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Anchored to the past [Ryan&Mina]

Wilhelmina Harlow el Vie Nov 15, 2019 11:37 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Anchored to the past [Ryan&Mina] - Página 2 RHnlnjh
Sábado 16 de noviembre, 2019 || Mansión Brownrigg, Londres || 7:07 horas || Atuendo

Otra noche de cacería había finalizado, y Wilhelmina Harlow regresaba a casa.

Había sido una noche productiva, como bien atestiguaba la bolsa repleta que colgaba de su mano. Era un viejo bolso de médico de cuero negro gastado, una reliquia de otra época, que contenía no sólo los viales de sangre que había recolectado a lo largo de la noche, sino también el instrumental médico necesario para extraerlos.

Mina había descubierto que las noches del viernes y del sábado eran propicias a la caza: adolescentes y no tan adolescentes deambulaban por las calles de la ciudad, buscando entretenimiento y alcohol, y sin saberlo se convertían en presas fáciles.

No tenía un tipo de persona predilecta. Mayormente, se limitaba a esperar, y de la misma forma que la mosca terminaba posándose sobre la planta carnívora, alguien siempre terminaba acercándose a ella. Generalmente eran jóvenes que buscaban una conquista, una mujer que llevarse a la cama, y engatusarlos era una tarea sencilla: bastaba aceptar una copa y dedicarles una sonrisa, y la mayoría caían a sus pies.

Por fortuna para ellos, Mina no mataba. Hacía mucho tiempo desde que se había cobrado su última víctima. Lo más que podían esperarse aquellos pobres ilusos era despertar en un callejón con una persistente jaqueca, debida tanto al consumo de alcohol como a la pérdida de sangre.

Esa noche habían sido tres los incautos que habían caído en su trampa, y aproximadamente cinco litros y medio los que había recolectado. Tendría suficiente para varios días.

⋆⋆⋆

Poco antes del amanecer —en esa hora en que aquellos con una vena profunda aseguraban que la noche se volvía más oscura que nunca—, Mina cruzó las puertas de la mansión y las cerró tras de sí, dejando su valioso equipaje con mucha delicadeza en el suelo. Sin perder un instante —ni siquiera para quitarse el largo abrigo negro con capucha que llevaba puesto—, fue de ventana en ventana corriendo las gruesas cortinas negras, una preparación necesaria para cuando el sol asomase en el horizonte.

Fue precisamente mientras llevaba a cabo aquella rutinaria tarea que escuchó el ruido.

Inequívocamente, procedía del sótano, lo que inmediatamente sumió a la vampiresa en un estado de tensión. Volvió la mirada por encima del hombro en dirección al pasillo, y casi de inmediato llevó la mano al bolsillo del abrigo, donde guardaba el revólver.

Consciente de que posiblemente estuviese poniéndose nerviosa por nada —seguro que aquel maldito poltergeist estaba haciendo otra vez de las suyas—, Mina sacó el arma y la amartilló con el pulgar. Silenciosa como el fantasma que era, comenzó a caminar en dirección al pasillo.

Más sonidos la acompañaron en el corto trayecto en dirección a las escaleras del sótano, y para entonces ya estaba más molesta que nerviosa. Aquel dichoso ser espectral no había tenido redaños para aparecerse ante ella, pero se había asegurado de amenazarlo como era debido: podía tocar lo que quisiese en la casa, pero el sótano estaba prohibido. ¿Y con qué lo había amenazado? Con avisar al Ministerio de Magia para que se lo llevasen.

Sin embargo, aquel ser no había sido capaz de respetar una única prohibición.

Mientras descendía las oscuras escaleras que conducían al lugar en que almacenaba los objetos más valiosos que tenía, se preguntó a sí misma cómo pensaba hacer daño al poltergeist. Estaba segura de que las balas no le harían daño, así como tampoco sus puños. Así que aquella pistola estaba más de adorno que otra cosa.

O eso creía ella.

Más pronto que tarde, mientras avanzaba a través de los oscuros pasillos del sótano, se dio cuenta de que el poltergeist no era el responsable de aquello: sería la primera vez que le escuchaba hablar. Hablar con dos voces, además.

Los intrusos estaban lo bastante lejos como para que Mina no entendiese lo que se decían entre ellos, pero poco importaba: eran intrusos, y si estaban allí abajo, quería decir que estaban trasteando con cosas que no debían tocar.

Nadie debía tocarlas.

Así que siguió las voces, que cada vez se escuchaban con más claridad, hasta que consiguió captar parte de la conversación.

—¿Lo tienes ya? —susurraba un primer hombre. Su voz denotaba un pánico a duras penas controlado.

—¡Cállate y déjame concentrarme! Esto es delicado, joder —respondía un segundo, más enervado que asustado.

—La vampiresa debe estar al caer. ¡No tenemos tiempo! —insistía el primero.

—¡He dicho que cierres la puta boca y me dejes trabajar, gilipollas! Esto no es como jugar a Operación...

Aquello fue todo lo que Mina necesitó escuchar antes de abandonar su escondite tras la esquina. Al hacerlo, su silueta apareció a la entrada de la cámara en que almacenaba los objetos de Percival, debidamente embalados, su poder contenido para evitar que hiciesen daño a nadie.

Lo hizo apuntando el revólver en dirección a las dos figuras agazapadas en el centro, frente a una de las cajas de seguridad. De alguna manera, habían abierto el contenedor y estaban revolviendo en el interior. Antes de abrir fuego, dispuesta a disparar primero y preguntar después, Mina observó cómo uno de ellos, casi con solemnidad, extraía con ambas manos uno de los objetos del interior, para luego depositarlo sobre un maletín abierto en el suelo.

Fue precisamente hasta ese momento que esperó para descerrajar un disparo sobre la figura. Sonó un estampido que reverberó en las paredes, y la bala alcanzó al desconocido en el hombro, haciéndolo caer de espaldas contra la caja de seguridad abierta. La fuente de luz que estaban utilizando para ver lo que hacían —una varita mágica, descubrió con cierta consternación— se zarandeó cuando su portador, el otro mago, se asustó ante lo que acababa de sucederle a su compañero.

Mina amartilló de nuevo el revólver con intención de repetir la jugada con el otro, pero no tuvo tiempo: el segundo mago se recompuso más rápido de lo que esperaba, y conjuró con su varita un ardiente brillo luminoso que obligó a Mina a retroceder. Buscó refugio tras la esquina, justo a tiempo de que una lengua de fuego recorriera el pasillo en su dirección.

Retrocedió con la única intención de alejarse lo más posible del fuego, al tiempo que el aire a su alrededor se calentaba. La llamarada permaneció activa unos segundos antes de desvanecerse.

En cuanto esto sucedió, la vampiresa volvió a asomarse al pasillo, pero de nada sirvió: la cámara de almacenaje estaba desierta. Los dos desconocidos habían desaparecido, y se habían llevado con ellos el maletín en que habían colocado cualquiera que fuese el objeto que habían sacado del contenedor.

—Maldición... —susurró, para acto seguido entrar en la cámara a ver qué habían robado.

Horas más tarde...

Mina había descubierto que faltaban tres de sus objetos, y supuso que aquellos ladrones se habrían llevado más de haber podido. No sabía quiénes eran ni cómo demonios sabían que guardaba semejantes cosas en su propiedad, pero había canalizado todas sus sospechas en una sola dirección: el Ministerio de Magia Británico.

Forman y los suyos no había conseguido dar con ningún objeto lo bastante peligroso como para llevárselo por la vía legal, por lo que quizás hubiesen decidido hacerlo de una manera menos lícita.

La vampiresa, frustrada, había abandonado el sótano y regresado a la planta baja, donde había dejado la bolsa que contenía la sangre. Después de ponerla a buen recaudo en el refrigerador del sótano, único lugar que hasta el momento gozaba de electricidad, había subido a la segunda planta, donde guardaba los documentos de Percival.

Desde entonces permanecía en su estudio, leyendo los diarios de Percival. ¿Por algún motivo en especial? No, únicamente para aplacar la impotencia que sentía: mientras fuese de día no podría abandonar la mansión, en busca de aquellos dos, y aunque pudiera, tampoco sabría dónde buscar.

«Dichosos magos...»
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Mar Dic 17, 2019 8:31 am

—Puedo hacer preguntas—dijo, en toda respuesta. Había tomado la carta que la señora Harlow le alcanzara, y la leía—. No parece una carta que alguien guardaría sin una razón—observó, expresando sus pensamientos en voz alta—. Ahora estoy interesado en este señor Fryes.

Phineas Magnussen podía aclararle algo más sobre el misterioso comprador. Si bien Ryan estaba al tanto de la dinámica con que operaban los traficantes clandestinos, había toda una serie de aspectos relacionados para los que necesitaba servirse de alguien que contara con la información que lo ayudara a atar cabos sobre tal o cual asunto, y específicamente sobre aquel en particular.

Nombres de coleccionistas, la realidad sobre la cara pública y la cara privada de un comprador, sitios como The Slaughtered Lamb, y demás información relevante era algo que podía conseguir, pero no que llevara encima. De lo que creía estar seguro era que, si el interés del tal D. Fyres era la vasija, no debía ser un comprador falto de dinero o recursos.

Ryan se puso en pie para tomar la segunda carta, ojeándola con interés. Asintió en silencio, como entendiendo de qué se trataba, incluso cuando la carta estaba completamente en blanco. Le dio unos toquecitos con la varita, en frente de la señora Harlow.

—Veamos—dijo, con un soplo de iniciativa. Esperaron unos instantes, y entonces ocurrió: las letras comenzaron a aparecer en una cursiva estilizada y prolija, bajo la amarillenta luz de la lámpara que inundaba el sótano de sombras—. Parece ser un conocido.

Conocido o no, se trataba presumiblemente de otro coleccionador que ponía en conocimiento al señor Percival Brownrigg sobre los rumores de una subasta «privada» cuya sede se hallaba en constante movimiento y para la cual se necesitaba una invitación. Le comentaba, justamente, si acaso no estaría él interesado en que lo pusiera en contacto con los organizadores del The Slaughtered Lamb.

Ryan regresó la atención a la dirección en su mano, y la mostró.

—¿Qué me dice de ir a una subasta?

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Ryan GoldsteinInactivo

Wilhelmina Harlow el Jue Dic 19, 2019 2:43 am

Si bien podían existir personas que disfrutasen personalmente de los enigmas que les planteaba la vida, no era el caso de Wilhelmina Harlow: la vampiresa, por su parte, veía los misterios como un obstáculo en medio del camino, algo que debía sortearse antes de pensar siquiera en avanzar.

Aquellas dos cartas, especialmente la que firmaba el tal O. Downwell, no suponían otra cosa que escollos en el camino.

El nombre de Fryes era sin lugar a dudas algo importante, una pista que podrían seguir, pero el auténtico enigma se escondía en la carta en blanco. Como cabría esperarse, era otro juego de ilusiones hecho por y para magos, y criaturas como ella jamás tendrían ocasión de leerla sin ayuda externa.

En eso, el señor Goldstein probó ser útil, al menos.

Las palabras se revelaron al toque de la varita de su visitante, y tanto él como Mina leyeron en silencio. No era muy dada a sacar conclusiones precipitadas, pero le daba la impresión de que el tal Downwell era un traficante de objetos mágicos, o por lo menos se movía en ese submundo. Casi parecía describirse como un experto en la materia, y posiblemente lo fuese.

Otra cosa que no le pasó inadvertida fue el tono de la carta: parecía más una respuesta cordial que otra cosa, por lo que inevitablemente su marido debía haber establecido contacto en primer lugar.

No sabía muy bien cómo sentirse al respecto: Percival siempre le había prometido que todo lo que hacía era perfectamente legal, que jamás se había movido en círculos peligrosos, pero aquello no sonaba precisamente a algo legal y exento de peligro. Le hubiera gustado poder preguntarle al respecto, pero esa posibilidad no existía.

Así que únicamente le restaba hacer una cosa.

—Me temo que no tengo más opción que aceptar su ofrecimiento —respondió ante la “invitación” del señor Goldstein—. Voy a suponer, quizás de manera un tanto atrevida, que este tipo de eventos son exclusivos para magos, ¿no es así? En ese caso, voy a necesitar un par de cosas.

Sin decir ni una palabra más, Mina se dio la vuelta y abandonó la cámara en que almacenaba los objetos mágicos. Recorrió el pasillo que conducía hacia su despensa, abrió el candado utilizando la llave que pendía de su cuerpo, y pasó al interior.

Apenas un par de minutos después, regresó portando dos objetos.

El primero era ni más ni menos que una bolsa de cuero cerrada con cuerdas, de aspecto pequeño y peso que no se correspondía con su tamaño, en cuyo interior guardaba los ahorros en moneda mágica que le había dejado Percival.

El otro objeto era la varita que su marido había portado en vida, elaborada en madera de cedro. Toda su estructura estaba tallada con efigies de rosas, muy bien detalladas, que recorrían toda la varita en espiral.

—Tendré que hacerme pasar por bruja, y por compradora —explicó—. Estoy lista cuando usted lo esté.
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Dom Ene 05, 2020 1:28 am

—Es un suicidio.

Phineas los miró, ladina esa sonrisa. El tono no dejaba lugar a dudas de la seriedad de la acusación, pero a pesar de su impresión inicial, llevaba la conversación con mucha calma. Conversación que mantenía mientras caminaban.

—¿Quieren colarse en la subasta? A usted, mi señora, la conocen. Digo, sería idiota no conocer el rostro de aquel al le has robado. Sabrán que ha ido a recuperar lo suyo. Y no creo que esté dispuesta a pagar por lo que originalmente le pertenece.

No había hecho más que hablar desde que los invitara a pasar a un pub subterráneo, vacío de clientela. Las paredes eran de ladrillo, las luces dotaban a la madera de calidez, las mesas se hallaban dispersas y escondidas.

Phineas se condujo hasta una mesa, servida con una botella y una bandeja con dos copas. Nunca ofrecía una copa para Ryan y la botella no era de vino, pero el líquido era de un borgoña intenso que se le asemejaba.

—Y tú—continuó, haciendo una invitación a la botella que tenía a Wilhelmina Harlowe como única convidada, pero dirigiéndose a Ryan al hablar—Tú puedes hacerte pasar por un comprador, mi amigo, tanto como yo puedo broncearme en los veranos.

Se sentó con un suspiro en una de las sillas alrededor de la mesa, acodándose en el respaldo con uno de los brazos doblado hacia atrás. Peinó su flequillo antes de proseguir. Había en él una gracilidad de movimiento que reflejaba comodidad.

—En este lugar no son aficionados, te harán un reconocimiento facial. Y, sin querer herir tus sentimientos, en estos suburbios se sabe que eres un rostro non-grato. Definitivamente, ese robo fue algo inoportuno—señaló, como quien expresa sus pensamientos en voz alta— Entrar a la boca del diablo y salir ileso no es tan fácil.

»Verá—dijo, cambiando el tono al dirigirse a Wilhelmina Harlowe, por quien tenía otro nivel de respeto—. El Sr. Fryes no es un buen mago. Tiene enlaces con el gobierno actual, y créame, no quiere meterse con él. Quizá sea mejor que usted se mantenga al margen. Ya sabe, que a nuestra clase, esta clase de cruces con gente del gobierno no son encuentros de los que salgamos favorecidos. Especialmente hablando de Fyres…

Phineas estiró el brazo y tamborileó con los dedos al pie de su copa, sumido repentinamente en el introspectivo mundo de los pensamientos. Él recordaba, él recordaba las cabezas disecadas, los “trofeos” sobre los que ciertos desagradables coleccionistas ponían sus sucias manos.

—Se rumorea que su colección incluye seres, y yo creo estos rumores. Pero está demasiado protegido como para que nadie haga nada. Así que, ya ve, señora Harlowe, por qué el Sr. Fryes no es un mago amigable. Y ya sabrá que la vasija no es algo que usted podría querer.

Phineas miró alternadamente a Mina, luego a Ryan, cazando la incomodad de la situación al vuelo. Arrinconó a Ryan, con el reproche en su voz.

—¿No le has dicho?

Ryan, quien había optado por tomar asiento en una silla alta, le devolvió la mirada desde la barra. Abrió y cerró la boca, desarmada. Se excusó con Willhelmina con una ligeramente incómoda expresión en sus ojos.

—Me disculpo por él—se apuró a decir Phineas, con un acento casi dramático—. En su defensa, es demasiado leal al código del secreto. Pero déjeme explicarle. La vasija es lo que los africanos llaman “fetiches”.  Objetos que contienen “demonios”, que son en su mayoría fantasmas oscuros, proyecciones de almas que sufrieron una muerte violenta, cargados de odio y resentimiento. Eso es lo que contiene la vasija, varios fantasmas muy enojados. Pero el que posea la vasija, según el rumor, puede, como quien dice, controlarlos, o eso se cree. Eso es lo que los magos ingenuamente creen, que pueden controlarlo todo. Luego, cosas pasan. Es terrible, si me pregunta. Por cierto, yo también lo siento. No me he presentado correctamente. Soy Phineas Magnussen, un humilde servidor. Y, si tan seguros de continuar, su posible salvador en esta locura. Ahora, hablemos sobre un plan.
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Ryan GoldsteinInactivo

Wilhelmina Harlow el Mar Ene 07, 2020 12:39 am

Goldstein había regresado a la mansión al caer la noche siguiente, y Mina ya estaba esperándolo. De haber necesitado conciliar el sueño para seguir viva, habría sido incapaz: estaba inquieta.

En sus costumbres de no muerta, esta inquietud se tradujo en que pasó el resto de la velada y todo el día que la siguió deambulando por la casa, buscando respuestas entre las pertenencias que su marido le había dejado y, sobre todo, buscando una manera de asegurar el resto de la colección.

Respecto a esto último, había colocado unas medidas de seguridad temporales. Había tenido que sacrificar para ello un par de antiguos doblones de oro, clavándolos en el umbral de la puerta que daba al sótano con sendos clavos. Éstos pertenecían a una curiosa colección sobre la que pesaba un maleficio sencillo pero eficaz: quien osara traspasar el límite que marcaban las piezas de oro sufriría parálisis durante algunas, a excepción del portador de una de aquellas monedas.

Sobra decir que ella misma llevaba una, la cual pendía de su cuello junto a su anillo de bodas.

⋆⋆⋆

Una vez Goldstein llegó —y con él esa sensación de familiaridad tan poco agradecida—, viajaron por medio de la aparición a un viejo pub que no reconocía. Su regente, pese a ser tan desconocido para ella como el local, tenía algo que identificó enseguida: la misma falta de vida que ostentaba ella.

Sin demasiados preámbulos, dio comienzo lo que más que conversación parecía un monólogo: Goldstein manifestó las intenciones que tenían, y después de eso, el vampiro no le dejó hablar más.

Mina escuchó en silencio, su semblante inexpresivo, depositando toda su atención en su compañero de especie. Permaneció de pie en todo momento, con los brazos cruzados. Cuando el anfitrión del local le ofreció un trago de una botella de la que manaba un aroma acre y metálico muy familiar y embriagador, tuvo la suficiente fuerza de voluntad como para rechazar la oferta con un gesto de su mano y un agradecimiento no verbal.

Resumen de la situación: habían perdido la razón en el momento en que habían decidido emprender tan peligrosa empresa, iban a tener que tratar con unos cuantos sujetos especialmente peligrosos, y finalmente, se enteró del motivo de que aquella vasija fuese tan codiciada por los estadounidenses.

Dedicó una breve mirada de soslayo a Goldstein, quien conocía aquella información de antemano, para luego devolver su atención a su anfitrión, que tuvo a bien presentarse como Phineas Magnussen.

—Es un placer conocerle, señor Magnussen —respondió, haciendo gala una vez más de su exquisita educación—. Debo decir que me sorprende enterarme en este momento de la naturaleza del objeto. También despierta mi curiosidad el hecho de que, si tan peligroso es, no hayan intentado recuperarlo antes. Pasó años bajo mi techo sin que surgiese ningún problema, y de repente, aparecen ustedes… y bueno, ya saben cómo ha terminado todo.

A pesar de sus palabras y de su habitual naturaleza hosca y desconfiada, Mina fue consciente de que quizás estuviese siendo injusta al tratar de atribuirles algún tipo de responsabilidad en el asunto. Había quedado claro que no tenían nada que ver con el robo, y que aquello no era más que pura coincidencia.

—Quizás alguien les ha estado robando información —sugirió. No quería creer en las coincidencias—. Dicho esto, de nada nos va a servir discutir sobre este asunto. Lo único que me pregunto es… ¿por qué les preocupa tanto un objeto que contiene lo que en esencia son fantasmas? Según lo que he leído a lo largo de los años, y las experiencias previas que he tenido en el campo, los fantasmas son inofensivos, incluso aquellos que pretenden ser agresivos.

Por supuesto, como vampiresa de origen muggle, había muchas cosas que desconocía del mundo de la magia. Había escuchado historias, por supuesto, la mayoría de boca de su marido, pero nunca había presenciado lo que la magia oscura de otras regiones era capaz de hacer. Quizás no fuese tan descabellado pensar que algo como lo descrito podía existir.

Se llevó una mano al cabello y se apartó un mechón de delante de los ojos, pasándoselo por detrás de la oreja. Un gesto totalmente involuntario, uno de esos que todavía eran capaces de desvelar la humanidad que subyacía bajo la superficie de su ser muerto.

—Con respecto al plan, nuestra idea es hacerme pasar por bruja. Tengo la varita de mi difunto marido, y a no ser que alguien decida pedirme que lleve a cabo un espectáculo de esas luces que tanto gustan a los magos, podría funcionar —explicó, para luego abordar el hecho de que los ladrones conocían su aspecto—. Los ladrones, quizás, estén al tanto de mi aspecto físico, pero es imposible que los demás asistentes me reconozcan. Ya sabe, nuestra maldición viene con algunas ventajas añadidas...

Se refería, por supuesto, al hecho de que las cámaras fotográficas no podían captar la imagen de un vampiro, de la misma forma que los espejos no podían reflejarlos. Resultaba imposible que los asistentes a la subasta estuviesen al tanto de su aspecto.

Además, algo que ya había pensado antes, esos tipos debían ser simples recaderos. Dudaba mucho que ningún traficante de mercancía arriesgase el pellejo de aquella manera.
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Ryan Goldstein el Mar Ene 21, 2020 3:14 pm

—Bueno, técnicamente, no fuimos nosotros—empezó a decir Ryan, pero fue cortado por el carraspear de Phineas, una forma muy elocuente de parar sus palabras en el acto—…

—Los secretos pocas veces permanecen secretos—añadió el vampiro, al respecto de la información robada—. Lo que crees saber antes que nadie, es probable que otro lo sepa. Nunca puedes estar seguro, hasta que cosas suceden. Pero la culpa esta vez, la tiene el MACUSA. Verá, el enlace de su marido en el ministerio era el único que sabía el paradero del objeto o su naturaleza. El mago murió misteriosamente. Figúrese el resto.

Ryan intervino sobre la cuestión de los fantasmas.

—Los fantasmas son espíritus, que pueden ser benignos o no—explicó—. Normalmente, son inofensivos. Pero hay espíritus vengativos, llenos de furia, que incluso pierden mucho de lo que fueron en vida para convertirse sólo en lo que dejaron atrás: rabia, odio, violencia. Estos, son muy peligrosos. Especialmente, si un mago los usa para sus propios fines.

«…a no ser que alguien decida pedirme que lleve a cabo un espectáculo de esas luces que tanto gustan a los magos».

Como el único mago presente, Ryan no pudo más que sonreírse. Había sido catalogado como un amante del espectáculo, de una forma que hasta sonaba que se trataba de un personaje fatuo y arrogante. Sabía, sin embargo, que entre duendes, vampiros y otros seres, reprobaban la magia en sí, basándose en el papel, no siempre irreprochable, de los magos en la historia. El tono de Wilhelmina al hablar le hizo pensar en eso, aunque sólo fuera por un instante.

—Vamos a asumir que su disfraz funciona—concedió Phineas— ¿Qué es lo siguiente? Por supuesto, Ryan, tú tienes que tener un plan de lo más impulsivo.

—Quiero entrar al almacén.

—Imposible.

—No lo es, si tengo ayuda desde fuera.
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Ryan GoldsteinInactivo

Wilhelmina Harlow el Dom Ene 26, 2020 12:57 am

Fuera quien fuese el responsable de la filtración, a Mina le importaba poco; simplemente, había habido una, eso estaba claro, y teniendo en cuenta que ni siquiera ella sabía que semejante objeto estaba oculto bajo su techo, a los únicos a los que podía señalar como “culpables” era a quienes tenía delante.

No obstante, no pretendía perder el tiempo de aquella manera tan absurda, y en lugar de lamentarse por los errores pasados, optó por concentrarse en el futuro. Concretamente, en el futuro más inmediato, que pasaba por aquella subasta clandestina.

Prestó atención a la explicación de Goldstein, la mirada fija en ese rostro suyo tan familiar, acerca de los espíritus contenidos dentro de la urna que buscaban. No tenía constancia de que tal clase de espectros existiese, y ya se había encontrado con alguno a lo largo de su vida, pero tuvo que aceptar aquella explicación. Suponía que, si había caído en manos de Percival para que lo protegiese, había sido por un buen motivo.

—Debo decir, si no lo he mencionado ya, que me sorprende que no hayan intentado recuperarlo antes —comentó, mirándolos alternativamente a uno y otro—. No habrían pasado por tantas complicaciones si Percival se lo hubiese entregado. Estoy segura de que estaría ansioso por librarse de semejante carga...

«O quizás no», pensó, dándose cuenta de que, tal vez, no conocía tan bien a Percival. «Al menos, yo sí tendré ocasión de librarme de esa cosa.»

Sabiendo lo complicado que era conocer el aspecto de un vampiro, teniendo en cuenta que las cámaras fotográficas o de vídeo no podían capturar su imagen, Mina confiaba en que nadie en la subasta, a excepción de quienes la habían visto directamente, conocería el aspecto que tenía. Así que su idea era pasar por bruja, utilizando para ello la varita de Percival. Podía funcionar.

Sin embargo, parecía que más allá de todo aquello no existía plan alguno. Por el momento, todo lo que tenían era… la intención de entrar.

Magnussen no parecía por la labor de apoyar un plan impulsivo, y cuando Goldstein mencionó la ayuda externa, se quedó pensativo. Valoraba si tal cosa era posible, dadas las circunstancias. Mina le observó con cautela, esperando a que dijese algo. Le llevó un largo minuto volver a hablar.

—Por lo general, es necesaria una invitación —explicó Magnussen—. Este tipo de “eventos”, por llamarlos de alguna manera, actúan en la más completa ilegalidad. Cabe esperar que no seas tú quien acude a ellos, si no al contrario. Sobra decir que no se la entregan a cualquiera.

Aquello complicaba las cosas. Mina lanzó uno de esos suspiros para los que, primeramente, debía tomar aire para llenar sus pulmones muertos. Magnussen debió notar su exasperación, pues se apresuró a añadir:

—No todo está perdido, en realidad —explicó, y Mina escuchó con un brillo ansioso en los ojos; el vampiro curvó una sonrisa—. Conozco a determinado sujeto que está en posesión de una invitación, para él y para su esposa. Un sujeto que me debe un pequeño favor… o un favor muy grande, según cómo se mire. Estoy seguro de que este “amigo” sería capaz de renunciar a su invitación doble, e incluso cedernos un par de cabellos para una poción multijugos, a cambio de cancelar dicho favor.

Mina supo leer entre líneas, y decidió que a Magnussen debía importarle mucho recuperar aquel objeto si estaba a dispuesto a renunciar a un favor tan grande. Y no sólo eso: estaba claro que Mina iba a tener que aceptar alguna condición. Una sonrisa resignada curvó sus labios rojos.

—Déjeme adivinar: a cambio de este pequeño favor, debo garantizarle que no intentaré quedarme con el objeto, ¿no es así? —Magnussen asintió con la cabeza—. ¿Y si me negase?

—Sin tener intención de ser rudo, señora Harlow, me temo que tendríamos que prescindir de usted —respondió sin acritud el vampiro, inclinándose hacia delante en su silla. La madera rechinó cuando cambió el peso—. Nos complicaría muchísimo las cosas, pero al final terminaríamos recuperándola por nuestros propios medios.

Mina podría haber discutido, haberse opuesto al plan… pero ya había decidido que no quería semejante responsabilidad en sus manos. Sabía que si se negaba, perdería la ocasión de recuperar sus objetos robados, y a eso sí que no pensaba acceder. Así que se encogió de hombros, asintiendo con la cabeza.

—Supongo que no tengo elección —concluyó, aparentando estar disgustada con el resultado. Nada más lejos de la realidad.

—¡Fantástico! —Magnussen dio una palmada, descruzó las piernas y se puso en pie. La silla volvió a chirriar—. Mi “amigo” se llama Maurice Lamont, y como su pomposo nombre indica, es oriundo de Francia. Trabaja para el Ministerio de Magia Británico, y si bien de cara al mundo mágico es una figura respetable, está metido en muchos asuntos ilegales. —Se detuvo junto a la barra, tomando un pequeño cuaderno de post-it y un bolígrafo. Garabateó algo en una de las hojas—. No te interesa saber qué tipo de asuntos, amigo mío, pero cuando vayas a verlo, finge que los conoces. Se te da bien, ¿no es así?

Con una sonrisa, Magnussen arrancó el post-it del cuaderno y se lo ofreció a Ryan. A simple vista, desde donde estaba, Mina podía leer una dirección anotada en la hoja. Si hubiera estado viva, su corazón se habría acelerado ante lo inminente de lo que iban a hacer: iban a mezclarse en asuntos sucios, y si bien ya había estado antes metida en cosas semejantes, en los últimos tiempos procuraba cuidarse mejor las espaldas.

A ver cómo salía aquello...
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Lun Ene 27, 2020 7:36 pm

Ryan estaba acostumbrado a “hacer la vista gorda” respecto a los asuntos del vampiro. No era su trabajo hacer de policía, por otra parte. Él tomaba una misión, y en el Archivo sólo le interesaba que la llevara a cabo hasta el final.

Era, en otras palabras, sólo un agente. Por eso tampoco podía responder de una manera adecuada a las aseveraciones de la señora Harlow. Imaginó que no podía culparla, después de todo. Había perdido algo que le importaba por motivos sentimentales y tenía la necesidad de señalar a un culpable, y en este caso, Ryan era lo más cercano que tenía a un responsable. De momento, al menos.

Por ese motivo, la única interpretación que Ryan deducía de las ásperas miradas que recibía de a ratos por parte de la señora era que lo veía como un culpable. Estaba enfadada, estaba disgustada, y Ryan, de alguna manera, encajaba en el papel de chivo expiatorio hasta que pudieran hallarle una solución al tema del robo y la subasta ilegal.

Magnuseen supo resultar de ayuda, brindándoles una vía de acceso, pero lo que quedaba, era idearse una manera de salir. Por supuesto, ese no sería un problema para la señora Harlow. Ella sólo tendría que presentarse como una bruja y comprar los objetos de su colección, si acaso, el plan resultaba bien y sin contratiempos.

Lo menos que Ryan podía hacer era acompañarla y garantizar su seguridad… Esto, por caballerosidad, y seguramente que la señora no lo pensaba así, pero tampoco tenía por qué conocer los secretos motivos de Ryan. Respecto al plan para el jarrón, este parecía más complicado, y se preguntaba si acaso no sería lo mejor pedir refuerzos.

Lo primero, lo primero. Los objetos que la señora Harlow ansiaba recuperar se expondrían al principio de la subasta, por lo que las primeras horas de la subasta se conducirían normalmente, sin ninguna anomalía, excepto porque ellos dos serían un par de infiltrados.

«No te interesa saber qué tipo de asuntos, amigo mío, pero cuando vayas a verlo, finge que los conoces. Se te da bien, ¿no es así?».

—Afortunadamente, sí, aunque suene mal decirlo…—Ryan aceptó la propuesta, y miró a la señora Harlow, con una sonrisa un tanto resignada—. Yo haré las tratativas.

Así fue como la noche de la subasta, Ryan, habiendo dado previo aviso de que llamaría a la puerta de la señora Harlow, cayó por su casa con ropa prestada, poción multijugos y una pequeña lista a modo de recordatorio, sobre la historia y personalidad de dos perfectos desconocidos, y no de los que agradaban a las personas.

El Sr. y la Sra Lamont se arreglaron y acabaron frente a la fachada del bar The Slaughtered Slamb.

The Slaughtered Lamb era una taberna con una fuerte impronta medieval. Una escalerilla conducía a un suelo subterráneo de magnánimas proporciones. La sala, abovedada y con sabor a encierro, estaba dispuesta como una casa de subasta. En una tribuna elevada al fondo se esperaba que tarde o temprano apareciera el subastador, con su martillo y su voz chillona y oferente, revelando qué objetos serían la comidilla de la noche.

Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinInactivo

Wilhelmina Harlow el Sáb Feb 01, 2020 3:11 am

Wilhelmina Harlow no quiso saber absolutamente nada de la siguiente fase del plan: obtener la invitación, de manos nada más y nada menos que de un empleado del Ministerio de Magia Británico.

Quizás resultara una precaución excesiva, paranoica incluso, pero prefirió guardarse las espaldas: sus relaciones con el Ministerio de Magia eran, si bien un tanto tensas y precarias, lo bastante cordiales como para no querer estropearlas. Y si bien el señor Lamont seguramente se guardaría el secreto de aquel encuentro, mejor sería que no le viese la cara.

Lo que menos le apetecía era una denuncia ante el Ministerio de Magia y, lo más importante, que descubriesen que había perdido algunos objetos mágicos.

Así que dejó aquella parte del plan a Goldstein, con quien se veía forzada a cooperar. Seguía sin confiar del todo en aquel sujeto, especialmente cuando recordaba su cara y la familiaridad amenazante que desprendía, pero no tenía más remedio que seguirle: era su mejor baza para recuperar sus objetos robados.

La noche de la subasta, volvieron a reunirse. En esta ocasión, en la Mansión Brownrigg, lugar en que ultimaron los detalles de la misión: haciendo uso de su memoria, cultivada a base de años de existencia, Mina memorizó todos y cada uno de los detalles de la personalidad de la señora Moira Lamont.

Después de eso, siguió una sesión de cosmética, a fin de adquirir un aspecto lo más parecido a la esposa de Maurice Lamont. Y es que, por desgracia para ella, ese brebaje mágico concreto no tenía efecto en ella. Hubo que conformarse con un cambio de peinado, maquillaje para enmascarar la palidez natural de su piel, y un vestido de aspecto sobrio y elegante.

Con todos aquellos detalles pulidos, acudieron a The Slaughtered Lamb, un lugar con una pésima reputación en el que personas como ellos estaban totalmente fuera de lugar.

Después de mostrar sus invitaciones y sus varitas a la entrada —Mina se maravilló de lo sorprendentemente fácil que resultó engañar a la seguridad del lugar—, una escalerilla los condujo a un lugar subterráneo cuyo aspecto se asemejaba a una antigua bodega, de esas en que se guardan cientos y cientos de toneles de vino a envejecer durante décadas.

La vampiresa observó con curiosidad a los asistentes, en su mayoría hombres trajeados que parecían haber acudido a una reunión de negocios. También los había que parecían haber acudido a un cóctel, o algún tipo de celebración nocturna, más que a una subasta de dudosa legalidad.

Se habría puesto enferma de experimentar las sensaciones como lo hacían los vivos.

—¿Cuál es exactamente el plan? —preguntó en voz baja, una vez se hubieron detenido junto a la barra en que servían bebidas—. Porque si vamos a limitarnos a comprar los objetos, creo que perderé la paciencia.

Mina había llegado allí con su propio plan en mente: en cuanto comenzara la subasta, pensaba escabullirse y servirse de sus habilidades sobrenaturales para buscar el almacén de los objetos robados. Evaluaría la seguridad del lugar, y si podía, recuperaría lo que era suyo. Se había concienciado de que, para hacerlo, tendría que acabar con alguna vida, y si bien su conciencia le permitiría continuar existiendo sin remordimiento alguno, temía que un par de cadáveres llamasen demasiado la atención.

Quizás debiera proponer su plan a Goldstein… o quizás no.

Mientras pensaba en los pros y los contras de desvelar aquel plan a una persona en la que no confiaba plenamente, paseó la mirada por los asistentes, y uno en concreto llamó su atención: se trataba de un hombre de alrededor de cuarenta años de edad, situado en la parte trasera del palco. Lo vio asomar brevemente detrás de las gruesas cortinas.

¿Que por qué llamó su atención? Bueno, para empezar estaba su vestuario, consistente en unos pantalones negros sujetos con tirantes, y una camisa de aspecto barato; también llevaba puesta una boina.

Lo segundo que llamó su atención fue el cabestrillo que le mantenía el brazo inmovilizado.

«¿Podría ser?», se preguntó mientras un fantasmagórico olor a pólvora, un olor que sólo existía en sus recuerdos, inundaba sus fosas nasales. «¿Podría ser el infeliz al que disparé? ¿Ese repugnante ladrón?»
Wilhelmina Harlow
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Wilhelmina HarlowVampiro

Ryan Goldstein el Dom Mar 01, 2020 11:41 pm



Había pedido un whiskey de fuego, del que se prestaba a tomar su primer sorbo, cuando Wilhelmina… su esposa, lo asaltó con una pregunta impaciente. El señor Lamont se sonrió, pensando que el impaciente bien debía ser él, si ella supiera lo incómodo que era llevar otra piel y que tu cerebro te lo recordara constantemente con una picazón inconsciente. Se sorprendió con una ceja alzada ante su pregunta.

—Me pareció lo más seguro—contestó, siendo honesto. Se volteó de espaldas a la barra, sosteniendo la copa cerca de la boca, a punto de un sorbo. Se le ocurrió bromear, con el asomo de una sonrisa en los labios y la mirada puesta en el rejunte de invitados—. Tú bienestar es lo primero, darling.

Sólo después de abrir la boca pensó que Wilhelmina Harlow quizá no apreciara mucho su sentido del humor. La señora Lamont era una mujer muy bien parecida, pero tenía una expresión natural de lo más estirada, y poner los ojos en ella era igual a recibir la ligera estocada de un mudo reproche, y sólo por respirar. Ryan no sabía si quería mirarla a los ojos y caer en la duda de si aquella sería una máscara o la verdadera Wilhelmina, sin censuras.

Pero era tal cual lo habían hablado. Ryan quería seguir el teatro de la subasta hasta que la señora Harlow hubiera obtenido lo que había ido a buscar, y así, mantenerla alejada de lo que ocurriría a continuación, cuando sus compañeros de la división contra el tráfico ilegal hicieran su aparición y la situación se tornara en alboroto como una tortilla dada vuelta.

Por supuesto, que aquello sólo resultaría en el mejor de los casos, pero no podía simplemente patear las eventualidades. Siendo consciente de la impaciencia en el tono que la señora empleaba al hablar, Ryan suspiró débilmente y se acercó con un hilillo susurrante de voz, queriendo sonar razonable. No se percató de que en ese momento, el hombre del cabestrillo apuntaba hacia ellos unos ojos pequeños y curiosos.

—Crearán una distracción a mi señal—explicó, sacando un galeón de su bolsillo, y mostrándoselo—. Si lo froto tres veces, pasará. La gente se dispersará. Atacarán la bodega, y yo tendré que ir a ayudarles, cubrirles la espalda. No podré permanecer con usted y correrá riesgo si…—Se detuvo un momento cambiando de parecer sobre qué palabras usar, y continuó—: Si quiere que todo termine pronto, daré la señal cuando usted me diga. Mis compañeros recuperarán los objetos por usted, están avisados. Pero no corra riesgos innecesarios, nunca se sabe qué podría pasar.
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Ryan GoldsteinInactivo

Wilhelmina Harlow el Jue Mar 05, 2020 9:27 pm

La pequeña broma de Goldstein, que posiblemente cualquier otra mujer de aquel siglo encontraría sumamente graciosa, pasó sin pena ni gloria entre ellos. Mina ni siquiera hizo amago de esbozar una sonrisa, forzada o sincera. La situación y la confianza con aquel mago no ameritaban semejante gesto.

En lugar de eso, la mirada de la vampiresa se fijó en el hombre del cabestrillo, que de cuando en cuando le dedicaba miradas esquivas. ¿La había reconocido, quizás? ¿O su disfraz era lo bastante bueno como para engañarlo?

«Quizás me he equivocado. Quizás es una coincidencia», pensó Mina de una manera bastante razonable. «Pero si no me he equivocado, ese hombre me llevará directamente a mis objetos.»

Goldstein, por su parte, tenía un plan. Lo miró de soslayo cuando se le acercó a una distancia demasiado íntima y le susurró, contándole dicho plan. Al parecer, poseía una moneda especial que le permitiría llamar a sus aliados para desmantelar aquel lugar y, de paso, recuperar sus objetos. De haber podido sentir un escalofrío ante la idea, lo habría sentido en ese mismo momento.

«Preferiría ser yo quien recuperase mis objetos», pensó, desconfiada. «No me fío de esta gente en lo más mínimo.»

—No será necesario, por el momento —respondió, tajante—. Limitémonos a observar la situación, y ver cómo se desarrollan los acontecimientos.

Intercambió una última mirada con el hombre del cabestrillo, pero éste enseguida desapareció al otro lado de las cortinas, cuando alguien lo llamó. Mina decidió que tenía que ver lo que se escondía al otro lado.
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