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London Bridge is Falling Down // Amanda Rain

Gabriel J. Blumer el Dom Ago 17, 2014 1:38 pm

Recuerdo del primer mensaje :

London Bridge is Falling Down



Sonrió de medio lado mientras se colocaba unos vaqueros raídos y una camisa de cuadros azul y negra recién sacada de la secadora. No se molestó si quiera en arreglar su vestimenta, sino que se limitó a colocarla sobre su pálida piel. Buscó entre los cajones de la ropa interior un cinturón, pero parecía que allí no había ninguno. Siguió buscando, al menos por última vez. No dejaría atrás esa incesante necesidad de encontrar aquello que era suyo y, que por algún casual del destino, había quedado fuera de donde debía estar. Frenó en seco y estiró ambos brazos hacia el cielo, haciendo así sonar cada hueso de su columna vertebral. Pensó durante varios minutos manteniendo aquella curiosa posición. No había usado el cinturón en los últimos dos días, ni tampoco a lo largo de la semana, pues se había dedicado a permanecer frente a la pantalla del ordenador jugando a un estúpido juego que su vecino le había prestado. - Mamá, ¿Has visto mi cinturón? - La voz de Gabriel corrió escalera abajo hasta encontrarse en el piso inferior con su madre, quien estaba demasiado entretenida preparando la cena como para prestar atención a su hijo. - ¡Mamá! - Esta vez la voz sonó más clara, más directa y, por supuesto, más desesperada.

La señora Blumer levantó la vista de la sartén por primera vez en lo que iba de tarde para mirar hacia las escaleras, como si esperara que en cualquier momento surgiera su pequeño de entre las sombras. - ¿Has mirado donde lo dejaste la última vez? - Gabriel bufó molesto. - ¿Crees que estaría preguntándote por mi cinturón si supiera donde lo dejé? - Se dejó caer sobre la cama para ponerse unas vans desgastadas que tiempo atrás habían sido de color negro, pero que en aquel momento no eran más que de una tonalidad grisácea desgastada, la cual daba el aspecto de irse a rasgar en cualquier momento, dando así paso a unos calcetines tobilleros de color rojo. - A que subo yo y lo encuentro... - La voz de su madre procedente del piso de abajo puso en tono de alerta a Gabriel para que bajara las escaleras y, por fin, se fuera de allí. En mitad del camino se topó con el cinturón, el cual permanecía inerte sobre la escalera. Bufó una vez más antes de llegar al piso inferior. - Nos vemos en dos semanas. - Le dio un beso en la frente a su madre y cogió una maleta de ruedas de color verdoso que le esperaba al lado de la escalera. - Promete que esta vez llamarás, la última vez me dejaste preocupada. Y no pienso dejar que haya una segunda vez, iré yo misma a traerte a casa si es preciso. Y no te metas en líos. - Ahora su madre intentaba colocarle el pelo, trabajo infructuoso pues no tardó en descolocarse por sí solo. - Sí mamá... - Cogió la maleta para salir por la puerta principal, pero su madre no tardó en frenarlo una vez más. - Gabriel Jeremy Blumer, como tenga que volver a llamarme alguien por tu comportamiento te juro que... - Gabriel le descolocó el pelo a su madre con una sonrisa burlona en el rostro. - Esta vez no te llamará nadie, lo prometo.


***


Casi tres horas después y con el trasero cansado de tantas horas de autobús, Gabriel llegó a Londres. Fue directamente al Caldero Chorreante, donde dejó sus cosas, se lavó la cara y miró el reloj por última vez antes de salir. Las cuatro y media. Si se daba prisa, no llegaría demasiado tarde. Gabriel no se caracterizaba por su puntualidad, pero en aquel momento la culpa de su demora le pertenecía al retraso del autobús a causa del tráfico entre Bristol y la capital.

Cerró la puerta de par en par y se aproximó a grandes zancadas hasta la parada de autobús. Cuando llegó hasta el puente de Londres eran casi las cinco, por una vez no llegaba tarde. Apoyó la espalda contra un pequeño murete lleno de firmas a rotulador y esperó a la llegada de Amanda. Ambos llevaban todo el verano mandándose cartas y por fin habían decidido quedar. Gabriel no vivía en la capital, por lo que había decidido quedarse un par de semanas en el Caldero Chorreante antes de que empezara el curso, para así poder ver a alguno de sus compañeros, como era el caso de la castaña que no tardaría demasiado en llegar. Miró de nuevo el reloj, ya pasaba un minuto de las cinco y no era el quien se retrasaba. Por una vez, no era él.


Última edición por Gabriel J. Blumer el Lun Ago 18, 2014 3:33 pm, editado 1 vez
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Invitado el Vie Sep 12, 2014 5:23 am

Algunas personas no encontrarían ni remotamente satisfactorio caminar y caminar sin encontrar un solo sitio digno de turistear, pero Amanda si estaba divertida, la forma en que Gabriel veía la vida le hacía a ella misma disfrutar de esta, por otro lado, a veces podía volverla loca, pero se lo pasaba porque en el fondo sabía lo buena persona que era, debía serlo, si no ya la hubiera mandado a volar con su volátil carácter, eso ya lo hacía una persona especial. Subió una ceja mientras él la miraba ¿Qué sería lo que replicaría ahora? Por supuesto, algún comentario sarcástico y... si, bufo al escucharlo, dando vuelta a su cara para no mirarlo, había escuchado hablar de aquellas películas pero no le interesaban nada, ni siquiera porque sus primos le dijeran Arturito, un bufido más. – Seguirías viéndote bien – respondió sarcásticamente sin mirarlo para evitar soltar una carcajada, tenía que fingir que era malosa.

No funcionó por mucho tiempo su estrategia, pues al escucharlo decir que se deprimía y aún más ver su mímica, la hizo reír, se tapó la boca con una mano y cuando se tranquilizo lo miró con un gesto divertido – Jamás pensé que se te pudiera hacer daño, Gabriel – Era tonto sólo pensarlo, sabía muy bien que bromeaba, aún así la cosquilla del sentimentalismo se adueñó de ella y sin quitar el gesto continuó – Pero debes saber que en verdad creo que eres un muchacho muy inteligente – otra vez lo dijo sin mirarlo, tampoco es que quería que creyera que era débil o algo así, no solía hablar de forma seria con alguien que no formara parte su familia, ni siquiera con sus mejores amigas dejaba el sarcasmo y la ironía, así que siguió caminando sin prestarle atención a su propio comentario, sólo quería dejar en claro que pensaba que Gabriel podía lograr hacer cualquier cosa si se lo proponía.

Le miró de reojo ¿Qué cosas pasarían por su cabeza? No habían hablado mucho de sus familias ¿Cómo sería la de él? ¿Tenía hermanos? A pesar de ser a la única persona a la que le había escrito durante ese verano, de soportarse mutuamente y de divertirse con sus locuras, poco sabía de él, la curiosidad afloró repentinamente, aunque no dijo nada, nunca lo hacía, si alguien quería contar algo, lo haría. – Tienes razón, si no quieres ser un psicópata asesino, deja de ser educado – “¡Eso era en lo que pensaba!” al parecer jamás dejaría de sorprenderla aunque muy en el fondo sabía que tenía razón, los más locos siempre son los que se ven más normales, eso le hizo girar la cabeza para mirarlo, Gabriel era la viva imagen de su pensamiento, una risilla suave volvió a escaparse de su boca.
 
Pero de aquella risa jovial ya no quedaba nada, sólo sentía que en cualquier momento alguna cosa extraña, fea o asquerosa saldría y en las películas siempre se llevaba la peor parte el miedoso. La casa era tétrica y digna de un monumento a lo espantoso, miró a un lugar y a otro pensando en un millón de cosas locas a la vez hasta que la voz de Gabriel la distrajo – De hecho, siempre que puedo me alejo de ellos – pensó en el Barón Sanguinario y en la pequeña plática que habían tenido, si es que así se le podía llamar “Cuidado debe tener de no terminar como ella” recordó lo que le dijo y casi sale corriendo, lo habría hecho de no ser porque no podía, ahora entendía porque no había ido a Gryffindor, era una cobarde – Deja de hablar de eso – intentó callarlo, no quería escuchar hablar de eso, menos de voces, porque la del Barón seguía en su cabeza.

Recordó a sus primos llamándole de esa forma y a su hermano, su eterno protector ¿Por qué no estaba allí ahora? ¡Oh si! Porque la había abandonado, defendiéndola. Sacudió la cabeza y se dijo así misma que se controlaría, Gabriel tenía razón, no había de que temer, pero quiso en verdad hacerle daño cuando lo vio entrar decidido a un cuarto obscuro de donde salían extraños ruidos, hizo un sonido más parecido al hablar rápido de un duende y entró, armándose de valor, el olor a humedad le dio con todo y tuvo que poner su mano en la nariz, camino a tientas, ni siquiera veía a su intrépido acompañante – ¿Por qué no hay luz? Las cosas malas suelen pasar cuando no hay luz – a pesar de no avanzar mucho se giraba constantemente hacía atrás, asegurándose de que la puerta continuara abierta – Así empiezan todas las películas de terror que he visto – y con el típico “Hay que separarnos”, de pronto tocó con el pie algo peludo, pasó saliva y continuó avanzando lentamente pero otra vez sintió algo peludo y se obligo a bajar la cabeza para mirar – ¡AAAAAAAAAAAA! – salió corriendo de aquél cuarto, no supo ni cómo llegó a la habitación de al lado, pero lo hizo y se subió en el primer mueble que vio, era la rata más grande que hubiera visto jamás, eso parecía un conejo.

El impulso con el que brincó al sofá hizo que este tronara, pero no se bajó de él ni cuando vio que la rata desaparecía por otro lugar, el segundo lugar de cosas detestables era para las ratas, el primero obviamente eran las arañas. Cuando era pequeña un ratón se metió a su casa, lo buscaron pero no lo encontraron, pensaron que se había ido pero su madre ni dormía por pensar en eso, así que una noche, sin permiso, su hermano esparció veneno por toda la casa, al día siguiente su padre se levando y pisó al ratón, sacándole todo, la imagen le causaba un asco tremendo y todos sintieron ganas de vomitar, pero su padre no volvió a usar zapatos acolchonados.

Miró hacia el cuarto esperando que Gabriel saliera muriendo de risa, su abuela solía decir que había que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos, pero ella les tenía miedo por igual, sobre todo si donde se escondían había ese tipo de animales a los que les tenía aversión.
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Gabriel J. Blumer el Vie Sep 12, 2014 7:58 pm


Por regla general, las personas sentían fascinación por dar largos paseos en soledad escuchando música o sus propios pensamientos pero Gabriel no era de ese tipo de personas. El castaño prefería caminar con alguien al lado, pues sus ocurrencias debían ser escuchadas por alguien y no permanecer en su mente, donde acabarían por ahogarse al no tener a nadie que lo mirase con rostro de desaprobación o se riera de él, o con él. – Claro que me vería bien. Incluso siendo un cíclope y teniendo un solo ojo en mitad de la frente me vería bien. – Sonrió y frenó en seco, del mismo modo que había frenado su mente en aquel preciso instante. – Bueno, si fuera un cíclope no me vería tan bien, básicamente porque tendría un ojo. No podría verme tan bien como con dos. Pero verme bien de mirarme en el espejo y mirarme, no de estar bien físicamente. – Negó con la cabeza y dio un par de pasos hasta situarse a la altura de Amanda. Él mismo acababa por perderse entre sus propios pensamientos una y otra vez.

Jamás hubiera llegado a creer que aquella compañera de curso con la que se topó por mera casualidad en la sala común y casi acaban discutiendo resultaría ser una tan agradable compañía. Siempre la había visto como una niña más de Hogwarts, pero con el paso del tiempo se había ido dando cuenta del carácter fuerte de la joven por lo que su interés se basó en hacer que el carácter de Amanda saltara hasta chocar con el suyo. Era una rara afición, pero sólo lo hacía con las personas con las que realmente se divertía. Era una persona directa y, si era sincero, si alguien no le caía bien o no le parecía interesante, ni se preocupaba en mantener una relación cordial con él. Por suerte, Amanda había acabado por entrar en ese círculo de interés que rodeaba a Gabriel. – Soy tan inteligente como una berenjena, pero se agradece el cumplido. – Bromeó. Conocía sus virtudes y, por supuesto, sus miles de defectos, y la inteligencia no era algo que destacase en él. ¿Por qué no asumirlo y admitirlo? No hacía daño a nadie diciéndolo. - ¿Sabías que comer berenjenas crudas es peligroso para la salud? Yo tampoco, pero mi madre es una obsesa de la sanidad y cuando era pequeño las escondía para que no me las comiera crudas, y eso que no me gustaban ni cocinadas, que ahí sí quería que las comiese. – Se encogió de hombros. - ¿A ti te gustan? – Sonrió y rompió a reír. – A veces se me va la cabeza, lo siento.

Las risas que habían precedido a la carrera habían desaparecido, incluso aquellas nerviosas que habían resonado por el piso vacío minutos antes. Ya no quedaba nada, salvo el silencio de aquel lugar y la voz de Gabriel, tan despreocupada como siempre. Sus palabras hacían que Amanda se sintiera nerviosa, pero él ni si quiera lo pretendía. Era su forma de ser, despreocupado y bromista incluso cuando las cosas pueden torcerse más de la cuenta. Incluso podrían acabar por morir por un accidente en una casa deshabitada, donde un grupo de hipies podían haber montado su plantación personal de marihuana o donde un grupo de mafiosos rusos se dedicaba a esconder los cadáveres después de saldar cuentas. Todo era posible, pero Gabriel no pensaba en el futuro, sino en el presente. – Venga Amanda, son fantasmas, no pueden hacerte nada. Están muertos, como mucho pueden atravesarte ¿No? – Se encogió de hombros sin si quiera mirar a la chica, pues estaba demasiado pendiente del resto del lugar que aún no había terminado de descubrir. - ¿Imaginas que un fantasma es juzgado a muerte? Sería gracioso, ya está muerto, y si lo encierran en una prisión se acabaría por escapar atravesando las paredes. Aunque supongo que hay hechizos para impedir que pasen esas cosas… ¿No? – Se giró para mirarla. Él no tenía ni la más remota ida de magia, salvo aquella que había conocido durante los cinco cursos previos en Hogwarts. Su madre era muggle y su padre un total desconocido, por lo que la magia no era algo que conociera como podía ser el ciclo del agua o el funcionamiento de un campo magnético, cosas que había aprendido en la escuela muggle hasta alcanzar la edad necesaria para ir a Hogwarts.

En aquel momento se dio cuenta que no tenía ni la más remota idea sobre Amanda. ¿Sus padres eran magos? ¿O muggles? ¿O uno y uno como los suyos? A lo mejor vivía en un orfanato, como tantos de sus compañeros. O simplemente con un par de tías locas que vivían rodeadas de gatos.

Aquel ruido se había producido tan súbitamente que no tuvo tiempo para preguntarle más a Amanda, aunque ya tendrían tiempo en Hogwarts o de vuelta a casa para hablar sobre aquellas dudas que acababan de surgirle según hablaba. La chica había gritado y salido corriendo cuando Gabriel abrió la puerta y de esta salió algo que ni si quiera llegó a ver. El chico ni si quiera lo pensó y entró en aquella habitación, la cual estaba en total penumbra.

A lo lejos podía oír los pasos de Amanda pero no se molestó demasiado en ver qué hacía la chica. Gabriel no tardó demasiado en salir de la habitación con una sonrisa de oreja a oreja y una caja de cartón entre las manos. – Mira, ven. – Llamó a Amanda mientras salía y cerraba la puerta dándole una corta patada al salir. - ¿No son bonitos? – Le mostró el interior de la caja donde había dos pequeños hurones de poco tiempo de vida. – La madre estaba muerta sobre ellos, creo que protegiéndoles de las ratas, pero igualmente ella se llevó varios mordiscos. ¿Quieres uno? – Sonrió tendiéndole la caja para que los mirara. Dos pequeños animales cubiertos de pelo que dormían plácidamente en el interior de la caja. Él tenía la intención de quedarse uno, por lo menos.
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Invitado el Sáb Sep 20, 2014 11:16 am

¿Quién diría que salir en fin de semana era tan divertido? Amanda siempre había querido un amigo con el cual salir, caminar por ahí, bromear un poco, comprarse golosinas y disfrutar de un fin de semana lindo, su hermano había tenido alguien con quien hacerlo, su hermana, a pesar de su raro carácter también, así que soñaba con que, llegada una edad en donde pudiera ir sola a cualquier lugar que quisiera, conseguiría logra tener uno, pero no, al parecer su carácter era peor que el de su hermana y era más aburrida que su hermano.

Ahora junto a Gabriel sentía que vivía un poco de lo que tanto quería, aunque él tenía un poco más de la locura que se había imaginado, sin embargo la hacía reír y había cambiado su rutina, cosa que ya agradecía.

Seguía caminando intentado mantener su gesto serio con las cosas que él decía hasta que sintió que frenó, ella siguió caminando por inercia pero pronto también se detuvo y volteo a mirarlo, por su mente pasó la idea de que se hubiera lastimado, pero no, sólo estaba haciendo otra broma – Tal vez tu visión de profundidad se vería dañada, te estarías golpeando contra postes – sonrió al imaginarse la situación, Gabriel con un solo ojo caminando por la calle y dándose en la cara con cada poste que se encontrara, algo trágico, pero muy divertido.

Terminó por arrugar la nariz, no creía que él no fuera inteligente, al menos que las berenjenas lo fueran, en ese caso Gabriel tendría razón, pero ese no era el punto, su idea era dar a entender lo contrario, ella sabía bien lo que era no confiar en sus capacidades, por esa razón creía al doble en las de los demás y pensaba, no, estaba segura de que Gabriel era demasiado inteligente, no podía tener una respuesta bajo la manga de no serlo, y en ese mismo momento lo dejaba ver otra vez, contándole un montón de cosas que ella no sabía, bueno, eso no era una novedad, pero no cualquiera se grava esa información, pero claro, no se lo dijo, el código bajo el que se regía era extraño y a veces ni siquiera ella lo entendía. Y hubiera contestado a su pregunta, la menos loca del día, de no ser por el ataque de risa del muchacho – Sólo un poco, pero ya me voy acostumbrando…

¿Por qué había subido tras él? Era obvio que sus ideas de una tarde de diversión eran muy diferentes, y viéndolo desde el punto de vista de Gabriel, eso podría ser muy divertido, pero para ella no y mucho tenía que ver con que sabía que los fantasmas existían, y los odiaba, las criaturas raras abundaban, y como resumen, había todo un mundo escondido para los muggles, pero no para ella, porque aunque vivirá de esa forma, por sus venas corría la sangre de bruja – Ellos ya están muertos ¿No es aterrador simplemente eso? – tal vez no le hubiera molestado tanto de no haber tenido esa pequeña charla con el Barón Sanguinario, quizá la hermana de su bisabuela también había salido un fin de semana con un amigo cuyo sentido de la diversión era extraño, alejó esos pensamientos y centró su atención en el feo lugar en el que estaban, que ciertamente no era tan feo como frío, obscuro y lúgubre. – Supongo que sí – contestó bajito – No es que conozca a muchos fantasmas condenados a prisión – aunque no lo veía bien estaba casi segura de que tenía una expresión divertida. A veces pagaría por saber en qué cosas pensaba su alto compañero, era todo un estuche de monerías y la curiosidad que instalaba en Amanda era inmensa pero como siempre se mantenía serena y no preguntaba.

Mientras esperaba que su corazón dejara de latir a mil por hora siguió con la vista fija en el cuarto de donde había salido corriendo, pero nada, sintió que pasó una eternidad cuando por fin lo vio salir y no reía como loco, tal vez no había notado su pequeño ridículo, además de que estaba completo, eso ya era una ganancia, llevaba una caja con él y Amanda apenas se acercó cuando la llamó, no se bajó del sillón en el que se encontraba, así podía ver mejor lo que él le mostraba, subió una ceja al escuchar su historia, el amor por un ser te hace que logres cosas inimaginables, como salvar a estos lindos animalitos – Si, lindos, pero siguen pareciendo ratas alargadas – ni siquiera notó que terminó su monologo interno en voz alta, ahora si se bajó de un salto y después lo miró – Es una gran oferta, pero creo que sería bueno que te quedaras con ambos ¿Por qué te los quedarás, cierto? Así no los separaremos - Lo decía de corazón, aunque parte de ella sabía que si llegaba con esa mascota a sus casa, su mamá la correría, con todo y ella – Sé que serás una excelente mamá – los miró una vez más y después hacia el lugar por donde habían llegado – ¿Ahora si podemos irnos? – esperaba que dijera que si, sentía sus músculos tensos y sabía que pasarían mucho tiempo más buscando la inexistente heladería.
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Gabriel J. Blumer el Dom Sep 21, 2014 11:29 pm


El hecho de tener un solo ojo podría resultar de lo más fascinante. Había dos opciones. En primer lugar estaba la de quedarse tuerto, es decir, que uno de los ojos que ya tenía dejara de funcionar o fuera arrancado de su cuenca por algún tipo de accidente. La segunda opción sería haber nacido con un único ojo como si fuera un cíclope. En la primera opción cabría el límite de irse golpeando con todo objeto por no saber calcular distancias y localizaciones; además, que valoraría mucho más la visión ahora que sólo vería a medias. Mientras que la segunda opción sería idéntica a haber nacido con dos ojos, salvo que se sentiría un bicho raro teniendo un ojo en la frente, sobre la nariz, y no a ambos lados de esta como el resto del mundo. Nimiedades, y más teniendo en cuenta lo diferentes que podían resultar unos individuos de otros que aparentemente deberían ser iguales. – Y no podría guiñar un ojo. Mi nivel a la hora de ligar sufriría mucho. – Dijo totalmente en broma. ¿En pleno siglo veintiuno alguien usaba el guiño de ojos como método infalible para conseguir pareja? Gabriel lo dudaba, aquello parecía más bien sacado de una película de Marlon Brando.

Gabriel tenía el don para soltar datos carentes de valor y de sentido en los momentos menos adecuados. Normalmente ni si quiera se daba cuenta de lo que estaba diciendo hasta que alguien le miraba con cara de no entender qué estaba diciendo. Pero en aquel momento, él mismo notó que lo que decía no tenía ni pies ni cabeza y frenó su monólogo sobre las berenjenas con un ataque de risa. – Que consuelo, creía que ibas a llamar a San Mungo en cualquier momento para que me encerraran. – Como si no tuviera ya suficientemente visto San Mungo como para encima acabar allí encerrado. Incluso podría hacer un mapa de San Mungo sólo usando la memoria de tantas veces que iba a lo largo del año para estúpidas revisiones periódicas.

En aquel piso todo parecía haberse amplificado para Amanda. Mientras que Gabriel seguía tan despreocupado y bromista como siempre, la voz de la castaña había adquirido cierto tono de preocupación que hacía que el chico buscara más formas de hacerla de rabiar para ver cómo reaccionaba. El funcionamiento de la mente humana bajo tensión era algo realmente fascinante. – Bueno, pero antes estaban vivos, como tú y como yo. Pero dicen que tienen asuntos pendientes y se quedan en este mundo a atemorizar a las niñas miedosas como tú. – Le guiñó un ojo, demostrando que guiñar los ojos sirve para algo más que ligar cuando no eres Marlon Brando. – Venga, Amanda, que estamos en mitad del Londres muggle, aquí lo más mágico que hay es un puesto de helados con ofertas del dos por uno.

Estoy convencido de que el fantasma de Slytherin murió condenado a muerte, tiene una cara de psicópata digno de Slytherin. - ¿Todos los Slytherin estaban medio locos o él sólo conocía a aquel amplio grupo de Slytherins cuya cordura parecía haber desaparecido el día que el Sombrero Seleccionador se posó sobre sus cabezas? – Quizá era amigo de Hitler. Ya sabes, pequeño, dictador, nazi. – Bajó la mano a la altura de su pecho como indicando que si Hitler estuviera en aquel lugar le llegaría a la altura del pecho.

Con la caja entre sus manos y sin quitar ojo a aquellas pequeñas criaturas largas y peludas, Gariel escuchó la voz de Amanda como si estuviera a cientos de metros de distancia, cuando apenas estaban a un par de ellos. – Siempre es mejor que tener un gato. Además, mi lechuza no me quiere, es un maldito bicho que lo único que hace es comer y traer el correo. Y a veces eso último lo hace mal. – Era cierto. Aquella estúpida lechuza perdía casi todas las cartas o las entregaba mal. Era la decepción hecha lechuza.

El castaño movió la caja, haciendo que aquellos dos animalitos se movieran por la caja. – Obviamente, y podrás verlos en la Sala Común siempre que quieras. No los pienso encerrar en mi dormitorio. Serán libres y atacaran a nuestros compañeros. A ti no, que ya te conocen. – Comentó el chico. Luego le dedicó una fugaz mirada a Amanda. – Es broma. – Por si acaso. Conociendo a Gabriel aquella opción era totalmente factible, y conociendo a Amanda, que se lo tomara como algo serio, también lo era.

Movió la caja con sumo cuidado y afirmó con la cabeza. – Venga, venga, que aquí ya no hay más peligro. – Añadió mientras sus pasos descendían hacia el piso inferior, con la intención de salir de aquel edificio. - ¿Nos vemos en Hogwarts? – Preguntó retóricamente, era obvio que se verían. Y dicho esto, no tardó en salir de allí. Se giró sobre sus pasos dedicándole a Amanda una última sonrisa. – No te pierdas llegando a casa. – Rió y dobló la esquina en dirección al Caldero Chorreante.  
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Invitado el Miér Oct 01, 2014 4:46 am

Por su cabeza pasó la increíble idea de que él se estuviera imaginando la situación, pero no, no podía ser, tal vez Gabriel estaba algo loco, pero no era para tanto ¿O sí? Ella jamás se lo podría imaginar, ya era suficientemente malo no ver al cien por ciento con ambos ojos, como para que aparte sólo tuviera uno, no era nada agradable, además, para que eso fuera posible tendría que pasar algo muy malo, como haber tenido un accidente o incluso, hacerlo ella misma, se asqueó y asustó con el simple hecho de pensarlo, entonces fue cuando se dio cuenta de que estaba haciendo lo que supuestamente sólo un loco haría, era de verse, ella sí que lo estaba. – No te preocupes, algo me dice que encontrarías una mejor forma de ligar – no lo dudaba, pero se preguntaba si en realidad esa era su forma de ligar.

Creo que sería mejor idea llevarte personalmente, con la astucia que tienes, capaz que te escapas – se rió quedito esa era una tontería, sobretodo porque con ella sería con la principal persona con la que se podría escapar, entre su nivel de desatención y su inútil fuerza, no valdría la pena intentar algo.

Hizo un gesto de desagrado mientras el seguía bromeando con el tema de los fantasmas, una de las razones más importantes por las que se había enojado por tener que entrar a Hogwarts era porque aquellos seres se la pasaban andando de aquí para allá, su disgusto hacia ellos era algo irracional, siendo una bruja y sabiendo que ellos no podrían hacerle nada, excepto si se trataba de Peeves, él sí que hacía cosas, cosas desagradables y molestas. – Puesto de helados, puesto de helados – susurró enojada – Tan inexistentes como aquel al que me llevarías – suspiró cansada, él jamás se tomaría algo en serio, pero frunció el seño al resonar sus palabras – ¡Pfff! ¿Qué tiene el mundo en contra de los pequeños? – Hitler había sido tremendo, no es que la agradan sus ideas y la comparación era muy buena, pero el punto es que los bajitos también logran grandes hazañas.  

Planeaba decir algo ofensivo sobre el comentario de las mascotas, pero se contuvo, no sería amable de su parte, maldijo su parte amable que no la dejaba decir el tipo de cosas que ella si consideraba gracioso, así que siguió hablando entre dientes – Si claro, supongo que estos si te llevarán el correo– movió sus ojos como poniéndolo en duda y subió la mano como intentando tocarlos, pero el movimiento le hizo desistir.

Subió la cara rápidamente – ¿Planeas tenerlos todo el tiempo corriendo por ahí? – “¡Rayos!” pensó, ahora deseaba ser una serpiente, o una leona, o una tejona, o ¿Por qué no? Asistir a Durmstrang. Intentó no dar muestras de desagrado, esperaba que la idea se le fuera en lo que sobraba de vacaciones – Es decir, gracias –. Comenzó a caminar y pronto bajó las escaleras – Pues claro que si… - iba a continuar con el sarcasmo, pero su compañero ya estaba avanzando para irse, dejándola sola y todavía se atrevía a decirle que no se perdiera. Gruñó indignada y se cruzó de brazos, pero rápidamente corrió hasta salir de ese horroroso lugar, sobre todo al darse cuenta, casi resoplando, que aún tenía la cartera del hombre. – Bueno Amanda, sólo estamos tú y yo así que, no te pierdas
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