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Te encontré {Daniel Deveraux}

Invitado el Sáb Jul 26, 2014 11:20 am

Las calles de Londres casi siempre parecían frías, y sin embargo aquel día, bajo el sol abrasador, me sentía como en medio de una enorme parrilla. Tuve suerte de saber perfectamente donde estaba la casa a la que tenía que llegar. Ser sanadora en San Mungo tenía muchas ventajas, y entre ellas estaba la de que si eras un poco mona y sabías jugar tus cartas, los archivos confidenciales sobre los empleados dejaban de ser confidenciales para ti. Así había conseguido la ficha de Daniel Deveraux, un sanador al que llevaba mucho tiempo sin verle el pelo. Se rumoreaba por el hospital que era porque iban a ascenderle, ya que el jefe de sanadores estaba ya un poco viejo. La verdad era que no me importaba tener un jefe como Daniel, y si a alguien le importaba era porque no le habían mirado bien.  Alguna vez habíamos cruzado nuestras miradas por los pasillos del hospital. A mi me gustaba sentir que había entre nosotros una tensión sexual no resuelta. Pero justo cuando estaba decidida a resolverla, Daniel se esfumó. Si era cierto que iban a ascenderle, tendríamos una mesa más grande sobre la que resolver nuestros asuntos.

La puerta de la casa daba al exterior. Me planté frente a la puerta y llamé, sin pensármelo demasiado. La razón de mi visita era sencilla: sabía que Daniel había estado metido en temas peliagudos, conocía parte de su historia, pero necesitaba que el protagonista de todo aquello me verificase los hechos. Obviamente no pensaba ir al grano, primero tenía que ganarme su confianza. Tenía la esperanza de que la información que Daniel pudiera facilitarme, me ayudase a conocer la historia de mi madre. Descubrir la verdad se había convertido en mi objetivo desde que había ingresado en Beauxbatons, y no pararía hasta conseguirlo.

Cuando el hombre abrió la puerta, no pareció reconocerme a primera vista. Sabía que sin la bata y bien vestida, la cosa cambiaba mucho. -Buenos días bello durmiente. -dije con una sonrisa graciosa mirándole de arriba a abajo. -¿Te he despertado? ¿Ayer tuviste una noche movidita? -bromeé con tono inocente. -Si tienes compañía yo me voy... -decía eso para romper el hielo, pero no iba a irme. Estaba segura de que Daniel no tenía compañía, nunca le había visto con una mujer en todo el tiempo que llevábamos trabajando juntos.

Atuendo:

OFF: A ver que te parece  I love you no se me ocurría manera mejor de abrir el rol.
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Invitado el Lun Jul 28, 2014 12:56 pm

Desde algunos años atrás tuve que tener precaución con vigilar bien mis espaldas. Residencia, compañías o un simple paseo al perro requerían la vigilancia de las calles vecinas y tener más cuidado con las personas que me relacionaba. Hacía tiempo del último percance, unos meses atrás. Estaba paseando a Tyler un día cualquiera de invierno cuando un escalofrío, una sensación, me había recorrido el cuerpo. Me giré y vi que mi sensación no fue errónea y que alguien me perseguía. Regresé a casa por un camino más largo intentando despistar a quien me perseguía pero desde la ventana pude verle dando vueltas por la zona. Y no iba solo. Supe lo que tenía que hacer. Le conté una historia a mi casera: tenía que ir a América al entierro de una tía abuela y iba a ausentarme unos días. Tuve que pagar el alquiler por adelantado de los siguientes cinco meses pues en el que nos encontrábamos ya lo había pagado una semana antes. Medio año era bastante tiempo. Me dejaría ver en otros lugares, les despistaría y podría volver en verano a mi modesta casita de alquiler en pleno Londres. Una vez le pagué a mi vecina y cerré la puerta, solté el collar de Tyler (no podía tener nada que lo relacionase conmigo por lo que pudiera pasar) y abrí la ventana antes de transformarme en gato y salir por ella junto a mi perro. Durante meses estuvimos deambulando por las calles, soportando temporales de frío, lluvias y viento y huyendo no solo de los matones de nuestro mundo sino también de los del mundo muggle. Conforme pasó el tiempo, la necesidad de volver a comportarme como un humano era mayor y cuando al fin pude regresar a casa casi lloro de emoción.

Apenas pasaron unos días de mi regreso y yo seguía tirado en el sofá junto al perro, como todos los anteriores. La casera se había encargado de la limpieza del piso al parecer pues no había ni rastro de polvo o suciedad. Mejor para mí, menos que limpiar. Lo único productivo que había hecho a mi llegada había sido tomarme una cerveza en el sofá mientras veía el fútbol muggle que tanto había echado de menos y escribir una escueta carta a mi hermana Elia, sin firmar por si alguien la interceptaba: "Tranquila. Estoy bien".

Me levanté por la mañana y mientras vacíaba la vejiga en el baño me di cuenta que me venía bien una ducha, a juzgar por el picor que me recorría todo el cuerpo debía de tener pulgas. Miré a Tyler pero estaba tumbado tranquilo en el sofá sin dar muestras de picor... aunque le llevaría al veterinario por si acaso. Me metí en la ducha y al salir y mirarme al espejo por primera vez en mucho tiempo pegué un grito. Tenía barba. De náufrago. Rebusqué entre los cajones unas tijeras para arreglarme un poco la barba, no me apetecía afeitarme. Incluso igual hasta me favorecía, pues no se me verían tanto las marcas de acné. En ese momento, alguien llamó a la puerta. Solté las tijeras y me enrollé una toalla en la cintura antes de ir al salón en busca de mi varita. Me tranquilicé cuando vi a Tyler olisqueando en la puerta moviendo el rabo, al menos no era ninguna amenaza inminente. Lo que implicaba que una simple toalla tapando mi masculinidad no era suficiente.

-¡Un momento! - grité mientras rebuscaba en el armario un pantalón y una camiseta decentes pero solo encontré una camiseta blanca limpia y un pantalón de estar en casa. Como hacía algo de frío, cogí también una chaqueta que había dejado la noche antes tirada en la mesa del salón. Me miré al espejo de la entrada mientras apartaba a Tyler con la pierna y me alegré al ver que el conjunto improvisado era bastante decente. Me revolví el pelo aún mojado con la mano y abrí la puerta para encontrarme con un rostro femenino que no indetifiqué. - Buenos días. - ella me contestó enseguida y me llamó bello durmiente con una sonrisita. Elia sin duda se habría reído pero yo no. Sonreí de forma forzada sin dejar de preguntarme por qué una desconocida se tomaba esas confianzas conmigo. Mientras, la desconocida proseguía metiéndose conmigo. Aunque algo de lo que dijo me hizo pensar: noche movidita. Me recordaba a otra sanadora del hospital con la que...

¡Oh no! Apenas llevaba unos días en casa y aún no había avisado al hospital. Había hablado con el director antes de mi desaparición repentina, claro, y se mostró comprensivo conmigo y dijo que me tomase todo el tiempo que necesitase para solucionar mis asuntos... pero se me había olvidado decirle que por el momento ya lo estaban. Mierda Daniel, que olvidadizo eres. -¿Señorita Gallagher?- miré a la joven de arriba abajo, sorprendido. Era ella, no había duda, aunque esta no era la mujer que había conocido en el hospital. Sin el moño mal hecho y con otro estilo de ropa, la mujer ganaba mucho. Suerte del afortunado que se hiciese con ella... aunque ese afortunado no era yo, no estaba preparado para estar con ninguna mujer y francamente, no pensaba que fuese a haber alguien después de Lenore.-Adelante, pase- me eché hacia un lado para dejarle pasar y me dirigí al salón, donde me apresuré a recoger la lata de cerveza vacía de la noche anterior antes de que ella se diese cuenta. No me fijé en que Tyler se había tumbado en el sofá justo en el sitio donde la señorita Gallagher querría sentarse hasta que no me dirigí de nuevo al salón. -Tyler, fuera -mi querido chucho no se movió y tuve que agarrarle del collar y bajarle yo mismo para que mi visitante se pudiese sentar. Sin sentarme hasta que ella lo hiciese, le miré y pregunté: -¿qué le trae por aquí?


Off: perdón, me quedó un poco largo  Razz
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Invitado el Lun Jul 28, 2014 8:29 pm

Aunque Daniel tardó un rato largo en abrir la puerta, eso me dio tiempo para pensar en que iba a decirle (y para arreglarme un poco el pelo, todo hay que decirlo). Pensé que podría romper el hielo hablándole sobre el trabajo, y luego intentaría sonsacarle algo de información. De alguna manera sabía que mi madre no podía andar muy lejos, llevaba ya dos años siguiéndole la pista y todavía no estaba segura ni de si conservaba su nombre. Cualquier información que él pudiese darme, sería más que bienvenida. Sería celebrada con una botella de champagne por todo lo alto (yo sola en mi apartamento, que malo es el vicio).

Cuando por fin se dignó a dejarse ver, su forma de vestir me sorprendió. Tenía que admitir que la bata de sanador era sexy, pero verle así... no estaba muy segura de si mejoraba, pero es que era muy difícil que aquel hombre pudiese mejorar. No pude evitar enarcar una ceja y sonreír, algo sorprendida. Si hubiese tenido cinco años menos, me hubiese sonrojado ante su mirada. Tan profunda y tan limpia. Y seguro que muy limpio no era, en el sentido sexual de la palabra, viviendo solo en aquella casa y teniendo tal porte. Pero no me iba a meter en sus trapos sucios. Esperaría a ser parte de ellos.

-¿Señorita? Por favor, Señor Deveraux, no me ponga usted más años encima. -dije con sarcasmo, sobre todo en la parte de llamarle "Señor Deveraux". Me sentía una vieja y tan solo tenía veinte años. Pero es que nunca me habían gustado las formalidades. Yo era en parte algo permisiva con lo de las formulas de cortesía. Vamos, que habría entrado a su casa llamándole tito Daniel y comiéndome la mitad de su nevera sin ningún tipo de vergüenza. Por suerte sabía contenerme cuando debía y con quien debía. Si me empeñaba también podía ser una refinada señorita, pero no era de lo que más disfrutaba. -Gracias. -dije con tono melódico y una gran sonrisa cuando me invitó a pasar, pegando un par de saltitos para superar los escalones que me faltaban. Nada más pasar por la puerta de su casa, empecé a violar su intimidad con la mente. La imaginación volaba, pensando en todo lo que habría hecho mi compañero por estas estancias. Sin embargo, algo en el fondo de mi me decía que él no era como yo pensaba. No tenía cara de morboso. Tenía cara de serio y responsable. A veces pensaba que yo debería poner más amenudo esa cara. -Llámame por mi nombre por favor. Estamos entre compañeros de trabajo. -le dije, sintiéndome algo incómoda por el trato que me daba. Al segundo me di cuenta de que posiblemente ni se sabía mi nombre. -Brisa. -aclaré al instante, con una gran sonrisa. No iba a permitir que volviese a olvidarse de mi.

Cuando llegué a su salón, su perro se hizo dueño del sofá, evitando que me sentase. No pude evitar reír de manera algo infantil y ponerme a acariciarle. Sabía que si encima le daba un refuerzo positivo jamás se movería, pero es que los animales eran una de mis debilidades. -Eres un perro muy simpático. -le dije con tono maternal moviendole las orejas. A veces me lamentaba por tener un gato. Era tan arisco y tan desagradecido. Acariciar a Sam, solo tenía un final posible: un arañazo. Al final, Daniel tuvo que agarrarle del collar para permitir que me sentase. -No te preocupes, tengo un encantador gatito en casa que no moverías ni con un ejército entero. Estoy acostumbrada.-y mientras decía esto, tomé asiento, con las piernas cruzadas y el cuerpo muy recto. No era muy formal en mi lenguaje, pero a la hora de comportarme siempre trataba de ser una damisela.

-Hace mucho que no te veo por el trabajo. Estaba preocupada. -dije muy melancólicamente. La reina del drama me llamaban. -No se lo digas a nadie, pero por San Mungo las cotorras de las enfermeras comentan que te van a ascender a jefe de sanadores. -la verdad era que aquellas mujeres no podían ser más marujonas. -¿Voy a tener que llamarte jefe a partir de ahora? -bromeé para relajar el ambiente. No podía evitar pensar que Daniel no estaba muy cómodo con mi presencia, así que decidí cambiar de tema. -Yo me he hecho cargo de tus pacientes durante tu ausencia. -añadí, sin querer informarle de que una de las señoras que trataba había muerto. No quería dejar el ambiente más tenso todavía.

OFF: Sin problema <3 yo encantada.
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Invitado el Mar Jul 29, 2014 12:43 am

Aunque al principio no reconocí el rostro de la chica que había llamado a mi puerta, supe después que se trataba de una colega del hospital, la señorita Gallagher. La verdad es que sin la bata y con ropa normal y corriente era difícil ver que las dos personas eran la misma... claro que mi aspecto tampoco cambiaría mucho, mejor no entrar en ese terreno. A juzgar por su rostro parecia una jovencita (pues apenas parecía que había terminado en Hogwarts) risueñla y abierta, lo que hacía que yo me distanciase más. No podía evitarlo, siempre me acobardaba la gente que empezaba con tanta confianza. No, no la gente, las mujeres. Simplemente aún no estaba listo. Y por eso, la señorita Gallagher quiso ponerme las cosas más fáciles y me pidió que le llamara por su nombre.

-Brisa pues - sonreí levemente en seña de cortesía mientras ella pasaba al salón, donde tuve que bajar a Tyler después de recoger el salón y ver que estaba ocupando él solo todo el sofá. Brisa no parecía molesta, al contrario. Dijo que tenía un gato mucho más tozudo al que no podría mover por mucho que le agarraras del collar. Recordé al gato que tuve cuando era niño y asentí y le di la razón - Tuve un gato de niño. Sé a lo que te refieres. - tampoco entré en muchos más detalles. Hablar del gato implicaba hablar de mi infancia, de mi vida, de mi familia y de mi yo de aquel entonces. Y eso era personal y Brisa ni nadie tenían por qué saberlo. Mientras ella se había sentado con la típica postura con que se sentaba mi madre en el sofá cuando venían visitas, mientras sostenía visiblemente la taza de la mejor porcelana que teníamos y removía ruidosamente el té ante los ojos de las visitas. ¿Cuántos años tenía? Era joven pero eso demostraba que también sabía ser una dama cuando lo requería la ocasión. Algo que yo apreciaba, pues era exactamente igual. Eso fue lo que me decidió a sentarme a su lado en el sofá, hasta hace un segundo antes me estaba dirigiendo a la silla que había junto a la ventana.

Brisa pasó a hablar de trabajo, comentando mi ausencia y lo preocupada que había estado con un tono de voz que delataba sus emociones. Antes de que pudiese hablar me habló de los chismorreos que corrían por el hospital y casi me da un ataque. ¿Yo jefe de sanadores? No, definitivamente no. No podía ser. ¿No? Aunque bueno, por otro lado no era tan mala idea. Pero ¿y si tenía que volver a ausentarme por culpa de un pasado que no quería dejarme vivir el presente? Ser jefe del hospital implicaba mucha responsabilidad, no solo de pacientes sino de sanadores, de enfermeros, de... Necesito sentarme. No, estoy ya sentado. Brisa preguntó si tenía que llamarme jefe a partir de ahora y me levanté como si me hubiese dado una descarga eléctrica en el culo. - Tengo cervezas. ¿Quieres una cerveza? - Yo sí Daniel, una de cinco litros entera para mí solo, gracias. Abrí el frigo sin esperar su respuesta y cogí dos latas, que dejé en el salón justo delante. Volví a sentarme en el sofá, junto a ella, aunque con especial cuidado de que nuestros muslos ni nuestros brazos se tocaran ni nada en definitiva. Para ganar tiempo, cogí mi cerveza y la abrí, y pegué trago. Noté como se me quedaba la espuma en el bigote, como se explotaban solas las burbujitas y me hacían casi cosquillas en los pelos y ¿en serio tengo que contestar a la señorita Gallagher? - No había motivo de preocupación, simplemente falleció una tía abuela que me era muy querida y fui a darle el último adiós - dije copiando exactamente la frase que le había dicho a mi casera cuando le dije que desaparecía por unos meses. - Y respecto al hospital ¿no crees que si me ascendieran yo sería el primer enterado? - No podía decirme que no a eso. Brisa sabía tanto como yo que en todo sitio con más de dos personas puede haber chismorreos sobre uno u otro o sobre los dos. Aun así, me hacía dudar. El jefe del hospital era un tipo majo, conocía mi historia y aun así no había dudado en recibirme con los brazos abiertos. Tampoco me puso impedimentos en que me tomase unos días (muchos) para solucionar mis asuntos. Esperaba que fuese igual de bondadoso para perdonar que no le hubiera dicho antes que ya estaba de regreso, aunque ascenderme a jefe lo consideraba demasiada generosidad. No, imposible.

Brisa debió notar mi nerviosismo y cambió de tema más o menos. Aunque seguía siendo trabajo, al menos era el lado más humano. Le miré agradecido y le respondí con entusiasmo:
-Muchas gracias por hacerte cargo. ¿Qué tal están? ¿Han progresado bien? - recordaba a una señora mayor que había ingresado con un grave caso de viruela de dragón y a la que había logrado atender a tiempo, aunque por muy poco. Sonreí. Era una anciana a la que su edad no le limitaba y trataba de darse a conocer a todos los pacientes de su edad con los que se encontraba por los pasillos. En un par de ocasiones me había ofrecido a una de sus nietas como quien vende carne, y ambas había declinado la oferta con un par de palabras amables. Y ahora estaría la amable señora buscándole pareja a su nieta por otro lado. El ciclo de la vida. - A parte de los rumores y los pacientes que dejaron de serlo ¿ha pasado algo interesante en el hospital durante mi ausencia? ¿Hay nuevos sanadores? ¿Sigue Agnes en recepción? - me estremecí en mi interior aunque por fuera no aparentaba semejante incomodidad. Si algo no había echado de menos era a Agnes acosándome y besando el suelo por donde pisaba. ¿Cuántas veces tenía que decir que no? Aunque sus galletas estaban ricas, eso era indudable.
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Invitado el Mar Jul 29, 2014 11:50 am

Al informar a Daniel sobre los cotilleos que circulaban por el hospital, pareció muy asombrado. Creo que no se lo esperaba, o que tal vez no quería ser jefe de sanadores. De cualquier forma, su forma de actuar era sospechosa. La posición que había adoptado en el sofá empezaba a ser tan incómoda como la conversación. Al parecer lo de "jefe" no pareció gustarle, e intentó huir de la conversación ofreciéndome una cerveza. Iba a abrir la boca para responder, pero Daniel fue más rápido que mis palabras y cuando me quise dar cuenta, ya tenía la lata de cerveza en la mesa que había justo frente a mi. La tomé entre mis manos, estaba helada y eso era reconfortante, ya que el calor del verano me afectaba mucho. Prefería el otoño y la primavera. Ni un frío mortal, ni un calor abrasador, me quedo con el punto medio. Me quedé mirando al hombre mientras esté abría la lata, sin poder evitar fijarme en como se movían los músculos de sus manos. "Hasta las manos las tiene sexys, diablos...", pensé, quedándome un tanto embobada.

Pero finalmente sus palabras me despertaron de mi sueño lujurioso y me trajeron de vuelta a la realidad. ¿Por donde iba? Ah si, lo del ascenso. -Por eso he venido. Quería información verídica y directa del implicado. -dije amablemente con una sonrisa. Si mi excusa no colaba, posiblemente no volvería a hablarme. -Aún así no diré nada en el hospital. Prefiero que esas enfermeras estén ocupadas hablando de ti. Si no, volverán a meterse en mis asuntos personales y puede que tengan que contratar más personal. -continué, con sorna y algo de enfado. Esas brujas sacadoras de sangre y cambiadoras de pañales se enteraban de todo. No había manera de vivir en paz en su presencia. Eran como hienas que te observaban por los pasillos esperando a que cometieses un error. -Siento el error, ya sabes como son las enfermeras... Pero puedo llamarte jefe si te gusta, de todas maneras. -bromeé guiñándole un ojo. ¿Es que acaso no iba a seguirme ni una maldita broma? Igualmente no me rendiría. Bastante estaba controlándome ya. Con cualquier otro hombre, aquel salón habría sido un campo de batalla donde le habría tiroteado indirectas hasta desarmarlo. Pero con Daniel no podía. ¿O no quería? Me imponía respeto. Además, tenía el presentimiento de que tenía mucho más que ofrecer que una noche de buen sexo. No iba a perderme la mejor parte.

-Y siento mucho lo de tu tía abuela. -añadí, recordando que no le había dado el pésame. -Los sanadores sabemos mejor que nadie que la muerte es inevitable. -al decir eso, le iba preparando también para anunciarle la muerte de su paciente. Algo me decía que Daniel ocultaba información, o que no era sincero del todo. Puede que fuese su mirada. Pero yo no era quién para entrometerme en sus asuntos, así que no intenté indagar ni descubrir nada más de lo que ya sabía.

El cambio de tema tampoco me favoreció demasiado, hablar del trabajo no me gustaba. Ya me pasaba ahí la mayor parte de mi tiempo, no quería recordar todo lo que pasaba en el hospital. -Bueno... Sí, la mayoría sí. -no sabía como decírselo. Era realmente nefasta dando malas noticias. Me incomodé y empecé a moverme en mi asiento, tratando de buscar la postura más cómoda. Me coloqué de manera que le podía mirar justo de frente. -La señora mayor con viruela de dragón falleció hace una semana. -simplemente lo solté, mientras me agarraba las manos para tranquilizarme. -Sufrió un fallo renal y... No pude hacer nada. De veras lo siento. Todos hablaban de que había sido un milagro que lograses salvarla y luego... No le cambié el tratamiento que le pusiste y la vigilé muy de cerca, lo prometo. -las palabras salieron de mi boca atropelladas. Puede que fuese muy joven para mi trabajo, pero me tomaba muy en serio la vida de mis pacientes.

La situación había terminado de resultar incómoda. Si mi padre me viese ahora estaría de acuerdo en que ya era toda una señorita, afrontando con madurez las situaciones. Me volví a colocar en el sofá, algo triste por haber tenido que darle esa noticia, y decidí que ya era momento de ir al grano. -En realidad no he venido por el trabajo, Daniel. -dije, tomándome la confianza de llamarle por su nombre y hablando con voz seria y decidida. -He venido por un tema personal, sobre mi y mi historia. Creo que tú podrías ayudarme. -dirigí la vista hacía él, buscando su mirada para saber como había reaccionado. Solo esperaba que estuviese dispuesto a ayudarme,
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Invitado el Mar Jul 29, 2014 11:04 pm

Brisa me puso al corriente de los chismes que circulaban por el hospital y wow. Wow. Verdaderamente wow. ¿En serio circulaba eso? Alucinante. Para calmar mis pensamientos y retrasar el momento en que me tocara responder fui a la cocina a por un par de cervezas, y cuando regresé al salón le confesé a Brias que no sabía nada al respecto, insinuando que eso no pasaría si los chismes fueran verdad. Ella insistió, diciendo que quería que se le confirmase, aunque no me sonó bien del todo. ¿Por eso se presenta en mi casa cuando perfectamente podría haberme mandado una carta? ¿Acaso sabía que había vuelto? ¿Y si...? Examiné a la chica de arriba abajo de nuevo y sacudí la cabeza. Daniel, no pienses mal. La chica es lanzada pero se ve que tiene buen corazón. No es una de ellos. Me relajé un poco en el sofa, agarrando de nuevo mi lata de cerveza con ambas manos.

-Te lo vuelvo a repetir, el día que eso pase si pasa alguna vez, el primer enterado sería yo - le sonreí educadamente, tratando de zanjar el asunto, y después ella se disculpó por las enfermeras, pero dejé la cerveza en la mesa y alcé una mano para interrumpirle - No tienes de qué disculparte, tú no has soltado los chismes. Y ambos sabemos que si las enfermeras no cotillean en todos y cada uno de sus turnos no son felices - Pegué un sorbo de cerveza que se vio interrumpido cuando casi me atraganto al sugerirme Brisa que si lo deseaba, ella podía llaarme jefe. ¿¡En serio!? - No será necesario. Llámame Daniel simplemente - dije cuando dejé de toser. HUbiera estado bonito que un sanador hubiese muerto atragantado con su propia cerveza...

Brisa aprovechó a darme el pésame por la "muerte" de mi tía abuela y respondí asintiendo con la cabeza en gesto de agradecimiento. La única tía abuela que había tenido falleció siendo Jackson y yo muy pequeños, cuando Elia aún no había nacido, pero podía remontarme a los pocos recuerdos (la mayoría desagradables) que tenía sobre ella para recrear la atmósfera de luto y tener la actitud adecuada. Como no insistí en el tema, pasamos enseguida a hablar de trabajo y cuando Brisa contestó dando rodeos a mi pregunta sobre como habían progresado los pacientes no pude evitar alarmarme. Al final descubrí el porque: la señora que quería liarme con su nieta, la del caso grave de viruela de dragón, había fallecido. No pude evitar entristecerme y mucho. Sin darme cuenta esa señora había conseguido hacerse un hueco en mi corazón. Aunque lo primero que enseñan es a no crear lazos con los pacientes, no pude evitar hacerme amigo de la anciana. Era todo sonrisas y gestos agradables, y además muy buena paciente. Además sabía tanto los cotilleos del último Corazón de Bruja hasta los resultados más recientes de la liga inglesa de fútbol pues su nuera era muggle y se había aficionado a ese deporte. Sacudí la cabeza, afectado y sin saber que decir. Bebí otro trago de cerveza, en silencio, pensativo. Y de repente miré a Brisa. -¿Comprobaste los niveles de oxígeno de la sangre? ¿Le hiciste electros? ¿Revisaste que estuviera recibiendo el tratamiento correcto? ¿Quién era la enfermera al cargo? - pregunté con tono ansioso, sin dar tiempo a que Brisa respondiera entre cada pregunta. No sería la primera vez que una enfermera mete la pata y no se ve el fallo hasta que el médico se da cuenta, y si no se actúa deprisa... Pero mi actitud tampoco había sido la acertada y tenía que disculparme con Brisa. Seguro que ella lo había hecho lo mejor que había podido que seguro que es bastante. No hay mucha gente de su edad trabajando en el hospital y menos con semejante reputación y número de casos resueltos. - Perdona, mi actitud ha estado fuera de lugar. Me dejé llevar pero... bueno, la anciana me caía bien. - Me encogí de hombros y como no supe que más decir decidí beber cerveza. Fresquita y reconfortante y encima útil. ¿Qué más se puede pedir? Aunque en aquel momento no podía evitar pensar que quizá un whisky de fuego hubiera sido mejor opción pero claro, a ver como meto yo una botella en casa con mis pobres ingresos.

El ambiente se volvía incómodo por momentos y yo ya no sabía que hacer. Estaba a punto de ir a la cocina a por una lata de aceitunas que no estaba seguro de si tenía cuando Brisa se movió en el sofá. Eso quiere decir algo. Igual tengo suerte y se marcha y me deja solo, sin ponerme delante de los ojos esos rizos rubios y esas curvas que... Sacudí la cabeza. ¡Daniel contrólate! Pero Brisa no se iba, al contrario, a juzgar por su comentario todo aquello había sido una charla con la que romper el hielo. Estudié sin mirarla el contenido de sus palabras. La chica era enigmática y no daba muchas pistas, pero algo en ellas hacía ver que no se refería a un problema con pacientes o enfermeras del hospital. Levanté la vista y le miré a los ojos, pero por un momento no vi los suyos, sino los de Lenore. Mi rostro se volvió serio, inespresivo.

-Adelante. Soy todo oídos. - dije - ¿Cómo va a poder ayudarte un pobre sanador solitario sin vida social como yo? - dije en tono burlón. El agotamiento y el estrés de los últimos meses, el verme sin un techo ni un hogar caliente hasta hace dos días, me habían pasado factura. La noticia de la muerte de mi paciente no me habían mejorado el humor. Pero el tono con que ella había dicho "tú" fue la gota que colmó el vaso. No había que ser muy listo para darse cuenta de por qué acudía a mí. Si hubiésemos estado relacionados de alguna forma más allá del trabajo, habría sido lógico. Pero como no era el caso, solo quedaba una sola opción... O eso o era un malpensado.
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Invitado el Miér Jul 30, 2014 11:55 pm

No estaba muy segura sobre lo que pasaba por la mente de Daniel en aquellos momentos, pero su mirada no me gustó nada. ¿Acaso había dicho o hecho algo malo? ¿Le había ofendido? Me sentí algo incómoda y asustada. Solo quería que me mirase a los ojos para estar segura de que no le estaba molestando. En caso contrario, movería mi culo fuera de su casa y le dejaría tranquilo. Sabía cuando tirar la toalla. Pero su mirada me tranquilizó. Al parecer había sido solo un flash transitorio. Posiblemente algún mal recuerdo o algo similar. Nada por lo que preocuparse.

Aún así, no le hizo mucha gracia lo de llamarle "jefe". A mi me había parecido muy divertido, pero después de que el me dijera que le llamase solo Daniel, se me quitaron las ganas de jugar a las sanadoras y los jefes. -Está bien, Daniel. -dije poniendo especial énfasis en su nombre. Tampoco pensaba provocarlo demasiado, no quería que se enfadase y le diese un arrebato de ira contra mi. Ambos sabíamos que la fuente de mi información eran las enfermeras cotorras. Aunque mientras no se metieran con mi vida privada, lo que hiciesen aquellas marujas de barrio me daba un poco igual. -Están deseando que vuelvas para poder mirarte el culo por los pasillos. -dije divertida, dándole vueltas a la lata de cerveza entre mis manos. -Y no finjas que no sabes que lo hacían. -añadí, abriendo la lata y dándole un trago largo. No era gran fan de la cerveza, pero un día al año no hace daño. O eso dicen. Luego te aficionas y acabas siendo una enfermera gorda que le mira el culo a Daniel Deveraux por los pasillos en vez de estar sentada elegantemente en su sillón bebiéndose una cerveza con él. Estaba más cerca de su culo de lo que jamás lo estarían ellas. Le di otro trago a la cerveza antes de soltarle la noticia. Iba a necesitar ese alcohol en mis venas.

Como suponía la noticia le sentó fatal. Al principió le costó asimilarla, pero luego su mirada me intimidó y tuve que retroceder sobre el sillón por miedo a que se abalanzase sobre mi, y no como a mi me hubiese gustado que lo hiciera. Las preguntas llegaron a mi mente como lanzadas por una metralleta, pero no me dio tiempo a contestarlas porque él era más rápido preguntando que yo respondiendo. Siempre tenía un gran peso sobre mis hombros. La vida de tantas personas en mis manos y yo tan joven. Todas las culpas caían sobre mi, porque era muy fácil echarle el peso encima a la sanadora más tierna e inexperta. Pero con Daniel me sentía mal. Sabía que él lo había dado todo por la anciana. -Fue un fallo renal, Daniel. Nadie pudo hacer nada por ella, incluso si estaba monitorizada... -dije cuando ya se había calmado. Mi mano se desplazó tímidamente hasta su rodilla, sin provocar más contacto que el necesario. -Te prometo que hice todo lo que pude. Lo siento mucho. -me disculpé, no porque yo tuviese la culpa, pero es lo que se suele decir ante el dolor ajeno. El chico se disculpó por lo que había pasado, y yo, cabizbaja, sonreí. -Lo se, no pasa nada. -le dije con tono reconfortante. -Te necesitamos en el hospital. Todos sabemos que eres el mejor. -continué. -Tómate tu tiempo, pero vuelve. Eso es lo importante.

De repente, gracias a mi intervención, el tema de la conversación cambió. En parte fue un alivio, pero también la hizo más difícil para mi. Aunque Daniel se mostrase amable por el momento, sabía que su actitud cambiaría cuando le contase de que iba la cosa. Si realmente era cierto lo que yo pensaba, Daniel podía ayudarme. Pero tenía que confiar en mi, o no abriría la boca para no incriminarse. Yo era solo una chica que quería saber la verdad, pero no iba a hacer daño a nadie. Necesitaba una oportunidad.

-Te lo contaré todo, pero necesito que me escuches. -le dije, seria por una vez en mi vida. Tomé aire y suspiré profundamente. -Mi madre desapareció cuando yo era solo una niña. Aunque mi padre siempre me ha dicho que ella estaba bien y que había sido su propia decisión, algo me dice que no es así, que lo decía para que yo no me involucrase. -no podía dejar de tocarme el pelo. Era lo que hacía cuando estaba nerviosa. -No se mucho sobre ella, pero se que no lo hizo por placer. Creo que todo esto tiene algo que ver con... ya sabes. Con Voldemort. -confesé al fin. Le miré a los ojos, esperando que me entendiera y no me echase de su casa a patadas. -No quiero decir que tu tengas algo que ver con ese...ser infame. Pero si se que tu vida no es tan normal como quieres que parezca, y necesito tu ayuda, de verdad que la necesito... Nunca pediría ayuda si no estuviese desesperada. -continué, con lagrimas inundandome los ojos. -Se llama Katherin Soloviev. No tengo ninguna foto suya, pero si la genética no me traiciona debe ser muy parecida a mi. -me sequé una lagrima con el dorso de la mano y bajé la mirada, dandole otro sorbo a la cerveza. -Por favor... Daniel... -supliqué. Era mi única opción. Jamás en mi vida me había comportado como lo estaba haciendo ahora.
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Invitado el Jue Jul 31, 2014 11:35 pm

Me relajé cuando vi que Brisa me escuchaba y me llamaba simplemente por mi nombre. Cuando mencionó que uno de los pasatiempos de las enfermeras era mi trasero, se me escapó una carcajada. Hacía tiempo que no me reía y eso sin tener en cuenta los últimos meses. De la sorpresa, la risa se interrumpió antes de lo que debiera. ¿Mi risa era tan cantarina? Era extraño... ¡pero vamos mal Daniel, si no recuerdas ni como era tu risa! BUeno, al menos no estaba bebiendo cerveza o se me habría escapado por la nariz. Aunque quizá vendría bien que alguna mujer me viera así, de verdad que no soy para tanto... Observé a Brisa, que parecía divertida mientras daba vueltas a la lata de cerveza entre sus manos. Me recordó tantísimo a Elia que una sonrisa torcida asomó en mis labios.

-Mucho hablar de mí pero ¿qué me dices de los enfermeros? - bromeé divertido mientras subía y bajaba varias veces las cejas - No me digas que no te has dado cuenta. Esos andares provocadores... Habría que estar ciego para no fijarse. - me ruboricé cuando me di cuenta de lo que acababa de decir y bajé la vista a mis pies, nervioso. ¿CERVEZA! Sí, necesito cerveza. Para mi desesperación la lata se iba vaciando y tenía que inclinarla bastante para que el dorado néctar de su interior bajase por mi gaznate. ¿¡Daniel qué has hecho!? Ay madre mía, ay mi madre, ay madre mía... Me ruboricé aún más imaginándome la reacción de mi hermana en caso de que se enterara. Bueno, pues no iba a ser por mí. ¿Pero de qué se iba a enterar Elia si no ha pasado nada? Impaciente, bebí otro trago de cerveza inmediatamente después del anterior.

No volví a mirar a Brisa a los ojos hasta que no cambiamos de tema. Me apenó mucho enterarme del fallecimiento de la paciente con viruela de dragón, habíamos compartido muchos momentos juntos y me dije mentalmente que tenía que enviar una lechuza a la familia para darles el pésame por su pérdida. Y aunque al enterarme reaccioné mal con Brisa, supe retroceder y disculparme. Bastante había metido la pata ese día con ella. La joven me entendió y aceptó mis disculpas, y me dijo que volviera cuando estuviese listo al hospital después de decirme que todos estaban deseando que volviera y que era el mejor. Sonreí y murmuré unas palabras de agradecimiento. Pero sabía que Brisa no había venido a mi casa por el trabajo, y estaba a punto de averiguarlo todo. Para mi desgracia, mi cerveza se terminó antes de que ella terminara de contar su historia. Pero cada nuevo detalle que oía me agitaba más, me ponía más intranquilo, y al final acabé con la lata vacía girando entre mis manos sin que yo fuera consciente. Escuché atento hasta el final aunque no pude evitar sonreír de forma amarga cuando Brisa dijo que no quería insinuar con lo que decía que estuviese relacionado con Voldemort. Ya sabes lo que significa Daniel: hora de echarle huevos. Me asusté cuando vi que los preciosos ojos de Brisa se llenaban de lágrimas. Éramos muchos mortifagos, era imposible que los conociera a todos. Ya me imaginaba diciéndole cuanto lo sentía, que no conoci a su madre ni podía decirle nada sobre ella cuando Brisa mencionó su nombre. Katherin Soloviev. No pude evitar sorprenderme. El apellido Soloviev no era muy común, pero aquel nombre... Miré de nuevo a Brisa. No había duda. Brisa era la viva imagen de Kate.

Me levanté silenciosamente del sofá y fui al baño a por un rollo de papel higiénico. Para ella pero, aunque me avergonzara admitirlo, quizá también para mí. Hablar de Kate, contarle su historia, significaba contarle el final de la de Lenore. De nuevo en el salón, me coloqué de pie frente a ella y le tendí el rollo. Después, con un gesto con la cabeza, hice que Tyler se tumbara junto a la puerta, vigilando posibles intrusos, mientras yo cogía mi varita y lanzaba todo tipo de encantamientos para evitar que nos escuchara alguien desde el exterior... y para correr las cortinas de la cocina y el salón. Toda precaución es poca. Entonces dudé. Me quedaba el último paso, pero no lo había dado con nadie que no fuera Elia. Pero Elia era de mi sangre y no cuenta.Inquieto, comencé a dar paseos por el salón hasta que finalmente me detuve bruscamente delante de Brisa y me quité la manga izquierda de la chaqueta. Al salir de la ducha no había lanzado el encantamiento de ocultación y por eso al girar el brazo y mirar mi antebrazo me encontré de frente con la marca tenebrosa. Giré el brazo levemente para que Brisa también la viera y cuando estuve seguro que sus ojos lo habían visto y no había lugar a error, volví a meter el brazo izquierdo por la manga de la chaqueta, ocultando lo que debía ser ocultado.

-Ambos sabemos que no son mis ojos azules los que te han traído aquí hoy a preguntarme por tu madre. Y ahora ya lo has visto. - la lata de cerveza, de nuevo en mis manos (tras haberla dejado unos momentos en la mesa del salón para traer papel, coger mi varita y enseñarle la marca) giraba a velocidad vertiginosa. Me sentía inseguro. Nunca había hecho eso. Y no sabía como Brisa sabía que mi pasado no era tan perfecto y idílico como lo pinto. Pero por otro lado sabía que Brisa no me iba a delatar, que era buena persona. Suspiré y continué - Siempre me fascinó el instinto de las mujeres. Es una especie de magia, una clarividencia que os hace presentir cosas - clavé mis ojos en los de Brisa - Yo conocí a Katherin Soloviev, o Kate, en los años en que la marca que has visto era todo el mundo para mí. Muchas fueron las razones que me llevaron a ello, pero ni por un momento me arrepentí de mi decisión - suspiré y sacudí la cabeza bastante afectado. Había días en los que al pensar en el pasado, eso aún me dolía. Me había sentido tan orgulloso de ser quien era... - Mi apellido me precedía y mi edad decía mucho de mi potencial, y por eso el Señor Tenebroso y sus amigos me recibieron con los brazos abiertos cuando empecé a formar parte de su grupo. Tu madre estaba entre ellos. Pero no pienses cosas erróneas sobre ella, Brisa. Katherin sí era una buena persona, y tenía una razón poderosa para estar ahí. Era una mujer muy valiente, algo que por lo que he visto en el hospital has heredado de ella.-sonreí- Lamentablemente hace casi diez años que no la veo ni sé nada de ella. Siento no poder ser de más ayuda. - el instinto me decía que me sentara a su lado y rodeara sus hombros con mi brazo. Me senté y alcé el brazo, pero el estómago se sacudió y un segundo después, la mano que tendría que estar rodeando sus hombros estaba dándole torpes palmaditas en las rodillas. Bueno Daniel, supongo que algo es algo, puedes darte por satisfecho.
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Invitado el Dom Ago 24, 2014 4:50 pm

Cuando Daniel mencionó lo de los enfermeros con respecto a mi cuerpo, casi se me escapa una risa de desprecio. No hacia él, ni mucho menos. Pero estaba claro que los hombres que me miraban el trasero por los pasillos no estaban pensando en mi inteligencia ni en mis habilidades como sanadora. Solo pensaban en una cosa: sexo. De la manera más fría y distante posible, rápida y eficaz. ¿Y quien no quería una joven atractiva en su cama por una noche? Pero era eso, solo una noche. No tenía mucho de que quejarme, yo misma tenía mis necesidades físicas que no tenía ningún miedo en satisfacer. Pero mis víctimas estaban de acuerdo en las condiciones de aquellos encuentros. -Soy algo más que una melena rubia y unas piernas estilizadas. -dije dándome cuenta de su rubor, que se me contagió inevitablemente. -A veces preferiría que me apreciasen por otro tipo de cosas. -añadí, bebiendo otro sorbo de cerveza. -Ya sabes... Hay que follarse las mentes. -dije aquello como si fuera un lema personal y levanté la cerveza como en un brindis. Aunque para que negarlo, si estaba en un cuerpo y una personalidad como la de Daniel... una mente como la suya era mucho más suculenta. ¿Acaso estaba sentando la cabeza?

Pero cuando llegó el momento de pasar a los asuntos importantes, el ambiente cambió radicalmente. Habíamos pasado de la tensión sexual al dolor y el nerviosismo en muy poco tiempo. Daniel escuchó tan atentamente mi historia que parecía una estatua, pero a mi me costaba más cada palabra que pronunciaba. Su nerviosismo se empezó a hacer notable, y no le culpaba por su reacción. Tener a una chica que apenas conoces, lloriqueando y contándote su doloroso pasado en tu casa, así de un segundo a otro... era un golpe duro.

Algo en su mirada me decía que no sabía de que le estaba hablando. Todos mis planes se fueron a la basura, toda mi ilusión de pensar que estaba un poco más cerca de encontrar a mi madre, de descubrir mi historia y la suya, de por fin enterarme de la verdad... Estaba a punto de derrumbarme cuando algo cambió. Daniel se levantó, y aquello fue como un nuevo golpe de esperanza. Fue al baño y volvió con un rollo de papel higiénico que me tendió con delicadeza. Lo cogí entre mis manos con una sonrisa algo forzada y arranqué un buen cacho para poder secarme las lágrimas. Con el llanto el maquillaje se había ido, y debía parecer algo parecido a un oso panda mutante. Debía estar horrible, pero tenía que pasar por aquel mal trago si quería conocer la verdad.

Cuando el hombre se levantó la manga de la chaqueta y me dejó ver aquello, el corazón me dio un vuelco. Si hubiese sido cualquier otro, habría salido corriendo y no habría querido volver a verle. Pero Daniel me inspiraba una confianza que me hizo dedicarle una mirada de comprensión. Él me estaba abriendo su pasado para que yo pudiese encontrar el mio, y eso era una de las cosas más bonitas que había hecho por mi. Sabía que se estaba arriesgando mucho, así que no dije nada, solo bajé la cabeza y dejé que un par de lágrimas más se deslizasen por mis mejillas. No estaba en peligro a su lado, por muy mortífago que fuera.

Estaba deseando que empezase a hablar, así que cuando lo hice simplemente callé para poder escuchar todo lo que tenía que decirme. Cuando le oí pronunciar el nombre de madre casi me tiro encima suyo para obligarme a decírmelo todo, pero pareció más correcto esperar a que fuese él quien me lo dijese.

Cuando terminó de hablar, la pena de no poder saber donde se encontraba mi madre fue aliviada por mi pequeño descubrimiento. Tanto que no pude evitar soltar una amplia sonrisa e incluso una leve risa. Me limpié de nuevo las lágrimas y suspiré. -No tienes que excusarte por nada de tu pasado, Daniel... Todos creemos que hacemos lo correcto cuando se trata de amor. Es tu historia, y tienes derecho a poder cambiarla y a tomar nuevas decisiones. Moriré con tu secreto. -le dije mientras, muy atrevidamente, ponía mi mano sobre su rodilla como símbolo de confianza y consuelo. Puede que fuese ese sexto sentido que tanto me caracterizaba, y no iba a preguntar más por el asunto, pero sabía que aquello que Daniel ocultaba tenía algo que ver con una mujer. Solo una mujer puede conseguir que a un hombre le brillen así los ojos al contar una historia. Pero era su secreto, de Daniel, y tenía derecho a guardarlo. No preguntaría por ella, ni por su condición de mortífago. Por nada salvo a lo que a mi me concernía. -Respecto a mi madre... Ya es más de lo que tenía. No se si era buena o mala mujer, o solo un alma perdida más. Pero no me lo cuentes, me lo dirá ella misma cuando la encuentre. Se que sigue viva. -dije con esperanza mientras me pasaba el dorso de la mano por debajo de los ojos. -No se como agradecerte que hagas todo esto por mi. Ya había perdido toda esperanza... -quité la mano de su pierna y me recosté en el sofá, como si hubiese gastado todas mis fuerzas en los últimos diez minutos.
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Invitado el Mar Sep 02, 2014 12:39 pm

Cuando le conté que también ella causaba furor entre los miembros de su sexo contrario, Brisa reaccionó como era de esperar. Al fin y al cabo ¿a quien le gusta que se lo coman con los ojos? Conocía perfectamente esa sensación y no era para nada agradable... aunque no sé por qué, cuando me miraba Brisa aquel gesto parecía molestarme bastante menos.

-Te entiendo perfectamente- asentí con la cabeza. -Somos sanadores, nuestro trabajo es salvar vidas. No necesitamos dragones de dos patas acechándonos con caras de hambre.- Aunque también podía decirse como lo había dicho Brisa y "follarse la mente" un poco más. Me reí de la expresión, era la primera vez que la oía y me pilló por sorpresa. Alcé la mano con que sujetaba la cerveza, cada vez más vacía (y más desde el pequeño desliz que acababa de cometer al hacerle a Brisa mi inesperada confesión apenas un momento antes), e hice un gesto de brindis. -Chin chin.

Cambiamos rápidamente de tema, y otra vez, y otra y otra hasta que al final terminé revelándole la Marca de mi brazo izquierdo y un escueto resumen de mi oscuro pasado cuando quise explicarle que no tenía muchas pistas sobre el paradero actual de su madre. Me dolía no poder ser de más ayuda pues Brisa al fin y al cabo había venido para eso... aunque una parte de mí también sabía que la respuesta de Brisa también le había dejado satisfecha en cierta forma. Miré apenado el rostro de Brisa mientras ella se secaba las lágrimas. Notaba al,go oprimiéndome el pecho. No me gustaba ver a Brisa llorar. Sorprendentemente no perdía ni un ápice de su atractivo físico y su mayor vulnerabilidad daba una mayor dulzura a su rostro infantil... pero no me sentía cómodo viéndole sufrir. Fruncí los labios y me quedé mirando a la mujer con ojos tristes, sin saber que decir o hacer ("mujeres: la última frontera"). Por suerte ella rompió el silencio. Pero sus palabras no sirvieron para calmarme sino que al contrario, me confundieron aún más. Volví a notar la opresión en el pecho cuando dijo que guardaría mi secreto y se lo llevaría a la tumba, aunque era distinta. No sabía muy bien como explicarlo pero en resumidas cuentas, me sentía aliviado y en cierto modo también contento de que supiese más cosas de mí que la mayoría de la gente y aun así siguiese sentada tranquilamente en el sofá de mi casa.

-Yo... Gracias Brisa-sonreí. Me sobresalté un poco cuando ella apoyó su mano en mi rodilla. Pero aquella vez, lejos de alejarme, mi mano se desplazó por sí sola encima de la de Brisa. Tenía una piel bastante suave y el tacto bastante cálido. Era agradable. Entrelacé mis dedos con los de ella y les dí un apretón cariñoso antes de retirar lentamente la mano. Nuestras manos habían estado juntas por apenas unos segundos antes de que la mía volviese a quedar apoyada en la superficie del sofá. Mientras, Brisa volvió a mencionar sobre su madre y los temas que trataría con ella cuando finalmente se encontrasen. Cuando me dio las gracias, sacudí una mano con gesto despreocupado. -No tiene importancia

Quitó la mano de mi pierna y se desplomó en el sofá. Sonreí disimuladamente al ver el gesto, pues Elia lo hacía exactamente igual con tal o cual excusa siempre que venía a casa a pasar alguna semana. "Hola hermanito. No hace falta que me prepares cama, yo de aquí no me muevo". "Hola hermanito. ¿No te pasa que cuando está nublado no te apetece hacer nada?". "Daniel, estoy muy vaga, hazme la comida". Y así sucesivamente. Sacudí la cabeza aun con la sonrisa en la cara. Momentos como aquel me recordaban la enorme diferencia de edad que había entre Brisa y yo, pero el enorme parecido con Elia hacía que me sintiese más cómodo que al principio en compañía de Brisa.

-¿Te apetece quedarte a comer?- lo dije sin darme cuenta de mis palabras. Cuando me percaté de lo que acababa de decir, me sorprendí. Daniel ¿qué has hecho? Me ruboricé - Quiero decir, estas cansada y... y una buena comida te hará recargar las pilas y...- Un ladridó interrumpió mis balbuceos. ¡Tyler! Me había olvidado de él todo este tiempo. El pobre perro se había quedado tumbado en la puerta, vigilando. Al principio mi rostro se ensombreció pensando que podíamos tener algún vigilante indeseado. Luego observé la cara del perro y su postura y supe que el pobre tendría que tener la vejiga a reventar, aquella mañana aún no le había sacado a pasear. Reí, aliviado y nervioso, y volví a mirar a Brisa. -O si lo prefieres podemos dar un paseo con Tyler. Seguro que a él no le importa.

Era extraño. Me daba cierta pena que Brisa se fuese. Solo esperaba que mi querido perro no arruinase aquello, aunque aún no estaba muy seguro de la naturaleza de lo que mi peludo amigo podía arruinar.
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Invitado el Miér Sep 03, 2014 12:20 am

A pesar de los brindis y las celebraciones, el ambiente se tornó muy crudo y doloroso cuando cambiamos el rumbo de la conversación. Averiguar un poco sobre mi pasado fue un shock muy duro, que tardaría en asimilar. Posiblemente llegaría a casa y me tendría que dar un baño muy largo, alimentado con lágrimas además de con agua, hasta que recapacitase y pudiese creerme lo que acababa de oír. Sabía que Daniel estaba haciendo un gran esfuerzo para poder desvelarme aquella información, porque eso también suponía hablar sobre su pasado. Se estaba poniendo en peligro por mi, y eso me conmovía. Por eso le prometí que jamás diría nada. Se lo merecía. Era un buen hombre, solo había que mirar sus ojos azules para darse cuenta de que no existía maldad en él. Al menos no de la auténtica, todos hemos sido traviesos alguna vez.

Cuando me dio las gracias y me sonrió, algo se revolvió en mi interior. Era un sentimiento nuevo para mi. De pronto me parecía ver algo muy distinto en él, algo que nunca había visto en un ser humano. Sentí como si aquel fuese el gesto más sincero del mundo, más agradecido. Sonreí de vuelta, frenando un poco el llanto que me había dominado. Acabábamos de establecer un vínculo muy fuerte con aquella conversación, y las sonrisas de complicidad habían sido como la firma del contrato. Algo me hacía pensar que nuestras vidas se iban a entrelazar mucho más muy pronto.

Mi mano se colocó sobre la pierna de Daniel, buscando darle consuelo. Me esperaba una reacción muy distinta, un gesto de incomodidad o disgusto. Pero fue al contrario. Su mano se deslizó sobre la mía y me dedicó un suave apretón que me hizo estremecer. Su contacto era como un escalofrío que me subía por la espalda e invadía hasta el último rincón de mi cuerpo. Creo que no pude evitar que mis mejillas enrojecieran por unos segundos, y traté de ocultarlo disimuladamente. Fue un leve alivio cuando la retiró, porque pude respirar tranquila. Me sentía muy rara, no me sonrojaba desde la escuela. Era algo que había dejado de pasar cuando gané confianza en mi misma. Puede que estuviese saliendo la niña que había en mi.

-Claro que la tiene. -dije, con tono serio y suave recriminándole por quitarle importancia al asunto. -No tenías porque contarme nada de esto, y jamás habría sabido nada de tu pasado. Te has arriesgado por mi. -me sentía algo mal admitiendo que estaba recibiendo ayuda altruista de un hombre tan guapo y simpático. -Algún día te lo devolveré. -dije, con una sonrisa traviesa, intentando volver a mi comportamiento habitual.

Estaba desplomada sobre el sofá, como una muerta en vida, limpiándome el rastro húmedo de las lágrimas sobre mis mejillas, cuando escuché la proposición de Daniel. Estaba sorprendida por aquella invitación, y aunque no fuese mi mejor día, no me sentía capaz de rechazarla. -Por supuesto, me encantaría. -dije, incorporándome. Me levanté con una sonrisa en la cara, como el sol que sale después de la tormenta, y me coloqué bien la ropa. Todavía hoy podía ser un buen día. -Podríamos cocinar algo juntos, beber un poco para olvidar, y luego si tienes fuerzas para levantarte paseamos a tu adorable perrito. -casi parecía que le estaba proponiendo el más salvaje y ardiente de los sexos con aquel tono de voz. Pero en aquel momento casi que prefería la cena. Le hice un gesto a Daniel y volví a sonreile, pero esta vez era una sonrisa de una mañana de verano, no una sonrisa triste de consuelo. No pude evitar acercarme al perro y acariciarle las orejillas con cariño. De perrito no tenía nada, pero era encantador, aunque yo fuese más de gatos.
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Invitado el Miér Sep 03, 2014 12:38 pm

Cuando pasamos a hablar de la madre de Brisa le conté todo lo que sabía sobre ella. Ciertamente no era mucho, pero ella pensaba lo contrario y no dudó en darme las gracias de todo corazón. También yo le di las gracias cuando prometió guardar mi secreto... e inesperadamente terminamos cogidos de la mano. YO terminé cogiendo a Brisa de la mano. Fue apenas unos segundos... pero wow. Ese gesto me pilló tan de sorpresa como a ella, a quien no se le escapó un rubor generalizado en toda la cara... como a mí. Pero en ella en cambio, era más bonito. No habría sabido decir por qué pero su rostro adquirió un matiz más infantil. No pude evitar recordarme que era algo lógico pues entre nosotros había casi quince años de diferencia.

Después de aquel momento tan tenso y extraño, cuando las manos volvieron a sus propietarios, Brisa volvió a insistir en que mi gesto sí que tenía importancia. "Te has arriesgado por mi", dijo. No era la primera vez que una mujer me decía eso... aunque las circunstancias eran totalmente distintas: aquí no estábamos torturando a nadie ni estaba el Señor Oscuro de por medio. A pesar del dolor por recordar a Lenore, se vio atenuado al ser Brisa quien dijo esas palabras. No éramos unos desconocidos, y en el hospital alguna vez habíamos tomando un café de cinco minutos entre consulta y consulta. Pero además, lo que acababa de ocurrir esa noche... podía no parecer nada especial, pero ambos éramos más conscientes (o al menos yo) de que el nivel de confianza entre ambos era mayor que cuando Brisa apareció en mi puerta. Era una especie de nuevo vínculo... y algo muy difícil de explicar. Al menos para un hombre. No me estoy llamando tonto pero igual estas experiencias entran en el pack del sentido paranormal femenino de entender cosas que los hombres ni percibimos. A saber. Pero este nuevo vínculo no me resultaba desagradable. Al contrario. Era bonito conocer a alguien con quien tener esa confianza... y alguien como yo, que vivía constantemente vigilando sus espaldas, era lo que más echaba en falta. Pero también podía suponer un riesgo para ella... Sacudí la cabeza. No Daniel, que cosas dices. Deja de darle vueltas a la cabeza. Por su parte, Brisa seguía hablando. Dijo que algún dia me devolvería el favor, con la típica sonrisa que mi hermana ponía siempre que me topaba con un sujetador de encaje y al preguntarle por él me decía "por si acaso". Fruncí el ceño y resoplé.

-Tonterías, no tienes que devolverme nada. Considéralo la ayuda desinteresada de un colega. - dije con una media sonrisa y dándole un puñetazo amistoso (y más flojo de lo normal, no quería hacerle daño) en el hombro.

Como si un alien le hubiese extirpado la energía, Brisa se desplomó agotada en el sofá. Era extraño, me apenaba pensar que decidiese irse en esos momentos... y por eso mi boca tomó el control y le invitó a quedarse a comer algo o a pasear al perro, después de que Tyler ladrase para hacer notar su presencia y recordarme que tenía una mascota viviendo en casa. No esperaba que Brisa fuese a decir que sí, aunque internamente lo deseaba. Por eso, cuando aceptó mi invitación me dieron ganas de ponerme a bailar. Sonreí como si fuese un niño muggle la mañana de Navidad al ver los regalos de Santa Claus, y sonreí aún más al ver la sonrisa de ella... aunque por un segundo me quedé sin respiración. Pocas mujeres había visto con una sonrisa tan bonita. De repente, Brisa adquirió toda la energía que parecía haber perdido unos minutos antes y se dirigió hacia mi perro después de colocarse la ropa, no sin antes sugerirme que podíamos cocinar juntos (nos imaginé como Catherine Zeta-Jones y el chico rubio cocinando en la película de chefs que había visto con Elia la última vez, aunque con perro en vez de niña), beber para olvidar (nos imaginé pasándonos una botella de vino y bebiendo a morro. Menos mal que no tenía vino, solo cervezas...) y pasear a Tyler (me imaginé riéndome mientras observaba a Tyler y Brisa corriendo detrás de las palomas. El corazón me dio un vuelco. La verdad es que eso sí que podíamos hacerlo y... bueno, sería bonito). El tono de voz con que lo dijo haría que una proposición de sexo en un lugar paradisíaco y carísimo resultase aburrida. Aunque tuve un cierto instinto de huir de allí al escuchar semejante tono, pronto logré callar la voz de mi cabeza. Conocía a Brisa, sabía perfectamente que no se me iba a tirar a los brazos y me iba a arrastrar a la cama contra mi voluntad. Ella también sabía que, si ese fuese el caso, no llegaríamos ni a la puerta de mi habitación.

-Me parece perfecto. Mi nevera está en números rojos ahora mismo, no esperaba tener visita tan pronto... Pero seguro que guardo algo en el congelador. - nada más decirlo me di cuenta de lo triste que sonó. No quería que pensase que me alimentaba a base de San Jacobos congelados y cervezas de lata... aunque así había sido los pocos días que llevaba en casa desde mi inesperado viaje. Como no quería espantar a Brisa, busqué una alternativa - O podemos comer fuera. No hace mal día, nos podemos sentar en cualquier terraza y así nos podemos llevar a Tyler. - mi perro, que se había entregado en cuerpo y alma a Brisa y estaba colocado panza arriba para que ella le rascase la barriga, giró la cabeza en mi dirección al oír su nombre. Miré a Tyler, sonriente, y volví a mirar a Brisa. -Te doy tiempo para pensarlo, voy a cambiarme de ropa y ahora me dices. -Si Brisa se iba a quedar, no era cortés que ella estuviese tan arreglada y yo me quedase en ropa de estar en casa todo el día.

Sin decir nada más, fui a mi habitación y rebusqué entre los armarios y cajones. Buscar un conjunto de ropa limpia y aceptable era una expedición mayor que cualquiera de Indiana Jones y cuando ya estaba desesperado pensando que tendría que ir con ropa de estar en casa a cualquier lado encontré una camiseta en el fondo del armario que estaba limpia y sin estrenar. Me pegaba con cualquier pantalón,así que cogí el primero que vi limpio, unas zapatillas cómodas y una chaqueta de lana en caso de que hiciese falta. Una vez vestido, me revolví el pelo distraídamente con una mano mientras salía de nuevo al salón. Allí me quedé observando a Brisa hasta que reparó en mi presencia.

-¿Y bien? ¿Calle o casa?


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Invitado el Jue Sep 04, 2014 12:02 am

Después de toda la tensión que había inundado el ambiente hacía tan solo hacía unos minutos, parecía mentira estar hablando de salir a cenar. Era como volver a tener una cita, de esas que hacia años que no tenía. Después de mi ex (Jace, un capullo al cual no merece la pena ni nombrar), me había especializado en las citas express. Chico conoce a chica, ambos se gustan de manera física, satisfacen sus deseos, no se vuelven a llamar en la vida porque a ninguno le interesa una mierda nada de lo que le pase en la vida del otro. Pero al mirar a Daniel a los ojos me sentía un poco mal por haber hecho aquello. No porque no creyese en mi libertad como mujer para satisfacer mis deseos sexuales sin ser por ello peor que nadie, que creía en ello. Pero tenía un remordimiento, una sensación que llevaba sin sentir desde mi primer amor. Era la impresión de haberme entregado a quien no me apreciaba, y el inmenso deseo de volver a ser amada, apreciada como persona y no como un físico. Habría sido muy especial haber guardado aquellos sentimientos para quien los tuviese en cuenta, y no para quien me utilizó. Pero lo hecho, hecho estaba. Había que pensar en el presente y en como disfrutarlo.

Me alegré cuando me dijo que lo tomase como ayuda desinteresada. Posiblemente habría pagado por esa información a un espía, pero él me la daba gratis y con una sonrisa de regalo. ¿Quien podía resistirse a esa sonrisa tan sincera? Desde luego, yo no. Me derretía por dentro. Me reí con el suave puñetazo que me dio en el brazo. Me recordaba a mis tiempos de juventud en la que los chicos que querían que te fijases en ellos te pegaban para que les persiguieras. Daniel no necesitaba eso, ya me había fijado lo suficiente.

Aquella proposición de cenar terminó de redondear la noche. ¿Podía ser aún más perfecta? Mi idea de comer en su casa y preparar juntos la cena era tentadora y típica de película romántica. Nos podía ver a los dos manchándonos la cara de harina mutuamente, riéndonos cuando se nos quemase la comida, bebiendo un buen vino entre los dos y comiendo una comida asquerosa llenos de felicidad solo por el hecho de haberla cocinado juntos. Pero la verdad era que seguramente esas cosas solo sucedían en mi imaginación. La vida real era mucho más estricta en lo que se refería a repartir felicidad. Dolor sobraba para todos, pero la felicidad era exclusiva de unos pocos que sabían donde tenían que buscarla.

-Ambas ideas son tentadoras. -dije, respondiendo a su proposición mientras me ponía un dedo en la barbilla, con gesto pensativo. -La opción uno son nuggets de pollo congelados y cerveza de lata, y opción dos es un restaurante bonito de Londres, con terraza al aire libre y comida italiana. No se muy bien que decirte. ¿Tu que opinas, Tyler? -le pregunté al perro mientras le rascaba las orejas. Me encantaba que se dejase mimar, mi gato era un amargado que te arañaba si intentabas darle amor. Los gatos son los animales más desagradecidos que se pueden tener.

Daniel dejó que me pensase bien tan difícil elección mientras iba a cambiarse de ropa. La verdad era que ni me había dado cuenta de como iba vestido, era difícil despegarse de su mirada. Me senté en el sofá, con Tyler a mi lado pidiéndome más mimos. Desde donde estaba sentada podía ver la puerta de la habitación, y como siempre mi imaginación se puso a funcionar antes de que me diese tiempo a frenarla. Pensé en como sería entrar mientras se cambiaba, sin hacer ruido, para abrazarle por detrás y acabar con el mejor de los finales. Pero un lametón de Tyler en toda la cara me despertó. -¿No te han dicho nunca que a los que fantasean despiertos no hay que interrumpirles? -le regañé con una sonrisa mientras le acariciaba la tripita. Aquel perro si que era feliz, el animal más feliz de la tierra en aquellos instantes.

Pasados unos minutos Daniel salió, con su imagen mejorada. La verdad era que así ganaba bastante, y no pude evitar mirarle de arriba a abajo con una sonrisa. -Bueno, creo que conozco un restaurante italiano bastante bueno cerca de aquí. -contesté sin dejar de mirarle. -Y Tyler se puede venir si promete estarse quieto debajo de la mesa. -añadí mirando al perro y dándole un golpecito en su húmeda nariz. Me levanté y me sacudí la ropa, que se me había llenado de pelos del pastor belga. Cogí mi bolso que estaba encima del sofá y me acerqué a la puerta, seguida del perro que venía buscando más mimos. -¿Vamos? -pregunté señalando el exterior con un gesto de la cabeza. Tenía ganas de conocer más a fondo al sanador más sexy del hospital.
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Invitado el Dom Sep 07, 2014 3:50 pm

Medio año recorriendo como un gato callejero todo el país, de punta a punta. Y hoy recibo visitas, de Brisa nada menos. La verdad es que en una escala de cero a diez en lo agradable que me pareciese cualquier visita inesperada, solo Brisa y mi propia hermana estaban en el número diez. El objetivo de su visita había sido saber sobre su madre, para lo que tuve que desvelarle algunas de las cosas más oscuras de mi pasado. Pero Brisa no huyó, ni yo me sentí mal al desvelar la "sorpresa" oculta en mi brazo izquierdo... y enseguida, una vez agotado ese tema de conversación, estábamos hablando adónde ir a cenar.

Lo gracioso fue que yo era el primero deseoso de sugerir un plan. Yo, Daniel Deveraux, ex-mortífago y sanador, y el menos interesado en estos momentos de tener una cita con una mujer. Pero siendo sinceros aquello no era una cita. Era algo así como una ampliación de nuestra relación como colegas de hospital: de compartir descansos de cinco minutos frente a la máquina de cafés pasábamos a compartir cenas en casas con neveras vacías de comida... o en restaurantes italianos de la zona, por sugerencia de ella. Yo estaba alegre de que Brisa hubiese aceptado mi invitación a nuestra no-cita así que me daba el igual el dónde. Y a Ty también le daría igual porque tanto en el restaurante como en casa se podía acoplar perfectamente a la cena.

Dejé a los dos solos para pensarlo mientras yo me fui de expedición al fondo de mi armario. Con tanto viaje y tan poco tiempo asentado en mi piso desde la vuelta apenas tenía ropa limpia... pero por suerte no era tan desastre y algo logré encontrar. No iba tan deslumbrante como ella, pero tampoco tenía ya veinte años. Pero a Brisa no parecía importarle aquello; de hecho debía de verme con muy buenos ojos viendo qué sonrisa me dedicaba... Me gustaba tanto que se la devolví yo también. Cuando le pregunté que qué sitio prefería, ella dijo que había un italiano bastante bueno por la zona adonde podíamos llevar a Tyler si se portaba bien. Vi como ella le dio en la trufa y sonreí mientras pensaba lo buenos amigos que se habían hecho los dos en tan poco tiempo. Casi parecía como si Brisa viviese en mi casa...

Brisa se levantó y yo me dirigí a por la correa de Tyler. Sin embargo no se la puse por el momento, tenía la suerte de poder llevarle suelto por la calle (aunque tendría que atarle en el restaurante si no quería que tanto Brisa como yo nos quedásemos con los platos vacíos antes de probarlos). Me colgué la correa de los dos lados del cuello, cogí mis llaves y mi varita (nunca está de más) y fui hacia la puerta tras revisar que la casa estaba en orden. Allí, brisa y Tyler me esperaban, el segundo más impaciente que la primera.

-Después de ti.- le dije a Brisa con una sonrisa cuando abrí la puerta, haciendo un gesto con el brazo para que ella saliese antes. Esperé a que Tyler también saliese (dando brincos y corriendo detrás de los pájaros como si fuese aun un cachorro) y cerré con llave la puerta. De camino hacia el restaurante, los dos caminábamos uno al lado del otro contandonos batallitas pero no fue hasta cuando casi habíamos llegado cuando le ofrecí mi brazo a Brisa por si quería agarrarse a él. Durante todo el camino me había sentido incómodo con el espacio libre y vacío que había ente nuestros cuerpos, pero no estaba seguro de querer que ella se agarrase de mí. Terminé dándome cuenta que estaría más incómodo sin ella agarrada de mi brazo, aunque no hubiese sabido explicar el porqué.

Cuando llegamos al restaurante, enganché a Tyler con la correa y me dirigí al camarero de la entrada con una sonrisa y con Brisa aún agarrada a mi otro brazo.

-Mesa para dos, por favor.
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