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Among Gods And Monsters {Felix&Mina}

Wilhelmina Harlow el Mar Oct 22, 2019 3:25 am

Among Gods And Monsters {Felix&Mina} BK0uTEW
Martes 29 de octubre, 2019 || Ministerio de Magia, Londres || 8:53 horas || Atuendo

Londres había cambiado.

Mina no sabría decir si el cambio había sido para mejor, pero no por primera vez —ni por última, estaba segura—, se encontraba aquel pensamiento paseándose por su mente, casi como si estuviera dotado de vida propia.

Ciento cincuenta y ocho años daban para mucho, y una no era realmente consciente de ello hasta que se veía obligada a vivirlos: aquella ciudad en que había nacido, vivido y muerto había evolucionado, o eso decían. La vampiresa no lo tenía tan claro, pues aquella nueva sociedad más parecía una involución que otra cosa.

Con todo, se maravillaba de su propia capacidad de adaptación: los tiempos habían cambiado, y si bien había mantenido una gran parte de sus antiguas costumbres más vivas que ella misma, había sabido cambiar con ellos. Aún así, sabía que jamás se acostumbraría del todo a aquel demencial milenio.

⋆⋆⋆

Había abandonado la mansión cuando todavía era de noche, y afortunadamente para Mina, se le presentaba un día nublado y lluvioso. Había aprendido a amar aquellos días, los únicos en que se podía permitir dar un breve paseo a la luz del día, sin miedo a terminar reducida a un montón de cenizas.

Un taxi —que había pedido por medio de su teléfono móvil, uno más de esos trastos modernos que apenas comprendía pero necesitaba— la esperaba con el motor al ralentí, estacionado junto a la acera. Su conductor, un extranjero de piel morena y poblado bigote, fumaba un cigarrillo con el brazo derecho descolgado de la ventanilla abierta.

Se acercó a la ventanilla a darle las indicaciones, y entonces se subió a la parte trasera. Podría haber escogido la delantera, lugar en que su naturaleza vampírica sería más difícil de revelar dado que el conductor no tendría que mirar al espejo retrovisor para hablar con ella, pero finalmente optó por sentarse atrás. Manías suyas.

Durante el trayecto, efectivamente, el hombre mantuvo con ella una charla banal y alguna que otra vez lo vio mirar el espejo retrovisor, para luego volver la vista por encima del hombro y cerciorarse de que allí seguía. Ella se mantuvo educada en todo momento, fingiendo no darse cuenta de lo que sucedía.

Cuando sus caminos se separaron, estaba segura, el hombre no sólo se llevaba el dinero de la carrera, si no una historia curiosa que contar.

Amparada por un sombrero negro, unas gafas de sol, y un paraguas igual de negro que la protegía más del sol que de la lluvia, Wilhelmina Harlow se dirigió a la entrada más cercana al Ministerio de Magia, que resultó ser una de esas cabinas telefónicas rojas tan características del Londres moderno.

⋆⋆⋆

A Mina no le gustaban demasiado los magos, igual que a cualquier criatura como ella que estimase en lo más mínimo su pellejo. Además, una vampiresa de su edad había tenido ocasión de ser perseguida por magos —aunque estos fuesen americanos—, y sabía que debía evitarlos.

Sin embargo, los asuntos que la llevaban allí la obligaban, forzosamente, a tratar con ellos.

En sí, estos trámites no entrañaron demasiada dificultad, ni requirieron demasiado tiempo: se trataba de legalizar una serie de permisos, que le darían por fin la oportunidad de reconvertir la vieja mansión que habitaba en un museo donde exponer la colección de Percival. Había tenido que presentar un inventario de los objetos mágicos que tenía en su poder, lo cual no le había hecho demasiada gracia, además de rellenar una serie de impresos.

Todo ello estaba terminado antes de las nueve de la mañana, y por eso se dirigía en aquel momento a la salida. Pretendía abandonar el edificio lo antes posible: si las nubes decidían abrirle un hueco al sol, se metería en un grave problema.

Estaba segura de que, dada su relación actual con el Ministerio de Magia y el hecho de que intentaba hacerlo todo acorde a las leyes de los magos, no tendrían demasiado problema en dejarla quedarse allí hasta que fuese seguro salir. Pero, la verdad, prefería marcharse: si los magos le gustaban poco, los puristas le gustaban aún menos, y ella no pasaba desapercibida, precisamente.

Caminaba por el atrio en dirección a la salida, dedicando una mirada cargada de desconfianza a aquel monumento que rezaba que la magia es poder, cuando alguien se chocó con ella.

Para una humana normal, aquel choque habría sido bastante aparatoso: un joven mago, enfrascado en una pila de documentos que llevaba en las manos, había impactado directamente contra ella, desparramando las hojas de pergamino aquí y allá; para ella, apenas fue un cosquilleo, aunque le crispó un tanto los nervios.

No obstante, se contuvo, y habló con educación.

—Discúlpeme. No iba mirando por dónde iba. —Y con toda su dignidad y educación, se agachó para ayudar al desconocido a recoger las hojas que se le habían caído.

Dicho desconocido, que acababa de reparar en que delante tenía a una mujer extremadamente pálida para estar viva, no parecía muy contento con su presencia. No le gustaba su mirada, pero optó por no decir nada.

Prefería evitarse problemas.
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

E. Felix Bohratter el Miér Oct 23, 2019 5:50 am

ATUENDO

— Felix, te lo he dicho todo el santo día. Tenemos que salir a tomar unas cervezas, conocer chicas y olvidarnos de todo el trabajo que tenemos. No seas aguafiestas, Aiden se nos unirá.

Mastiqué tranquilamente mi pretzel. Entre las cuatro paredes de esta habitación había papeles volando sobre las cabezas de forma frenética. Todos estaban ajetreados por el trabajo acumulado, mejor dicho, estaban adelantando el papeleo.

Dentro de unos días se celebraría la fiesta de Halloween y querían tomarse el día alegando que no había curro. No era mi caso, poco me importaba la fiesta. Sabía, sin embargo, que sería nuevamente arrastrado por Matt o Aiden. El mismo Matt se había ofrecido a conseguirme un disfraz sensual para que las chicas se derritiesen en mis abdominales, palabras de él.

Es más, creía que el tenía un pequeño enamoramiento por mi cuerpo porque no era lógico lo que llegaba a escuchar cuando hablaba de mi persona.

Negué con la cabeza, mordí otra porción. Estaba relleno, era agridulce. Me había acostumbrado a esto gracias a Alemania. Extrañaba aquellas costumbres, varias personas que habían compartido parte de su vida conmigo se comunicaban cada tanto. En varias oportunidades rechacé sus llamadas, si bien había acabado varias relaciones en buenos términos, otros eran una mierda que esperaban dar con mi ubicación.

— Debemos llevar esto para que lo firmen, sin las firmas no podemos avanzar. Si terminamos todo este bloque hoy, acepto. Solo, si acabamos.

— ¡Si! ¡Si! Lo haremos, vamos, vamos, que el tiempo corre. — exclamó Matt tomando todos los archivos que habían sido revisados minutos atrás.

Hacía unos días, la prensa mágica había estado cubriendo un altercado con una corporación farmacéutica obteniendo un gran efecto mediático. A tal punto, que el exterior se vio interesado en cubrir los hechos.

Toda esta disputa se concentraba en el mundo mágico inglés y así debía quedar, uno diría. Por supuesto, todas las leyes debían de controlar los métodos como la legalidad de cómo se producían los productos. Eso no estaba en nuestras manos, no de nuestro departamento. Estábamos al margen, por el momento, esperábamos saber el origen de dicha corporación y si había relación existente con el extranjero donde se pudiese chafar alguna regla provocando la maximización de la protesta, más allá de la manifestación de los magos y brujas ingleses.

Por ende, habíamos estado controlando unos archivos de la corporación sin encontrar nada raro. En este caso, éramos un eslabón innecesario pero las presiones del exterior provocaban ser cuidadosos, de forma exagerada.

Matt sonrió abiertamente.

Al final, los papeles no eran necesarios. La pila enorme debía ser controlada por otro departamento del Ministerio y en nosotros no recaía responsabilidad alguna. Era extraño y Matt pecaba de inocencia. ¿No era necesario? Y yo, había sido un idiota. Todo el trabajo había sido dividido en dos, este caso se lo había cedido a Matt puesto que era leer datos y conseguir unas cuantas firmas más las nuestra de haber echado un vistazo. Yo me quedé con uno que no demandaba mucho, un control de daños cotidiano.

— ¿No te parece extraño? Si los manifestantes están en lo cierto, podrían estar cometiendo ilegalidades contra las criaturas mágicas y debo decir que no todas son pertenecientes a esta zona geográfica.

— Felix, no te creas lo que dicen. Son hippies que quieren acabar con todas las empresas y comer verduras de las huertas.

— ¿En serio Matt? — inquirí sorprendido de la burrada que había escupido. Se encogió de hombros, le importaba un comino. Mientras no le afectase, sería oídos sordos y ciego de ser posible. Hacía unos meses tenía el mismo pensamiento, pero alguien me había hecho tener otra perspectiva.

Cercanos a la salida con intenciones de abandonar el Ministerio, observamos como una pareja chocaba entre sí. Era temprano, pero a Matt se le había antojado ir a una tienda a comprar dulces. Como no quería ir solo, me vi —como siempre— arrastrado con él.

La mujer pareció disculparse, pero la cara de mala leche de Anthony no pasaba por desapercibido. No recordaba de qué departamento era, lo conocía de lejos. Habíamos coincidido en el ascensor un par de veces, por consiguiente, Matt lo invitó a tomar unas cervezas después del trabajo hacia una semana.  

— No eres bruja. — habló Anthony hurtando mi atención. — Y tampoco lista. — escupió arrebatando todos los papeles que habían caído.

— Ey, Anthony, Matt te estaba buscando. Quería salir a Honeydukes a buscar unos chuches.

— P-pero yo…— codeé a Matt y entendió la indirecta, o la interpretó como quiso porque el guiño que me hizo ver era uno de esos de “hoy la mojas, amigo, estoy orgulloso”. Y sí, significaba todo eso, él mismo me lo había explicado un día. — Pues claro, dejemos esos papeles y salgamos. — se atrevió a tomarlo del brazo y a dejarnos solos (lo que cabía en el concepto de soledad, que magos y brujas rondaban la entrada sin cesar).

— ¿Estás bien? Puede atemorizar Anthony, pero es solo un idiota más. — dije extendiendo mi mano hacia la fémina que seguía agachada. — Por cierto, me llamo Felix. ¿Tú, dulce?
E. Felix Bohratter
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Wilhelmina Harlow el Jue Oct 24, 2019 2:18 am

Aquel desafortunado encontronazo podría haber terminado muy bien, de una manera muy cívica, de no ser por las maneras del extraño. Ya su mirada no presagiaba nada bueno, y en cuanto abrió la boca, lo empeoró todo.

El desconocido le arrebató los documentos que le tenía de la mano. Mina mantuvo con él una mirada desafiante, y más tarde que pronto advirtió que estaba apretando los puños con tanta fuerza que se clavaba las afiladas uñas en la palma de la mano, por fortuna sin la fuerza necesaria para provocarse una herida.

Mina se sorprendió pensando que quien había demostrado no ser demasiado listo era, de hecho, aquel desafortunado empleado del Ministerio de Magia. Sintió incluso un deseo imperioso de demostrarle hasta qué punto era estúpido, pero su más de siglo y medio de existencia le había enseñado muchas lecciones.

Una de ellas —una de las más importantes—: la paciencia.

De todos modos, no tuvo ocasión de abrir la boca, pues cuando quiso darse cuenta, alguien interrumpió aquel momento tan tenso: un joven —para ella, cualquiera de las personas en aquel lugar era joven— llamó la atención del mago demasiado inteligente, y antes de que pudiera darse cuenta, un tercero se lo llevó casi a rastras cogido de un brazo.

Mina se quedó a solas con el segundo, quien había intervenido para evitar que la sangre llegase al río. Escrutó su rostro con curiosidad inquisitiva, relajando un poco la dura expresión facial que había dedicado al mago de la lengua suelta.

—Me encuentro bien. Gracias por su preocupación. —Más por cortesía que por una necesidad real, la vampiresa tomó la mano que el joven le ofrecía para incorporarse—. Mi nombre es Wilhelmina Harlow, y le agradezco su intervención.

Mina estaba acostumbrada a las formas corteses y educadas de la antigua Inglaterra, en la cual había nacido, había crecido y, últimamente, había muerto. Además, su voz suave como la seda acompañaba a aquellas palabras tan refinadas, transmitiendo una falsa sensación de inocencia de la que le gustaba aprovecharse siempre que lo necesitaba.

—Ha sido un desgraciado accidente —remarcó, aunque no había sido para tanto—. En fin, le agradezco de nuevo su ayuda y su preocupación, pero me temo que debo abandonar el edificio —se apresuró a decir, sin dar demasiados detalles. Tampoco tenía que pregonar a los cuatro vientos su naturaleza de no-muerta en aquel edificio lleno de magos.

Sabía lo delicada que era la “tregua” que mantenían con ella o con cualquiera de los miembros de su especie.

Sin intención de hacer perder más tiempo a aquel mago, Mina soltó la mano de éste —que todavía sostenía— y se volvió en dirección a la salida del edificio, con toda la intención de marcharse. Ya había cumplido con su labor allí, y no quería arriesgarse a encontrarse con un claro en medio de las nubes. Su regreso a casa se complicaría bastante.
Wilhelmina Harlow
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E. Felix Bohratter Ayer a las 1:43 am

Los planes habían cambiado por lo visto. Al no tener que rellenar papeleo, tomaríamos un descanso forzoso a pedido de Matt. Era peor que un crío, entre que lloriqueaba por un poco de atención, también, necesitaba unas chuches para calmar su ansiedad. ¿Qué ansiedad? Ni puta idea, solo alegaba volverse demente sin sus chuches, no correría el riesgo de verlo de ese modo.

Al acércanos a la entrada al Ministerio, pudimos vislumbrar un enfrentamiento banal. O eso parecía superficialmente si conocías a Anthony que siempre tenía una pinta de malo de película. Fruncí el ceño cuando cercanos a él vimos que tenía “motivos” para tener esa cara. Las disculpas fueron negadas y cautivó mi atención al segundo que sus palabras resonaron en la proximidad.

Actué.

Matt creía que estaba haciendo su rol de amigo permitiéndome conquistar a una fémina desconocida, poco se enteraba del asunto sobre nuestro “amigo” y sus pocas pulgas. — Podemos ir a Honeydukes y traer cosas a los del tres, están como unas cabras. ¿Por qué? Ni idea, creo que tomaron mucho café. — desvarió hilarante alejándose de nosotros. Anthony lo siguió sin rechistar.

La mujer con rostro pálido correspondió a la cortesía. Su mano pequeña se sentía extraña sobre la mía, hasta su voz era un tanto diferente a lo que uno se espera. Llena de inocencia y toques de dulzura. Tal vez, las palabras utilizadas hacían ruido. ¿Quién hablaba así? O, me había vuelto poco civilizado con Matt al lado. Temía que fuese la segunda.

Podría pasar una temporada en el infierno con la clase de pensamientos que surgían con solo verle. Eso del celibato no era lo mío, aunque fuese a la fuerza.

—Bonito nombre. — contesté ciertamente amable, no estaba con la idea de ligar con la fémina y no se me escapaba de que su belleza era peculiar. — Fue todo un placer, dulce. —aun extrañado por la excesiva cortesía al hablar. Era de una manera extraña, pero no escalofriante llegaba a tener su encanto. Y como estaba en esos días de querer aventurarme, la alcancé avanzando unos cuantos pasos. Estiré mi mano, intentando capturar entre mis dedos su muñeca hablando a la par, no quería que se asustase y terminase muerto por mi osadía. —Oye, no quiero sonar como un acosador, mucho menos que lo pienses. Pero, me preguntaba si querías compartir un café, en compensación de todo el mal gusto que has pasado. — expliqué deteniéndola.

No pudo responder ni rechistar en ese momento. Minnie se acercó hacia nosotros con una sonrisa. Era una joven asiática de unos veintitantos años, bastante bonita, pero con novio sobreprotector por lo que uno no podía describirla mucho si se encontraba cerca. — ¡Felix!! — exclamó hacia nuestra dirección. —¡Salió por fin el sol! No sabes como me cuesta vivir en Londres, que no hay día que quiera que se despeje un poco y poder broncearme. Lo sé, lo sé, es imposible, pero nunca se pierde la esperanza. — habló eufórica hasta enterarse de la mujer a mi lado. — ¡Hola nueva amiga de Felix! ¿Cómo te llamas? ¿Trabaja contigo? Mira, sabes muy bien que te quiero y a Matt, pero no permitiré que le partas el corazón. ¿Sabes que esto…— señaló con el dedo índice a ella y, luego, a mí. — es de una sola vez? Y no te estoy juzgando, si quieres disfrutar ve y hazlo que la vida es bella. Pero, es mi deber decirle a una mujer que no se confíe de Felix. — se detuvo juzgándome provocando que una ceja se alzara. —Aunque, tal vez… puedas cambiarle el corazón a este gatito. ¡Si! Apoyo la relación, eso sí, si es con Matt no. ¡En serio que lo quiero, por eso no me callo! Oh, me espera Gabriel, nos vemos luego chicos. — se despidió rápido sin dejarnos tiempo a presentarla o contestarle.

—Perdón, Minnie es un tanto… entusiasta.
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