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Evans Mitchell el Sáb Nov 30, 2019 6:57 pm

Era una oficina en el Ministerio, metida en el segundo piso, que entre sus tantos servicios de atención pública —en suma, una salita de atención para el chivato de turno ante cualquier indicio de “traidores”—, estaba encargada del reclutamiento de voluntarios para la causa, que algunas veces tenía el nombre de “defensa ciudadana”, “coalición antidisturbios”, “vigilantes”, y que Evans sólo llamaba “puta cagada en la que me he metido. RIP”.

Como nadie te miraba con buena cara si decidías salirte de tu enrolamiento como aspirante a mortífago —no porque nadie de ahí tuviera linda cara, para variar—, todos los que no habían hecho nada loable de sus vidas desde que se enrolaron, fueron a parar ahí, especialmente si tu padrino no te atendía ni para darte la hora, porque vaya, eras de todo, menos útil.

No era una broma, aquella oficina era parte del pilar de las operaciones anti-terrorismo del Ministerio. Las misiones salían de ahí, a todo cuanto bichejo desesperado hubiera entre las filas de una larga lista de convenidos que habían visto en el voluntariado la posibilidad de un ascenso, o como en el caso de Evans, todavía más desesperado, que lo mantuvieran de “este” lado de la balanza, pero de ahí a entrar en el círculo de los mortíferos o los favorecidos por el gobierno, había todo un trecho.

Eso, señores, era lo que se llamaba, “burocratización”, y era en lo que se había convertido el régimen de Voldemort. Ya no más frikis con capas que se paseaban por los cementerios practicando oscuros rituales de sangre —aunque seguro, eso siguiera sucediendo, porque ya sabes, los viejos hábitos son duros de romper—, ahora si tú querías formar par de “el partido”—eso, era como ser parte de partido. En este caso, un partido único con un líder que era un loco homicida—, te sentabas, te daban un formulario, lo completabas, ¡y gualá!, sólo tenías que esperar la llamada.

El problema era cuando llamaban. Nada allí era sólo por las apariencias, no era un mal chiste con el que Evans pudiera salir de repente, no, esto era en serio. Daba quizá la impresión, de que como habían empezado a usar los escritorios, los archivos, los registros, las oficinas, todo era como parte de una mala comedia, pero lo que llevaban a cabo desde esas oficinas, era genocidio y la gente se había naturalizado a eso, estaban cool con eso, era el sistema, así era la burocracia.

Si Evans estaba en el Ministerio ese día, era porque había recibido la famosa “llamada”. Sólo era por seguimiento, parecía. Cómo le iba en la universidad, cómo se las apañaba entre los estudios y el trabajo, un poco hablar de la vida. No era realmente eso, pero más o menos. “La Central”, le decían, para abreviar, por algo de “Central contra... pantufla, pantufla, pantufla”; muy largo. Al menos, Evans, le decía “La Central”. Se sentó en la mesa de Dave Chillhouse, que tenía su propio letrero sobre el escritorio y una jodida pluma de destellos dorados. Hombre, eso tenía que haberle salido caro.

Había alrededor otros tantos escritorios como el de Dave, ubicados en su propia cabina. Dudaba, sin embargo, que en todos hubiera una pluma como esa. La pluma, no podía dejar de mirarla cuando Dave, el poco simpático Dave, le hablaba. Le iban a asignar una misión de asalto y Evans observó que lo chequeaba con una lista. Era cuando Evans se iba que Dave se levantó primero, llamado por un compañero, y entonces lo hizo. Movido por vaya a saber qué impulso; se aseguró de que nadie miraba, rápido, esquivo, como sólo él sabía, y se hizo con la lista del escritorio del simpatiquísimo Dave, la duplicó de un toque de varita, y se la estaba guardando para irse, pero agarró una última cosa: la pluma, que molaba un montón.

***

—¿Pero ves?, ¿lo ves?—Ni que Ian estuviera cegato, pero Evans hablaba impactado. Luego de hacer un relato completamente tergiversado de la situación en La Central (que los nervios, que el sudor, que se había jugado el culo, que ahí lo estaba mirando todo el mundo)—. ¡Está todo! Lugares, día, nombres—Se refería a los sitios que pensaban allanar por “seguridad”, bajo sospecha de ser alojos de refugiados. Habían hecho un programa con los días y horarios en que se llevarían a cabo, y con los nombres de los hombres a los que podrían a cargo de la misión—. Es que me mata, hombre, de verdad. ¿Lo ves?

Se había instalado, porque Evans tenía esa habilidad, como si estuviera en su propia casa, yendo a sentar el culo en la superficie más cómoda que encontró, y lo que tenía en la mano era, sí, un refresco que nadie le ofreció, pero que en algún momento simplemente tomó, porque se consideraba un invitado, y con derechos.

—Tenemos el enlace con, tú sabes, “los chicos”—dijo—. Hay que dárselo a ellos, pero, tú sabes—Venía hablando como un monje buda desatado que se lleva por delante años enteros de un voto de silencio, pero en ese momento se cortó. Hasta pareció achicarse en el lugar, como quien arruga. Había algo gracioso con esa expresión, esquiva. A veces era un poco nenaza, como diría un jovenazo Evans—. No quería hacerlo solo.
Evans Mitchell
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Ian Howells el Jue Dic 12, 2019 5:19 pm

¿Sabéis ese momento en el que una relación llega al punto de: “la confianza da asco”? Pues Evans e Ian, más rápido de lo normal, habían llegado a esa fase de la amistad bastante rápido, pues ambos eran bastante confianzudos y daban asco siendo confianzudos; es por eso que ahora mismo Evans estaba en casa de Ian, abriendo el frigorífico con confianza y paseándose por todos lados con total naturalidad. Menos mal que al menos respetaba el silencio mágico frente a Alexandra, pues la verdad es que no tenía ganas de enfrentar a la muggle flipando porque existe la magia.

A veces se pensaba en mudarse solo por el estrés de que se enterase, pero luego pensaba que en realidad le caía genial y que sería una pérdida innecesaria de compañera de piso y se le pasa. Además, todavía no se la había follado. ¡Se negaba a pensar que no iba a follársela nunca! Era uno de sus crush. Madurita, tatuada, divertida, tremendamente sexy… ¿qué más necesitaba?

Pero hoy no estaba Alexandra, sólo estaba Evans intentando meterle aquel papel POR SUS PUPILAS.

―¡Que sí, hombre, que lo veo! ―dijo, un poquito estresado.

Estaba estresado por tres cosas, en realidad: primero, Evans hablaba muy rápido, ¿sabes? Además, tenía una voz irritante cuando hablaba rápido, por lo que eso no había ayudado. Además, las otras dos cosas iban ligadas entre sí: aquello era claramente una traición hacia no solo los mortífagos ―filas a las que ambos pertenecían― sino al nuevo gobierno, por lo que volver a ayudar de esa manera a los fugitivos podía acarrear mucha mierda para ambos. Evidentemente el simple hecho de que eso existiera pues le ponía nervioso, ya que lo sabía y ahora estaba en una dilema.

Sin embargo, debía de admitir otra cosa: el hecho de que Mitchell estuviera motivado en seguir adelante con ayudar a los grupos de fugitivos ―sabiendo que era un cobarde cagado―, le motivaba a él a querer ayudarlo y hacer las cosas juntos, como dos buenas personas.

Así que sí, estaba estresado y nervioso, pero él sabía que eso era lo que necesitaba hacer para expiar sus pecados o… algo así.

―Porque eres un cobarde ―le respondió cuando dijo que no quería hacerlo solo―, pero te gusta maquillar las cosas, ¿no? ―Se metió con él, con una sonrisa confiada. Él le roba bebidas de la nevera e Ian se mete con que es un cobarde, así era la relación entre ellos―. Me gusta que cuentes conmigo, ¿sino quién te va a tratar tus ataques de ansiedad cuando estés en mitad de un vagón, encadenado, pensando que vas a morir? ―Se echó hacia atrás entonces en el sofá, cruzando una pierna y poniendo una mueca con la boca, observando el papel con todas las cosas marcadas―. Es un tema muy serio, ¿sabes? Con esto no solo podrán salvar a muchos refugios, sino que además si quieren contraatacar van a tener la posición exacta y la hora de muchos cazarrecompensas del gobierno. En este caso ya no solo estamos ayudando a los que peor están ahora, sino tirando a los leones a los aurores del Ministerio de Magia, ¿lo habías pensado? Dudo mucho que el grupo de fugitivos desperdicie una oportunidad así de atacar al enemigo.
Ian Howells
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Evans Mitchell el Mar Dic 17, 2019 8:05 pm

Se infló en el lugar como el león con melena que era, preparado para una réplica. Que no por nada había sido Gryffindor, eh. Que vale, que quizá lo del sombrero seleccionador era una estafa, pero al menos podía fanfarronear con que había sido de la casa de los valientes, ¿si no de qué había servido llevar el rojo todos esos años? Que por cierto, así fue como entró a la casa Gryffindor, eligiendo por color, y el rojo era su favorito.

—¿Qué? Yo no me maquillo, que no soy marica—disparó, cazando la lógica por la cola, o por decirlo de otra manera, cómo le venía en gana. Daba la impresión de que se sentía muy seguro con su defensa en esa cuestión—. Soy inteligente—añadió, removiéndose en el sitio con un aire de sagrada convicción. Y enfatizó su punto con un dedo en el aireeso hace la diferencia.

Seguidamente se cruzó de piernas y estiró un brazo sobre el respaldo del sofá —que por cierto, ¿le pinchaba algo en el culo o era su impresión?—. Habiéndose echado encima un manto de seriedad, lo que le daba un toque muy madurito, no tardó en volver a aflojar la lengua.

—Y estoy cagado hasta las patas—declaró, como el que te tira el periódico en la mesa con pura indignación partidista. Así de seria la cosa—, ¡y tú sabes que sí!

Evans no bromeaba, eh.

—Digo, sería un idiota si no lo estuviera. ¿Me vas a decir que no piensas en lo que pasó? ¡Me puto medico desde entonces!—exclamó, y enseguida se extrajo un pastillero del bolsillo, adelantándose sólo para mostrárselo en plena cara. Que le diera una buena ojeada—Digo, ¿tú ves esto?, ¿¡lo ves!?

«¿Lo ves?».

—Una pastilla al día, tres si estoy teniendo un día de los cojones. Porque, ¡oh, hello!, ¡tengo la jodida ansiedad!—Se abrió de manos en un gesto, escandalizado, con los ojos abiertos a más no creer. Se parecía mucho a un viejo cascarrabias criticando a la nueva juventud. Por otro lado, por como hablaba, casi daba a entender que se trataba de la peste—. ¡Pero no puedo vivir con esto, yo…!

Se hundió de vuelta en el sofá con un ¡PAF!, peinándose hacia atrás el flequillo rebelde. Que vamos, que le iba a dar algo, que se tomara la presión. Pero en ese momento tuvo un segundo introspectivo para sí mismo, considerando la lógica de Ian, hasta que no pudo más —habrían pasado un límite de segundos—, y explotó de nuevo. Esta vez, más sincero.

Después de todo, si se medicaba, no era porque llevara encima la peste, sino porque, en su caso, la consciencia le hablaba muy alto, y sin con algo no podía vivir Evans Mitchell era con su consciencia hablando más fuerte que su propia voz, o con cualquiera que tuviera ese grado de histeria, para el caso. Un compañero de piso con su mismo carácter sería una aventura, para él, imposible.

—¡Lo sé! Pero te juro, que me vuelvo loco—Y añadió, en una especie de tímido, incoherente tartamudeo, luego de negar con la cabeza como un par de veces (el chico era pura pantomima)—: ¡Siento que me sentiría mucho mejor!, ¿ok?

Casi se diría que criticaba a Ian por hacerle decir tales cosas.

—Digo, me siento una mierda… ¡Y sólo quiero sentirme menos mierda…!

Volvió a recostarse, llevándose el dedo pulgar e índice al puente de la nariz, como un gancho. Diríase que le estaba a punto de entrar la jaqueca. Ser honesto sobre tus sentimientos tenía efectos secundarios, comprobado. Es que vamos, que se tiraba como si se hubiera acabado de correr una maratón (¿emocional?).

—¡Quiero hacerlo!—insistió, y volvió al ataque. Esta vez, con la mente clara, como siempre que estaba  punto de taimar a alguien—. ¡Vamos! Tú también lo quieres, ¿verdad?—Ese tono, tan convincente—. Digo, piénsalo. Esta vez estaríamos del lado de los buenos… ¡Hombre!

Quejándose, Evans se volteó y sacó algo de debajo de su trasero, o mejor dicho, de debajo del almohadón del sofá, era un juguete. Lo suficientemente duro como para que a Evans le incomodaran sus preciosas nalgas.

—¿De verdad?

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Ian Howells el Dom Dic 29, 2019 3:04 am

Él no era científico ni nada de eso, pero sabía que ahora mismo, tal y como estaban las cosas en el mundo mágico, elegir qué era lo bueno y qué era lo malo era totalmente subjetivo, sobre todo desde que habían purista que defendían la paz y pro-muggles que se habían vuelto tan violentos como los propios mortifagos.

Quizás podías juzgar las cosas por «correctas» o «incorrectas», pero igualmente dicho juicio iba a ser totalmente subjetivo, basado en lo que tú creyeras.

Al final, ¿qué era lo que declaraba quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos? ¿Y si realmente a los fugitivos que habían estado ayudando, en el fondo colaboraban con los radicales y éstos en algún punto habían matado o hecho daño a algún ser querido de ellos? Había veces que Ian pensaba que lo más sensato era no hacer nada… pero eso al final le iba a sentar peor: cruzarse de brazos mientras gente inocente libra una batalla tampoco era digno ni honesto.

―Que te maquilles no te hace marica, tío. Un respeto a los maricas. ―Que su mejor amigo era marica, ¿eh? ¡Ian apoyaba a los maricas hasta el final de sus días! Pero él no era marica, que eso quedase claro.

Observó las pastillas que Evans le enseñaba, preocupándose un poco. Veía bien a su amigo, pero también le había visto con la ansiedad a flor de piel y sabía lo mal que podía llegar a pasarlo. Que tuviera que medicarse para intentar evitarlo y controlarlo… era fuerte. Además, esas mierdas de medicaciones siempre tenían efectos secundarios que daban más miedo que los propios síntomas. En esos casos a veces era peor el remedio que la enfermedad.

Ian se apoyó en la pared, frente al sofá.

―Ya lo sé, si yo te comprendo perfectamente… ―Y el hecho de comprenderse tan bien probablemente era el motivo de que hubiera surgido una amistad entre ellos, sino admitásmoslo: ¿en qué universo normalizado Evans e Ian serían amigos? Quizás borrachos mientras se pican jugando al futbolín o al billar. Ahora, sin embargo, habían tenido que vivir cosas muy fuertes en su vida que los habían hecho reflexionar―. Yo también me siento así.

«Mierda» reflejaba bastante bien su manera de sentirse.

Se sentía mierda cuando su compañeros aspirantes intentaba meterlos en sus movidas, cuando tenía que fingir ser purista frente a su madrina, cuando recordaba todas las cosas que había hecho en nombre de Lord Voldemort ―un señor que ni había visto en persona― o el miedo o dolor que habría infundido a las personas luchando en nombre de una persona desalmada. La verdad es que «mierda» era un buen adjetivo para definirse.

―¡Claro que quiero, tío! ―Respondió entonces―. Yo no me drogo para la ansiedad, pero lo estoy pasando mal. Ha llegado un momento en el que ya no sé ni quién es mi amigo ni quién es mi enemigo: voy por la zona mágica con miedo de que alguien me señale y me diga que soy un traidor, ¿sabes? Ahora mismo no me siento seguro ni con los pro-muggles ni con los puristas, ¿por qué debería sentirme seguro en ningún bando si he hecho cosas feas para los dos? ―Y entonces lo señaló―. Mi única incertidumbre es…

Pero se calló y medio sonrió al ver que Evans sacaba del sofá un cochecito pequeño que pertenecía a Perseo. Ian alzó la mano para que se lo lanzase, cogiendo el cochecito con una de sus manos antes de observarlo.

―Lo único que me preocupa es que si seguimos con esto, vamos a seguir aumentando nuestro cajón de mierda. Puede ser que estemos haciendo lo correcto, ¿pero qué fugitivos saben lo que hacemos? ¿Un grupo de dos personas? ¿Y si de repente nos encontramos con personas a las que hemos hecho daño, no saben que estamos ayudando y deciden acabar con un mal menor? ―preguntó, retóricamente―. Claro que quiero ayudar a la gente que necesita ayuda, solo digo que exponerse de esta manera es arriesgado y, como tú, yo también tengo miedo. ―Hizo una pausa y observó el cochecito, acordándose de Perseo―. Que quiero hacerlo, ¿vale? Sólo déjame dudar y barajar las opciones.

Estaba bastante seguro de que si le preguntaba a cualquiera, sus respuestas serían en la mayoría de los casos negativas. Eris se cabrearía muchísimo pese a su disgusto por los bandos puristas, por el simple hecho de exponerse al peligro, mientras que Laith le diría que mejor no meterse en asuntos tan profundos si puedes ayudar desde un tercer plano. La única que quizás le apoyaría sería Stella, pero ella era fugitiva, ¡ella qué iba a decir!

―¿Has pensado en cómo abordar todo esto o has venido a mí para cerciorarte primero de que era una buena idea? ―Le miró, sonriéndole algo divertido.

Era gracioso verlos, hechos un desastre mental, sin saber qué era correcto o incorrecto, sin saber si actuar o no, sin saber absolutamente nada.
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Evans Mitchell el Dom Ene 05, 2020 12:54 am

«Que quiero hacerlo, ¿vale? Sólo déjame dudar y barajar las opciones».

—No te me pongas cobarde, venga—atacó Evans con los ojos saltones. Algo que, dicho por él, tenía su gracia. Pero Evans no se reía, eh. Su reproche, sin embargo, se parecía más a un ruego, solapado ruego por su parte.

«¿Has pensado en cómo abordar todo esto o has venido a mí para cerciorarte primero de que era una buena idea?».

¿Pensado?, lo tenía pero requeté pensado. Si era el mejor para sacarse ideas de la galera, como un verdadero entendido en la materia. De lo que fuera, desde asuntos de vida o muerte hasta la mismísima legislación mágica.

Por supuesto que había acudido a Ian más por lo segundo que lo primero, de atenerse a una respuesta sincera, pero Evans pasó por alto el detalle. De lo compenetrado que estaba, se sentó en el borde del sofá, con una renovada actitud.

—Oye, imagina que las cosas cambian. Pienso mucho en esto, ¿ok? Y me aterra un poquito más que las cosas como están ahora. Y ahora, tenemos a estos tipos de nuestra parte, ¿no? O a medias, pero sería bueno tenerlos de nuestra parte. Tú no pienses en la gente que necesita ayuda, tú piensa que te ayudas a ti mismo. Es simple—añadió, con una liviandad que no se sabía en qué se apoyaba—. Bastante, la verdad. Le entregamos esta hojita a “los chicos”, y que ellos hagan lo que quieran con esto.

Ese era, aparentemente, todo su plan. Se quedó mirando a Ian con toda la seriedad, mientras que se frotaba las manos. Había un fuego fanático en sus ojos, si lo mirabas de cerca. No mentía con lo de que no podía estarse calmado. Los nervios le chispeaban, y se le percibía pálido y desnutrido, con unas ojeras que te cagas. Sí que se veía como alguien que quería salir desesperadamente de la mierda. Quién sabe, si hasta quizá era capaz de un acto heroico, con tal de poder dormir por las noches y decirle adiós a las noches de insomnio. La culpa hacía maravillas en un hombre.

—Sabemos cómo contactarlos—
añadió, insistente—. Les mostramos que queremos ser buenos samaritanos, y esto puede salvarnos el culo en el futuro. Piensa en el futuro. Tienes un hijo, ¿verdad?—No sonaba a extorsionador profesional pero ni de coña—. Como que tienes que pensar en el futuro, ¿no? Digo, se supone que es lo que hacen los padres. No lo sé, porque el mío era una mierda. ¿Pero qué me dices del estigma, eh? ¡Y tu novia! O tu amor lesbiano, lo que sea. Stella. Te dije que es mi amiga, ¿verdad? Piensa en sus cejas señalándote, porque las tenía gruesas. Y era desagradable cuando te miraba, toda enojada. Recuerdas eso, ¿verdad? Por eso, despéjate las dudas y sólo… acompáñame. Sólo hagámoslo, y ya veremos con qué tengamos que lidiar.

El "nos" estaba muy presente en su discurso. Sería simple, pero no podía hacerlo solo. Tenía que arrastrar a Ian.
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Ian Howells el Lun Ene 13, 2020 12:22 am

Escuchar a Evans le metía en un conflicto social interno. Una cosa era incuestionable: razón tenía, al menos un poco.

Si uno miraba al futuro solo había dos opciones plausibles: que todo siguiese tal y como estaba hasta ahora o que, por algún motivo inescrutable ―pues Ian consideraba que la causa «rebelde» estaba bastante perdida―, consiguieran derrotar al gobierno actual y a Lord Voldemort para poder volver a un estado de relativa normalidad. Y matizaba lo de “relativa normalidad” porque consideraba que después de los años que habían vivido, uno ni ya debía de saber qué era normalidad y sería de necio esperar que todo volviese a ser exactamente como era antes. Un cambio de gobierno a estas alturas haría que las familias con reputación purista llegasen a encontrarse en una situación realmente peliaguda…

Sin embargo, en ambas opciones, tanto con el posible cambio como con el hecho de que todo siguiese así por años… Ian se veía motivado a ayudar. Por una parte si existía ese futuro del cambio, era importante que los actuales enemigos del gobierno supiesen quiénes NO eran realmente unos enemigos, mientras que de seguir estancados en la horrible situación en la que se encontraban… lo más sano ―al menos para la cabeza de Ian― era apostar por la ayuda a los que realmente lo necesitaban.

Ahí en donde lo veías, a Ian le dolía ―no tanto como a otros, por supuesto― cómo habían sido tratados ciertos fugitivos, como por ejemplo y sin ir más lejos, Stella. Al menos con Stella había conseguido recuperar el contacto, pero había personas de las que todavía, tres años después, seguía sin saber absolutamente nada. A veces se ponía a pensar y… le dolía imaginarse las infinitas posibilidades. Sin ir más lejos: Rhea Jackson, la Hufflepuff con la que tan bien se llevaba. Desde que el gobierno cambió, no supo nada de ella y no había habido manera de intentar contactar. No sabía si estaba muerta, si estaba escondida en algún lugar, si se había visto obligada a huir del país, si estaría en el Área-M…

Y no, no le parecía justo nada de lo que estaba ocurriendo porque Rhea, por mucho que fuera hija de muggles, no se merecía nada de eso.

―Tienes mucha fe tú de que la cosa vaya a cambiar a corto plazo, ¿no? ―Le lanzó la pregunta, cruzándose de brazos―. ¿Y si no lo hace, qué? ¿Y si el gobierno actual dura durante una década? ¿Te vas a convertir en un traidor durante diez años en donde no sabes que podrá ocurrir?

Evans le hacía gracia, así que le había hecho esa pregunta más que nada para ponerlo nervioso. Se había dado cuenta de que su amigo más que seguir una causa honorable, sencillamente porque era lo correcto, lo estaba haciendo por miedo al futuro, como buscándose una manera de salvar su propio culo cuando todo se volviese negro para los partidarios de Lord Voldemort y el gobierno purista.

Lo cierto es que aunque no era el motivo exacto por el cuál quería hacerlo él, le parecía un motivo igual de válido. Siempre y cuando hicieras lo correcto, ya a estas alturas le daba igual el motivo mientras no hicieras daño a nadie en el camino…

―Yo quiero hacerlo ―le dijo claramente―. Lo único es que le tengo más miedo al presente que al futuro, pues el futuro todavía no existe. Le tengo más miedo a lo que me pueda pasar a mí y a los que quiero ahora mismo como consecuencia a mis acciones que lo que pueda pasarme si todo llega a cambiar. ―Con Evans había adquirido muchísima confianza en ese sentido, pues ambos habían pasado por un momento muy traumático y habían podido abrirse en un tema que era muy complicado de tratar con otras personas.

Sonrió un poco cuando le mencionó a Stella y sus cejas gruesas mirándolo enfadada, pues era algo MUY HABITUAL entre ambos.

―Está bien ―aclaró finalmente, aunque todavía no sonaba cien por cien convencido. Él ya había llegado a la conclusión de que algo así no podía convencerlo al cien por cien, pero sin duda alguna le convencía más que quedarse sin hacer nada―. Voy a llamar a la lechuza.

Evidentemente no tenía lechuza en su casa, pues Alexandra fliparía pepinillos si veía que Ian tenía como mascota a una lechuza adiestrada para mandar cartas, por lo que la dejaba libre y, con un sencillo hechizo, la llamaba cada vez que la necesitaba. Era una lechuza de la familia Howells, pues él tampoco es que tuviera una personal para él.

Le pasó el mando de la televisión a Evans por si quería ver algo en lo que llegaba, mientras iba a su estudio a coger un folio y un bolígrafo. Volvió al salón y se sentó a su lado, escribiendo una carta simple y concisa.

«Somos “Los de la Ansiedad”,
Tenemos información importante que compartir con vosotros.

Lugar y fecha, gracias.»

Se lo enseñó a Evans para que estuviera de acuerdo con lo que había puesto, antes de doblarlo varias veces para cuando llegase Frederica, la lechuza de la familia. Evidentemente nunca utilizaban sus nombres reales por si acaso hubiera algún tipo de intercepción en el correo, además de que con la gracia Ian y Evans se habían quedado como “los de la ansiedad” para el grupo de fugitivos ese.


***

La cosa había ido así: Frederica tenía que ir al Parlamento Inglés, en la parte esquina oeste, en donde siempre estaba la lechuza Olu, la cual pertenecía a los fugitivos. Frederica le daba la correspondencia a Olu y éste se iba, se las llevaba a sus dueños y luego volvía con una respuesta, Frederica la cogía y se la llevaba a Los de la Ansiedad.

Al principio la comunicación había sido diferente mediante un buzón mágico, pero al final habían optado por ese método que si bien era más lento, era más seguro para ambas partes porque se ahorraban saber cosas que no necesariamente debían de saber.

Así que una hora después, llegó contestación. Se notó que quién había contestado había sido la mujer que había conseguido que Evans parase con ese ataque de ansiedad.

“Hola, “Los de la Ansiedad”, cuánto tiempo sin saber de vosotros.
En Foxcroft Play Area, en la calle Cunningham Hill Rd.

Nos vemos a las 21:30. Invitáis a cenar; seremos dos.”

Ian y Evans habían leído aquello a la vez, quedándose con cara de: “¿Nos acaban de pedir que llevemos la cena?” para mirarse sin saber qué decir. Ian, por su parte, debía de admitir que tan buen rollo por parte de los fugitivos le hacía tener confianza y tranquilidad, pero aún así no podía evitar sentirse extraño.

Estuvo a punto de hablar, hasta que:

―¡Menuda vieja piruja… siempre igual…! ―Se quejaba una voz femenina tras abrir la puerta de la entrada.

Ian, rápidamente, le dio una mini-patada a la pobre Frederica, la cual salió volando a la habitación de Ian para poder huir por la ventana. No fue una patada dolorosa, más bien una patada de: «corre, bicho, corre».

Alexandra se quedó sorprendida al ver a Ian y Evans, tan monos y silenciosos, en el sillón, observándola como si estuvieran viendo un fantasma. Si Alex no tuviera tan claro que Ian no era hetero, sino el líder de la cúspide heterosexual, se hubiera pensado que había entrado en un momento íntimo y quizás un poco incómodo.

―¿Qué os pasa? ―preguntó.

―¡Nada! ―Ian se levantó, guardándose el papelito en el bolsillo del pantalón vaquero―. Estábamos hablando de salir a cenar y tomar unas cervezas.

―Pero hoy es martes.

―Los martes son buenos días para tomar cervezas.

―Suerte la tuya, yo me voy a meter en la cama y no voy a salir hasta mañana. ¿Te puedes creer a la vieja de la casa de enfrente? ¡Me ha echado la bronca mientras venía porque el otro día se asomó a la ventana y vio a Oscar cagando! ―Oscar era el perro de Alexandra, el cual se pasaba gran parte del día ignorando a los humanos y durmiendo en la habitación de la muggle―. ¡La muy…! Si no recogiera sus grandes ñordos de mierda podría entenderlo, ¡pero los recojo toditos!

―Es una amargada, le falta un buen polvo.

―¡O VEINTE! ―Se quejó, dejando las cosas en la entrada para ir a coger la tableta de chocolate a la alacena y mirar a Evans―. Hola, Evans ―añadió, más tranquila.

Alex conocía un poco a Evans, pues éste se había hecho últimamente un visitante asiduo a la casa de los chicos.
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Ian HowellsInactivo

Evans Mitchell el Miér Ene 22, 2020 2:56 pm

«¿Y si el gobierno actual dura durante una década? ¿Te vas a convertir en un traidor durante diez años en donde no sabes que podrá ocurrir?».

El bocazas quedó boquiabierto, por primera vez sin respuestas. Y es que era verdad, Evans se aferraba con tesón a la fuerte convicción de que aquel gobierno tenía que acabar de una vez por todas, más temprano que tarde. Era de esas personas que se decía “Mucho no puede durar, ¿verdad?”. Esas personas que, sin saberlo, habían inventado las dictaduras sometiéndose sin más, y esperando a que un milagro suceda.

Ian lo tenía acorralado.

—¡Bueno, sí!—exclamó—. ¡Una década, hombre, eso es…! Insano, te digo. No estás ayudando mucho a mi ansiedad ahora mismo. ¿Tú de qué puto lado estás?

«Yo quiero hacerlo».

Evans reboleó los ojos automáticamente, porque en serio. Tanta vuelta para soltar al fin algo coherente. ¿Es que no podía empezar por ahí? Que lo ponía nervioso sólo por jorobar, eh.

Pero las palabras de Ian eran un asunto muy serio. Ahora, el caso era el siguiente: ¿Estaban seguros sólo por hacer que nada pasaba? Bueno, que Ian era un purasangre, eso lo respaldaba, ¿pero acaso todo su mundo no se había visto cada vez más amenazado, invadido por una mentalidad asesina?

El problema era pensar que podían escaquearse de la situación de mierda, como cualquier otro ciudadano normal, que tampoco. A Evans no le iba mucho la política ni la militancia, ni el “revolucionados, podemos”, pero cuando las cosas se ponían tan negras y empezabas a entender que los problemas que intentabas ignorar a toda costa se filtraban en lo cotidiano, en tu vida, cuando no te quedaba otra que darte contra la pared de la realidad, te cuestionabas.

Nadie estaba completamente a salvo.

«Está bien».

Evans respiró, al fin, más tranquilo, como si al lanzarle el fardo de la responsabilidad —era un miti y miti— a otro lo embargara de todo el alivio del mundo. Atajó el control remoto por inercia, y aunque al principio no entendió muy bien para qué o por qué —era como un mono preguntándose para qué sirve una palanca—, le dio al botón e hizo lo que siempre hacía frente a la tele: zapping.

—Oi, ¿pero te crees que me puedo estar tan tranquilo mirando tele?—dijo, en una queja débil, con los ojos pegados en la pantalla. Los canales pasaban frente a él en un parpadeo, y deteniéndose en uno, sonrió y se hundió en el sofá, de lo más cómodo—. Pero hay que ver… ¿Mmm?—Se distrajo mirando la carta. Sus cejas se fruncieron a la de tres—. ¿Los de la ansiedad?, ¿de verdad?

***

¿En una plaza infantil?, ¿de picnic? La mirada que Evans intercambió con Ian no fue tanto de “¿Qué carajo..?”, sino de “No me mires a mí, yo nunca invito a menos que sea gratis”. Lo cual era verdad, a medias. Había que ver lo gorrona que era la gente, eh. Refugiados y todo, pero para gorrones, mandados a hacer.

Alexandra entró en la habitación.

Ni siquiera cuando la compañera de piso de Ian dijo “los recojo toditos” a Evans le quedó muy claro si Oscar se trataba de un hombre o de un animal, aunque te daba a entender que era de lo peor de los dos.

—Suena como una piruja—saludó, dándole la razón. Y como él mismo tenía un perro y sabía de viejas pirujas, añadió—: Yo tengo esta vecina, que es literalmente una bruja—Y lo era, sí, literalmente. A Evans siempre le hacía gracia el doble sentido—, y ella odia a Dager porque. Es mi perro, ¿ok? Y esta vieja es como alérgica, pero no alérgica a los perros, alérgica a la alegría, ¿sabes? Las viejas pirujas son todas así, sólo saben quejarse.

Evans, el viejo pirujo, hablando sobre la vida, se levantó con intenciones sospechosas, echándola una ojeada a la cocina. De nuevo intercambió miradas con Ian, pero más hecho a la idea, no sólo de que un par de fugitivos iban con todo el buen rollo en plan “tengamos una cena”, sino que tenía hambre, mucha, y se llevó una mano al estómago plano que tenía, al tiempo que habló.

—¿Qué hay de unas hamburguesas?
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