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Our own inner demons {Samdoline}

Gwendoline Edevane el Miér Oct 30, 2019 4:31 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Our own inner demons {Samdoline} - Página 4 WKsGiyo
Jueves 15 de noviembre, 2019 || Cafetería “El Juglar Irlandés”, Londres || 12:47 horas || Atuendo

A su regreso de las tan necesarias vacaciones de verano, Gwendoline casi había esperado encontrarse con una Londres sumida en el caos: esperaba encontrarse con más ataques de los radicales, quizás el secuestro de otro miembro de su familia, o incluso un nuevo ataque perpetrado por el Juguetero.

Sorprendentemente, no había sido así.

Septiembre, octubre y lo que iba de noviembre habían sido dos meses y medio sorprendentemente tranquilos, casi anodinos, y a pesar de que Sam y ella habían tenido alguna que otra desavenencia —había procurado tomarse el asunto de Ryan Goldstein con filosofía—, las cosas marchaban bien. ¡Incluso había tenido tiempo de pensar en lo que le había prometido a su novia!

Y no solo eso: tenía buenas noticias para ella.

Dependiendo de cómo se mirase, lo que estaba a punto de contarle podía considerarse un suicidio social: teniendo en cuenta que tenía un empleo fijo en el Ministerio de Magia, que cursaba una carrera al mismo tiempo, y sus obligaciones con la Orden del Fénix, añadir una responsabilidad más al tema podía suponer que no viese la luz del sol en lo que le restaba de vida.

Pero lo tenía todo pensado.

De acuerdo, no habían localizado al Juguetero, pero llevaba sin atacar desde el verano. Dos habían sido los atentados cometidos, y se habían tomado medidas al respecto para prevenir otros. El resultado, por lo visto, había sido óptimo, y por mucho que la Orden del Fénix todavía no quisiese festejar la victoria, ya empezaba a comentarse.

Gwendoline no lo tenía claro al principio, pero con el paso de los días, no había habido noticias… y poco a poco había empezado a creérselo. Poco a poco dejó de pensar en aquello como la calma antes de la tempestad.

«Si es así», pensó la morena, mientras caminaba por las calles de Londres en ese día que había decidido tomarse libre en el Ministerio. «Si es así, quizás mi tiempo de servicio en la Orden del Fénix haya llegado a su fin.»

Ya podía ver la fachada del Juglar Irlandés, dónde en esos momentos Sam cumplía religiosamente su horario laboral. Una sonrisa le iluminó el rostro, y sin darse cuenta, apretó el paso.

Lo que Angus Flannagan, ese pelirrojo de pelo rizo y rostro bonachón que habían conocido en Hogwarts, le ofrecía a Gwendoline, era algo pequeño. La morena no esperaba empezar por todo lo alto, eso estaba claro, y sabía que cualquier cosa era buena. Sin embargo, procuraba no hacerse muchas ilusiones: restaurar una vieja biblioteca y salvar todos los libros antiguos posibles iba a ser un trabajo muy poco agradecido y seguramente mal pagado, pero era un comienzo.

¿Quién sabía? Quizás Angus se convertiría en lo que ansiaba: el librero mágico más famoso de Inglaterra.

La campanilla sobre la puerta tintineó cuando Gwendoline la abrió, todavía con una sonrisa. Caminó en dirección al mostrador, donde Sam y Santi discutían sobre algo, mirando un ticket de compra que el español sostenía en su mano izquierda. A juzgar por los golpes que le daba con la otra, y por lo “enfadado” de su expresión, alguien de los dos había cobrado mal a algún cliente.

—Espero que no estés intentando echarle las culpas otra vez por algo que has hecho tú —bromeó Gwendoline, dirigiéndose a Santi, mientras apoyaba ambos brazos en la barra. Enseguida cambió su tono de voz a uno más confidencial y “amenazador”—, porque he oído que su novia es una bruja que te puede echar un buen mal de ojo encima.

No tenía ni idea de si Santi sabía que eso no podía hacerse, pero igualmente le iba a dejar creerlo durante un rato. Hasta que se cansase de tenerlo persiguiéndola y preguntándole si se lo quitaba, básicamente.


Última edición por Gwendoline Edevane el Jue Oct 31, 2019 1:48 pm, editado 1 vez
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Feb 02, 2020 8:43 pm

La legeremante no estaba cansada, pero aún así se le contagió de manera inmediata el gran bostezo que le salió a su novia, llevándose ella también la mano a la boca porque fue más intenso de lo que se esperaba. Después de eso se limitó a relajarse en el asiento, escuchando tanto a Langley como a Gwendoline.

Cuando dijo que no estaba a su nivel, Sam no pudo evitar pensar que era más que normal que no lo estuviera. Ella tenía años y años de experiencia en el sector, mientras que Gwendoline estaba aprendiendo desde hacía menos de un año oclumancia y si bien ella ya tenía experiencia en terrenos mentales por su trabajo como desmemorizadora, la oclumancia era algo bastante diferente y complicado que no tenía mucho que ver. Para colmo, no solo contaba con la desventaja de que Sam ya había estado previamente en su mente y la conocía extremadamente bien, sino que además estaba en clara inferioridad bajo los efectos de esa poción alucinógena.

Con esos tres puntos en su contra, claramente iba a estar por debajo de su nivel. Sin embargo, que estuviera por debajo de ella no quería decir que la legeremante no hubiese notado mejoría en la resistencia de Gwendoline. Ya no solo en la propia resistencia, sino también en algunos trucos que ayudaban a que el legeremante le prestase atención a lo que ella quisiera.

―Te queda mucho por delante ―repitió, para entonces sonreírle y añadir―: Pero no me cabe duda en que terminarás consiguiéndolo. ―Puso sendas manos sobre sus piernas y delicadamente se apoyó sobre ella para ponerse en pie. Una vez erguida, le tendió las manos a Gwen para hacerle de ayuda para levantarse.

La pregunta sobre Annie hizo que Sam volviese a sentir un poco los nervios. La verdad es que de todo lo que iban a hacer ese día, lo que más apuro le daba era encarar a la niña, tanto por falta de experiencia en tratar con niños como por el hecho de que decirle lo que le iban a hacer le parecía bastante fuerte. Sin embargo, lo que Sam no sabía es que pese a que Annie era un niña, era una niña que había presenciado la guerra, ergo no era simplemente un alma delicada que no es capaz de soportar la realidad. Aquella niña era mucho más fuerte de lo que podía aparentar.

―Si estáis preparadas, creo que podríamos dar el siguiente paso ―contestó Langley, confiado―. Dado que seréis vosotras, especialmente Samantha, la que tratéis con ella, creo que sería correcto que habléis directamente con ella sin mi intervención. Me llevo muy bien con esa ricura, pero creo que quiénes mejor le pueden explicar lo que va a pasar sois vosotras. ―Hizo una pausa y miró el reloj de su muñeca, haciendo memoria durante unos segundos―. Creo que sé en donde debe estar. Seguidme y os llevo con ella.

Langley se dirigió a la puerta, dejándola abierta y saliendo al exterior siendo perseguido por ambas chicas.

Annie se encontraba en una sala apartada junto a sus amigos Jared y Ted, jugando al ajedrez mágico. Había sido el propio Freddie quién los había aficionado y ahora el trío siempre quedaba para demostrar quién era el mejor. De vez en cuando el vencedor iba a donde el medimago para retarlo y ver si le ganaba… pero hasta el momento Langley no había tenido ni una sola derrota.

La puerta de la sala se abrió y Langley pudo ver como Jared y Ted discutían porque Ted quería volver a jugar con Annie, exigiendo una revancha, pero como era el turno de Jared, le tocaba jugar a él. Por suerte para los tres amigos, ahora Langley iba a poner orden:

―¿Pero qué pasa aquí? ―preguntó al ver a Ted tan exaltado.

―¡Que no me deja de jugar! ―Se quejó Jared.

La siguiente situación fue bastante graciosa, pues se veía a un señor mayor tratando con tres niños emocionados, picados, pero con una competición sana en donde en realidad todos querían jugar y jugar. Annie siempre preguntaba que por qué nadie había creado un ajedrez para tres personas y Freddie siempre contestaba que todavía no había habido nadie tan listo.

Sam y Gwen se quedaron en la puerta, observando la situación con tranquilidad. La rubia no podía quitarle los ojos de encima a Annie que, en ese preciso momento, sonreía con orgullo a Langley mientras le decía que le había ganado a Ted.

―Espero que sirva de verdad para algo todo esto… ―dijo en voz alta, ausente. Al darse cuenta de que había hablado en alto, miró a Gwendoline.

Entonces el medimago consiguió que Ted y Jared salieran de la sala con el ajedrez bajo el brazo, pasando por en medio de Gwendoline y Sam a la despedida de: “¡Adiós, Gwendoline y desconocida!”. Freddie, desde el interior, las llamaba para que se acercasen.

Annie permanecía sentada en uno de los bancos de aquella mesa, mientras que el sanador se encontraba detrás de ella con sendas manos sobre sus hombros. Cuando Gwen y Sam se acercaron hasta ella, Freddie sonrió:

―Annie, creo que ya conoces a Gwendoline… Ella es Samantha ―dijo señalando a la rubia.

Sam alzó la mano y la zarandeó tímidamente.

―Hola ―saludó Annie, esbozando una sonrisa desconcertada. Miró hacia arriba y hacia atrás, directamente a Freddie―: ¿Qué es lo que pasa? ―preguntó, avispada.

―¿Te acuerdas de todo lo del Juguetero, verdad? ―Freddie fue directo, a lo que a Annie le cambió la cara y, con tristeza, asintió varias veces―. Ellas creen que pueden haber algunas cosas que se pueden hacer al respecto y quieren hablar de ello contigo. ¿Te apetece ahora o prefieres en otro momento? ―Le dio la opción para buscar en ella su comodidad.

―Ahora está bien ―dijo, con la idea mental de quitarse de encima cualquier conversación sobre ese tema en la mayor brevedad posible. Se suponía que se trataría de la misma conversación de siempre: personas preguntándole sobre si recordaba algo de aquel día… ¿cuántas veces tendría que decir que no?
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Feb 04, 2020 9:49 pm

No pudo evitar, ahora que era plenamente consciente de lo que había conseguido incluso bajo los efectos de la poción alucinógena, sentir que algo —su pequeño orgullo— se henchía un poco dentro. Su reacción fue comedida, eso sí: simplemente sonrió, agradeciendo a Sam sus palabras. Le gustaba saber que no estaba perdiendo el tiempo, y que si bien todavía tenía un largo camino por recorrer, al menos había logrado dar unos cuantos pasos adelante.

Sin embargo, no había demasiado tiempo para recrearse en victorias y triunfos personales: todavía tenían pendiente el asunto de Annie Hopper.

Quiso saber si su novia y el sanador Langley consideraban que sería un buen momento para hablar con la pequeña. El esfuerzo mental la había agotado, sí, pero el deber iba antes que el descanso. Además, cuanto antes lo hicieran, antes tendría ocasión la muchacha de pasar aquel mal trago, y olvidarse por completo de ello.

El sanador, que había participado en aquella primera prueba como observador, pareció convencido acerca de lo que había visto. Gwendoline asintió con la cabeza, y cuando les pidió que lo siguieran, así lo hizo.

La morena no dijo ni palabra en todo el camino, e incluso cuando encontraron a Annie jugando al ajedrez mágico con sus amigos, sus labios permanecieron sellados. Parecía ausente y pensativa, cruzada de brazos, y así lo estuvo hasta que la voz de Sam la sacó de su ensoñación. Le dedicó una sonrisa y le devolvió la mirada, para luego comentar.

—Para algo servirá —susurró—. Pero no sabremos exactamente para qué hasta que hayamos terminado.

Langley desmontó enseguida el pequeño grupito, y tanto Ted como Jared salieron por la puerta, llevándose consigo su pequeño juego mágico. Gwendoline los saludó con la mano en respuesta, sonriéndoles, y para cuando se alejaban por el pasillo, pasó al interior de la estancia acompañando a Sam.

Mentiría si dijese que no estaba nerviosa: lo que estaban a punto de hacer, si bien podía hacerse perfectamente, era tan complicado como lo que habían hecho con Kelsey. Y menos mal que lo único que querían era echar un vistazo, no modificar nada.

Tras la pequeña introducción de Langley, la pelota estuvo sobre el tejado de las chicas, y dado que nadie más habló, prefirió ser ella la primera. Como no quería tratar a Annie de manera condescendiente, se acercó a ella pero no se puso en cuclillas, como suelen hacer los adultos cuando quieren hablar con un niño. En su lugar, se cruzó de brazos, como si buscara protegerse de manera instintiva, y trató de ser lo más franca posible con la niña.

—No queremos someterte a más interrogatorios —le explicó—, pero creemos que quizás tengas algo más de información respecto al incidente.

Enseguida se pudo ver que sus palabras tocaban un punto sensible: la niña se tensó y, de manera parecida a Gwendoline, se cruzó de brazos. Frunció los labios, y dio la sensación de que intentaba hacer frente a un escalofrío o una sensación desagradable que se había adueñado de ella. La morena la interpretó como miedo, o quizás se tratase de tristeza contenida.

Soltó un suspiro, con cierta exasperación.

―Ya dije que no me acuerdo de nada ―protestó, y Gwendoline se imaginó que decía la verdad. Debía haberlo dicho una y mil veces.

—No queremos hacerte preguntas —insistió Gwendoline, ganándose la atención de esos enormes ojos infantiles, salpicados de curiosidad—. ¿Sabes lo que es la legeremancia? —La niña asintió lentamente—. Sam es una experta en la legeremancia. Trabajó en el Ministerio de Magia durante muchos años. Es capaz de ver en nuestras mentes incluso aquello que hemos olvidado.

La niña, frunciendo el ceño, las miró alternativamente a una y otra, para finalmente quedarse con la mirada fija en Sam.

―¿Se puede hacer eso? ―le preguntó con curiosidad a la legeremante.

Gwendoline supo entonces que habían captado su atención, que por lo menos tenían su interés. También se alegró al comprobar que no se asustaba. Cualquiera se asustaría en una situación así, pero Annie Hopper… seguramente había vivido demasiadas cosas terribles como para temer algo así.

La morena volvió la mirada en dirección a Sam y le dedicó un asentimiento de cabeza. Era su turno para hablar.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Feb 06, 2020 11:29 pm

La cara de Sam fue incapaz de contener la sorpresa con la que recibió aquella curiosidad por parte de Annie, pues no se lo esperaba en absoluto. No había ni un poquito de temor en su mirada, sino todo lo contrario: interés en saber si su cabeza podía ser desbloqueada y si, por el contrario a lo que probablemente podría estar sintiendo, podía ser de ayuda en aquella situación que le había arrebatado a su familia.

Cuando recibió esa pregunta de la niña, Sam se acercó.

―Sí ―le contestó, sentándose en la silla frente a ella, con la mesa de por medio. Le sonrió un poco para darle confianza y continuó―: Es complicado y no es seguro que esté ahí el recuerdo del momento, pero si estás dispuesta a intentarlo, no perdemos nada por probar.

No quería estresarla asegurándole que eso estaba en su cabeza, pues si las cosas salían prefería decirle que es que había sido imposible encontrarlo, probablemente porque no estaba. Teniendo en cuenta la importancia que podía tener eso, no quería que Annie se sintiera incapaz o inútil.

―¿Y puedes ver todo lo que hay en mi cabeza aunque yo misma no lo recuerde? ―preguntó sin entender demasiado bien. Evidentemente sabía lo que significaba el término «legeremancia» pero no sabía cuánta profundidad podría llevar con ella.

―No puedo ver nada que tú no veas ―le explicó―, es decir… si yo me meto en tu mente y busco el recuerdo de qué comiste el día anterior, a menos que estés al borde de la inconsciencia, tú también lo vas a recordar mientras yo lo veo.

―O sea que sí está… y lo encuentras no es que puedas sacarlo sin más, ¿no?

Annie era consciente de lo que le había pasado, pues Freddie se lo había explicado: debido al trauma vivido, lo normal es que su mente hubiera bloqueado ese recuerdo para protegerse a sí misma, en una especie de negación. La niña sabía todo lo que había ocurrido y que precisamente su cabeza había decidido borrar cómo vio morir a sus padres cosa que, hasta el momento, hasta medianamente agradecía no poder recordar… Echaba mucho de menos a sus padres y…

―Exacto, no puedo ―le contestó―, si está ahí y doy con él, ambas veremos el recuerdo por primera vez al mismo tiempo. ―La niña no tuvo que decir nada, pues su cara fue un reflejo de sus propios pensamientos, preocupados. Freddie, que no se había ido a ningún sitio por pura curiosidad pero tampoco había intervenido, puso ambas manos sobre los hombros de la niña y miró a Sam para animarla a que continuase―. De todas maneras, hay varios factores a tener en cuenta, Annie. No sabemos cómo viviste aquella noche, por lo que no tenemos la certeza de que lo viste sea realmente relevante a estas alturas y si merece la pena intentarlo. Quizás pudiste ver la cara del mismo Juguetero y resolver el gran misterio, pero lo más probable es que no haya sido así y… realmente no sabemos si valdrá el esfuerzo.

Tomó un respiro; una pequeña pausa en donde la mirada de ella se unió a la de la pequeña. Comprendía su inseguridad muy bien, ya no porque le importase que una persona entrase en su mente ―pues a esa edad como mucho tendría que ocultar que le gustaba su amigo Ted― sino porque tenía miedo de recordar.

Sam fue a hablar de nuevo, pero Annie interrumpió su intento.

―¿Y qué es lo que podría servir de mis posibles recuerdos exactamente? ―preguntó, queriendo valorar las opciones.

―Llegamos a esta conclusión porque eres la única superviviente de uno de sus ataques… quizás pudiste ver, consciente o inconscientemente, algo importante que le delate. Tenemos la idea actualmente de que él no aparece cuando ataca pero… ¿y si sí lo hace? ¿Y si algo en su manera de hacer las cosas, que tú has visto, puede delatar algo importante de él? Los pequeños detalles pueden dar mucha información, pero el gran problema de ese asesino es que no deja rastro, ni pistas… ―«Ni supervivientes» se ahorró decir.

―Pero también pude no haber visto nada: quizás me escondí y mi recuerdo es todo el rato en el interior de un armario, ¿no es así? ―Tragó saliva.

―Sí, cabe la posibilidad de que te hagamos revivir ese momento tan duro para absolutamente nada ―dijo Sam, queriendo ser totalmente transparente con ella―. Pero si te lo estamos diciendo es porque creemos que puede haber posibilidades. De todas maneras no tienes que decirlo ahor…

―No, no ―dijo ella, interrumpiéndola―. Quiero hacerlo… ―Su mirada se desvió, miedosa, a la mesa; a sus propias manos―. ¿Y si… y si por alguna casualidad hay algo y… ―Su voz tembló y sus dedos comenzaron a tocarse entre ellos lentamente, nerviosa―. ¿Si recuerdo aquello y… ―sin saber cómo rellenar la frase, decidió ir directamente al final― ...podrían volver a borrarme el recuerdo?

Esa pregunta cogió por sorpresa a Sam aunque fuese totalmente lógica teniendo en cuenta la situación. Sin embargo, en ese momento fue Freddie quién habló, apretando con confianza y apoyo los hombros de Annie.

―Que tu mente haya bloqueado el recuerdo, cariño, no quiere decir que seas débil o no estés preparada para enfrentarte a ello.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Dom Feb 09, 2020 2:03 am

Todavía de pie, se cruzó de brazos y permaneció en silencio, escuchando. Era el turno de palabra de la única persona en aquella habitación con conocimientos suficientes como para llevar a cabo semejante procedimiento, y si alguien podía tranquilizar a la muchacha, esa persona era ella.

A medida que tenía lugar la conversación, las miró alternativamente a una y otra. El sanador Langley hacía lo propio, igual de callado que ella.

No había información que desconociera en aquella conversación: se trataba de un proceso delicado, y Annie tendría que revivir de manera forzosa aquellos recuerdos, incluso aunque su mente los hubiera bloqueado. Fue especialmente delicado explicarle esto último, pues lógicamente pensó que dichos recuerdos podían hacerle daño. A fin de cuentas, por algo lo habría bloqueado su mente, ¿no?

Cuando pudo hacerlo, Langley intervino. Estuvo casi de acuerdo con él, pues le quedaba una duda importante: había estado dentro de la mente de Kelsey, la pequeña protegida de Laith, y había visto cómo actuaba una mente infantil cuando un recuerdo era demasiado dañino. Le había hablado de ello a Sam, aunque no en profundidad.

Annie, si bien quería hacerlo y brindarles aquella oportunidad, estaba asustada. De ellos dependía que perdiese aquel miedo.

—Hay una forma de asegurarse que no te ocurrirá nada. —Gwendoline se adelantó y caminó en dirección a ella, esta vez agachándose delante de su silla para establecer contacto visual con ella—. En caso de que te sientas muy triste, que no puedas soportarlo, yo puedo hacer que esos recuerdos desaparezcan. Como si nunca hubieran estado ahí.

Annie la miró con expresión insegura en el rostro. Su reacción ante la posibilidad de perder esos recuerdos la asustó visiblemente, y enseguida comenzó a retorcerse una mano con la otra.

―¿Y me olvidaré de papá? ―preguntó, con un hilillo de voz―. ¿De mamá? ¿De mis amigos…?

Aquellas palabras… bueno, Gwendoline sería de piedra si algo en su interior no se hubiera removido de manera desagradable. Una congoja se adueñó de su corazón, casi como si una pétrea mano lo envolviese y lo apretase. No pudo evitar imaginarse a todas aquellas personas, que con los meses se habían convertido en una especie de familia, muriendo en medio de las llamas. Y aquella niña, en medio de todo, sufriendo una terrible maldición: la del superviviente.

¿Cómo se podía recuperar la alegría después de algo así? ¿Era siquiera posible?

Se dio cuenta de que había guardado silencio, de que todos los presentes la miraban de manera interrogante. Langley incluso abrió la boca para decir algo, pero ella no le dejó. Prefirió terminar ella misma.

—No, no te olvidarás de tus padres y tus amigos. —Su voz sonaba diferente. Era evidente para ambos adultos presentes que estaba haciendo un esfuerzo por contener el llanto—. Solo de aquello que tu mente ha bloqueado, y solo si tú quieres.

Buscó la mano de la niña con la suya. Ella la aceptó con ciertas reservas, mientras sopesaba las posibilidades. Finalmente habló.

―No quiero olvidarlo ―dijo con convicción, y a Gwendoline le hubiera gustado poder decir que de acuerdo, que lo conservaría todo, pero eso dependía enteramente de lo que ocurriese.

—Eres una chica muy valiente, Annie —dijo Gwendoline, forzando una sonrisa, y levantándose inmediatamente.

Caminó en dirección a la puerta, respirando profundamente, y dio la espalda al grupo mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Buscó dentro de sus bolsillos algo, una servilleta de papel o lo que fuese, para secarse esas dichosas lágrimas. Se frustró al no dar con nada, y consigo misma por semejante muestra de debilidad que no venía a cuento.

Si ella lloraba, ¿cómo estaría Annie?

A falta de algo mejor, se secó las lágrimas con el puño de su chaqueta, sorbiendo por la nariz a continuación. Se le había acelerado el corazón dentro del pecho, incluso.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Feb 10, 2020 11:50 pm

Solo un cobarde optaría por la facilidad del olvido, con tal de no sufrir y poder dar un paso al frente sin tener que cargar ninguna debilidad. Sin embargo, los cobardes no sabían que realmente si querías poder dar un paso al frente sin ser débil, debías aprender de todo lo que te pasa, incluido el sufrimiento, para poder aprender de él y ser más fuerte. Y allí no tenían a ninguna cobarde, sino a una niña que había pasado por una vida inmerecida que la había hecho no solo madurar con presteza, sino incluso ser consciente de que todo lo que había vivido no debía de ser olvidado. Ni sus padres ni sus amigos se merecían ser olvidados después de todo lo que habían pasado.

Sam sintió admiración frente a la niña pues no era capaz de concebirse a sí misma con su edad siendo tan valiente ni por asomo. ¿Aquella Sam que debía de ser protegida por sus amigos de los abusones y esconderse entre las estanterías de la biblioteca? No, definitivamente no. Quizás estaba subestimando a la Sam del pasado, pero no se comparaba ni un poquito con la muchacha que tenía delante.

Pese a la admiración, evidentemente también le dio pena la situación de la niña, sobre todo por el significado de sus decisiones. Se mostró preocupada frente a la voz quebrada de Gwendoline y, sobre todo, cuando retrocedió para poder recuperar la compostura.

Estuvo a nada de seguir sus pasos para reconfortarla, pero para Annie tampoco había pasado desapercibida la reacción de Gwendoline. Sería pequeña, pero había quedado más que comprobado que no tenía ni un pelo de tonta.

―Gwendoline, está bien ―le dijo la niña desde su asiento, acostumbrada a escuchar el “está bien” de todos y cada una de las personas que intentaban subirle el ánimo desde lo ocurrido. En ese momento Sam no se levantó de la silla, sino que se mantuvo a escuchar―. Mis padres me decían que había que ser valiente y siempre dar todo lo que estuviese en tu mano por una buena causa. Ellos creían en todos nosotros, así que no hay que tener miedo. ―Pese a que lo decía “segura”, cualquier adulto de aquella sala podía ver que Annie estaba intentando creer en sus palabras, pese a que no las sintiese todavía al cien por cien.

¿Cómo hacerlo, no? Nadie le iba a reprochar que quisiese ser fuerte después de por todo lo que había pasado, por mucho que no se sintiera en su mejor momento.

Sam no pudo evitar sonreír un poco ante las palabras de la chica, corroborando al cien por cien que… no, definitivamente la Sam del pasado no le llegaría ni a la suela de los zapatos. ¿Y sabéis qué? Se sintió hasta orgullosa ―después de tantos años de negación― de que hubieran personas como esa niña en la Orden del Fénix. Quizás no hubiese sido la organización más agresiva de todas con respecto al gobierno mágico pero… ¿si no era por ellos, quién le daba un hogar, comida y esos valores a jóvenes como Annie?

Sam entonces tendió la mano a la morena para que la sujetase y volviese a donde se encontraba, dejándole un hueco a su lado frente a Annie.

―¿Lo vamos a hacer hoy…? ―preguntó Annie, precavida.

―No, lo hacemos un día que tú quieras, pero no hoy.

―Uf, vale… ―La niña sonrió levemente, mostrando una sonrisa aliviada e infantil. Tenía uno de sus colmillos descolocado, por lo que al sonreír se le mostraba de manera muy característica―. Así vengo concentrada, que esto me ha cogido un poco de sorpresa… ―admitió, jugueteando con sus dedos de cada mano, volviendo a un rostro algo más serio y preocupado.

―No te preocupes, Annie, lo principal es que tú estés cómoda con esto. Entre más tranquila y segura estés, más fácil será todo ahí dentro ―le dijo, echándole una mirada significativa a su cabeza.

Entonces, se le ocurrió algo que podría servir: era obvio que Annie no había tenido ninguna experiencia previa, por lo que estaría bien tranquilizarla con el hecho de que Gwen y Sam lo hacían normalmente ―la legeremancia, malpensados―, además de que hablar de manera distendida del tema haría que Gwen volviera de ese mal trago y haría que Annie entrase en confianza con el tema y con ellas.

―¿Sabes? Gwendoline y yo ya hemos hecho esto anteriormente y en varias ocasiones ―le dijo de manera natural, sin entrar en detalles de por qué―. Podría darte toda la información necesaria para que las cosas salgan bien pero… sinceramente: todas las mentes son diferentes y cada recuerdo es único, por lo que sería llenarte de información que a lo mejor no es ni importante. Así que teniendo en cuenta esto, creo que es mejor que sea Gwen la que te cuente su experiencia y la que te dé algún consejo: a fin de cuentas es la que más me ha tenido en su cabeza ―añadió, desviando la mirada hacia su novia.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Feb 12, 2020 9:43 pm

La sensibilidad solía ser considerada una cualidad atractiva, apreciable a nivel personal. Una persona sensible transmitía buenas sensaciones, daba a entender que se preocupaba por quienes la rodeaban.

Todo eso era cierto… cuando de los demás se trataba.

En lo personal, Gwendoline se sintió molesta a la par que frustrada con aquel arranque de sensibilidad, y con el hecho de ser totalmente incapaz de reprimirse. Siempre encontraría odiosa aquella faceta suya, por mucho que supiese, en el fondo, que era una de sus mejores cualidades y fortalezas. Esa empatía, la misma que la había llevado a cursar una carrera universitaria de medimagia, a veces desembocaba en situaciones así y… bueno, a nadie le gusta llorar en público, dejémoslo ahí.

Aún mientras Annie hablaba, demostrando una fortaleza inusual en una niña de su edad, la desmemorizadora seguía haciendo un esfuerzo consciente por evitar que aquellas dos lágrimas se convirtieran en un torrente. Simplemente, no podía permitírselo.

«Nada de llorar», se recordó a sí misma, al tiempo que se ponía brazos en jarra, bajaba la mirada y procuraba retomar el control. «Lo atraparemos y pagará por todo el daño que ha causado.»

Cuando Sam le tendió la mano, Gwendoline la tomó. Sin embargo, no se volvió de inmediato, sino que se permitió dos segundos más para serenarse. Una vez lo consiguió, soltó un suspiro, cerró los ojos, los abrió nuevamente, y se dio la vuelta. Tomó asiento junto a Sam y permaneció en silencio hasta que se requirió que hablase.

Sam puso a Annie al corriente de los pormenores de lo que pretendían hacer. Cuando mencionó las otras sesiones de legeremancia en que habían practicado juntas, una leve sonrisa asomó a sus labios. No necesitaba del uso de la legeremancia para recordar todas las ocasiones en que habían practicado aquello.

Miró a Sam con cierta inseguridad cuando le cedió la palabra, pero a fin de cuentas, no había nada que temer: no tenía más que hablar de su propia experiencia.

—Hay… algo que debes comprender sobre la legeremancia. Algo esencial y básico. —Buscó a Langley con la mirada. Comprendió, por el asentimiento que le dedicaba, que sabía de qué iba a hablar. Sam, seguramente, también—. La legeremancia no es una forma de magia dañina en sí. La forma en que se utiliza depende enteramente de la persona que la conjura. Existen personas que son capaces de hacer cosas horribles con ella, desde luego, pero no verás a ninguna de esas personas en esta habitación, te lo aseguro.

Sobra decir que Gwendoline tenía en mente a una persona en concreto: Artemis Hemsley.

La difunta mortífaga había demostrado una falta total de empatía y respeto hacia la integridad de las mentes ajenas. La había tenido dentro de su cabeza el tiempo suficiente como para que gran parte de sus más profundos deseos y anhelos se filtraran en su propia mente: recordaba especialmente lo satisfecha que se sentía sabiendo que había destruido una mente, que había anulado por completo una voluntad.

Claramente, la legeremancia por sí sola no había hecho aquello, sino una combinación de diferentes prácticas mágicas relacionadas con la mente. Sin embargo, la legeremancia había jugado un papel muy importante.

Annie, a pesar de pretender ser valiente en todo momento, como debía pensar que se esperaba de ella, se sobrecogió un poco en el asiento. Langley le transmitió calma con sus manos, asomándose por encima de su hombro y sonriéndole.

—Lo más extraño que puedes llegar a sentir cuando Sam entre en tu mente es... —Se llevó la mano al mentón, quedándose pensativa mientras buscaba palabras adecuadas para describir la situación—. No sabría cómo explicarlo realmente. Tienes que experimentarlo para comprenderlo. Pero siempre se lo he descrito a Sam como “la sensación que debe experimentar un libro al ser leído”. —Dejó escapar una leve risita: esa había sido la frase exacta que había pronunciado aquel día tan lejano, cuando eran apenas estudiantes universitarias, y Sam estaba ansiosa por probar todo aquello que había aprendido en clase—. A veces es un simple cosquilleo, como sentir unos dedos acariciando el interior de tu cabeza, pero sueles olvidarte pronto de ello. En el momento en que empiezas a revivir tus recuerdos, con una claridad tan grande como si estuvieses de nuevo allí, en aquel momento, eclipsa todo lo demás.

Gwendoline había adoptado una expresión soñadora, dejando de pensar y pasando a recordar, a describir las emociones que había experimentado cada vez que observaban juntas un recuerdo.

Annie, por su parte, ya no se mostraba tan acongojada; ahora, su rostro era la imagen misma de la curiosidad y… una chispa de ilusión.

En lugar de responder a Gwendoline, miró directamente a Sam.

―¿Y puedo ver mi cumpleaños de hace tres años? ¿Cuando tenía ocho? ―preguntó, añadiendo después―: Es un ejemplo.

En realidad, de ejemplo no tenía nada, y Gwendoline se dio cuenta al instante. Por la mirada que le dedicó Langley, de nuevo supo que también lo comprendía.

Para Sam tampoco debía ser ningún misterio, pues: aquella muchacha, que recientemente había perdido a sus padres, estaba preguntando directamente si podía revivir el que, claramente, había sido uno de sus últimos momentos felices, pues hacía tres años era 2016, y entonces los mortífagos no habían tomado el Ministerio de Magia.

Una niña que debía estar sufriendo mucho, que no había tenido ocasión de despedirse de su padre, que lo había visto morir para salvarla… solamente quería recordar, volver a experimentar esos sentimientos tan felices en su octavo cumpleaños.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Feb 21, 2020 12:03 am

Observó pacientemente como la morena le relataba toda su experiencia a la niña, pues ella mejor que nadie ―dada su experiencia con legeremantes― podría explicarle lo que se sentía. Samantha podía otorgarle una perspectiva más técnica pero dudaba bastante que eso fuera del interés de Annie, ni mucho menos que supusiera una gran diferencia en su decisión.

Ahora mismo lo que necesitaba era un soplo de confianza, en donde la legeremancia, como tal, no sonase como una invasión a tu privacidad, algo doloroso o “prohibido”. Teniendo en cuenta cómo se solía tratar a la propia legeremancia, no sabía qué concepto tendría Annie con respecto a ella, por lo que era mucho mejor que tratase el tema una persona que lo había sufrido y no una que se había dedicado a ello toda la vida. Casi como que parecía una opinión muy poco objetiva.

Escuchar la pregunta de la niña hizo que Sam se evadiera un poco de la conversación, dejando la mirada perdida en ningún punto durante un segundo. Era muy fácil interpretar su pregunta de “curiosidad” como lo que era: la pregunta de la esperanza.

Se sintió identificada con ese sentimiento, pues ella también tuvo una época en donde le hubiera encantado volver a revivir los momentos buenos de su vida con tal de sacar fuerzas para continuar. En su momento no lo hizo a pesar de tener el pensador y la capacidad de decidir qué ver, pues era muy consciente de que a pesar de necesitarlo, sabía que le iba a destrozar más de lo que le iba a sanar. No era agradable volver al pasado y darte cuenta de todo lo que habías perdido después de haberla cagado tanto, por lo que una parte de ella había decidido quedarse sólo con los recuerdos, sin incidir en ellos; sin revivir nada.

Annie todavía era joven y echaba de menos a sus padres, era normal que en lo único que pensase ante la pérdida de en volver a tenerlos frente a ella. Sam había tenido la oportunidad de decidir ―prácticamente obligada―  dejar todo lo que quería atrás; Annie no.

―Sí, podrías ―respondió saliendo de letargo en el que se había sumido momentáneamente―. Todo lo que has vivido sigue ahí oculto en tu mente aunque no lo recuerdes bien, lo bueno de la legeremancia es que todo lo que creíste “olvidado” realmente está ahí y se puede buscar. Yo puedo encontrarlo y enseñártelo.

Sopesó, incluso, el explicarle el mecanismo de un pensadero y que podría revivir siempre que quisiera los recuerdos que más le gustasen, pero le pareció que era un tema para más adelante.

―Si después de intentar esto quieres visitar algún recuerdo en concreto, yo te puedo llevar a él ―le ofreció, siendo consciente de que en su situación podría necesitarlo―. Aunque tengo que advertirte que es muy probable que mientras busco lo que sucedió aquella noche, veas muchos de los recuerdos que creíste olvidados.

―Vale… ―dijo, intentando asimilarlo todo, aún jugando con sus propios dedos con suavidad.

―Hay algo más ―interrumpió Langley.

―Sí… La legeremancia mantiene la relación de un recuerdo y el sentimiento vivido en ese momento, por lo que si yo revivo en tu cabeza un recuerdo feliz, probablemente tanto tú como yo nos sintamos muy feliz, mientras que si es algo triste pues…

―Nos pondremos tristes ―interrumpió esta vez Annie, con “impaciencia” porque continuase con lo importante.

Sam se limitó a sonreír un poco y asentir.

―Como va a ser tu primera vez con la legeremancia, jamás he estado en tu cabeza y que podemos encontrar cosas que no nos gusten demasiado… la idea es que estés bajo los efectos de una poción que te va a tranquilizar, para intentar regular la intensidad de las cosas ahí dentro ―le dijo con palabras más amistosas, señalando al final con la mirada la cabeza de Annie.

Ella no pareció entenderlo del todo y su cara hablaba por sí sola, así que Sam intentó matizar y ser más clara.

―Es decir… Tú y yo vamos a estar en tu cabeza tranquilamente en un principio, con todo en un estado neutral en donde podremos controlarlo. Sin embargo, desde que tú tengas un estímulo alegre o triste, tu cabeza también reaccionará acorde a la intensidad con la que lo sufras. Cabe la posibilidad de que, sea lo que sea, sea imposible mantenerme en tu cabeza tanto por tu bien como por el mío, por lo que para evitarnos posibles situaciones de este estilo… consideramos que lo mejor es que estés en un estado lo más tranquilo posible.

La niña asintió ahora, como si ya lo hubiera entendido. De hecho en su mirada se podía ver el brillo de: “¡yo tengo una idea mejor!”.

―¿Y por qué no me dormís?

―Tienes que estar consciente para poder hacer conexión… ―Sam se señaló sus ojos y los de ella varias veces, en un gesto hasta cómico.

La niña sonrió un poco, para luego asentir.

―Pues… creo que no tengo más preguntas ―dijo finalmente, mirando hacia arriba para buscar la mirada de Langley―. En cualquier momento puedo hacerlo.
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Sam J. LehmannFugitivos

Gwendoline Edevane el Vie Feb 21, 2020 10:30 pm

Aferrarse a los recuerdos es algo tentador, igual que una botella de agua helada lo sería para una persona sedienta en medio de un desierto. El ser humano tiene tendencia a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, y es por eso que en general buscamos revivir esas viejas sensaciones, regresar a esos momentos en los que fuimos felices. Tenemos tendencia a dejar de lado lo malo cuando de recuerdos se trata, a recordar lo bueno y ver esa realidad como algo idílico.

Si podemos, claro está.

Annie Hopper no era una excepción, a pesar de su corta vida. La escuchó preguntar si podían ayudarla a revivir ese último momento feliz, en familia, que había vivido antes de que su vida y la de muchos otros se fuese al infierno, y se le encogió el corazón. ¿Cuántas veces había deseado ella misma retraerse a un pasado más sencillo, cuando estaban en Hogwarts y su mayor problema eran los exámenes y los abusones?

No dijo nada, por el momento. Prefirió dejar que Sam manejara la situación. Continuó explicándole cómo se llevaría a cabo el proceso, la poción que tendrían que utilizar. La niña lo aceptó con una valentía inusitada, la de quien ha mirado a la muerte a los ojos y ha logrado esquivarla. Había algo de admirable en su actitud, en su capacidad de sonreír a pesar de las circunstancias. Todo un ejemplo a seguir.

«Creo que esta niña tiene mucho que enseñarme», pensó Gwendoline, quien en más de una ocasión se había venido abajo ante las circunstancias. «He de aprender de ella.»

—No tiene que ser de inmediato, Annie —terció el sanador Langley con un tono de voz suave.

―Eso no es verdad ―respondió la niña con toda seguridad, sorprendiendo tanto al sanador como a Gwendoline. La bruja la miró con el ceño fruncido; el mago, con gesto interrogante―. No se puede perder tiempo. Si tardamos mucho, el Juguetero hará daño a más personas, ¿no?

«Es difícil argumentar en contra de eso», pensó Gwendoline. Una vez más, Annie demostraba su valentía.

El sanador Langley, por su parte, cambió su expresión patidifusa por una sonrisa que remarcó las arrugas de su rostro, confiriéndole el aspecto de uno de esos abuelos entrañables que a menudo se veían en las películas infantiles.

—Ahí tiene razón, ¿verdad, señoritas? —El mago las miró, ensanchando su sonrisa.

Gwendoline logró corresponder a esa sonrisa, y Annie, sin comprender del todo qué había dicho que fuese tan gracioso, los miró a todos de manera interrogante. No dijo nada, pero frunció el ceño, posiblemente tratando de comprender cuál de sus palabras habría podido ser interpretada como un chiste.

—El viernes por la tarde —sugirió entonces Gwendoline—. Sobre las cinco. ¿Te parece bien?

Ni se lo pensó: Annie asintió de forma enérgica, dispuesta a ayudar. Había una profunda decisión en su mirada, y Gwendoline pudo imaginarse a qué se debía. Seguramente, estaba tan ansiosa como ellas por atrapar al Juguetero. Seguramente, quería que sus padres obtuvieran la justicia que merecían, después de sacrificar sus vidas por ella.


***
Viernes 22 de noviembre, 2019 - 16:48 horas
Zona segura para fugitivos, Londres
Atuendo

El jueves transcurrió en medio de una calma inusual, y a Gwendoline casi le recordó a los viejos tiempos en el Ministerio de Magia, cuando a su departamento llegaban únicamente ocasionales reportes de magia en presencia de muggles: un duende en el jardín de una pobre señora, algún niño especialmente precoz que hacía sin quererlo una demostración pública de sus poderes, una persona que desaparecía tras alguna pared…

En medio de pequeños casos como aquellos, casi parecía que los cazarrecompensas, mortífagos y el mismo Juguetero no eran más que productos de un mal sueño que había durado demasiado.

Por supuesto, la bruja no cayó en la tentación de creerlo ni por un segundo, pero aceptó de buena gana el pequeño descanso. Lo aprovechó para poner al día informes, organizar su despacho, y otro tipo de trivialidades que había tenido que posponer en base a otras prioridades que habían ido surgiendo.

La tarde la pasó en compañía de Sam, y de la misma manera que la mañana, había sido tranquila. Una recompensa al esfuerzo que ponían día tras día en hacer las cosas bien.

Sin embargo, esa noche no durmió especialmente bien. No se agitó en sueños ni fue atacada por pesadilla alguna; simplemente, permaneció tumbada haciéndose la dormida, deseando estar dormida, pero con los ojos abiertos como platos. Mente y cuerpo se negaban a aceptar el necesario descanso, y enseguida identificó el motivo: estaba nerviosa por lo que ocurriría la tarde siguiente.

Sin embargo, y como todo tiene un límite, terminó durmiéndose bien entrada la madrugada, y tras un número insuficiente de horas de sueño, se despertó poco antes del toque del despertador.

Si ya de por sí había adquirido la sana costumbre ―era demasiado maniática con los horarios― de poner el despertador unos veinte minutos antes, por si acaso Sam y ella se enredaban a “jugar” en la ducha, esa mañana contó con algún tiempo extra. Se incorporó en la cama y, no debería sorprenderse, Sam tomó su brazo antes de darle opción a abandonar el lecho.

Mantuvieron una breve conversación acerca de su estado de vigilia nocturna ―era un libro abierto para ella, por mucho que tratase de disimular―, y al final se dejó convencer para quedarse un poco más con ella. Fueron unos minutos en que Gwendoline se olvidó por completo de sus nervios, y los agradeció profundamente.

Poco después, sentada al borde de la cama, la morena volvía a ponerse la parte superior del pijama, sin molestarse en abrochar los botones. Miró a su chica por encima del hombro con una sonrisa, y finalmente dijo:

—No puedo quedarme más. Si lo hago, cuando te metas en la ducha conmigo, sí que conseguirás que llegue tarde a trabajar.

Seguramente, eso era lo que intentaba. Después de todo, ¿cuántas veces le había pedido que dejase su trabajo? Cada día le costaba más y más rendirse ante semejante petición, pues en aquel lugar reinaba una atmósfera cargada de negatividad.


***

Tras una mañana que no fue ni por asomo tan tranquila como la anterior, y un pequeño interludio en casa que fue más que agradecido, ambas mujeres acudieron al refugio, como habían acordado. Fueron directamente a hablar con Fred Langley, y Gwendoline no se sorprendió de encontrar a la pequeña Annie con él, en la enfermería.

No captaron demasiado de la conversación, pero sí lo suficiente como para comprender que hablaban de la poción que la niña debía tomarse.

—...no será una dosis muy grande, pero verás cosas un tanto sorprendentes, por decirlo de alguna manera —afirmaba el sanador, con una sonrisa tranquila en el rostro.

―¿La ha probado usted alguna vez? ―preguntó la niña, ceñuda.

—Nunca. —Negó categóricamente con la cabeza; Gwendoline supuso que mentía—. Pero he estudiado sus efectos, tanto positivos como negativos. Todo lo negativo que experimentarás se resume a eso: alucinaciones.

―¿Y esas alunizaciones duelen? ―preguntó la niña, preocupada.

Gwendoline no pudo evitar sonreír, divertida, ante la mala pronunciación de Annie. Pensó que, en efecto, una “alunización” tenía que doler un poco, pues a fin de cuentas se trataba de estrellar un vehículo contra un escaparate o cristalera con el objetivo de robar lo que hubiese al otro lado. Sin embargo, dudaba que las “alucinaciones” pudiesen doler.

—No te dolerá nada —intervino Gwendoline, que optó por autoinvitarse a entrar. Sonreía—. Te sentirás un poco desorientada y mareada, eso sí. Pero no tendrás ningún tipo de dolor.

La niña se la había quedado mirando con el ceño fruncido. Sopesó sus palabras y asintió con la cabeza.

―Vale ―respondió, conforme, para luego levantar su mano en gesto de saludo―. Hola, Gwen y Sam.

—Hola a ti también. Y buenas tardes, sanador Langley —respondió Gwendoline, con una sonrisa.

Fred Langley se levantó de su silla, que chirrió con el cambio de peso, y bordeó la mesa en dirección a las recién llegadas. Sonreía de manera cansada.

—Cada vez que me hablas de manera tan formal, siento que envejezco cinco años. Voy a tener que probar la terapia de la risa —bromeó el sanador, para luego ponerse brazos en jarras y mirar a Sam—. ¿Estamos listos para esto? Porque puedo asegurarte que ella sí lo está.

No hacía falta que lo dijese: Annie Hopper se mostraba valiente, igual que un niño en la consulta del médico, a punto de vacunarse. Quizás estuviese algo inquieta a causa de los pormenores, pero estaba decidida a ser valiente.
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