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End of all days. ―Laith Gauthier.

Abigail T. McDowell el Miér Oct 30, 2019 3:07 am

End of all days. ―Laith Gauthier. GKQWGPb
San Mungo, sala de reuniones  | 29/10/2019 | 19:30h | Atuendo | BSO

Llevaba maldita desde el veinte de junio del dos mil diecinueve, hacían ya cuatro meses que llevaba conviviendo con esa maldición. Había descubierto que si bien podía sobrevivir, era sin duda un malvivir. Los efectos secundarios de la maldición retenida en su brazo no tenían solución y por mucho que hubieran pasado los meses, no estaba acostumbrándose a ellos, pues eran muy arbitrarios e intensos.

Había atacado directamente a sus sentidos, apagándolos por completos en diferentes etapas. Había veces que era incapaz de ver nada, quedándose totalmente ciega, otras en donde atacaba a sus oídos y se veía aislada totalmente de todo lo que le rodeaba… E incluso había veces que ocurrían a la vez, sintiéndose aislada, vacía y sin saber qué hacer o cómo proceder. Cuando le ocurría en lugares públicos o en el trabajo lo pasaba realmente mal, pues no conocía solución posible para ello. Sin embargo, lo peor de todo no era eso: ¿alguien alguna vez se ha preguntado cómo se siente uno sin poder sentir absolutamente nada? El tacto era uno de los sentidos más infravalorados, pero sentir que nada de ti es capaz de sentir nada, te hace sentirte como si no existieses.

Para colmo, la poción que estaba creando periódicamente para su consumo tenía unos ingredientes muy complicados de conseguir―entre ellos, por ejemplo, sangre de unicornio―y no duraba tanto como para todo lo que se gastaba en ella.

Alexander, su asistente, después de intentar buscar una solución para eso, le recomendó a Laith Gauthier, un sanador especialista en pociones que había destacado precisamente por la modificación de éstas para un uso mejorado y más prolongado en el tiempo. No sabía si serviría para algo teniendo en cuenta las raíces de la maldición y la poca información sobre la poción, pero literalmente: Abigail no tenía nada que perder. De hecho, tener algo de información nueva al respecto le había hecho entusiasmarse un poco: ¿y si se le ocurría alguna mejora para la poción que pudiera mejorar su uso? ¿Y si la poción, debidamente modificada, podría ser incluso una cura?

La pelirroja nunca había destacado por ser muy optimista o ilusa, pero dada su situación estaba descubrimiento hasta nuevos sentimientos. Llevaba toda su vida quitándole las esperanzas de vida a la gente y ahora ella… intentaba buscar las suyas por alguna parte.

Decidió no abordar a Gauthier sin previo aviso, por no hablar de que no quería que se le viera en compañía de un sanador fuera de San Mungo, para evitar habladurías y rumores. Una vez supo a donde contactar con Laith Gauthier por sus facilidades buscando contactos, le mandó una carta:


Estimado señor Gauthier,

Le habla Abigail McDowell, la Ministra de Magia. Me gustaría comenzar declarándome interesada en su trabajo como pocionista, pues ha sido recomendado por uno de mis confidentes como un gran experto en la materia. He estado informándome sobre sus logros como sanador y he quedado impresionada de todo lo que ha conseguido con su corta edad como medimago.

Actualmente preciso de la ayuda de un médico con experiencia y, por lo que he podido saber de usted, vuestro abuelo también fue un gran entendido en materia de pociones, así que estoy interesada en hablar con usted para ver si puede darle solución a uno de mis problemas.

Evidentemente quiero tratar este asunto con toda la confidencialidad posible, por lo que en el caso de que acepte concertar una cita conmigo, habrá un acuerdo mágico de por medio que ha de firmar antes de hablar de ningún tema. Ser Ministra de Magia va de la mano de no poseer demasiada privacidad.

Agradecería una contestación en el menor tiempo posible. Siéntase libre de ofrecer una fecha en la que esté disponible, que yo misma me trasladaré a San Mungo para poder hablar con usted.

Saludos cordiales,
Abigail McDowell.

Mandó la carta desde su propia casa, utilizando su cuervo Corax como animal mensajero. Intentaba desvincular al Ministerio de Magia todo lo posible, para que no hubiera ningún tipo de fuga de información. Por suerte para Abigail, había sido muy cuidadosa al respecto, por lo que todo el mundo que sabía de ello había hecho o un juramento o había firmado el contrato.

Al día siguiente recibió la contestación de Laith Gauthier, citándole para el día siguiente por la tarde, después de la jornada laboral del médico. La pelirroja estuvo allí puntual, tan impoluta y elegante como siempre. Llevaba una chaqueta, pues estos cuatro meses―de verano―se había habituado a utilizar manga larga o chaquetas, puesto que la marca de su maldición estaba justo en su antebrazo izquierdo, adornando su piel junto a la marca tenebrosa.

Nada más aparecer en la recepción, la secretaria se puso firme al ver a Abigail McDowell.

―Ministra McDowell ―saludó―. ¿En qué pued…

―¿La sala de reuniones? ―preguntó antes de que pudiera terminar la frase.

―Tercera planta, final del pasillo de la izquierda.

―Muy amable ―le agradeció cordialmente, antes de girarse e ir hacia allí.

Utilizó las escaleras para subir, pues no quería tener que soportar ninguna conversación cortés en el ascensor, pues todo el mundo la conocía. Tardó unos cuatro minutos en llegar frente a la puerta y cuando su reloj marcó las siete y media en punto, tocó con los nudillos suavemente en la puerta. La puntualidad era algo que siempre había caracterizado a Abigail. Odiaba que la gente no respetase su tiempo y, por tanto, ella había aprendido a respetar al del resto cuando se trataban de cosas tan importantes.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Laith Gauthier el Jue Oct 31, 2019 7:42 pm

Cuando uno recibe una carta, está tan acostumbrado a su vida que piensa en varias opciones: información innecesaria, también llamada spam mágico; alguno de sus amigos escribiéndole, invitaciones a eventos, una carta que le llegó por equivocación… Por eso es que Laith necesitó sentarse el mismo segundo que leyó la carta: “Le habla Abigail McDowell, la Ministra de Magia…”.

El sanador tenía motivos de sobra para preocuparse, pero todavía más lo escandalizó que esa mujer en persona se tomase tiempo de escribirle con su puño y letra –¿o sería reescrito?- una carta donde solicitase encontrarse con él por sus habilidades profesionales, incapaz de concebir en su mente qué podía hacer él que no pudiesen cientos de otros sanadores con más experiencia que él.

Además, ¿qué quería decir con “sus confidentes”? Laith no podía traer a su memoria a un hombre de cabello rizado con el que se había tomado unos tragos y que le había hablado muy escuetamente de sus funciones burocráticas, cuando al mismo tiempo el sanador le hizo saber sobre su profesión y, a grandes rasgos, a qué se dedicaba. Sin embargo, su apellido decía más de lo que al norteamericano en ese momento le apeteciese que dijera.

Tras meditarlo durante horas, un día más tarde se había hecho a la idea y había contestado con su búho cornudo Sheree, no sin antes haberla desteñido para darle un aspecto más profesional, ya que mágicamente era de un color rosado rojizo sobre su habitual café claro. La cita era al día siguiente, pero se arrepintió al ver a Sheree volando, pensando en que era muy poco tiempo para prepararse psicológicamente.

Después de todo… él era un traidor a la sangre. La Ministra no tenía por qué saberlo, pero era un traidor y podría ser procesado por ello, así que todo le daba miedo porque formaba parte de él mismo ponerse del lado de los menos favorecidos, ¿y si le parecía mal o algo?

Vale, no puedo, me voy y le dices que me regresé a Canadá —levantó las manos caminando a la puerta.

Estaba en la sala de empleados junto con Lindsay Lyons, su mejor amiga, preparándose mentalmente para aquel encuentro. No lo estaba llevando muy bien, permitiéndose ser presa de los nervios un momento.

Mira: si me lee los pensamientos va a saber que soy un traidor y si me mata será clemencia, ¿te imaginas que me mande a la cárcel? ¿Qué carajo voy a hacer yo en Azkaban? —no, Laith no sabía que la Ministra de Magia era legeremante. Sin embargo, eso no importaba porque en su paranoia siempre veía el peor caso posible, y ese era el peor caso que podía imaginar en ese momento.

Ella lo seguía con la mirada, viéndolo ir de aquí a ahí, dando vueltas en la habitación. Cruzada de brazos y recargada por la cadera contra la encimera de la cafetera, tenía una expresión dura e inescrutable.

¿Ya vas a parar? —preguntó escuetamente. — No tiene por qué saber tus movidas, sólo va a pedirte tu opinión profesional sobre tu trabajo, no es la gran cosa; también es humana, te recuerdo —Lindsay era una voz de la razón para un Laith que a veces dejaba caer sus papeles.

Pero… ¿y si lo descubre?

¿Vas a llegar y decir “Hola, soy Laith Gauthier, maricón y hago cosas ilegales”? —le preguntó Lindsay retóricamente.

No lo sé, ¿lo haré? —y pareció pensárselo seriamente. — Ahora tendré que cuidarme de eso porque por tu culpa lo tendré en mente y puede escaparse en el peor momento posible…

Lindsay finalmente se separó de la cafetera. Hablaban con normalidad porque la puerta tenía cerrojo y estaba insonorizada, pero igualmente le atrapó el rostro con las manos mirándolo a los ojos.

Si haces alguna tontería, te sacaré de prisión sólo para patearte y volver a meterte ahí, ¿entendido? —lo amenazó, pero luego sonrió. — Lo harás bien, sólo relájate —su tono por primera vez desde que estaban ahí dentro se suavizó, para endurecerse de inmediato: — Ahora vete y métete en esa habitación ahora porque si llegas tarde vas a dar la peor impresión posible.

Él tenía una pequeña tendencia a llegar tarde, así que inhaló profundamente y exhaló antes de obedecerla y marchar a la sala de reuniones. Cuando cruzó la puerta fuera de la sala de empleados, se recompuso por completo: sereno, equilibrado y elegante. Llevaba debajo de su brazo uno de los libros de Clark Gauthier, uno de los más generales por si necesitaba apoyo moral durante aquella visita.

Estuvo en la sala de reuniones por diez minutos antes de que oyese el sonido de la puerta. Apretó los labios, pero se relajó de nuevo para desenvainar una sonrisa y ponerse de pie. Le daba vueltas al acuerdo de confidencialidad, preguntándose qué podría ser tan importante. Consiguió dejar su mente en blanco cuando le abrió la puerta a la mujer.

Lindsay tenía razón en una cosa: era humana. Podía haber hecho cosas horribles y de cuestionable moralidad, pero era humana. En la carta había parecido cordial y atenta; tenerla ahí era la prueba irrefutable de que ella, en ese momento, necesitaba más de él que al contrario.

Por favor —le hizo un gesto hacia el interior con su palma abierta, cerrando la puerta. — Laith Gauthier, para servirle —estrechó su mano educadamente. — Es un honor tenerla aquí —le dijo, yendo detrás de ella.

La dejó primero escoger su sitio, pues era una larga mesa rectangular llena de asientos vacíos. Fue un caballero ayudándola a apartar la silla y permitiendo que se sentara. Había terminado una esquina de la mesa separándolos, de manera que no estaban del otro lado de la mesa ni demasiado cerca. La posición ideal para transmitir interés y no sobrecoger al mismo tiempo.

Me sorprendió su carta, Ministra McDowell —le confesó, sintiéndose extraño por tanta formalidad. Laith no era así de formal, pero era necesario. — Le agradezco el interés por mi profesión —fue cortés, antes que todo, pues a pesar de que su rama era muy específica, había muchos otros sanadores a los que pudo haber recurrido, pocionistas incluso.

Estaba nervioso, pero lo controlaba como un campeón, mostrándose agradable y muy seguro de sí mismo.
Laith Gauthier
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Abigail T. McDowell el Jue Oct 31, 2019 9:52 pm

Sin tener que volver a tocar en la puerta, ésta se abrió, dejando ver a Laith Gauthier en el interior. Sólo había visto una foto de él, típica del registro del Ministerio de Magia, pero al verlo en persona su perspectiva de él cambió: era un chico que aparentaba ser bastante joven y moderno, sobre todo por los tatuajes que asomaban por el cuello y en sus manos.

Pese a que era obvio quién era, se presentó igualmente sólo por cordialidad y poder estrechar su mano.

―Abigail McDowell ―le respondió, observando el tatuaje del dorso de su mano sin comentar nada al respecto. No tenía nada en contra de los tatuajes, pero le chocaba ver a un hombre tan joven y encima tatuado trabajando en San Mungo, sobre todo porque no calzaba nada con la idea preconcebida con la que había ido a visitarle―. Gracias.

La Ministra llevaba consigo un bolso, pero además en una de sus manos tenía sujetada una maletín grueso y duro de color negro. Puso la maletín sobre la mesa justo en frente de su asiento, dejando que Gauthier presidiera la mesa. Ella sería la Ministra de Magia y en todas las reuniones en el Ministerio de Magia ella la presidía, pero en San Mungo las cosas cambiaban y por mucha categoría que tuviera políticamente, ella ahí era la invitada.

Ella, acostumbrada a formalidades todos los días, ya tenía muy interiorizado hablar de esa manera hasta a los que eran más jóvenes que ella. Que ahí en donde la veías, solo tenía treinta y ún años. Demasiado joven y con muchas cosas que hacer como para morir por una dichosa maldición.

―Llevaba tiempo buscando a un pocionista experto que pudiera aconsejarme con algunas cosas que tengo entre manos, por lo que cuando mi asistente Castlemaine le recomendó por su historial y leí sobre las grandes aportaciones de su abuelo, creí que sería una buena idea ―comentó por encima el por qué de elegirlo a él, para entonces hacer un movimiento con su mano y hacer que su maletín comenzase a abrirse mágicamente. Mientras tanto, ella continuó hablando, reposando sendos brazos tranquilamente sobre su regazo―: He hablado con varios pocionistas y otros expertos en cuanto a mi problema, pero hasta la fecha no he conseguido ninguna solución, sino más bien… pequeños parches.

La mano de la Ministra ondeó en el aire y un pergamino, escrito en perfecta letra impoluta de su propia mano, se desenrolló suavemente frente a Laith. Quedó levitando frente a él para que pudiera leer todo lo que decía.

―Me gustaría contarle el problema y mostrarle lo que tengo, pero hay cosas que van primero ―le señaló con la cabeza el pergamino que justo se abrió por completo―. Léalo con detenimiento antes de firmar, a ver si está de acuerdo. Si no, habrá sido un placer igualmente.

Ella creía que cualquier médico que se preciase, apostaría por firmar eso sólo para ver qué tenía que contar Abigail McDowell, pues había quedado claro que era un problema que por el momento no tenía solución. ¿Qué clase de científico que se preciase no tendría curiosidad por intentar ayudar a la Ministra de Magia con lo que tendría entre manos? Incluso muchos pensarían que, quizás, no era nada médico, sino solo relacionado con pociones. Y, de hecho, así era: Abigail no estaba allí para preguntar por una valoración con respecto a su maldición, sino para ver si la poción que estaba tomándose podía ser mejorada. Por lo que había leído de Gauthier, no tenía demasiada experiencia con maldiciones, por lo que había ido con esa idea descartada.

Además, suponía que si Laith había aceptado a sabiendas del contrato de confidencialidad, era porque tenía intención de firmarlo. Una pluma salió también del interior del maletín, volando lentamente hasta quedar al lado del pergamino. Cuando Laith decidiese coger la pluma, el pergamino bajaría hasta quedarse apoyado en la mesa, para que así pudiera firmar tranquilamente.
Contrato de confidencialidad
Contrato de confidencialidad representado por Abigail McDowell y por la otra parte Laith Gauthier al tenor de las declaraciones y cláusulas siguientes:

Declaraciones
1. Que han decidido transmitirse mutuamente cierta información confidencial, propiedad de cada una de ellas, relacionada con cualquier tema de conversación.
2. Que cualquiera de ellas, en virtud de la naturaleza de éste contrato, podrá constituirse como parte receptora o parte divulgante.
3. Que se reconocen mutuamente la personalidad con la que comparecen a celebrar el presente convenio y manifiestan su libre voluntad para obligarse en los términos de las siguientes:

Cláusulas
1. Las partes se obligan a no divulgar  a terceras partes, la “Información Confidencial”, que reciban de la otra, y a darle a dicha información el mismo tratamiento que le darían a la información confidencial de su propiedad.

Para efectos del presente convenio “Información Confidencial” comprende toda la información divulgada por cualesquiera de las partes ya sea en forma oral, visual, escrita, grabada en medios magnéticos o en cualquier otra forma tangible y que se encuentre claramente marcada como tal al ser entregada a la parte receptora.

2. La parte receptora se obliga a mantener de manera confidencial la “Información Confidencial” que reciba de la parte divulgante y a no darla a una tercera parte diferente de sus abogados y asesores que tengan la necesidad de conocer dicha información para los propósitos autorizados en la Cláusula Sexta de éste convenio, y quienes deberán estar de acuerdo en mantener de manera confidencial dicha información.

3. La parte receptora se obliga a no divulgar la “Información Confidencial” a terceros, sin el previo consentimiento por escrito de la parte divulgante.

4. La parte receptora se obliga a tomar las precauciones necesarias y apropiadas para mantener como confidencial la “Información Confidencial” propiedad de la otra parte, incluyendo, mas no limitando, el informar a sus empleados que la manejen, que dicha información es confidencial y que no deberá ser divulgada a terceras partes.

5. La parte receptora está de acuerdo en que la “Información Confidencial” que reciba de la otra parte es y seguirá siendo propiedad de ésta última, a usar dicha información únicamente de la manera y para los propósitos autorizados en la Cláusula Sexta de este contrato y que este instrumento no otorga, de manera expresa o implícita, derecho intelectual o de propiedad alguno, incluyendo, mas no limitando, Licencias de uso respecto de la “Información Confidencial”.

6. La vigencia del presente convenio será indefinida y permanecerá vigente hasta la muerte de alguna de las partes.

7. Las partes convienen que en caso que la parte receptora incumpla parcial o totalmente con las obligaciones a su cargo derivadas del presente contrato, será condenado automáticamente y morirá en el acto. A efectos similares, este contrato tiene el mismo efecto que un Juramento Inquebrantable.


Doña Abigail McDowell y Don Laith Gauthier.
Enterados las partes del contenido y alcance del presente contrato, lo firman a fecha de 29 de octubre del 2019.

Firmas:






Abigail aún no había firmado, pues firmaría después de él.
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Laith Gauthier el Dom Nov 03, 2019 8:22 am

Presentación innecesaria por cortesía, pues los dos sabían perfectamente quién era el otro: a quien habían ido a ver con todas las intenciones de establecer algún tipo de contacto, de ver si él era tan útil como ella esperaba que lo fuera. Era complicado, pero el sanador estaba dispuesto a darle una oportunidad a ver qué era lo que podía hacer por nadie más y nadie menos que la propia Ministra de Magia.

No iba a decir que realmente lo emocionaba tenerla ahí, pero sí despertaba su curiosidad como profesional, más allá de sus nervios comunes y comprensibles dadas las posiciones políticas de ambos.

“Castlemaine” le sonó. Recordó unos rizos en un bar, y una charla de mesa que había acabado en… no mucho en verdad. Comenzaba a entretejer todas las piezas para poder conseguir una visión panorámica, antes de entrometerse al asunto, no sin antes revisar el acuerdo de confidencialidad previo.

Por supuesto —contestó.

Sacó del interior de su bata blanca sus gafas y las colocó sobre su rostro para empezar una minuciosa lectura al respecto. Dentro de Laith se libraba una batalla: la de su espíritu profesionista, queriendo tener entre sus manos un misterio médico, y el de su propia preservación, en el que no quería morir por meterse a la boca del lobo.

En principio no parecía nada extraño. Como cualquier acuerdo de confidencialidad: repetitivo y aburrido, subrayando de cuarenta formas distintas cómo NO debería divulgar la información obtenida mediante aquellas conversaciones. El final, como adivinó, terminaba con la muerte de uno si se rompía el contrato ilegalmente.

Tras leerlo dos veces, aclaró la garganta: — ¿Es válido asumir que en el caso de que, hipotéticamente, este… estudio particular desencadene un nuevo método médico, está exento de la cláusula de confidencialidad? —le preguntó, muy en serio. — Por supuesto, sin citar información de ningún tipo sobre este evento.

No estaba seguro de dedicarle su tiempo y esfuerzo a un asunto que iba a beneficiar a una única persona. Que estaba bien, formaba parte de su juramento, pero… era difícil que Laith tuviese que quedarse al margen en caso de conseguir una innovación de no hacer nada al respecto y mantenerlo en las sombras porque lo había hecho para una persona que le hizo jurar con su vida no echar luz en lo absoluto sobre ese tema.

Una vez aclarado el panorama, el sanador inhaló despacio pero profundamente y liberó el aire por la boca. Es decir, nunca era sencillo firmar algo con su vida. Había terminado por tomar la pluma con su zurda y realizar su firma en el pergamino cuando este se depositó en frente de él. Sintió que le tembló el pulso en el último garabato.

Pluma y pergamino volaron hacia la Ministra mientras el sanador volvía a quitarse las gafas para mirar a la mujer.

Creo que podemos comenzar, ahora que todo está estipulado —dijo, con paciencia, pero intrigado al mismo tiempo. — ¿Le molesta que tome notas mientras habla? —pues era muy importante para su propia retroalimentación, visualizando lo que sea que quisiera darle a entender con mayor retención.

De serle permitido, conseguiría un block de notas al final de sus cosas y un bolígrafo. De no ser así, entonces se limitaría a servir de oyente y tratar de cazar las palabras clave mentalmente, todo en beneficio de su propio análisis.

¿Qué es lo que le aqueja? —preguntó finalmente, permitiendo que empezase a contarle todo lo que estaba sucediendo y que la había llevado a tener que buscar a alguien que resolviera su problema.
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Abigail T. McDowell el Lun Nov 04, 2019 4:09 am

Esperó pacientemente a que Laith terminase de leer el acuerdo de confidencialidad, mientras ella organizaba las cosas dentro del maletín que había llevado.

En el interior habían varias cosas.  En primer lugar una réplica del colgante que tenía puesto con el mismo encantamiento protector contra la maldición, el cual ayudaba a la no propagación de la misma. En segundo lugar dos pequeños botes con una esencia líquida y espesa de color rojo carmesí, con brillos plateados, que era la poción que se estaba tomando para ganarle terreno a la maldición. En tercer lugar y no menos importantes, sobre todo para el médico, era un informe de apuntes de todo lo que había descubierto sobre la maldición, así como los efectos adversos y las mejoras que había ido consiguiendo con encantamientos y pociones.

El encantamiento y la poción eran las dos soluciones que había encontrado de manera esporádica, pues ninguna le daba una solución efectiva, sino más bien la oportunidad de sobrevivir hasta dar con la manera de vencerla. Se había dado cuenta de que utilizando ambas cosas, no tenía que abusar tanto de la poción y, por tanto, ni dedicarse a hacer tanto―pues los ingredientes eran difíciles de conseguir y de procesar―y sobre todo porque era una poción peliaguda para la constante toma de un ser humano. Por otra parte, el solo uso del encantamiento hacía que muchas de los efectos secundarios fuesen demasiado prolongados en el tiempo y tuviera ataques mucho más fuertes.

Al final, se había tenido que resignar y usar ambos métodos, pues solo usar uno de ellos le quitaba efectividad y se notaba muy limitada en su día a día.

Ante su pregunta, la pelirroja elevó la cabeza y bajó la tapa del maletín.

―Sí ―le respondió―, si consigue dar un paso al frente con todo esto, los avances que consiga podrán ser reconocidos abiertamente, aunque no podrá dar parte del estudio. ―Abigail no tenía intención de frenar la mejora médica, de hecho ahora mismo estaba invirtiendo en ello: lo único que quería es que su caso se llevase con discreción.

Cuando el sanador firmó, Abigail reconoció la incomodidad: no la había visto por primera vez en la cara de Gauthier: a nadie le gustaba firmar con la posible muerte. Sin embargo, para la Ministra no fue nada detonante, pues entendía perfectamente que las personas tuvieran miedo a morir. Ella, después de lo que le estaba pasando, estaba desgraciadamente demasiado cerca de la muerte y por mucho que se obligase a tener esperanza, era complicado, por lo que entendía ese temor más que nadie.

Firmó con su perfecta y elegante firma y, automáticamente, el pergamino se enrolló sobre la pluma, sellándose mágicamente antes de guardarse en el maletín.

―En absoluto. ―Se ahorró el ser tiquismiquis: entendía que Laith Gauthier era lo suficientemente inteligente como para ser consciente de que esas notas no debían de perderse nunca.

Una vez los formalismos claros y firmados, Abigail giró el maletín en aquella gran mesa, pero no lo abrió todavía. Podría ser breve: darle la poción, que la estudiara y que viese si podía hacer algo con ella cómo mejorar sus efectos. Sin embargo, la pelirroja era consciente del campo de cada experto: Gauthier sabría perfectamente para qué era una poción así desde que la estudiara y prefería ir con la verdad por delante y contar su propia experiencia.

Total, ya había firmado el contrato, ergo todo lo que tenía allí lo iba a terminar sabiendo de una manera u otra, pues por algo contaba con su ayuda.

―Hace… unos cuatro meses me vi afectada por un objeto maldito cuya procedencia desconozco ―le dijo claramente, sin demasiada vaselina en introducir el tema―. He contactado con los mejores expertos en Inglaterra en maldiciones y objetos malditos y ninguno ha sido capaz de decirme qué maldición es o cómo revertir sus efectos, por lo que he tenido que sobrevivir con remedios sólo evitan mi muerte, pero no me salvan de ella. ―Entonces el maletín se abrió y Abigail, que evidentemente no le hacía gracia el tema, siguió hablando con seriedad―: Actualmente utilizo dos métodos para evitar que la maldición se propague, pues si no ya estaría muerta: un encantamiento proyector… ―Se llevó la mano al colgante antiguo, de estilo medio gótico, que se sacó del interior de la camisa―. Y, además, tomo una poción para los efectos secundarios.

Por cómo había tocado el tema anteriormente con otros expertos, sabía que era un poco complicado eso de encajar una maldición desconocida y, para colmo, que fuese la Ministra de Magia quién estuviese sufriéndola. Abigail se mostró abierta a que Gauthier pudiese coger lo que quisiera del maletín.

―Mi interés en su trabajo es ver si ve que la poción que utilizo es óptima en su uso o podría mejorarse en cualquier sentido ―dijo directa―. Sin embargo, como mis conocimientos médicos son más bien nulos y ya ha firmado el contrato, no pierdo nada por preguntar su opinión al respecto con… todo lo que tengo. ―Eso último casi sonó gracioso o, más concretamente, sonó como lo más gracioso que había salido de la boca de Abigail el tiempo que llevaba ahí. De hecho, más que diversión se podía notar resignación.
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Laith Gauthier el Jue Nov 07, 2019 7:54 am

Una vez resuelta su única duda acerca el acuerdo, Laith resolvió con firmar. No creyó que se le notasen los nervios y, de hacerlo, la verdad no le importó: no estaba haciendo otra cosa que firmar jurando con su vida que la información clasificada permanecería secreta hasta el día de su muerte. Si bien se decía poco… era un asunto muy turbio del que siempre era preferible salir bien parado. De alguien haberle dicho dos días atrás que firmaría algo así con la Ministra de Magia, no les habría creído.

Vio cómo el pergamino se plegó en sí mismo junto con la pluma hasta guardarse en el maletín. Por un momento fue como ver su libertad meterse en una prisión de cuero. Suerte fue que no le costó retomar su profesionalidad y se dispuso a ultimar detalles para comenzar con aquella conversación.

Cuaderno en frente y bolígrafo en mano, comenzaron con la parte realmente importante de su encuentro. La Ministra fue clara con él, y Laith empezó a hacer notas apresuradas sin ver el cuaderno: “Objeto maldito”, y una anotación, un símbolo que sólo él sabía el significado, que era “abierto a revisión”, para hacerse saber que quería investigar qué tipo de objeto era.

Pese a lo que oyo… no lo sorprendió. Es decir… él, como todos, sabía que la Ministra de Magia no estaba exenta de enemigos. Más bien, todo lo contrario, y no le extrañaba saber que alguien había intentado matarla de aquella manera. Porque, hasta donde él se imaginaba, todo estaba planificado y no había sido accidental.

Lo primero que tomó del maletín, hecho el silencio, fue el informe. Pasó las hojas leyendo por encima, parecía estar buscando algo, y con lo que descubría complementaba sus propias anotaciones. Quería saber con cuánta información estaba contando que no necesitase preguntar. Luego tomó uno de los frascos, dejando el informe dentro, pero para eso se enguantó. El aroma que emanó le permitió –o al menos creyó- identificar un par de ingredientes, pero también olía a veneno y a muerte. El mero olor le hizo sentir que los vellos de la nuca se le erizaban.

Entonces le puso la tapa de nuevo.

Estoy seguro que muchas de mis preguntas están aquí —en el informe, — que revisaré minuciosamente en breve… Pero me gustaría escuchar a grandes rasgos qué está provocando esta maldición, qué consiguen la poción y el encantamiento y qué es lo que espera de la poción —su mano izquierda, sin quitarse el guante, había vuelto a tomar el bolígrafo e hizo un gráfico rápido pero intuitivo: un “el problema”, “lo que tengo” y “lo que espero”, con el propósito de organizar las ideas y proponerse un objetivo cuando empezase a investigar en detalle.

No estaba haciendo falsas promesas, pero… era más fácil intentar responder a las expectativas de Abigail McDowell que empezar a realizar conjeturas por su propia cuenta. Mejorar una poción nunca era cosa sencilla, y menos cuando era no sólo una poción delicada sino también tenía efectos todavía más delicados, con ingredientes muy difíciles de conseguir.

Con una lista de prioridades, tendría algo sólido con lo que partir al momento de empezar sus investigaciones.

Mi opinión —la profesional, pues la personal no importaba, — es que las maldiciones son una materia que tomar con pinzas, y también todo lo que representa; sus efectos, sus curas o sus parches —admitió estar frente a un problema grande. — Lo que respecta a la poción… es también un proceso muy delicado, y lo que es peor: este tipo de poción no es objetiva —levantó las cejas en un gesto por un momento frustrado. — Lo que quiero decir es que, incluso suponiendo que logre por mi cuenta mejorarla… No puedo prometer sus efectos y no puedo decir que no podría ser todavía más perjudicial, pues fluctúa respecto a la maldición que está tratando —entrelazó sólo las puntas de sus dedos. — Incluso con mis pruebas de seguridad, no estaría trabajando con nada ni nadie que tenga la maldición y no podría ver sus efectos reales hasta que llegue a sus manos —resumió lo que quería decir.
Laith Gauthier
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Abigail T. McDowell el Miér Nov 13, 2019 2:55 am

Podría esperar a que Gauthier se leyese con tranquilidad el informe antes de poder tener esa charla, pero realmente no era lo que esperaba de esa cita con el médico. Abigail estaba bastante informada al respecto―pues la estaba matando y quería ser consciente de que la estaba matando―, por lo que podría informarle con lo suficiente como para mantener un intercambio de opiniones. Ya, para cosas más técnicas, tenía el informe delante.

La pelirroja entonces se levantó de la silla y se quitó la chaqueta que tenía, colocándola sobre la mesa con cuidado antes de volver a sentarse. Llevaba una camiseta holgada, blanca y de manga hueca debajo, por lo que sus brazos desnudos con su piel suave y pálida estaban al descubierto. Se podía ver perfectamente en el antebrazo izquierdo la marca tenebrosa, mientras que en la derecha se veía justo en el centro del antebrazo lo que podía parecer un pinchazo negro, de cuyo centro salía para todos lados, envenenando sus venas de color negro, unos hilillos que podían verse a través de su pálida piel. Dichos hilillos de color negro iban teniendo cada vez menos fuerzas, liberando de nuevo sus venas, como si su avance estuviese siendo retenido.

―Principalmente consigue dejarme exhausta en cuestión de horas. ―Abigail había dejado de poder entrenar con la frecuencia en la que lo hacía y para poder mantener un ritmo decente en el Ministerio de Magia tenía que sacrificar muchas horas descansando en casa―. Además, afecta directamente a mis sentidos. De manera totalmente arbitraria ataca a mi visión, a mi capacidad auditiva, a mi olfato, al gusto… o incluso al tacto. He llegado a no sentir nada y… ―Unió las yemas de los dedos de sus propias manos, rozándolas entre ellas en una sensación casi que apreciaba―. Uno siempre le da más valor a la audición o a la visión, pero porque nadie nunca ha sentido lo frustrante que es no sentir nada con absolutamente ningún centímetro de tu piel ―reflexionó, de manera un poco más apesadumbrada, antes de volver a dirigir la mirada al médico. Nadie entendería lo que era sentirse realmente muerto hasta que sentía algo así―. A veces dejo de ver, a veces dejo de oír… A veces las dos cosas a la vez.

Pese a que era muy evidente el estado de vulnerabilidad al que se estaba enfrentando McDowell en su día a día, teniendo en cuenta la batalla campal que se estaba todavía librando en Londres entre fugitivos y la nueva orden, la Ministra de Magia no se quiso mostrar débil. Hablaba de la debilidad más obvia, pero con serenidad, como si realmente no le importase.

Evidentemente le importaba mucho y no le gustaba hablar de ello: contarle a las personas que estaba en el mejor momento para crear un ataque contra ella y matarla no era algo que le gustase, pero tenía que buscar soluciones a sus problemas y, aunque no le gustase, confiar en ciertas personas.

―El encantamiento consigue frenar la maldición ―continuó explicando, haciendo una pequeña pausa―: Ha sido un encantamiento desarrollado a partir del que se utiliza para proteger los accesorios con los cuáles se manipula objetos malditos, de tal manera que esta maldición queda “encarcelada” en donde comenzó. El encantamiento igualmente se debilita frente al choque con la maldición, por lo que cada día ha de volverse a hacer. ―Volvió a hacer otra pausa, señalando con la cabeza la poción―. La poción lo que hace es… mantenerme. Consigue evitar los ataques y que los efectos secundarios no sean tan prolongados.

La opinión del sanador fue acogida con objetividad por McDowell, siendo consciente que, como muchos otros, no sería una visión con demasiado positivismo dadas las circunstancias tan turbias que vivía la pelirroja.

Estaba empezando a pensar que la solución no iba a ser ningún encantamiento prodigioso ni ninguna poción extraordinaria, pero también estaba comenzando a sopesar la posibilidad de que realmente aquello no tuviera solución alguna y la simple idea de ir matándose poco a poco la verdad es que la estaba volviendo un poco loca. Obviamente no lo reflejaba de cara a nadie por pura fortaleza, pero no le estaba sentado nada bien esa situación que estaba viviendo y lidiar con todo ello ella sola, pese a que creía estar preparada para enfrentarlo todo en soledad, le quedaba muy grande.

―Me arriesgaré ―le respondió―. No conozco a nadie que esté sufriendo por lo mismo que yo, así que soy la única rata de laboratorio en el cual probar.

Sí, Abigail era una desalmada: había intentado contagiar a otra persona con la que poder hacer experimentos, pero no había podido. No había podido sacar aquello de su cuerpo ni contagiar a otra persona con ello: daba igual cuánto tocases, aquello estaba bien impregnado en ella. Fue ella quién firmó la creación del Área-M, ¿qué esperábais?

―Evidentemente cualquier tipo de progreso que crea que pueda ser beneficioso para mi caso, será consultado con mi pocionista de confianza. El acuerdo de confidencialidad protege mi vida, pero toda precaución es poca en un país en donde medio mundo mágico quiere matarme ―confesó con naturalidad, haciendo gala de un humor negro que solía caracterizarla―. Cualquier mejoría en la poción deberá ser tratada previamente con mi contacto. Los ingredientes de dicha mezcla son extremadamente caros y complicados de conseguir, por lo que sí va a enfrascarse en un estudio, yo le proporcionaré todo lo necesario.

No lo había escrito en el acuerdo de confidencialidad, pero Abigail tenía bastante claro que la persona que descubriese aunque sea una mejoría para que su calidad de vida fuese un poquito mejor, iba a ser generosamente recompensado. Sin embargo, nunca hablaba del dinero: sabía que era un buen aliciente, pero no quería a personas que mirasen por el dinero, sino a los mejores que se enfrascasen por pasión y por interés. No quería chapuzas, sino trabajo realmente útil.
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Laith Gauthier el Sáb Nov 16, 2019 12:23 am

No estaban ahí para desperdiciar el tiempo del otro, así que Laith saltó directamente a lo que quería saber y no a lo que podría descubrir con una minuciosa lectura al informe médico. Con eso establecido, permaneció calmo y profesional mientras la miraba quitarse la chaqueta. Evidentemente, lo primero que llamó su atención fue la marca tenebrosa; le parecía un diseño estiloso como tatuaje, pero todo lo que representaba era desagradable y malvado. Lo ignoró rápidamente, prestando atención a lo que los llamaba a esa cita.

Vio en la blanca piel de la mujer aquella marca que se extendía por sus venas, siguiendo el hilo de su torrente sanguíneo. No se parecía a nada que hubiera visto hasta el momento, o nada que pudiese traer a su memoria en ese preciso instante. No sólo eso, sino que la sintomatología que le explicaba era muy inusual. Tomaba nota de todo, pensativo.

Existe un desorden que inhibe parcial o totalmente la sensibilidad; muchos creen que es una panacea, pero en realidad… La verdad, es que es peligroso porque uno no es capaz de percibir que hay algo mal ni externa ni internamente; en ese caso, no creo que lo ignore, pero recomendaría encarecidamente que durante esos periodos hubiese chequeos generales para ver que todo esté bien —no pudo evitar callarse el instinto médico por encima de todo. Le despertaba en cuanto una persona cruzaba su puerta y pedía su opinión, aunque no estuviese directamente relacionado con el problema que trataban.

No podía evitar empatizar; había empezado a ignorar quién era la mujer que tenía delante y concentrarse en los hechos: era una persona que necesitaba ayuda, independientemente de quién fuera o qué hiciera. Adivinaba que debajo de esa faceta calmada e imperturbable había frustración y angustia.

Cuando oyó sobre el encantamiento, que era de nueva creación, volvió a tomar el informe y buscó en éste información al respecto. Podía ser una variación, pero también era algo muy importante que no iba a pasar inadvertido, si bien no formaba parte de lo que se le estaba requiriendo, que era la poción en sí misma. Cuando la encontró, hizo otra anotación en su propio cuaderno y lo dejó. Le gustaba saber con qué contaba.

La informó como pudo: no podría prometer sus resultados hasta el momento en que lo corroboraran en ella misma. Y comprendió perfectamente su postura de usar a su pocionista de confianza como mediador, pues él con facilidad podría realmente envenenar una poción y dársela a beber. No es que fuera a hacerlo, pero su paranoia le dejaba ver ese tipo de escenarios muy fácilmente.

Por supuesto —respondió, sin ofenderse ni nada tonto. Era objetivo y profesional. — Tengo que ver detalladamente cada uno de los ingredientes antes de sacar conclusiones, pero creo, mas no aseguro, que podría intentar hacer algo para contrarrestar la debilidad —la informó sobre sus planes a más corto plazo. — Los ingredientes y su relación entre ellos y con posibles mejoras me dirán qué otras cosas podría intentar, pero desde el vamos… es complicado —en especial porque apostaba que estaban usando ingredientes con poca información de respaldo.

No se sentía optimista con la odisea que estaban pidiéndole emprender. De hecho: todo lo contrario. Pensaba que todo lo que pudiera salir mal, saldría mal. No porque quisiera que saliera mal, sino porque era demasiado grande y le preocupaba que se le saliera un poco de las manos. Sin embargo, su orgullo y su amor por su trabajo le negaban el rechazar sin siquiera intentarlo.

Lo cierto era que no pensaba en las recompensas. No pensaba en fortunas, ni en los regalos, ni en el reconocimiento. Lo suyo era, como muchas veces, puro amor al arte. La ambición monetaria no lo movía en lo más mínimo: la plata era importante, pero se consideraba un humilde al respecto.

No puedo ofrecer más que mi entera disposición para investigar el caso y tratar de conseguir un resultado; si eso le basta, cuente conmigo —le dijo, realista.

Se preguntó cuántas personas habrían jurado milagros con tal de trabajar para la Ministra de Magia. También cuántas se habrían reconocido humanas, como él, y no dioses a la hora de trabajar con ingredientes difíciles y volubles. Para Laith, su reputación y la herencia de su abuelo hablaba alto, pero no sabía si eso bastaría.

Procedió a recargarse contra el respaldo de su silla en una postura distendida y relajada. — En el caso de que acceda a trabajar conmigo, yo también tengo mis… condiciones —la informó: — requeriría un estudio profundo y minucioso sobre su estado para saber cómo está actuando la maldición y ver de qué forma se puede contrarrestar sus efectos, lo que se repetiría cada vez que haya un cambio importante en su salud; si llegase a identificar una raíz o un punto de partida, por mínimo que sea, podría ser información contundente a la hora de trabajar con la poción —le explicó.

Si creía que iba a pedirle una remuneración, en especial por adelantado, se estaba equivocando. Lo que él quería era toda la información que pudiese recolectar que le facilitase mínimamente todo el arduo y complejo trabajo que tendría que hacer.
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