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Stay the same. ―Milo.

Sam J. Lehmann el Miér Mar 18, 2020 8:41 pm

Stay the same. ―Milo. SKjbhrk
Cafetería-Librería "El Juglar Irlandés" | Sábado, 14 de marzo del 2020 | 11:30h | Uniforme

Esto del coronavirus era… complicado.

Uno ya no sabía ni qué pensar, pero Sam después de todo lo que había pasado quería pensar dos cosas: no era población de riesgo y… no podría ser tan desgraciada de morir de una dichosa pandemia después de todas las burradas e injusticias que había tenido que soportar. Nadie, ni el mismísimo Diablo infernoso, era tan malvado como para hacer que Sam pudiera tener tan mala suerte.

Sin embargo, como a toda la población mundial, le preocupaba toda esa movida. Algunas personas habían tomado las limitaciones necesarias y era increíble lo vacía que estaba la calle y los establecimiento, pero Sam no era muy partidaria de la opinión de Boris Johnson: nada de cerrar establecimientos, nada de cuarentena y “despídete de tus familiares por si acaso”, ¿de verdad esa era la opinión de un político preocupado por los ciudadanos?

Y lo peor al final era los nervios individuales: ¡que Gwendoline limpiaba la casa todos los días a fondo! Menos mal que era bruja porque creía que si lo hiciera al modo muggle, utilizaría el resto del día para dormir de descanso. ¿Y lo del papel higiénico? No lo entendía, te juro que no lo entendía.

Sam, para colmo, tenía que ir a trabajar porque el idiota de Boris debía de ser el único líder de un país que no había hecho el estado de emergencia, por tanto, los establecimientos de comida seguían abiertos aunque no fuese nadie porque obviamente la gente responsable se quedaba en casa y no salía a tomarse un café con los amigos.

No al menos todo el mundo, pues siempre está la gente que, hasta que no lo prohibes, sigue haciéndolo igual.

―¡Mia, aléjate! ¡Un mínimo de un metro entre tú y yo! ―exclamó Santi cuando Sam fue a pasar por el hueco de la barra hacia el interior y él iba a salir―. ¡Yo tomar muy en serio todo esto!

―¡Yo también! ¡Vete y lávate las manos!

Samantha ―que de nombre en su identidad falsa muggle era Amelia Williams, de diminutivo Mia― también se lo tomaba muy en serio, pero sabía que a día de hoy ella no tenía la enfermedad porque… bueno, ella era una paranoica con la limpieza y la distancia, su novia también y, para colmo, no es que tuviera demasiada vida social ajena a su pareja.

Algunos clientes, los pocos que habían, se sonrieron al escuchar a la pareja “discutir” por las medidas preventivas, a lo que Sam también lo hizo. Daba mal rollo trabajar en esa época, pero la verdad es que no quería pensar la de personas que habrían sido suspendidas por cerrar negocios. Al menos, eso sí, su jornada era muy tranquila porque ni de lejos iba mucha gente. Podría decirse que era incluso aburrida.

El Juglar Irlandés, la librería-cafetería en la que trabajaba Sam, era de dos plantas, pequeña pero acogedora. Tenía mesas tanto arriba como abajo, con la diferencia de que arriba estaba la gran parte de librería en donde había montón de libros, tanto en inglés como en otros idiomas.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Milo S. Pope el Jue Mar 19, 2020 5:43 pm

En unos tiempos de caos y de histeria social donde la mayoría de la gente empezaba a quedarse en sus casas por miedo a contraer el coronavirus, yo era uno de los pocos que estaba en la calle. Deambulaba por las calzadas de piedra con paso seguro pero mirada distraída y las manos en los bolsillos (para que no se me quedara pegado el virus en una ráfaga de viento). Durante el trayecto, mientras pensaba en qué regalarle a papá por el día del Padre, iba escuchando en Spotify una lista con grandes éxitos de ahora y siempre. La guitarra estaba en su máximo apogeo durante Sweet Child O’Mine cuando el típico ring del teléfono lo cortó a la mitad. ¡Justo en lo más interesante! Me detuve y lo saqué del bolsillo, pero no reconocí el número.

–¿Diga?

–Hola, buenos días, mi nombre es María de la Esperanza Rodríguez y le llamo de la compañía telefónica...

Y a continuación la buena de María de la Esperanza empezó una carrera a contrarreloj por ganarse el sueldo, contándome todos los beneficios y cosas bonitas de su compañía de teléfonos en particular que no tenían las demás. Fue una labor admirable, pues hablaba más rápido que el tipo ese de la Fórmula1 al que veía papá en televisión, el que narraba las carreras. Y todo durante tres minutos de reloj, sin pararse si quiera a tomar aliento. Me pregunto si eso de hablar rápido era por el coronavirus, para hacer antes su trabajo y poder irse a su casa, o si María de la Esperanza viene así de serie.

–Sí, mire, está muy bien esa oferta pero ahora mismo no estoy interesado. Lo siento. –y colgué rápidamente, limpiando la pantalla del móvil sobre mi cazadora antes de volverlo a guardar en el bolsillo. ¿Iba a pensar en una nueva compañía telefónica cuando había semejante pandemia global? No gracias. Aunque al menos había contribuido a ser una llamada más en la lista de esa pobre mujer.

Volví a poner Spotify y seguí a mi rollo, paseando distraído mientras ojeaba los escaparates alguno que le interesara. Quizá alguna chupa de cuero nueva, la suya ya estaba muy vieja. O a lo mejor una botella de ese vino caro que tanto le gustaba. O un paquete de papel higiénico, que viendo como volaba en los supermercados parecía que iba a ser el regalo estrella. Paseaba con cuidado de no chocar con la gente, o de no saltarme la distancia de seguridad... aunque no era muy difícil, teniendo en cuenta que Londres parecía haberse vaciado a la mitad. Y la verdad es que le daba un poco de mal rollo ver a una ciudad tan grande relegada a algo tan pequeño. Si la pandemia era tan grave, lo que tenían que hacer era cerrar todos los locales y lugares públicos que no fueran de primera necesidad. Y no que la gente se recluía en sus casas pero las tiendas y todo lo demás seguía abierto como si nada. Pero como decía Boris Johnson, todo iba bien. Al menos hasta que te contagias y te mueres, ahí ya no, claro. Y luego vuelves de tu no-muerte convertido en zombi y ¿a quién vas a llamar? ¿A los Cazafantasmas? No. A Boris Johnson.

De camino al centro comercial, pasé por delante de una cafetería-librería de aspecto bastante acogedor; pese a haber desayuno hace varias horas, decidí entrar y tomar un café antes de seguir mi camino, pues me sentía algo atontado. Esperaba que no fuera el virus. Y además así podía mirar si tenían algún libro interesante, nunca había suficientes en mi colección... y a lo mejor encontraba alguno interesante para mi padre, aunque no era muy de leer.

Entré y me dirigí a una mesa hacia la ventana; se notaba mucho la influencia del coronavirus porque no había apenas gente. Me quité los cascos antes de sentarme y cogi una servilleta del dispensador para no tocar la carta directamente con la mano, por los gérmenes que el papel plastificado pudiera tener, y ojeé distraídamente la carta que había sobre la mesa. Había muchas variedades de café e infinidad de bebidas, solo esperaba que lo estuvieran preparando todo con manos enguantadas.

Cuando me decidí levanté la mano hacia la barra para llamar la atención de algún camarero para que me apuntaran el pedido.

atuendo:

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Sam J. Lehmann el Vie Mar 20, 2020 12:33 am

Estaba detrás de la barra observando el móvil, hablando con su padre pues el pobre estaba muy preocupado con todo este tema. Era de los típicos que no salían para nada de casa, no querían ver a nadie y encima se creía que todo eso iba a terminar en apocalipsis y que había sido una conspiración para matar a los ancianos en pos de ahorrarse las pensiones. Todo un show. Evidentemente Sam era la encargada de intentar calmar su mente neurótica, pero no era para nada fácil teniendo en cuenta cómo se ponía cuando sufría de ansiedad. Encima era el típico al que le encantaba salir a pasear y tomarse un café y… ahora en casa, encerrado, totalmente solo.

Escuchó la puerta abrirse y automáticamente su mirada se alzó para mirar quién era: un joven que parecía dispuesto a arriesgarse a contraer el coronavirus con tal de que alguien le preparase una taza de café y un sándwich mixto.

Sonrió al ver como cogía la carta con una servilleta ―paranoia total― y continuó hablando con su padre.

»Papá, las cosas que has pedido a AliExpress te van a seguir llegando con normalidad y NO, no te van a venir con el coronavirus.
»¿Segura, cariño?
»Que sí papá, que el virus se muere después de no sé cuántas horas.
»Bueno… eso no suena muy convincente.

Cuando vio que el tipo que acababa de entrar le hacía una señal con la mano para pedir, Sam bloqueó el móvil y lo guardó en su delantal, limpiándose las manos con un gel de alcohol y acercándose al chico. No llevaba ni bolígrafo ni libreta, pues al ser él solo creía que podía de sobra memorizar durante dos segundos lo que le iba a pedir.

―Buenos días ―saludó con una sonrisa risueña, quedándose a más distancia de la habitual. Señaló algo divertida la distancia prudencial, encogiéndose de hombros―. Ya sabes, coronavirus. Mucha protección es poca. ―Y tras esa explicación de por qué se separaba dos metros como si tuviera la peste, añadió de manera afable―. ¿Qué te pongo?

A simple vista se podía ver perfectamente que solo había una pareja más en la parte de abajo de la tienda ―a unas tres meses del nuevo― y arriba Sam creía que sólo había un hombre leyendo un libro. De resto estaba todo vacío y, de hecho, con la jornada reducida, los únicos que estaban trabajando ahora mismo eran Santi y ella. Aunque podría decirse que realmente era solo ella porque Santi se pegaba más tiempo lavándose las manos qué otra cosa.

―Las cosas que pone “caseras” no tenemos nada porque… bueno: jornada reducida y mínimo personal. Esta semana nos abastecemos sólo de lo que viene de fuera. ―Que a ver, las cosas seguían funcionando: las ganaderías, los agricultores, las fábricas y los distribuidores… pero igualmente como había tan poca gente en la calle, los establecimientos de comida estaban vacíos y lo normal era reducir lo máximo posible para intentar evitar pérdidas―. Y lo que quieras te lo preparamos aquí: el cocinero es... ―Se escuchó a Santi saliendo del baño, con las manos en alto como si fuera un cirujano a punto de entrar a la sala de operaciones. Pese a la obviedad, tuvo que añadirlo―: Y es muy limpio, ¿eh? Trata a los sándwiches como si fuera a abrirlos con un bisturí ―bromeó.
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Sam J. LehmannFugitivos

Milo S. Pope el Vie Mar 20, 2020 4:17 pm

En medio de un paisaje apocalíptico y calles desérticas, un joven muchacho de ojos cándidos y pelo rizado desafiaba a su destino recorriendo la ciudad en busca del regalo perfecto para el día del padre. Podría haber sido el argumento de la nueva película estrella de estas navidades, pero era el argumento de mi vida. O al menos de aquel sábado. No estaba lo suficientemente asustado como para quedarme aislado en el castillo hasta el fin de los tiempos (además que los colegios, muggles o mágicos, son focos naturales de infecciones y viruses) pero me daba un poco de mal rollo pensar que papá podía estar con una tos de perro moribundo, completamente solo en casa y abandonado a su suerte. Así que eso fue suficiente para hacerme olvidar mis miedos. Jolines, el hombre se merecía que arriesgara la salud por su maldito regalo del día del padre. Qué menos.

De camino al centro comercial paré en una cafetería-librería que tenía muy buena pinta y que, para variar en comparación con el resto de la ciudad, también estaba prácticamente vacía. Me senté en una mesa y ojeé la carta tomando las medidas higiénicas necesarias. Mi intención era tomarme solo un expresso y salir pitando después de hojear los libros que tenían por allí, pero mi estómago rugió cuando empecé a ver la comida. Lo bueno de ser vegano es que la mitad de las cosas de la carta me las podía saltar: nada de sandwiches mixtos, de huevos fritos con bacon o de cruasanes con jamón. Tampoco voy a asesinar a sangre fría a quien se coma un bocadillo de jamón con tomate, para nada, que lo disfruten. Pero soy honesto con mis creencias y si digo que soy animalista lo digo por algo. Simple y llanamente.

Una camarera salió de la barra y se acercó a mí, dándome los buenos días. Y era lo suficientemente sensata como para quedarse a una distancia prudencial.

―Buenos días― respondí. Asentí distraído cuando mencionó el coronavirus. Claro, no tienes que explicarme nada, estás hablando con un chico que está sujetando la carta de tu bar con una servilleta para no tocarla directamente. ―Pues me vas a poner un expresso y...― Ahora venía la parte difícil. ¿Entonces qué cojo, sandwich vegetal o tostada de pan con tomate? La chica tuvo que notar mi duda, porque me dijo que descartara todo lo casero porque en tiempos de coronavirus no tienen de eso. También dijo que el cocinero era un tipo muy limpio, pero yo solo vi a un señor saliendo del baño con las manos en alto y sin enguantar; ya se ha estado pudiendo tocar toda la flauta a dos manos que esas mismas manos iban a tocar también mi comida. Un pensamiento muy tranquilizador, la verdad. ―Una tostada con tomate. Y si tienes un poco de aceite, entonces perfecto― respondí con una sonrisa, devolviendo la carta a su sitio con cuidado de que solo la tocaran mis manos a través de la servilleta. Solo espero que ese no sea el encargado de poner mi tostada en la tostadora.

Es curioso ver a esta chica aquí. Uno no se espera encontrar a un fugitivo en busca y captura trabajando en una cafetería en pleno Londres, coronavirus o no. Y la verdad es que las fotos de El Profeta no le hacen justicia, es mucho más mona en persona.
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Milo S. PopeProfesores

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 21, 2020 2:22 am

―¡Claro! Marchando.

Con la misma que el muchacho le dijo lo que quería, Samantha le sonrió y se dio la vuelta en dirección a la barra. Sabía que Santi, su compañero español, estaba demasiado ocupado limpiándolo todo, por lo que se encargaría ella misma en hacer el pedido del chico y así le ahorraba a su amigo un estrés innecesario haciendo una dichosa tostada con tomate.

Como Sam era de esas personas de coherencia y lógica no, no iba a hacerle primero el café, llevárselo y luego hacerle la tostada para que su pobre café se le fuera enfriando; ella llevaba las dos cosas a la vez. Así que tras asearse concienzudamente y ponerse unos guantes para cocinar, cogió la tostada y la metió en la tostadora y, mientras tanto, hizo el café en la máquina.

En cuestión de cuatro minutillos, llevaba una bandeja redonda en donde tenía el café y la tostada recién hecha, con tomate y aceite. Se lo puso sobre la mesa cosa por cosa y se guardó la bandeja bajo el brazo para volver a la barra.

Realmente no tenía nada que hacer, por lo que al ver que no había NADA QUE HACER, sacó un libro de bolsillo de su bolso y continuó leyendo, apoyada en la barra. Se leía 1984, de George Orwell. Ya se lo había leído, pero le encantaba ese libro y le ayudaba a despejarse y dejar de pensar en el dichoso coronavirus. Había optado por leer algo repetido precisamente por eso, para tener una lectura más rápida y amena y no tener que concentrarse tampoco demasiado, porque eso de pensar demasiado al final hacía que su cabeza se fuese por otras ramas.

Mira que siendo fugitiva y habiendo pasado por tantas mierdas, sentir presión por una enfermedad no letal era... patético. Sin embargo, se había acostumbrado ya a su vida de fugitiva, que ya esa presión añadida estaba normalizada. Alguien como Sam había tenido que asumir que su vida era una especie de burbuja estresante constante y que esconderse era una opción, pero de algún sitio iba a tener que sacar el dinero para poder sobrevivir y tener una vida: trabajar en un establecimiento de comida muggle era una buena opción para pasar desapercibida. O eso esperaba. Hasta ahora, los casi dos años que llevaba ahí, le había ido bien.

Las dos señoras que estaban en la mesa de al lado se levantaron y se fueron ―pues habían pagado nada más pedir en la barra― y al escuchar la campanilla de la puerta miró, para luego mirar de nuevo al muchacho.

Habló en tono normal, pues el Juglar estaba más silencioso que nunca.

―Bueno, te quejarás: tienes a los dos camareros a tu entera disposición ―le dijo, afable.

Como también intuía que el muchacho no tenía por qué mantener conversación con la camarera y que nadie iba a una cafetería a pedir un café para improvisar una conversación, rápidamente volvió a la atención de su libro. La verdad es que le apetecía hablar... llevaba allí desde las ocho de la mañana y Santi cada vez que abría la boca era para soltar teoría conspiratorias sobre el dichoso COVID-19.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Milo S. Pope el Lun Mar 23, 2020 5:44 pm

Me quedé observando a la camarera mientras se alejaba en dirección a la barra. Aunque no teníamos el gusto de conocernos en persona, ya había visto su cara antes. A fin de cuentas, soy un subscriptor más de El Profeta. Y allí, edición tras edición, había un gran despliegue de rostros variopintos, hombres y mujeres más mayores y más jóvenes, todos acusados de ser traidores a un régimen que... bueno, para empezar, ideológicamente, ya era bastante discutible. Mejor dejo de pensar en esto, no vaya a haber algún legeremante en la sala.

Miré alrededor, pero las cuatro personas que había estaban a lo suyo y no habían reparado en mí. Bueno, mejor. Pero el caso es que el nuevo régimen tiene unos principios bastante discutibles. Al parecer, a prácticamente todos los fugitivos de la justicia se les acusaba de traición al gobierno. Me gustaría saber por qué a niños que apenas han llegado a la edad mínima para empezar en Hogwarts se les acusa de algo así, yo a los once años no tenía ni idea ni de lo que hacía el Ministro de Magia ―aunque tampoco es que tenga mucha más idea ahora, todo sea dicho.

Por lo pronto, la camarera, Samantha según El Profeta, había actuado ante mí con aparente normalidad, como si no me conociera de nada, que francamente, también era verdad. Aunque podría haberme conocido por mi música. En el fondo estaba deseando llegar a ser lo suficientemente famoso como para que gente random me parara por la calle y me pidiera selfies. Pero como dice Aragorn, hijo de Arathorn, heredero de Isildur, señor de los Dúnedain y rey de Gondor: hoy no es ese día.

Samantha apareció entonces delante de mí y en menos de un minuto ya había desplegado ante mis narices mi deseado café y la tostada con tomate. Ñam. Cogí una servilleta del dispensador y limpié bien el asa de la taza de café y los cubiertos que acompañaban al plato de la tostada antes de ponerme manos a la obra, y antes de seguir di un sorbo largo al café. Era fuerte y aromático, seguro que es arábica. Me encanta.

Mientras me tomaba el desayuno, olvidé a la camarera por unos minutos y saqué el móvil. Me puse a buscar en Amazon regalos del día del padre... o esa era mi intención. No sé cómo, al final terminé viendo listados de canciones que podía versionar para próximos conciertos. Entonces, la campanilla de la puerta sonó y los dos señores que estaban en una de las mesas salieron con viento fresco. Sonreí ante el comentario que me dirigió Samantha y volví la vista al móvil, donde hice scroll un par de minutos más hasta que al final mi mente curiosa me hizo distraerme y que terminara de prestar atención a lo que estaba leyendo. Miré de nuevo a la chica, que se había apoyado en la barra y estaba leyendo un libro, aunque desde mi posición no podía ver cuál.

Al demonio todo.

Apuré los últimos bocados de la tostada con el último trago de café y, con la excusa de llevar la taza y el plato a la barra, me coloqué de medio lado sobre la barra, al lado de ella. Una vez allí, vi que estaba leyendo 1984 de George Orwell.

―Curiosa elección.― comenté con tono casual. Me apoyé en la barra de medio lado, mirando hacia la camarera ―¿Buscando pistas para burlar al Gran Hermano, Samantha?
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Sam J. Lehmann el Lun Mar 23, 2020 10:19 pm

Cuando aquellas mujeres se fueron y dando por hecho que su jornada laboral restante se limitaría a escuchar a su compañero español paranoico por la situación del virus, se metió por completo en la lectura del libro. Le encantaba esa novela, pues no era lo mismo al leerla por segunda vez, por una parte porque ya sabías como acababa ―y eso hacía que la historia no representase el mismo misterio― pero por otra parte porque te podías posicionar desde otra perspectiva.

No se dio cuenta de que el muchacho se estaba acercando a él, pero en una primera instancia supuso que era para pagar e irse. Sin embargo, cuando mencionó que era una curiosa elección, Sam dejó de leer y sonrió. Ya a su segunda frase y ante la premisa de poder hablar de algo que no fuera el DICHOSO CORONAVIRUS, pues a punto estuvo de darle una respuesta un tanto ingeniosa.

Había que decir que en ese día tan tranquilo de Coronavirus, tenía las defensas muy, muy bajas. Ni en mil años se imaginaría que UN MAGO vendría en esas circunstancias a tomarse un tostada con tomate y un café.

―Pues verás casi que...

Espera, espera, ¿le había dicho Samantha?

De repente la cara de "buen rollo" de Sam se vino abajo, sin entender quién narices era aquella persona ―pues no lo conocía de nada― y obviamente para todos los muggles del universo ella era Amelia Williams, una alemana que había ido a Londres en busca de una oportunidad. Evidentemente si para los muggles era Amelia Williams, para los magos era Samantha Lehmann, pero obviamente cada vez que un mago desconocido le trataba por su nombre solía ser realmente desagradable.

Cerró el libro y retrocedió un paso un paso al otro lado de la barra.

―¿Quién eres? ―preguntó, con seriedad y desconfianza.

Era fugitiva desde hacía tres años, evidentemente no confiaba en nadie. A decir verdad y sin sonar para nada exagerada, confiaba en cinco personas en total: Gwendoline, Caroline, Laith, Santi y su padre. Y dos de esas personas eran muggles.

Además, seamos sinceros: las veces que preguntaban por Samantha Lehmann solían venir de la mano de amenazas y situaciones agresivas y pese a que aquel muchacho parecía dulce, ya sabía que no debía fiarse de las apariencias. También sabía que por mucho que fuese con el pelo castaño y los ojos de otro color, su cara de patata era totalmente imposible de ocultar.

Llevó su mano al delantal, en donde llevaba la varita en el bolsillo de delante.
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Milo S. Pope el Mar Mar 24, 2020 1:25 pm

La presencia de la chica de El Profeta me producía una tremenda curiosidad. Quiero decir, que según el periódico toda esa gente estaba en busca y captura, con una generosa recompensa sobre sus cabezas. Y ya no hablamos de la gente buscada por asesinato, claro, aunque fueran menores de edad. La verdad es que me costaba imaginarme a algunos de mis alumnos como pequeños asesinos en potencia cuando te escribían que la quema de brujas del siglo XIV había sido la culpable de que se protegiera a día de hoy a los magos sangre limpia por encima de todo. Vamos a ver, criatura, léete el libro de Historia y verás que las verdaderas brujas nunca llegaron a arder en las hogueras, solo hacían como si estuvieran ardiendo. Pero en fin, esa es la juventud que ha tocado. De verdad que hace diez años no éramos así. Esto es el cambio de régimen, que nos está volviendo a los niños tontos metiéndoles unas ideas en la cabeza que están lejos de la realidad. Aunque eso sí, me echaba unas risas corrigiendo que ni viendo The Office.

El caso es que ver a Samantha allí, al final, me llevó inevitablemente a dejar a un lado todo y acercarme a la barra a preguntarla. Y el libro que estaba leyendo para pasar el rato fue el gancho perfecto. Quiero decir: una prófuga de la justicia leyendo 1984. Aquello no podía ser casualidad... ¿no? Una novela sobre un hombre que lucha por ser él mismo frente a un régimen que le quiere alienar y unirle al colectivo general “por el bien común”, donde no importa la conciencia individual porque lo que importa es la colectiva... Demasiado similar. Así que no pude mantener el pico cerrado. Y la cara de ella fue un poema donde se iban registrando los cambios a cámara lenta.

Como si acabara de empezar a llover, la fachada simpática en la cara de Samantha se desplomó, y terminó cerrando el libro y alejándose un poco de mí. Ay, pobre. Seguro que la he metido miedo.

―Tranquila, no busco problemas.― respondí con tono conciliador.

Observé que se metía en la barra y se llevaba una de las manos a un bolsillo del delantal. Aquí es cuando en las películas sacan la navaja, la pistola o el móvil para llamar a Emergencias. Probablemente fuera la primera, o a lo mejor la varita. De cualquier forma, supuse que aquello no era lo más prudente para ella, pues no querría armar ningún escándalo dada su situación, ni para mí, que ni mucho menos quería verme sufriendo los efectos de una maldición por haber reconocido a alguien del periódico. Este tipo de fans son muy tóxicos para una personalidad pública. Pero también es verdad que a lo mejor mi acercamiento no había sido lo más prudente.

Respiré hondo y alcé las manos levemente en señal de rendición, aunque retrocedí un paso para atrás. Por prudencia.

―Tranquila.― repetí. ―No busco líos. Soy Milo, y te conozco porque... bueno, soy un subscriptor de El Profeta.― añadí lo último en voz más baja para que solo me oyera ella. ―Y bueno, ya te imaginarás de dónde te conozco.― añadí encogiéndome de hombros.

Tengo un gran inconveniente y es que cuando me pongo nervioso hablo mucho, demasiado. Y la verdad, estaba muy nervioso. También es verdad que esto me lo he buscado yo solito, pero de repente la idea de que la chica podía estar a escasos segundos de lanzarme un maleficio en plena cafetería no me resultaba para nada atractiva. Aunque hubiera muggles delante, todo mago sabía cómo armar un pequeño escándalo de forma sutil sin que estos se enteraran. No tenía que ser nada llamativo, podía ser simplemente quedarte mudo, vomitar babosas, tener una diarrea explosiva... O morirte de repente, claro. Las posibilidades eran infinitas y los seres humanos hacíamos cosas extremas en situaciones extremas. Y claro, no conocía a esta chica, pero no quería morir y esas cosas.

―A ver, más cosas sobre mí, para que te quedes tranquila. Soy profesor de Historia de la Magia en Hogwarts. También soy músico, si te molan las baladas románticas te enseño algún video de youtube que han subido mis fans― Si muero ahora, quiero que se me recuerde por la música, ¿vale? ―Y... y... qué más... Bueno, mi apellido es Pope. Mi padre es un mago, pero mi madre era muggle― hice una pausa y miré a Samantha con cara de circunstancias, como diciendo “soy amigo, no me mates”. ―Y mi grupo sanguíneo es A+. Ala, ya lo sabes todo sobre mí. Por favor, no me hagas nada.
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Sam J. Lehmann el Mar Mar 24, 2020 11:37 pm

"Tranquila, no busco problemas", decía. ¡Cómo si no le hubieran dicho eso infinidad de veces sólo para ver en ella un poco de duda y poder aprovecharse de eso! No iba a mentir con respecto a su intuición: aquel muchacho, con esa sonrisa tan linda y esas maneras, no parecía un purista con ganas de llevar a una fugitiva ante la ley. Sin embargo, se había encontrado con demasiadas personas muy buenas mentirosas y que manipulaban con excesiva facilidad. También es cierto que un purista no busca ser tu amigo ni tratarte bien ―pues normalmente te tienen asco―, por lo que por esa parte tampoco parecía una mala persona.

¿Pero qué le iba a hacer? La experiencia le había enseñado a ser cauta y a desconfiar.

Por suerte para ella, el único cliente estaba en la parte de arriba con unos auriculares y muy metido en su libro, mientras que la otra persona allí dentro era Santi, su amigo, el cual sabía perfectamente que ella era bruja y, por desgracia, había vivido sucesos un poco... traumáticos.

―Yo tampoco quiero problemas ―le respondió, para entonces escuchar esa especie de broma con respecto a El Profeta. No le era desconocido, gracias a su pareja, que había una sección especial en El Profeta en donde aparecían las nuevas personas que se habían vuelto fugitivas por el gobierno como aquellas que nunca habían sido encontradas por la ley o los cazarrecompensas―. Debo aparecer en una parte privilegiada de ese periódico basura.

Escuchó sus "datos curiosos de confianza", pero realmente ella solo pudo pensar en las probabilidades que había de que un mago bueno se la encontrase, en vez de uno malo. Ya le había pasado anteriormente: a fin de cuentas con Laith había comenzado a salir justamente porque se lo encontró en el Juglar Irlandés, aunque ya se conocían un poco de antes. Sin embargo, no podía evitar pensar que no podía tener tanta suerte; que su vida se regía por la mala suerte y eso quería decir que aquel hombre quería matarla.

Pero tampoco podía pensar así, ¿no? Si aquel hombre quisiera hacerle daño, no hubiera dejado que ella empuñase la varita primero.

Cuando terminó de hablar, a Sam sólo se le ocurría una pregunta.

―¿En serio tienes fans? ―preguntó, quizás cuestionándole más de lo debido, pero es que ella no sabía quién era. Sin embargo, eso de las baladas románticas había sido clave para descartar que era mortífago o sucedáneo―. No te voy a hacer nada... ―decidió confiar, mirándole a los ojos con el ceño fruncido, antes de continuar―, no soy una asesina violenta como se empeñan en ponerme en El Profeta ―dijo, visiblemente molesta y afectada con su asquerosa situación.

Entonces soltó la varita del interior de su delantal y miró hacia la cocina, para cerciorarse de que Santi no había visto nada. Después de todo lo que le había contado y con lo mal que estaba con la pandemia, como para decirle que desconfía de un señor que es mago y desconocido.

―¿Crees que es buena idea ir por ahí presentándote a los fugitivos por su nombre de pila? Quizás no tienes mucha idea de cómo vivimos, pero te lo voy a resumir: terror. Si alguien nos reconoce es porque se ha visto mucho nuestras caras y lo que quiere es llevarnos ante la ley para arreglar su vida con los miles de galeones que pagan por nosotros, no hablar con ellos de un libro ―elevó un poco el libro, con un tono algo angustioso, para entonces soltar aire. Sí, era una especie de minibronca―. No es muy común que vengan los magos a ser nuestros amigos. Normalmente huyen de nosotros para evitar riesgos.
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