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Un ficus de melena rubia que resulta ser útil | Desmond D. Kowalewicz

Invitado el Mar Mar 24, 2015 6:32 pm

Un pequeño escalofrío recorrió a la rubia desde la punta de los dedos hasta la nuca. Como reacción se abrazó y se notó helada. Abrió los ojos con el ceño fruncido, incómoda ante la sensación, y una vez más Narcissa tuvo que estirar de las sábanas para taparse. Se cubrió todo el cuerpo deteniéndose justo bajo la nariz. Ladeó la cabeza, se encontró de frente con su cara y se le escapó un suspiro de resignación. Narcissa llevaba dos años casada con Malfoy, pero no se acostumbraba a dormir con él. Le molestaba cuando se acomodaba y movía, cuando sus pies rozaban los de ella, al bostezar e incluso cuando respiraba. No podía evitarlo, ni culparle por ello porque al fin y al cabo, a él también le habían forzado a estar con ella el resto de su vida. Se incorporó apoyando la espalda en el cabecero y sin soltar la sábana que había recuperado, observó el rostro de su marido. Lucius era un joven atractivo, formal, educado; la trataba bien y jamás había intentado forzarla a nada. Pese a todo, Narcissa no lograba sentir por él más cariño del que le tenía a su elfo doméstico, que no era mucho. En el silencio de la mansión, la muchacha escuchó unos pasos que se acercaban a su habitación. Era Dobby, su elfo doméstico, que como siempre venía a despertarla. – No te molestes Dobby, estoy despierta – le dijo cuando él aún no había abierto la boca. “Sí, señora” le respondió este antes de marchar por donde había venido. Se destapó y al hacerlo, sintió como un brazo la rodeaba por la cintura. El aún dormido Lucius parecía querer atarla a la cama pero Narcissa ya le había permitido que la atara a su vida así que sin contemplación alguna, como si aquel gesto fuera una liberación real, apartó el brazo de su cuerpo. Él no pareció notar nada.

Lo único que Narcissa sentía que era parte de ella misma y no parte de la educación e imposiciones recibidas era su belleza. Por ese motivo, cada día la muchacha elegía cuidadosamente la ropa, el peinado y el maquillaje que llevaría. Ese día se decantó por tacones altos, pantalones de pinza y una camisa. Todo aquello iba a ser tapado por la túnica blanca, pero no le importaba. No pudo evitar dejar ir una pequeña sonrisa cuando contempló el resultado en el espejo del cambiador antes de salir de la habitación. Se veía preciosa, como siempre. Dobby le había preparado un desayuno ligero, también como siempre. Comió con tranquilidad y cuando escuchó ruidos en el piso de arriba, señal de que Lucius se había levantado, se marchó. Normalmente se dirigía a la universidad mágica, pero ese día era día de prácticas. ¡Sería un gran día! Estaría ocupada haciendo algo que le gustaba, llegaría tarde y agotada a casa, lista para dormir. No tendría que cruzarse demasiado con su esposo.

Lejos de lo que muchos pudieran creer, Narcissa Black ahora Malfoy era muy trabajadora. Quizás no al nivel de un Hufflepuff, al fin y al cabo ellos sólo podían sentirse orgullosos de esa cualidad, pero no se asustaba ante el trabajo duro. Sabía la teoría y cómo ponerla en práctica, era buena en los hechizos y mostraba una dedicación digna de admirar al realizar los vendajes. Todas aquellas virtudes hacían que Narcissa fuese una de las practicantes más solicitadas de San Mungo y tal vez ese fuera el motivo por el que la habían llamado para ir a atender "una urgencia especial". ¿Qué urgencia podía ser tan especial como para que la llevaran a una de las salas habitaciones de lujo? O mejor dicho, ¿qué paciente era tan especial? Su superior llamó a la puerta, entró dedicando palabras muy amables al paciente y Narcissa entró tras él. Se puso las manos en la espalda y lo miró en silencio. Se trataba de una cara familiar a la que no ponía nombre. No mencionó ni hizo gesto alguno. Se limitó a permanecer allí en silencio, observando, escuchando.
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Desmond D. Kowalewicz el Miér Mar 25, 2015 5:35 pm

La lluvia caía sobre su cuerpo tendido en la acera. No recordaba cómo había llegado hasta allí, ni si quiera era consciente de dónde se encontraba. Debían ser más de las tres de la mañana cuando un grupo de indigentes se acercaron a ver si seguía con vida y, con suerte, llevarse su cartera. Como era de esperar, no llevaba documentación alguna encima, tan sólo un par de paquetes intactos con papel de liar y una tarjeta de una ferretería cercana a su casa. No era del interés de aquellos hombres, por lo que permaneció tirado en el suelo durante un par de horas más hasta que dejó de tener sueño. Abrió los ojos de par en par y se encontró con que estaba completamente mojado, una sorpresa teniendo en cuenta que ya no llovía. Alzó la vista al cielo sin encontrar rastro alguno de las nubes y se apresuró a buscar un lugar donde secar su ropa.

Cualquier mago se hubiese aparecido en su casa. Cualquier mago menos Desmond, quien usaba menos la magia que cualquier otro mago. Era un ser extraño que se juntaba con seres iguales de extraños que él, lo que hacía que en un mundo de locos pareciese cuerdo. Sacudió la parte trasera de su pantalón y se apresuró para abandonar el lugar, paseando con las manos en los bolsillos por las calles de Londres cuando ni si quiera el sol se atrevía a salir.

No pasaron más de quince minutos cuando llegó al Ministerio de Magia. Aún no era su turno de trabajo, pero podía entrar sin problema. Y eso hizo, llegando a su despacho y tirándose sobre el sofá. Era lo bueno de ser jefe, que podía tomarse las cosas con la mayor tranquilidad posible sin que nadie le dijese nada en absoluto. Tan sólo uno de sus empleados lo miraba mal, pero Desmond estaba convencido que era feo por naturaleza y que no era una mueca que apareciese en su rostro cada vez que lo veía.

Después de permanecer durante varios minutos en el sofá, decidió que ya había descansado y que, ahora sí, debía secarse la ropa. Debía de existir algún método para entrar en calor rápidamente, por lo que recurrió al whisky de fuego. Whisky de fuego mezclado con escama de dragón. Cualquier entendido en pociones sabe que mezclar aquel ingrediente con una sustancia inflamable tiene un gran peligro, pero Desmond no sabía demasiado de pociones. Ni tampoco de transformaciones, a decir verdad. Ni de encantamientos. El Sombrero Seleccionador lo había puesto en Ravenclaw por razones desconocidas pero suficientes como para llevar la insignia del águila en su túnica durante siete años.

¿Resultado? Parada cardiaca y quemaduras en el interior del organismo. Uno de sus empleados al que su mujer había echado de casa escuchó la explosión y llamó rápidamente a San Mungo, donde fue trasladado y colocado en una de las plantas más privadas de todo el hospital. Bien porque era un cargo público cuya historia no debía ver jamás la luz o bien porque no quedaban habitaciones disponibles. No importaba cómo hubiese sido, pero él estaba cómodamente tumbado en la cama bebiendo agua con pajita, o eso le habían dicho que era, aunque por su textura y sabor no se trataba precisamente de aquel líquido.

La puerta se abrió y una sonrisa surcó el rostro del paciente, quien parecía feliz por recibir visitas que rompieran la monotonía en la que se había convertido su día desde que lo habían ingresado un par de horas atrás. - ¿Entonces puedo irme ya a casa? – Tosió y de su boca salió humo negro, el cual llevaba expulsando todo el día. – Desmond, es la quinta vez este mes que acabas en urgencias, al final te haremos un carnet de socio. – El hombre se lo tomó, claramente, como un cumplido. Como una petición para que volviera más a menudo. – No se preocupe, el sábado próximo damos una fiesta en casa, es posible que vuelva a verme. Espero que me guarde la habitación, ya es como mi segunda casa. – Afirmó el hombre con sonrisa afable y despreocupada.

Si algo podía caracterizar a Desmond, además de sus problemas con las drogas y su modo de vivir tan peculiar, era su indiferencia ante todo. Era despreocupado como el que más y eso hacía que la mitad de las veces no supiese lo que estaba pasando a su alrededor. - ¿Y quién es su acompañante? Tenía entendido que no dejaban entrar visitar a urgencias, y aunque agradezco que mis fans me persigan, no deberían hacer excepciones.
Desmond D. Kowalewicz
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Desmond D. KowalewiczMuertos

Invitado el Jue Mar 26, 2015 3:56 pm

Observando y escuchando, sí; pero Narcissa también estaba analizando todo lo que la rodeaba. El paciente que debían atender se encontraba tumbado sobre la mullida cama, bebiendo lo que parecía ser agua, con expresión despreocupada e incluso picaresca, y aparentemente en perfecto estado de salud. Narcissa enarcó una ceja. Cuando acudían al hospital personajes célebres o adinerados, tales como altos rangos del ministerio o famosos deportistas, se les llevaba a la zona con más comodidades del hospital. Dichas zonas, supuestamente, sólo debían de ser utilizadas por personas con un alto nivel adquisitivo cuando debían permanecer un largo periodo de tiempo en el hospital. Pero, lejos de ello, los medimagos utilizaban estas habitaciones para realizar simples revisiones con este tipo de personajes y por ese motivo, dudó que el motivo que les había llevado allí fuese realmente una urgencia.  

Sin pararse a pedir permiso, decidió abrir la carpeta que llevaba entre las manos y leer los pergaminos informativos.  “Desmond D. Kowalewicz, veintiocho años, medio polaco” leyó sin prestar demasiada atención a la conversación que estaban teniendo medimago y su paciente. Cuando entró a la habitación no estaba segura de qué conocía ese rostro, pero al leer el nombre y observar atentamente el rostro de la imagen de la ficha médica, ató todos los cabos que estaban sueltos. Kowalewicz era uno de los miembros del recién formado grupo de mortífagos en el que tanto ella como su esposo estaban involucrados. “Profesión: Jefe de accidentes mágicos en el Ministerio de Magia” – Interesante… - dijo en un susurro apenas audible, hablando más para sí misma que para los que estaban con ella. En ese momento comprendió la importancia de tan pintoresco personaje en las reuniones y el motivo por el que soportaban sus excentricidades. Narcissa jamás había intercambiado más de un saludo cordial con él, pero sí le había observado y escuchado en las reuniones. No se había hecho una imagen demasiado buena de él.

Levantó la mirada de los papeles cuando escuchó la palabra “visita”. No había escuchado la puerta tras de sí, así que debía de estar refiriéndose a ella.  El medimago dejó ir una risilla que a Narcissa le pareció estúpida y falta de sinceridad, y la presentó como “gran asistente y compañía”. No quería, al contrario de su compañero de profesión, caerle bien. Tampoco pretendía que la alagaran, ni que le hablasen demasiado; por ello, simplemente dibujó una sonrisa forzada. Esa fue su única respuesta antes de seguir analizando la ficha. Ficha en la que encontró el más interesante de todos aquellos datos: Desmond era licántropo. Le hubiese gustado disfrutar durante más tiempo de aquellos pergaminos, pero el medimago consideró que era momento de recuperar lo que le pertenecía. Le cerró la carpeta prácticamente en las narices y se la puso bajo el brazo. “Señorita, sería conveniente que escuchara. ¿Sabe por qué está aquí el señor Kowalewicz?”No me lo ha dicho – contestó ella. – Pero a juzgar por el olor, ha estado jugando con fuego. ¿Me equivoco? – No lo hacía. El medimago el informó de la situación y Narcissa supuso que lo que Desmond estaba bebiendo no era agua, sino una poción refrigerante que le serviría tanto para bajar el nivel de calor en su interior como para tratar las quemaduras internas. – Debemos prepararle más brebajes para continuar con el tratamiento tras el alta, ¿verdad? Como mínimo durante un par de días más – De nuevo, no se equivocaba. De buenas a primeras, parecía que aquello era algo sencillo de curar, pero no era así. Las quemaduras, mucho más las internas, eran difíciles de tratar.- Señor Kowalewicz, no deberá beber si acude a la fiesta - le informó.
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Desmond D. Kowalewicz el Vie Mar 27, 2015 2:52 pm

Permaneció en la cama jugando con la pajita de aquella extraña bebida que el médico insistía en que tomase. Como no era de decir que no a las indicaciones para beber algo, ahí estaba, tragando algún tipo de líquido que aparentaba ser agua pero que, sorprendentemente, no lo era. Tampoco sabía a ningún alcohol que hubiese probado previamente, ni a ninguna de las medicinas que anteriormente le habían administrado en San Mungo. Ya era un paciente habitual, pero cada día aparecía con un tipo de lesión o de infección, a cada una más peculiar.

El Doctor cuyo nombre desconocía y, por tanto, denominaría como Señor Matasanos, presentó a la hermosa mujer que aguardaba tras él con una pila de papeles, donde Desmond decidió que habría diferentes ofertas sobre vacaciones y lugares que visitar a lo largo del mundo, sin imaginar que podía ser, lógicamente, información sobre cada paciente. En este caso, sobre él. A pesar de haber ido a parar a Ravenclaw, no tenía una mente brillante, o al menos, lo que quedaba de su mente, ya no era para nada brillante, y por esa misma razón se comportaba de un modo peculiar, aunque siempre había sido un ser extraño por naturaleza.

- No juegues con fuego y el fuego se quedó sin amigos. – Contestó el hombre a la pregunta de la chica. En lugar de decir “sí, tuve la brillante idea de mezclar lo que no debía”. La cara de aquella joven le resultaba vagamente familiar, pero como todo en esta vida, era demasiado vago como para atar cabos y llegar a la conclusión. El mundo  de los mortífagos era demasiado amplio como para saber quiénes eran las parejas de todos los miembros, y más cuando él en las reuniones estaba más pendiente de intentar vender droga a cualquiera de los presentes que de lo que estaba sucediendo en la estancia. – Si le echan absenta a esta cosa insípida tendrían más clientes. No le digo que así esté malo, pero no acaba de convencerme. Y ya si le ponemos una sombrilla y lo servimos en un vaso de tubo duplicarían sus ventas. – Como si la medicina se tratara de un cóctel que él se encargaba de diseñar para mejorar las ventas de aquel lugar, pues lo de tomarse en serio la vida, no era su punto fuerte.

- ¿Y qué quiere que haga? ¿Qué sobreviva en una fiesta a base de agua? ¡Qué vergüenza! – Dijo con tono dramático al escuchar las palabras que la mujer osó decir. ¿Cómo se atrevía a decirle que no bebiese? Bueno, técnicamente había dicho que no “debería”. Y del deber al hacer, en el caso de Desmond, había más que un descampado con minas anti personas. – Y a todo esto Doctor, ¿No tiene otras cosas que hacer? – El hombre asintió y ser machó. Desmond se encogió de hombros al ver que usar la varita bajo las sábanas conjurando una maldición imperdonable funcionaba a la perfección, por lo que podría utilizarlo en otra situación. Por ejemplo, si en Halloween se disfrazaba de fantasma con una sábana con agujeros para ir a pedir caramelos a las casas del vecindario. – Ahora que nos han dejado intimidad, ¿De qué nos conocemos? Juraría que esa melena rubia lavada con lejía me es vagamente familiar.
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Invitado el Mar Mar 31, 2015 4:00 pm

Cuando la gente que la conocía pensaba en Narcissa Black ahora Malfoy, pensaba automáticamente en autocontrol. La muchacha parecía no conocer el significado de espontaneidad, impulso, desparpajo o cualquier tipo de sinónimo; todo ello porque Narcissa no manifestaba ninguno de esos rasgos en lugares públicos, frente a la mayor parte de sus conocidos. Había sido educada de esa manera y desde bien pequeña había aprendido a controlar esa faceta de su carácter, por ese motivo solía ser de lo más sencillo ahogar esa parte de su forma de ser. Pese a todo, Kowalewicz la estaba poniendo muy nerviosa. La rubia trataba de contenerse, como siempre hacía cuando algo trataba de desequilibrar su balanza interna, pero le estaba resultando muy difícil. Una mezcla de indignación e impaciencia estaba naciendo en ella a causa de la actitud adoptada por su paciente. ¿No juegues con fuego y el fuego se quedó sin amigos?  ¿Cómo podía estar haciendo bromas en un momento como ese? Es decir, estaba chamuscado por dentro, sus órganos de la zona estomacal y alrededores a duras penas debían estar funcionando con corrección y, además de todo eso, la curación iba a ser ardua y dolorosa. ¿Acaso no era consciente de la gravedad de la situación o es que también se le habían quemado las neuronas? Enarcó una ceja cuando escuchó la palabra absenta. ¿Absenta? ¿Estaba diciendo en serio que debían ponerle absenta a la pócima? – La idea es que no vengan muchos pacientes, eso sería una señal de cordura por parte de la sociedad – contestó de  forma tajante e irónica, sorprendida por su tono de voz. Ignoró sus siguientes palabras. - ¿Puede acabarse la poción? Debo ponerle otra dosis – dijo rápidamente, volviendo al tono neutral casi amable que había utilizado hasta el momento. Miró al doctor y le pidió permiso para salir en busca de dicha dosis. El médico asintió en señal de aprobación.

Al salir de la sala la muchacha caminó todo lo rápido que pudo hasta el piso inferior, lugar donde se encontraba la pequeña sala donde guardaban las pócimas. Realizó el hechizo de desbloqueo que abría esa puerta, hechizo que sólo conocían los trabajadores por motivos de seguridad, y varias acciones más hasta llegar al interior de la sala. En Sam Mungo tenían la seguridad como una de las prioridades más importantes, pero Narcissa creía que las medidas eran insuficientes para detener a un mago con un nivel mágico suficiente. Un mago como podía ser ella o cualquiera de los miembros de los motífagos. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella. Con los ojos cerrados suspiró profundamente. – Escúchale lo menos posible, relájate. No debes perder el control y menos ante un mortífago – se dijo a sí misma en apenas un susurro para serenarse. Así lo hizo. Cuando abrió los ojos volvió a ser la Narcissa de siempre. Agarró dos frascos de pócima y salió de allí repitiendo el ritual a la inversa.

Cuando llegó a la habitación, el doctor no estaba. Narcissa no estaba segura de que eso fuera algo bueno o si, por el contrario, era algo que jugaba en su contra. Sea como fuere, cerró la puerta tras ella y se acercó para hacer el cambio. – La segunda dosis es más dolorosa que la primera y lo mismo sucede con la tercera, conforme se van curando las heridas la reacción es más dolorosa porque… - se vio interrumpida por su paciente. – De las reuniones – Narcissa prefirió elidir la palabra mortífago tanto por razones de seguridad como por incomodidad, ella no se sentía realmente parte de ello. – Soy Narcissa Malfoy  - se presentó sin mirarle, llenando el vaso con la segunda dosis.
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Desmond D. Kowalewicz el Miér Abr 01, 2015 6:32 pm

Era incapaz de permanecer serio. Tenía mecha propia, una mecha que él mismo se había encargado de prender intoxicándose al mezclar los ingredientes que no debía y bebérselos como si de agua se tratara. Pero eso había hecho toda su vida. Así era Desmond, tan despreocupado por todo lo que sucedía a su alrededor y por sí mismo que resultaba un peligro tanto para el resto del mundo como para él y las personas de su alrededor. No podía permanecer quieto, necesitaba probar, experimentar, quizá ese era el único rasgo que lo había hecho acabar en Ravenclaw, pues ninguna de las otras tres casas tenían algo que lo catalogara para ser como los miembros de estas. Él no era valiente y osado, él no era astuto y calculador, y mucho menos leal y… ¿Acaso tenían otra cualidad los tejones? Pacientes por la cantidad de insultos que recibían y a los que tenían que acostumbrarse. – Lo están consiguiendo, con este trato tan poco adecuado dudo que la gente quiera volver. Pero no se preocupe, yo estoy a favor de las segundas oportunidades, incluso de las terceras o cuartas, y a veces quintas, sextas me atrevería a decir. Yo les daré las oportunidades necesarias para ver si mejoran su negocio, deben tener un público muy extraño para que alguien la agrade estar entre estas cuatro paredes. – Hizo una leve pausa para tomar aire. Era consciente, perfectamente consciente, que lo que decía no tenía cabida para las dos personas con las que compartía oxígeno en ese momento, pero eso no haría que su lengua frenase. – Siempre dicen que la comida de hospital es repulsiva, pero nunca hablan de las bebidas que sirven en ellos.

Dio un largo trago a la bebida como la mujer le indicó con gesto de pocos amigos. No le agradaba que le dieran órdenes, pero la última vez que había intentado oponerse a las órdenes de uno de los doctores de aquel hospital había acabado atado a la cama y con varias jeringuillas pinchando su cuerpo sucesivas veces. No le agradaban los pinchazos, ni los tubos con los que solían decorar su cuerpo como si se tratase de un árbol de Navidad.

Esperó a la vuelta de la mujer mientras se bebía el contenido de la poción a regañadientes. En más de una ocasión se planteó tirarlo en la maceta más cercana, pero el médico tampoco tenía intención de quitarle ojo de encima. Hizo una mueca de asco, como si fuese a expulsar aquel líquido que tanto esfuerzo le había costado tragarse, pero el médico se adelantó. – Ni se te ocurra hacerlo, Desmond. – Dijo de manera tajante. Rodó los ojos, y finalizó con el contenido de aquello.

El médico no tardó en irse gracias al uso de la varita del hombre, pero ya se había terminado la dosis cuando tuvo la idea de hacer que se fuera, por lo que ya había acabado con la poción cuando la joven volvió portando una segunda dosis. Una mueca de asco surgió en su rostro. Era partidario de dejar entrar en su cuerpo sustancias de todo tipo, pero hasta él mismo tenía un límite. Lo que jamás habría dicho, tenía límite. Y ese límite recaía en medicinas no alucinógenas, como aquella. - ¡Ah! – Casi tira al suelo el vaso donde antes había estado la primera de las dosis. – La mujer de Malfoy, claro. – Obvio, por apellidos. Ya que conocía de sobra que los Malfoy tan sólo habían tenido un hijo y ese era el rubio que estaba en las reuniones de los mortífagos y que solía llevar compañía. Compañía femenina y agradable a la vista como resultaba ser Narcissa. - ¿Y dónde te lo has dejado? No sabía que podíais estar separados, en las reuniones parecéis siameses. – Bien porque Desmond iba a la mitad de ellas y había dado la casualidad que siempre había coincidido con que estuviesen ambos. O más bien, porque jamás se había fijado en el marido de esta cuando estaba solo, pues para él tenía el interés de un ladrillo. De un ladrillo poco interesante. - ¿Sois hermanos o te ha tocado ponerte su apellido? Ya sabes, como las familias puristas tenéis la costumbre de casaros entre hermanos, nunca se sabe. – Cogió el vaso que servía la mujer y le dio un sorbo. Sí, era realmente más asqueroso que la dosis anterior. – Pero vuestros hijos saldrán retrasados, deberías saberlo si quieres ser sanadora. – Dio otro trago. Y otra mueca de asco surcó su rostro.
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Invitado el Jue Abr 02, 2015 11:04 am

Se sentía orgullosa de pertenecer a la noble y ancestral casa Black. A Narcissa le había encantado mencionar su apellido siempre que le era posible durante el tiempo que era conocida y relacionada con él porque era como si, automáticamente, la convirtiera en alguien superior a la persona a la que se presentaba. A sus ojos, no había familia más grande que la Black. Tenían sus ovejas negras, pero ni siquiera su presencia era capaz de nublar el prestigio de la familia. Siempre puros los miembros de la familia Black, siempre elegantes y adinerados, siempre respetados por la comunidad mágica a nivel internacional. Ahora las normas sociales le obligaban a abandonar esa costumbre para pasar a llamarse a sí misma como Malfoy, que también era un apellido de prestigio pero no suficiente a ojos de la rubia. Por ese motivo, pese a llevar dos años conocida como tal, presentarse como Narcissa Malfoy aún se le hacía extraño. – Sí, la mujer de Malfoy – Y por si no fuera poco el haber tenido que cambiar de apellido, ya no era conocida como “la menor de las Black” o “la más bonita de las Black”, sino como “la mujer de Malfoy”. La infeliz mujer de Malfoy, le hubiese gustado añadir. Narcissa estiró la mano para coger el vaso de la primera dosis para evitar que Desmond lo tirara. Parecía ser que el jefe de accidentes mágicos había evitado un pequeño accidente de pura casualidad. ¿Sería capaz de evitarlos conscientemente? ¿De arreglarlos? Narcissa, después de este encuentro, dudaba seriamente de su profesionalidad.  

Se le escapó una pequeña risa irónica al escucharle. ¿Siameses? ¿Ella y Malfoy? Kowalewicz no podía estar más equivocado. Pese a todo, no hizo mención alguna al error que había cometido. Al fin y al cabo, que el paciente hubiese hecho tal comentario era una señal de que estaban haciendo bien el papel de matrimonio feliz y unido que interpretaban de puertas hacia fuera. Diez puntos para la casa Malfoy. – Mi esposo me adora, pero respeta mi profesión igual que yo respeto la suya. No sé si es eso lo que le interesa saber señor Kowalewicz – dijo con toda la educación del mundo y fingido tono dulce en un intento de hacerle creer que si se separaban era por rigurosa profesionalidad en sus respectivos campos. Lejos de ello, para Narcissa era una liberación ir a clases o a las prácticas.

Lo siguiente que escuchó no le hizo tanta gracia. Paró en seco y dejó de hacer su labor médica para mirarle atentamente. Jamás había escuchado semejante falta de respeto, no al menos en relación a ella. Y la ira contenida explotó. – Si tu cabeza estuviese un poco más cuerda podrías responderte a ti mismo, pero claro, estás demasiado ocupado bebiendo porquerías y quemándote por dentro como para estar al tanto de lo que ocurre a tu alrededor. – Volvió a llenar el vaso de la primera dosis con la tercera de manera brusca, pero pulida. Como solían hacer los medimagos con los pacientes que oponían resistencia, tapó la nariz del hombre y le obligó a acabarse la segunda dosis. Todo ello con el cuerpo a un lado del rostro de él para evitar que, si escupía la dosis, le diese en la cara. – Traga – Sonó seca, tajante, muy seria. Estaba enfadada y ofendida, era como si toda la rabia que tenía dentro desde que la habían obligado a casarse con Malfoy estuviese canalizándose con Desmond. Destapó su nariz cuando no quedó nada en el vaso y colocó la última dosis sobre la mesa. – Confío en que serás capaz de acabarte la última por ti mismo. – Narcissa había abandonado completamente el trato de usted. ¿Acaso se lo merecía? La respuesta era clara.
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Desmond D. Kowalewicz el Jue Abr 02, 2015 2:34 pm

Si echaba la vista atrás tampoco recordaba nítidamente la imagen de la mujer de Malfoy en sus recuerdos. Pero del mismo modo, tampoco recordaba nítidamente a ese tal Malfoy. Ni a ninguno de los mortífagos, si lo pensaba seriamente. No era una persona que se caracterizase por su brillante atención a los detalles, por vivir con los ojos abiertos dispuesto a ver cualquier cambio. Oh, no, Desmond estaba en el mundo porque tenía que haber de todo. Si todos fueran perfectos, el mundo sería muy aburrido, y él estaba ahí para compensar la existencia de seres que se creían superiores al resto del mundo.  – Lo cierto es que no me interesa ni lo más mínimo. – Dijo el hombre con toda la sinceridad del mundo. No entendía el concepto de las apariencias o las mentiras piadosas, él decía lo primero que su mente producía y lo dejaba escapar entre sus labios como si todo el mundo debiese darlo por válido sólo porque él lo hacía. – Sólo sé que a las pocas reuniones a las que voy os veo juntos. – Añadió dándole un segundo trago a aquella bebida.

- Y llámame Desmond, hay suficientes confianzas. – No las había, ni mucho menos. Pero como era un paciente habitual entre las paredes de San Mungo la mayor parte de los que trabajaban allí lo llamaban por su nombre y no por su apellido, mientras que Narcissa, al ser su primer encuentro, mantenía el trato cordial del apellido. -  O las habrá, ya oíste al doctor, me hará carnet de socio. – Como si aquello fuese algo de lo que estar orgulloso, una sonrisa de superioridad surcó su rostro pero tan rápido como apareció, se disipó. Desmond no era orgulloso, no era una persona que se sintiese superior al resto. Simplemente se consideraba una persona, una de esas que deberían tener los pies en la tierra de no estar en constantes líos de hierbas y otras sustancias alucinógenas.

La reacción de la mujer hizo que Desmond prestase atención a sus palabras. Pero prestase atención de verdad, no como solía hacer, fingiendo escuchar lo que los demás decían mientras un mono tocando el acordeón aparecía en su mente para entretenerlo de aquellas cosas que no le interesaban ni lo más mínimo. – Jamás he entendido de estar cuerdo, ¿Es como una metáfora? Quiero decir, una cuerda, es una cuerda, no tiene nada que ver con estar loco. Perder un tornillo tiene su sentido, por eso de que si una máquina pierde un tornillo puede funcionar peor o tiene más posibilidades de romperse. Pero estar cuerdo… ¿Tú de dónde crees que viene? – Preguntó saltando el resto de palabras dichas por la chica y sin hacer demasiado caso a lo que había querido decir. Era consciente de que era un desastre, despreocupado, con una falta de respeto hacia sí mismo y hacia los demás que resultaba ser hasta grosero pero lo cierto, es que no le importaba ni lo más mínimo.

La segunda dosis llegó de lleno a su boca. No se lo esperaba, pues poco a poco se lo estaba tomando. Con paciencia todo entra, pues de paciencia nada. Narcissa cogió el vaso y le obligó a beber todo el contenido. Tragó el contenido sin decir nada, básicamente porque aquel líquido en su boca le impedía hablar y, una vez pudo volver a respirar, cogió una gran bocanada de aire de golpe. - ¿Tú estás loca? ¡Me lo estaba bebiendo! – Dijo fingiendo estar molesto con la situación, pues tampoco era algo que fuese a dañar su orgullo. ¿Algo le sentaba realmente mal a Desmond? Lo dudaba mucho. – Claro que soy capaz. – Y dicho esto, cogió el vaso con la tercera y última dosis y de un trago acabó con ella.

Resultó saber incluso peor que las anteriores, pero no puso mueca alguna, simplemente para demostrar por cabezonería que era capaz de beberlo. - ¿Y a ti qué diablos te pasa? Al final va a ser verdad que el tal Malfoy ese es tu hermano y por eso ahora me odias. – Su voz sonaba como si realmente estuviese molesto con el tema, como si le hubiese hecho daño en alguna parte de su moralidad no existente.
Desmond D. Kowalewicz
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Invitado el Vie Abr 03, 2015 11:54 am

En relación a lo que la rubia pensaba no había suficientes confianzas como para llamarle por su nombre de pila. Narcissa apenas conocía personas con las que tuviese la suficiente confianza como para permitirse un trato tan cercano como era el de tú y, en caso de no tenerla, solo lo utilizaba cuando perdía los nervios. Como había sucedido en esa habitación. Aun así, le tomaría la palabra aunque solo fuera cuando no hubiese ningún testigo de la infracción a las reglas de comportamiento impuestas por la gran Druella Rosier de Black. – Yo solo estoy en prácticas, no creo que te encuentres muy a menudo conmigo – le contestó mientras tapaba los botes vacíos de poción. Los llevaría a la sala de limpieza en cuanto saliera de allí para realizar el protocolo de desinfección. Protocolo, protocolo y más protocolo. Parecía que la vida de Narcissa estaba destinada a seguir las directrices de este en todos los ámbitos posibles. Estaba harta de esa palabra, de esa y de “señorita”. Claro que ahora había subido de categoría y ya era una toda “señora”, como si le hubiesen puesto veinte años encima.

Negó levemente con la cabeza y la coleta se hizo cosquillas en la nuca. Se le escapó un amago de sonrisa. Nunca antes se había planteado el sentido de dicha expresión, porque no solían tenerlo y estaba demasiado ocupada pensando en asuntos más importantes. Por un momento la muchacha sintió curiosidad por el funcionamiento de la mente de tan pintoresco personaje. Es decir, ¿qué podía llevar a una persona de renombre y con un alto cargo en el ministerio a plantearse el sentido de una simple frase como aquella? – Quizás sea que una cuerda rota pierde su utilidad, igual que las cabezas… Nunca había tratado de encontrarle sentido. – Y se sorprendió dándole vueltas durante unos minutos más. Puede que Desmond no estuviese tan loco como creía. O sí y ella estuviese perdiendo también la razón, al fin y al cabo motivos no le faltaban.

Sonrió con ironía cuando le vio beberse la última dosis. – Gracias – dijo estirando la mano para agarrar ambos vasos y ponerlos uno dentro del otro. Se dio la vuelta y los dejó junto a los botes vacíos. – Estabas tardando demasiado Desmond y hay más pacientes a los que atender – le dijo con sinceridad, mirándole con la cabeza levemente ladeada. Volvió a darle la espalda e introdujo los botes en los bolsillos de la túnica, que estaban hechizados con el hechizo de extensión indetectable para la suerte de los medimagos. Abrió la boca para hacer lo más parecido a una disculpa que había logrado formular en su cabeza debido a la brusquedad con la que le había tratado cuando Desmond volvió a hacer de la suyas. Narcissa frunció el ceño. ¿Odiarle? No era lo suficientemente importante como para que ella se molestase en odiarle. Sólo la estaba poniendo muy nerviosa. Suspiró. - ¿Puedes, por favor, quitarte la parte de arriba y tumbarte boca arriba? – le pidió cambiando de tema. Él no era nadie como para que Narcissa tuviese que darle explicaciones de ningún tipo, ni siquiera las más evidentes como que ella y su esposo no eran ni primos ni hermanos.- Voy a utilizar esto para verte por dentro – levantó una especie de bandeja que había en la sala – Actúa parecido a una capa de invisibilidad. – Agarró la bandeja con ambas manos y se la puso sobre el pecho como si fuera una carpeta, pero no hizo la función anunciada pues aún no estaba activada. Esperó pacientemente a que hiciera lo que le había pedido.
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Desmond D. Kowalewicz el Dom Abr 05, 2015 12:05 am

Podría decirse que tenía dos casas. Una donde solía dormir y otra el propio hospital, pues era tan frecuente verlo entre aquellas cuatro paredes que cualquiera diría que trabajaba allí si llevase una bata a juego con las del resto de los empleados. – Quién sabe, quizá estás destinada a soportar siempre mis agradables visitas. – Dijo con un tono de voz cargado de ironía. Era consciente que para más de uno cuyo nombre no fuese Odiseo Masbecth encontrarse con él no suponía nada bueno. Él no venía de una familia purista inglesa como el resto de magos a su alrededor, no había sido criado bajo unos ideales férreos ni mucho menos se le habían enseñado los modales adecuados, causa principal para que nada más entrar a Hogwarts terminara de descarriarse, salirse del redil que había sido su vida al lado de su padre, aquel hombre tan malhumorado pendiente del control pero no de su propio hijo.

Una sonrisa brotó de sus labios al escuchar la voz de la mujer, quien parecía más cercana de lo que lo había sido en toda la conversación. Él mismo se ensimismaba en sus propios pensamientos e ideas carentes de sentido con una facilidad innata, pero también conseguía que los demás lo hiciesen. No tenía los pies en la tierra, era como un globo cargado de helio. Pero un globo cargado de helio que compartía helio con los demás globos, haciendo que también ellos se alejasen de la realidad y pudiesen desvariar todo lo posible. La vida no estaba hecha para ser serio continuamente, para preocuparse tanto por lo qué sucedería en el futuro o por las razones que llevaron al pasado a convertirse en el futuro. La vida eran momentos. Momentos cargados de magia que él adoraba disfrutar como si de no hacerlo fuesen a escapar entre sus dedos como la arena de la playa. – Yo creo que las cuerdas rotas son algo bueno. No estás cuerdo. Es como si esa cuerda fuesen tus preocupaciones que te hacen ser demasiado serio hubiese desaparecido y ya no pudiese ahogarte. Ya no puedes ahorcarte con una cuerda rota porque no tiene sujeción a una superficie. Ya no puedes ahogarte con tantas responsabilidades porque no tienes sujeción a la realidad. – Derivó como si de un barco sin rumbo perdido por el océano se tratara. La mitad de lo que decía carecía de sentido alguno, pero en otras ocasiones parecía tener incluso lógica, aunque lo dijese con aquel tono filosófico con el que parecía haberse fumado hasta una mandrágora.

- Te perdono. –Dijo con una sonrisa alegre en el rostro como si aquellas palabras hubiesen sido una elaborada disculpa y no una simple frase hecha por la mujer para zanjar el tema. De unas mismas palabras cada uno puede entender una cosa diferente y él era experto en tender lo que le diera la gana y en aquel momento lo estaba demostrando.

Hizo caso a las siguientes palabras de la mujer, quitándose los restos de aquella camisa medio quemada con grandes agujeros y la dejó a un lado, pasando luego a quitarse la camiseta de manga corta blanca que llevaba debajo y que también tenía algún que otro agujero por las quemaduras que él mismo se había provocado antes de acabar en San Mungo. Se tumbó una vez hizo aquello, y se quedó mirando el techo de la habitación como si fuese un móvil para bebés hecho de unicornios de cristal. De cualquier tipo de cristal. - ¡Una capa de invisibilidad! He visto cientas, bueno, no las he visto, porque no se ven cuando están en uso, pero me has entendido. Dicen que no son muy útiles, que tienen fallos y que con el tiempo pierden su magia. ¿Alguna vez viste una? – No le dio tiempo a responder, sino que siguió hablando. – Dicen que existe una que jamás sufre el paso del tiempo y que funciona realmente bien. Pero son cuentos infantiles. – Afirmó encogiéndose de hombros antes de dar pequeños toques a la rara bandera que ahora tenía sobre el pecho como si se tratara de una batería. – Esto no tendrá efectos secundarios luego, ¿No? Porque no quiero salir de aquí con el pecho invisible, sería muy raro mirarse al espejo y ver una cabeza flotante, dos brazos y luego el estómago.
Desmond D. Kowalewicz
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Invitado el Dom Abr 05, 2015 2:12 pm

Narcissa lo escuchaba con toda la atención del mundo pero a juzgar por su rostro, nadie lo hubiese adivinado. Parecía estar demasiado concentrada en su tarea médica como para ser capaz de entender las divagaciones de Desmond, que volvía a darle vueltas al tema de la cuerda. La muchacha no sólo le escuchaba, sino que también se permitía el lujo de analizar su teoría superficialmente y juzgarla en su fuero interno. A su parecer, no había manera posible de evadirse de la realidad de forma permanente, ni siquiera si tu cabeza dejaba de estar cuerda. La realidad era como el aceite, siempre por encima, siempre presente en el día a día de las personas. Incluso en el caso de que la mente deje de prestarle atención, esta cambia de forma para adaptarse a ella y lo que los demás consideran fantasía, para la mente del “no cuerdo” es realidad. Ni un hechizo, ni conjuro, ni poción era capaz de evitarla. Ni siquiera otro tipo de sustancias. Y de eso Desmond debía saber mucho.

La muchacha no le miró hasta que él pronunció el “Te perdono”. No recordaba haberse disculpado, sólo había hecho el amago y apenas se había notado. Por segunda, tercera o cuarta vez en aquella urgencia, se planteó si realmente no estaba tan loco. Había que ser muy espabilado para comprender que aquello había sido un esbozo de disculpa. Eso o era un maestro de la legeremancia. Le dio la espalda cuando él hizo lo que le había pedido más por seguir las pautas descritas en los libros que por pudor, que también estaba presente en Narcissapor culpa de la falta de costumbre siempre que se encontraba con un hombre semidesnudo. Volvió a situarse al lado de la cama y dejó que el objeto flotase sobre él. Dio un par de toques de varita para hacerlo funcionar, realizando el hechizo en su mente, y observó los órganos del paciente. Tal y como sospechaba, todo estaba chamuscado. Veía el color azul de la sustancia, que cambiaba de color al contacto con los organismos, que trabajaba para reavivar su interior. – Sólo en ferias y ese tipo de lugares, son baratijas inútiles – dijo mientras caminaba en dirección a la carpeta que contenía la ficha de urgencias que debía rellenar. – Tampoco creo que exista dicho objeto, si lo hiciera lo tendría el ministerio. O quizás lo tiene y no quieren que lo sepamos. Tú lo sabrás mejor que yo, trabajas allí. - Describió con su perfecta caligrafía lo que podía ver a través de la placa y el tratamiento, además, le hizo un tícket para que le dieran otras dos dosis en la planta principal.

Negó con la cabeza mientras desactivaba el objeto. – Si utilizamos esto es precisamente para evitar incidentes como esos .– explicó ella mientras lo recogía todo cuidadosamente. – He leído en los libros de historia de la medimagia que antes muchos pacientes sufrían accidentes mágicos cada vez que visitaban el hospital y este perdió prestigio. Para evitar que eso sucediera, los investigadores crean objetos como este. – Lo metió en un saco a medida y lo dejó bajo a carpeta. Cogió el ticket y se lo tendió. – Ahora le trataré de usted de nuevo para que comprenda la importancia de lo que le voy a decir, ¿vale?  – le dijo mirándole fijamente. – Le doy esto para que vaya a buscar dos dosis más. Supongo que ya sabrá donde pues es usted un “cliente” habitual. – comenzó a decir mientras lo doblaba por la mitad y lo dejaba sobre la ropa. – La diferencia entre este ticket y los que creo que le suelen hacer es que yo no le voy a permitir que coja ambos botes de golpe. Puede hacer un mal uso de ellos y no es precisamente lo que quiero. Primero cogerá uno, que deberá tomar mañana sobre esta hora; pasado mañana, descansará durante tooodo el día de todo tipo de sustancias. No sé si me explico con claridad. – Sí, sabía que sí lo hacía. – Después del día de descanso vuelve usted a por la última dosis. En ese mismo día pida usted hora con su doctor para dos o tres días después, con el objetivo de que este vea la evolución del tratamiento. Si todo está correcto después, podrá volver a hacer vida normal. – Le aseguró con una pequeña sonrisa, más fruto de la costumbre que de la necesidad de sonreír. - ¿Ha quedado todo claro? – preguntó amablemente introduciendo las manos en los bolsillos.
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Desmond D. Kowalewicz el Lun Abr 06, 2015 4:56 pm

Podía ser el jefe de un departamento. Podía ser alguien importante dentro del Ministerio de Magia pero eso no significaba, ni mucho menos, que fuese apto para su trabajo. Era un completo desastre en todo lo que hacía. No había nada en lo que fuese bueno y cualquier persona lo vería como el ejemplo perfecto de lo que no quería que fueran sus hijos. De esa persona que, a pesar de tener estudios, de tener trabajo e incluso tener una casa que no fuese los restos de periódicos y cartones bajo un banco, no era un buen ejemplo a seguir. En más de una ocasión había asegurado que al lado de la palabra “desastre” debería aparecer una imagen con su rostro para ilustrar plenamente el significado. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y con aquello podían demostrarlo plenamente. Con una imagen de su rostro tras una noche de fiesta.

- Las historias siempre tienen su parte de verdad. Puede que exista tal objeto. También puede que no. Puede que se trate de otra capa de invisibilidad defectuosa como todas las demás pero que antaño fue la primera y todos la ven como la gran capa de invisibilidad verdadera que todo lo podía. Jamás lo sabremos, a no ser que saquemos a los personajes de sus libros de fantasías y les preguntemos. – Dijo el hombre con tono de creer plenamente aquello que estaba diciendo. Ni si quiera creía en sus propias palabras, pues todas las capas con las que se había topado eran defectuosas, con el tiempo no funcionaban o tenían partes nítidas que decían dónde estaba la persona que las usaba, haciendo que en más de una ocasión ocasionasen más problemas de los que supuestamente solucionaban. – En el Ministerio de Magia todo es relativo. De existir tal artefacto sin duda estaría en el Departamento de Misterios, que son misteriosos y jamás dicen lo que hacen ni lo que tienen. En mi departamento únicamente estaría si alguien se hubiese intentado estrangular con ella, o si se hubiese prendido fuego al quedarse dormido con el cigarro encendido. – No se tomaba en serio su trabajo. Ni si quiera estaba cualificado para estar ahí, pero su apellido le había garantizado aquel puesto desde su nacimiento y la muerte prematura de su padre lo había posicionado en un puesto aún más elevado.

Tomó el ticket que la mujer le tendió entre sus dedos y lo miró con curiosidad. No porque le interesase lo que ponía en él, sino por ver los posibles usos que podría darle. Cada papel era diferente, la textura, su peso, el tacto, la tinta utilizada. Todo hacía que cada papel fuese único y conllevase unos efectos diferentes según con qué se mezclase. Desmond era partidario de usar cualquier tipo de papel con usos medicinales como la marihuana, pero también podía usarla para otro tipo de sustancia. - ¿Antes abrían a las personas en canal para ver qué pasaba con ellas? – Preguntó con curiosidad. Quizá era eso lo único que lo había llevado a Ravenclaw, pues su inteligencia antes de perder parte de ella por las drogas y sus efectos era la más normal del mundo. Era un estudiante del montón, de esos que se sitúan al final de la clase y se pintan unos ojos sobre los párpados para disimular que se han quedado dormidos.

- Claro. Como el agua. Cristalino. Como el vodka. – Afirmó el hombre sin dejar de mirar el ticket, el cual guardó en el bolsillo trasero de sus pantalones una vez pudo levantarse. Dejó la camisa a un lado y siguió sin ropa por la habitación, dejando a la vista los tatuajes que se distinguían en diferentes partes de su cuerpo. - ¿Agua puedo tomar? ¿Y Vodka en botella de agua? Sé que ha dicho que no puedo ingerir sustancias, pero si no tomo agua me moriré,  y el vodka es como el agua salvo en el olor y el sabor. Son casi hermanos. – Afirmó apoyándose en la pared y dejándose caer hasta apoyar el trasero contra el suelo, quedándose así mirando hasta la mujer. – Estaba pensando yo… Sí, porque yo pienso, aunque lo creas imposible. ¿No eres muy joven para ser doctora? ¿Y muy rubia? Aunque bueno, lo de rubia es lo de menos, dicen que el agua oxigenada no mata siempre a todas las neuronas. Pero sí lo de doctora, o enfermera, o lo que seas. Y para estar casada con el señor rubio oxigenado. – Añadió mientras jugaba con una jeringuilla que había cogido a su paso por los cajones mientras llegaba hasta el lugar en el que ahora se enocntraba.
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Invitado el Dom Abr 19, 2015 8:58 am

Narcissa estaba absolutamente convencida de que la existencia de tal objeto no era posible porque de serlo, Lord Voldemort estaría al tanto y haría todo lo posible por conseguirla. La utilidad de un objeto como aquel era más que evidente por lo que ningún mago en su sano juicio, incluso los que no lo estaban, se resistiría a tratar de encontrarla. Quizás durante un corto periodo de tiempo, quizás dedicando toda su existencia a ello; pero la buscarían y acabarían encontrándola. En relación a su mención al departamento de misterios, incluso si estuviera allí el jefe de los mortífagos lo sabría. Tenía espías en todos los departamentos del ministerio y la mayoría de ellos, como era el caso de Desmond, eran los más importantes de todos los trabajadores. La mayor parte de los miembros mortífagos eran magos de prestigio tanto económico como social y sobre todo, ella bien conocía esa parte, influyentes. Los contactos fluían entre los miembros como el agua de un río. Conocedores o no del proyecto que estaban realizando, ayudaban a llevarlo a cabo. – La parte de verdad es la mención a tal objeto, supongo. – Sí, Narcissa creía que lo único real que tenían los objetos del cuento eran su cotidianidad. Una varita, una capa, una piedra. – Por una vez te daré la razón: nunca lo sabremos – se encogió de hombros con sencillez, tratando de quitarle importancia al asunto.

La aprendiz de medimaga ladeó levemente la cabeza y enarcó una ceja. – Sólo si esos pacientes no eran útiles para la sociedad – contestó irónica – entonces sí que los abrían en canal porque, como mínimo, servirían para investigar el cuerpo de los magos y se volverían útiles para la comunidad mágica internacional. – dejó ir una risa irónica. - ¿En serio crees que abrían a alguien existiendo todo tipo de pociones y conjuros? – preguntó seriamente esta vez. Había llegado un punto que no sabía identificar cuando Desmond le hablaba en serio o bromeaba. Se sentía tonta por primera vez en su vida. El paciente guardó el ticket en el bolsillo trasero del pantalón y Narcissa temió que lo perdiera, más no hizo mención a ello. Lo veía capaz de “perderlo” a propósito para que le facilitaran otra receta médica e investigar qué efectos “interesantes” podía conseguir con la poción. No quería ser la fuente de sus ideas. – Desmond, creo que eres lo suficientemente inteligente como para saber a qué tipo de sustancias me refería – contestó ella con tranquilidad. – Como siempre, puedes hacer lo que quieras. Sólo recuerda que entre más estrictamente sigas el tratamiento, antes podrás entregarte a tus cosas. Si no lo haces bien, estarás constantemente afectado y acabaremos por encerrarte aquí sin acceso a lo que tú deseas. – Le miró resbalar por la pared para acabar sentado en el suelo y ella se cruzó de brazos. – Ya te he dicho que estoy en prácticas – le dijo ella ignorando la parte de Malfoy. – Así que técnicamente no soy ni enfermera ni medimaga, sólo una estudiante con los conocimientos suficientes como para tratarte– contestó sacando su varita y realizando el hechizo accio para atraer la jeringuilla, que hizo desaparecer con otro hechizo. – No sé cómo te lo montas para conseguir estas cosas – dijo exasperada, tanto como si la había conseguido por méritos propios o como fruto de la negligencia de los que sí eran médicos que, ocasionalmente, se dejaban tales objetos al alcance de los pacientes.
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Desmond D. Kowalewicz el Dom Abr 19, 2015 12:30 pm

¿Quién se encargaba de decidir quién era útil para la sociedad y quién no? Desmond los consideraba a todos igual de útiles, incluso a los Hufflepuff que por lo único que destacaban era por su uniforme amarillo en sus tiempos en Hogwarts. Consideraba que toda persona, mago, unicornio, acromántula, troll, elfo doméstico o ser en general poseía una serie de características que lo convertían en algo único y que ya por eso merecía mención, o al menos no un desprecio ante el resto. Las cualidades eran consideradas como de mayor o menor importancia según criterios que cambiaban con el paso del tiempo, y el que en el siglo doce era útil podría ser alguien inútil a ojos de la sociedad en el siglo veintiuno. Todo dependía de los ojos con los que mirases y por esa misma razón él no se consideraba quién para juzgar a los demás. Principalmente porque de juzgar a alguien, sería él quien saldría perdiendo, pues sus características que podrían ser fascinantes para algunos no eran más que errores para otros.

- ¿Y por qué no? – Los magos no se caracterizaban por estar un escalón por encima del resto de criaturas, principalmente porque su única diferencia con el resto era el de tener un mero palo de madera que les hacía creerse superiores al resto. Vivían en condiciones que los muggles considerarían precarias, la higiene estaba fuera de sus intereses principales y muchos de ellos parecía que aún vivían siglos atrás cuando no se conocía la electricidad. ¿Por qué no iban a abrir a las personas? Los muggles lo habían hecho durante siglos y aún lo seguían haciendo, aunque fuese simplemente para abrir la carcasa y arreglar las baterías internas, como si de un muñeco al que había que cambiarle las pilas se tratase. – Quizá ahora no sea necesario abrir a los pacientes pero en un pasado podría haberlo sido. No necesario, pero sí lo que creían que lo era para ver qué había mal en las personas. Los muggles aún lo hacen y no les va tan mal. – Había muertes, claro que las había, pero también operaciones con buenos resultados y eso era una razón de satisfacción suficiente para ellos. Aunque Desmond no conocía prácticamente de medicina muggle ni mágica, si lo pensaba seriamente.

Decir que era lo “suficientemente inteligente” podría ser todo un error. Quizá en un pasado lo había sido, pero lo cierto es que su mente no funcionaba correctamente, al menos no como la sociedad consideraba que debía hacerlo, lo cual no le convertía en alguien lo “suficientemente inteligente”, sino en una simple persona que parece vivir en su propio mundo y, efectivamente lo hace. – Encerrado. ¿Con una camisa de fuerza? ¿Con una máscara para no morder a quien intente acercarse a mí? – Preguntó con la curiosidad incesante de un niño pequeño que todo lo quiere saber. – No puedo hacer lo que quiero. Si pudiera, no existiría la consecuencia de acabar aquí encerrado. Existen condiciones que hacen que se tome una decisión u otra, por tanto, no existe la opción de hacer lo que yo quiera. – A veces parecía que se enteraba de algo, pero realmente no lo hacía, simplemente era palabrería.

- El truco es distraer mientras hablas. – Dijo encogiéndose de hombros al perder la jeringuilla, levantándose para acercarse a uno de los muebles pasando la punta de los dedos por la puerta. – Si comienzas a hablar una y otra vez las personas comienzan a centrarse en lo que dices o acaban tan hasta las narices de tu voz que simplemente ruedan los ojos cansados de ti. Esos son los momentos en los que tienen la guardia más baja, ya que piensan que del mismo modo que ellos te ignoran, tú estás poniendo toda tu atención en tus palabras. – Dijo con tono divertido poniéndose la camisa y abrochando un par de botones de esta. – Las personas son incapaces de mirar algo que no sea su propio ombligo. – Admitió sin darle la más mínima importancia a aquello. – Y mi propio ombligo me dice que es hora de bajar a por la dosis que me debo llevar a casa. – Hizo una leve reverencia y abrió la puerta para salir del lugar, rumbo a la planta baja donde quizá recogería la dosis que le tocaba.
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