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Evans Mitchell el Miér Ene 22, 2020 11:09 pm



Let The Bell Ring

BruHaHa, no era una risa, pero era la idea, ¿sabes? El nombre del bar. El dueño era un tipo divertido, si por divertido se entendía un hombre que pasaba los, ¿cuántos tenía el bueno de Ruby?, bueno, que tenía edad —era un anciano canoso, siempre con una sonrisa de oreja a oreja y con el peor de los gustos en camisas playeras—, y se hacía él solito toda una conversación riéndose de sus propios chistes.

Como el nombre del bar, ¿ahora se entiende?, ese era otro de sus chistes. Como jefazo no era un mal tipo, había que decirlo, o bueno, no estaba tan mal, pero las risas que se gastaba contigo no eran de idiota, eso sí que no. Lo que a Evans lo tenía harto era esa manía de traer a músicos de la calle para que te den un show, literalmente, de muerte.

Quería hacerles creer que se dedicaba a recolectar grandes talentos de la calle como si se tratara de alguna clase de mecenas delirante, pero la verdad es que lo hacía porque no le costaban ni un knut. Esto no era siempre así, porque había shows que gustaban, pero Evans solía meter a todos aquellos músicos con grandes sueños dentro del mismo saco.

Por suerte, lo de fracasados jugando a ser músicos ocurría durante el turno nocturno, y esa semana sólo atendía mesas por las tardes. Ese día parecía tarde de cementerio, y Evans no podía estar más contento con tanto muerto, lo cual era lo mismo que decir, que había poca clientela y él tenía todo el tiempo del mundo para tocarle las narices a su colega, Jackson.

Ah, Jackson.

—Aquí dice—Leía, El Idiota, volcado sobre la barra y con la nariz pegada a una revista de variedades—que tengo que cuidarme de los accidentes, si no quiero tener una desgracia este fin de semana.

—¿Y tú sabías…?—Evans se recargaba de espaldas, acodado en la barra y con las manos colgándole sueltas, con naturalidad. Visto así, parecía un sujeto sin preocupaciones—. Que si cruzas una calle, ¿vas a llegar al otro lado?

—Escéptico, ¿eh? Vamos a ver qué dice el horóscopo sobre ti.


—Oh, no te molestes. Tendré una vida muy, muy larga, siempre que me aleje de las pavas calientes.


—Bueno, casi. Dice que tendrás un accidente que hará que se te pare el corazón. Eso no suena a vida larga para mí.

—¿Qué?—Evans giró el cuello ojeando la página de la revista, y fingió indignación— Esos horóscopos vienen cada vez más deprimentes, ¿no? Te hace pensar que no le pagan suficiente al tipo. O a alguien lo ha dejado su novia, ¿no crees?

—Hablando de lo cual—Jackson se animó visiblemente—. Hoy es el día.

—¿Qué?

El rostro de Evans expresaba genuino desconcierto. Tenía una forma de arrugar el ceño que casi parecía una amenaza, la costumbre de ser siempre muy ceñudo.

—La invitaré a salir.

—¿Qué?

Por segunda vez, no tenía idea de que estaba hablando.

—¡A la chica!

La exasperación, la exasperación.

—¿Qué chica?

Jackson reboleó los ojos.

—¿Tú alguna vez escuchas cuando te hablan? Te hablé de ella, hoy, ayer…

—Oh, “la chica”—exclamó. Y añadió, con esa condescendencia que se tiene con los niños  o los locos—. Tu chica imaginaria. ¿El horóscopo dice algo sobre ella?—Evans arrastró la revista hacia su lado, ojeando de nuevo la página—No. No hay ningún amor en tu vida. De hecho, dice “rema con cuidado”, ¿qué carajo? ¿Por qué tienes un remo?

—Es una expresión.

—Lo sé, listillo.


La campanilla.

Siempre que un nuevo cliente entraba por la puerta, se oía el tintineo de la campanilla, y Evans giraba el rostro por inercia. Solía chequear rápidamente y pasar a otra cosa,  pero esta vez no apartó la mirada.

—¡Es ella!—Oyó que Jackson le susurraba a su costado—Su mesa es mía. A la mierda con el horóscopo.

—Tú sí que tienes algo raro por los pandas, hombre—observó—. Sólo mira esas ojeras.

—¡Oh, callate!

Evans se sonrió.

—Espera—Hurgó en el bolsillo de su camisa, y le tendió a un apurado Jackson un caramelo—Que no digan que dejé que mi amigo se acerque a su cita con aliento a mierda.

—¿Qué?, ¿en serio…?

—Sí, sí. Tú sólo prueba. Es instantáneo. Una mentita.

Jakcson probó el caramelo, y sí, sabía a menta. Se lo tragó, agradecido, y se mandó de boca hacia su cita, seguido por la atenta mirada de su inestimable amigo. Aunque con amigos como esos…

Al rato, Jackson sorprendió a “la chica”, con un detalle. Sabía qué café le gustaba, había adivinado sus medidas, Jackson era un sujeto tan aplicado.

—Hola—
sonrió de oreja a oreja—. Imaginé que querrías, ¿lo de siempre?—Tenía un cartelito en todo su rostro que además decía “Y lo he recordado, por ti”—. Me preguntaba cuándo…

Había comenzado a sentir un leve calor en toda su cara, pero no le prestó atención. O más bien, pensó que se debía a los nervios. Lo que no esperó, fue soltar humo por las orejas como una pava hirviendo.

Evans se acercó a la mesa no bien su amigo, el de la cara como rojo tomate huía corriendo al baño perseguido por una estela de humo. Al nuevo mesero se lo apreciaba profundamente sorprendido, incluso conmovido, por lo inexplicable.

—Oh, mi hombre… Cómo están de graves las alergias estos días, ¿no?—saludó—. Qué desastre, ¿por qué no dejas que limpie esto y yo tome tu pedido?
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Tessa A. Windsor el Sáb Ene 25, 2020 1:01 pm

Let The Bell Ring
Tessa sentía que en cualquier momento iba a colapsar; el problema no era sentirlo, sin embargo: Era que comenzaba a creerlo.
Y es que para ella existían diferencias fundamentales entre sentir algo y creer algo. El sentir, después de todo es algo que no controlas porque depende de demasiadas variables; del clima, de las personas, el ambiente, la política, la comida, e incluso los hechizos que otros puedan lanzar sobre ti para cambiar tu sentir, o cuando menos, para hacerte creer que han modificado o alterado algo en ti. De modo tal que ella no solía estar muy al pendiente de su sentir, y más bien lo ignoraba. Sabía que podía sentir frío o calor, pero más allá de ello se sentía dueña de sí misma, y, por lo tanto, si era necesario lo obviaba todo con tal de salir airosa en aquello que se proponía. No le importaba sentir hambre, o mareos porque se conocía y, por tanto, conocía sus límites; sabía cuánto podía resistir sin que ello le afectase, y a su vez, cuándo tenía que darse un receso -y de cuánto tiempo tenía que ser este. – para nuevamente poder exigirse un poco más.
Y sí, puede que tanto cálculo mental la hiciera parecer una obsesiva, pero es que lo era. A Tessa le desesperaba todo; el mundo en general la ponía de malas con bastante facilidad y precisamente por ello se medía, se controlaba y manejaba las situaciones del entorno que la rodeaba, procurando de aquel modo cuidadoso y cronometrado que nada dentro de su control se saliera de balance.

Aquel era precisamente en problema. Por ello, precisamente en aquel momento se sentía afectada, como superada con la situación. Tenía, después de todo, casi tres días sin dormir, sobreviviendo a base de una hora robada aquí, unos pocos minutos por allá para cerrar apenas los ojos y manteniendo su cuerpo a base de barritas de cereal, café y alguna que otra cosa que le proporcionara unas cuantas horas más de lucidez.
Todo lo hacía, sin embargo, por fines totalmente justificados. Tenía que terminar, no uno, sino tres trabajos para el viernes de esa misma semana, y aunque se esforzaba e invertirles el tiempo y el esfuerzo suficiente, sentía que todo cuanto justificaba con su investigación no daba fines concluyentes; nada a lo que pudiese aferrarse de forma satisfactoria.
Era claro, su opinión, pues los maestros y sanadores con los que se trataba y que correspondían a sus investigaciones la alentaban a creer un poco más en sí misma, a ver el potencial de sus cuestionamientos; resaltaban el potencial que tenía y felicitaban los resultados concluyentes de sus estudios. Era algo que ellos veían, pero que, dentro de sí, la perfeccionista Teressa Windsor no lograba concebir, y por ello se exigía más, cada día un poco más. Se forzaba a dar más de sí a mayor costo y hasta que su cuerpo, agotado y rendido enviaba señales de que ya era suficiente.
Solo que, para ella, nunca lo era. No realmente.

Caminaba así ahora, sumida en sus pensamientos. La bibliotecaria le había recordado de forma amable que tenía cerca de nueve horas sin despegar el rostro de aquel libro del cuál sacaba apuntes como una posesa, y con lo buena que era la mujer, no dudó en decirle a Tessa que, a ese ritmo, colapsaría.
De modo que la forzó a ir a darse una ducha, a descansar, si se podía; a comer algo, pero Tessa apenas y le hizo caso. Salió de la biblioteca a regañadientes, enfurruñada y caminando las pocas cuadras que le separaban de su departamento con prisas y entre palabras sueltas que no iban dirigidas a nadie. Subió los tres pisos que la separaban del departamento a pie, se metió en la ducha con el agua todo lo fría que podía estar, se puso una muda limpia de ropa y pasó por completo de la cama, alegando a su propio organismo que no necesitaba dormir. No todavía. Y de la misma forma pasó de la cocina, pues sabía que no encontraría nada bueno ahí. Se limitó tan solo a tomar algunas cosas de su escritorio, más apuntes, en su mayoría, y con un lío de papeles bajo el brazo y los cabellos rizados y mojados por el agua, salió a nuevamente a una ajetreada Londres, que la recibía como a otro rostro anónimo de pasos apurados.

Toda la transacción le tomó menos de una hora, y por lo que sabía, la señora de la biblioteca no la dejaría volver a internarse en sus preciosos, queridos libros si por lo menos no pasaba unas dos horas fuera de la biblioteca, de modo que, qué remedio. Lo mejor sería comer algo, o cuando mínimo llenar su cuerpo de cafeína para así poder exigirse unas cuantas horas más despierta, por lo que se dirigió a la cafetería que solía frecuentar cuando no tenía nada más que hacer. El BruHaha!, que aun con su nombre horrible se presentaba como un lugar tranquilo con un café bastante decente y un par de mesas apartadas que la dejaban sumirse en una profunda introspección.
Las horas de la tarde solían ser particularmente tranquilas, de modo que Tessa entró sin saludar a nadie, oyendo el familiar sonido de la campanilla que recibía a cada cliente y mientras se iba derechita a una mesa apartada de la esquina, cuyos ventanales limpios dibujaban las calles del callejón Diagon, con sus muchos transeúntes danzando de acá para allá sin ton ni son.

Tessa los observó por un largo minuto, los papeles abarrotados con su letra sin sentido yendo de acá para allá y esparcidos por la mesa, y al tiempo que, de la misma forma, aquellos rostros anónimos se paseaban por el mundo, ajenos a las vidas de los restantes; probablemente ignorantes a deseo de sus problemas, de sus alegrías o de sus necesidades.

Sus pensamientos, aun cuando trataba solían divagar en sin sentidos cuando les daba la oportunidad, especialmente cuando estaba cansada, y aquel día estaba que colapsaba. Tessa sentía el pulso acelerado bajo la piel, la garganta seca y los ojos hinchados de sueño. Se debía una noche de reposo, puede que incluso más, pero es que no podía ceder, y eso era lo que vez tras vez se repetía. Ya podría el sábado dormir, si es que acaso su propia ansiedad se lo permitía, pero justo ahora, en aquel momento, tenía que terminar aquella desquiciada investigación, aquel informe sobre los nuevos usos y propiedades de la mandrágora autumnalis para la revitalización de partes del cuerpo deformes y tullidas… Se debía a sí misma por lo menos unas cuantas horas de investigación más antes de…

…De colapsar. Necesitaba café para mantenerse en pie. Necesitaba algo de comida. Combustible para que su cuerpo no le reclamase el paso de las siguientes horas de investigación.

De modo que se giró, buscando al camarero y encontrando a dos chicos a la altura de la barra que hablaban entre ellos con aparente indiferencia. Uno de ellos parecía particularmente nervioso. No dejaba de frotarse las manos contra el pantalón y hablaba de forma efusiva, aun cuando Tessa no llegaba a escucharlo desde la distancia; el otro parecía mucho más calmo que el primero, pero tenía una sonrisa como la del Gasto Chesire que se le subía hasta los ojos, aun cuando trataba su gesto de realzar indiferencia, con lo cuál solo lograba poner ligeramente nerviosa a Tessa, que los observaba con interés, esperando a que alguno de ellos fuese a atenderla.
El chico con la sonrisa de Chesire tendió entonces al otro algo, una pastilla que de inmediato el primero tragó y tras lo cual, como si se armara de valor para la guerra, dio una profunda inspiración. Tess le vio subir y bajar los hombros al tiempo que inspiraba y mientras, con paso decidido, casi firme, como de soldado, el mesonero tomaba una bandeja, colocaba una taza sobre ella y caminaba directo hacia ella.

Y a su vez, Tessa, que se llenaba con curiosidad ante la escena le vio pararse frente a sí, todo alto él, todo nervios, con el labio inferior temblando ligeramente. Tenía una taza de café expresso sobre la bandeja, y una voz suave que tenía un leve temblor al final de la entonación.

Teressa le observó curiosa, con el mentón apoyado en una mano; el rostro ligeramente ladeado y la ceja alzada a la hora de oír la declaración del otro sobre…
Excepto que no terminó de hablar, pues de la nada comenzó su rostro a ponerse rojo como un tomate; rojo como si el sol del mediodía de verano le estuviese dando en toda la cara y al tiempo que de sus orejas comenzaba a salir vapor, como una tetera cuyo contenido rompe a hervir.
Y de inmediato echó el otro a correr, dejando la taza sobre la bandeja, y la bandeja sobre la mesa al tiempo que su contenido se derramaba y mientras Tess recogía sus papeles, no con desesperación, pero sí con rapidez, evitando que estos se quedasen empapados con el café.

El segundo mesero, aquel que trataba en vano de contener la risa llegó entonces. Su voz calma, su entonación tranquila, teñida apenas con una ligera nota de diversión al final de sus oraciones y mientras sacaba un paño limpio para limpiar el reguero.

- Seguro. – Dijo Tess inalterable, apilando sus papeles y pergaminos con orden y desviando su mirada del chico a la mesa y nuevamente hacia el rostro de este. – Deseo un expreso doble, por favor. Un pretzel de canela… Ah, y quizás, ¿Una menta? – dijo, casi divertida, con una fina ceja alzada y al tiempo de mirar al chico con interés, como esperando a que este captase el doble sentido de su petición. –
Porque entendía a la perfección lo que había hecho, solo que quizás, no de un todo, los motivos por los cuales lo había hecho.
Emme



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Evans Mitchell el Sáb Ene 25, 2020 9:54 pm

Let The Bell Ring

Se hizo cargo de la mesa agitando la varita, y así fue como el enchastre se resolvió con un poco de magia. Luego del embarazoso momento que Jackson tuvo que vivir —o más bien, el que tendría que arrastrar por el resto de su vida—, su buen amigo Evans se había apersonado en el sitio con la economicidad de movimientos que se espera de un mesero que tiene esa chispa de la gente despierta.

«Ah, y quizás, ¿una menta?».

“La chica”, no era especialmente atractiva, si le preguntaban. Tenía, sí, un rostro abiertamente expresivo. No hizo más que dedicarle una ceja divertida, pero desde la arruga de sus comisuras hasta el brillo de la mirada contagiaban con una emoción algo más que pasajera. Bueno, la chica no estaba tan mal, de cara. Si te miraba, sentías que era profundamente coqueta. Pero había algo con ella, que tenía más que ver con cómo sonreía, y Evans adivinaba, con su personalidad, y que era lo que realmente lo hacía mirarla.

Evans chasqueó la lengua.

—Oh, no nos quedan de esas—aseguró convencido, y fingió apenarse. Había una cierta teatralidad en sus expresiones—, te la debo. Vuelvo en un toque.

Del otro lado de la barra, ocupado en hacer funcionar la máquina de café —a veces había que darle unos toquecitos con la varita, para sacudirlo, porque se trababa—, Evans miraba por sobre el hombro, aparentemente indiferente. Bobby, el de la caja, contaba distraídamente el dinero mientras hablaba. Era el bueno de Bobby un treintañero con pelada reluciente y anteojos de montura gruesa, con un tatuaje que le cubría todo el cuello. Se encargaba del negocio cuando el dueño no andaba por ahí. Sólo después Evans se dio cuenta de que mencionaba a Jackson.

—¿Seguro que no lo has matado?

—¿Qué?


—No me importa que hagan el idiota, pero eso no ha sido muy inteligente que digamos—observó Bobby, encorvado sobre sí mismo frente a la caja registradora—. ¿Te das cuenta de que has quedado a cargo de todas las mesas?

—Tsk—Evans hizo una mueca—. Sólo está llorando, ya crecerá.

—¿Por qué lo has hecho?—preguntó Bobby, interrumpiéndose por primera vez en su conteo. Levantó la mirada, buscando la taimada expresión de Evans, ese pícaro traicionero. Parecía en verdad interesado—. ¿Sólo por molestarlo? Tienes que estar tan aburrido sin nada que hacer, ¿verdad?—acusó, sarcástico—No me creo que la chica de los pretzels te guste tanto como te gusta meterte con Jackson.

Evans arqueó la ceja en un interrogante.

—¿La chica de qué?

—Ella siempre pide lo mismo—explicó el cajero—. Y tenía que inventarme un apodo. Jackson no hace más que hablar de ella, pero ni siquiera sabe su nombre.

—Oh, ¿en serio?—
Evans rió, armando la bandeja—. Él definitivamente está llorando. No haré sus mesas porque se ha amariconado, ¿está bien?—añadió, yéndose—. Ve a darle una palmadita o algo.

Momento después, se acercó a la mesa de la chica pretzel, y ojeó qué era todo aquel revuelo en el que ella tenía metida la nariz mientras que la ayudaba a hacer lugar para el pedido y servía de la bandeja haciendo un equilibrio que era casi magia. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que se trataba de una chica universitaria.

—Estudiante, ¿de qué?—
prorrumpió en una pregunta, sin rodeos. Y al instante curioseó con una mirada de lo más concienzuda—. No, déjame adivinar—añadió, cambiando de idea—. ¡Oh!, esto sí que es un asco—Evans tomó sin permiso un libro y lo arrastró sobre la mesa, contemplando las imágenes con exagerada impresión—. A ver qué tenemos… Miembros desmembrados, caras de espanto, niños llorando… —Por supuesto que no eran “niños llorando”, sólo raíces de mandrágora, y los dos lo sabían. La malinterpretación era del todo deliberada—. Bueno, o eres una loquita muy rara y empiezas a aterrarme, o eres una sanadora. Bueno, aspirante a.

Evans permaneció de pie, con la bandeja bajo el brazo, y con un único interés aparente: hacer conversación. ¿Por qué? Bueno, él era un sujeto tan simpático, ¿por qué no? Hizo un repaso mental de la situación, y todo estaba bastante claro para él. Chica universitaria, con ojeras, enterrada en sus apuntes…, o bien tenía un examen o una fecha de entrega.

—Así que, ¿para cuándo es la entrega? Asumo que tiene que ser pronto, ¿verdad? Y aunque no quieres saber cómo lo sé, bueno… No pienses que es personal, pero—Evans recorrió a la chica pretzel de arriba abajo con el asomo de una sonrisa, demorándose en aclarar a qué se refería, pero siendo ocurrente y descabelladamente franco al respecto—, tú realmente te ves como mierda.

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Tessa A. Windsor el Mar Ene 28, 2020 1:56 pm

Let The Bell Ring
Una sola mirada de intercambio basta para que entre ellos surja la conexión suficiente como para entender la broma que el moreno ha gastado a su compañero de trabajo. Es parte vista en la ceja alzada de ella, en la sonrisa insinuante que en la mejilla derecha se marcha con un hoyuelo, y de la misma forma en que lo demuestra la mirada esquiva de él, ese brillo delator de los ojos; la forma en la que sus labios, por un solo momento, tan solo por un instante, han estado a punto de curvarse en un amago de sonrisa…
Un breve repaso de su actitud y las formas basta a Tessa para hacerse una impresión sobre el chico, de la misma forma en la que este se hace una impresión de ella por causa de los apuntes, el estilo de vestir y por supuesto, las ojeras delatoras que esconden en profundo e intenso color de los ojos.
Distinto a lo pensado, sin embargo, no son sus comentarios, o tan siquiera su presencia del desagrado de la chica, a quien le basta solo con reírse de la situación para entender que el otro es probablemente un espíritu demasiado enérgico y muy poco dado a andarse con rodeos, lo cuál tampoco es que le venga mal a la chica, que sin inmutarse le deja ir y venir, viendo como limpia la mesa en un parpadeo y al tiempo que ella misma vuelve a desplegar los papeles que tan ordenadamente había ido recogiendo, sumergiéndose por momentos en la lectura de sus documentos y pergaminos, y al tiempo que el otro atiende el resto de mesas y regresa con su pedido.

Es, sin embargo, de pocas tardanzas el hombre, pues antes de fijarse siquiera lo tiene de nuevo encima, solo que esta vez va directamente al grano y se detiene a observar sus papeles, ojeando los mismos y comentando al respecto como si fuesen amigos de toda la vida, y no otra cosa. Al lanzar él sus comentarios sobre las ilustraciones y el contenido de los libros no puede Tessa hacer otra cosa sino sonreír, mirando al chico con interés, el mentón apoyado de una mano, cuyo codo reposa tranquilo sobre la mesa, y mientras tiende la libre hacia el café, que evita beber de momento por estar demasiado caliente.
Le agrega dos cucharadas de azúcar al líquido humeante y se sonríe al escucharle, a toda su diatriba de palabras seguras y confiadas al tiempo que remueve sus papeles, haciendo caras exageradas de espanto, pero más allá de ello, mirando las imágenes con atención.
Y, al observarle ella se hace una idea precisa de que él de alguna forma debe estar familiarizado con el área de la sanación y de la medicina, pues, aunque afirme lo contrario, sus manos no tiemblan al sostener los libros, ni tampoco se aparta el iris de las imágenes con repulsión, de modo que, así sea remotamente, le tienen que resultar familiares.

- Todos los sanadores estamos un poco locos. De otra forma no podríamos soportar la presión de nuestra carrera, pero sí, soy estudiante, aspirante a sanadora. – Bebe entonces un sorbo de café que le quema la lengua y que ayuda a despertarla y mientras le escucha hablar y revolver sus papeles va cortando un trozo de pretzel con los dedos y se lo mete a la boca con parsimonia.
Mastica, le mira con interés, fijándose en los detalles que componen su rostro y al tiempo de permitir, la sonrisa que le curva los labios, se asiente por un momento más ante las confrontaciones del otro.
Es, sin embargo, la expresión pintada en los orbes la que le delata, pues ante aquel último comentario ella se tiene que forzar para no reír.
Le mira entonces con interés, apoyando los brazos cruzados sobre la mesa ante su franqueza y aquella fina ceja se alza un poco más al tiempo de que ella, finge un tono ofendido, de la misma forma en la que él antes ha exagerado antes sus palabras.
Y, sin embargo, es evidente la broma en la mirada, en los labios que pujan por marcas los hoyuelos con las mejillas.

- ¡Pero bueno!, ¿Qué clase de atenciones son estas hacia los clientes? Obviamente, tú no sabes nada de moda. – Dice entonces, apartando la mirada de él por un breve momento y en cambio cortando con los dedos otro trocito tibio de pretzel.
Le vuelve a mirar solo entonces, se mete el trozo de comida entre los labios y al tiempo de masticar le apunta con un dedo, solo para luego chupar el azúcar y la canela que se le ha quedado pegada de las yemas.
- El estilo “Chica universitaria a punto de colapsar” está muy de moda estos días. Que grosero eres al no notarlo. Por lo menos no soy como otras, que se pintan ojeras para parecer que no han dormido; yo sí me quedo sin dormir, para que sea todo natural. Llevo tres días en ello. – Finge un suspiro. – Pero supongo que no todos pueden entender la moda… - Le mira entonces, divertida y tomando tan solo un poco, solo un poco de seriedad en sus palabras. – Tengo entrega de parciales el viernes, así que, hasta entonces, me supongo que lucir como la mierda no será algo meramente opcional para mí. - argumenta, poniendo un poco de orden sobre sus papeles y teniendo amable una mano para que él le devuelva el libro que ha estado hojeando -

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Evans Mitchell el Miér Ene 29, 2020 2:09 pm

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«Obviamente, tú no sabes nada de moda».

—¿Oh?

Evans enarcó una ceja, interrogándola con curiosidad, y lo que sobrevino fue espontáneo. Como esas cosas que no se esperan, que lo toman a uno por sorpresa. Quizá un relámpago, quizá las primeras gotas de una lluvia dulce, tropical. Se trataba de ese sentimiento que te coloca inmediatamente en el presente, acá, y en ninguna otra parte. Dura lo que un instante, y vale todavía más.

«El estilo “Chica universitaria a punto de colapsar”…».

El guiño de humor hizo que sus labios se curvaran con genuina naturalidad. Evans prorrumpió en una risa breve, la sonrisa bailaba en su mirada. En ese momento, reparó mejor en ella, o quizá, sólo de otra manera, diferente. Ella hablaba, y Evans percibía ciertos detalles, en su acento —que se salía de lo aparatosamente británico, y tenía otra musicalidad, más libre, más vehemente—, en cómo se pintaba la luz en su cara, en cómo se las arreglaba para hablar y masticar a un tiempo, con un aire graciosamente coqueto.

«Llevo tres días en ello. Pero supongo que no todos pueden entender…».

—Oh, pero yo lo pillo—dijo, apresurándose a defender su sentido del estilo—. Es como verme a mí mismo, exactamente así. Cuando desearía que al profesor le dé una viruela de dragón o algo—Y añadió, luego de una pausa—: Me gusta. Te queda.

La miraba, y sonrió de repente, con una mueca ladeada.

—¿Ves? Sólo te estaba haciendo un cumplido.

La chica pretzel quería su libro de vuelta, pero Evans no mostró intenciones de devolverlo. En cambio, tomó asiento frente a ella, repantigándose en la silla con los brazos cruzados y el libro abrazado a su cuerpo. Había en su mirada un ligero tinte suspicaz, y el asomo de una taimada sonrisa en su boca.

—Soy universitario también, y sé oler el estrés a la milla. De hecho, esperaba poder hacerte una oferta. Tú sabes, ese café—dijo, señalando la taza con un gesto de cabeza—, no te mantendrá viva. ¿Quizá quieras algo más fuerte?—Arrojó la pregunta con tono inquisitivo, y sugerente—. Como que hago una ganga ocasional haciendo ofertas a estudiantes desesperados, ¿no sé si me explico?

Seguidamente, apoyó el libro sobre la mesa, abierto exactamente en la página que ella había estado leyendo sobre las propiedades de la mandrágora. Se encorvaba sobre la mesa como invitando a su interlocutora a ser parte de aquel aire de complicidad que exudaba a través de sus gestos, su voz, esa tibia punzada en su sonrisa. Era como hacer negocios con el diablo.

Esto podría volarte la mente, ¿lo sabes?—En cualquier caso, daba la impresión de que él sí, y por experiencia—Algunos mastican las raíces sólo “por el viaje”. Loco, si me preguntas. Pero yo, tengo otra cosa mucho mejor—aseguró—. Puedo venderte el insomnio. En una botellita, y a un buen precio—Oh, que comprador—¿Quieres?

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Tessa A. Windsor el Vie Ene 31, 2020 3:01 pm

Let The Bell Ring
Una mirada a sus ojos es suficiente para delatar el brillo de diversión que en ellos se dibuja, traspasando el rostro y tiñendo levemente las mejillas, curvando los labios en un amago de sonrisa que se afianza en los hoyuelos de las mejillas, y que se remarca en la posición relajada de su cuerpo, de hombros caídos y con dedos que, llenos de canela y azúcar, van de sus labios hasta la taza de café y de nuevo al pretzel que con parsimonia come.
El chico del café, aquel mesonero extraño, de humor imprevisto, ha resultado ser una pequeña caja de sorpresas. Una certidumbre con la que no se había cruzado, pero que ahora logra mutar su gesto, de forma usual apacible, en uno que entre relajadas bromas se muestra por causa de su humor; y es que esa chispa que de él emana, tan sencilla, tan viva, tan picante a la boca la hace sentir de repente despierta, sin causa del café, sin tener que disimular que de hecho, está rendida de sueño. Más con todo encuentra refrescante el estímulo que para ella, él presenta: la ligereza de su voz, el acento suave, extranjero para ella, marcado en las vocales, en la risa profunda que ha fluido de él de forma tan inesperada; en los ojos chispeantes, en la broma contenida en el hoyuelo que se marca en su mejilla izquierda…
Y Tessa le ve mientras se mueve, yendo con paso ligero de aquí para allá, evitando su mano cuando ella le pide el libro, mirando a sus ojos con expresión descarada y de desafío y al tiempo que la hace reír con sus comentarios, haciendo que a su vez ella aparte los dedos, que le mire con el mismo gesto pintado en los ojos.
Es quizás cierto lo que dicen, que los ojos son las ventanas que muestran nuestra alma. Los de él son vivos, reflejos de una luz escondida que se enciende como las chispas de una hoguera en medio de la noche; demasiado fugaces para que te brinden la certeza de que estaban ahí; y, sin embargo, tan deslumbrantes que algo dentro tuyo te dice, no has imaginado lo que crees haber visto.

- Justo como cuando quieres que a tu profesor le dé un caso agudo de viruela de dragón. Exactamente así. – Le concede, asintiendo una sola vez y tratando en vano de que la sonrisa que puja por dibujarse en sus labios se disimule. –
Ella le mira una sola vez, gesto interrogante en la mirada, ceja alzada con fina pregunta en el rostro, y con los hoyuelos marcados en las mejillas al tiempo de que la seriedad se desvanece de su piel. A la luz de aquella tarde sus cabellos tienen un brillo de cobre, notable ahora que comienzan a secarse, rizados y cayendo de forma alborotada por mechones que escapan de la coleta rápida que se ha hecho en lo alto de la cabeza. Tiene puesto un suéter que le resbala por uno de los hombros, apenas un poco, rebelando la piel clara y surcada de pecas, y un solitario tirante de la camisa que lleva abajo y que se confunde con el color de su piel.
Ella le mira inquisitiva, tratando de leer entre las expresiones del otro, en los símbolos de su rostro, en la sonrisa mal disimulada de los labios… Le mira acercarse con gesto cómplice, y al tiempo que afirma haberla estado halagando, ella se sonríe.
No se trata de coqueteo. Lo tiene claro. No le habla como lo haría el chico que quiere invitarla a salir, y eso le agrada. El hecho de que se tome un tiempo de charlar con ella por la sencilla razón de que han encontrado un punto en común, bien sea porque se aburría, bien sea porque ha tenido ella algo que llamase su atención, es suficiente para que, a su vez, ella muestre algo de interés en él. En especial porque es una excelente excusa para pasar el tiempo sin sentir que tiene que forzar a su cuerpo a recordar que tiene que mantenerse despierto.

En todo caso, cuando le escucha girar el asunto hacia ambientes de negocio la hace dudar, y por un momento Theressa se pregunta si quizás ha sido la intención del chico todo el tiempo el acercarse para hacer negocios con ella. Puede que esa sea la razón tras su repentino interés, y que sea evidente, tal como ella sabe, que es estudiante, que está cansada, y que, por tanto, él solo quiera hacer un negocio fácil.
De forma tal que Tessa lo mira, apoyando el mentón en una mano, con los ojos claros fijos en él y la suspicacia pintada en todo el rostro.

Está a punto de hablar cuando un sonido les interrumpe, y la puerta del baño se abre de golpe. Un hombre calvo y con tatuajes en el cuello había estado pasando justo frente al baño al tiempo de abrirse la puerta. Iba cargado él con una bandeja repleta de platos limpios que cayó con estrepito al suelo.
Los pocos clientes del local, entre ellos incluida Tessa, voltearon para ver la escena. El mesonero que generalmente la atendía estaba en la puerta del baño, con gesto pálido e ignorando la regañina que le daba su jefe por el desastre hecho. Tenía la camisa arrugada y fuera del pantalón, la frente perlada de sudor y la piel muy blanca, de un tono ceniciento nada sano.
Sus ojos iban fijos hacia Tessa, hacia el chico que a su lado se sentaba… Tenía los labios entreabiertos y parecía a punto de dar un paso en la dirección de ambos.

Más de repente, algo pareció llamarlo con mayor fuerza. La naturaleza, probablemente, porque aun con los gritos del otro hombre, el mesonero se metió corriendo de nuevo al baño, cuya puerta se cerró con estrepito.

Todo ello pasó en menos de un minuto. Un minuto interesante en el que la cafetería pareció sumirse en el silencio. Tessa lo observó todo, en apariencia impasible, pero al voltearse para ver a su acompañante, su rostro reflejaba todas las emociones que le iban traspasando. Desde la curiosidad, hasta la nota de diversión oculta tras su falsa máscara de seriedad.

- Así que… Vendes pequeñas ayudas para los ayudantes necesitados. – Silencio, ella tomó un trago de café demasiado amargo y dulce y se limpio los dedos de la mano libre en la servilleta. Tenía la mitad del pretzel sin comer, pero su apetito por causa del sueño era más bien poco. Comía porque tenía que hacerlo, no porque quisiera hacerlo. – Interesante. ¿Y crees que te saldrán tan eficientes como las mentas? – Preguntó, en apariencia con total inocencia y al punto de verle con ese deje de diversión marcado en las cejas, pero con la seriedad pintada en los ojos. – Porque sí sabes, me lo imagino, que sea lo que sea que le hayas dado a él, probablemente estaba vencido. –
Estiró la mano entonces, tomando su libro, midiendo si él lo dejaba retirarlo de la mesa y observando aquellos ojos vivaces que prendían como los de un lobo en medio de la noche. Era la suya una mirada de lo más interesante.
- De igual modo, creo que paso. Ni por el viaje que me puedan dar las raíces, ni por la promesa de resistir una noche más sin sueño. Confío más en mi cuerpo que en las opciones. – Y le miró, alzando una ceja. En apariencia, completamente seria, pero con un brillo de diversión bailando al final de sus ojos.
Le miró, los brazos cruzados sobre la mesa, la sonrisa mal disimulada en las mejillas, y algo más pintado en los orbes.

- "¿Qué más tienes para ofrecer, chico del café?" - Parecía decir su mirada. -

Ella también sabía poner cara de lobo, voz de tentaciones cuando quería.

Emme



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Evans Mitchell el Sáb Feb 01, 2020 1:08 am

Let The Bell Ring

«¿Quieres?».

Decir que se acordaba de Jackson hubiera sido una mentira, pero el muy pesado se anunciaba solo. Justo en ese momento, en el que Evans venía hablando tan suelto, tan relajado, y tan agradablemente entretenido, Tessa se distrajo. El ruido pudo haber llamado su atención, pero a decir verdad, no lo perturbó lo más mínimo, sino que fue una de esas cosas que suceden sin que lo saquen a uno de su ensimismamiento.

Sabía reconocer el estruendo de platos rotos, por supuesto, cómo no, pero quizá justamente por eso, no tenía nada nuevo para él. Evans sólo se extrañó de que hubiera un mundo alrededor de ellos —como si no estuviera en horas de trabajo, como si los clientes no se empezaran a preguntar dónde estaba el mesero—, y en cambio, se mostró más interesado en observar la reacción espontánea de la chica pretzel, como un ladrón furtivo, un ladrón de instantes.

Sólo después, y perezosamente, ladeó el rostro, por seguirle la corriente a la reacción de ella. Bobby parecía haberse llevarse un mal susto, y se quejaba. Entender que el protagonista en aquella escena, sobradamente embarazosa, era Jackson, su compi, ni siquiera hizo que Evans sintiera algo cercano a la culpa, y era fácil para él desentenderse de cualquier tipo de responsabilidad que pudieran achacarle, o siquiera algún impulso de solidaridad.

Rió por lo bajo.

—Mi hombre—Se expresó en una exclamación por lo bajo, hablando para sí—…

Al volver la vista la frente, la chica —se daba cuenta que todavía no tenía ni el nombre, pero de momento estaba bien sin saberlo, porque de hecho, todo se estaba dando de una forma natural, que le gustaba—, le dedicó una mirada que él sostuvo con una impasibilidad de santo, escondiendo la sonrisa de pícaro, como hombre que no ha roto un plato —no como Jackson, míralo a ése, que vergüenza ajena el hombre. Había entre ellos un mutuo entendimiento, palabras entredichas, un silencio que estaba lejos de ser incómodo. En ese momento, esa chica le gustó mucho.

«Así que… Vendes pequeñas ayudas para los ayudantes necesitados».

—Buen samaritano.


Contestó al tiro, sugiriendo con el tono que se refería a sí mismo. La gran entrada Jackson moría por su intrascendencia. Era increíble lo fácil que le era olvidarse de él, cuando tenías otras cosas en mente, o mejor dicho, a esa chica. Evans era de esas personas que te miraba intensamente a los ojos y no los apartaba. Otros se ponían incómodos, pero no era el caso con la chica pretzel. Le gustó percibir que ella era, como él, esa clase de personas.

«Interesante. ¿Y crees que te saldrán tan eficientes como las mentas?».

Se preguntó qué pensaba ella realmente al respecto. Era intrigante descifrarla. No daba señales de que le molestara, lo cual daba la impresión de que Evans había cometido un acierto con la mentita. ¿Y por qué lo había hecho él en verdad?, ¿por mosquear a un “amigo”?, ¿sólo una broma inocente?, ¿una movida de pirata? Esas preguntas se disolvían en el aire, como la azúcar en la limonada. Evans obvió la indirecta, y fue de lleno a lo que los atañía, y que nada tenía que ver con Jackson.

«…probablemente estaba vencido».

—Probablemente—
señaló, encantador y reservado al respecto. Sólo desvió momentáneamente la mirada, viéndola avanzar con la mano sobre el libro. El libro, que él retenía para sí, un detalle que hasta había pasado por alto. No lo soltó, sin embargo. Ella tampoco lo retiró de sus manos. Sólo resultaba que, casualmente, estaban, en un sentido, más cerca que antes. «De igual modo, creo que paso». Evans se sonrió—Bueno, tenía que intentar. Espera a que llegue la fecha de los finales—Y añadió—. Pero ya sabes que me tienes. Ya sabes, a tu buen samaritano.

La chica alzó una ceja, que en aquel juego de miradas que estaban teniendo entre ellos —un juego en el que admitía que Evans se estaba dejando llevar, como un pluma con la corriente— él interpretó como una invitación a seguir con la conversación. Era una pena que, de hecho, sí existiera un mundo alrededor de ellos, y Evans sintiera que Bobby lo llamara, seguro para darle la lata sobre los clientes desatendidos. No se volteó, pero supo que alargar la espera sólo haría que Bobby se rascara la brillante calva con impaciencia.

—Vale, parece que tengo otros clientes—dijo, como a quien acaban de revelarle una novedad—. Vendré luego a chequear si sigues despierta.

Se levantó y fue a atender otras mesas. No hizo caso de Bobby llamándole la atención sobre el exceso de vómito que retenía a Jackson en el baño de señoras. De señoras, había oído bien. Al parecer, en su urgencia no se había dado cuenta de dónde había ido a parar. Porque todos los inodoros eran lo mismo, ¿verdad? Y como si eso no fuera suficiente, estaba espantando a las señoras. Vaya, con ese Jackson. Que vergüenza ajena el hombre, eh.

Pero Evans no fue a chequear a su compi, sino que para lo único que se mostró servicialmente dispuesto fue para tomar la cuenta de la chica pretzel. Al verla levantarse y dispuesta a irse, se adelantó y le alcanzó uno de sus apuntes que, por obra de azar, quizá, había caído al suelo. Sacando de adentro al caballero que ni su madre sabía que tenía, le sostuvo la puerta para que pasara. Al abrirla, hizo sonar la campanilla.

—Ey—La miró con el asomo de una sonrisa, pero aparentemente serio—. Tengo el fin de semana libre—dijo, como dato, ¿y por qué?—. El sábado, en la plaza, a las seis y media. Estaré por allí. Digo, si por casualidad, se te da por darte un paseo por la misma plaza a la misma hora—Y a modo de despedida, añadió—. No te duermas.

Los sábados, a las seis y media, en la plaza, era cuando sacaba a pasear al perro. Pero eso ella no lo sabía, y Evans esperaba que le surgiera algo más.


Emme


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Tessa A. Windsor el Sáb Feb 01, 2020 2:55 pm

Let The Bell Ring. Part. II
«… No te duermas.»

Era gracioso, una epifanía casi hilarante que él hubiese elegido esas palabras a modo de despedida, ya que después de todo, era lo que había pasado.
Aunque bien, hay que decir que, en defensa de Tessa, era todo perfectamente justificado; y es que en total se había pasado cuatro días completos sin dormir un margen mayor a ocho horas sumadas entre momentos dispersos de aquel tiempo, con lo que, al finalizar el margen de tiempo dado para sus entregas, lo único que pensaba era en dormir. Luego de una semana agobiante como la que había tenido, después de finalizadas las presentaciones, las discusiones, los debates, y ya que todos los deberes estaban cumplidos, o bien en la espera de ser corregidos, decidió ella que realmente no tenía nada mejor que hacer, sino recuperar horas de sueño.
Y fue una lástima, al menos para sus compañeros de carrera, en especial para Derrick, que se había pasado los últimos cuatro días metido de cabeza con ella en la biblioteca, investigando y a la vez haciendo acotaciones puntuales para reforzar el trabajo de una muy quisquillosa Theressa, que de por sí no era de las que aceptaban mucha ayuda a la hora de redactar; más con todo, el rubio había insistido aquella noche que le vendría bien un poco de aire fresco. Salir, quizás, tomar algo con amigos, distraerse…
Pero nada de aquello le había funcionado. Ni una sola palabra se había colado dentro de las razones de Tess, que sin saber cómo había vuelto a casa a pie aquella noche, arrastrando las suelas de los zapatos por las pocas calles que le separaban de su departamento. No recordaba haber abierto la puerta, así como tampoco le daba memoria para pensar en qué momento se había quitado la camiseta o los zapatos. Lo único que sabía es que había dormido casi dieciséis horas de corrido.
Para cuando despertó, el mundo fuera de la ventana se teñía con los tonos suaves que parecen indicar, la tarde está cayendo. Tessa se había levantado entonces sintiendo una extraña y pesada sensación en el cuerpo. Tenía la cabeza llena de algodón, los pensamientos puestos en una entrega que ya había hecho, pero que ella no recordaba haber realizado, y la mano tanteando la mesita de noche, en busca del reloj.
eran las 5:45 P.M.
En medio de su inconsciencia, una parte suya pensó que había algo importante que hacer ese día pasadas las seis… Solo que no lograba recordar el qué. Se levantó como pudo de la cama, sintiendo el cuerpo pesado por el suelo, quitándose los pantalones en el camino. Le dio de comer al gato, se pasó las manos por el cabello y mientras trataba de contener un bostezo se puso a hacer algo de café para ver si…

Café.

Y entonces lo recordó: Tenía una cita con el chico del café.

Mierda.

Olvidando todo lo demás corrió nuevamente a su mesita de noche. Eran las 5:53 P.M. Mierda.

Tan rápida como pudo se metió dentro de la ducha, pero sin encender el calentador, con lo que el agua salió tan fría que le dejó los labios azules. No importaba, de igual forma aprovechó el choque térmico para despertarse. Se lavó el cabello y la piel a consciencia, hasta dejarla enrojecida, quitando de su rostro todos los rastros y símbolos que pudiesen quedar de sueño y con una toalla envuelta sobre los rizos húmedos, y otra sobre los hombros se dirigió al tocador, corriendo de aquí para allá, sacando la ropa a prisas y mientras sus dedos revoloteaban, varita en mano y entre hechizos murmurados. Una palabra por aquí y los pantalones estaban sin arrugas; un movimiento de la muñeca y otra palabra susurrada por allá y tenía los cabellos secos. Una última palabra y la chaqueta que no conseguía por ninguna parte, terminó por aparecer.
Se dio prisa con todo, olvidando por completo la tetera, que de romper a hervir terminó evaporando toda el agua, y al tiempo que Tessa se paseaba como un huracán por la habitación y la sala, rescatando de la mesita del café los aretes que no sabía dónde se había dejado, buscando entre los cajones ese pequeño frasco de perfume que de vez en vez usaba…
Terminó por estar lista, con sorpresa incluso para ella, a eso de las 6:15. P.M., con lo que aun le quedaba algo de tiempo para respirar y salir, lo que le permitiría llegar más o menos a tiempo. Dio un último repaso entonces a su apariencia, convencida de que no iba, ni demasiado formal, ni muy desarreglada y pasando casi por completo del maquillaje. Era mejor lo natural, después de todo. Era lo que le había llamado la atención de él: Que las cosas parecían fluir por sí mismas, sin necesidad de forzarlas.
Metió entonces un par de cosas en su mochila, y solo antes de salir recordó el violín que dentro de su forro de cuero negro descansaba sobre el sofá. Le dedicó un largo minuto de su tiempo y en un último impulso lo tomó, guindando la correa de su hombro y bajando los escalones de dos en dos a medida que sus pasos resonaban sobre los escalones de madera algo vencida.

Fuera, en la tarde de invierno de Londres el frío se acentuaba sobre los caminantes, que apresurados se movían sin siquiera mirar aquello que les rodeaba. Tessa se permitió perder otros tres minutos de su tiempo al detenerse en la cafetería vacía que quedaba en la esquina de su departamento para pedir así un latte con un toque de vainilla y canela, que se fue tomando a sorbos durante el camino y que le quemó la lengua al pasar por su cuerpo, pero que también le dejó una reconfortarse sensación de calor que le recorría la parte interna de la garganta, el pecho y el abdomen.
Una parte de ella se preguntó si quizás todas las emociones intensas eran así, como el café cuando está caliente: Te quema al inicio, en los bordes de su existencia, pero luego te abraza con su calidez al pasar, dejando una tibia sensación, reconfortante, presente en todo lo que toca.

Se dio prisas al caminar, pero no tantas como para llegar falta de aire o demasiado despeinada, aun cuando la brisa soplaba en su contra. Sí se dibujó, sin embargo, una nota de rosado color sobre las mejillas, tal como en los labios que por el calor se acentuaban en el color.
Las manos, que iban desnudas poco a poco se fueron calentando por causa del café, y en medio de la multitud ella alzó el rostro, notando las nubes que grises se iban desdibujando en el cielo. En algún momento del día esas mismas nubes se habían preñado con amenazas cumplidas de tormenta, pero ahora siquiera una leve llovizna caía, lo que hacía que el ambiente se cargase con el rico aroma del petricor, con ese frío que sube desde los adoquines empapados, que te salpica las suelas de los zapatos cuando saltas entre los pequeños charcos, pero que no llega a calarte en la piel con los primeros besos de las gotas de agua fría.
Ella se movió entre la masa de gente, acostumbrada a ser un pez que nada contra la corriente londinense y cruzó en una esquina cercana, bajando por un caminillo de escalones resbalosos que le restaban tiempo a su carrera y llegando a la plaza con apenas unos cinco o diez minutos de retraso.

Y con la vista, de forma inmediata, le buscó.

Sus zapatillas comenzaron a danzar entonces en medio de la tarde, notando la concurrencia distintiva de personas que paseaban, algunos en solitario, otros acompañados. Se reunían en los banquillos, bebiendo té o café y leyendo sus libros; jugaban entre los adoquines, espantando a las aves y correteando tras las escasas hojas caída, y más que nada se oían, a través de la risa de los niños que con la nieve jugaban, que entre los mayores, nieve se lanzaban… había a unas pocas calles de distancia una pista de patinaje, y desde donde estaba, Tessa alcanzaba a ver a las parejas que se deslizaban sobre el hielo. Gráciles figuras en medio de una danza poco sincronizada.

En el centro de todo, una gran estatua se alzaba, pero Tessa rara vez se detenía a admirarla, pues no encontraba en ella nada que llamase su atención. No era partidaria, después de todo, del montón de símbolos que, para remarcar su gobierno, Lord Voldemort había ido dejando a su paso, como pétalos de flores arrancadas por un niño aburrido que destruye lo que toca a su paso.
De modo que se sentó de espaldas a la alta figura de piedra, al borde que delimita el agua congelada, con las piernas cruzadas de forma grácil y con los labios ligeramente húmedos por el café se encontraba en ella. La vista perdida en el cielo, en las nubes, en las ramas desnudas de los árboles…
No le buscaba con la mirada, aun cuando a veces su vista vagaba entre los presentes. No estaba, sin embargo, cargada de ansiedad; sí de un poco de nervios, pero no era nada que tiñese su semblante, nada que perturbase su calma. Sabía, después de todo, que le vería si es que tenía que verle. No era algo que le atormentase especialmente, pero ello se podía deber a que tenía una especie de presentimiento: La claridad de que, al fin y al cabo, le encontraría.

Y puede que después de todo, sus presentimientos fuesen acertados. Casi como si de magia se tratara…

Lo primero que escuchó fue el ladrido de un perro cercano, lo que la hizo mirar, siguiendo la dirección del ladrido y notando a un pequeño perrito manchado que parecía tener demasiada energía para el frío que hacía. Después su mirada subió de inmediato, y entonces le encontró a cierta distancia, al chico del café. Y sonrió a él de forma inmediata.

No se puso de pie, sino que en cambio le miró acercarse. Tenía ella los labios curvados apenas, pero con los hoyuelos igualmente marcados en las mejillas. Con la mirada clara por causa del descanso; esta vez su piel era clara, con un camino de pecas cruzando las mejillas, sin marcas moradas de ojeras bajo los ojos. Los cabellos estaban recogidos en lo alto de su cabeza, pero igual escapaban de su prieto agarre pequeños rizos que le contorneaban el rostro, y apenas había algo de maquillaje en los ojos, delineados por lo bajo de negro; un toque ligero en las mejillas, en la boca…

- Tienes un perro. – Dijo, afirmando lo evidente y poniéndose de pie en el último trecho de camino, para situarse más cerca de él. Se quedó, sin embargo, a escaso medio metro, pues notaba que el pequeño animal no parecía precisamente confiado ante la presencia desconocida. - ¿Por qué no me extraña que tengas lo que parece ser un pequeño y adorable, pero melindroso cachorro? – Apuntó, tomando otro trago de café que le dejó un rastro de crema en el borde del labio superior, y que ella limpió con el pulgar a tiempo de mirar al chico de los ojos vivaces. Él parecía poseer ese rostro impasible pintado para la inocencia, pero que trasluce tan bien las emociones delatoras en los ojos; en las comisuras de los labios que puntan por desmentirlo… - Por alguna razón, te pega. – Concedió. Y aunque él no podría entender que iba su afirmación cargada de dobles sentidos, ella cuando menos sí comprendía a lo que se refería. Al hecho de que aquel gesto cargado de inocencia, de picardía, le iba tan bien como el sol al verano. -
Era una sensación reconfortante, tal como el café. Te quema en las aristas de sus comienzos, cuando acercas mucho la mano a su calor; pero luego se extiende, tibio y de alguna forma, parece extinguir el frío de las estaciones con su presencia.


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Evans Mitchell el Dom Feb 02, 2020 5:30 am

Let The Bell Ring


Era un departamento de soltero, con un reguero importante de desorden, y la indiscutida presencia de un pequeño peludo con patas: peluches aquí, juguetes allá, un hueso “escondido” debajo de una remera tirada en el piso con la inscripción “My dog and I talk shit about you”, y en una esquinita de la sala —rodeada de todos esos tesoros que, de tocar, seguro que te llevabas una mordida—, una mullida camita sobre la que Dager se despatarraba siempre que andaba con ganas de hacerlo, lo cual no era el caso en esa oportunidad.

Porque, como bien quería recordarle a su dueño, aquella era la hora de su paseo. Dager era tan confiable como un reloj y el doble de entusiasta que un cucú. Como todos los días, se había hecho con la correa en la boca mientras agitaba la cola, inquieto, mirando cómo su dueño, indeciso al parecer, iba de un lado al otro, dando vueltas frente al espejo que colgaba en la puerta del ropero. Había vaciado los cajones sobre la cama, que casi recordaba a una trinchera entre el caos de las camisas, los pantalones, las remeras, las percheras sueltas, y hasta una corbata que de tan elegante no parecía colar para nada entre la selección de ropa casual.

Dager observaba todo esto a través de la puerta abierta de la habitación, sentado pacientemente —o más bien, resignado—, con la cola barriendo fuertemente el piso en una muestra de su impaciencia. Con la correa en la boca, se quejaba con un lamento herido, instando al tardón de su dueño a que dejara de demorarse. Desde su perspectiva canina, era tal su extrañeza frente a la situación, que inclinaba la cabecita hacia un lado con una oreja parada y la otra caída, mientras que su corazoncito golpeaba contra su pecho, ansioso por corretear detrás de las palomas.

—Ya, chico, ya va.


Evans chequeó por enésima vez la misma camisa que había botado hacía tan sólo unos instantes, evaluándola de arriba abajo mientras que la sostenía en el aire. En esta ocasión, prefirió desistir del espejo, y se giró hacia Dager, asignándole el papel de juez en  la cuestión que lo hacía volver mil veces sobre el mismo problema: “¿Me veo bien así?”.

—¿Esta?

Dager soltó la correa, y ladró.

—¿No?—Evans probó combinar con una sudadera— ¿Y qué hay de esta?

Impacientándose, Dager ladró de nuevo, con el doble de entusiasmo.

—Sí, esta puede funcionar.

Y otra vez, Evans se miró al espejo. Dager estaba desesperado.

***

En Londres hay muchas cosas que los muggles pasan desapercibidas. Como era el caso de la estatua en aquella plaza de los suburbios, icónica y a la vista de todos, pero que incluso así, escondía un secreto.

Entre los magos londinenses aquel lugar siempre se había conocido como “la plaza Maurie”, en honor a Maurie Johannes, sanadora que en su tiempo halló la cura para una enfermedad mágica infecciosa que se había cobrado la vida de muchos magos.

Un muggle, sólo vería la estatua de una mujer, pero si un mago se acercaba, la bruja Marie le hacía una señal, y lo invitaba a atravesar una suerte de velo, que te transportaba a un escenario alternativo, un mundo dentro de otro mundo.

Sólo que ya no era la estatua de la bruja Maurie, porque ésta había sido una reconocida “sangre sucia”, y en su lugar, el gobierno actual había decidido colocar la carota sin nariz del mismísimo Lord Voldemort.  

Allí fue donde quedaron, o más bien, Evans quedó, para encontrarse con la chica de los pretzels. Después de todo, Evans solía rondar la plaza de los muggles, acompañado de un muy entusiasmado Dager, que olisqueaba todo y a todos, y a veces,  gruñía a la gente al pasar, o aprovechaba que un niño asustado dejaba caer uno de esos pretzels que un vendedor ambulante vendía de un carrito estacionado por los alrededores para zampárselo.

¿Pero irían a quedar?, Evans no lo sabía. La chica podía presentarse o no que, de todos modos, a él no le arruinaba el paseo. O de eso quería convencerse, mientras caminaba. Se hallaba más distraído de lo normal, poco pendiente de los reiterados intentos de Dager por llamar su atención. Hasta ese momento, Evans no había querido darle mucha importancia al hecho de que, en un rincón de sus pensamientos, evocar a la chica lo hacía sentirse impaciente, de una forma que estaba lejos de ser desagradable.  

Pero era consciente de que le ocurría con muy poca frecuencia, quedarse prendado de alguien. Ese era el motivo por el cual no había podido dejar pasar la ocasión de acercarse a ella, sin que nada más importara. Era extraño, pero cuando la vio, sintió la necesidad de hablarle. Se trataba de una necesidad tan fuerte, que de no acercarse hubiera tenido la sensación de que se perdía de algo importante.

Este mismo sentimiento volvió a él cuando la vio de nuevo, esperando. Se miraron y sonrieron en mitad de una bandada de palomas que, espantadas por un Dager que había hecho carrera para atraparlas, se lanzaron al vuelo. El de Evans fue más bien un gesto, truncado, corto, como una risa que se atora en la garganta, pero sincero. Era como un descreído al que le ponían ante sí la evidencia de algo que se pasaba negando frente a los demás, pero que en solitario, añoraba profundamente. Por supuesto, estos pensamientos eran demasiado complicados para él, así que prefirió, prefería, dejarse llevar.

«Tienes un perro».

La chica lo pescó silbándole a su perro para que no se alejara demasiado, pero éste parecía estar muy ocupado saltando en el aire y queriendo hacerse con lo inalcanzable. Le duró poco, sin embargo. Porque ni bien ladeó la peluda cabeza por segunda vez, y se dio cuenta de que un extraño se aproximaba a su dueño dentro de lo que el perro consideraba su territorio —como si alrededor de Evans hubiera un círculo imaginario que si otros cruzaban lo hacía gruñir—, regresó corriendo al lado de su dueño, desconfiando de toda la situación. Se llevó una gran decepción cuando Evans lo puso en su lugar con una queja, como si no entendiera dónde estaba el mal en gruñirle a un desconocido.

—Un crup.


Aclaró él, extendiendo la mano para rascarle la cabeza a un Dager que se colgaba de su pierna como si dijera “esto es mío”.

«¿Por qué no me extraña que tengas lo que parece ser un pequeño y adorable, pero melindroso cachorro?».

Dager ladró a la defensiva, como si supiera que hablaban de él, y Evans se sonrió a medias sin comprender. ¿Por qué debía extrañarle, en todo caso? Y luego ella añadió: «Por alguna razón, te pega», como si las cosas no fueran ya difíciles de interpretar. ¿Es que le estaba diciendo adorable?, ¿por eso de “los perros se parecen a sus dueños?”. ¿Y melindroso? ¿Es que se habían conocido de otra vida y él ni enterado? No, la verdadera pregunta era, ¿por qué melindroso? Evans hizo una mueca arrugando la nariz, y la miró, finalmente de cerca.

—¿Ok?


Inclinó la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, aparentemente sacando conclusiones, cuando en realidad se estaba fijando en lo arreglada que estaba.

—Gatos—concluyó—. Tú eres alguien que es más de gatos,  ¿verdad? Ven—añadió, haciéndole un guiño con la cabeza, pero sin moverse—. Venden pretzels por allá. Y tú eres la chica de los pretzels, ¿lo sabías? No me mires a mí, yo no me inventé el apodo. Por cierto, ¿cómo te llamas realmente?
Emme


Evans Mitchell
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Tessa A. Windsor el Dom Feb 02, 2020 10:01 pm

Let The Bell Ring. Part. II
Una sonrisa autentica, genuina se forma en su rostro al tiempo de sonreír con las afirmaciones del chico, que de inmediato la colocan dentro de su zona de confort. “Tú eres la chica de los pretzels, ¿Lo sabías?”, le ha dicho, y Tessa alza el rostro un momento en una carcajada antes de beber un sorbo de café, que sigue caliente, pero ya no tanto como para quemarle la boca.
Se pasa la lengua por los labios, distraía y limpiando los restos de crema y al tiempo de comenzar a caminar despacio, junto a él.

-La chica pretzel. Interesante. Si quieres puedes comprar uno, pero yo paso. Como pretzels porque están buenos, y tienen canela, lo cual me despierta. Pero suelen ser mi comida de “No tengo tiempo para existir. Debo estudiar”. Cada vez que tengo parciales voy a la cafetería por un pretzel y un expreso doble por eso: Para mantenerme alerta. – Se encoge de hombros y le mira, divertida y notando detalles a la luz de la tarde que quizás no podría notar dentro de la cafetería. Antes han sido ellos dos, más un ambiente de trabajo que llamaba a su acompañante a centrar su atención en otras cosas, pero hoy son solo ellos. O bueno, ellos dos y el perro, que parece más bien un poco nervioso de que el moreno no le dedique toda su atención. –
En cambio, ella no puede decir que le moleste la forma en la que él la mira.
-Del resto, los evito. Comería bagels, pero ustedes no los venden, y el resto del menú no me llama la atención. –
Sus dedos vuelan entonces hacia los cabellos, que juegan sobre su rostro por causa de la brisa que sopla desde sus espaldas, haciendo que el abrigo y la bufanda de Tessa bailen en el aire, y mientras los pasos de ambos se van abriendo camino, de forma lenta y relajada, entre el parque y sus viandantes.
Ella se ha ido acercando a él, poco, pero lo suficiente como para decir que están cerca, lo cual no parece ser del agrado del cachorro, que desde el lateral contrario, no deja de mirarla como si fuese ella el enemigo.

-Igual, si lo que deseas es comer, luego podemos pasar por un pequeño restaurante italiano que hay cerca. Su pizza te transporta a la toscana italiana con más rapidez que la red flu. – Y le sonríe, esperando que él encuentre apropiado que ella disponga de su tiempo por un lapso un poco mayor a solo detenerse para dar un paseo y jugar con el perro.

El perro… Que ha dejado de perseguir a las palomas, y que le mira con cara de pocos amigos.

Tessa le mira y suelta una risita baja. Ligera. Relajada.

-A tu perro… tu crup, no le caigo bien. – Afirma, ignorando la previa pregunta de él. Puede que sean solo imaginaciones suyas, pero la intensidad con la que él parece mirarla cuando la cree descuidada, así como la nota de curiosidad que pinta la ligereza de su pregunta al mencionar su nombre, no se le pasa desapercibida. –
Ella siente algo entre ellos. Un aura extraña, como cuando tienes un imán muy cerca del metal y sientes la fuerza que de uno a otro jala, como si se estuvieran llamando. Tu puedes pasar los dedos entonces entre ambos y no sentirías nada, pero si los sostienen lo suficientemente cerca, sentirás el impulso que de uno a otro, tira.
Lo mismo parece pasar con ellos, pues aunque caminan sin estar demasiado cerca el uno del otro, ella cree poder sentir como si algo, una fuerza ajena, quizás, tirase de ella…

Es algo delicioso de creer. De imaginar al menos, pero decide ignorarlo. La sonrisa pujando por salir de sus labios y al tiempo que bebe otro pequeño trago de café, mientras ambos se encaminan poco a poco por entre los adoquines y caminillos que rodean la plaza.
En medio de todo hay un ambiente casi festivo, con los niños que juegan entre los montones de nieve y los padres, las parejas y los ancianos que entre los banquillos reposan, charlan y leen. Muy cerca de ahí hay tres mesas distribuidas en las que tres parejas respectivas juegan al ajedrez, y más allá se ven las primeras luces de la ciudad, que comienzan a encenderse.
Entre todo hay un ambiente calmo que se pinta de una seguridad que a veces, ella no siente. El día se ha ido deslizando lentamente y hasta dar con aquella hermosa tarde en las que las nubes, antes negras, se comienzan a teñir de intenso rojo, naranja y dorado. Es la misma luz que sobre él se posa, coloreando los rasgos de su piel, pintando sus cabellos de cobre y dando una entonación diferente a los ojos brillantes, como si la chispa hubiese encendido por fin en el fuego.

Y ella le mira, maravillada por el color. Tiene el corazón con su pulso acompasado en la garganta, y lo siente latir a través de la piel, de las terminaciones. Disfruta enormemente de la sensación, y se pregunta vagamente por lo que sentirá él.

Ahora bien… Tengo un gato, sí. – Su rostro asiente y ella mira al frente, deslizando los pies uno frente al otro con suprema lentitud e ignorando deliberadamente la pregunta que él le ha hecho. – Pero me gustan todos los animales. Antes tuve un perro, pero la verdad es que cuando me mudé a Londres, decidí tener un gato. Vivo sola, apurada y no siempre puedo estar en casa, y creo que los perros necesitan algo más de atención. – Se encoge entonces de hombros, da un último trago al café y continúa. -, pero la verdad, siempre me he llevado bien con los animales, tal como con los niños. –

Solo entonces lo mira, se detiene y alzando un poco el rostro, pues él es más alto que ella por al menos dos o tres cabezas, afirma, con una sonrisa pujando por salir de sus labios.

-No hiciste bien tu tarea, chico del café. No sabes mi nombre, pero yo sé el tuyo. Y sé que no te llamas “Menta”. – y sonríe. Solo entonces sonríe de verdad. –
Porque lo cierto es que sí lo sabe. Es, total, una cafetería pequeña, y aunque distraída a veces, ella suele prestar atención.
Es así como sabe que el mesero que se ha ido corriendo al baño la vez anterior por causa de las bromas de su amigo se llama Jackson; sabe que hay otro chico, al que ha visto a veces en el turno de la noche, y que se llama Bill, porque con él ha llegado a hablar una o dos veces, de forma muy casual y puntual.
Y sabe que hay otro, porque lo ha oído mencionar de pasada. Una vez, específicamente, cuando el calvo y tatuado hombre que atiende tras la caja registradora formaba un lío  por algo que el susodicho se había dejado olvidado.
Ese pequeño conocimiento brilla en los ojos de Tessa, que divertida le mira por un momento, como si fuese una niña pequeña que se ha robado un caramelo. Como si tuviese entre las manos, oculto en las palmas, el brillo de una estrella.
Se adelanta entonces, bota el envase vacío de café en un contenedor y le mira de frente, con solo unos pasos de ventaja.
-Pero te diré que: Quizás te diga mi nombre, si es que te lo ganas. De otro modo me tendrás que seguir llamando “la chica de los pretzel…” Y yo te podría decir a ti “Menta”, o “El chico del café”, pero no le veo necesidad a ello… ¿No es así, Evans? -

Emme
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Evans Mitchell el Mar Feb 04, 2020 1:17 am

Let The Bell Ring

«Pero suelen ser mi comida de “No tengo tiempo para existir. Debo estudiar”». Ah, conque era así. Mentalmente, Evans se la hacía como esas estudiantes modelo, ¿sabes? Era por algo que le daba el aire. No tenían mucho —ni cinco minutos, la verdad— hablando, pero ya se imaginaba todo su discurso de persona responsable. Aunque por un lado pensaba que alguien debería decirle que eso no era sano, por el otro, podía identificarse con su rutina de estudiante insomne.

Están caminando, juntos. Echaron a andar codo a codo, imantados espontáneamente a la presencia del otro. Había en Evans un ritmo calmo, natural, que se apercibía de la comodidad con que se acompasaba al paso de la chica, y ella a su vez parecía de las que tienen, muestran, una confianza agradable con la gente. Evans la mira con reservada curiosidad mientras habla.

« Comería bagels, pero…».

—Eso porque no sabes dónde ir—intervino Evans, dándose los aires de un urbanista habituado a las calles de su ciudad—. Lo noté por tu acento, pero—añadió—.  ¿De dónde eres?

Desde su otro costado, Dager gemía por lo bajo queriendo llamar su atención, pero frenado por los gestos que Evans le hacía con la mano, como cuando quieres desprenderte de algo. En esos instantes Dager se interrumpía, pero no obedecía por mucho tiempo.

«Igual, si lo que deseas es comer, luego podemos pasar por un pequeño restaurante italiano que hay cerca. Su pizza te transporta a la toscana italiana con más rapidez que la red flu».

Evans se dijo que podían transportarse a donde le diera la gana, pero que el perro iría con ellos. Su primera impresión fue que no se trataba de un lugar que permitiera perros, y a su juicio, eso era suficiente para no ir. Sin embargo, todavía quedaba grabada en su mente la imagen de una pizza, porque, como era sabida, una vez que te hacían nacer el antojo, difícil frenarlo.

—¿Segura? El perro va con nosotros.


Que quedara claro que la prioridad era su perro.

« A tu perro… tu crup, no le caigo bien».

Evans se distrajo, y le dedicó a Dager una mirada rápida antes de volverse a ella con el asomo de una sonrisa. Habían llegado hasta un carrito ambulante de pretzels, y se detuvo detrás de la cola: dos niños que no se decidían, atendidos por un vendedor con una carota amable y una ancha sonrisa. Evans no les prestó atención, sino que alzó a Dager en el aire, de forma que éste colgara debajo de su brazo. Era tan pequeño que no pesaba nada, o bueno, casi nada.

—No te lo tomes personal—
dijo, frotando a Dager detrás de las orejas—. Nadie le cae bien. No al principio. ¿Me decías que tenías un gato?

Resultó que sí, tenía un gato. De seguro que tampoco estaba equivocado sobre lo de que la chica fuera estudiante modelo. O quizá, “modelo” no estaba bien dicho. Más bien, de esos estudiantes que se llevan a sí mismos hasta extremos inhumanos, como si fueran alguna especie de robot, y que siempre se sacan los mejores dieces. Debía existir otra palabra para eso.

Dager era feliz colgando de los brazos de su dueño. Evans lo acariciaba distraídamente, mientras que escuchaba a la chica sin nombre discurrir sobre su situación personal. No le había dado ninguna importancia especial a que ella, en una distracción, se olvidara de mencionar cómo se llamaba. Sin embargo, cuando la chica hizo una pausa mirándolo directamente a los ojos, y dijo que lo que dijo, lo sorprendió.

—Mi tarea—repitió, como quien estudia un incidente con cuidado. La ceja enarcada hablaba por él, sobre lo muy insólito que le parecía todo el asunto de “su tarea”. Suficiente tenía con un trabajo, ¿por qué le sumaba otro más? Ella decía que sabía su nombre—. Oh.

«Pero te diré que: Quizás te diga mi nombre, si es que te lo ganas… ¿No es así, Evans?».

Le gustó especialmente, que lo llamara por su nombre. Se sintió extrañamente bien, diferente. Evans había tenido que cerrar la boca de Dager con una mano, para que no interrumpiera con un ladrido. “Si es que te lo ganas”, había dicho, mientras que Dager se revolvía inquieto. Vaya a saber qué bicho le picó, pero parecía encendida como preparada para una competencia. Se sonrió, riéndose por dentro. Era su turno en la fila, así que se apartó delicadamente dando un paso al frente, pero sin descuidar la conversación.

—Sólo explícame una cosa—dijo, natural, entre que intercambiaba con el simpático vendedor una serie de gestos indicándole qué pretzel quería, y rebuscaba si monedero para pagar. La miraba alternadamente, a ella y lo que estaba haciendo—. Tú aceptas primero quedar conmigo, pero luego.

Evans, quien maniobraba con las manos ocupadas, recibió el pretzel en una bolsa marrón —a lo que Dager ladró encantado— y entonces liberó a Dager en el suelo mientras que este movía la cola, entusiasmado. Seguidamente, arrancó un pedacito de su pretzel y lo arrojó en al aire, por delante de ellos, haciendo que el perro corriera, persiguiendo su bocado. Sólo entonces, Evans regresó la mirada a la chica, curioso.

—Luego, te haces la difícil con tu nombre. Tú realmente tienes un problema de prioridades, ¿verdad? Tú sabes, normalmente, es como al revés.

Reanudaron la marcha, y Evans se distrajo arrancando pedacitos de su pretzel y arrojándolos lejos, para que Dager los atrapara. En el camino, Dager jugaba con su cola, se tropezaba con una fila de arbustos, y en suma, se mantenía entretenido, y la adrenalina lo hacía olvidarse de la amenaza que la chica sin nombre representaba para su dueño.

—¿Y cómo dices que tengo que ganármelo?—preguntó, sonriéndose. Y añadió—: ¿Sabes? Debes ser de las pocas personas que prefieren que las llamen por un mote antes que por su nombre. Pero está bien, serás Pretzel.


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Tessa A. Windsor el Mar Feb 04, 2020 2:47 pm

Let The Bell Ring. Part. II
Son sus pasos lo que ella mira al andar; no el cielo alto y que se tiñe con miles de constelaciones de color; no el vuelo de los últimos pájaros, que huyen de la noche, del frío. No mira ella a las personas que a su alrededor bailan, gritan, juegan y se mueven con sincronizada desarmonía, sino a él, a sus pasos largos, calmos, tranquilos. Mira el movimiento sincronizado de las piernas, sigue el ritmo de los brazos al andar, del cachorro que a sus movimientos se adecuada, como la sombra que al cuerpo sigue, y a través de sus andares va siguiendo todo lo demás: Las manos que en aire parecen vagar, la sonrisa que se disimula a veces, apenas en la voz cuando le pregunta algo, o bien le afirma algo, y mientras el viento frío de invierno juega con ellos, alzando las bufandas en el aire, danzando entre sus cabellos y besando labios que entre sonrisas, se insinúan más de lo que dicen.

- Soy alemana. – afirma con sencillez, siguiendo por turnos el movimiento de sus pasos y por tiempos, el baile de las propias manos, cuyos dedos se entrelazan entre sí mientras ella va jugando con un par de anillos que lleva puestos. Los hace girar, distraída, siguiendo el movimiento de la pequeña piedrecilla azul al tiempo de hablar. – Me mudé a Londres hace cosa de un año; poco más, poco menos, pero lo cierto es que no he tenido tiempo de turistear mucho. El tiempo se me pasa entre las clases o las asistencias sociales, o el trabajo, cosa que tampoco es que lamente, pero no sé. -Se encoge de hombros al tiempo de alzar la mirada, siguiendo con la vista el vuelo apresurado de un grupo de palomas blancas que escapan del cachorro. – Estos días tendré más tiempo libre, porque la del viernes fue mi última entrega del semestre. Supongo que podré dedicarme a turistear un poco. Quizás vea de buscar dónde vendan buenos bagels. – Afirma, y al alzar el rostro le dedica una sonrisa ligeramente traviesa, marcada por el brillo característico de los orbes azules.

«¿Segura? El perro va con nosotros.»

En su afirmación encuentra ella un motivo adicional para ampliar la sonrisa, y lo hace al tiempo de mirarle con curiosidad, una ceja fina y ligera alzada y al tiempo que la comisura derecha le sigue el juego. Ella observa los ojos del otro, ese ligero ceño fruncido, como si dudase por siquiera un segundo que ella no tenga en claro que su mascota va a dónde él vaya.

- Segura. No te lo he propuesto pensando que vamos a ir sin él. –
Y le miró, por un segundo muy seria, como si acaso fuese ella incapaz de entender de dónde deducía él semejantes locuras.
Pero claro, aunque sus labios eran de expresión seria, la sonrisa seguía bailando sobre sus orbes.

Comenzaron a avanzar entonces en la fila, poco a poco y mientras Tessa veía el mundo pasar a su alrededor. A medida que la noche iba cayendo y las multitudes se retiraban a las distintas actividades que cercanas a la plaza se abrían para el público, Tessa iba observando como todo aquel gentilicio se dividía. Estaban los que se dirigían en solitario, o bien con niños y en parejas hasta la pista de patinaje, mientras que otros buscaban refugio en los vendedores ambulantes y en los pequeños comercios adyacentes para encontrar alguna cena tempranera o algo caliente para beber.
Tessa se abrazó a sí misma, ocultando las manos por un momento bajo el abrigo para calentar un poco los dedos y al tiempo que asentía ante la pregunta de Evans.

- Salem - afirmó al tiempo que se sacaba de su bolso una fotografía en la que se veía al pequeño gato negro durmiendo. – Lo adopté hace algunos meses. Siempre quise tener un gato, pero mi hermana es alérgica. Lo peor de todo es que a ella le encantan los animales. En especial los gatos.
Miró entonces la fotografía por un momento, antes de volver a guardarla y al tiempo que tiene que contener una pequeña carcajada que puja por salir de sus labios ante la interrogante del otro, y mientras nota que, en efecto, él se encuentra de un humor compatible al suyo.
De hecho, se le ve feliz, relajado. Anda junto a ella al tiempo que distrae al cachorro con trozos de comida que lanza al aire para que este los atrape entre proezas, y aunque sus ojos le siguen, tal como la misma Tessa hace, no puede evitar ella el notar que de vez en vez él voltea a verla mientras habla, con ese tono tan calmo suyo… Con esa chispa encendida tras las palabras, tras las acusaciones calmas que le dedica.
Ella, a su vez, se cruza de brazos y endereza un poco los hombros. Evans ha lanzado un trocito de pretzel que el animalillo ha atrapado en el aire, lo que le merece un aplauso por parte de Theressa, que ríe mientras el perro va de aquí para allá, moviendo la cola con entusiasmo y espantando a un grupo de niños que pasaba demasiado cerca de él cuando se lanzaba por un trocito de pretzel perdido en la acera.

- Te diré qué. – Comienza a decir, repasando sus labios con la lengua en un gesto subconsciente y mientras retarda sus pasos, haciendo que él camine también de forma un poco más lenta para poder adaptarse a sus movimientos, cosa que él parece hacer sin dilación ni tardanza. Tessa no le mira al tiempo de hablar, pero la atención recae toda en él, en la sonrisa ligera que se pinta en los orbes, en los hombros relajados y en el rostro, que va de acá para allá, turnando su atención entre el cachorro y la chica.
- Cuando has tenido dudas sobre algo, o bien interés en algo… O en alguien: ¿Han permanecido en tu cabeza durante más tiempo aquellas preguntas cuyas respuestas obtienes fácilmente?, ¿Aquellas chicas que solo caen rendidas a tus pies…? Y le mira, alzando una ceja, alzando los labios en medio de su interrogante. -Si algo te interesa, si alguien te interesa, lo investigas un poco. Te esfuerzas un tanto. Obtener algo de la manera sencilla no genera la misma satisfacción, porque sencillamente, disfrutamos más lo que tarda un poco en llegar. –

“Y sí, con esto quiero decir que soy eso bueno que a veces se hace esperar.”

- Sencillamente, a veces es mejor ganarse las cosas. Los nombres… Son importantes. No deberían ser entregados tan a la ligera. Yo tengo el tuyo, pero tú no me lo diste. ¿Quieres el mío? Pues gánalo. Y si de mientras me tienes que llamar como te apetezca. - Se encoge de hombros. – Pues tampoco es que importe mucho. Igualmente sigue siendo algo entre tú y yo. Algo que tú me has dado. Algo que yo te doy a cambio… -

Se detiene entonces, pues el camino que han tomado les ha ido guiando por las inmediaciones de la pista de patinaje que se ha formado sobre un lago enorme que cruza la plaza y que por el invierno permanece congelado. Hay parejas que de un lado al otro se deslizan mientras la música baila al ritmo de un juego de luces que han colocado donde alquilan los patines.

- ¿Alguna vez has patinado sobre hielo? – Pregunta, cambiando de tema de forma espontanea y siguiendo a una mujer que, junto con un niño, no mayor de tres años, se desliza. Ella tiene el cabello rubio y trata de que el pequeño se mantenga en pie, pero el niño no deja de caerse, aunque no por ello llora. Todo lo contrario, su risa gorgojea en el aire, a ritmo de la música. – Yo amaba patinar, pero tengo años sin hacerlo. – Solo entonces le mira, apartando la mirada de la mujer, que carga al niño en brazos y se pone a dar vueltas al tiempo que este alza los bracitos y ríe. - ¿Te apetecería patinar conmigo…? -

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Evans Mitchell el Miér Feb 05, 2020 4:27 am

Let The Bell Ring


Oh, ¿asistencia social, había dicho? Evans suspiró disimuladamente. La chica debía ser una pesadilla. Tú sabes, la “pesadilla altruista”, esa gente que se esfuerza por hacer quedar mal a los demás mostrándole a todo el mundo lo generosos, lo compasivos, lo dramáticos que podían ser. Que porque los niños se mueren de hambre en las calles, que el calentamiento global, que los ancianos son personas reales. Puros dramáticos.

Era de suponer, sin embargo, que si era alguien de la salud, le saldría con algo así. No todos eran perfectos, que remedio. Evans prefirió detenerse en lo último que había dicho, sobre tomarse un tiempo libre. A su modo de ver, le estaba sugiriendo que estaba abierta a la posibilidad de conocer a alguien nuevo, pensando un poco más a largo plazo. Aunque sea sólo para que le indicaran dónde se vendían los mejores bagels.

Había entre ellos el guiño de la complicidad, y lo que es más, una conversación fluida, aunque hasta el momento era la chica la que hablaba dando detalles sobre sí misma: que el gato, que la universidad, que la hermana. Evans era más reservado, siempre lo era. Pero lo que era diferente en él en ese momento es que estaba realmente escuchando, algo que para colegas como Jackson, se hubiera tratado de un imposible hecho realidad.

Todo entre ellos se daba naturalmente, normal, hasta que la chica tocó el tema del nombre, y lo que en un principio le resultó un detalle divertido, hizo que Evans reparara nuevamente en la chica, observándola con curiosa suspicacia. «Te diré qué», empezó diciendo, y Evans, especialmente atento, se interesó por las impresiones de ella, que eran, dicho sea, una interpretación muy torcida de lo que era relacionarse con un otro, por quien tienes un interés.

No la interrumpió más que con un encogimiento de hombros, un ceño desconfiado y ojos entornados, en respuesta a sus cavilaciones en voz alta. La dejó hablar, un poco porque era agradable hacerlo —había algo en el ritmo calmo de sus palabras, en la rima de sus pensamientos—, y porque tenía que cazar en todo aquello el raro sentido de sus palabras, algo que no conseguiría sin escuchar.

«Algo que tú me has dado. Algo que yo te doy a cambio…».

—Espera, detente ahí. Déjame que te pare, justo ahí—dijo, abordándola de frente. Literalmente, se frenaron, aunque sólo momentáneamente. Evans tenía una expresión de hombre profundo, descarado y ligeramente socarrón. En su mirada, el humor y la seriedad jugaban a contraluz. Era muy gestual cuando hablaba, y enfatizaba con un dedo todo cuanto iba diciendo—. Primero, no te ofendas, pero qué tontería. ¿No piensas que estás sólo complicándote la cabeza?, ¿como demasiado?

«Te explico por qué. Eso de que algo es más interesante o inolvidable o lo que sea sólo porque es más difícil, es pura basura. Eso sólo lo dice la gente que es fanática del esfuerzo, tú sabes, masoquistas, y se engañan a sí mismos. Lo que es difícil, sólo apesta. Y siendo honesto, no me gustan mucho los desafíos mentales. Me gustan las cosas simples. Soy más de esa clase de tipo, ¿sabes? Un tipo simple.

»Y si algo me interesa, no doy vueltas, ¿ok? Tú tampoco deberías. Lo mejor, es lanzarse de cabeza. No ser tan complicado. Y lo peor, creepy. Sí, todo eso de “investiga un poco”, suena creepy. ¿Me dices que hubieras preferido que te acose en la oscuridad para saber cosas sobre ti sobre las que puedo preguntarte normalmente, como una persona normal, en una conversación normal?, ¿de verdad?  


Era su forma de expresarse, la que hacía que fuera fácil engancharse con el tono de su voz desenfadada. Que era directo, quedaba claro. Que era apasionado, se percibía por la vehemencia con que acentuaba su monólogo. Su labia era desvergonzada, en las íes siempre había una sugerencia, y al llegar a las eses, ya te había convencido de algo. Tenía la habilidad de sonar convincente.

»Te diré qué—
dijo, citándola a ella—. Te vi, me gustaste. Y naturalmente, quise ir y hablarte. Nada más sencillo que eso. Y ahora que estás aquí, y estás hablándome, quiero saber más. Sólo somos dos personas haciendo conversación, interactuando. ¿Pero de verdad me interesas? No lo sé, quizá. Ya veremos. Te di mi nombre, pero eso no quiere decir que te diera mi alma. Se llama “cortesía”... Y sé que las chicas siempre están esperando que el chico las coquetee, y que “se las gane”, pero adivina qué. Quizá tú deberías ganarme a mí, si te gustan tanto los retos. De momento, yo sólo quiero conocerte. Yo voy a lo simple, ¿ok? Entonces, Pretzel, ¿estamos ok? Y, para que conste, sí me halaga que pienses que soy un chico que tiene “a las chicas a sus pies”. Así que, a ti también te gusto. Eso es bueno. Es bueno saberlo.

Dager empezó a ladrarles a las personas en la pista de hielo, desde el borde. Pero a pesar de que estiraba una patita, la retiraba de inmediato, temeroso del hielo. En la pista la gente tropezaba, se caía, reía, había niños, adultos, una mujer con un niño…

«¿Alguna vez has patinado sobre hielo?».

Evans respondió que “claro”, y siguió la mirada de Pretzel mientras hablaba. Por un momento, contrariamente a los ojos chispeantes, despiertos, que le conocía, le pareció perdida en sus pensamientos, nublada. Hasta que regresó hacia él su mirada.

Sonrió.

—¿Verte caer en el hielo?—
corrigió. Y encogiéndose de hombros, añadió—: Seguro.  



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Tessa A. Windsor el Miér Feb 05, 2020 2:07 pm

Let The Bell Ring. Part. II
Es en medio de sus palabras que Tessa se cruza de brazos, tranquila, con el cuerpo ligeramente apoyado en el barandal que tiene tras de sí a partir de las caderas, y con los tobillos, a su vez, enlazados el uno con el otro en una pose relajada que la hace mirar al chico que tiene frente a sí con atención, con el gesto muy serio, siguiendo cada una de sus palabras, pero con el evidente brillo de la diversión brillando en los ojos.
Ella le escucha, después de todo, pero puede notar en su voz, en sus palabras claras, concisas y directas que son tan diferentes ellos dos como el día y la noche.
O puede que no. Quizás no sea esa la comparación correcta. Puede que él sea tan solo como el agua; que ambos sean como el agua, pero cada uno refleja una superficie distinta. En el caso de Evans, él es como el lago calmo que cuando lo miras no te deja ver la propia profundidad, sino que te devuelve tu reflejo, lanzando todo lo que le das en un rebote inverso que te muestra lo que él quiere enseñar, pero ligeramente modificado. Torcido de algún modo. Ajustado a su propia conveniencia y entendimiento; en el caso de Tessa, las aguas del lago calmo que ella era te mostraban directamente la claridad de la luz, pero también, la profundidad densa que tras la cortina inocente se escondía. Esa oscuridad no te permitía ver qué había en su fondo, pero sí te hacía saber que había algo más, que la superficie no era totalmente lisa, sencillamente plana y poco profunda… Había algo más ahí, algo escondido, y tarde o temprano, si seguías buscando, lo ibas a encontrar. Y puede que no te gustase lo que vieras.

Esa profundidad se reflejaba en sus palabras, en la forma particular de ver el mundo. No tenía que gustarle a él, aun cuando, en cambio, a ella le gustaba lo que él decía. O cuando menos le gustaba la forma en que lo decía. Aquella forma de parlamentar tan segura, que se expresaba sin miramientos ni rodeos le agradaba. Y puede que no fuese partidaria de su forma de ver las cosas; puede que, en efecto ambos fuesen tan diferentes como ella comenzaba a atisbar que eran… Pero aquella forma de hablar le atraía. Más que los ojos de intensa vibración. Más que la voz, con aquella ligera entonación marcada. Incluso más que su carácter, teñido por pragmatismos e inocencias que encubrían la chispa de la picardía, como una cortina que trata en vano de cubrir la llama de una hoguera; aquella forma de expresarse era lo que hasta ahora más le gustaba de él.

Con todo, eso no significaba que tenía que concordar, ni mucho menos ceder. Sí rio ante sus comentarios directos y se puso en marcha cuando él lo hizo, siguiendo los pasos del joven con desenvoltura y al tiempo que chascaba la lengua en una leve negativa.

- No estás entendiendo el punto. – Argumentó, ligeramente jocosa, aunque aquella nota de diversión no se traslucía en la voz. Su entonación seguía siendo ligera, calma, con una dejadez que flotaba entre ambos como el viento.
No se sentía en esa voz la tensión interna que siempre le causaba la palabra “acosador” porque con la práctica había logrado disimular aquel gesto involuntario de su cuerpo, la tensión que a los hombros se ceñía antes, el nudo en la boca del estómago que presionaba de forma incómoda, haciendo que la respiración se cortara por un momento…
Antes era mucho más evidente. Antes se le notaba al momento, respondiendo su mandíbula con un chasquido y su cuerpo con una rigidez innecesaria e involuntaria; pero ahora…
Tessa caminaba calmada, mirado los pasos que la dirigían hacia la pista de patinaje y mientras el cachorro iba de acá para allá corriendo entre ellos, ladrando a las parejas que se deslizaban y espantando a los niños, que con una risita se marchaban al paso presuroso de sus pequeñas piernas. La práctica la había enseñado a ser cautelosa con sus corazas y a poder disimular aquello que sentía, de otra forma sería evidente ante el quiebre; y, sin embargo, estaba siempre debajo, oculto por las sombras de su propia profundidad. Llamando de alguna forma en medio del silencio. Sin tocar la puerta, pero siempre presente tras la cerradura.
- No se trata de acosar a una persona, pero tampoco tienes que hacerlo para averiguar lo que quieres saber. Tampoco tienes que preguntarlo todo. Hay cosas que no se preguntan, que pierden su valor si solo pides por ellas. Hay cosas que no se preguntan: se ganan. –
Apuntó entonces con el mentón al cachorro, que de un lado a otro iba correteando. En medio de la plática, de aquel debate que por parte de Tessa se tornaba tan divertido iba el perro, y con él la mirada de Evans, que no se alejaba por mucho tiempo de su compañero.
- Puedes tomarlo a él como ejemplo. ¿Te bastó con nombrarlo para que confiase en ti?, ¿Para que fuera "tuyo"? No. De ser ese el caso, con solo saber yo su nombre eso nos haría similares a sus ojos, ¿No te parece? Podría llamarlo y tener el mismo efecto que tiene tu voz en él, porque sería solo eso: La pronunciación de un nombre. De un sonido. Y, sin embargo, no es así. Tu te ganaste su nombre. A base de cariño, de cuidados, de atención… No te digo que hagas lo mismo conmigo. Pero, solo digo que hay cosas que se ganan, y para ello no tienes que ser un acosador. –

Se encogió entonces de hombros con desenvoltura y torció en camino, siguiendo los pasos lejanos de otros que también se dirigían hacia la pista de patinaje.

- Soy de las que cree que hay un cierto valor agregado en las cosas que te ganas. En aquello por lo que trabajas. En afecto no se nombra, se construye. Lo mismo que las melodías. La música es una amante tempestuosa que exige atención. Aprender un nuevo idioma, dedicar tiempo a una profesión, a una amistad, a una relación… -
Su rostro se ladeó, siguiendo el movimiento de los primeros copos que desde el cielo comenzaban a caer, y de forma distraía, una vez más, se pasó la lengua por el labio inferior.
- Tú me interesas. Me gustas. – Comentó como si nada, de una forma tan ligera que podría estar hablando sobre otra cosa. El clima, las personas… - Me interesas lo suficiente como para estar aquí, como para tratar de ver si es que acaso puedes ser diferente a esos otros miles de personas que, bajo las circunstancias correctas, podrían llamar mi atención. No te hace especial aun a mis ojos, de la misma forma que pedirme salir no simboliza que sientas algo por mí más allá del interés. En teoría, esto es como una chispa de la que podría saltar el fuego. El fuego aun no existe, pero la chispa misma es el fuego en sí. –

Se desvió entonces su atención, notando el pequeño puesto donde se alquilaban los patines y le hizo una seña al otro para que la siguiera.
Sin detenerse a pensar, sacó el dinero de su bolsillo y mientras conversaba con él, pagó el alquiler de patines para ambos. Se tomó un momento para pedir un par acorde a su talla y luego le guió a un banquillo, en el que se sentó mientras con desenvoltura iba desatando los cordones de sus botines.

- “En este momento, Para mí no eres todavía más que un chico, semejante a cien mil chicos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un chica semejante a cien mil chicas. Pero, si me domésticas, tendremos necesidad el uno del otro. Será para mí único en el mundo. Seré para ti única en el mundo…” – Se sonrió al mirarle, terminando de parafrasear la frase de uno de sus libros favoritos y guiñándole un ojo al tiempo que se sonreía. – Igual somos demasiado diferentes, aun dos extraños como para que siquiera comiences a notarlo, pero: ¿Quién te ha dicho que no me he propuesto ya “ganarte”, como dices? Porque en efecto, me gustan los retos… -

Se puso entonces de pie, estirándose con desenvoltura y caminó prácticamente de puntillas el estrecho trazo de camino que le separaba de la pista de hielo.
Sus pies cayeron gráciles sobre el hielo, permitiendo que se deslizara sobre este con facilidad. Dio ella entonces una vuelta rápida y le miró con aquella sombra de sonrisa delineando las comisuras de los labios, y hasta marcar los hoyuelos en sus mejillas.

- ¿Verme caer? Primero verás a tu perro volar. – Afirmó divertida, esperando a que él le siguiera. -

Emme
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Evans Mitchell el Miér Feb 05, 2020 7:10 pm

Let The Bell Ring


«No estás entendiendo el punto», ella decía. No cielo, él lo entendía todo. Mucho más de lo que ella podía llegar a creer. La que se estaba quedando algo corta, era ella. De haber pertenecido a las casas de Hogwarts, aquella habría sido Ravenclaw. Pero no por la supuesta inteligencia, ¿sabes? Sino por lo enredado, confuso, innecesariamente complicado de su pensamiento. La chica parecía tener una necesidad de introducirse a sí misma como un acertijo. Cuando la vida en general es más simple que eso, le duela a quien le duela.

Le resultaba irónico que para alguien que juegue a hacerse la difícil, se presentara ni pasados los cinco minutos de conversación como alguien que va muy en serio, especialmente con eso de que los nombres guardaban una especie de poder místico, como si se tratara de una historia fantástica. Mira, había gente loca por ahí, ¿ok? ¿Quién te decía que al rato no se le acercaba para decirle que tenía intenciones de quedarse embarazada en las próximas semanas o algo? Evans no podía menos que mantenerse alerta, por si las dudas.

Había una conclusión muy clara para todo el asunto que habían traído a debate, de forma que quedara zanjado como algo estipulado entre ellos. Evans solía ser beligerante cuando lo que tenía era otro punto de vista, pero también un pasota cuando ya la conversación era demasiado irreconciliable. En este caso, Evans no tomaba ninguna de aquellas posturas a las que estaba habituado, sino que simplemente escuchaba. Cada persona era un mundo, eso lo tenía claro. Lo que tenía esa chica es que era imposible no relajarse cuando estabas con ella, y resolvió decir lo menos posible y ver qué pasaba.

—Vale, como a mi perro—dijo, a modo de conclusión, cerrando el tema—. Quieres que te domestique—Y añadió, seguro de sí mismo, con ese tono de ligera broma que lo delataba como un divertido— Ok, lo tengo.  

Cuando era pequeño, Trudy le había leído El Principito. Trudy, la buena anciana que, de vecina, pasó a ser abuela sustituta. Larga historia, pero así es como se dio: conoció las aventuras de El Principito, y se sintió inmediatamente fascinado con el zorro. Después de su lectura, cuando volvió a los juegos con sus amigos del barrio, incluso hasta inventó un nuevo juego, “Domestícame”.

Para que su amistad fuera real y duradera, ¿sabes? Seguro que había sido gracioso, ver a un niño tratar a sus pequeños amigos como si se tratara de un domador de circo, y a los otros siguiendo ridículas ordenes que cumplían al pie de la letra. Quizá, a cualquiera le habría parecido que el niño era un tirano, pero en el fondo, Evans no pensaba más que en el zorro y lo que había dicho:

“Para mí no eres todavía más que un chico, semejante a cien mil chicos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que una chica semejante a cien mil chicas. Pero, si me domésticas, tendremos necesidad el uno del otro. Será para mí único en el mundo. Seré para ti única en el mundo…”

Menudo aire de chica exquisita que se daba ese pretzel, ¿verdad? Es decir, soltaba por la boca las palabras más rimbombantes con la voz perfectamente calma, el porte despreocupado, tan suelta de maneras y tan enredada de mente. Había algo demasiado pretencioso en todo cuanto aseguraba, y de seguro que ella no se daba cuenta, pero.

A Evans le causaba la impresión de que debía costarle dejarse llevar, sin pensar demasiado. Por eso es que elaboraba tanto su idea, de una forma que, en una situación tan casual como aquella, se sentía discordante y, dicho sea, la pintaba a ella como algo inalcanzable. Quizá la chica creyera que ofrecía para él la impresión contraria, pero las personas normales eran sencillas, ¿sabes?, como él, un tipo sencillo, y de seguro que más de uno que intentara hablar con ella se había sentido perdido, ajeno, desconcertado, o incluso rechazado, por tanto discurrir profundo, tanta introspección.

Evans, sin embargo, se sentía irremisiblemente atraído por tanto mundo interior. En cuanto a relaciones, había tenido algo siempre con chicas superficiales, ¿sabes?, de pocas luces, muchas veces sólo locas, histéricas, y no, no tenía nada que ver con su sexo, sino con un carácter superficial, ingenuo y normalmente intratable en personas egocéntricas.

Había estado con ellas porque era fácil, ¿sabes? No te hacían muchas preguntas, no se preocupaban por ti o tus cosas, y hoy te querían pero mañana ya no, y quizá había una pelea —como un rito de ruptura, no porque hubiera sentimientos en el medio—, pero cuando terminaba tampoco te morías. Después de todo, de alguna forma había que pasar el rato.

Así que, podía cuestionarle todo a Pretzel —y llevando la razón, por supuesto—, pero ya le atraía más que cualquier otra chica. Porque tenía eso, que muchas veces llamaba inconfesablemente su atención: la profundidad, el misterio, de un libro del que sólo has leído la portada, pero que se revela mucho después, entre páginas de intriga.

No quería apostar muy fuerte por ella, ¿ok? Porque todavía le parecía retorcida la manera en que aprobaba el acoso de la vida privada, pero aunque ella se hacía demasiados enredos analizando cosas que eran demasiado simples como el futuro de aquella cita, cuando hablaba en voz alta lo que decía sonaba bonito. Sí, bonito. A Evans le había gustado especialmente que citara a El Principito.

Pero dejaron el tema atrás, entre los patines de alquiler y la cola de gente impaciente por darse tortazos contra el hielo. Pretzel mostró que se hallaba en su elemento sobre los patines, y se lució con una voltereta sobre la pista. Evans le sonrió, pero se demoró sentado en la nieve, colocándole unas botitas para perro a un muy entusiasmado Dager.

Vio cómo Dager se atropellaba hacia la pista de hielo, y le hizo gracia que su perro pareciera intentar volver a caminar, pero con serios problemas motrices. La situación hacía que Dager se frustrara, y ladrara con impaciencia. Evans lo dejó arreglárselas solo. Luego silbó, como haría para llamar a su perro, pero queriendo llamar la atención de Pretzel.

—¿Ayuda?

Lo pidió con los brazos estirados hacia Pretzel, dando a entender que necesitaba que le hicieran algo de palanca para levantarse. Tenía los patines puestos, y estaba listo para lucirse. Pero la pereza que era levantarse solo hizo que pidiera refuerzos. Ni siquiera había planeado resbalarse una vez en pie, y hacer tal lío de piernas como para acabar con el culo en la nieve casi tan pronto como se levantó, pero esta vez, arrastrando a Pretzel en la caída.

—Esto no era parte del plan, lo juro. ¡Oh, hombre!—
Evans rió, debajo de todo ese peso que lo atrapaba contra la nieve—Como que siento que me has aplastado una costilla o algo—dijo, palpándose el cuerpo con cierto dramatismo. Y optó por proponer otro intento—: ¿De vuelta?

No lo hizo dándose cuenta de ello hasta un segundo después, pero su primer impulso cuando tuvo la cara de la chica frente a él, y tan cerca, fue adelantar la mano y acomodarle el flequillo detrás de la oreja. Pero pronto desvió la mirada, atacado por una sensación de embarazo, y aunque era bueno disimulando, se removió con la intención de salir de ese atolladero de abrigos en el que los había metido. Entonces, Dager se apresuró a acercarse a su dueño y llenarle la cara de lametones.

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