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Hospital, dulce hospital [Fiona T. Shadows]

Invitado el Sáb Oct 18, 2014 7:27 pm

En cuanto la joven me dio su señal, nos desaparecimos de Hogsmeade y aparecimos en medio del vestíbulo del hospital. Miré a los lados y no vi más que gente a mi alrededor, la mayoría de ellos sanadores yendo de un lado para otro. La chica que llevaba en mis brazos habló, lo justo para darme las gracias, y pronto se desplomó en mis brazos, inconsciente. Le observé con gesto serio, preocupado. Un segundo después, subí la cabeza y reuní todas mis fuerzas para gritar a nadie en particular.

- Necesito un equipo de urgencias aquí, rápido. ¡Vamos, moveos! – mi tono de voz denotaba impaciencia. Lo cierto es que mi humor no estaba en su punto más alto. A la preocupación por la joven se sumaba la molestia de mis quemaduras; intentaba dedicarles la mínima atención para centrarme en la joven que tenía en brazos, pero no podía ignorarlas completamente. Y además…

Antes de salir de Hogsmeade, la joven, que antes me había asegurado que no era una estudiante (bajo riesgo de dejarme igual que a su contrincante), había mandado un mensaje con su patronus antes de hacerme la señal para que nos sacase de allí. No había querido pensar mucho en ello pero tampoco había podido ignorarlo. Había visto eso antes, pero no en muchas personas. Y todos ellos aurores. La última vez, el mismo día que acudí a entregarme a las autoridades. Y ellos, los nobles aurores, se habían limitado a sonreírme con burla. No cabía duda de que, cuando recobrase el conocimiento, la joven tendría que responder algunas preguntas… En ese momento, noté varios brazos quitándome a la chica de los míos y pude bajarlos lentamente.

Otro par de brazos me agarraron con delicadeza del antebrazo izquierdo. Di un sobresalto y miré algo asustado a quien tenía sus manos apoyadas donde yacía, ocultada mediante magia, la marca tenebrosa. Seguro que cuando deshiciese los complicados hechizos que realizaba para ocultarla de la vista humana, estaba más negra que de costumbre…

- No se preocupe señor director. – escuchar la voz de Finn me tranquilizó, aunque me zafé de él para que no me sostuviese más del brazo izquierdo, provocando la protesta de las partes con piel quemada. Finn captó el mensaje y no me volvió a tocar, pero no se apartó. – Vamos a mirarle esas quemaduras.

- Ahora mismo voy. Primero mi paciente. La chica que… - giré la vista para buscar a la joven con la mirada, pero había desaparecido en un mar de sanadores. Probablemente fuesen de camino a la sala de urgencias para mirarle esa pierna. Suspiré y bajé la vista, resignado.

- Tranquilo señor, está en buenas manos.

- Bien – asentí. Me dejé guiar por Finn a un cubículo de la zona de urgencias con las cosas básicas para una rápida asistencia, no quería perder en mí más tiempo del necesario. Finn me ayudó a desvestirme y, aunque al principio no me dejé, al final no tuve más remedio que aceptar su ayuda, aunque tuve especial cuidado en que no me tocase el brazo con la marca tenebrosa; suerte que no había resultado demasiado quemado. El joven era determinado y se empeñaba en ayudar, por lo que fue más fácil dejarle. Cuando me quedé con el torso desnudo, libre de los restos de camisa quemada que lo habían cubierto hasta entonces, me senté en el borde de una camilla mientras esperaba a que Finn trajese la crema para las quemaduras. El joven sanador apareció unos minutos después con un carrito lleno de frascos y botes de todo tipo, y algún rollo de gasa. Miré el carro con aprensión - ¿Es realmente necesario? Tenemos trabajo.

- Usted es tan digno de atención como cualquier otro, señor. – Uy Finn, me vas a sacar los colores – No se preocupe, terminaremos pronto.

Mientras Finn me untaba de crema las quemaduras, provocando algún que otro sobresalto de dolor por mi parte, me contó como había llegado a la estación de Hogsmeade en el momento justo de rescatarme. Había sido una suerte que le hubiese hecho trabajar hoy hasta tarde, o de lo contrario no habría pasado por Hogsmeade para enviar esa lechuza a la hora de los hechos, sino antes. Una carta misteriosa (no me dijo a quien la mandó, ni tampoco quise preguntar y resultar un cotilla) me había salvado de convertirme en una barbacoa viviente. Bendita oficina de correos de Hogsmeade. Y bendito Finn.

Cuando terminamos con la crema, Finn me envolvió con suaves gasas las quemaduras con peor pinta, una en la parte superior de la mano derecha (donde la cuerda de fuego había impactado directamente contra la carne) y otra en el pecho (donde el fuego había terminado pronto de comer la tela de la ropa cuando las cuerdas se habían tensado sobre mí para aprisionarme con más fuerza). Las gasas estaban untadas con un ungüento pastoso y de color verdoso que olía fuerte, pero sabía tan bien como Finn que era necesario para evitar el dolor y calmar las molestias, y no me quejé. Pero tan pronto Finn se separó de mí, yo me incorporé e hice intento de abandonar aquel cubículo para ir en busca de la joven de la pierna herida. Una mano en el hombro me lo impidió.

Cuando me giré y vi a Finn tratando de deterneme, le miré con rostro serio demandando respuestas.

- Señor director, olvida su ropa. – dijo con gesto de disculpa. Miré hacia abajo y vi mi torso desnudo, así que le dije una palabra de disculpa al joven por mis toscos modales – Tenga – Me tendió la parte superior de un uniforme limpio de sanador, probablemente cogido de la lavandería. Me lo puse y salí de la sala bajo la atenta mirada de Finn.

Con él como mi sombra, atravesé salas y pasillos, cada vez más llenos de gente y voces, hasta que encontré en otra sala de urgencias, una tipo quirófano y con material muchísimo más especializado, a la chica de la pierna. Por suerte para mí, los sanadores que se la habían llevado aún no habían hecho nada con ella más que cambiarle la ropa por una bata de hospital, aunque dejaron los bajos subidos para arriba para no rozar con la tela de la bata el muslo de la pierna sangrante. También observé que tenía un brazo en cabestrillo; a juzgar por como colgaba la carne, parecía no tener huesos. Los sanadores se apartaron cuando me vieron entrar en la sala, aunque me dí cuenta de cómo muchos de ellos observaban con curiosidad mi mano vendada.

- ¿Qué tenemos? – pregunté, todo profesionalidad. A mis espaldas, noté como Finn se retiraba y adoptaba una posición en uno de los lados de la cama de la joven junto al resto de sanadores.

- Mujer, veintipocos años. - ¿”Veintipocos”? Con razón se ha enfadado tanto cuando le he tomado por una alumna - Sufre numerosas contusiones y heridas superficiales, así como síntomas de inhalación de humo. También tiene un brazo sin huesos y una pierna con una gran herida sangrante provocada por un objeto de tamaño considerable. Un torniquete provisional está manteniendo a raya la pérdida de sangre.

Me daban ganas de poner los ojos en blanco. Ese mismo examen era el que había hecho yo en apenas unos segundos, cuando encontré a la chica entre los escombros de la estación. Al margen de cambiarle la ropa y ponerle el cabestrillo, no habían hecho absolutamente NADA. Y se contentaban con quedarse allí mirando a la joven como si fuese un pedazo de carne con ojos (algo que técnicamente era). Bueno Daniel, tranquilo. Ese examen es el procedimiento estándar, siempre hay que hacerlo.

Suspiré hondo una vez, moví el cuello a los lados y cogí mi varita con fuerza.

- Está bien, lo primero es concentrarnos en la herida del muslo, no ha dejado de sangrar en todo momento. Nicholas cuando te diga le sueltas el torniquete. – miré hacia mi otro lado – Spencer, tú conmigo, varita lista. Quiero que me ayudes a cerrar esa herida, yo solo no puedo. Tú también Elizabeth, varita lista. – Noté como ambos asentían con la cabeza y sacaban sus varitas mientras adoptaban gestos de concentración con la vista fija en la pierna. – A la de tres. Uno…

Le hice una seña a Nicholas con la cabeza para indicarle que fuese desatando lentamente el nudo que había hecho con mi chaqueta alrededor del muslo herido. En cuanto la sangre dejó de estar taponada por la tela de la chaqueta, volvió a fluir libremente por el orificio de la herida, hacia el exterior. Eché un vistazo a mi alrededor para ver si la visión de aquello provocaba intranquilidad a mis sanadores, en especial a los dos que tenían que ayudarme. Como vi que estaban lo suficientemente bien como para continuar sin desmayarse, volví a mirar la herida de la joven.

- Dos… - Noté que Spencer y Elizabeth agarraban sus varitas con más fuerza y no dejaban de apuntar a la pierna de la joven. Dejé de centrarme en ellos e hice lo mismo con la mía antes de decir el último número: - Tres. – A la vez, tres rayos blanquecinos salieron de nuestras varitas en dirección a la herida de la joven. Cuando el resplandor se desvaneció, comprobé con una sonrisa que la herida se había cerrado; donde antes estuviese el orificio abierto en todo su esplendor, ahora había una gruesa línea de color rosáceo, donde la piel estaba más tierna tras la unión de la carne. La herida no se abriría si la joven no apoyaba todo su peso en la pierna o hacía locuras similares. Dirigí la mirada a Spencer y Elizabeth – Bien hecho, muy buen trabajo. – giré la cabeza buscando a Finn con la vista – Finn, tráeme las gasas y el ungüento cicatrizante de antes, por favor – En apenas unos segundos lo tuve en mis manos. Seguramente hubiese llevado allí un carro similar al que había llevado al cubículo donde había atendido mis quemaduras. – Gracias.

Tomé entre mis manos el rollo de gasa y con ayuda de Finn, comencé a untar el mismo ungüento cicatrizante verdoso de aroma fuerte en ellas. Después, extendí la gasa húmeda en mis manos y me acerqué a la camilla de la joven, abriéndome paso entre los sanadores, para envolverle la pierna recién curada en ella. Mientras lo hacía, le ordené a otro sanador que me trajese la poción crecehuesos. Era el siguiente paso en cuanto la pierna de la joven estuviese vendada y ella hubiese recobrado el conocimiento.
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Fiona T. Shadows el Sáb Oct 18, 2014 9:54 pm

La oscuridad de la estación fue rápidamente sustituida por la luz procedente de los grandes focos que se encargaban de iluminar la planta en la que se habían aparecido. San Mungo era ahora el lugar encargado de rodearles, y Fly sintió una mezcla de satisfacción y malestar. En primer lugar, se sentía bien por el mero hecho de haber salido con vida de aquella situación que, en todo momento, parecía haber sido la última que viviría. Y en segundo lugar, ese malestar personal por estar un hospital. No importaba que fueran magos o muggles los encargados de estar a su alrededor, pues el mero hecho de ser un hospital hacia que se encontrara mal. Era la típica persona que si no se estaba muriendo, no iba al médico, pues con reposo y un par de pastillas se solucionaba todo. Tarde o temprano, ir al médico sólo servía para que te repitieran algo que ya sabías. Obviamente aquel caso era diferente, y de haberse ido a su casa, el resultado hubiera sido algo más desastroso.

Apenas tuvo tiempo para pronunciar palabra alguna, y lo único que llegó a escapar de sus labios fue un “gracias” que resultó casi ser un susurro. El mero hecho de sentir la seguridad a su alrededor y con la adrenalina ya a niveles normales, su cuerpo decidió que era hora de descansar, que era hora de darle un respiro. Y eso hizo. Sin poder hacer nada por evitarlo, sus ojos se cerraron y su cuerpo quedó sin control alguno por parte de su cerebro.

A su alrededor las cosas fueron sucediéndose a una velocidad estrepitosa mientras sus ojos permanecían cerrados. Su cuerpo dejó de estar sostenido por aquel hombre para pasar a las manos de otros dos que la trasladaron hasta una camilla, la cual fue trasladada hasta llegar a una habitación menos amplia pero más luminosa. Los focos se cernían sobre su cuerpo inconsciente y su respiración seguía siendo calmada y constante. Del mismo modo, su pulso ya había dado un respiro a su corazón y ahora volvía a su ritmo habitual, permitiendo que la sangre se repartiera de forma equivalente por cada parte del cuerpo. A excepción de su pierna, la cual seguía con un torniquete en la parte del muslo, impidiendo de ese modo que la sangre brotara por la herida abierta.

Su cuerpo se movió gracias a la ayuda de las personas situadas a su alrededor y sus varitas, facilitando así las labores para cambiar su ropa y sustituirla por una bata de hospital con el emblema de San Mungo en el pecho. La ropa, que de por sí ya estaba destrozada por las múltiples heridas de su dueña, quedó hecha jirones cuando se tuvo que quitar con cuidado de no rozar las heridas, especialmente la de la pierna, dejando así sólo un trozo del pantalón y la chaqueta del hombre a su alrededor.

Su pelo quedó recogido en una coleta ladeada mientras comprobaban que no hubiera ningún tipo de herida por aquella zona, pues la sangre cubría también su cara a pesar de carecer de herida alguna. Limpiaron con cuidado las quemaduras y heridas más superficiales, dejando así que fueran pocas las manchas que quedaban por su cuerpo una vez acabaron de tratarlas. Con sumo cuidado, colocaron su brazo derecho en un cabestrillo y colocaron una pequeña venda en su muñeca, donde había otro corte no demasiado superficial.

Su cuerpo, aún inconsciente, seguía recostado sobre la camilla, dejando a la vista uno de sus muslos donde aún podía verse la herida abierta y el torniquete a su alrededor. Y fue aquella herida la encargada de hacer que su cuerpo volviera en sí. No era consciente de todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, pero sí lo fue cuando una especie de agujas atravesaron su piel en el punto central de la herida. Haciendo así que un dolor intenso recorriera cada centímetro de su pierna. Sus ojos seguían cerrados y sus puños se aferraron contra las sábanas bajeras bajo su cuerpo, apretando todo lo posible la tela como método para frenar el dolor. Dolor que no hizo otra cosa que volver a dejarla inconsciente. Aquello parecía haber sido un mal sueño, un mal sueño que continuaba.

Durante varios minutos continuó inconsciente, hasta que un fuerte olor hizo que arrugara la nariz sin si quiera darse cuenta. Sus ojos se abrieron sin que tuviera consciencia de ello y su mente se encendió por fin, pero sin entender donde estaba. Aquel modo de despertarse fue como si tras un largo sueño su mente volviera a la realidad, como si fueran las siete de la mañana y el despertador acabara de sonar avisando de que es hora de ir a trabajar. Fly no entendía dónde estaba y la luz sobre su cabeza hizo que sus ojos quedaran entrecerrados. No era consciente si quiera de dónde se encontraba ni por qué, hasta que vio la cara de aquel hombre sobre su cuerpo. El olor de aquella esencia inundaba el ambiente y su nariz seguía arrugada.

Tuvo un primer impulso de sentarse sobre la camilla, pero su cuerpo aún no se sentía con las fuerzas suficientes como para realizar tal movimiento, por lo que permaneció tumbada y con los ojos abiertos, mirando como el techo sobre su cabeza comenzaba a ganar nitidez. Devolvió la vista al hombre y por fin reconoció de qué le era tan familiar su cara, haciendo que sus recuerdos sobre lo que había sucedido volviera a su mente de golpe. Comenzó por el final, recordando como ante sus ojos las luces se apagaron. Apareció la imagen de la estación y la figura del hombre que se encargó de alejarla del peligro finalmente. De manera muda hizo acto de presencia el cuerpo del mortífago congelado sobre el suelo de la estación de tren. Manteniendo el silencio las rocas volaron por todas partes golpeando al hombre y nuevamente cayeron desde el techo. Un haz de luz llevó su mente al vagón de tren donde todo había empezado y sintió cada uno de los golpes, pasando desde la explosión más diminuta a la sensación de un crucio recorriendo cada parte de su cuerpo como si se tratara de un mero impulso eléctrico.

Todo cobró sentido y no tardó en recobrar la vista total del lugar, entendiendo dónde estaba y por qué. Ahora sólo tenía ganas de salir corriendo de allí y ver qué había sucedido con los demás. No podía si quiera plantearse en la perdida de alguna de las personas que había en aquel lugar. Por Merlín, había alumnos, indefensas personas que no habían hecho nada a nadie y ahora podrían estar muertos. Había visto a Fren en mitad de aquella muchedumbre y sólo pensaba en que el chico hubiera podido salir vivo de aquello. Pensó en Willow, quien no había dudado a la hora de salir corriendo a ayudar en cuanto tuvo lugar el primer indicio de la llegada del peligro; no podía imaginar que alguien tan desinteresada por el bien común pudiera haber perdido la vida. La imagen de Drake corriendo con la varita en la mano justo antes de perderle de vista llegó como una fuerte patada en el estómago y la simple idea de haber perdido a otro ser querido solo hizo que sus ojos se empañaran.

Se mordió el labio inferior y cerró los ojos en un intento por mantener sus lágrimas a raya. No era momento de ponerse en lo peor, ya habría tiempo de saber cómo estaba todo el mundo cuando saliera de allí, no debía hacer conjeturas ni sacar conclusiones de manera precipitada. Pero era incapaz de no hacerlo, incluso pensó en que habría sido de Abi, quien estaba cien por cien segura que iba bajo una de aquellas máscaras. Pensó en William y en su sonrisa inocente incluso en los peores momentos, en Katerina y su manera de ver cada situación como un mundo lleno de posibilidades, incluso la imagen de Derek, quien debía estar allí con sus alumnos en un día como aquel. Intentó mantener la mente en otro asunto pero no era posible, por lo que optó por la mejor de las salidas y la única que le parecía posible en aquel momento. - ¿Se sabe algo de lo que ha sucedido? – Preguntó mientras colocaba la mano que no estaba sujeta por el cabestrillo sobre su estómago.

Antes si quiera de recibir la respuesta del hombre, su boca volvió a abrirse. Su voz sonaba como un susurro, pero gracias al silencio que envolvía aquel lugar era totalmente audible para el hombre que estaba allí y para los restantes que podían encontrarse en la habitación, si es que había alguien, pues desde su posición sólo veía la figura de aquel hombre y ni si quiera de manera completa. - ¿Han llegado más heridos? – Necesitaba saberlo. En aquel momento quería soltar un grito y preguntar por todos los que había visto corriendo por Hogsmade. Necesitaba saber que había sucedido con cada una de aquellas personas que tenían algún tipo de significado en su vida.

Instantes después un hombre apareció portando un gran frasco de poción crecehuesos entre sus manos, así como un pequeño vaso para que la chica pudiera tomar la primera dosis. Fly miró al hombre con cara de “no pienso tomarme esa mierda aunque tanga que estar sin huesos el resto de mi vida”, pero siendo consciente que se lo acabaría tomando por obligación.

Con resultados como aquellos se planteaba seriamente dejar el trabajo como Aurora, pero disfrutaba de todas esas situaciones. Había personas que se sentían como seres superiores por el mero hecho de dedicarse a mantener al margen a los “malos” del resto de la población, mientras que Fly lo veía como un método perfecto para soltar adrenalina y divertirse. Lo cual había hecho pensar más de una vez a sus padres que acabaría uniéndose a los mortífagos con su hermano, algo que no había hecho. Era una persona de principios, pero también con una moral complicada, por decirlo de algún modo. Pensaba en ayudar a los demás, claro que lo hacía, y esa era una de las razones por las que había optado por aquel trabajo. Pero no podía negar que el hecho de divertirse estaba a la altura de su otro incentivo principal.

Miró al hombre que se había encargado de traerla hasta San Mungo mientras su cuerpo permanecía estático sobre la camilla y frunció el ceño. – Si pierdo la pierna, quiero una prótesis con un fusil, como la de Planet Terror. – Sí, muy cine malo para muggles. Forzó una sonrisa y miró al hombre negándose a mirar su pierna, la cual había dejado de doler. - ¿Está muy mal? – Preguntó con cierta curiosidad obligándose a sí misma a no dejar de mirar al hombre para desviar la vista hacia la pierna. Como hubiera sangre, se caía redonda otra vez.
Fiona T. Shadows
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Invitado el Dom Oct 19, 2014 12:50 pm

Una vez las gasas estuvieron impregnadas del apestoso ungüento cicatrizante, comencé a envolverlas a un ritmo lento pero constante en torno al muslo herido. Otros en mi lugar se hubiesen demorado menos, pero tan importante era curar la herida como vendarla bien. Además allí ya estábamos todos apestados, lo mismo daba tardar un minuto más que uno menos. Mientras terminaba miré distraídamente a la joven. Me alivió ver que empezaba a dar signos de consciencia, pues su nariz estaba arrugada. Volví a concentrarme en la herida, di un par de vueltas al muslo con la gasa y por fin la anudé. Listo. Con cuidado para no tocar más carne de la necesaria, cogí el dobladillo de la bata de la paciente y le cubrí los muslos. A mi alrededor, otros sanadores comenzaron a sacar la sábana por debajo del cuerpo de la joven para terminar cubriéndole con ella. Le dejaron la sábana a la altura del abdomen, de forma que no cubriese su brazo en cabestrillo. Pero por lo menos tenía una mayor dignidad que antes. Supongo que así ella estaría más tranquila.

En ese momento entró una enfermera buscándome con la mirada con gesto de ansiedad. Al parecer no hacían más que llegar pacientes y empezaban a estar desbordados. Tras pensarlo un momento, ordené la redistribución de los sanadores de tal forma que fuesen en equipos más pequeños a atender a los pacientes para poder atender a un mayor número de ellos. Con la reciente redistribución, en el momento desaparecieron todos los sanadores de la sala. Pensaba quedarme con el joven Finn, pero este aún no había llegado con la poción crecehuesos y tan pronto se fueron la enfermera el resto de sanadores que me habían ayudado, me vi a solas con la paciente. Esta no tardó en preguntarme si se sabía algo de lo que había pasado. Me sentí aliviado de que estuviese lo suficientemente consciente para articular preguntas y pensamientos coherentes. En ocasiones como aquella, no creía que fuese lo más prudente hablar demasiado sobre el tema... pero tampoco tenía más información que lo que había visto con mis propios ojos, y nadie en el hospital había comentado nada sobre el tema.

Abrí la boca para responderle, pero ella se adelantó y preguntó si habían llegado más heridos. Pregunta comprometida. Ahí si tenía más información pero ninguna que ella fuese a recibir por el momento. ¿Y si conocía a alguno de los heridos más graves?

- Sshhh, tranquila - le interrumpí mandándole guardar silencio - Relájate o te dolerá la pierna. - lo dije en un tono que no admitía reproches. Al fin y al cabo era su médico. - En cuanto al ataque, puedo confirmarte que ha sido orquestrado por Lord Voldemort - Era como sumar dos más dos: primero había venido el dolor en la marca tenebrosa, como si estuviesen pegando contra ella un hierro al rojo. Después los mortífagos habían empezado aparecer. - No tengo más información que esa. La gente se dispersó y tú y yo terminamos en la estación pero desconozco lo que pasó con el resto de la gente. - De esa forma evité hablarle de heridos; además no era enteramente mentira: no había tenido tiempo de hablar con el resto de heridos que llenaba el hospital y por tanto no sabía a ciencia cierta de dónde venían.

Finn también me salvó la espaldas cuando apareció en ese mismo momento portando el bote de poción crecehuesos con un vaso para que ella bebiese. Torcí una sonrisa cuando vi la cara que la paciente le dedicaba a la poción. Todo el mundo odiaba esa bazofia, era como beber fango y mocos mezclado con alquitrán. Pero era un mal necesario. Veinticuatro horas y su brazo estaría casi como nuevo, a falta de una hora de ejercicios físicos para recuperar su total movilidad. Intercambié unas palabras con Finn para que fuese echando la poción en el vaso mientras escuché a mis espaldas la voz de la joven preguntando por su pierna.

Reí cuando dijo lo del fusil y me dí la vuelta para ver a la paciente de frente.

- ¿No sería mejor una varita? - No había nada de noble en las armas muggles, eran sucias y difíciles de manejar. En cambio una varita era como sostener un palo y daba resultados mucho más elegantes. - Teniendo en cuenta el estado de tu pierna cuando te traje, está mejor de lo que se podía esperar - Viendo que parecía no querer mirar su pierna por miedo a lo que se imaginase que podía encontrar, puse los ojos en blanco y me acerqué al borde de su cama. - Anda, no seas cría - cogí la sábana y le descubrí el cuerpo para que pudiese ver sin problemas su pierna. La bata del hospital tapaba la parte vendada del muslo, pero se lo descubrí sin apenas tocar la bata - ¿Ves? Ya no hay sangre. No te preocupes por el color verdoso, es de la gasa. - añadí para tranquilizarle. Muchos pacientes veían las gasas de color verdoso y pensaban que era de la propia herida que se hubiese infectado infectad; el olor fuerte del ungüento tampoco ayudaba a la causa.

Por el rabillo del ojo vi que Finn aparecía a mi derecha y me hice a un lado para que se enfrentase directamente con la paciente, como reciente sanador que era tenía que acostumbrarse a eso.

- Aquí tiene - le dijo tendiéndole el vaso, lleno hasta arriba de poción crecehuesos - Le aconsejo que se lo beba de un trago y sin respirar - le dedicó una sonrisa tímida de compasión antes de desaparecer por detrás de mí y dejarme con mi paciente.

- Adelante - le animé yo también. Esperé pacienteme con los brazos cruzados sobre el pecho hasta que bebiese todo el vaso. Y si ella decidía no cooperar, le vertería el contenido del vaso a la fuerza por el gaznate. No sería la primera paciente, aunque era de las pocas con una dentadura completa para contraatacar. Aunque seguro que sus ganas de defenderse con los dientes aumentaban con el paso de las horas, cuando la poción empezase a hacer efecto comenzase a notar el dolor de los huesos formándose nuevamente. Un rato después recogía el vaso vacío, satisfecho con los resultados, y se lo devolví a Finn antes de hacerle un gesto con la cabeza para que me dejase a solas con la paciente. El hospital tenía otros que necesitaban su ayuda... y además tenía ciertas cosas que hablar con la morena antes de que se durmiese de las que mejor hablar sin nadie delante. - Avísame si necesitáis mi ayuda, Finn. - le dije al joven cuando salía por la puerta. Este cerró tras de sí y nos dejó completamente solos.

¿Por dónde empezaba? Tenía tantas preguntas que hacer que no sabía cuál formular primero. ¿Debería decirle que su erizo hablador fue muy bonito y que donde había aprendido a hacerlo? ¿O era mejor soltar directamente que sabía que era un auror y que eso me incomodaba? Luego me di cuenta que esa segunda pregunta era un poco insensible teniendo en cuenta la condición de la joven ¿pero lo suficiente como para no seguir adelante? Entonces recordé que ni siquiera sabía su nombre y solté aire aliviado. Ya tenía por donde empezar.

- Yo soy Daniel - me ahorré mi apellido. Si de verdad era un auror, lo sabría. Y si no... entonces no le importaría lo más mínimo - ¿Cómo te llamas? - Y añadí, apenas dándole tiempo a contestar mientras me dejaba llevar por el nerviosismo - ¿Cómo terminaste en Hogsmeade? Quiero decir... - me corregí, sabiendo que podía haber sonado un poco brusco - ¿Estabas allí por trabajo o por placer? - Perfecto Daniel, eres un hacha. Además tampoco me estaba saltando ninguna regla, eran preguntas rutinarias. Decidí guardarme el comentario de lo bonito que era su erizo hablador para después. La chica no parecía una estirada, mejor darle una oportunidad.
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Fiona T. Shadows el Dom Oct 19, 2014 5:50 pm

Levantarse de aquel lugar e ir a buscar respuestas no parecía una opción posible, y el mero hecho de sentir gente a su alrededor alimentaba sus ganas de salir corriendo. Fly no tenía predilección por los hospitales, pues consideraba que los médicos eran personas malhumoradas que miran a sus pacientes como si fueran mortales ante la mirada de ellos, los dioses que todo lo saben y todo pueden curarlo, cuando en realidad resultaban ser más humanos de lo que muchos otros eran.

Quería levantarse y correr en cualquier dirección que la mantuviera lo más lejos posible de aquel lugar. Quería ir a casa, acurrucarse en la cama y dormir hasta la mañana siguiente, no quería estar rodeada de desconocidos y al mismo tiempo sentirse sola. Pero también quería saber cómo estaban los demás. Allí no había nadie, y al parecer aquel hombre tampoco tenía respuestas. No venía con un informe bajo el brazo donde estuvieran los nombres de todos sus amigos y su estado de salud, si es que estaban allí, claro. – Y yo creyendo que era una fiesta de máscaras… - Ironizó. Claro que había sido Lord no tengo nariz así que hago fiestas de enmascarados para sentirme más guapo. Esa conclusión tan evidente no era complicada, y llegar a ella no consistía un esfuerzo. No se necesitaba ser detective para ver las evidencias y llegar a la conclusión de que Lord Voldemort había sido el causante de todo aquello. – Entonces la idea de levantarme e ir a mirar yo no parece acertada, ¿Verdad? – Dibujó una sonrisa inocente entre sus labios, como la de un niño que acaba de romper toda la vajilla buena y se encuentra en mitad del salón rodeado por los restos de platos rotos cuando sus padres hacen la entrada triunfal y lo encuentran. – A veces creo que la gente tiene demasiado tiempo libre para hacer estas tonterías. – Añadió mientras jugaba con los dedos de su mano buena por encima de su estómago hasta llegar al cabestrillo que se encargaba de inmovilizar el brazo opuesto.

¿A quién no le gustaría tener un fusil en la pierna? En aquella película parecía de lo más inútil e incómodo, sobre todo porque en el cartel de la película aparecía en pleno centro una mujer con un fusil por pierna, quien luego resultaba salir durante los últimos quince minutos y no hacer nada productivo por el resto del reparto. – La varita mejor en el brazo. Aunque sin huesos eso de apuntar a alguien resultaría más que complicado. Lanzaría todos los hechizos al suelo. O parecería un chicle intentando mover el brazo. – La imagen de una persona totalmente recta apareció en su mente. Una persona que movía todo su cuerpo para hacer que su brazo, que resultaba ser como un chicle, se moviera y apuntara hacia arriba, lanzando luces de colores cuando alcanzaba una determinada altura. – Entonces seguiré con dos piernas, y yo que me había ilusionado ya con tener una prótesis. – Se encogió de hombros como pudo, pues en esa postura y con el brazo en cabestrillo resultaba más difícil de lo que a simple vista parecía.

Fly no tenía problemas a la hora de divagar sobre un tema carente de importancia, y por eso quizá tenía una extraña facilidad para distraerse con la mera aparición de una mosca. Sí, mosca, Fly. Menudo chiste.

El hombre levantó ligeramente la sábana mostrando la pierna de la chica, quien aún seguía mirando en cualquier dirección para no desviar su vista hacia aquel lugar. Pero sólo hace falta decidir no pensar en elefantes rosas para pensar en elefantes rosas. Y sólo hay que decidir no mirar la pierna para que los ojos vayan directamente hacia ella. - ¿Me dices tú que no sea cría? Perdona, pero aquí el que me ha echado diecisiete años eres tú. ¡O menos! – Dijo a modo de reprimenda, cuando realmente le resultaba de lo más cómico en aquel momento. Bueno, no cómico, porque lo de medir uno cincuenta y cinco no era precisamente una fiesta, especialmente cuando intentabas llegar a los estantes más altos. – Pero te perdono por salvarme la vida, así que estamos en paz. – Sonrió ahora que el dolor parecía haber desaparecido o al menos le brindaba un respiro.

Miró con el rabillo del ojo hacia abajo hasta encontrar lo que antes había sido su pierna. Ahora era una pierna. Sí, sorprendentemente era una pierna, pero con una tela de color verdoso recubriendo la herida, o el lugar donde la chica creía que estaba la herida. – No me gusta la sangre. – Mencionó mientras inspeccionaba de lejos la pierna. Lo bueno de la miopía es que cuando no se llevan ni gafas ni lentillas ver de lejos resulta curioso cuanto menos. No importa que algo parezca estar cerca, con esa simple distancia ya parecía un borrón de color verdoso, sobre todo por la postura en la que se encontraba y que estaba forzando la vista por la posición de su cuerpo en ese momento.

No tardó en aparecer un segundo hombre, aparentemente más joven que el que estaba cerca de la camilla. El segundo hombre se acercó mientras un líquido de color grisáceo se vertía en un vaso transparente de cristal, dejando así ver el contenido de su interior. - ¿Esto no viene con galletas o algo? – Dijo con una mueca de asco en el rostro mientras se incorporaba sobre la camilla hasta quedar sentada, con cuidado de no golpearse la pierna consigo misma y de no mover demasiado el brazo en cabestrillo. Aunque sin hueso aquella misión resultaba casi imposible.

La castaña tomó el vaso y miró su contenido antes de olerlo. Le devolvió la mirada al chico que le había tendido aquella bebida con cara de pena, como si aquello sirviese para que un nuevo remedio contra los huesos desaparecidos apareciese ante sus ojos y pudiese curar aquello sin la necesidad de tomar esa poción tan repulsiva. No era la primera vez que lo tomaba, y siempre esperaba que fuera la última. Aún recordaba la primera vez que había tenido que tomar aquello y aún odiaba al causante de aquel hechizo, uno de sus compañeros de casa al que hacía más de ocho años que había perdido la pista. Era lo malo de compartir Sala Común con alumnos de Sltyherin, que algunos tenían menos neuronas de las que creían y acababan lanzando hechizos por equivocación a alumnos a los que no iban destinados.

La voz del primer médico volvió a sonar y ahora la mirada de la chica se desvió hacia él, con la misma cara que al mirar al otro doctor o ayudante. Acercó la nariz al margen del vaso, haciendo que el olor de aquella poción entrara por su nariz y una mueca de asco surgió nuevamente en su rostro. – Esto huele a muerto. – Dicho esto, se tapó la nariz cual niña pequeña y se bebió la totalidad del contenido de aquel vaso. Ahogó un impulso por vomitar y consiguió tragar todo el líquido grisáceo de la poción, devolviéndole el vaso al chico con cara de pocos amigos. O más bien con cara de “morirás por esto, maldito matasanos”.

El joven no tardó en irse cerrando la puerta tras de sí y Fly acomodó uno de los cojines que tenía tras la espalda para quedar sentada algo más cómoda en aquel lugar. Miró con curiosidad la habitación, pues aún no había tenido tiempo de hacerlo. Era pequeña, luminosa y por suerte, con una sola cama. Sonrió mientras movía la espalda para acomodarse y volvió la vista al hombre cuando este se presentó. – Fly. – Volvió a sonreír mientras bajaba la vista al cabestrillo y lo colocaba con la ayuda de la mano izquierda. – O sea, eso no es un nombre, pero lo prefiero al mío. – Levantó la vista ligeramente aún con la sonrisa, haciendo que sus pómulos quedaran elevados. – Fiona Shadows, supongo que vendrá bien por si tienes que hacer algún tipo de informe o papeleo que hagáis los médicos. No vengo mucho por aquí, pero… Seguro que tengo una ficha por ahí. – Posiblemente con alguna mención a otros golpes anteriores, aunque no demasiados, ya que haber pasado tanto tiempo fuera de Londres hacía que sus estancias durante los últimos años en San Mungo fueran prácticamente inexistentes.

La siguiente pregunta sonaría rara en cualquier situación, pero dado que era un médico y que esa gente necesitaba saber la información pertinente para determinar los daños y para cosas de médicos que sólo entienden ellos, Fly lo vio algo de lo más normal. Como si se tratara de algo rutinario y fuera totalmente normal. – Trabajo. Se supone que era mi día libre, ¿Sabes? Pero los imbéciles del Ministerio tienen la mala costumbre de ponerte a trabajar días que no te toca y encima no pagarlos. – Negó con la cabeza. La verdad es que seguía sin entender cómo había acabado trabajando ahí, con lo bonito que era vivir de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos. Aunque cuando no quieres tener hijos las cosas se complican en ese sentido. – Y sí, increíble que de la altura para llegar a ser Auror, pero resulta que no hay mínimo de altura, así que no eres el primero que me llama alumna. – Negó con la cabeza y torció la sonrisa. - ¿Cuánto tiempo tengo que estar tomando esa poción? – Preguntó con curiosidad y con pocas ganas de saber la respuesta, pues como fuera mucho tiempo, se plantearía seriamente la idea de vivir sin huesos en un brazo.

Apoyó la totalidad de la espalda contra los cojines y volvió la vista al hombre. - ¿Y el doctor Daniel sin su capa de héroe qué hacía por Hogsmade? – Sabía que ese día había no sé qué presentación de algo, pero como de costumbre, no se había enterado ni de la mitad de las cosas, pero seguro que el hombre estaba ahí por ver aquello. Debía ser algo interesante cuando había tanta gente y tanto mortífago. – No tienes pinta de médico con mala leche que te tira de los pelos si no te tomas las pociones que te manda… - Afirmó mirando al hombre descaradamente. Luego bajó nuevamente la mirada al cabestrillo y jugueteo dando cortos golpecillos a su brazo, haciendo que una sensación de lo más extraña recorriera su brazo. - ¿Alguna vez has perdido los huesos de alguna parte? Es graciosísimo, lo tocas y está raro, parece como si tuviera el brazo dormido. – Levantó la vista sin dejar de toquetear el brazo y sonrió al hombre. – Y si te quitan los huesos del cráneo, ¿Qué pasa? O de la columna. Eso sería gracioso, la gente vendría arrastrándose cual serpiente o llegaría muerta. – Hizo sus propias conclusiones en voz alta, como si aquello fuera totalmente normal
Fiona T. Shadows
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Fiona T. ShadowsInactivo

Invitado el Dom Oct 19, 2014 7:41 pm

Me alegró comprobar que mi paciente se encontraba lo suficientemente bien como para bromear. Resoplé con una sonrisa torcida y puse los ojos en blanco. No debería reírme de esos comentarios en aquellas circunstancias pero la verdad es que fue un comentario bastante gracioso. Lo cierto era que realmente aquello sí que había sido una fiesta de máscaras... al menos para los mortífagos. Cuando era un mortífago y salía con Lenore, los dos nos poníamos a danzar y brincar en torno a nuestra víctima e intercambiábamos risas, movimientos rápidos (en otras circunstancias de baile, en aquellas de esquives físicos) y luces de colores (procedentes de nuestras varitas en forma de hechizos diversos). Eso mismo era lo que había sucedido aunque por suerte nuestros mortífagos no actuaron en pareja sino por separado. Supongo que tuvimos suerte. Prefería no pensar en lo que hubiese podido pasar si tanto su mortífago como la mía hubiesen actuado en equipo.

Pese a estar postrada en una cama de hospital en el área de pacientes de urgencias, y no en una sala cualquiera perfectamente normal, la paciente seguía con la idea en la mente de averiguar lo que había pasado con los que se encontraban en Hogsmeade. Me imaginé que debía estar allí con gente conocida y estaría preocupada por ellos. Pero como tratase de apoyar un solo pie en el suelo, le lanzaría un encantamiento que le mantuviese paralizada y tendida en la cama como una tabla. Negué con la cabeza y le devolví un gesto serio.

- Borra esa sonrisa de niña buena, he visto muchas - ¿Qué pensaban los pacientes? No era solo ella, también había sucedido lo mismo con pacientes octogenarios y con el mismo número de dientes como de pelos en la cabeza. Pero a los ancianos bastaba con dejarles el ejemplar más actual de El Profeta o del Corazón de Bruja y dejaban. Y no me imaginaba a esta chica distrayéndose con una revista; quizá se entretuviese un momento, pero por alguna razón no le imaginaba leyendo la misma revista un dia entero sin apenas moverse de la cama. - Debes guardar reposo absoluto durante dos días enteros. Espero que no sea ningún problema - le dije inclinando la cabeza en su dirección, observándole con ojos analíticos. - Después miraremos como va la pierna y si seguimos con reposo absoluto o te dejamos levantarte de la cama para dar unos pasos. Pero eso depende de lo buena paciente que seas - Lo dije como el típico padre que le dice a su hijo antes de ir a Hogwarts: "sé una chica buena y no te metas en lios".

La joven debía sentir cierta aprensión por su pierna y no sabía si mirar o no, y por eso en vez de satisfacer su curiosidad por sí misma comenzó a hacerme preguntas y sugerencias extrañas. Lo del fusil me hizo gracia. No por el fusil en sí, las armas muggles me parecían muy grandes, rudimentarias y difíciles de manejar. Y tampoco enteramente por la visión de aquella joven con un arma muggle en vez de una pierna, aunque en parte resultaba cómico. En cierto modo me recordó a mí y en como miraba al sanador que me atendió la primera vez que necesité asistencia médica después de haberme sumergido en la cultura muggle de Star Trek. Recuerdo la enorme decepción que sentí cuando les vi examinándome con las manos en vez de con tricorders como el de Spock... Aunque ciertamente un tricorder no haría nada finalizante en un duelo. Más bien me haría perder el tiempo. No era práctico. Le dije a la chica que por qué no una varita mágica en vezde un fusil; además los muggles en sus películas tenían a personajes parecidos solo que con palos aburridamente simples y corrientes, sin magia. Ella dijo que no, que mejor en el brazo, aunque en brazos deshuesados como el suyo sería una visión bastante cómica.

- Lo cierto es que sería cómico pero también letal. Imagínate a una persona sin control de su brazo y este moviéndose libremente como si fuese una serpiente con vida propia. O bueno - añadí, deteniendo mis ojos en su cabestrillo - , quizá no hace falta que lo imagines mucho. Imagínate la varita de ese brazo, lanzando rayos por aquí y por allá. En algunos casos el mago sería incluso más temible sin huesos en el brazo de la varita - dije medio en broma, recordando esos temibles duelos en mi etapa escolar en que con un simple hechizo les había dejado fuera de combate.

Después la chica se encogió de hombros (o lo intentó, no era fácil con un brazo deshuesado e inmovilizado sobre el pecho) y dijo que se había ilusionado con una prótesis. Puse los ojos en blanco. Suerte que ninguno de mis pacientes amputados le había escuchado... Levanté la sábana y su bata de paciente para que pudiese ver con sus propios ojos que su pierna seguía siendo una pierna y no un muñón. Le llamé cría por la cara que ponía de no-quiero-mirar-pero-tengo-infinita-curiosidad-por-ver-si-mi-pierna-sigue-siendo-una-pierna y ella me regañó diciendo que yo le había tomado en primer lugar por cría cuando le había tomadopor una alumna.

- Realmente no puedes culparme. - No quería llamarle bajita pero si, era bajita. Teniendo en cuenta que le sacaba casi treinta centímetros, mis ojos le tomarían antes por alumna que por una mujer adulta. Además había conocido a alumnos mucho más altos que ella. Pero en vez de arrojarme a la cabeza el primer objeto a su alcance por insinuar que era baja de estatura, fue consciente de que con un sanador que te salva la vida no debes llevarte mal y decidió perdonarme. Le devolví la sonrisa cuando dijo que estábamos en paz mientras pensaba que nada más lejos de la realidad. Aún había cierto asunto que resolver relacionado con cierto patronus parlante...

La joven inspeccionó su pierna mientras comentó que no le gustaba la sangre. No debió encontrar ningún motivo de queja pues no hizo ningún comentario más al respecto. Le había curado la pierna lo mejor que había podido pero era cierto que algunos pacientes no lo valoraban como tal. Suerte que ella no parecía de esos. En esos momentos regresó Finn a la habitación con el frasco de poción crecehuesos y un vaso para que la paciente bebiese. Le dejé su espacio y Finn, muy profesional, le animó a la morena a beber mientras le aconsejaba que vaciase el contenido del vaso lo antes posible. Esta finalmente accedió aunque antes le preguntó a Finn por unas galletas o algo dulce como acompañamiento. No era la primera que preguntaba algo así pero no era viable. No había hecho la prueba pero estaba convencido de que nadie que mojase una galleta en poción crecehuesos sobreviviría a semejante tortura. Demasiada mezcla de sabores tenía ya la poción en sí misma. Finn y yo observamos en silencio como la chica olía el contenido del vaso como si estuviese tratando de detectar si su contenido era veneno o una poción curativa (probablemente un poco de ambas). Como se demoraba mucho, yo también le animé a que vaciase el contenido del vaso y aunque a regañadientes al final la joven paciente accedió por sí misma, haciendo muecas de disgusto aun habiéndose tapado la nariz. Finn sobrevivió a la mirada fulminante de la paciente como un auténtico valiente, sin dar muestras de debilidad, y yo sonreí satisfecho. Lo importante es que ella había cooperado. Hora de tratar asuntos más importantes.

Finn salió de la habitación y quedamos la paciente y yo solos. Mientras pensaba en la mejor forma de preguntarme por lo que había visto, la joven se acomodaba en la cama. Al final opté por preguntar lo primero por su nombre tras decirle antes el mío, y así romper el hielo para futuras preguntas. Igualmente necesitaba sus datos personales para rellenar su informe. Dijo que aunque no venía mucho por el hospital probablemente tuviésemos una ficha por algún lado. Ciertamente su nombre ni su rostro me resultaban familiares, pero quizá fuese distinto con otros sanadores más veteranos, en cuyo caso sí tendríamos un informe de Fiona, o Fly como preferia que le llamasen. En cualquier caso, me esperaban unas bonitas horas de papeleo en el despacho así que ya lo averiguaría más tarde.

- Lo cierto es que no me resultas familiar pero es buena señal. Cuanto menos nos veamos por el hospital, mejor - dije con una sonrisa conciliadora aunque algo tensa. Decidí pasar a la siguiente pregunta y asegurarme cuales eran las intenciones que le habían llevado a Hogsmeade. Ella respondió que trabajo y admitió que trabajaba en el Ministerio pero no fue hasta poco después que no confirmó que efectivamente era un auror - Así que es cierto... - murmuré para mí mismo. Su patronus parlanchín había sido un gran indicio pero ya tenía la confirmación oficial. ¿Y ahora qué? Me resultaba extraño que el Ministerio contratase aurores con la personalidad de la joven, pero quizá su faceta profesional de auror era tan estirada como el resto y esto, su forma de ser actual, era solo una parte de su ser. Igual que todos los Gryffindor eran unos prepotentes y unos creídos, todos los aurores eran unos estirados. Eso incluía a mi paciente. Aunque por alguna razón, de eso último no estaba plenamente convencido. Quizá no quisiese creerlo. Tuve que volver en mí cuando la joven me preguntó de repente si tendría que estar tomando la poción crecehuesos mucho tiempo. - En veinticuatro horas veremos como va el brazo pero todo apunta a que no. - En otros casos me solidarizaba con el paciente y le sonreía o le daba una palmadita amistosa en el hombro, mostrando apoyo. Pero aún estaba asimilando lo que implicaba que la joven fuese un auror como para mostrar gestos de complicidad de ningún tipo. Y de repente, mi boca habló por mí sin yo darme apenas cuenta. - ¿Cómo es? Me refiero a tu profesión... - Aunque se me escapó, después me alegré de haber preguntado. Quizá el tipo de respuesta que diese esclarecería el tipo de persona que era.

Más tarde la paciente quiso saber que hacía yo por Hogsmeade y me encogí de hombros.

- Disfrutar mi día libre, aunque irónicamente he terminado trabajando. - Alcé las manos a ambos lados de mi cuerpo como diciendo "aquí me ves". Me daba lástima pensar en todos esos libros nuevos que nunca podrían ser leídos por ávidos lectores hambrientos de aventuras y conocimientos. Cuando la joven auror me dijo que no tenía pinta de médico con mal carácter que fuerza a los pacientes a obedecer sus órdenes, reí con malicia - Eso es porque vas a ser una buena paciente y a obedecer las órdenes de tu médico. De lo contrario no tendrás que preocuparte solo por mí, sino por toda la plantilla de sanadores del hospital actuando bajo mis órdenes. - Me gustaba pensar en los médicos como iguales pero era cierto que como director tenía poder sobre todos y cada uno de ellos. Una palabra mía y obedecerían sin rechistar (la mayoría) como perros falderos. O incluso mejor. Hasta Tyler se mostraba menos dispuesto a obedecer algunas veces.

La paciente quiso saber si alguna vez había perdido los huesos de alguna parte. Me paré a pensarlo pero me interrumpí cuando vi que se trataba de tocar el brazo.

- No te lo toques tanto, si descolocas el brazo el hueso crecerá mal y será aún más doloroso. - Era aburrido quedarse postrado quietecito en una cama, pero era lo que había. Volví a pensar en si alguna vez me había quedado con algún miembro deshuesado. No recordaba más que aquella vez en séptimo con un duelo a medianoche contra un estúpido Gryffindor con el ego más grande que él... Pero me aseguré de no terminar el curso sin darle su merecido,claro. - Lo cierto es que sí, una vez. Era mi séptimo año en Hogwarts y uno de mis compañeros me dejó sin hueso en una pierna. - Aún recordaba la sensación de desequilibrio cuando mi pierna se convirtió en chicle, y el dolor del tobillo de la otra pierna cuando se dobló al caer todo el peso del cuerpo repentinamente sobre esa pierna. La joven seguía hablando y cavilando sobre lo que pasaría si te quitasen los huesos de la espalda o el cráneo. Contra lo primero no me había enfrentado y contra lo segundo sí: únicamente pude confirmar el parte de defunción, aunque era cierto que el paciente en cuestión tenía otras heridas bastante graves. - Y dime... - le dije antes de que tuviese tiempo de reanudar su monólogo - ¿has tenido que enfrentarte a cosas duras como auror?
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Fiona T. Shadows el Dom Oct 19, 2014 9:02 pm

Si por Fly fuera, efectivamente, ya hubiera salido despedida de la cama para ver qué sucedía a su alrededor. Era una persona curiosa por naturaleza y aunque dicen que la curiosidad mató al gato, el hecho de no sentir simpatía alguna por los felinos, quizá era la causante de aquel desdén por las normas de seguridad o cualquiera en general. Total, si la curiosidad mataba un gato, a ella no le afectaba ni lo más mínimo.

Decidió optar por la única opción posible, mirar al hombre con cara de niña buena y desear que la herida no fuera tan grave como para poder merodear por la zona sin problema. Bueno, sí, que como llevara el típico camisón de hospital muggle su problema principal sería ir enseñando el culo a medio hospital mientras cotilleaba de sala en sala. La sonrisa inocente desapareció de su rostro cuando dijo que tendría que estarse quieta durante un tiempo. Concretamente fueron “reposo absoluto” y “dos días enteros” las palabras que hicieron que su sonrisa desapareciera para sustituirse por una cara de pocos amigos. ¡Dos días! Bueno, no es que no le gustara pasar tiempo tirada en la cama sin hacer absolutamente nada, pero el mero hecho de no poder moverse, ya hacía que quisiera moverse. Es más, ese mismo día se hubiera hecho jugadora de baloncesto por poder salir de la cama. Irónico cuanto menos teniendo en cuenta su altura. – Juro que seré buena. – Abrió más los ojos, parte en broma y parte por el miedo de pasar mucho tiempo encerrada en aquel lugar. – Al menos tenéis lechuzas, ¿No? – Preguntó con cierta curiosidad. Lo cierto es que nunca había pasado demasiado tiempo en San Mungo y menos un periodo que superara veinticuatro horas. – Es por avisar que estoy viva y eso. No me apetece salir de aquí en unos días y ver que han hecho un funeral y no me han invitado. – Bromeó. Lo cierto es que iba medio en broma medio en serio, pues conociendo a sus padres eran capaces de darla por muerta habiendo pasado un día sin noticias. Total, un hijo menos, un hijo más. Ya sabían lo que era perder a uno, por perder al otro ya ni lo notarían.

El hombre tenía razón. Una varita descontrolada era más peligrosa que una controlada. Cuando un mago está en pleno uso de sus facultades y es capaz de controlar la magia que su varita produce, a pesar del peligro que conlleva, existe cierto control y no hay errores. Todo daño ha sido calculado. Mientras que si el mago no controla su propio brazo en el que está su varita, cualquier hechizo puede acabar matando a cualquiera. Seguramente hasta el hechizo más sencillo e inocente resultaba letal en malas malos. – La verdad es que a lo tonto ese mortífago me hizo un favor. No entiendo mucho de huesos, pero creo que me había partido algo ahí dentro. En cuanto me dejó sin hueso fue todo mucho mejor. Aunque más tullido, porque lanzar hechizos con la mano izquierda mientras la derecha parece de goma no es cómico. – Desvarió durante un segundo y levantó la vista del cabestrillo, quien tenía toda su atención debido a lo curioso que era un brazo sin huesos.

Rodó los ojos y soltó un corto suspiro antes de volver a mirar al hombre. Luego le sacó la lengua a modo de niña pequeña, como bien había dicho él que era. Una cría, pues toma cría. - ¿Tienes algún problema con la gente bajita? Pues que sepas que en Gringotts los duendes no tienen que partirse el cuello para mirarme, y seguro que me dan dinero de más por eso. – En realidad no. Los malditos duendes eran unos rácanos que no darían ni una moneda a un muerto de hambre para que se comprara un trozo de pan. Eso estaba más que claro.

Un segundo hombre no tardó en entrar, llevando la poción que se encargaría de hacer que Fly aborreciese incluso más los hospitales y ya, como algo secundario, de hacer que le creciera nuevamente el hueso del brazo. Aquella poción era curiosa. Sí, todo era curioso para Fly. Pero aquello era diferente, pues hacía que los huesos se formasen nuevamente y la chica siempre que veía aquello, bien en ella o en otras personas, de que aquellos huesos pudiesen romperse con mayor fragilidad. Como si se tratara del cuerpo de un bebé recién nacido, o algo por el estilo.

Acabó de tomarse aquel líquido grisáceo con una mueca de asco con el rostro y sin abrir los ojos, como si por el hecho de permanecer cerrados el sabor se esfumara. Y si a esto se le añadía taparse la nariz con dos dedos, el sabor debería quedar totalmente anulado. Pero no era así. A pesar de beberse aquello de un solo trago y de hacer las cosas que se consideraban útiles para disminuir el sabor de lo que bebías, tenía que admitir que ese brebaje era horrible. Daba igual como lo hicieras, seguía sabiendo asqueroso.

Estaba tan pendiente moviendo la lengua por su boca intentando que el sabor desapareciera que su atención se había desviado totalmente del tema. No escuchó las palabras de Daniel y se limitó a entrecerrar los ojos mientras generaba saliva que recorría su boca intentando desaparecer el sabor. Pero nada. La saliva que se generaba seguía con aquel sabor y su boca parecía que iba a criar una flora de plantas de jardín de lo más pintorescas gracias a aquel brebaje. - ¿Y cada cuanto tengo que tomarme eso? – Preguntó aún con el gesto encogido por el sabor de la poción. – Agh, es asqueroso, no se me quita el sabor de la boca. No recordaba que fuera tan horrible. – Admitió antes de volver a mover la lengua alrededor de su boca, incluso usando los dientes para raspar su lengua, como si eso fuera a servir de algo.

La pregunta del chico hizo que su atención variase y el sabor de la poción pareciese ser menor. Era como cuando tienes un fuerte dolor, si estás distraído, apenas lo notas, pero sí no haces nada, toda tu atención se centra en el foco del dolor. Por suerte, su atención varió hacia el tema del chico. - ¿Ser Auror? – Preguntó retóricamente. Luego hizo una pausa, pensando en cómo era. – Pues… Depende del día. – Fue a encogerse de hombros, pero visto lo difícil que resultaba aquello, prefirió quedarse quietecita. – Si no estás en la oficina rellenando informes es entretenido. O sea, rellenar informes es lo más aburrido que hay, que sí antecedentes de magos, que sí posibles casos… Así que te pasas el día hablando con cualquier compañero y huyendo de trabajar. Bueno, eso yo, que luego hay gente que trabaja y cree que eso sirve para algo. – Como Willow. Willow era la perfecta Aurora, siempre con todo al día, responsable, trabajadora. Luego estaban Fly y Drake, que era raro verles por la oficina de lo vagos que eran. – Pero luego está la parte divertida, como hoy. Quiero decir… No es divertido acabar con una viga en una pierna y sin huesos en un brazo, pero… ¿Suena raro si digo que me lo paso bien? Siempre quise un trabajo que me gustara y eso de “yo soy Auror porque quiero salvar al mundo de los magos tenebrosos” jamás me ha parecido muy lógico. – Eso estaba sonando como que era una Aurora de mierda, y seamos sinceros, lo era. – Está claro que las personas racionales quieren ayudar a los demás y soy la primera que también piensa en eso. – Señaló al hombre con la mano libre. – Igual que tú, por algo trabajas aquí. – Sonrió y volvió al tema de la conversación. – Pero también me gusta soltar adrenalina. Y no me digas que para eso me vaya a una montaña rusa, que ya lo he oído. – Movió la mano hasta colocarla nuevamente sobre las sábanas. – Es un trabajo como otro cualquiera, cuestión de gustos.

Lo cierto es que todos los médicos eran graciosos. Unos por su don de saberlo todo sin que nadie les preguntara; otros por ser unos viejos verdes que sólo seguían trabajando por tocar a jovencitas; otros por ser demasiado jóvenes y no enterarse de nada de lo que sucedía a su alrededor; y luego estaban los que eran como Daniel. ¿Y cómo era Daniel? Pues muy Daniel. O más bien, a simple vista parecía una persona seria y desinteresada, pero según conversabas con él te ibas dando cuenta que no era tan serio como podía parecer. Que dentro de esa fachada de seriedad había una persona humana con humor y una sonrisa. – Señor, sí, señor. – Colocó el brazo sobre su frente, como si de un soldado se tratara. Se portaría bien, más que nada porque de no hacerlo, más tiempo pasaría allí encerrada. – Anda, ¿Así que estoy con el jefe o es que todos te tienen miedo por si les cambias el café por poción crecehuesos? – Vamos, que si ella trabajara ahí tenía claro que a más de uno le hubiera echado una o dos pociones en el café matutino para ver qué pasaba. Pero porque era un caso aparte.

Ah, que encima de tener que tomarse aquella horrible poción, volver a generar el hueso iba a ser doloroso. Tenía cierta lógica teniendo en cuenta lo que suponía que volviera a crecer un hueso, era un proceso parecido a la salida de los dientes en un bebé. Eso sí, habían pasado tantos años desde que le salieron los primeros dientes que no se acordaba como para poder compararlo. – Vale, me estoy quietecita. – Dijo fingiendo algo de molestia, cuando en realidad entendía perfectamente que aquello era lo mejor que podía hacer.

Escuchó la historia sobre el hueso de su pierna con una sonrisa. Al parecer pasaran los años que pasaran siempre había alumnos retrasados lanzando hechizos a diestro y siniestro sin importar las consecuencias o daños que aquello pudiera causar a los demás.

Fly era una persona capaz de divagar acerca de cualquier tema, y por eso pasaba gran parte del día distraída con juegos estúpidos de palabras o con pensamientos incoherentes. Todo muy lógico para un adulto, o para alguien que según su fecha de nacimiento debía serlo, ya que entre su altura y las tonterías que podía llegar a decir parecía una cría. – Muy duras, el otro día un doctor en San Mungo que confundió como una alumna. Fue  muy duro, la verdad. – Sonrió demostrando que aquello solo era una broma, aunque ya había visto que con el carácter de aquel hombre, podía tratar fácilmente con él sin sentirse incómoda o intimidada por su seriedad. – La verdad es que no considero duro algo como esto. Lo veré más duro cuando tenga que ver el informe de daños de lo que ha pasado, la verdad. Ver cuánta gente ha muerto o desaparecido es lo más duro. – Por primera vez en lo que llevaban de conversación dijo algo serio. – Pero hablando de cosas más interesantes… Creo que acabar luchando en Azkaban con dementores alrededor. Aunque también fue divertido, ¿Eso anula que fuera duro? – Preguntó divertida mientras jugaba con la mano izquierda sobre las sábanas, recorriendo un camino invisible con los dedos. – Creo que trabajar aquí tiene que ser más duro. Ver a la gente mal, perder a algunos… Creo que no podría hacerlo. ¿Siempre quisiste acabar trabajando en un sitio así?
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Invitado el Lun Oct 20, 2014 9:57 pm

Según las lesiones había pacientes que tenían que guardar un reposo más estricto que otros, y también los había que podían irse por su propio pie sin ningún problema. Esos últimos eran mis favoritos. Ver la alegría en sus rostros cuando te decían adiós esperando no volverte a ver… El informe tenía que rellenarlo igual y resultaba igual de aburrido, pero la sensación del trabajo bien hecho y la satisfacción personal merecían la pena. Lo pacientes que tenían que guardar reposo… Bueno, no todos cooperaban. En casos extremos, los otros sanadores o yo nos habíamos visto obligados a hechizarlos para que no pudiesen moverse y así agravar sus heridas. Así que cuando le dije a la joven que tendría que guardar reposo absoluto dos días enteros y vi su reacción, me imaginé amenazándole con la varita y (problemas del cine muggle) con la máscara de Hannibal Lecter cubriéndole la cara. Puede que eso último fuese un poco extremo… pero lo cierto es que no me extrañaría que alguna enfermera le sorprendiese de madrugada tratando de levantarse de la cama.

Cuando la morena dijo que se comportaría, le miré inseguro con los ojos entrecerrados. Quizá fuese una mujer de palabra pero no le conocía lo suficiente. Además, algo curioso como nada, muchas mujeres sacaban a la luz la inocencia y de vulnerabilidad en muchas olvidadas para convencer de lo contrario al sexo opuesto. ¿Sería uno de esos casos? Si existe una mujer como mi hermana, pueden existir dos. Aunque físicamente no lo parezca. Me recordé mentalmente ordenar a alguien del hospital que hiciese guardia, por si acaso.

Asentí cuando mi paciente preguntó si al menos teníamos lechuzas. No estaban para el uso de los pacientes, sino del personal del hospital, pero en caso de necesidad no tenía problema en permitirle mandar una carta siempre que lo hiciese alguien del hospital.

- Mañana por la mañana cuando venga a examinarte el brazo puedo traer tinta y pergamino, y alguien del hospital mandará la lechuza. – alcé una ceja y me di la vuelta para revisar lo primero que estuviese a la vista cuando bromeó tan frívolamente con los funerales. No era gracioso, para nada. Ella había tenido suerte, pero otros no. Como Lenore. Cuando tienes que enterrar a quien conforma media parte de tu ser y despedirte de ella para siempre por culpa de alguien que creías tu amigo, y tienes que hacerlo con tus propias manos, frivolizar con esos temas no es lo que más agradable te resulta. Lo cierto es que resultaba gracioso. Quizá tuviese razón y su familia, en alguna parte de Londres, o quizá en el valle de Godric, hubiese oído las noticias y le hubiese organizado un funeral. Como con Jackson, tantos años atrás. Nunca recuperamos su cuerpo, pero igualmente hicimos el acto de enterramiento en torno a un ataúd. Vacío. Pero al menos tuvo ceremonia. Lenore solo tuvo un enterramiento improvisado, aunque al menos fue íntimo, entre los dos, un último gesto de complicidad.

Por suerte cambiamos de tema, pensar en Lenore siempre me ponía triste. Tuve la oportunidad de recuperar mi humor perdido cuando hablamos de cómo sería manejar la varita con un brazo deshuesado. En mi opinión, mucho más peligroso que uno con sus huesos correspondientes. Me puse un poco más serio cuando mi paciente dijo que antes de quitarle los huesos, el mortífago le había hecho una fractura. Pero igualmente era algo que no sabríamos.

- Seguro que no piensas lo mismo cuando la poción empiece a hacer efecto. – lo malo de regenerar huesos es que era muy, muy doloroso. Dicen que los dientes crecen cuando eres bebé porque el dolor sería insoportable siendo adulto. El nivel de dolor de regenerar huesos perdidos se acercaba peligrosamente a la barrera de lo insoportable; yo no daría las gracias al mortífago. Además las fracturas se curan más fácil y rápidamente, mientras que hacer que los huesos volviesen a crecer era un proceso más lento que requería tiempo y paciencia. – Aun así te las apañaste muy bien para dejarle fuera de combate – le animé con media sonrisa cuando dijo que había sido raro sostener la varita con la mano izquierda cuando estaba acostumbrada a usar la derecha.

La paciente me recordaba en cierto modo a los hobbit. A mis ojos era prácticamente una niña de no más de doce años, y aun así había visto algunos más altos. Cuando le dije que no podía culparme por tomarle por una alumna soltó una broma sobre los duendes de Gringotts. Reí, aunque no había quien se creyese que le tenían cariño porque era demasiado baja.

- Me extraña que te den dinero de más. Son tan territoriales con el dinero que solo con sugerirles eso, seguro que te cancelan la cuenta y te quedas sin tus ahorros. – dije medio en broma medio en serio. A ver quien les tomaba el pelo a los dichosos duendes con todo el dinero que manejaban. Se les podía tener más o menos simpatía, pero tampoco había que ser tontos.

Finn nos distrajo cuando regresó con la poción crecehuesos. Aunque tuvo unos momentos de duda iniciales, para mi sorpresa la paciente cooperó y se bebió todo el vaso de un trago y sin respirar, como le había aconsejado el joven sanador. Quiso saber si tendría que volver a tomar otra dosis de la poción pero debía tener aún el sabor en la boca y no prestó atención a mi respuesta.

- En veinticuatro horas lo sabremos, pero todo apunta a que ya hemos terminado. – repetí cuando me preguntó de nuevo si tenía que volver a tomar esa poción. - Puedes relajarte.

La paciente confirmó que era auror. Me sorprendió aunque en cierto modo no me pilló por sorpresa después de haber visto su patronus parlante en Hogsmeade. Aun así no me resultaba agradable tratar con aurores, los veía falsos y prepotentes. Le pregunté a la joven cosas acerca de su profesión, para ver realmente que tipo de persona (y de auror) era según su respuesta. Para mi sorpresa, no me había encontrado antes con nada similar. El momento en que habló de redactar informes no me interesaba, era como el trabajo diario en el hospital. Papeles aquí, papeles allá. Únicamente las palabras eran distintas. Aun así cuando mencionó los antecedentes de magos no pude evitar preguntarme si habría leído el mío. Pero fue lo que dijo después lo que me descolocó.

Fly, o Fiona como pondría más tarde en su informe, dijo que había aurores que seguían más las reglas por así decirlo, que trabaja porque cree en algún propósito divino de su profesión. Esos eran los aurores que me caían mal, los que creían que por ser auror tenían que encarcelar a todo mago que atacase a otro y salvar a todo mago que fuese atacado; había veces en que quizá el que debía ser encarcelado era el mago atacado, y otras en que no pero igualmente se comportaban como estirados arrogantes. Pero ella según sus palabras, era de los aurores que trataba de escaquearse del trabajo a la mínima ocasión. Sentí cierta simpatía por ella. Desde que había entrado al hospital y habíamos empezado a conversar, no me había parecido una persona como cualquier otra. Tenía… algo en su carácter que podía definirse como especial. Y sería igual en su día a día, trabajando como auror. También dijo que en días como hoy había algo de divertido. La adrenalina del combate. Asentí con la cabeza cuando me lo contó. En cierto modo lo entendía. Yo me iba a correr con mi perro para soltar adrenalina, ella perfectamente podía dedicarse a cazar magos tenebrosos. ¿Pero perfectamente? ¿Tanto necesitaba aquella sensación como para hacerse auror?

- ¿Y te hiciste auror solo por eso? – aunque sentía por ella una mayor simpatía que antes de que explicase los motivos por los que era auror, la incredulidad era visible en mí. No me lo terminaba de creer. La experiencia me había enseñado a desconfiar de los aurores. Ella dijo que eso de ser auror para cazar magos tenebrosos era una tontería. ¿Entonces era auror por el simple motivo de poder tener la opción de vez en cuando a un duelo que quizá terminase como el de esta noche? – Lo siento, me he perdido. – la máscara de incredulidad en mi cara empezaba a fusionarse con otra de diversión. Quizá fuese verdad lo que decía. En ese caso, estaría ante el primer auror que no tiene ese ridículo sentido del deber y del honor. Increíble. Para cuando dijo que era un trabajo como otro cualquier, mi cara debía de ser un espectáculo – Pero convertirse en auror implica mucho esfuerzo y dedicación. Hay que prepararse antes de siquiera soñar con serlo, y no te digo solo en Hogwarts. Pruebas físicas, pruebas psicológicas,… No es algo a lo que todo el mundo estaría dispuesto a enfrentarse. – Pero supongo que si ella dice que le gusta le habrá resultado menos duro.

Después me comentó que no parecía el típico médico malo que forzaba a sus pacientes a seguir sus intrucciones al pie de la letra y le dije lo que era porque era buena paciente además de lo que podía pasar si de repente dejaba de serlo: que le azuzaría a todo el personal del hospital. Ella, curiosa, preguntó si era el jefe o si les amenazaba con poción crecehuesos en el café. Reí. No podía evitarlo. ¿De dónde sacaba esta chica esas ideas?

- A alguno no le vendría mal el cambio – dije con una sonrisa maliciosa cuando se me pasó el ataque de risa. – Pero no. Soy el jefe. O el director, según dice mi placa, aunque no desde hace mucho tiempo. Pero te permito que me sigas llamando por mi nombre de pila siempre y cuando me hagas una reverencia. – bromeé. Eran las típicas bromas que si las dijese alguien como mi adorado padre serían totalmente ciertas. Suerte que no era él. Además Fly no estaba en condiciones de hacerme una reverencia, aunque sospeché que sería capaz de cualquier cosa con tal de poder bajarse de la cama. Como sospechaba, tuve que regañarle un rato después por toquetear su brazo malo y sonreí triunfal, apenas durante unos segundos, cuando ella me hizo caso.

Nos pusimos a divagar sobre ciertos temas, y yo le terminé contando la vez en que un estúpido Gryffindor me dejó sin huesos en una pierna. Solidaridad médico-paciente, a veces un poco de trato humano es todo lo que necesitan para hacer su estancia más llevadera. Y más en casos como el suyo, en que tenía que estar sin moverse de esa cama al menos durante dos días. Lo bueno es que en el ala de urgencias siempre había personal las 24 horas del día; así alguien se haría cargo de ella aunque no estuviese yo.

Más tarde, aprovechando un momento en que dejó de divagar consigo misma, le pregunté por su trabajo y si se tenía que enfrentar a situaciones muy duras. No era la típica pregunta que le preguntaría a una persona y menos en aquellas circunstancias, pero ella había demostrado no ser la típica auror. Además, sentía curiosidad. Fly no perdía ocasión para las bromas, cuando volvió a mencionar el problema de su estatura, pero se puso seria cuando dijo que lo peor era ver los índices de muertos y desaparecidos. No le duró mucho y pronto volvió a hablar con el mismo tono divertido de siempre; por su voz era como si siempre estuviese lista para meterse la primera en la primera atracción mínimamente movida donde hubiese un hueco libre. Aun así no veía como podía resultarle divertido luchar contra dementores. Por suerte no había tenido que enfrentarme a muchos… pero no podía olvidar el frío que te calaba hasta los huesos, ni las voces. Sobre todo las voces.

- No veo como luchar contra dementores puede resultarte divertido. – le dije con total sinceridad. - ¿No… No los sientes? – quise saber. Tampoco quería que me contase hasta el más mínimo detalle, pero no conocía a nadie que disfrutase cerca de los dementores. Ni siquiera mortífagos a los que había conocido. El efecto negativo de los dementores sobre los demás era algo generalizado, y me descuadraba que esa chica no pensase igual, sobre todo siendo tan pequeña como un niño. En ese momento le imaginé luchando contra un dementor. Una pequeña persona morena de pelo largo contra una figura encapuchada más alta e imponente. Era como estar viendo de nuevo El señor de los anillos, con el protagonista enfrentándose a los encapuchados.

Entonces la paciente desvió la conversación de su trabajo al mío, y en vez de ver a Frodo vi a los numerosos pacientes que habían terminado falleciendo en el hospital. Mi rostro se ensombreció. Me preguntó si siempre había querido trabajar en un sitio así. Mi alzamiento de cejas no podía haber sido más explícito.

- Nunca se me dieron mal las plantas, y las pociones siempre fueron mi pasión. Pero si te soy sincero, hasta hace unos años ni siquiera era sanador. – me acerqué a ella, colocándome de tal forma que si alguien abría la puerta no veía nada más que mi espalda. Entonces me levanté la manga de la bata y de la ropa que había tomado prestada al perder la mía, mostrándole mi antebrazo izquierdo, perfectamente normal. Eché mano al bolsillo para coger mi varita y cuando la sacudí sobre el brazo, lentamente comenzó a aparecer la marca tenebrosa. Unos segundos después, volví a sacudir la varita para ocultar la marca bajo el mismo hechizo de antes y volví a la normalidad como si no hubiese pasado nada. – La muerte y yo somos viejos conocidos. Es algo a lo que todo sanador tiene que estar preparado. Ya estoy acostumbrado. – me encogí de hombros. Además ahora mi propósito era más "noble" como les gusta decir a los Gryffindor: en vez de quitar vidas, las salvaba. Aunque nada era más duro que perder a un paciente... Aunque te insensibilizas, siempre hay alguno que en algún momento te llega al corazón.
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Fiona T. Shadows el Mar Oct 21, 2014 12:07 am

La sonrisa inocente de Fly era creíble cuando no la conocías, pero después de cinco minutos a su lado Daniel pareció comprender que fiarse de su sonrisa inocente no iba a ser lo más acertado. No sería la primera paciente que juraría mantenerse en la cama para luego escaparse en mitad de la noche para merodear por los pasillos, pero por lo que restaba a la chica, no tenía intención alguna de moverse, principalmente por el estado de su pierna. No era una buena enferma, era la típica persona a la que un catarro puede suponerle el mismo fin del mundo, y teniendo en cuenta el estado en el que había visto su pierna horas antes, no tenía intención de mover el trasero a no ser que hubiera un terremoto y tuviera que esconderse bajo la camilla. No pensaba dejar que la herida se abriera de nuevo, bastante dolor le había causado en su momento cuando la madera entró a través del muslo y sus sucesivas aperturas por moverse demasiado como para ahora volver a hacer que se abriera. No, no. Iba a ser buena. Iba a estar en reposo dos días, y luego movería la pierna para ver qué pasaba, como había dicho el hombre.

Agradeció con una sonrisa poder mandar alguna carta. No estaría de más avisar que estaba bien al Ministerio y ya preguntar a más de uno sí había salido vivo de aquello. Se había cruzado con varias caras conocidas antes de que los mortífagos apareciesen, y esas caras conocidas no eran personas a las que les gustara tener la varita fuera de su alcance y relajarse ante situaciones como la que se había dado. Estaba completamente segura que más de uno estaría en su casa dolorido o en alguna de las habitaciones colindantes con un par de costillas rotas. – Seguro que mañana tengo hueso para poder escribir, porque como lo intente con la izquierda parecerá que es una carta de un niño de tres años. – Rodó los ojos y le dedicó una sonrisa al chico. – Como mi altura. – Movió la cabeza de un lado a otro a modo de burla. Ahora haría cualquier comentario culpando al hombre por no saber diferenciar adultos de alumnos. Aunque en realidad sólo lo hacía por meterse un poco con él, o con ella, la verdad es que no tenía demasiada lógica.

La cara del hombre cambió por completo cuando hizo mención al funeral, por lo que permitió obviar aquel tema y seguir con la conversación como si nada. Había gente que veía la muerte como un tema que no debía ser tocado, bien por problemas recientes o por el simple hecho de ser la muerte. Fly, por el contrario, se tomaba aquel tema como uno cualquiera. Aunque realmente se tomaba todos los temas como si nada, como si fuera lo mismo hablar de matar perros porque pasan tiempo con una enferma de ébola o del color del cielo a las seis de la tarde. Lo cierto es que a pesar de haber perdido a su hermano apenas unos meses atrás no le importaba tratar aquel tema como si fuera lo más corriente. No hablar de un tema no hace que sea menos doloroso.

Estaba claro que la idea de que un Duende de Gingotts diera dinero de más a alguien no era creíble. ¿Quién en su sano juicio creería que unas criaturas que valoran más el oro y la riqueza que su propia vida darían un donativo a alguien? Nadie, efectivamente. Aquellas criaturas creían que todo lo que los magos compraban y había sido fabricado por los duendes debía volver a su poder cuando la persona que había pasado su precio fallecía. ¿Pasaría algo así con las cámaras de Gringotts? Eran capaces de quedarse el dinero de un muerto y no compartirlo con su familia, los muy mamones. – Venga hombre, juega más con la imaginación. Imagina que de verdad los duendes son simpáticos y agradables y me dan dinero. – Bromeó la castaña con la sonrisa en el rostro todavía. Lo cierto es que Daniel estaba en lo cierto, pero no por ello iba a darle la razón. Era mucho más divertido imaginar las diferentes posiblidades.

Fly era un ser extraño por naturaleza. Era la persona que podía salir con cualquier comentario en el momento más inoportuno y ya no hablemos de sus comentarios. Sería mejor no contarle a Daniel la historia completa de por qué hacerse Auror, para eso que pagara una mensualidad y se lo iba contando por fascículos, que saldría más rentable. Pero sí, en resumen se había hecho aurora porque era algo que le gustaba hacer. - ¿Para qué iba a trabajar en algo que no me gustara? – Quizá había sonado algo extraño y más bien la cara que Daniel tenía en aquel momento. Lo cierto es que si el chico hubiese sido un dibujo animado hubiera sido el momento en el que su mandíbula se hubiera descolgado exageradamente hasta alcanzar el suelo, donde cogería impulso nuevamente como si de un muelle se tratara. – La verdad es que en Hogwarts ni si quiera me planteaba acabar como Auror. – Es más, en esa época la idea de volver al castillo para impartir clase le sonaba como lo más apasionante del mundo, pero las cosas quisieron torcerse haciendo que todo cambiase drásticamente.

Rió ante la reacción del chico y negó con la cabeza. – Sí, las pruebas psicológicas son casi peor que las físicas. – Frunció el ceño. – Digamos que mi familia siempre ha sido algo complicada, por decirlo de algún modo. – Y tan complicada. Siempre había visto su familia como algo normal con sus diferencias y problemas, pero cuando su hermano decidió que ser purista era lo mejor que podía hacer con su vida, las cosas cambiaron y no precisamente para mejor. – Supongo que ver como tus abuelos quieren acabar con tus padres por ser traidores de sangre y que tu hermano decida que ser mortífago es la idea más inteligente que ha tenido en su vida influye. – No le dio demasiada importancia aquello, pero total, contarle su vida a un desconocido tampoco era algo del otro mundo. Solía ser callada con esas cosas, y salvo William y Drake nadie conocía aquella información. Pero total, aquel hombre no la conocía de nada, y quizá por eso mismo sentía cierta confianza. – Y sumado a eso ver cómo están las cosas, ver cómo la gente tiene esa estúpida necesidad de matarse unos a otros por ser diferentes… ¿Qué pasa, me vas a matar tú a mí por ser bajita? Soy diferente,  ¿No? – Suspiró. – Supongo que mi mundo se empezó a volver loco en algún momento y decidí que no quería ser parte de esa locura.

Al parecer Daniel no había probado echarle poción crecehuesos a nadie en el café. Fly estaba convencida de que ella jamás caería en esa trampa, principalmente porque no tomaba café. ¿A quién narices le gusta eso? Si es que sabe a rayos. Bueno, los rayos no tienen sabor, o al menos que nadie lo sepa, pues la gente tiene la mala costumbre de morirse cuando le cae un rayo. – Échales más azúcar, así el sabor pasará desapercibido, seguro. – No, mentira podrida. Ese sabor no pasaría desapercibido ni con quince kilos de azúcar. – El señor Director… - Repitió afirmando con la cabeza. ¿Ese era el que mandaba? O el que tomaba el café con más azúcar. – Yo pensaba que el jefe sería un señor de sesenta años y con una gran calva. Pero no… Eres joven, seguro que tienes algo malo. – Le miró de arriba abajo como si le inspeccionara, cuando realmente solo estaba haciendo el tonto. – Seguro que matas a tus pacientes ahogándoles con la almohada mientras duermen. Pues tranquilo, conmigo será fácil, me duermo rápido.

Se supone que el humor abandona a las personas en los peores momentos, pero Fly tendía a intentar ver el lado bueno de todo y no desaprovechaba ninguna ocasión para bromear, por lo que más de una vez era tachada de inmadura o poco seria. Al menos las personas con las que pasaba más tiempo parecían cómodas con aquella forma de ser, así que no tenía intención de cambiar en absoluto. – Claro que los siento. Hace un frío de narices cuando estás a su lado, ni que fuera pelirroja y no tuviera alma. – Bromeó. Aún no entendía el por qué se decía que los pelirrojos no tenían alma, cuando eran sexys y simpáticos. – Y era divertida la situación, no pienses que me encanta salir de fiesta con encapuchados que quieren besarte. Y eso ha sonado a típica discoteca con hombres babosos. Pero no.  – Abrió más los ojos y afirmó con la cabeza.– Si estás más pendiente de que un mortífago no te tire al mar apenas notas que están… Bueno, lo notas menos que de normal, aunque la verdad es que no he pasado mucho tiempo con dementores. Prefiero otro tipo de compañías que me den más conversación.

Escuchó con atención lo que el hombre contó, pero su atención creció cuando este cambió de posición y mostrando su antebrazo. ¡Por Merlín, tenía un brazo! Pero no, no era eso lo que iba a mostrar. La varita del hombre se posó sobre el centro del antebrazo izquierdo que ahora se encontraba descubierto y la piel comenzó a oscurecerse en diferentes zonas de su piel hasta formar una nítida marca tenebrosa. Miró sorprendida aquello. No era ni de lejos el primer mortífago que se cruzaba, pero le resultaba extraño que fuera él quien se mostrara. - ¿Por qué decidiste cambiar? – Daba por hecho que no seguía siendo uno de ellos, pues de serlo no habría ayudado a una Aurora, a no ser que esa fuera su tapadera para ganarse su confianza y… Demasiado complicado, se fiaba de él y punto. Persona más simple que el mecanismo de un chupete. – Quiero decir… Cuando uno de vosotros cambia de idea, ¿No intentan matarlo? Normalmente lo consiguen, no se ven muchos magos como tú. – O quizá había sido el primero en marcharse. Eso no lo creía, más teniendo en cuenta que las últimas noticias que había tenido de su hermano antes de desaparecer habían sido esas, que quería dejar los mortífagos y apartarse de esa vida que parecía no ser lo que él esperaba. Y de eso habían pasado más de seis meses.

No podía creer que sólo existieran dos magos en el mundo que realmente se plantearan como factible la idea de dejar los mortífagos. Quizá muchos seguían sirviendo en aquel bando por el mero hecho del miedo de salir del grupo, pues si con sus enemigos eran tan sangrientos y no dudaban a la hora de matar, no quería ni pensar cómo serían con aquellos que los traicionaban. Y no era traición como tal, simplemente buscaban una vida más segura, no es que fueran a acusarles de ser mortífagos o de juntarse con Lord Voldemort.

Fly hizo memoria, intentando recordar alguno de los informes que había leído a lo largo de aquellos últimos meses, pero el rostro de Daniel no aparecía en ninguna de las fichas que recordaba haber archivado o leído por puro aburrimiento. Pues cuando no tenía nada mejor que hacer (algo que sucedía de manera habitual) leía expedientes de magos oscuros. Bien muertos, apresados o en búsqueda y captura. Y ciertamente, no recordaba la ficha de ninguno que hubiera dejado los mortífagos y lo hubiera ido pregonando. Quizá nadie lo sabía. Quizá era un secreto y ahora ella lo sabía, por lo que debía cerrar la boca para no meter al hombre en problemas. - ¿Por qué me lo cuentas? ¿No podrías meterte en problemas por ello? – Preguntó con curiosidad. Tenía miles de preguntas que hacerle ahora que sabía que tiempo atrás había pertenecido a los mortífagos. Tenía tantas preguntas que hacerle sobre cómo había conseguido salir vivo de allí…

En ese instante su estómago comenzó a doler. Se sentía mal. Tremendamente mal. Ahora mismo se encontraba frente a una persona que había mostrado su simpatía y que había abierto parte de su vida para que ella la viera, y en lo único que Fly podía pensar era en por qué el sí había podido y Matt no. Por qué su hermano tenía que haber muerto por haber intentado dejar a los mortífagos y el chico que tenía a escasos centímetros y con el que ahora compartía oxígeno seguía con vida. Sus ojos estaban algo perdidos por la habitación, y su rostro pareció más serio durante un corto periodo de tiempo. Él había podido, no era su culpa. Él no había puesto una varita frente a su hermano y lo había matado. O quién sabe, pues ni si quiera su cuerpo había aparecido.

Sus ojos se habían iluminado fruto de la curiosidad mientras que su estómago había comenzado a calmarse, como si pensar que Daniel no tenía la culpa de nada fuera suficiente para no sentirse mal. Pues en parte ese sentimiento era consigo misma. Quizá si hubiera estado en Londres y no en Noruega las cosas hubieran sido diferentes y Matt hubiera podido seguir vivo. Pero no podía centrarse en aquella idea. No en ese momento. Forzó una sonrisa aparentando que nada había pasado por su mente y volvió la vista nuevamente al hombre. - ¿Te gustaba? – Preguntó con cierta curiosidad. – Ser uno de ellos… - Aclaró casi en un susurro. No quería incomodar al hombre y mucho menos que la puerta se abriera y alguien escuchara la conversación que ambos estaban manteniendo.

Tragó saliva y pensó en una última pregunta. No quería seguir preguntando, pues sabía que si no frenaba, aquello no tendría fin. - ¿Lo saben en el Ministerio? – No pensaba delatarle en caso negativo. No tenía ni razones ni lógica para hacerlo. Había demostrado que sí, que había sido un mortífago en el pasado pero había cambiado. Quizá debía ser juzgado por los crímenes del pasado, pero ella no era nadie para decidir aquello.
Fiona T. Shadows
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Fiona T. ShadowsInactivo

Invitado el Mar Oct 21, 2014 1:01 pm

Mi paciente era de baja estatura. No es que fuese una persona algo más baja de lo habitual, con ella iba más allá. Tanto que cuando le vi por primera vez le había tomado por una alumna de Hogwarts, cuando en realidad resultó ser una persona adulta y como descubriría más tarde, una aurora. Como para echarme en cara mi error inicial, aunque siempre con buen tono, Fly no desaprovechaba cualquier oportunidad para restregarme en la cara que no era ninguna niña, sino una mujer adulta; como cuando los adolescentes necesitan reafirmar ante el mundo que son casi-adultos en lugar de casi-niños. Cuando hizo la broma de la carta, puse los ojos en blanco y le sonreí.

- No vas a dejar de recriminármelo ¿no? – dije con fingido tono de cansancio. Pero algo era cierto, ya no se me olvidaría que era una mujer adulta, eso estaba claro. Aun así, seguro que no era el primero que le tomaba por una niña. Lo cierto es que tenía que ser odioso que todo el mundo te confundiese; sorprendentemente Fly sabía mostrar su buen humor y hacer de su desgracia una broma. Era una actitud admirable.

Era una persona muy especial. Durante todo mi tiempo en el hospital no había tenido que tratar con muchos pacientes como ella. Durante nuestra conversación pasábamos de temas más divertidos a temas más serios, como cuando hizo mención a los funerales, y otra vez pasamos a un tema divertido cuando hablamos de la avaricia de los duendes de Gringotts. De nuevo volvió a bromear con su estatura (Dios, me está mortificando) y dijo que los duendes de Gringotts simpatizaban más con ella. Pero no me lo creí ¿Quién se creería eso? Le dije la verdad, que con sugerirles que le diesen dinero de más por ser bajita probablemente se quedaría sin un galeón. Ella, mostrando una vez su humor, dijo que usase la imaginación e hiciese como si de verdad le diesen dinero extra.

- Entonces que me lo den mejor a mí. – dije hablando con su mismo tono bromista, aunque también había parte de verdad. Convertirme en director del hospital solo se había notado en la cantidad de trabajo que hacer todos los días, pero no en mi sueldo. Eso sumado a que venía de una familia rica que no quería reconocerme ni para prestarme un galeón (y aunque así lo hiciese tampoco yo aceptaría), habían hecho que tuviese que vivir un estilo de vida muy distinto al de mi niñez. Aunque no me quejaba demasiado, lo que tenía me bastaba para vivir y lo había conseguido con esfuerzo y dedicación, no con pleitos y herencias.

Cuando hablamos de las profesiones y ella dijo ser auror, al principio no sabía que pensar. No sentía mucha simpatía con aurores, a decir verdad, dada mi experiencia con ellos. Pero conforme más seguíamos hablando, más me daba cuenta de que ante mí se hallaba la excepción a mi regla de oro sobre los aurores. Y me alivió enormemente ver que Fly era auror porque le gustaba la adrenalina y se divertía en su trabajo, y no por el primitivo sentido del honor y el deber cumplido que caracterizaba a prácticamente el resto de aurores. Aunque la verdad, cuando oí su razonamiento la primera vez me quedé algo descuadrado. Me había costado pensar como alguien se quería enfrentar a todas las pruebas físicas y psicológicas y tantos años de preparación. La joven reconoció que en Hogwarts no se planteaba ser auror.

- Supongo que la mayoría de gente cambia de opinión. – Yo tampoco pensaba en ser sanador al terminar Hogwarts. Más bien en lo contrario. No ayudó a la causa que estando en los últimos cursos llegase una lechuza a casa de que unos estúpidos aurores habían matado a mi hermano mortífago. La chica se abrió un poco más y reconoció que las pruebas psicológicas no habían sido fáciles y menos en una situación familiar como la suya. Escuché lo que me decía sobre su familia con ojos abiertos de sorpresa y gesto serio. ¿Así que su hermano también es mortífago? Si ella, a juzgar por el otro sanador, tenía veinte y pico años, con unos pocos años más que tuviese su hermano probablemente le hubiese conocido. Me moría de curiosidad pero no quería ser tachado de cotilla sin remedio así que me contuve. – No todas las familias son como en las películas muggles ni se reúnen felices en una mesa redonda en torno al pavo de acción de gracias. – cuando era pequeño era común que toda la familia nos reuniésemos en la gran mesa del salón para dar gracias de todo lo que teníamos, de ser sangre limpia, no estar mezclados con muggles y tener simpatía por el Señor Tenebroso. Por suerte, una vez entré en Hogwarts me libré de esa costumbre y nunca más lo volví a celebrar. En cierto modo me parecía absurdo. Si de verdad te sientes en la obligación de dar gracias de lo que tienes, no tienes que hacerlo solo un día al año.

Suspiré junto a ella cuando dijo que no quería formar parte de la locura en que se había sumido su mundo. Eran palabras que no combinaban con su carácter bromista; grises, serias, adultas. Solo alguien que ha tenido una experiencia en su vida lo suficientemente significativa sabría a que se refería, y las repercursiones que podía tener para aquel que la sufría.

- Es como cuando estás subido en un tren que va a toda velocidad y decides bajarte cuando aún está en marcha, antes de llegar a la estación. – dije en tono sombrío.- No sabes si te vas a dar el golpe del siglo, pero es mejor saltar al vacío sin saber lo que te vas a encontrar a seguir en un tren donde ya no te sientes cómodo. - En mi caso, a mí me había sucedido algo similar así que no tenía problemas en entender lo que decía. No solo había tenido que decir adiós inesperadamente al amor de mi vida, ni a la vida que había construído como mortífago. También renuncié a mi familia, a una vida acomodada y dinero hasta después de la muerte, cuando ellos decidieron que si dejaba de ser mortífago también dejaba de ser su hijo.

Lo cierto es que cuando Fly se enteró que era el director del hospital y dijo que se imaginaba en el puesto a alguien de más edad y con menos pelo, no pude evitar mostrarme de acuerdo. Así había sido el anterior director, el bondadoso hombre que me había contratado. Toda una vida dedicada al hospital, y pocos años para hacerse cargo de él como jefe supremo. Por eso había sido una sorpresa cuando me llamó a su despacho y dijo que se jubilaba y quería que yo me hiciese cargo de su puesto. O al menos lo había sido para mí. En verano, Brisa había venido a preguntar si mi larga ausencia se debía a los rumores de que yo sería el nuevo director, y recuerdo haber desmentido los rumores en ese momento. Pero lo cierto es que los rumores se habían hecho realidad. Sin duda era algo que tendría que hablar con la joven sanadora cuando tuviese ocasión.

- Tranquila, solo lo haré si roncas y despiertas a los otros pacientes – bromeé cuando dijo que probablemente ahogase a los pacientes con las almohadas pero que con ella no lo hiciese porque se dormía rápido.

Volvimos al tema de su trabajo y cuando habló de los dementores, no me entró en la cabeza que disfrutase incluso con ellos cerca. Claro que su efecto depende de las malas experiencias que haya vivido la persona (en mi caso, volver a escuchar la voz de Lenore antes de escuchar mis gritos cuando vi su cuerpo sin vida no era demasiado agradable), pero aun así…Pero ella dijo que no era eso, que sí los sentía, pero que en esa ocasión también tenía que estar pendiente de mortífagos y tampoco prestó excesiva atención al dementor. Eso me sirvió para cerciorarme de que la joven auror era totalmente distinta a los que había conocido. Otros en su lugar se enfrentarían al dementor con una máscara de seriedad porque era su deber. En cambio, a ella le imaginaba con una mueca de aburrimiento y encogiéndose de hombros porque “o él o yo, y quiero irme a casa cuanto antes para no hacer absolutamente nada”. Quizá me engañaba la imaginación y tuviese esposo e hijos esperando ansioso a que volviese a casa, pero no parecía de ese tipo.

No me pasaba con mucha gente, pero había pacientes con los que se creaba un vínculo especial. Por uno u otro motivo, congeniabas en el momento. Eso es lo que me pasó con Fly. No sabía la hora que era, pero sí sabía que estaba dedicando a charlar con ella el tiempo que podría estar dedicando a atender a otros pacientes que viniesen de urgencia. Supongo que debía haberme sentido horrible, pero en el momento no lo pensaba. Le enseñé mi marca tenebrosa, oculta bajo un hechizo, cuando dijo si ser sanador había sido mi vocación. Al principio la paciente se mostró perpleja. En el fondo era una reacción comprensible, no todo el mundo entraba en una consulta médica y se encontraba con su sanador confesándole que tenía un pasado oscuro y que se dedicaba a matar gente antes de dedicarse a salvarlas. Si yo me paraba a pensarlo, a mí también me parecía una locura.

Pero luego recuperó la compostura y empezó a preguntar. Supuse que no solo la curiosidad, sino su vena profesional y sus circunstancias familiares le impulsaron a ello. Cuando me preguntó por qué decidí cambiar, me acerqué lentamente al borde de su cama y me senté allí, dentro de mis posibilidades (apenas me entraba medio trasero, pero para colocarme mejor tendría que echar a la paciente de su propia cama). Era una pregunta difícil. No difícil para mí, claro, para mí era lo más sencillo del mundo. Empiezas a pensar en una vida fuera de ese círculo pero siempre hay una misión más y otra y otra hasta que te quedes sin tu otra mitad; entonces viene la oscuridad, la sed de venganza y llegado el momento, no eres capaz de arrebatar la vida que te arrebató parte de la tuya, solo quieres dejarlo atrás, desaparecer y nunca volver, alejarte de allí sin mirar atrás.

Tardó un rato en contestar y cuando lo hice, en ningún momento levanté la vista del suelo. Hablé con palabras medidas y cautas, lentamente.

- Supongo que cambié porque lo hicieron mis prioridades. Al principio, quería ser mortífago para ser como mi hermano mayor. Él también lo fue, antes que yo, pero apenas unos años después de entrar fue asesinado por unos aurores. – Aunque justo clavé mis ojos en ella cuando mencioné a Jackson, no había tono de culpabilidad en mi voz. Habría sido ridículo, ella no mató a Jackson y además era distinta a los otros. Aunque no pude evitar preguntarme si hubiese matado a mi hermano, o a mí, si se hubiese encontrado con alguno de nosotros años atrás y se le hubiese presentado la ocasión. – Pero después… bueno, conocí a alguien. Y… - me encogí de hombros. Empezaban a faltarme las palabras. Siempre me costaba mucho hablar de Lenore a los demás, y ciertamente no era algo que hiciese con cualquiera. – Los dos queríamos dejarlo atrás. Ya sabes, al final. Pero siempre había otra misión, y otra después. Y entonces ella murió. Pero no fue un auror esta vez. – levanté la vista y clavé mis ojos, llenos de tristeza y luto, en los de ella, con una sonrisa extraña. – Fue un mortífago. Uno de los nuestros. Irónico ¿verdad? – guardé silencio unos instantes, cerrando los ojos ante la rapidez con que se sucedían los recuerdos en mi mente. Sacudí la cabeza para despejarme. – Pasé un tiempo tratando de cazar a la culpable pero llegado el momento, no pude acabar con su vida. – Aunque me aseguré de darle la lección de su vida, eso sin duda. – Pero tampoco pude volver. Así que un año después de aquello, simplemente ya no volví. Han pasado muchos años de eso y tengo que vigilar bien mis espaldas desde entonces, por si hay alguno espiando desde los sitios más insospechados, listo para hacérmelo pagar. Pero no me arrepiento de mi decisión, eso puedo asegurártelo.

Guardé silencio y le dejé tiempo para digerirlo. No tendría que estar resultándole lo más fácil del mundo, menos aún teniendo que enfrentarse a mortífagos no-arrepentidos en su trabajo diario. Su siguiente pregunta me pilló desprevenido. Sonreí. Quería saber por qué le estaba contando aquello.

- No lo sé. Es extraño, - dije encogiéndome de hombros. A decir verdad lo era, pero sentía que podía contárselo a ella aunque fuese una perfecta desconocida, y en cambio no había sido capaz de contárselo a otros sanadores del hospital, colegas míos, con los que iba de vez en cuando después del trabajo a tomar unas cervezas – pero tú tampoco eres como los típicos aurores. Supongo que por eso confío en ti. Y además, ya tengo bastantes problemas por los que preocuparme, uno más no iba a marcar la diferencia. – Ya llevaba años huyendo de mortífagos que me veían como un traidor.

De nuevo, silencio. Me acomodé mejor sobre la cama, incómodo, mientras veía a Fly dentro de cabeza, digiriendo todo aquello. Su siguiente pregunta tardó en llegar pero cuando lo hizo, me provocó la suficiente incomodidad como para tener que volver a colocarme sobre la cama, teniendo en cuenta que no tenía mucho sitio para ello y que apenas unos minutos antes acababa de hacerlo.

- Me encantaba – confesé. No me sentía muy culpable por ello; aunque había terminado con la vida de muchas personas, al menos se encontraban descansando en paz. Y además, muchos de ellos se lo habían merecido. Observé el rostro de la chica, que parecía estar debatiéndose internamente. Me di cuenta de que mis palabras quizá no hubiesen sido las más acertadas, así que me apresuré a aclararlo antes de que decidiese darme un golpe que me dejase sin sentido o algo similar. – Quiero decir, creía en lo que hacía. Era como… una vocación. Supongo que realmente no lo era, pero tuvo que intervenir una mujer para hacerme cambiar de idea. – dije con una media sonrisa triste y los labios tensos.

Su última pregunta, por suerte, no me provocó tanta incomodidad. Suspiré relajado y asentí con la cabeza apenas terminó de formular la pregunta.

- Sí. De hecho me extraña que no hayas visto mi expediente en alguna ocasión. – le dije con total sinceridad. – Tardé un tiempo, pero sabía que el primer paso para empezar de nuevo era reconocer los errores del pasado. Así que me entregué y… déjame decirte que tus compañeros no fueron muy compasivos. – le dije con los ojos entrecerrados. Al principio habían sido todo cortesía pero cuando les relaté mis propósitos y me terminaron reconociendo, todo lo que salió de sus bocas fueron burlas y palabras despectivas. Aun no sé como aguanté sin decir ni una sola palabra hasta que no me llevaron ante el tribunal. – Pero en fin, es agua pasada. Ahora soy un hombre distinto.- le advertí. No pensaba que ella me tomase por el mismo hombre que le había dicho que era, pero no estaba de más asegurárselo.

Al final mi curiosidad me pudo y, aunque en un principio no pretendía hacerlo, tuve que preguntarle por su hermano el mortífago.

- ¿Y tu hermano? – pregunté – Supongo que no tendréis una relación nada fácil. Quiero decir, él mortífago y tú cazadora de mortífagos. ¿Cómo se llama? – si dice algún nombre de un conocido, creo que me lo va a notar rápido en la cara. Recordé cuando Brisa preguntó por Kate, su madre. Me había sorprendido que ambas estuvieran relacionadas, pero Kate había sido siempre muy buena conmigo y con Lenore, y me había ayudado mucho cuando ella fue asesinada. Pero Kate siempre había sido distinta. ¿Y si su hermano no lo era? ¿Y si su hermano era como el resto de mortífagos.?
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Fiona T. Shadows el Mar Oct 21, 2014 9:36 pm

¿Dejar de recordar algo a alguien? Por Merlín, Fly era la persona que si cometías el más mínimo error te lo estaría recordando hasta el final de los tiempos. Y no sólo eso, cuanto mayor era el fallo o la humillación más cruel podría llegar a ser. En sus tiempos en Hogwarts más de uno se preguntaba cómo narices había acabado en Slytherin cuando no creía en la pureza de sangre y pasaba más tiempo con alumnos de otras casas que con los de la suya propia. Era cierto que en un primer momento incluso ella había dudado de la inteligencia del Sombrero, pero con el paso de los años se fue dando cuenta que el maldito trozo de tela no podía haber acertado más.

Amplió su sonrisa ante el comentario de Daniel. Claro que no dejaría de recordárselo, aunque no fuera ni el primero ni el último que había cometido aquel error. Lo bueno de todo aquello es que por muchos años que tuviera podrían seguir considerándola una alumna o una cría y no tendría problemas a la hora de envejecer. Salvo ver cómo todo el mundo está lleno de arrugas y canas y a ella podrían seguir confundiéndole con una alumna. – Está claro que no. – Alzó ambas cejas un par de veces a modo de burla y luego soltó una corta risa. Era extraño lo cómodo que se podía llegar a estar con una persona que acabas de conocer y de la que apenas conoces algo más que su nombre de pila y su profesión.

Los años en Hogwarts hacían que las personas vieran el mundo como algo cerrado. Algo que jamás puede desequilibrarse y que al más mínimo error alguien podrá arreglarlo. Para ponernos a comparar, Fly veía la vida en Hogwarts como un videojuego donde el camino viene marcado. Sólo puedes ir hacia delante o hacia detrás, pero no tienes cientos de caminos por los que perderte, sino uno único lleno de obstáculos. A fin de cuentas, siempre llegarás al lugar final, aunque tengas que pasar por cientos de obstáculos para conseguirlo. Por otro lado, la vida en el mundo real, lejos de la protección que aquellas paredes brindaban era como un juego en el que todo el terreno es jugable. Que el personaje puede andar por cualquier lado y no sabe cuál es la verdadera dirección que debe seguir hasta que cae por un barranco o encuentra una pared imposible de escalar. Luego estaban los juegos con coches, armas y putas, que tampoco tenían más gracia que atropellar a la gente y aplastarla contra las paredes de los edificios.

Así que, en definitiva, cuando dejabas Hogwarts las posibilidades que antes parecían no existir surgían ante tus ojos. Como si fueran setas tras una época de lluvias. Fly se hubiera limitado a encogerse de hombros ante aquel comentario, pero dada su dificultad para realizar ese movimiento, optó por mantenerse quietecita sin apartar la vista del hombre. - ¿Hay gente que come pavo en Acción de Gracias? Yo creía que eso sí que era lo típico de las películas. – Lo cierto es que el pavo lo servían en más de una ocasión en el Gran Comedor, pero fuera de ese lugar, jamás lo había visto como plato habitual. Era cierto que en cualquier serie americana existe un capítulo en Acción de Gracias donde los personajes se vuelven locos porque SIEMPRE hay algún problema con el pavo. Que si no quedaban en la tienda porque al encargado de comprarlo se le olvido, que sí se quema en el horno porque el dueño de la casa se deja las llaves dentro mientras sale a regañar a sus amigos por llegar tarde a la cena, que si compran pollo en lugar de pavo… Los americanos eran únicos para esas cosas. – La verdad es que jamás he celebrado eso, creo que es más americano que otra cosa, ¿No? Eso o he vivido en una familia sin tradiciones, totalmente. – Negó con la cabeza. También era posible, sus padres no eran precisamente muy tradicionales. Eran unos padres… Curiosos, cuanto menos.

Como de costumbre, la conversación pasó de un tema algo más serio como podía ser la profesión que uno elije cuando acaba sus estudios a hablar sobre las tradiciones de comer pavo. O cerdo con una manzana en la boca. Eso sí que sería gracioso.

Afirmó con la cabeza a las palabras del chico. ¡Eso era! Lo había entendido a la perfección. Fly era una de esas personas que tenía las ideas muy claras, pero que cuando abría la boca y comenzaba a contarlas parecía que nada tenía sentido. Por eso optaba por no ser demasiado expresiva con sus explicaciones y limitarse a lo básico. – Mejor un buen golpe a tiempo que algo peor a largo plazo. – Afirmó. Hubiera dicho morir, pero visto lo visto, era mejor evitar temas escabrosos. Como la muerte o la contaminación acústica provocada por los vecinos de arriba, cuyas hijas parecen dos caballos de los trotes que dan a cualquier hora del día, haciendo que estudiar o dormir la siesta sea misión imposible. Por ejemplo.

Las familias eran algo complicado, o más bien, la humanidad en sí era algo complicado. Las personas tenían demasiadas cosas en la cabeza y a veces sus necesidades de estar por encima de los demás o de sentirse superiores aunque fuera por un segundo acababan ocasionando más daños de los previstos. Algunos se acostumbraban a esos problemas, se acostumbraban a que sus acciones causaran daño a otras personas. Lo cierto era que Fly no entendía cómo las personas podían pensar tanto en sí mismas y fueran incapaces de ponerse por un segundo en el lugar de los demás. ¿Acaso costaba tanto?

Alzó una ceja ante el comentario del chico roncar. De toda la vida se sabe que las mujeres duermen como angelitos mientras los hombres roncan. O eso dicen las películas. El caso de Fly era diferente, ella era un nija. Era ese tipo de persona que se mueve más en la cama de lo que parece posible, era un culo inquieto en todos los sentidos y en todos los lugares posibles. Para dormir en una cama de clavos, claro.  - ¿Y si roncan ellos los puedo matar yo o tengo que esperar a que llegues tú con tu super almohada mata pacientes? – Preguntó como si aquella pregunta fuera una pregunta seria. Era seria, quizá su almohada tenía la forma perfecta para acoplarse a una cara y ahogar a la persona sin que esta pueda emitir el más mínimo sonido.

Tras contar por encima algo sobre su trabajo, Fly volvió a recolocarse sobre la cama, acomodando los cojines que se encontraban tras su espalda con ayuda de su mano izquierda. La cama se hundió ligeramente y Fly giró la cabeza para encontrarse con Daniel sentado al borde de la cama, como si temiera aplastarla una pierna si ocupaba más espacio. Por regla general se hubiera apartado un poco para dejarle más espacio, pero teniendo como tenía una de las piernas, vivía con el miedo de moverse lo más mínimo y hacer que la herida se abriera de nuevo. No tenía ni idea de cómo funcionaban realmente la magia curativa, ni las pociones, ni nada relacionado. Tenía nociones básicas para sobrevivir en caso de encontrarse con una herida en malas condiciones, como bien había hecho a lo largo del duelo en la estación de tren. Por lo demás, conocía más bien poco y temía que cualquier acción pudiese resultar más peligrosa para su pierna de lo que a simple vista podía creer.

Apoyó la mano libre sobre su cuerpo, quedando en cierto modo cruzada de brazos, ya que el brazo en cabestrillo tenía aquella posición de manera constante y si intentaba moverlo tampoco conseguía nada. No podía mover ni los dedos sin usar la ayuda de la mano opuesta, quien ahora debía sentirse como la mano más útil sobre la faz de la tierra, cuando tan sólo era una mano. Una maldita mano izquierda que resultaba estar en perfectas condiciones mientras que la mano que usaba normalmente estaba inutilizada. Una mano sin huesos era como un Hufflepuff en Hogwarts (o en cualquier sitio): inútil.

Escuchó la voz del hombre y no pudo evitar que de su rostro desapareciera la sonrisa, para ser sustituida por una mueca mucho más seria y con el ceño levemente fruncido. Sabía lo que era perder a alguien, especialmente a tu hermano. Fly había tenido una relación difícil con el suyo, pero eso no significaba que no le importara ni lo más mínimo. Si Daniel quería ser como su hermano, quería decir que su relación no era tan complicada, sino que era su modelo a seguir. Un pilar fundamental de su vida, por así decirlo. No dijo nada, pero una mezcla de culpabilidad recorrió su interior al oír que habían sido los aurores. Eran pocos los que acababan matando en la batalla, pues muchos preferían regodearse en la captura y el sufrimiento de los mortífagos una vez estaban encerrados, pero otros consideraban que debían morir igual que ellos habían matado. Fly no era partidaria de ninguna de ellas. La idea de matar no estaba en su cabeza y Azkaban tampoco le parecía un buen lugar. Cada persona debería pasar por lo que había hecho pasar a otros, pero matar nunca parecía una buena opción.

Mantuvo el silencio mientras el hombre relataba cómo el conocer a otra persona había hecho que su perspectiva de las cosas cambiaran y la muerte de la chica pareció sentar a la castaña como una patada en el estómago. Asesinada por otro mortífago. Al parecer la pareja, o la amiga del chico, había sufrido lo mismo que su hermano. – Tuvo que ser muy duro. – Se limitó a decir casi en un susurro. Ella no sabía cómo reaccionaría si alguien tan cercano muriera cuando no lo merecía. En cierto modo su hermano se lo había estado buscando a pulso durante años y no resultó ser una sorpresa, lo que no quiere decir que fuera precisamente agradable.

No sabía qué decir o cómo reaccionar a aquello. Cuando las personas cuentan sus problemas o malas situaciones lo mejor era no decir nada que pudiera llegar a ofenderlos, pero el silencio también resultaba ser ofensivo en muchas ocasiones. – Seguro que eres mejor médico que mortífago. – Mostró una pequeña sonrisa entre sus labios. – Y eso que eres un médico desastroso… - Añadió haciendo que la sonrisa creciera algo más. Antes de que el chico pudiera hacer nada, volvió a encoger ligeramente la sonrisa y le miró a los ojos. – Creo que hiciste lo mejor para ambos. Aunque las cosas saliesen mal.- Se apresuró a añadir rápidamente. En su opinión claro que había hecho lo mejor, pues de seguir con los mortífagos lo más posible es que ya hubiera acabado en Azkaban o en una situación parecida a la de su hermano o su amiga. - Te bajaste del tren y te llevaste un buen golpe, pero al menos sigues en pie. – Admitió antes de encogerse de hombros y hacerse daño por no darse cuenta de que el brazo seguía sin huesos y con el cabestrillo.

Bajó rápidamente la vista a su brazo al sentirse incómoda, pero no tardó demasiado en alzarla nuevamente para buscar el rostro del chico. Algo parecido a lo que podía denominarse alegría fue lo que sintió en aquel momento. Que no hubiera podido matar a la mujer que mató a aquella chica que significaba tanto como para hacerle cambiar era alentador en cierto modo. Fly no se sentía capaz de acabar con nadie llegado el momento preciso, y ver que algunos mortífagos eran capaces de cambiar y de mostrar que eran tan humanos como los demás llegaba a tranquilizarla.

La gente tendía a recaer en los malos vicios. Por ejemplo, Fly había comenzado a fumar hacia ocho años y a día de hoy llevaba ocho años intentando dejarlo. Aunque si lo pensaba, llevaba dos semanas o algo más sin probar el tabaco, lo cual confirmaba su teoría de que Drake tenía la maldita culpa de eso. Lo mismo debía pasar con ser mortífago, y viendo lo que Daniel contaba acerca de lo que había sido su pasado de intentar dejarlo pero no hacerlo, acababa por confirmar su pequeña y absurda teoría. Al parecer, había logrado dejarlo finalmente y empezar una nueva vida. Una nueva vida totalmente diferente a la que acostumbraba, pues había dejado atrás una vida llena de muerte para rodearse por una en la que su misión era la contraria. Ya no debía matar, sino salvar. Aunque… ¿Todos los mortífagos se dedican a matar? Podía sonar idealista, pero Fly pensaba que existía cierta admiración en aquellas personas, pues realmente luchaban por lo que creían. Lo idealista estaba en que creía que podían defender ese ideal de pureza de sangre sin tener que matar a cualquiera que pensara lo contrario o que no tuviera la culpa de haber nacido en una familia u otra. Seguro que por ahí había algún mortífago cuya varita jamás hubiera acabado con la vida de nadie, que se sintiera incómodo con la muerte y que prefiriera seguir sus ideales sin tener que matar a nadie. O simplemente estaba en el bando de Lord Voldemort por la diversión que esto podía llegar a brindarle. Había gente rara por el mundo y en aquella habitación había dos ejemplos de personas raras.

En ningún momento llegó a pensar que Daniel no disfrutara siendo un mortífago por lo que sus palabras no causaron gran sorpresa en la castaña. – Entonces está bien. – Dijo como si aquello fuera lo más normal del mundo. Fue a encogerse de hombros nuevamente pero esta vez su mente fue más rápida y frenó aquel impulso. Después de aquello se pasaría meses encogiéndose de hombros por cualquier chorrada para recuperar el tiempo  perdido. – O sea, no está bien… - Intentó arreglarlo. Coño, que para algo era Aurora, no podía ir diciendo por ahí “oye, está muy bien que fueras mortífago y que te encantara, es un buen trabajo”. – Parezco la peor Aurora del mundo, seguro que tienes una impresión horrible. – Soltó una corta risita. – En realidad los hay peores. Creo. – Alzó la mirada al techo, pensando si había alguno peor. Lo cierto es que tampoco tenía mucha relación en su departamento como para saber si los había mejores o peores, pero seguro que salvo Drake, no los había tan vagos. – Venga, empiezo otra vez. – Volvió a reír y se puso seria de golpe, intentando arreglar lo que había dicho.

Me parece moralmente correcto hacer lo que crees que está bien, defender lo que piensas. Y… No sé hablar tan serio. – Negó con la cabeza. – Que si es lo que te llenaba en ese momento, si creías que hacías lo correcto, pues oye, bien por ti. Al menos luego viste que había otras cosas más importantes, y aunque tuviera que intervenir una mujer, pues al menos sirvió para darte de cuenta antes de darte el golpe final. – Intentó aclararlo sin parecer la peor Aurora sobre la faz de la tierra, pero era cierto que era un desastre con patas.

Lo que le extrañaba a Daniel no era más que algo normal para Fly. En caso de haber visto su expediente no se acordaba, y sería algo de lo más normal viendo el interés que prestaba a las cosas que no llamaban su atención como colocar expedientes. Acabó de escuchar lo que dijo y sonrió cuando acabó aclarando que era una persona distinta. – Hombre, si no contaste todo esto hace más de… - Contó con los dedos. – Seis meses, pues difícil que viera tu expediente. Y si sigue rondando por el Ministerio no lo he visto. – Añadió. Hacía apenas seis meses que había vuelto a Londres y dudaba que Daniel llevara tan poco tiempo trabajando como Sanador. – Y no diré nada de mis compañeros, algunos tienen más ego que todo Slytherin junto. Y lo digo como antigua Slytherin, que conste. – Mostró una media sonrisa. Lo cierto es que en aquella casa olía más a ego que a neuronas, pero en el fondo no eran tan mala gente como todos decían. Había gente peor en Gryffindor, la cual resultaba ser una casa de mierda, literalmente.

Cuando mencionó a su hermano Fly se limitó a mirarle con cara de “¿Y tú qué crees?”. Pero luego volvió a sonreír antes de contestar. – Matt. – Afirmó a su pregunta. – Lo cierto es que siempre nos llevamos mal, pero siempre estaba pendiente de que no me pasara nada. No dejaba que nadie que no  fuera él se metiera conmigo, lo cual era bastante gracioso si lo piensas. – Sonrió alegremente al recordar aquello. – No era el mejor hermano del mundo, pero era el mío. Hace un par de meses me mandó una carta diciendo que quería dejar de estar con los mortífagos y fue lo último que supe de él. Yo y todo el mundo. – Bajó la mirada a las sábanas. – Supongo que lo mataron por intentar dejarlo.

No podía decir mucho más de la muerte de su hermano, ni si quiera sabía a ciencia cierta que lo estaba. Su mente racional daba por sentado que había muerto y se habían deshecho de las pruebas que pudieran quedar, pero por otra parte, su parte como hermana, se negaba a creer que después de intentar cambiar de verdad hubiera muerto. Pues eso demostraba lo peligroso que era intentar ser mejor persona. – A lo mejor le conociste… Ahora tendría veintiséis años, era mi mellizo aunque nos parecíamos en el blanco de los ojos y en la mala leche. – Añadió intentando suavizar el asunto.
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Invitado el Jue Oct 23, 2014 6:13 pm

Si alguien me hubiese dicho aquella tarde cuando iba a Hogsmeade a disfrutar de la inauguración de una nueva librería que terminaría en el hospital hablando con una auror que tenía la misma estatura que una niña, probablemente me hubiese reído en su cara y con bastantes ganas. Un ataque mortífago no es algo que uno se encuentre todos los días ni aun estando en mi situación, pero menos aún con personas como mi paciente, Fly.

Pero lejos de ofenderse, se tomaba el asunto de su estatura bastante bien. Incluso bromeaba sobre él algunas veces. Bastantes. Muchas. Demasiadas. Al final, el asunto de su estatura resultó una tortura pues no hacía más que recordármelo a la mínima ocasión. Entonces entendí que aquella era su táctica: volver la situación a su favor. Una estrategia muy astuta e inteligente, y que me iba a ganar probablemente un bonito dolor de cabeza. Cuando me atreví a decirle si no iba a dejar de recriminarme que le tomase por una alumna cuando nos vimos en Hogsmeade, antes de los duelos, ella dijo que no y rió. Hola dolor de cabeza.

Antes de pasar a los temas serios, hablamos de un montón de cosas. Lo cierto es que Fly era distinta a cualquier otro paciente que hubiese tenido. Parecía no tomarse en serio las cosas como la mayoría de la gente, y podía perfectamente ponerse a divagar ella sola, dando un monólogo, para lo cual no estabas obligado a intervenir y podías pasar perfectamente todo el rato escuchando sin decir ni una sola palabra. Aunque al hablar de las familias y mencionar que su hermano era mortífago, me entró curiosidad. Me contuve para no preguntar descaradamente y levantar sospechas, y simplemente dije que todas las familias no se reunían en torno a un pavo por Acción de Gracias como sí sucede en las películas. Fly respondió que no sabía que la gente celebrase eso, que creía que era una costumbre más americana que otra cosa. Asentí con la cabeza.

- Lo es. Mi familia es de allí, así que era costumbre celebrarlo. – le conté – Desde que entré en Hogwarts no lo volví a celebrar. Aquí en Gran Bretaña no se celebra, y después perdí el contacto con ellos y aquí me tienes, solo en la gran ciudad. – dije medio bromeando. Lo único que echaba de menos de Los Angeles era el clima. Recuerdo que cuando entré en Hogwarts me deprimió enormemente la gran diferencia que había en el tiempo de un lugar a otro, aunque ahora ya estaba acostumbrado. – Pero si quieres mi opinión me parece una tontería. ¿Así que das gracias por tener lo que tienes solo un día al año? ¿Qué pasa con los 364 restantes? – era algo que no entendía. Pero supongo que mucha gente no se para a pensar lo que celebra, simplemente lo hace y punto. Suspiré y negué con la cabeza.

Cuando Fly se puso seria y dijo que no quería formar parte de la locura que  parecía caracterizar al resto del mundo, entendí perfectamente lo que quería decir. Le puse la metáfora del tren, que decides bajarte antes de llegar a la estación aun sabiendo que te vas a dar un buen golpe, pero que vale la pena correr el riesgo. Sonreí cuando vi que ella asentía con energía. Me alegraba ver que alguien me entendía, aunque sus circunstancias obviamente no sean las mismas. Me hacía sentir más normal. ¿Aunque qué era ser normal?

Cuando hablamos del trabajo y le confesé que era el jefe, ella dijo bromeando si le asfixiaría con la almohada. Siguiéndole el juego le dije que solo si roncaba. Pero Fly, tan peculiar, enseguida me presentó otro escenario donde ella no era la asfixiada, sino otros pacientes que también roncasen. La pregunta fue si lo podría hacer ella o tendría que esperar a que llegase yo. Miré al techo pensativo con un dedo apoyado en la barbilla.

- Pues… Supongo que si lo hicieses tú te llamarían loca y te internarían en el ala de pacientes con estancia indefinida en el hospital. – no sería la primera paciente que llega con instinto asesino, aunque por suerte a todos les habíamos parado a tiempo. Le miré de reojo, divertido. Me encantaba hablar de temas serios y pasar de repente a comentarios más bromistas que no tenían nada que ver, tan fácilmente como si encendiésemos la luz con interruptor al estilo muggle. – pero si lo hiciese yo me quedaría sin trabajo y sin dinero y tendría que vivir en la calle, porque seguro que cantarías. Así que supongo que por esta vez, y hasta que abandones el hospital, te dejaré hacer. Yo me lavo las manos. – dije alzando mis manos una a cada lado del cuerpo en señal de rendición, aunque con una mirada de diversión imposible de camuflar.

Seguimos hablando del trabajo y al final, cuando le enseñé la marca, terminamos hablando de mi como mortífago, de por qué había decidido cambiar. Le expliqué mis motivos, nombrando como la presencia de Lenore en mi vida me había hecho convertirme en otro tipo de persona, aunque a ella no le mencioné en ningún momento. También le conté como había muerto a manos de un mortífago a quien creíamos nuestro amigo. Asentí cuando Fly dijo que tuvo que haber sido duro.

- Lo fue. – respondí. Y de hecho lo sigue siendo. Todas las experiencias marcan de alguna manera, y esa lo había hecho de tal forma que no dejaba que ninguna mujer se hiciese un hueco en mi vida. Como para animarme, dijo que era mejor sanador que mortífago, y eso que era un sanador desastroso. Sonreí.. hasta que dijo que creía que había hecho lo mejor para ambos y que, aunque me hubiese dado un golpe al saltar del tren, seguía vivo. ¿Pero lo seguía? No habia vuelto a ser el mismo Daniel desde entonces. Abrí la boca para responder, pero la cerré cuando vi que la chica miraba su brazo. Por un momento pensé que quizá empezaba a notar los efectos de la poción y yo también me quedé mirando, con los típicos ojos de doctor, pero cuando vi que levantaba la vista sin hacer ni una sola mueca de dolor, supe que era una falsa alarma y mi instinto médico se desactivó.

Cuando Fly preguntó si me había gustado ser mortífago y le dije que sí, que durante ese tiempo había sido como mi vocación, ella respondió algo que me hizo alzar las cejas sorprendido. ¿Era auror y creía que estaba bien que me gustase ser mortífago? ¿Qué clase de auror eres, Fly Shadows? Ella pareció leerme la mente y enseguida se explicó. Reí cuando dijo que parecía la peor aurora del mundo; peor no sé, pero desde luego era peculiar. Reí de nuevo cuando se hizo un lío con sus ideas y tuvo que empezar de nuevo.

- ¿Seguro que no quieres otro traguito de poción crecehuesos, a ver si se te aclara la mente? – no tenía ninguna relación, pero tanto ella como yo sabíamos que era una broma y que lo decía por el sabor de la poción y la ilusión que le hacía a la gente tomarse ese brebaje. Me puse serio cuando intentó explicarse por segunda vez. Esta vez entendí lo que quería decir y esperé en silencio a que terminase. – La gente cambia, y otras veces cambian a la gente. – por supuesto, no le dije que si alguien me diese opción de volver a mi vida anterior con la condición de recuperar a Lenore, dejando atrás todo esto, lo escogería sin dudar. Probablemente. Es lo más seguro. Creo. ¿No? Pues claro Daniel, no digas tonterías.

En un principio me extraño que no se hubiese topado con mi expediente en el Ministerio de Magia ni aun siendo la auror que menos trabajase en todo su departamento. Pero cuando dijo lo de los seis meses, todo encajó. Negué con la cabeza.

- Seis meses no, unos siete años. – calculé, si la memoria no me fallaba. Era muy difícil calcular el tiempo cuando últimamente todos los días de mi vida eran prácticamente iguales. Puse los ojos en blanco cuando mencionó a sus compañeros aurores después de decirle que conmigo no habían tenido mucho tacto. Pero me alegró que ella, como aurora, también opinase como yo, y más me alegró que dijese que había sido Slytherin. Yo le habría tomado antes por una Ravenclaw. Otra señal más de que aquella chica era una caja de sorpresas – ¿En serio? Yo también fui Slytherin. En mi opinión, la mejor casa de todas. – Seguida de Ravenclaw, donde había terminado Elia, al contrario que el resto de la familia. Pero Elia siempre había sido muy… Elia, así que no me resultó extraño. En cuanto a Hufflepuff y Gryffindor… si en mis tiempos me hubiesen mandado a Hufflepuff, me hubiese cortado un brazo, y si hubiese terminado en Gryffindor me hubiese cortado directamente la cabeza. Aunque ahora con la edad adulta, veía que realmente la peor casa era Gryffindor; Alice y Danny eran Hufflepuff y eran bastante simpáticas, sin ningún defecto mental ni nada por el estilo. Aunque quizá eran excepciones ¿quién sabe?

Tanto hablar de los mortífagos me recordó a su hermano, que también era mortífago. Y aunque al principio no había querido preguntar, al final no me pude contener y lo hizo, deseoso de saber si lo había llegado a conocer. Su nombre no me dijo nada, había conocido a varios Matt y Matthew sirviendo en las filas del Señor Tenebroso. Lo que me contó de la infancia me recordó a Elia y a mí. La actitud de Matt con Fly era la que yo había tenido con Elia cuando recuperamos el contacto, y en cierto modo la que seguíamos teniendo. Fruncí el ceño preocupado. Fly había dicho que su hermano no era el mejor hermano del mundo. ¿Pensaría lo mismo Elia de mí?

Me distrajo Fly cuando dijo que un par de meses atrás, Matt le había mandado una carta, justo antes de desaparecer del mundo. La joven auror creía que habían terminado con su hermano por querer dejarlo.

- ¿Cómo sabes que está muerto? – igual parecía una pregunta absurda para sus oídos, pero yo llevaba años cargando con aquel peso sobre mis hombros, con lo que significaba traicionar y abandonar a Lord Voldemort, y aun seguía vivo, sin apenas contratiempos con mortífagos. ¿Y si Matt estaba en mi situación? No éramos los primeros mortífagos que dejábamos de serlo, y aunque cazasen a alguno de vez en cuando, yo sabía que no era ni de lejos el primer mortífago traidor que seguía vivo después de tanto tiempo. Cuando Fly insinuó que a lo mejor lo conocí y dijo su edad, negué con la cabeza con gesto de pena. Lo cierto es que me había hecho esperanzas por que dijese que tenía más o menos mi edad (viendo la edad de Fly tampoco podía ser mucho mayor que yo), pero perdí toda esperanza cuando dijo que ahora tendría veintiséis. Para que le hubiese conocido, tendría que haber sido mortífago cuando yo decidí dejar de serlo, hace unos siete años. Y aunque lo hubiese sido, habría sido al principio de sus tiempos de mortífago, con lo cual tampoco habríamos tenido relación. – Lo siento, no recuerdo a ningún Matt tan joven. – me disculpé.

Me levanté del borde de la cama y me dirigí a la ventana de la habitación. Me quedé mirando al exterior, pensativo. ¿Dónde estaría Matt? Puede que estuviese incluso en Londres, tratando de pasar desapercibido en el lugar más insospechado. Puede que incluso me hubiese topado con él y no me hubiese dado cuenta. Aunque en ese caso al menos me resultaría familiar su cara, o la de Fly al haberle visto aquella tarde por primera vez. Descarté esa idea. Estuviese donde estuviese Matt, si estaba en algún lado y seguía realmente vivo, nuestros caminos no se habían cruzado.

Me separé de la ventana y corrí las cortinas antes de dirigirme a mi paciente.

- ¿Qué tal la pierna? ¿Te duele? – no tenía por qué, pero no estaba de más preguntar. – Si te duele puedo darte algo. – Aunque si lo que le dolía era el brazo, tendría que aguantarse. Para eso si que no podía darle nada, o podría afectar al crecimiento del hueso.
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Fiona T. Shadows el Sáb Oct 25, 2014 9:58 pm

Resultó que, efectivamente, Acción de Gracias era una tradición americana y Daniel resultó no ser precisamente un señor inglés con monóculo que tomaba el té a las cinco de la tarde. Tampoco lucía como los típicos americanos que las películas y series pintan, donde el americano es un gran patriota que lleva la bandera escondida hasta en la ropa interior y que sólo le falta tatuársela en la frente. Daniel no parecía uno de esos que cantaba a la bandera cada mañana y llevaba un alijo de armas debajo de la chaqueta (o en este caso de la bata de doctor). A lo mejor era canadiense y quería ocultárselo al mundo, porque todo el mundo sabe que Canadá es un lugar adorable con alces y personas felices sin armas. Es más, si Canadá y América se mostraran al mundo como personas serían totalmente contrarias. América luciría una chaqueta de cuero marrón con la bandera cosida y una hamburguesa en una mano, mientras que la otra tendría un arma. Por su parte, Canadá sería algo más bajito pero prácticamente igual de rostro. Llevaría un osito de peluche y América sería el único que lo vería, pues para el resto resultaría ser como un fantasma y nadie le haría caso.

En lugar de contarle aquellas especulaciones sobre lo que resultarían ser América y Canadá, se limitó a afirmar con la cabeza. Entendía perfectamente lo que era cambiar de ciudad y dejar de lado tu casa y aquellas personas que te habían rodeado durante los años anteriores. Al parecer Daniel se había ido para estudiar en Hogwarts y no había vuelto, al menos no a vivir allí. Eso era evidente teniendo en cuenta que ahora mismo estaba en Londres. Fly sonrió entendiendo perfectamente lo que decía y no pudo estar más de acuerdo cada vez que el chico volvía a hablar. – Imagínate lo que sería preparar una cena para tantas personas los 365 días del año. – Contestó bromeando. – En verdad no sabía ni para qué servía ese día, pero sí, tiene lógica con ese nombre. – Añadió rascándose la mejilla. Si no había que pensar mucho para llegar a esa gran e inteligente conclusión.

Fly no pudo evita reír ante el comentario de Daniel. En un Hospital, lo normal era que el médico se limitara a dar las malas o buenas noticias y se marchara lo antes posible de la habitación, dejando que su paciente permaneciera en reposo absoluto sin ningún tipo de distracción. En verdad aquello era un total aburrimiento si lo pensabas bien. Una persona sola en una habitación, sin nada que hacer, sin nada con lo que entretenerse…. Lo cierto es que era aburridísimo, era normal que algún paciente matara a otro por puro aburrimiento. Por eso debían tener una zona especial para locos, para aquellos que de tanto esperar entre cuatro paredes y sin ningún entretenimiento. – Espero que ahí tengan médicos más simpáticos, el que me ha tocado es un estirado que no veas… - Bromeó aún con la sonrisa en el rostro.

Afirmó con un par de cortos movimientos de cabeza cuando el hombre habló de no poder ser él quien se encargara de matar a los pacientes. Una pena. Si Fly acabara trabajando en San Mungo más de uno moriría por acabar con su paciencia. ¿Qué no quiere sopa? Le iba a salir sopa hasta por las orejas, maldita comida de hospital, es que en verdad con lo mala que está normal que nadie se la tomara.

Perder a una persona que se encarga de aportar toda la cordura posible a tu vida era algo duro. Perder a cualquier persona ya lo era, pero perder a esa que se encarga de hacer que tus días sean mejores días, que tengas ganas de despertarte por la mañana para ver a esa persona y pasar aunque sea cinco minutos juntos, debía ser duro. Pero más duro debía despertarse por la mañana y no ver a esa persona a tu lado, tener que dejar de hacer un desayuno para dos, que la casa estuviera vacía cuando volvías por la noche, que el armario aún tuviera su ropa porque habías sido incapaz de tirarla… Perder a esa persona, debía ser algo tremendamente difícil. Dicen que lo peor que puede pasarte en la vida no es acabar tus días solo, sino acabarlos con una persona que te hace sentir como si estuviera solo. Y si la persona que te hacía que cada día estuviera lleno de felicidad se iba para siempre, ¿Quedaba oportunidad alguna de volver a encontrar esa felicidad? Pues por mucho que mires en las diferentes culturas, todas dan por sentado que todos tenemos una persona en el mundo que nos complementa. Una y solo una. Una persona a la que nacemos atados por una cuerda roja sin si quiera saberlo y que esta cuerda se encarga de estar más o menos tensa según nos alejamos de esa persona. Pero si la cuerda se corta. Si la cuerda se rompe para siempre, ¿Habrá otra cuerda atada a nuestro brazo? Cientos de preguntas volaban en aquel momento por la mente de Fly, cuya cara había tomado un tono mucho más serio al escuchar las palabras de Daniel.

Rodó los ojos al escuchar a Daniel hablar de la poción crece huesos como si de zumo de calabaza se tratara. Claro, tomar esa poción servía para cualquier cosa, especialmente para echar hasta el desayuno de lo mala que estaba. Con ayuda del brazo izquierdo movió ligeramente los cojines tras su espalda y usó la pierna que seguía con toda su movilidad habitual para impulsarse y subirse más, de modo que quedara más cómodamente sentada. Era un maldito culo de mal asiento, y ya llevaba mucho tiempo sentada. Más del que acostumbraba a estar. Y ahora… Ahora tendría que estar dos días mínimo sufriendo aquello. Sufriendo no poder salir de la cama. ¡Qué sufrimiento! – Y a veces un poco de ambas. – Añadió con una media sonrisa en el rostro.

Efectivamente. Había pasado demasiado tiempo para que Fly fuera capaz de reconocer la historia de Daniel según los archivos. Era una chica curiosa y lo más probable sería que cuando tuviera oportunidad si buscase el historial del chico, pues de ser aquello cierto, lo más lógico sería que su ficha siguiera rondando por el Ministerio de Magia. Total, se aburría muchísimo en la oficina, aquello sería algo entretenido que haría que su aburrimiento disminuyera notablemente. – Pues sí que ha pasado tiempo entonces… - Por aquel entonces ella acababa de terminar Hogwarts y estaba estudiando para ser Auror, por lo que la posibilidad de haber leído su informe era más que nula. – Además, no es que no estuviera en Londres únicamente por aquel entonces, es que tenía menos de veinte años. – Añadió frunciendo el ceño. ¿Qué edad tenía Daniel entonces? No aparentaba tener cuarenta años ni de lejos, quizá veintimuchos o treinta y muy pocos. Pero si que había durado poco entonces en los mortífagos. - ¿Puedo preguntar algo? – No espero respuesta, era más bien una pregunta retórica. – Si todo eso pasó hace siete años, ¿Qué edad tenías cuando te uniste a ellos? – Decir la palabra “mortífago” en voz alta parecía que podría causar problemas si alguien entraba en aquel momento y sólo escuchaba aquella parte de la conversación, por lo que prefería evitar pronunciarla, como si se tratara de un juego en el que debes definir una palabra sin usar esa palabra o sinónimos.

El hecho de coincidir en la misma casa fue algo que cuando escuchó vio lógico, pero que antes ni se había planteado. Obviamente Daniel no tenía pinta de Hufflepuff y mucho menos de Gryffindor. ¿Ravenclaw? Si pensaba bien no conocía a ningún Ravenclaw que fuera inteligente como tanto presumían, por lo que Slytherin parecía la única opción posible. – Está claro, no iba a ser Hufflepuff la mejor casa. – Rodó los ojos y negó con la cabeza. – A ver, Ravenclaw no está mal aunque se lo tengan un poco creído a veces. Gryffindor tienen más ego que nada, y luego nos dicen a los de Slytherin. Y Hufflepuff… En fin, no tengo palabras para definir tanta inutilidad junta. – Afirmó algo más seria, como si fuera un tema de vital importancia. En verdad Hufflepuff no era tan mala casa cuando conocías a las personas que había en ella, pero el hecho de que fueran esas personas y no otras las que estaban en Hufflepuff hacía que el meterse con esa casa fuera mil veces más divertido. – Así que está claro, el Sombrero Seleccionador manda a la gente de calidad a Slytherin. Aunque no sé por tu época, pero por la mía la gente dejaba mucho que desear, sólo pensaban en darse el lote por la Sala Común, aquello parecía un desfile de hormonas revolucionadas. – Eso era cierto. Aún recordaba ver a Abi cada noche en la Sala Común con un tío diferente. A decir verdad, estaba casi segura que se había tirado a más de media casa.

La siguiente pregunta de Daniel hizo que se frenase en seco en su contestación. Abrió la boca para hablar y luego la cerró. Pensó durante pocos segundos y volvió a abrirla, esta vez sí fue su voz quien cobró protagonismo. – ¿No te había dicho que mi familia es capaz de preparar un funeral si no aparezco en un par de días? Pues imagínate si no apareciera en un par de meses. – Dijo a modo de broma. En realidad era algo serio y cierto, pero según su tono de voz apenas lo parecía. – Nadie sabe nada de él y el cuerpo de su novia sí apareció. Supongo que eso sirvió para dar por hecho que ya no seguía con vida. – Frunció el ceño pensando. Lo cierto es que ella había pasado meses dudando que Matt estuviera muerto, pero tantos meses sin dar señal alguna de vida era raro incluso para él. - ¿Cuándo dejaste de ser parte de ellos no avisaste a nadie? Quiero decir, cambiaste toda tu vida sin mencionárselo a las personas que te hubieran apoyado y protegido si fuera necesario. – Aquello era más bien una pregunta. No creía que Matt fuera capaz de dejar toda su vida y desaparecer para siempre. Era absurdo avisar que iba a hacerlo y no dar señales de vida nunca más. – Además, podía habérmelo dicho. Yo no vivía en Londres cuando me mandó aquella carta. Podíamos haber estado juntos en cualquier lugar sin preocuparnos de volver a Londres nunca. – Negó con la cabeza, pues ella únicamente había vuelto a aquella ciudad por el funeral de su hermano y las cosas habían querido cambiar al reencontrarse con viejos amigos.

Daba por hecho que Daniel no conocería a su hermano, por lo que no dijo nada después de aquello, sino que se limitó a seguir con la mirada la figura de Daniel. El doctor resultaba ser el único entretenimiento en aquella habitación y eso que tan solo llevaba un par de horas en aquel lugar. Cuando él se fuera, tendría que divertirse jugando con los cojines y durmiendo. Dormir parecía una opción magnífica, pero no cuando tus huesos están a punto de comenzar a crecer causándote un dolor insufrible para muchos y que apenas daría margen al sueño.

Fly levantó ligeramente la sábana para mirar por debajo, concretamente hacia su pierna. Al parecer con tantos vendajes no podría ver nada, tan sólo aquel manchurrón verde en la tela que hacía que un olor un tanto cómico saliese entre las sábanas en cuanto las levantó. – No, está bien. – Afirmó mientras curioseaba. Luego volvió a bajar las sábanas, colocando ambos brazos sobre ellas con cuidado de no golpear el que permanecía sujeto por el cabestrillo. – Huele raro, parece que se me ha podrido la pierna. – Dijo como si tal cosa mientras usaba la pierna buena como impulso para volverá  a recolocarse sobre la cama. – Daniel… - Su voz sonó algo más baja pero con la misma curiosidad que siempre. - ¿Alguna vez han intentado acabar contigo? Ya sabes, me refiero a después de irte.
Fiona T. Shadows
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Invitado el Vie Oct 31, 2014 6:47 pm

Miré a Fly con una ceja alzada, el rostro una mezcla de incredulidad y diversión. Había estado hablando con mi joven paciente sobre Acción de Gracias y respondiendo a todas sus dudas sobre esa absurda tradición. Por suerte, como también le dije no la volví a celebrar desde que vine a Reino Unido a estudiar en Hogwarts, así que hacía muchos años que no pensaba realmente en eso; el hecho de que Acción de Gracias fuese un día perfectamente normal para el resto del mundo y el no querer recordar a mi familia también ayudaban. No me creía que Fly no hubiese dado con el significado de la tradición tan solo fijándose en su nombre. En cierto modo me recordó a Danny, solo que ella seguro que hubiese sacado rápidamente una referencia a Star Wars y la conversación se hubiese desviado por el lado de la Fuerza, y si no por uno similar. Sin embargo, Fly parecía reflexionar para ella misma, asumiendo que Acción de Gracias era una fiesta para dar las gracias. Desde luego era una chica bastante peculiar, sin duda.

Estábamos hablando de lo normal entre sanadores y pacientes, es decir, que los primeros asesinen con la almohada a los segundos por roncar demasiado fuerte, y de repente estábamos hablando de cómo tendríamos que organizarnos Fly y yo para terminar con la vida de otros molestos pacientes. ¿Cómo habíamos llegado a esa conversación tan extraña? Era como si hubiesen hechizado; normalmente lo único que los pacientes querían saber era cuando podrían marcharse de allí, como hacer si necesitaban asistencia médica urgente y si había algún entretenimiento disponible con el que distraerse. En cambio yo parecía ser el entretenimiento de Fly… pero al contrario que con las ancianas quejicas tan habituales en el hospital, yo también disfrutaba y me encontraba bromeando con mi paciente hablando como si matar pacientes en el hospital en que estaban ingresados fuese lo más normal del mundo. Reí cuando Fly dijo que si al final terminaba en psiquiatría por matar pacientes esperaba que al menos los sanadores de allí fuesen más simpáticos, que yo era un estirado. Qué encanto.

- Gracias. – respondí con el mismo tono de broma que había usado ella. – Lo cierto es que hay de todo, es cuestión de suerte. Aunque… - dije pensando en voz alta – creo que hoy tienen turno unos sanadores aún más estirados que yo. Si quieres probamos. – Por supuesto nada de aquello iba en serio. Una cosa era que tuviese ganas de matar a algún paciente cuando se mostraba más contrario a cooperar de lo normal, hacerlo era distinto.

Hablamos de todo durante aquel tiempo, algunas cosas más agradables y otras menos. Cuando dijo que era auror y no reconoció mi nombre, me mostré sorprendido. Habrían pasado años, pero los archivos del Ministerio seguirían existiendo. ¿No?¿Acaso era ese el gran sistema de seguridad del departamento de seguridad mágica? Pero cuando Fly dijo que para entonces no tenía siquiera veinte años lo entendí todo mejor. En aquel entonces trabajaban de auror sus simpáticos y compasivos compañeros pero no ella. Lástima. Por como estaba yendo la conversación estaba casi totalmente convencido que ella me hubiese tratado de forma distinta si hubiese estado en el Ministerio el día que me entregué. En cierto modo era consolador, el saber que no todas las esperanzas estaban perdidas. Asentí cuando Fly dijo que si podía preguntar algo, que resultó ser la edad a la que me uní a Lord Voldemort.

- Justo al salir de Hogwarts. – respondí – Y no fui el único. Algunos compañeros de mi  curso también terminaron allí. – Muchos murieron en las primeras misiones, lo más lentos o torpes, o los de mente más débil. Los que se arrepintieron nada más unirse a Voldemort de que no debían haberlo hecho y querían salir; los muy imbéciles creían que el Señor Tenebroso aceptaría sus disculpas y les abriría la puerta de la calle e incluso les daría unos cuantos galeones para el autobús noctámbulo…  

Cuando Fly dijo que había estado en Slytherin, le dije que yo también. Cuanto más sabía sobre aquella chica, más me gustaba. Pero no me gustaba como lo había hecho Lenore o habría permanecido con ella lo mínimo posible y siempre en presencia de otros sanadores. Era difícil de explicar, pero su personalidad alternativa tenía atractivo. Era una persona interesante. Después nos pusimos a hablar de las casas. Asentí con su razonamiento, estaba de acuerdo en todo. Los Ravenclaw eran creídos porque les decían que eran muy inteligentes y se les subía a la cabeza; no había más que ver a Elia. Ella encima había sido la primera de la familia en romper la tradición de ir a Slytherin, y aun recordaba como divagaba en sus cartas cuando aún en el colegio, me escribía y terminaba hablando sobre ello. Los Gryffindor eran los peores, pese a que los Hufflepuff no estuviesen muy lejos. Pero al menos los Hufflepuff, aunque la mayoría lentos de mente, tenían buen corazón. En cambio los Gryffindor tenían más ego que cuerpo. ¿Dónde lo metían? Fly siguió hablando de que el sombrero mandaba a la gente de calidad a Slytherin pero que por otro lado en la sala común en su época muchas personas se daban el lote. Sonreí culpable, ruborizado.

Reconozco que tuve mi fase revolucionada. Pero ya no, lo juro, he cambiado. – Reí, aunque un puñal en el corazón me llenó de dolor cuando este me dijo que la culpable del cambio estaba muerta desde hacía mucho tiempo.

Continuamos hablando de las familias, en concreto de la de Fly, que probablemente según decía estuviese organizando su funeral aun habiendo estado desaparecida del mundo apenas dos días, y después hablamos de su hermano. Por su edad desgraciadamente no le conocía. Aun así Fly hablaba de él como si hubiese muerto cuando en verdad no tenía pruebas reveladoras que yo supiese. ¿O sí? Le pregunté con curiosidad. Ella sería auror, pero probablemente alguien como yo que había pasado por la misma situación que su hermano interpretase mil veces mejor las señales. Puede que Fly no fuese tan estirada como el resto de aurores, pero sus instructores seguro que lo habían sido. No era culpa de la chica, pero tampoco podía darle el enfoque apropiado a lo que sabía de su hermano. Al parecer el cuerpo de su novia había aparecido y habían dado por hecho que él también estaba muerto. Era cierto que a veces no aparecían los cadáveres de los mortífagos muertos (mi propio hermano era prueba de ello) pero en ese caso no parecía lo más probable.

- Si te digo la verdad no creo que esté muerto. Te lo digo como alguien que ha vivido la situación de tu hermano. Que su novia esté muerta no quiere decir que él también. A lo mejor necesita un tiempo solo para que el mundo se olvide de él…

Sensaciones que yo conocía demasiado bien. Aun habiendo sido un mortífago tras la muerte de Lenore, era como un espectro rodeado de vivos, apenas una sombra. Y de repente un día había desaparecido, y había estado un tiempo yo solo con mis pensamientos, recorriendo callejones cada vez más oscuros, hasta por fin había decidido entregarme. Si había pasado poco tiempo desde la muerte de la chica entendía totalmente que su hermano hubiese querido desaparecer del mundo. Pero Fly no parecía pensarlo así. Seguía dándole vueltas al asunto, y preguntó que qué había hecho yo entonces y si había desaparecido sin más sin avisar a nadie.

En mi caso era distinto. Teníamos una amiga, una de verdad. Ya sabes, Lenore y yo. No era como el resto de ellos. Estaba allí encubierta, por su familia. Y cuando Lenore fue asesinada, ella fue mi único apoyo y quién me animó a dejar todo aquello atrás sin decirle nada a nadie. Y bueno, aquí estoy. – dije como si fuese lo más fácil del mundo. Por respeto a Brisa no había mencionado el nombre de Kate, pero era cierto que aquella mujer se había portado con Lenore y conmigo como si hubiésemos sido sus propios hijos. Recordaba como si fuese ayer lo alegre que se puso cuando le hablamos de nuestro sueño de formar una familia. Kate nos había animado a seguir nuestros sueños, y cuando estos se desvanecieron fue Kate quien me animó a hacer lo correcto. ¿Y si Matt también tenía a alguien así, alguien que le había animado a hacer lo correcto?

Por su parte, Fly seguía hablando de que su hermano podía haberle avisado. Miré a la joven con lástima y negué con la cabeza. La chica se quejaba de que su hermano no le hubiese dicho de buscarle cuando le escribió la carta, pero lo cierto es que eso había sido una estupidez y una imprudencia bastante peligrosa. No solo por exponerse Matt si se extraviaba la carta, sino porque podía exponer también a Fly. Por ese motivo evitaba revelar detalles muy personales en las cartas que le escribía a Elia cuando notaba que estaba siendo vigilado, habiendo pasado tantos años. Quizá Matt había asumido su error y había decidido remediarlo escondiéndose del mundo por un tiempo…

- Creo que no lo entiendes. Es normal, es tu hermano. Pero míralo desde nuestro punto de vista. Tu mundo entero se desmorona, y lo que creías que era tu futuro y tu deber se convierte en un montón de mentiras y palabras vacías. Quieres dejarlo atrás pero no es fácil. Aun así decides hacerlo, pero para entonces estás solo porque han asesinado a tu pareja. Eres tú contra el mundo, traidor a quienes antes eran tus amigos y un peligroso delincuente a ojos del mundo mágico. – Aunque para alguien como Fly sospechaba que eso último era lo menos importante, tenía serias desventajas. Como no poder ir tranquilamente por la calle sin que alguien te reconozca y crea que vas a matarle allí mismo. – Decides avisar a tu hermana de tus intenciones. Pero entonces cuando has mandado la carta y no hay forma de evitarlo te paras a pensar. ¿Y si la lechuza es interceptada? ¿Y si alguien que no debe lee el mensaje antes? Te das cuenta de tu error. Ya es tarde para evitarlo así que decides esconderte del mundo. Quizá incluso ellos se olviden de ti pasado el tiempo suficiente. Y para cuando todos te den por muerto es cuando puedes volver a estar vivo. – Para mí tenía la mayor lógica del mundo.

Después de aquello, me levanté y merodeé un poco por la habitación en mis pensamientos antes de volver a interesarme médicamente por mi paciente. Sonreí satisfecho cuando dijo que todo iba bien, aunque la pierna olía como si estuviese podrida.

- Es el ungüento que echamos para que la herida cicatrizase. Conforme se seque olerá aún peor, ten paciencia. – observé con ojo crítico a Fly mientras se recolocaba en la cama. Al mínimo movimiento brusco, le paralizaba para que se estuviese quieta. Por suerte no hubo que llegar a tanto. Pero cuando se dirigió a mí en ese tono de voz supe que no iba a insistir con lo de la pierna, sino con algo más serio. Y así fue: quería saber si después de dejar al Señor Tenebroso habían venido a por mí. Resoplé y sonreí incrédulo. ¿Acaso lo dudaba? – Por supuesto. En el momento no se dieron cuenta. Supongo que realmente no se enteraron hasta que les llegó el soplo del Ministerio. – Todo el mundo sabía que no todos en el Ministerio eran tal y como parecían a ojos de los demás. Yo había ofrecido dos o tres de esos nombres, pero ahora años después otros habrían tomado su lugar. – Y desde entonces tengo que tener siempre la guardia alta. En cuanto que me despisto, me encuentro inmovilizado ante una mortífago enmascarada de veinticinco años y actitud burlona en pleno valle de Godric. – No había conseguido identificarle, aunque su voz me había resultado conocida. En cuanto supiese de quien se trataba no había duda de que me tomaría mi revancha. – Esa fue la última vez, pero ha habido otras antes. Este invierno, por ejemplo, tuve que irme de la ciudad por unos meses porque se habían acercado demasiado. Desaparecí de repente sin avisar, como tu hermano, y no aparecí hasta verano. – permanecí un momento en silencio, como debatiéndome internamente sobre algo. Finalmente, me senté al lado de mi paciente, le miré a los ojos y puse una mano en el hombro de su brazo bueno. – Tu hermano también volverá.
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Fiona T. Shadows el Lun Nov 03, 2014 2:51 pm

Lo cierto es que había tenido bastante suerte en cuanto al Sanador con el que se había topado. No se había encontrado con el prototipo de doctor que todo lo sabe sin ni si quiera necesitar preguntar al paciente sobre los síntomas. Pues esos médicos que daban por sentadas las cosas sin si quiera cerciorarse de si eran ciertas eran muy numerosos. Es más, el noventa por ciento de los médicos eran así, igual que el ochenta y siete por ciento de personas que se inventan los porcentajes para darle más credibilidad a sus frases. Pero, hablando en serio, existía gran cantidad de médicos que miraban a sus pacientes con superioridad, usando frecuentemente términos médicos que ellos no entenderían para dárselas de inteligentes y, por supuesto, se encargarían de dejar al resto de seres humanos como seres inferiores que no merecen ni la más mínima atención por su parte. Como si no les pagaran realmente por hacer aquello.

Tenía que decir que Daniel no era uno de esos médicos. Ni como los muggles ni como el resto de Sanadores que podían merodear por San Mungo mirando a la gente en las camillas con cara de “si yo estuviera en esa situación ya podría moverme de la cama y correr la maratón de Nueva York”, todo eso teniendo en cuenta que el paciente había perdido ambas piernas en una explosión y ahora tenía un par de muñones en carne viva con vendas recubriendo las heridas recientes para que pudieran sanar lo antes posible y no se gangrenara el resto del cuerpo. Pero claro, el médico podría estar hasta saltando a la comba si fuera conveniente.

- Ya sabes, los muggles tienen refranes raros, como más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y creo que me quedaré con el sanador insoportable que me ha tocado aun a sabiendas que seguramente el resto sean más agradables… Esos muggles, que listos son y eso que no tienen un palo que hace magia. – Ironizó abriendo los ojos algo más. En realidad no había pensado nunca que los muggles fueran seres inferiores, pero siempre los había visto como criaturas curiosas. Es más, en alguna ocasión estuvo a punto de optar por pedir un puesto en el departamento de Relaciones Muggles aunque ni si quiera había cursado la asignatura de Estudios Muggles cuando estaba en Hogwarts. Entonces, ¿Para qué ese puesto? Pues por la mera razón de que siempre le habían parecido divertidos, con objetos extraños, vestimentas curiosas y costumbres aún más raras. – Así que… No, prefiero quedarme contigo, que al menos no eres un viejo verde. Aunque si eres Slytherin, eres verde. Y si eres mayor que yo, eres viejo. Vamos, que eres un viejo verde de alguna forma. ¿Seguro que la poción crece huesos no daña el cerebro? – Preguntó como si tal cosa. En verdad eran reflexiones normales en la mente de Fly, pero normalmente mantenía la boca cerrada en cosas como aquellas cuando se trataba de desconocidos. O de personas a las que había conocido apenas unas horas atrás mientras corrían en dirección a la estación de tren para salvar su vida y el de un par de personas más.

Se limitó a asentir con la cabeza. Estaba claro que muchos mortífagos se unían a las filas de Lord Voldemort nada más acabar su etapa escolar. Eso se olía a kilómetros de distancia, pero se veía como algo más cercano cuando eras miembro de Slytherin y compartías Sala Común, e incluso dormitorio, con magos cuyo único interés en la vida era el de unirse a las filas del Señor Oscuro y hacer algo productivo con su vida. Llamando “algo productivo” al matar gente sin razón aparente, pues muchos se unían a ese grupo por esa única razón. – Al menos no entraste solo, ya ibas con amigos. – Se encogió de hombros como si decir aquello sobre unirse a los mortífagos fuera muy lógico, especialmente cuando ella se dedicaba a cazarlos. Aunque si lo piensas como que los Aurores son caza mortífagos te los imaginas con un mono marrón, una mochila con forma de aspiradora y cantando la musiquita de los cazafantasmas con toda la naturalidad del mundo. Y había que admitir que con lo estirados que eran la mitad de ellos, aquella opción no parecía demasiado factible. Pero sí graciosa.

Lo cierto es que ir a la Sala Común de Slytherin era como ir a un picadero. La gente se dedicaba a enrollarse por los sofás, las paredes, el suelo… Vamos, que daba igual la hora y el lugar. Fly no sabía si el resto de Salas Comunes serían como la de Slytherin, pero lo que tenía claro es que aquello resultaba tremendamente desagradable. Por suerte, ella jamás había sido uno de esos hormonados, básicamente porque nunca había compartido Sala Común con Drake, sino quizá si hubiera participado en aquella lucha de hormonas que había por todas partes. – Ahora eres célibe y te vas a meter a cura, lo sabía. Tienes algo en la cara… Te falta el alzacuellos blanco que llevan los curas y ya tienes la imagen perfecta de uno. – Frunció el ceño mirando al chico. – No, en verdad no cuela. – Dijo con una sonrisa aún dibujada entre los labios.

Escuchó las explicaciones de Daniel acerca de Matt. No tenía mucho que decir sobre aquello, salvo que de ser cierto acabaría decepcionada. No es que hubiera tenido muchas expectativas sobre su hermano, pero era eso, su hermano. Era la persona que siempre había estado a su lado en todo momento y por la que lo había dado todo a pesar de la forma tan peculiar que tenían ambos para comportarse con el otro.

Fly había insistido más de una vez para que dejara a los mortífagos. Para que se fuera con ella lejos de Londres y pudieran empezar ambos de nuevo sin las preocupaciones de aquellos fantasmas del pasado. Sin darle importancia a los problemas que había tenido Matt con sus padres o las rivalidades que existían dentro de su familia por temas relacionados con la pureza de sangre. Matt ni si quiera creía en aquellos ideales después de pasar varios años, por eso Fly tenía la certeza de que muchos mortífatos acababan por abandonar las creencias en la pureza de sangre para ser simples sanguinarios por pura diversión. Y por suerte Matt había decidido que era hora de pasar página, pero de pronto había desaparecido. Sin dar ningún tipo de explicación y con apariencia de haber muerto. Ni una mísera carta. En caso de seguir vivo, ¿Qué mierdas le costaba avisarlo para no estarse comiendo la cabeza durante meses? Y más teniendo en cuenta que la personalidad de su hermana se caracterizaba por preocuparse en exceso por los demás.  

- Supongo que tienes razón, pero prefiero culparle por inútil si le han matado o por retrasado si sigue vivo y no me ha avisado. – Añadió. – Cosas de hermanos, ya sabes. – Dijo sin preocuparse demasiado por lo que decía. Lo cierto es que la relación entre ambos siempre había sido complicada. Complicada y rara de narices, por lo que no era extraño ese tipo de comentarios por parte de ninguno de ellos. En el fondo se llevaban bien, siempre lo habían hecho, siempre y cuando no lo vieran los demás.- No seas serio, deja que me meta con mi hermano a gusto, que ahora no está para quejarse. – Sacó la lengua a modo infantil y luego sonrió. – Prefiero no pensar en ello, la verdad. Si está muerto, ya no tiene vuelta de página, y si está vivo, ya me encargaré yo de mandarlo a la tumba por tenerme engañada todo este tiempo.

Siguió con la vista los movimientos del hombre y luego prestó nuevamente atención a la herida que había bajo las sábanas, pues con la conversación había dejado de hacer caso a lo que sucedía en su pierna para centrarse en un par de palabras. - ¿Peor? Tú lo que quieres es intoxicarme con esto para que me quede inconsciente y no moleste. Primero amenazarme con las almohadas y ahora esto… - Negó con la cabeza. – Y hablando de cosas serias, ¿De qué está hecho esto? ¿Pis de mono? – Preguntó. En verdad tenía curiosidad por saber cómo hacían aquello, y conociendo cómo eran esas cosas, lo del pis de mono no estaba totalmente descartado.

Escuchar las palabras de Daniel no resultó algo sorprendente. El soplo del Ministerio. Si estaba claro que entre aquellos muros había más mortífagos que gente que de verdad apoyaba los ideales que defendía el Ministerio de Magia. Y aquello lo demostraba con creces. – No entiendo cómo no tienen más cuidado con esas cosas. Lo normal sería que no hubiera salido nada a la luz para que no te metieran a ti en más problemas, pero son una panda de imbéciles. – Afirmó totalmente convencida de sus palabras.

- Que divertida la vida del Mortífago prófugo. – Dijo con cierto tono divertido en la voz. – O sea, no quiero decir que sea divertido que tengas que estar con un ojo abierto todo el día, pero que al menos tus días pueden estar llenos de sorpresas. Aunque no siempre buenas, claro. – Añadió dándose un toque con el dedo índice en la mejilla. – Ese tipo de cosas tendrían que tener alguna protección. Quiero decir, cuando los Mortífagos se entregan suelen dar datos y demás, eso supuestamente garantiza información y les quita la posibilidad de entrar en Azkaban. Deberían ponerte una escolta por servicios a la comunidad. – Rodó los ojos. – Bueno, me has entendido lo que quiero decir.

Cuando el chico posó la mano sobre su hombro puso una cara de tremendo dolor. En principio fue por el susto de ver una mano  cerca de un brazo herido aunque fuera el otro. Y luego por fingir que había hecho daño. – Deberías tener más cuidado o te pondré una queja. Y ya verás que charla te echa tu superior. – Obviamente no tenía si era el Director, lógica aplastante.
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Invitado el Sáb Nov 08, 2014 9:32 pm

Quien pensase que los días libres eran aburridos tendrían que estar viéndome en aquel día. De una tranquila tarde disfrutando de la ceremonia de apertura de una nueva librería (algo realmente necesario pues no había suficientes, nunca lo eran) a duelarme con una mortífago, rescatar a una joven auror que por entonces pensé que solo era una alumna de Hogwarts de excursión por Hogsmeade y a regresar a San Mungo (en mi día libre, lo que tenía aún más mérito) a atender a mi recién encontrada paciente. No era lo que esperaba que fuese mi día libre, claro. ¿Quién podía esperarse algo así?

Aunque también estaba acostumbrado. El trabajo en un hospital, el horario, no es tan definido como pueda estarlo por ejemplo en Hogwarts o el Ministerio. Claro, tienes tus horas de trabajo que tienes que pasar en el hospital sí o sí, pero además están las consultas a domicilio, las reuniones con distribuidores de materiales médicos (importantes para abastecer los armarios y tener con qué tratar a nuestros pacientes) y los turnos de urgencia. Esos eran los más "divertidos": si te encontrabas a alguien, te tocaba a tí ocuparte. Y en un día tan caótico como ese, no me libré de tener que cargar con la auror-que-parecía-alumna.

Más tarde descubriría que no era una carga. Lo cierto es que aunque en un principio no tenía pensado ser sanador, había terminado trabajando allí y hace poco, convirtiéndome en el director del hospital. De buscar trabajo de sanador como salida a mi vida pasada (salvar vidas era lo más opuesto a arrebatarlas) había pasado a convertirme en un sanador como tal y a dedicarle gran dedicación y esfuerzo a todos y cada uno de mis pacientes. Disfrutaba, y sobre todo del lado humano, el tratar con los pacientes. Aunque eso no lo hacía más fácil cuando perdías a uno de ellos. Quizá en cierto modo se hacía más duro porque alguien como yo ha estado más en contacto con la muerte que muchos otros magos. Uno nunca se acostumbraba, y menos cuando se esforzaba duramente para evitarlo.

Pero con Fly no tuve que lamentar nada de eso. La gran cantidad de sangre que perdía su pierna me había asustado en principio, pero supe actuar y primero con el torniquete y después en el hospital con el hechio y las vendas, lo dejé solucionado. También reparé su brazo, sin hueso. No había nada más que pudiese hacer, excepto vigilar su evolución, como tenía que hacer obligatoriamente con los pacientes del hospital; como director,era mi responsabilidad estar al tanto de ellos tanto o más que los otros sanadores. Pero Fly no se limitó a quedarse quieta en su cama y contemplar el techo hasta que el sueñole venciese, en su lugar se dedicó a charlar. Tema tras otro, pronto me vi envuelto en una conversación de temas que iban variando de uno a otro y no siempre con relación entre sí. Estuve un buen rato hablando con ella. Era agradable. No era como la mayoria de pacientes del hospital, que solo se quejan de los dolores y luego te hablan de sus familias y de sus gatos esperándoles en casa. Fly era distinta. Por eso creamos un vínculo especial y comenzamos a contarnos todo tipo de confidencias el uno al otro, pese a ser un par de perfectos desconocidos apenas unas horas antes.

También habíamos adquirido la suficiente confianza como para picarnos, sobre todo ella a mí. Como cuando empezó diciendo que no tendría que asfixiarle con la almohada por la noche porque no iba a dar guerra y terminamos hablando de los otros sanadores y si eran más amables que yo. Ella dijo un refrán muggle para referirse a que prefería quedarse conmigo porque me conocía aunque probablemente el resto fuesen mejor sanadores que yo. Alcé una ceja con una expresión de incredulidad en el rostro cuando de repente pasó a hablar de los muggles y lo listos que eran aun sin poder tener una varita con la que hacer magia. Ya no iba matando muggles por ahí como antaño, y aunque siempre me habían dado igual y solo había terminado con ellos en actos de rebeldía como quien prende fuego a un contenedor de basuras, mi educación me había enseñado que si los muggles no eran capaces de hacer magia sería por algo. Igual que los conejos pardos tienen una tasa de supervivencia más alta que los blancos frente a los depredadores aéreos en su hábitat natural, pues pueden camuflarse más fácilmente de la vista de halcones, águilas y demás, el gen que confería la magia a unos sí y a otros no podía ser determinante para nuestra supervivencia. Siempre existirían los muggles, y sabía que si no fuese por ellos la magia se habría extinguido hacía varias generaciones, pero de algún modo, el tener magia y ellos no hacía que nosotros fuésemos distintos.

Fly terminó por caerme bien cuando dijo que era de Slytherin. Había supuesto que no sería Hufflepuff ni mucho menos Gryffindor, pero podía dudar más con Ravenclaw. Aun así me hizo ilusión saber que se trataba de otra serpiente más. No sé por qué, la mayoría de familias mágicas suele elogiar a Gryffindor, cuando no puede presumir más que de alumnos bravucones y prepotentes que creen ser más de lo que son. Fly siguió hablando que me prefería a mi como sanador, al viejo verde porque era más viejo que ella y era verde por ser Slytherin. Solté una carcajada. No sabía que tenía el cerebro de aquella chica pero realmente era digno de ser estudiado. Igual poseía la cura para la pedantería y el carácter estirado de otros aurores y personas en general y el mundo mágico no lo sabía. Deberías sacarle el tema Daniel, de si quiere donar su cerebro a la ciencia mágica cuando fallezca...

- En comparación contigo desde luego. Para mí eres como una pequeña hierba verde, joven, que crece lentamente pero con confianza. - le dije soltándo discretamente el golpe de la estatura, bromeando yo también con mi propio error de tomarle por una alumna. Reí aún más cuando de repente preguntó preocupada si estaba seguro de que la poción crecehuesos no dañaba el cerebro. - No estoy seguro... - bromeé fingiendo preocupación - Dime qué ves - añadí con tono místico, como la profesora de Adivinación en Hogwarts.

También hablabamos de temas más serios. De nuestras familias, de como me convertí en mortífago... En una de esas veces, Fly quiso saber a qué edad me había unido a las filas del Señor Tenebroso. Le dije la verdad, que había sido justo al terminar Hogwarts junto con otros compañeros de mi mismo curso, de los que solo otros dos y yo seguíamos vivos, al menos hasta que dejé de ser mortífago. Ignoro ahora mismo lo que habrá sido de ellos, aunque tampoco me da mucha lástima. En mis últimos años en Hogwarts no había tenido más que dos buenos amigos, el resto de gente me había abandonado porque no podía soportar la envidia. Incluidos mis "amigos" mortífagos: ellos también habían dejado de serlo, aunque habían fingido camaradería cuando me vieron con ellos en las filas de Lord Voldemort, como su igual. Otra cosa que no entendía: la falsedad de la gente. Ahí daba lo mismo muggles que magos, todo el mundo podía ser asquerosamente falso si quería... Pero no desmentí a Fly cuando se refirió a ellos como mis "amigos"; supuse que tampoco iba tan desencaminada si al final ninguno había muerto a manos del otro. Aunque claro, si seguían vivos y me viesen en ese momento, probablemente no fuesen tan cordiales.

Después comentamos el carácter "desenfadado" de la sala común de Slytherin. Fly mencionó la revolución de hormonas de los Slytherin que deambulaban por la sala común y le confesé que yo había sido de los deambulantes hormonados. ¿Qué iba a hacer? Era joven y guapo (aun con la cara llena de horribles granos de acné, algo increíble), y me lo creía. Eso me daba actitud de confiado y de prepotencia, me creía superior. Los orígenes de mi familia, el tener al momento todo lo que pudiese desear con tan solo pedirlo, ayudaron bastante a eso, y la educación de mis padres y ver a mi hermano con la misma actitud habían sido el empujón final. Nunca había ido más allá que unos abrazos y un intercambio de piropos con las chicas con las que había flirteado, aunque mis promesas si habían ido más allá en algunas ocasiones. En ese sentido no había sido de los peores, claro. Otros compañeros de casa hacían de todo, al parecer querían experimentar todo tipo de emociones adultas antes de terminar el colegio. Experiencias educativas, lo llamaban.Y bien que lo eran cuando el compañero del Slytherin hormonado se trataba de tal o cual profesor. Dudaba de que todo aquello fuese verdad, claro, pero los rumores llegaban a oídos de todos. Aun así, hubiese pasado lo que hubiese pasado, ya no era esa persona. Pero Fly me tomó el pelo y empezó a bromear que tenía aspecto de cura. Le miré con los ojos entrecerrados expectante, y sonreí con ella cuando dijo que no colaba.

- Podría ser cura si no fuese por el pequeño problemita de que soy director de esto - dije abarcando la habitación con los brazos y refiriéndome al hospital en general. - Ah, y luego hay otro detalle. Los curas tienen un trabajo horriblemente aburrido. Me gusta leer, pero no valdría para leer a todas horas ante la misma gente el mismo libro. Me van las emociones y el placer de encontrar libros aun mejor que los anteriores. Aunque mi trabajo me lo impide. - alcé las manos una a cada lado del cuerpo y puse gesto serio y  reflexivo - ¡Desaventurados los sanadores pues suyo no será el placer de poder leer un buen libro! - Y encima para una buena librería que construyen, y en pleno Hogsmeade, van los mortífagos y la destruyen. Lloremos hermanos, estamos de pésame.

Después de aquello y de estar bromeando un rato más, pasamos de nuevo a otro tema serio relacionado nuevamente con los mortífagos. El hermano de Fly, Matt, había sido uno de ellos pero al parecer había renegado como yo y había desaparecido. Lo que intrigaba a Fly era que la novia de él había aparecido muerta (lo que dolorosamenteme recordaba a Lenore, era imposible que no lo hiciese) y él no, y que él había desaparecido después de mandar una cartaa su hermana comentándole que iba a abandonar a Lord Voldemort. Fly pensaba que estaba muerto o esa era mi impresión, pero yo no lo creía así. Simplemente podía necesitar un tiempo a solas, escondido del mundo, y no le diría nada a su hermana porque no quería ponerle más en peligro de lo que ya lo había hecho con la carta que le había mandado. Cuando yo desaparecia, tampoco mandaba ni una carta a Elia, y la primera trasmi vuelta siempre era críptica para que nadie que decidiese interceptarla supiese lo que quería decir más que mi propia hermana. Aunque al menos tuve apoyo dentro de los mortífagos, y todo gracias a Kate. Ella no era como los otros, estaba allí por su familia (por Brisa, dijo mi cabeza o mi corazón o los dos, unidos en uno solo con una misma voz indefinida) y al igual que había estado del lado de Lenore y mío cuando le dijimos que estábamos pensando en un futuro al margen de Lord Voldemort, también fue ella quien me había animado a dejar al Señor Tenebroso atrás cuando Len murió.

Fly confesó que aunque mis palabras no carecían de sentido, prefería seguir culpando a su hermano por no dar señales de vida. En cierto modo me recordó a Elia. Ella también era distinta,y aunque no tenía la misma personalidad de Fly, también se había enfadado conmigo algunas veces por no ponerme en contacto con ella antes y preocuparle sin motivo.

-Mi hermana también es como tú a veces y me alegra que se preocupe por mí. Pero sé que en el fondo me entiende porque sabe que lo más seguro es actuar de esta forma, aunque a veces le vuelva loca. - esbocé una media sonrisa tímida. Valiente era aquel que se enfrentase a Elia cuando su mal humor llegaba a su punto más alto. Mi carácter tampoco era menos fuerte cuando me enfadaba mucho, pero creo que en eso me supera ella. Es como nuestro padre con su genio fuerte implacable, aunque físicamente sea como nuestra madre. Nuestras discusiones eran fuertes cuando iban por esos términos. Pero las reconciliaciones eran lo más dulce: podíamos pasar horas tumbados en el sofá sin movernos, abrazados el uno al otro. Y eso ya era decir bastante con el carácter tan activo de mi hermana. - Te entiendo. Y me alegra que te preocupes por él ¿sabes? A todos nos gusta que haya alguien que piense en nosotros de vez en cuando. Aunque ese alguien esté deseando retorcernos de las orejas antes que abrazarnos - bromeé medio riendo. Aunque Fly fuese bastanta bajita, parecía ser capaz de tumbar a un hombre que midiese dos metros si este se trataba de su hermano viendo lo enfadada-preocupada que estaba.

Antes de volver a retomar el tema de conversación principal del momento, los mortífagos de Lord Voldemort (curiosamente suena como una obra trágica al estilo Hamlet o Macbeth, y en cierto modo lo es. "Algo está podrido en el estado de Reino Unido". Y hasta rima. Quizá debería escribirlo...). Hablamos en términos médicos y ella se interesó por su pierna. Parecía preocupada de que estuviese podrida pero le tranquilicé diciéndole que era por el ungüento. No ayudaban el color verdoso ni el olor, y le advertí de que este último se haría más desagradable conforme pasase el tiempo. Como era de esperar mis palabras no le tranquilizaron lo más mínimo.

- Casi. Mandrágora, sangre de salamadra y algunos otros ingredientes que es mejor que no conozcas. - no creo que le agradase saber que su poción se había hecho a base de machacar cerebros de rana, entre otras cosas, hasta que estos habían pasado de ser cerebros a una pasta viscosa.

Cuando retomamos el tema de los mortífagos, al principio Fly sintió curiosidad por saber si habían ido detrás de mí alguna vez en el tiempo que llevaba sin ser un mortífago. O al menos sin ir con ellos, pues la marca de mi brazo izquierdo indicaba que nunca podría dejar de ser un mortífago, al menos no del todo. Le confesé que aunque no se enteraron al principio, fue cuestión de tiempo que lo hiciesen en cuanto lo hizo el Ministerio, dándole a entender aunque no directamente algo que sabía todo el mundo: no todos eran tan inocentes y buenos como aparentaban. A ella no le pilló de sorpresa y mostró compasión por mí llamando imbéciles a los del Ministerio por no guardar los documentos más en la sombra y así evitar que hubiese salido todo a la luz y que Lord Voldemort no se hubiese enterado de mi traición.

- Eres muy amable - dije con una sonrisa. - Pero aunque no les hubiese llegado el soplo desde el Ministerio, no son nada tontos. En cuanto viesen que llevo sin aparecer en una reunión tras otra... Bueno, ya sabes como funciona ,es imposible no enterarse. - no hablé en términos explícitos, no sabía si alguien nos podría estar escuchando. Pero creí que Fly me entendería como auror que era. En cuanto Lord Voldemort tocaba su marca, la del resto de sus seguidores se tornaba de color negro como el carbón y comenzaba a quemar sobre la piel como si fuese puro fuego. Todos los mortífagos se enteraban de la llamada y debían acudir de inmediato. Si alguno no acudía, el Señor Tenebroso sabía al momento que el ausente había decidido voluntariamente ignorar la llamada. Era como sumar dos mas dos, no había que ser un Ravenclaw para darse cuenta. Me encogí de hombros. - Pero aun así da lo mismo. Desde el momento que decidí que no quería seguir siéndolo era consciente de los riesgos. - Y de hecho no me importaba si de repente entraba un mortífago en esa habitación y decidía terminar conmigo, años de traición con un simple rayo verde y adiós a sus problemas. No tendría que seguir vigilando mis espaldas, respiraría tranquilo y volvería a estar con Lenore. Sería bonito, el final feliz que en vida no esperaba que fuese a conseguir. Lo peor no era el miedo por mi vida, sino por la de los demás. En especial por Elia, mi hermana y uno de los pilares de mi vida , mi gran debilidad.

Fly no parecía encontrar triste mi vida de exmortífago fugitivo e incluso dijo que era divertido porque al menos no me aburría, que tenía el día lleno de sorpresas. Suspiré y puse los ojos en blanco. Ciertamente no me aburría, aunque los largos días de trabajo me hiciesen darme cuenta de lo contrario, pero... sabía que no era un estilo de vida que pudiese llevar hasta con noventa años, sin dientes propios y con bastón.

- En eso tienes razón. ¿Otra ventaja? No viviré para ver mi boca sin estos dientes tan perfectos y blancos. - dije con ironía, y con lástima. A nadie le gusta morir joven, y aunque ciertamente morir con sesenta años no entre en la definicion de morir joven, tampoco es una esperanza de vida muy grande. Tenía esa idea de que iba a morir como tarde a los sesenta, después de un despiste por mi parte, una mala caída que me diese clara desventaja sobre mis enemigos o cualquier otra cosa por el estilo. Lo tenía asumido,y aun así me apenaba no llegar a alcanzar la edad suficiente para jubilarme y dedicarme a hacer viajes con el resto de jubilados a grandes sitios con sol y playa en las costas españolas como un anciano normal.Supongo que es uno de los motivos por los que me mantengo tan en forma, para intentar desafiar al destino que creo que tendré y en fondo no quiero tener. Fly siguió divagando y dijo que no le aprecía bien que los exmortífagos tuviésemos que enfrentarnos solos al mundo sin ningun tipo de escolta. Resoplé. - ¿Acaso ellos serían mejor con nosotros de lo que lo fueron los otros aurores? Vale, quizá alguno fuese como tú, distinto, pero te aseguro que la mayoría nos miraría por encima del hombro como si encima tuviésemos que darles las gracias de que no nos mataran ellos mismos con sus manos o algo así. - negué con la cabeza - No, creo que es mejor que sigamos así, cada uno a los suyo y fingiendo cordialidad donde no hay, gracias. - mi tono de voz fue tajante.

Cuando le puse una mano en el hombro y le dije que su hermano aparecería igual que hice yo tras pasar largas temporadas fuera de Londres, me sobresalté cuando vi su gesto de dolor. Aunque sabía que había apoyado mi mano en el hombro bueno, por unos segundos dudé hasta de lo que sabía y pensé que mi mano estaba apoyada en su hombro malo. Cuando me di cuenta, sonreí y puse los ojos en blanco.

- No seas cría- le recriminé en tono de broma. Cuando ella me dijo que o me portaba bien o avisaba a mi superior, alce las manos a ambos lados de mi cabeza y fingí sorpresa y miedo. - Oh no, cualquier cosa menos eso. No despiertes al gran mago Merlín, déjale que descanse en su cueva - No había otro superior en el hospital, el máximo responsable era yo. Así que me pareció razonable mencionar a Merlín como máximo responsable divino del mundo mágico.

Me levanté de su cama donde me había sentado para ponerle el brazo en el hombro en un intento de reconfortarle. Miré al reloj y torcí la boca con gesto pensativo. Llevábamos mucho rato hablando, casi tres horas, y nadie había tenido la decencia de traerla la cena a mi paciente. Por no mencionar al incompetente director del hospital que se dedicaba a charlar con sus pacientes cuando estos deberían dormir antes de empezar con los dolores de la regeneracion de los huesos de todo un brazo y cuando el mismo director debería estar además vigilando a otros pacientes. Suspiré.

- Debería dejarte descansar. No pasará mucho rato hasta que empiecen los dolores. - O quizá ya lo habían hecho y con la conversación no se habia dado ni cuenta. Porque así era al principio, una molestia más que un dolor. Empezaba de la nada, igual de molesto que el roce contra la ropa de un grano particularmente gordo e inflamado, y  siendo peor que extirpar una muela de la boca infectada y sin anestesia. Por el bienestar de su paciente, esperaba que aun no los tuviese. - Además tengo que vigilar que todo esté en orden. ¿Y si los otros sanadores deciden dar un golpe de estado ahora que estoy aquí contigo? Con el rato que llevamos hablando han tenido tiempo de sobra. - bromeé. Lo cierto es que ninguno de mis sanadores tenía aspecto de ser capaz de enfrentarse a mí y echarme de mi propio hospital, pero que no tuviesen aspecto no quería decir que no se les pasase por la cabeza. Quién sabe.

Me dirigí hacia la puerta sin decir nada más, pero me detuve antes de salir, recordando algo en el momento.

- Mandaré a una enfermera a que te traiga la cena. Intenta poner buena cara cuando te descubra la bandeja o al menos mientras mire. - todo el mundo sabía que la comida del hospital era de lo peor. Y aunque la de San Mungo no podía compararse ni mucho menos a la comida tan ordinaria de los hospitales muggles, lo cierto era que no sabía igual que la comida de casa. Y como me imaginaba que explícita podía ser Fly para demostrar a la enfermera que no le gustaba la comida había decidido advertirle antes de tiempo. Así evitaríamos una desgracia: según la enfermera, algunas tenían menos paciencia que los propios pacientes. Antes de extender la mano hacia la puerta, añadí. - No intentes hacer nada. Repito: nada. Ya sabes, reposo absoluto durante dos días. Son las normas. - me encogí de hombros. - Me pasaré mañana para ver tu brazo, aunque si me necesitas antes puedes pulsar ese botón que tienes junto a la cama o avisar a una de tus enfermeras-guardianas. Espero que pases una noche tranquila. - traducción: espero que no desees tirarte al suelo del dolor porque entonces empeorarás la herida de la pierna y los dos días de reposo se convertirán en cuatro.

Abrí la puerta y salí al pasillo. Con solo un primer vistazo me mareé. Era un frenesí de gente corriendo a todos lados, con muy pocos sanadores para atender a un número excesivamente grande de pacientes. Era lo malo de que no hubiese otro hospital mágico en Londres, que solo tenían San Mungo y en ocasiones como aquella nos veíamos desbordados. Esperé a que apareciese un joven sanador y me informase de los casos más urgentes para tratar de ayudar donde necesitasen mi ayuda,mientras las enfermeras que iban con él adoptaban roles de guardianas de Fly: una se quedó en la puerta de vigilante mientras la otra se creyó con el coraje suficiente como para entrar y así vigilar a la paciente desde dentro. Buena suerte, pensé.
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