdas de los nombres: te los puedo chivar todas las veces que quieras al oído y tú haces como si tuvieras una mente privilegiada.

Caminaron juntas hasta la puerta, la cual se veía que tenía un peso entre la puerta y el marco para que no se cerrase. Sin embargo, antes de poder entrar al interior, Gwendoline le dijo unas palabras que Sam acogió con mucho interés y… quizás dándole una importancia que realmente no tenían. ¿Pero cómo iba a ser capaz de no hacerse ilusiones si la miraba de aquella manera y luego le decía que la veía atractiva?

Decidió ser valiente y no cortarse por la timidez. Le gustaba Gwen, ¿y qué? Ya era hora de que se lo fuese diciendo o, al menos, dejándoselo caer, ¿no?

―Me he puesto guapa para mi Joker ―le respondió como si fuera una confidencia―. Ya sabes, Harley siempre intenta impresionar a Joker.

Empujó entonces la puerta de la entrada, dejando que Gwendoline pasase primero. No quitó el peso de la puerta, pues supuso que lo había puesto Steven al ir al cobertizo, pues la música estaba lo suficientemente alta como para que no se escuchase.

Interior casa:
[IF] What if we had a regular life? {Gwendoline&Samantha} - Página 2 Slideshow_thumb_salon-cocina

El interior de la casa era amplio, con un pequeño salón unido a la cocina. Todo el mundo se encontraba en la barra de la cocina, por lo que saludaron desde allí. Fue Sam la primera en saludar ―evidentemente― con la mano, para entonces dejar sus abrigos en la entrada y llegar hasta allí.

Al fondo había una puerta, la cual daba a un jardín trasero cubierto, en donde habían bancos, plantas y una mesa con varias sillas. Sin embargo, ni Joker ni Harley llegaron tan lejos.

―¡Hola a todos! ―Saludó Sam.

A ver, en total eran nueve personas. Era una fiesta de amigos de la carrera de veterinaria, por lo que no estaba toda la carrera, ni tampoco eran tres simples amigos. Sin contar Steven, Sam y Miriam ―una chica que no pudo asistir―, en aquella cocina habían nueve personas que ahora mismo tenía que presentar. Sam fue práctica: fue señalando a cada uno de sus amigos a medida que los nombraba.

A groso modo estaría: Paul y Christine, la pareja que se había conocido en la universidad y llevaban cuatro años juntos, los cuáles iban vestidos de la novia cadáver y Víctor; Erika, una chica regordeta que sin duda era con la que más te reías de toda la fiesta, que iba de monja; Mihal, un checo que que parecía modelo y que estaba coladito por Erika, que iba de margarita; Marie y Lara, unas gemelas que solo podías diferenciar por el color de gafas, pues todo en ellas era idéntico, que iban de brujas; Marcus, un nerd con el que se llevaba muy bien Sam y podría decirse que su mejor amistad masculina de la universidad, el cual iba de Morfeo; Lucy, su mejor amistad femenina de la universidad que iba de unicornio y, por último, Natalie, su ex, que iba de vampiresa sexy.

Todos allí ―a excepción de Gwen― sabían que Sam y Natalie habían estado casi un año juntas y lo habían dejado, pero por suerte y a pesar de que la cosa no terminó del todo bien, Sam había decidido hacer un esfuerzo en poder estar en el mismo lugar con ella, sólo por el bien de las amistades que compartían. Podía hablar con ella perfectamente sin resentimientos, al menos ahora.

Sam estaba tan estresada en ese momento presentando que no se fijó que precisamente Natalie la miró de arriba abajo. La verdad es que la rubia ahora mismo estaba muy ocupada presentándole a sus amigos a su crush. La emoción.

― ...Así que, todos ustedes: ella es Gwen. ―La presentó.

―¡Bieeen! ¡Al fin un no veterinario que se acopla a la fiesta como yo! ―Chilló con diversión Lara, la gemela que no estudiaba veterinaria, sino derecho. Era lo único en lo que se diferenciaban―. ¡Es mi nueva amiga: no os acerquéis! ―Amenazó al resto, en broma.

Lara se acercó a Gwen y Sam, al ver que era una compañía, decidió saludar más “amorosamente” a sus mejores amigos de la universidad: Marcus y Lucy. Eran como el trío. Con Marcus no había hablado de Gwendoline, pero Lucy sí que sabía quién era, sobre todo porque Sam y Lucy compartían prácticas en el mismo lugar en a tomar por culo y, por tanto, tenían en varias ocasiones el mismo horario y compartían muchas horas de trayecto.

Ya después de tanta expectación, Lara volvió a su sitio pues estaba comiendo y Sam tiró de Gwen, presentándole a Marcus y Lucy más formalmente. Sin embargo, antes de que empezaran a hablar largo y tendido, Sam hizo la pregunta más importante de la noche:

―¿Qué quieres beber? Te voy haciendo la copa. ―Se iba a ser la suya, por lo que aprovechaba y hacía la de ambas.

Sam ahora mismo no tenía hambre ―y tenía la norma de que si se bebe, no se come―, pero sabía que tarde o temprano terminaría picando como la cerdi que era. Así que cuando Harley se fue a hacer las copas a, literalmente, un metro de ellos tres, Marcus habló:

―Entonces tú eres quién me ha robado a mi amiga ―le dijo divertido, subiéndose las gafas.

―¡Serás dramaking! ―Se quejó una Sam al fondo.

―Antes jugaba conmigo al Minecraft y luego vino ese tal Laith, la metió en la droga de los videojuegos online y… ¡ahora vas tú y la retienes! ―Se rió―. No la voy a recuperar nunca.

Lucy señaló a Marcus:

―Se queja porque él es malísimo jugando a esos juegos de disparar y no puede integrarse en el grupo ―admitió Lucy, recibiendo una mirada reprobatoria de Marcus―. Yo no juego a nada, pero lo he visto. ―Fingió decir algo en secreto solo a Gwen, cuando era evidente que quería que lo viera Marcus―: DESASTROSO.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Ene 07, 2020 9:55 pm

La imagen de alguien que, nada más comenzar una fiesta, ya estaba borracho, se le escapaba. Teniendo en cuenta que lo de que Sam la había “sacado de la cueva” para aquella fiesta era prácticamente algo literal, no podía decirse que Gwendoline fuese una experta a la hora de beber. Que bebía, igual que toda universitaria mínimamente normal, pero no tan a menudo como cabría esperarse. Así que no podía comulgar con gente que estaba borracha incluso antes de empezar la fiesta.

Eso sí, lo respetaba. Cada quien debía vivir la vida como le apeteciese.

—Es altamente probable que no recuerde los nombres de todas las personas que supongo que habrá aquí, pero no pasa nada: como soy muy observadora, me quedaré con detalles de ellos, y cuando me hables de uno, te preguntaré si era tal chico con la gorra de los Bulls, o tal chica con media cabeza rapada. —Curioso que se considerase observadora, teniendo en cuenta que no veía lo que tenía a dos palmos de ella, literalmente—. Todo controlado.

Como para indicar que, en efecto, todo estaba controlado, levantó el pulgar de la mano izquierda, componiendo una sonrisa en su rostro maquillado. El efecto fue un tanto grotesco: no olvidemos que en aquellos momentos era una versión femenina del difunto Heath Ledger en El Caballero Oscuro, con sus ojos pintados de negro, el rostro blanco, y una sensación general de que dicho maquillaje había sido colocado allí con la escopeta maquilladora de Homer Simpson.

Seguro que transmitía más inquietud que confianza.

De camino a la casa, Gwendoline tuvo que señalar lo atractivo de Sam, y lo bien que le sentaba el disfraz. Ni siquiera ella —que en ese momento todavía era considerada “la Gwen asexual”— pudo pasar por alto tanta belleza.

La respuesta de Sam, en cambio, la tomó un poco desprevenida, y simplemente pudo responder con una sonrisa. Y como no sabía muy bien cómo reaccionar, simplemente le dedicó otra de esas sonrisas, inquietantes a causa de lo fiel que era su disfraz al original. ¿Y cómo podría haberlo rematado? Con una horrible imitación del Joker.

—Tu Joker está complacido, Harley —declaró con una voz aguda que pretendía imitar a la de Mark Hamill —sí, en ese universo, el pobre Mark Hamill también había quedado relegado al mundo del doblaje, siendo el eterno Joker en mil y un medios—, seguida de una risa que no resultó tan bien como pretendía—. Este Joker no es el más convincente del mundo. —Esto lo dijo con su voz normal, encogiéndose de hombros con resignación.


***

Después de una breve ronda de presentaciones —durante la cual Gwendoline únicamente se había quedado con el nombre de Lara y, a pesar de todo, se refería a ella como “la abogada”, aún a pesar de lo inexacto de aquella manera de definirla—, ambas chicas pasaron a disfrutar de la fiesta integradas en aquel pequeño grupo de amigos. Todo empezó con conversaciones calmadas y alguna que otra bebida, y desembocó en lo habitual en las fiestas estadounidenses: música, baile, alcohol, desenfreno…

Ellas todavía no se habían contagiado del todo del desenfreno que las envolvía, pero Gwendoline ya llevaba encima un puntillo en que reía ante cualquier sugerencia mínimamente graciosa. Es decir: estaba borracha, y le faltaban apenas un par de copas para ponerse a bailar sobre las mesas.

En ese punto, el grupo ya se había disuelto en una masa de gente que, como suele suceder en toda fiesta estadounidense que se precie, se llenó de gente. Lo típico: amigos de amigos a los que otros amigos habían llamado.

Gwendoline, que no quería separarse de Sam aún a pesar de la ofrenda de amistad de Lara, se reía de algún comentario ingenioso que le había hecho su amiga —quizás algo científico que sólo ella, como veterinaria, entendía—, para luego llevarse su bebida a los labios y beber un poco más, casi hasta vaciarla.

—Eso es gracioso, aunque no lo entiendo —declaró con toda sinceridad, la sinceridad propia de una borracha—. Por cierto, no me contaste que antes jugabas a Minecraft. Una vez lo intenté, y lo único que conseguí fue un montón de piedra, algo de comida, y que uno de esos bichos verdes me hiciese explotar. Luego busqué a ese bicho verde para vengarme, y volví a morir. Lo consideré una señal para no seguir jugando...

Menos mal que había jugado de prestado, en el ordenador de Max, y no había tenido que comprarse el juego. Eso sí: el pobre Max había bajado un porrón de niveles por su culpa. No se lo tuvo en cuenta, por suerte, pero sí le había preguntado cómo era posible que fuese tan manca. ¿Su respuesta? Que nadie la había avisado de que aquellas cosas, que podías encontrarte en tu misma casa, tenían por costumbre explotar.

A lo de la venganza, no había tenido explicación más allá de… bueno, eso: la venganza.

—Tus amigos son simpáticos —dijo de sopetón, sosteniendo la copa en una mano un tanto oscilante—. He llegado a la conclusión de que tienes razón y que no son para nada góticos sanos. ¡Casi parecen personas normales, como yo!

Y ante esta declaración, se partió de risa: cuando pensaba en alguien normal, no se imaginaba a sí misma, precisamente. Y a consecuencia de sus carcajadas, tuvo tan mala suerte que sacudió demasiado la mano, y el líquido que contenía el vaso —más del que había pensado que contenía— abandonó el contenedor original y terminó cayéndole por encima.

Más concretamente, empapó toda la pechera de la camisa y parte de las solapas de la chaqueta. Y el líquido, otra cosa no, pero parecía tener la facultad de doblar su volumen en cuanto abandonaba el vaso que lo contenía: se extendió formando una mancha enorme y, para colmo, fría como el mismo hielo.

—¡Auch! ¡Frío, frío, frío! —protestó, pegando saltitos—. ¡Sam, me he mojado! —añadió, como una niña pequeña, una imagen que poco tenía que ver con el Joker. Encima, remarcaba lo evidente, lo que saltaba a la vista.

Y menos mal que la camisa escogida era verde, pues de haber sido blanca, muy posiblemente Sam estaría viendo más de lo que era sano para ella, teniendo en cuenta sus sentimientos y su condición sexual.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Lun Ene 13, 2020 12:25 am

Si bien al principio la fiesta había comenzado casi con el grupo básico de veterinaria, a medida que pasaba el tiempo se fue animando con los típicos «amigos de» que, a falta de una mejor opción en ese treinta y uno de octubre, habían optado por acoplarse a la fiesta que había organizado York. La verdad es que en el inicio todos cabían perfectamente en el interior de la casa, pero desde que empezaron a venir cada vez más gente, Steven había abierto la puerta hacia la terraza exterior. Había una piscina, pero nadie en su sano juicio se bañaría en un día tan frío como era ese. De hecho, todos se encontraban en la terraza techada, jugando a juegos de cartas, riéndose y bailando.

Sam y Gwen se habían pasado toda la fiesta juntas, pues si bien la primera la había invitado para pasar tiempo con ella, la segunda al no conocer a mucha gente pues se había aferrado a su única conocida. Mayormente habían pasado tiempo con Lucy y Marcus, casi en su mayoría hablando con anécdotas muy divertidas, aunque sí era cierto que Sam, de vez en cuando ―bien para preparar una bebida o bien para alguna otra cosa― se separaba momentáneamente y se unía a algún que otro grupo.

En cierta ocasión, cuando había vuelto a la cocina para hacer de nuevo un par de copas para ellas, Natalie la había “abordado”, manteniendo una conversación bastante cordial en la cocina. En ese momento Lucy, que no soportaba a Natalie pero lo ocultaba muy bien normalmente, puso cara de asco y miró a Marcus con cara de «ya estamos otra vez», sin poder ocultar muy bien en esa ocasión sus pensamientos debido a la cantidad de vodka que ya tenía encima.

―Debo admitir que a medida que pasa el tiempo, entiendo por qué te cae tan mal ―dijo Marcus, mirando a Natalie con obviedad.

―¡GRACIAS! ―exclamó Lucy, como si fuera una especie de alivio que alguien le dijera eso por fin. Realmente la muchacha no había tenido nunca un problema personal con Natalie, pero desde que le había hecho lo que le hizo a Sam, no podía evitar verla como una hipócrita―. Después de cómo ha venido Sam hoy vestida, no me extraña que a Natalie se le caiga la baba ―dijo, con un punto travieso y orgulloso, para entonces darse cuenta de un detalle y dejar de lado el tema de Natalie; miró a Gwendoline antes de continuar―: Me dijo Sam que quedaron para hacer el disfraz y que por mucho que tú fueras muy buena para reconocer el mérito que te mereces, prácticamente todo fue obra tuya, ¿eh? Sam está espectacular, pero tú… ―La miró de arriba abajo, en una ojeada totalmente profesional y afirmativa―. Te juro que te veo y creo que es uno de los mejores cosplays de Joker femenino que he visto, mis felicitaciones, artista.

―Y el maquillaje ―añadió Marcus―. El maquillaje te ha quedado chulísimo. ―Alzó la copa en señal de brindar por su gran obra visual.

Al rato volvió Sam con las copas, cambiando por completo de tema. Marcus y Lucy eran los típicos cotillas que ponían verde al ex de su amiga en solitario, pero como Sam era demasiado buena persona como para criticar a Natalie o insultarla ―al menos si no estaba DEMASIADO BORRACHA―, pues se abstenían de hacer comentario con ella delante y así todo era más sano y tranquilo.

Comenzaron a hablar de anécdotas durante los años en veterinaria, hasta que Gwendoline sacó en la conversación de nuevo el Minecraft. La experiencia de la morena con ese juego hizo que Marcus y Sam ―que conocían la referencia del Creeper― se rieran abiertamente, mientras que Lucy se sentía, como siempre que hablaban de esas cosas, perdida con el mundo. En ese momento le dio igual y ella siguió el rollo, riéndose porque jaja. Si no entendía algo lo mejor era reír y asentir hasta que volviese una conversación que entendiese.

―Entre eso y los sustos que me pegaba por la noche cuando me atacaban los dichosos zombies, tenía claro que ese no era mi estilo de juego. Además, lo que más me gustaba era explotar mi vena de diseño de interiores haciendo casas muy molonas, pero para eso tengo los Sims ―argumentó Sam, mirando de reojo a Marcus.

―No sabes nada, Sam Williams. Un día tengo que enseñarte una de mis obras arquitectónicas en el Minecraft para que flipes pepinillos con todo lo que se puede hacer ahí ―le contestó con cierto “pique”, tomándose personal el hecho de que a Sam no le gustase ya el Minecraft.

―Yo te enseñaré la Villa Williams en Monte Vista ―le siguió el juego, hablando de su ciudad favorita en los Sims.

En ese momento Gwendoline, supongo que motivada por la conversación tan jovial, fue cuando admitió que los amigos de Sam eran simpáticos, sacando a relucir de nuevo la comparación de los góticos, haciendo que la rubia riese. Antes de poder decir nada, sin embargo, la morena ―de manera totalmente incomprensible para el ojo ebrio de un humano― se tiró la copa por encima, empapándose de un líquido frío.

Debía de admitir que el primer impulso de Sam fue reír porque… había sido tan divertido verlo como luego vivir la reacción de la morena, pero cuando le informó de que se había mojado, con ese tono de niña pequeña, la rubia entró en «modo mami», en busca de una solución. Miró para ambos lados, viendo a Lucy y Marcus riéndose y, un poquito más lejos, a Steven atento a ellas debido a que había visto la desgracia.

―En el baño hay un secador ―les informó.

Sam alzó su mano libre, mostrando el dedo gordo como respuesta afirmativa, antes de mirar a Gwendoline, sujetar su mano libre de vaso semi-vacío y llevarla hasta el baño en esa misma planta, en una puerta que estaba prácticamente a la vista de todo el salón. La rubia guió a la morena hasta el interior, soltó su mano y encendió la luz, quedándose en el marco de la puerta. No tenía intención de entrar para dejarle intimidad, pero tampoco la iba a dejar ahí sola ante el peligro.

Con la luz encendida del baño, mucho más fuerte, se dio cuenta de que se había mojado más de lo que había parecido en un principio.

―Pensé que con un poquito de secador se podría secar pero es que la camiseta está hasta un poco chorreando. ―Casi nada, en realidad, pero se podía ver perfectamente como la tela se le pegaba a la piel, haciendo hasta la forma del ombligo―. Casi mejor que te la quites y la escurras antes de empezar a secarla. ¿Necesitas ayuda? ¿Te traigo algo? Bueno, ¿a donde me voy a ir? Compartimos mi copa hasta que salgamos. ―Sam entró al interior y puso su copa sobre el lavamanos, antes de subir las manos dándole a entender a Gwen que se diera la vuelta para quitarle la chaqueta―. Voy secando esto.

Había dejado la puerta abierta, pues la verdad es que estaba ya bastante piripi y no es que tuviera en cuenta todos los factores. No había caído en dos cosas: en que si se quitaba la camisa había que cerrar la puerta y que... ella iba a estar dentro con ella.
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