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Among Gods And Monsters {Felix&Mina}

Wilhelmina Harlow el Mar Oct 22, 2019 3:25 am

Among Gods And Monsters {Felix&Mina} BK0uTEW
Martes 29 de octubre, 2019 || Ministerio de Magia, Londres || 8:53 horas || Atuendo

Londres había cambiado.

Mina no sabría decir si el cambio había sido para mejor, pero no por primera vez —ni por última, estaba segura—, se encontraba aquel pensamiento paseándose por su mente, casi como si estuviera dotado de vida propia.

Ciento cincuenta y ocho años daban para mucho, y una no era realmente consciente de ello hasta que se veía obligada a vivirlos: aquella ciudad en que había nacido, vivido y muerto había evolucionado, o eso decían. La vampiresa no lo tenía tan claro, pues aquella nueva sociedad más parecía una involución que otra cosa.

Con todo, se maravillaba de su propia capacidad de adaptación: los tiempos habían cambiado, y si bien había mantenido una gran parte de sus antiguas costumbres más vivas que ella misma, había sabido cambiar con ellos. Aún así, sabía que jamás se acostumbraría del todo a aquel demencial milenio.

⋆⋆⋆

Había abandonado la mansión cuando todavía era de noche, y afortunadamente para Mina, se le presentaba un día nublado y lluvioso. Había aprendido a amar aquellos días, los únicos en que se podía permitir dar un breve paseo a la luz del día, sin miedo a terminar reducida a un montón de cenizas.

Un taxi —que había pedido por medio de su teléfono móvil, uno más de esos trastos modernos que apenas comprendía pero necesitaba— la esperaba con el motor al ralentí, estacionado junto a la acera. Su conductor, un extranjero de piel morena y poblado bigote, fumaba un cigarrillo con el brazo derecho descolgado de la ventanilla abierta.

Se acercó a la ventanilla a darle las indicaciones, y entonces se subió a la parte trasera. Podría haber escogido la delantera, lugar en que su naturaleza vampírica sería más difícil de revelar dado que el conductor no tendría que mirar al espejo retrovisor para hablar con ella, pero finalmente optó por sentarse atrás. Manías suyas.

Durante el trayecto, efectivamente, el hombre mantuvo con ella una charla banal y alguna que otra vez lo vio mirar el espejo retrovisor, para luego volver la vista por encima del hombro y cerciorarse de que allí seguía. Ella se mantuvo educada en todo momento, fingiendo no darse cuenta de lo que sucedía.

Cuando sus caminos se separaron, estaba segura, el hombre no sólo se llevaba el dinero de la carrera, si no una historia curiosa que contar.

Amparada por un sombrero negro, unas gafas de sol, y un paraguas igual de negro que la protegía más del sol que de la lluvia, Wilhelmina Harlow se dirigió a la entrada más cercana al Ministerio de Magia, que resultó ser una de esas cabinas telefónicas rojas tan características del Londres moderno.

⋆⋆⋆

A Mina no le gustaban demasiado los magos, igual que a cualquier criatura como ella que estimase en lo más mínimo su pellejo. Además, una vampiresa de su edad había tenido ocasión de ser perseguida por magos —aunque estos fuesen americanos—, y sabía que debía evitarlos.

Sin embargo, los asuntos que la llevaban allí la obligaban, forzosamente, a tratar con ellos.

En sí, estos trámites no entrañaron demasiada dificultad, ni requirieron demasiado tiempo: se trataba de legalizar una serie de permisos, que le darían por fin la oportunidad de reconvertir la vieja mansión que habitaba en un museo donde exponer la colección de Percival. Había tenido que presentar un inventario de los objetos mágicos que tenía en su poder, lo cual no le había hecho demasiada gracia, además de rellenar una serie de impresos.

Todo ello estaba terminado antes de las nueve de la mañana, y por eso se dirigía en aquel momento a la salida. Pretendía abandonar el edificio lo antes posible: si las nubes decidían abrirle un hueco al sol, se metería en un grave problema.

Estaba segura de que, dada su relación actual con el Ministerio de Magia y el hecho de que intentaba hacerlo todo acorde a las leyes de los magos, no tendrían demasiado problema en dejarla quedarse allí hasta que fuese seguro salir. Pero, la verdad, prefería marcharse: si los magos le gustaban poco, los puristas le gustaban aún menos, y ella no pasaba desapercibida, precisamente.

Caminaba por el atrio en dirección a la salida, dedicando una mirada cargada de desconfianza a aquel monumento que rezaba que la magia es poder, cuando alguien se chocó con ella.

Para una humana normal, aquel choque habría sido bastante aparatoso: un joven mago, enfrascado en una pila de documentos que llevaba en las manos, había impactado directamente contra ella, desparramando las hojas de pergamino aquí y allá; para ella, apenas fue un cosquilleo, aunque le crispó un tanto los nervios.

No obstante, se contuvo, y habló con educación.

—Discúlpeme. No iba mirando por dónde iba. —Y con toda su dignidad y educación, se agachó para ayudar al desconocido a recoger las hojas que se le habían caído.

Dicho desconocido, que acababa de reparar en que delante tenía a una mujer extremadamente pálida para estar viva, no parecía muy contento con su presencia. No le gustaba su mirada, pero optó por no decir nada.

Prefería evitarse problemas.
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

E. Felix Bohratter el Miér Oct 23, 2019 5:50 am

ATUENDO

— Felix, te lo he dicho todo el santo día. Tenemos que salir a tomar unas cervezas, conocer chicas y olvidarnos de todo el trabajo que tenemos. No seas aguafiestas, Aiden se nos unirá.

Mastiqué tranquilamente mi pretzel. Entre las cuatro paredes de esta habitación había papeles volando sobre las cabezas de forma frenética. Todos estaban ajetreados por el trabajo acumulado, mejor dicho, estaban adelantando el papeleo.

Dentro de unos días se celebraría la fiesta de Halloween y querían tomarse el día alegando que no había curro. No era mi caso, poco me importaba la fiesta. Sabía, sin embargo, que sería nuevamente arrastrado por Matt o Aiden. El mismo Matt se había ofrecido a conseguirme un disfraz sensual para que las chicas se derritiesen en mis abdominales, palabras de él.

Es más, creía que el tenía un pequeño enamoramiento por mi cuerpo porque no era lógico lo que llegaba a escuchar cuando hablaba de mi persona.

Negué con la cabeza, mordí otra porción. Estaba relleno, era agridulce. Me había acostumbrado a esto gracias a Alemania. Extrañaba aquellas costumbres, varias personas que habían compartido parte de su vida conmigo se comunicaban cada tanto. En varias oportunidades rechacé sus llamadas, si bien había acabado varias relaciones en buenos términos, otros eran una mierda que esperaban dar con mi ubicación.

— Debemos llevar esto para que lo firmen, sin las firmas no podemos avanzar. Si terminamos todo este bloque hoy, acepto. Solo, si acabamos.

— ¡Si! ¡Si! Lo haremos, vamos, vamos, que el tiempo corre. — exclamó Matt tomando todos los archivos que habían sido revisados minutos atrás.

Hacía unos días, la prensa mágica había estado cubriendo un altercado con una corporación farmacéutica obteniendo un gran efecto mediático. A tal punto, que el exterior se vio interesado en cubrir los hechos.

Toda esta disputa se concentraba en el mundo mágico inglés y así debía quedar, uno diría. Por supuesto, todas las leyes debían de controlar los métodos como la legalidad de cómo se producían los productos. Eso no estaba en nuestras manos, no de nuestro departamento. Estábamos al margen, por el momento, esperábamos saber el origen de dicha corporación y si había relación existente con el extranjero donde se pudiese chafar alguna regla provocando la maximización de la protesta, más allá de la manifestación de los magos y brujas ingleses.

Por ende, habíamos estado controlando unos archivos de la corporación sin encontrar nada raro. En este caso, éramos un eslabón innecesario pero las presiones del exterior provocaban ser cuidadosos, de forma exagerada.

Matt sonrió abiertamente.

Al final, los papeles no eran necesarios. La pila enorme debía ser controlada por otro departamento del Ministerio y en nosotros no recaía responsabilidad alguna. Era extraño y Matt pecaba de inocencia. ¿No era necesario? Y yo, había sido un idiota. Todo el trabajo había sido dividido en dos, este caso se lo había cedido a Matt puesto que era leer datos y conseguir unas cuantas firmas más las nuestra de haber echado un vistazo. Yo me quedé con uno que no demandaba mucho, un control de daños cotidiano.

— ¿No te parece extraño? Si los manifestantes están en lo cierto, podrían estar cometiendo ilegalidades contra las criaturas mágicas y debo decir que no todas son pertenecientes a esta zona geográfica.

— Felix, no te creas lo que dicen. Son hippies que quieren acabar con todas las empresas y comer verduras de las huertas.

— ¿En serio Matt? — inquirí sorprendido de la burrada que había escupido. Se encogió de hombros, le importaba un comino. Mientras no le afectase, sería oídos sordos y ciego de ser posible. Hacía unos meses tenía el mismo pensamiento, pero alguien me había hecho tener otra perspectiva.

Cercanos a la salida con intenciones de abandonar el Ministerio, observamos como una pareja chocaba entre sí. Era temprano, pero a Matt se le había antojado ir a una tienda a comprar dulces. Como no quería ir solo, me vi —como siempre— arrastrado con él.

La mujer pareció disculparse, pero la cara de mala leche de Anthony no pasaba por desapercibido. No recordaba de qué departamento era, lo conocía de lejos. Habíamos coincidido en el ascensor un par de veces, por consiguiente, Matt lo invitó a tomar unas cervezas después del trabajo hacia una semana.  

— No eres bruja. — habló Anthony hurtando mi atención. — Y tampoco lista. — escupió arrebatando todos los papeles que habían caído.

— Ey, Anthony, Matt te estaba buscando. Quería salir a Honeydukes a buscar unos chuches.

— P-pero yo…— codeé a Matt y entendió la indirecta, o la interpretó como quiso porque el guiño que me hizo ver era uno de esos de “hoy la mojas, amigo, estoy orgulloso”. Y sí, significaba todo eso, él mismo me lo había explicado un día. — Pues claro, dejemos esos papeles y salgamos. — se atrevió a tomarlo del brazo y a dejarnos solos (lo que cabía en el concepto de soledad, que magos y brujas rondaban la entrada sin cesar).

— ¿Estás bien? Puede atemorizar Anthony, pero es solo un idiota más. — dije extendiendo mi mano hacia la fémina que seguía agachada. — Por cierto, me llamo Felix. ¿Tú, dulce?
E. Felix Bohratter
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E. Felix BohratterTrabajador Ministerio

Wilhelmina Harlow el Jue Oct 24, 2019 2:18 am

Aquel desafortunado encontronazo podría haber terminado muy bien, de una manera muy cívica, de no ser por las maneras del extraño. Ya su mirada no presagiaba nada bueno, y en cuanto abrió la boca, lo empeoró todo.

El desconocido le arrebató los documentos que le tenía de la mano. Mina mantuvo con él una mirada desafiante, y más tarde que pronto advirtió que estaba apretando los puños con tanta fuerza que se clavaba las afiladas uñas en la palma de la mano, por fortuna sin la fuerza necesaria para provocarse una herida.

Mina se sorprendió pensando que quien había demostrado no ser demasiado listo era, de hecho, aquel desafortunado empleado del Ministerio de Magia. Sintió incluso un deseo imperioso de demostrarle hasta qué punto era estúpido, pero su más de siglo y medio de existencia le había enseñado muchas lecciones.

Una de ellas —una de las más importantes—: la paciencia.

De todos modos, no tuvo ocasión de abrir la boca, pues cuando quiso darse cuenta, alguien interrumpió aquel momento tan tenso: un joven —para ella, cualquiera de las personas en aquel lugar era joven— llamó la atención del mago demasiado inteligente, y antes de que pudiera darse cuenta, un tercero se lo llevó casi a rastras cogido de un brazo.

Mina se quedó a solas con el segundo, quien había intervenido para evitar que la sangre llegase al río. Escrutó su rostro con curiosidad inquisitiva, relajando un poco la dura expresión facial que había dedicado al mago de la lengua suelta.

—Me encuentro bien. Gracias por su preocupación. —Más por cortesía que por una necesidad real, la vampiresa tomó la mano que el joven le ofrecía para incorporarse—. Mi nombre es Wilhelmina Harlow, y le agradezco su intervención.

Mina estaba acostumbrada a las formas corteses y educadas de la antigua Inglaterra, en la cual había nacido, había crecido y, últimamente, había muerto. Además, su voz suave como la seda acompañaba a aquellas palabras tan refinadas, transmitiendo una falsa sensación de inocencia de la que le gustaba aprovecharse siempre que lo necesitaba.

—Ha sido un desgraciado accidente —remarcó, aunque no había sido para tanto—. En fin, le agradezco de nuevo su ayuda y su preocupación, pero me temo que debo abandonar el edificio —se apresuró a decir, sin dar demasiados detalles. Tampoco tenía que pregonar a los cuatro vientos su naturaleza de no-muerta en aquel edificio lleno de magos.

Sabía lo delicada que era la “tregua” que mantenían con ella o con cualquiera de los miembros de su especie.

Sin intención de hacer perder más tiempo a aquel mago, Mina soltó la mano de éste —que todavía sostenía— y se volvió en dirección a la salida del edificio, con toda la intención de marcharse. Ya había cumplido con su labor allí, y no quería arriesgarse a encontrarse con un claro en medio de las nubes. Su regreso a casa se complicaría bastante.
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

E. Felix Bohratter el Miér Nov 13, 2019 1:43 am

Los planes habían cambiado por lo visto. Al no tener que rellenar papeleo, tomaríamos un descanso forzoso a pedido de Matt. Era peor que un crío, entre que lloriqueaba por un poco de atención, también, necesitaba unas chuches para calmar su ansiedad. ¿Qué ansiedad? Ni puta idea, solo alegaba volverse demente sin sus chuches, no correría el riesgo de verlo de ese modo.

Al acércanos a la entrada al Ministerio, pudimos vislumbrar un enfrentamiento banal. O eso parecía superficialmente si conocías a Anthony que siempre tenía una pinta de malo de película. Fruncí el ceño cuando cercanos a él vimos que tenía “motivos” para tener esa cara. Las disculpas fueron negadas y cautivó mi atención al segundo que sus palabras resonaron en la proximidad.

Actué.

Matt creía que estaba haciendo su rol de amigo permitiéndome conquistar a una fémina desconocida, poco se enteraba del asunto sobre nuestro “amigo” y sus pocas pulgas. — Podemos ir a Honeydukes y traer cosas a los del tres, están como unas cabras. ¿Por qué? Ni idea, creo que tomaron mucho café. — desvarió hilarante alejándose de nosotros. Anthony lo siguió sin rechistar.

La mujer con rostro pálido correspondió a la cortesía. Su mano pequeña se sentía extraña sobre la mía, hasta su voz era un tanto diferente a lo que uno se espera. Llena de inocencia y toques de dulzura. Tal vez, las palabras utilizadas hacían ruido. ¿Quién hablaba así? O, me había vuelto poco civilizado con Matt al lado. Temía que fuese la segunda.

Podría pasar una temporada en el infierno con la clase de pensamientos que surgían con solo verle. Eso del celibato no era lo mío, aunque fuese a la fuerza.

—Bonito nombre. — contesté ciertamente amable, no estaba con la idea de ligar con la fémina y no se me escapaba de que su belleza era peculiar. — Fue todo un placer, dulce. —aun extrañado por la excesiva cortesía al hablar. Era de una manera extraña, pero no escalofriante llegaba a tener su encanto. Y como estaba en esos días de querer aventurarme, la alcancé avanzando unos cuantos pasos. Estiré mi mano, intentando capturar entre mis dedos su muñeca hablando a la par, no quería que se asustase y terminase muerto por mi osadía. —Oye, no quiero sonar como un acosador, mucho menos que lo pienses. Pero, me preguntaba si querías compartir un café, en compensación de todo el mal gusto que has pasado. — expliqué deteniéndola.

No pudo responder ni rechistar en ese momento. Minnie se acercó hacia nosotros con una sonrisa. Era una joven asiática de unos veintitantos años, bastante bonita, pero con novio sobreprotector por lo que uno no podía describirla mucho si se encontraba cerca. — ¡Felix!! — exclamó hacia nuestra dirección. —¡Salió por fin el sol! No sabes como me cuesta vivir en Londres, que no hay día que quiera que se despeje un poco y poder broncearme. Lo sé, lo sé, es imposible, pero nunca se pierde la esperanza. — habló eufórica hasta enterarse de la mujer a mi lado. — ¡Hola nueva amiga de Felix! ¿Cómo te llamas? ¿Trabaja contigo? Mira, sabes muy bien que te quiero y a Matt, pero no permitiré que le partas el corazón. ¿Sabes que esto…— señaló con el dedo índice a ella y, luego, a mí. — es de una sola vez? Y no te estoy juzgando, si quieres disfrutar ve y hazlo que la vida es bella. Pero, es mi deber decirle a una mujer que no se confíe de Felix. — se detuvo juzgándome provocando que una ceja se alzara. —Aunque, tal vez… puedas cambiarle el corazón a este gatito. ¡Si! Apoyo la relación, eso sí, si es con Matt no. ¡En serio que lo quiero, por eso no me callo! Oh, me espera Gabriel, nos vemos luego chicos. — se despidió rápido sin dejarnos tiempo a presentarla o contestarle.

—Perdón, Minnie es un tanto… entusiasta.
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Wilhelmina Harlow el Jue Nov 14, 2019 10:42 pm

En los minutos que seguirían a aquel encontronazo, Wilhelmina Harlow descubriría lo mucho que había cambiado la sociedad desde su época, para bien o para mal.

Esperando que el encontronazo con aquel mago quedase atrás, un simple mal recuerdo, se despidió del tal Felix, y se dispuso a abandonar el edificio. En su cabeza se repetía una y otra vez que, cuanto antes saliera, más tranquila se sentiría.

Sin embargo, el mago cuyas maneras indicaban un interés más allá de lo cortés por ella, no la dejó escapar tan fácilmente. Mientras se aproximaba a la salida, sintió primero su presencia a sus espaldas, después el contacto de su piel —viva y cálida— en contacto con la suya. Si bien no hubo agresividad en la forma en que le rodeó la muñeca con los dedos, en otras circunstancias podría haber sido un gesto suficiente como para romperle el brazo.

Pero no quería aquel tipo de problemas en la sede del poder mágico británico.

Se detuvo y se giró para mirar al hombre, que por lo visto, sí, tenía un interés por ella más allá de la mera cortesía entre dos extraños. Su respuesta iba a ser una clara negativa, teniendo en cuenta que llevaba veinte años negándose a sí misma un sólo atisbo de interés por otra persona que no fuese ella, pero no tuvo ocasión de decir nada.

Su mirada se desvió de inmediato en dirección a la mujer de ojos rasgados que había hecho acto de presencia, pronunciando el nombre del susodicho empleado del Ministerio.

Aquella joven era una contraposición viviente a su persona: alegre, inquieta, entusiasta, viva... Decir que Mina y Minnie —coincidencias de apelativo aparte— eran como el día y la noche era quedarse corta.

A pesar de no entender la mitad de las cosas que decía, Mina —que permanecía totalmente impasible, como quien observa algo que no entiende del todo y no sabe cómo expresarlo— entendió más o menos el mensaje que quería transmitirle: el señor Felix, por lo visto, era todo un rompecorazones, y pretendía añadir a la señorita Harlow —o señora, teniendo en cuenta sus más de ciento cincuenta años— a esa lista imaginaria de conquistas que muchos hombres tenían. Un trofeo más para su colección.

Por fortuna, aceptar la interacción con el mago nunca había sido una posibilidad, así que desestimó por completo ese tema para prestar atención a lo más importante: había salido el sol en el exterior. Esa sí era una malísima noticia para Mina.

Cuando la joven asiática se marchó, sin haber dado ocasión a uno u otro de decir palabra, Mina sólo podía pensar en que, hasta próximo aviso, estaba encerrada allí dentro. No le hacía demasiada gracia, y menos aún teniendo en cuenta la proposición del joven.

—Eso parece —respondió a su última afirmación—. No hay motivo para disculparse. Cada quien es como es.

Se quedó pensativa, decidiendo qué hacer en los siguientes minutos… u horas, hasta que el dichoso y oportuno sol decidiese esconderse una vez más entre las nubes. No pudo más que envidiar a los vivos por poder pasear bajo la luz del sol, y a los magos por gozar del don de la aparición. Estaba segura de que la mayoría de ellos no era consciente de la suerte que tenían.

—¿Sabe si el Ministerio de Magia dispone de algún medio de transporte o método para abandonar este lugar sin necesidad de verse expuesto a la luz del sol? —preguntó la vampiresa a su compañero mago, con el que se había quedado sola—. De lo contrario, todo parece indicar que me quedaré aquí durante algún tiempo...

No era estúpida: era perfectamente consciente de que había obviado por completo la invitación a café. No lo había hecho por no poder beberlo, pues ese era otro mito falso: los vampiros, si querían, podían comer y beber, pero la comida y la bebida no sabían prácticamente a nada, por no hablar de los efectos excitantes del café.

Simplemente, no quería dar al joven la impresión de caer en sus redes.
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E. Felix Bohratter el Lun Dic 02, 2019 5:05 pm

Minnie era entusiasta, demasiado al punto de asustar.

Desde que se plantó no nos permitió abrir la boca, nada de nada. Si hasta la desconocida ante sus ojos seguía siendo eso: una desconocida sin nombre. Daba un poco de gracia tenerla a nuestro alrededor, siempre siendo esa chispa de energía. Nos espantábamos cuando tomaba café, era suficiente Minnie para quedar en cama. Cuando se acercaba a nuestro piso, celebraba todas nimiedades que descubría día a día. Realmente hacia poco tiempo que había sido transferida a Londres, anteriormente se encontraba en… ¿Japón? ¿China? Lo desconocía con exactitud.
Como vino se fue.

— Por supuesto. — hablé ante su comentario. Por lo visto, esta mujer no era de muchas palabras y no pasaba por desapercibido su rechazo a la oferta que le había hecho minutos atrás.

Por lo visto, necesitaba resguardarse de la luz solar como todo buen vampiro. Era interesante todo este hecho teniendo en cuenta la escases de los de su especie en mi vida. ¿Dos? Sí, puede que dos se hayan topado conmigo y fueron efímeras las palabras que nos recorrieron. No era de extrañar la relación tensa que se formaba entre vampiros y magos, hace un buen tiempo que las cosas se habían ido al traste en Londres como para sorprenderse que se les tuviera aprensión. Es más, todo lo que no fuese un mago o bruja era discriminado de una forma u otra.
 
— Podría haber un sitio. — respondí escaso posicionando una mano sobre mi barbilla rascando la aparición de barba de hacia unos días. —Sin embargo, para que le diga a tan hermosa dama donde huir deberá esta aceptar una taza de café o una conversación, al menos. —pedí a sabiendas que un “no” podría venir a los segundos.

No era de insistir, pero había algo en ella que llamaba la atención. Tal vez era la osadía de seguir en Londres teniendo en cuenta que los encuentros con mi anterior compañero eran mucho más frecuentes que el tener una conversación amable con alguien como yo. Y eso que no era del todo simpático con la gente desconocida. Más allá de eso, ese “algo” me hacía incordiar con cierto gusto a la fémina rubia.

Agregué: —Solo pido una conversación, hay ciertas preguntas que me están surgiendo en este momento y creo que solo tú eres capaz de contestar. No me propasaré contigo, lo prometo.

Sería una mentira fingir que no estaba interesado en algo más como evidenció Minnie de manera corriente, pero era un sentimiento recurrente en un hombre que no había tenido acción por unas cuantas semanas. Pecaré de necesitado con tal comentario. Sin embargo, con Wilhelmina no eran esas las intenciones actuales. Cuanto más lo pensaba, más interrogaciones brotaban en mi mente.
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Wilhelmina Harlow el Mar Dic 03, 2019 9:49 pm

Que el astro rey, tan oportuno como siempre, hubiese optado por hacerse un hueco entre las nubes en aquel lluvioso día, era una demostración más de la mala suerte que parecía perseguirla. Y justamente cuando estaba por marcharse, por si acaso no fuese lo suficientemente malo el encontrarse fuera de la mansión en pleno día.

Ante su pregunta, el tal Felix fue reacio a responder. A pesar de lo exasperada que se sintió ante la insistencia del joven mago, no dejó que esta emoción se adueñara de su rostro. Se mantuvo serena, pensando una manera educada de librarse de aquello.

No era el lugar apropiado para montar un escándalo.

Tuvo a bien preguntarse si aquel mago hacía aquello con frecuencia: entablar, o intentarlo, ese tipo de relaciones con mujeres, independientemente de si trabajaban con él o eran meras civiles que buscaban solucionar algún papeleo o trámite burocrático, que a fin de cuentas era la función que desempeñaba aquel lugar. ¿Acaso no se ponía un límite? ¿No tenía miedo de todas esas nuevas leyes contra el acoso?

Si él sentía curiosidad, como sugería, Mina no se quedaba corta.

Sin embargo, no tenía intención de satisfacer al menos una parte de los deseos del joven. ¿Responder algunas preguntas? Supuso que podría, pues actualmente acababa de conseguir tiempo extra en aquel maldito edificio.

—Supongo que no habrá problema por mantener una conversación —acabó por ceder. Un gesto muy humano se le escapó: aprovechando el aire que le quedaba en los pulmones después de formular aquella frase, dejó escapar un suspiro que acentuaba esa resignación—. ¿A dónde deberíamos dirigirnos para tener esa conversación?

Y una duda más surgió entre sus pensamientos: ¿por qué alguien como él, en pleno centro neurálgico de su mundo, se interesaba por alguien como ella? De acuerdo que no conocía sus orígenes no mágicos, pero al menos debía conocer el dato de que ningún vampiro era capaz de utilizar la magia, y que los magos que se transformaban terminaban perdiendo la capacidad de utilizarla de manera irremediable.

Así que esto sí optó por preguntarlo:

—Se habrá figurado ya lo que soy —empezó, sin un atisbo de vacilación en su suave voz—. ¿No le preocupa que le vean conmigo? ¿No siente miedo o repugnacia hacia los de mi especie?

A diferencia de muchos otros ancianos —ancianos que vivían la última etapa de sus vidas mortales—, Mina no despreciaba la juventud por el mero hecho de serlo, ni mucho menos. Al contrario, opinaba que si una vivía tantos años como había vivido ella, habiendo pasado más de un siglo y medio en aquel planeta, debía forzosamente aprender algo del ser humano.

Incluso aunque el ser humano moderno llevase un estilo de vida tan… peculiar.

Así que la curiosidad que sentía era genuina, y en el fondo tenía clara una cosa: jamás comprendería del todo a los jóvenes, y menos si poseían ese don que llamaban magia.
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E. Felix Bohratter el Lun Dic 16, 2019 10:53 pm

Nadie podía culparme, la chica era bonita a pesar de todo lo que decían sobre los vampiros como eso de que tenían mil años encima de sus hombros. Un poco de experiencia no mata a nadie ¿No?

A pesar de mi instinto animal de aparearme con quién se viese apetecible, debía sincerarme, hoy no era la ocasión. Apreciaba la belleza de la mujer, pero la curiosidad era mucho más fuerte. Se podría decir que daría paso al dicho aquel de que “la curiosidad mató al gato”.

Claramente mi estancia en Alemania no había hecho mucho en cuanto a cultura general sobre criaturas, tampoco era algo que me apetecía en su momento investigar de no ser necesario para el negocio que estaba llevando. Y al mudarme a Londres solo me topé con todo este cambio de gobierno que no hizo más que encasillar lo que era “correcto” para las autoridades. Realmente era un acto de suicidio venir hasta el Ministerio llevando consigo esa característica para nada invisible. Como Anthony existían magos y brujas que se sentían asqueados por algo o alguien que no fuese propio de su sangre “pura”, pocos se quedarían de brazos cruzados para su desventaja.

Tampoco pasaba por desapercibido su rechazo a las conversaciones. Podría ser que no quería seguir en este lugar y no la culparía por ello teniendo en cuenta el punto anterior, sin embargo, se sentía más un retroceso hacia mi persona y si estoy en lo correcto podría ser por las palabras de Minnie.

Sonreí abiertamente acompañado de una negación. — No te comeré, Dulce. — hablé ante su suspiro. Y era cierto, no tenía tales intenciones. — Solo quiero una conversación, quitarme algunas dudas y ayudarte a huir de tu peor enemigo: el sol. — me encogí de hombros antes de cruzar los brazos sobre mi pecho, no era ajeno a que mi compañía no era del todo grata y que podría suponer que todo este show era para hacer algo en contra de su integridad.

Uno cuando está siendo acorralado piensa los peores escenarios hasta cree fervientemente en estos para estar alerta minuto a minuto.

—No hay que ser un genio para darnos cuenta de quién eres. — respondí con un toque de hastío. Quizás era un poco imprudente queriendo saciar la curiosidad con alguien altamente peligrosa, pero quién tuviese la oportunidad la tomaría. Si no era de esos tipos que estaba nombrando la señorita. — ¿Por qué debería de preocuparme? Algunos están metidos en cosas peores que una relación formal con un desconocido, desconocida. — evité las palabras “criatura” o “especie”. Tal vez y era de esas personas que no le gustaban ser catalogadas o eso percibí en su entonación.

— Acompáñame, podemos hablar en mi oficina. — le indiqué con el brazo el interior del recinto hacia los ascensores. — Hay poco tránsito en el piso, por lo visto todos quieren darse una semana entera de Halloween o algo por el estilo. — debía admitir que estos días eran mucho más gratos, no debía soportar a todos dando la lata. Y Matt podría entretenerse con otros compañeros que no fuesen yo. Y, el resto hacia trabajo de campo por lo que se encontraban ausentes.

En silencio recorrimos el viaje en ascensor conduciéndola hasta las oficinas.  —Aquí podemos hablar tranquilo. ¿Quieres té o café? — alegué señalando la pava que tenía en un sitio aparte, regalo de la señora quejosa del piso debajo para que deje de ser un “sucio capitalista”, si le dijese que había gastado dinero en un sistema que ella detestaba por este “regalo” seguro moriría por hipócrita.

Le di la espalda por unos segundos para poder calentar el agua y así prepararme mi propio café, seguía diciendo que este no era tan bueno como los que antes consumía, pero me ahorraba minutos en el ascensor y dialogar con un crío enamorado de su jefa.

— Ahora que estábamos solos, ¿Qué hacías por aquí? — cuestioné con intriga.
E. Felix Bohratter
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Wilhelmina Harlow el Jue Dic 19, 2019 2:43 am

Mina podría alegar que se había quedado sin opciones, que de otra manera no podría abandonar aquel lugar de manera segura, pero no estaría diciendo toda la verdad: opciones, tenía, y si bien no eran demasiado apetecibles, ahí estaban.

Para empezar, bien podría buscar el banco más cercano, tomar asiento y esperar pacientemente a que en el exterior comenzase a diluviar. O, en su defecto, esperar a que se hiciese de noche. No le supondría un gran problema, más allá de las miradas que algún que otro empleado del Ministerio de Magia le decidiría.

Otra opción sería arriesgarse: confiar en su paraguas, en su sombrero y en sus gafas de sol, y tratar de llegar a la sombra de los edificios lo antes posible. No era su opción favorita, y habiendo otras, le parecía un riesgo innecesario.

No podía decir que se sintiese cómoda con aquel apelativo cariñoso, pero por mera educación optó por no decir nada. Sí le llamó la atención el hecho de que el joven asegurase que no la iba a comer, cuando era más probable que ocurriera a la inversa: a diferencia de él, ella sí podía alimentarse de sangre.

—Está bien, pero no soy demasiado abierta con mis secretos, si es eso lo que le interesa —respondió con toda su dignidad, esperando que aquella conversación no pasase de ser algo cordial.

Ella tenía sus propias dudas, su propia curiosidad: ¿por qué alguien como él, en pleno centro neurálgico del poder mágico inglés, mostraba interés por alguien como ella, sabiendo lo mal visto que estaba en aquel mundo relacionarse con cualquiera que no perteneciese a una estirpe mágica lo suficientemente pura? A sus ojos, parecía la mejor forma de buscarse problemas o, cuanto menos, desatar una serie de habladurías.

Valoraba que, quizás, fuese tan despreocupado que todo esto le daba igual. La posibilidad estaba ahí, desde luego. Sin embargo, ¿no sería mucho más sencillo desentenderse de ella en cuanto quedó claro que no era una humana al uso, mucho menos una bruja?

Su respuesta pareció evidenciar que, en efecto, no le preocupaba nada de esto.

—No lo sé —respondió con total claridad—. Si le soy sincera, los de su especie me resultan un enigma. Apenas alcanzo a comprender cómo es que son capaces de conjurar hechizos e ilusiones, como para intentar comprender sus actuales costumbres.

Mina no había vivido lo suficiente como para recordar las cacerías de brujas que se habían producido en el medievo, ni mucho menos, pero por esa parte, en base a la historia pura, podía alcanzar a comprender que ciertos magos sintiesen desprecio por aquellos que durante tanto tiempo habían ejecutado a sus hermanos… o a inocentes que nada tenían que ver. Era consciente de la estupidez de la raza humana, la había vivido en muchas formas, pero no hasta el punto de considerar a ningún colectivo totalmente irredimible.

Siguió al joven, diciéndose que aquella era una mejor opción que malgastar unas cuantas horas de su inmortalidad sentada en un banco, y sin mediar más palabra. Incluso durante el trayecto en ascensor, Mina permaneció en silencio, la vista al frente sin titubear, y una inexpresividad pensativa en su rostro. Cuando las puertas volvieron a abrirse, lo siguió a su despacho, que le parecía un lugar tan bueno como cualquier otro.

¿Desconfió en algún momento? Un poco, sí, pero se creyó lo suficientemente capaz de defenderse en caso de que surgiese la necesidad.

Al llegar al despacho en sí, simplemente permaneció de pie, a un par de pasos de la silla destinada a las visitas, su expresión facial inalterable. Siguió con la mirada los movimientos del joven mago, y cuando se detuvo ante una versión más moderna de las teteras que había conocido a lo largo de toda su vida, se tomó la libertad de tomar asiento.

—Supongo que un té estará bien —respondió Mina, mientras pensaba que, de todas formas, todo le sabría a lo mismo: a nada. Y el café, de todas formas, no tendría el más mínimo efecto sobre ella—. Vengo a solucionar algunos trámites y documentación. —Su respuesta fue parca, y si bien no tenía intención de revelar toda la verdad ante cualquiera, sí se permitió añadir—: Tengo un par de objetos mágicos de los que quiero deshacerme, y el Ministerio de Magia es el lugar más apropiado para ello.

Sabía que a continuación vendrían preguntas más incómodas, como el tipo de objetos mágicos a que se refería, o la manida pregunta de cómo habían llegado dichos objetos a su poder. Ya había estado en esa situación antes, por lo que sabía que sería capaz de guardar silencio si alguna pregunta la llegaba a importunar.

—¿Es mi turno de preguntar? —Se permitió esbozar su primera emoción más o menos real: una media sonrisa, que casi parecía divertida—. ¿Qué le parece tan fascinante de una criatura como yo? ¿Se trata de mera curiosidad, o algún tipo de fetiche?

Quizás esa última parte fuera un tanto inapropiada, pero esperaba que el tono de su voz indicase que no iba totalmente en serio. Al igual que él, ella sentía curiosidad: ¿De verdad aquel hombre creía, como había comentado su compañera dicharachera, que terminaría pasando algo entre ellos dos?

De ocurrir —que no ocurriría—, el pobre mago descubriría una terrible realidad acerca de los vampiros: estaban tan fríos como uno podía esperarse de un cadáver, y dudaba que para un mortal de sangre caliente fuese demasiado agradable besar a alguien como ella.

Y mejor no hablar de otras cosas.
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Wilhelmina HarlowVampiro

E. Felix Bohratter Hoy a las 7:48 am

No era incómodo, solo interesante. La mujer se encontraba reticente a tener diálogo menos formal entre ambos, era evidente que no estaba del todo contenta con quedarse dentro del Ministerio. No podía culparla, ni yo en todos mis cabales y teniendo la suerte a mi favor me gustaba estar encerrado entre estas cuatro paredes había más de lo necesario. Por supuesto, era trabajo, que fuese de mi agrado era algo ajeno, por lo visto, en el mundo de los adultos.

Una sonrisa ladina se dibujó entre mis labios. — No quiero todos tus secretos, solo estoy interesado en nimiedades, Dulce. — dije en respuesta con la adicción a ese apelativo que no parecía agradarle del todo.

Podría haber estado mintiendo, podría haber dicho la verdad en tan simple oración. Nadie lo sabía más que yo. Mi mente para nada callada, intentando encontrar resolver las dudas que habitaban en ella desde mi estancia en Alemania que gracias a esta mujer podrían ser saciadas con su conocimiento o, todo lo contrario, quedaría insatisfecha por la ignorancia inocente de su realidad.

Empatizaba con la postura de ella, ser abiertos con secretos propios no era sensato, mucho menos decidir someterse a un posible interrogatorio por razones desconocidas y egoístas. Suponía, a la vez, y tontamente que los de su clase se conocían, contactos tendría. No parecía llevarse bien con los magos (lógicamente) y eso abría una posibilidad. Una mínima, pero que podría dar a otra si tenía suerte.

Ser catalogado de imbécil no era algo con lo que me llevaba bien. Con hastío le contesté. Recordé que debía ser amable si quería enterarme de varios asuntos, por lo que cambié mi enfoque a uno más amigable. Despreocupado y sin ninguna malicia, por el momento. Si ella aceptaba fácilmente a ser dirigida hacia las oficinas, ¿Qué me detendría a hacer cualquier cosa? Para esto, no se debía tener un alto IQ. Ella se encontraba en desventaja considerable. O, ¿Acaso era ingenua?

No quiero que haya malentendidos, no pensaba hacer nada inmoral o ilegal. Digamos que solo quería respuestas. Tan solo un sí o un no, una pista sería un milagro a este paso. Lo anterior, pues era una consideración.

Asentí ante su pedido. —Un té para la dama, será. — en segundos estuvo el agua caliente en la tetera, la manejé con fluidez preparando la infusión. El ambiente se rodeó de un aroma herbal que agradecía. Temía que volviese ese olor a humedad del mes pasado. Por el otro lado, una taza suficientemente grande como para albergar una cuantiosa cantidad de café amargo. Estaba meditando si sería productivo pedirle al crío intenso de unos cuantos pisos de diferencia cómo era la preparación del café o volvería a mis hábitos de ir a su espacio para pedir una taza y desmerecer el regalo de la señora quejosa.

Acerqué una pequeña taza frente a la mujer que comenzó a relatar el porqué de su visita en el Ministerio. —Es decir, papeleo. — resumí. Sería interesante preguntar, me mordí la lengua. ¿Realmente importaba? No, no era de mi incumbencia. Sin embargo, esclarecí. — No puedo negar que en mi mente se formuló la pregunta sobre qué objetos eran desmerecedores de su grata compañía. Pero estamos de acuerdo que muchos tenemos bajo nuestro poder uno que otro artilugio y siempre es bueno deshacerse de lo que no nos sirve. — dije. Lo pasaría por alto, colegas ya habrían realizado el trabajo de hacerle rellenar declaraciones juradas de qué y cuántos objetos eran de su dominio, podría consultar más tarde si eso me mantiene inquieto.  

—Adelante, pregunta. — hablé esperando lo inoportuno.

Sonreí en respuesta, esta situación se me hacía familiar.

—No te asustes, no tengo ningún fetiche. Admito que eres hermosa, pero…— quise encontrar una palabra o una frase antes de terminar. — no eres mi tipo. Es mera curiosidad, la experiencia que llevas, quizás, es más valiosa que la propia y me gustaría resolver ciertas inquietudes, siendo sincero. — decidí que abrir un poco más la puerta no estaría mal, mientras no viese el interior. —Por cierto, hay azúcar o edulcorante para darle más sabor, si deseas. — chasqueé la lengua, negando con la cabeza y exhibiendo una mueca con una disculpa formal entre mis dientes. —Aunque eso no servirá de mucho ¿No? — cuestioné apoyando mi trasero sobre el escritorio, llevando el borde de la taza sobre mis labios y así dar el primer sorbo. Hmmm, mejor que la última vez.

—Siguiente pregunta, Dulce. — estaba impaciente por hacer una más específica, pero no me llevaría a nada si antes no determinaba ciertos parámetros. — ¿Has viajado por el mundo? ¿Francia? ¿Estados Unidos? ¿El continente asiático? ¿Alemania? No pareces alguien que ha estado quieta en un mismo lugar por mucho tiempo. — solo estaba interesado en el último lugar mencionado, puede que Estados Unidos tampoco sea excluyente de lo próximo. Debía dar con ella de un modo alguno. —Suposiciones, claro. — la observé.
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