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El tiempo no lo cura todo. [Alyss FitzRoy] [PRIV]

Caleb Dankworth el Dom Ago 24, 2014 11:21 am

Recuerdo del primer mensaje :

El día había empezado como otro cualquiera. La única cosa que había para hacer era ir al trabajo, así que eso hice tras despertarme solo en mi cama (como casi siempre) y tomar un ligero desayuno que consistía simplemente en unas tostadas y un café. Tras ponerme mi uniforme de Desmemorizador usé la red flu para acudir al trabajo, y tras aparecer con un fogonazo verde en las chimeneas del Atrio me perdí entre la marea de gente que acudía a sus respectivos puestos. Me abrí paso entre la multitud de trabajadores del Ministerio de Magia y llegué hacia los ascensores; tuve que darme prisa para meterme en uno de ellos antes que un mago muy gordo que pretendía entrar antes que yo y dejarme sin sitio. El mago en cuestión me miró ofendido cuando me colé por delante de él, pero le ignoré y me agarré fuertemente para no caerme cuando el ascensor se puso en marcha. Hubo una parada en otro puso antes de llegar al mío, el Departamento de Accidentes y Catástrofes Mágicas. Caminé por el pasillo hasta llegar a la oficina, donde me encontré a mi jefe. Este me informó de que había habido un incidente en una calle de Londres, y que una pareja de Muggles había presenciado a unos jóvenes magos recién graduados de Hogwarts haciendo magia. Mi jefe me ordenó ir al lugar de los hechos y hacer mi trabajo, así que eso hice.

Fui hasta el Atrio otra vez antes de Desaparecerme del Mibisterio para Aparecerme en un rincón oculto cerca de la calle a la que tenía que ir, y de allí caminé hacia el lugar que mi jefe me había indicado. Allí me encontré a algunos trabajadores del Ministerio que me habían estado esperando, junto con los magos que habían provocado el incidente (uno de los trabajadores del Ministerio les estaba echando la bronca) y la pareja de Muggles estaba siendo atendida por un grupo de trabajadores que intentaban calmarles y evitar que se marchasen. Los dos Muggles estaban pálidos y parecían estar en shock. Suele pasar, ya que para alguien que nunca ha creído en la magia es una verdadera sorpresa descubrir que sí que existía. Intenté no poner cara de asco al acercarme a los Muggles; siempre les había despreciado, pero mi trabajo implica tener que estar cerca de ellos la mayor parte del tiempo y yo ya había practicado bastante el actuar con indiferencia cerca de ellos. Aunque mi expresión era neutra (o incluso un poco amable) mi mente chillaba con desprecio hacia los Muggles, pero no se notó nada.

Les borré la memoria rápida y perfectamente. Llevaba más de una década borrando y modificando memorias, así que era un experto ya. Cuando los Muggles se fueron y todo el asunto estuvo arreglado, Aparecí de nuevo en el Ministerio y volví a ir a mi oficina. Una vez allí me dediqué a escribir el informe de la desmemorización que había tenido que hacer ese día a la pareja de Muggles, y tras terminarlo se lo di a mi jefe. Terminé algo más de papeleo que tenía pendiente, y mientras hacía eso pasaron las horas. En cuanto terminé con eso recogí todo y me marché de la oficina; mi día laboral había finalizado.

Me despedí de los compañeros que estaban allí y caminé por el pasillo hasta el ascensor otra vez. No estaba muy alegre de que hubiese terminado el trabajo aquel día. Sí, trabajar era aburrido, pero más aburrido era estar encerrado en casa  solo y sin hacer nada.

Las puertas del ascensor se abrieron en el Atrio, y entonces me Desaparecí.

Aparecí en una callejuela solitaria de Londres. Tras asegúrale de que nadie me había visto, caminé y salí a la calle, perdiéndome de nuevo en otro mar de gente, esta vez todos Muggles. No les presté y seguí caminando, pensando en mis asuntos.


Última edición por Caleb Dankworth el Lun Ago 25, 2014 12:26 pm, editado 2 veces
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Caleb DankworthMinisterio

Invitado el Mar Ago 26, 2014 12:39 am

Suponía que la noticia de mi cambio de bando no le iba a hacer ninguna gracia. Al tocarle la mano noté como su ponía nervioso, no solo porque yo supiera su secreto, sino porque posiblemente él pensara que me estaba poniendo en peligro. Yo pensaba que si había podido sobrevivir todos aquellos años sin el, era porque sabía defenderme solita. Pero al parecer él seguía viéndome como una niña indefensa y tonta que sabe defenderse. Cuan equivocado estaba.

Daba igual cuanto hablase yo, o cuan penetrante fuera mi mirada. Caleb estaba en otro mundo, posiblemente implosionando de la ira que le recorría. En cierto modo, me complacía verle así. Enfadarle era señal de que las cosas no estaban saliendo como él quería, y me gustaba poder devolverle todo lo que él había sembrado tiempo atrás.

De pronto su ira contenida salió, toda de golpe, mostrándome una cara de Caleb que no había visto nunca antes. Con un rápido golpe me agarró de las muñecas y me estampó contra la pared del callejón, dejándome inmóvil. Y no precisamente como cuando estábamos juntos, en su habitación, tirando los cuadros de las paredes y las cosas de encima de los muebles. Ahora estaba enfadado, tanto que la presión que hacía sobre mis muñecas me estaba empezando a doler tanto que pensaba que me las rompería. Pero mantuve la mirada firme y desafiante, no iba a temblar, me mantendría firme como un árbol.

Sus gritos entraron en mis tímpanos casi perforándolos. Jamás me había gritado así, ya que de hecho, jamás me había gritado. Ver su cara llena de ira tan cerca de la mía, roja y con las mandíbulas apretadas, me estaba causando un temor interno. Hasta hacía tan solo unos pocos minutos, habría jurado que Caleb jamás me haría daño. Ahora ya no estaba tan segura de eso.

No respondí, mantuve mi silencio. Temía que la respuesta que le diera aumentase su enfado. Pero Caleb no se relajaba. Me soltó un brazo para darle un puñetazo a la pared contra la que me había puesto, y yo le mantuve la mirada en todo momento. Aquello había tenido que doler, pero no tardó en volver a sujetarme. Me miraba con aquellos ojos azules que me leían la mente, pero esta vez no sacaría nada en claro. Él creía que mi vida peligraba, pero ahora estaba más segura que nunca.

Finalmente, me soltó. Me froté las muñecas, con gesto serio. Me las había dejado rojas, y muy posiblemente acabarían moradas por los moratones. Pero había aprendido muy bien a soportar el dolor, así que no me preocupaba. Me inquietaba más el hecho el perder a Caleb para siempre.

Cogí la chaqueta que me tendía, sin decir aún ni una sola palabra, y me la puse. Sabía que había que tener cuidado con la marca. Muchos magos estaban en contra de Lord Voldemort, y podías ser metido en Azkaban o incluso ejecutado por alguien que tenía cuentas pendientes con el señor tenebroso. Caleb sabía mejor que nadie que era lo que había que hacer.

Cuando le sentí más relajado, por fin contesté a sus preguntas.

-Yo también tengo derecho a elegir lo que quiero ser en la vida. -contesté con tranquilidad, y algo de enfado reprimido en la voz. -Tú te crees el único con derecho a una vida propia, y te enfadas porque te estoy demostrando que no puedes controlarlo todo. Igual que no puedes controlarme a mi. -el enfado en mi voz aumentaba, casi empezaba a gritar. -¡Ya no necesito que me cuides y me protejas del peligro! ¡Soy parte de lo mismo que tú! -levanté el brazo, sin enseñar la marca, para hacerle ver que estábamos en el mismo bando. -Se que mi padre no aseguró un futuro seguro para sus hijas. He visto muy bien las consecuencias de ser una FitzRoy en mi propia hermana. Pero no pienso seguir su camino hasta la tumba.

Me tranquilicé un poco después de haber dicho aquello. Respiré hondo y me acerqué a Caleb, con paso lento pero decidido. -Soy una nueva Alyss. Y como intentes volver a interponerte en mi camino, puede que te encuentres con mi varita. -le miré muy de cerca. Hablaba más en serio que nunca. -No intentes volver a sacarme a de tu vida. Jamás.
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Caleb Dankworth el Mar Ago 26, 2014 2:52 am

Aunque Alyss se mantenía inmóvil y aparentemente serena, podía ver el tenor en sus ojos. Nunca me había visto actuar así, agresivo, y no sabía hasta que punto estaba distorsionándose la imagen que tenía de mí en su cabeza. Permaneció en silencio hasta que la solté, y cuando aparentemente me había calmado un poco (sólo en apariencia, pues el fuego de la ira seguía ardiendo con fuerza dentro de mí) habló por fin, respondiendo a mis preguntas y a mis gritos. Dijo que yo estaba enfadado porque me estaba demostrando que no podía controlarla. Cuando dijo aquello no pude evitarlo y comencé a reír. En ese momento me había girado y estaba de espaldas a ella, así que no podía ver que me estaba riendo. Al principio ningún sonido salió de mi boca, pero mis hombros se sacudían a causa de la risa. Esa risa comenzó a hacerse más fuerte, hasta el punto en el que reía a carcajadas y las lágrimas me saltaban de los ojos. Parecía un loco desquiciado.

Volví a girarme para estar de cara a ella de nuevo, e hice un gran esfuerzo por dejar de reír. Poco a poco la risa fue ahogándose hasta que volví a estar en silencio, y sólo quedaba una gran sonrisa en mi rostro y lágrimas en mis ojos. Seguía pareciendo un loco. Las palabras de Alyss e habían enfurecido aún más que antes, pero reír era una mejor opción que gritar.

-¿Eso es lo que crees que quiero hacer? ¿Controlarte?- pregunté, y me acerqué otra vez a ella.- Si quisiese controlarte tengo mil maneras de hacerlo, y no te gustarían. Lo que quiero...- me costaba hablar. Apreté la mandíbula de nuevo y abrí y cerré la manos que tenía los nudillos reventados una y otra vez en un intento de calmarme.- ¡Lo que quiero es protegerte! Que tengas una buena vida...

Volvió a hablar, a decirme que éramos parte de lo mismo. Me enseñó su brazo otra vez, aunque la Marca Tenebrosa volvía a estar oculta por la chaqueta. Casi estallé en risas otra vez a causa de su ingenuidad. No, no éramos lo mismo. Éramos lo mismo de nombre, mortífagos, pero en esencia éramos lo contrario.

-¿Piensas que esa marca te hace invencible?- me mofé.- Dios, Alyss, de verdad que eres ingenua... Eres solo una niña. ¿Tienes idea de lo que has hecho? Eso...- siseé, señalando el brazo que tenía la Marca Tenebrosa- va a marcar tu vida por el resto de tus días. Una vez que entras al servicio del Señor Tenebroso no puedes volver atrás. ¿Tienes lo que hay que tener para ser una mortífaga de verdad? ¿Crees que lo único que se necesita es un tatuaje en el brazo?

Me acerqué a ella hasta que la tenía atrapada entre la pared y mi cuerpo otra vez. Podía oler su perfume, y me volvía loco. Quizás eso era lo que me ponía aún más furioso de lo que ya estaba.

-Puede que hayas cambiado tu actitud, y que ahora seas más fuerte y más mayor, ¿pero has cambiado quien realmente eres? ¿Eres capaz de ser uno de nosotros de verdad?- me incliné hacía adelante y apoyé mis manos contra la pared, con un brazo a cada lado de Alyss.- La gente como yo disfruta matando, torturando. Tenemos una meta común, una meta que muchos consideran monstruosa. Dime, Alyss, ¿eres capaz de eso? ¿Eres capaz de asesinar a sangre fría? ¿De llenar tus oídos con el sonido de los gritos de hombres, mujeres y niños? ¿Eres capaz de mirar a los ojos a una persona, a un inocente incluso, mientras les echas una Maldición Imperdonable? ¿Eres capaz de obedecer al Señor Tenebroso en todo, no importa lo que sea? Puede que tengas que matar y torturar a tus amigos algún día. Dime, Alyss, ¿eres capaz?

La Alyss que yo conocía contestaría que no a todas aquellas preguntas.

Mencionó la muerte de su hermana, mi esposa. A ella tampoco había podido protegerla, y alguien la había asesinado. Nunca me lo perdonaría. Mi mirada de oscureció de nuevo, presa no sólo de ira sino del las profundo dolor. No dije nada, con miedo a decir algo de lo que luego me arrepentiría.

Me amenazó. Sonreí.

-Y puede que tú te encuentres con la mía.
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Invitado el Mar Ago 26, 2014 4:18 am

Una risa loca fue la respuesta a mis palabras. Sentía que Caleb jamás me tomaría en serio, porque para él siempre sería una niña. Pero iba a tener que acostumbrarse a mi nuevo yo, porque las personas raramente cambian, pero cuando lo hacen ya no hay vuelta atrás.

Esperé a que dejara de reírse, mirándole con cara de malos amigos. No me gustaba su actitud hacia mi. Ya le había demostrado que podía sorprenderle, que podía ser invisible, y que podía ser fuerte. ¿Que más tenía que hacer? ¿Torturarle hasta que admitiera que estábamos al mismo nivel? Era tan cabezota que jamás lo admitiría, jamás aceptaría mi ayuda. Ni siquiera la consideraría una opción. Posiblemente prefiriese la muerte.

Aquel grito diciendo que quería protegerme me sonaba siempre igual de ridículo. Él no se daba cuenta, maldita sea. No se daba cuenta de que alejándome de él no me protegía. Puede que de esa manera evitase que me metiese en problemas por culpa de su oscura vida, pero no me protegía de la muerte porque esa era la mejor forma de matarme. Alejarme de él era el peor de los castigos, la peor de las torturas, y la más lenta y agónica de las muertes. Era como quedarme lentamente sin oxígeno, sabiendo que no puedo vivir sin él, y que el día de mi mente lamentaría profundamente no haberle echado huevos. Al menos al espiarle podía tomar pequeñas bocanadas que me mantenían con vida. Pero no era de las que se conformaban con poco. Le quería entero para mi.

Su cuerpo arrinconandome me provocaba un fuerte nerviosismo. Pero también un profundo éxtasis que me hacía sentirme eufórica y llena de fuerza. Él me revitalizaba. Era aquel aroma embriagador, su mirada, el tacto de su piel, el sonido de su respiración... Pero sus palabras me devolvían a la realidad. Estaba claro que no me consideraba capaz de matar, ni capaz de provocar sufrimiento. Había aprendido a olvidar mis valores morales en aquellos ocho años que habían pasado.

-Sí. -respondí, de manera muy fría y cortante. -Cumpliré con cualquier misión que me sea confiada. -continué. -Solo hay que apuntar con una varita y olvidarte de que tienes corazón. - "Aunque después de lo que me hiciste pasar, tengo el corazón tan destrozado que olvidar que lo tengo no es demasiado difícil", pensé. La única persona a la que jamás podría hacer daño era él. Pero eso nunca lo sabría, porque posiblemente, ni siquiera le importaba.

-Estás sangrando... -dije, observando su mano magullada por la roca contra la que la había estampado. Me acerqué de nuevo a él y le tomé la mano para poder observarla de cerca. Tenía gravilla dentro de la herida, y la infección que se le podía crear no era una tontería. -Ven a mi casa, no está lejos de ahí. Te curaré eso, y luego podrás fingir que nunca me has visto y que esto nunca ha pasado.

Era inevitable preocuparme por él, porque dijera lo que dijera, me seguía importando. Más que mi propia vida.
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Caleb Dankworth el Mar Ago 26, 2014 7:17 am

Cuando dijo que sí que cumpliría con cualquier misión que se le encomendase me di cuenta por la dura mirada en sus ojos que decía la verdad. ¿Qué había pasado con ella? ¿Por qué había cambiado tanto? No lograba entender cómo su personalidad había dado un giro tan drástico.

Intentaba hacerme a la idea y decidir si aquel cambio me gustaba. Miré a Alyss con nuevos ojos. No, ya no era la niña que era antes, y comenzaba a darme cuenta... Pero aún tenía mucho que aprender, y se notaba. Tras un momento de reflexión decidí que aquel cambio no era del todo malo. Después de todo, entre las múltiples amenazas que Alyss había recibido muchas venían de mortífagos por culpa de su padre el Auror. Ahora que ella era una de nosotros no podían hacerla daño, y aquello era un alivio. De la mayoría del resto de personas que la habían amenazado ya me había encargado yo de hacerles desaparecer, y no volverían nunca.

-Está bien- dije asistiendo con la cabeza.- Te creo. Tal vez sí que eres capaz de matar y torturar...- con cada palabra que decía mi voz se fue haciendo más suave, hasta alcanzar aquel punto seductor que había perfeccionado desde hacía años. Me acerqué más a Alyss hasta que mi rostro estaba a un lado de su cabeza y mis labios susurraban a su oído:- ¿Pero eres capaz de disfrutar con ello? ¿De sentir el más intenso placer mientras ves cómo la vida de apaga?

Retiré mi cabeza de donde estaba y volví a colocarme donde estaba antes, justo enfrente de Alyss, agachado para estar casi a su altura. Nuestros rostros estaban tan cerca que podía sentir su aliento sobre mí, su perfume me envolvía, y nuestros labios casi se rozaban. Tenía tantas ganas de besarlos y reclamarlos de nuevo como míos, sólo míos...

Mencionó que mi mano estaba sangrando, y me aparté de ella bruscamente. Miré mi mano y al ver los nudillos reventados gruñí por lo bajo. Ofreció llevarme a su casa y curar la herida, aunque luego me fuese a marchar y fingir que este momento nunca había pasado. La miré con dureza. Yo era perfectamente capaz de curar mis propias heridas y no necesitaba la ayuda de nadie. Estaba a punto de decir eso, me me contuve. No quería depararme de Alyss, aún no... Aunque no quisiese admitirlo.

Suspiré, y acabé asintiendo con la cabeza, indicándola que aceptaba su oferta. Intentaba olvidar y deshacerme de la furia que me había estado quemando por dentro apenas hacía unos segundos.
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Invitado el Mar Ago 26, 2014 10:13 am

El tono seductor de su voz provocó que un intenso escalofrío me recorriese de los pies a la cabeza. Mis ojos brillaron, ansiosos de volver a sentir lo que había sentido cuando el amor era todo lo que teníamos. Ahora había rencor entre nosotros, pero algo me decía que íbamos a recuperar lo perdido.

-No me obligues a atarte a mi cama y a demostrarte como puedo disfrutar torturándote. -dije, en un tono muy sensual que Caleb desconocía. Me mordí el labio, con gesto pícaro, dejando salir la tensión que tenía acumulada por culpa de su presencia, de su cuerpo tan cercano al mio. Lo cierto era que aquella respuesta era una evasiva. Yo no disfrutaba con el dolor ajeno. Disfrutaba con el sexo, con los baños de espumas y sales y con el chocolate. Lo otro era solo trabajo, y como dicen, es mejor no mezclar ambas cosas.

Me tomé la libertad de pasar una mano por la chaqueta de Caleb, acariciándole con gesto nostálgico. Luego le aparté con firmeza de mi. No estaba de humor para tonterías. Solo quería salir de allí. Podía tomarme un día libre en el trabajo, nadie me iba a echar de menos.

-Seré rápida. No quiero robarte tu valioso tiempo. -dije con sarcasmo cuando al fin aceptó la oferta. Algo me resultaba raro en el hecho de que Caleb aceptase mi ayuda. Pero ahora que se la había ofrecido, no podía negarsela.


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