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Anchored to the past [Ryan&Mina]

Wilhelmina Harlow el Vie Nov 15, 2019 11:37 pm

Anchored to the past [Ryan&Mina] RHnlnjh
Sábado 16 de noviembre, 2019 || Mansión Brownrigg, Londres || 7:07 horas || Atuendo

Otra noche de cacería había finalizado, y Wilhelmina Harlow regresaba a casa.

Había sido una noche productiva, como bien atestiguaba la bolsa repleta que colgaba de su mano. Era un viejo bolso de médico de cuero negro gastado, una reliquia de otra época, que contenía no sólo los viales de sangre que había recolectado a lo largo de la noche, sino también el instrumental médico necesario para extraerlos.

Mina había descubierto que las noches del viernes y del sábado eran propicias a la caza: adolescentes y no tan adolescentes deambulaban por las calles de la ciudad, buscando entretenimiento y alcohol, y sin saberlo se convertían en presas fáciles.

No tenía un tipo de persona predilecta. Mayormente, se limitaba a esperar, y de la misma forma que la mosca terminaba posándose sobre la planta carnívora, alguien siempre terminaba acercándose a ella. Generalmente eran jóvenes que buscaban una conquista, una mujer que llevarse a la cama, y engatusarlos era una tarea sencilla: bastaba aceptar una copa y dedicarles una sonrisa, y la mayoría caían a sus pies.

Por fortuna para ellos, Mina no mataba. Hacía mucho tiempo desde que se había cobrado su última víctima. Lo más que podían esperarse aquellos pobres ilusos era despertar en un callejón con una persistente jaqueca, debida tanto al consumo de alcohol como a la pérdida de sangre.

Esa noche habían sido tres los incautos que habían caído en su trampa, y aproximadamente cinco litros y medio los que había recolectado. Tendría suficiente para varios días.

⋆⋆⋆

Poco antes del amanecer —en esa hora en que aquellos con una vena profunda aseguraban que la noche se volvía más oscura que nunca—, Mina cruzó las puertas de la mansión y las cerró tras de sí, dejando su valioso equipaje con mucha delicadeza en el suelo. Sin perder un instante —ni siquiera para quitarse el largo abrigo negro con capucha que llevaba puesto—, fue de ventana en ventana corriendo las gruesas cortinas negras, una preparación necesaria para cuando el sol asomase en el horizonte.

Fue precisamente mientras llevaba a cabo aquella rutinaria tarea que escuchó el ruido.

Inequívocamente, procedía del sótano, lo que inmediatamente sumió a la vampiresa en un estado de tensión. Volvió la mirada por encima del hombro en dirección al pasillo, y casi de inmediato llevó la mano al bolsillo del abrigo, donde guardaba el revólver.

Consciente de que posiblemente estuviese poniéndose nerviosa por nada —seguro que aquel maldito poltergeist estaba haciendo otra vez de las suyas—, Mina sacó el arma y la amartilló con el pulgar. Silenciosa como el fantasma que era, comenzó a caminar en dirección al pasillo.

Más sonidos la acompañaron en el corto trayecto en dirección a las escaleras del sótano, y para entonces ya estaba más molesta que nerviosa. Aquel dichoso ser espectral no había tenido redaños para aparecerse ante ella, pero se había asegurado de amenazarlo como era debido: podía tocar lo que quisiese en la casa, pero el sótano estaba prohibido. ¿Y con qué lo había amenazado? Con avisar al Ministerio de Magia para que se lo llevasen.

Sin embargo, aquel ser no había sido capaz de respetar una única prohibición.

Mientras descendía las oscuras escaleras que conducían al lugar en que almacenaba los objetos más valiosos que tenía, se preguntó a sí misma cómo pensaba hacer daño al poltergeist. Estaba segura de que las balas no le harían daño, así como tampoco sus puños. Así que aquella pistola estaba más de adorno que otra cosa.

O eso creía ella.

Más pronto que tarde, mientras avanzaba a través de los oscuros pasillos del sótano, se dio cuenta de que el poltergeist no era el responsable de aquello: sería la primera vez que le escuchaba hablar. Hablar con dos voces, además.

Los intrusos estaban lo bastante lejos como para que Mina no entendiese lo que se decían entre ellos, pero poco importaba: eran intrusos, y si estaban allí abajo, quería decir que estaban trasteando con cosas que no debían tocar.

Nadie debía tocarlas.

Así que siguió las voces, que cada vez se escuchaban con más claridad, hasta que consiguió captar parte de la conversación.

—¿Lo tienes ya? —susurraba un primer hombre. Su voz denotaba un pánico a duras penas controlado.

—¡Cállate y déjame concentrarme! Esto es delicado, joder —respondía un segundo, más enervado que asustado.

—La vampiresa debe estar al caer. ¡No tenemos tiempo! —insistía el primero.

—¡He dicho que cierres la puta boca y me dejes trabajar, gilipollas! Esto no es como jugar a Operación...

Aquello fue todo lo que Mina necesitó escuchar antes de abandonar su escondite tras la esquina. Al hacerlo, su silueta apareció a la entrada de la cámara en que almacenaba los objetos de Percival, debidamente embalados, su poder contenido para evitar que hiciesen daño a nadie.

Lo hizo apuntando el revólver en dirección a las dos figuras agazapadas en el centro, frente a una de las cajas de seguridad. De alguna manera, habían abierto el contenedor y estaban revolviendo en el interior. Antes de abrir fuego, dispuesta a disparar primero y preguntar después, Mina observó cómo uno de ellos, casi con solemnidad, extraía con ambas manos uno de los objetos del interior, para luego depositarlo sobre un maletín abierto en el suelo.

Fue precisamente hasta ese momento que esperó para descerrajar un disparo sobre la figura. Sonó un estampido que reverberó en las paredes, y la bala alcanzó al desconocido en el hombro, haciéndolo caer de espaldas contra la caja de seguridad abierta. La fuente de luz que estaban utilizando para ver lo que hacían —una varita mágica, descubrió con cierta consternación— se zarandeó cuando su portador, el otro mago, se asustó ante lo que acababa de sucederle a su compañero.

Mina amartilló de nuevo el revólver con intención de repetir la jugada con el otro, pero no tuvo tiempo: el segundo mago se recompuso más rápido de lo que esperaba, y conjuró con su varita un ardiente brillo luminoso que obligó a Mina a retroceder. Buscó refugio tras la esquina, justo a tiempo de que una lengua de fuego recorriera el pasillo en su dirección.

Retrocedió con la única intención de alejarse lo más posible del fuego, al tiempo que el aire a su alrededor se calentaba. La llamarada permaneció activa unos segundos antes de desvanecerse.

En cuanto esto sucedió, la vampiresa volvió a asomarse al pasillo, pero de nada sirvió: la cámara de almacenaje estaba desierta. Los dos desconocidos habían desaparecido, y se habían llevado con ellos el maletín en que habían colocado cualquiera que fuese el objeto que habían sacado del contenedor.

—Maldición... —susurró, para acto seguido entrar en la cámara a ver qué habían robado.

Horas más tarde...

Mina había descubierto que faltaban tres de sus objetos, y supuso que aquellos ladrones se habrían llevado más de haber podido. No sabía quiénes eran ni cómo demonios sabían que guardaba semejantes cosas en su propiedad, pero había canalizado todas sus sospechas en una sola dirección: el Ministerio de Magia Británico.

Forman y los suyos no había conseguido dar con ningún objeto lo bastante peligroso como para llevárselo por la vía legal, por lo que quizás hubiesen decidido hacerlo de una manera menos lícita.

La vampiresa, frustrada, había abandonado el sótano y regresado a la planta baja, donde había dejado la bolsa que contenía la sangre. Después de ponerla a buen recaudo en el refrigerador del sótano, único lugar que hasta el momento gozaba de electricidad, había subido a la segunda planta, donde guardaba los documentos de Percival.

Desde entonces permanecía en su estudio, leyendo los diarios de Percival. ¿Por algún motivo en especial? No, únicamente para aplacar la impotencia que sentía: mientras fuese de día no podría abandonar la mansión, en busca de aquellos dos, y aunque pudiera, tampoco sabría dónde buscar.

«Dichosos magos...»
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Lun Nov 18, 2019 8:39 pm

El Archivo tenía sedes en distintos países que oficiaban a modo de embajadas, y principalmente, como un puente entre sus agentes en el exterior y la oficina central desde donde se administraban las misiones. La sede de El Archivo en Londres era una bodega de vinos a cargo de un vampiro con un paladar muy refinado y que había estado auspiciando el puesto de enlace por décadas enteras.

Phineas era un vampiro solitario, pero muy inmerso en la comunidad nomaj. Siempre lo fascinaba el pasar del tiempo, ¿y es que acaso no era una maravilla cómo simples mortales hacían del avance tecnológico de un siglo el equivalente de lo que hoy día era tan sólo un segundo, así, como quien dice, sólo chasqueando los dedos?

La suya era una personalidad muy curiosa incluso para alguien que ha vivido más de una vida a través de generaciones, a lo cual otros podrían argumentar que ya no le quedaba nada por ver o que la historia de la humanidad era una secuencia de meras repeticiones demasiado aburridas como para resultar entretenidas, pero Phineas no era de este parecer.

En ocasiones se sentía como un filántropo, un filósofo de la vida, un poeta inspirado por la modernidad, y era entonces cuando atrapaba a Ryan con uno de sus discursos sobre la importancia de dejar de correr de un lado para el otro sin darse el tiempo de vivir y sobre las limitaciones de los mortales, que tenían siempre relación con su estrechez de mente. A Ryan, por ejemplo, no perdía oportunidad de reprocharle que vivía en un mundo demasiado cerrado si todavía no sabía qué era el spotify.

—Ustedes los magos son toda una pieza de trabajo, ¿verdad?


Phineas había instalado un bar-restaurante en el subsuelo de la bodega. Ryan sabía que la bodega de Phineas era una extensa conexión de túneles y salas subterráneas, pero en lo que refería a fachada de cara al público había sabido cómo sacar una ventaja comercial. A esa hora no había ni un alma en el lugar, de un ambiente íntimo, relajado y acogedor conseguido por el los colores de la madera que acentuaba el toque rústico del decorado, una mezcla de elegancia y un estilo mid-centuy. Lo había invitado a sentarse en una de las mesas dispuesta con una botella de vino. Había sido Phineas quien lo llamara a la cita, por un particular.

—Y tú dices que eres tan mente abierta.


—Es sólo que… son tantas aplicaciones… Honestamente, no le presto mucha atención…—decía Ryan, atento a la pantalla de su móvil como quien busca una aguja en un pajar. Phineas hizo una mueca de impaciencia y le quitó el mentado móvil de las manos. Ryan sonrió—Gracias.

—Bueno, supongo que es una victoria cuando un mago criado en el medievo descubre el spotify. Honestamente, a veces pareces un anciano. Pero tienes sólo treinta, mi amigo. Ya, ahora lo tienes. Te he descargado la aplicación. Ahora, escucha, sobre lo que te he llamado—Phineas volcó repentinamente la mirada en las intenciones de Ryan, quien pretendía la botella. Lo frenó enseguida—Espera, espera. Eso es sangre—aclaró—No sabía que tú… ¿tu bebes? Pensaba que no recaías en esos hábitos. Si quieres te sirvo…

—Oh, no. Sólo me fijaba la cosecha.

—Oh, bueno, esta era una buena botella del 1700, una buena época si no fuera por las plagas… —rememoró, aparentemente nostálgico—. Pero, a cuento. Sé que has estado ocupado y desde El Archivo te han apartado de los asuntos de tráfico para que tú tengas tiempo para… Tú sabes qué—enfatizó, enigmático. Ryan asintió, removiéndose en la silla y adquiriendo la pose de un escucha consustanciado en el asunto a tratar, ¿que era…? Phineas, sabiendo que lo tenía preso de la oreja, se tomó su tiempo, replegándose contra el respaldo y cruzándose de piernas—. Pero eres bueno en eso, y tengo un rastro para ti. Es algo así como urgente.

Phineas Magnussen era un hombre de apariencia joven y adecentada, de barba negra y el pelo teñido, generalmente de azul. Su aire moderno distaba mucho de su verdadera edad. Era extremadamente pálido, como era de esperar, pero a veces se aplicaba cremas que le daban a su piel un tono más natural. A Ryan siempre le habían llamado la atención sus manos, de largos y frágiles dedos que, él sabía muy bien, podían cerrarse en torno a una garganta y simplemente triturarla bajo la presión sin esfuerzo aparente. Había oído que antes Phineas trabajaba activamente para El Archivo, pero con los años, prefirió asentarse en un solo lugar y ofrecer sus servicios como la araña que teje sus hilos y delegar la acción para muchachos como Ryan.  

Mientras que Phineas se encargaba de las imbricadas redes clandestinas de información, Ryan, como agente disponible, era su buldog, el músculo de la operación. Se preguntó de qué clase de objeto se trataría esta vez como para que Phineas, en un gesto irónico de su parte, camuflara con un acento de ensayada ligereza la verdadera urgencia del asunto. En otras palabras, era extremadamente urgente que Ryan diera con él, y ya podía sentir la soga al cuello por las catastróficas implicaciones que adivinaba. Pero se limitó a asentir, con una sombra de sonrisa en su boca paciente, a la vez que reprimía un suspiro. Escuchaba a Phineas inclinado hacia adelante en su silla y con las manos entrelazadas colgando entre sus piernas abiertas. ¿Y era urgente porque…?

—Hay una nueva red instalada en Londres. Tú sabes, buitres. Han saqueado a distintos coleccionistas privados por toda Londres, curiosamente aquellos de los que se rumoreaba que tenían cierto objeto en su posesión. Pero no lo tenían, sé que ellos no lo tenían. Hay, sin embargo, una colección en particular que me preocupa—
Hizo una pausa de suspense y sus largos y afilados dedos tamborilearon brevemente sobre la mesa—. Probablemente tú no lo conozcas, tú a duras penas sabes de estas cosas, pero Percival Brownrigg era un vasto coleccionista, más que un aficionado. Era, porque ahora está muerto—aclaró, sin perturbarse lo más mínimo— Era un verdadero obsesionado con las antigüedades que resisten el tiempo. Imagínate, si hasta se casó con una vampiresa—añadió— Este es un particular que también me interesa. Tú sabes que tengo una cierta debilidad por mi propia clase—comentó, con cierto aire de condescendencia—. Si le comunicara directamente a El Archivo sobre esto, ellos mandarían a cualquiera, y no todos tienen el tacto y la discreción que estoy buscando. Pero a ti te conozco, sé quién eres…

—¿Dices que intentará matarme si me acerco?—interrumpió Ryan.

—¡Definitivamente! Definitivamente intentará matarte, sí—por el tono, parecía celebrar las habilidades deductivas de Ryan—Si eres una amenaza, por supuesto. Especialmente con ese acento tuyo tan americano… —agregó, sin explicarse. Y continuó—: Tú sabes cómo son los vampiros cuando se ponen sentimentales, ¡corre sangre!—exclamó, como quien naturaliza las bombas nucleares—Y luego de la muerte de Percival, la colección pasó a sus manos y dudo mucho que sea descuidada. Yo no lo sería. Pero no es el peligro que corres lo que me preocupa—confesó—. De verdad desearía que no simplemente “se lo quitaras” de las manos, este artículo en particular. Tú no le quitas a un vampiro algo que cuida como un dragón, es políticamente incorrecto. A menos que sea tu enemigo, pero resulta que tengo estima por esta vampiresa. Ella tiene que saber por qué—insistió—. Convéncela, habla con ella. Lo haría yo mismo, pero los vampiros no confían entre ellos. Ella sospecharía de mis intenciones, y haría bien. Tú, en cambio, eres sólo…

—¿Un simple mortal?


—Sí, sí. Iba a decir puro músculos y nervios, pero es lo mismo. Hay cierta inocencia en su mortalidad. No mienten tan bien como creen. Eso lleva centurias de práctica y un vació importante allí donde late el corazón.


Ryan observó por un momento la intrigante sonrisa en la boca del vampiro.

—¿Y de qué objeto estamos hablando?  


—Me alegra que, finalmente, tú preguntes.


***

Wilhelmina Harlow vivía en una antigua mansión en Londres que te transportaba a otra época con sólo poner un pie delante de la puerta. Ryan estaba acostumbrado a la fachada tradicional de las grandes casonas como parte del estilo arquitectónico de los magos provenientes de importantes y adineradas familias, pero aquella casa contaba su propia historia a través de sus altos muros. Se preguntó si pensaba de esta manera por lo que Phineas le había contado sobre el marido de la viuda.

Había mandado una lechuza horas antes con una carta de introducción, de forma que su visita no fuera del todo intempestiva, aunque dudaba que su anfitriona se despertara antes de que los rayos del sol se ocultaran en el cielo. Se presentó no bien empezó a atardecer, consciente de con quién trataba y de sus ánimos nocturnos.  

En su carta mencionaba que quería hablar sobre un objeto en particular que la viuda guardaba en su colección. La idea era entablar negociaciones cordiales. No tenía idea de que la barrida de los buitres ya había derribado los muros de la mansión, ni de cómo se fuera a tomar su anfitriona la visita repentina de alguien que, curiosamente, se aparece un día después del hecho. Las casualidades no siempre eran lo que parecían, como si escondieran un terrible secreto.  

La noche, oscura y enigmática, estaba pronta. Ryan llamó a la puerta y el eco de su presencia atravesó la mansión como una ofrenda de sangre fresca, bombeada por un corazón latente, tibio, y muy, muy vivo.
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Wilhelmina Harlow el Jue Nov 21, 2019 12:15 am

Percival Brownrigg era un hombre de letras, y como Mina le había señalado en más de una ocasión, cuando todavía estaba vivo, tenía alma de escritor.

Abrir las páginas de cualquiera de sus viejos cuadernos suponía a su vez abrir una puerta al pasado. A través de su pulcra escritura —cuidadosamente dibujada con la pluma de halcón dorada de la que jamás se separaba, Mina estaba segura—, un lector podía visitar aquellos lugares que él había visitado, ver lo que él había visto, sentir lo que había sentido…

Mina, en ocasiones, se sorprendía a sí misma percibiendo incluso los aromas de aquellos lugares, casi como si éstos se hubiesen impregnado en las viejas páginas de pergamino.

Mientras las horas pasaban en el mundo exterior, y su cuerpo permanecía allí, sentado ante el escritorio, las páginas del cuaderno salpicadas apenas por la tenue luz del quinqué, su mente viajaba en compañía de Percival. Casi se sentía un fantasma, un espectro, siguiéndolo a través de aquellos parajes que se le antojaban como un sueño lejano.

Por supuesto, no era la primera vez —ni sería la última— que se embarcaba en aquella travesía: llevaba cerca de veinte años aferrándose a aquellos últimos retazos de la vida de su difunto esposo, negándose a dejarle marchar del todo.

⋆⋆⋆

Se encontraba inmersa en una escena de otro tiempo, que transcurría en un elegante club de fumadores de la Amsterdam de los años setenta, cuando algo en el mundo real llamó su atención.

Se trataba de una serie de golpecitos en el vidrio de la ventana, y pese a que en un inicio le costó identificarlos, no tardó mucho en hacerlo: se trataba del cuervo mensajero que había adquirido, por medio de un contacto en el mundo mágico, para recibir y enviar correspondencia al Ministerio de Magia.

Sabiendo que la misiva no podía proceder de otro lugar —quizás cambiara el destinatario, pero no el sello al final de la carta—, en principio ignoró la llamada del cuervo. Se acomodó en la silla y procedió a continuar con su lectura, pensando que en algún momento el animal se marcharía.

Pero, de la misma forma que el animal en la novela de Edgar Allan Poe no dejaba de repetir aquellas dos palabras lapidarias, «Nunca más», su cuervo no se rendiría si no le prestaba atención, como demostró la manera en que siguió llamando a la ventana de manera insistente durante el siguiente minuto.

Ofuscada, Mina se levantó de la silla y caminó en dirección a la ventana. Consciente de que era de día en el exterior, tomó la precaución de mantenerse tras la cortina mientras la abría. Dejó el espacio suficiente para que el animal entrase, aleteando de manera agitada y dejando a su paso un rastro de plumas, y luego la cerró de golpe.

El animal, que sostenía en el pico el sobre que contenía su correspondencia, aterrizó sobre la percha que había instalado para él en un rincón del cuarto.

—¿Qué es? —preguntó al animal, aún a sabiendas de que no respondería, mientras le tendía la mano—. Será mejor que no te escuche decir “Nunca más”.

Una leve sonrisa sarcástica hizo amago de asomar en sus labios, pero no duró mucho. Hacía por lo menos veinte años que Mina no sonreía.

Por supuesto, el cuerpo no dijo “Nunca más”, ni ninguna otra cosa: se limitó a dejar caer la carta en su mano, para luego lanzar un graznido. Dicho sonido sonó como una especie de protesta, seguramente por haberse pasado tanto tiempo esperando al otro lado de la ventana.

—Está bien, está bien —cedió Mina, recorriendo la habitación en dirección al armario guardarropa. Allí guardaba la carne seca con que alimentaba al cuervo—. Aunque no tengo nada vivo para ti en esta ocasión.

Mina premió al cuervo con un par de pedazos de carne seca. El ave las atrapó al vuelo y las devoró tan rápido que cualquiera sentiría pavor, especialmente al imaginar que en lugar de un poco de cecina, lo que estaba devorando era un ojo humano. Y quizás la cecina no pudiera compararse con los ratones vivos que a veces atrapaba en el sótano y reservaba para él, pero pareció igualmente deleitado.

De ahí en más, cuervo y vampiresa guardaron silencio y pasaron a ignorarse mutuamente.

Ella regresó al escritorio, tomó asiento y utilizó un viejo abrecartas de plata que había pertenecido a Percival para abrir el sobre. Esperaba encontrarse en su interior más jerga burocrática, quizás alguna amenaza sutil, y finalmente un cordial saludo de parte de la Ministra de Magia, como era habitual, pero estaba a punto de sorprenderse.

De sorprenderse y de ponerse bastante nerviosa.

⋆⋆⋆

Había anochecido en el exterior, y en un ritual habitual en ella, Mina había descorrido las cortinas y abierto algunas ventanas, a fin de que la luz de luna y estrellas, así como el aire nocturno, penetrasen en el lugar. La mansión no contaba con calefacción, por lo que la fría brisa no tardó en convertir los pasillos de la vieja casa en algo parecido a un refrigerador.

Mina ultimaba los detalles para la visita que estaba a punto de recibir: se había escondido un par de finos y afilados puñales en las mangas de su vestido, había cargado el revólver y se lo había guardado en la cinturilla de los pantalones, bien escondido; también había puesto un poco de agua a hervir, y adecentado el salón para poder tomar un buen té.

Aún estaba meditando su curso de acción.

Por un lado, la parte más impulsiva de sí misma, la más animal, le recomendaba desenfundar el revólver en el mismo momento en que el desconocido cruzase su puerta y descerrajarle un disparo en la cabeza; por otro lado, su parte más racional —a la que estaba decidida a prestar atención—, le recomendaba que no fuera tan deprisa, y que primero intentase averiguar lo que estaba pasando.

Sin embargo, todavía no tenía claro si actuaría con cordialidad o, por el contrario, recurriría a métodos más amistosos para conocer la verdad.

Mina creía en las coincidencias, desde luego, y era bien consciente de que en ocasiones podían darse de una manera muy increíble, pero por lo general, no existían: sabía que aquella carta tenía que ver con el incidente ocurrido en su sótano la noche anterior.

Así que esperó pacientemente a la hora acordada y, con gran puntualidad, escuchó una serie de golpes en la puerta. No tardó ni quince segundos en llegar ante ésta, y al abrir, se encontró con un hombre rubio que, con toda sinceridad, le llamó la atención.

Y no por algo bueno, precisamente: esa cara, y especialmente esos ojos, le sonaban de algo.

—Buenas noches —saludó con su suave voz, sin sonreír, y añadió—: Ryan Goldstein, supongo.

Le costaba recordar de qué le sonaba aquel rostro, y por un momento creyó que su mente la estaba engañando: creía recordarlo “de hacía tiempo”, lo cual era imposible. En ese “hacía tiempo” aquel joven no podía estar vivo. ¿Qué tendría? ¿Veintitantos años? ¿Treinta? ¿Quizás alguno más?

—Pase, por favor —le indicó, haciéndose a un lado y señalando el interior con su mano—. En su carta mencionaba cierto objeto mágico. Debo decir que siento bastante curiosidad.

«Y, por su bien, espero que se quede en eso», pensó Mina. «Le conviene que esto sea mera curiosidad.»
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Jue Nov 21, 2019 11:14 pm


Había recién comenzado a formularse la pregunta de si sería recibido cuando le abrieron antes de lo que hubiera esperado. Clavó su mirada en la anfitriona. Se sentía curioso por la solitaria vampiresa de la mansión, pero su rostro no revelaba otra cosa que la pantalla de una seriedad cordial.

—Wilhelmina Harlow—saludó, desde las sombras negras del exterior—. Buenas noches.

Atravesó el umbral y la puerta se cerró tras de sí, internándolo en las galerías del misterio.

—Gracias por recibirme, primero—Ryan se mostró brevemente interesado por la fachada del hogar—. Sí, así es.  

Intentó leer su rostro cuando mencionó su curiosidad, pero Wilhelmina Harlow no ofrecía para él ninguna expresión que pudiera interpretar. Sus labios se torcieron en una sonrisa sutil.

—Apuesto a que sí. Como le dije, yo sólo soy un enviado. Así que, si pudiera escucharme—pidió, con suma formalidad—, estaría muy agradecido.

Se había presentado como un emisario de El Archivo. Era normal acercarse a los coleccionistas privados, aunque no siempre eran bien recibidos. Lo cual, obligaba a los bibliotecarios a tomar medidas de acción cuando la situación lo ameritaba.

Una vez tomó la palabra para explicarse, Ryan entrelazó sus manos al hablar.

—Sé que su colección le pertenecía a Percival Brownrigg. Imagino que la atesora mucho, así que iré al directo al grano— dijo, contundente—Pienso que Percival Brownrigg estaba en posesión de cierto objeto que es del interés de El Archivo. Quisiera discutir con usted si piensa que puede o no hacerse responsable de un objeto de categoría S, señora Harlow.

En la mente de un coleccionista no había limitaciones para todo aquello que podía ser parte de su colección. Había reglas sobre qué objetos podían ser aprobados como propiedad privada y cuáles debían ser entregados a una institución pertinente que se encargara de su conservación, tal como lo era El Archivo.

La categoría S correspondía a un tipo de objetos que sólo se movían en el ámbito del contrabando, pero de una clase muy especial. Eran viejas reliquias de una magia antigua. Eran muy raras;  la mayoría eran sólo imitaciones, una estafa; pero cuando su autenticidad no estaba puesta en disputa, muchas eran las manos que querían tomarlas para sí, a cualquier costo.

—La vasija ritual celta—
continuó—. No es cualquier reliquia. Algunos objetos deben ser contenidos, especialmente si fueron tocados por una magia antigua y devastadora. De otro modo son peligrosas, señora. No hay mucho que un mago pueda hacer en estos casos por muy experimentado que sea, pero en El Archivo prometemos mantener el objeto a salvo. Es uno de sus propósitos fundamentales, conservar la historia. Estoy seguro que, de tener este objeto en su posesión, Percival sabía de esto. ¿Usted sabe de qué hablo?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Wilhelmina Harlow el Sáb Nov 23, 2019 1:59 am

La misiva que había recibido era clara: el hombre que ahora estaba de pie en su recibidor no era más que un subordinado, un mensajero, si se le quería llamar así, y Mina no había esperado otra cosa.

Había tratado con magos americanos más de lo que le gustaría, y si bien sus relaciones con ellos habían sido principalmente hostiles, no le costó imaginar que se regirían por el mismo patrón de actuación que sus vecinos ingleses: ningún alto cargo acudiría a una reunión de poca monta como aquella, cuya anfitriona era un ser inferior sin poderes que, aún por encima, estaba muerta.

De todas formas, el hombre que acababa de cruzar su puerta se mostró cortés, y la vampiresa pretendía responder a aquella cortesía.

—Le escucharé —le aseguró, y no mentía: Mina jamás se había caracterizado por actuar de manera impulsiva, a excepción de los primeros meses después de su transformación.

Se cruzó de brazos, allí donde estaba, e hizo precisamente eso: escuchar.

Qué era un “objeto de categoría S” escapaba totalmente a su conocimiento, pues el encargado de la colección —y de todos los pormenores legales con las distintas entidades mágicas— había sido Percival. Lo poco que podía decir era que toda la mercancía almacenada en el sótano había sido adquirida de manera legal, generalmente en subastas.

El hombre prosiguió mentando el objeto en que su organización tenía puesto todo su interés: la vasija ritual celta. Su nombre debió haberle sonado de algo, si es que formaba parte de la colección de Percival, pero no lo hizo. En su rostro apareció por fin una emoción genuina: confusión.

Frunció el ceño, llevándose los dedos índice y pulgar al mentón en aire pensativo.

Justo en ese momento, mientras decidía cómo responder al hombre, Mina escuchó el sonido de la tetera, silbando desde el sótano de la mansión. Seguramente, Goldstein no podría escucharla, pero su oído era lo bastante fino como para escuchar esa y muchas otras cosas.

—Hagamos una cosa —sugirió Mina—: permítame ofrecerle un té, que le serviré en el salón; allí podremos hablar más cómodamente del asunto que nos atañe.

⋆⋆⋆

Minutos después, mago y vampiresa se hallaban en el susodicho salón, sentados frente a frente con la mesita de café como mediadora. Mina había llevado a cabo una labor de limpieza intensiva en aquel lugar, quitando el polvo del mobiliario y la alfombra, de tal manera que los viejos sillones y la mesita tenían un aspecto decente. También había distribuido varias velas por todo el salón, y en ese momento sus titilantes llamas iluminaban tenuemente el lugar de reunión.

Con la espalda muy recta, al estilo más clásico y refinado, Mina se inclinó para servir un poco de agua caliente en la taza del señor Goldstein. No había puesto una taza para sí misma, pues sería absurdo: su cuerpo no obtendría nutriente alguno del té, y su boca ni siquiera podría saborearlo.

Dejó la tetera de hierro sobre su soporte, y entonces empujó suavemente en dirección a Goldstein la caja con las bolsas de té y el azúcar.

—Por evidentes motivos, no tengo leche en casa —informó mientras volvía a recuperar su pose inicial, sentada con la espalda recta—. Espero que le guste alguna de estas infusiones. No puedo juzgarlas, pues no las tomo.

Cumplida aquella forma obligatoria de hospitalidad, Mina decidió volver sobre el tema que les atañía: el objeto mágico por el que su invitado había ido a preguntar. Por suerte para él, la vampiresa tenía buena memoria, y no hizo falta que se lo repitiese.

—Sobre esa vasija ritual celta —comenzó, con voz suave y calmada—, me gustaría poder decirle que la tengo, que está bien almacenada, pero me temo que no puedo: nunca había oído siquiera mencionarla.

No mentiría: le preocupaba. Le preocupaba que Percival le hubiese ocultado una parte de su vida, incluida aquella vasija. ¿Era posible que su marido no hubiese compartido ese dato con ella? De ser así, cabía preguntarse: ¿por qué?

—Sin embargo, hay un detalle que quizás debería mencionar antes de proseguir —apuntó—: la noche pasada, alguien entró a robar aquí. No tengo ni la más mínima idea de quiénes eran, sólo que se trataba de dos personas, y que portaban varitas mágicas como la que, seguramente, usted mismo lleva encima. Y créame que no me gusta ser desconfiada, pero… ¿ha tenido su organización algo que ver con este robo, señor Goldstein?

Su voz ahora sonaba más fría, y sus ojos escrutaban al mago en busca de algún indicio de mentira. Todavía no tenía intención de pasar a acciones más violentas, pero internamente ya se estaba preparando para ello. Tal vez se debiera al hecho de que el rostro de Goldstein, en un principio, le había resultado familiar.

No le gustaba esa sensación, pues siempre solía ir vinculada a los problemas.

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Imagínate algo parecido a esto cuando visualices el salón. La descripción no tiene porqué ser exactamente igual, y evidentemente no hay plantas, o las pobres estarían ya secas y mustias desde hace tiempo :C
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Sáb Nov 23, 2019 4:11 pm

El detalle del té lo hizo sonreírse de lado, pronunciándose con acentuado humor una de sus comisuras. Se hizo respetuosamente con el asa de la pequeña taza, que había preparado con una ligera voltereta de la cuchara mezclando una poquísima cantidad de azúcar en un té con aroma tibio, perfumado, que aún sin probarlo le invadía el paladar.

—Es muy considerado, gracias.

Sorbió mansamente mientras que prestaba atención a la señora de la casa, fría y elegante desde la comodidad de un sillón victoriano que, en armonía con el estilo de la sala, daba la impresión de encerrar a uno en otra época. La luz de las velas los sumía en un oscuro encanto, y Ryan pensó que la palidez de la señora era disimulada por un velo amarillento.

No se sorprendió con la declaración de profundo desconocimiento del que Wilhelmina Harlow alegaba sobre el objeto en cuestión. Estaba acostumbrado a que le mintieran, y no tomaba nada de lo que un coleccionista le dijera por inmediatamente cierto. Claro que, en este caso particular, Ryan no podía evitar considerar que quizá la señora Harlow no estuviera tan familiarizada con la colección como el propietario original.

—Bueno—
Ryan decidió aventurarse, esperando no faltarle el respeto—, quizá si se la describo…

El aviso de la anfitriona lo puso sobre alerta.

Si se lo hubiera esperado, no se hubiera enderezado de un tirón en el lugar con la boca entreabierta. Había llegado tarde, se daba cuenta de eso. ¿Mala suerte? Se estuvo helado en su sitio, sosteniendo la taza y el platillo del té como un autómata sin cuerda. Recibió con una intensidad los ojos escrutadores de la vampiresa.

«Vaya», pensó.

Sin contestar en seguida, optó primero por acomodar el té de nuevo sobre la mesa, sumergido en su parsimonia. Desvió momentáneamente la mirada de los ojos de la vampiresa mientras que en su mente recreaba distintos escenarios de lo que habría de pasar de ahí en adelante.

—No lo sabía—dijo, descansando las manos sobre las rodillas. De nuevo, desvió la mirada, pensativo—. No es del todo sorpresivo, imagino. Ha habido una serie de robos a distintos coleccionistas—informó—. Sí pensé que usted podría ser atacada, pero no vine pensando que ya había sucedido—aseguró, y tomó aire en un imperceptible suspiro—. Eso lo complica todo.

Otra preocupación cayó sobre él, y le surgió preguntar.

—¿Fue así?, ¿la atacaron?


La vampiresa se mostraba ilesa frente a él, pero sabía que el encuentro no le habría resultado especialmente placentero. De por sí, muchos vampiros tenían una mala relación con la magia.

—Lamento haber llegado tarde para prevenirla, pero quizá sí pueda hacer algo por usted. Si los asaltantes escaparon es porque se llevaron sus cosas, ¿verdad? Imagino que las querrá de vuelta.

La movida de los robos era perpetrada por una mafia del tráfico ilegal que se trasladaba a lo largo del mapa, repitiendo el patrón: saqueaban, abrían una subasta clandestina. En esta ocasión era muy probable que los objetos del inventario de la señora Harlow fueran a parar allí, pero no la vasija que Ryan buscaba.

No tenía duda, sin embargo, que se trataba de la misma gente.
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Wilhelmina Harlow el Dom Nov 24, 2019 4:20 am

Brevemente, antes de servir el té para el señor Goldstein, Mina había sopesado la idea de poner una segunda taza para sí misma, más que nada por acompañarle. Sabía que al ser humano, en general, no le gustaba comer o beber en soledad, mientras otros miraban.

Sin embargo, servirse una taza de té sería, básicamente, una pantomima: cualquier ser humano mínimamente experto, como suponía que era Goldstein, sabía que los vampiros no consumían alimentos. De hacerlo, posiblemente se debería más a un capricho gustativo que a una necesidad real.

Se conformó con embriagarse con el perfumado aroma de la bebida, que su visitante aceptó de buena gana.

Lo que había dicho podía sonar a mentira, pero no lo era: en la vida había oído hablar de aquella vasija, y si todo aquel tiempo había estado bajo su propiedad, ella no lo sabía. Le resultaba extraño, teniendo en cuenta que había revisado varias veces aquella colección, pero de sobra sabía que los magos eran expertos en ocultar cosas a la vista de los no mágicos, como ella.

La pregunta que cabía formularse era si realmente Percival le ocultaría algo así a ella.

Así que una descripción en poco o nada podría ayudarla: conocía todos los objetos de la colección, sabía que faltaban dos de ellos, y por lo que le estaba contando su visitante, le faltaba un tercero del cual no había tenido constancia hasta ese momento. Las cosas no hacían más que complicarse.

—Entraron durante la noche, y de no haber regresado a casa cuando lo hice, posiblemente se habrían llevado más cosas —respondió al contrariado mago.

Dejó escapar el aire restante, que había inhalado únicamente para hablar y no por necesidad de respirar, en un suspiro cansado. Se le planteaba un dilema.

Por un lado, podía creer que aquel hombre mentía, y que su presencia en la casa se debía a algún tipo de juego retorcido para limpiar el nombre de su institución, a la que en este supuesto pertenecerían los dos ladrones; por el otro, podía dejar de escuchar a su desconfianza y su paranoia, y aceptar la explicación más sencilla: que en efecto, Goldstein y los ladrones formaban parte de organizaciones distintas.

Se dio cuenta de que ni siquiera ella podía ser tan paranoica.

—Se llevaron dos de mis objetos, en efecto. Y por supuesto que necesito recuperarlos —respondió, quedándose un par de segundos en silencio, antes de proseguir dubitativa—. No me está mintiendo, ¿verdad? No tienen ustedes nada que ver con el robo...

Por un breve momento, Mina dejó al descubierto su vulnerabilidad. Generalmente la ocultaba bien detrás de sus buenos modales y su frialdad extrema, tan apropiada para su naturaleza de no-muerta. Sin embargo, en ocasiones, parte de su antigua esencia emergía a través de las grietas de aquella dura fachada.

—Conservo la colección de mi marido en el sótano —explicó—, que es precisamente el lugar en que pienso instalar la parte mágica del museo. Allí sorprendí a los ladrones, y pude herir a uno de ellos antes de que me atacasen con su magia. Después de eso, huyeron, y al hacer recuento de lo que se habían llevado, me di cuenta de que me faltaban dos objetos… y posiblemente algo más. Supongo que ese algo más, de cuya existencia jamás había oído hablar, es lo que usted está buscando.

Incapaz de seguir sentada más tiempo, Mina se puso en pie y caminó en dirección a la ventana. Contempló brevemente el mundo sumido en la oscuridad del exterior, recordando sin poder evitarlo lo mucho que le gustaba contemplar el paisaje diurno a través de la ventana cuando todavía estaba viva, y lo máximo que podían hacerle los rayos del sol era broncear su blanca piel.

—Supongo que Percival sí tenía esa vasija celta de la que me ha hablado —concluyó—, pero a mí no me habló de ella. Supongo que éste es el motivo.

Quería pensar bien de él: si le había ocultado aquel objeto era por su peligrosidad, no por otra cosa. Sabía que muchos magos andaban tras él, y prefirió directamente esconderlo y no decirle nada a nadie. Esa tenía que ser la explicación.

Se le ocurrió entonces una pregunta, y la formuló mientras se volvía de nuevo para mirar a Ryan Goldstein.

—¿Dispone usted de algún medio mágico que le permita revelar elementos ocultos a la vista de aquellos que no disponemos de magia? —Su intención era sencilla: aquel hombre, que tenía un claro interés por uno de los objetos robados, la ayudaría a revisar el sótano.

Quizás descubriese más escondites secretos de su marido.
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Lun Nov 25, 2019 3:28 am

—No lo hago—aseguró, buscando el contacto ocular—. No tengo nada que ver con el robo.

Wilhelmina Harlow ponía en duda sus palabras. Había captado su atención la impaciencia en el tono de la voz con que lo increpó y se dio cuenta de que su visita, sumada al reciente robo que había sufrido la colección de Percival, debía enfurecerla más allá de los buenos modales que demostraba, como era lógico.

—Me intención era llegar a una negociación—continuó—. Esta situación es un inconveniente para mí.

De ser cierto que la señora Harlow desconocía el paradero actual de la vasija eso podía significar dos cosas: que ella no lo supiera todo sobre la colección de su ex marido, o que Phineas Magnussen se había equivocado con su información. El robo era un suceso inoportuno que debería corroborar.

—Podría ser.

Se aventuró a señalar luego de oír el relato de lo que sucedió, pensando para sus adentros que no debía ser una circunstancia agradable para la señora Harlow hallarse en desconocimiento de una de las piezas de la colección de su ex esposo, si lo que decía era cierto. Ryan se inclinaba a creer que lo era.

—Hay cosas—
se propuso añadir, con sumo cuidado—que algunos coleccionistas piensan que son mejor enterrar en el olvido una vez que ellos no están—comentó, acompañando sus palabras con un natural despliegue de gestos desde el lenguaje corporal—. Algunos, lo hacen por egoísmo y competitividad. Otros, lo hacen porque saben que esos objetos no estarán mejor en otras manos, o que no están hechos para ser manipulados por ninguna mano.

Se había inclinado hacia delante, acodándose sobre las rodillas. Se tocaba las manos mientras hablaba, aunque su carácter era reposado y tranquilo y no parecía ser alguien que se dejara traicionar por el nerviosismo.

—Conozco a los coleccionistas—dijo, esbozando un amague de sonrisa—. Son personas muy peculiares. Estoy seguro de que, considerando la magnitud de este objeto, su esposo habrá sido extremadamente cuidadoso. De otro modo, no hubiera podido mantenerlo seguro.

La repentina pregunta de la ama de la casa hizo que el gesto inacabado de su boca se completara en una amplia, ladina sonrisa.

—Sí, cuento con eso—
Pensaba en su varita, por supuesto—. Siempre lo llevo conmigo.

Dedujo por qué lo preguntaba.

—De hecho, quería preguntarle si me dejaría bajar al sótano. Puedo registrar el área por un rastro que nos dé una pista sobre los asaltadores. Se le llama trabajo de seguimiento. Y si la reliquia estaba, en efecto, allí, estoy seguro de que puedo chequearlo.


Sin embargo, si quería hallar a los asaltadores debería buscar en otra parte. Los robos en cadena que habían asolado últimamente en Londres le hacían estar casi seguro de que se planeaba una subasta clandestina. Habría de empezar por hallar la subasta para dar con la vasija. No era lo único que se proponía.

—Me gustaría que aceptara mis servicios—añadió—. No le miento cuando digo que sólo vine por la vasija, pero si no está en su posesión, no puedo negociar con usted. Quizá, si recupero la vasija, podría también hallar el resto de los objetos que le fueron arrebatados, y recuperarlos para usted.

Las palabras de Ryan eran sinceras, pero también había en el vacío de lo que no decía un mensaje peligroso. La vasija era su único objetivo, y hablaba de negociar, pero no comentaba qué pasaría si no llegaban a un arreglo.

Ofrecer sus servicios era extremadamente solidario, pero trabajaba oficialmente para El Archivo, así que no perdería su interés por la mentada vasija una vez estuviera en su poder, muy al contrario.

En su pensamiento, el bibliotecario no consideraba que la vasija fuera todavía propiedad de Wilhelmina Harlow.

El Archivo operaba desde la formalidad, pero nunca se dejaba detener por las formalidades. Cualquier sentimiento de sospecha que la seora Harlow pudiera sentir, no la haría estar tan equivocada.
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Wilhelmina Harlow el Mar Nov 26, 2019 2:57 am

Por mucho que su ser más racional intentara convencerse de que nadie podía ser tan rebuscado, de que no era posible que ese robo tuviese que ver con la visita de Goldstein, su inconsciente no estaba de acuerdo. Su inconsciente era como una bestia encadenada que cada pocos segundos se debate bruscamente contra sus ataduras metálicas, buscando desesperadamente ser liberado o, por lo menos, escuchado.

A consecuencia de este forcejeo metafórico, la vampiresa no terminaba de creer las palabras de Goldstein, pero por el momento debía obedecer a las pruebas y a la lógica: de haber sido ellos, aquella visita no tendría el menor sentido.

Por eso se sinceró y le habló del robo. No confiaba del todo en él, pero tampoco tenía manera de averiguar lo ocurrido por sus propios medios. ¿Qué iba a hacer? Lo más que tenía eran unas cuantas gotas de sangre en su sótano.

Escuchó en silencio sus palabras acerca de los coleccionistas. No conocía el mundillo más allá de lo que Percival le había contado, pero supuso que sus palabras eran correctas. También quiso creer que si, en efecto, su marido estaba en posesión de aquella vasija, la había escondido incluso de ella por un buen motivo. No quería comenzar a desconfiar de él, ahora que estaba muerto.

—Una cosa que puedo decirle de mi marido es que siempre fue meticuloso y cuidadoso en su trabajo —respondió—. Encaja perfectamente en la descripción que acaba de hacer usted.

Así que, a sabiendas de que ella sóla poco o nada podría hacer, decidió aprovecharse de su visitante: si aquel mago tenía tanto interés en la vasija, que la ayudase a dar con ella. Primero, investigarían el sótano, esperando llegar a alguna conclusión.

Detalle que, por lo visto, ya entraba en los planes de Goldstein.

—Bajará al sótano en mi compañía —le respondió, un tanto seca y cortante, procurando que el mago no se tomase demasiadas confianzas—. Y sea lo que sea lo que averigüe, quiero estar informada de ello.

Aquellas eran sus condiciones, y al igual que Goldstein no aclaró qué ocurriría si no daban con la vasija, ella no aclaró lo que ocurriría en caso de que el mago intentara jugársela. Evidentemente, prefería no tener que avisarlo de que, si en algún momento creía que le estaba mintiendo, desenfundaría tan rápidamente su revólver que no le daría tiempo a utilizar su varita mágica antes de recibir un disparo en la cabeza.

—Si recuperamos la vasija, hablaremos —accedió—. Pero para ello, primero, tendrá que averiguar el paradero de esos ladrones. Así que no adelantemos acontecimientos. Paso a paso.

⋆⋆⋆

Como había prometido en un inicio, Mina condujo a Ryan Goldstein al sótano de la vivienda, valiéndose de un quinqué para iluminar el oscuro camino escaleras abajo. Pronto estaban recorriendo el largo trecho que separaba la escalera de la cámara en que guardaba los contenedores de madera debidamente sellados y protegidos con magia. Sus pasos reverberaban en las paredes y parecían perderse en la negrura infinita de aquel lugar.

—Supongo que no tengo que explicarlo —dijo con frialdad, sin volver la mirada hacia Goldstein, que caminaba tras ella—, pero tenga cuidado con lo que toca: no quiero que acabe usted sufriendo algún tipo de maldición, ni que dañe la colección de mi marido.

Quería pensar que el hombre, trabajando habitualmente con objetos mágicos, sabría hacer las cosas correctamente, pero nunca se sabía. Más valía prevenir que lamentar, y todo lo que había en aquel sótano tenía un valor mucho más incalculable que el monetario: valor emocional.

Aquellos objetos eran el sueño de Percival.

—Los ladrones abrieron uno de los contenedores —prosiguió con la explicación—. En su interior guardaba dos objetos muy importantes: el diamante Hope y el violín de Giuseppe Tartini. ¿Está familiarizado con ellos?

Percival se maravillaba con la historia de aquellos dos objetos, que realmente eran de los menos peligrosos de la colección. Sin embargo, entraban en la categoría de “malditos”, y no sólo mágico: el diamante Hope contaba con toda una leyenda negra a sus espaldas, y había pasado de mano en mano debido a la muerte de todos sus propietarios; el violín, se decía, había sido tocado por el Diablo, y el susodicho Tartini había asegurado que su obra, El trino del diablo, había sido compuesta por el mismísimo Satanás.

Mina no sabía si esto era cierto; lo que sí sabía era que, si algún incauto le ponía la mano encima, caía en un embrujo que le llevaba a tocar el violín de manera incansable, hasta la misma muerte.

Mapa orientativo:
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Vie Nov 29, 2019 4:21 am


No tenía qué, pensó Ryan, con la mirada puesta al frente y la expresión ausente carcomida por las sombras. El consejo de aprehensión por parte de la señora se oyó con un timbre hueco allí abajo. No dijo ni una palabra, en una tácita expresión de conformidad.

No iba con la intención de tocar nada, pero no escatimaba en interés. La sola mención de los objetos robados hizo que sus expectativas sobre la colección, de la que había oído hablar muy favorablemente, no parecieran equivocadas.

—Lo estoy.

Siguió a la señora Harlow por un largo pasillo, pensando distraídamente sobre la vida de un vampiro. Desde que había entrado al castillo se había sentido asfixiado por aquella puesta en escena del medievo que se respiraba en la mansión.

Se daba cuenta que, posiblemente, la luz fuera otra de las consideraciones para con él, el invitado, si uno recordaba que los vampiros poseían visión nocturna. A pesar de las tantas atenciones de la señora, no le daba la impresión de que la señora Harlow fuera alguien que recibiera muchas visitas, humanas.

O de nadie en absoluto.

En su imaginario tenía la sutil impresión de que la vampiresa era, en mayor o menor medida, otra de las piezas de la colección de su marido. Si fuera aquella una novela trágica, ella sería como las bestias guardianas de un tesoro que no era el suyo, pero al que estaban atadas de por vida.

No hizo preguntas durante el camino, porque imaginaba que por muy considerada que fuera su anfitriona, un intento de invadir su privacidad a base de cháchara sería contrariarla, más teniendo en cuenta que la habían contrariado muy recientemente.

—¿Aquí fue?


Ryan se adelantó, inspeccionando con grave, atenta curiosidad. Habían hecho un alto en donde había ocurrido el robo, y guiado por su anfitriona, Ryan se halló frente a un cofre antiguo de madera tallada. Se agachó y repasó la superficie con una mano, antes de abrir la tapa. Dentro estaba vacío.

Varita en mano, Ryan dio unos toquecitos en el fondo del cofre. Nada. Se levantó, rodeó el cofre con aire pensativo —inclinaba la cabeza a un lado, se cubría la boca con la mano, asentía en silencio—, dio otros toquecitos, acá, allá, esta vez moviendo los labios en un murmullo. En un momento, sonrió con evidente agrado.

De nuevo, dio un toquecito de varita, pero esta vez el cofre tembló, y reveló un fondo falso. El interior, a pesar de haber sido saqueado, no estaba vacío. Ryan se apartó con educación, realizando un amplio gesto con la mano que invitaba a la señora Harlow a echar una mirada, mientras que él permanecía a un costado, observando.

—Normalmente, cuando una colección pasa de manos, el nuevo dueño hace que la revisen—dijo—. Siempre hay, un escondrijo, un fondo secreto. Hay magos que llegan a ser muy ingeniosos—Y añadió—: Su esposo era muy bueno con los encantamientos.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Wilhelmina Harlow el Dom Dic 01, 2019 3:06 am

Acceder a aquello no era, ni mucho menos, una demostración de confianza; era una cuestión de necesidad.

Por ese motivo, después de confirmar que, en efecto, aquel era el lugar en que había sucedido el robo, Mina se limitó a permanecer de brazos cruzados, vigilante, unos pasos por detrás de su visitante indeseado. No perdía detalle de cada uno de sus movimientos, y mientras tocaba aquí y allá con ese dichoso palo mágico, permaneció alerta ante un posible ataque. ¿Qué mejor lugar que un sótano como aquel para un ataque sorpresa?

Sin embargo, tal ataque sorpresa no se produjo, y en lugar de eso, la investigación del mago dio sus frutos: el contenedor de madera noble con runas talladas que hasta la noche anterior había contenido el violín de Tartini y el diamante Hope tenía un falso fondo escondido con magia. Fue toda una revelación, y Mina no supo bien cómo sentirse al respecto.

Teniendo en cuenta las circunstancias, se obligó a sí misma a desestimar su profunda decepción al descubrir tal falta de confianza de su fallecido marido, y a mantener sus cinco sentidos centrados en lo que estaba ocurriendo.

Goldstein, por su parte, le explicó que todo coleccionista, por lo visto, era una caja de sorpresas y unos cuantos secretos. Si bien no esperaba que su marido le hubiese ocultado algo así, de repente le pareció como algo típico de Percival Brownrigg: siempre había sido mucho más astuto de lo que sus exquisitos modales y constante afabilidad demostraban.

El mago le dejó paso, y ella, tras mirarlo unos segundos con desconfianza, optó por acercarse a la caja. Se inclinó hacia delante para ver qué contenía el falso fondo, y cuando se cercioró de que nada peligroso saltaría del interior de éste para maldecirla, se arriesgó a meter la mano.

Cuando la sacó, sostenía un fajo de cartas metidas en sus sobres y sujetas con una tira de cuero sin curtir.

—Es correspondencia —comentó, con un tono apático que nada tenía que ver con la emoción que sentía en aquel momento. De haber estado viva, su corazón estaría latiendo con fuerza dentro de su pecho—. Supongo que lo que hay aquí esclarecerá un poco todo este asunto.

Sin perder más tiempo, Mina desató la tirada de cuero y se puso a ojear las cartas. Eran tres, una de las cuales estaba dirigida a ella. Si bien las otras podían ser interesantes, la que más llamó su atención fue, precisamente, ésta. Así que abrió el sobre y extrajo la hoja de pergamino doblada que guardaba en su interior, siendo recibida por la pulcra y estilizada caligrafía de su marido.

Una vez más se lo imaginó redactando aquel mensaje con su pluma de halcón dorada.

⋆⋆⋆

Carta:
A mi amada Mina:

Si algún día resulta que lees esta carta, te deberé la más sentida de mis disculpas. Por favor, te suplico que no interpretes esto como una falta de confianza ni un insulto hacia tu persona; simplemente, medidas desesperadas me han llevado a tomar acciones desesperadas.

Tras esta pequeña introducción, te explico lo que sucede: lo que tienes ante ti es una antigua vasija ritual celta en cuyo interior reside un gran poder, cosa que salta a la vista por los sellos y runas con que ha sido sellada.

La MACUSA me encomendó la protección de este objeto debido a su potencial destructivo. Supongo que en alguna ocasión te hablé de Gellert Grindelwald, ¿cierto? Por todo el mundo mágico es sabido que ese mago tenebroso ha tenido siempre una obsesión con el poder. Por lo visto, también tenía un interés especial por los objetos mágicos de gran poder.

Grindelwald se pudre en la prisión de Nurmengard desde 1947, pero muchos de sus seguidores todavía están ahí fuera. Es por eso que la MACUSA me ha encomendado el cuidado de este objeto con concreto, a fin de prevenir que el reinado de tan peligroso mago pueda repetirse.

Si de alguna manera has encontrado esta carta, eso significa que alguien ha venido a reclamar la vasija. Nunca ha sido mía, y me he limitado a ser su protector. Hazte un favor y déjala en manos de aquellos que pueden cuidarla.

Espero que puedas perdonar a este viejo, Mina. Merlín sabe que te amé desde el momento en que nos conocimos hasta mi último suspiro, y lo último que quería era marcharme a la tumba con una mentira.

Siempre tuyo, Percival Brownrigg.

⋆⋆⋆

Mina leyó aquellas palabras en silencio, y cuando hubo terminado, siguió en silencio durante algunos segundos. Podría haber seguido así durante mucho tiempo, y más teniendo en cuenta que contaba con toda la eternidad, pero recordó que no estaba sola. Así que se giró, dedicando una mirada apática al joven mago.

—Su vasija, en efecto, estaba aquí —le dijo, levantando la mano en que sostenía las cartas—. Percival no era su dueño, sino una especie de guardián. Por lo visto, sólo estaba guardándola temporalmente. —Dejó caer la mano en que sostenía las cartas, de manera que ésta colgó laxa en paralelo a su cuerpo—. Usted trabaja para ellos, ¿no es así? Para la MACUSA.

Y fue precisamente en ese momento en que algo hizo “click” en su cabeza: la sensación familiar que había experimentado al ver al hombre por primera vez, la organización que gobernaba el mundo mágico del otro lado del océano… Ya sabía por qué había reconocido a aquel hombre: una clara imagen de un mago, muy parecido a éste, pero vestido con ropa mucho más antigua, acudió a su mente.

Lo peor de todo el asunto: dicho mago no estaba, precisamente, de su lado. De hecho, estaba del lado opuesto, tratando de asesinarla.

Ryan Goldstein pudo dar gracias en aquellos momentos de que Wilhelmina Harlow fuese alguien paciente, alguien que no actuaba por impulso, o de lo contrario habría muerto; sin embargo, desde aquel momento, la desconfianza de la bruja aumentó exponencialmente.
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Dom Dic 01, 2019 5:29 am


El sótano se redujo a un espeso silencio cuando la señora de la casa se ensimismó en la lectura de las cartas. Ryan no sabía qué pensar. Puede que las cartas esclarecieran el asunto, o también, podían no tener nada que ver. Se limitó a asentir y, dado que no era alguien impaciente, aguardó respetuosamente.

Cuando Wilhelmina Harlow volvió a dirigirse a él, se dio cuenta que algo en su mirada había cambiado. O puede que fuera la dureza en su voz al mencionar al MACUSA. No era fácil adivinar qué pasaba por la mente de la vampiresa, y su general apatía no le permitía hacerse una idea adecuada de cuál era su situación.

—Trabajaba—
informó, alzando la perilla con curiosidad—. ¿Menciona al MACUSA? Es posible. No sé qué obligación tenía su marido para con el MACUSA. Ni por qué el MACUSA dejaría ese objeto en particular a su cuidado, cuando bien existe el Archivo para eso. Sólo se me ocurre pensar que se debió a alguna interna… Pero ahora lo sabe, que no es un objeto que esté en su obligación de recuperar. Esa sería mi tarea.

Agachó la cabeza, sin despegar los ojos de su anfitriona. Desde que entrara a la casa, Ryan no había hecho otra cosa que mostrarse tranquilo, y eso no cambió. Había cumplido con lo que había ido a hacer allí, aunque parcialmente, porque la vasija habría que buscarla por otro lado. Eso era todo.

—El diamante de Hope y el violín de Giuseppe Tartinti—
repitió—. Veré qué puedo hacer.

Normalmente, el Ministerio recibiría la denuncia por los objetos robados, pero con el estado actual de cosas, Ryan imaginaba que —no sólo que el Ministerio podía estar avalando el tráfico ilegal— de llegar a haber una redada y recuperar los objetos, cabía la posibilidad de que el Ministerio se los apropiara bajo cualquier excusa. Él, en cambio, podía ofrecer sus servicios de forma privada, sólo que en aquel caso, Ryan actuaba por consideración.

—Mi objetivo es la vasija, pero si me hago con esos objetos, quédese tranquila que se los haré llegar—explicó—. Creo que estará de acuerdo—añadió, con una levísima sonrisa—. Eso sería todo, señora Harlow.
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Wilhelmina Harlow el Mar Dic 03, 2019 9:49 pm

Que la vasija ritual celta no formara parte —al menos, de manera oficial— de la colección de Percival, quitó un peso de encima a Mina. A fin de cuentas, si tal objeto nunca había sido propiedad de su difunto marido, recuperarlo no era problema suyo.

Sin embargo, los otros dos objetos sí pertenecían al legado del único mago al que había amado, y le había jurado que protegería la colección con su propia existencia.

A fin de quitarse al menos uno de los problemas de encima, la vampiresa le reveló la información contenida en la carta: el objeto había sido puesto en manos de Percival por la misma organización para la que, según supo a continuación, Ryan Goldstein había trabajado. Servía a la vez como confirmación de que la vasija había estado alguna vez escondida bajo aquel techo, y como alivio para su persona.

Aún a pesar de haber recordado de qué le sonaba aquella cara.

—Gellert Grindelwald —respondió Wilhelmina Harlow, por toda respuesta a las dudas de Goldstein—. Usted conocerá mejor que yo la historia de ese sujeto, pero lo que me contó Percival acerca de él no es demasiado bueno. Por lo visto, la organización temía que una serie de objetos mágicos especialmente peligrosos cayesen en manos de ese mago. No me pregunte el motivo, porque no tengo ni la menor idea.

No le mentía: los entresijos del mundo mágico se le escapaban, y únicamente en tiempos recientes se había visto obligada a convivir con ellos. Sin embargo, de estúpida no tenía un pelo, y bien pudo imaginarse el motivo: separar y ocultar objetos mágicos los hacía mucho más difíciles de rastrear, especialmente si ese “Archivo” del que hablaba era conocimiento popular, cosa que parecía ser así.

Por lo que contaban de Grindelwald, seguramente habría tenido poder y recursos suficientes para acceder a ese lugar.

Con la información que acababa de revelarle, Ryan Goldstein parecía dispuesto a marcharse a la procura de la dichosa vasija celta. Y sí, prometió que le devolvería sus objetos, si es que conseguía recuperarlos, pero teniendo en cuenta su naturaleza desconfiada —cultivada con especial esmero durante las últimas dos décadas, que había pasado prácticamente aislada del mundo—, aquello no fue suficiente.

Así que dio un paso al frente.

—No es que dude de su palabra, señor Goldstein, pero me temo que prefiero participar en lo que sea esto —se ofreció—. Quizás usted no pueda comprender lo mucho que significa este colección para mí, ni lo que significó para el señor Brownrigg, dado que se dedica a recuperar objetos perdidos. Supongo que no les llega a conceder el suficiente valor emocional.

Quizás estuviese siendo injusta y prejuzgando al hombre sin apenas conocerlo, pero en aquellos momentos no le apetecía mostrarse empática con nadie. Quería recuperar los objetos y, quizás, contratar los servicios de algún mago que le permitiese proteger mejor aquel lugar. Estaba claro que lo necesitaba.

—Además, todavía nos quedan dos cartas por leer. —Agitó suavemente el fajo de papeles que tenía en su mano izquierda—. ¿Sabe por dónde empezar? Quizás haya aquí alguna pista...
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Sáb Dic 07, 2019 6:16 pm

Empezó a tener sentido, con la mención de Gellert Grindelwald. Estaba seguro de que la MACUSA había actuado independientemente de las consideraciones del Archivo, pero no sorprendía. No por nada eran dos entidades separadas hacia dentro del aparato institucional. En lo que refería a inteligencia, siempre habían sido muy privados.

Si la señora Harlow se preguntaba por el motivo de por qué la vasija, Ryan se hacía una idea, pero sobre las oscuras intenciones que un mago tenebroso podría tener para poner sus manos sobre la reliquia, sólo quedaba agradecer de que nunca lo hubiera conseguido, ¿y qué pasaba ahora?

Le encomiendan a Ryan recuperar la vasija, y unos asaltadores se le adelantan por una noche. Menuda suerte. Lo que seguía era la ejecución de un plan que, él suponía, lo conduciría hasta la subasta clandestina de la que se había rumoreado desde que iniciaran los robos a distintos coleccionistas, y se llevaría a cabo allí, en Londres.

No podía solo, habría de recurrir a sus refuerzos, aunque en ningún momento pensó en contar con Wilhelmina Harlow. La señora avanzó de un paso al frente, sumiendo a Ryan en una momentánea confusión. Había en la actitud de la vampiresa el ánimo resoluto de quien no aceptará sencillamente un ‘no’ por respuesta, pero así y todo Ryan evaluó la situación en que lo colocaba, ¿era en verdad necesario?

—No quiere poner la seguridad de su colección en las manos de cualquiera, es comprensible—razonó, en un tono condescendiente. Pero no cedió a la petición tan enseguida, ya que interiormente amparaba ciertos reparos. La mención de las cartas atrajo su atención—. ¿Tienen las cartas relación con esto?

Había creído que cuanto había que decir estaba dicho, pero se interesó con la posibilidad de disponer información extra. Después de todo, Percival Brownrigg había sido alguien de muchos conocimientos.
Se sonrió imperceptiblemente ante las palabras de la señora Harlow, “¿…por dónde empezar?”, porque estaba dando por supuesto que Ryan accedía a la cooperación. No le quedó otra opción que reconocer que sí, era mejor contar con su ayuda.

—Pensaba recurrir a mis contactos para hallar la ubicación de, lo que creo, será una subasta clandestina—
explicó, antes de recorrer el sótano con una mirada de renovada curiosidad—. Pero tiene razón. Poco probable, pero quizá. Quizá aquí sí haya algo, me cercioraré. Si me disculpa.

Dicho lo cual, volvió a hacer uso de su varita. Describió una floritura en el aire y en la oscuridad de la habitación destellos de polvo dorado se esparcieron con acelerada prontitud en un manto que se desplegó dentro de un diámetro alrededor del cofre.

La silueta inconfundible de dos hombres arrodillados sobre el cofre reveló la huella de su presencia. Ryan se paseó en círculos hasta que finalmente se agachó sobre una esquina y estiró la mano debajo de un cajón, extrayendo una cerillera que, curiosamente, contenía una nota dentro con una dirección, y Ryan tuvo el presentimiento de que aquello olía a un encantamiento, ¿Fidelio?, común entre los esbirros de la clandestinidad.  

—Parece uno de nuestros hombres es un asiduo del The Slaughtered Lamb—dijo, haciendo girar a contra luz la nota rasgada en su mano—Será fácil de encontrar, aunque no sé todavía con exactitud qué es este lugar—Ryan se volteó, hallándose en cuclillas—. ¿Y qué dicen esas cartas?
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Wilhelmina Harlow Ayer a las 11:09 pm

«Por decirlo de una manera suave», pensó Mina con la mirada todavía fija sobre el mago. Podría haber sido más específica, agregando que no confiaba en él ni en ninguno de los integrantes de su especie. Lo podría haber dicho de una manera delicada o soez, pero así era: a los magos, en su mayoría, les importaba poco o nada el resto del mundo.

Optó por no decir nada, dejando el silencio por respuesta. Pasó a prestar atención al asunto de las cartas.

—Posiblemente, dado que estaban guardadas en el mismo lugar —respondió, al tiempo que bajaba la vista en dirección a las tres misivas—. No reconozco los destinatarios, pero supongo que sus palabras podrán arrojar algo más de luz sobre este suceso.

La primera carta, después de la suya, estaba dirigida a alguien llamado D. Fryes; la segunda era para un tal O. Downwell. Ninguno de esos nombres le sonaba lo más mínimo, ni siquiera de alguna lectura previa de los diarios de su marido.

No pasó a leerlas de inmediato, sino que se interesó primero por saber cuál sería la línea de actuación de Goldstein a la hora de recuperar sus objetos. Obviamente, pensaba participar en aquello, por mucho que tuviera que enfrentarse con magos. Se le había encomendado proteger la colección, y eso haría, incluso si con ello tenía que sacrificar su inmortalidad. Temía a la muerte, como cualquier ser que ha vivido más de siglo y medio, pero mucho más temía fallar en la única tarea que le había encomendado la única persona a la que realmente había amado, y que la había amado de vuelta.

Los recuerdos eran algo poderoso, que podía impulsar a una persona, o por el contrario anclarla al pasado. Mina se hallaba entremedias.

—Subasta clandestina —dijo para sí misma, articulando un pensamiento en voz alta. En pensamientos, añadió: «Y ese maldito Ministerio de Magia se preocupa por lo que podría hacer yo con estos objetos. Deberían mirar más cerca de casa.»

Así que, por segunda vez, tuvo que permitir a Goldstein examinar el lugar. Optó por hacerse a un lado y dejarle trabajar, y con cierta apatía, observó el extraño despliegue de luz que tuvo lugar a continuación: imágenes fantasmagóricas que brillaban con tonos áureos representaron ante los ojos de ambos una escena familiar, que no era otra que el robo que había tenido lugar allí.

Mientras Goldstein se dedicaba a lo suyo, Mina optó por echar un vistazo a las dichosas cartas. Se encontró con sendas hojas de pergamino dobladas en cuatro, la primera de ellas escrita con la caligrafía pulcra y estilizada de su difunto esposo, la segunda… en blanco. Concretamente, la carta en blanco era la de O. Downwell.

Con el ceño fruncido, Mina descartó ésta y leyó la primera, dirigida D. Fryes.

La decepción llegó enseguida: se trataba de una respuesta de cortesía a una solicitud de compra de la susodicha vasija, con una negativa bastante clara. Percival alegaba que los rumores de que la vasija formaba parte de su colección eran falsos, y lamentaba no poder ayudar al señor Fryes.

A punto de desestimar la carta, considerándola inútil, Mina constató un pequeño detalle: ¿por qué había guardado su marido a tan buen recaudo lo que era una clara respuesta para alguien? Lo lógico sería enviarla y deshacerse cuanto antes del problema, pero allí estaba aquella carta. ¿Por qué guardarla y no enviarla? ¿Se trataba de algún tipo de advertencia?

En medio de estos pensamientos la sorprendió la voz de Goldstein, llevándola a alzar la mirada y fijarla sobre él con curiosidad.

El mago, por lo visto, había dado con la primera pista: lo que parecía ser un pedazo de una caja de fósforos de un lugar llamado The Slaughtered Lamb, nombre amigable donde los hubiese.

—En un principio he pensado que no dicen nada relevante, pero quizás deba reconsiderarlo. —La vampiresa tendió la carta para Fryes a Ryan Goldstein para que pudiera leerla él mismo. No era demasiado extensa—. Dígame usted quién guarda una carta de respuesta, o una copia de ésta, a un comprador privado. No tiene mucho sentido, a no ser que Percival ya tuviera en mente un posible robo. ¿Le suena un tal D. Fryes, señor Goldstein?

Suponía que sería una enorme coincidencia que el susodicho Fryes decidiese enviar ladrones a por el objeto que tanto ansiaba justamente la noche anterior a la llegada de alguien que pretendía recuperar la vasija, pero no podía descartarse la posibilidad de que el mentado mago tuviese intención de comprar el objeto, ahora que había sido robado.

—Sobre la segunda carta, no sé qué decirle. —Y como prueba de ello, le mostró lo que había: la hoja de pergamino en blanco—. El destinatario es O. Downwell.

Quizás fuera una pérdida de tiempo, y Goldstein tampoco tuviese la menor idea de quién era ese sujeto. Sin embargo, dada su vinculación con el objeto, había posibilidades de que, cuanto menos, le sonase de algo.
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