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Our own inner demons {Samdoline}

Gwendoline Edevane el Miér Oct 30, 2019 4:31 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Our own inner demons {Samdoline} - Página 3 WKsGiyo
Jueves 15 de noviembre, 2019 || Cafetería “El Juglar Irlandés”, Londres || 12:47 horas || Atuendo

A su regreso de las tan necesarias vacaciones de verano, Gwendoline casi había esperado encontrarse con una Londres sumida en el caos: esperaba encontrarse con más ataques de los radicales, quizás el secuestro de otro miembro de su familia, o incluso un nuevo ataque perpetrado por el Juguetero.

Sorprendentemente, no había sido así.

Septiembre, octubre y lo que iba de noviembre habían sido dos meses y medio sorprendentemente tranquilos, casi anodinos, y a pesar de que Sam y ella habían tenido alguna que otra desavenencia —había procurado tomarse el asunto de Ryan Goldstein con filosofía—, las cosas marchaban bien. ¡Incluso había tenido tiempo de pensar en lo que le había prometido a su novia!

Y no solo eso: tenía buenas noticias para ella.

Dependiendo de cómo se mirase, lo que estaba a punto de contarle podía considerarse un suicidio social: teniendo en cuenta que tenía un empleo fijo en el Ministerio de Magia, que cursaba una carrera al mismo tiempo, y sus obligaciones con la Orden del Fénix, añadir una responsabilidad más al tema podía suponer que no viese la luz del sol en lo que le restaba de vida.

Pero lo tenía todo pensado.

De acuerdo, no habían localizado al Juguetero, pero llevaba sin atacar desde el verano. Dos habían sido los atentados cometidos, y se habían tomado medidas al respecto para prevenir otros. El resultado, por lo visto, había sido óptimo, y por mucho que la Orden del Fénix todavía no quisiese festejar la victoria, ya empezaba a comentarse.

Gwendoline no lo tenía claro al principio, pero con el paso de los días, no había habido noticias… y poco a poco había empezado a creérselo. Poco a poco dejó de pensar en aquello como la calma antes de la tempestad.

«Si es así», pensó la morena, mientras caminaba por las calles de Londres en ese día que había decidido tomarse libre en el Ministerio. «Si es así, quizás mi tiempo de servicio en la Orden del Fénix haya llegado a su fin.»

Ya podía ver la fachada del Juglar Irlandés, dónde en esos momentos Sam cumplía religiosamente su horario laboral. Una sonrisa le iluminó el rostro, y sin darse cuenta, apretó el paso.

Lo que Angus Flannagan, ese pelirrojo de pelo rizo y rostro bonachón que habían conocido en Hogwarts, le ofrecía a Gwendoline, era algo pequeño. La morena no esperaba empezar por todo lo alto, eso estaba claro, y sabía que cualquier cosa era buena. Sin embargo, procuraba no hacerse muchas ilusiones: restaurar una vieja biblioteca y salvar todos los libros antiguos posibles iba a ser un trabajo muy poco agradecido y seguramente mal pagado, pero era un comienzo.

¿Quién sabía? Quizás Angus se convertiría en lo que ansiaba: el librero mágico más famoso de Inglaterra.

La campanilla sobre la puerta tintineó cuando Gwendoline la abrió, todavía con una sonrisa. Caminó en dirección al mostrador, donde Sam y Santi discutían sobre algo, mirando un ticket de compra que el español sostenía en su mano izquierda. A juzgar por los golpes que le daba con la otra, y por lo “enfadado” de su expresión, alguien de los dos había cobrado mal a algún cliente.

—Espero que no estés intentando echarle las culpas otra vez por algo que has hecho tú —bromeó Gwendoline, dirigiéndose a Santi, mientras apoyaba ambos brazos en la barra. Enseguida cambió su tono de voz a uno más confidencial y “amenazador”—, porque he oído que su novia es una bruja que te puede echar un buen mal de ojo encima.

No tenía ni idea de si Santi sabía que eso no podía hacerse, pero igualmente le iba a dejar creerlo durante un rato. Hasta que se cansase de tenerlo persiguiéndola y preguntándole si se lo quitaba, básicamente.


Última edición por Gwendoline Edevane el Jue Oct 31, 2019 1:48 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Jue Dic 19, 2019 10:40 pm

Desde un principio, ya se había imaginado que, en caso de aceptar —y, sabiendo cómo era, raro sería que no aceptase—, Sam querría hablar primero con Annie, la única superviviente del ataque del Juguetero al primer refugio.

Era lógico: las experiencias en su vida la habían marcado en ese aspecto, especialmente Henry Kerr, y tenía la firme creencia de que todo el mundo tenía derecho a conocer de antemano lo que ocurriría con su mente, amén de aceptar o no cualquier tipo de influencia en ese sentido. La responsabilidad de aquella persona que cuenta con un gran poder entre sus manos.

No resultaba muy difícil corromperse cuando una tenía en sus manos un poder así, cosa que quedó bastante clara con Artemis Hemsley. Aquella mujer, también legeremante, no había dado ni un solo paso atrás, incluso si su insistencia significaba un daño irreparable, cuando de averiguar lo que quería y manipular a otros se trataba.

Se alegró, sinceramente, de que Sam no se pareciese a ella en lo más mínimo.

—Me quedo más tranquila contigo a cargo de esto, la verdad —le dijo con sinceridad—. Y no sólo porque confíe en tus capacidades y en tu juicio a la hora de decidir si es prudente hacerlo o no, sino también porque las cosas están bastante tensas en el refugio. Creo que todos los sanadores del refugio son personas sensatas, pero también han perdido seres queridos. No sólo a manos del Juguetero, sino también durante estos años. Supongo que la mayoría de ellos opinarán como yo, que el fin no justifica los medios, pero otros... —Se mordió el labio inferior, con inquietud—. Otros quizás no tengan tantos reparos en utilizar a Annie como un instrumento para alcanzar un fin, independientemente del daño que pueda sufrir.

Lo peor de todo era que Gwendoline podía entender esa necesidad visceral de justicia, o del concepto de justicia que se tenía cuando a una la cegaba la venganza. Ella misma se había sentido así hacia contadas personas a lo largo de su vida, y bien podría sentirse de la misma manera hacia el Juguetero si en lugar de pensar en las víctimas y futuros objetivos de éste, se lo hubiera tomado como algo más personal.

Claro que tampoco había perdido a personas cercanas a manos de éste, lo cual la diferenciaba de los otros fugitivos.

«Hay que pararle los pies», pensó Gwendoline una vez sentada en el sofá. «Pero de la manera correcta.»

Ahí entraban, precisamente, las personas que se encargarían de apresarlo. Quizás era mirar demasiado a lo lejos, pero su personalidad la llevaba a querer tener siempre todo bien atado. Y en cuanto supieran a quién debían apresar, quería tener un equipo listo para hacerlo.

Sam no pudo aportar demasiado en aquel asunto, pues no conocía a demasiadas personas en el refugio. Gwendoline propuso a sus dos candidatos, Leon y Xenobia, pero más allá de eso, no sabía. Se le estaba pasando por la cabeza que, quizás, esa última parte debía depender enteramente de Dumbledore, cuando Sam mencionó algo que la hizo fruncir el ceño.

Volvió la cabeza en su dirección, hasta el punto en que sus labios casi se tocaron, y la miró extrañada.

—De entre todas las personas implicadas en esto, Sam, puedo jurar que creía que serías la última en poner eso sobre la mesa —le dijo, francamente sorprendida—. En realidad, ni siquiera eso: creía que tú jamás lo mencionarías.

A pesar del poco espacio que había en el sofá, Gwendoline hizo un pequeño esfuerzo para librarse del abrazo de Sam y darse la vuelta. Quedó sentada frente a ella, con las piernas encogidas, y prácticamente con el trasero en el borde. Un mero balanceo y se caería de espaldas al suelo.

Puso ambas manos en los hombros de Sam y la miró a los ojos. Después deslizó una de sus manos hacia la mejilla de la chica a la que amaba.

—Te prometí que no participaría en su captura, que únicamente aportaría ayuda intelectual —le dijo, con gran convicción. Se había mentalizado de que su rol era más bien pasivo—. Además, tampoco quiero ser un estorbo para nadie. En el refugio hay personas mucho más capaces que yo. Lo tienen controlado.

Podría haber hecho una pequeña broma, cuestionando la nueva sed de adrenalina de su pareja, pero lo dejó estar: sabía a qué se refería, y todo versaba de que parecían unas egoístas señalando una dirección y pretendiendo que otros fuesen en dicha dirección sin preguntas, sin garantías, mientras ellas se quedaban atrás.

Pero así tenía que ser: Gwendoline había hecho una promesa y debía cumplirla.

—Haremos lo posible porque nuestros compañeros sepan todo lo que puedan antes de ir a por él. Haremos lo que mejor se nos da. —Le puso suavemente el dedo índice en la sien, y le sonrió—: pensar. Igual que hemos hecho siempre. Nadie nos gana en ese terreno, ¿verdad?

Podía ser un poco presuntuoso decirlo, y seguramente no era cierto, pero ambas eran muy inteligentes. Tendían a subestimarlas, posiblemente por ser mujeres, pero al final del día siempre demostraban tener dos dedos de frente.

Se le escapó un suspiro, cansado, y dejó reposar la cabeza sobre el respaldo. Todavía miraba a Sam, y le dirigió una sonrisa todavía más amplia que la anterior. Ahora, su mano acariciaba uno de sus rubios mechones de pelo.

—Sigo agotada —declaró, para luego dejar escapar un bufido divertido—. ¿Nos metemos en la cama, y al infierno la cena? A dormir, me refiero.

Sí, dormir era el plan inicial, y muy posiblemente lo cumplirían, teniendo en cuenta lo cansadas que estaban. No obstante, siendo ellas dos, había altas probabilidades de que antes de dormir jugasen un poco. Gwendoline quizás no tuviese en mente tener un orgasmo en esos momentos, pero si Sam estaba de humor y lo quería, no tendría problema en dárselo.

Y es que, por mucho que hubiera descubierto que le encantaba el sexo, no había nada que le produjera mayor satisfacción que hacerla feliz, en todos los sentidos.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Dic 24, 2019 11:32 pm

Quería pensar que cualquier persona con un mínimo de sentido común no utilizaría a una niña como método para resolver sus problemas. No quería escupir al aire, pero siempre había tenido a las personas de la Orden del Fénix como personas cuerdas con los objetivos claros y sólo un monstruo utilizaría a una niña como medio incuestionable para conseguir un fin si en ese tiempo ésta sufría. Daba igual cuánto hubieras perdido, o cuánto hubieras sufrido: desde que dejabas de tener consideración por la vida de otra persona ―sobre todo de una niña tan pequeña― quedaba claro que te habías convertido en lo mismo contra lo que estás luchando.

Pero no iba a considerarse una Mandela ni nada por el estilo: Sam sabía lo que era sentir esa desesperación por verte a ti mismo totalmente perdido, sin punto de retorno en tu vida. También sabía lo que se sentía una pérdida, aunque gracias a Merlín eso no había sido una experiencia propia.

―Tranquila ―le dijo, con una sonrisa―. Saldrá bien. Funcione o no, haremos que Annie quede fuera del interés de nadie con respecto a este tema ―aseguró.

No le extrañaría que si Gwen tenía esos pensamientos, también considerase que después de cualquier intento viniese otro a «intentarlo mejor». Bastante iba a sufrir esa niña una vez, como para que algún subnormal intentase de nuevo nada con ella.

Sam fue incapaz de callarse lo que pensaba, sobre todo porque realmente se sentía mal. Si bien ahora mismo adoptaba en su vida la prioridad del cobarde, no podía evitar sentir una responsabilidad cuando veía un problema, por lo que sabiendo lo peligroso que era el tema del Juguetero, se sentía egoísta ante la idea de mandar a otros frente a la amenaza; a la primera línea de fuego. Que sí, que era perfectamente consciente de que ella no era nadie para enfrentarse al Juguetero, pero después de ser ella misma quién se enfrentase durante todos estos años a sus problemas, dejar ir solas a otras personas cuando la muerte era tan palpable, le parecía injusto.

Pero que no quería ir. Sólo se sentía mal.

Miró a Gwendoline de frente cuando cambió de posición, escuchando lo que decía.

―Por mucho que me haga la dura diciéndote que es peligroso y no quiero ir, sé que es peligroso para todos, no solo para ti y para mí. Sabiendo lo poco que sabemos del Juguetero parece que ir a por él es simplemente suerte y… no sé, me preocupa que el primer acercamiento la suerte no esté a favor de nuestro bando ―le explicó―. No quiero ir yo tampoco ―añadió, por si acaso se pudiese creer que Sam tenía intenciones―. Simplemente… no sé, me preocupo. ―Se encogió de hombros.

Tenía razón cuando decía que pensar se les daba muy bien, desde siempre, ¿pero y si se dejaban algo atrás y eso era fatal para los que salían del refugio a por el Juguetero? En ese momento, un momento de absoluto caos y desinformación con respecto a su enemigo, Sam se sentía pesimista, ya que se sentía ciega. No sabía por qué apostar, por donde investigar, qué camino seguir... ni nada. Hablar de “mandar a alguien” le resultaba una locura en ese momento.

Y no sabía tampoco cómo se iba a sentir cuando supieran algo, por mínimo que fuera.

―A dormir ―repitió, esbozando una sonrisa más despreocupada e incluso algo divertida. La matización de “a dormir” le había hecho especial gracia. Se acercó a Gwen, pegando sus rostros mientras jugaba rozando su nariz con la de ella―. ¿Y si yo quiero… ―Sonó seductora, para entonces besar su nariz suavemente―. ¿Y si yo quiero saltar en la cama, qué? ¿No me vas a dejar? Eres la dictadora de la casa… ―Se quejó con falso drama, acercándose para darle un beso en los labios.

Había ido con intención de ser un beso pequeño y suave que declarase el final de la broma, pero al final se emocionó, atrapó sus labios y el beso se tornó húmedo, lento y romántico.


***
Lunes, 18 de noviembre del 2019 ― 17:54 horas
Refugio de la Orden del Fénix, Londres
Atuendo

Ese día habían ido a la Orden del Fénix para hablar con los médicos con respecto a la situación de Annie, así como para que Sam conociese y hablase con la pequeña. No lo iba a negar: estaba un poquito nerviosa. Hablar con una niña pequeña siempre conllevaba un mayor tacto, unas palabras especiales y una honestidad transparente pero comedida. Quería creer que estaba preparada para hablar con ella, transmitirle confianza e intentar que ella misma considerase que aquello era una buena idea explicándole la situación…

Aún así, pues tenía sus dudas. Por suerte, primero hablarían con los médicos y el encuentro con Annie sería al final, por lo que tendría tiempo de prepararse y de hablar con los profesionales primero, por si tenían algún consejo.

Le había contado sus inseguridades a Gwendoline, por lo que la morena era bien consciente de por qué Sam ahora mismo iba con cara de patata confusa al refugio. La rubia le había dado la mano y ambas caminaban desde el patio del refugio hacia donde la morena había quedado con sus compañeros.

―No estés nerviosa, Gwendoline ―le dijo de repente, como si ella fuese la nerviosa, mirándola con una sonrisa pequeña.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Dic 25, 2019 10:21 pm

Por mucho que se negase a admitirlo, Gwendoline era perfectamente capaz de empatizar con quienes, dentro del refugio, creían que la justicia no llegaba lo suficientemente rápido.

Aunque no compartiera esa visión egoísta de que todo vale que algunos de ellos parecían haber desarrollado con el paso de los meses, sí comprendía el motivo por el que había surgido: iba para tres años que duraba aquel nuevo gobierno, para tres años que aquellas personas habían perdido sus hogares y a sus seres queridos, y como colofón, estaban encerrados entre las cuatro paredes del refugio, ocultas del mundo exterior.

El caldo de cultivo perfecto para la situación que se vivía.

Con todo y con esas, Gwendoline esperaba que todos ellos conservasen un mínimo de sentido común y viesen que Annie no era distinta a ellos: también ella lo había perdido todo, incluyendo un padre que había sacrificado su vida para salvarla.

—Seguro que no somos las únicas dispuestas a defenderla —dijo, correspondiendo a la sonrisa de Sam.

De hecho, no le costaba nada visualizar a Xenobia Myerscough allí mismo, interponiéndose entre una hipotética turba irracional y la niña, si hacía falta. Y como ella habría muchos otros.

Con respecto a participar o no de manera activa en la captura del Juguetero, Gwendoline no había necesitado demasiada insistencia a la hora de convencerse de no hacerlo: su autoestima no era lo que había sido, y tanto Artemis Hemsley como Zed Crowley habían conseguido pisotear lo que quedaba de ella.

Tampoco es que le hiciera gracia verse nuevamente en una situación como la de Caiden Ashworth, no lo neguemos.

Pero tampoco podía negar que ella misma también lo había pensado: resultaba un poco egoísta pretender que fueran otras personas, personas que tenían “menos que perder”, las que se encargaran de apresarlo. Se había convencido de que ella no sería más que un estorbo en esa situación, y en parte funcionaba.

—Es normal que te preocupes —le dijo, con una expresión resignada en el rostro—. Pero la idea de todo esto es evitar que nuestros compañeros vayan a por él únicamente armados con la suerte. La suerte no es nuestra mejor aliada, y de serlo, no es la más fiable.

Como para rebajar un poco la tensión, sonrió. Lo hizo, quizás, de manera irónica, pues a fin de cuentas era muy triste pensarlo: una especie de fuerza cósmica, superior a todos los mortales, parecía conspirar en contra de ellos. Algunos dirían que culpar a la suerte era de cobardes, pero Gwendoline opinaba que descartar la mala suerte sería de necios.

De todas formas, aquella conversación era demasiado profunda como para mantenerla estando como estaban, cansadas y deseando dormir un poco. Así que Gwendoline propuso irse a la cama, aún a pesar de que pudieran saltarse la cena.

A dormir, por supuesto.

—A dormir, sí —repitió ella, con una sonrisa que indicaba que, posiblemente, no sería capaz de limitarse a dormir. Y cuando Sam se puso juguetona, repondió—: Tengo formas de impedir que saltes en la cama mientras intento dormir...

Y después de aquel beso de Sam en su nariz —algo que a la rubia le encantaba—, pasaron a un beso más serio, más profundo, más de amantes… y quedó claro que no se iban a limitar a tumbarse en la cama y dormir.


***
Lunes 18 de noviembre, 2019 - 17:54 horas
Zona segura para fugitivos, Londres
Atuendo

Lo que tenían entre manos, estaba claro, no era un asunto sencillo: explorar la mente de Annie Hopper podía ser tanto beneficioso como peligroso, sino ambas cosas al mismo tiempo. Gwendoline ni siquiera había tenido tiempo de tantear el terreno, hablando previamente con los sanadores; únicamente, había sido capaz de organizar esa cita, solicitando hablar con ellos.

No sabían de qué quería hablarles exactamente, pues en un inicio había temido que rechazaran la idea directamente. Sería mejor explicárselo en persona, con la legeremante en cuestión presente.

Mientras caminaba por los pasillos, cualquiera que la conociese sabría que estaba nerviosa: cuando se ponía nerviosa, tenía tendencia a callarse, y a pesar de que eso no se le notaba, sentía un irrefrenable deseo de morderse las uñas. Morderse las uñas había sido, durante su etapa en Hogwarts y en la universidad, su día a día, especialmente cuando se acercaba la época de exámenes.

La repentina sugerencia de Sam la pilló totalmente desprevenida, haciendo que la mirase con los ojos muy abiertos. Como si, en efecto, la hubiera sorprendido mordiéndose las uñas, aún a pesar de que una de sus manos iba en un bolsillo de sus tejanos, y la otra sujetaba la de la rubia.

—¿Qué…? —Esa fue su primera respuesta, perdida como estaba, momentos antes, en sus inseguridades—. Yo no... —insistió, para luego suspirar y añadir—: Bueno, sí lo estoy, de acuerdo. Pero pase lo que pase, no hay motivos para estarlo: si nos dicen que no, es que no; si nos dicen que sí, tú harás lo posible para que no le ocurra nada malo, y yo te ayudaré.

El plan de contingencia era sencillo: si por algún motivo, aquellos recuerdos eran demasiado horribles como para afectar la cordura de Annie, harían exactamente lo mismo que habían hecho con Kelsey, es decir, los eliminarían por completo. Le pesase a quien le pesase, la salud mental de la niña iba por delante.

Caminando a paso lento, como si temieran el momento de la verdad, ambas chicas llegaron ante la puerta de la enfermería, y una vez allí se detuvieron. Finalmente fue Gwendoline quien, sacándose la mano del bolsillo, golpeó suavemente la puerta con los nudillos. Acto seguido, volvió a meter la mano en el bolsillo, donde no podía irse a la boca.

A los pocos segundos, el pomo de la puerta giró, y al otro lado del umbral apareció Freddie Langley, el sanador habitual y uno de los más queridos en el refugio. Las miró alternativamente a una y otra, y les dedicó una amable sonrisa. Gwendoline le correspondió.

—Gwendoline y Samantha. Bienvenidas —las saludó con un gesto de la mano, para luego hacerse a un lado y señalar el interior—. Adelante. Sentaos donde podáis.

Una cosa que había que señalar acerca de la pequeña oficina, contigua a la zona de pacientes de la enfermería, era que estaba bastante desordenada. Freddie no mentía cuando decía que debían sentarse “dónde pudieran”, pues a pesar del hecho de que había tres sillas —una de ellas detrás del escritorio, contra la pared, que pertenecía al sanador, y dos más a mayores para las visitas—, incluso éstas estaban ocupadas con cajas que contenían pilas de documentos.

Aquí y allá había más carpetas de archivos, en un ordenado desorden en que, con toda seguridad, el sanador sabía dónde encontrar todo. El escritorio era un revoltijo de informes que, con toda seguridad, estaba estudiando momentos antes de que ellas llegaran.

Gwendoline optó por caminar hacia el interior de la oficina y, simplemente, permanecer de pie ante el escritorio. Sam permaneció a su lado, y el sanador Langley bordeó el escritorio para situarse al otro lado. Estuvo por sentarse, pero incluso en su silla había un montón de documentos.

—Un día de estos me encontrarán aplastado bajo pilas de documentos —bromeó, con un suspiro, para luego dedicarles su atención a las chicas—. ¿De qué queríais hablar conmigo?

—Verá: Sam y yo hemos estado pensando en la posibilidad de utilizar la legeremancia, de una manera controlada, para averiguar si Annie Hopper recuerda algo de lo ocurrido durante el ataque del Juguetero. —Había optado por ser directa, y no le pasó desapercibida la mueca de desagrado en el rostro del sanador—. No vamos a hacerlo sin antes consultarle, y es por eso que queríamos hablar con usted primero —añadió, lo cual suavizó considerablemente la dura expresión facial del sanador.

El hombre se quedó pensativo durante un momento, con las manos apoyadas en su escritorio, y por un momento, Gwendoline temió que la respuesta fuese un rotundo “No”. Sin embargo, tras un suspiro, Freddie se dispuso a apartar los documentos que había en su silla y sentarse en ella.

—Poned esas cajas en el suelo y sentaos. —Se refería a las cajas que había en las otras dos sillas—. Me parece que vamos a estar aquí un buen rato.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Dic 27, 2019 1:43 am

Si bien ese momento no era incómodo entre ellas, se notaba que cada una estaba en su propio mundo, nerviosas con sus propios pensamientos. Eso, quieras que no, se notaba. Sam no sólo era consciente de sus propias preocupaciones, sino además veía en el rostro de Gwendoline una inquietud palpable. Era normal estar así. Ya no era solo el hecho de enfrentarse a la conversación con Langley, que podría ser muy favorable o podría terminar tachándolas de locas insensibles ―cosa poco probable, pero plausible―, sino que si todo salía bien, lo que más le preocupaba a Sam era el trato con Annie.

Siendo objetivos y en base a la poca experiencia que tenía “desbloqueando” recuerdos, creía que no ocurriría nada realmente grave a nivel físico, pero si algo salía mal, la niña recibía aquello de una manera inadecuada o cualquier otra situación adversa, Annie podría tener secuelas mentales peliagudas. Sam consideraba que estaba capacitada para que cualquier secuela mental no fuera irreversible, pero igualmente le parecía innecesario e injusto que una niña tuviera que pasar por una etapa así en su vida. Ser mentalmente inestable no era algo que pudiera arreglarse fácilmente.

Que ojo, tenía confianza para no fallar… ¿¡pero y si fallaba o algo salía mal, qué!? ¡No podía estar segura! Era cierto que ella era un gran porcentaje del éxito o del fracaso de aquello, pero también podía ser por culpa de la mente de la niña y que todo se torciese en mitad del proceso.

Pese a que esas eran sus mayores preocupaciones, ahora mismo también estaba nerviosa por hablar con Langley. Una vez dentro de su pequeña oficina desastrosa, fue Gwendoline quién introdujo el tema a tratar, haciendo que Freddie considerase aquello un tema, al menos, del que hablar sentados. Sam lo agradeció, soltando a Gwen y utilizando ambas manos para retirar una de las cajas y sentarse en la silla.

Una vez los tres estuvieron cómodos, fue Langley el primero en hablar.

―Supongo que sabréis que Annie ha dicho por sí misma que no recuerda nada del incidente con el Juguetero. La niña es consciente de lo que ha ocurrido y que eso ha matado a sus padres, pero no recuerda nada. Los únicos síntomas de tristeza que he atisbado en ella es por la pérdida, pero no por los recuerdos que pueda o no tener ―explicó tranquilamente, uniendo sus dos manos sobre la mesa, entrelazando los dedos entre ellos―. Además, entiendo que si una niña recordase lo que ocurrió, teniendo en cuenta como estaba el panorama cuando fuimos allí… Lo vivido hubiera repercutido más en su manera de afrontar la situación.

La legeremante, que ya tenía cierta confianza con el simpático doctor del refugio, decidió hablar con naturalidad.

―Yo no he hablado con ella personalmente, pero por lo que me ha dicho Gwendoline es perfectamente lógico que haya sufrido algún tipo de amnesia disociativa.

―Sí, exacto.

―La amnesia disociativa es capaz de ser reversible mediante hipnosis o fármacos, al menos mediante la vía muggle y los estudios más recientes.

―Pero eso podría tardar meses, incluso años…

―Ya, no es nuestra idea hacer nada de eso ―matizó rápidamente―. A donde quiero llegar es que los recuerdos de Annie no han desaparecido, sino que han sido enviados a algún lugar de su mente a donde no tiene acceso actualmente, digamos que una especie de baúl en donde encerrar aquello dañino para ella. Los muggles utilizan técnicas de muy a largo plazo para intentar recuperar esos recuerdos, pero nosotros podemos entrar directamente en su mente, buscar dicho "baúl" y ver qué es lo que hay ahí.

―Ah, ya entiendo. ―Langley se echó para atrás en la silla, interesado―. Quieres entrar en su mente y buscar los recuerdos de aquella noche. ―Sam respondió con un asentimiento―. No soy consciente de tus capacidades como legeremante, Samantha, pero asumiendo que todo salga a la absoluta perfección, Annie recuperará los recuerdos de aquella noche y eso podría ser... catastrófico para su cabeza. Gracias a Merlín nunca me he metido demasiado en asuntos legeremánticos, pero según tengo entendido vivir de nuevo una experiencia mediante la legeremancia es... bastante realista.

La verdad es que le parecía un poco prepotente defender sus capacidades como legeremante, por lo que decidió continuar con su preocupación por Annie y sus consecuencias.

―Usted conoce a Annie ―dijo, haciendo una ligera pausa―. La ha tratado como compañero, vecino y doctor. No queremos que la niña viva en un trauma después de eso por recuperar algo que su cuerpo, de manera natural, ha bloqueado. Antes de hacer nada con ella nos gustaría pedirle permiso y explicarle lo que va a suceder, pero sabemos que hay riesgos hacia ella y evidentemente no vamos a hacer nada que pueda ponerla en peligro o dejarle secuelas... duras de superar. ―Sonaba realmente preocupada. Sam no iba a destrozarle la infancia ―más todavía― a una niña sólo para una mínima posibilidad en la que por encontrar nada―. No es seguro que encontremos nada en su mente, ni tampoco que salga bien… Es por eso que si los inconvenientes superan a las ventajas, no merece la pena ni intentarlo.

Langley llevó sendas manos a su mentón, mirando a ambas con una mirada severa y concentrada. Se notaba que estaba pensando seriamente en los pros y contras de aquella idea. Pese a que Freddie fuese el doctor y tuviera un corazón de azúcar, también era una persona objetiva y profesional. No iba a dejarse llevar por emociones hacia Annie, pero tampoco iba a dejarse llevar por la fría decisión del mal menor.

Gwendoline lo conocía mejor que Sam y le había dicho que era un hombre con una mentalidad en la que poder confiar, por eso la rubia de repente calló, esperando una opinión, una observación o... cualquier cosa que Freddie pudiese aportar.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Dic 27, 2019 8:55 pm

Una vez sentadas en aquel desorden que más de un purista de la decoración sería incapaz de identificar como una oficina, dio comienzo la auténtica conversación.

Toda persona mínimamente sabia tenía claro que, cuando hablaban personas entendidas en una materia, lo mejor era guardar silencio. Gwendoline no se definiría a sí misma como “sabia”, pero sí lo bastante cauta como para adoptar el rol de observadora, y limitarse a escuchar durante la primera parte de la conversación.

Alternaba la mirada entre sanador y legeremante, las manos firmemente aferradas a los reposabrazos de su silla. Movía el pie derecho de manera automática y nerviosa, pero no intervino en ningún momento.

Si bien ella había estudiado la memoria y la mente humanas, parte esencial de su trabajo como desmemorizadora, si había una experta en aquella estancia, esa era Sam. Incluso había hecho un viaje a El Cairo para estudiar con uno de los mejores legeremantes del mundo, precisamente, la posibilidad de recuperar recuerdos perdidos.

No había que ser un genio para darse cuenta de que Fred Langley albergaba muchas dudas, y eso a Gwendoline le gustó: significaba que se preocupaba de verdad por las personas que vivían en aquel refugio, por si no había quedado claro con el hecho de que dedicaba su jubilación a hacer algo que, de ser descubierto, lo llevaría directamente a Azkaban.

En resumen, era una buena persona que se preocupaba por Annie Hopper.

—No es que esté diciéndote que no, Samantha —prosiguió el sanador, con un suspiro; de repente, parecía mucho mayor de lo que era, y muy cansado—, pero ¿qué podría haber visto esa niña que pudiera merecer hacerla pasar por algo así? Ha visto morir a su familia...

Ese era un buen punto, desde luego. Bastante duro era que, cada día, Annie se despertase para descubrir que sus padres no estaban, ni volverían a estar jamás. Gwendoline sintió una punzada de dolor tan profunda en el corazón que estuvo a punto de levantarse, pedir disculpas a Langley por haberle hecho perder el tiempo, y salir de allí tirando de Sam.

«Pero podría haber algo importante en esos recuerdos», le recordó su parte más fría, más racional. «Algo que nos permita descubrir cómo funcionan las armas del Juguetero. Algo que ayude a esa niña a pensar que la muerte de sus padres no fue en vano.»

—No nos engañemos: teniendo en cuenta cómo actúa nuestro enemigo, es prácticamente imposible que Annie le haya visto de cerca. —Descruzó las piernas y se inclinó hacia delante en la silla—. Pero lo que sí ha podido ver, aunque todo haya sucedido demasiado rápido para ella, es cómo funcionan sus armas. Y actualmente, saber cómo funcionan puede resultar vital para proteger a los nuestros.

—¿Y si algo sale mal, Gwendoline? —espetó con severidad el sanador Langley—. ¿Eres consciente de lo que puede ocurrir si los recuerdos son demasiado traumáticos, su mente no los acepta, y nos empeñamos en que los reviva?

—Daños de carácter grave en su mente, e incluso terminar en estado vegetativo —respondió Gwendoline, dejando claro que era bien consciente de los riesgos—. Pero eso no va a suceder.

—¿Qué te hace pensarlo?

—Que no no está usted tratando con una principiante. —Ahora era Gwendoline quien sonaba firme y severa. Cogió la mano de su novia, con confianza—. Está usted tratando con la que en su día fue considerada la mejor legeremante del Ministerio de Magia Británico, con alguien que tiene a sus espaldas más de una década de experiencia durante la que no ha dejado de formarse. Viajó incluso a El Cairo para estudiar con uno de los mejores legeremantes del mundo, precisamente, la manera de recuperar recuerdos perdidos a causa de traumas naturales y antinaturales. Si hay una persona en este refugio capaz de hacer esto sin consecuencias negativas para Annie, esa persona es ella —concluyó, apretando suavemente la mano de Sam, a modo de transmitirle toda su confianza.

El sanador se quedó pensativo unos segundos, con ambas manos entrelazadas delante del a boca. Se le notaba igual de cansado que hacía unos segundos, pero había algo diferente en sus ojos. Se lo estaba pensando.

Finalmente, dejó escapar un suspiro, se recostó sobre su asiento y dejó reposar ambas manos sobre los reposabrazos.

—Tu currículum es impresionante. —Una leve sonrisa asomó en sus labios cuando se refirió, con esas palabras, a Sam; entonces, volvió a mirarlas alternativamente a una y otra—. Contando con que Annie nos permita llevar a cabo el procedimiento, necesito que minimicemos los riesgos al máximo posible. Soy consciente de que la legeremancia se complica muchísimo si no existe contacto visual entre legeremante y paciente, por lo que dormir a Annie durante el procedimiento queda totalmente descartado. —Cruzó una pierna sobre la otra y, al hacerlo, la silla chirrió ante el cambio de peso—. Sin embargo, existen pociones que relajan cuerpo y mente, de tal manera que los recuerdos puedan fluir de una manera más libre. ¿Estáis familiarizadas con sus efectos?

Gwendoline asintió con la cabeza. Sabía a qué se refería: se trataba de pociones un tanto exóticas, no del todo legales, elaboradas con elementos principalmente alucinógenos. Tenían el efecto de relajar la mente hasta el punto en que todo se volvía confuso allí dentro.

—Creo que cualquiera que esté familiarizado con la mente humana ha oído hablar en alguna ocasión de este tipo de brebajes —respondió—. A Sam se le complicará mucho la labor si las utilizamos...

—En efecto. —Freddie asintió con la cabeza—. No he tenido ocasión de comprobarlo por mí mismo, pero sí he leído mucho acerca de sus efectos. Tengo entendido que es algo parecido a consumir drogas alucinógenas. —Miró a Sam, con total seriedad—. Te costará mucho guiarte a través de recuerdos tan confusos, pero la mente de Annie estará relativamente a salvo. ¿Te crees capaz?

Antes incluso de que Sam respondiese, Gwendoline ya había tomado una decisión: se prestaría voluntaria como conejillo de indias, consumiendo una de esas pociones, y realizarían algunas pruebas con Langley supervisándolo todo. Así, su novia sabría lo que le esperaba antes de intentarlo con la niña.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ene 03, 2020 1:23 am

Comprendía a la perfección todas las preocupaciones que podría tener Langley con respecto al asunto de Annie Hopper. Por norma general siempre se hacía más eco las malas consecuencias que las buenas, pues en este caso en concreto tenían sin duda mucho más peso lo malo que lo bueno, pues el éxito de que todo eso saliese bien ni siquiera garantizaba algo realmente prometedor. Sin embargo, Sam y Gwen habían hablado largo y tendido del tema, barajando las opciones, antes de plantarse delante de Langley, por lo que tenían respuesta para todas sus preguntas.

Sam calló para darle paso a Gwendoline, la cual defendió las capacidades de su novia, haciendo que ésta se sintiese agradecida y feliz de que ella la viera así. Ya no solo porque ella misma había tenido ciertos problemas en reconocer su valía, sino porque era consciente de que Gwen tenía un pensamiento bastante malo al principio con respecto a la legeremancia, por lo que verla apoyar aquello para una acción buena pues le hacía pensar que estaba haciendo las cosas bien.

Sonrió un poco cuando Freddie le dijo que su currículum era impresionante, sin añadir nada más. Se mantuvo atenta a sus condiciones, que básicamente se reducían a utilizar una poción para relajar tiempo y mente, de tal manera que la resistencia de Annie fuera la menor posible y, por tanto, se redujeran las posibilidades de enfrentamiento y fallo.

―En mi época de estudiante para las prácticas de los primeros años utilizábamos ese tipo de pociones para facilitar la entrada y la búsqueda en la mente ajena, pero no creo que sea el mismo tipo de poción exactamente ―le dijo a Freddie, pues lo que hacía en su universidad no era como tomar drogas alucinógenas―, pero desde que me dedico profesionalmente a esto, rara vez he usado esas pociones. He usado métodos alternativos para que la intromisión sea más sencilla y eficaz, que básicamente se reduce a lo mismo: dejar la mente ajena más “atontada” de lo normal para evitar que oponga demasiada resistencia. ―Hizo una pausa y asintió con la cabeza―. Si tenemos acceso a crear una poción de esas, pues por mí está bien.

Sam estaba acostumbrada a meterse en mentes de personas bajo el encantamiento confundus, un encantamiento conocido por dejar al otro bastante perdido con la vida. Era bastante gracioso entrar en los pensamientos inmediatos de alguien bajo los efectos de un encantamiento como ese, pero merecía la pena porque estaba tan confundido que el legeremante podía estar a sus anchas por sus pensamientos, al menos hasta que éste volviera a sus cabales.

Evidentemente no iba a proponer ese método para Annie, pues ese encantamiento era peligroso aunque las personas pudiesen utilizarlo a sus anchas. Si se tenía la posibilidad de utilizar una poción de manera responsable, era sin duda la mejor opción, sin embargo, quería dejarle claro a Langley que, pese a no usarlo desde su época universitaria, estaba más que capacitada en entrar a una mente en esas condiciones.

―Pues entonces está bien ―dijo el sanador―. Me gustaría saber de lo que eres capaz previamente, ¿te importa?

―En absoluto ―le respondió sobre la marcha.

Era entendible por dos razones: Annie era una niña y quería estar seguro de con quién trataba y… bueno, vale que Freddie le salvó la vida una vez a Samantha, pero realmente no la conocía más allá de lo poco que Gwendolie podría haberle contado.

―Me pondré a hacer la poción lo antes posibles y contactaré con vosotras ―les avisó.


***
Dos días después
Enfermería del refugio

Gwendoline, Freddie y Samantha volvían a encontrarse allí, esta vez en una oficina bastante más recogida que hace dos días. Freddie todavía no había llegado pues había ido a recoger la poción a la sala de pociones en donde la había hecho y había dejado reposar. Habían hablado que Gwendoline se tomaría la poción y así Sam podría hacerse a los efectos en la mente ajena antes de intentarlo con Annie.

Todavía no habían hablado con la niña porque querían asegurarse de que eso era una buena opción antes de nada, por lo que ya abordarían el tema con la pequeña cuando estuviesen seguros de tener un método seguro con el que hacerlo.

―¿Y cómo lo hacemos? ―preguntó, en una silla justo frente a ella, ligeramente inclinada hacia adelante y con sendas manos sobre las piernas de su novia―. Supongo que lo mejor es que intentes ocultarme algo y yo me abra paso entre todo el caos que va a haber ahí dentro. Así voy con un objetivo, como el que voy a tener con Annie, ¿te parece bien?

La mente de una niña siempre era más caótica e impredecible, pero teniendo en cuenta que aquello de por sí iba a crear que cualquier mente fuera caótica e impredecible ―más el añadido de que Gwen ya tenía cierta base de oclumancia―, suponía que si lo conseguía con ella, lo conseguiría con Annie.

Y realmente ella no era consciente en ese momento porque estaba nerviosa igual, pero se creía capaz de conseguirlo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Ene 03, 2020 2:25 pm

***
Dos días más tarde
Zona segura para fugitivos, Londres

Habiendo dejado claros los pormenores de aquel asunto, Freddie les había pedido no sólo tiempo para hacerse con los ingredientes necesarios para la poción —algunos un tanto exóticos, como mucosidad procedente de cierta especie de sapo—, sino también el participar en una prueba previa en que pudiese evaluar las aptitudes de Sam.

Gwendoline comprendía su inquietud y su necesidad de asegurarse, y por eso mismo accedió a ser el sujeto de pruebas: ella tomaría aquella poción, Sam entraría en su mente dentro de un entorno inestable pero, al mismo tiempo, familiar para ella, y así al menos tendría una idea de lo que se encontraría dentro de la cabeza de Annie.

No habían hablado con la niña, por supuesto, y cabía la posibilidad de que se negase a participar en aquello, dejando aquella prueba como algo inservible. Pero Gwendoline optó por tomárselo como una nueva experiencia vital: no sólo pondría a prueba sus no tan vastos conocimientos de oclumancia en una situación difícilmente controlable, sino que Sam se enfrentaría a algo a lo que nunca se había enfrentado antes. Ambas extraerían, por lo menos, un aprendizaje de todo aquello.

Así y todo, estaba nerviosa: aquel iba a ser el primer contacto que tuviese con algo parecido a las drogas.

—Pues... —respondió, dejando escapar un suspiro mientras sujetaba ambas manos de Sam, las cuales descansaban sobre sus rodillas—. Me parece un buen plan, sí. No te diré qué es lo que quiero que encuentres, pues de otra manera sería demasiado sencillo, pero sí intentaré plantar “algo” en ese pensamiento que te ayude a identificarlo. —Se quedó pensativa un segundo, bajando la mirada en dirección a las manos de ambas—. Será un libro. Legeremancia para Dummies.

Se le dibujó una sonrisa divertida en los labios: como es evidente, ese libro no existía, pues la editorial que publicaba los libros “para dummies” no había llegado todavía al género mágico. No obstante, por la clase de libro que era, con sus tapas amarillas y sus dibujos, sería sencillo que Sam lo identificara en cuanto lo viese.

¿Y cómo era posible que Gwendoline fuese capaz de hacer algo así? Bueno, sencillo: era el mismo principio que algunas personas utilizaban para tener sueños lúcidos, es decir, para moverse a voluntad dentro de sus propios sueños, siendo perfectamente conscientes de que estaban soñando. Su abuela le había enseñado a aplicar esta técnica cuando creyese que no sería capaz de bloquear una intrusión: más de dar acceso a un recuerdo concreto al legeremante, se le daba acceso a un pensamiento acerca de dicho recuerdo, modificado en la justa medida para que siguiese pareciendo real, pero no ofreciese información alguna.

Inteligente, digno de la Ravenclaw que era su abuela.

¿Y en qué recuerdo iba a ponerse a pensar exactamente? Bueno, eso resultaba complicado de decidir, teniendo en cuenta que, en unos cuantos minutos, su mente sería un caos fruto de los alucinógenos. Suponía que trataría de mantener la concentración en el dichoso libro para dummies, y luego trataría de bloquear la intrusión mental, si es que podía.

Iba a ser muy difícil.

—Confieso que estoy nerviosa —dijo al fin, tras mucho cavilar—. Ya sabes bien que no soy conocedora del mundo de los alucinógenos. Puede pasar cualquier cosa...

Justo en ese momento se escuchó el sonido del pomo al girar, y la puerta se abrió. Freddie Langley hizo su entrada, llevando consigo una bandeja metálica sobre la que descansaban un par de frascos de poción, una jarra llena de agua y un par de vasos.

—No estés nerviosa. Ninguna de las dos —sugirió el sanador, caminando hacia su escritorio para dejar allí la bandeja—. Si algo se tuerce, he elaborado un antídoto contra los efectos de la poción. Para eso tenéis a un profesional controlando el experimento.

El sanador sonrió de manera cálida y acogedora. Se le notaba tranquilo, y parte de esa tranquilidad se transfirió a Gwendoline. Seguía nerviosa, pero el saber que un sanador con tantos años de experiencia estaba tranquilo ante la situación la hacía sentirse mejor.

Observó cómo llenaba de agua ambos vasos hasta la mitad, para luego descorchar el frasco que contenía el líquido más oscuro —Gwendoline supuso que era la poción alucinógena— y verter un chorro generoso en uno de los vasos. Acto seguido, sirviéndose de su varita, removió la mezcla hasta que adquirió un tono verdoso y aguado.

Después, repitió el proceso con el otro vaso y el otro frasco, que contenía un líquido amarillento y que resultó en una mezcla de un color semejante al zumo de manzana rebajado con agua.

—La poción elaborada en bruto es demasiado intensa, así que debe consumirse siempre rebajada en una proporción de setenta por ciento de agua y treinta por ciento de poción —explicó, al tiempo que tomaba el vaso con el líquido más oscuro y se lo tendía a Gwendoline—. Y lo mismo para el antídoto. Y ya sé que no tiene la mejor pinta del mundo, y posiblemente sabrá peor, pero puedo asegurarte que, tal y cómo está, no hay peligro de ningún tipo.

Gwendoline tomó el vaso con manos temblorosas, dejando escapar un suspiro. Observó el líquido oscuro con recelo, y luego miró a Sam. Volvió a suspirar y, como si estuviese a punto de beber un trago de veneno, se armó de coraje.

—Allá vamos —declaró, momentos antes de llevarse el vaso a los labios.

—Te recomiendo que te lo bebas a pequeños sor...

Fred Langley no tuvo tiempo de terminar su bienintencionado consejo, pues Gwendoline, sin pensárselo demasiado, vació el contenido del vaso de un trago. El sabor fue malo; el olor, mucho peor. Y si bien al principio no sintió absolutamente nada distinto, a diferencia del amargor residual en su boca, cuando el efecto llegó… la golpeó igual que una bofetada.

El mundo a su alrededor se tornó multicolor, literalmente: era como estar viendo una serie de arcoiris danzantes sobre paredes, techo y suelo, entremezclándose los unos con los otros. Tuvo la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies, y enseguida buscó apoyo con los brazos.

Lo recibió de parte del sanador Langley, que la sujetó del brazo izquierdo. Al sentir el contacto sobre su piel, Gwendoline miró en esa dirección y, en lugar de ver una mano con sus dedos, vio una especie de tentáculo de color rosado, con sus ventosas y todo.

En una situación normal, seguramente, habría huido del contacto de algo así, pero no entonces. Entonces, soltó una risita divertida, y tocó dicho tentáculo con el dedo índice de su otra mano, riendo una vez más ante el tacto húmedo y gomoso que creyó sentir en la yema del dedo.

Desde fuera, además de la risa descontrolada ante cualquier cosa que aparecía en su campo de visión, se observó un pequeño cambio físico en ella: las pupilas de sus ojos estaban totalmente dilatadas.

A la morena, entonces, se le ocurrió alzar la mirada en dirección al rostro de Fred Langley, y lo que se encontró fue… pues un pulpo, con su cara rosada y sus ojos negros, mirándola con una expresión neutra. Aún riendo, lo saludó con una mano.

—¡Hola, Señor Pulpo! —pronunció, para luego desternillarse de risa.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que lo que creía un montón de arcoiris entremezclándose a su alrededor era, en realidad, un océano multicolor en que nadaban multitud de peces multicolores. Y la simple idea la hizo volver a reír.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ene 11, 2020 2:43 am

Podía pasar absolutamente cualquier cosa en una mente bajo los efectos de los alucinógenos y, pese a que Sam no se hubiese metido nunca oficialmente en una mente bajo alucinógenos, se podía imaginar bastante cómo iba a estar eso después de su experiencia con brebajes tranquilizadores o hechizos que mantienen confundido a sus receptores. Aunque sobre todo porque era consciente de que Gwendoline, jamás en la vida, había tomado algo parecido, por lo que su mente sería primeriza, inconsciente y su reacción sería totalmente nueva.

La legeremante, en ese momento, no estaba tan nerviosa.

La mente de Gwendoline no es que fuese totalmente conocida para ella, pero podría decirse que era un lugar en donde se sentía cómoda. Sabía que aunque le ofreciera resistencia y su cabeza estuviese en un estado totalmente diferente, no ocurriría nada malo con ella. Sin duda una gran parte de esa seguridad venía de la mano de la confianza que tenía con ella, pero también porque precisamente había estado «arreglando» algunas cosillas precisamente ese año.

Asintió con la cabeza a las palabras de Langley, sabiendo que la máxima complicación iba a ser entender la nueva mente de Gwen. Sam olisqueó ―por mera curiosidad científica― la poción antes de que su novia se la hincase para adentro como quien bebe agua bien fresquita.

Fred y Sam se miraron momentáneamente al ver la predisposición de Gwen al beberse eso, para entonces simplemente… esperar.

La verdad es que no hubo que esperar demasiado para ver que en la cabeza de la morena ya estaba empezando a ocurrir COSAS. Sam no tenía ni idea de qué podría estar ocurriendo, pero podía observar los ojos de la chica mirando curiosa y divertida simplemente el aire, o tomando precauciones ―como sujetarse a la silla― cuando realmente no había necesidad. La rubia la miraba con duda, intentando identificar algo de lo que veía en ella, pero no vio nada relevante hasta que Gwendoline miró a Langley y le llamó “Señor Pulpo.”

Lo quiso evitar pero… no pudo: se carcajeó abiertamente, sobre todo al ver la cara de Langley y, sobre todo, la felicidad que parecía rezumar el rostro de la morena. Además, ¡Sam no podía evitar contagiarse al escuchar la risa de Gwendoline, sobre todo si era tan natural y divertida!

Al verla reír de nuevo y siendo consciente que cualquier tontería podría hacerla entrar en un ataque de risa infinito, decidió ponerse seria, mirando a Langley con cara de: «vamos a ponernos serios». ¡Que Sam era muy profesional aunque ahora mismo le pareciese enternecedor ver a Gwendoline así de “drogada”!

―Vale, vale, señora Pulpo ―le dijo Sam―, vamos a ponernos con lo que importa, ¿vale? ―añadió con una sonrisa, colocándose delante de ella y mirándola a los ojos―. ¿Recuerdas lo que vas a “esconderme”? ―preguntó Sam.

―Chi ―respondió, orgullosa.

―¡Pues muy mal, deja de recordarlo que si no lo encuentro muy fácil! ―Reprochó, en broma.

Gwen, que se había sentido “pillada” por la legeremante, abrió la boca sorprendida.

―¡Es verdad! ―Se intentó poner seria―. Lo siento, el Señor Pulpo me despistó… ―Y se volvió a reír al nombrar al Señor Pulpo, casi estallando de risa de repente.

Langley tampoco pudo evitar reír porque aquello era desternillante.

Pero entonces se pusieron en serio cuando Sam sacó la varita, dándole un juguetón golpe en la cabeza en señal de pedir seriedad. Gwen volvió a ponerse seria ―todo lo seria que podía, por supuesto― y mantuvo la mirada sobre los ojos azules de la rubia. De manera no verbal la legeremante se introdujo en la cabeza de su novia y… já. Lo que vio al otro lado parecía la viva representación de la abstracción y comedia de una película de animación psicodélica de Disney.

Le pareció increíble la sensación de… libertad, pero a la vez cierta inquietud, que le daba tanta locura. Percibía recuerdos, sentimientos y emociones… pero todo de manera tan arbitraria que parecía estar en medio de un torbellino. Conseguía dilucidar entre tanto mar de caos qué era un recuerdo específico y acceder a él, aunque complicado al principio, parecía totalmente plausible. Desde que empezó a moverse por allí se dio cuenta que todo lo que veía era mayormente… paja visual y que aunque pudiera afectar emocionalmente ―pues podía notar a Gwen muy activa e inquieta―, no era realmente un gran estorbo.

La verdad es que se había quedado tan perdida en entender todo aquello y observarlo, que se le había olvidado qué narices tenía que buscar.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Lun Ene 13, 2020 1:13 am

En el mundo exterior —ese en que dos personas contemplaban los efectos que la poción alucinógena había tenido sobre la mente de una tercera—, las cosas no habían cambiado demasiado. Nadie había sufrido transformación alguna.

Sin embargo, la percepción de Gwendoline de aquello que la rodeaba había cambiado por completo, y la bruja mestiza veía cosas que jamás habría podido imaginar.

En medio de aquel mar multicolor en constante movimiento, lleno de extraños peces de forma indefinida que nadaban y serpenteaban a través del extraño oleaje, una voz conocida llegó a sus oídos. Era la voz de Sam.

Su respuesta fue mecánica, automática, y realmente no estaba pensando en nada concreto hasta que su pareja había mencionado, precisamente, que no debía pensar en aquello que quería esconder. La réplica de la legeremante, una suerte de reprimenda, la llevó a abrir la boca como si le hubiese desvelado los secretos del mismo universo.

Con el ceño fruncido, tardó algunos segundos en recuperar al menos una parte de su autocontrol. Trató de ponerse seria, de recuperar la concentración, y sobre todo, de poner a Sam las trabas suficientes como para que encontrar la información fuese un reto equiparable a desbloquear los recuerdos de Annie Hopper.

Trató de volver la vista al frente, lugar en que antes se encontraba Sam, y en medio de aquel mar en movimiento, una especie de sopa de color arcoiris, emergió un cisne. ¿Era Sam? Como fuese, la bruja no pudo evitar un comentario lleno de seriedad.

—¿Qué hace un cisne en mi mar multicolor? No tiene sentido.


***

Tuviese sentido o no, en el momento en que estableció contacto visual con el cisne, dio comienzo la sesión de legeremancia.

A pesar de su estado mental actual, Gwendoline lo sintió, especialmente cuando todo aquel mundo multicolor pareció tambalearse delante de sus ojos. ¡Dios, si incluso pareció que la Tierra temblaba bajo sus pies!

De nuevo, hizo amago de sujetarse a algo con ambos brazos, no hallando más apoyo que el brazo del Señor Pulpo. ¿O debería llamarlo tentáculo? Fuese lo que fuese, la sujetó e impidió que terminase cayendo dentro de aquella inmensidad multicolor.

Recordando cuál había sido la imagen acordada para que su novia identificase el recuerdo, Gwendoline trató de concentrarse en ello: un maldito libro de legeremancia para dummies. Visualizó esa portada amarilla, esa tipografía que sugería el retraso mental más absoluto, y como imagen de portada colocó a una Sam vestida al estilo mágico más tradicional —sombrero picudo incluido—, tocándose la sien con su varita, y sonriendo como en un comercial de televisión.

Acto seguido, procedió a enviar ese libro hacia lo más hondo de sus recuerdos, escondiéndolo dentro de uno en concreto.

Hasta este momento, Gwendoline, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo en su mente en esos momentos, logró mantener todo su control. Pero si ya de por sí, la mente humana era traicionera… ¿qué puede ocurrir bajo los efectos de los alucinógenos?

Un pensamiento cruzó su mente: «¿Qué representa este mar arcoiris?», se preguntó. «¿Lo gay de mi relación con Sam?»

Estas dos preguntas dispararon su imaginación, y el dichoso libro imaginario terminó en un recuerdo que… bueno…


***

Gwendoline depositó sin demasiado cuidado, sobre la encimera de la cocina, un par de bolsas de la compra ante la mirada de una Sam que, en aquellos momentos, se comía de manera inocente un yogur de fresa en compañía de Don Gato y Chess, que la vigilaban desde la mesa, y Don Cerdito, que hacía lo propio desde el suelo.

La morena no tardó demasiado en poner fin a la confusión de su pareja: extrajo del interior de una de las bolsas un pepino bastante grande, y se volvió en dirección a ella.

Al principio, no dijo ni palabra, pero en el momento en que Sam se disponía a formular otra de sus bromas pesadas respecto al tema, Gwendoline se llevó el dedo índice a los labios y la hizo callar. Su novia lo hizo, enarcando una ceja con evidente sorpresa, y esperó a escuchar lo que tenía que decirle.

—Llevas semanas con la dichosa bromita, y como ya me estoy empezando a cansar... —Le tendió el pepino como si tal cosa—. Vamos a probarlo, esta misma noche. Tú, y yo, las dos. —Se señaló a sí misma y a su novia, de manera intermitente, para no dejar lugar a dudas—. Así por fin voy a conseguir que pares de una maldita vez.

¿Le apetecía de verdad meterse eso ahí? No demasiado, pero la maldita broma del pepino hacía que se le saltasen los colores, y Sam no tenía límite: se la podía soltar incluso cuando estaban comiendo juntas en el Juglar. Así que ya iba siendo hora de matar el chiste.

Y como aquel era un pensamiento acerca de un recuerdo, lo que sucedió es que el libro que Sam estaba leyendo en aquel momento, y que descansaba sobre la mesa contigua a la cocina, fue sustituido por el de Legeremancia para dummies.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Ene 14, 2020 11:57 pm

Lo mejor de estar en la mente de Gwendoline bajo los efectos de esos alucinógenos era que podía sentir todo lo que ella estaba sintiendo al vivir esa experiencia. Era una sensación nueva pues después de haber entrado en varias ocasiones ―bien por necesidad o por aprendizaje― en la mente de Gwendoline, ya la tenía “bien interiorizada”, siendo una mente en la que si bien cada vez era más difícil desenvolverse debido a sus estudios de oclumancia, no era un terreno cien por cien desconocido. Además, Gwen y ella se conocían muy bien y tenían una confianza inquebrantable, por lo que en su cabeza se sentía a gustísimo, cosa que no pasaba en cabezas ajenas.

Debía de admitir, aún así, que no se esperaba que el recuerdo “protagonista” al entrar en la cabeza de Gwendoline fuese precisamente EL DEL PEPINO. Que ojo, Sam recordaba con diversión muchos recuerdos que había titulado “El del Pepino”, pero ese, en concreto, había sido… desternillante. Bueno, era para reírse ahora, pues en el momento la cosa había sido muy diferente.


***

Evidentemente el pepino le había cogido por sorpresa, pero más por sorpresa le había pillado las intenciones de Gwendoline con ese pepino. Lo primero que se le pasó a Sam por la cabeza fue que debía de ser terriblemente persuasiva como para haberla convencido de tener sexo con una dichosa hortaliza de forma fálica.  

Se había quedado durante unos segundos sin saber qué decir. No pensaba meter ni meterse esa cosa enorme en ningún sitio que no fuera la boca y acompañado de vinagre y un poco de tomate. ¡En una ensalada, vamos!

Así que sujetó el pepino y miró alternadamente a éste y a su novia, intentando comprender si aquello era algún tipo de contrabroma poderosa que había salido de la mente más cómica y perversa de su novia. Además, estaba tan seria que… ¿se lo estaría diciendo en serio? Sam dejó el envase del yogur con la cucharilla sobre la mesa, carraspeando de manera suave antes de mirar a los ojos a Gwen.

―¿Y por qué esperar a esta noche? ―Dio un pasito hacia ella y ella, automáticamente, dio un pasito hacia atrás que la hizo chocarse suavemente contra la encimera. Sam la “arrinconó” con actitud seductora―. Me fascina tu predisposición a probar el pepino en la cama, pero no es ni el juguete que me gustaría probar contigo, ni mucho menos la comida que combinaría con el sexo… ―Le dijo, con una sonrisa traviesa. Había tantas cosas que podrían probar en la cama… ¡pero indudablemente ninguna tenía que ver con el dichoso pepino! ―Me encantaría que probaras cosas nuevas conmigo, pero no pienso manchar la imagen de la pobre hortaliza de esta manera ―añadió sin poder evitar reírse un poco, dejando el pepino sobre la encimera y medio agachándose para bajar sus manos por sus caderas hasta sus glúteos―. Un día podemos buscar un juguete y… si quieres lo llamamos Pepino.

Y tras esa declaración con la que se rió, le ayudó a subirse y se colocó entre sus piernas, con sus manos en sus muslos, para besar sus labios sonrientes.

―Pero si no quieres no me importa, tú me haces feliz así ―le dijo con honestidad―: Eso sí, no esperes que deje de hacer bromas con el pepino, ¡me lo pones demasiado fácil y más después de esto!



***

La Sam que observaba aquel recuerdo con muchísimo amor desde fuera, estaba tan ensimismada en aquello y había pensado que era un recuerdo elegido por Gwen sólo para distraerla, que no se dio cuenta que el libro que estaba leyendo ―que originalmente era un libro de ciencias―, se había convertido en Legeremancias para dummies.

Se dio cuenta justo cuando pretendía mandar ese recuerdo a otro lado porque, evidentemente, terminaban acaramelándose en la cocina y no era plan de estar viendo eso mientras Freddie Langley está ahí fuera esperando resultados. Y se dio cuenta porque vio a los gatos bajar de la mesa ―cosa que la Sam original no había visto― y se fijó en el libro, el cual no reconoció a primeras. La Sam real cogió el libro y, al girarse, el recuerdo del pepino se esfumó y estaba allí la Gwendoline real mirando a su propia alucinación.

Era una rallada mental cómo podías llegar a moverte en la mente, pues ese tipo de interacción entre persona y persona, en una “cavidad mental” era totalmente subjetiva y relativa dependiendo de en qué mente te encontraras.

La Sam de la cabecita de Gwen se acercó a ella y le pasó el libro de Legeremancia para dummies.

―Deja de intentar distraerme con pepinos, que tú también te distraes y lo dejas demasiado a la vista. ―Se metió juguetonamente con ella y, cuando cogió el libro, éste se disipó―. Escóndelo de nuevo. ¡Y deja de pensar estas cosas que está Langley ahí fuera y se me deben de notar los colores! ―Le recriminó divertida.

La Sam que estaba sentada frente a Gwendoline no pudo evitar sonreír e, incluso, llevar una de sus manos a la boca para “tapar” esa sonrisilla que hablaba por sí sola.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Ene 15, 2020 10:50 pm

Con un despiste era suficiente para perder por completo la concentración, y precisamente eso fue lo que le sucedió a Gwendoline: con aquella sustancia alucinógena convirtiendo su mente en un lugar inestable, lleno de distracciones, había perdido de vista el objetivo, y el libro había terminado donde no debía.

Cuando la Sam del plano mental, una especie de proyección de la Sam real, se apareció ante su yo mental, la Gwendoline del exterior no pudo evitar reír de la misma forma que llevaba haciéndolo todo el tiempo. Y es que esa poción alucinógena hacía que hasta la estupidez más grande, hasta el recuerdo más picante, le pareciese algo desternillante.

No pudo evitar darse cuenta del motivo por el cual alguna gente dependía tanto de las drogas: si aquello se parecía un mínimo a esto, era perfectamente normal que prefiriesen reír en lugar de afrontar la vida real.

—¡No es mi culpa! —protestó Gwendoline, riendo—. ¿Es que no ves todo esto? ¿Este mar de arcoiris? ¡Es imposible que no te recuerde lo gay que eres! ¡Lo gays que somos!

Aquel comentario era absurdo, ilógico, y únicamente una persona bajo los efectos de las drogas lo encontraría gracioso… y por eso, Gwendoline rió como si le hubiesen contado el chiste más gracioso del mundo.

Sin embargo, y a pesar de todo aquello que la rodeaba, cuando el libro volvió a estar en su poder —si es que podía decirse así, teniendo en cuenta que el libro en sí ni siquiera existía, para empezar—, Gwendoline se puso por tarea el tomárselo en serio, el ofrecer una verdadera resistencia y tratar de ponerle las cosas difíciles a Sam. Lo primero fue hacer un esfuerzo consciente por mantener la compostura y la seriedad, que se manifestó en el mundo real como ella misma sujetándose con ambas manos al asiento de la silla en que estaba sentada, y forzándose a dejar de reír.

En el plano mental, la morena se separó de su novia y buscó refugio en las profundidades.

Le costó un poco decidir qué recuerdo sería el apropiado y, por extraño que fuese, también le costó elegirlo sin pensar directamente en él. A fin de cuentas, si pensaba en él, Sam lo encontraría, y tuvo que hacer un esfuerzo por no pensar únicamente en uno, sino en varios. De esta manera, confundiría a la legeremante y podría ocultar el recuerdo auténtico en lo más profundo de su cabeza.

Entre varios recuerdos bonitos pero inservibles en aquel momento —el día que se habían conocido; una de tantas escapadas a Hogsmeade juntas; aquella ocasión en que habían tenido delante por primera vez a un unicornio; Peeves, el poltergeist de Hogwarts, arrojándoles una cesta entera de huevos encima; la primera fiesta universitaria a la que Sam la había convencido de ir...—, Gwendoline escogió uno en particular, y lo camufló debajo de todos estos.


***

Se encontraban en el Ministerio de Magia, en la cafetería, cuando ambas trabajaban allí. Gwendoline no recordaba la fecha exacta, pero sí la conversación que habían mantenido.

Mientras la morena removía lentamente su té —aquella había sido una época en que bebía té verde a todas horas, hasta que le había tomado el gusto al café solo—, su amiga le contaba las últimas novedades de su departamento. Al parecer, había un chico nuevo, un instructor en prácticas al que tenía que convertir en profesional, y que por suerte o por desgracia, era uno de esos críos con ideales puristas que miraban con cierto desprecio a los nacidos de muggles.

Gwendoline no tenía un ápice de maldad, pero aquellas cosas la molestaban increíblemente, así que había dejado repentinamente la cuchara y la taza para mirar directamente a la rubia, sentada al otro lado de una mesa individual, su favorita desde que ambas trabajaban allí.

—Dale un susto —sugirió de repente—. Se lo merece: es un imbécil. ¿Qué tiene, veintidós años? Ningún crío de veintidós años debería atreverse a hablarle así a su instructora de prácticas. —Y le faltó añadir: «Y a mi amiga, menos aún»—. Puedes hacerlo, ¿no? He leído que los legeremantes podéis mostrarle a una persona su mayor miedo...

Ese era todo el nivel de maldad de Gwendoline, a decir verdad. Entonces no se pasaría por su cabeza tomarse una “venganza” mayor que esa: un susto inofensivo más que merecido. Si aquella situación la hubiera pillado en la actualidad… seguramente no sería tan benevolente con semejante sujeto.

Aquel recuerdo, que no tenía nada en particular hasta el momento, se había quedado grabado en la mente de Gwendoline por lo que sucedió a continuación: tras una corta charla, ambas se levantaron de la mesa, tomaron sus bolsos y se dirigieron a pagar lo que habían tomado, con la única intención de regresar al trabajo; al llegar frente a la caja, se encontraron con una sorpresa.

—Te han invitado, Sam —le dijo la camarera, con una leve sonrisa—. Te ha invitado Triss.

Cuando ambas se volvieron a mirar en la dirección en que señalaba la camarera, vieron a Triss Hephner, del Departamento de Cooperación Mágica Internacional, sentada en una mesa, en solitario. Alzó su taza de café con una sonrisa, saludando a Sam a continuación.

Entonces, Gwendoline no sentía todo lo que sentiría por Sam en el futuro, y en un momento un tanto inocente de su vida, había pensado que Sam y Triss harían una pareja excelente. Sin embargo, su amiga todavía estaba pasando por una época en que rechazaba todo tipo de contacto sentimental con otras mujeres, cosa comprensible debido a cómo había terminado su última relación.

Sin embargo, cuando estuvieron solas caminando en dirección al ascensor, Gwendoline —aún a pesar de sentirse muy cómoda con todo el tiempo que compartían juntas, sabiendo que esto podría cambiar las cosas— hizo una sugerencia de lo más bienintencionada.

—¿Y no se te ha ocurrido hablar con ella? —preguntó—. Creo que le gustas, y que haríais muy buena pareja.

También era cierto, viéndolo en retrospectiva, que Triss Hephner encajaba en el tipo de mujer que le gustaba a Sam: pelo oscuro, ojos claros, mayor que ella...

¡Ah! ¿Y qué ocurre con el libro que debía buscar? Bueno, en este caso, a pesar de no estar ahí originalmente, asomaba del bolso entreabierto de Sam.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ene 16, 2020 11:43 pm

Si bien el recuerdo en específico que estaba viviendo ahora no lo recordaba Sam al cien por cien, sí que recordaba perfectamente esa época de su vida. Había sido al poco de empezar a trabajar en el Ministerio de Magia, sintiéndose insegura no solo con su labor de instructora, sino con absolutamente todo lo que le rodeaba. Hacía relativamente poco había recibido unos de esos bofetones de realidad, haciendo que se despegara de todo aquello que siempre había querido.

Ella siempre había sido de esas personas románticas que desean enamorarse y poder vivir junto con su pareja de vida, pero ahora mismo ya no quería nada de eso. Ella no lo admitía y se escudaba en el hecho de que estaba bien, pero realmente todo el asunto de Katerina sí que le había afectado más de lo que se esperaba, atacando directamente a su confianza y a su autoestima, por no hablar, claro, de sus ilusiones.

Cuando Gwen comenzó a recordar aquello, la memoria de la legeremante también se refrescó. Recordaba el momento por aquel problema con un alumno purista, uno de los primeros, pero ni de lejos de sus últimos. Recordaba haber tenido problemas, incluso, con algunas personas demasiado puristas que no querían que una hija de muggles les enseñase nada.

La Sam joven del recuerdo sonrió, algo traviesa, pero realmente esa sonrisa dejaba entrever que no sería capaz, pues eso no era profesional. Prefería denunciar a su jefe o a administración la falta de respeto y, seguramente, perdería su licencia para aprender legeremancia si no corregía su comportamiento. Sam nunca había sido mala persona y prefería no jugar con los miedos de nadie.

―Sabes que no voy a hacer eso ―dijo como si su amiga fuese totalmente consciente de ello―. Si la próxima vez que venga a clase continúa con el trato, le denunciaré y ya está.

Por mucho que hubiesen puristas que se creyeran en aquel momento con potestad para hablarle así a una nacida de muggles, había protocolos y se exigía respeto. Sam apostaría primero por la vía más sofisticada, pues no quería usar la legeremancia para nada de eso.

La Sam actual pensó que… en el fondo ese idiota se lo hubiera merecido y, con la experiencia que tenía ahora, sin duda alguna sí que le hubiera pegado el susto. También controlaba mucho más como para que fuera un susto simplemente.

Cuando las amigas se levantaron de la mesa y fueron a pagar, la Sam real sí que recordaba haber sido invitada a ese café. De hecho, recordaba a Triss Hephner como «la chica a la que no le dio ninguna oportunidad por miedo», pero la verdad es que con Hephner tenía muy buena relación. Fue una pena que después de su interés, Sam hubiera optado por alejarse simplemente para no dar falsas ilusiones.

La Sam real caminó junto a las amigas del recuerdo, escuchando la respuesta de su yo pasado.

―Ya he hablado con ella en el ascensor a veces ―le contestó, como si se refiriera a eso, para finalmente arrugar la nariz. Decidió ser sincera porque a Gwen no le ocultaba nada―: No quiero parejas ahora, estoy bien así… Y tampoco quiero darle falsas esperanzas hablando con ella o yo qué sé… ―añadió a la par que se metían en el ascensor, cliclando en primer lugar el piso en el que se quedaría Gwendoline, pues ella iba al más desolado y último. Estaban solas, por lo que se apoyó en una de las paredes, mirando a su amiga―. Estoy en esa época en donde estoy bien sola, no te preocupes por mi vida amorosa.

Era injusto juzgar al resto de personas por lo que te había hecho una perra sucia, pero así era la vida y pese a que en muchas ocasiones pensaba que su actitud era inapropiada y tonta, también sabía que no podía sentirse de otra manera.

La Sam real, que se veía a sí misma pasando por una etapa que recordaba muy bien, sintió hasta pena. Sin embargo, tampoco tanta… a decir verdad, si bien se arrepentía de cosas, no cambiaría nada del pasado, pues eso la había llevado a tener la vida que tenía ahora mismo, junto a la mujer de su vida. No pudo evitar tampoco pensar que la Sam de aquella época estaba totalmente cegada y, a día de hoy, no entendía como aquellas dos amigas no habían llegado a más. Había sido su abrupta separación y un reencuentro muy fuerte e intenso lo que había hecho que florecieran esos sentimientos escondidos. Y decía «escondidos» porque estaba muy segura de que eso no pudo crearse de cero. ¡Eso estaba en algún lugar y empezó a florecer sólo entonces!

Sam se había perdido tanto en sus propios sentimientos y pensamientos, que no se percató de que el libro de los dummies estaba en el bolso de la rubia y, de hecho, el recuerdo se esfumó mientras tanto Sam real como Sam del pasado, veían las puertas del ascensor cerrarse mientras Gwen se despedía con la mano.

Una cosa estaba clara… hacer ese ejercicio con Gwendoline no era muy productivo: ¡sus recuerdos le transmitían mucho tanto de ella como de sí misma y se distraía!

Entonces la Sam real en una mente de locura de Gwendoline en donde todo era colorido y abstracto, con formas sin sentido y un sinfín de recuerdos pasando de un lado a otro sin especial importancia, esbozó una sonrisa.

―¿Has visto? ―Le habló, siendo muy consciente de que la escuchaba―. Al final la amiga que intentaba que la destrozada volviese a creer en el amor, fue la que le hizo creer en el amor de nuevo. ―Entonces Sam suspiró, enamorada―: Te odio. Así no hay quién se concentre ―añadió con un reproche divertido.

En ese momento la legeremante decidió concentrarse y no dejarse llevar por las emociones, pues era muy consciente de que ese era el primer error del legeremante novato, pero claro… ¡entre que aquello era una prueba, Gwen estaba tan divertida en su cabeza y que encima los recuerdos eran compartidos… ¿cómo no se iba a acomodar?!

Los recuerdos de la desmemorizadora de repente empezaron a ir en cámara lenta, un cambio en su mente producido por Samantha. Era una de esas alertas que te dicen: “Oye, que hay alguien que te está tocando la cabeza, reacciona.” Iba a hacer que la Gwen drogada intentase concentrarse en su aprendizaje como oclumante y, a su vez, ponerle un poco nerviosa para que evidenciase ese libro de Legeremancia para Dummies.


***

En esta ocasión se encontraban en un recuerdo de aquella excursión de vacaciones que habían hecho a una casa en el campo. Ambas estaban vestidas en pijamas muy calentitos, pues era febrero y hacía muchísimo frío, aunque ambas estaban quejándose de que pese al frío que tenía ―ambas tapaditas, sobre la alfombra y frente a la chimenea― tenían la mala suerte de que no estaba nevando para poder disfrutar de la nieve en el campo, bien abrigadas mientras hacen un amorfo muñeco de nieve.

Ambas discutían porque se habían quedado sin chocolate caliente en la taza y había que ir a la cocina por más ―pues esas vacaciones eran vacaciones sin varitas― y, tras jugar a piedra, papel y tijeras y perder Sam, se levantó y corrió hacia la cocina. En ese momento se fijó en un detalle: ¡Gwendoline Edevane de hace años le había mirado EL CULO a la Samantha Lehmann de hace años! En ese momento, la Sam real que había visto aquello desde la perspectiva de Gwen ―ignorante hasta ese momento―, señaló con incredulidad.

―¡Lo he visto! ¡Madre mía! ―Exageró, sólo por inquietar a la Gwen real―. ¡Me has mirado el culo! ¡Pero Gwendoline, qué descarada! ¿¡Por aquel entonces la inocente de Gwen también pensó en que ese viaje era para terminar haciendo el amor sobre la alfombra o qué!? ¡Gwen quería que Sam le hiciera el amor!

Que ojo, Sam había mirando muchas veces el culo de Gwen antes de empezar una relación, cuando eran solo amigas, pero… ¡era diferente! ¡Sam lo hacía en calidad de admirar el gran culazo de su amiga…! En realidad era perfectamente consciente de que no significaba nada, pero intentaba ponerla un poco nerviosa para ver cómo se alteraba todo allí dentro.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Ene 21, 2020 2:48 am

La mentalidad de Gwendoline, por aquel entonces, se correspondía enteramente con la de la amistad más pura: lo único que quería era que su mejor amiga fuese feliz, y si esa felicidad se encontraba en algo tan simple como tomarse un café con Triss Hephner, y ver a dónde le llevaban las cosas, bueno sería.

La Gwendoline actual, si bien todavía confusa por las sustancias alucinógenas de la poción, pudo sentir una punzada de rencor hacia su yo pasado. ¿Y si hubiese ocurrido algo entre ellas dos? ¿Habrían mantenido una relación de años? ¿Habrían logrado resistir, incluso, el cambio de gobierno?

No valía la pena pensarlo, y mucho menos cuando su novia estaba dentro de su mente.

—Bueno, está bien —respondió la Gwendoline del recuerdo, no muy convencida, a la afirmación de que su amiga está bien. Acto seguido, añadió discretamente—: De todas formas, sabes que está bien sentirse mal de vez en cuando, ¿verdad? Por contradictorio que suene eso...

A Sam le costaba un mundo poner en palabras aquello que la angustiaba, y lejos de haber ido puliendo ese detalle con los años, la vida de fugitiva no le había hecho demasiado bien en ese sentido. ¿Y quién la culpaba? ¡Tenía que esconderse para sobrevivir!


***

El recuerdo se desvaneció y de repente volvió a escuchar la voz de Sam. En esta ocasión no era la Sam de los recuerdos, sino su contraparte presente y real, hablándole directamente a través de pensamientos.

En el mundo real, la desmemorizadora se rió, todavía afectada por los alucinógenos, ante el comentario de Sam. Sin embargo, se rió mucho más al descubrir que, por muy poco, su novia no había descubierto el libro escondido. No es que fuese muy importante, pues meramente se trataba de una confirmación de que era ese el recuerdo que intentaba esconder. Después de todo, lo había localizado igual.

—Vale, eso es lo más bonito que me han dicho nunca —respondió, divertida, incapaz de tomarse en serio nada en su estado actual—. Pero el punto es que has encontrado el recuerdo, así que técnicamente lo has co... —Y no pudo decir más, pues en ese momento, el escenario cambió por completo ante sus ojos.


***

Lo que tenía delante de sus ojos no era, en el sentido más estricto de la palabra, un recuerdo suyo, pues tenía lugar desde el punto de vista de Sam.

O tal vez, mirándolo mejor, fuese una amalgama de ambos recuerdos: el que conservaba Gwendoline y el que conservaba la propia Sam. De alguna manera, parecían solapados, y parecían completar los huecos dejados por el punto de vista subjetivo de cada una de ellas.

Observó lo que tenía delante: una cabaña de aspecto rústico, construida en madera y adornada con tonos cálidos, una cálida alfombra en el suelo y una chimenea encendida que arrojaba destellos anaranjados y sombras en todas direcciones. Delante de aquella chimenea, dos chicas que entonces eran sólo amigas, vestidas con gruesos pijamas, trataban de entrar en calor ante el fuego.

Se produjo una breve discusión amistosa, aunque acalorada, sobre el chocolate caliente: nunca parecía haber suficiente, y como siempre, alguna iba a tener que ir a buscar más a la cocina. ¿Y cómo resolvieron la disputa? Por medio del juego más clásico del mundo: piedra, papel y tijera.

Gwendoline ganó de la misma manera que siempre: piedra vence a tijera. Sam era demasiado predecible en ese juego.

Cuando a Sam le tocó levantarse, Gwendoline, la real, la siguió aprovechándose del punto de vista de su novia, quien a su vez parecía haberse quedado junto a su yo de los recuerdos, todavía sentada en la alfombra. La desmemorizadora no llegó muy lejos antes de escuchar la voz de su novia.


—Tienes razón —concedió, mientras en el mundo real volvía a reírse. ¡Se reía de todo!—: Te miré el culo. No me acordaba, pero te lo miré. ¡Cómo no iba a hacerlo! ¡¿Lo has visto?! —Y, una vez más, rió, divertida.

No tenía ni idea de lo que su novia estaba planeando al mostrarle aquel recuerdo, pero inevitablemente, su mente comenzó a divagar. Mientras observaba cómo la Sam de los recuerdos, protestando porque se le enfriaban los pies, volvía junto a la chimenea con sendas tazas de chocolate caliente, la Gwendoline del presente se imaginaba lo que hubiera ocurrido si, en efecto, aquello hubiera terminado de otra manera.

Y, dicho y hecho, procedió a pensar en ello, con tal intensidad que el pensamiento sustituyó al recuerdo de una manera muy sutil.

—¡No te quejes! La próxima vez, voy yo —prometió su homónima del pasado—. Ni siquiera te haré jugar a piedra, papel y tijera.

Hasta entonces, todo iba bien, igual que había sucedido entonces: Gwendoline había hecho esa promesa de manera sincera. Sin embargo, en cuanto Sam tomó el primer sorbo de chocolate, manchándose los labios con la bebida caliente, su amiga del pasado dejó a un lado su propia taza, en el suelo, se acercó a ella de repente, rodeó sus hombros con un brazo y la beso en los labios.

Fue un beso largo, lleno de ternura, y al terminar, ambas chicas se quedaron mirándose la una a la otra, con las frentes pegadas y sendas sonrisas en los labios.

—Sabes a chocolate —dijo su yo pasado con un tono susurrante y juguetón.


—¿No te gusta más este final? —preguntó la Gwendoline del presente, que a pesar de los alucinógenos, ahora únicamente sonreía en el mundo real—. Tenemos que volver allí cuando todo esto se solucione.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ene 27, 2020 10:49 pm

Se había perdido por completo en la cabeza de Gwendoline, viviendo esos recuerdos del pasado con una nostalgia muy evidente, olvidándose prácticamente de qué diantres hacía allí. Era bonito poder vivir de nuevo las memorias compartidas y, precisamente por eso y el recordar de lo que una vez vivieron, le había encantado el regalo que le había hecho por su cumpleaños y aniversario.

Notó la diferencia en el recuerdo antes de que pasara, pues los pensamientos de Gwendoline, aunque intentasen pasar desapercibido, no lo hacían frente a la legeremancia de Sam. Se sorprendió igualmente al ver a aquella Sam y a aquella Gwen besándose en aquella situación porque en absoluto se correspondía con la manera de verse en el pasado. Por un momento se imaginó en cómo hubiese cambiado la historia de ambas si en ese momento realmente aquella Gwen hubiese besado a Sam.

Debía de haber sido muy bonito, casi casi tanto como su historia verdadera, ya que esa es inmejorable.

―Ahora sí ―le respondió con respecto al final―, pero le llegas a preguntar a la Sam de ese recuerdo y lo mismo se piensa que real que estás bajo los efectos de unos alucinógenos.

La verdad se preguntaba qué hubiera hecho la Sam de aquel momento si su amiga Gwendoline le hubiera besado, ¿hubiera seguido con aquello? A día de hoy casi que se sentiría decepcionada de la Sam del pasado si se negaba pero… la Sam de ahora ya ni se podía poner objetivamente en la piel de su yo pasado.

―Te tomo la palabra ―añadió, señalándola con el dedo.


El tiempo en la mente pasaba de manera muy, muy lenta. Sam tenía la sensación de que llevaban montón de tiempo, cuando realmente Freddie no llevaba tanto tiempo allí fuera esperando. Sin embargo, ya fue en el siguiente recuerdo cuando Sam encontró de nuevo el libro de Legeremancia para Dummies. En ese momento había sido “fácil” encontrarlo porque el recuerdo que visitaron fue relativamente reciente ―un año o así―, por lo que Sam vio que aquello no correspondía con aquella realidad.

Después de eso, la conexión entre ambas fue cortada y cuando la rubia volvió al mundo real, se sentía mareada y un poco perdida. Tras pasar en la mente drogada de Gwen todo ese tiempo, se había hecho tanto a esa sensación que durante los primeros segundos todavía su mente seguía en esa onda.

―¿Todo bien? ―preguntó Freddie Langley al ver que ambas habían vuelto al mundo tangible.

Sam se apoyó hacia atrás en la silla, alzando la mirada hacia Langley.

―Sí. ―Y, para apoyar su gran afirmación, alzó el dedo pulgar de su mano derecha―. Creo que me será más sencillo con la niña. Ya he estado en la mente de personas tan pequeñas y… creo poder lidiar bien con el efecto de la poción esta ―le dijo a Langley, confiada.

Después de su experiencia con Kalsey y esto de ahora, se creía bastante capaz de no perderse en los pensamientos caóticos de una niña tan joven. Sin embargo, si su mente no le traicionaba ―que era perfectamente plausible―, Anne era más grande que Kalsey, por lo que en principio su cabeza estaría más ordenada.

―Vale, genial ―dijo Langley, contento, para entonces mirar a la morena y sonreír un poco―. No a todo el mundo le permito llamarme Pulpo, señorita Edevane ―añadió entonces, con un tono “severo” que más bien intentaba ser gracioso―. ¿Estás bien después de haberte tomado la dosis? ―Freddie tenía perfectamente calculada la dosis dependiendo de la edad y el peso.

―Yo la veo muy bien… ―reconoció Sam, sin poder ocultar la sonrisa divertida en sus labios.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Ene 29, 2020 9:00 pm

Mientras, en una escena que parecía arrancada de una realidad alternativa, una Gwendoline y una Sam más jóvenes que las actuales se besaban como, literalmente, nunca habían hecho antes, sus contrapartes reales —o sus avatares en el plano mental, por lo menos— mantenían una breve conversación al respecto. La morena, que seguía bajo el efecto de la poción alucinógena, volvió a reír divertidísima ante el comentario que hizo Sam.

—Es gracioso porque es cierto —comentó, respecto al consumo de alucinógenos. También propuso volver allí, a aquella cabaña, cuando todo hubiese terminado y el mundo mágico volviese a ser un lugar amable en que vivir—. Anótalo: será el primer lugar al que viajemos cuando seamos totalmente libres.

¿Lo mejor de todo? Que aunque tuvieran que mover cielo y tierra para conseguirlo, no fallarían a aquella promesa. Jamás lo hacían.


***

Lo que siguió a aquello fue, en muchos sentidos, una especie de juego del escondite. El gato persiguiendo al ratón a través de una serie de recuerdos.

En todas y cada una de las ocasiones, sin importar las pequeñas tretas de aquel ratón en cuestión, el gato mostró su experiencia. No se dejó engañar, y en cada ocasión logró evitar las trampas y alcanzar su objetivo.

Al regresar al mundo real, cortada ya la conexión mental entre ambas mujeres, Gwendoline se sentía mentalmente exhausta. Una parte de ella sabía que, después de que se le pasara el efecto de la poción, el cansancio sería todavía peor, pero no le preocupaba demasiado: seguía viendo colores danzando ante sus ojos, y el mobiliario de la enfermería todavía no había recuperado su aspecto normal.

El sanador Langley, a quien seguía viendo como a un pulpo, se puso a hablar con el cisne que tenía delante, y Gwendoline los observó. Así lo hizo, con una sonrisa en los labios y aguantándose la risa, hasta que el pulpo volvió a dirigirse a ella. Pensó que su voz era sorprendentemente humana para salir de… ¿exactamente, dónde tenía la boca? ¿Por dónde emitía sonidos?

—No me culpe: reconozco un pulpo cuando lo veo. ¿No ve esas ventosas que tiene aquí…? —Se disponía nuevamente a tocar la mano de Langley, que seguía viendo como un tentáculo lleno de ventosas, cuando éste le hizo otra pregunta—. ¿Qué? ¡Ah, sí, estoy bien! —El cisne parecía opinar lo mismo.

—Creo que va siendo hora del antídoto... —dijo el pulpo, con un suspiro.

Una parte de Gwendoline quiso protestar, decirle al pulpo que le parecía inadmisible tomarse cualquier cosa que le impidiera seguir en aquel estado, pero el efecto ya se le había pasado en parte. Gracias a esto, en su mayoría estuvo de acuerdo en terminar con el experimento, y por eso aceptó el vaso que le ofrecía el Señor Pulpo.

Esta vez, sí se lo bebió con calma, y para cuando hubo vaciado el vaso, la magia volvió a sorprenderla: los efectos del alucinógeno comenzaron a desaparecer, y antes de darse cuenta ya contemplaba el mundo real. Ya no había colores, ni pulpos, ni cisnes en las inmediaciones, solamente Sam, el sanador Langley y ella misma.

Parpadeó un par de veces, sintiéndose ahora más cansada que antes. Apoyó el vaso vacío en su regazo, y se dio un par de segundos para reponerse. Aquello había sido demasiado intenso, y si bien recordaba que se lo había pasado muy bien, no podía decirse que estuviera ansiosa por repetirlo.

Y encima, tenía la boca llena de un horrible sabor, el regusto de la poción.

—Después de ver todo eso, los colores de este mundo me parecen extremadamente aburridos —comentó, para acto seguido llevarse la mano a la boca y lanzar un largo bostezo—. Perdón. Repentinamente estoy muy cansada.

—Seguramente se deba en parte a los ingredientes de poción y antídoto. O al excesivo esfuerzo mental —explicó Langley, al tiempo que tomaba el vaso de entre las manos de Gwendoline. No tardó en cambiarlo por otro limpio, que previamente llenó con agua de la jarra—. Bebe un poco, y esta vez, hazme caso: sorbitos pequeños.

Así lo hizo Gwendoline: fue bebiéndose el agua a pequeños sorbos, al tiempo que pensaba que de buena gana se metería en la cama y dormiría doce horas del tirón.

Sin embargo, permaneció despierta, y miró a su novia.

—No estoy a tu nivel —le comentó con una sonrisa resignada—. La oclumancia parece sencilla cuando la persona que entra en tu mente no tiene experiencia, pero contigo prácticamente no puedo competir. Me queda mucho por delante...

Nadie solía mencionar, además, lo difícil que era la oclumancia. No era para nada sencillo detener las intrusiones de un legeremante experto, ni intentar enmascarar tus recuerdos tras pensamientos falsos. Exigía un trabajo mental muy intenso, capaz de agotar a la persona que lo hacía.

—¿Hablamos con Annie, entonces? —preguntó, esta vez para ambos, sanador y legeremante.
Gwendoline Edevane
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