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The bonds that tie us {Joshua&Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Nov 29, 2019 11:17 pm

Recuerdo del primer mensaje :

The bonds that tie us {Joshua&Gwen} - Página 2 SrZZqVL
Viernes 29 de noviembre, 2019 || Universidad Mágica, Londres || 17:27 horas || Atuendo

Con motivo de una de las tutorías a las que debía acudir cada mes, a fin de presentar sus progresos y dudas ante el profesorado de la academia de medimagia, Gwendoline se encontraba en el campus universitario.

Normalmente, una vez concluidos sus asuntos allí, se habría marchado a casa, pero estaba esperando a alguien: su primo Joshua.

Con la parka bien abrochada, las manos en los bolsillos para que no se le enfriasen, Gwendoline permanecía de pie en la entrada, aguardando la llegada del joven universitario con quien, en los últimos meses, había estrechado algo su relación. Algo, no demasiado.

Al principio, cuando se había propuesto esperar al chico fuera, a fin de no pedir su consumición y tener que esperarle mientras se quedaba todo frío. Y no es que Joshua llegara con retraso, ni mucho menos; simplemente, ella llevaba allí un buen rato, teniendo en cuenta que sus tutorías habían terminado a las cinco y se había citado con él a las cinco y media.

Empezaba a arrepentirse de su decisión de esperar fuera, pues como era habitual, Londres mostraba su peor cara: un aire gélido descendía sobre los verdes jardines de la universidad, arrastrando consigo la lluvia que descargaba el cielo negro que se extendía por encima de su cabeza. Pronto, su pequeño resguardo bajo la entrada de la cafetería sería totalmente insuficiente.

Mientras esperaba la llegada de Joshua, lo poco que Gwendoline podía hacer era pensar, y como ya era habitual, el Juguetero ocupaba sus pensamientos: Sam y ella, en colaboración con la Orden del Fénix, todavía buscaban averiguar la identidad de aquel salvaje que se había propuesto acabar con los fugitivos de Londres por medio de sus extraños juguetes modificados.

En aquellos momentos, realizaba un proceso mental de criba con respecto a los perfiles de sospechosos que tenía en su poder. Eran muchos, y lógicamente no se los sabía de memoria, pero ya le había echado el ojo a tres o cuatro que le parecían los más probables. Fue enumerando mentalmente todos los datos que conocía acerca de dichos sospechosos, y una vez más, intentó compararlos con todo lo que sabían hasta el momento y con las hipótesis que Orden y Ministerio habían formulado sobre él.

Una vez más, quedó claro que no sería sencillo: si todos aquellos perfiles habían quedado sobre la mesa era porque tenían idénticas posibilidades de ser el correcto.

«No va a ser tan fácil», se dijo a sí misma, y tenía razón: si el Juguetero había permanecido tanto tiempo oculto era porque sabía esconderse. Sólo deseaba que no hubiera que esperar un futuro ataque suyo para conseguir más pistas, y el tiempo seguía corriendo en su contra.

Tratando de alejar esos pensamientos, se concentró en algo más mundano: la compra que haría antes de regresar a casa, por ejemplo, o el temario que tenía que estudiar para su no tan lejanos exámenes parciales. Incluso consultó la hora en su reloj de pulsera, pero nada de eso funcionó.

Sólo había una forma de librarse de aquel tema: averiguando la identidad de ese malnacido y deteniéndolo antes de que causase más daños a inocentes, tarea que para aquel momento se le antojaba totalmente imposible.

«Quizás un poco de charla intrascendente con mi no tan cercano primo ayude», pensó Gwendoline. «Que, por cierto, puedo dar gracias de tratarme con este: es mil veces mejor que ese pelirrojo que trabaja en el Área-M.»

Sabía perfectamente cómo se llamaba —Joshua lo mencionaba bastante a menudo, dándole a Gwendoline una idea bastante clara de lo cercanos que eran—, pero no por ello sentía menos rechazo hacia su persona. Cuanto más lejos de ella, mejor.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Joshua Eckhart el Lun Ene 13, 2020 6:27 am

No pudo evitar sentir una mezcla de empatía, desagrado y sorpresa cuando oyó lo cerca que había estado Gwendoline de formar parte de aquel ataque. Vaya suerte tenían como para formar parte de esos particulares eventos desagradables. Además, lo sucedido… daba mucho en qué pensar. Si bien la manifestación había empezado porque creían que experimentaban con animales y criaturas, había resultado que no. Dados los hechos, parecía que experimentaban con humanos, y de ahí tantos cadáveres luego hechizados con magia negra.

Era hipócrita, tal vez, pensar en eso y luego hacer la vista gorda cuando del Área-M se trataba… pero era escalofriantemente real.

Por suerte, rápidamente cambiaron de tema. Un tema que, si bien más alegre, conllevaba de parte de ambos una enorme cantidad de mentiras. De su parte, bien podría cuestionar la decisión de su prima al respecto; si bien Joshua se enfrentaba al posible rechazo físico, Gwendoline se arriesgaba a un destino encerrada en prisión o incluso la muerte, según quién lo descubriera. Eso era, de lejos, mucho más ilógico y peligroso que una vida de amante.

Sin embargo, muy probablemente los dos darían una misma respuesta: valía la pena. Por sus respectivos amores, valía la pena el riesgo, valía la pena vivir escondiendo su relación en mayor o menor medida. Simplemente, valía la pena.

Habían decidido saltar de un tema a otro, buscando uno que les diese para hablar más que unos cuantos comentarios, y parecía que lo habían encontrado en el grupo que les miraba insistentemente. Algunas veces, entre ellos se incitaban a acercarse a hablarles, pero ninguno reunía suficiente valor como para incordiarles de esa manera. Joshua adivinaba que ese “respeto” lo infundía Gwendoline, antes que él.

No, ya te digo que no —contestó, de acuerdo a su opinión—, luego de las primeras veinte veces te pensarías dos veces esas palabras —le dijo—. En especial porque tienden a tergiversar para oír lo que quieren escuchar —como cualquier reportero amarillista que se precie, por supuesto.

Lo malo no era eso. Lo malo era cuando uno no quería contestar a sus preguntas y, en lugar de marcharse como lo harían las personas razonables, se dedicaban a ser todavía más insistentes al respecto. Les faltaba de tacto lo que les sobraba de cara.

No obstante, ese no fue el tema durante mucho más tiempo, no cuando el cambio climático hizo de la llovizna una tormenta. Joshua había reaccionado de la forma más controlada que pudo, pero no había conseguido gran cosa: era algo que, más que ser un trauma reciente, venía desde su infancia y era agravado por los eventos del presente. La edad y su madurez no bastaban para convencer a su ser de que las tormentas, o cualquier otro sonido igual de fuerte y repentino, no eran precisamente un peligro.

Tanto como para Gwendoline era extraño tratar de darle consuelo, lo era para Joshua recibir sus esfuerzos. No había entre ellos esa confianza, aunque para muchas personas pudiera parecer algo básico o simplemente humano. Ni siquiera había sabido cómo interpretar sus palabras, que ya era bastante malo.

Sólo aparezcamos ahí —le dijo—, no me gustan las apariciones conjuntas —más bien: no le gustaba el contacto físico necesario para hacerlo.

Además, Gwendoline ya era una bruja adulta y había estado antes en su departamento, así que no debería tener ningún problema apareciendo ahí. Se puso de pie y, antes de decir ninguna otra cosa, el cielo se iluminó precediendo un trueno. Joshua apareció de inmediato, dejando atrás hasta el vaso sin un solo sorbo de su bebida.


El suyo era un departamento ubicado no muy lejos del campus universitario: podía ir a pie y volver siempre que quisiera y, de hecho, algunas veces eso hacía. Detrás del complejo se extendía un bosque que eventualmente llegaba a las afueras de Londres.

Nada más llegar a casa, utilizó su varita para insonorizar las paredes. Tenía un buen hechizo insonorizador, pero requería un refuerzo de vez en cuando. Ese día no estaba en lo absoluto de acuerdo con oír al exterior, a juzgar por cómo golpeaba la lluvia sus ventanas.

No había realizado muchos cambios desde la partida de Denzel; la única diferencia era que la primera habitación por el pasillo ahora estaba vacía. Al fondo, y donde se encontraban la mayoría de sus mascotas, seguía estando su propio dormitorio. En la sala de estar estaba Viskars recostado en el sofá, y emitió un maullido perezoso cuando vio a su dueño aparecer.

Esperó a que Gwendoline siguiera su camino.
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Gwendoline Edevane el Sáb Ene 18, 2020 2:00 am

Dedicó una última mirada al grupo de mirones, sin ningún tipo de disimulo en esta ocasión. Los vio, de nuevo, tratando de disimular, fingiendo que los dos primos no habían sido su tema de conversación durante la última media hora y, de cuando en cuando, dedicando una mirada de soslayo para saber si Gwendoline seguía mirándolos.

Finalmente, decidió dejar de prestarles atención y respondió a su primo.

—Ya pueden ir dejando sus currículums en la mesa de Tobías Misslethorpe, pues —murmuró entre dientes, haciendo alusión al editor de la susodicha revista. ¿Quedaba claro que no le gustaba ni una pizca?—. Se han equivocado de carrera, claramente.

La conversación, por desgracia, no continuó mucho más. Tampoco es que se perdiese mucho, pues Gwendoline consideraba que dedicar tiempo a gente así era una pérdida de tiempo, a nivel general. Sin embargo, el motivo de terminar con aquella conversación fue, ni más ni menos, la tormenta eléctrica que se desató y que, para su sorpresa, pareció afectar especialmente a Joshua.

Su primo sugirió marcharse a casa, en busca de “privacidad”.

A ella no le pasó por alto su notoria incomodidad, a pesar de que había hecho su mejor esfuerzo por disimular. Quizás se debiese al hecho de que estaba familiarizada con reacciones así en su propia persona, y había aprendido a identificar los signos, pero el caso es que lo comprendió.

E intentó echarle una mano como buenamente pudo… lo cual no resultó demasiado bien. Supuso que era demasiado pronto para llegar a Joshua de esa manera. ¿Algún día llegarían a ser tan cercanos como para sentirse cómodos hablando, incluso, de eso?

—Está bien —dijo, disimulando lo cortante que le había resultado la respuesta de su primo. Culpa suya por intentarlo—. Vamos.

Tampoco es que la bruja tuviese mucho margen de respuesta, pues antes incluso de que terminase de responder, Joshua ya se había desvanecido en pleno aire, quedando de él nada más que una silla vacía y los restos de una consumición que apenas había tocado.

Gwendoline, por su parte, optó por hacerlo de una manera un tanto menos brusca: se levantó de la silla con calma, echó mano de su bolso y de su abrigo, colgándose ambos del antebrazo, y luego hizo lo propio con el de Joshua, que se había olvidado en sus prisas por marcharse del lugar.

Se disponía a marcharse por la misma vía que su primo cuando, nuevamente, escuchó los cuchicheos procedentes de la mesa de los jóvenes aspirantes a periodistas del corazón. Les dedicó una última mirada, incomodándolos, y sintió deseos de acercarse a ellos para decirles algo.

Tardó un par de segundos en decidir que no merecía la pena, y luego simplemente se desapareció.


***

Como solía ser tradición en ella, en las casas en las que no tenía suficiente confianza, Gwendoline se apareció a la entrada, con la puerta principal del apartamento a sus espaldas. Joshua, por supuesto, ya había llegado, y se encontraba realizando algún hechizo que no identificó.

Lo primero que hizo fue tenderle su abrigo.

—Toma. No sé lo que habrían hecho esos tres si llegas a olvidártelo allí —dijo, con una sonrisa, dispuesta a olvidar el momento incómodo que habían vivido momentos antes en la cafetería—. Quizás lo habrían utilizado como prueba de que… no sé, pero seguro que serían capaces de inventarse algo.

A pesar de que ya había estado allí un par de veces, Gwendoline echó un vistazo a todo lo que tenía al alcance de la vista, pues a pesar de todo, permaneció inmóvil donde estaba. Prefería que la invitasen en lugar de tomarse confianzas indebidas, especialmente al tratar con alguien como Joshua, que no entregaba su confianza ciega a nadie de buenas a primeras.

De hecho, no sabía si había entregado su confianza ciega a nadie, a secas.

—¿Qué tal están tus compañeros de piso? —Se refería, por supuesto, a las mascotas—. Espero que te hayan dicho cosas buenas de la persona que vino a velar por su seguridad hace unos meses...

Era una forma estúpida de intentar romper el hielo, y posiblemente no funcionase. No obstante, decían que a base de intentarlo, se acababa consiguiendo. Quizás se sorprendiese al descubrir que Joshua, algún día, le devolvía la broma, diciendo que se habían quejado de ella y que pretendían presentar algún tipo de reclamación formal, o lo que fuera que se le ocurriese en ese momento.
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Joshua Eckhart el Lun Ene 20, 2020 1:40 am

Tras lo sucedido con los estudiantes que pasaban más tiempo con las narices metidas en las vidas de otras personas que en sus libros de texto, los dos primos se marcharon de ahí, uno más precipitadamente que el otro. Si a Joshua se le cuestionara si había sido su intención ser así de cortante, seguramente diría que no: simplemente no podía ser de otra manera. Le costaba más de la cuenta pensar en respuestas más elaboradas e impropias de él con determinadas personas; con casi todo el mundo, por la escasa confianza que desarrollaba con facilidad. Si a eso le sumaban el estado de alerta en que entró de repente, sólo había podido contestar de ese modo.

Una vez en su casa, se percató del fallo que había cometido: su abrigo se había quedado detrás con las prisas que había tenido por marcharse. A través de la ventana uno podía ver la electricidad desgarrando el cielo en la lluvia, pero no la sucedía un estruendo, por lo que uno fácilmente adivinaba qué hechizo había hecho.

Seguramente lo habrían metido en su colección personal de cosas innecesarias de supervivientes a atentados —dudaba que la gente normal tuviese esas colecciones; había recobrado parte de su calma, y eso era un avance—, cobrarían a otros tan locos como ellos por verlo —bromeó, dejando el abrigo sobre el brazo del sofá.

Ahora que el departamento estaba asegurado contra tormentas, se acercó a su gato para rascarle detrás de la oreja. Viskars ronroneó en respuesta, más allá del disgusto del “intruso” dentro del departamento. Probablemente el resto de mascotas estuviesen por ahí también, o tal vez sólo estuviesen en la habitación, donde pasaban gran parte de su tiempo.

En principio, Joshua guardó silencio, pues era un tema que ya habían utilizado con anterioridad ese mismo día. Le costó un poco entender que era una forma de retomar la conversación, y un poco más todavía que estaba tratando de bromear con él. Por su parte, no se le ocurrió suficientemente rápido nada ingenioso para contestarle.

No se quejaron, así que supongo que todo estuvo bien —le contestó, entonces guardando su varita—, ¿mi bowtruckle intentó que te comieses una cochinilla? —le preguntó, por pura curiosidad científica, porque era una característica muy particular de su criatura con complejo de madre preocupada porque sus hijos no comen.

Se dio cuenta, demasiado tarde, que no había llevado su té con él. Y lo cierto era que le dio gracia, porque la condenada bebida había estado tan caliente que no había conseguido siquiera un trago de ella antes de que se marchara. Uno tenía que reírse para no decepcionarse.

¿Quieres algo para beber? No tengo café, pero tengo chocolate y té —le preguntó mientras caminaba hacia su cocina, mirándola a través del desayunador que dividía la sala de estar y la cocina—. Ponte cómoda —le pidió, entretenido con la tarea de poner agua a hervir para preparar té para sí mismo—. También tengo algo de tarta de limón.

Sacó la rebanada de la nevera, mostrándole el plato a Gwendoline para ofrecerlo. Tenía un máster en preparación de postres cítricos porque eran los favoritos de su primo Ayax, aunque esa información se la guardó para sí mismo. Tenía en la nevera el trozo que le había dejado el muy gordo, pues se había llevado la parte mayoritaria. Lo cierto es que le daba igual e incluso no se habría ofendido de no haberle dejado nada, pues si lo hacía era precisamente porque sabía lo mucho que disfrutaba comerlo.

Una vez que dejase las bebidas en proceso de creación, volvería a la sala de estar a sentarse en el sofá, recibiendo al gato negro encima de su regazo donde se acurrucó para seguir recibiendo caricias. Era un gato mimoso, pero sólo con personas particulares; debía ser la mascota de Joshua que más se parecía a él.

Su bowtruckle y su complejo de madre caprichosa; su hurón y su instinto bélico, atacador de zapatos y mordedor de bordes de pantalón; su cuervo yendo a su aire, literalmente hablando; su serpiente de sangre fría no tenía nada y le encantaba pasar tiempo encima de los humanos; su zarigüeya era la pereza hecha animal y siempre estaba en la búsqueda de un rincón cálido y oscuro para dormir, por lo que vivía debajo de la cama de Joshua.

También he pensado hacer una pequeña biblioteca la habitación vacía… No lo sé, tengo muchas ideas y no sé cuál sería la más indicada —o puede que simplemente hiciera una mezcla de todo, aunque también estaría bien si llenase de libros el salón y no una habitación, por ser el lugar donde actualmente más tiempo pasaba.
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Gwendoline Edevane el Vie Ene 24, 2020 10:52 pm

Un intenso destello iluminó el cielo nocturno, en el exterior del apartamento. La mirada de Gwendoline se volvió en aquella dirección de manera instintiva, captando de refilón el garabato que el rayo pintó en el horizonte antes de que desapareciese. Se quedó esperando el sonido, pero éste no llegó, y se imaginó que lo que su primo hacía antes de su aparición era, precisamente, prevenir aquello.

«Chico listo», se dijo a sí misma, al tiempo que le entregaba su abrigo.

Imaginarse a semejantes elementos coleccionando “recuerdos” de sus ídolos, que no eran más que personas que habían tenido la desgracia de estar en el momento equivocado en el lugar equivocado, le produjo un escalofrío. No quería ni pensar en la clase de morbosa fascinación que podía motivar el interés que despertaban en esos tres, pero para su desgracia tenía mucha imaginación, leía mucho, y veía muchas series de televisión.

Imaginárselo era inevitable.

—Una pieza de museo menos, en ese caso —comentó, de manera distraída, mientras visualizaba esa imagen: un museo con todo tipo de rarezas expuestas, todo ello pertenencias de supervivientes y víctimas de sucesos desgraciados. Sintió otro escalofrío.

Con intención de retomar una conversación distendida, Gwendoline hizo una broma acerca de su trato a las mascotas de Joshua. Sabía de sobras que los había tratado bien —no era por ser egocéntrica; simplemente, era una de esas personas que trataba a los animales tan bien como a los seres humanos, o incluso mejor—, por lo que la respuesta de Joshua, que acariciaba a su gato como saludo, le resultó graciosa. Curvó los labios en una sonrisa ladeada, negando con la cabeza.

Algún día, quizás, llegarían a entenderse mejor de lo que se entendían.

—Lo intentó, sí, aunque tardó un poco. No sé si es que primero esperó a verse totalmente satisfecho y lleno, o si es que desconfiaba de que le fuese a robar una cuando no miraba —respondió con respecto al bowtruckle. Siempre le habían hecho gracia aquellas criaturas, que podían volverse extremadamente feroces ante las circunstancias apropiadas.

Habiéndose dejado sus consumiciones en la cafetería —de la suya no quedaba gran cosa, por suerte—, no costaba imaginarse que los tres “investigadores” quizás también sintiesen fascinación por eso. ¿Serían tan enfermos como para beberse el té de Joshua y el chocolate casi vacío de Gwendoline?

Con una chispa de esperanza en una raza humana sin mucho remedio, la morena quiso darles el beneficio de la duda: no harían algo tan asqueroso.

—Un té estará bien —respondió Gwendoline, a quien no le quedaba demasiado apetito tras comerse casi un croissant entero—. Gracias —añadió con educación, tomando asiento en el lado izquierdo del sofá. Y como todavía llevaba la chaqueta en brazos su abrigo, lo dejó en el reposabrazos, junto al de su primo.

Declinó con un gesto de la mano y una sonrisa la oferta de tarta de su primo. No porque no le apeteciese, si no porque ya no tenía hambre. Tendría que cenar al llegar a casa, y más le valía no llevar el estómago lleno.

Cuando volvió con ella, Joshua le contó otra opción para remodelar el cuarto que le había quedado libre. El cuarto que pertenecía a su compañero. Y si bien la idea de tener una biblioteca en casa siempre iba a contar con el beneplácito de Gwendoline, Ravenclaw hasta la médula, no pudo evitar volver a preguntarse acerca del compañero en cuestión.

Si no recordaba mal, Joshua había mencionado que habían convivido años, por lo que se imaginó que le conocía del colegio. Las fechas cuadraban, desde luego.

—Siempre daré mi voto positivo a una biblioteca, como buena Ravenclaw que soy —respondió, sonriente, para luego añadir—: Si me estoy metiendo donde nadie me llama, puedes decírmelo con total libertad, pero tengo curiosidad: ¿qué pasó con tu compañero? ¿No hay posibilidad de que vuelva?

Sabía sobre ese tema… bueno, tanto como sobre cualquier tema relacionado con Joshua Eckhart: poco o nada, la información justa que el muchacho compartía con ella a cuentagotas. Se decía a sí misma que ya debía sentirse honrada con lo poco que compartía, siendo como era, pero no podía evitar sentir curiosidad.
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Joshua Eckhart el Miér Ene 29, 2020 10:06 pm

Se alegró de que, en ese momento, su apartamento fuera una zona segura y no hubiese necesidad de tomar medidas extras. Había días en que incluso en la seguridad de su hogar, no conseguía calmarse del todo, pero ese día no fue así. Poco a poco, empezaba a desacelerar su cabeza, y esperaba que pronto mantuviese un hilo constante de pensamientos, en lugar de cientos de ellos enmarañándose y haciendo eco: repitiéndose.

No sé por qué lo hace —le confesó—, supongo que simplemente es muy amable… o que piensa constantemente “pero qué delgado estás, come algo rico”, porque le parecen un manjar —lo que tenía gracia si lo imaginaban con voz de abuela que claramente Joshua no imitó, mas quedaba implícito por el contenido de las palabras. Una frase típica de abuela típica.

No tuvo cabida en su cabeza algo tan bajo como acercarse a una consumición ajena con el aire enfermo de hacerse con las sobras –que, en su caso, de sobras tenía más bien poco-. Su nivel de tolerancia a la vergüenza ajena, bastante bajo, por cierto, no le permitía crearse escenarios tan desagradables y vulgares.

Se encogió de hombros, guardando el ofrecimiento, cuando este fue rechazado. Había colocado el agua a hervir y le costaría lo suyo encontrar una buena temperatura para poder iniciar otra vez el proceso de enfriarse.

Entretanto, se dirigió al sofá y ahí se sentó, dándole también libertad a su invitada de seguir su ejemplo. Por hacer conversación, comentó su idea respecto a la habitación ahora vacía, que no salía mucho de una idea que parecía utópica. No dudaba que quedase bien, sin embargo… ¿cuánto tiempo conseguiría ver los estantes vacíos sin la recurrente idea de ir a la librería a buscar literalmente todos los libros de su interés, cosa de llenarlos? No era, a efectos prácticos, una buena idea.

Si bien Gwendoline apoyó la idea de la biblioteca, también había sentido una curiosidad puramente Ravenclawniana sobre su compañero de piso. No recordaba en lo absoluto qué o qué no le había dicho al respecto; no era un tema del que hablase con frecuencia, pero sí uno en el que pensaba de vez en cuando.

Él… bueno… —dijo, sin saber cómo ponerlo en palabras. Hizo una pausa, porque de lo contrario caería en la vacilación y el balbuceo. Mentalmente, en un proceso rápido, delineó los márgenes de qué se sentía cómodo contando, para saber si valía la pena empezar o si directamente se iba por la tangente. Aclaró la garganta antes de hablar—: Hubo un conflicto de intereses importante —lo expuso de la forma más metódica posible—. Durante lo que pasó —que era la forma por excelencia para referirse al evento de junio—, en una situación de supervivencia… supongo que nos aislamos; teníamos nuestros motivos, por supuesto: él tuvo una pérdida en el atentado de la final de Quidditch del año pasado, y yo no estaba en la mejor condición física, pero… no sentí que podía confiar en él, y, si no puedo confiar en él, no lo quiero como amigo; si no lo es, no lo quiero cerca.

No tenía ciencia alguna: si en una amistad no se veía un respaldo en una situación precaria, ¿entonces: qué era? Era hasta lógica esa resolución si se consideraba el rango de confianza que gente como ellos tres: Ravenclaw introvertidos poco dados a abrirse a la primera. Y así era como uno desechaba una amistad de ocho años. Se preguntó un momento si habría otro modo de hacer las cosas, si no fueran como eran y habían respondido a la confrontación cara a cara de otra forma.

Esperó que eso saciara su curiosidad. Había sido breve, pero consideraba que había tocado los puntos fundamentales de la decisión. Si no lo hacía, mal por ella: probablemente no hondase en detalles.

No sé, supongo que no dejas de conocer a alguien —se encogió de hombros, restándole importancia—. No es que sea relevante ya.

Sus manos y su atención estaban enfocados hacia el animal que ronroneaba y se restregaba contra su piel en la búsqueda ansiosa de caricias. Un gato diferente al que Gwendoline habría conocido, que siseaba y se esponjaba amenazante cuando la veía rondar cerca, ni se diga de dejarse tocar.

¿No se te ha ocurrido dejar el Ministerio cuando termines de estudiar medimagia? —preguntó de repente luego de un silencio. Podría parecer que estaba intentando cambiar el tema, pero realmente había sido un pensamiento inesperado y le pareció una buena manera de continuar con la conversación—. Puestos a elegir, es un trabajo menos burocrático, aunque dado el puesto podría ser menormente remunerado.

Lo poco que Joshua Eckhart tenía claro de su futuro es que no se veía detrás de un escritorio metido en un cubículo por ocho horas diarias. Tampoco es que se viera, como decía, trabajando en un hospital… lo que de hecho sería catastrófico considerando qué tan bueno era socializando. No obstante, sí se imaginaba en un trabajo de campo, ahí fuera y no encerrado. Quería sentir que, al menos laboralmente, vivía en libertad.
Joshua Eckhart
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Gwendoline Edevane el Vie Ene 31, 2020 7:19 pm

La idea de un bowtruckle, criatura que se caracterizaba por su constitución delgada —no en vano, eran en esencia pequeños palitos—, considerando delgadas a otras criaturas, la divirtió mucho. Se le escapó una pequeña carcajada, imaginándose a aquella pequeña criatura preocupándose de seres tan grandes como ellos dos. Resultaba enternecedor.

Con la tetera al fuego, Joshua regresó con ella planteándole sus ideas de reconvertir el viejo cuarto de su compañero en una biblioteca, idea que todo Ravenclaw apoyaría sin dudarlo. Sin embargo, no tardó en preocuparse por el asunto del compañero en sí, pues le daba la impresión de que era mucho más importante para él de lo que demostraba.

En general, mostrar emociones no era su fuerte, y no podía culparlo.

De hecho, tampoco lo culparía si esquivaba el tema con un regate digno del mejor buscador en pleno partido de Quidditch, o que se excusara diciendo que no quería hablar de ello. A fin de cuentas, quien pecaba de entrometida era ella.

Sin embargo, para su sorpresa, Joshua se abrió con ella.

En cierto modo, mientras Joshua le explicaba la naturaleza de esa “ruptura” en la amistad, no pudo evitar sentirse identificada. Se acordó inmediatamente de Beatrice Bennington, quien había sido una de sus mejores amigas. Cierto que la relación entre ambas difería un poco de lo que Joshua le contaba, pues mientras su primo había perdido la confianza en su amigo a raíz de un acontecimiento traumático, Gwendoline la había perdido en la fugitiva al comprender que ésta jamás había confiado en ella. No lo suficiente como para contarle los motivos de su marcha, o siquiera decirle que se marchaba.

Su semblante se puso serio de inmediato, escuchando con gravedad las palabras de Joshua.

—Sí, pero duele descubrir que no puedes confiar en alguien —resolvió, encogiéndose de hombros—. Ciertas personas son totalmente incapaces de apostar por ti, y jamás lo harán. La culpa la tienen única y exclusivamente ellos, por mucho que intenten culpar a otros.

Quizás para Joshua no fuese relevante, o quizás se estuviera guardando para sí mismo sus sentimientos, pero en este caso, Gwendoline no se molestó en enmascarar los suyos: cualquiera podría ver que hablaba desde la experiencia y que, además, seguía dolida con quien fuera la persona que había traicionado su confianza.

Al ser consciente de ello, trató de calmarse y sonreír.

—Has hecho bien: deja ir a aquellos que no sepan apreciarte —concluyó, tratando de aligerar un poco el ambiente.

Siguió a aquello uno de esos silencios a los que, si bien un poco incómodos, Gwendoline ya empezaba a acostumbrarse: a veces, simplemente, se quedaban sin nada que decir. Aprovechó dicho silencio para observar el movimiento de la mano de Joshua, acariciando a su gato de manera casi automática, y en cierto modo se quedó hipnotizada por él.

Hasta que su primo volvió a hablar, haciéndola dar un respingo y buscar su mirada con la suya.

—Eso me gustaría hacer, sí —respondió, con sinceridad y un asentimiento de cabeza—. Ya no sólo por el tema de la burocracia, sino en general… por el trabajo en sí. Por el lugar de trabajo.

No sabía muy bien si podía decir lo que de verdad sentía respecto al Ministerio actual, ese que manejaban los acólitos de Voldemort. Sabía que no existía ley alguna, en gobierno alguno, que obligara a los magos libres a ser practicantes de la magia oscura, o a unirse a las filas de los mortífagos. Sin embargo, también sabía a qué familia pertenecía Joshua, y lo profundamente arraigadas que estaban las prácticas oscuras en dicha familia.

Decidió que daba igual, que podía contar un poco más.

—No me gustan las artes oscuras —declaró, lanzando acto seguido un suspiro—. No soy el tipo de persona que se interesaría por ese campo. Me limito a vivir mi vida de la mejor manera posible, hago mi trabajo, y trato de mantenerme lo más alejada posible de las decisiones del gobierno. No es que esté en peligro ni nada por el estilo, pero... —Hizo una pausa, tratando de escoger correctamente las palabras que definirían cómo se sentía—. Es como si  ese lugar estuviera envuelto por un aura oscura, por negatividad… Estar ahí te afecta negativamente, si no eres… bueno, igual que ellos.

Declarar aquello… no era, en lo más mínimo, algo ilegal, de acuerdo, pero denotaba una especie de debilidad que no acostumbraba a verse en aquellos que compartían el apellido Edevane. Su propio padre tampoco practicaba las artes oscuras, y aunque ella no le hubiera prestado la suficiente atención como para darle ocasión de expresarlo, también se sentía fuera de lugar trabajando rodeado de mortífagos y sus aliados.

Aquel lugar había cambiado, posiblemente para siempre, y Gwendoline sentía que ya no pertenecía allí.

—Y no quieras saber el desgaste mental al que se ve sometido alguien en mi profesión. —Suspiró, llevándose una mano a la frente. Los recuerdos ajenos, cuando una se veía expuesta a ellos durante el tiempo suficiente, podían tener un efecto muy negativo.
Gwendoline Edevane
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Joshua Eckhart el Mar Feb 04, 2020 7:36 am

Le importaba; por supuesto que le importaba. Y le molestaba admitir que le importaba, así que se esmeraba en callar cualquier idea que surgiera en el interior, detrás de sus barreras emocionales y el semblante que permanecía imperturbable. Siempre era desagradable sentir que uno era el único que se preocupaba por algo que a la otra parte ni le iba ni le venía, y eso era lo que él sentía con el asunto de Denzel Smethwyck. Sentía que le importó más de la cuenta, y no había recibido reciprocidad.

Por el cómo Gwendoline se expresó, Joshua había podido adivinar que tal vez lo que decía ella venía de la experiencia. No pudo evitar preguntarse si se estaba refiriendo a una amistad o, por el contrario, a su familia. No por nada, sino porque muchas veces él mismo sentía que ellos no apostarían por él. Su padre el primero: creía que todos sus planes fracasarían.

No lo dijo porque, fuese una cosa o la otra, no era un tema agradable para tocar. Su prima segunda no se había preocupado por esconderle aquel resentimiento escondido en su voz y sus palabras, y el resentimiento nunca era una buena base para conversar.

Él no había encontrado el silencio incómodo; muchos silencios no eran callejones sin salida, sino sólo pausas y no era necesario rellenarlos con un tema intrascendental simplemente porque había ruido en ello. La gente no sabía apreciar cuán agradables eran las pausas y los silencios cuando había veces en que no había segundo de silencio en lo absoluto.

La miró cuando respondió a su duda, y por un momento hubo un choque de ideas. Creyó, por un momento, que finalmente quizá su trabajo no le gustaba del todo… pero la verdad era que lo que no le gustaba era el lugar de trabajo. Pudo haber terminado ahí, mas no fue así, sino que procedió a explicarle su punto. Resolvió escucharla con atención.

¿No estás de acuerdo con el gobierno? —le preguntó directamente, sin rodeos.

Afortunadamente para Gwendoline, dos años atrás Joshua mismo hubiese sido capaz de concordar con ella. En cuestionar lo que se había establecido, porque sonaba más a locura que a realidad, más allá de lo que su familia le hubiese inculcado durante toda su vida. Había conocido a sangres sucias que valían individualmente más que un puñado de puristas, por supuesto.

Sin embargo, actualmente su vista estaba opacada. El estrés post-traumático y la batalla interna que le generaba en sí mismo, concebido en ocasiones como una entidad dividida, habían hecho mella en su percepción del mundo. Si se atrevía a ser extremista, diría que había perdido humanidad.

Bueno, con tu trabajo… Supongo que tienes que ver todo lo que sucede dentro de las cabezas de las personas, y no sé hasta qué punto eso es adecuado o siquiera sano para uno mismo —complementó un momento después; no era un ciego y era capaz de percibir el dolor detrás de los perseguidos injustamente, de las familias destruidas.

Tener demasiado de los demás muchas veces era un problema: la gente tendía a ser tóxica y no curativa. Si una persona había sufrido, eran más sus posibilidades de tener una mentalidad taciturna.

No me hace sentido —frunció el entrecejo—, ¿no es igual o peor ser sanador? ¿Tratar todo el día con personas enfermas, heridas o moribundas? —inquirió con verdadera curiosidad, queriendo saber qué tenía de diferencia.

Por supuesto eran cosas distintas: unos podían ser sanados. En el caso del gobierno, era difícil que alguien saliese bien parado de ahí, dado como se encontraban las cosas. Incluso así, dejó la pregunta esperando respuesta, antes de que la tetera hiciese su ruido característico al escapársele el aire caliente de la boquilla.

Empujó suavemente a su gato para bajárselo del regazo y fue a la cocina, para regresar un momento después con dos tazas, ofreciéndole una de ellas a su prima.
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Gwendoline Edevane el Mar Feb 04, 2020 9:49 pm

«¿No estás de acuerdo con el gobierno?»

La pregunta en sí misma parecía un mal chiste, o bien nacida de la más profunda ironía. Si en ese momento no hubiera tenido un manejo tan pulido de las formas, hubiera soltado una carcajada allí mismo, sin ninguna vergüenza.

Miró a Joshua con una mirada difícil de interpretar, la inexpresividad predominando en su rostro. Valoró la posibilidad de esquivar la pregunta, hacerla a un lado y desentenderse de un tema claramente incómodo, pero finalmente optó por no hacerlo.

—Eres un chico listo. Has ido a Ravenclaw, después de todo —le dijo—, ¿y aún así le preguntas eso a una persona cuya madre está encerrada en prisión?

«Y, según lo que se dice, “prisión” es un término muy generoso para referirse al Área-M», se dijo a sí misma, al tiempo que múltiples y penosos pensamientos se agolpaban en su cabeza.

Era triste, deprimente, observar cómo la sociedad simplemente había asumido que las cosas eran así, que el gobierno tenía razón y punto. Ni se les pasaba por la cabeza una idea tan sencilla como que cualquier gobierno que diese comienzo con un golpe de estado, un asesinato, y que tuviera como máxima encerrar o asesinar a inocentes solo por ser diferentes, no era bueno ni en lo más mínimo.

Pero no iba a ponerse a hablar de política, ni a tratar de cambiar las ideas de nadie. Sabía lo inútil que podía resultar cualquier tipo de intento de esa índole.

Así que optó por el silencio y por escuchar lo siguiente que Joshua tuvo que decir con respecto a su cambio de empleo. Lo hizo con la vista al frente, fija sobre ningún punto en particular, y cuando su primo mencionó que no le encontraba el sentido a semejante cambio, ella se inclinó hacia delante y apoyó ambos codos sobre sus rodillas. Dejó escapar un leve suspiro, antes de responder.

—No tienen nada que ver, pero supongo que resulta complicado de comprender si no ves las cosas como yo —le dijo. El agua hervía y la tetera chillaba, así que su primo se levantó para servir el té. Esperó a su regreso antes de proceder, tomando la taza de sus manos—. Tú quieres ser magizoólogo porque, por lo que he visto en esta casa, adoras a todas las criaturas y animales, ¿no es así? —No esperó respuesta, pues era algo que simplemente se sabía con sólo ver a una persona cerca de los animales—. En tus manos está la opción de escoger dos ramas dentro de la misma carrera: o bien te dedicas a algo beneficioso para los animales y criaturas, como puede ser estudiar sus hábitats y preservarlos, o la veterinaria, o bien puedes escoger una rama más dañina para ellos, como puede ser la experimentación de medicinas, o incluso dedicarte al control de plagas mágicas.

Se estiró para colocar su taza sobre la mesita que tenía enfrente, para luego volver a mirar a Joshua y proseguir con lo que estaba diciendo.

—En mi empleo actual modifico o borro los recuerdos de aquellos que han presenciado cosas que no deberían presenciar, alterando sus vidas en beneficio del gobierno —le explicó—, mientras que los sanadores se aseguran de que las personas se curen de sus dolencias, o salvan vidas.

Había sido educada en otro tiempo, y se notaba: sus profesores y sus tutores de prácticas en el campo de la mente humana habían insistido siempre, en cada paso del camino, en que la mente humana debía ser tratada con cuidado, como el mecanismo delicado que era. Uno de sus profesores, incluso, había comparado el funcionamiento de la mente humana con el de un reloj: cada pieza estaba en el lugar preciso en que debía estar, y la más mínima alteración indeseada podía arruinar el mecanismo.

Con el cambio de gobierno, estas enseñanzas se habían perdido en gran medida: dejaba de importar el bienestar de los muggles, convirtiéndose en algo secundario y opcional, y primaba la necesidad de mantener el mundo mágico en secreto. Muchos se tomaban esto como algo literal, y evitaban las complicaciones: una maldición asesina, y un problema menos.

Quiso pensar que algún día las cosas cambiarían, que la vida humana volvería a valorarse como era debido, pero una parte de ella creía que jamás se había concedido el valor que ella creía a algo tan nimio. Como Sam decía a menudo, este nuevo gobierno asesinaba gente en base a una idea. ¿Cómo esperar que un gobierno así valorase la vida humana?

—¿Cómo te sentirías si, estando trabajando en alguna organización magizoológica, se presentase alguna pandemia en una especie animal, hubiese medios suficientes para elaborar una cura y asegurarse la supervivencia de la especie, y tus superiores prefiriesen no complicarse ni gastar recursos en ello, ordenando una eliminación sistemática de los animales infectados? —planteó, de una manera que creía que Joshua entendería mejor. Aunque, suponía, con todo lo que le había dicho anteriormente, tendría suficiente como para comprenderlo.
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Joshua Eckhart el Vie Feb 07, 2020 9:15 am

No porque fuera idiota, sino por su falta de desarrollo emocional, hacía a veces increíblemente difícil pedirle a Joshua imparcialidad o incluso una empatía mínima al momento de exponerse sobre un asunto en el que creía tener una postura clara. Porque si hubiese pensado con un poco de inteligencia emocional, se habría dado cuenta de que claramente Gwendoline NO estaba a favor y por razones obvias.

Se abstuvo de contestar, por supuesto, a su pregunta que encontró retórica.

Pese a que su prima segunda no estaba obligada a ello, abordó el tema de un modo comprensible para él. Era muy probable que se hubiese dado cuenta ya que la indiferencia que sentía con sus congéneres no la compartiese cuando estaba hablando de animales y otras criaturas; de hecho, fue más que revelador hacerlo visualizar el contexto desde algo con lo que pudiese simpatizar y conectarse emocionalmente.

Incluso se le notó en la expresión que acababa de entender el asunto, como una suerte de iluminación propia de un Ravenclaw cuando ha comprendido algo que encontraba difícil. Al mismo tiempo, uno de sus pensamientos recurrentes, en una sombra imaginaria en el interior de su cabeza, le recordó que probablemente eso lo hiciera menos humano que el humano promedio.

Ya lo he pillado, tiene sentido —le contestó, exhalando suavemente—. Claro, a un nivel… ¿Moral? ¿Social? Tiene más mérito sanar, por más que a efectos prácticos haya la posibilidad de enfrentarse a peores escenarios —sonaba muy lógico, ¿no? Pues hace un par de minutos, no lo había parecido para él.

Bastaba con mirar un poco en retrospectiva: si bien no encontraba mucho inconveniente con Ayax Edevane trabajando donde estaba, él nunca podría trabajar en el Área-M básicamente porque sería imposible para él la experimentación en criaturas vivas. Parecía mentira que alguien tuviese una división de moralidad tan importante en un escenario técnicamente igual siempre que hubiese esa “pequeña” diferencia con el protagonista de dicha escena.

Siento si… fui muy desagradable con el asunto de tu madre —le pidió con honestidad—. No lo… pensé —admitió. De haberlo pensado a tiempo, probablemente no lo hubiera dicho. Estaba criado bajo el concepto de no decir nada si no había nada bueno que decir.

No era un imbécil sin sentimientos, aunque a veces lo parecía, y esperaba que Gwendoline se diera cuenta que muchas veces lo hacía sin una mala intención.

Aclaró la garganta, sin saber qué decir al respecto, así que optó por la honestidad:

No sé qué decir sin que suene a que soy un idiota —le dijo—, ¿te parecería bien si cambio el tema a algo menos…? Tú sabes, ¿desagradable? —la dejó a ella tomar la decisión de si podía o no cambiar de tema.

Es decir: era improbable que quisiera seguir un tema tenso y así de agrio, pero, qué sabía él, quizá quería enzarzarse en una discusión al respecto o algo. Si bien Gwendoline no le había dado la impresión de ser el tipo de personas que debatía efusivamente, prefería tener un permiso explícito y que no pareciera que intentaba salirse por la tangente por desinterés o algo similar.

Ahí donde lo veían, en realidad poco a poco empezaba a considerar a Gwendoline como una persona que prefería no ofender. Eso, en momentos como aquel, volvían un poco agotadora la socialización: uno tenía que estar más pendiente de no decir o hacer nada que pudiese ocasionarlo.
Joshua Eckhart
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Gwendoline Edevane el Vie Feb 07, 2020 7:33 pm

El contemplar cómo el rostro de Joshua parecía iluminarse, de alguna manera, al comprender sus palabras, le dio a entender que había dado en el clavo: quizás su primo no se sintiese del todo identificado con otros seres humanos, pero comprendía a la perfección el padecimiento de los animales y criaturas mágicas.

De acuerdo estaba con que aquello era bonito a su manera, y con que los animales por lo general se merecían un mayor respeto que muchos seres humanos; sin embargo, Gwendoline no se había olvidado de lo que era sentir empatía hacia sus semejantes.

Supuso que Joshua tampoco, que existían en el mundo personas hacia las que sentía emociones verdaderas, pero quizás ese sentimiento de empatía no estaba tan presente en su psique. No pensaba ponerse a juzgarlo por ello, pues el joven habría experimentado sus propias vivencias y sus propias circunstancias, y ella ni siquiera podía imaginárselas. Había visto la punta del iceberg, y poco más.

Su respuesta, que si bien estaba cargada de lógica, no albergaba toda la extensión de lo que ella le había dicho, la ayudó a comprender mejor al chico.

—No exactamente —le respondió—, pero supongo que en parte es así.

Pensó en explicarle cómo era sentir la necesidad de ayudar a otros, pero se dio cuenta de lo absurdo que sería: jamás se había puesto a explicar algo así, y nunca lo había necesitado. Siempre que lo había hablado con otras personas, como podían ser Sam, Laith o Rox, no hacía falta explicación alguna: ellos comprendían a la perfección la necesidad de ayudar a otros, y no hacían falta palabras para describirlo. Gwendoline estaba segura, además, de que ninguno de ellos esperaba reconocimiento alguno tras ayudar a alguien.

Su primo se mostró visiblemente incómodo, fuera de lugar en aquella presentación. Su disculpa fue sincera, o eso creyó ella, por lo que no iba a tener problema alguno en aceptarla. Ser empática incluía ponerse en el lugar de otros, y en este caso también debía ponerse en el lugar de Joshua.

—No te preocupes —le dijo, con una leve sonrisa, antes de volver a mostrarse seria—. Sé que no era tu intención ofenderme.

No mentía: creía que había conocido lo suficiente de él como para saber que no buscaba la ofensa gratuita, y de todas formas, ella no se caracterizaba por ser una persona rencorosa. Mucho daño tenían que hacerle a ella o a sus seres queridos como para guardar rencor a alguien. Por el momento, Joshua se encontraba en su lista personal de personas a las que apreciaba.

Y por ese motivo se sintió un tanto culpable cuando Joshua comenzó a titubear, deseando cambiar de tema.

Siguió un impulso que, quizás, no haría muy feliz a su primo: tomó su mano y la estrechó entre las suyas. Le pareció la mejor manera de transmitirle un poco de confianza. No lo apresó, sin embargo, como si pretendiera no soltarlo, pues en el momento en que se sintiese demasiado incómodo con aquello, dejaría ir su mano.

—De verdad: no pasa nada —le dijo, buscando su mirada, para entonces dejar ir su mano—. Estoy de acuerdo en dejar de hablar de cosas incómodas, pero con una condición: no te sientas como un idiota, o tendremos que seguir hablando del tema.

Podía parecer una petición contradictoria, pero por la sonrisa que mostró, cualquiera podría entender que estaba de broma.

Bueno, casi cualquiera.

—Estoy de broma. No hace falta seguir hablando de eso —le dijo, para luego dejar escapar un suspiro. Buscando una forma de dejar ese tema a un lado, preguntó lo primero que se le pasó por la cabeza—. ¿Tienes las miras puestas en algún trabajo concreto cuando termines la carrera? No has de tenerlo muy complicado, ¿no? Tu tío Bruno, entre otros miembros de la familia, se dedican a la magizoología.

A Gwendoline siempre le hacía gracia pensar que su padre, que hacía todo lo posible por encajar en la familia Edevane, había echado pestes a los magizoólogos durante años. Ella misma había pensado, durante un tiempo, dedicarse a esa rama profesional, hasta que la influencia paterna —que llegó a tachar a los magizoólogos de “hippies”— la había llevado por otro camino en la vida. ¿Habría cambiado su forma de pensar después de congraciarse con sus familiares?
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Joshua Eckhart el Lun Feb 10, 2020 9:35 am

Por supuesto que sentía empatía, sin embargo, era más complicado cuando lo pensaba en la humanidad y los seres humanos como un todo, a diferencia de cuando hablaba de uno a uno. En especial si ese “uno” formaba parte de sus personas importantes, lo que lo hacía mucho más susceptible a los estímulos ajenos. Sin embargo, eso no lo exentaba de que, a diferencia de ello, pudiese sentirlo por los animales como un todo y no necesariamente de forma puntual.

Trató de ponerlo en sus propias palabras, dejándose en el tintero más de una cuestión. Pero la idea básica la había entendido, que era un avance importante.

Gwendoline había aceptado sus disculpas y pensó que eso sería todo, que no tendría de qué preocuparse a partir de entonces. De lo contrario, no las habría aceptado, ¿no era así? De todos modos, seguía teniendo la sensación de que había, en parte, arruinado algo, así que incómodo había optado por la opción más fácil: cambiar de tema. No sin antes corroborar que eso era lo que ella quería.

Por ello es que lo sorprendió que atrapase su mano. Su primer impulso fue el de tirar, pero no lo suficiente como para soltarse del todo del contacto. Miró las manos de ella, con la de él en el medio, como si fuera una especie de contacto extraterrestre. La dejó tocarlo en medida de su tolerancia… y eso, aunque su prima pudiera no saberlo, ya era decir mucho. Con muchas personas, no era tolerable ni siquiera unos segundos de contacto con sus manos.

Así que dejó que fuera ella la que lo liberase de sus manos. Tras la broma –que supo que era una broma un poquito antes de que le confirmase que, efectivamente, lo era-, su prima encontró otro tema de conversación, similar, pero en sentido inverso: le preguntó a él qué tipo de trabajo era el que pensaba tener cuando saliese de estudiar. Para eso tenía dos respuestas: la que uno esperaba que diese, y la que él querría de verdad.

Calibró durante un momento cuál era la respuesta que debía dar antes de decidir que no tenía, realmente, que elegir.

Si tuviera que elegir, probablemente elegiría hacer algo como tu abuela y tener una granja —le dijo, un tema que había salido en la navidad del año pasado—. Objetivamente hablando, terminaré trabajando en alguna organización que se encargue de la preservación y de curar a las criaturas mágicas… No en el Ministerio, no podría trabajar en el Ministerio —por los motivos que había expresado antes al cuestionarle a ella si lo dejaría.

Tampoco se veía a sí mismo trabajando en el Área-M, todo había que decirlo. Sin embargo, no escupió al aire con ello, así que prefirió guardárselo como algo personal. Muy por el contrario, se veía más empleando sus conocimientos en ayudar a las criaturas, no en experimentar con ellas, justo como en el escenario de la medimagia.

No lo sé, todo depende de cómo se desarrolle mi carrera —y más que su carrera, cómo se desenvolviese su vida personal. Su decisión estaba directamente influenciada por su futura mujer, que daba por hecho habría alguna. Todavía no tenía fecha, nombre ni cara, pero estaba ahí como una entidad presente.

Se relajó en el sofá, habiendo empezado a perder la incomodidad que había sentido durante el momento de su diferencia de ideas.

A veces visito a los tíos o hablo con ellos sobre materia de clase o sobre magizoología en general, pero… no me gusta molestarlos mucho —le dijo respecto a la mención de la carrera que sus tíos –los cercanos, la línea de Rabrours- tenían—. ¿Imagino que soy el único fuera de tu línea directa con quien hablas? —preguntó por curiosidad.

Sabía que Gwendoline no estaba muy cómoda con el resto de la familia. Probablemente sólo hablase con su abuela y, si eso, con su padre, exceptuándolo a él. Tampoco ignoraba su postura frente a la familia, un poco no interesarse en quienes no se interesaron en ella… lo que tenía sentido, si uno lo pensaba lo suficiente. Simplemente era pensar en la relación que tenía él con Frior, por decir un ejemplo sin ir más lejos.

¿A qué se dedica…? —una pausa, una pausa demasiado larga. Por la forma en que quedó congelado a media oración, se notaba que estaba haciendo esfuerzo por traer algo a su memoria… un nombre, que no encontró en sus archivos mentales—. ¿Tu novia? —aclaró, antes de que fuera demasiado tarde.

Había intentado acordarse de su nombre; sabía que se lo había dicho, pero... no pudo recordarlo a tiempo. Mala memoria con los nombres haciendo presencia en el peor momento.
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Gwendoline Edevane el Dom Feb 16, 2020 4:26 pm

Como había esperado en un inicio, su gesto al atrapar la mano de Joshua entre las suyas fue un tanto invasivo, y es por eso que mucho más mérito tuvo el leve tirón con que su primo respondió. Un tirón tan leve que no fue suficiente como para escaparse de ella.

Le soltó en un intento de terminar con esa incomodidad, pero en su interior le agradeció el no haber huido. Significaba mucho más de lo que parecía a simple vista.

Por todo agradecimiento, cambiaron el tema de conversación y pasaron a hablar de magizoología. Pensó que Caroline podría en aquel mismo momento enumerar todos los posibles empleos beneficiosos para las criaturas mágicas existentes en el mundo, además de las bondades de todos y cada uno de ellos, pero Gwendoline no disponía de un conocimiento tan amplio en la materia.

Sí, de niña había soñado con ser magizoóloga, pero la vida había cambiado sus prioridades. Y si bien opinaba que los animales y criaturas se merecían mayor respeto que muchos seres humanos, el conocer de primera mano las consecuencias de la tragedia en su colaboración con la Orden del Fénix había sido determinante para que se decidiese a dar el paso y ayudar a otros seres humanos en necesidad.

Joshua, por su parte, estaba claro que era el tipo de persona que buscaba construir, no destruir, al menos en cuanto a animales y criaturas mágicas se refería.

Esbozó una leve sonrisa cuando mencionó a su abuela Astreia, quien en aquellos momentos se encontraría, con toda seguridad, supervisando las diversas tareas de su granja y asegurándose de que sus animales y criaturas estaban en el mejor estado posible. De repente, fue capaz de visualizar a Joshua recorriendo aquellos campos y trabajando en beneficio de todos sus habitantes.

—Siempre puedes preguntarle a mi abuela si está interesada en tener un ayudante —sugirió, encogiéndose de hombros—. ¿Crees que alguien de tu familia va a tener problema alguno con que te dediques a un negocio familiar?

Sabía que, teóricamente, a la muerte de Astreia, la granja pasaría automáticamente a ser propiedad de su padre, Duncan, quien era el primogénito de los dos hermanos. Y a la muerte de éste, o bien Frior recogería el testigo, o bien lo haría ella si su tío no siguiera con vida. Ella, por su parte, no tenía el más mínimo interés en ser propietaria de semejante negocio, teniendo en cuenta sus aspiraciones actuales y su vida en general.

—Puede que hasta tengas suerte y lo heredes todo. Imagínate todo el espacio que tendrían tus mascotas en un lugar así —mencionó, riendo, aún a pesar de que la idea de que su abuela falleciese, como a toda persona normal que tuviese una abuela normal, no le hacía demasiada gracia.

Sin embargo, ocurriría: la vida humana, igual que todo, tarde o temprano llegaba a su fin.

—A veces me carteo con Angelica —respondió a la primera pregunta de Joshua—. Aunque no la veo muy a menudo, claro.

De hecho, le habría gustado hacerle una visita cuando supo de su secuestro, en verano de ese mismo año. Sin embargo, sólo se había enterado de ello porque su abuela se lo había dicho, y consideró esto como una clara señal: no era asunto de la mestiza el meterse en aquellos asuntos.

La siguiente pregunta de Joshua —quien sufrió un pequeño cortocircuito cerebral al intentar recordar el nombre de Mia— la tomó un poco desprevenida. Por un momento dudó si debía responder, pues todo lo que dijera iba a ser una mentira. Pero… ¿no era acaso más sospechoso el negarse a responder?

—Es camarera en una cafetería, en la parte mágica de Birmingham —resolvió decir, finalmente—. Solía ser legeremante en el Ministerio de Magia, pero supongo que entendió mucho antes que yo lo nocivo que era aquel lugar.

Ni siquiera había mentido del todo, pues en esencia, esa era Sam. Cierto era que sus circunstancias la habían llevado a convertirse en fugitiva, y que ni por asomo trabajaba en Birmingham, pero lo demás era cierto. ¿Un poco arriesgado mencionar su antigua profesión en el Ministerio de Magia? Quizás, pero quería pensar que Joshua no se pondría a investigar algo así de manera enfermiza. No parecía encajar en ese perfil.

—Es un espíritu libre. Creo que trabajar en el Ministerio de Magia, para ella, era como cortarle las alas a un pájaro —añadió, a fin de dar más veracidad a su historia, para luego sonreír y decir algo más que era cierto—. Siempre me está diciendo que debo dejar mi trabajo en el Ministerio, que es peligroso, que sería mucho más feliz en otro sitio… ¡Mira, al final parece que me ha convencido! Aunque soy demasiado racional, demasiado estricta, como para hacerlo sin tener alguna otra opción primero. Ella lo hizo a la aventura...

«¡Y tanto que fue a la aventura!», pensó con sarcasmo. «La aventura de su vida: huir para conservar tanto la susodicha vida como la libertad.»
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Joshua Eckhart el Mar Feb 18, 2020 12:57 am

Muy seguramente, cualquiera que los viese desde el exterior de su interacción se reiría de que, después del tiempo que llevaban encontrándose, parecía que no habían avanzado prácticamente nada en su forma de relacionarse. Lo cierto era que, muy por el contrario, habían tenido avances que para dos personas como ellos eran significativos e importantes. Pasos que dejaban que fluyeran tan naturalmente, que en ocasiones ni ellos mismos eran del todo conscientes de ellos.

Tengo una vida algo… agitada, por el momento —le dijo, pues no sólo sus estudios abarcaban su tiempo. No era algo de lo que Joshua hablase, pero entrenaba por presión familiar con el objetivo de convertirse eventualmente en parte de las fuerzas Mortífagas—. Mi abuelo desmerita descaradamente la carrera; mi padre también lo hace, pero es más respetuoso por su relación con Bruno, así que no los imagino felices con la decisión de dedicarme a ello —confesó, encogiéndose de hombros.

Bastaba con saber que su padre había durado meses sin dirigirle la palabra cuando le informó que no había entrado a Leyes, sino a Magizoología, cuando comenzó la carrera. O que su abuelo todavía no perdía oportunidad de intentar persuadirlo de dedicarse a algo más “prestigioso”, conforme a su propia definición: político.

Por supuesto que le encantaría la idea de dedicarse al negocio de Astreia, pero todavía tenía muchos lazos tóxicos con su familia que cortar si pretendía empezar a tomar decisiones por su verdadera felicidad, y no por una estabilidad ficticia basada en lo que los demás esperaban de él.

¿Heredar la granja? —preguntó, corroborando—. Suena demasiado bueno para ser verdad —le dijo, con un tinte divertido y resignado al mismo tiempo en la voz.

El trabajo de sus sueños era definitivamente en un sitio con un enorme campo donde hubiese caballos alados en todo momento. Una granja también podría ser interesante desde su punto de vista. Ese tipo de trabajo de campo, haciendo las cosas por su cuenta y a su ritmo… era, en ese momento, una utopía que consideraba inalcanzable.

Asintió cuando oyó sobre su otra prima, pues había notado que se habían entendido durante la cena de Navidad del año pasado, aunque no sabía que tuvieran contacto. Él, por su parte, había estado durante el secuestro de Angelica tan presente como los Edevane se lo habían permitido, pues se había preocupado mucho por ella, aunque a partir de entonces, nuevamente, habían vuelto a separar caminos.

Preguntar sobre la pareja de Gwendoline y su trabajo era mera curiosidad, pues en realidad no se veía a sí mismo yendo a Birmingham a las cafeterías a ver si veía a alguien con cara de Amelia –aunque, en ese instante, no recordase que se llamase Amelia- cual acosador. Lo sorprendió, eso sí, que hubiese pasado de ser legeremante del Ministerio a una camarera. Que oye, no se desprestigiaba a ningún empleo, pero… era un salto tremendo.

Sonaba a alguien muy imprudente o a alguien que estaba totalmente en contra de los valores del gobierno como para pasar de un empleo al otro. Claro que no iba a decirlo, porque no era algo agradable de escuchar.

Sí, creo también que es mejor tener un plan de respaldo antes de tomar una decisión así de importante —porque uno pasaba casi tanto tiempo en el trabajo que en su propia casa, por lo que debía ser una decisión calculada—. No es que cuestione dejar el Ministerio —porque él era el primero en rechazarlo como opción laboral—, pero… No lo sé, suena algo drástico cambiarlo “a la aventura” —dio su opinión de la forma más objetiva y educada posible.

Claro que él ignoraba que, más que a la aventura, había sido forzada a ello, obligada a tomar la decisión de obtener un trabajo mucho menos llamativo por su propia seguridad.

Le parecía gracioso cómo la imagen que tenía de Gwendoline iba cambiando con el tiempo, conforme la conocía. Si bien su primera impresión era que no tenía nada que ofrecerle, había demostrado que tenía cosas interesantes en ella que él no habría podido imaginar a primera vista. Desde sus opiniones, hasta su propia perspectiva de la vida. Al final, de alguna manera, no eran tan distintos.

¿Alguna vez has hecho alguna decisión por impulso sin saber lo que vendría después? —le preguntó, queriendo contrastar a la Gwendoline planificadora y disciplinada que le mostraba con la otra cara de la moneda.
Joshua Eckhart
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Gwendoline Edevane el Vie Feb 21, 2020 10:30 pm

Sintió una punzada de curiosidad ante lo “agitado” de la vida de Joshua, y si bien por un momento pensó en satisfacer esa curiosidad, al final optó por una opción más conservadora. Una frase así no solía invitar a preguntar, pues cuando alguien quería decir algo, generalmente lo hacía directamente, sin necesidad de que nadie le insistiese. Y teniendo en cuenta que ya había transgredido un par de límites durante aquel encuentro, le pareció suficiente.

Oyéndolo hablar de su abuelo y de su padre, Gwendoline se dio cuenta de que posiblemente se llevarían bien con Duncan Edevane… si eran capaces de olvidarse de que era un chaquetero, por supuesto. A fin de cuentas, los tres parecían desmerecer la carrera de magizoología.

Bueno, su padre lo hacía en privado, no en público. Y mucho menos en compañía de Bruno Edevane, cuya reputación lo precedía.

—Me recuerdan a alguien que yo me sé —dijo con una leve sonrisa, suponiendo que Joshua sabría de quién hablaba—. Si estás ocupado, lo entiendo perfectamente, pero si es por lo que puedan decirte tu padre y tu abuelo, ni te lo pienses: mi abuela tiene mucho temperamento, y enseguida los pondría en su sitio por ofender un negocio con tanta tradición detrás.

A Gwendoline la tranquilizaba el saber que al menos una parte de su linaje estaba compuesta por personas decentes. Personas amables, incluso, como lo había sido su abuelo. Había que serlo para dedicar toda una vida a criaturas mágicas y animales por igual.

Hablar de su vida privada no le gustaba demasiado, principalmente porque todo lo que debía decir eran mentiras: no podía ser abierta con una vida llena de “delitos”. Una vida de “traidora”, por risible que fuese semejante palabra.

Ella jamás había traicionado a nadie, en ningún momento de su vida. Se había mantenido fiel a sí misma, a sus principios, a sus amistades, y a todo aquello que le importaba. Traidores eran los que ostentaban el poder, empezando por McDowell, quien a sangre fría había acabado con la vida de su jefa. Una buena persona, además, por lo que había escuchado de ella.

Así que no, de traidora no tenía nada, pero igualmente no podía mostrarse abierta con su vida: la posibilidad de terminar en Azkaban era muy real.

Joshua valoró la “decisión” de “Amelia” como drástica, y Gwendoline sonrió. Había entendido el subtexto de semejante afirmación: una decisión impulsiva y, quizás, un tanto irresponsable. A ojos de quien no conociese la historia de verdad, seguramente, lo sería, así que no iba a contradecirle.

—A veces es algo superior a nosotros. Yo también prefiero tener un plan, pero… ya sabes: los planes tienen la fastidiosa costumbre de irse al traste cuando uno menos se lo espera. —Sonrió, acercándose la taza de té con cautela a la boca, a fin de comprobar la temperatura. Le pareció lo bastante buena, y bebió un pequeño sorbo.

La siguiente pregunta de Joshua bien pudo haberla hecho reír a carcajadas, pues estaba claro que había tomado unas cuantas decisiones impulsivas en su vida. Se controló, en cambio, pues semejante ataque de risa habría estado fuera de contexto, y su primo no lo habría entendido.

—Alguna he tomado, sí. Todos nos dejamos llevar a veces por nuestro instinto. —«Así fue que me uní a la Orden del Fénix», pensó—. O por lo que nos dice el corazón —matizó—. Pero debo decir que empecé muy tarde a “rebelarme” contra el mundo. Casi siempre he sido una persona cauta, y por eso mi padre me convenció para estudiar la carrera de desmemorizadora. Ya sabes, la buena chica que jamás ha roto un plato, y que prefiere seguir la corriente en lugar de nadar en su contra. A veces siento que he perdido demasiado tiempo de mi vida intentando contentar a otros y refugiándome en mi zona de confort.

Se alegraba mucho de haber roto con aquella parte de su vida, a finales de 2017. El regreso de Sam y su implicación con la Orden del Fénix habían supuesto una revolución en su vida, y había descubierto muchas cosas acerca de sí misma desde entonces. Y por extraño que pudiera sonar, a pesar de todos los obstáculos que se le habían puesto por delante en los últimos dos años, podía afirmar que estaba conforme con sus decisiones.

A fin de cuentas, habían sido suyas, y no de su padre.

—¿Y tú? ¿Tienes una vena rebelde? —le preguntó con un tono de voz cómico, para luego beber otro sorbo de su té. No era una pregunta totalmente seria e, igual que ella, no esperaba que Joshua le pusiese ningún ejemplo concreto.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Joshua Eckhart el Lun Feb 24, 2020 10:59 am

Era curioso cómo, poco a poco, iban descubriendo cosas en común. Como el hecho de que los padres de ambos despreciasen la carrera de Magizoología, por mucho que hubiera reconocidos magizoólogos en la familia.

Creo que ya pasamos el paso de “lo que puedan decir” —confesó, exhalando despacio. De lo contrario, probablemente no estaría ni siquiera en la carrera que estuviera; al menos profesionalmente, de alguna manera había logrado imponerse—. Mi padre no me dirigió la palabra por meses cuando entré a la universidad —se encogió de hombros.

Su intención no era la de victimizarse bajo ninguna circunstancia; ya había pasado mucho tiempo de eso, pero recordaba, en su momento, cuánto le había afectado la ley del hielo. Al final, creía que había valido la pena. La vida, muchas veces, era eso, simplemente: llevar a cabo una serie de decisiones, pasarlo mal de vez en cuando, esperando que llegase el día en que decidiera que había, de hecho, valido la pena.

Si sabía él sobre planes que se iban al demonio cuando uno menos los esperaba… Y eso, sin siquiera imaginar lo que sucedería no mucho tiempo después; bastaba con mirar al pasado y percatarse de la cantidad de veces que había pensado que su vida estaba estable sólo para que, traicionera cual río rápido, cambiase su cauce y lo hiciese estrellarse contra una saliente.

En sus palabras, una llamó particularmente su atención: “instinto” era una palabra extraña. Estaba seguro de que ella –o casi nadie- podría darle el sentido que él –o los que eran como él- podían otorgarle. Y eso descuadraba el sentido, por completo, de su oración, por mucho que entendiese el que ella estaba utilizando.

La verdad, lo sorprendió un poco el hecho de que la mujer que solía tener consejos sobre ser uno mismo y hacer lo que uno quería hacer tuviese esa experiencia. Supuso que era eso lo que le permitía dar un consejo, el haberlo vivido en carne propia, y no querer que nadie pasara por ello si podía evitarlo. Lamentablemente, los consejos a veces eran eso, sin la posibilidad de convertirse en otra cosa.

Como era de esperarse, recibió la pregunta de vuelta y de inmediato su mente empezó a maquinar las ocasiones en que había salido a la luz esa “vena rebelde” de la que hablaba Gwendoline. La ocasión que automáticamente vio en su cabeza no era de hecho rebeldía, sino bastante peor que, de hecho, había tenido su karma instantáneo nada más hacerlo. Lo que seguramente era su conciencia no lo dejaría olvidarse fácilmente de Sybella.

Sí, supongo que sí —le contestó, decidiendo que no iba a comentarle aquel dato tan turbio—. No diría que me he “rebelado” contra el mundo, sólo… son cosas que suceden, una decisión imprudente que cambia todo —le dijo, desde su opinión, acariciando su taza para corroborar la temperatura aproximada del líquido en su interior—. Cuando me presenté a la universidad, estaba en el campus, frente a la facultad de Leyes… y cuando me quise dar cuenta, estaba saliendo de la de Magizoología —tomó su taza y la acercó a su rostro, midiendo la temperatura primero del vapor y luego con su labio superior hasta finalmente dar un sorbo, luego de contarle su anécdota sobre cómo había terminado eligiendo su carrera. Por un impulso, quizá de idiotez o de amor propio.

Por supuesto, como buen Ravenclaw, había hecho tantos EXTASIS como había podido, así que había tenido los créditos para cualquiera de las dos carreras. Sólo había presentado el examen de admisión en una, sin embargo, como una especie de salto de fe.

Era, probablemente, la única decisión por impulso que le apetecía mencionar. Debía ser porque era la única que había mostrado hasta entonces un buen resultado.

No una vena rebelde como tal, si lo pensamos bien —admitió, ya que, en el fondo, no lo había hecho precisamente por rebeldía, independientemente de que no fuera esa la cuestión—. O sí, nunca lo sabremos —se encogió de hombros una vez más, dando otro sorbo antes de dejar su taza.
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