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Almost easy [FIONA T. Shadows]

Drake Ulrich el Lun Jun 30, 2014 9:17 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Parecía que tenía tres kilogramos de resaca en cada pie, puesto que no paraba de arrastrarlos por los pasillos del Ministerio hacia mi puesto de trabajo. Hacía ya una semana (más o menos) desde que dejamos de asistir a Azkaban para asegurarlo y que volviera a ser un lugar seguro. Obviamente, ya que si “aseguramos” cosas es para que sea seguro, lógica sumamente aplastante. No todos los aurores habían sido destinado a volver a Azkaban, pero a mí me había tocado pringar, ya que mi jefe saber perfectamente que soy un poco inútil en la oficina del Ministerio con el papeleo. No habré babeado yo informes… La verdad es que como Auror daba mucho que desear. Sí, sabía lo que hacía en los momentos en dónde tengo que saber lo que hacer, tengo un sentido arácnido de la justicia y esas cosas… pero lo que es ser responsable, no lo llevo nada bien. Soy un jodido desastre, alguien que se mete en problemas sin quererlo, de esas personas que, sin desearlo, se ve rodeado de problemas que salieron todos fruto de sus estúpidas acciones. Y es que muchas veces pienso que así no se puede ir por la vida y mucho menos ser una de esas personas de confianza que se suponen que mantienen el orden mágico. Doy gracias a Dios de ser el único desastre del cuerpo.

Las cosas, misteriosamente, volvían a recobrar esa normalidad y uno del trabajo decidió que lo más conveniente sería casarse, por lo que inevitablemente eso conlleva a una despedida de soltero y, con ello, MI ASISTENCIA. Fue un craso error, ya que eso fue el principio de ese cúmulo de desgracias que hizo que el final de la noche fuera nefasto… Aunque por el momento no recordaba demasiado de la noche anterior, por lo que estaba de lo más relajado de camino a mi puesto de trabajo.

Llegué a mi mesa, la acaricié con amor con las yemas de mis dedos -pues pretendía utilizarla como apoyo a mi gran siesta- y saludé a todos con una bonita sonrisa antes de sentarme. Aquel día el jefe no estaba, ya que había salido de viaje importante a Francia para hablar con… yo que sé, con franchutes mágicos importantes. La verdad es que poco me importaban los intereses políticos de mi jefe. Fly pasó a mi lado y la saludé, asomándome por un lateral de mi mesa para ver como seguía hacia la suya (sí, mirando su anatomía posterior) y viendo como hablaba con una ahí me quedé apoyado sin apartar la mirada de su rostro. Tenía una sonrisa tan bonita y un gesto tan adorable, era inteligente, divertida... ¡Era preciosa! Unos ojos que... vamos, una cara de ensueño y qué sonrisa. ¡Si es que era perfecta! ¿Cómo pretendían que me concentrara en el trabajo? ¡Era imposible!… Cuando desapareció de mi vista, empecé a bajar la cabeza lentamente hasta apoyarla en mis brazos, sobre la mesa. El espejo comunicador que tenía a un lateral de la mesa se iluminó. Al sentirme cohibido por su inusual brillo (ya que nadie lo usa para comunicarse conmigo) levanté la cabeza y lo miré, viendo reflejado en él a mi amigo Grigori, un compañero de trabajo que solía trabajar arrestando presos. Bueno, arresta personas y los convierte presos. No sé qué gracia tendría arrestar a gente que ya está presa… El caso es que me sorprendió su llamada. Que yo sepa no tenía nada pendiente con él.

¿Qué pasa Grigoriano? —le pregunté tranquilamente.
Hey, ¿qué pasa Ulrich? —preguntó retóricamente, ya que en verdad nunca nos preguntábamos por nuestra vida y me resultaba raro decirle que me iba bien. No teníamos tanta confianza—. Mira, ¿qué pasó con el preso de Londres? Me dijiste que lo traías a Azkaban por la noche, pero no ha llegado nada. ¿Lo has dejado en el calabozo del Ministerio? —me preguntó con toda la parsimonia del universo.

Mi cara, por el contrario, era algo que intentaba evocar tranquilidad, pero que en realidad estaba intentando evitar que mi cuerpo se convirtiese en gelatina y huir de este mundo cruel. Un flash de ayer empezada la noche me vino a la mente y recuerdo perfectamente como llamé borrachísimo a Grigori para decirle que tenía un preso y llevarlo a Azkaban. Me acuerdo de eso, pero no me acuerdo de haber pisado Azkaban. Tragué saliva, sonriendo.

Claro, ¿dónde iba a estar si no?¡JAJAJA! Eso mismo me pregunto yo, ¡dónde iba a estar si no! Quizás debería haberle dicho la verdad, pero no me acuerdo, así que mentiría si dijera cualquier cosa.
Ah vale vale, qué susto, pensé que lo habrías perdido. Tráelo en cuanto puedas.
Claro claro, tengo mucho trabajo, así que a última hora. —mentí. ¿YO, TRABAJO? Sí, registrar Londres de arriba abajo sería mi trabajo.

Se despidió de mí amigablemente y yo sin sonreír ni puta mierda corté la comunicación. Me tiré de los pelos mientras me protegía en mi mesa e intenté hacer memoria. Se me ha escapado, seguro que se me escapó y de lo pedo que iba ni me acuerdo… Necesitaba a alguien que pensase como yo, o por lo menos a alguien que no cogiera un martillo y lo golpeara constantemente contra mi cabeza. Así que por eso pasé de comentarle mi problema a Willow, porque sería la del martillo. Me levanté de mi despacho y, más despierto que nunca, emprendí el arduo, largo y sumamente cansino camino hacia la mesa de Fly. Cuatro zancadas después, ya estaba allí. Me agaché de cuclillas rápidamente a su lado, quedándome por debajo de ella, mirándole con unos ojos de cachorrito que necesita ayuda.

Fly, necesito tu ayuda porque eres la única que puede llegar a comprenderme. Ya sabes que tengo un cerebro terriblemente complicado de entender… y bueno, eres la única que sabe las estupideces que hago cuando voy borracho. ¿Estás muy ocupada? ¡Seguro que no lo estás tanto! —le puse la mano en la rodilla para no caerme hacia atrás debido al desequilibrio de aquella postura y esperé a que me dijese que sí. Venga, era Fly, seguro que no tenía ganas de trabajar. Además, no estaba el jefe... Y yo solo no iba a llegar a la reconstrucción lógica de mis hechos nocturnos.
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Drake Ulrich el Miér Ago 20, 2014 12:27 am

Fly tenía razón. Siempre tenía razón en las cosas como estas, es decir, cosas inútiles sin relevancia real pero que podrían desatar una discusión si ambos nos ponemos de idiotas. Que oye, no habrá habido veces. Sin embargo, esta vez tenía razón. Eso sí, me gustaría matizar que COMO MUJER QUE ES, no siempre tiene razón. Aunque yo se la doy porque me da miedo cuando se enfada por cosas importantes y prefiero que no me muerda. Odio que me muerda. Muerde fuerte para ser tan pequeña, parece que toda la fuerza la concentra en la boca o algo. En fin, al caso, por tercera vez digo que tenía razón en lo de que tenía un problema contratando gente. Pero es que no había nada más gratificante (después de que te dieran un masaje con aceite o crema) que alguien haga las cosas por ti. Que alguien te traiga la comida a la mesa o que te prepare todos los días el desayuno por la mañana. ¿Sabéis lo feliz que soy yo cuando alguna chica tiene la amabilidad, después de haberse aprovechado de mí y haber dormido en mi cama, de ir a prepararme unas tortitas con mermelada? ¡Ay, cuando me dan mermelada! Acaparan mi corazón dándome de ese exquisito y divino manjar. En fin, pues lo mismo pero con un viejita que no haya irrumpido en mi cama ni abusado de mí.

¡Memeces! ¡Falacias! —dije moviendo mi mano delante de su rostro para que no pudiera seguir diciendo tonterías—. Yo hubiera ido a tu tierra natal aunque fueras de Nepal. Y sin haberlo deseado, me he hecho un pareado. —E hice una ola con las cejas por mi gran hazaña poética, dejando de molestarla con las manos porque me estaba molestando hasta yo—. Tía, estamos hablando de Italia. O sea, ¿hola? ¿Coliseo y esas cosas? ¿Bicis por ahí y esas cosas? ¿Venecia y esas cosas? Please, bitch… —chasqueé los dedos y la miré de arriba abajo. Yo casi ni tenía puta idea de lo que había en Italia, para mí era tan normal que nadar por las estancadas aguas de Venecia era de lo menos especial—. Liverpool es… rancio. —Y así, señores, es probablemente cómo abrir la veda de la discusión entre qué es mejor que qué, cuando ambos sabemos que cada uno va a optar, subjetivamente, por su lugar de nacimiento—. ¡Claro que sé cocinar más cosas! Pizza y spaguetti y eso… ¡Tía que soy hombre, el cocinar es para las mujeres! ¡Corre a la cocina! —De veras que intenté permanecer serio para parecer convincente pero… que va, rompí a reír.

Los payasos no eran mala gente. Yo a veces era un payaso y no por eso mala gente. A no ser que se refiera a los payasos literales, en plan nariz roja, tétrica sonrisa y mirada de demente empedernido. Esos sí parecen ser mala gente, menos lo que hacen esos trucos de magias tan gracioso. Qué noobs. Pero bueno, era divertido ver cómo intentan imitarnos. Aunque hay trucos de cartas que aún no sé cómo se hacen.

¿Dramático yo? —me llevé una mano al pecho en plan con indignación dramática y… juro solemnemente que intenté no teatralizar mi fingido dramatismo pero… pero… NO PUDE—. ¡Dramático es haber estado una noche en vela esperando a saber si estabas bien! ¡Dramático es haber intentado colarme en San Mungo para ver si estabas bien y saber después que no estabas allí porque en verdad no era tan grave! ¡Dramático es hablar con esta voz de pito sin querer sólo para darle más dramatismo! ¡Y sí, los payasos son mala gente! —carraspeé para quitarme esa voz de pito y sonreí ampliamente—. Y es broma. Sólo llamé a Willow a ver si ella sabía algo. No te creas tan importante, que no lo eres. Demasiado bajita.

Podría parecer que después de todos los insultos varios entre ambos y la manera de meternos con el otro que teníamos podríamos llegar a cansarnos, pero al contrario de eso, en vez de cansarme, me reía mucho más. Además, sabía que aunque Fly lo sintiera un poco, no pensaba realmente todas esas cosas de mí. Repito, quizás un poco sí. Eso de tener un novio Hufflepuff yo creo que le traumatizó y no quiere parar de recordarme a mí también lo triste que fue mi vida vistiendo de amarillo. En fin… después de todo lo que habíamos pasado hoy, a ella no se le ocurrió nada para seguir aumentando mi depresión por haber perdido no solo a un preso, sino también mi placa, que tirarme un huevo en la cabeza. Si es que esta mujer tiene la capacidad de comprensión  y el cariño en el orto.

Yo también soy especialmente especial por lo que en vez de parar esa batalla y dejarlo en una simple anécdota en la cual poder limpiarme tranquilamente, no. Destrocé mi reserva de harina en tirársela a ella encima junto con dos huevos. Lo sorprendente es que ella no quiso re-venganza a mi venganza, que normalmente es lo que pasa. Sino que lejos de eso decidió que la mejor forma de vengarse de mí era besándome. No sabía ella, pero a mí un beso de Fly lejos de parecerme algo malo, me parecía lo mejor del día. ¡O incluso del mes! De hecho, aquellos miedos de “ay, ¿estaré molestando a Fly?” se me desaparecieron por completo y ahora mismo sólo tenía en mi interior los míos propios que no paraban de desencadenarse por mitosis. Por suerte para mí, aquello me había cogido tan por sorpresa que no tuve tiempo ni de preguntarme nada y por una vez mi cuerpo ganó a la mente. Fue una sensación tan agradable que me recorrió todo el cuerpo en un tiempo récord, recordándome que no quería que acabase, recordándome todo aquello que creía olvidado. Sobre todo ahora que era ella quien me besaba a mí. No dejé que se separase de mí y la sujeté de tal manera para conseguir ponerla a mi altura, sin separarme de sus labios. Sus cálidas —y pringosas, sobre todo pringosas— manos subieron hasta mi cara —que no lo voy a negar, también estaba pringosa— y sus piernas rodearon mi cintura impidiendo que pudiera separarme (como si yo quisiera separarme…). Mis manos en un principio se encontraban sobre sus piernas, pero no tardé en buscar su cintura con una de ellas y su rostro con la otra, dejando que los mechones de su pelo se deslizasen entre mis dedos. Sin embargo, puedo aclarar que desagradablemente, entre ella y yo, yo era la mujer. Esta manera de comerme la cabeza era increíblemente femenina. Me separé de sus labios lentamente pero no varié la posición, sino que me quedé mirando hacia abajo con una sonrisa en el rostro, con las narices de los dos casi rozándose porque en el fondo me encantaba estar así con ella.

Fly… ¿tú qué harías si la persona a la que más has querido nunca y a la vez la que más daño te ha hecho, volviera tras ocho años y decidiese recordarte lo perfecto que era todo antes de que desapareciese? —pregunté retóricamente con un gesto de lo más divertido, alzando la mirada para mirarle a los ojos con una sonrisa ladeada. Le tenía cierto rencor amoroso, pero no estaba enfadado. Dejé de estarlo hace mucho tiempo, pero quería saber su opinión, porque una parte de mí me decía: “Hey Drake, quién lo hace una vez, lo hace dos. Sepárate y déjalo estar.” Pero otra, como siempre, sentía el irrefrenable deseo de besar hasta el último rincón de esta persona en miniatura aunque estuviera lleno de harina y huevo. Así es la vida, oye.
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Fiona T. Shadows el Miér Ago 20, 2014 1:20 am

En ese preciso instante, si no fuera porque era totalmente blanco y no tenía morros de negrata del Gueto, Fly podría haber jurado que estaba ante una negra chunga, pues los movimientos de Drake aparentaban ser aquello. Vamos, que ahora  mismo Drake parecía querer más protagonismo que el trasero de Nicki Minaj, y mira que ese culo es jodidamente descomunal. Casi tan descomunal como sus tetas o sus labios. Aunque claro, al lado del metro cincuenta y cinco de Fly y su evidente falta de curvatura, cualquier cosa parecía descomunal. Pero, de verdad, que aquel culo era descomunal. Tenía centro de gravedad propio. Así que sí, Drake quería tener más protagonismo que ese culo. Que no era un culo cualquiera, era el padre de todos los culos.

- Y yo aunque fueras de Mongolia, porque cuando te conocí pensaba que eras de allí. Por eso de tener cara de retrasado mental y comportarte como uno. – Dijo a modo de burla propia de una niña de diez años. Vamos, que se habían conocido con once años, así que podía permitirse hacerle una burla adecuada a un año mayor. Aunque, eso sí, cuando se habían conocido Fly no había tenido la grandiosa idea de decir, “Eh tú, inútil, ¿Tienes síndrome de Down o tu cara es así de nacimiento?”. No, no. Esos comentarios los hacía ahora que tenía veinticinco años y una facilidad para soltar insultos digna de Stephen King en sus libros. Porque no hay autor que ponga más palabrotas en un solo párrafo para meterse en un personaje perteneciente a una banda callejera de los barrios bajos de Denver. – Es broma, tienes más cara de patata. – Patata. Era la palabra clave para todo. Si los patronus pudieran tomar forma de alimento y no de animal, el suyo sería una patata, definitivamente. - ¿Qué dices? Lo único guay de Italia existió cuando estaba el Imperio Romano, los gladiadores y el César. O al menos cuando estaba Gladiator con su super banda sonora. ¿Has visto esa película? Creo que es lo mejor que existe relacionado con Italia. ¡Mejor que la pizza, que la lasaña y que el pan de ajo! – Porque el pan de ajo lo venden en el Gino’s y como es un restaurante Italiano, tiene que ser una comida típica del país. Igual que las servilletas con el nombre del restaurante, las jarras de agua gratuitas y la factura que te dan al final de la comida para que rápidamente vayas a una clínica clandestina a vender un riñón y poder pagar lo que tomaste. – No, en serio, adoro esa película. Pero siempre lloro con el final. Y con el principio, y con todo en verdad… Me sale esa vena femenina que no tengo en otros momentos. Es… - Pensó. Porque a veces pensaba. – Como estar con la regla. Muchos sentimientos golpeando tu cabeza. – Y tus ovarios, pero eso era un tema más sangriento, como Máximo atravesándole el cuello a Cómodo con una daga. – Es por culpa de la banda sonora. – Sí, definitivamente lo era. Desde niña había sentido fascinación por aquella película, incluso más que por cualquiera adaptada a su edad como Aladdin o La Bella Durmiente. Una Fly de nueve años que se pegaba al televisor diciendo al mismo tiempo que Russell Crowe: “Me llamo Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejércitos del norte, leal servidor del verdadero emperador Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada y alcanzaré mi venganza en esta vida o en la otra”. Luego su hermano miraba con cara de soy el listo de la familia. Obviamente no lo era.

En lugar de continuar la lucha por decidir qué lugar era mejor, Fly decidió que lo más lógico que podía hacer era sacarle la lengua a Drake. No literalmente, porque si no podía desangrarse y morir ahogado en su propia sangre. Era mejor que muriera de un tumor cerebral, ya que todos saben que cuando el Sombrero Seleccionador se posa sobre tu cabeza y dice “Hufflepuff” un tumorcito bonito y chiquitito empieza a crecer en tu cráneo hasta acabar con tu vida. ¿Por qué? Pues por Hufflepuff. – Sí, de esas que se compran hechas y las metes en el horno, ¿No? – Negó con la cabeza antes de la aclaración sobre las mujeres y la cocina. – Subnormal, que eres subnormal. – Si tú eres azul, y tú eres azul… Tú eres subnormal. Sí, algo así.

Era el típico momento de coger la cabeza de Drake con una mano y golpearla contra el mostrador donde se mostraban los donuts y las napolitanas. Golpear su cabeza hasta que se esparcieran los sesos sobre la cristalera. Sí, ese momento. Moriría viendo donuts (o más bien super donuts)  y sin poder comérselos. ¡Sufre, maldito! – Yo cocino si tú friegas, elfo doméstico. – Porque cocinar no da pereza, lo que da pereza es tener que limpiar toda la mierda que has manchado. Porque hay personas que utilizan mil cacerolas para hacer macarrones. Hay mucho loco por el mundo.

No pudo evitar taparse la cara cubriendo así un ataque de risa cuando Drake volvió a adquirir su tono dramático. Podría ser un actor de películas sobre la Segunda Guerra Mundial y sus tiroteos, podía incluso aparecer como pistolero en mitad de Inglaterra con el Doctor Frankenstein e intentando rescatar a Mina Murray. Con lo dramático que era, podía. - ¿Quieres ir al Burger King y vamos a por una corona de cumpleaños para que te la pongas y te sientas el rey del drama, Drake? – Dijo aún entre risas. Fly era una de esas personas cuya risa era difícil de frenar. Si algo realmente le resultaba gracioso, no podía dejar de reír. Las lágrimas habían brotado por sus ojos y tuvo que pasar ambas manos por ellos para hacerlas desaparecer. – Cara culo. – Volvió a reír, apoyando la cabeza en la barra del local y pasando por alto que estaba lleno a aquellas horas. Le daba igual, Drake le hacía gracia. Parecía tan patético que no podía parar de reír.

Sus piernas se habían enlazado con el cuerpo del chico mientras sus manos recorrían pausadamente cada centímetro de su rostro, dejando a su paso restos de harina y huevo. Una parte de su mente era consciente de aquello, de toda la suciedad depositada y, a decir verdad, disfrutaba manchándole. Por otra parte, estaba su mente inconsciente, aquella que estaba demasiado preocupada en no separarse de Drake. Si en ese momento el joven hubiera sido un clavo ardiendo, no lo hubiera pensado dos veces a la hora de aferrar sus manos a él. Era aquellos que había perdido y no pensaba dejar marchar una segunda vez. Lo había sido todo y no había sido nada. Era Drake, siempre lo había sido. No era una persona más en el mundo, era… Era su persona en el mundo, y siempre lo había sabido. Dicen que se nace con una cuerda roja atada a la muñeca, una cuerda que nos une a otra persona. Todas las cuerdas están enredadas y debemos encontrar el final de ese cordel de color rojo. La cuerda está tensa cuando ambos se encuentran separados, y en los últimos años esa cuerda había estado tensa, pero no rota. Si era sincera, no había dejado de pensar en él. Es más, se había arrepentido de todo aquello desde el momento en el que sus padres le dijeron que tenía que irse a estudiar fuera. Quizá parecía una decisión que se podía cambiar, pero los problemas, cada vez más frecuentes en su casa, se encargaban de no dejarla quedarse en Londres ni un día más. ¿Tenía intención de decirle todas las razones por las que se había ido? No, no tenía intención alguna. Ese había sido el daño colateral de una familia dividida por los ideales de pureza de sangre, y Drake no tenía porque saberlo.

Sintió una pinzada en el estómago cuando los labios de Drake se separaron de los suyos, pero volvió a asentarse cuando notó que este no se alejaba. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras dejaba caer su frente sobre la suya. Suspiró y volvió a sonreír. El silencio quedó roto por la voz de Drake y un nuevo pinchazo recorrió su estómago. – No… No lo sé. – Bajó la mirada, alejando sus ojos de los de Drake. – Lo siento, no tenía que haberte ayudado con lo de tu placa. No… No quería causarte más problemas, Drake. – Se mordió el labio inferior, aún alejándose de su vista y con aquel estúpido pinchazo en medio de su estómago.
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Drake Ulrich el Jue Ago 21, 2014 12:11 am

Los pobres Mongolitos de Mongolia deben de tener un trauma. Yo por lo menos, hasta que crecí y supe de geografía (bueno, hasta que mi madre me pegó un hostión bien merecido), siempre pensé que a Mongolia iban los mongoles. No estaba tan desacertado, claro que para mí la palabra “mongol” no era una nacionalidad, sino más bien un retraso mental reconocible a simple vista. Al parecer para Fly también, sólo que para ella seguía siéndolo. Me llevé una mano a la cabeza. Yo nunca había tenido cara de mongolito. Yo era muy normal… tan normal que no suelo relacionar cosas como lugares, comidas y películas en la misma frase. Al final Fly con estas cosas va a terminar mal-acostumbrándome, así es normal que terminemos por hablar de cosas random si salta de tema como un saltamontes hiperactivo.

A mí no podrás acusarme de herejía cinematográfica —le dejé claro, alzando las cejas varias veces seguidas—. Sí que la he visto y sí, la banda sonora lo es todo. Pero te pasas, no es lo mejor que hay relacionado con Italia —aclaré, intentando pensar algo que fuera mejor que eso relacionado con Italia. Pero me había quitado la lasaña y el pan de ajo del saco, por lo que sólo se me ocurrió una cosa verdaderamente mejor— Yo. Y no lo niegues. —cuando Fly fue a hablar, callé sus palabras con un movimiento de manos— Que no lo niegues. —Luego inevitablemente en mi rostro se reflejó un pánico fruto de la noticia que acababa de oír—. ¿Perdona? ¿Tú tienes de eso? ¿Vena femenina? Venga ya. Te conozco de hace mucho tiempo como para poder poner la mano al fuego y afirmar con toda la seguridad de mi corazón de que tu creador se le olvidó meterte esa vena femenina. —Sonreí divertido para molestarla. En realidad tenía razón respecto a esa película, yo me emocionaba con montón de cosas y las películas no se quedaban atrás, así que entendía perfectamente eso de la vena femenina.

Cuando me llamó subnormal tras decirle que se fuera a la cocina no hice más que sonreír ampliamente sin despegar los labios. Sí tenía razón, no iba a negarlo. A veces me comportaba como un subnormal, pero sólo a veces. Normalmente soy muy normal. Ella, tras insultarme para no perder el hábito, dijo que ella cocinaba si yo limpiaba. ¡Ningún problema con eso, la verdad! Le tendí la mano. Ya estaba más que acostumbrado a ser el ganso que nunca cocina en casa y que, por eso mismo, le toca recoger.

Trato hecho. Prefiero ejercer de elfo doméstico, si no me como todos los ingredientes antes de poder conformar una comida decente. Para entonces, me quedo sin hambre. —me encogí de hombros con sinceridad. Cada cual con sus defectos, este era irremediablemente uno de los míos. Si me dejas con comida, me la como. Soy así. Como un aspirador.

La idea de tener una corona King del Burger King me hubiera entusiasmado. Hace 16 AÑOS. Por lo que solté un sarcástico “já, já, já” y le di un pequeño empujón juguetón para meterme con ella. Cara culo era uno de los pocos insultos que solía decirme, realmente los que encabezaban el ranking eran: “Hufflepuff inútil” en primer lugar, “Gilipollas” en segundo lugar y “Patata” en tercer lugar. Aún estaba examinando si tenía algún segundo sentido metafórico y malvado dentro de esa inocente palabra, pero lo decía demasiado, algo malo tendría que tener.

Lejos de todo pronóstico no fui el único que en aquel momento no podría estar más atento a algo que no fueran los labios del otro, algo que me llenó más por dentro que cualquier otra cosa. Más que gustarme el hecho de estar besándola, lo que realmente me encantó fue el hecho de verla acercarse a mí y que fuera ella quién lo hiciera. Desde que posó sus labios sobre los míos, no dejé que se separase de mí. No veía como opción viable el volver a separarme de ella. Era la única que parecía bajarme las defensas hasta lo más bajo y a la vez hacerme sentir como si un torrente de adrenalina se me hubiera separado. Hacía que mis pulsaciones se me disparasen como si todo dependiese de un botón y ella fuera la única en poder apretarlo. Era un cúmulo de sensaciones, todas positivas, que me hacían rememorar lo mejor que me había pasado en Hogwarts. Sin embargo, posiblemente no fuera el mejor momento, posiblemente dentro de tres minutos me arrepienta de hacer lo que estoy a punto de hacer, pero quería saber una cosa. ¿En el caso de que hubiera sido yo el que me hubiera ido, ella me hubiera perdonado después de tantos años? Ninguno de los dos destacamos por nuestro rencor, pero no iba a negar que lo primero que quise preguntarle cuando me la encontré en aquel pub hace unos meses, fue el motivo de su ida.

Le pregunté una sencilla pregunta. De hecho lo hice con gracia y tranquilidad, no tenía en mente ningún otro propósito más que saber su opinión. Sin embargo, debí haberla incomodado —con razón—, pues apartó su mirada de mí y su gesto se volvió más distante y diferente. No me contestó a la pregunta, sino que contestó de tal manera que me hizo sentir mal hasta a mí. Llevé ambas manos a su rostro para levantarlo suavemente y que dejase de mirar hacia abajo, para volver a hacer que mis ojos se topasen con los de ella.

¿Crees que eres un problema? —sonreí ampliamente, acariciando con el pulgar una de sus mejillas, conteniendo el ensanchar la sonrisa— Claro que no. Eres ÉL problema —sonreí todavía más para ver su reacción, tenía que aprovechar, momentos como éste no los vivo todos los días— ¡Él único problema que después de ocho años sigue molestándome! Mira que normalmente te comes la cabeza sólo una vez en la vida por problema. ¡Contigo no! —mi sonrisa era risueña y me había asegurado de que me mirase mientras le hablaba, ya que tenía mis manos aun en su rostro. Ahora mismo me llevaba un golpe bien recibido en la cabeza, aunque esperaba que por lo menos me dejase terminar de hablar—. Verás, te lo pregunté por mera curiosidad. Por saber si de haber sido al revés, estarías bien conmigo. Pero yo ya tengo claro lo que haría. —No lo tenía tan claro, pero era por decir algo que no le hiciera bajar la mirada. Sin embargo, no añadí nada más, quería saber lo que ahora le estaría pasando por la cabeza, aparte de muchas y distintas maneras de insultarme propias para la ocasión. En este momento, desgraciadamente, no creo que sirva el insulto number one de la lista.
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Fiona T. Shadows el Jue Ago 21, 2014 1:18 am

Si existiera un aparato ideado para medir la muerte de las neuronas registrado en un espacio determinado en un momento determinado, en ese preciso instante, en ese preciso lugar, estaría echando humo debido a la muerte de estas. ¡No, neurona, no mueras! ¡Yo te quería! ¡Te amaba con la fuerza de los mares y con el ímpetu del viento! Oh, neurona, neurona. Sí, las neuronas eran muy dramáticas y poéticas, eran similares a una película para quinceañeras hormonadas y sus machos alfa dominantes que las acompañaban al cine para meter mano entre frase y frase. Porque nadie va al cine a ver Crepúsculo con su novia si no es para tocarle una teta en mitad de la película, eso está claro.

Pero Gladiator no era una de esas películas. Era una de esas para coger un buen paquete de pañuelos y llorar desde el inicio de la película, pues cuando la has visto dos mil millones de veces, ya sabes como acaba. Además, está esa maldita escena con esa maldita canción. - ¿Y por qué no la has visto conmigo? Pero que puta mierda de novio eras que no me metías en el sofá con un kilo de comida basura y una buena peli. – Golpeó su brazo aún con la sonrisa en el rostro. En realidad ver películas en pareja solo es posible si el hombre no tiene pene o la mujer está menstruando. Basado en hechos reales.

Si aquella situación estuviera teniendo lugar en una serie americana con risas enlatadas, aquel momento hubiera sido el del éxtasis máximos. Las risas hubieran surgido de todos los lugares habidos y por haber y hubieran chocado directamente contra el rostro de Drake. ¿Él lo mejor de Italia? ¿Pero que se creía, un trozo de Pizza? No, no llegaba ni a una pizza podrida y carcomida por las cucarachas. – No lo niego. Es tu humilde opinión como retrasado mental que eres, y yo… No la respeto, ¿Desde cuándo tienes tanto ego? – Rió. Drake no era de esas personas que se echaran flores porque se creyesen superiores al resto del mundo, sino más bien para bromear. – Vale, es cierto que yo siempre llevo los pantalones de las relaciones pero… A veces tengo venas femeninas. En esos momentos en los que no me ve nadie, claro. – En verdad era totalmente femenina en muchos aspectos, o al menos en lo que se consideraba como tal. ¿Qué era ser femenina? ¿Salir de compras, adorar ver chicos mazados y reír como una retrasada ante cualquier comentario para ligar? Entonces no era femenina, nada en absoluto.

¿A qué persona en su sano juicio le gusta limpiar? Vamos, es que la Cenicienta esa tenía que estar colocada a base de bien para haber acabado haciendo una película sobre su vida. Es como si hacen una película sobre la vida de la cajera del McDonals, ¿A quién coño le importa? Seguramente sería un taquillazo. La protagonista sería una joven de diecinueve años, sin estudios, con dos abortos a la espalda, un par de enfermedades venéreas, con gran fama de puta y sin haber acabado si quiera la educación secundaria. La protagonista, a quien llamaremos Hermenegilda, pasaría el día trabajando en el McDonals y sufriendo las miradas lascivas de los viejos que sobreviven a base de hamburguesas de un euro. Además, mostrarían imágenes de la creación de hamburguesas mutantes, porque todo el mundo sabe la cantidad de mierda que tienen metida en ese “Restaurante”, si es que puede calificarse como tal. Luego se mostraría su vida nocturna, una putilla de poca monta. Al final llegaría su príncipe azul, un proxeneta con eyaculación precoz que no abusaría de ella por evidentes problemas para llevar a cabo el acto sexual. Habría boda, banquete en el Burger King (evidentemente se pasarían a la competencia) y de regalo: preservativos. Un chiste para el novio. – Me tomaré esto como que serás mi chacha.

¿Quién en su sano juicio vuelve después de ocho años, se reencuentra con su pareja de la infancia y vuelve a sentir algo? O más bien, ¿Quién coño no deja de sentirlo tras ocho años? Sí, bueno, el claro ejemplo estaba allí mismo, y no una vez, sino dos. A cual más gilipollas. Ambos con miedo al después y con grandes recuerdos del antes. Ambos pegados, con los labios unidos y sin intención alguna de dejar escapar al otro.

Las palpitaciones de Fly iban a mil por hora, no por el beso, sino por sentir a Drake al lado. En aquel momento hubiera dado todo lo posible para que aquel momento no llegara a su fin. Pero uno no puede tener todo lo que desea, y no tardó en darse de bruces en aquel deseo. El pinchazo seguía clavado en su estómago, como si un pequeño gremlin luchara por salir de su interior, acabando así con su vida. Notó como los labios de Drake se alejaban, como si el aliento desapareciera de su interior y buscara, desesperadamente, encontrar el oxígeno una vez más. Sonrió para luego toparse con la realidad. Se dio de bruces una vez más.

No podía pronunciar palabra alguna. Nada podía salir entre sus labios en aquel momento, por lo que se limitó a permanecer estática, con los ojos fijos en el pecho del chico y con la cabeza cabizbaja. No quería toparse con sus ojos y tener que darse cuenta que aquello que apenas instantes antes estaba rozando sus labios se alejaba una vez más. No, no quería. Escuchó las palabras del chico aún con los ojos juguetones, evitando toparse con su mirada. Notó su mano, su caricia rozando su rostro. ¿Por qué tenía que sentirse tan mal? ¿Por qué las cosas son podían ser más fáciles? ¡Tú me gustas! ¡Oh, tú también me gustas! ¡Pasemos el resto de nuestras vidas juntos! ¡Vale! No, aquello no era posible ni si quiera en las películas de Disney, en las que los personajes se enamoraban en la primera escena y se pasaban toda la película luchando por su amor. Menos en Enredados, que era más importante el retrasado que coleccionaba unicornios.

Las manos de Drake obligaron a Fly a fijar sus ojos sobre él. Lo lógico para una persona que no quiere ver a otra sería cerrar los ojos y decir “nananana no es escucho” para así fingir que estás solo y no te percatas de su presencia. Pero no, no hizo eso, sino que clavo su vista sobre la del chico y permaneció callada hasta que este dejó de hablar. – Si ahora salgo corriendo para no mantener esta conversación incómoda quedaría aún peor que hace ocho años, ¿Verdad? – Intentó bromear mientras colocaba sus manos sobre los brazos de Drake, los cuales sujetaban su rostro. Sus piernas aún no habían soltado la cintura del chico y no tenían intención de hacerlo, al menos no de manera inconsciente. – No lo sé, no puedo ponerme en la situación. Creo que dependería de lo que sintiera al verte. – Fue a encogerse de hombros, pero con aquella posición era prácticamente imposible. – Y aquí está la idiota que se pasó ocho años arrepintiéndose del peor error de su vida. Tenía la esperanza de que con el tiempo desaparecieras, pero eras un recuerdo bonito. – Como el helado de un sabor que probaste a los diez años y que sueñas con volver a probar, pero la idea y el recuerdo son tan utópicos que tienes miedo que al volver a probarlo no alcance tus expectativas. – O que al verte me diera cuenta que mi recuerdo era demasiado bonito para ser cierto. Que te recordaba como algo perfecto y que no eras más que mi primer amor y te tenía… ¿En un pedestal? Sí, supongo que sería algo así. – Bajó sus manos de los brazos del chico y las apoyó sobre sus propios muslos. – El problema es que eres incluso mejor que tu recuerdo.
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Drake Ulrich el Jue Ago 21, 2014 5:57 pm

El acto de ver películas en Hogwarts era un poco difícil y, teniendo en cuenta que más de la mitad de todos los veranos de vacaciones de Hogwarts, me iba a Italia, sí, tenía un poco difícil el meter a mi novia en un sofá (que mira que eso es difícil como no le quite el forro) y ponerme a ver una película con ella con comida basura. Si llego a vivir en Londres, otro gallo hubiera cantado. O no, porque estaríamos en una ciudad y como un gallo cante en medio de Londres, ese gallo muere. Ya son jodidamente insufribles, imagináos la mala hostia de más de treinta londinenses al grito del gallo. Ese gallo no sobreviviría. Le revientan el ano de una patada para que se calle. No entiendo qué clase de problema tienen los gallos con nosotros como para despertarnos a las seis de la mañana al sonido de un grito. ¿En alguna vida pasada les habremos hecho daño? ¿Quizás en un mundo paralelo de gallos somos los humanos los seres inferiores tocapelotas que se ponen a cantar ópera a las seis de la mañana y esto sólo es la cruel venganza de esos seres plumados?

Tía. ¡En Hogwarts no hay tele y odias Italia, no es mi culpa el no poder haberte metido en un sofá a ver una película! Aquí la mala novia eres tú. Además, sabes que me emociono con cualquier cosa. Terminaría llorando como un mierdecilla —Y era verdad. No sé qué clase de empatía tengo yo desarrollada con los personajes ficticios, pero es que parece que las desgracias de las películas me pasan a mí— Pero bueno, ahora los dos vivimos en Londres y tengo un sillón enorme y una tele más enorme aún. Para que veas a Gerard Butler dándolo todo en HD.

Solté una divertidísima carcajada con el comentario de Fly. Tenía razón. ¿Yo, egocéntrico? Nunca. Si decía esas cosas, estaba claro que simplemente las decía de broma. Nunca me he considerado el centro de atención y, sinceramente, odio serlo. Qué aprieto e incomodidad más innecesaria. Con lo guay que es pasar desapercibido y parecer uno más.

Desde que soy así de guapo —le guiñé un ojo divertido ante su retórica pregunta. Volví a bromear, obviamente. “¿Desde qué?” Yo siempre he sido así de guapo. Psss. Luego simplemente asentí a lo que decía, era cierto que tenía muchas venas femeninas y yo las había visto (no con mucha asiduidad, PERO BUENO), pero era mucho más gracioso pararse solamente en las que no eran nada femeninas, para poder meterme con ella—. Ya lo sé. Eres una fémina, sería realmente perturbador que tuvieras más hombría que tu novio. Que en ocasiones se te perdona.

Me encogí de hombros cuando dijo que lo tomaría como si fuera su chacha. Prefería mil veces perseguirle por la cocina mientras cocinaba e ir recogiendo la mierda que ser el que cocinaba. Para cuando ella hubiera acabado, yo ya tendría más del a mitad recogido y sólo me quedaría fregar los platos. Aunque siempre he pensado que para recoger la cocina es más lógico, fácil y rápido que lo recojan entre todos aquellos que comen. En plan uno remoja, otro enjabona, otro seca y otro coloca. ¡Trabajo en equipo, coño! Pero no, siempre hay un solo pringado al que le toca recoger y es como el que tiene la peste. Todos se ríen de él y se quedan ahí, de pie, detrás de él, mientras friega. Qué frivolidad más mala. Ahí, riéndose del pobre. O la pobre. En mi caso siempre era Katerina la encargada de recordarme lo pringado que soy mientras friego y ella se come una galleta.

En aquel momento me di cuenta entre la diferencia de besar, un verbo y una acción vacía que de por sí suena amplia y emocionante, a besar a Fly. Era un vuelco al corazón, un giro de ciento ochenta grados que amenazaba con recordarte hasta el último momento feliz junto a ella. Que no eran pocos, lo difícil era encontrar los malos momentos camuflados entre tantos buenos. Sentir sus cálidos, suaves y a la vez adictivos labios sobre los míos sólo me recordaban que no quería que se separase el mínimo centímetro de mí. No quería que acabase, pues era la pieza que me faltaba para completarme, aquella que hace que un simple estado, por perfecto que parezca, quede eclipsado bajo aquella sensación de seguridad y sensación de tocar la cima sólo por ella. No podía dejar de recordar aquel primer encuentro, aquella mirada inocente, aquella sonrisa feliz de un niño de once años por haber conocido a una chica con una mirada tan preciosa como su sonrisa. ¿Quién le iba a decir a ese niño que quince años después estaría más enamorado de esa chica que nunca? Podría decirse que una vez conoces a esa persona que es perfectamente imperfecta para ti y te enamoras de ella, es imposible dejarla ir. No cuando no hay absolutamente nadie capaz siquiera de igualarla.

Aun así, no podía utilizar mis sentimientos como la justificación de mis deseos. No quería volver a perder a Fly y lo menos que quería era volver a pasar por lo que tuve que pasar hace ocho años. Llamadme egoísta, pero no miento cuando digo que mi cama, una manta de Batman y todo el alijo de helado del supermercado de abajo fueron mis mejores amigos cuando se fue. Por lo que a pesar de lo que yo haría, quise preguntarle a ella. Quién sabe, a lo mejor de habernos cambiado las tornas, ella ahora mismo hubiera preferido simplemente cortar cualquier relación conmigo. Sería curioso poder saber lo que hubiera pasado de haber sido así. Sin embargo, ni me replanteé la situación, simplemente escuché cómo empezaba a hablar intentando escurrirse el bulto. Sonreí. No pretendía meterla en un aprieto, podría irse corriendo. O haciendo la croqueta, que sería mucho más de su tipo. A punto estuve de interrumpirla, pero ni me lo planteé cuando comenzó a hablar. Me había quedado prendado de sus palabras y hubiera sido todo una escena de lo más perfecta si no fuera porque mis manos estuviesen entre una masa de harina y huevo de lo más desagradable. Me había dejado sin saber qué decir, ya que todo lo que dijo había hecho que el nudo que se había formado en esa zona intermedia entre el estómago y el corazón, sí, ese mismo que te impide hablar, se intensificase. Me mojé los labios en una sonrisa de lo más inoportuna, de felicidad. Aproveché que mis manos estaban en su rostro y ni medité las opciones, simplemente acorté la distancia para unir nuevamente sus labios con los míos, con pasión; con lentitud. Bajé una de mis manos hasta su cintura, sujetando una de sus manos.

Fly… —murmuré aun con la sonrisa, con la mirada posada en mis manos. Tenía ganas de decirle un montón de cosas, pero no me salían. Así que decidí sincerarme, pues era la respuesta más lógica a mi silencio y sonrisa. Además, HABÍA CONFIANZA— Me he emocionado. Y creo que no exagero cuando digo que es lo más bonito que me has dicho nunca. —continué sonriendo y luego alcé la mirada, encontrándome con la de ella— Y aunque estés llena de huevo y harina… creo que ningún recuerdo podría superarte.

Le aparté con mucho amor un mechón de pelo enhuevado y volví a sonreír. Bueno, espera, ¿acaso había dejado de hacerlo? Aquello era cuánto más surrealista. No sólo por el simple hecho de estar envueltos de esa materia tan pegajosa, sino porque hacía mucho tiempo atrás que pensé que estas cosas ya no me ocurrirían. Bueno, hace apenas unos meses pensaba que no la volvería a ver nunca, que su recuerdo era simplemente el fantasma de lo que una vez fue. No veas todo lo que me alegro de haberme equivocado. Le di un golpecito en la nariz.

Tengo la mano llena de harina y huevo. Puedes ducharte si quieres. En mi casa no habrá nadie hasta la noche. Ventajas de vivir con trabajadoras de Hogwarts. —le ofrecí, pues ella estaba muchísimo peor que yo.
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Fiona T. Shadows el Vie Ago 22, 2014 12:47 am

El principal problema de Hogwarts era que no había rastro de electricidad alguna, ni de cualquier objeto muggle que funcionara con ella. Más de una vez había cruzado la mirada con algún alumno de primero intentando encender un teléfono o incluso un reproductor de música, sin resultado alguno. ¿Acaso no era obvio que aquello no funcionaba en una atmósfera cargada de magia? Todos los jefes de casa tenían la sutileza de hacerlo saber el primer día, para que los alumnos no intentaran llamar a casa o algo por el estilo. Porque claro, muchos de los alumnos de Hogwarts no sabían nada de magia hasta que habían recibido una lechuza con el acceso al centro y, precisamente, aquello no eran como unas instrucciones que todo el mundo entendiera a la primera. Es más, cuando abrías el sobre con la carta de acceso y la lista de materiales, no existía un tercer folio con las instrucciones para ser mago. O sí, quizá los alumnos cuya familia era muggle recibían aquellas instrucciones pero Fly, cuyos padres se alejaban demasiado de carecer de magia, no había podido recibir aquellas curiosas instrucciones. ¡Quién sabe! Tendría que buscar a alguien cuyos padres fueran muggles y preguntarles sobre su carta de Hogwarts.

- Eh, eh, eh, eh, yo no he dicho que no me guste Italia. He dicho que NO he ido a Italia. – Puntualizó. Lo que estaba claro es que a veces el pobre no recibía bien la información. O escuchaba perfectamente y su pequeño cerebro no le permitía analizar su contenido. Pobrecito, normal que hubiera acabado en Hufflepuff, si sólo se salvaba porque estaba bien bueno, que si no, ni eso. - ¿Cómo que mala novia? ¡Yo no hice nada para ser mala novia! – Que si para ser una malísima ex novia, de esas con las que no mantienes el contacto durante ocho años y se reencuentran contigo comportándose como si nada. Sí, era de esas. – Bueno, bueno, yo te dejaría llorar en mi regazo. Hubiera ejercido como el hombre que soy.  O que era. O yo que sé. – Río, ella misma se había acabado por perder dentro de la conversación. Algo muy común. – Wow, Gerard Butler. ¿No había un actor mejor? – Que sí, que era un buen actor y todo lo que quisieras, pero si quieres ver a un actor buenorro en HD, mejor ver a uno que esté mejor que él, vamos, es lo lógico. Como el zoo. – Prefiero ver a Fassbender. – Se encogió de hombros. Curiosamente, en el Ministerio de Magia había un hombre clavado a él, un desmemorizador amigo de William quien, curiosamente, también se parecía a otro actor. Que curiosos eran los desmemorizadores, sí. - ¿Eso es una propuesta de una sesión de cine casero? – Alzó ambas cejas divertida y antes de que pudiese contestar o negarse, volvió a hablar rápidamente. – Porque ya te he tomado la palabra para que me invites a ver una peli. Y para hacerte el favor, cocinaré yo ese día. Hago unas palomitas de microondas para chuparse los dedos.

El ego fingido de Drake era algo más falso que los Oscars donde, RECORDEMOS, le dan Oscars a actores tan pésimos como Nicolas Cage. Sí, ese hombre cuya cara está en toda imagen posible colgada por internet. Por guapo, por hermoso. Por tener un accidente cuando era niño en el que le quemaron la cara con ácido. Porque mira que es feo el desgraciado. – No te lo creas demasiado, egocéntrico. – Repitió divertida. Siempre había visto a Drake como alguien bastante guapo, pero era cierto que en aquel momento lo estaba más incluso. Bueno, mentira, el día que le conoció no era tan guapo, tenía un aire a actor de telenovela latina, luego mejoró. Mejoró mucho.

¿En qué mundo puede preferir alguien limpiar a comer? Encima limpiar lo que otro ha manchado. No tenía ninguna lógica. Además, limpiar los artilugios con los que se cocina es horrible, porque te encuentras con trozos de comida húmeda entre tus dedos mientras lo friegas. Y claro, también puede ser una rata que ha salido de la nada y como estás tan convencido de que es comida, estás ahí frotándola y frotándola hasta que ahogas al pobre bicho. ¡O peor aún! Te propones limpiar y coges el estropajo todo motivado, friegas un par de cacharros y de repente notas algo raro en el estropajo. Miras a tu alrededor y ves el jabón y al lado: el estropajo. Entonces, ¿Qué tienes entre tus manos? Sí, una rata. Una rata que no quieres mirar porque sabes que está ahí, en tu mano.

Luego estaba el tema en cuestión. El TEMA de todos los temas. El tema de tener los labios unidos con los de Drake. La sensación cálida recorriendo su cuerpo olvidando por completo la cantidad exagerada de huevos y harina que cubría el cuerpo de ambos. Pasó a un segundo plano aquel hecho. Aquello y que fuera Drake, la persona a la que debía estar evitando por haber hecho daño y a la que no quería arruinar de nuevo la vida. Estaba siendo egoísta, pero en aquel momento era una egoísta sumamente feliz.

La felicidad que pareció serlo todo desapareció de nuevo, como si de un cristal que se rompe en mil pedazos se tratara. Desapareció. Se había ido y ahora volvía de modo que tenía que sentirse incluso peor consigo misma. Tuvo que pensar, y tuvo que hablar. Tuvo que explicarle a Drake como se hubiera sentido ella si él fuera el que se hubiera marchado. Como si ella pudiera haber tenido alguna elección para quedarse allí con él, claro. Ella podía decir que no a todo lo que sus padres decían para luego soportar como su hermano seguía con su odio irracional hacia su familia. Ah, y no olvidemos las investigaciones por parte del cuerpo de aurores a las familias de mortífagos detenidos en los últimos años, porque sus abuelos no se libraron de acabar en Azkaban donde, suponía, que seguirían desde hacía ya cinco años.

Notaba como sus mejillas habían adquirido un leve tono rojizo pero gracias a las manchas de harina, ni si quiera se podía ver el tono de su piel. La capa era demasiado gruesa como para dejar visibilidad alguna. Sus labios se unieron una tercera vez, y aquello sí llego de improviso, ya que esperaba una negativa por parte del chico. – Y no esperes que vuelva a pasar. – Añadió dándoselas de dura. Porque claro, era de esas personas que se ríen por regla general de las moñadas ajenas, así que no podía permitirse serlo. Aunque a veces podía serlo, y mucho. – Porque eres un idiota en el que jamás me fijaría. Y al que nunca he querido. Nada en absoluto. – Se mordió el labio inferior intentando huir de su mirada, pues al menos ya podía mover el cuello cuando las manos de Drake se habían apartado de este.

En aquel momento recordó que Katerina supuestamente trabajaba en un colegio dando música, o en Hogwarts. Dio las dos opciones bajo los efectos del alcohol y ninguna quedó demasiado clara. – No hace falta, tranquilo. – Bajó las manos a la camiseta del chico y se limpió la cara con ella. - ¿Lo ves? Mucho más limpia. – Sonrió divertida y le dio un corto beso en la mejilla. – Hueles a huevo podrido. – Añadió antes de pasar sus brazos tras su cuello y apoyar su cabeza sobre su hombro. Cerró los ojos y le abrazó con más fuerza. – Siempre quise decirte que sentía como hice las cosas. Tenía que haberte dado más explicaciones. - No varió su postura, evitando así el contacto visual. - Supongo que es tarde para ello, pero lo siento. Lo siento mucho, Drake. - Le abrazó con más fuerza.
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Drake Ulrich el Vie Ago 22, 2014 4:07 am

Fly tenía razón, era un mal novio. Era inadmisible que no la hubiera metido dentro del sillón, le hubiera dado tres kilogramos de azúcar en forma de helado y le hubiera puesto una películaza de esas que te dejan flipando. Que sabiendo el sentido crítico de Fly, sería muy difícil aceptar. Pero bueno, como no quería reconocer mi mala actuación como novio, le eché la culpa a ella para no tener que responder de mis actos. ¿Ver películas con comida basura tirados de la manera más vaga posible en cualquier sitio cómodo? Eso aún podía arreglarse. Miré a Fly de reojo ante su matización de Italia y la acepté gustosamente.

¿Entonces te gusta o no te gusta?  —pregunté—,[color=greeb] porque si te gusta, deberías visitarla. Te darías cuenta de que mola mucho más que ese sitio tan cutre llamado Liverpool. Aunque claro, como no has ido… —Yo era más de sitios calurosos y sólo como me he acostumbrado a Londres me he acostumbrado al frío. Pero por norma general, podría considerarme más un animal de calor. En plan lagarto. Por eso y muchas otras cosas prefería los países más al sur—. Que eres, que eres. Yo ahora he soportado muchas y duras películas, creo que podré dar la talla con cualquiera que me pongas delante. —me hice el hombretón, sabiendo que mi escupitajo podría caerme en encima con cualquier película ligeramente dramática— No espera… Es Russell Crowe, ¿no? Esos dos tíos son iguales, siempre me confundo. Aunque éste  último bajo mi más humilde opinión tiene más hombría. Fassbender… ¿Ese es Magneto? Tío, es una estafa. Es normal que parezca sexy si cada vez que sale en la película le ponen una pedazo de banda sonora. ¡La banda sonora es lo que le hace sexy! —Fue divertido haber puesto de excusa que aun estábamos a tiempo de poder hacer una sesión de cine casero, pero más todavía con su reacción—. ¿Palomitas al microondas? Madre mía y yo metiéndome con tu arte para cocinar. Qué iluso y qué ignorante. Tu cocina y yo pongo la casa. ¿Película que te agrade? Elígela tú porque si la elijo yo y no te gusta vas a estar recordándome toda mi vida.

Simplemente solté una sonrisa de lo más cómplice cuando dijo que no me lo creyera demasiado. Sin duda no me lo iba a creer ni demasiado ni nada, así que me encogí de hombros. El ego era para aquellos que no tenían nada mejor que hacer que auto-alabarse para sentirse mejor con sí mismos.  Y a mí no me hacía falta porque yo era muy guay y me sentía muy bien conmigo mismo. Pero no lo iba pregonando a los cuatro vientos porque había gente mucho más guay que yo. Si no, no tendría amigos.

No tardamos en llegar a la conclusión de que ella, como buena mujer que era, tenía que cocinar y que yo, como hombre gordo que soy, no me importaba limpiar aquello que me he comido. Era lo más lógico, además de que siempre he pensado que las mujeres deben de dar el 100% de su capacidad para su habilidad más útil: la comida. La limpieza es algo que, como magos, podemos solucionar fácilmente con una linda floritura de varita.

Luego… podríamos hablar de películas, de lo mal novio que fui en su momento, de las pocas venas femeninas que podrían darle a esta mujer durante toda su vida y de cualquier cosa. ¡Podríamos hablar hasta de caca como si fuera el tema más común y normal del mundo! ¡Incluso avisarnos cada vez que vamos a defecar porque eso hace la gente con confianza y con preocupación por el tránsito intestinal de la otra persona! Pero sin duda… ¿qué tema más incómodo a tratar que el único que nos separó alguna vez? No sabía ella, pero no era el simple hecho de sentir todo su cuerpo a tan pocos centímetros de mí lo único que me estaba poniendo nervioso, sino también el hecho de que… ¡me estaba besando! Había un Drake interior en lo más profundo de mi consciencia que ahora mismo podría estar bailando salsa africana (?) en celebración de aquel apoteósicamente feliz acontecimiento que para mí creía ya imposible. Era un cúmulo. Un todo. Un… podría decirse que con Fly cualquier cosa era perfecta. Incluso el simple zumo de naranja de media mañana que a veces me tomo con ella era el mejor desayuno. Era diferente, una de las pocas personas con las que poder ser yo mismo, pues ya sabe que más gilipollas no puedo ser. Por eso situaciones como estas me dejaban tambaleando como una gelatina.

¿Lo peor? Si sólo eso me producía inseguridad y unas pulsaciones por encima de las recomendadas, cuando le pregunté a Fly, no sabía exactamente qué quería oír. ¿Esperaba una respuesta desagradable? ¿Quizás algo que me gustara? Ni yo mismo lo sabía. Por una parte sabía lo que quería oír, pero por otra, sabía que podría tener uno de las peores contestaciones posibles. ¿Lo gracioso? Su respuesta fue tan diferente a todo lo que tenía en mente que, lejos de parecer una gelatina,  era una veleta hiperactiva. Tanto que no sé en qué se estaba concentrando mi cuerpo que no daba para más mis neuronas como para encontrar palabras adecuadas para poder contestarle. ¡Imposible! ¿Fly diciéndome cosas bonitas? ¿Diciéndome que era un recuerdo bonito? ¿Qué se arrepintió de haberse ido? Eran cosas que nunca me había planteado y, que como tal, me parecían de lo más impactantes. De ahí que mi cuerpo hubiera decidido darme un respiro. Cuando pude hablar, sólo pude sorprenderme por las cosas que me había dicho. Ella no tardó en dejarme claro que eso no iba a pasar nunca más en mi vida. Sonreí.

No lo espero. Oh, he sido un iluso toda mi vida… Y yo que pensaba que lo nuestro era real —dramaticé llevándome una mano al corazón y haciendo como que se clavaba una daga en él. El aspecto de Fly era… tío, era para sacarle una foto y pegarla por cada uno de los rincones del Ministerio. O ponerla de foto en el móvil, si tuviera móvil. Le ofrecí una ducha, pero según ella estaba muy bien. Intentó demostrármelo limpiándose en mi camisa, un gesto de lo más inteligente por su parte, pues la muy inconsciente no se acordaba de que el segundo huevo de aquella guerra había terminado con su vida en mi camiseta. Reí divertido al ver que se separó de mí con toda la cara peor que antes. No le dije nada, ya que mejor que se crea que sigue estando más libre.

Fly me abrazó y yo pasé mis manos por detrás de ella, apoyando mi cabeza sobre la de ella, buscando un lugar libre de pegosidad huévil. Me quedé inmóvil simplemente escuchando lo que dijo y coincidí con ella en lo que decía. Recuerdo perfectamente que desde que me dijo que se iba, desde aquel preciso momento, no volví a recibir ninguna noticia suya. ¡Ni una carta! Absolutamente nada. En realidad fue mucho mejor así para poder superarlo, aunque fue duro pensar que Fly se había olvidado tan rápido de mí.

Nunca es tarde para dar explicaciones o pedir perdón. Te odié durante unos cuantos meses, pero bueno, lo superé —bromeé acercándola hacia mí. En momentos como aquel me hubiera encantado poder oler el aroma de su pelo pero… lo evité—. No te preocupes, Fly. Tendrías tus motivos y puedo asegurarte que por muy mal que lo haya pasado entonces, valió la pena si al final ibas a volver. —terminé por decir, pues lo menos que quería es que se sintiera mal por algo que pasó hace tanto tiempo. Sonreí antes de seguir hablando, notándoseme en la voz—. Ya me has aclarado que no te fuiste por mi culpa. Algo que quieras o no, me quita un peso de encima… Yo que sé… después de decirme tantas veces que era un Hufflepuff inútil, casi me lo creo. Quizás optabas a un mejor partido —no hablaba totalmente en serio, pero no iba a negar que se me pasó muchísimas veces por la cabeza. Muchas veces.
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Fiona T. Shadows el Vie Ago 22, 2014 1:11 pm

A ver, señoras y señores. Si no has ido a un lugar, no puedes decidir si te gusta o si no. Si no has probado una comida, leído un libro, visto una película o jugado a un juego (no vas a jugar a un gato, obviamente, se juega a juegos), no puedes opinar sobre ellos. Existen miles de personas que opinan sin si quiera conocer las cosas, pero Fly no era de esas. Es más, odiaba no poder hacer alusiones insultando a Crepúsculo por no haber leído los libros y sólo haber visto la primera película por miedo a sufrir un derrame cerebral si continuaba aquella saga donde los vampiros brillaban cual luciérnagas. Pero brillaban enteros, no solo el culo. Además, las luciérnagas le parecen graciosas a todo el mundo, cuando en realidad son simples hormigas a las que Tesla les injertó una bombilla en el trasero. Bueno, no fue Tesla, pero como sale en El Truco Final y alguien la vio recientemente, hay que nombrarle. - ¿A ti te gusta comer cucarachas? ¿Y lanzarte al interior de un volcán cuando está a punto de reactivarse? – No le dio tiempo a responder. – No lo sabes, ¿Verdad? Porque son cosas que no has hecho. – Ahora negó con la cabeza, acercando su cabeza a la del chico. - ¡Pues eso me pasa a mí con Italia! ¿Cómo quieres saber si algo me gusta o no me gusta si no he estado? Sí, he visto fotografías, y vídeos y … Ya. Pero no es lo mismo. – Le sacó la lengua a modo de burla.

A veces Drake parecía que intentaba presumir de por la razón por la cual el sombrero seleccionador lo había mandado a Hufflepuff. Parecía que tenía la necesidad de demostrar que en el interior de su cabeza había más serrín que neuronas. – El de Gladiator es Russell Crowe, que también canta en Los Miserables, así como dato curioso. – Soltó una pequeña risita ante la comparación de los dos actores por parte de Drake. No había duda alguna de que ambos tenían cierto parecido común, pero no para confundirlos. ¡Básicamente porque Gladiator es Gladiator! - ¿Qué estafa? ¿Qué dices, envidioso? Ya te gustaría a ti ser la mitad de guapo que ese hombre. -  Bueno, si fuera la mitad de guapo, ya sería más feo de lo que era, pues había que decir que Drake no se quedaba precisamente atrás en cuanto a atractivo se refiere. Si no era listo, y no era nada (era Hufflepuff, que eso no cuenta) algo que tenía que tener. En este caso, era muy mono. Pero mono en el sentido de guapo, no en el de su mascota. – No digas tonterías, si ves X-Men sin audio sigue siendo igual de sexy. – Obviamente lo era. Fly había visto cientos de fotos de ese hombre, como si en otra vida fuera su jefe y tuviera que montar gifs con su cara de vez en cuando. Pero claro, no tenía una vida en la que fuera una rubia sádica, no. Ella sólo era Fly. Y Drake tampoco tenía otra vida en la que fuera un inútil. No, lo era en una vida y con ello ya tenía más que suficiente. ¿No?

La gente no comprendía la complejidad del noble arte de meter un paquete de palomitas en el microondas hasta que hacía palomitas con gente que no tenía ni idea ni de untar mantequilla en una tostada. Sí, ese momento que pones una película y, por una vez, las personas que suelen hacer las palomitas se quedan cómodamente tiradas en el sofá y les mandan el trabajo pesado a los que normalmente no hacen nada. Esas personas se levantan y van a la cocina motivadas por el arte en la cocina que creen que tienen. Cogen el paquete de palomitas y lo meten en el microondas. Pero las palomitas no se hacen. Miran el microondas y está encendido, pero no se hacen las palomitas. Y no saben qué sucede hasta que el resto de amigos va a ver qué pasa y ve que las palomitas están al revés. Que no han visto ese bonito apartado de “colocar por esta parte” y las palomitas no se hacen. Inteligencia, señores. Hace falta inteligencia para hacer palomitas, al parecer hay gente incapaz de hacerlas. – Sí, sí, como lo oyes. Palomitas de microondas. – Claro, es que con aquella anécdota en las espaldas, saber hacer palomitas era todo un mérito. – Eh… No. – Puso el rostro serio, abandonando aquella sonrisa constante que predominaba en su rostro durante lo que llevaban juntos de mañana. Y que predominaría por el tiempo siguiente. – Eliges tú la película, así puedo llamarte Hufflepuff inútil por no tener gusto para el cine. – Realmente le agradaba casi cualquier película. Y siempre acababa mirando las escenas tristes (que SIEMPRE había) con cara de: no caigas lágrima. Y acababa o medio llorando o con los ojos llenos de estas.

A pesar de haber intentado bromear acerca del tema, aún le costaba mantener la mirada fija en Drake, por lo que utilizaba cualquier pretexto para apartarla y fijarla en aquel bonito mueble de cocina cubierto de huevo. O en aquella puerta de entrada (o de salida, que también lo era) manchada por el huevo y la harina. O… Todo estaba cubierto de harina y huevo. Especialmente ellos. – Ya ves. – Se limitó a encogerse de hombros. En una situación normal le hubiera insultado, o hubiera continuado sus actos dramáticos comparándole con alguna comedia americana. Pero no lo hizo. Se limitó a volver a bajar la vista hacia el chico, como si nunca hubiera dicho nada agradable hacia este.

Ahora su rostro estaba aún más cubierto de harina y huevo. Pero lo cierto es que no le importaba ni lo más mínimo. Vamos a ver, ¿A quién en su sano juicio le importa oler a huevo y tener el rostro cubierto de harina si tenía a Drake al lado? Y no solo eso, si este no te permite ni moverte por lo cerca que está. O si te besa. O sí… No le importaba nada en absoluto en aquel momento, tan sólo el hecho de que estaba ahí. Que era real. Que de verdad era Drake quien estaba ahí rodeando su cuerpo mientras su cabeza se escondía tras la suya para hablar y no tener que mirarle. - ¿De verdad lo crees? – Levantó la vista levemente para mirarle de reojo, pero no dijo nada más, sino que se limitó a escuchar el resto de sus palabras.

Levantó la vista y la fijo, esta vez sí, sobre Drake. – Venga, ¿De verdad te has tomado en serio alguna vez que te llamara Hufflepuff inútil? – Alzó ambas cejas y rió ante aquello. Era cierto que pensaba que era la peor casa pero aquella hostilidad solo la había desarrollado para meterse con él, ya podía sentirse importante o algo. – Siempre me ha importado una mierda que fueras un Hufflepuff, un Ravenclaw o… Lo que fueras. – Volvió a sonreír. – Lo único que me importaba es que eras tú, y eres… Sí, eres la persona más guay que he conocido nunca. – Y en ese momento volvió a unir sus labios con los de Drake, aunque esta vez fue un beso corto. – Y si me permites, caballero. – Apartó sus manos de él para poder bajar de la encimera y aproximarse al fregadero, donde hundió su rostro para acabar limpiándolo. Hizo lo mismo con el pelo, pero tampoco quedó demasiado limpio. El rostro sí, parecía que tenía cara de nuevo. – Mucho mejor. La verdad es que ya me picaba la cara. – Afirmó mientras cogía un paño de cocina para secarse la cara.

Se colocó todo el pelo hacia un lado y volvió al lado de Drake. - ¿Qué te parece si me voy a casa a cambiarme y quedamos un día de estos para…? Bueno, hablar. – Añadió mientras tomaba una de sus manos cariñosamente. – Prometo no llevar huevos que lanzarte. – Sí, eso lo dijo con tono serio. – Además, me debes una peli, que no se te olvide. Y ejercer de chacha, ¿No decías que preferías limpiar? Pues ya tienes trabajo. – Se colocó de puntillas, obligando a Drake a agacharse porque si no era imposible llegar, y le dio un corto beso en la mejilla. – Hufflepuff inútil. – Susurró a pocos centímetros de este y al apartarse sonrió con cara de no haber roto un plato en su vida.
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Drake Ulrich el Sáb Ago 23, 2014 9:36 pm

A ver, era lógico que por mucho que  tú dijeras: “a mí no me gusta tal cosa” no quiere decir que lo hayas hecho y que hayas hecho un estudio sobre lo malo que es o lo bueno que es y por eso sepas que no te guste. ¡NO! ¡Obviamente no! Eso no existía. La gente que decía que algo no le gustaba sin haberlo probado es gente de poca fe. Gente que no cree en que las cosas buenas de vida. ¡Y es que las cosas buenas de la vida no se pagan con dinero! Ya lo decía ese dibujo de infancia: trapito. Y es que hay gente que realmente tiene menos motivación que una hormiga hiperactiva. ¡Había que ser positivos, pensar en verde, beber cerveza! ¡Yo que sé, un poco de todo!

Sí, sí, Fly, no te estreses. Si en verdad yo te entiendo —dejé claro desde un principio—. Pero es cuando dices: “sabe a tierra”. Obviamente no hemos probado la tierra como plato principal de alguna comida. ¡Claro que no! Pero nos huele a ello y toooodo el mundo ha olido la tierra en algún momento. ¿Ese momento en dónde llueve y hueles a tierra mojada? Eso llega hasta lo más profundo de ti —abrió los ojos— Un olor que se convierte en un todo y eso es lo que te hace suponer que conoces el sabor. Es lo mismo con la lejía. Lo mismo con cualquier  comida que no hayas probado. Obviamente con Italia no vale, pero sigo pensando que le tienes manía o algo así. Estuviste siete años conmigo, ¿por qué no viniste ni una vez si yo siempre te invitaba como buen novio que era? —pregunté haciéndome el dramático una vez más. Si es que en fondo, lo que era lo dramático, se me daba bien. Yo debería haber sido actor o algo. El típico actor que es el personaje súper lindo de una película. Como Dani, el de Pearl Harbor.

¡Anda! Pues también pensaba que era Gerard Butler el de Los Miserables. No era muy difícil confundirlos. Mismos rasgos, misma constitución, ¡si es que parecía que tenía que tenían hasta la misma voz! Definitivamente nunca llegaría el momento en dónde pudiera reconocerlos individualmente. Había muchísimos actores que eran un misterio para mí. Por ejemplo: Emma Stone. ¿Esa mujer qué clase de problema tiene? ¿Por qué clase de razón tiene la cara PANORÁMICA? Es decir, tú la miras y pareces que necesitas cuatro frames para poder ver todo su rostro. Como si la tuviera alargada horizontalmente. Muy alargada… Luego Fly tuvo la ¡INDECENCIA! de afirmar que yo sentía envidia de Russell Crowe. ¿¡PERDONA?! No es que tuviera especiales ánimos ni intereses en ponerme un pecho de lata, coger una espada y ser un gladiador. Por dios, qué aburridamente peligroso. Yo era más de ser el típico que se aburre en casa y, por eso y porque todos sus videojuegos ya han sido completados, hace ejercicio. Por eso en ocasiones parecía sexy y todo. Pero sólo en ocasiones, ya que era un claro síntoma de espejismo. Yo no era sexy. Yo solamente era Drake. Y ser Drake era más que suficiente como para que Russell Crowe fuera insignificante. Ps.

Las palomitas de microondas en verdad eran todo un reto. No sólo tenías que tener LA HABILIDAD de colocarlas correctamente (es decir, boca abajo porque si las pones boca arriba puedes provocar una explosión nuclear y luego los niños salen con cuatro piernas o tres ojos) sino que encima tenías que ponerle justamente dos minutos y cuarenta y cinco segundos. Si le ponías dos minutos y medios, demasiadas se quedaban sin hacer y si ponía tres minutos se quemaban demasiadas. ¡Y esas cosas no te las ponía en el maldito envoltorio, tenías que descubrirlo por ti mismo mediante la técnica básica de ensayo-error!

Después, no iba a mentir, siempre había tenido la confianza de que Fly me quería y que, cuando se metía conmigo, sólo lo hacía bromeando. Eso de “Hufflepuff inútil” es un insulto creado expresamente para mí. ¡No cualquier Hufflepuff es tan inútil como yo! Realmente cuando dije eso, lo dije más como una cercanía a cualquier experiencia que Fly quisiera vivir más que ponerme a mí como excusa. Es decir, ¿siete años juntos? A mí se me hacía perfecto, no tenía la necesidad de estar con nadie más que con ella. Podría decirse que me dio fuerte, pero es lo que hay. Por otra parte, podía respetar cualquier decisión de nuevas experiencia. No sé por qué pero a las mujeres le dan los trabes de vivir nuevas experiencias. ¡Pues ala!

Claro que no. Si realmente pensaras que soy un Hufflepuff inútil no hubieras estado conmigo. A no ser que fueras masoquista y te gustara ser la útil de la relación —sonreí contento. No por otro motivo que porque estaba contento. Me dijo que era la persona más guay del mundo. Fly a mí. “Guay” no era el adjetivo más calificativo que había, pero sin duda era el ideal. Me aparté para dejarla pasar y observarla mientras se limpiaba la cara. Mucho mejor, ahora no parece  un Ditto—. Creo que estabas más guapa sin que se te viera la cara. —bromeé, esperando a que ella se fuera de delante del fregadero para imitarla y quitarme el huevo que ya se me había secado en la frente. Cogí otro pañuelo y me sequé.

Tenía ganas de que se quedara y comer, pero en verdad tenía razón. Estaba llena de mierda y lo más cómodo es que se fuera a cambiar y a duchar. Total, teníamos todo el tiempo del mundo.

Me parece bien.  Aunque prefiero la idea de la película, y repito: la eliges tú. Paso de ser el responsable de tu aburrimiento, críticas o mi futuro bullying. Y yo limpio, pero tú has de ser la responsable de lo que cocines sea apoteósicamente perfecto para mí. —me agaché a consciencia y porque ella tiró de mí para recibir uno de esos monosos besos en la mejilla. Sonreí cuando me dijo Hufflepuff inútil y al separarse, ante de que pudiera acomodarse, le atraje hacia mí para besarle en los labios. No como ella que me da un beso en la mejilla. ¿Cree que después de besarla me conformo con un beso en la mejilla?— Slytherin tocapelotas… —susurré yo cuando me separé de ella. Un ruido me alertó a nuestras piernas, justo en el mismo sitio dónde había acorralado a Fly antes y le había empapado de harina. Ahí estaba mi mono restregándose felizmente por toda la harina hasta quedarse totalmente albino. Chasqueé la lengua— Mono retrasado… —puse los ojos en blanco. Me acerqué al mono y le di un golpecito cariñoso con el pie para que saliera de aquel foco de harina— Pues nos vemos cuando quieras. Sabes que mi horario y yo tenemos una relación liberal y ya sabes dónde vivo —señalé con las manos a mi casa. A las paredes, más bien— Así que vete. Venga. ¡Lárgate de mi casa! ¡Abandóname! —dramaticé sonriente. Con esta mujer las cosas dramáticas me salían sin querer.
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