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Tú de Sherlock y yo de Holmes {Dylan&Xenobia}

Xenobia Myerscough el Mar Feb 11, 2020 10:42 pm

Tú de Sherlock y yo de Holmes {Dylan&Xenobia} UNvjyX6
Lunes 3 de febrero, 2020 || Mad Hatter Motel, Londres || 00:38 horas || Atuendo

Cualquier persona que se permitiera cinco minutos en su día a día para revisar, con ojo crítico, la sección de “Sucesos” del diario El Profeta, podría extraer por sí mismo una sencilla conclusión: el Ministerio de Magia, a pesar de pretender lo contrario, estaba perdiendo el control de la situación.

A ojos de Xenobia, estaba claro: sus platos estaban demasiado llenos, y por mucho que intentaran controlar todos los frentes, estaba claro que en algún momento tenían que fallar.

Resultaba irónico darse cuenta que, en cierta medida, la campaña de desprestigio contra los “traidores” y los “ladrones de magia”, había dado en cierto modo rienda suelta a los criminales de verdad a la hora de manejar sus negocios con impunidad. No había más que ver lo sucedido durante aquella manifestación ante la sede de MagicLife.

Xenobia ni se alegraba ni se entristecía, pero había prestado suficiente atención a las conversaciones dentro de la zona segura como para darse cuenta de que la esperanza, en gran medida, volvía a existir en sus corazones. Una pena que dicha esperanza derivara directamente del caos que reinaba en el mundo mágico.

Uno de esos elementos incontrolables y que debían producir dolores de cabeza incluso a McDowell era su motivo para haberse aparecido allí, en las cercanías de aquel motel de aspecto sórdido de las afueras de Londres: el Juguetero.

¿Qué tenía que ver aquel loco aficionado a las explosiones con aquel motel, de nombre Mad Hatter? Bueno, quizás nada… o tal vez todo.

En el escenario de su último atentado, entre los escombros que habían quedado, había aparecido una pequeña pista que lo podía significar todo, o podía no significar nada: una pequeña caja de cerillas con publicidad de aquel mismo motel.

De acuerdo, más bien parecía que no era nada. Ella misma se había preguntado si no estaría exagerando, si no querría ver pistas donde había coincidencias. Era muy probable, y por eso había acudido sola. Sin embargo, tenía buenos motivos para creer que tenía algo entre manos, algo importante relacionado con su enemigo. ¿Y cuáles eran?

Bueno, principalmente, rumores.

Se contaban ciertas historias acerca del lugar, y muchas personas en el refugio habían oído hablar de él. A parecer, siempre se había caracterizado por los negocios turbios que tenían lugar allí, y en tiempos recientes, se le atribuía la categoría de escondite habitual de fugitivos.

Para rematar, el logotipo del motel era un sombrero de copa, coronando unas letras que rezaban “Mad Hatter Motel”, el cual tenía estampado un símbolo aparentemente aleatorio, que en realidad era un círculo de protección mágica de sobra reconocido por cualquier integrante de dicha comunidad. Una señal.

Con dicha caja de cerillas en la mano, y preparada para cualquier vicisitud, Xenobia recorrió a pie el aparcamiento del motel, lleno de coches, y se encaminó a la oficina de recepción. Examinó una vez más el reverso de la tapa, donde alguien había garabateado las siguientes palabras: “Habitación 219. Pedir llave en recepción.”

Encapuchada y vestida totalmente de negro, Xenobia entró en la recepción. La campanilla sobre la puerta sonó a su paso, y la estadounidense no pudo evitar sentir un poco de morriña. Lugares como aquel eran de lo más comunes en su tierra natal.

La oficina era pequeña y había en el aire un marcado olor a tabaco. El dueño no se tomaba en serio la señal de “Prohibido Fumar” que había colgado en la puerta, a juzgar por el cenicero repleto de colillas que vio sobre el mostrador. Un ventilador en el techo giraba de manera incansable, y una luz amarillenta iluminaba tenuemente el reducido espacio.

No había nadie detrás del mostrador, únicamente una desvencijada silla de madera vacía. También había un pequeño timbre, y Xenobia no dudó en hacerlo sonar. Apenas unos segundos después, una voz le llegó desde el cuartucho que había tras el mostrador.

—Buenas noches —saludó la rasposa voz, al tiempo que un hombre de aspecto pequeño y pelo canoso emergía a través de la puerta. Llevaba gafas de sol y Xenobia no pudo evitar compararlo con Stan Lee—. ¿En qué puedo ayudarla, señorita?

El hombre se sentó en la silla, la cual crujió bajo su peso, y se la quedó observando fijamente. La luz mortecina del techo le permitió advertir una expresión cansada bajo los cristales tintados de las gafas. Tuvo una sensación de desinterés total, aunque supuso que había sido por cómo arrastraba las palabras.

No sabía muy bien qué conseguiría si seguía las instrucciones de la caja de cerillas, pero optó simplemente por hacerlo.

—Buscaba una habitación en concreto —explicó, sin bajarse la capucha para mostrar el rostro—. La habitación doscientos diecinueve. ¿Puede darme la llave?

El hombre siguió mirándola, sin pestañear, y por un momento pensó que aquello seguiría durante el resto de la noche. No tenía esperanza alguna de recibir una respuesta cuando el hombre separó la mirada de ella, alcanzó un periódico arrugado que tenía en la parte interior del mostrador, y le respondió sin interés.

—No existe tal habitación. Puedo ofrecerle otra, si quiere. —El hombre no hizo amago de girarse siquiera en dirección al colgador de llaves que tenía a espaldas.

—Debe haber un error —dijo, confundida—. Me han citado aquí, en la habitación doscientos diecinueve...

—Pues han debido equivocarse. El número máximo de habitación del segundo piso es doscientos dieciocho. —El hombre pasaba las páginas del periódico como si nada sucediera a su alrededor, demostrando un desinterés total.

Xenobia intentó un par de veces más obtener una respuesta diferente, pero no tuvo éxito. Cejó en sus empeños cuando el hombre, de manera totalmente desagradable, colocó una mano sobre el teléfono fijo y amenazó con llamar a la policía. No le convenía en lo más mínimo llamar la atención de esa manera, así que aceptó que se habría equivocado, se disculpó, y finalmente abandonó la recepción.

Se detuvo en un lugar apartado del aparcamiento desde donde el recepcionista no podía verla, y valoró sus próximos movimientos. El hecho de que el hombre afirmase que no existía tal habitación no era más que una confirmación de que había fuerzas mágicas implicadas en todo aquello.

Sólo debía buscar una forma de acceder a dicha habitación.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Dylan G. Blair el Mar Feb 11, 2020 11:40 pm


Pereza. Eso era lo que le daba pensar en que tenía que meterse en Mad Hatter.

Sí, se cobraba muy bien allí dentro y había posibilidades ―mínimas― de encontrarse con personas que le cayesen bien, pero no solía ser su dicha habitual cada vez que iba ahí. Solía tener que aguantar a personas non gratas y demasiado intensas para su emoción habitual con la vida, que prácticamente era nula las veinticuatro horas del día.

Sin embargo, ese día tenía ―además de vender su mercancía a dos clientes en concreto― una misión añadida. Al ser él uno de los miembros de Arcana que más confianza tenía con los habituales de Mad Hatter Motel y que uno de esos habituales era precisamente el sospechoso de ser una molestia muy grande para la organización, Dylan era el encargado de meter sus narices y conseguir información.

Todavía se estaba preguntando que qué narices veían en él como para hacerlo intervenir como investigador privado. ¿No había quedado claro que si vendía droga era porque las cosas que se le daban bien eran muy simples? Pasar desapercibido y repartir veneno; no hay que ser muy listo para esas cosas.

Pero la cosa era así: no todo el mundo era bienvenido de manera grata al Mad Hatter, por lo que él tendría facilidades que otros miembros no. Quizás podría haber llevado a alguien con él, pero no era conveniente llamar la atención, pues era conocido por todos allí que Dylan siempre iba solo.

Con desgana y con el nombre de Javen Wilson en la cabeza para no olvidarse, se apareció en la parte trasera del motel, en una zona oscura. Se encendió un cigarrillo y bordeó las instalaciones lentamente mientras se tomaba sus dos minutos de paz para sí mismo. Pensó en cómo abordar la situación en caso de encontrar a Wilson ―persona que había visto en varias ocasiones allí dentro― pero la verdad es que no sabía cómo abordar de forma pacífica una acusación de esa magnitud. Si realmente Wilson había tenido que ver y había cedido parte del conocimiento de Arcana al Juguetero, siendo éste luego el asesino de miembros de la organización por éstos mismos métodos… Tenía bastante claro que Haraldsen no iba a tomar a Javen como un aliado nunca más y eso sólo podía significar una cosa.

Estaba barajando en mitad de aquel parking la mentira más elaborada, tomando como principal referencia los consejos que le había dado Heidi. Sin embargo… como era un desastre, decidió improvisar.

Tomó una última calada y tiró el cigarrillo al suelo, dirigiéndose a recepción. El viejo confiable ―pues no era más que un muggle hechizado― estaba allí, como siempre, con olor a tabaco, un periódico que debía de releer diez veces al día y paz; mucha paz. Quizás no fuese consciente de lo que se escondía en su Motel, pero antes de morir alguien debía de decirle el exitazo que había tenido; al menos en el mundo mágico.

―¿Qué pasa, viejo? ―preguntó al recepcionista.

Él, confundido ―como siempre― alzó la mirada por encima de sus gafas de sol.

―¿Nos conocemos, muchacho? ¿Y esas confianzas?

―Siempre te olvidas de mí. Eso en mi pueblo se llama Alzheimer de tercer grado.

―¡Pero será irrespetuoso! ¡Yo no tengo alzheimer! ¡Usted es un granuja! ―Se levantó de su asiento, cerrando el periódico.

Dylan se divertía sacando de quicio al pobre hombre, ya que era muy irascible y saltaba a la mínima. Sin embargo, no quería ser el causante de un infarto, así que optó por la opción más fácil: tranquilizarlo de una frase.

―Se ha escuchado el canto, creo que se aproxima lluvia ―dijo con tranquilidad, estirando la mano hacia el recepcionista como si ya supiera lo que estaba por pasar.

―¡Uf, calla! ―Pareció despertar―. Ese pajarraco un día de éstos me va a dar un infarto…

El hombre, como si se hubiera olvidado de la falta de respeto de Dylan, sacó de un cajón una caja de cerillas y se la tendió en la mano abierta, como si ya no estuviera enfadado con él, sino todo lo contrario: parecía muy amigable.

―Gracias, viejo, me estaba quedando sin ―dijo al final sin venir a cuento, aburrido de escuchar siempre la misma queja programada del muggle.

Se guardó la caja de cerillas en el bolsillo de su gabardina y, ya con la llave, fue hacia las escaleras. Había una puerta bajo éstas y si de normal cualquier persona no mágica ―o mágica sin esa recién recibida caja de cerillas― la abría, podía ver un cuarto trastero con utensilios de limpieza. Sin embargo, cuando él abrió la puerta, era la entrada a la “famosa” habitación doscientos diecinueve, una zona creada mágicamente en donde se congregaban magos de muy mala reputación o, como muchas veces veía Dylan, de muy buena reputación que se juntaba con calaña con la que no quería ser vista públicamente.

Era un pub mágico turbio y espacioso, cuyos jefes y creadores habían sido muy generosamente comprados con dinero para no hablar y vivir como reyes. Allí había una ley muy clara y quien se fuera de la lengua probablemente no llegase al día de mañana. Dylan entró sin pensárselo demasiado, ya acostumbrado a ese ambiente de drogas, alcohol, mafias y diversión ilegal.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Miér Feb 12, 2020 10:07 pm

Todavía sopesaba sus posibilidades, de pie en la penumbra de aquel aparcamiento pésimamente iluminado, cuando una oportunidad llegó, literalmente, caminando en su dirección.

En un principio, Xenobia se escondió del desconocido. No podía descartar que se tratase de un mago, teniendo en cuenta la reputación del motel.

Buscó refugio en las sombras cercanas, tras un coche, y observó al desconocido encaminarse hacia la oficina de recepción. Entonces, salió de su escondite, escuchó de nuevo el sonido de las campanillas de la puerta cuando ésta se abrió, y se aventuró a acercarse para espiar. No pudo evitarlo: aún a pesar de que existieran posibilidades de que no fuera asunto suyo, de que el hombre simplemente fuese un muggle cualquiera, su curiosidad periodística innata la llevó a meter las narices.

Por fortuna, la puerta no opacaba demasiado el sonido, y Xenobia pudo escuchar con bastante claridad la conversación que tuvo lugar al otro lado. Una conversación sin sentido aparente, pero que a su vez tenía todo el sentido del mundo cuando se asociaba a los datos anotados en la caja de fósforos.

«Es una contraseña», dedujo enseguida. Esperó en silencio, escuchando, pero no hubo más. «Ya sé cómo entrar a la habitación.»

Consciente de que el desconocido ya no estaba en la oficina, volvió a entrar en la recepción. El hombre tras el mostrador compuso una expresión hastiada en el rostro, y supo enseguida que la había reconocido: la pesada de antes.

—¡¿Otra vez usted?! —El hombre volvió a colocar la mano sobre el teléfono—. Esta vez sí voy a llamar a la policía.

El hombre descolgó el auricular, se lo acercó a la oreja, y enseguida se dispuso a teclear los números correspondientes. Xenobia se adelantó hacia él, dispuesta.

—Se ha escuchado el canto. Creo que se aproxima lluvia —pronunció claramente. La frase tuvo el efecto deseado.

El hombre pareció quedarse congelado, como si en lugar de aquella frase hubiera conjurado en su dirección un encantamiento Petrificus Totalus. Casi como un viejo ordenador al que le costase procesar un montón de información nueva, tardó unos segundos en recuperar el habla. La bruja se preguntó qué demonios le habrían hecho a ese pobre diablo, y, peor aún, quién sería el responsable de semejante destrozo. Era evidente que habían usado algún tipo de hechizo, o una serie de hechizos, sobre él.

—¡Uff, calla! Ese pajarraco un día de estos me va a dar un infarto... —Y con esas palabras, una repetición exacta de la conversación de hacía unos momentos con el hombre que había entrado, el recepcionista se giró en dirección al panel de llaves y buscó la indicada.

Xenobia sintió lástima por el pobre sujeto, quien seguramente no era consciente de que vivía en una especie de día de la marmota, destinado a repetir una y otra vez la misma conversación con diferentes personas. Intentó no pensar demasiado en ello, pues de hacerlo, sentiría deseos de rescatarlo y llevarlo con alguien que pudiera deshacer el entuerto mágico que alguien había colocado en su cabeza.

Una actitud muy propia de los puristas, la cual revolvió las tripas a Xenobia.

Con la llave en sus manos, y teniendo en cuenta que no había visto en qué dirección se había marchado el joven, Xenobia tuvo que preguntar:

—¿Dónde está la habitación doscientos diecinueve?

El hombre, de una manera un tanto inquietante, soltó una carcajada demasiado artificial como para parecer remotamente sincera, y después se rascó la cabeza con una mano. Volvió a sentarse en la silla, y luego la miró con unos ojos que parecían vacíos. Supuso que por eso llevaba las gafas.

Tras unos segundos de duda, dijo lo siguiente:

—¡No diga sandeces! Esa habitación no existe. ¿Qué pretende, dormir en el cuarto de la limpieza que hay bajando las escaleras? ¡Eso es ridículo! —Y de nuevo se rió de manera artificial e inquietante.

Podría parecer que no había dicho nada, pero cualquier persona encontraría extraña la referencia al cuarto de la limpieza. Estaba integrada en el discurso del hombre, sí, pero totalmente fuera de contexto. Dudaba mucho que nadie hiciese semejante mención de una manera natural.

«Pues vamos a ese cuarto de la limpieza», se sugirió, al tiempo que echaba a caminar en esa dirección. «Espero no estar metiéndome en un problema del que luego no pueda salir.»

⋆⋆⋆

La puerta en cuestión no tenía nada de especial, y cualquiera que la abriese sin más, se encontraría al otro lado una pequeña colección de material y productos de limpieza. Xenobia lo comprobó por sí misma, antes de aventurarse a utilizar la llave.

Cuando utilizó la llave, las cosas cambiaron: un suave chasquido metálico le indicó que se había abierto un pestillo, y al girar el pomo esta vez, al otro lado se encontró con unas escaleras bañadas en una tenue luz amarillenta. Al final de éstas, había otra puerta. No tenía ni idea de lo que se encontraría al cruzarla, pero estaba claro que se trataba de algún tipo de lugar de reunión mágico.

Sin dudarlo ni un momento, Xenobia cerró la primera puerta a sus espaldas y caminó con paso decidido hacia la segunda. Ésta no precisaba de llave alguna, y de hecho, tampoco precisó de que la tocase: bastó con acercarse para que se abriese lentamente, con un suave chirrido de bisagras oxidadas.

Al otro lado apareció una enorme estancia que, a todas luces, actuaba como bar o pub. Se trataba de un lugar de reunión de magos, y en aquellos momentos estaba ocupado por una pequeña multitud. Un murmullo general se escuchaba como música de fondo en aquel lugar, fruto de las conversaciones de los distintos grupos allí reunidos.

Había gente que simplemente bebía, ya fuera sentados a la barra o en alguna mesa. Otros jugaban a juegos de azar, apostando monedas mágicas. Otros simplemente conservaban de manera distraída.

Sintiéndose fuera de lugar, Xenobia caminó en dirección a la barra, con toda la intención de empezar a hacer preguntas. No le pasó desapercibida la mirada extrañada del barman, que en aquel momento servía copas a los clientes sentados en los taburetes aledaños a la barra. Pudo notar desconfianza en sus ojos.

Se detuvo a un par de pasos de la barra, abrió la boca para preguntar algo, pero fue rápidamente interrumpida por el barman.

—Eres nueva, ¿no? No me suena tu cara.

Por cómo lo dijo, daba la impresión de que en aquel lugar, los nuevos no eran bien recibidos. No le extrañó: la caja de fósforos que llevaba en el bolsillo debía haber sido una especie de invitación, posiblemente para alguien de confianza.

—Sí, soy nueva —aventuró a decir—. Quisiera hacerle unas preguntas, si no le importa...

—Primero, la llave.

—¿Cómo dice?

El hombre tendió su mano con la palma hacia arriba, y Xenobia comprendió lo que le pedía: la llave que le había permitido entrar allí. Supuso que no la necesitaría, estando donde estaba, así que la depositó en la mano del barman. Este sonrió, cerró los dedos sobre la llave, y para cuando volvió a separarlos, la llave había desaparecido.

—Vale. ¿Qué quiere saber?

Xenobia pensó que, en realidad, ahora tenía muchas más preguntas que antes, y por querer, quería saber demasiado. Sin embargo, tuvo que morderse la lengua y centrarse en aquello que había venido a averiguar: la relación que tenía aquel lugar con el Juguetero.

—Tengo motivos para pensar que cierta persona que busco está vinculada con este lugar —explicó, mirando al atento barman a los ojos—. ¿Qué puede decirme usted del Juguetero?

El barman la observó con rostro ceñudo, extrañado ante la pregunta.
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Dylan G. Blair el Sáb Feb 15, 2020 12:02 am

Al entrar en aquel local oculto y mágico, Dylan no pasó desapercibido. Era un cliente recurrente debido a su trabajo y la gente con la que se relacionaba, por lo que no solo lo conocían quiénes llevaban el sitio, sino además las personas que recurrían a él para conseguir drogas. Recibió un saludo con la cabeza por parte del barman y aprovechó para ir hasta él antes de hacer su ronda.

―Lo de siempre ―le pidió, a lo que el barman hizo un movimiento con su varita y una botella de cerveza salió de la nevera, se le quitó en medio de levitar la chapa y voló hasta manos de Dylan―. Te pago al irme ―añadió, como siempre.

Solía beber más de una cerveza por norma general y, por pura pereza de estar pagando a cada consumición, siempre lo dejaba para antes de irse. Podría ser un poco desastre en muchas ocasiones, pero en ese sentido se consideraba un buen Lannister que siempre pagaba sus deudas.

Tomó un sorbo de su cerveza y se dirigió directamente hacia Randall Fell, un pelirrojo regordete que estaba sentado en una mesa circular con otras cinco personas. Ahora entendía, viendo el volumen de acompañantes, que hubiera pedido tanto en comparación con otras veces. Al llegar hasta ellos, la conversación fue ―en su opinión― demasiado jovial y de colegas. ¿En qué momento podría haberle dado la sensación a ese gordinflón de que era su colega? Dylan se mantuvo frente al grupo de manera pasiva, bebiendo de su cerveza mientras se tomaba aquellos comentarios con filosofía y observaba todo a su alrededor, viendo qué personas habían.

Si llega a ser otra persona, probablemente hubiera recibido algún tipo de comentario, pero Randall era un cliente habitual que dejaba mucha pasta en suicidarse, por lo que no iba a darle motivos para buscar a otro dealer que le pasase la mercancía.

En cuestiones de intercambios mágicos el rubio tenía ciertas normas y es que actualmente como te pillasen con droga y pudieran relacionarte con entradas internacionales de material podrías pegarte una buena temporada en Azkaban y, sinceramente, Dylan no tenía intención alguna de eso. Así que sus «traspasos» solían ir de la mano de una caja de tabaco.

Nadie preguntaba cuando veía que alguien le daba una caja de tabaco a otro alguien, ni en el mundo mágico ni en el mundo muggle. Así que se sacó de su chaqueta ese paquete y se lo lanzó a Randall, el cual lo cogió al vuelo. Si dicha caja no era suficiente para guardar todo lo que le pedían, se limitaba a hacer un hechizo para agrandar mágicamente el interior; al menos con sus clientes mágicos.

Cuando el tipo vio que estaba correcta la mercancía, se levantó y abrazó a Dylan como si fuera su colega de toda la vida, acto que incomodó al rubio. Sin embargo, respondió con una sonrisa totalmente fingida cuando le “chocó” la mano y le pasó el dinero.

―Volveré a contactar contigo ―le aseguró.

―Cuento con ello ―le contestó, antes de irse, dándole un golpecito en el pecho en señal de «que corra el aire, colega», empujándole hacia atrás.

Acto seguido se giró y mientras Randall y sus amigos empezaban a pasárselo bien con una «ayuda extra», él se sentó en una de las mesas libres para contar el dinero, terminarse su cerveza y esperar a su siguiente cliente que no había llegado, observando con disimulo a su alrededor para ver si veía a Javen Wilson y empezar con su misión de acercamiento sigiloso y disimulado propio de un cazador en la selva.

No tenía muy claro como hacerlo, pero quería pensar ―pese a no ser verdad― que la improvisación era una de sus grandes virtudes. Como si tuviera alguna.

Vio entrar a una pareja y dirigirse a una de las esquinas de la barra y, en ese momento, se dio cuenta de que había una mujer que no estaba cuando llegó y, cuya entrada, seguramente había sido eclipsada por el gran colegueo de Randall. Quizás no tuviera ninguna virtud, pero al menos era un hombre observador… su vida y su trabajo, sin duda, le obligaban a serlo.

El hombre de la pareja era Wilson, aunque parecía estar acompañada de… una mujer de compañía que no era su esposa. Dylan había hecho sus deberes y era consciente de quién era su señora mujer y, ponía la mano en el fuego que ese pibón de apenas veinticinco años y un culo de infarto, NO era la mujer con la que se había juntado en SAGRADO matrimonio. Así que para acercarse un poco a él, cogió sus cosas, se guardó el dinero en el bolsillo interior de su chaqueta y caminó hacia la barra.

Se colocó a un taburete de la muchacha, mientras que estaba como a tres de la pareja.

Pudo escuchar ambas conversaciones y, pese a que sin duda alguna le interesaba más el de Javen Wilson, la conversación de la muchacha con su amigo barman atrajo toda su atención. Sobre todo escuchó hablar a su amigo, que daba explicaciones muy neutrales y sin mojarse.

―Sé lo que todo el mundo, señorita: el Juguetero es un asesino que usa métodos muy diferentes y que nos tiene a todos desconcertados ―le respondió―. Mentiría si negase que aquí no hay nadie vinculado con él, pues aquí te puedes encontrar de todo ―añadió, mientras cogía un vaso y lo secaba con el paño que colgaba de su delantal―. Pero desconozco si hay alguien; yo soy un simple barman que se mantiene al margen.

Teniendo en cuenta que allí podía preguntarse cualquier cosa, pese a que al barman le cogió por sorpresa la pregunta, actúo con regularidad.

―Y aunque no lo desconociera… ―dijo Dylan introduciéndose en la conversación, con ganas de meter en un compromiso a su colega y, por qué no, sacar el tema abiertamente para ver cómo reaccionaba Wilson, pues no estaba tan lejos como para no oír―, todos sabemos que no dirías nada.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Dom Feb 16, 2020 4:27 pm

El rostro del barman fue un abanico de expresiones faciales variopintas, y a pesar de que en un principio pretendió mostrarse extrañado, impasible incluso, ante las preguntas que le formuló, finalmente no pudo disimular su desagrado.

No sabía si se trataba de una fobia hacia ser interrogado en general, o si el tema de conversación en cuestión no le gustaba, pero Xenobia notó enseguida cómo el tipo levantaba todas las barreras y clavaba sobre ellas un cartel que rezaba “No pienso decir nada”. Había aprendido a identificar ese tipo de reacciones durante su corta etapa en El Profeta, durante la cual había logrado desenmascarar a un peligroso criminal que trabajaba en el mismísimo Ministerio de Magia.

Tiempos bonitos aquellos, ¿no? Actualmente, un solo criminal allí dentro ni siquiera llamaba la atención.

La respuesta del barman fue genérica, por decir algo, y mientras se afanaba en sacar brillo al vaso que acababa de coger, supuso que sopesaba sus posibilidades de huir de aquella conversación. No tenía muchas, a decir verdad.

Sabía cómo hacer hablar a las personas. Tenía distintos métodos bajo la manga. Uno que funcionaba especialmente bien era el deslizar uno o dos galeones sobre la mesa, repitiendo la pregunta y asegurándose de que el entrevistado en cuestión no los tomaba antes de tiempo. Sin embargo, no todos solían caer ante un soborno.

Apelar a la humanidad, a veces, también funcionaba. Dudaba que en aquel caso fuese a servir de algo, teniendo en cuenta la naturaleza oculta del local.

Existían también otros métodos, que en lo personal le gustaban menos. El flirteo, en especial, le parecía repugnante, pues a pesar de que lo había llevado a la práctica un par de veces, solía acabar sintiéndose bastante sucia. Lo babosos que podían llegar a ponerse los hombres, aún sin haberle puesto la mano encima, le desagradaba profundamente.

«Y también está la agresividad», pensó Xenobia, consciente de la realidad. «En este caso, no creo que sea buena idea: hay demasiada gente, y este tipo por lo menos tendrá un amigo por aquí.»

No tuvo tiempo de poner nada en práctica, pues antes incluso de tener ocasión de pensar una réplica, un desconocido irrumpió en la conversación. Inevitablemente, la mirada de Xenobia se volvió en dirección al recién llegado, que vestía elegantemente con un abrigo de doble botonadura. Admiró silenciosamente su estilo, pues no todo el mundo podía llevar el negro tan bien.

—¿Qué dices, hombre? —El barman rió de esa manera en que lo hacen aquellas personas que pasan un momento incómodo: soltó un gallo demasiado agudo como para ser natural—. ¿Qué voy a saber yo de ese tema?

Xenobia, sin saber si debía agradecer o no al desconocido, se cruzó de brazos y decidió aprovechar la situación en que se había metido.

—Yo creo que tiene razón. —Hizo una inclinación de cabeza en dirección al recién llegado, sin apartar la mirada del barman—. Sabe que hay alguien aquí relacionado con el Juguetero, pero si se extiende por ahí el rumor de que va delatando a sus clientes, el local se le quedaría vacío. ¿Me equivoco?

Ahora sí, de verdad, vio la incomodidad en el barman: el tipo empezó a sudar, enjugándose la frente con el dorso de la mano, y en un momento dado casi se le escapa el dichoso vaso de las manos. Había dado en el clavo.

—Señorita, de verdad, creo que debería usted dejar de hacer preguntas...

Xenobia arrojó sobre la barra, frente al esquivo barman, la caja de fósforos que la había llevado hasta allí. El sujeto la miró con el ceño fruncido, sin entender muy bien qué tenía de extraño aquel objeto.

—No le suena mi cara, por supuesto: es la primera vez que estoy aquí, y no es que me hayan invitado —declaró directamente—. Si estas cajas de fósforos suyas son una especie de invitación, quizás le gustaría explicarme por qué una de ellas ha aparecido en el escenario del último de los crímenes del Juguetero.

Por su cara, al barman no le gustaría, en absoluto, ofrecer una respuesta a semejante enigma. Más bien parecía querer esconderse debajo de la barra y esperar que, con suerte, Xenobia se olvidase de él y se marchase.

La bruja supo que aquel era el momento en que debía ser más cuidadosa: todavía no la habían reconocido como fugitiva, y quizás pudiese contar con el hecho de que aquel lugar no parecía ser una taberna normal, sino un negocio turbio, pero de todas formas, si presionaba demasiado su suerte, podía meterse en problemas más serios de los que pretendía.

Lo que ella no sabía era que, no muy lejos de allí, un hombre que hasta entonces había estado más pendiente de la mujer que lo acompañaba que de cualquier otra cosa en el pub, de repente había perdido interés y escuchaba la conversación que el barman mantenía con una desconocida. Parecía muy incómodo, y repentinamente debía encontrar especialmente fascinante el fondo de su copa, pues no dejaba de mirarlo.
Xenobia Myerscough
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