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I'm Lost Without You // O. Winslow

Gabriel J. Blumer el Dom Ago 17, 2014 10:37 pm

I'm Lost Without You



El número del periódico logal de aquel día era de lo más típico. La portada presentaba al muerto famoso de la mañana, un antiguo político que se había ahorcado en la celda de una cárcel después de ser detenido por posesión de cocaína y diversas drogas asociadas.  Las páginas interiores contenían el menú de costumbre: nueve asesinatos sin resolver en la despoblada mitad occidental de Irlanda, un fabricante de comida sana arrestado por pornografía infantil, un ama de casa de Manchester que había cultivado una calabaza que parecía el busto de Jesucristo (siempre, claro está, que uno lo mirara con los ojos entornados en una habitación en penumbra), una animosa muchacha parapléjica que se entrenaba para el maratón ciclista por el puente de Londres, un divorcio en Hollywood, una boda de alto copete en Liverpool, un luchador que se recuperaba de un ataque cardíaco y un cómico llevado a los tribunales por una demanda de su ex pareja.

Cerró el periódico de golpe cansado de tanta noticia burda y barata, cansado de una sociedad tan monótona que llegaba incluso a aburrir al mismo aburrimiento. Soltó un suspiro mientras miraba el reloj de muñeca que normalmente no llevaba puesto. Se sentía incómodo con la simple presencia de aquel objeto cortando su circulación, de aquel simple trozo de plástico y metal cubriendo su piel. Negó con la cabeza y soltó la correa de este, liberando de alguna manera a su propia muñeca. Se levantó no sin antes frotándose los ojos por la lectura. Dio un último al vistazo al reloj, ya casi eran las seis.

Se colocó una camiseta negra con el símbolo blanco y descolorido de lo que antes parecía haber sido el logo de algún grupo musical. La camiseta tenía varios agujeros en la parte inferior causados por el cinturón, y no tardó en hacer uno más que acompañara a sus amigos los rotos. Sus pantalones, de tela vaquera y raídos a la altura de los bajos, le quedaban holgados, dejando ver la falta de musculatura por su parte. No le importaba lo más mínimo. Descolocó su cabello mientras se echaba un último vistazo en el espejo y cogió la cartera, atándola con una cadena plateada al cinturón para no perderla. Buscó en uno de los cajones el móvil, ya que su madre, de origen muggle, tenía la manía de acosarlo a todas horas preguntándose sobre sí su pequeño, quien apenas llevaba un par de días lejos de casa, estaría bien. Su madre se había quedado en Bristol, mientras que él había ido a pasar el final del verano en la capital inglesa, donde en pocas semanas tendría que tomar un tren de vuelta a Hogwarts.

Bajó las escaleras que llevaban al piso inferior del Caldero Chorreante a trompicones mientras acababa de mirar los mensajes de su madre. Negó con la cabeza malhumorado, si no contestaba acabaría por llamar a la policía para ver si su pequeño había sido secuestrado en algún antro de mala muerte londinense. – Todo va bien, nadie me ha robado un riñón, no me ha secuestrado una pandilla de mafiosos rumanos ni me ha atacado un  perro con la rabia. – Los gritos de su madre se oían desde la salida de la voz al tiempo que salía por la puerta del Caldero Chorreante que iba directo al Callejón Diagon. - ¿Quieres escucharme? ¡Ya dije que todo iba bien! – El paso entre los ladrillos se abrió dando paso a aquel empedrado lleno de alumnos deseosos por comprar su material escolar. – He matado a un bebé, luego me he comido su cadáver. – Su madre ni se inmutó, pues seguía obcecada gritando a su hijo.

Mientras pasaba entre las callejuelas encontró a la persona que andaba buscando. Le dio dos toques con el dedo índice en la espalda y una sonrisa se dibujó en su rostro mientras tapaba el auricular para que su madre no escuchara. – Madre psicópata al aparato, espera dos segundos. – Volvió la voz directa al aparato. – Ma… No hay cob… No… escu… Ego hablamos… - Hizo un par de sonidos sin sentido al final de la conversación y colgó el teléfono. – Y dígame, señorita. ¿Qué hace una belleza como usted en un lugar como este?  
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O. Winslow el Miér Ago 20, 2014 1:14 am

El final del verano se aproximaba, una lástima, me hubiera gustado tener más tiempo de libertad. Habían sido dos meses de lo más intensos, y septiembre, la vuelta al cole, solo era el anuncio de un nuevo curso con alianzas más fortalecidas, metas fijadas y diversión asegurada.  Un nuevo curso con muy buena pinta, un curso más práctico, lo que necesitaba. Aunque no tenía claro que asignaturas seleccionar, las optativas me parecían, en su mayoría, absurdas. Eran cuestiones que debía ir pensando, quizás hablar con alguien me ayudaría a decidirme, hecho que no podía hacer con cualquiera. No porque no quisiera, sino por la poca cantidad de gente interesante a mi ver.

Esa mañana me había dedicado a leer la carta de Hogwarts con los materiales y libros necesarios, así como a preparar mi baúl. Faltarán un par de semanas, pero tengo demasiada ropa entre la que elegir, y no me gusta repetir. Debía calcular los fines de semana hasta navidad. Además de meter en ella todo lo necesario para mis diversos entretenimientos. Entre ellos los pañuelos. Eran un complemento indispensable, sobre todo dada la facilidad con la que otros se quedaban con ellos. Dichosos cuervos y su afición por coleccionarlos. El almuerzo fue delicioso, como todos los que hacía Lrog. Ahora que lo pienso, tenemos una casa muy grande para un solo elfo. Suerte que hay criados squib, los parias de la sociedad, pero eran útiles y obedecían.  Después de comer poco tarde en cambiarme de ropa y aparecer en el callejón Diagon, obviamente haciendo uso de la red flú. Aelo me esperaría, bueno, iría volando desde casa hasta el callejón, para luego traer mis cosas, es así de buena. Mi pequeña arpía ya sobrepasaba el metro de envergadura, y continuaba creciendo.

El callejón estaba abarrotado de gente. Se notaba la proximidad del nuevo curso. Todos con compras de última hora. Yo también debía hacerlas, pero sería sencillo, un par de paradas nada más. Túnica no necesitaba, seguía igual que el primer día. Pluma, pergamino y tinta tampoco, ya me había abastecido a comienzos de verano. Por lo tanto me quedaban los libros y nada más. Así me encaminé a la librería, Flourish y Blotts eran los indicados para esta tarea. Ninguna otra podía ser más completa. Al menos en cuanto a clases se refería, para otras cuestiones había que ir a lugares más recónditos y mejor abastecidos. Algo aplicable para la mayoría de las cosas.

Entré sin dilación, unas diez personas habían allí, incluyendo a los dependientes. Me encaminé a la estantería que requería mi atención, apartando de un suave empujón a un chiquillo que se interponía en mi camino. Apenas medía un metro cuarenta y peso pluma, era como empujar a un gato con el pie, demasiado simple. – Buenos días señorita, ¿en qué podemos ayudarla? – habló una mujer tras de mí. Me giré con una cálida sonrisa en el rostro. – Quisiera los libros de sexto, pero sólo los de las materias obligatorias. – le expliqué mientras le tenía la lista en cuestión, una tontería, pues todos teníamos la misma. Sin embargo no puedo saber si ya se adentraron el resto de mis compañeros a comprar. Puede que sea la primera, sería ilógico, pero como muchos son tan ineptos de dejarlo para el último momento.  Se retiró a las sombras y al poco tiempo, si acaso tres minutos habían pasado, volvió a mi lado, con todos los libros que requería. – Aquí están todos, señorita. Acompáñeme a la caja, por favor. – asentí y la seguí. La suma me era indiferente, es lo que tienen las familias ricas, que el precio siempre es lo de menos. Le tendí el dinero que me pidió, todo en galeones, y dejándole propina. Así sería más atenta la próxima vez, y era agradable que te atendieran con prontitud, evitas pasar mucho rato con sangresucias que andan por la sala como si jamás hubieran visto un libro en sus patéticas vidas.

Salí de allí con el paquete listo. Un simple silbido y Aelo descendió de un tejano cercano, apresó el paquete entre sus garras y continúo el vuelo. ¡Qué buena es! La observé irse antes de emprender el camino entre la multitud. Mas no di dos pasos. Alguien toco mi espalda, por lo que me giré lentamente. Una primera mueca de confusión al ver a Gabriel con ese aparato móvil. No soportaba esas cosas muggles. Por suerte recordaba la discusión que había tenido por causa de dicho artilugio y me recompuse con rapidez. Le dediqué una dulce sonrisa, de esas que pocos han visto antes y esperé. – Diría que esperar a mi príncipe azul, debe haber sido asaltado de camino, pues no ha llegado. – respondí con burla, por mucho que lo conociera debía saber que no respondería tan fácilmente. – ¿Y vos caballero? Seguro que tendrá más fortuna que yo. – Hice una reverencia con la mano al terminar la frase. Preguntaba por el motivo de verle aquí, aunque más con una segunda connotación.

Le di dos besos tras esas palabras, a modo de saludo tardío. – ¿Gustarías de tomarnos unas grageas? Llevo un par de horas aquí y el tiempo pasa factura. – añadí con diversión, llevando la mano a mi barriga, como si tuviera hambre, aunque sólo me apetecía tomar algo dulce. Tentemos a la suerte, quizás me toque una con sabor delicioso.
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Gabriel J. Blumer el Miér Ago 20, 2014 5:44 pm



· F L A S H B A C K ·


Ataviado con unos pantalones de color negro y una camiseta blanca lisa, el pequeño de tan solo once años a punto de cumplir, corría sin ton ni son. Corría sin importarle caer y rasparse las rodillas con el asfalto. No le importaba nada que no fuera aquella carta que había recibido días atrás. “Nos complace informarle que ha sido admitido en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería”. Había ahogado un grito, aquello tenía que ser una estúpida broma. ¡Pero no lo había sido! Era un mago, un mago de verdad. Un mago como aquellos que se ven en las películas y en las series de televisión. Tendría su varita, un caldero, una túnica e incluso quizá una escoba, aunque no por el momento. Su madre se había reído al ver su reacción. ¿Un mago? ¿Qué clase de chiste era aquello? Rompió el sobre y su correspondiente carta. Rompió el contenido de aquel pergamino y con ello la ilusión de su hijo. No podía estar más confundida, ¡Él era un mago! Lo sabía, sabía que no podía ser uno más en el mundo. Quería hacer grandes cosas y no limitarse a la pintura, como su madre le había insistido desde que tenía uso de memoria.

Por suerte, para acallar las voces negativas de su madre estaba su abuela paterna. La mujer no pisaba su casa desde… Desde que murió su padre. No habían sabido nada de ella, ni si quiera si seguía con vida. ¡Pero lo estaba, claro que lo estaba! Y ahora lo acompañaba al Callejón Diagon a comprar su material escolar. – Primero iremos a Gringotts, cariño. Es un gran banco, pero con dinero mágico. – La mujer le dio una palmadita en la espalda cuando el pequeño, de corta cabellera castaña frenó en seco. – Pero yo ya tengo dinero en el banco de al lado de casa. – La anciana rió, apartando los cortos mechones del rostro de su nieto. – Cariño, los magos no utilizan Libras. Los magos utilizan galeones. – Sacó uno de detrás de la oreja del niño, fingiendo que aquello era magia verdadera. - ¿Me enseñarán a sacar galeones de detrás de las orejas? ¿Y conejos de la chistera? – Su abuela volvió a reír por la inocencia del pequeño. – Te lo contaré todo cuando lleguemos, cielo. Tu padre era un gran mago, ¿Sabes? Siempre quiso contarle a tu madre todo sobre nuestro mundo, pero tenía miedo de perderos a tu madre y a ti. – El pequeño Gabriel bajó la vista y la fijó al suelo. No emitió palabra alguna, sino que se limitó a seguir el paso marcado por su abuela hasta llegar al Caldero Chorreante.

Alzó una ceja contrariado y buscó los ojos de su abuela. - ¿Vamos a un bar? – La mujer volvió a reír. – Esto es mucho más que un bar, ya lo verás. – Y vaya si lo era. Cruzaron el umbral de la puerta y el olor a tabaco de liar y alcohol sacudió sus fosas nasales. Tosió una vez. Luego otra. Entrecerró los ojos y miró a su abuela, perdido en aquella situación. – Sígueme, ya casi hemos llegado. – Cogió la mano de la anciana y se dispuso a salir por una pequeña puertecita. Seguía perdido. No entendía qué estaba pasando. ¿No iban a comprar material escolar? ¿Acaso en aquel lugar vendían libros de magia y varitas para grandes magos? – Pero… - La mujer le mandó cerrar la boca. – No hay peros que valgan. ¡Por aquí! – Su tono de voz era una mezcla entre reproche y excitación.

Siguió a la anciana sin mediar palabra. No dijo nada cuando salieron a un callejón sin salida, pero si lo dijo cuando los ladrillos de esta se separaron para dar paso a un enorme callejón lleno de personas y tiendas. – Es… Es… - No le salían las palabras, por lo que su abuela se encargó de continuar sus palabras. – Cosa de magia.



· F I N   D E L   F L A S H B A C K ·


Guardó el teléfono en el bolsillo delantero que no estaba ocupado por la cartera y giró sobre sí mismo para buscar, una vez más, la presencia de su amiga. - ¿Un príncipe azul? ¡Qué casualidad, mi corbata es exactamente de ese color! Aunque no tengo corona… Puedo hacerme una si lo deseas. – Hizo una exagerada reverencia y le guiñó un ojo mientras volvía a tomar su posición habitual. – Esto hubiera quedado más épico si hubiera tenido un sombrero. – Gabriel era el tipo de persona que se comporta como cree adecuado en el momento que consideraba oportuno. O más bien, una persona a la que no le importaban en absoluto las miradas de desaprobación. – Oh, yo tampoco he dado con mi príncipe azul. Pero quizá lo único que necesite para ello sea un príncipe y un bote de pintura. – Rió. - Así que me aventuré en el día de hoy a buscarlo, aunque no aparece entre mis materiales escolares que comprar este curso. - Miró una vez más a la joven antes de poner una mueca de decepción en el rostro. La única decepción que sentía en aquel momento era la de tener que comprar. Aunque, conociéndose, era consciente que habiendo dado con O., lo dejaría para otro día.

Acompañó los besos de la chica y pasó uno de sus brazos sobre el hombro de esta. – Mi mamá dice que no debo aceptar dulces de desconocidos. – Afirmó en un tono totalmente serio. – Soy todo un rebelde, lo sé. ¿Dónde decías que estaban las grageas? – Bajó el brazo y comenzó a andar en dirección a una pequeña tienda de dulces situada a pocas calles de distancia. No era tan grande como podía ser Sortilegios Weasley, pero era notablemente más barata y no llevada por traidores de sangre, algo que pensó que O. agradecería. – Te advierto, como vuelva a toparme con una de sabor a vómito, no vuelvo a tomar una.
 
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O. Winslow el Sáb Ago 23, 2014 12:58 am

Había días en que podías hacer cosas productivas en tu vida, luego había días en que tenías que seguir una rutina, y luego estaban los días en los que no haces nada porque tu cuerpo se resiste al más mínimo esfuerzo físico. Hoy era una mezcla de todo un poco, no tenía muchas ganas de salir, pero tenía la obligación de hacerlo para poder seguir la rutina a partir de Septiembre. Por lo tanto sería un día productivo.  El día perfecto, se podría decir. Aunque perfecto sería si Tom estuviera conmigo, pero como no puede ser seguiré planeando matar a su mujercita. Asquerosa sangre sucia.

En el Callejón Diagon había muchísima gente, lo habitual en estas fechas. Aunque yo fui directa a la librería no pude evitar tener que soportar a los niñatos de primero, esos sangresucia que van mirando embobados a todos lados. Lo bueno de todo es que tengo vistas sus caras y será muy fácil luego reconocerlos. Pobrecitos, en Hogwarts no lo iban a pasar tan bien como creían. “No hay lugar más seguro que Hogwarts” la frase más falsa de todos los tiempos. Iluso todo aquél que se lo crea, sólo hay que mirar el historial de muertes y petrificaciones de los últimos años, lástima que no murieran sangresucias. Lo peor de este nuevo curso sería ver a los tejones con aire de superioridad por haber ganado la copa de las casas…Tengo que comprarme un nuevo libro de pociones, y algún que otro artilugio del callejón Knockturn, estos iban a pasarlo peor  que nunca. Iba a ser un año muy entretenido.

- Perdona. – dijo una niña al tropezar conmigo, la miré con cierto asco desde arriba, le sacaba unas tres cabezas, era minúscula. No tenía pinta de ir a Hogwarts, ni siquiera de empezar en septiembre, demasiado pequeña. Latente quedó cuando un chico más alto que yo se acercó a socorrerla, me miró sonriente. La misma mueca le dediqué a él. – Vigílala mejor. – Comenté con indiferencia, reconocí al chico, era el rarito de Gryffindor. Al menos su hermana no tenía el pelo de colores como él. Vendito sea el sino. Lo pasaría mal si era tan payasa como el hermano.  Los ignoré una vez más, saliendo por fin de la librería.

Con la intención de perderme entre la multitud alguien llamó mi atención desde atrás. Nada más y nada menos que Gabriel Blumer, uno de los pocos habitantes de Hogwarts que conocía de mí tanto como yo de él. Infrecuente era, pues la gente solía interpretar mi silencio como una concesión para contarme sus vidas. Sin embargo con él era diferente, uno de esos pocos amigos que tengo, más que un amigo era mi mejor amigo. No me gusta calificarlo así, mas tampoco podía igualarlo a otros amigos que tengo, son todo amistades diferentes, la mayoría por interés. Dicen que hay que tener amigos hasta en el mismo infierno. Yo no los querría, puesto que el infierno para mí es vivir rodeada de muggles. Los cuales serán mis esclavos algún día. Ya lo verán, el mundo será mío.

- Me harías la mujer más dichosa del mundo si fueras tú. – respondí con tono socarrón. En mi vida solo había tenido una relación seria y fue con él, los príncipes azules era lo último que me importaba. Aunque tengo una grave preferencia por los de azul, debería guardar distancias con algunos. – Vayamos pues en busca de la pintura. Qué más da el no aparecer en tu lista, en la mía está, es sufienciente. – añadí con ánimo de quitar la decepción de su rostro. Iba con ventaja, yo no tenía que comprar nada más y él debía comprarlo todo.  

- ¡Oh! No puedes infringir los deseos de tu madre. ¿Cómo puedo juntarme contigo? Eres una muy mala influencia. Desobedeciendo a una madre... – Una tonta réplica a sus palabras, intentando parecer dramática al hablar sólo conseguí un tono humorístico que hasta a mí me hizo reír. – En la tiendan de la esquina deben estar. – Respondí pellizcándole levemente el costado, ya que llevaba la mano colocada alrededor de su cintura. Negué sin más a su comentario. No se lo creía ni él, nadie deja las grageas de todos los sabores tan fácilmente. Es un vicio para todas las edades.

Llevamos a la tienda, una pequeña y acogedora tienda poco asediada. No estoy segura de que esa sea la palabra adecuada para describirlo. El que los traidores pelirrojos hayan abierto su tienda evitaba que esta estuviera tan llena, algo de agradecer ya que toda la escoria acudía a los gemelos. Tenían cosas chulas, no se podía negar. – Unas grageas de todos los sabores, por favor. – dije a la dependienta nada más entrar. – De tomar elige tú. -  Añadí en voz baja, pues todos sabían que la señora aquí presente llenaba más los vasos si pedía un hombre. La viejita no era tonta, a pesar de sus años seguía buscando algo de calor humano.  

- Hagámoslo más divertido. El primero que encuentre la gragea que desea deberá darle un beso al primero que entre por la puerta. – propuse con cierta malicia una vez nos trajeron las grageas. En la tienda entraba poca gente, pero podía entrar cualquiera, desde un guapo profesor a un sucio squib. Sin riesgo no había diversión, y tomar simplemente grageas mientras hablamos de nuestro verano es un tanto aburrido, al menos para mí.
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Gabriel J. Blumer el Lun Sep 01, 2014 11:10 am




Si aquella misma mañana hubiera decidido, en un acto de responsabilidad, levantarse cuando el despertador había sonado, no se hubiera encontrado con O. horas después en el Callejón Diagon. La noche anterior había decidido que sin más demora acudiría a la compra del material escolar para sexto, pero aquella misma mañana, cuando el sol comenzaba a entrar por los resquicios de la persiana a medio bajar y el despertador anunciaba que eran las nueve de la mañana, Gabriel había tenido el acto reflejo de darle un sonoro golpe al aparato, hacer que este se estrellara contra el suelo  y dándose la vuelta para dormir un par de horas. Como de costumbre, se había acostado tarde enfrascado en una lectura, y la falta de sueño era algo evidente cuando el despertador sonó, anunciando su propia muerte. Los trozos del despertador quedaron desperdigados por el suelo del dormitorio, hecho trizas. Tampoco es que la vida de un despertador fuera larga, pues eran aparatos diseñados con el fin de despertar a los que duermen. Ser despertador era más peligroso que ser auror. Ser un despertador tenía grandes riesgos, era una profesión peligrosa y mal pagada.

Pero como era de esperar, había dejado a un lado el despertador y no había sido hasta dos horas después cuando había decidido salir de la cama. Gracias a aquel acto de pereza y de falta de responsabilidad – algo muy común en Gabriel – había terminado por encontrarse con O., quien no dudaba a la hora de contestar sus bromas con el mismo grado de estupidez. Cualquiera que les viera en aquella situación podría pensar que no estaba ante aquella Slytherin fría y calculadora que merodeaba durante el resto del año por los pasillos de Hogwarts sin problemas a la hora de menospreciar a cualquier ser que se cruzaba en su camino. O. era el estereotipo de Slytherin, la chica dura y que odia a los nacidos de muggles. Pero a Gabriel no le importaba ni lo más mínimo. Quizá resultara egoísta, pero sí a él no le afectaba, tampoco le importaba. Y eso teniendo en cuenta que su sangre no era precisamente la más limpia del mundo. Quería a su madre, claro que la quería, y aunque fuera muggle eso no le afectaba en absoluto. Pero eso no quería decir que sintiera aprecio por el resto de muggles, más bien todo lo contrario. Quizá por eso no le importaban los comentarios provenientes de O. quien, estaba seguro, que si se mordía la lengua por error, se acabaría envenenando. – Entonces iré esta misma noche a tu humilde morada a pedir tu mano en matrimonio. – Mantuvo el tono sarcástico de la conversación. – Nunca he entendido esa frase. Si pido tu mano en matrimonio, ¿No me tendría que casar con tu mano? – Era una de esas personas enfrascadas en la necesidad de entenderlo todo, y podía que aquella fuera la razón por la cual había acabado en Ravenclaw, porque por su inteligencia no era. No era tonto, pero tampoco se caracterizaba por su inteligencia. Ni muchísimo menos por sus resultados académicos.

- Soy una decepción como hijo, seguro que me deshereda. ¿Qué será de mi vida sin su herencia? Creo que no podré vivir sin lo que quiera que tenga mi madre escondido como herencia y no comparte conmigo. – Eran una familia normal. Vivían en un barrio normal, rodeados de gente normal y sin ningún tipo de lujo. Es más, en más de una ocasión les había costado llegar a fin de mes, por lo que Gabriel intentaba gastar el menos dinero posible para así ayudar a su madre. – Es todo por tu culpa, no te pongas ahora de víctima. ¡Eres tú quien me lleva por el mal camino!

Notó un leve pinchazo en el costado y miró con cara de pocos amigos a la fuente de aquel dolor. – Primero que llegas tarde a nuestra cita no acordada, luego me ofreces dulces como si fueras un camello en la puerta de un colegio y ahora esto. Te la estás ganando, Ophelia. No me hagas llamar a los muggles para que te den besos. - ¿Qué mejor amenaza para alguien cuyas ideas no le permitían juntarse con aquel tipo de gente?

Antes de poder decir mucho más, se encontraban frente a la tienda de dulces. Ambos entraron dejando atrás el  barullo de las calles principales y se toparon con un local tranquilo, sin demasiado ruido y donde al parecer se podía hablar sin problemas de no escuchar a tu acompañante. – Ponga dos zumos de calabaza, hermosa dama. – La viejecita sonrió enseñando un par de dientes podridos y Gabriel aguanto la risa a muy duras penas. No tardó en llenar dos grandes vasos de cristal con aquella bebida y colocarlos sobre una pequeña mesa situada entre el mostrador y la puerta de entrada. – Es usted un encanto, seguro que su marido es tremendamente feliz a su lado. – La mujer se sonrojó y negó con la cabeza. – No estoy casa… - Antes de poder decir algo más, Gabriel se había dado la vuelta para sentarse en aquella mesita ya preparada. – Que señora más agradable, ¿No crees?

Tomó asiento y dio un corto trago a su bebida. Luego miró a O. con gesto divertido y negó con la cabeza. – ¿Y si la quiero de un sabor que no existe? No has pensado en eso. – Acto seguido metió la mano en la bolsa de grageas sin mirar su contenido. – Venga, me pongo positivo. Chocolate. – La metió en la boca y una mueca de asco se dibujó en su rostro. – En serio, ¿Cuántas grageas de vómito entran en esas cajas para que siempre me toque una? – Aprovechó aquel momento para lanzar al suelo la gragea. – No vale, esa no vale. – Cogió otra, esperando que esta vez no fuera de vómito. Por Merlín, que no lo fuera. – Mantengo mi apuesta por el chocolate. – Y esta vez acertó. Pensaba en chocolate negro, pero se topó con chocolate blanco. Para el caso, era lo mismo. Ambos eran chocolate.

Sin mediar palabra, se levantó hacia la puerta principal, donde una señora de unos cuarenta años acababa de entrar con su hija de quince por la puerta. No tenía ni idea de quién era, pero  lo más seguro es que fuera a Hogwarts. Pasó una mano por la cintura de la joven obligando a que girase sobre sí misma y le plantó un beso en los labios. La joven se sonrojó, la madre palideció y comenzó a gritar. La chica no dijo nada y Gabriel puso cara de no haber roto un plato en su vida. – Creía que le habías contado lo nuestro a tu madre… Será mejor que os deje solas con esta conversación. Nos vemos en Hogwarts. – Y esta vez le dio un corto beso en la mejilla. No volvió a decir nada, pero la mujer tiró de su hija hasta el exterior de la tienda. – Tu turno.

 


¡Alto ahí!:
OFF: Lamento la demora y... Creo que me quedó excevisamente largo mono21


Última edición por Gabriel J. Blumer el Lun Sep 08, 2014 6:47 pm, editado 1 vez
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O. Winslow el Dom Sep 07, 2014 11:32 pm

El día se torno más placentero al encontrarme con el Ravenclaw. Uis, ahora que lo pienso mi vida está demasiado rodeada de cuervos. Aunque con los otros ni de lejos me mostraba como con él. Gabriel era diferente, se había ganado un puesto que pocos alcanzarían a tener. Por ello no dudaba en bromear y ser de un modo en que nadie me reconocería. Había logrado derretir algunas capas de mi corazón. O eso dirían en corazón de bruja, ya que me han llamado mujer de hielo o algo así.

- ¡Oh! – exclamé con exageración, llevando una mano al pecho y con la otra aireándome la cara, fingiendo emoción por tal proposición. – ¿Vas a hacer de mi una mujer honorable? – pregunté con tono iluso, algo así como el que podría cualquier actriz de telenovela.  – Sería raro que te casaras con mi mano sólo. O sea, si te casas solo con mi mano podría liarme con cualquier otra persona sin serte infiel. Siempre y cuando no use la mano para nada. ¿No? – solté la mayor chorrada del mundo, pero podría tener lógica en la cabeza de Gabriel, dada su predisposición por encontrarle sentido a todo, incluso a que un tejón sea tonto. ¿Quién podría buscarle sentido? Nadie, solo él. Realmente no creo que le busque sentido a eso, los tejones son tontos de nacimiento, por eso acaban en la misma casa todos. Aunque hay excepciones que entran en Gryffindor.  Por ello son todos tan especialitos.

Nunca había entendido el problema de dinero que tenía Gabriel, supongo que los muggles no ganan lo mismo que los magos, bueno no todos los magos tienen la vida desahogada de mi familia. Pero siendo mi amigo lo entendía menos, llegando en ocasiones a buscar la forma de ayudarle, evitando que pagara él cuando nos veíamos y cosas así, pero siempre son disimulo. Tengo una reputación, ayudar no está entre mis cualidades, y la ventaja de ser amigos es que no puede discutirme nada, puedo ser más cabezota que él. – Te encanta que te lleve por el mal camino. Si no hace mucho que te hubieras apartado de mi. – Expresé con chulería, sonriendo de lado. Pocas cosas me creaban más satisfacción que llevarle al lado oscuro. No era muy difícil, para ser un mestizo tenía cierta repulsión hacia los muggles que pocos llegaban a tener, aunque nunca me he preocupado por conocer la fuente de dicha repulsión. La mía carece de sentido, ¿porqué la de él tendría que tenerla?

Paré en seco al oír mi nombre, lo miré con cara de muy pocos amigos. – Qué los muggles me besen será mucho más agradable que lo que te haré como vuelvas a decir mi nombre. – Fui cortante, y el tono amenazador fue acompañado por mi expresión. Él más que nadie sabía lo que odiaba mi nombre y de lo que era capaz cuando alguien lo pronunciaba. Vale que lo usara para defenderse del pellizco y usarlo con su palabrería para darle más énfasis. Pero nada podía hacerme cambiar de actitud tan drásticamente como esa palabra que llevaba por nombre.  A pesar de ello, me relajé un poco, no dándole más importancia que la de un hecho aislado. El cuervo se había convertido en alguien en mi vida, no querría apartarlo por un incidente como ese.

La tienda era un lugar de lo más acogedor, sin el bullicio del callejón, sin las estridencias que podrías encontrar en sortilegios Weasley. El lugar idóneo para charlar con un amigo sin elevar el tono de voz. Pedí las grageas y Gabriel se encargó de las bebidas. No fallaba, la señora llenó los vasos con un rico zumo de calabaza, el encanto innato de Blumer hacía el resto. La sonrisa peculiar de la señora me hicieron reír, pero más aún reí cuando comenzó a decir que no estaba casada. – Deberías pedirle una cita, lo está deseando. – respondí sin poder acallar lo que pasaba por mi mente. Esta mujer tenía una gran debilidad, era más que evidente, pero en ocasiones rozaba la pederastia. La pobre, sólo necesitaba un hombre que nunca llegaba, al menos no dejaba de intentarlo.

- Dudo que no esté el sabor que deseas. Son las grageas de mil y un sabores, seguro que encontrarás los que menos deseas. – respondí con voz de eslogan, un tanto patético, pero graciosa la imitación. Bebía zumo mientras Gabriel hablaba. Casi lo escupo todo cuando dijo lo del vomito, por culpa de la risa. – Deja de ocultarlo, es tu sabor favorito, por eso siempre la encuentras. – comenté con sarcasmo, negando luego lentamente al ver como tomaba otra. Parece que el chocolate no estaba dentro de esta caja. Error por mi parte, a la segunda dio con él. Le hice un gesto con la mano, invitándole a cumplir su parte.

No podía creerme lo que había hecho Gabriel, estos juegos entran muy divertidos. No dudo en levantarse e ir a la puerta, donde una chica entro junto a su madre. La agarró de la cintura y le plantó un beso que envidiarían muchos. Todo el oro del mundo daría por observar esa escena de nuevo. La mujer palideció y comenzó a gritar como loca, más la reacción fría de Gabriel me sorprendió gratamente. El chico mejoraba sus dotes. Me azucé el pelo hacia atrás, dedicándole una sonrisa mientras se sentaba. – Dudo que pueda competir con esa escena tan enternecedora. – comenté con cierto tono burlón. Metí la mano en el paquete de grageas. – Queso Mascarpone. – dije en alto mientras llevaba la primera gragea que tome a mi boca. Delicioso. No era queso mascarpone, era simplemente mejor. Un sabor agradable que me transportaba a la tarde en que probé tan delicioso postre. Flan de mascarpone con leche condensada. Un manjar de dioses. – Mejor de lo esperado. – dije sonriendo a mi amigo. Miré hacia la puerta mientras tomaba un poco más de mi zumo de calabaza. No entraba nadie, así que opté por preguntarle algo a Gabriel. – No me has contado si este verano has conocido a algún chico interesante. – dejé caer como quien no quiere la cosa. No es que fuera alguien cotilla, sin embargo la curiosidad por saber cómo andaba de amores me podía. Gabriel era de las pocas personas en este mundo a la que le contaba todo sin tapujos, quizás por ello sentía la necesidad de conocer sus aventuras.  

Mientras esperaba su respuesta, entró una pareja a la tienda, una pareja muy acaramelada. Como toda apuesta debía cumplirla, y más habiendo puesto el reto yo. – Mi turno. – dije en voz baja, levantándome lentamente y avanzando con paso decidido hacia la pareja. Me metí, literalmente, entre ambos, rompiendo ese abrazo con el que habían entrado. En todo momento miraba al chico, y de refilón la cara de la muchacha, la cual no parecía muy a gusto con la situación. Hice un ademán de besar al joven, sin embargo, estando a unos escasos centímetros de sus labios me giré. La chica era rubia, algo más baja que yo,  la sujeté por los hombros (para evitar que me hiciera una cobra) y la besé. Un beso corto pero intenso, tal fue que la chica dejó de forcejear para soltarse. – Besa bien. – le dije a su novio con un guiño de ojo y volví a la mesa. Riendo sin poder remediarlo.  

Sentada de nuevo, tomé un poco más de zumo. – Deberíamos cambiarlo un poco, ¿no crees? – comenté con naturalidad, aunque con cierta preocupación en la voz. – No me gustaría terminar besando a un sangresucia. – añadí estremeciéndome al mencionar esa palabra. Un escalofrió recorría mi cuerpo solo de pensarlo.


¡Ey!:
Tranquilo Gabriel, yo he estado ausente. Perdona por tardar tanto en responderte. U.U Y la longitud del post es lo de menos, cuando uno está inspirado tiene que dejarlo salir Smile
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Gabriel J. Blumer el Jue Sep 11, 2014 1:19 pm



El concepto de la seriedad entre O. y Gabriel tendía a no aparecer en sus conversaciones. A pesar del carácter frío y cerrado de la serpiente hacia el resto de los alumnos de Hogwarts, Gabriel conseguía zafarse de aquella burbuja que la envolvía para poder conversar con ella de modo amigable. Y no sólo eso, pues con O. podía ser él mismo sin preocuparse por qué pensarían los demás. Aunque precisamente él no se caracterizaba por su preocupación hacia ningún tema. Lo que más le podía llegar a preocupar a lo largo del día era si se le verían los calcetines desconjuntados por debajo del pantalón. Y es que sus calcetines tenían algo en común con él, no eran aptos para tener parejas. Y O. era el claro ejemplo de ello. – Una mujer honorable no creo. Un simple papel no hace que dejes de ser insoportable tan rápidamente. – Bromeó el chico mientras le guiñaba un ojo.

El castaño no pudo evitar soltar una corta carcajada cargada de ironía ante el comentario de la chica. – No creo que puedas vivir sin tu mano… - Rodó los ojos. – Ya me entiendes. Os veo compenetradas. No existe una O. sin mano y una mano si no existe O. – Alzó la vista, pensativo, cuando en realidad sólo pensaba que aquello último que había dicho tenía menos lógica de lo habitual, y eso que sus palabras no acostumbraban a ser lógicas. – Y tampoco me veo casado con una mano, ¿Se pondría velo blanco para la boda? ¿O te lo pondrías tú? – Gabriel estuvo a punto de hacer mención a una serie televisiva muggle en la que una mano llamada “Cosa” formaba parte de una singular familia. La boda con la mano de O. sería como verse casado con aquella mano, pero teniendo en cuenta los orígenes de O. y su afán por despreciar a los muggles, prefirió no mencionarlo. – Además, no creo que a nadie le guste salir con una mujer con una sola mano. Eso reduce las posibilidades… Por muy guapa que seas.


La chica tenía razón. Era cierto que consideraba a O. una influencia que se alejaba del camino de la bondad. No era un alma caritativa que ayudara a quien lo necesitara, ni si quiera ayudaba a quien ella misma había causado problemas. Se podría decir que ni si quiera era una buena persona, pero con Gabriel siempre se había portado bien, aunque, como bien había dicho, le llevaba por el mal camino. Gabriel no tenía unas ideas claras en cuanto a algunos temas como podía ser la pureza de la sangre, por lo que la influencia que ejercía O. sobre él resultaba ser fundamental. No le importaba y era totalmente consciente de aquello. Sabía que quizá sería más seguro alejarse de personas como ella, pero nunca había considerado a su amiga como un riesgo. – Yo lo intento, pero eres un imán para mí. – Bromeó contestando su sonrisa de lado. – Con esos ojos verdes, esa melena larga y que deberías colocar porque el viento te ha destrozado y esa sonrisa de maldita narcisista… - Continuó ironizando. Siempre había considerado que O. era una chica atractiva, aunque era cierto que jamás había sentido demasiada atracción por ella. Bien porque no era su tipo o bien porque siempre la había considerado como una simple amiga. O más bien, como su mejor amiga.


El olor a dulces golpeó sus fosas nasales como si de una tormenta se tratara. Con aquel aroma era imposible respirar sin sentir unas irrefrenables ganas de comer algo dulce, y eso hicieron, empezando por ir a la barra a comprar unas grageas y pasando por la compra de unos batidos. La anciana del establecimiento sonrió enseñando unos dientes con más espacio que el que separa las Islas Griegas y Gabriel le devolvió la sonrisa, aunque sin aquellos dientes podridos. - ¿Crees que si lo hago me dará dulces gratis? – Azúcar gratis, comida gratis. Todo era bueno, menos tener que pedirle una cita a aquella señora, pero era un daño colateral. – ¿O un descuento al menos? Si tiene los dientes así no quiero imaginarme que habrá bajo su ropa. – Un escalofrío recorrió su espalda por el mero hecho de pensar aquello.

Una vez tomaron asiento comenzaron un juego que, como no, era invención de O., pues al parecer la joven tenía la necesidad de unir sus labios con el primer desconocido que se pusiera en su camino, y no sólo eso, le obligaba a él a hacer lo mismo. – Sí, me encanta comer vómito, no sé cómo no lo habías notado antes. Cuando hay partidos de Quidditch me dedico a poner nervioso a alguno de los nuevos para que vomite y luego llevármelo de cena. – Ironizó antes de volver a meter la mano en la caja, deseando que esta vez fuera de cualquier sabor menos de vómito. Prefería los mocos mil veces, y eso que jamás había probado uno de aquel sabor, pero apostaba su alma a que sería mejor que el de vómito.


Por suerte, dio con un sabor normal y lejos de sentirse satisfecho con aquello, se levantó para cumplir su parte de la apuesta. Acierto, beso. Eso hizo, haciendo que madre e hija salieran de la tienda estrepitosamente. La voz de la madre aún resonaba por las calles colindantes mientras se alejaba, y Gabriel fue incapaz de borrar la sonrisa del rostro ante aquello. –  ¿Verdad? Creo que era el amor de mi vida y la he dejado marchar. Que traicionero es el destino, nos reúne con nuestra media naranja y luego llega una madre neurótica y la esprime hasta la muerte. – Comentó mientras le daba un trago largo a su bebida. Aquello si estaba rico, y no las grageas con sabor a vómito. Aún no comprendía como los magos habían tenido la idea de que aquellos dulces merecían la pena. Y lo peor de todo, aún no entendía qué hacía él comiéndolos.


Miró como no fue el único que dio de lleno al elegir el sabor y sonrió a la espera del espectáculo que esta vez le tocaba dar a su amiga. – La verdad es que no. El único chico interesante con el que he estado es con ese que suele estar en mi espejo cada vez que miro, pero últimamente se limita a imitar lo que hago. Creo que no tiene demasiada personalidad, entonces no es mi tipo. – Se encogió de hombros. Ciertamente, no tenía preferencia alguna en cuanto a chicos o chicas, más bien sentía atracción hacia las personas en sí, pero también era cierto que tenía cierta predilección hacia el género masculino. - ¿Y tú qué? ¿Ha llamado Cupido a tu puerta y te ha lanzado sus pañales a la cara?  

Antes si quiera de poder reaccionar, vio como O. se levantaba hacia una pareja y rompiendo cualquier pronóstico, besaba a la joven en lugar de al chico que la acompañaba. Gabriel soltó una sonora carcajada y tuvo suerte de no estar bebiendo en aquel momento. – No me esperaba eso último. – Dijo aún entre risas cuando su amiga volvió. – Nunca dejarás de sorprenderme. – Dio un largo trago a la bebida hasta acabar con ella. – Veamos… - Dio un par de toques a la mesa con los dedos índice de cada manos, como si se tratara de un instrumento. – Te reto a que te declares a la camarera con dientes atractivos y luego nos vayamos de aquí mientras yo me llevo un par de ranas de chocolate disimuladamente. – Y dicho y hecho. Se levantó dándole un corto beso en la mejilla a la chica y pasó entre los estantes más cercanos.
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O. Winslow el Dom Sep 14, 2014 1:42 am

No recuerdo con exactitud en qué momento comenzamos esta amistad, y mucho menos el por qué fuimos pareja. Sólo sé que me sirvió para comprobar que las relaciones estables eran una pérdida de tiempo, que no sentía por él nada más que amistad, una gran amistad, y que la monogamia estaba muy sobrevalorada. Esto último no iba conmigo, ya lo dicen en corazón de bruja al relacionarme con todo chico guapo, por esa parte no podía quejarme mucho, con excepción del tejón todos eran guapetes. Además de que besaban bien, eso era indiscutible. Puede que ese fuera un punto débil para ella, y así fuera como Gabriel eludiera cualquier reproche por mi parte cuando se mete conmigo. Piques sanos, podría decirse, aunque ni remotamente dejaría que cualquiera hiciera lo mismo sin acabar con el cuerpo lleno de forúnculos.

¿Casarse con una mano era posible?¿Quién llevaría el velo?¿Realmente estaba teniendo esa conversación? Hablar de boda para mí era como hablar de la posibilidad de un mundo ideal entre muggles y magos. Estaba fuera de lugar, algo imposible de llevarse a cabo. Pero ahí estaba, bromeando con la boda de Gabriel con mi mano. Espero que sea con la izquierda, la derecha es muy valiosa para mí. Sin ella no podría cortar nada… - Yo pensaba en ponerme una manopla de cocina mientras estuviera con otros, y cuando la mano esté contigo me cubro con una sábana. Por no crear situaciones incómodas. – comenté con voz inocente, enrollando un mechón de pelo entre mis dedos y mirándole con ojitos de cordero degollado. – Puede haber algún rarito que si quiera. – añadí al final, asintiendo repetidamente con la cabeza. Sería yo la que no saldría con ese rarito.

Muchos me ven como una mala influencia, desde mi punto de vista soy la mejor influencia que podrán tener en sus vidas. ¿Sin mí qué haría? ¿Seguir al tonto de Potter en su patética cruzada? ¿O alabar al viejo que teníamos por director? Probablemente estaría en su sala común todo el día, leyendo libros y relacionándose con los de su casa, dejándose influir por la loca de Lovegood y sus gafas de colorines “buscando” motas de polvo suspendidas en el aire. Sería un auténtico desperdicio. Mi ego aumentaba con esas palabras tan lindas que me decía. Ser un imán, era muy tentador.

El dulce olor que recorría la tienda era de lo más placentero, tanto que te daban ganas de llevártelo todo. Porque comerlo todo de golpe solo te daría un fuerte dolor de tripa, además de acabar como la dueña, sin dientes. – Es obvio. Tendrías una fuente ilimitada de dulces. – respondí inclinándome hacia él. Alcé ambas manos entre él y yo, arrugando el ceño e intentando borrar la imagen formada en mi mente tras su comentario. Lo último que querría en mi vida es ver a esa mujer sin ropa. Solo de pensarlo…agh.

Cuando no podía torturar me gustaba jugar con mis amigos, con Gabriel esos juegos se tornaban en retos. Algo a lo que nadie se resiste. – Deberías luchar por tu amor. – Ironicé con una sonrisa en los labios. Gabriel, al igual que sus calcetines, no entienden de parejas, menos entenderá de luchar por amor. Esa había sido siempre mi suposición. Aunque, sea dicho, yo no soy la más idónea para hablar de amor ni de dicha o felicidad. Por favor, si ni puedo conjurar un patronus. No por no ser feliz, lo soy a mi modo, de ese modo que los dementores no quieren arrebatar mis recuerdos.

Mientras esperaba la llegada de los siguientes clientes le hice a Gabriel una pregunta trivial, la que haría cualquier adolescente al volver a clase. Ya podía imaginarme la sala común llena de tontas hormonadas comentando y comparando sus ligues y esas cosas. Yo, por el contrario, nunca hablaba de ello, salvo en ocasiones puntuales y con el cuervo que tenía delante. Aunque nunca nada profundo. – Que yo sepa no, pero quizás lo intentara y Aelo se lo comió. Esa arpía es muy territorial, ya la conoces. – comenté con burla, haciendo referencia a mi águila. Podía ser bastante factible que intentara devorarlo. Si existiera lo haría. Pero ¿quién podía creer que un crio con los ojos vendados y pañales representaba el amor? Es como decir que un nundu es el animal más cariñoso e inofensivo del mundo. Un sin sentido propio de los desesperados por creer sin más.

Me encogí levemente de hombros, esbozando una amplia sonrisa de satisfacción mientras terminaba mi zumo. Había sorprendido a mi amigo, esperaba no fuera la última. Nos quedaba mucho por conocer el uno del otro. – ¿Declararme? Las declaraciones y yo no congeniamos. – repliqué haciendo un puchero. Era cierto, la última vez que me vi implicada en una declaración fue la comidilla de todo el colegio, y aunque esto fuera un reto inocente, no lo tenía muy claro. Cerré los ojos tras el beso de Gabriel, suspiré un par de veces y me levanté. Recogí los vasos, recorté la distancia hasta la barra y sonreí a la mujer desdentada. Llevé el pulgar izquierdo a mi boca, mordiéndome la uña con nerviosismo. No sabía por dónde empezar.  *¡Ya sé! Imitaré al tejón.* Fue lo que vino a mi mente. Rodee la barra, en un intento de acercarme a la mujer algo más y así hacer que perdiera a Gabriel de su campo de visión.

- Discúlpeme, señora Groub. – comencé, esto era muy duro, su sonrisa me daba grima, y evitar que se notara (a pesar de mi cara de póquer) resultaba complicado. – Llevo mucho tiempo queriendo confesarle algo… – me encantaba fingir nerviosismo, y esta era una de esas ocasiones donde puedes dar lo mejor de ti. – Siempre he sentido una gran admiración por usted, con los años me he dado cuenta de que esa admiración escondía algo más. – Desvié la mirada hacia la puerta, con disimulo buscando con el rabillo del ojo al cuervo. *¡Date prisa!* Grité en mi mente como si pudiera oírme. – Yo….yo…. – casi tartamudeaba, - estoy enamorada de usted. – solté de sopetón al final. La cara de la mujer fue un auténtico poema, no sabía si le iba a dar un infarto, si se había asustado o si se lanzaría a mis brazos. Prefería que le diera un infarto.

La mujer comenzó a balbucear, como intentando darme calabazas con delicadeza. Esto no podía consentirlo, dañaría mucho mi ego. Agaché la cabeza y salí corriendo, tal como había hecho el rubio en su día. En el camino sujeté a Gabriel por el brazo y tiré de él. Quería alejarme de esa tienda, no fuera la doña a seguirnos en un intento de salvar la situación. – ¿Habrás cogido algunas plumas de azúcar, no? – le pregunté durante nuestra huida, adoraba esas plumas. Sobre todo en época de estudio.
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Gabriel J. Blumer el Dom Sep 14, 2014 1:14 pm



Si en aquel momento alguien hubiera escuchado aquello que ambos hablaban, la reputación de O. como la chica fría y mala de Slytherin que intentaba mantener se hubiera roto en mil pedazos, como si no fuera más que un espejo que acarrearía mala suerte durante los siguientes siete años. ¿Romper la reputación de O. daría mala suerte? En caso afirmativo, Gabriel tan sólo tenía que mandar lechuzas a un par de compañeros de Hogwarts con la verdadera forma de ser de O. cuando estaba con personas que despertaban su simpatía, y el rumor correría como la pólvora. Eso sí, los siete años de la mala suerte no se los quitaba nadie, pues aquellos años serían los que O. lo estaría persiguiendo para acabar con su vida por tal acto de insolencia contra su persona.

- ¿Una manopla de esas de cocina o de ir a la nieve? – Preguntó con curiosidad, pues desde un primer momento dudaba que O. tuviera la remota idea de que existían unas manoplas de uso en la cocina, y eso que lo había dicho ella misma. – No te imagino con una de esas, la verdad. Creía que las personas como tú, con más dinero en el banco de lo que pueden contar y con hordas de elfos domésticos a su servicio no conocían los artilugios que puede encontrarse uno en la cocina. – Hizo una pausa. – Un día me haces tortitas. – Afirmó. Ahora le importaba más que O. supiera cocinar y pudiera hacerle algo para comer en un día aburrido que la situación en la que su mano tuviera un velo de novia y un anillo de recién casada. – A mí siempre se me quedan pegadas a la sartén. Creo que soy un negado en la cocina, tendré que comprar un esclavo que cocine y limpie para mí. – Porque también era vago. Muy vago.

Luego pensó. Sorprendentemente lo hizo, pero no como en aquellas caricaturas en las que una bombilla aparece encendida junto a su cabeza. - ¿Y si te corto la mano? Quiero decir, sería más cómodo, ¿No? Yo me quedo con la mano y tú haces vida normal con tu muñón. Podrías ponerte un garfio o… Bueno, la magia hace maravillas. – Aunque él no conocía ni la mitad. Algún día le mandaría una lechuza a Daniel preguntándole acerca de la magia en casos de pérdidas de algún miembro del cuerpo, ya que siendo Sanador, entendería de esas cosas.

Aquella tienda no parecía ser muy transitada, pues los alumnos preferían ir a Sortilegios Weasley, una nueva tienda localizada a pocas manzanas de donde se encontraban. Sólo los magos puristas tendían ir a la tienda en la que ahora se encontraban, negándose a ir a una llevada por traidores de sangre y frecuentada por sangre sucias como podían ser los amigos de aquellos gemelos. Gabriel no tenía nada contra aquella tienda, pero seguía prefiriendo la tranquilidad de la tienda en la que ahora se encontraban.  - ¿Tú crees? – Preguntó con tono dramático. – No sé si me convence eso del amor. Es una palabra un tanto fea. – Reflexionó. Amor era el inicio de “amorfo” y eso no podía significar nada medianamente bueno. – Pero dejemos el sentimentalismo para una buena borrachera. – Pues en aquellos momentos en los que el alcohol se adueña del organismo son los mejores para querer a todo el mundo y sincerarse. Eso o acabar llorando en una esquina porque tu madre no te lava los calzoncillos de la manera correcta y acaban encogiendo apretándote en la entrepierna. Eso también pasaba.

Una sonrisa divertida surgió entre sus labios aún mientras sostenía el refresco entre sus manos. El hecho de imaginarse a la mascota de O. devorando a un niño no era precisamente plato de buen gusto, pero hacía que Gabriel no pudiera evitar reírse, pues conociendo a la dueña, aquella mascota sería capaz de eso y de mucho más. – Pobre Cupido, ahora ya no encontraré el amor porque tu mascota decidió comerse al bicho volador con pañales. – Añadió a modo dramático. Gabriel no era una persona sentimental, incluso en algunos momentos más de uno le había insultado por su modo de tratar a todo el mundo sin empatía alguno. Es más, el curso anterior se había encontrado la Sala Común con un grupo de chicas de sexto llorando porque a una de ellas la había dejado el novio. Todas le dijeron que se sentara con ellas en torno a la chimenea para que les hiciera compañía y él salió huyendo con la excusa de que ellas estaban menstruando por tanta sensibilidad y que la sala común ya empezaba a oler a hormonas femeninas. Todas se escandalizaron y no le dirigieron la palabra durante el resto del curso. Por su parte ni lo notó, salvo que cuando estaban todas juntas y él pasaba guardaban silencio de golpe y se giraban para no verle pasar. Un encanto de compañeras de Sala Común.

La idea de irse de aquel lugar con algún dulce bajo el brazo le resultó perfecta. No era una persona con gran poder adquisitivo y algo le había enseñado la supervivencia del más listo y eso era el llevarse lo que no era suyo sin ser pillado. –No seas aburrida. Imagina que es joven, con grandes y turgentes pechos, sin bigote, con los dientes limpios y bien colocados con una sonrisa de ensueño, una melena rubia larga y sedosa… A este paso me declaro yo. – Bromeó antes de darle un pequeño golpecito en el brazo a la chica para animar a que se levantara.

Gabriel no pensó demasiado si O. lo haría o no. No pensó si quiera en la posibilidad de que rechazara la oferta y se fuera de la tienda sin si quiera avisarles. Por lo que se acercó a unos estantes y jugueteó con un par de cajas de ranas de chocolate entre sus dedos. Levantó la vista entre aquellas estanterías en dirección a la zona de caja, donde se encontró con la silueta de O. frente a la de aquella anciana. Ya estaba todo hecho. Guardó un par de ranas en los bolsillos traseros del pantalón, unos caramelos que no sabía ni qué eran, regalices extensibles, piruletas cuyo sabor no acaba y un par de bolsas con surtidos varios que ni si quiera sabía que llevaban en su interior.

Echó un vistazo a O. para ver cómo iba la situación en la otra parte de la tienda y no pudo evitar comenzar a reírse imaginando la situación. Frenó aquel intento de risa que saldría despedida entre sus labios en cualquier momento, y aceleró sus pasos hasta salir de la tienda, dejando en el interior a la chica y a su enamorada. Antes si quiera de poder llevar a cabo su plan de huída sin O. un brazo se tornó alrededor del suyo obligándole a salir a mayor velocidad. Se giró con la mano libre en alto y se despidió de la dueña de la tienda con una sonrisa. – Gracias por todo, volveremos pronto. – Logró decir antes de que O. lo sacara de aquel lugar a tirones. – Un día de estos me vas a arrancar un brazo. ¿Quieres qué yo también pierda una mano y no sabes cómo decírmelo? - Bromeó mientras seguía los pasos que O, marcaba hasta llegar a una calle más alejada.

Buscó entre sus bolsillos con una sonrisa entre los labios. – Pon las manos. – Inquirió a la chica para dejar las cosas sobre ella. – Ranas, regalices, y no sé qué mierdas tendrán estas bolsas sorpresa dentro. Pero me gustan las bolsas sorpresa, ¡Nunca sabes que puede haber dentro! – Bromeó mientras dejaba todo encima de las manos de O. y abría una de las bolsas. – Mira, prueba esto. – Y sin dar margen a que hiciera nada, introdujo un pequeño caramelo azul en la boca de O. - ¿A qué sabe? – Leyó el envoltorio mientras esperaba su respuesta. Pero no hubo ninguna. En ese momento se dio cuenta. Cogió la mitad de las cosas que había sobre las manos de O. y las guardó de nuevo en los bolsillos. – Siempre olvido que los azules son los que te pegan la lengua al paladar durante horas. – Se rascó la cabeza y dio un par de pasos hacia atrás.

- ¡Nos vemos en Hogwarts! – Y dicho esto, salió corriendo con la mitad del botín y huyendo de la ira de O. por haberle dado aquel caramelo sin si quiera darse cuenta.


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O. Winslow el Dom Sep 14, 2014 8:15 pm

Contadas eran las ocasiones que había pisado la cocina, pero no era tonta, conocía bien todo lo que había en ella, incluso Lrog me había intentado enseñar a hacer galletas una vez, cuando tenía 7 años y como regalo para mi hermano. Nunca debió probarlas, tuvo que ir a San Mungo por indigestión. Desde ese día me prometí no volver a cocinar en la vida, a no ser que fuera con intención de matar a alguien. Es lo único para lo que sirve cualquier cosa que prepare.

- ¿Quieres terminar en San Mungo? Pues con gusto te las haré. – Repliqué con una sonrisa perturbadora. Cierto que Gabriel era vago, pero no me lo imaginaba con criados, me costaba imaginarlo, más que nada porque de ese modo perdería una parte importante de él. No habría razones para ver calcetines dispares, ni para que aceptara mis chuches. Yo no podría dejar de tener a mi elfo, y a veces no comprendía cómo la gente podía vivir sin ellos, pero esas pequeñas diferencias son las que te definen.

Mi mano seguiría estando unida a mi cuerpo por el resto de la eternidad, nada de muñones ni de garfios. – O la manopla o nada. – Fui tajante, no iba dejar que se pusiera a divagar sobre opciones para cubrir el muñón o como regenerarla. Dudo que una mano pueda regenerarse salvo con magia muy poderosa, una magia que pocos llegaban a alcanzar. Era el saber, el poder, y no todos lo alcanzaban.

Nuestra presencia en la tienda era notable, pues apenas habían cuatro personas más incluyendo a la propietaria, que no retiraba los ojos de mi acompañante.  Entre grageas y apuestas el tiempo paso con amenidad, siempre era así cuando tenías la suerte de encontrar a alguien lo suficientemente inteligente para seguir tu ritmo. – Adora comer bichos, no iba a desaprovechar la ocasión de saborear al más escurridizo. – comenté encogiéndome de hombros levemente. La idea de ver a mi pequeña desgarrando la piel de un crio con pañales se me antojo hermosa.  Plumas, sangre y pañales por doquier. Interesante sería verlo en la práctica. Quizás debía soltar más la mano con mi niña, ver si durante el nuevo curso decidía clavar sus garras a alguien, o arrancar los ojos a uno de los muchos sangresucias que recorrían el castillo. Sin duda sería una ayuda para mí, los podría distinguir desde lejos y sin tener que cruzar la más mínima palabra con ellos.

Intentaba imaginar a la señora Groub como describía Gabriel, sin embargo ver esa sonrisa tan vacía nublaba todo resquicio en mi mente sobre bellezas femeninas. A parte de que no me gustaban las rubias, la mayoría eran cabezas huecas que se creían el centro de atención porque en algún momento de la historia se comenzó a creer que el cabello rubio aportaba más sensualidad.  Podía haberlo hecho él, hubiera sido más simple. Di lo mejor de mí en esta situación, sonaba convincente, lo necesario para centrar la vista de la señora en mí y dar tiempo a Gabriel para llevarse algunas cosas. Estaba poniendo en juego mi reputación por unas chuches, no podía caer más bajo. Bueno, sí podía, la vieja pretendía darme calabazas, ¡A Mí! Así que salí corriendo, tirando del brazo de Gabriel al verle fuera.

- Por supuesto, se llama solidaridad. Si yo pierdo una mano tú pierdes el brazo. Un trato justo. – ironicé mientras corríamos. Una vez lejos de la tienda paramos y me enseño el botín. Sorprendentemente había cogido bastante.  Enumero el botín, incluía bolsas sorpresas que podían tener cualquier cosa. La que abrió tenía caramelos, uno azul. – N…- Alcancé a decir la primera letra de un monosílabo antes de que me empurrara el caramelo en el interior de mi boca. Mi cara fue reflejando mi estado anímico, una mala leche impresionante. ¿A qué sabe? ¿De verdad? Quería gritarle una cantidad de insultos tan variados que comenzaba a hervirme la sangre no poder decir ninguno. Tenía la lengua pegada al paladar y encima lo dice con esa cara. Mi mirada era fulminante, si pudiera matarlo con ella lo haría.

Negaba una y otra vez con la cabeza. Reprimiendo las ganas de agarrarle del cuello y zarandearlo hasta que la cabeza se soltara del resto del cuello. Cogió la mitad de las golosinas y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Nos veríamos en Hogwarts, eso estaba más claro que el agua. Lo que no estaba claro es si volvería a su casa al terminar el curso. Comencé a caminar por el callejón, la furia se había apoderado de mí. Iba a pasarlo mal cuando lo viera. En mi camino volví a toparme con el Gryffindor de la librería, en esta ocasión y dado mi estado le di un fuerte empujón, golpeándole con el codo en el costado para que dejara de interrumpirme el paso. *Imbécil, aprende cuál es tu lugar.* Fueron las palabras que le hubiera expresado con desprecio si hubiera podido hablar. Continué mi camino, dejando el callejón atrás e internándome en las calles más principales del Londres mágico. No poder hablar implicaba no poder usar la red flú, había caminado demasiado. Una frase se repetía constantemente durante el camino hasta mi casa.

*¡Gabriel Jeremy Blumer me las pagarás!*


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