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Campeones. [Jayce Corvin]

Arabella K. Morgenstern el Miér Jun 17, 2015 2:41 pm

Todo el equipo había tenido que viajar a Francia, a París más concretamente, para jugar un partido de Quidditch contra el equipo de la capital francesa. El estadio, alejado de la ciudad para que estuviese oculto de los Muggles y cubierto de hechizos que lo protegían y hacían invisible, estaba abarrotado de aficionados que gritaban a pleno pulmón para animar a sus equipos. Ya que estábamos en Francia y jugábamos contra el equipo de París había muchísimos más fans del equipo contrario que de los nuestros, obviamente. El estadio estaba cubierto con sus banderas y los fanáticos gritaban los nombres de los jugadores sin cesar, dándoles ánimos. Pero nuestros aficionados no se habían quedado atrás. Muchísimos ingleses habían viajado desde Inglaterra para apoyar a su equipo, es decir a nosotros, y animarnos a derrotar a los parisinos en aquel partido. Por todas partes del estadio se podían ver banderas amarillas y negras de nuestro equipo y pancartas con avispas gigantes y carteles con mensajes de ánimo al equipo entero o a jugadores en particular. No pude evitar sonreír al ver aquello, pues era lo que más me gustaba de ser jugadora de Quidditch profesional. La multitud, el ruido, la sensación de estar arropado por miles y miles de personas que esperaban a que ganases para cantar tu nombre... Era estupendo.

El partido fue muy duro, y durante unos tensos minutos pensé que los franceses nos iban a ganar. Sus golpeadores eran muy agresivos y lanzaban las Bludgers contra los jugadores, especialmente contra el guardián y contra mí, con demasiada fuerza con la esperanza de tirarnos de nuestras escobas y dejarnos fuera de juego. Pero afortunadamente nuestros golpeadores eran buenísimos y supieron defendernos, y devolver varios de los golpes al equipo contrario. Finalmente vi la Snitch y me lancé a por ella, atrapándola en mi mano y ganando el partido.

Los gabachos no eran conocidos precisamente por ser buenos perdedores, y el estadio entero estalló en quejas contras el equipo perdedor y contra nosotros. Nos dio igual, a nosotros lo único que nos importaban era ver cómo nuestros aficionados saltaban y bailaban llenos de júbilo en las gradas, cantando victorias y sacudiendo las banderas y pancartas. Aquello era genial.

No nos fuimos al hotel, sino que nos fuimos a celebrar. Estábamos todos muy contextos, y aquello merecía una copa, pues había sido un excelente partido. Había algunos locales mágicos en la ciudad, pero no los suficientes y muchos de los ingleses que habían viajado para ver el partido tuvieron que ir a locales Muggles. Celebraban por todo lo alto, y los Muggles parisinos no entendían qué hacían aquellos ingleses bebiendo tanto y celebrando, pero a nadie le importó. El local al que fuimos los de mi equipo y yo estaba abarrotado, y se sentía la euforia de la victoria por todas partes. Tenía ganas de celebrar toda la noche, como siempre que ganábamos.
Arabella K. Morgenstern
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Arabella K. MorgensternInactivo

Invitado el Vie Jun 19, 2015 8:25 pm

El equipo completo había viajado hasta Francia para jugar un partido que a pesar de no ser de los más importantes, sí que supondría un paso determinante para abrir el camino hacia las finales de los Mundiales. A pesar de toda la expectación que había en relación a aquel encuentro yo no me sentía apenas nervioso o preocupado. Llevaba relativamente poco tiempo formando parte de las Abejas pero aún así me sentía tremendamente seguro de mí mismo y de las habilidades que había adquirido en los últimos meses. Estaba preparado para aquello y sabía que mi equipo haría todo lo posible por ganar. De por sí yo no era un hombre de muchas palabras cuando se trataba del momento anterior a entrar en el campo, por lo que permanecí los minutos antes en completo silencio, escuchando las tácticas del entrenador. Al ser el guardián era raro que estuviese involucrado directamente en algunas de esas tácticas, pero de vez en cuando sí era preciso que me inmiscuyera en determinadas jugadas.

Minutos más tarde nos encontrábamos cada uno en nuestras posiciones, listos para comenzar el partido. Observé a mi alrededor, echando una mirada rápida a todo el estadio. Como era lógico las gradas estaban infestadas de los franchutes que venían a animar al equipo autóctono, pero me alegró divisar a una buena cantidad de seguidores que habían venido desde Londres para animarnos. - Vamos allá. - Me dije a mí mismo, a la espera del sonido del silbato. Así, el árbitro no tardó en señalar el comienzo del partido, haciendo que todos los jugadores comenzaran a movilizarse, especialmente los cazadores, que no dudaron en abalanzarse hacia la quaffle.

Los minutos pasaron rápidamente y la cosa se mantuvo igualada durante casi todo el partido. A pesar de que había logrado parar unas cuantas tiradas bastante peligrosas había algunas otras que no había sido capaz de alcanzar y por las cuáles me lo reprochaba a mí mismo una y otra vez. Desde mi posición animaba a mi equipo de vez en cuando, lanzándoles gritos motivantes y alguna que otra orden en varias ocasiones. También echaba la vista a la buscadora cuando mi equipo estaba en posesión de la quafle, esperando que estuviese cerca de conseguir la snitch. Y así fue, una media hora más tarde se anunció el final del partido, con nuestro equipo alzándose como ganador gracias a la proeza de la Arabella, nuestra buscadora.

Esbocé una amplia sonrisa y reí sin ningún tipo de tapujo, bajando hasta el césped y acercándome a mis compañeros para darles las felicitaciones, sintiéndome arropado por los gritos de emoción de nuestros fieles hinchas. Aquello era probablemente lo único capaz de hacer que me sintiera de aquel modo tan agradable y lo que más me gustaba de aquel trabajo. Volar y el quidditch en sí eran hobbies sensacionales que había logrado convertir en mi modo de subsistir, pero sin duda alguna la sensación de vencer y de ver cómo una gran afición se alegra por tu victoria era lo más gratificante de todo. Aunque debía admitir que la adquisición monetaria de luego también era bastante atractiva. Al fin y al cabo aquello era de lo que vivíamos.

Después de aquello decidimos ir a celebrarlo por ahí y sin duda alguna me apunté. ¿Quién en su sano juicio se perdería una fiesta después de ganar un partido así? Toda la tensión acumulada a lo largo del partido se convirtió rápidamente en diversión y alegría. El recinto en el que nos encontrábamos estaba bastante lleno y se respiraba la emoción por cada uno de los rincones del mismo. Nada más llegar comenzamos a beber como si no hubiera un mañana, una copa tras otra, hasta que decidí alejarme un poco del grupo en el que me encontraba (que constaba de dos de los cazadores, uno de los golpeadores y yo) y relacionarme un poco más con el resto del equipo. No me costó demasiado divisar a nuestra heroína a pocos pasos de donde estábamos, por lo que con una sonrisa en los labios y tras pedir otra copa para ella me dirigí hasta allí. - ¿Te he dicho ya lo increíble que eres? - Por norma general no era mi estilo acercarme de aquel modo tan descarado, pero teniendo en cuenta que llevaba encima un par de copas de más y que aún tenía por dentro la euforia de la victoria no era raro que me comportara de aquel modo. - En serio, lo has hecho genial. - Dije algo más tranquilo, tendiéndole una de las copas. - Te mereces una copa. - Le guiñé un ojo con cierto deje bromista. De siempre me había considerado un chico guapo y carismático, pero por alguna extraña razón aquella mujer me imponía en cierta medida. Arabella siempre me había parecido la chica más guapa y despampanante del equipo, pero también la más "inalcanzable" por decirlo de algún modo. No era la típica facilona que podía acabar en tu cama en menos de media hora, sino que por el contrario parecía tener bastante más criterio, lo que la hacía más... interesante.
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Arabella K. Morgenstern el Vie Jun 19, 2015 10:26 pm

Ganar un partido, aunque no fuese de los importantes del Mundial, implicaba ir de fiesta. Es más, celebrábamos más después de estos partidos que después de los de los Mundiales, ya que en los Mundiales había que descansar y entrenar duro y no había tiempo para resacas ni para nada. Aquí sin embargo teníamos tiempo y libertad de sobra para salir, conocer París, que de noche era precioso, y beber mucho hasta tener la peor resaca de la historia mañana. Eso sí, no tenía planeado perder mi tiempo con los franceses. Jamás me habían gustado los franceses. Estuve con ellos en varias épocas, y la última vez que estuve en el país fue durante la Revolución Francesa. Me marché poco después, y hasta ahora jamás había vuelto... ¡Lo que significaba que jamás había visto la torre Eiffel! ¿Qué clase de arpía respetable de casi mil setecientos quince años no había visto nunca la torre Eiffel en persona? ¡Sacrilegio!

Mi tolerancia al alcohol era alta, pero durante las fiestas después de los partidos era muy fácil pasarse de copas. No estaba borracha ni de lejos, pero sí que estaba feliz. No estaba lo suficientemente happy como para llegar al punto de que al ver una farola en la calle me entraba la risa, pero sí estaba lo suficientemente bebida como para sonreír más de lo que lo hacía habitualmente. ¡Estaba de buen humor! Los ingleses que nos habían seguido hasta aquí estaban contentos, los del equipo estaban contentos, el entrenador estaba contento... Los únicos que no estaban contentos eran los franceses que habían estado tan contentos en el bar hasta que habíamos llegado nosotros. Había dos mirándonos con mala cara desde la barra.

-Ces gens sont fous!- exclamó uno mientras nos miraba. Su compañero nos miraba a todos con cara de asco, la típica mirada que la gente echaba a los extranjeros mientras pensaba "Guiris...", pero todos pasábamos de ellos. Como ya había dicho antes, ¡estábamos felices!

El guardián se me acercó entonces. Jayce, uno de los jugadores con más talento de todo el equipo, y al que más caña le habían dado en todo el partido tirándola la Quaffle y las Bludgers encima una y otra vez... Había parado casi todos los tantos menos algunos, pero nadie de lo tomaba en cuenta. Después de todo, nuestros cazadores no metían todos los tantos que intentaban marcas, nuestros golpeadores no golpeaban todas las Bludgers y varias nos daban a veces, y yo no cogía todas las Snitch. Son cosas que pasan, y dan igual. Además, habíamos ganado, y él lo había hecho muy bien.

-No, no me lo habías dicho, pero me gusta que lo hagas- reí suavemente con tono bromista en respuesta a su comentario. Yo nunca había comentarios egocéntricos ni me daba mucha importancia en el equipo. Venía a jugar y a pasarlo bien y a ganar dinero y ya está, pero los cumplidos y las copas y la euforia de la victoria hacen que se dejé la seriedad de lado.-Vaya, muchas gracias, Jayce- le contesté con una sonrisa encantadora cuando me dijo que lo había hecho genial.- Tú también has estado fantástico, yo no podría parar la Quaffle con tanta agilidad y esquivar dos Bludgers asesinas al mismo tiempo. ¡Uff!- porque en serio, no se con qué se habían dopado los golpeadores franceses, pero estaban súper viciosos. Esos no iban a tirar de la escoba, esos iban a dejarnos fuera de juego la temporada entera.

Jayce me ofreció una copa entonces, la cual acepté encantada, y le di un sorbo. A Jayce también de le notaba que estaba bastante contento con el partido con mucho alcohol dentro del cuerpo, aunque no estaba borracho. Pero las copas de le notaban porque tenía un toque más pícaro en la mirada que de costumbre. Otros días él, y el resto del equipo, me miraban de forma diferente. Yo no actuaba de ninguna manera fuera de lo normal, pero todos ellos eran muy jóvenes y se les notaba, era que la juventud se les salía a chorros por los poros. Pero hay que admitirlo, yo ya era vieja. Bastante vieja. Y en algunas cosas de me notaban. Una amiga mía decía que a veces intimidaba a los hombres. Puede que sea verdad, pero en estos momentos era un encanto. Alcé mi copa en alto mientras sonreía a Jayce.- ¡Propongo un brindis! ¡Por el equipo! Y ya verás, tú sigue parando tantos como lo has hecho hoy y en dos semanas machacaremos a los alemanes- sonreí mientras bebía.
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Arabella K. MorgensternInactivo

Invitado el Sáb Jun 20, 2015 1:07 am

La leve incertidumbre con la que me había acercado en un principio se había desvanecido en cuestión de pocos segundos hablando con ella. La notaba más... simpática que de costumbre, no porque normalmente fuera antipática, sino porque para mi gusto casi siempre se mantenía más al margen de los asuntos que el resto. Ella era una de las veteranas y yo era el más novato en el equipo, por decirlo de algún modo, y también era por eso que dirigirme a ella me resultaba complicado en ocasiones, como si tuviese la sensación de que pensara que era superior a mí, o algo así, aunque nunca se comportaba como tal. En fin, paranoias mías, probablemente. El hecho era que en aquel momento me encontraba bastante a gusto charlando con ella y no iba a desaprovechar la oportunidad para acercarme más a ella o al menos para conocerla un poco más y dejara de ser simplemente la buscadora de mi equipo.

- Te lo diré más a menudo, entonces. - Comenté con amabilidad, dedicándole la mejor de mis sonrisas. No me ruboricé ni nada parecido cuando dijo que yo también había jugado muy bien, lo cierto era que estaba más que acostumbrado a aquel tipo de halagos por lo que a aquellas alturas casi ni me inmutaba por aquel tipo de comentarios, aunque debía admitir que no estaba nada mal que aquellas palabras vinieran de la chica más atractiva del equipo. - Pues a mí siempre me ha parecido más complicado estar en tu lugar. - No lo decía por hacer la pelota, estaba siendo completamente sincero, desde siempre el puesto de buscador había despertado en mí cierto respeto y me había hecho respetar a aquellos que eran especialmente buenos, como era su caso. No era la primera vez que ganábamos un partido gracias a ella.

En ocasiones teníamos que alzar la voz para escucharnos el uno al otro, ya que la música en aquel antro estaba bastante alta, pero a mi no me importaba, de hecho aprovechaba aquello para acercarme a ella un poco cuando le hablaba. No obstante no actuaba como el típico ligón que podías encontrarte en cualquier bareto medio, ya que tampoco quería que pensase que sólo hablaba con ella con algún fin que no fuera el de simplemente relacionarme con mis compañeros, aunque debía admitir que no me importaría tener algún otro tipo de... acercamiento con ella. Pero con ella no podía actuar como con el resto, por lo que por el momento no me resultaba difícil mantenerme a raya.

Miré al equipo a la vez que ella cuando propuso un brindis, esbozando una amplia sonrisa y levantando mi copa a la vez que el resto. - ¡Por las Avispas de Wimbourne! - Grité tras ella, chocando la copa con aquellos que tenía más cerca. Todos gritaron aquella frase después de mí y tras realizar el brindis todos volvieron a sus respectivas conversaciones, así que yo hice lo mismo, girándome de nuevo hacia Arabella. - ¿Te apetece si salimos a dar una vuelta? - Le pregunté sin pensármelo demasiado, gesticulando más de la cuenta por si no escuchaba todo lo que le decía.

Quizás aquello diera pie a que se pensara cosas extrañas, pero lo cierto es que mis intenciones no era en absoluto deshonestas, sino todo lo contrario. Tras un tiempo allí dentro me estaba resultando incómodo mantener una conversación digna entre tanto ruido, por lo que pensé que salir afuera no sería mala idea y esperaba que ella pensara de la misma forma. De no ser así siempre podía rechazar el plan sin ningún tipo de problema.
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Arabella K. Morgenstern el Sáb Jun 20, 2015 5:42 pm

Cuando le felicité a él por el excelente trabajo que había hecho durante el partido Jayce no actuó como el típico jugador profesional súper chulo que se cree el dios del mundo. Me había encontrado muchos de esos a lo largo de los años. Nunca podían dejar de alardear y cada vez que hablabas con ellos se ponían a contarte con todo lujo de detalles sus azañas en el campo. Pero Jayce no, Jayce sabía que era bueno y ya está, no se ponía a restregarlo por la cara de los demás para que se pudiesen a adorarle. Es más, en vez de actuar todo chulo me dijo que le parecía que mi puesto en el equipo le parecía más difícil. Me encogí de hombros y le sonreí.

-Bueno, es tan difícil como cualquier otro, cada uno tienes sus pros y sus contras- comenté simplemente. Era cierto, cada puesto del equipo tenía cosas buenas y cosas malas, y a algunos se les daba mejor manejar algunas de esas complicaciones que otras. Yo creo que lo más difícil es estar encima de una escoba, y eso teníamos que hacerlo todos. La razón por la que no todo el mundo era capaz de jugar al Quidditch era porque se caían de las escobas y eran malos volando, no porque el deporte en sí se les diese mal.

La música estaba muy alta, y entre eso y las voces estridentes de toda la gente que había en el bar se estaba haciendo muy difícil que pudiésemos escuchar lo que decíamos. Jayce se acercaba a mí más de lo normal. Muchas chicas jóvenes tomarían esa cercanía como una forma de ligar típica de los bienes chulos y atractivos, pero mis años de experiencia me hacían saber que no es que estuviese ligando descaradamente, sino que ahí dentro era imposible escuchar absolutamente nada. Casi teníamos que gritar para que el otro pudiese oír li que decíamos, y a veces el ruido de los ingleses celebrando a nuestro alrededor era tan fuerte que no siquiera yo misma oía las palabras que salían de mi boca. Ser arpía me daba alas para volar, pero no me daba un sentido del oído agudizado. Pero sí que pude por que Jayce me preguntaba si quería salir de ahí para dar una vuelta.

-¡Claro! Vamos- aunque había venido a celebrar con los del equipo, aquel lugar se estaba volviendo un poquito agobiante, y salir por las calles de París con Jayce me parecía una muy buena idea. Nunca había pasado mucho tiempo a solas con él, pero siempre me había parecido un chico muy amable y simpático cuando estábamos jugando en los partidos y en los entrenamientos. Quizás pudiese conocerle mejor ahora, pues yo era una persona sociable a la que le gustaba conocer a la gente. Jamás me olvidaba de nadie, ni aunque pasasen siglos. La única cosa que le daba sentido a vivir toda la eternidad es estar rodeada de gente y de experiencias. Me bebí lo que quedaba en mi copa de golpe y lo dejé en la barra antes de salir de ahí con Jayce.

Aunque de día había hecho mucho calor, la noche estaba bien. Era cálida, por lo que a pesar de estar vestida con un top bastante ligero no tenía frío. Sin embargo sí que soplaba una brisa fresca que evitaba que la noche fuese muy calurosa. Aquella era la temperatura perfecta. La ciudad estaba iluminada, las calles estaban animadas pero no abarrotadas, sonaba la música de un acordeón parisino a lo lejos y la torre Eiffel estaba preciosa llena de luces. Alcé la mirada para verla y sonreí.

-Qué diferente es París a como lo recordaba- murmuré. Había bebido lo bastante como para no cuidar del todo mis palabras, pero no lo suficiente como para que no caminase de manera completamente perfecta sobre mis altos tacones por las calles pedregosas de la ciudad. Miré a Jayce con curiosidad mientras caminaba a su lado.- ¿Tú habías estado aquí antes?

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Arabella K. Morgenstern
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Arabella K. MorgensternInactivo

Invitado el Mar Jun 30, 2015 3:46 am

Aún a mi corta edad (porque no es que fuera precisamente muy mayor) siempre había sido un amante de las chicas, un ligón nato. Siempre habían despertado en mí una curiosidad que me hacía querer conocer a más y más de ellas y lo que había aprendido era que cada una era un mundo totalmente diferente. Si bien a algunas podían gustarles los detalles como las flores o una cena bien vestidos, había otras a las que toda aquella parafernalia les parecía redundante y carente de sentido, de forma que preferían ir más al grano obviando aquel tipo de formalidades. Las había que se encariñaban a los dos días y las había que eran puras almas libres que no querían atarse a ninguna persona concreta. Yo no conocía a Arabella y desde luego no hubiese podido calificarla de ningún modo parecido, pero de algún modo me daba buenas vibraciones. Normalmente no me costaba diferenciar a las interesadas o descerebradas de las que realmente valían la pena y por suerte Arabella había demostrado con bastantes pocos gestos no ser una de aquellas sanguijuelas que sólo se relacionaban contigo con el objetivo de sacar algo de provecho.

Quizás tuviera que ver con que estaba a mi mismo nivel, en el sentido de que ambos éramos conocidos y de que disfrutábamos de prácticamente los mismos beneficios por nuestro trabajo. Eso hacía que nos tratáramos el uno al otro como iguales y era algo a lo que no estaba realmente acostumbrado, ya que al principio cuando estudiaba en Durmstrang se me conocía por mi físico y mi popularidad, y tras ser fichado por aquel equipo era bastante raro que no te reconocieran por la calle, por lo que pasar desapercibido nunca había sido lo mío, pero era algo que se echaba en falta cuando te acostumbrabas a destacar, sin duda.

Arabella aceptó mi propuesta así que tras pocos segundos nos encontrábamos en las agradables calles de Francia, que a aquella hora permanecían tranquilas y sin apenas bullicio, bajo una inmensa luna que iluminaba toda la ciudad sin apenas ser necesarias la multitud de farolas que adornaban los lados de la calle. Me gustaba la fiesta, beber y relacionarme con todos los meimbros del equipo y más cuando se trataba de una celebración post – victoria, pero en aquel momento específico me apetecía más algo relajado como dar un paseo con ella.

El alcohol me había afectado en cierta medida, pero no lo suficiente como para que comenzara actuar de una forma poco usual en mí, por lo que por un rato me limité a andar a su lado con las manos en los bolsillos, observando, al igual que ella, la Torre Eiffel que se alzaba justo en frente de nosotros. Poco después ella rompió el silencio, dando a entender que había estado antes por aquellos lares. - Hace bastante, cuando era muy pequeño, apenas me acuerdo de ninguno de los sitios a los que fuimos. - Me encogí de hombros, realmente no me llamaba demasiado aquel país. Había sido un viaje bastante corto con mis padres, antes de nacer mi hermana, así que aquel lugar no me transmitía ningún tipo de recuerdos o algo parecido, al contrario que a Arabella, que parecía algo melancólica al respecto. - ¿Cuándo estuviste tu por aquí? - Probablemente hablar de su experiencia allí era bastante más interesante que hablar de la mía. No era la típica pregunta por compromiso que se hacía por seguir una conversación, realmente tenía curiosidad por saber más cosas sobre su vida.

Seguíamos charlando de forma amena mientras caminábamos por las aceras de la ciudad, acercándonos cada vez más hasta aquella obra de arte tan representativa del país en el que nos encontrábamos. Nunca había sido un admirador de la arquitectura, pero debía admitir que con todas aquellas luces y aquel aura que se respiraba el monumento le daba a París un aire bastante encantador. Entonces se me ocurrió algo que podría ser divertido, así que no dudé en proponérselo. - ¿Te gustaría subir? Ahora, digo. - Le pregunté con una media sonrisa, mirándola con ojos divertidos y señalando a la torre con un leve gesto de cabeza. Obviamente a aquella hora estaba completamente prohibida la entrada a la Torre Eiffle pero sería emocionante ver la ciudad en su totalidad desde aquellas alturas y al fin y al cabo eramos magos, por lo que nuestras barreras a la hora de hacer lo que queríamos eran más bien escasas.
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Arabella K. Morgenstern el Miér Jul 08, 2015 2:19 pm

Aunque Francia no era mi país favorito del mundo entero mundial, no puedo decir que me aburriese en la época que pasé allí. Me había relacionado tanto con la aristocracia como con la plebe, así que había podido ver con mis propios ojos como eran de diferentes los dos mundos. Siempre me había gustado más ser miembro de la nobleza y disfrutar de los privilegios que aquello me concedía, pero los nobles de aquella época me ponían siempre muy nerviosa. No tenían ni pizca de gusto, las pelucas de las mujeres eran ridículas, y ya ni hablemos de su maquillaje, y la vestimenta en general de los hombres era horrible. En esa época había echado de menos los vestidos de épocas más antiguas que ya no me podía poner para no llamar la atención, y admiraba la moda de otros países donde los trajes, aunque eran ostentosos, no daban pena. ¿Y por qué me quedé yo en París, entonces? Lo cierto era que, por poco que me gustase la moda las costumbres y la gente de aquella época, me había enamorado tanto de Versalles que me dolía la idea de no volver a pasear por sus impresionantes pasillos y los hermosos jardines, así que si tenía que aguantar a la reina para poder disfrutar de aquella maravilla de lugar lo haría… y lo hice. Hasta que estalló la revolución. Aquello sí que había sido algo impresionante que presenciar. ¡El comienzo de la democracia! Aunque me hubiesen caído mal los monarcas, me dio pena que la monarquía acabase… Pero me gustaba presenciar la historia. No tenía que leer nada en libros de historia, estaba todo grabado en mis propios recuerdos…

No había vuelto desde entonces, así que pasear con Jayce por París me gustó mucho. Siempre es genial volver a un lugar de tu pasado y hacerlo acompañada de alguien agradable que haga que la experiencia sea mejor. Aunque no le conocía mucho y por el momento solo era mi compañero de equipo con el que me llevaba bien, me gustaba pasear con él tras la victoria pues así me relajaba más. Le pregunté si había estado en París antes, y me dijo que sí, cuando era pequeño. No parecía especialmente emocionado por el recuerdo. Entonces me preguntó a mí que cuándo había sido la última vez que yo había estado ahí. Durante un par de segundos no supe qué decir. ¿Cómo explico que la última vez que había estado en París había sido hacía ya unos doscientos años? No podía mentirle y decirle que había estado aquí el verano pasado.

-Hace muchos, muuuuchos años- dije con una sonrisilla feliz. Estaba contenta a causa del alcohol y de la adrenalina del partido, que todavía me tenía muy emocionada. Si hubiese estado completamente sobria seguro me habría dado una respuesta mucho mejor, pero mi filtro estaba algo dañado. De todas formas, ¿qué más da? Es un mago, y los magos están acostumbrados a conocer criaturas raras de vez en cuando. Aunque había ciertos prejuicios hacia las arpías, productos de las acciones de las más locas de nuestra especie que habían hecho que se nos estereotipase como monstruos horribles, inhumanos y viciosos. ¿Qué diría Jayce si se enterase de que yo, su compañera de equipo, soy una de ellas?- Había mucho lío la última vez que estuve aquí, y tuve que marcharme casi sin poder hacer las maletas- seguí contándole con tono casual, como quien cuenta qué ha hecho el domingo por la tarde. Y de repente, mientras caminábamos me puse a tararear una canción muy famosa por lo bajo, el himno nacional de Francia, la Marsellesa. ¡Yo había escuchado la primera versión!- Allons enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé! Contre nous de la tyrannie l’entendard sanglant este levé…

¡Lo que diría Maria Antonieta si me escuchase cantar aquella canción! Dejé de cantar y reí suavemente por lo bajo mientras volvía a mirar a Jayce. Charlamos tranquilamente hasta que llegamos a la torre Eiffel, donde él me sorprendió preguntándome que si quería subir en aquel momento. Sonreí más ampliamente.

-¡Me encantaría!- asentí, aceptando la propuesta muy contenta. Pero entonces dudé cuando volví a mirar arriba, a la punta de la torre Eiffel. Estaba cerrada al público en aquel momento, así que nos tendríamos que colar. Aquello era facilísimo para un mago o bruja, porque no tenían que hacer más que aparecerse allí y ya está. Pero yo no podía aparecerme, no tenía ese tipo de magia. Tendría que volar hacia arriba, pero entonces me verían. No tenía forma de hacerme invisible. Debería empezar a llevar una capa de invisibilidad en el bolso o algo. Miré a Jayce con una sonrisilla entonces.- Pero vas a tener que subirme tú. Yo no puedo aparecerme- le expliqué. Podría interpretarlo como quisiera. Que no tenía licencia, que no me gustaba aparecerme… Nunca me había visto hacer magia, a lo mejor pensaba que era una Squib como tantos otros.- Y luego te enseñaré algo. Pero cuando estemos allí arriba- dije mirando hacia arriba de nuevo.
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Arabella K. MorgensternInactivo

Invitado el Sáb Jul 25, 2015 2:26 am

Era raro, por regla general escuchaba a las personas hablar porque era lo correcto, porque de eso se trataban las relaciones humanas, pero con Arabella era distinto. No sólo le prestaba atención por el mero hecho de que estuviésemos dialogando, sino que hacerlo me proporcionaba una sensación bastante agradable. Me interesaba todo lo que decía, de hecho tenía la sensación de que podría escucharla durante toda la noche sin cansarme. De algún modo lo que me decía despertaba en mi una curiosidad que pocas personas habían sido capaces de despertar, y eso que realmente tampoco me había contado nada del otro mundo. De hecho en parte parecía reacia a dar más detalles de los necesarios, pero en ese aspecto yo me parecía mucho a ella y por eso no me molestaba en absoluto esa sensación de quedarme a medias. ¿A quién le gusta contar todo sobre uno mismo de buenas a primeras? En aquellos pequeños detalles que estaba obviando estaría seguramente lo interesante, aquello que en todo caso me contaría cuando cogiéramos más confianza. Definitivamente Arabella era diferente al resto, me lo decían sus palabras, sus gestos, incluso su tono de voz, a simple vista nimiedades, pero que a la hora de la verdad eran lo que conformaban la esencia de una persona en su totalidad, y no su físico o a lo que se dedicaban. ¿Desde cuándo me había vuelto tan profundo?

Yo caminaba a su lado prácticamente en silencio, preguntándome cuál era ese motivo por el que había estado en Francia hacía tantos años. Tenía mucha curiosidad, no podía negarlo, pero si algo me habían enseñado mis padres era a respetar el espacio ajeno. Si ella quería contármelo me daría más información al respecto en su debido momento, así que no tenía por qué acosarla a preguntas que quizás la incomodaran o no le gustaran. Estaba pasándolo bien así, por lo que no había ningún motivo para estropearlo con estúpidas preguntas.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro al escucharla cantar en voz baja, no sabía qué era exactamente, pero entendía alguna que otra palabra y por la tonalidad deduje que debía tratarse del himno del país. Aquello más que extraño o extravagante me pareció curioso, ¿quién en su sano juicio se aprendería el himno de un país que ni siquiera es el tuyo? Ahora que lo pensaba, ¿Londres tenía himno? Qué poco patriótico era...

Por suerte mi idea de subir a la Torre Eiffle le había entusiasmado. No sabía si se debía al alcohol que había ingerido antes o porque era así realmente, pero me gustaba que aceptaran mis proposiciones sin pensarlo demasiado, sin importar qué tan locas resultaran. ¿Para qué vivíamos entonces si no era para hacer locuras? Al fin y al cabo eramos jugadores de Quidditch famosos, alguna ventaja tendría que tener, como por ejemplo poder saltarse alguna que otra norma cuando nos diera la gana. - Eso está hecho. - Le guiñé un ojo con un deje divertido y de forma juguetona coloqué mi brazo para que ella se enganchara fácilmente. - Al lío, entonces. - Murmuré, mirando hacia arriba para visualizar el lugar donde debía aparecerme, ya que tampoco era plan de perder alguna extremidad por el camino o algo parecido. Segundos más tarde cerré los ojos y poco después ya no nos encontrábamos al pie de la escultura, sino que el frío viento nos daba de lleno en la cara y desde allí arriba podíamos observar todo París de apenas una ojeada. - He de admitir que es precioso. - Comenté alzando un poco la voz debido a que el viento amortiguaba el sonido desde aquella altura.

Nunca había sido un amante nato de los paisajes y las vistas románticas y bohemias como aquellos, pero era de necios decir que estar allí arriba no resultaba imponente. Toda la ciudad estaba impregnada de luces y a pesar de ser bastante tarde daba la impresión de que la misma estaba llena de vida, como si fuera mediodía. - ¿Qué era eso que querías enseñarme? - Recordé de pronto, despegando la vista del paisaje y posándola en ella. ¿Cuál de las vistas era más agradable? Difícil pregunta, desde luego.
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Arabella K. Morgenstern el Sáb Ago 08, 2015 11:31 pm

No lo dudé a la hora de aceptar su proposición de subir a lo alto de la torre Eiffel, a pesar de que a aquellas horas a los Muggles no les estaba permitido… Pero nosotros no éramos Muggles, y con la magia de Jayce todo era posible. Me encantaba esa sensación de que no había límites ni barreras, podíamos hacer lo que quisiéramos. Era la sensación que más me había gustado sentir a lo largo de todos mis años de vida, y aunque en ocasiones era mucho más difícil sentirse así había ocasiones en las que era muy fácil y era fantástico. Esta era una de esas ocasiones, y aunque era probablemente por culpa del alcohol que había ingerido antes no me importaba en absoluto, me sentía feliz. Y si era feliz no encontraba ninguna razón para negarme a subir al monumento más emblemático de París a contemplar la estampa nocturna de aquella preciosa ciudad desde las alturas mientras disfrutaba de buena compañía. Además se me había ocurrido una idea… Puede que me arrepintiese más tarde. Puede que no. ¿Quién sabe? A lo mejor no y por eso merece la pena hacer las cosas que a uno le apetecía hacer en el momento.

Jayce aceptó y puso su brazo alrededor de mí. Estaba en buena forma, y era muy atractivo y simpático, y la cercanía y el contacto me hicieron dibujar una sonrisa pícara en mi rostro similar a la que lucía él en el suyo. Eramos compañeros y nunca habíamos hecho nada más que hablar y jugar en el campo, pero ahora que le estaba conociendo mejor me estaba cayendo muy bien y estaba disfrutando de la noche más de lo que la habría disfrutado de haberme quedado toda la noche festejando en el bar con toda la gente. Jayce se desapareció llevándome consigo y aparecimos en la parte de arriba de la torre Eiffel, en el mirador. No era la primera vez que practicaba aparición conjunta con un mago, pues a veces mis alas no eran lo suficientemente rápidas para llevarme al lugar al que deseaba ir y yo no podía aparecerme por mí misma. Aparecerme era algo que me desagradaba, pues sentía una terrible sensación de claustrofobia. Me pareé un poco al poner de nuevo los pies sobre un suelo firme tras ese breve viaje mágico y di un pequeño traspié, pero me mantuve perfectamente en pie. Además Jayce me estaba sujetando, así que no me habría caído aunque hubiese sido un pato.

-¡Gracias!- exclamé, agradeciéndole con una sonrisa que me hubiese ayudado para poder estar allí. ¿Le parecería raro que no pudiese aparecerme yo sola? Bueno, muchos magos y brujas no se habían sacado la licencia porque no les gustaba o por cualquier otra razón. Aquel método de transporte, aunque era muy útil, era un verdadero incordio. El viento que soplaba a aquella altura me dio de lleno y me puso el pelo oscuro por todas partes, así que me lo aparté de la cara con una mano y lo sujeté detrás de mis orejas. Jayce dijo que era precioso, y yo no podía estar más de acuerdo con él.- Sí que lo es…

Me asomé al borde del mirador. A nuestros pies la ciudad se extendía a kilómetros a la redonda en un mar de luces brillantes. La música de un acordeón sonaba desde lejos, y las notas hacían eco en la calle y se elevaban hacia el cielo para llegar a nuestros oídos. Aquella estampa era tan diferente al Paris que yo había abandonado siglos atrás…- Nunca me han gustado los franceses, pero estas vistas enamoran- le dije a Jayce.- Los lugares así me recuerdan a como era yo hace años. A la ilusión que tenía con la vida y lo mucho que el mundo me fascinaba. Sigue haciéndolo gracias a cosas como estas- dije mirando aquella hermosura de vistas.  Me encantaba la altura y observar el mundo desde ella. Sentía una sensación de libertad inigualable. Solo había una cosa que pudiese hacer este momento mejor.

Sonreí pícaramente a Jayce cuando me preguntó que qué iba a enseñarle, y me mordí suavemente el labio mientras terminaba de decidir si debería seguir con aquella loca idea o no.- Probablemente no debería enseñarte esto…- murmuré entonces mientras le miraba a los ojos y no dejaba de sonreír- pero quiero hacerlo. Las malas ideas suelen acabar siendo las mejores, ¿no crees?

No me moví del borde del mirador. Me llevé las manos a la espalda y deshice el nudo del top que había detrás del cuello para que así la tela cubriese menos la espalda, porque sino aquello sería un desastre. Jayce seguro estaba confundido. A saber qué se le estaba pasando por la cabeza al verme ahora así… Pero esto no era nada de lo que él se imaginaba.

Me agarré entonces a las barras de metal de la torre y me subí a la barandilla del mirador. El viento me golpeó más fuertemente desde allí y me zarandeó suavemente, pero yo me sujeté bien. Suspiré tras respirar profundamente.- Jayce, espero que no te de un infarto- dije mientras le miraba y le guiñaba un ojo antes de soltarme y dejarme caer. Sin escoba. Sin varita. Sin nada que me ayudase a volar… o eso parecía.

Me precipité al vacío a una velocidad de vértigo. Sentía cómo el estómago se me encogía, cómo el corazón se me desbocaba, veía el suelo acercarse… Y me sentí libre. Libre como el viento y como una estrella fugaz que surca el firmamento. Era así, en el aire sin nada que me detuviese, como más viva me sentía.

Cuando estaba a medio camino entre la punta de la torre Eiffel y el suelo aparecieron mis alas en mi espalda, y me alzaron en vuelo hacia arriba de repente. Comencé a alzarme hacia el cielo al triple de velocidad que había llevado en la caída. En apenas unos segundos había pasado volando como una bala justo enfrente de donde había dejado a Jayce mirando como caía, y cuando estaba a una altura considerable dejé de ascender y comencé a volar en horizontal y en círculos sobre la torre, lo suficientemente lejos de la ciudad como para que los Muggles no me viesen y los suficientemente cerca de la torre Eiffel para que Jayce sí que me viese. Aliviaba mucho revelarle por fin a alguien mi secreto. ¿Era sabio? Tal vez no. ¿Me sentía bien? Por supuesto que sí.

Planeé el círculo cual buitre con mis enormes alas negras y entonces descendí lentamente hacia el mirador, donde aterricé pero no hice desaparecer mis alas. Tuve que replegarlas para poder aterrizar sin chocarme con algo, pero una vez que estaba dentro del mirador volví a extenderlas para que Jayce pudiese verlas. Eran enormes, de membranas negras y escamosas como las de un murciélago, como las alas que los artistas dibujan en las imágenes de demonios, pero la mitad inferior estaba recubiertas de largas y brillantes plumas negras y suaves.

-Bueno… ¿qué te parece mi “pequeño” secreto?- pregunté a Jayce medio juguetona y medio un poco asustada por su reacción.
Arabella K. Morgenstern
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Invitado el Vie Ago 14, 2015 3:36 am

De alguna forma aquella embriagadora mezcla entre la hora que era, el alcohol que teníamos en el cuerpo y las vistas propias de París hacían que a uno inevitablemente se le ablandara un poco el corazón y pudiese incluso valorar más de lo habitual aquella pequeñas cosas que por regla general se le escapaban a uno por completo. Yo nunca me habría considerado alguien sensible, ni empático, pero la verdad era que en aquel momento en particular me sentía… algo sentimental. Las palabras de Arabella eran para mí como melodía para mis oídos, se expresaba de una forma que me resultaba del todo atrayente y conmovedora. “Debería dejar de beber tanto”

Realmente no me importaba en absoluto el por qué me había pedido que yo la subiera hasta aquí. Había motivos más que múltiples por los que Arabella podría rechazar el hecho de desaparecerse, sin embargo lo que sí me interesaba un poco más era aquello que había prometido contarme una vez estuviéramos allí. ¿Sería aquello que me tenía que decir algo relacionado con nosotros? ¿Conmigo? ¿Con un secreto que no le haya contado nunca a nadie? ¿Tanta confianza tenía conmigo como para contarme algo de aquellas características? Estaba realmente abstraído en mis pensamientos hasta que decidí romper el silencio con aquella pregunta, en la que denotaba bastante interés.

No me esperaba su respuesta, aunque al contrario que asustarme o echarme atrás lo que hizo fue que mi interés fuera en aumento. - Claramente, deberías hacerlo. - La insité, con una sonrisa en los labios con la cual trataba de demostrarle que podía confiar en mí. Al fin y al cabo, ¿qué era lo que podía contarme? No pensaba que fuera nada que pudiese hacerme cambiar de idea con respecto a ella. Hasta el momento había demostrado ser una chica espectacular y de la cual quería saber más cosas, no pensaba que nada me hiciera verla de otra forma. Sin embargo sus movimientos siguientes me hicieron dudar de todos aquellos pensamientos. ¿Se iba a desnudar allí mismo? No es que tuviera ningún inconveniente al respecto… Pero la verdad era que esperaba que no todo fuera tan fácil. - ¡Eh, eh! - Inconscientemente me erguí hacia ella, tratando de bajarla de la barandilla. ¿Qué coño hacía? Si se resbalaba lo más mínimo se caería con facilidad. Ella sí que había bebido demasiado. - ¿No es mejor que te bajes de ahí? Vamos, digo yo. - Le grité, ya que el viento comenzaba a azotar fuertemente aquella zona y las palabras se escapan con facilidad, haciendo que fueran prácticamente inaudibles. ¿Esperaba que no me diera un infarto? Porque estaba a punto de tenerlo. No me apetecía ni presenciar un suicidio ni quedarme sin buscadora del equipo. En definitiva, aquella no parecía en absoluto una buena idea. ¿Qué bicho le había picado?

Me planteé la idea de agarrarla hacia mí y echarla hacia atrás, no obstante no tuve tiempo de barajar las posibilidades, pues de repente Arabella se abalanzó hacia el vacío. - ¡Arabella! - Aquel grito fácilmente lo podían haber escuchado en todo París. La desesperación me invadió por momentos, aquello había ido demasiado lejos. Miré fijamente hacia la figura de la chica, que descendía en picado hacia el suelo, a punto de estrellarse. En ese momento saqué la varita de la parte baja de mi pantalón y apunté hacia su cuerpo, una vez había salido del trance, pero no hizo falta que pronunciara ningún conjuro para salvarla, sino que unas alas enormes surgieron de su espaldas en cuestión de segundos, haciendo que ésta se elevara con facilidad evitando así un choque que con toda seguridad hubiese sido mortal. Abrí los ojos como platos, observando aquella escena digna de la más pura ciencia ficción. A ver, yo pertenecía al mundo de la magia, de las criaturas mágicas, pero de estudiar un hipogrifo en una clase en Hogwarts a descubrir que tu compañera de equipo era alguna especie de ser había un trecho enorme. Además, ¿qué coño era aquello? No era un águila, ni ningún tipo de animagia que conociera. Aún en aquel estado de embriaguez no me costó comenzar a indagar en mis conocimientos, tratando de recordar si había leído algo sobre aquello alguna vez. ¿No estaría alucinando? Aquella opción era con creces más creíble a aquellas alturas, pero se fue al traste cuando Arabella volvió hacia donde yo estaba y las mostró allí mismo, a dos palmos de mi cara, como si me estuviera mostrando el nuevo vestido que se había comprado. - ¿Que qué me parece? - Aún estaba completamente anonadado. ¿Qué esperaba que le dijera, que eran preciosas? ¡Y un cojón!


“Las arpía son aves fabulosas con rostro de mujer y cuerpo de ave de rapiña” Aquellas palabras resonaron en mi cabeza, rememorando una de las clases que había tenido en Durmstrang. Joder, claro, era una arpía, pero espera… ¿No eran las arpías las que enamoraban a los hombres para luego matarlos? ¡Ahora todo tenía sentido! ¿O eso lo hacían las sirenas? Nunca fui muy bueno en aquellos temas. No obstante no pude evitar que una inminente e inesperada desesperación se adueñara de mí, y más al volver a observar aquellas tremendas alas justo en frente de mí. ¡Me iba a matar!

Sin previo aviso la miré a los ojos y en cuestión de segundos, sin mediar palabra, me desaparecí rápidamente hacia el primer lugar que se me vino a la cabeza, que era desde donde habíamos subido hasta allí, así que desde donde se encontraba aún Arabella se podía ver a un chico corriendo hacia las calles interiores como si le estuviera persiguiendo el mismo demonio. Tenía el estómago revuelto y la cabeza me daba vueltas, definitivamente había bebido más de lo que solía, pues notaba cómo me costaba mantener el rumbo fijo sin tambalearme hacia los lados. “¡Huye por tu vida, Jayce!” Me había alejado de allí sin siquiera pensarlo demasiado, había sido completamente un impulso, probablemente fruto de la sorpresa y del alcohol, lo que estaba claro era que no pensaba volver atrás, de un golpe de ala me dejaría inconsciente, seguro. Demasiadas emociones por una noche.
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Arabella K. Morgenstern el Vie Ago 14, 2015 3:25 pm

La reacción de Jayce fue una que me esperaba. Después de todo, tras mil setecientos quince años de vida había visto aquella reacción en muchísima gente. Era lo normal, pues las historias que contaban sobre nosotras eran de todo menos agradables. Las historias tendían a estar muy exageradas, pero había algunas arpías que no habían hecho mucho en su vida para mejorar nuestra reputación. Mi madre había sido una de esas arpías, pues se había dedicado a asesinar y masacrar hasta que tras varios milenios los humanos lograron darle caza y yo acabé siendo adoptada por magos. Pero a mí me gustaban los humanos, había vivido toda la vida entre ellos, y no sentía ningún placer matándolos porque sí. En las ocasiones en las que había matado en mi vida siempre había sido por defensa propia, por venganza, o por alguna razón de peso, pero no era por ese supuesto instinto asesino que todas las de mi especie tenían.

No me alarmé ni me preocupé cuando vi la reacción de Jayce. Tendría que haberme imaginado que ocurriría algo así. Le miré con la expresión neutra, esperando a que se calmase un poco para poder hablar, pero antes de que tuviese la oportunidad de hacerlo se desapareció.

“¡Odio cuando los magos hacen eso!” pensé irritada. ¿Y este ahora adónde se había ido? Suspiré y me di la vuelta para volver a contemplar la ciudad desde lo alto en mi soledad. Fue entonces cuando miré hacia abajo, por alguna razón, y vi a Jayce corriendo despavorido por las calles de París. Alcé una ceja. ¿Bajo o no bajo? Viendo el susto que le he dado ahora, si aparezco ahora quizás le de un infarto… Pero qué más da, no me gusta que la gente tenga impresiones equivocadas sobre mí. Tenía que aclarar todo este asunto.

Volví a saltar desde lo alto de la torre Eiffel y descendí volando en picado a toda velocidad hacia donde estaba Jayce. No había nadie en la calle, así que no me preocupaba que me viesen. Aterricé justo enfrente de Jayce, a unos metros de él, cortándole el paso y haciendo que se detuviese. Podía ver el miedo en su mirada, estaba asustado porque él solo conocía la versión de las arpías que estaban en los cuentos, leyendas, y libros de texto anticuados. Replegué mis alas y estas desaparecieron como antes, haciendo que yo pareciese una humana normal y corriente como cualquier otra, como lo había hecho hasta ahora. Sonreí a Jayce con una expresión tranquilizadora, de esas que dicen “tranquilo, no te voy a hacer nada, confía en mí”, y era una expresión genuina.

-Jayce, espera un segundo- dije antes de que él se asustase y volviese a desaparecerse.- No te voy a hacer nada, te lo juro. Sé lo que estás pensando, créeme. Sé lo que dicen de nosotras, sé los horrores que cuentan las historias. Pero has de saber que todos los libros y las historias exageran… ¿Acaso tengo yo cuerpo de pájaro o cabeza de buitre? Mírame. Tan solo soy una chica normal que puede volar… El entrenador lo sabe todo sobre mí, él sabe que no soy peligrosa. ¿Crees que me dejaría jugar en el equipo sino?- aquello era verdad, cuando había hecho las pruebas tiempo atrás para entrar en el equipo había tenido que revelarle mi verdadera naturaleza al entrenador, y él había exigido pruebas de que no era peligrosa, pruebas que le habían sido proporcionadas. Había mil recórds de mi paso por la historia, miles de historias del pasado en las que yo era mencionada, y en todas yo convivía con los humanos, ya fuesen muggles o magos, pacíficamente y ninguna de esas historias acababa en tragedia. Cierto era que yo no había sido siempre una bendita santa, pero mis razones había tenido.- No soy un peligro, Jayce. En todo caso el peligro lo eres tú para mí. Tienes una varita, y magia, cosas que yo no tengo. No tienes por qué huir de mí.

Me di la vuelta entonces y comencé a caminar lentamente, dejando a Jayce tranquilo durante unos segundos para que recapacitase sobre aquello. Nos rodeaba el silencio de la noche, pues el sonido de la ciudad sonaba muy lejano desde aquella calle desierta. Alcé la mirada un poco y miré al cielo estrellado mientras suspiraba y me detenía.

-Estoy harta de guardar secretos- confesé.- Odio los secretos. Todo el tiempo mintiendo por culpa de lo que la gente pueda decir o pensar… Es una carga muy pesada, ¿sabes?- le dije. Apenas conocía a Jayce de estar en el equipo con él, pero necesitaba decirlo. Necesitaba decírselo a alguien, necesitaba hablar, necesitaba expresarme. Tenía poca gente con la que hablar; la mayoría de mis amigos ya había muerto de viejos. Odiaba el paso del tiempo y tener que empezar una y otra y otra vez a crear vínculos nuevos con gente nueva, a guardar secretos de nuevo, a enfrentarme a la realidad.- Y supongo que volver aquí después de tanto tiempo hace que esa carga sea aún más difícil… Siempre me ocurre cada vez que viajo. Es una lata.

Volví a girarme para mirarle a los ojos. ¿Todavía me tendría miedo? No le estaba dando ninguna razón para ello.
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Arabella K. MorgensternInactivo

Invitado el Miér Sep 09, 2015 3:07 am

Si me hubieran preguntado dónde pensaba que acabaría la noche desde luego no me hubiera imaginado que sería de aquel modo. Mientras corría por las calles de la ciudad como alma que llevaba el diablo me planteé si quizás aquello no sería una reacción exagerada causada por la cantidad de alcohol, que sin duda en aquellos momentos estaba afectando a mi buen juicio. Pero es que a ver, si lo pensaba detenidamente, en el fondo era normal, ¿no? ¿Cuántas veces veía uno  a una conocida tirarse de la Torre Eiffel para luego ponerse a volar con unas alas enormes que le crecían de la espalda? Se mirara por donde se mirara no era normal.

Cuando ya pensaba que estaba lo suficientemente lejos, a salvo del peligro, una voz detrás de mí que reconocía perfectamente no tardó en llamar mi atención. ¡Era ella otra vez! ¡Quería seducirme hasta matarme! Aunque pensándolo bien podía llegar a resultar una muerte placentera… Me di la vuelta sobresaltado y le miré con aquellos ojos asustados con los que había abandonado la Torre Eiffel. Instintivamente levanté ambas manos, olvidando que tenía una varita con la que podría defenderme si la cosa se ponía fea. - No se lo diré a nadie, te lo juro. - ¿Era eso lo que le preocupaba? ¿lo que le impedía dejarme marchar? Si era eso podía estar tranquila, nadie me creería de todas formas. "¡La buscadora de nuestro equipo es una arpía! ¡Sí, de esas que vuelan y todo!" No, definitivamente no me creerían.

No obstante fue cuando comenzó a hablar con aquella dulce voz cuando empecé a tranquilizarme. Decía que las historias exageraban, que en realidad no eran tan malas como las pintaban. En ese momento recordé al que había sido cazador de nuestro equipo hacía unos meses, el cual había desaparecido en extrañas circunstancias. ¿Habría sido ella? Quizás se dedicaba a matar hombres y yo era su siguiente víctima, aunque de ser así lo podría haber hecho hace rato sin demasiado esfuerzo teniendo en cuenta mi deplorable estado. El alcohol me había subido con retardo y era en aquellos momentos cuando notaba mi cabeza dando vueltas y aquella sensación de vértigo que sólo el alcohol podía producir. En realidad la creía, por lo que no tardé en destensarme del todo, mirándola como lo había estado haciendo toda la noche. - Tienes razón. - Dije finalmente, completamente avergonzado por mi comportamiento. ¿Acaso era un niño de diez años? Con todo aquello mi reputación había quedado totalmente por los suelos.

- Lo siento. Es que me pillaste… desprevenido. - Cuando se dio la vuelta reaccioné finalmente, consiguiendo hablar con algo más de coherencia. No mentía, de todas las cosas que me hubiera esperado aquella era la última. ]-Además creo que el alcohol me está haciendo efecto ahora y… mal asunto.

Sus siguientes palabras me hicieron sentir peor aún si cabía. ¿Cómo había podido ser tan inmaduro? ¿Qué mas daba que tuviera alas? Como si tenía ocho cabezas, ella seguía siendo la misma chica adorable y encantadora que conocía desde hacía ya algo de tiempo. Aunque lo de las ocho cabezas sí que hubiera sido más tétrico, me alegraba de que solo se tratara de alas, que por cierto si se las miraba objetivamente tenían cierta belleza. - He sido un imbécil. - Admití, esperando estar a tiempo para que Arabella perdonara mi conducta. Probablemente me lo había mostrado esperando que yo me lo tomara de forma sensata y yo se lo había agradecido huyendo despavorido como respuesta.

Me acerqué a ella cautelosamente, con respeto, para luego mirarla a los ojos, tratando de transmitirle confianza y sinceridad. - No me asustas, de verdad, aunque mi actitud de hace unos segundos diera a entender todo lo contrario. - Traté de esbozar una leve sonrisa con el objetivo de romper aquella tensión que se había formado en el ambiente. - Es más, ahora que lo pienso me pareces aún más increíble. - ¿Bipolaridad? ¿Quién lo dijo? Había pasado de tenerle pavor a admirarla en cuestión de minutos, ¿qué pensaría ahora de mí? Bueno, si pensaba mal de mí lo entendería, pero lo cierto era que más no podía hacer para compensarselo ¿O sí? La miré con aquellos ojillos de cerdo degollado que tanto me caracterizaban, esperando que no tuviera inconveniente alguno en ignorar aquel pequeño percance sin importancia. - ¿Amigos? - Pregunté finalmente, tendiendole la mano.
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Arabella K. Morgenstern el Sáb Oct 17, 2015 5:09 am

Fui tras Jayce para aclarar las cosas, pues no me apetecía que le diese un infarto por lo que acababa de ver y tampoco me apetecía volver al campo a entrenar y que él estuviese ahí muerto de miedo. No me había sorprendido su reacción, aunque había esperado que fuese del pequeño porcentaje de humanos que no se habían asustado cuando habían descubierto cuando habían descubierto lo que yo era, por lo que procedí a explicarle la situación con mucha calma. No había ninguna razón para temerme, era civilizada, por lo que no tenía que huir de mí.

Por suerte Jayce pareció recapacitar y se dio cuenta de que efectivamente yo no suponía ningún peligro. Puede que mucha gente pensase entonces que él estaba siendo un idiota al confiar en alguien como yo, pero en este caso estaba haciendo lo correcto. Le miré y le sonreí con algo de ternura, agradeciéndole con aquella sonrisa el voto de confianza que me estaba dando. Me acerqué a él de nuevo, ahora que estaba segura de que no le iba a dar algo por tener a un “monstruo” cerca.

-No te disculpes, es normal que reaccionaras así. La que debería disculparse soy yo, debería haberte avisado- dije mientras me encogía inocentemente de hombros.- He visto reacciones mucho peores, agradezco que tú solo hayas salido corriendo y que no te hayas aparecido directamente de vuelta en Londres, me habría costado más tiempo alcanzarte- reí por lo bajo. Luego Jayce pareció un poco apenado, como si se sintiese culpable de haber reaccionado así, pero eso no era lo que yo quería. Después de todo, lo que él había hecho era lo más normal del mundo.- No lo has sido- le aseguré sin borrar mi sonrisa del rostro, aunque ahora era algo pícara, como antes.- Has sido listo. Has detectado peligro y te has ocupado de ti mismo primero. Yo hubiese hecho lo mismo- era lo que había hecho toda mi vida antes diferentes tipos de peligro, y era únicamente cuando no había pensado primero en mí y luego en los demás sino que había hecho lo contrario que las cosas me habían ido mal.

Jayce se acercó entonces a mí un poco, acortando la poca distancia entre nosotros y manteniéndome en todo el tiempo la mirada mientras me decía que no le asustaba. Alcé una ceja de manera graciosa, mirándole de manera escéptica debido a la reacción que había tenido hace apenas un segundo en cuanto yo había aterrizado delante de él, pero no le dije nada porque había entendido que no me tenía miedo ahora mismo, después de mi explicación. En verdad, ahora que lo pensaba me hacía mucha gracia que hubiese huido de aquella manera, pues significaba que la gente todavía nos tenía respeto. Muchas veces me quejaba de la reputación que las de mi especie teníamos, pero en el fondo no estaba mal que la gente te temiese. Así mantenías a raya a los indeseables. Sonreí de manera tal vez algo coqueta cuando Jayce me dijo que ahora le parecía más increíble, y cuando me tendió la mano se la estreché firmemente- Amigos- asentí, dando a entender que el malentendido estaba completamente aclarado.

Miré hacia el cielo entonces, que estaba mucho más oscuro que cuando habíamos salido del bar. La noche parisina todavía estaba llena de vitalidad y del sonido que hacía la ciudad por la noche, una mezcla de música y coches lejanos y de las voces de la gente que andaba por las calles. Habíamos venido hasta aquí para subir a la torre Eiffel, cosa que ya habíamos hecho así que no íbamos a volver a subir.

-¿Quieres que vayamos yendo para el hotel ya?- le pregunté entonces. El equipo entero se estaba quedando en un hotel de cinco estrellas muggle, en unas suites bastante lujosas, como hacíamos siempre que viajábamos para jugar en otras ciudades y países que no fuese nuestro hogar.- Mañana nos espera otro día duro… ¿O tienes otros planes en mente?- pregunté, articulando mis palabras con un tono que podía interpretarse como sugerente, acompañado de una mirada traviesa que recorrió fugazmente a Jayce. No me detuve ahí durante mucho tiempo, pues inmediatamente me di la vuelta y comencé a caminar, dejando que él me siguiera.

Las calles estaban oscurísimas por ahí, sin casi ninguna farola, además de que eran estrechas, antiguas, y estaban completamente vacías. No había ni un alma ahí aparte de Jayce y yo, y el sonido de nuestros pasos hacían eco entre las paredes de los edificios que nos rodeaban, sobre todo los míos ya que caminaba sobre tacones con la perfecta elegancia de un felino. Pero no estuvimos solos en esa calle durante mucho tiempo, pues de repente por un extremo de la estrecha callejuela aparecieron dos tipos con capuchas que se acercaban a nosotros. No llevaban túnicas sino sudaderas, y se notaba que eran muggles. No hice nada, simplemente miré hacia tras y vi que por el otro extremo de la callejuela habían aparecido otros dos tipos. Puse los ojos en blanco. Atracadores…

No me paré a mirar si Jayce se había dado cuenta de lo que estaba pasando o no, ni de cómo estaba reaccionando, simplemente miré a los dos tipos que teníamos enfrente y que se acercaban a nosotros muy decididos a robarnos de todo y quién sabe a qué más. Me puse muy recta, adoptando un gesto orgulloso y frío, y entonces dejé que mis ojos oscuros se volviesen de color rojo brillante, perfectamente visibles en aquel lugar, como dos focos de fuego en medio de la oscuridad. Me daba igual que fuesen muggles, seguramente no dirían nunca nada para no parecer locos, pero serviría para asustarles. Los dos tipos frenaron y en cuanto me acerqué yo a ellos un poco más se dieron la vuelta y salieron corriendo de la callejuela, dejándonos en paz. Me di la vuelta entonces y miré a los dos tipos de atrás, que estaban confundidos porque no sabían por qué habían huido sus compañeros, pero en cuanto me vieron lo comprendieron y se dieron la vuelta y huyeron también. Sonreí con gran satisfacción y entonces miré a Jayce, quien pudo ver mis ojos de arpía durante un segundo antes de que volviesen a su color marrón normal.

-¿Ves? A veces asustar no está tan mal- dije con traviesa malicia.

Ojos.:
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Invitado el Vie Dic 04, 2015 11:32 pm

Pues si, era cierto que debería haberme avisado. Era obvio que en el mundo en que vivíamos uno acababa acostumbrándose a aquel tipo de sucesos, pero aún así nunca llegabas a verlo todo y cuando se presentaba una ocasión así era imposible no actuar de la forma más humana posible (que era tratando de salvar el pellejo), además si se tenía en cuenta la paranoia mental que podía tener debido a la ingesta de alcohol de hacía pocos minutos aquello podía resultar completa y terriblemente turbio.

Sin embargo gracias a sus palabras y a mi cambio de visión conseguí relajarme antes de lo esperado, consiguiendo que aquella noche no acabara de aquel modo tan patético e incómodo. Al fin y al cabo ni siquiera había intentado atacarme, ni había mostrado intención de hacerlo, así que en el fondo me daba igual si tenía alas o cuernos de alce. Al mirarla seguía siendo ella, la chica más interesante y atrayente del equipo.
Sonreí ante sus palabras, sobretodo al imaginarme el modo en qué debían de haber reaccionado las personas a las que les había mostrado su secreto. No debía ser nada fácil estar en su pellejo, en realidad, y ahora que lo pensaba comenzaba a sentirme incluso algo orgulloso de poder haber sido testigo de aquello. Al fin y al cabo no pensaba que fuera enseñándole su verdadera forma a cualquiera que conociera. ¿Significaba eso que confiaba en mí? Pensarlo de aquel modo me alegraba y me tranquilizaba aún más, así que pronto terminé por destensarme del todo y volví a ser el Jayce de siempre, desenfadado y sosegado, incluso volviendo a aquel tono de chulería divertida que tanto me caracterizaba normalmente.

Me alegró que aparentemente al menos pasara por alto aquella actitud ignorante y ridícula que había optado minutos antes, aunque seguramente estaba acostumbrada a aquellas cosas. Me apenaba no haber podido ser diferente, quizás habermelo tomado desde el principio con más serenidad y más objetivismo, pero lo hecho hecho estaba y lo cierto era que me había horrorizado por momentos, tanto que el alcohol que tenía en el cuerpo comenzaba a dejar de hacer efecto, lo que se traducía por un lado en dejar de hacer el tonto y por el otro en comenzar a avergonzarme más de lo normal. De algún modo noté cómo volvía a respirar correctamente, y cómo mi percepción de la realidad volvía a estar en su sitio. Incluso comenzaba a notar algo de frío en el ambiente, cuando hasta hacía pocos minutos había estado incluso sudando. Aquella noche estaba siendo una locura.

Cuando ella miró levemente al cielo yo hice lo mismo inconscientemente, hasta que la voz de la chica acabó con el silencio del ambiente. A lo lejos aún podía escucharse ligeramente la música proveniente de varios locales que aún andaban hasta arriba de clientela, ya que en realidad la noche apenas comenzaba para algunos, pero la verdad era que en aquella ocasión yo comenzaba a sentirme cansado, así que la idea de ir rumbo de vuelta al hotel no me desagradó en absoluto, por lo que asentí a su pregunta. - Me parece bien. - Comenté con sosiego, metiendo ambas manos en los bolsillos y sintiendo cómo la adrenalina que me había invadido hacía unos momentos comenzaba a desaparecer del todo. Me convenció más aún la idea cuando comentó lo que tendríamos que hacer al día siguiente. - Mejor volvemos ya, si te parece bien. - Sin embargo por un segundo su mirada me había parecido que insinuaba algo, quizás una intención que iba más allá del simple hecho de volver e irnos a dormir. No obstante me pareció que habían sido cosas mías. En una situación normal y en que estuviera en posesión de todas mis facultades tanto físicas como psicológicas hubiera decidido tirarme a la piscina y probar suerte, pero en aquel momento pensé que habían sido imaginaciones mías y que verdaderamente Arabella quería volver, así que me mostré interesado en dicho plan. Si esperaba algo más de mí tendría que ser más sugerente, en caso contrario aún tendríamos varias noches por delante para dar pie a algo más. Al fin y al cabo aquel era el primero de muchos partidos que tendríamos que jugar en diferentes países. Además ni siquiera estaba seguro de poder rendir decentemente en el estado en que me encontraba, así que prefería abstenerme por el momento.

Comenzamos a andar prácticamente en completo silencio, probablemente sumidos en nuestros propios pensamientos. Era la fase de la embriaguez en la que comenzaba a preguntarme por el sentido de la vida y en la que empezaba a interesarme por las cosas más nimias e insignificantes. Sin embargo aquel estado no duró demasiado, puesto que no tardaron en hacer presencia cuatro figuras desconocidas que no parecían tener intención de hacer amistades precisamente. En seguida me puse en alerta y llevé la mano derecha hacia la parte de atrás del pantalón, donde tenía guardada la varita. No obstante ni siquiera hizo falta que la sacara. Con una simple mirada de la chica que me acompañaba los dos primeros hombres que se acercaron parecieron cambiar de opinión de repente, retrocediendo y echándose a correr incluso. De la misma forma ocurrió con los otros dos, que venían por la parte opuesta del callejón.

Me quedé claramente perplejo, puesto que no entendía del todo lo que acababa de pasar, pero no tardé en salir de mi confusión cuando ésta se dio la vuelta y dirigió aquellos ojos rojos hacia mí. Volví a sentir por un instante aquella sensación de temor que había experimentado en la torre Eiffel, solo que en aquella ocasión conseguí controlarme. Mi boca formó una "O" clara, que demostraba mi sorpresa. Pronto sus ojos volvieron a la normalidad. - Flipo. - Me limité a decir, esbozando una leve sonrisa. - Necesito dormir, definitivamente. -  Comenzaba a notar no sólo mi cuerpo cansado, sino también mi mente, y necesitaba estar descansado para el día siguiente, así que le pedí volver al hotel.

Llegamos enseguida, mientras charlabamos animadamente por el camino, aunque yo me encontraba aún ciertamente distraído. Curiosamente no sacamos el tema del secreto que me había revelado, yo por mi parte pensaba que en caso de volver a sacar el tema sería mejor que lo hiciera en mejores condiciones, puesto que no quería decir nada de lo que me pudiera arrepentir.

A aquellas horas el hotel estaba prácticamente desierto, lo que agradecí bastante. Las habitaciones de los chicos se encontraban en el ala este y el de las chicas en el ala oeste. Le insistí un poco para acompañarla hasta su habitación y una vez allí me dispuse a despedirme. - Buenas noches, Arabella. Ha sido una noche... especial.- Comenté con un deje divertido. Me acerqué para darle un casto beso en la mejilla y tras eso no quise permanecer mucho más, así que simplemente comencé a alejarme en la dirección opuesta. Aquello sí que era raro en mí, en situaciones usuales no hubiera parado hasta conseguir que me invitaran a entrar y quién sabía qué más, pero en aquella ocasión ni siquiera me apetecía pensar en cosas sexuales. ¡Aquello sí que era novedad!

Llegué a mi cuarto a un paso lento pero sin pausa y ni tan siquiera me quité la ropa, sino que me recosté en la amplia cama sin más, quedándome dormido en cuestión de segundos. Aquella noche probablemente soñaría con cosas muy turbias, como casi siempre que bebía alcohol. Con arpías, por ejemplo.
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Arabella K. Morgenstern el Dom Feb 14, 2016 6:43 am

Era fácil librarse de atracadores. Divertido, incluso. No hizo falta nada más que dejarles ver un rápido vistazo de mis ojos rojos, unos ojos que gritaban “PELIGRO”, para que se diesen la vuelta y saliesen corriendo como las ratas que eran. Yo no me consideraba una persona mala, ni tampoco una persona buena. Me consideraba una persona neutra que se iba con las personas que le interesaban, apoyaban las causan que le interesaban, y hacía lo que le interesaba cuando le interesaba. Pero mucho argumentarían que el placer que sentía siempre que veía a alguien huir de mí cuando yo quería hacerles sentir miedo a propósito era una característica de una criatura oscura. No iba a decirles que no, pues en parte tenían razón. Me gustaba inspirar miedo a aquellos a los que quería ver huir de mí como las criaturas inferiores que realmente eran. Ahora que le había revelado a Jayce mi verdadera identidad no me importaba que viese cómo utilizaba aquellas características mías para apartar el peligro de mi camino.

-Tus ojos no te están engañando, si es eso lo que piensas- murmuré con una sonrisa cuando dijo que necesitaba dormir, probablemente para poder despejar su mente. Las fuertes emociones de la noche, mezcladas con todo el alcohol que había consumido, debían de estar teniendo un fuerte efecto en él.- Lo siento, prometo no asaltarte con más sorpresas sobrenaturales esta noche- dije con aire travieso, como una niña que hacía algo que sabía que estaba mal y prometía no hacerlo aunque en realidad sí que quería porque saltarse las normas era divertido.

Volvimos rápido al hotel. Estaban allí unos pocos de nuestros compañeros de equipo, demasiado borrachos como para poder encontrar su habitación a la primera. Seguramente muchos de nuestros compañeros todavía estarían emborrachándose y festejando por las calles de París, y por la mañana aparecerían tirados junto a alguna alcantarilla y nuestro entrenador estaría completamente furioso, aunque apostaría una fortuna a que él también despertaría con una jaqueca.

Jayce me acompañó hasta mi habitación, pero no entró. No me sorprendió, ni me ofendió tampoco. Sabía perfectamente que Jayce era un hombre que tenía al alcance de mi mano para disfrutar de ciertas maneras… pero en otro momento. Ahora él necesitaba dormir, descansar, y despejarse. Le sonreí después de que él me diese el beso en la mejilla, y se lo devolví.

-Eso sin duda- asentí cuando dijo que había sido una noche especial.- Buenas noches.

Cerré la puerta de la habitación cuando él se dispuso a marcharse. Me quité la ropa que llevaba puesta y me vestí con un ligero camisón de seda de tirantes, y salí al balcón de la habitación de hotel, desde el cual tenía unas bonitas vistas de París. Contemplé la ciudad durante un rato, viendo las luces y escuchando la lejana música y pensando en el pasado y en el presente y en el futuro… Esperé a que la melodía que estaba tocando el acordeón que sonaba desde otra calle acabase, y cuando una nueva empezó me fui a la cama con la ventana abierta para poder dormirme mientras seguía escuchando la música de París.
Arabella K. Morgenstern
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