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Tú de Sherlock y yo de Holmes {Dylan&Xenobia}

Xenobia Myerscough el Mar Feb 11, 2020 10:42 pm

Tú de Sherlock y yo de Holmes {Dylan&Xenobia} UNvjyX6
Lunes 3 de febrero, 2020 || Mad Hatter Motel, Londres || 00:38 horas || Atuendo

Cualquier persona que se permitiera cinco minutos en su día a día para revisar, con ojo crítico, la sección de “Sucesos” del diario El Profeta, podría extraer por sí mismo una sencilla conclusión: el Ministerio de Magia, a pesar de pretender lo contrario, estaba perdiendo el control de la situación.

A ojos de Xenobia, estaba claro: sus platos estaban demasiado llenos, y por mucho que intentaran controlar todos los frentes, estaba claro que en algún momento tenían que fallar.

Resultaba irónico darse cuenta que, en cierta medida, la campaña de desprestigio contra los “traidores” y los “ladrones de magia”, había dado en cierto modo rienda suelta a los criminales de verdad a la hora de manejar sus negocios con impunidad. No había más que ver lo sucedido durante aquella manifestación ante la sede de MagicLife.

Xenobia ni se alegraba ni se entristecía, pero había prestado suficiente atención a las conversaciones dentro de la zona segura como para darse cuenta de que la esperanza, en gran medida, volvía a existir en sus corazones. Una pena que dicha esperanza derivara directamente del caos que reinaba en el mundo mágico.

Uno de esos elementos incontrolables y que debían producir dolores de cabeza incluso a McDowell era su motivo para haberse aparecido allí, en las cercanías de aquel motel de aspecto sórdido de las afueras de Londres: el Juguetero.

¿Qué tenía que ver aquel loco aficionado a las explosiones con aquel motel, de nombre Mad Hatter? Bueno, quizás nada… o tal vez todo.

En el escenario de su último atentado, entre los escombros que habían quedado, había aparecido una pequeña pista que lo podía significar todo, o podía no significar nada: una pequeña caja de cerillas con publicidad de aquel mismo motel.

De acuerdo, más bien parecía que no era nada. Ella misma se había preguntado si no estaría exagerando, si no querría ver pistas donde había coincidencias. Era muy probable, y por eso había acudido sola. Sin embargo, tenía buenos motivos para creer que tenía algo entre manos, algo importante relacionado con su enemigo. ¿Y cuáles eran?

Bueno, principalmente, rumores.

Se contaban ciertas historias acerca del lugar, y muchas personas en el refugio habían oído hablar de él. A parecer, siempre se había caracterizado por los negocios turbios que tenían lugar allí, y en tiempos recientes, se le atribuía la categoría de escondite habitual de fugitivos.

Para rematar, el logotipo del motel era un sombrero de copa, coronando unas letras que rezaban “Mad Hatter Motel”, el cual tenía estampado un símbolo aparentemente aleatorio, que en realidad era un círculo de protección mágica de sobra reconocido por cualquier integrante de dicha comunidad. Una señal.

Con dicha caja de cerillas en la mano, y preparada para cualquier vicisitud, Xenobia recorrió a pie el aparcamiento del motel, lleno de coches, y se encaminó a la oficina de recepción. Examinó una vez más el reverso de la tapa, donde alguien había garabateado las siguientes palabras: “Habitación 219. Pedir llave en recepción.”

Encapuchada y vestida totalmente de negro, Xenobia entró en la recepción. La campanilla sobre la puerta sonó a su paso, y la estadounidense no pudo evitar sentir un poco de morriña. Lugares como aquel eran de lo más comunes en su tierra natal.

La oficina era pequeña y había en el aire un marcado olor a tabaco. El dueño no se tomaba en serio la señal de “Prohibido Fumar” que había colgado en la puerta, a juzgar por el cenicero repleto de colillas que vio sobre el mostrador. Un ventilador en el techo giraba de manera incansable, y una luz amarillenta iluminaba tenuemente el reducido espacio.

No había nadie detrás del mostrador, únicamente una desvencijada silla de madera vacía. También había un pequeño timbre, y Xenobia no dudó en hacerlo sonar. Apenas unos segundos después, una voz le llegó desde el cuartucho que había tras el mostrador.

—Buenas noches —saludó la rasposa voz, al tiempo que un hombre de aspecto pequeño y pelo canoso emergía a través de la puerta. Llevaba gafas de sol y Xenobia no pudo evitar compararlo con Stan Lee—. ¿En qué puedo ayudarla, señorita?

El hombre se sentó en la silla, la cual crujió bajo su peso, y se la quedó observando fijamente. La luz mortecina del techo le permitió advertir una expresión cansada bajo los cristales tintados de las gafas. Tuvo una sensación de desinterés total, aunque supuso que había sido por cómo arrastraba las palabras.

No sabía muy bien qué conseguiría si seguía las instrucciones de la caja de cerillas, pero optó simplemente por hacerlo.

—Buscaba una habitación en concreto —explicó, sin bajarse la capucha para mostrar el rostro—. La habitación doscientos diecinueve. ¿Puede darme la llave?

El hombre siguió mirándola, sin pestañear, y por un momento pensó que aquello seguiría durante el resto de la noche. No tenía esperanza alguna de recibir una respuesta cuando el hombre separó la mirada de ella, alcanzó un periódico arrugado que tenía en la parte interior del mostrador, y le respondió sin interés.

—No existe tal habitación. Puedo ofrecerle otra, si quiere. —El hombre no hizo amago de girarse siquiera en dirección al colgador de llaves que tenía a espaldas.

—Debe haber un error —dijo, confundida—. Me han citado aquí, en la habitación doscientos diecinueve...

—Pues han debido equivocarse. El número máximo de habitación del segundo piso es doscientos dieciocho. —El hombre pasaba las páginas del periódico como si nada sucediera a su alrededor, demostrando un desinterés total.

Xenobia intentó un par de veces más obtener una respuesta diferente, pero no tuvo éxito. Cejó en sus empeños cuando el hombre, de manera totalmente desagradable, colocó una mano sobre el teléfono fijo y amenazó con llamar a la policía. No le convenía en lo más mínimo llamar la atención de esa manera, así que aceptó que se habría equivocado, se disculpó, y finalmente abandonó la recepción.

Se detuvo en un lugar apartado del aparcamiento desde donde el recepcionista no podía verla, y valoró sus próximos movimientos. El hecho de que el hombre afirmase que no existía tal habitación no era más que una confirmación de que había fuerzas mágicas implicadas en todo aquello.

Sólo debía buscar una forma de acceder a dicha habitación.
Xenobia Myerscough
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Xenobia MyerscoughFugitivos

Dylan G. Blair el Mar Feb 11, 2020 11:40 pm


Pereza. Eso era lo que le daba pensar en que tenía que meterse en Mad Hatter.

Sí, se cobraba muy bien allí dentro y había posibilidades ―mínimas― de encontrarse con personas que le cayesen bien, pero no solía ser su dicha habitual cada vez que iba ahí. Solía tener que aguantar a personas non gratas y demasiado intensas para su emoción habitual con la vida, que prácticamente era nula las veinticuatro horas del día.

Sin embargo, ese día tenía ―además de vender su mercancía a dos clientes en concreto― una misión añadida. Al ser él uno de los miembros de Arcana que más confianza tenía con los habituales de Mad Hatter Motel y que uno de esos habituales era precisamente el sospechoso de ser una molestia muy grande para la organización, Dylan era el encargado de meter sus narices y conseguir información.

Todavía se estaba preguntando que qué narices veían en él como para hacerlo intervenir como investigador privado. ¿No había quedado claro que si vendía droga era porque las cosas que se le daban bien eran muy simples? Pasar desapercibido y repartir veneno; no hay que ser muy listo para esas cosas.

Pero la cosa era así: no todo el mundo era bienvenido de manera grata al Mad Hatter, por lo que él tendría facilidades que otros miembros no. Quizás podría haber llevado a alguien con él, pero no era conveniente llamar la atención, pues era conocido por todos allí que Dylan siempre iba solo.

Con desgana y con el nombre de Javen Wilson en la cabeza para no olvidarse, se apareció en la parte trasera del motel, en una zona oscura. Se encendió un cigarrillo y bordeó las instalaciones lentamente mientras se tomaba sus dos minutos de paz para sí mismo. Pensó en cómo abordar la situación en caso de encontrar a Wilson ―persona que había visto en varias ocasiones allí dentro― pero la verdad es que no sabía cómo abordar de forma pacífica una acusación de esa magnitud. Si realmente Wilson había tenido que ver y había cedido parte del conocimiento de Arcana al Juguetero, siendo éste luego el asesino de miembros de la organización por éstos mismos métodos… Tenía bastante claro que Haraldsen no iba a tomar a Javen como un aliado nunca más y eso sólo podía significar una cosa.

Estaba barajando en mitad de aquel parking la mentira más elaborada, tomando como principal referencia los consejos que le había dado Heidi. Sin embargo… como era un desastre, decidió improvisar.

Tomó una última calada y tiró el cigarrillo al suelo, dirigiéndose a recepción. El viejo confiable ―pues no era más que un muggle hechizado― estaba allí, como siempre, con olor a tabaco, un periódico que debía de releer diez veces al día y paz; mucha paz. Quizás no fuese consciente de lo que se escondía en su Motel, pero antes de morir alguien debía de decirle el exitazo que había tenido; al menos en el mundo mágico.

―¿Qué pasa, viejo? ―preguntó al recepcionista.

Él, confundido ―como siempre― alzó la mirada por encima de sus gafas de sol.

―¿Nos conocemos, muchacho? ¿Y esas confianzas?

―Siempre te olvidas de mí. Eso en mi pueblo se llama Alzheimer de tercer grado.

―¡Pero será irrespetuoso! ¡Yo no tengo alzheimer! ¡Usted es un granuja! ―Se levantó de su asiento, cerrando el periódico.

Dylan se divertía sacando de quicio al pobre hombre, ya que era muy irascible y saltaba a la mínima. Sin embargo, no quería ser el causante de un infarto, así que optó por la opción más fácil: tranquilizarlo de una frase.

―Se ha escuchado el canto, creo que se aproxima lluvia ―dijo con tranquilidad, estirando la mano hacia el recepcionista como si ya supiera lo que estaba por pasar.

―¡Uf, calla! ―Pareció despertar―. Ese pajarraco un día de éstos me va a dar un infarto…

El hombre, como si se hubiera olvidado de la falta de respeto de Dylan, sacó de un cajón una caja de cerillas y se la tendió en la mano abierta, como si ya no estuviera enfadado con él, sino todo lo contrario: parecía muy amigable.

―Gracias, viejo, me estaba quedando sin ―dijo al final sin venir a cuento, aburrido de escuchar siempre la misma queja programada del muggle.

Se guardó la caja de cerillas en el bolsillo de su gabardina y, ya con la llave, fue hacia las escaleras. Había una puerta bajo éstas y si de normal cualquier persona no mágica ―o mágica sin esa recién recibida caja de cerillas― la abría, podía ver un cuarto trastero con utensilios de limpieza. Sin embargo, cuando él abrió la puerta, era la entrada a la “famosa” habitación doscientos diecinueve, una zona creada mágicamente en donde se congregaban magos de muy mala reputación o, como muchas veces veía Dylan, de muy buena reputación que se juntaba con calaña con la que no quería ser vista públicamente.

Era un pub mágico turbio y espacioso, cuyos jefes y creadores habían sido muy generosamente comprados con dinero para no hablar y vivir como reyes. Allí había una ley muy clara y quien se fuera de la lengua probablemente no llegase al día de mañana. Dylan entró sin pensárselo demasiado, ya acostumbrado a ese ambiente de drogas, alcohol, mafias y diversión ilegal.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Miér Feb 12, 2020 10:07 pm

Todavía sopesaba sus posibilidades, de pie en la penumbra de aquel aparcamiento pésimamente iluminado, cuando una oportunidad llegó, literalmente, caminando en su dirección.

En un principio, Xenobia se escondió del desconocido. No podía descartar que se tratase de un mago, teniendo en cuenta la reputación del motel.

Buscó refugio en las sombras cercanas, tras un coche, y observó al desconocido encaminarse hacia la oficina de recepción. Entonces, salió de su escondite, escuchó de nuevo el sonido de las campanillas de la puerta cuando ésta se abrió, y se aventuró a acercarse para espiar. No pudo evitarlo: aún a pesar de que existieran posibilidades de que no fuera asunto suyo, de que el hombre simplemente fuese un muggle cualquiera, su curiosidad periodística innata la llevó a meter las narices.

Por fortuna, la puerta no opacaba demasiado el sonido, y Xenobia pudo escuchar con bastante claridad la conversación que tuvo lugar al otro lado. Una conversación sin sentido aparente, pero que a su vez tenía todo el sentido del mundo cuando se asociaba a los datos anotados en la caja de fósforos.

«Es una contraseña», dedujo enseguida. Esperó en silencio, escuchando, pero no hubo más. «Ya sé cómo entrar a la habitación.»

Consciente de que el desconocido ya no estaba en la oficina, volvió a entrar en la recepción. El hombre tras el mostrador compuso una expresión hastiada en el rostro, y supo enseguida que la había reconocido: la pesada de antes.

—¡¿Otra vez usted?! —El hombre volvió a colocar la mano sobre el teléfono—. Esta vez sí voy a llamar a la policía.

El hombre descolgó el auricular, se lo acercó a la oreja, y enseguida se dispuso a teclear los números correspondientes. Xenobia se adelantó hacia él, dispuesta.

—Se ha escuchado el canto. Creo que se aproxima lluvia —pronunció claramente. La frase tuvo el efecto deseado.

El hombre pareció quedarse congelado, como si en lugar de aquella frase hubiera conjurado en su dirección un encantamiento Petrificus Totalus. Casi como un viejo ordenador al que le costase procesar un montón de información nueva, tardó unos segundos en recuperar el habla. La bruja se preguntó qué demonios le habrían hecho a ese pobre diablo, y, peor aún, quién sería el responsable de semejante destrozo. Era evidente que habían usado algún tipo de hechizo, o una serie de hechizos, sobre él.

—¡Uff, calla! Ese pajarraco un día de estos me va a dar un infarto... —Y con esas palabras, una repetición exacta de la conversación de hacía unos momentos con el hombre que había entrado, el recepcionista se giró en dirección al panel de llaves y buscó la indicada.

Xenobia sintió lástima por el pobre sujeto, quien seguramente no era consciente de que vivía en una especie de día de la marmota, destinado a repetir una y otra vez la misma conversación con diferentes personas. Intentó no pensar demasiado en ello, pues de hacerlo, sentiría deseos de rescatarlo y llevarlo con alguien que pudiera deshacer el entuerto mágico que alguien había colocado en su cabeza.

Una actitud muy propia de los puristas, la cual revolvió las tripas a Xenobia.

Con la llave en sus manos, y teniendo en cuenta que no había visto en qué dirección se había marchado el joven, Xenobia tuvo que preguntar:

—¿Dónde está la habitación doscientos diecinueve?

El hombre, de una manera un tanto inquietante, soltó una carcajada demasiado artificial como para parecer remotamente sincera, y después se rascó la cabeza con una mano. Volvió a sentarse en la silla, y luego la miró con unos ojos que parecían vacíos. Supuso que por eso llevaba las gafas.

Tras unos segundos de duda, dijo lo siguiente:

—¡No diga sandeces! Esa habitación no existe. ¿Qué pretende, dormir en el cuarto de la limpieza que hay bajando las escaleras? ¡Eso es ridículo! —Y de nuevo se rió de manera artificial e inquietante.

Podría parecer que no había dicho nada, pero cualquier persona encontraría extraña la referencia al cuarto de la limpieza. Estaba integrada en el discurso del hombre, sí, pero totalmente fuera de contexto. Dudaba mucho que nadie hiciese semejante mención de una manera natural.

«Pues vamos a ese cuarto de la limpieza», se sugirió, al tiempo que echaba a caminar en esa dirección. «Espero no estar metiéndome en un problema del que luego no pueda salir.»

⋆⋆⋆

La puerta en cuestión no tenía nada de especial, y cualquiera que la abriese sin más, se encontraría al otro lado una pequeña colección de material y productos de limpieza. Xenobia lo comprobó por sí misma, antes de aventurarse a utilizar la llave.

Cuando utilizó la llave, las cosas cambiaron: un suave chasquido metálico le indicó que se había abierto un pestillo, y al girar el pomo esta vez, al otro lado se encontró con unas escaleras bañadas en una tenue luz amarillenta. Al final de éstas, había otra puerta. No tenía ni idea de lo que se encontraría al cruzarla, pero estaba claro que se trataba de algún tipo de lugar de reunión mágico.

Sin dudarlo ni un momento, Xenobia cerró la primera puerta a sus espaldas y caminó con paso decidido hacia la segunda. Ésta no precisaba de llave alguna, y de hecho, tampoco precisó de que la tocase: bastó con acercarse para que se abriese lentamente, con un suave chirrido de bisagras oxidadas.

Al otro lado apareció una enorme estancia que, a todas luces, actuaba como bar o pub. Se trataba de un lugar de reunión de magos, y en aquellos momentos estaba ocupado por una pequeña multitud. Un murmullo general se escuchaba como música de fondo en aquel lugar, fruto de las conversaciones de los distintos grupos allí reunidos.

Había gente que simplemente bebía, ya fuera sentados a la barra o en alguna mesa. Otros jugaban a juegos de azar, apostando monedas mágicas. Otros simplemente conservaban de manera distraída.

Sintiéndose fuera de lugar, Xenobia caminó en dirección a la barra, con toda la intención de empezar a hacer preguntas. No le pasó desapercibida la mirada extrañada del barman, que en aquel momento servía copas a los clientes sentados en los taburetes aledaños a la barra. Pudo notar desconfianza en sus ojos.

Se detuvo a un par de pasos de la barra, abrió la boca para preguntar algo, pero fue rápidamente interrumpida por el barman.

—Eres nueva, ¿no? No me suena tu cara.

Por cómo lo dijo, daba la impresión de que en aquel lugar, los nuevos no eran bien recibidos. No le extrañó: la caja de fósforos que llevaba en el bolsillo debía haber sido una especie de invitación, posiblemente para alguien de confianza.

—Sí, soy nueva —aventuró a decir—. Quisiera hacerle unas preguntas, si no le importa...

—Primero, la llave.

—¿Cómo dice?

El hombre tendió su mano con la palma hacia arriba, y Xenobia comprendió lo que le pedía: la llave que le había permitido entrar allí. Supuso que no la necesitaría, estando donde estaba, así que la depositó en la mano del barman. Este sonrió, cerró los dedos sobre la llave, y para cuando volvió a separarlos, la llave había desaparecido.

—Vale. ¿Qué quiere saber?

Xenobia pensó que, en realidad, ahora tenía muchas más preguntas que antes, y por querer, quería saber demasiado. Sin embargo, tuvo que morderse la lengua y centrarse en aquello que había venido a averiguar: la relación que tenía aquel lugar con el Juguetero.

—Tengo motivos para pensar que cierta persona que busco está vinculada con este lugar —explicó, mirando al atento barman a los ojos—. ¿Qué puede decirme usted del Juguetero?

El barman la observó con rostro ceñudo, extrañado ante la pregunta.
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Dylan G. Blair el Sáb Feb 15, 2020 12:02 am

Al entrar en aquel local oculto y mágico, Dylan no pasó desapercibido. Era un cliente recurrente debido a su trabajo y la gente con la que se relacionaba, por lo que no solo lo conocían quiénes llevaban el sitio, sino además las personas que recurrían a él para conseguir drogas. Recibió un saludo con la cabeza por parte del barman y aprovechó para ir hasta él antes de hacer su ronda.

―Lo de siempre ―le pidió, a lo que el barman hizo un movimiento con su varita y una botella de cerveza salió de la nevera, se le quitó en medio de levitar la chapa y voló hasta manos de Dylan―. Te pago al irme ―añadió, como siempre.

Solía beber más de una cerveza por norma general y, por pura pereza de estar pagando a cada consumición, siempre lo dejaba para antes de irse. Podría ser un poco desastre en muchas ocasiones, pero en ese sentido se consideraba un buen Lannister que siempre pagaba sus deudas.

Tomó un sorbo de su cerveza y se dirigió directamente hacia Randall Fell, un pelirrojo regordete que estaba sentado en una mesa circular con otras cinco personas. Ahora entendía, viendo el volumen de acompañantes, que hubiera pedido tanto en comparación con otras veces. Al llegar hasta ellos, la conversación fue ―en su opinión― demasiado jovial y de colegas. ¿En qué momento podría haberle dado la sensación a ese gordinflón de que era su colega? Dylan se mantuvo frente al grupo de manera pasiva, bebiendo de su cerveza mientras se tomaba aquellos comentarios con filosofía y observaba todo a su alrededor, viendo qué personas habían.

Si llega a ser otra persona, probablemente hubiera recibido algún tipo de comentario, pero Randall era un cliente habitual que dejaba mucha pasta en suicidarse, por lo que no iba a darle motivos para buscar a otro dealer que le pasase la mercancía.

En cuestiones de intercambios mágicos el rubio tenía ciertas normas y es que actualmente como te pillasen con droga y pudieran relacionarte con entradas internacionales de material podrías pegarte una buena temporada en Azkaban y, sinceramente, Dylan no tenía intención alguna de eso. Así que sus «traspasos» solían ir de la mano de una caja de tabaco.

Nadie preguntaba cuando veía que alguien le daba una caja de tabaco a otro alguien, ni en el mundo mágico ni en el mundo muggle. Así que se sacó de su chaqueta ese paquete y se lo lanzó a Randall, el cual lo cogió al vuelo. Si dicha caja no era suficiente para guardar todo lo que le pedían, se limitaba a hacer un hechizo para agrandar mágicamente el interior; al menos con sus clientes mágicos.

Cuando el tipo vio que estaba correcta la mercancía, se levantó y abrazó a Dylan como si fuera su colega de toda la vida, acto que incomodó al rubio. Sin embargo, respondió con una sonrisa totalmente fingida cuando le “chocó” la mano y le pasó el dinero.

―Volveré a contactar contigo ―le aseguró.

―Cuento con ello ―le contestó, antes de irse, dándole un golpecito en el pecho en señal de «que corra el aire, colega», empujándole hacia atrás.

Acto seguido se giró y mientras Randall y sus amigos empezaban a pasárselo bien con una «ayuda extra», él se sentó en una de las mesas libres para contar el dinero, terminarse su cerveza y esperar a su siguiente cliente que no había llegado, observando con disimulo a su alrededor para ver si veía a Javen Wilson y empezar con su misión de acercamiento sigiloso y disimulado propio de un cazador en la selva.

No tenía muy claro como hacerlo, pero quería pensar ―pese a no ser verdad― que la improvisación era una de sus grandes virtudes. Como si tuviera alguna.

Vio entrar a una pareja y dirigirse a una de las esquinas de la barra y, en ese momento, se dio cuenta de que había una mujer que no estaba cuando llegó y, cuya entrada, seguramente había sido eclipsada por el gran colegueo de Randall. Quizás no tuviera ninguna virtud, pero al menos era un hombre observador… su vida y su trabajo, sin duda, le obligaban a serlo.

El hombre de la pareja era Wilson, aunque parecía estar acompañada de… una mujer de compañía que no era su esposa. Dylan había hecho sus deberes y era consciente de quién era su señora mujer y, ponía la mano en el fuego que ese pibón de apenas veinticinco años y un culo de infarto, NO era la mujer con la que se había juntado en SAGRADO matrimonio. Así que para acercarse un poco a él, cogió sus cosas, se guardó el dinero en el bolsillo interior de su chaqueta y caminó hacia la barra.

Se colocó a un taburete de la muchacha, mientras que estaba como a tres de la pareja.

Pudo escuchar ambas conversaciones y, pese a que sin duda alguna le interesaba más el de Javen Wilson, la conversación de la muchacha con su amigo barman atrajo toda su atención. Sobre todo escuchó hablar a su amigo, que daba explicaciones muy neutrales y sin mojarse.

―Sé lo que todo el mundo, señorita: el Juguetero es un asesino que usa métodos muy diferentes y que nos tiene a todos desconcertados ―le respondió―. Mentiría si negase que aquí no hay nadie vinculado con él, pues aquí te puedes encontrar de todo ―añadió, mientras cogía un vaso y lo secaba con el paño que colgaba de su delantal―. Pero desconozco si hay alguien; yo soy un simple barman que se mantiene al margen.

Teniendo en cuenta que allí podía preguntarse cualquier cosa, pese a que al barman le cogió por sorpresa la pregunta, actúo con regularidad.

―Y aunque no lo desconociera… ―dijo Dylan introduciéndose en la conversación, con ganas de meter en un compromiso a su colega y, por qué no, sacar el tema abiertamente para ver cómo reaccionaba Wilson, pues no estaba tan lejos como para no oír―, todos sabemos que no dirías nada.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Dom Feb 16, 2020 4:27 pm

El rostro del barman fue un abanico de expresiones faciales variopintas, y a pesar de que en un principio pretendió mostrarse extrañado, impasible incluso, ante las preguntas que le formuló, finalmente no pudo disimular su desagrado.

No sabía si se trataba de una fobia hacia ser interrogado en general, o si el tema de conversación en cuestión no le gustaba, pero Xenobia notó enseguida cómo el tipo levantaba todas las barreras y clavaba sobre ellas un cartel que rezaba “No pienso decir nada”. Había aprendido a identificar ese tipo de reacciones durante su corta etapa en El Profeta, durante la cual había logrado desenmascarar a un peligroso criminal que trabajaba en el mismísimo Ministerio de Magia.

Tiempos bonitos aquellos, ¿no? Actualmente, un solo criminal allí dentro ni siquiera llamaba la atención.

La respuesta del barman fue genérica, por decir algo, y mientras se afanaba en sacar brillo al vaso que acababa de coger, supuso que sopesaba sus posibilidades de huir de aquella conversación. No tenía muchas, a decir verdad.

Sabía cómo hacer hablar a las personas. Tenía distintos métodos bajo la manga. Uno que funcionaba especialmente bien era el deslizar uno o dos galeones sobre la mesa, repitiendo la pregunta y asegurándose de que el entrevistado en cuestión no los tomaba antes de tiempo. Sin embargo, no todos solían caer ante un soborno.

Apelar a la humanidad, a veces, también funcionaba. Dudaba que en aquel caso fuese a servir de algo, teniendo en cuenta la naturaleza oculta del local.

Existían también otros métodos, que en lo personal le gustaban menos. El flirteo, en especial, le parecía repugnante, pues a pesar de que lo había llevado a la práctica un par de veces, solía acabar sintiéndose bastante sucia. Lo babosos que podían llegar a ponerse los hombres, aún sin haberle puesto la mano encima, le desagradaba profundamente.

«Y también está la agresividad», pensó Xenobia, consciente de la realidad. «En este caso, no creo que sea buena idea: hay demasiada gente, y este tipo por lo menos tendrá un amigo por aquí.»

No tuvo tiempo de poner nada en práctica, pues antes incluso de tener ocasión de pensar una réplica, un desconocido irrumpió en la conversación. Inevitablemente, la mirada de Xenobia se volvió en dirección al recién llegado, que vestía elegantemente con un abrigo de doble botonadura. Admiró silenciosamente su estilo, pues no todo el mundo podía llevar el negro tan bien.

—¿Qué dices, hombre? —El barman rió de esa manera en que lo hacen aquellas personas que pasan un momento incómodo: soltó un gallo demasiado agudo como para ser natural—. ¿Qué voy a saber yo de ese tema?

Xenobia, sin saber si debía agradecer o no al desconocido, se cruzó de brazos y decidió aprovechar la situación en que se había metido.

—Yo creo que tiene razón. —Hizo una inclinación de cabeza en dirección al recién llegado, sin apartar la mirada del barman—. Sabe que hay alguien aquí relacionado con el Juguetero, pero si se extiende por ahí el rumor de que va delatando a sus clientes, el local se le quedaría vacío. ¿Me equivoco?

Ahora sí, de verdad, vio la incomodidad en el barman: el tipo empezó a sudar, enjugándose la frente con el dorso de la mano, y en un momento dado casi se le escapa el dichoso vaso de las manos. Había dado en el clavo.

—Señorita, de verdad, creo que debería usted dejar de hacer preguntas...

Xenobia arrojó sobre la barra, frente al esquivo barman, la caja de fósforos que la había llevado hasta allí. El sujeto la miró con el ceño fruncido, sin entender muy bien qué tenía de extraño aquel objeto.

—No le suena mi cara, por supuesto: es la primera vez que estoy aquí, y no es que me hayan invitado —declaró directamente—. Si estas cajas de fósforos suyas son una especie de invitación, quizás le gustaría explicarme por qué una de ellas ha aparecido en el escenario del último de los crímenes del Juguetero.

Por su cara, al barman no le gustaría, en absoluto, ofrecer una respuesta a semejante enigma. Más bien parecía querer esconderse debajo de la barra y esperar que, con suerte, Xenobia se olvidase de él y se marchase.

La bruja supo que aquel era el momento en que debía ser más cuidadosa: todavía no la habían reconocido como fugitiva, y quizás pudiese contar con el hecho de que aquel lugar no parecía ser una taberna normal, sino un negocio turbio, pero de todas formas, si presionaba demasiado su suerte, podía meterse en problemas más serios de los que pretendía.

Lo que ella no sabía era que, no muy lejos de allí, un hombre que hasta entonces había estado más pendiente de la mujer que lo acompañaba que de cualquier otra cosa en el pub, de repente había perdido interés y escuchaba la conversación que el barman mantenía con una desconocida. Parecía muy incómodo, y repentinamente debía encontrar especialmente fascinante el fondo de su copa, pues no dejaba de mirarlo.
Xenobia Myerscough
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Dylan G. Blair el Dom Feb 23, 2020 8:41 pm

El rubio se había apoyado con el antebrazo en la barra, tomándose con la otra mano la cerveza que todavía iba por la mitad. La acusación indiscreta que le había hecho a su barman de confianza no la hubiera hecho en ningún otro momento, pero la conversación que estaba teniendo con la mujer de la barra le había venido como anillo al dedo para ver la reacción de Javen con respecto al Juguetero.

Sabiendo cómo estaba actualmente el panorama con el Juguetero y todas sus acciones homicidas, no era raro hablar de ese tema. Lo que sí que era raro era preguntar información específica al pobre barman del Mad Hatter Motel, teniendo en cuenta la cantidad de cosas turbias que se movían allí dentro, sobre todo si no eras cliente habitual de ese local.

Precisamente Dylan sabía que alguien de allí podría tener algo que ver, pero su acercamiento se suponía que iba a ser mucho más discreto que la pregunta abierta de la morena en la barra. Quizás pudiera parecer que el muchacho estaba apoyando la investigación de ella, pero no era así: toda su atención estaba sobre Javen, el cual notó la mirada curiosa de Dylan en su dirección. Eso lo incomodó e hizo que intercediera ante el acoso de aquella muchacha, intentando mantener una compostura recta y decente.

Javen Wilson no tenía intención de que eso consiguiera ponerlo en una situación comprometida. Así que alzó la mirada en dirección a la morena, sin saber quién era y a riesgo de que fuera una investigadora privada del Ministerio, para defender a los clientes del Mad Hatter y, sobre todo, su propia inocencia:

―Puede haber muchas explicaciones para eso, señorita Entrometida ―le contestó el hombre, intercediendo en la conversación―. Desde que esas cerillas fueran propiedad de una de las víctimas, hasta el hecho de que hubiese sido colocada a consciencia por alguien que quiere inculpar a algún cliente o cargo del Mad Hatter. ―Hizo una pausa y se puso de pie, ayudando a su amante a levantarse del taburete con una mano caballerosa―. Sea lo que sea que haya pasado, no puede pretender que el bartender de nuestro motel vaya a decirle nada, sepa o no algo. Usted no ha sido invitada, sino que se ha tomado la libertad de venir a un sitio en donde nadie la quiere, por lo que le aconsejo no agobiar a nadie con esos temas tan delicados.

Hizo un movimiento con la mano para ayudar a su amante a salir de allí, colocando luego dicha mano en su cintura en la parte baja para guiarla hacia otro lugar. Repentinamente la barra ya le parecía el peor lugar de aquel sitio. Antes de irse, sin embargo, volvió a mirar a la mujer.

―Y se lo digo por su bien ―recalcó―: Por experiencia sé que nadie sale bien de aquí haciendo preguntas de más. ―Había sonado totalmente a amenaza y esperaba haber sonado lo suficientemente convincente para que aquella mujer se pensase las cosas dos veces. Luego miró al muchacho rubio que bebía cerveza―. Y usted, señor Blair, debería darle apoyo a los que le dan de comer y no meterlos en un compromiso ―dijo en referencia a su comentario contra el barman.

Dylan terminó de beber y llevó una de sus manos a la frente, haciendo un gesto con los dos dedos de haber entendido.

―Oído cocina, Wilson ―le respondió con una sonrisa altiva, pues por mucho que siempre se mostrase “obediente” con los cargos más poderosos del Mad Hatter, no podía evitar su personalidad pretenciosa de que todo le sudaba los huevos.

Wilson continuó su camino hasta una de las mesas libres, bien al fondo, alejado del foco de entrometidos con el tema del juguetero. A su juicio su interpretación autoritaria había quedado perfecta, pero Dylan sabía perfectamente que había sido una mera tapadera y que, como mínimo, el debía de saber algo, aunque ese «algo» fuese pequeño e insignificante.

Entonces, antes de que a la muchacha le diese por saltar contra Wilson o contra el barman, Dylan añadió algo:

―No te merece la pena hacer preguntas de más aquí dentro ―le recomendó, con una voz que no era para nada parecida al tono amenazante de Wilson―. Te aseguro de antemano que no vas a encontrar respuestas y, desde que el tono de tus preguntas incomode a alguien, vas a tener a todo el mundo contra ti.

Ahí daba igual si uno era aliado del Juguetero, el mismo Juguetero o el hijo de Lord Voldemort. En el Mad Hatter habían muchas normas no escritas y, una de ellas, era que era un lugar para hacer negocios, crear contactos y pasarlo bien escondidos de toda vigilancia legal. Allí dentro había un código y una desconocida interesada en un tema tan delicado no iba a romper el falso buen rollo que había allí dentro.

El barman observaba curioso, un poco más atrás, mientras asentía a las palabras de Dylan. Se había prometido no decir nada más, pues él no tenía esa capacidad tan autoritaria de decir no, sino que más bien se escondía en su inseguridad.

―Tómate una cerveza ―le recomendó, en una invitación indirecta. Le hizo una seña al camarero para que le pusiera una caña a la muchacha―. Y observa.

Con la misma, Dylan se giró en su propio taburete y apoyó su espalda contra la barra, observando todo el pub. Podía ver como Javen Wilson se había sentado en una mesa bastante privada al fondo y como Randal Fell y sus colegas ya se ponían a tono con la droga que Dylan les había vendido. Sus intenciones en ese momento estaban claras: esperar a su cliente y, en cierto punto, ofrecer a Wilson de eso que en ocasiones le pedía.

El motivo que tenía para haber advertido a la muchacha era que no quería crear un revuelo allí dentro, ni por su bien personal, ni por el laboral, ni mucho menos por lo que le habían encomendado. Si una persona no habitual de aquel lugar empezaba a hacer preguntas incómodas sobre algo tan turbio como era el Juguetero, podrían ponerse realmente a la defensiva con ese tema y no admitirlo en ninguna conversación, por lo que la posibilidad de sacar algo allí dentro, hasta para él, se vería limitada.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Lun Feb 24, 2020 2:19 pm

Podría decirse que la intervención inesperada de uno de los clientes de aquel extraño reducto mágico en medio del mundo nomaj salvó al barman de aquella conversación tan incómoda, pues evidentemente, el interés de Xenobia se desvió en otra dirección.

Cruzada de brazos, sin inmutarse, la bruja observó y escuchó. Estaba más que acostumbrada a recibir un trato similar, siendo como era periodista. ¿Todas esas historias que se contaban acerca del rechazo que sufrían los medios de comunicación por parte de aquellos que tenían algo que esconder? Bueno, pues sí, eran totalmente reales.

«Aquí tenemos a alguien que tiene algo que esconder», pensó mientras mantenía una mirada fija, casi desafiante, en los ojos de aquel hombre.

La forma en que la “amenazó” no hizo más que confirmar sus sospechas: ese hombre tenía algo que ocultar, y si pensaba que con semejante intento de amedrentarla iba a conseguir que desistiera, obviamente no la conocía. Xenobia había dejado el miedo atrás hacía mucho tiempo, más concretamente aquella noche de agosto de 2018 en que un grupo de mortífagos la habían dejado al borde de la muerte y le habían arrebatado todo lo que tenía.

Tras semejante exhibición de testosterona, mal humor y bravuconería, el mago se marchó en dirección a una de las mesas del fondo, sujetando por la cadera a la mujer trofeo que le acompañaba. Xenobia los siguió a ambos con la mirada, dispuesta a no dejar correr aquello bajo ningún concepto.

Se había prometido a sí misma sacar información de aquel lugar, y desde luego que pensaba hacerlo.

Sin embargo, el rubio que había acudido a poner en aprietos al barman habló, llamando su atención e impidiendo que fuese a atosigar al hombre. Le dedicó una mirada, dispuesta a atajar el asunto rápidamente, cuando el joven aseguró que no iba a conseguir otra cosa que tener a todo el mundo en su contra.

«¡Menuda novedad!», pensó Xenobia, poniendo los ojos en blanco. «Ni que no estuviese ya acostumbrada a ello.»

—Señor Blair, si no he escuchado mal —dijo Xenobia, que decidió aceptar la sugerencia de paciencia por parte del rubio—. Es curioso lo que estoy observando aquí. —Xenobia se sentó en el taburete contiguo, mientras un receloso barman le ponía la cerveza que el otro había pedido para ella sobre un posavasos en la barra—. A nadie ha parecido importarle lo más mínimo mi mención al Juguetero, excepto a usted, al barman, y a ese caballero.

Xenobia señaló con una inclinación de cabeza en dirección al susodicho, que en aquel momento atendía sus asuntos. Concretamente, él y muchos otros parecían estar consumiendo algún tipo de sustancia, seguramente ilegal, lo cual explicaba muchas cosas con respecto a la clandestinidad de aquel sitio.

Así y todo, su sospechoso no la perdía de vista, dedicando miradas en su dirección que, de haber sido posible, la habrían fulminado allí mismo.

—Según mi experiencia, una reacción así es más inculpatoria que otra cosa. Su amigo… ¿Wilson, le llamó? Oculta algo, definitivamente —comentó, utilizando el mismo tono confidencial que hasta entonces.

Decir que Wilson ocultaba algo era un eufemismo o, cuanto menos, innecesario: si en algún momento había pretendido disimular, había perdido los nervios rápidamente. Ya no era una cuestión de si sabía algo o no, si no de qué sabía exactamente.

—¿Puedo preguntar de qué se conocen ustedes dos? —Xenobia tomó la cerveza que le habían puesto de manera casual y se la acercó a los labios; antes de beber un sorbo, añadió—: A no ser que esa sea también una “pregunta de más”.

Dada la naturaleza oculta de aquel lugar, a Xenobia no la sorprendería en lo más mínimo que incluso aquello fuera preguntar demasiado, pero no había ido a aquel lugar a hacer amigos. Allí dentro había personas que sabían más de lo que decían acerca de un terrorista que se estaba convirtiendo en el azote del mundo mágico, dejando pilas de cadáveres tras de sí. Por muy hundidos que pudieran estar en el fango moral todos aquellos magos consumidores de drogas, quería creer que tendrían la decencia de repudiar los métodos del Juguetero, fuese o no cliente habitual de aquel lugar.
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Dylan G. Blair el Jue Feb 27, 2020 10:25 pm

Ideando en su cabeza un plan fantástico e infalible con el cual poder tener una conversación tranquila de tú a tú con Javen Wilson, la muchacha a la que le había dado la cerveza para que se mantuviese tranquila y calladita, se dirigió a él. Que ojo, normalmente no decía que no a una conversación con una chica con carácter ―sus favoritas, para qué negarlo―, pero en ese momento estaba concentrado en su pequeña misión y, seamos sinceros: el pobre necesitaba concentrarse para no estresarse con cagarla.

Que le llamase “Señor Blair” le hizo sentirse como un señor anciano de noventa y tres años, algo que hizo que mirase a la muchacha con una de sus cejas alzadas en un claro disgusto.

―Dylan ―le corrigió sobre la marcha, sin querer sentirse señor―. Llámame Dylan.

El «Señor Blair» se lo dejaba a los estirados drogadictos, creando una clara barrera distante entre cliente y traficante. No le gustaba nada las confianzas de los drogados cuando iban demasiado pasados de heroína.

La deducción de la mujer hizo que Dylan volviese a mirar hacia adelante, soltando una pequeña risa en forma de bufido. Tenía todo el sentido lo que decía ―sobre todo teniendo en cuenta lo que sabía Dylan―, pero tal y cómo lo dijo le pareció más bien una deducción basada en la desesperación de buscar algo relacionado con el dichoso Juguetero. No había más que ver en cómo había preguntado al barman para darse cuenta de que estaba a saco con ese tema y que había ido allí con un objetivo.

―No creo que te haya escuchado hablar de ello ni la mitad del pub ―le contestó a la mujer―. Le ha importado a las personas que te han escuchado. Bueno, menos a ese. ―Señaló con la cabeza a un tipo que estaba en la barra y, por lógica de distancia, debió de haber escuchado algo. Sin embargo, estaba con la frente sobre la madera de la barra mientras balbuceaba cosas que no se entendían―. El resto está aquí para algo más que poner las antenas a una conversación entre una Doña Nadie y el barman. Si vienen aquí es porque confían en todo esto. ―Y tras una pausa, añadió―: Y claro que Wilson oculta algo. Todos aquí esconden algo, por eso vienen aquí. ―Se llevó la cerveza a los labios y cuando se la quitó la miró a ella―: ¿Y tú qué escondes?

Dylan eran de esas personas a las que estos tres años había hecho caso omiso a los carteles de Se Busca, ya que le daba absolutamente igual quién era leal al Ministerio y quién se declaraba en contra de ellos. Era una guerra que nunca le había correspondido y, por tanto, nunca se había implicado. Ese era el motivo principal de que por mucho que mirase a Xenobia Myerscough, fugitiva reconocida desde hacía tres años, no tenía ni pajolera idea de quién era a pesar de haber visto su cara posiblemente cientos de veces por los callejones de las zonas mágicas.

―Hemos hecho negocios juntos ―le respondió a la morena―. Y no, no hemos hecho negocios relacionados con el Juguetero, si es que tu mente paranoica ya lo estaba pensando ―añadió, divertido ante la idea de que personalmente él no, pero su organización sí que había hecho más de un movimiento con él relacionado precisamente con ese asesino de masas―. Se nota que es tu primera vez aquí, solo una novata preguntaría de esa manera a la única persona que no le va a decir nada. ¿Tienes ganas de morir y por eso has venido a uno de los sitios más peligrosos preguntando por uno de los asesinos más misteriosos que hay últimamente?

No era la primera vez que veía una mala pregunta o un mal comportamiento y dicha persona salía de aquí con alguien persiguiéndole. Allí no había cabida a ciertas libertades.

Pese a que la muchacha parecía tener sus mismos intereses, Dylan llevaba mucho tiempo sin confiar en nadie, mucho menos si tenía que ver con el trabajo y la resolución exitosa del mismo. Él era un poco cafre, pero quería pensar que una de las pocas cosas que se tomaba en serio era aquello que le había dado un hogar y un propósito. Ahora mismo lo único que se le ocurría ―al menos a corto plazo― era entretener a la muchacha e intentar invitarla a que se fuera para poder él tener vía libre, pues si no ya se estaba imaginando que con sus "deducciones no tan desacertadas" y la estupidez innata de Wilson, no iba a tener muchas oportunidades de acercarse sin ser observado.

Y, sinceramente, sin tener ni idea de la identidad, profesión o intenciones de la mujer, no quería darle a entender nada que pudiera ponerle a él mismo en un compromiso. Por ahora tenía suficientes motivos para sospechar solo sabiendo que esa mujer había conseguido algo de uno de los escenarios de uno de los asesinatos del Juguetero.
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Xenobia Myerscough el Sáb Feb 29, 2020 2:52 pm

El joven, que se identificó con el nombre de Dylan, tenía una forma curiosa de ver las cosas. O al menos, eso parecía en primera instancia.

Xenobia lo escuchó con atención, pues eso hacía una buena periodista: escuchar, captar toda la información posible antes de decidir qué era y qué no era importante. No estaba de acuerdo con lo que decía, teniendo en cuenta que el señor Wilson se había levantado de su asiento igual que uno de esos muñecos de resorte que emergen de cajas sorpresa, yendo directamente hacia ella, pero le dejó continuar hablando.

Echó un vistazo alrededor, a los clientes que ocupaban los taburetes, y la mera observación fue suficiente para corroborar lo que había dicho: a nadie allí le había importado en lo más mínimo la pregunta que había hecho. Empezó a preguntarse si es que el señor Dylan Blair y ella vivían en universos paralelos que, por algún motivo, se habían encontrado el tiempo suficiente como para que mantuviesen aquella conversación.

«Pero confirmas mis palabras», pensó Xenobia. «Si nadie me ha prestado atención, ni siquiera cuando he mencionado al Juguetero, es que a nadie le importa salvo a ese tal Wilson.»

—Muchas cosas —respondió Xenobia, con una leve sonrisa un tanto cínica—. Demasiadas como para que las descubras a cambio de una simple cerveza.

Que en aquel lugar todos ocultaban algo era lo mismo que afirmar que el sol durante el día oculta sus rayos: los presentes no parecían muy preocupados por esconder sus vicios, especialmente los que compartían mesa con el tal Wilson. Tampoco parecía preocuparles en lo más mínimo que una cara desconocida —o conocida, según la cantidad de veces que hubiesen visto su cartel de ‘Se busca’— apareciese por allí y comenzase a hacer preguntas.

Quizás se equivocaba en sus suposiciones, por supuesto. Solamente observaba.

—Veo que te gusta sacar conclusiones sobre la gente —respondió Xenobia—. Y que en tu vida no has debido tratar con demasiadas personas paranoicas —añadió, con una sonrisa divertida—. Si he venido aquí a preguntar por ese terrorista, no es porque tenga ganas de morir. Todo lo contrario: ha estado masacrando a amigos míos y me gustaría verlo colgado de una soga. ¿Puedes simpatizar con eso, Dylan? ¿Tienes amigos?

Sí, tenía que reconocerlo: se había puesto un tanto pasivo agresiva para el final de la frase, y ahora no tenía intención de detenerse. No obstante, su actitud y su lenguaje no verbal seguía siendo de lo más calmado. Con dicha calma fue que dejó la cerveza sobre la barra y se giró en el taburete, a fin de hablar directamente con su interlocutor.

—Te propongo una cosa: tú me dices exactamente qué tiene de interesante este señor Wilson, o yo me levanto, grito a los cuatro vientos que ofrezco treinta galeones a cualquiera que pueda darme información veraz sobre el Juguetero, y de paso te fastidio el plan de espionaje. —Y con esas mismas palabras se puso en pie, se separó un par de pasos de la barra y se llevó la mano a uno de los bolsillos—. Ahórrame las amenazas indirectas de muerte, por favor: ya me han amenazado tantas veces que me da igual.

«Morirse tampoco estaría mal», pensó Xenobia, cuya mente por lo general no era un lugar agradable en el que pasar el tiempo. «Aún si no hay nada al otro lado. Cualquier cosa es mejor que este mundo podrido.»
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Dylan G. Blair el Mar Mar 10, 2020 11:03 pm

―Te puedo invitar a muchas cervezas entonces ―declaró con altanería, sin encontrar problema que «una simple cerveza» fuese un intercambio pobre.

Se mantuvo con la mirada sobre las personas del local mientras escuchaba responder a la morena, tomándose la cerveza con cierta diversión. La verdad es que sí: le encantaba sacar conclusiones sobre la gente y, entre más desacertadas fueran y más ofendieran, mejor. Nunca se había considerado un buen lector de seres humanos y, hasta la fecha, consideraba que entendía mejor a su perra que a las personas. Y en cuanto a tratar con personas paranoicas… teniendo en cuenta por donde solía moverse, sí que había tratado con varias, sin embargo, su nivel de pasotismo era tan descarado que solía importarle nada o menos las paranoias de las personas, siempre y cuando éstas no le afectasen directamente a él.

La única paranoia que le importaba a él era la que le daba en la oreja izquierda cuando vendía droga y sentía que había alguien observándolo. Por regla general ante la mínima sospecha, solía irse y dejar a sus clientes sin la mercancía. Prefería un cliente menos que dos años en Azkaban como aviso por vender sustancias ilegales.

Ignoró las preguntas que intentaban repercutir en sus sentimientos por dos razones: la frase predecesora de esas preguntas había sido muy jugosa y, bueno, a Dylan era complicado hacerle recapacitar sobre esos temas, sobre todo en una situación así.

―¿Pero el Juguetero no masacra fugitivos? ―preguntó con la ceja enarcada, desviando la mirada hacia ella―. ¿Tenemos aquí a una muchacha traviesa que coopera con el enemigo? Cada vez estoy más seguro de la grandísima masoquista que tengo delante…

Pese a que “ignoró” sus preguntas ―y pongo "ignorar" entre comillas porque obviamente Dylan era consciente de que tenía pocos amigos, mucho menos amigos cercanos―, sí que notó su tono de voz. Él estaba acostumbrado a tratar con clientes enfadados, borrachos agresivos, mujeres enfadadas y… vamos, toda la carroña existente. No olvidemos que, en un punto de su vida, él fue esa carroña desagradable, así que tenía conocidos y enemigos en esos sectores.

La propuesta de la chica hizo que el rostro de Dylan sonriera con altivez pero… sus huevos se encogieron un poco, para qué negarlo. No tenía ganas ni de perder esa oportunidad con Wilson, ni mucho menos que esa morena, alias «Grano en el culo», empezase a preguntar cosas sobre el Juguetero después de haber estado hablando con él.

La verdad, abogaba por el refrán de: «Movidas las justas». En realidad eso no era un refrán, pero tú entiendes mi punto.

Así que cuando la morena se levantó, de manera totalmente seria, Dylan se sentó más formal sobre el taburete ―pues antes estaba despatarrado y natural― y la miró con la serenidad debida para el momento. Quería que la muchacha le tomase seriamente y que no pensase que se estaba riendo de ella.

―Vuelve al taburete y termínate la cerveza. ―Y tras darle dos golpecitos a la parte superior del taburete y echarle una mirada suspicaz de: ‘acércate, acepto tu trato’, se giró en la silla en dirección a la barra, dando la espalda al resto del club.

Obviamente no quería decirle a  Srta. Grano en el Culo nada relevante sobre el Juguetero, por lo que iba a jugar su siguiente carta: decir la verdad a medias. Muchos podrían considerar este movimiento como decir una mentira a medias y… también es verdad, pues dependía mucho de la perspectiva. Dylan era un ser optimista a estas alturas de su vida, así que prefería verlo como que le estaba diciendo la verdad… pero no toda la verdad.

Cuando la morena se sentó de nuevo, Dylan se metió la mano en el bolsillo interior izquierdo de su chaquetón y sacó una bolsa de plástico en cuyo interior habían unas pastillas blancas con una carita feliz en cuyos ojos habían dos equis. Eran drogas muggles, pero que como todo lo malo, también estaba al día en el mundo mágico. Después de enseñarle eso, se lo guardó y sacó de su bolsillo superior e interior del chaquetón un fajo de libras, pues ARCANA trabajaba con ambas monedas.

―Wilson es uno de mis clientes, como ese gordo que se está poniendo bien harto de cocaína ―murmuró, señalando hacia atrás con el dedo gordo para luego coger de nuevo su botellín y llevárselo cerca de los labios, pero sin beber―. Desconozco si Wilson tiene relación con el Juguetero, que sé que es lo que te interesa saber, por lo que no puedo ayudarte. Javen Wilson es un lameculos del Ministerio de Magia y me cuesta imaginarlo implicado en esos asuntos.

La verdad es que Dylan no tenía el Máster de Mentiroso Experimentado, pero no le había quedado tan mal la media verdad. O la media mentira. ¡Allá tú como prefieras verlo!

―Mi interés en él se reduce a que me compre y, para eso, necesito hablar con él y convencerlo, cosa que se me da muy bien cuando tengo una bolsita como ésta en el bolsillo. ―Se tocó el bolsillo después de beber del botellín―. Lo que no me gusta ser descarado con estas cosas por el evidente motivo legal. Por suerte sé que no eres una auror del Ministerio porque como espía o recaudadora de información eres penosa.
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Xenobia Myerscough el Mar Mar 17, 2020 10:00 pm

Xenobia no tenía intención de revelar secreto alguno, ni por una ni por tres mil cervezas. Le costaba un mundo confiar en cualquier persona lo suficiente como para mostrar lo que sentía, así que definitivamente no pensaba abrirle su corazón a un extraño en un lugar como aquel. Por ese mismo motivo no dijo nada al respecto.

Con todo y con esas, si quería tirar un poco de la manta no le iba a quedar más remedio que ofrecer algo a cambio. Y fue por eso que desveló que sus motivos para querer saber más sobre el Juguetero eran personales. Cualquier persona avispada comprendería que, si aquel terrorista había matado a amigos suyos, significaba que la mujer era una fugitiva, o cuanto menos simpatizaba con ellos. La deducción del joven rubio no iba desencaminada, pues.

—¿El enemigo? —preguntó ella, alzando las cejas, fingiendo impresionarse—. ¿Quiere eso decir que el Ministerio está lleno de aliados vuestros? Porque la última vez que lo miré, la mitad de las cosas que he visto aquí seguían siendo ilegales...

Por supuesto, Xenobia no era ajena a la corrupción dentro del cuerpo de aurores y del mismísimo centro neurálgico del Ministerio de Magia. En su época como periodista, había logrado destapar algunos de estos casos de corrupción, y teniendo en cuenta cómo estaban las cosas, suponía que ahora sería incluso peor.

«Y sí. Por lo que yo sé, bien podrían estar al tanto de todo esto», pensó, teniendo que reconocer la evidencia. «Por lo que yo sé, aquí podría haber más de un empleado del Ministerio de Magia.»

El señor Blair, de nombre Dylan, no parecía dispuesto a soltar prenda con respecto al tal Wilson, y Xenobia juzgó que había llegado el momento de tomar medidas drásticas: se puso en pie y amenazó con ofrecer una suma de dinero que no llevaba encima a cambio de información acerca del Juguetero. Sobraba decir que no creía que nadie fuese a responder, quizás a excepción del propio señor Wilson, y dicha respuesta no iba a ser lo que se decía muy amigable.

Lo importante de todo aquello era que le estropearía la vigilancia al señor Dylan Blair, quien parecía extremadamente interesado por los asuntos de Wilson.

Por un momento, la sonrisa del rubio la llevó a pensar que su farol no tendría éxito, y posiblemente tendría que marcharse con las manos vacías e idear otro plan. Sin embargo y por fortuna, no fue así: Dylan le pidió que volviera a sentarse, y ella lo hizo. Fue todo oídos a partir de ese momento.

Sin embargo, lo que escuchó no le gustó demasiado: según su interlocutor, no tenía ni idea de su Wilson tenía algo que ver con el Juguetero. Según él, su interés se limitaba a la venta de drogas.

«Ni de coña», pensó Xenobia, sin inmutarse ante la respuesta. «Tú sabes algo más y no me lo estás diciendo.»

No obstante, ocurría una cosa: si el señor Blair no tenía intención de decirle la verdad, el insistirle no le iba a servir para nada. Así que Xenobia tuvo que fingir que, en efecto, la había convencido con aquella historia. Poco a poco, una ensayada decepción asomó a las facciones de su rostro. Incluso se mordió el labio inferior con sus dos grandes paletas superiores, como gesto de inquietud.

—¿Eso es todo? ¿De verdad? —Suspiró, dejando paso a toda esa decepción fingida—. ¡Joder! Esto ha sido una maldita pérdida de tiempo.

Con esas palabras, Xenobia soltó un nuevo suspiro, se levantó del taburete y se dispuso a marcharse de allí. No recorrió ni cinco pasos antes de detenerse y girar sobre sus tobillos, volviendo a encarar a Blair. Caminó en dirección a él, y por un momento debió parecer que iba a preguntarle algo.

Pero no: lo único que hizo fue tomar la cerveza que se había dejado a medias.

—Gracias por la invitación, de todas formas —le dijo, llevándose la cerveza a los labios al tiempo que se daba la vuelta y se iba… bueno, por lo que respectaba a Blair, se iba a atender sus asuntos.

Por lo que a ella respectaba, iba a dejar de llamar la atención… y esperar a que aquellos dos hiciesen algún movimiento sospechoso. Algo olía mal allí dentro, además de lo que saltaba a la vista, y se iba a asegurar de averiguar qué era.
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Dylan G. Blair el Vie Mar 20, 2020 12:37 am

No tenía ni pajolera idea de qué era aquella muchacha, ni qué papel desempeñaba como para estar allí preguntando por el Juguetero, aunque la deducción de Dylan vino de la mano de lo más obvio y también de intentar quitársela de encima. Ella, sin embargo, tuvo gran perspicacia en contestar con una ofensiva, declarando que todo aquello era ilegal y por tanto “enemigo” del gobierno de magia.

―Touché ―le reconoció, sin insistir.

Realmente si la había acusado de lo que le había acusado era simple y llanamente para ponerla en un compromiso, pero si le importaba tres mierdas, pues a él le importaba cuatro. No tenía ningún problema con los fugitivos, a excepción de que a veces eran un poco problemáticos, pero por suerte para él no solía meterse en ningún tipo de compromiso con ellos.

Quizás su organización sí, pero no estaban los fugitivos como para gastarse sus ahorros en droga, por lo que Dylan estaba bastante alejado del tema. Él podía interesarse en los temas de otros sectores de ARCANA, pero sabiendo lo pasota que era y que con cumplir con el mínimo viable le bastaba, no lo hacía.

Al final decidió contarle la verdad a medias y se sintió un gran mentiroso. Siendo quisquillosos, no tenía mucho mérito porque había contado una gran parte de verdad, por tanto había tenido que mentir solo un poquito. Sin embargo, como no solía hacerlo, se sintió bastante convencido con ello.

―¿Qué más quieres? Lo siento ―dijo con ironía, alzando una ceja―, no has dado con el que tiene en máster en asesinos misteriosos. Ese viene los miércoles.

Lo siguiente que hizo fue lo propio: agradecer la cerveza, llevársela ―pues qué feo dejarla ahí sin apenas pegar sorbo― y se fue por su lado, dejando a Dylan tranquilo. En ese momento se le relajó el cuerpo, respiró un poco más tranquilo y parece que hasta la cerveza le entró más suavemente por la garganta.


***
Quince minutos después

Dylan se había pegado su tiempo en la barra, tranquilo mientras se bebía una cerveza más. Había contado el dinero que le había dado el cliente, había corroborado la droga que tenía y esperaba, pacientemente, a ver si llegaba su otro cliente, algo que parecía que no iba a suceder. No era la primera vez ―ni tampoco sería la última― que alguien no iba al sitio acordado. Dylan era, sin duda, el tipo de ARCANA al que más plantón le daban.

Sin embargo, el plan iba bien.

Si venía el cliente tendría que darle su parte, ergo tendría de lejos muchísimo menos con lo que convencer a Javen Wilson de tener una conversación privada. De todas maneras, creía tener algo con lo que llamarlo bastante fácil.

Sin percatarse en absoluto de la ubicación de la mujer, se levantó de allí tras pagar las tres cervezas y se acercó a donde estaba Wilson y compañía. Él no tenía vergüenza ninguna, por lo que se plantó al lado de ellos y los miró desde arriba.

―¿Tienes un momento, Wilson? Quiero hablar de una cosa.

―No estoy interesado hoy, gracias.

―Insisto. ―Esbozó una sonrisa irónica y visiblemente fácil―. Por el tiempo que hemos sido amigos… insisto. ―Y lo miró algo más serio.

Blair nunca insistía. No era un traficante que estuviera desesperado por vender, sino que los desesperados acudían a él, por lo que si él tenía esa actitud era porque quería hablar de algo importante o, en su defecto, venderte algo muy importante.

Así que cuando Javen vio la cara de Dylan, se disculpó con su amante y se puso en pie, haciéndole una señal a Dylan para hablar en privado. También lo conocía bastante bien como para saber que tenía suficiente poca consideración como para hablar cualquier cosa delante de la amante si éste no decidía levantar su culo de la silla, por lo que mejor acatar las condiciones.

Se alejaron y Dylan insistió en ir afuera para evitarse miradas indiscretas y oídos demasiados agudos. Además, quería hablar sin pelos en la lengua.

Una vez fuera, en el parking del aquel hostal, Dylan se sacó su cajetilla de cigarrillos y encendió uno, antes de guardarlo todo en el bolsillo de su chaqueta, tomar la primera calada y mirar a Wilson.

―Sabes que este no es mi rollo ―le aclaró antes de nada―, pero supongo que sabes de qué quiero hablar.

―Lo intuyo teniendo en cuenta el preludio de antes. ―Javen se cruzó de brazos.

―Él tiene una cosa que se supone que sólo deberías tener tú y en otra situación no nos molestaría, si no fuera porque han habido víctimas que pertenecen a nuestra organización.

―Yo no se lo he dado ―declaró.

―A ver, yo soy puto pésimo para saber si me están mintiendo, así que no lo hagas ―le avisó―, porque te parto la cara y te lo saco a hostias, ¿sabes? Y no me apetece. Gun sabe a quién le ha vendido eso y sabe también en quién no confía. ―Hizo una pausa, tomando otra calada―. No quiere castigarte, quiere advertirte de que no lo vuelvas a hacer y hacer negocios contigo. ¿Eres o no eres su contacto?

―No soy su contacto, Blair. No he tratado nunca con el Juguetero.

―¿Y los nervios ahí dentro a qué se debían?

―Es un tema que me pone tenso. Ese tipo mata a cualquiera, en cualquier sitio y sin dejar rastro. Si sabe que se habla o conspira contra de él en el Mad Hatter, ¿no crees que seremos los siguientes en ver como entran snitch explosivas al interior? ―le contestó con credibilidad―. ¿Y quieres que me quede callado mientras una subnormal empieza a preguntar como si esa fuera su casa y tuviera confianza con todo el mundo? Lo siento pero no.

Pues a Dylan le estaba convenciendo, aunque Gun ―su jefe― había insistido en que estaba muy seguro de que era él y que intentaría evadirse de la responsabilidad. Evidentemente, si Wilson no iba por su propio pie iba a tener que ir colgando del hombro del rubio.

―En tal caso se lo vas a tener que decir directamente tú a Gun y que él te crea.

―No pienso ir a hablar con Gun para demostrar mi inocencia. Que venga él y hable conm...

Dylan, que se esperaba esa respuesta, se llevó el cigarrillo a la boca y antes de que pudiera terminar de hablar le pegó tremendo puñetazo en la nariz que Wilson se calló de golpe y retrocedió algunos pasos. Miró a Dylan entre sorprendido y asustado, notando sangre en su mano que estaba en su nariz.

―O vas, o te llevo.

Y rápidamente lo que hizo Wilson fue buscar su varita, asustado y desaparecerse de allí. No sabía cómo sería duelarse y, evidentemente, frente a la incertidumbre decidió retroceder y desaparecer.

«Cómo declararse culpable en dos segundos», pensó Dylan, poniendo los ojos en blanco.

Se quitó entonces el cigarrillo de la boca y lo tiró al suelo, pisándolo con enfado. Al menos ya sabían a por quién ir y, por suerte, no le mandarían a él ahora que sabían quién era el problema real. Sabiendo como era Javen Wilson, no volvería a recurrir a Mad Hatter a corto plazo, así que Dylan poco podría hacer.
Dylan G. Blair
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Xenobia Myerscough el Lun Mar 23, 2020 4:21 pm

De la misma manera que una buena periodista debía saber cuando empezar a lanzar preguntas sin compasión, también debía saber cuando retirarse y dejar de llamar la atención. Y eso fue lo que hizo durante el resto del tiempo que pasó dentro del Mad Hatter. Descubrió que resultaba sorprendentemente fácil pasar desapercibida en aquel lugar, donde casi todo el mundo parecía atento a sus propios problemas.

Fue un ejercicio de paciencia, semejante al de un pescador sentado en su bote, esperando a que un pez muerda el anzuelo. Pero después de algunos minutos, su paciencia se vio recompensada con creces.

Desde su discreto rincón, alejada de la puerta, pudo ver cómo Blair se acercaba nuevamente a Wilson. Estaba demasiado lejos de ellos como para escuchar una sola palabra de lo que decían, y más con el murmullo generalizado y el tintineo de vasos que servía como banda sonora de aquel pub, pero no le hizo falta.

Fue suficiente el verlos dirigirse, el uno en compañía del otro, hacia la entrada. Ahí tenía una buena pista que seguir.

Los siguió discretamente, procurando no ser vista en ningún momento. Ninguno se percató de su presencia, y continuaron su camino en dirección al aparcamiento del motel. Pasaron ante el recepcionista muggle, demasiado ocupado mirándose la mano derecha como si no fuera suya como advertir su presencia, y Xenobia los siguió con unos cuantos metros de separación.

Cuando volvió a alcanzarlos, los encontró discutiendo. Wilson se había cruzado de brazos y no parecía dispuesto a dar la razón a su interlocutor.

Ocupó una posición cercana a ellos, agachada detrás de uno de los múltiples coches allí aparcados, y fue entonces cuando pudo escuchar de qué iba todo aquello: Wilson mencionó que no había tratado nunca con el Juguetero.

«Ya decía yo», pensó Xenobia, al tiempo que asomaba un poco por encima del capó del coche para observar lo que ocurría. «Algo me olía mal aquí dentro...»

La defensa de Wilson era un tanto endeble. ¿De verdad se pensaba que alguien podía tragarse tal estupidez? ¿Desde cuando estar en el mismo lugar que un grupo de conspiradores lo convertía a uno en un conspirador? Por no mencionar el hecho de que todo el mundo sabía que su enemigo atacaba grupos de fugitivos, y si algún ciudadano moría en el proceso, solían ser daños colaterales.

Para ella, estaba claro que mentía.

La situación escaló a la violencia. Xenobia no sabía quién demonios era “Gun”, si es que había escuchado bien el nombre, ni por qué aquellos dos respondían ante él, pero Wilson se negaba a verle… y con ello, se ganó un contundente puñetazo. Y después de eso, huyó despavorido, por medio de la aparición.

«¡Mierda!», pensó Xenobia, frustrada, lamentando no haber conjurado un sencillo hechizo anti aparición para evitar aquello. «Bueno, al menos tengo un hilo del que tirar...»

Abandonó su escondite, dispuesta a confrontar a Dylan Blair. En esta ocasión, no tenía intención de andarse con sutilezas: sacó la varita y caminó en su dirección, apuntándole. Solo le faltaba dejar que éste también se le escapase.

—De acuerdo, Dylan —dijo, recordando que el susodicho había preferido que lo llamasen por su nombre—. Parece que me debes una disculpa por llamarme paranoica.

Xenobia se encogió de hombros como si tal cosa, contemplando al joven que había conocido en aquel motel, y al que todavía no le había dicho ni su nombre. Si estaba impresionado por tener una varita apuntándole, desde luego que no lo demostró.

—¿Me puedes explicar qué ha pasado aquí y qué tiene que ver el señor Wilson con el Juguetero? —preguntó directamente, con seriedad. No estaba como para andarse con rodeos ni con bromas.
Xenobia Myerscough
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Dylan G. Blair el Jue Mar 26, 2020 9:43 pm

Nada más irse Wilson, una gran PUTADA para él y “sus planes” como espía catastrófico, vino la que faltaba: La Señora Grano en el Culo.

La reconoció por la voz  su espalda y, sinceramente, no iba a soportar que aquella idiota se metiera en sus malditos asuntos que bastante dolores de cabeza ya le daban, pues no era su puto trabajo estar persiguiendo a nadie. Dylan no hacía distinciones entre una mujer y un hombre: si alguien era una molestia, pues se lo quitaba de encima y punto. Obviamente no iba a matar a nadie, pero a hostias todo el mundo se entiende.

Se dio la vuelta con una actitud hostil, pues estaba enfadado.

―Mira me… ―«tocas la polla», iba a decir cuando vio que venía con una varita en la mano.

No llevaba demasiado bien que le apuntasen con una varita, él era más de resolver las cosas dialogando con los puños. Así que se ahorró decir lo que iba a decir y escuchó su pregunta, evidentemente relacionada con lo que parecía estar en su cabeza las veinticuatro horas del día. No se iba a disculpar por lo de paranoica: lo seguía pensando. Que hubiera tenido LA SUERTE de aceptar, cuando le preguntaba a todo el mundo, no le hacía parecer menos paranoica.

Tras acabar la pregunta, Dylan miró a la muchacha con cara de desgana.

―¿Y si no quiero? ―preguntó, enarcando una de sus cejas, sin demasiadas intenciones de ser hostil.

―Es una opción válida, siempre y cuando quieras recibir un maleficio ―respondió ella.

―¿Qué tipo de maleficio? ―preguntó por curiosidad.

―De los que no te gustaría recibir, porque puedes acabar en San Mungo ―añadió.

―¿Perdería algún miembro o extremidad? ―preguntó, como si realmente estuviera valorando la opción de recibir “el castigo” con tal de no tener que contestar su pregunta. Casi parecía que estaba de coña y… en cierta manera su tono parecía casi de coña, como si estuviera perdiendo el tiempo para no contestar.

―Vamos a comprobarlo… ―Y la mujer bajó la varita hasta sus partes nobles.

Dylan en ese momento metió una pierna para dentro, como si estuviera protegiéndose la entrepierna. Además, se giró un poco hacia un lado.

―Pero bueno, señora ―le reprochó―. Qué malvada…

En realidad no le parecía una persona malvada: cualquier persona le hubiera amenazado con la muerte, directamente. A decir verdad aquella amenaza había sido de lo más suave que había recibido nunca como amenaza ―sin contar las de Teddy cuando estaba borracha―, pero igualmente no quería ni terminar en San Mungo, ni mucho menos recibir daños en su miembro que, aunque no lo usara mucho, le había dado la vida que tiene y le tenía cariño.

Además, lo único que hacía hablando del tema ahora mismo, era darle información a la mujer sobre Wilson y eso sólo iba a meter en problemas a Wilson, no a él ni a su organización, pues no pretendía mencionar ARCANA ni aunque volviera a apuntar a sus huevos.

―A ver, cómo te lo digo… ―Se llevó la mano a la cara, rascándose la ceja mientras miraba al suelo y pensaba cómo abordar el tema. Ignoró por completo que le estaba apuntando con la varita, pues iba a cooperar y entendía que no le atacaría, por lo que pateó una piedra y adoptó una posición más suave y natural, apoyando todo su peso en un solo pie―. Mi jefe hizo negocios con Javen Wilson y hemos visto ciertos comportamientos en la manera de actuar de El Juguetero que nos hacen sospechar que los negocios cerrados entre Wilson y nosotros han sido… expandidos sin autorización. Es por eso que sospechamos que Wilson tiene relación con el Juguetero. Yo solo vendo droga, pero como Wilson era mi cliente, me mandaron a hablar con él. ―Se encogió de hombros, alzando un poco las manos―. No preguntes por negocios, ni por mi jefe, ni por los comportamientos: prefiero que me ataques la polla. Ya sabes lo que querías saber: hay muchas probabilidades de que Wilson conozca a el Juguetero, así que ahora déjame en paz y vete a hechizar los huevos de otro.
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Xenobia Myerscough el Vie Mar 27, 2020 3:11 pm

La situación en aquel apartamento desértico se tornó de un momento a otro en algo surrealista: primero, una situación típica de novela negra, con dos tipos sospechosos manteniendo una conversación mientras una tercera persona los escuchaba; después, una especie de comedia de situación con amenazas que, a oídos y ojos externos, casi parecerían una broma.

A pesar de su tono de voz sarcástico, Xenobia no estaba de broma: si tenía que conjurar un hechizo Bombarda sobre las partes nobles del señor Blair, y eso servía para hacerlo hablar, lo haría. Quizás no directamente sobre ellas, pero sí lo bastante cerca como para que temiese que, efectivamente, estaba loca y era capaz de ello.

Se encogió de hombros, como queriendo decir, sin palabras, que así era ella: malvada. ¿No se suponía que así los pintaba el gobierno? ¿Como viles asesinos y ladrones? Iba siendo hora de utilizar esa reputación para algo.

Como fuera, la amenaza funcionó, y Dylan Blair comenzó a explicarle de qué iba todo aquello. Dejó parte del asunto fuera, ya fuese por secreto profesional o por lo que fuera, pero regaló a los oídos de Xenobia aquello que quería escuchar: se sospechaba que Wilson, el hombre que había huído con el rabo entre las piernas, estaba colaborando con el Juguetero.

Bajó entonces la varita, aunque no la guardó. Simplemente se quedó con ella apuntando al suelo.

—¿Tan difícil era? —preguntó con hastío, para luego caminar un par de pasos en dirección a Blair—. Te agradezco la informacion, y si bien me importan poco los negocios que tu jefe y tú os traigáis entre manos, sí me interesa saber algunas cosas más acerca de ese Wilson.

Esta vez, Xenobia optó por un acercamiento un poco menos violento. Ya tenía lo que quería, o al menos parte de lo que quería, y no tenía ganas de estropearlo. Le faltaba la parte más importante de todas: saber dónde podía localizar al señor Wilson.

—Por lo que me estás contando, tenemos un interés común. Wilson te perjudica a ti y a los tuyos, y me perjudica a mí y a los míos. —Le hablaba con calma, con un tono de voz más natural—. No quiero meterme en tus asuntos, igual que supongo que tú no quieres meterte en los míos. Y sí, técnicamente, tengo amigos que podrían averiguar algo de él, pero me ahorrarías mucho tiempo si me dijeses dónde puedo localizar a Wilson.

«Y eso sin mencionar que esa rata pueda estar preparándose para huir», pensó Xenobia. «Si ha salido disparado de aquí ante la idea de que su jefe quiera “hablar con él”, no sería descabellado pensar que vaya a desaparecer.»

—¿Tienes una dirección? Sólo necesito eso. Después, te dejaré en paz —le prometió, en tono conciliador. Sabía que ya había abusado demasiado de una confianza que ambos no tenían.

Lo que no tenía demasiado claro era qué haría una vez descubriese en qué andaba metido Wilson. Le sacaría información, eso por descontado, pero… ¿y si en efecto colaboraba con el Juguetero? ¿Qué haría con él? ¿Llevárselo al refugio para obligarle a cantar la localización de ese genocida?

No lo sabía, pero sí sabía una cosa: Wilson estaba jodido, tuviera que responder ante quien tuviera que responder.
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