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Where do we draw the line? [Magnus Brooks]

Abigail T. McDowell el Jue Sep 03, 2015 6:33 pm

Where do we draw the line? [Magnus Brooks] B8sshj

Los mundiales de Quidditch estaban a punto de empezar y, como tal, los festejos también. El Ministerio Francés de Magia solía tener un gran vínculo con el nuestro, sobre todo por la relación de los Ministros actuales y, teniendo en cuenta que los mundiales se celebraban en Francia, requerían de la figura más representativa de Londres para los últimos ajustes al programa. Por lo que Benjamin Winslow tenía unos compromisos a los que asistir, motivo principal para estresarme yo, ya que me tocaba quedarme al mando en ciertos aspectos del Ministerio, totalmente sola y sin jefe.

No obstante, cuando ya me había organizado, todos los planes cambiaron por completo. El Ministro me había dicho que le era imposible viajar a Francia por “motivos personales”, por lo que me pedía encarecidamente que, como su Asistente y persona de mayor confianza laboral, fuera en su nombre y como representante. Mi cara fue un poema trágico de negación continua. Al principio me negué, más por pereza que por otra cosa, pero finalmente el Ministro y su persuasión me hicieron tener que aceptar. Cómo si me quedase otra opción…

Lo peor de todo no era eso, sino que como noticias de última hora, uno de los jugadores del equipo de los Tornados de Tutshill había sido denunciado por doparse para los partidos, por lo que todos los jugadores debían de ser sometidos a juicio para saber si los descalificaban. Teniendo en cuenta que era un equipo británico, reclamaron la presencia de un fiscal de su mismo país para su defensa, interrogatorio y su sentencia.

La idea iba de mal en peor.

Qué por norma general un viaje de trabajo como este no me hubiera importado, ¿pero tener que ir acompañada de Magnus Brooks? Cada vez me apetecía menos. Había insistido al Ministro en ir por separado, hubiera sido mejor, pero él insistía en que mejor si iba acompañada, pues daría una mejor imagen.

Los planes eran pocos: asistir la primera noche al evento de apertura que se celebraría en una de las mansiones francesas de uno de los peces gordos del Ministerio Francés, a dónde estábamos invitados tanto Magnus como yo. Al día siguiente sería el juicio por su parte y algunas reuniones por la mía. Dependiendo de cómo fuera el juicio, íbamos a tener que quedarnos más tiempo. Esperaba que Magnus fuera tan bueno como alardeaba serlo y no tardase más de lo propio en saber aclararlo todo.

El evento era un viernes por la noche, por lo que el Ministro me dio el día libre debido al favor que le estaba haciendo. Preparé una pequeña maleta (pequeña por fuera, infinita por dentro) con todo lo necesario para los días que íbamos a estar en Francia y me vestí de manera sencilla pero profesional. Unos pantalones de pinza ajustados, unos tacones negros y cerrados pero con un tacón de muerte y un top verde bajo una chaqueta del mismo color que los pantalones. Mi pelo, como de costumbre, estaba liso y peinado.

Llegué a las 16:30 a las chimeneas privadas del Ministerio de Magia, posicionadas cerca del despacho tanto del Ministro como del mío. Había quedado a esa hora con Magnus, pues al otro lado de la chimenea estaría el encargado de guiarnos a nuestro hotel a las 16:40.

Impacientemente esperé, pues no me quedaba otra opción.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Sep 04, 2015 3:01 pm

Las vacaciones para mí eran un mito. Desde que estaba trabajando como fiscal había tenido seis días libres, contados, y en dos de ellos me llamaron para una urgencia. Parece ser que este puñetero Ministerio está lleno de incompetentes e incluso los días que me tocaba rascarme los huevos tenía que encargarme de algo porque el subnormal de turno era un gilipollas de mierda que no sabía ni agitar la varita. No soporto la ineptitud, lo que hace que el 90% del tiempo que estoy trabajando esté de mala leche.

Aquel no era uno de esos escasos días que me tocaba rascarme los huevos. De hecho estaba liadísimo con el tema de un subnormal que robaba calderos. Lo más simple y estúpido del mundo se había convertido en una montaña porque un inútil del departamento perdió toda la documentación del tema, al parecer el acusado le había atacado. A ver, joder, es un muerto de hambre que roba calderos para luego venderlos, no un mago que tortura sangres sucia. ¡Un puto vagabundo que roba calderos! Y por poco se carga a uno de mis subordinados, lo que añadiría más cargos a su delito. Todos inútiles y va Brooks y les salva el culo. Como siempre.

Estaba asqueado de la vida cuando recibí otras noticias. Sabía que ciertos departamentos del Ministerio están hasta arriba de trabajo por los Mundiales de quidditch, pero a mí eso me la sudaba bastante. Hasta que vino el jefe del departamento y me soltó que había un problema: a un imbécil de los Tornados le habían denunciado por doparse, y claro, no pensaban dejar jugar a todo el equipo con sospechas de por medio. Tenía que darse lugar un juicio. Allí, en tierras francesas, dónde se celebraba el Mundial. Hubiera sido más correcto transladarlos aquí bajo jurisdicción británica pero el tiempo corría en nuestra contra. En fin, el jefe me soltó un rollo larguísimo sobre el problema mientras yo lo miraba con cara de cordero degollado. Y a mí que me cuenta, soy fiscal, no abogado. Mierda para mí y de las gordas, que lo que quería el jefe era que fuera yo a solucionar el embrollo. Intenté razonar con él: estaba liadísimo con el tema de los putos calderos y se suponía que mi trabajo no consistía precisamente en defender a chorizos, sino en reunir pruebas suficientes como para acusarlos y meterles una buena multa o directos a Azkaban, dependiendo del delito. Pero claro, la mitad de los abogados que tenía el Ministerio en plantilla estaban de vacaciones (esas vacaciones que yo apenas puedo disfrutar) y la otra mitad son incompetentes, novatos o directamente subnormales. Así que me tocaba a mí sacar del marrón al equipo de los Tornados. Pues nada, superagente Magnus Brooks al rescate. Por lo menos me lo iban a pagar como un extra en mi sueldo.

Sospechaba que también mi apellido quedaría bien entre el MInisterio francés, por eso de que mi familia es una de las más importantes y de gran linaje y blablabla… esa mierda. Lo que importaba es que entre una cosa y otra el puñetero de mi jefe me había estropeado todo el fin de semana que tenía por delante. Y lo más gracioso del tema (gracioso porque es mejor reír que llorar) es que no iba solo. Lo normal sería que me acompañara el ministro pero como todos los grandes jefes tiene un gran don para escaquearse de lo que quiere. Así que iría con su asistente, doña pelirroja. Todo pronosticaba que iba a ser un fin de semana coñazo elevado a su enésima potencia, a menos que los del hotel se equivocaran y nos dieran una habitación doble. Pero no caería esa breva.

Al día siguiente, viernes, había quedado con la pelirroja a las 16:30 en las chimeneas privadas del Ministerio. Estudié a fondo juicios que habían ocurrido en el pasado por motivos parecidos y luego preparé una sencilla bolsa de viaje con tres camisas, dos pantalones y cuatro bóxers y pares de calcetines. Se suponía que esa noche teníamos un evento en una mansión de un tío del Ministerio francés, así que guardaba también en la bolsa un traje de chaqueta, y una túnica de mago. De sobra. Eso más algunos objetos de aseo personal constituían todo mi equipaje, estaba completamente seguro de que no tardaríamos más de tres días en volver. Toda la ropa tenía un hechizo que la mantenía completamente lisa, sin una sola arruga. Hay que guardar las apariencias, y una de las múltiples cosas que no soporto es la ropa arrugada.

Iba vestido normal, con camisa azul y pantalones vaqueros negros. Supongo que el que nos tenía que recibir se sorprendería cuando me viese con ropa muggle y no con túnica de mago, pero yo ese tipo de ropa solo me la pongo para los juicios. Entre eso y mis pintas de siempre de barba de tres días y pelo despeinado, parecía completamente un muggle. Siempre lo decía: la tecnología y la ropa muggle eran cosas que los magos no podemos superar. Por poco que me gustara la gente no mágica tenía que reconocer que se las apañaban de maravilla.

Cinco minutos más tarde de la hora acordada me acercaba por detrás de la pelirroja con paso sigiloso. Me posicioné en la chimenea de su derecha mientras la miraba esbozando una levísima sonrisa torcida.

- Buenas tardes, doña Abigail. - saludé usando su nombre completo con sorna. - Espero que esta puta mierda acabe lo antes posible, lo que menos me apetece es pasar un fin de semana trabajando contigo. - espeté de mal humor. Estaba deseando llegar ya al hotel, darme un largo baño relajante, preparar mis mejores sonrisas, arreglarme e ir al evento ese puñetero. Cuanto antes empezáramos a movernos, antes acabaría todo aquel trabajillo extra. Sin mirar de nuevo a mi compañera cogí un pequeño puñado de polvos flu que había en un platillo y los lancé a la chimenea. - Ministerio de Magia de Francia. - pronuncié alto y claro al entrar, ignorando si Abi me seguía o no. Por mí como si se queda atrapada en la chimenea de por vida.

Cerré los ojos e intenté despejar la mente, porque los polvos flu no son precisamente mi método de transporte favorito. A decir verdad siempre acabo mareado y con ardor de estómago. Cuando volví a notar que tocaba tierra firme me atreví a abrir los ojos lentamente. Un mago con una túnica púrpura, calvo, y con una gran sonrisa nos miraba expectante. Tenía una cara de subnormal tan profundo que estuve a punto de partirme a carcajada limpia. En fin. Nos saludó en inglés, así que le contesté en el mismo idioma.

- Buenas tardes, Magnus Brooks, del Wizengamot. Vengo en representación de Los Tornados de Tutshill. Lamentamos mucho la confusión y problemas que nuestros compatriotas están causando en su país. Espero que todo se arregle pronto. Mis más sinceras disculpas. - le contesté de carretilla, como si casi me lo hubiera aprendido de memoria, mintiendo, por supuesto. Me importa una mierda que le hayan ocasionado problemas, pero cuando quiero y lo necesito soy la formalidad y la seriedad en persona. Y mucho me temía que iba a tener que repetir esa cantinela de disculpas varias veces ese fin de semana.
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Abigail T. McDowell el Vie Sep 04, 2015 9:33 pm

La gente tiene la mala manía de tocarme los cojones. Pero así, sin más. Le dices lo que te molesta y aún así te tocan los cojones, a dos manos, con mala hostia. ¿No es normal, pues, que me lleve mal con todo el mundo? Es que se merecen que les retuerza los cojones lentamente con un puto tenedor.

Me di cuenta de que llegó por haber escuchado su estridente voz. Por norma general, me daba pereza sólo de escucharlo. En aquel momento no pude evitar poner los ojos en blanco sin ni siquiera mirarle… ya me había hecho a la idea de ir con él, pero claro, cuando lo tengo delante todo mi zen interior —el cual había estado reservando para este momento— se dispara ante su sola presencia. Aún no entendía cómo alguien como él podía llegar a ser alguien tan importante.

No iba a darle importancia a que me dijera mi nombre completo, el cabrón sabía que odiaba que me llamasen Abigail, por lo que enfadarme o repetirle lo mucho que odiaba que no me llamase así, era darle demasiada importancia.

Brooks —dije, con voz asqueada, girándome hacia él—. Yo estoy en éxtasis. ¿No me ves? —ironicé, cual Jafar. ¿Acaso era necesario recalcar la odiosa necesidad de tener que pasar un fin de semana con el otro? No. Se sobreentendía. Teniendo en cuenta como nos llevábamos, se sobreentendía. Motivo principal de que hubiera intentado convencer al Ministro de que no me hiciera ir con él.

Él pasó de formalismos y fue el primero en viajar mediante Red Flú sin esperarme. Volví a poner los ojos en blanco —ya que él era uno de las pocas personas que hacían que mis ojos se pusieran en blanco un 90% con mayor frecuencia que cualquier otra persona que me saca de quicio—, y me acerqué a la chimenea de Red Flú para meterme en el interior y repetir tal cual lo que había hecho él. Cogí un puñado de polvos y tras vocalizar perfectamente las palabras, aparecí en la misma chimenea en la que había aparecido, prácticamente medio minuto después.

Salí un poco después de él y un hombre, calvo y con cara de gilipollas, nos saludó con sumo entusiasmo. Daba pena. Ese tipo de pena del que te ríes y no te reconcome. Magnus se presentó el primero y el hombre, calvo, me miró a continuación a mí.

Abigail McDowell, la asistente del Ministro. Un placer —le dije con simpleza, ofreciéndole la mano como saludo.

Tibelius Mandongui —dijo. ¿Ese nombre tan ridículo realmente podía existir?—. Podéis llamarme Belius y podréis contactar conmigo para cualquier cosa que necesitéis, el Ministro Francés quiere que estéis lo más cómodos posible.  Os llevaré al hotel y os daré todos los detalle del evento de hoy. Si me seguís…

Y se dio la vuelta, con una sonrisa de hombre simpático. Se notaba cuando un hombre era normal y cuando era tremendamente simpático. Posiblemente de haber asistido a Hogwarts, seguro sería Hufflepuff. Tibelius se adelantó y Magnus y yo nos quedamos rezagados, caminando detrás de él mientras él se abría paso por el Ministerio Francés hacia una habitación. Mientras tanto, nos hablaba.

Ahora mismo el Ministro está ocupado, pero esta noche lo conoceréis en el evento. Está deseoso de saber de vosotros —nos dijo, abriendo una puerta para dejarnos pasar.

Igualmente. Tanto el Ministro como el Departamento de Deportes Mágicos Británico han querido ofrecer sus ideas. Estoy deseosa de que llegue la reunión —Qué falsa soy. Quería que llegase la puta reunión porque eso significaría que quedaría menos para irme y ya habría pasado la asquerosa velada de esta noche. Si tuviera que ir sola, sería mejor, pero lo peor de todo es que tenía que ir con Magnus.

Puedo aseguraros que nosotros estamos igual de deseosos —añadió, con una sonrisa risueña—. Venid, acercaos.

En medio de la habitación había una mesa con un portaretrato de dos personas totalmente aleatorias —es decir, que yo no conocía— moviéndose mientras sonreían y se abrazaban.

Es un traslador, os llevará vuestra habitación de hotel. No queríamos presuponer nada y como eran dos personas, os hemos reservados dos habitaciones totalmente independientes. Tenéis allí dentro dos tarjetas, para la suitte número 202 y la 204, las cuales son contiguas. Así mismo, tenéis un itinerario en la habitación que os indicará la hora y el lugar del evento de esta noche y la de las reuniones de mañana. Irán a buscaros para llevaros tanto al juicio como a la reunión —añadió, mirándonos a cada uno de nosotros—. Pero no queremos estresarlos, así que podéis pasar el día tranquilos en el hotel hasta la fiesta de esta noche. Es de gala, así que poneos elegantes.

¿Pasar la tarde tranquilos? ¿En Francia? No puse los ojos en blanco por cortesía. Creo que me iba a quedar en mi habitación durmiendo, sería mil veces más productivo y divertido que ir a cualquier lado de Francia que no me interesaba o pasar tiempo gratuitamente con Magnus. O esperaba que no se hubieran cortado en prestaciones en el hotel, no estaría mal aprovecharse de las prestaciones.

Muchas gracias por todo Belius —dije, con una sonrisa encantadora. Esa sonrisa que era más falsa que un billete de tres libras. O por lo menos era falsa a ojos de Magnus, que me conocía. Al Tibelius debería enamorarle—. ¿Todo correcto, Magnus? —pregunté, aparentando cordialidad. Daríamos muy mala imagen si ambos nos mandásemos a la mierda.

Me acerqué al traslador y esperé a que Magnus estuviera listo.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Sep 08, 2015 11:51 am

A mí la gente con cara de gilipollas me da pena. Ese tipo de personas con el que todo el mundo se mete y se ríe, pero el subnormal no se da cuenta. Ese tipo era el tío que teníamos delante, entre la calva, la capa púrpura y que por sus redondeces parecía una albóndiga con patas, casi me descojono nada más verlo. Afortunadamente pude aparentar seriedad y le solté toda la parafernalia que tenía preparada y que tendría que volver a repetir mil veces ese fin de semana.

En cuanto dijo su nombre mi rostro adquirió un tono rojizo. Estaba conteniéndome la risa de tal manera que me estaba ahogando. Menos mal que no tardó mucho en darse la vuelta, conduciéndonos a través del Ministerio de Magia francés. Que fuerte, joder. Ese hombre era lo patético hecho persona, una mutación genética que reunía todos los requisitos necesarios para reírte de él.

- Tía me meo, es que me meo. - le susurré a Abi riéndome en silencio con una mano en el pecho para que no se me escuchara mucho. Me quedé un poco rezagado para que no se me notara, y cuando se me pasó el ataque de risa y tosí un par de veces para aclararme la garganta, volví a buen paso por detrás del Mandongui. Como era obvio su retraso era enorme y no se había dado cuenta que casi me meo vivo por su culpa.

Todavía intentaba controlar un segundo ataque de risa cuando entramos en una habitación mientras doña Abigail intercambiaba con don Albóndiga unas palabras de cortesía. Palabras tan falsas como mis disculpas anteriores, estaba seguro. Nos señaló un marco de fotos diciendo que era un traslador para llevarnos al hotel, agregando el número de nuestras habitaciones. Arqueé una ceja cuando dijo que no querían presuponer nada. A ver, subnormales, somos dos figuras importantes del Ministerio, no el ministro y su esposa. Obviamente las habitaciones debían ser separadas. Que a mí no me importara que se equivocaran y nos pusieran una doble era otra historia. Total, era posible que igualmente a esa noche a doña Abigail le picaran los genitales y quisiera refregarlos conmigo. Que se hacía mucho la digna, pero fue la que empezó con el jueguecito y a mí me encantaba recordárselo.

Don Abóndiga nos soltó todo el rollo y casi me meo otra vez cuando doña Abigail lo llamó Belius. Joder con la pelirroja, no sé si lo había hecho aposta, pero de nuevo mi rostro adquirió el tono rojizo de estar conteniéndose la risa y se me saltaron un par de lágrimas. La hostia.

- Gracias por el recibimiento y su hospitalidad, y de nuevo disculpas por las molestias. - agregué serio pero agradable, o eso intentaba. Era incapaz de llamarlo por su nombre o apellido, era superior a mis fuerzas.

Tocamos a la misma vez el traslador y en cuestión de segundos estábamos en el vestíbulo de un gran hotel. Me había criado en una familia de mucha pasta, así que tampoco me sorprendía, pero igualmente me pareció muy ostentoso. Todo lleno de tonos dorados y cristales, las paredes eran grandes vidrieras. En mitad del vestíbulo había una gran estatua de un tipo que reconocí como el ministro de magia francés, así que mi suposición de que era un hotel plenamente mágico era acertada. Rodeando la estatua, estaban situados cuatro o cinco grupos de sofás de cuero rosa pastel.

- Yo no sé tú pelirroja, pero a mí esto me parece hortera al máximo exponente. - dije mientras agarraba mi bolsa de viaje y me dirigía al primer mostrador que vi. Esperaba que las sábanas de la cama no fueran de rosas y margaritas, pero si era el caso con un par de toques de varita las cambiaba. Tolero un vestíbulo hortera, pero ya que estamos lo mínimo es que mi suite sea normal. - Hola, buenas tardes, venimos en nombre del ministro. - hablé en francés, idioma que dominaba. El capullo de Deimos siempre se empeñaba en que adquiera conocimientos y demás mierda que no me interesaban para nada. Vale, el francés puede ser interesante de aprender, pero es que también me obligó a dar clases de turco. ¡Turco! De eso sí que no me acordaba, ni siquiera de cómo se decía hola y adiós. - Magnus Brooks y Abigail McDowell, del Ministerio británico. Nos han reservado las suites 202 y 204. - agregué en tono aburrido mientras la tía del mostrador removía unos papeles. Levantó la cabeza y me miró toda sonriente. Joder, una Tibeliusa no, por favor. - Todo en orden señor y señorita, sus habitaciones están en la segunda planta, para el señor la 202 y para la señorita la 204. No tienen llave por motivos de seguridad, se abren y cierran al contacto de sus huellas dactilares. Feliz estancia, avísenos para cualquier cosa que necesiten. - canturreó la tiparraca feliz. - Gracias. - añadí más seco que un cactus y me moví del mostrador para orientarme. Señalé con la cabeza hacia el ascensor y hacia allí nos dirigimos.

En cuanto entramos en la segunda planta no fue dificil encontrar nuestras suites, estaban justo enfrente del ascensor. Me dirigí directamente a la 202 y coloqué la palma de la mano. Me hizo gracia y todo cuando la puerta sin cerradura se abrió de repente.

- Esto me recuerda a las pelis mierdas muggles de James Bond. - comenté más para mí que para la pelirroja. Entré y cerré la puerta sin más dilación, suponiendo que Abi habría hecho lo mismo.

Tardé cinco minutos en curiosear toda la suite de lo enorme que era. Afortunadamente no era hortera, sino que todo el diseño era minimalista y moderno. Lo que más me gustó fue que en el cuarto de baño había un jacuzzi. Bueno, jacuzzi… me recordaba más a la piscina del cuarto de baño de los prefectos de Hogwarts. Era enorme, con un montón de grifos distintos y en la estantería de al lado sales, geles y demás mierda.

Volví a la zona del dormitorio y encima de un escritorio observé con aire aburrido los itinerarios que don Albóndiga nos comentó. Al lado, una gran carta del servicio de habitaciones. Arqueé una ceja en mi gesto típico mientras la leía. Mi estómago rugió al percatarse de la enorme selección de hamburguesas y pizzas que había. Salí de la habitación con la carta en la mano y me pegué a la puerta de la suite de la pelirroja. Iba a picarla y eso me encantaba.

- Tengo una bañera de jacuzzi enorme y una carta de comida rápida que cargaremos a la cuenta del ministerio. Si te apetece plan de gordos y un bañito, ya sabes donde estoy. No te me hagas de rogar, pelirrojilla. - añadí con una sonrisa pícara que ella no podría ver. Como me encantaba molestarla, joder. Era como una droga.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Miér Sep 09, 2015 2:21 pm

Yo estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírme de aquel señor que teníamos delante, pero es que tenía todas las papeletas para ser marginado y un claro punto de mira de todas las burlas. Seguro que fue Hufflepuff, pero vamos, segurísimo. Y me estaba aguantando la risa, hasta que mi acompañante tuvo que saltar. El hecho de que Magnus pusiera esas caras y me dijera por lo bajo que se estaba partiendo, casi hace que yo también explotara de risa. Qué poca seriedad, pero posiblemente tanto él como yo no tuviéramos ningún tipo de pudor en reírnos de él si no tuviéramos que aparentar ser buena gente.

Después de que Tibelius nos comentara por encima todo lo que teníamos que saber, llegamos al lugar en dónde nos trasladaríamos a nuestro hotel. La verdad es que tenía ganas de irme de allí, porque al paso al que iba, no iba a aguantar la risa mucho tiempo más. Y no quería parecer retrasada sonriendo de esta manera tan forzada.

Yo me limité a despedirme con sencillez, ya que lo más normal es que viéramos a este tipo mucho en este fin de semana. Cuando Magnus se hubo despedido, ambos tocamos el traslador para ir hasta el hotel. Aparecimos en el vestíbulos y era todo increíblemente aparatoso y me daba la sensación, como adicta a la moda que soy, que los colores no pegaban entre sí. El dorado y el rojo tiene un pase, ¿pero añadir rosa pastel a los sillones? Todos, hasta el más hortera, sabe que: “rosa y rojo, puñetazo en el ojo” y es una sencilla frase hecha con la que tendrás claro que dos colores no combinar nunca.

No hay que pedir dónde no hay en el gusto mágico por las cosas, sólo hay que ver cómo iba vestido Mandongui —curvé una ladeada sonrisa al pronunciar su nombre y me dirigí junto a Magnus al mostrador, dónde él fue el encargado de hablar. Sabía un poco de francés, pero la verdad es que prefería callarme y que hablara el experto.

Yo me limité a ojear un folleto que había sobre el mostrador, el cual era mera propaganda de una tienda mágica de artículos de Quidditch. Lo dejé allí con desinterés al darme cuenta de lo que era y escuché a la chica, devolviéndole una cordial sonrisa para luego darme la vuelta y seguir a Magnus hasta el ascensor.

Fue gracioso el hecho de permanecer en silencio todo el trayecto en el ascensor para luego salir totalmente decididos hasta las suites 202 y 204 y entrar cada uno en una sin mediar palabra alguna. Es decir, ni nos pusimos de acuerdo en cuál sería su habitación y cuál sería la mía. Ya hasta nos ponemos de acuerdo mentalmente incluso para no tener que lidiar con el otro.

No me dieron ganas de suicidarme en el interior, ya que no tenía que soportar el color rosa en combinación con el rojo y el dorado, sino que todo era bastante sencillo. La decoración era blanca, negra y naranja y todo tenía un diseño minimalista. Me pegué mi tiempo en observar toda la habitación, haciéndome un croquis mental de lo que haría primero y lo que haría después. Estaba claro que el baño en el jacuzzi no podía faltar.

Cuando salí del baño, escuché el sonido de la puerta y detrás de ella la voz de Magnus. No iba a negarlo, su proposición era bastante tentadora, pero prefería hacer todo eso sola. Necesito reservar mi paciencia con Magnus para momentos en dónde estemos en compañía ajena. ¿Y tener que soportar como en el baile se mofa de que haya accedido a pasar ese tiempo con él? No, gracias, tengo mi orgullo. Ya no lo soporto normal, mucho menos cómo se ponga insoportable a propósito. Miré el reloj de mi muñeca y curvé una sonrisa.

Vete a cascártela en el jacuzzi tú solo, Magnus. Tienes seis horas de autoplacer por delante, aprovéchalas —le contesté desde dentro de mi suite, sin molestarme en abrir la puerta—. Nos vemos en el baile —Y acto seguido, me desabroché la americana para dirigirme al baño, alejándome de la puerta.

*Seis horas después*

Me vestí elegante y sencilla para la ocasión, con un vestido negro de terciopelo que realzaba cada curva de mi cuerpo y atraía miradas en su escote. Tenía una espalda abierta —algo que me encantaba en los vestidos—, y era de manga hueca. Me puse unos zapatos de tacón alto y grueso, que tenía incluso un poco de plataforma para poder tener esos 13 cm de tacón; eran negros, con un acabado aterciopelado. Unos pendientes plateados y una pulsera igual de fina. No llevé bolso, sino que me limité a llevar la varita, sujeta en una liga en mi muslo derecho. Llevar la varita ahí me recordaba a cuándo llevaba en Hogwarts la varita en el calcetín alto. ¿Nadie me decía lo hortera que era eso?

Salí de mi habitación y eché una ojeada a la de Magnus, pero no tenía ni idea si ya se habría ido, algo lógico, o si por el contrario aún seguía ahí. No éramos una pareja, por lo que daba igual ir juntos o separados. Así que yo me dirigí al vestíbulo, para que alguien me dijera cómo llegar al lugar del evento. La recepcionista me indicó dónde estaba la sala de Red Flú del hotel y me dijo el lugar al que tenía que ir. Tras unos segundos, aparecí en fuego verde en medio de un Hall. Un hombre me ayudó a salir de la chimenea y me preguntó por mi nombre, sabiendo perfectamente que estaba en la lista y dándome paso hacia el interior de una sala a la cual le precedía una puerta enorme. Me dirigí hacía allí, escuchando cómo salía del interior un suave vals.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Jue Sep 10, 2015 3:22 pm

Casi le doy gracias Merlín de que el diseño de la habitación fuera normal. Era de hecho bastante moderno y los muebles parecían muy nuevos. Supongo que es el lujo de ser una suite, quizás las habitaciones simples mierdosas tuvieran esa decoración horrible dorada y rosa. El jacuzzi no tenía mala pinta y pensaba ponerme morado de comer mierda y cargarla a la cuenta del Ministerio. Sabía que esa noche en el evento obviamente habría comida hasta reventar, pero mi estómago es un pozo sin fondo. Intenté propónerselo a Abi por detrás de la puerta de su suite, pero su contestación era la que me esperaba. De hecho consiguió que esbozara una sonrisa torcida.

- Prefiero que me la casques tú. O ya que estamos en Francia, que hagas honor el país… - insinué para ponerme serio de repente. - Oye pelirroja, no te voy a negar que la idea de un polvo se me ha pasado por la cabeza, porque lo tenemos a huevo. Es más cómoda una enorme cama que la mesa de tu despacho, ¿no? - pregunté retóricamente. Me encantaba recordarle que el primer polvo fue decisión suya. Bueno, más que decisión, es que se tiró literalmente encima mía. Apenas me dio tiempo de saber lo que estaba pasando cuando ya me estaba desnudando. Fue muy bizarro y un what the fuck en toda regla. Las siguientes fueron ya más normales, pero la primera surrealista. De esas cosas que le cuentas a tus nietos cuando cumplen dieciocho años y tienes demencia senil. - Pero lo de un baño tranquilo y ponernos morados a comida basura iba en serio, solo eso, sin meterla de por medio. Sabía que ibas a decirme que no, pero un poco de relax te vendría bien. ¿Has probado a tomar All-Bran? - volví a preguntar retóricamente, una frase que solía salir mucho en un aparato muggle llamado televisión. Irónicamente era una frasecita que muchos sangres sucia del Ministerio me soltaban de vez en cuando.

Me fui sin esperar contestación y entré en mi suite. Aproveché el tiempo en deshacer mi pequeña bolsa de viaje y dejar algunos papelajos encima del escritorio. Me tumbé en la cama un rato a releer esos documentos, informes y ayuda externa sobre el juicio del día siguiente. Estaba completamente convencido de que iba a ganar de todas formas, en realidad era bastante simple. Si hubiera sido en un partido de quidditch normal y no en los Mundiales, el caso estaría resuelto en un día. Mi defensa consistía simplemente en echar por la borda todas las supuestas pruebas de dopaje. Me importaba una mierda que se hubiera dopado o no, haría el trabajo y mucho es. Demasiado estaba haciendo, mi tarea es acusar, no defender, pero el retrasado de mi jefe no se iba a enterar en siglos.

Pasé aquellas seis largas horas que me separaban del evento en la mansión de no sé qué pez gordo francés, con un larguísimo y relajante baño. Luego me comí dos pizzas familiares y tres hamburguesas (el agua da hambre, es sabiduría popular) y me volví a tumbar en la cama. Planazo, vamos. Cuando se fue acercando la hora me fui vistiendo. Llevaba un traje normal y corriente, no es que haya precisamente mucha variedad en ropa elegante para hombres. Las tías son las que tienen un montón de mierdas para elegir. A mí me daba igual porque la moda me parecía una gran gilipollez, eso sí. Me peiné, algo que solo hago una vez cada tres lustros o así y me recorté un poco la típica barba de tres días que llevaba siempre. No me gusta afeitarme porque parezco retrasado, no me pega, y tampoco me gusta dejarme barba porque parezco un vagabundo.

Salí de la habitación un rato antes de la hora acordada. No pensaba esperar a Abi, no por nada, sino porque sé que las tías tardan mil años en arreglarse y paso de esos rollos. Esperar a que terminara de vestirse equivaldría a piques, frases mordaces, pullitas, todo de aquí para allá, y de allá para acá, y aunque me encantaba molestarla prefería que fuera en otro contexto, no en observar lo fascinante, interesante y asombroso que es ver a una mujer maquillarse. Supongo que ha quedado clara la ironía.

Hablé con la recepcionista, doña Tibeliusa, que me indicó cómo llegar al lugar del evento. En menos de cinco minutos había llegado a la habitación de la Red Flú, pronunciado la dirección y salido de la chimenea. Un tío me preguntó mi nombre y luego me indicó con un dedo una puerta enorme. Al entrar vi el típico salón de dimensiones gigantescas que parece de cuento. Era como… una sala de baile del siglo XIX. Que cosa más horrible. Un montón de alfombras viejas, candelabros, lámparas que colgaban del techo con incontables velas, cuadros en las paredes… el más próximo a mí era un cuadro de Merlín que me estaba saludando con la mano y luego se movió hasta el próximo, el de Paracelso. Tuve un deja vu y me acordé de los cromos de las ranas de chocolate que coleccionaba cuando era pequeño.

De fondo sonaba música, un vals. Odio la música, lo cual es irónico porque sé tocar el piano, pero bueno, no fue precisamente a mi voluntad que aprendí a tocarlo. Al igual que también sabía bailar esas mierdas por imposiciones paternas, pero no pensaba hacerlo. Ni de coña. Ya puede venir la tía más buenorra del planeta. Había bastantes parejas bailando y en cuanto a magos y brujas que simplemente hablaban y no hacían el subnormal, prácticamente conocía el nombre de la mayoría. Puestos importantes en el Ministerio francés. Justo vi que se me acercaba el ministro y esbocé una de mis mejores sonrisas. Empieza el coñazo supremo.

- ¡Hombre, el jovencito Brooks! ¿Cómo estás, muchacho? Mándale recuerdos a tu padre de mi parte. - ¿Jovencito? ¿muchacho? Me cago en la hostia, tengo 32 años. Tengo edad hasta para tener hijos que vayan a Hogwarts. - Buenas noches señor ministro, un placer volver a verle. - contesté educadamente, más por ser el ministro que por ser amigo de mi padre. Por eso podría sacarle los pulmones con un sacacorchos y quedarme tan tranquilo. - Siento mucho todo lo ocurrido con el tema de los Tornados de Tutshill, espero que el malentendido se solucione lo antes posible y que nuestras relaciones vuelvan a ser tan excepcionalmente buenas como lo han sido siempre. - solté de carretilla una disculpa similar a la de don Albóndiga, al que por cierto vi de refilón al fondo de la sala con su llamativa capa púrpura.

Vi entrar a Abi y con ella una excusa para dejar pasar momentáneamente al ministro francés. Le hice un gesto de disculpa diciéndole que volvería en un momento. Anduve cinco o seis pasos hasta que me encontré con la pelirroja.

- Joder Abigail, que guapa estás. No pareces tú. - la halagué y a la vez insulté. Me encanta. Le guiñé un ojo en ese modo pícaro que uso más que nada para molestarla, y la cogí del brazo suavemente, como si fuera la Cenicienta. Todo súper bonito y auténtico, claro está. - Don Albóndiga está por aquí, cuidado a ver si te va a pedir un baile y va a caer encima de ti. No quiero que mueras aplastada. - le previne y por una vez mi preocupación era seria. A ver, que tampoco quiero que se muera y menos de esa manera. Sería demasiado patético. - Permítame presentarle a mi compañera, Abigail McDowell, viene en representación de nuestro ministro. - añadí cuando llegamos hacia donde estaba el ministro francés, que no se había movido un ápice.
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Abigail T. McDowell el Vie Sep 11, 2015 12:00 am

Llegué al lugar del evento sin saber si Magnus ya habría llegado o aún estaría cascándosela en su habitación. All Bran yo… es él el que parece tener todo el día un puto palo ardiente metido por el culo, no le vendría mal cambiar su desayuno por las mañanas. Y ambos sabemos que no podíamos haber pasado toda la tarde bañándonos y comiendo. Era metodológicamente imposible (comprobado a base de métodos experimentales) que Magnus y yo pudiéramos estar en el mismo sitio por más de dos horas seguidas sin discutir o follar. Y teniendo en cuenta de que estaba evitando ambas cosas, lo mejor era no tentar al destino.

Cuando llegué al lugar, me recordó, casi plagiado, a las mismas fiestas que hacía el Ministerio Británico y a las que tenía que asistir siempre. Estaba hasta las narices de ese tipo de fiestas, pero suponía que un cargo como el nuestro nos obligaba a presentarnos siempre en ese tipo de formalidades de mierda.

No obstante, al contrario que en el Ministerio Británico, no tuve que ir a saludar a todos los altos cargos por mi propia voluntad, sino que Magnus se encargó de venir a buscarme a la entrada. Sin mirarle, puse los ojos en blanco ante su comentario. Él sabía que yo siempre era guapa, preciosa y muy sexy. Él lo sabía, yo lo sabía. Todos lo sabían.

Tú por mucho que lo intentes, no consigues mejorar —le contesté, notando como me cogía del brazo y me arrastraba a través de todos los presentes hasta dónde se encontraba el Ministro de Magia—. No pienso bailar con Tibelius Mandongui. No tiene pinta ni de saber bailar, será el típico que está en la barra atiborrándose a dulces mientras intentaba buscarse amigos.

De entre todos los que nos rodeaban, probablemente siendo es la zona de los más altos cargos del Ministerio Francés, el mismo Ministro era el que parecía más normal de todos. Tenía el pelo un poco largo, engominado hacia atrás pero a la vez ligeramente despeinado. Tenía una barba perfectamente perfilada y unos ojos azules penetrantes. ¿Seguro que la estatua del hotel era él? No le hacía justicia para nada. Mi sorpresa al llegar ante él fue notoria, pero no pudo notarse, pues Magnus habló por mí. Yo me esperaba un Ministro Francés gordo, bajito y con bigote.

Encantada de conocerte señorita McDowell —dijo en nuestro idioma, pero con un acento notoriamente francés. Me estaba enamorando, era el primero que me decía “Señorita” y no “Señora”. ¿Ves? Si tengo puto veintisiete años y un cuerpo de veinte. ¿Cómo cojones hay gente que todavía me llama señora? Me miró de arriba abajo—. Espero que el evento sea de su agrado y espero poder gozar de su compañía en un baile para poder conocernos un poco más antes de la reunión de mañana —añadió, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza y guiñándome un ojo.

El placer es mío, señor Ministro. Cuando quiera estoy a su disposición —le dije, con una sonrisa encantadora y un movimiento leve de cabeza, viendo cómo se daba la vuelta y se iba. Le miré el trasero, ese redondido y perfecto trasero que se le formaba con los pantalones de pinzas. Cuando desapareció por completo, miré a Magnus—. ¿Está casado? —A ver, teniendo en cuenta cómo me abalancé a por él la primera vez que me lo tiré en mi despacho debe de saber que no soy precisamente una mujer que se conforme con la compañía de un solo hombre y que tampoco soy una persona que se ande con rodeos—. Bueno, no importa si lo está, en realidad… nuestro Ministro técnicamente también lo está… —dejé caer con una perversa y traviesa sonrisa. Él podría interpretarlo como quisiera.

Tiré de él levemente hasta la barra más cercana, la cual se notaba que era sobre todo concurrida por los peces gordos. Aquella gran sala de baile estaba dividida en tres zonas: las zonas principal dónde se encontraba el Ministro, con sillones y comodidades, una gran mesa de comida a un lateral y una barra en la otra parte, acompañada de la banda que tocaba la música. Y en el centro, una gran pista de baile.

Bourbon seco —le pedí al camarero, para luego volver a mirar a Magnus—. ¿Tú qué quieres? ¿Un zumo de calabaza? —me burlé de él.

Yo tenía un estómago increíblemente fuerte para ese tipo de bebidas, lo había amaestrado tanto en mi locura de adolescencia como ya de grande. No había bebido alcohólica que me gustara más que el whisky. Mientras Magnus se pedía lo de él, miré en dirección al Ministro, dándome cuenta de que estaba solo. Normalmente, por lo menos en Inglaterra, el Ministro siempre va acompañado de su mujer.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Lun Sep 14, 2015 3:00 pm

Estaba deseando que acabara ya el evento de mierda, irme al hotel y que fuera ya mañana por la mañana para zanjar el tema de los Tornados. Ese tipo de celebraciones eran un coñazo, y de los gordos. Abi estaba guapa, pero a ver, no es muy complicado, con las capas de maquillaje y los abalorios cualquiera está decente. Hasta yo estaría guapo si me maquillara… vale, eso último no lo he pensado. Jamás. Borrado de mi mente.

- Pues teniendo en cuenta lo mojada que estás cuando te la meto cualquiera diría que te pongo perra. Eso es como meterla en un lago. Y no me vayas a decir que usas Vaginesil que no cuela. También está la posibilidad de que seas ninfómana, claro. - supuse sin cortarme un pelo. Lógicamente hablaba en voz baja, a nadie de los presentes les interesa como es el coño de Abi por dentro.

La llevé hasta el ministro francés y no se me escapó el intercambio de frases y miradas. Reprimí una risotada, aunque en el fondo estaba flipando un poco. No por doña Abigail, de ella me espero cualquier cosa, más bien por el ministro. Que en realidad tampoco debería flipar, había venido sin su esposa y parece ser que la gente infiel está a la orden del día. Cuando me paraba a reflexionar me daba cuenta que en realidad conozco a muy poca gente que censure los cuernos. Que los censure de verdad claro, que todavía recordaba en mis tiempos universitarios cuando un colega de facultad con novia no paraba de tontear con la tía buena de turno. Eso para mí también es ser infiel, ¿para qué coño necesitas tantear el terreno cuando ya tienes otro terreno más que conseguido y que te está esperando en casa?

- Siento decirte que sí. Casado y con ocho hijos, la mujer es una coneja. - comenté arqueando una ceja con la insinuación de Abi. - ¿Te tiras al ministro? Venga ya, puedes contármelo. Que ya sabes que soy una tumba, pero también sabes lo que pensaría al respecto. - reconocí, no me ando con rodeos para decir lo que pienso. Ser infiel o participar de alguna manera en una infidelidad es una de las cosas más penosas y rastreras que puede hacer el ser humano.

Tiró de mí hacia la barra y empezó a meterse conmigo por el tema del alcohol. No bebo, jamás lo he hecho y jamás lo haré. Pero Abi, como no, pertenece a ese mal de la sociedad que ve bien llenarse de drogas. Y el alcohol es como otra droga cualquiera, solo que está más extendida.

- Una cocacola, por favor. - le pedí al camarero, mientras no se me escapaba las miraditas que le echaba Abi al ministro francés. Ay, por Merlín, esta tía al final acabará siendo ninfómana de verdad. - Abi, tía, la mujer no habrá venido porque estará enferma o algo. El ministro es amigo de mi padre, así que no me extrañaría nada que fuera de la misma calaña. - comenté bajando la voz para que solo me escuchara ella. - Así que probablemente puedas tirártelo. No entiendo esa necesidad de follar con personas que están comprometidas, pero allá tú y tu conciencia. - no pretendía darle una charlita de hermano mayor ni mucho menos en realidad. Simplemente que detrás de todas nuestras hostilidades latentes y nuestros piques mordaces la consideraba una amiga. No precisamente una de las mejores ni más cercanas, pero le tenía algo parecido al cariño. Y se supone que los amigos se dan consejos y esa mierda. - ¿Sabes que hace dos años estuve a punto de casarme? Y con una Masbecth, nada más y nada menos. - comenté entre sorbos a mi cocacola, dando por hecho que conocía a la familia aunque fuera de oídas. El “mundillo” de familias puras y clasicistas como la mía no es muy amplio. - Y te aseguro que si me hubiera casado con ella jamás te habría tocado. Ni con un palo de cinco metros. Aunque no estuviera enamorado de mi mujer, que era el caso. - agregué como una obviedad. Lógicamente si hubiera estado enamorado me habría casado, pero en fin, que jamás haría algo así ni tendría una aventura con alguien con pareja. Era asqueroso.
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Abigail T. McDowell el Mar Sep 15, 2015 1:31 am

¿Pero cómo era posible que a Magnus le salieran una bastada detrás de otra? ¿No le daba cáncer después de decir toda esa cantidad de burradas seguidas? Inevitablemente le miré con cara de reproche en plan: “¿Te has comido a un puto cani?”. Cuando me la metía, él estaba tan tieso y yo tan mojada por razones evidentes y es que tanto él como yo éramos increíbles. Somos el culmen de lo puto atractivo. No lo admitiríamos en la puta vida, pero eso era así. Lo único que nos quitaba puntos es que no congeniábamos ni a la de tres. Cosa que no me importaba: Magnus era un excelente amante y la verdad es que de él, es una de las cosas que más me importaban ahora mismo. Prefería mil veces ese momento en donde ambos nos callábamos la puta boca para follar que estar soltándonos pullas todo el rato de manera profesional y aparentando cordialidad.

Tío, te has superado —le dije detrás de su somanta de barbaridades sobre mi posibilidad de ninfomanía, su sospecha de que si utilizaba vaginesil y mi flujo vaginal—Puedes estar orgulloso, sí, cuando mantienes tu boca cerrada y la utilizas para cosas más útiles como… —vocalicé, pero no pronuncié las palabras: “comerme el coño” para que me leyera los labios—, sí, me pones como una perra —contesté. Puestos a soltar burradas, yo también sabía. Y no iba a negarlo, si ambos nos soportábamos probablemente sería gracias al sexo, algo que se nos daba increíblemente bien. A partir de ahí, inconscientemente, habíamos forjado una amistad un tanto extraña.

Siempre me había planteado mi posibilidad de ser de ninfómana, pero la había descartado por completo. Yo no tenía adicción por el sexo, es más, había tenido periodos de sequía en dónde ni me interesaba tener sexo con nadie. Lo único que a mí me pasa es que soy pura pasión. Adoro el placer y me gusta experimentarlo en todos los ámbitos de mi vida. Me gusta sentirme deseada, flirtear y ser el objeto de deseo de todos, pero no por eso me tiraba a cualquiera. Por mucha fama de zorra que tenga, tenía a mi selecto grupo de amantes. Aunque mi favorito ahora mismo esté comprometido y esperando a un puto bebé de otra puta mujer.

Me llevé una decepción cuando me dijo que el Ministro estaba casado y alcé una ceja con lo que me preguntó del nuestro. Sabía perfectamente lo que opinaba al respecto, pero yo no lo compartía. Aún así, le dejé claro lo que había pasado.

No, no me tiro al Ministro —Todavía no me tiro al Ministro, pero esperaba poder hacerlo algún día. La tensión que se crea en ese despacho no es ni normal ni sana para ninguno de los dos— Soy una chica profesional, Magnus, no me tiro a mi jefe, yo solo me tiro al Fiscal de Wizengamot. ¿No lo sabías? —curvé una traviesa sonrisa, acercándome a la barra junto a él.

Me pedí un whisky, bebida que adoraba. Odiaba los refrescos por todo el gas que tenían y los zumos me parecían sosos. Él, como no bebía, se pidió una cocacola. El refresco que más odiaba de todos. Fue entonces cuando desvié mi atención al Ministro Francés cuando Magnus volvió a sacar el tema, posiblemente uno de los que más le repateaba de todos. Sabía cuál era su punto de vista y lo respetaba, pero no lo entendía. Es decir, lo entendía por parte de los que estaban comprometidos y ponían cuernos. ¿Pero qué culpa tenía yo? No era mi culpa que fueran unos hijos de puta infieles desconsiderados.

No es una necesidad. Si una persona me atrae, me da igual que esté casado, con novia o soltero. Es problema de él, no mío —le dije a Magnus, bebiendo de mi líquido dorado—Mi conciencia está bastante tranquila, por lo menos en este tema —Luego ya había temas como asesinatos y demás en dónde la consciencia estaba un poco sucia, pero bastante tranquila también—. Son ellos los infieles, no yo. No me atraen para otra cosa que no sea sexo.  

Fue entonces cuando me confesó que hace dos años casi se casa con nada más ni nada menos que una Masbecth. ¿Y por qué me entero yo de estas cosas con tanto retraso? Por un momento hice memoria de las hermanas de Apolo por si podría haber sido con alguna de ellas, pero por una parte, la pequeña era demasiado pequeña, y la que era más grande… era bastante guapa, no entendía porqué no se casó. Antes de poder decir nada al respecto, él alegó que de estar casado y aún no amando a su mujer, no sería infiel bajo ningún concepto.

Te hace ser un hombre más respetable y deseable, pero no todos son como tú —contesté tranquilamente—La gran mayoría de los hombres son de mente simple y dos tetas tiran más que dos carretas, eso siempre ha sido así, sobre todo si son una novedad —dije con tranquilidad, alzando levemente una ceja. Caleb también era un claro ejemplo de pura fidelidad y, en parte, lo respetaba sobre cualquier cosa. Le hacía incluso más atractivo, si es que eso era posible—No me importa tirarme a un casado. No me importa, de hecho, ni él ni su familia. Si el matrimonio se destroza, no será por mi culpa, oh no… todos se empeñan en culpar al eslabón que no tiene culpa, ahí toda la culpa es del matrimonio. O él que es un capullo integral de mierda que merece que le corten la polla, o ella que es igual que él, o de ambos, que no se aman ni se esfuerzan en hacer que prospere el jodido compromiso. Yo solo hago lo que me apetece hacer, sin que me importen las consecuencias porque no tienen nada que ver conmigo —le conté mi versión de los hechos, ya que ser juzgada de la nada me daba igual, pero teniendo en cuenta que era Magnus, había cierta confianza como para hablar de ciertos temas. Probablemente continuará pensando lo mismo, pero era lo que había. Eran cosas en las que no coincidiriamos nunca—Pero dejame decirte que de ser yo una persona comprometida, tampoco te tocaría ni con un palo. Ni a ti ni a nadie.

Y aunque resultara de todo menos lógico, era totalmente cierto. Yo no tenía nada fácil comprometerme, por lo que de hacerlo, sería porque iba realmente en serio y al igual que él, opinaba que una infidelidad era patético, pero viniendo de la pareja. No pondría los cuernos nunca. No obstante, espero no comproneterme nunca. Luego miré a Magnus y esbocé una sonrisa.

¿Tus padres te obligaban a casarte, no?—pregunté, ya que teniendo en cuenta la mala manía de las familias puristas de casarse entre ellos, no me extrañaba lo más mínimo—¿Con quién fue? ¿No quisiste casarte tú o fue ella?—pregunté por pura casualidad.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Sep 15, 2015 3:54 pm

Me hizo gracia la cara de reproche que puso doña Abigail cuando empecé a hablar de su coño. Es muy irónico que con cosas menores no se corte un pelo pero que eso le parezca basto. Arqueé una ceja como hago el 75% del tiempo cuando gesticuló con los labios algo que sabía por propia experiencia que le encantaba. A lo tonto iba a parecer hasta modosita.

- ¿Qué estoy mejor cuando? ¿Cuándo te como el coño? - pregunté alzando la voz de repente y poniéndome una mano detrás de la oreja como si fuera un viejo que no escuchaba bien. Lo hacía por incomodarla y fastidiarla, más que nada. Varias personas de alrededor se dieron la vuelta y nos miraron como si estuviéramos drogados, especialmente una mujer mayor que me miró horrorizada. Me recordó a esas mujeres de cierta edad que tienen veinticincos hijos pero que sueltan risillas nerviosas cuando escuchaban la palabra “pene”. - No sé qué problema tienes con hablar de estas cosas con naturalidad, para un tema en el que tenemos cosas en común… - me quejé con fingido fastidio pero una parte de mi inevitable hombría masculina se enorgulleció al escuchar que la ponía perra. Era algo que ya sabía, pero me gustaba escucharlo. Era consciente de que físicamente no soy gran cosa, me consideraba bastante feo, pero bueno, dicen que eso no es incompatible con la atracción hacia las féminas.

Me había insinuado por la cara que se tiraba al ministro, y aunque eso técnicamente me la sudaba los cojones tenía curiosidad. Estaba casado, pero no era el primero y tampoco el último que escuchaba rumores sobre que su matrimonio era pura farsa. No tenía ni idea, pero vamos, que era muy posible, sobre todo por esa extraña manía mágica que tenemos de evitar los divorcios, sobre todo los magos sangre limpia. Tendrá que ver con el honor de la familia, el linaje y toda esa mierda. Mis padres estaban separados pero era algo que solo yo sabía. Oficialmente seguían casados y así seguirían hasta que la muerte los separara. Puse los ojos en blanco ante su aclaración mientras llegábamos a la barra. Muy simpática ella.

- Fuera coñas, el otro día un becario estúpido me preguntó que si estábamos liados. Me lo preguntó así. Con esas palabras. - comenté recordando divertido al imbécil de Jenkins. Solo a un niñato de dieciocho años repleto de acné y recién graduado se le ocurre preguntarle al fiscal del Wizengamot sobre su vida privada. - Le dije que no y que tenía vía libre para ligarte si quería. Así que si un día de estos aparece un niñato pelirrojo lleno de granos en tu puerta, que sepas que te lo envío yo. - agregué imaginándome la escena. Era una especie de regalo, por decirlo de algún modo.

No se me pasaba desapercibidas las miraditas que doña Abigail le echaba al ministro y eso me repateaba los cojones. Sabía perfectamente que no compartía mi código ético, pero eso no quita que me ponga de mala hostia cuando veo algo inmoral ante mis ojos. Volví a poner los ojos en blanco cuando me expuso su punto de vista que ya conocía de sobra, pero me seguia pareciendo igual de estúpido.

- Tú tenías que haber nacido en una comuna hippie de los que predican el poliamor. Ahí sí que serías feliz. - predije con tono aburrido bebiendo mi cocacola. Le conté brevemente mi caso mientras ella volvía a contar su versión, que básicamente era repetirme lo mismo que antes pero en versión extendida. - Está claro que tú no serías la culpable de que un matrimonio se rompa y de que no tendrías responsabilidad de los hechos. Tú eres libre. Hay dos casos diferentes… el casado que va a por ti y tú te dejas querer (que igualmente me parece muy reprochable pero puedo llegar a comprenderlo) - que lo comprendiera no significaba que lo compartiera, por supuesto. Me parecía igual de inmoral y repugnante, pero utilizando un poco la empatía entendía que hubiera gente que le diera igual, como a Abi - y el tío casado al que vas tú a buscar. Ahí sí tienes cierto grado de responsabilidad, no tanta como él, vale, pero estás demostrando no respetar su situación sentimental. Igual que no es lo mismo tontear con alguien y llevártelo a la cama sin tener ni idea de que está casado, a que conscientemente te pases meses y meses detrás suya para intentar que te la meta. - expuse quedándome perplejo con su afirmación, que no le pegaba. ¿Abigail McDowell comprometida? Eso sí que sería digno de verse. - No te imagino comprometiéndote con alguien. Imposible. No te pega para nada. ¿Has tenido novio formal alguna vez? - pregunté por curiosidad, todavía perplejo. La verdad es que me había sorprendido, no me imaginaba ese arranque de fidelidad de su parte.

Ella tuvo su propio arranque de curiosidad por mi antiguo compromiso y la miré con cara de cordero degollado cuando me preguntó si mis padres me habían obligado a casarme. Bueno, me había querido obligar. No era complicado llegar a esa conclusión por la puñetera constumbre de familias como la mía de concertar matrimonios para mantener la sangre lo más limpia posible y todas esas mierdas.

- Mi padre, más bien. Con Eris Masbecth. Tenía diez años menos que yo pero eso no pareció ser un problema… yo era un buen partido. - comenté con sarcasmo, porque a mí mismo no me consideraba un buen partido que digamos. Para una tía normal quizás, para una Masbecth no. - Intenté enamorarme de ella en realidad. Lo sé, muy patético. Pero no resultó, era la típica tía tonta sin nada interesante en la cabeza y llámame anticuado, pero yo si me caso que sea por amor. ¡Qué menos! - opiné dándole otro trago a mi cocacola y bostezando luego. - Mi padre ha tenido dos amagos de infarto en su vida: cuando con once años entré en Gryffindor y cuando corté el compromiso con Eris. Acabó en San Mungo las dos veces. No es broma. - le conté. No sabía muy bien por qué se lo contaba, pero me parecía tan patético por parte de mi padre que tenía que expresarlo. Me imaginaba la escena en San Mungo: “-Señor Brooks, ¿a qué se debe este casi infarto? +No mire, es que mi hijo ha entrado en Gryffindor.” Todo muy normal.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Miér Sep 16, 2015 2:33 am

Podría haberme ofendido por el hecho de que soltara eso en voz alta, pero como no me lo esperaba, me hizo una tremenda gracia. Pero fue de esas situaciones en dónde miras a una persona con sorpresa en plan: “¿Qué narices estás haciendo?” pero a la milésima de segundo te estás descojonando tanto por dentro como por fuera. Menudo imbécil infantil… Mira que soltar eso a los puto cuatro vientos. Yo intentando que la gente no escuche cosas subidas de tono y puras burradas y él lo suelta a los cuatro vientos. Menos mal que el setenta por ciento de esta gente de aquí no habla inglés. Quizás “comer” y “coño” no estén en su puto vocabulario.

Imbécil, cuando estemos a solas te suelto lo que quieras. No quiero que me reconozcan en Francia como la Asistente del Ministro Británico, esa sí, esa a la que le comieron el coño —solté ya como si nada, ya que después de lo que él había soltado poco quedaba por lo que justificarse. Y es que vamos, poco me importaba hablar de esas cosas, era Magnus. Con él no tenía precisamente un filtro para no soltar burradas, sino todo lo contrario. Incluso le decía libremente lo perra que me ponía, motivo principal de que lo hubiera asaltado pasionalmente en mi despacho cuando tuve la oportunidad.

Me hacía gracia que la gente pudiera pensarse que estábamos liados. Era cierto que en el Ministerio poseíamos una relación un poco más cordial a la habitual solo por mantener un poco las apariencias, pero sobre todo delante de grandes puestos. Mientras estuviéramos a solas o rodeado de personas inferiores, casi que nos tratábamos como siempre. ¿Cómo podría dar si quiera la impresión de que estuviéramos juntos si parecía que siempre nos estábamos tirando pullas una tras otra? Quizás pudiera deberse a que a veces salimos del despacho algo despeinados y con la ropa un poco de torcida, pero oye, de ahí a pensar que estamos juntos…

Qué amable por tu parte —ironicé, mirándole de reojo cuando me dijo que me había mandado a su ayudante. Odiaba a los hombres pelirrojos, eran todo lo puto contrario a la palabra atractivos, por lo menos en mi vocabulario—Te enviaré yo a mi secretaria gorda de Hufflepuff, esa que siempre te mira el culo cuando vienes a mi despacho. Es adorable, tiene bigote y tiene halitosis —alcé una ceja. Aquello parecía una competición para ver qué jodido secretario es más puto patético.

A ver, sin el fondo Magnus tenía parte de razón. Pero solo un poco de razón, ya que yo seguía viendo mi punto de vista mucho más lógico. De ser yo la chica que esté casada, por mucho que alguien viniera a mí, no accedería y, por mucho que alguien vaya a por mi pareja, no me preocuparía. Nunca he sido una chica de demasiadas confianzas con nadie, pero creo poder asegurar, que de comprometerme en una jodida relación seria con alguien, sería porque realmente tengo claros los putos sentimientos. Y la confianza viene implícita en esos sentimientos, ni yo traiciono, ni espero que mi pareja me traicione, por lo que de hacerlo, es totalmente su culpa. ¿Qué puta culpa tendrá la otra persona? Pero oye, que lo de ir detrás de alguien casado sí que tenía esa suciedad implícita de zorra rompematrimonios. Pero ahí había una matiz: si no conocía de nada a ese hombre, me daba exactamente igual lo que pasara con su vida, por lo que me daba igual ir a por él aunque esté casado con una mujer que me da igual, por ejemplo, el Ministro Francés. No obstante, luego estaba el caso como el de Caleb. Estaba básicamente formando una nueva familia con Alyss y… ¿Qué narices iba a hacer yo? Le respetaba a él y respetaba su vida y su felicidad, aunque fuera con esa tía, por lo que a él no le persigo para intentar tirármelo porque creo que es más importante mantener mi relación con él así a perderla totalmente.

Pero claro, visto desde fuera, cualquiera de las dos cosas, se veían igual de feas aunque yo tuviera mis propios motivos. Pero oye, en el fondo, yo tenía mi propia ética.

Tienes razón, en realidad, pero yo creo que hay casos y casos —dije, sin darle tampoco mucha bola al asunto, ya que él tenía claro mi punto de vista y yo el de él aunque no coincidiéramos—Bajo mi punto de vista, la manera de actuar depende de lo que te importe la persona —le contesté, para luego mojarme los labios con el líquido de mi vaso. Me pasé la lengua por ellos para recoger los restos de bebida y curvé una sonrisa ante su sorprendida pregunta de si alguna vez había tenido novio formal—Creo que sí, o algo parecido, en mi último curso de Hogwarts —entrecerré los ojos pensativa, mirando al infinito para luego volver a mirar a Magnus— Pero fue un desastre. Es decir, ni cortamos. Cuando nos graduamos ninguno supimos del otro hasta después de varios años. Estábamos juntos por diversión más que por otra cosa —Scott Gray. Increíble. Ese hombre ahora era un desastre que parecía ir cada vez de mal en peor. Me alegraba profundamente de no haber cometido la locura de seguir con él—Pero por lo demás nada, jamás ha habido nada que ni se le parezca a una pareja formal —añadí, consciente de que nadie en mi vida me había preguntado con todas las palabras: “¿Quieres ser mi novia?” porque normalmente mi forma de ser deja claro de antemano que no soy chica que diga que sí a semejante gilipollez de pregunta.

Al final sí que era Eris con la que tenía que haberse casado. La verdad es que era bastante guapa, o por lo menos lo parecía en la fiesta de cumpleaños de Caleb, pero la verdad es que no parecía tener muchas luces. En el fondo entendía a Magnus. Yo JAMÁS me casaría, pero visto desde una tercera perspectiva, casarse por obligación y no por amor… sonaba de lo más penoso.

Qué mala imagen tenía de ti. Vas de capullo arrogante por la vida y normal que una no piense que Magnus Brooks, el cabrón de Wizengamot, quiere casarse por amor —curvé una sonrisa, ya que me encantaba insultarle siempre que podía. No se ofendería, si hasta él sabía que era un capullo arrogante y el cabrón de Wizengamot—Tío, de verdad, ¿Gryffindor? —solté una tremenda carcajada que me hizo posar el vaso sobre la barra para mirarle con incredulidad—Y yo pensando que no podías caer más bajo. ¡Pero es que empezaste desde lo más bajo! Mira que Hufflepuff es penosa, pero Gryffindor la sigue de cerca. Debo admitir que para ser un Gryffindor, no has salido tan mal —Entendiendo como “mal” a retrasado. Yo tenía la teoría de que todos los Gryffindor terminaban siendo aurores y, por ende, muertos. Solo conocía a una auror que hubiera sobrevivido tanto tiempo y esa era Fly. Pero bueno, Fly, una Slytherin, normal que sobreviviera. Lo que no entendía era su novio. Un Hufflepuff auror que sigue vivo... desafiaba todas las putas leyes.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Sep 18, 2015 9:18 am

Suponía que no daba la imagen del típico treinteañero casado, con niños pequeños a los que mimar y llenar de dulces, y felizmente enamorado de su esposa. No estaba seguro, pero intuía que parecía más bien el tío que va de flor en flor y si te he visto no me acuerdo. Era cierto que no recordaba el nombre ni el aspecto físico de muchas mujeres que pasaron por mi vida, y que el único recuerdo que tengo de la chica con la que perdí la virginidad en Hogwarts era que tenía el pelo púbico rosa. Creo que era metamorfomaga. En fin, la verdad es que no es del todo así. Si encontrara una mujer en condiciones que me enamorara y que me aguantara (ambas cosas bastante complicadas) me casaría sin problemas. Y me encantan los niños, además. Siempre he tenido claro que si no encontraba a una mujer que me llenara, con el tiempo adoptaría a un nene o a una nena y punto. Obviamente esto no se lo iba a contar a Abi, era demasiado íntimo.

Teniendo en cuenta cómo era doña Abigail, no me la imaginaba ni de coña teniendo una relación seria. No la veía con la madurez suficiente, quizás porque yo soy unos años mayor y tengo mi propia idea de cómo debe ser una pareja y/o matrimonio. No la conocía con la profundidad necesaria como para determinarlo, a lo mejor un día nos daba la sorpresa y la veía vestida de novia… pero vamos, que también depende mucho del tipo de pareja del que estemos hablando. Arqueé una ceja con incredulidad cuando empezó a hablarme de su noviete adolescente. Estaba claro: ambos teníamos conceptos muy distintos.

- Si eso para ti es tener novio formal, yo he tenido dieciocho novias por lo menos. - respondí riéndome luego. Para que mentir, me había hecho mucha gracia, la palabra “formal” significa serio, comprometido. Y en una relación donde ni siquiera hay ruptura y se sigue por diversión, no veo yo el compromiso. - Eso para mí es ser follamigos… supongo que no todo se puede clasificar en pareja o rollos. - agregué encogiéndome de hombros. - Aparte que cada uno tiene su concepto de relación y de lo que espera de ella. - yo desde luego jamás saldría en serio con una tía como Abi. Está buena, en el fondo me cae bien y toda esa mierda, pero no es precisamente la mujer ideal para que sea la madre de mis hijos. Antes me ahorco.

Le conté muy resumido todo el drama Masbecth, que tenía su capítulo aparte cómo le sentó a mi padre. A mi madre le daba igual (aunque delante de mi padre tuvo que aparentar que estaba enfadada) pero el capullo de Deimos acabó en San Mungo del disgusto. Que triste y que patético. Puse los ojos en blanco ante sus insultos, pero que en realidad no lo eran, porque reflejaban bastante la realidad. Sí, soy un capullo arrogante y un cabrón. Y me encanta serlo, para que engañarnos.

- Todos tenemos nuestro corazoncito, Abigail. No soy ese capullo arrogante las 24 horas del día, ni lo soy con todo el mundo, eso te lo puedo asegurar. Soy una persona con muchos principios, y casarme con una tía que me cae mal los contradice. Ya que voy a compartir mi vida que sea con alguien con quien este a gusto y sea feliz. - concluí terminando de beber mi cocacola. Le estaba dando motivos para que me metiera más pullitas, pero la verdad es que me la sudaba. Siempre digo lo que pienso. Siempre. Volví a hacer mi característico gesto de alzar una ceja cuando empezó a meterse conmigo por ser Gryffindor. - A ver si lo adivino… ¿Slytherin? - nunca se lo había preguntado, pero de una forma implícita siempre lo había dado por hecho. La mayoría de las serpientes eran todas iguales. Calcadas. Se las veía venir a kilómetros. E irónicamente casi todo el mundo me decía que yo parecía más un Slytherin que un Gryffindor. Yo también lo pensé en su momento, cuando tenía once años y me quedé desconcertado al pronunciar el Sombrero Seleccionador cual sería mi casa. Hasta que pasaron los años y entendía por qué era un Gryffindor. Y muy orgulloso que estaba. De adolescente tenía mi habitación llena de estandartes con los colores de mi casa, algo que obviamente era motivo de disputa con mi padre. - No sé qué manía tenéis los Slytherin con los Gryffindor. Cierto que Hufflepuff es penosa, a mí me llega a tocar ahí y me doy la vuelta en el tren - comenté convencido, era la casa de la gente que sobraba, de la que no encajaba con ninguna cualidad de las otras casas- pero la rivalidad serpientes contra leones siempre me pareció absurda. Quitando que en Gryffindor entran sangres sucia a patadas, no hay mucha diferencia entre ambas casas. - me la sudaba bastante que se metiera con mi antigua casa en Hogwarts, pero es que realmente ambas se parecían más de lo que se veía a primera vista. Quitando el tema de la sangre, el linaje y toda esa mierda (que parece que el 90% de la casa Slytherin está formada por familias como la mía) las cualidades de un Gryffindor fácilmente podían pasar por la de un Slytherin. - Siempre he creído que sobre todo con estas dos casas, la Selección trata más de tu actitud que de tus méritos. - reconocí, cuando tenía once años escuché en mi oreja al Sombrero debatir sobre si mandarme a una casa u a otra. Si en principio yo hubiera encajado en ambas en tanto no se podían diferenciar.  

Con la charla no me estaba fijando en el ambiente general del evento, así que casi pego un bote cuando me veo a don Albóndiga justo delante de Abi. El tío estaba radiante, entre la calvicie, la gordura y la túnica morada estrafalaria se estaba ganando motes aún peores que el que yo le había puesto. Hizo una patética reverencia ante la pelirroja y luego me miró a mí más sonriente todavía. Como siguiera sonriendo se iba a degollar él solito.

- Señor Brooks, ¿me da permiso para arrebatarle esta maravillosa y dulce compañía? - me preguntó con cordialidad y esa sonrisa tan amplia. Me estaba partiendo el culo por dentro, así que decidí putear a Abi un poco. - Por supuesto, Tibelius. - contesté amablemente de manera breve porque como volviera a abrir la boca solo me iban a salir carcajadas. Don Albóndiga volvió a mirar a Abi más feliz que una perdiz el tío. - Señorita McDowell, está usted preciosa, desde que ha entrado por la puerta solo tengo ojos para admirar su belleza. Está radiante como la luna llena del cielo, las demás señoritas son solo estrellas lejanas a su lado. - recitó solemnemente. Yo estaba haciendo todo lo posible para reprimir la risa, pero es que el tío me lo estaba poniendo muy difícil. - ¿Le concedería un baile a este humilde caballero? - le preguntó volviendo a hacerle una patética reverencia y con cara de expectación. Yo por supuesto, me estaba partiendo el culo a lo bestia, y volvía a ponerme rojo intentando controlar la risa.
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Abigail T. McDowell el Vie Sep 18, 2015 3:31 pm

Durante Hogwarts parecíamos una pareja formal… Nos lo contábamos todo, teníamos una confianza prácticamente extrema, tanta era la confianza que sabía perfectamente cuales eran sus horas para ir a cagar y podría decirse que manteníamos una relación mucho más seria de la que he tenido nunca. Obviamente, las formalidades se fueron a la mierda cuando ambos nos graduamos y no quisimos saber del otro. Pero en realidad era mejor así, una ruptura que se da por hecho a tener que hablar y esas mierdas. Obviamente, actualmente mantengo una idea totalmente diferente de lo que serían las relaciones formales, motivo principal de que mi gamofobia haya aparecido hasta en los lugares más insospechados. No sabría cómo sería yo en una relación formal, pero la verdad es que no quería ni plantearme la opción.

Actualmente no pienso igual que hace trece años, obviamente —dejé claro, mirándole de reojo, por aquel entonces, la Abi adolescente era a lo más formal a lo que podía aspirar—Sé lo significa tener una pareja formal en los tiempos que corren y lo que conlleva. Simplemente no me veo en una relación de ese tipo ahora mismo —Tampoco quería hablar de ese tema con Magnus, porque ni yo misma tengo muy clara mis preferencias ni quería dejar claro mi “miedo” por comprometerme a algo tan serio. Yo tenía la teoría de que mi máximo temor era sentirme dependiente… me sentía tremendamente vulnerable y suficiente tenía ya con preocuparme por mi hermano como para preocuparme de otra persona. Me hacía sentir débil.

Además, probablemente fuera un desastre en relaciones de ese tipo. Los cuernos jamás los pondría, eso está claro. ¿Pero me convertiría en una persona pastelosa? ¿En una pasota? ¿En un término medio? Mi mirada se quedó pensativa, fija en un punto perdido en lo que parecía un posavasos en la barra. No obstante, cuando me di cuenta de que nada de eso importaba, volví a recobrar el brillo en mi mirada y a mirar a Magnus, el cual me estaba contando el por qué de no haberse decidido a casarse con Eris.

Reprimí mis ganas de romperle la cara cuando me llamó abiertamente Abigail. Cómo lo odiaba. Y él sabía que lo odiaba. Me dio un pequeño tick en el ojo cuando lo dijo, pero mantuve mi atención en lo que decía, ya que recalcarle lo mucho que odiaba que me llamase así, solo iba a incrementar que me siguiera llamando así con más molestia y ganas. Lo que decía parecía lógico… obviamente, bajo la imagen que tenía yo de Magnus, no me pegaba lo más mínimo, pero estaba claro que a parte de hablar de cosas del trabajo, follar y soltarnos pullas, rara vez nos abríamos al otro a contarnos cosas más personales.

Totalmente comprensible —contesté a lo que dijo—, yo buscaría lo mismo si quisiera casarme —añadí, pues en principio, parecía lo más lógico: pasar toda tu vida con una persona a la que quieras. Yo por mi parte, tenía esa ilógica sensación de no querer encontrar a nadie que me hiciera plantearme esas opciones, tu alma gemela, llaman algunos… Motivo principal de que después de las vacaciones con Caleb me haya distanciado de él lo que nunca antes me había distanciado de nadie que me importara tanto. ¿Debería hablar con él? No, no debería hablar con él. Va a tener un bebé y tiene novia. Mi mirada, nuevamente, se quedó perdida en un maldito posavasos, hasta que la levanté rápidamente con el tema de las casas de Hogwarts.

Él era Gryffindor y me sorprendió, la verdad. Por sus actitud y su manera de ser, me parecía totalmente Slytherin, motivo principal de que tampoco me hubiera reído mucho de su pasado. Si al final mira… qué más dará lo que seas, si al final uno termina siendo lo que debe ser… He visto Hufflepuff mortifagos, Slytherin aurores, Gryffindor que no dan ganas de potarle en la boca y Ravenclaw con un intelecto similar al de un cani con retraso. Así que puedo esperarme cualquier cosa.

Obviamente —dije con orgullo cuando me tachó de Slytherin sin apenas pensárselo demasiado—. Exacto, no hay demasiada diferencia, motivo principal de que haya tantas disputas. Los Gryffindor son muy valientes y muy presuntuosos, los Slytherin podíamos pecar de cobardía, pero en ambiciones y orgullo no nos gana nadie. Era una especie de disputa por ver quién era mejor —expliqué, sin darle demasiada importancia—Los Slytherin siempre hemos sido unos putos inmaduros de mierda que nos dejábamos llevar por los principios de la pureza de sangre, mientras que los Gryffindor se creían unos maduros de mierda porque en su casa permitían todo tipo de personas sin distinciones… Pero en realidad, los dos éramos igual de gilipollas —añadí, esbozando una sonrisa—. Éramos niños, cualquier razón era válida para crear desorden y empezar una pelea, fueras de la casa que fueras —amplié mi sonrisa, recordando la cantidad de veces que me metía en líos. Yo era de esas que me encontraba con alguien que no me gustaba y le atacaba. Porque sí, porque podía. Iba por ahí dejando a personas infladas, gente petrificada o gente pegada al techo. Después de recordar esos tiempos que, por mucho que me gustaran, no repetiría, me terminé el vaso de whisky de un trago.

Pero no, no podíamos seguir con nuestra agradable conversación. ¡Una conversación en dónde ni yo le estaba diciendo lo gilipollas que era ni él a mí lo zorra que era! Tenía que venir el puto Tibelius Mandongui con un modelito que parecía sacado de la abuela de Dumbledore. ¿Seguro que no hay de ese tipo de vestimentas pero para hombres, Tibelius, hijo mío? Esbocé una cordial sonrisa cuando empezó a hablar, mirando con odio a Magnus cuando le dio toda libertad para que me llevase a bailar. La verdad es que Tibelius solo podía enorgullecerse de su profesionalidad y arte para piropear a chicas que están fuer de su alcance.

Obviamente no me iba a ir a bailar con Tibelius, por lo que me saqué de la manga mi primer recurso para librarme de él.

Lo siento, Belius —dije con un encanto de sonrisa en los labios, tratándole con confianza para no hacerle un feo garrafal y quedar como una perfecta dama—. Pero había quedado con Magnus en que me sacaría a bailar desde que nos acabáramos las bebidas y es demasiado educado para negarle a usted su oportunidad —añadí, mirando a Magnus para cogerle de la mano aunque él se fuera a negar— Luego bailamos usted y yo —le guiñé un ojo, en una promesa vacía y tiré de Magnus para ir hasta la pista de baile.

Lo arrastré por en medio de las personas y cuando pisamos el suelo de parquet, tiré de él de tal manera que se pusiera justo delante de mí. Posicioné mi mano libre en su hombro y lo miré con una ceja alzada.

Capullo —fue lo primero que dije, antes de empezar a moverme al ritmo de la música y curvar una sonrisa. En realidad si llega a ser al revés, yo también hubiera venido a Magnus igual de rápido—. Espero que no sea muy perseverante o me voy a quedar sin comodines de excusas demasiado pronto.

La música se trataba de un vals clásico, el cual tenía subidas y bajadas que determinaban la rapidez de los movimientos. Para mí bailar ese tipo de canciones me resultaba tremendamente fácil y totalmente automático. Las tenía tan quemadas que no tenía que ni concentrarme para ello: motivo principal de que prefiriese bailar con gente que me da tema de conversación, porque si no, me aburro.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Sep 22, 2015 4:20 pm

El concepto que tenía Abi de pareja formal me parece curioso cuanto menos. Cada persona tiene su propio concepto de relación y lo que espera de ella, eso está claro, pero me desconcertaba encontrarme con conceptos que no se asemejan ni de coña al mío. O yo soy un tío en el fondo muy formal, que también puede ser. Sin embargo no me apetecía para nada atarme a nadie, ya tendría que ser una persona con mil y una virtudes (entre ellas y la más importante: que me aguante) para que yo decidiera tener una relación seria. Si algún día una persona así se cruzaba por mi camino no fingiría ser ciego, pero tampoco me iba a poner a buscar. Y eso, por muy patético que resulte, es algo que hace mucha gente. Todos conocemos a la típica persona que se echa de pareja al primero que pasa por la puerta. Que triste.

Igual de triste hubiera sido que yo me casara con esa pija sin cerebro de Eris Masbecth. Qué sí, que vale, que estaba buena, pero de la belleza no se come. Para tener algo bonito permanente me compro un cuadro, si me caso tiene que ser con alguien que me aporte mucho más que una cara bonita. Como ya veía venir, Abi se metió conmigo por haber estado en la casa de Gryffindor. Yo suponía que ella fue Slytherin, nunca se lo había preguntado pero de cierta manera siempre lo di por hecho. Las serpientes son todas iguales, son igual de predecibles que los Hufflepuff. Expuse mi opinión y me sorprendió bastante que estuviera de acuerdo. Más que nada porque era la primera Slytherin que escuchaba reconocer que ambas casas éramos igual de gilipollas.

- Para empezar yo no sé por qué coño nos separaban en casas. Es una manera perfecta de incentivar las rivalidades y competiciones. - opiné, acordándome de todos los piques entre casas con la copa de quidditch, la de final de curso que ganaba la casa que tuviera más puntos… y gilipolleces varias. - Si nos hubieran separado por cursos y punto no habría ni en broma la mitad del mal rollo que hay. Si te soy sincero los Slytherin me caiáis como el culo. - reconocí con una sonrisa medio torcida, acordándome de todas las disputas que tuve con imbéciles de esa casa. - A la mayoría parece que os pagaban por ir jodiendo al personal, aunque no te negaré que también había mucho subnormal en Gryffindor. En fin, inútiles hay en todos lados. - argumenté encogiéndome de hombros. Era en Hufflepuff donde más abundaban, eso era ya objeto de estudio, pero eso no quería decir que las otras tres casas estuvieran repletas de seres inteligentes.

No estaba echando mucha cuenta al resto de la sala, por ello la intromisión de don Albóndiga me cogió de imprevisto. Incrédulo asistí a algo parecido a una declaración de amor a Abi. Obviamente estaba controlando mi risa hasta niveles extremos, porque ese tío era patético elevado a la enésima potencia. A lo tonto me iba a dar pena y todo, pero joder, seguro que era el patán del Ministerio francés, el típico tonto del pueblo. Pensé que Abi le otorgaría un baile por cortesía, y así podría yo reírme abiertamente un rato viéndolos bailar. Sin embargo la pelirroja le dio un giro a la situación diciéndole que yo le había pedido un baile cuando terminarámos de beber. La miré con incredulidad, pero tampoco iba a dejarla por mentirosa delante de don Albóndiga… al final el tiro me salía por la culata. Jodida pelirroja.

Me manejó como si fuera un muñeco, insultándome después. La cogí por la cintura y empezamos a bailar automáticamente. Yo sabía bailar este tipo de mierdas de memoria y por la soltura de doña Abigail parecía ser que ella también.

- Bueno y dime, ¿cuál es tu plan? ¿Qué estemos bailando como imbéciles hasta que esta mierda de evento acabe? - pregunté molesto. Bailar con ella un vals no entraba precisamente en mis planes para esa noche, pero entendía que me hubiera utilizado para escaquearse de don Albóndiga. Perfectamente comprensible. - Con la parrafada que te ha soltado de lunas y estrellas yo creo que no se va a dar por rendido tan fácil. - advertí con un suave gesto de cabeza, lo más disimulado que pude. Señalaba hacia la barra, justo donde habíamos dejado a don Albóndiga con su decepción. Por el rabillo del ojo veía que no se movía un ápice y que de hecho parecía mirarnos fijamente. - Tengo miedo de que se ponga celoso, venga para acá y me aplaste. - dije en coña mientras me movía, apenas consciente de los ritmos de la música. - En realidad no sé para qué hemos venido, quitando al Belius y al ministro, la gente ni nos ha mirado. - comenté, estaba claro que allí solo estábamos para hacer acto de presencia. Putas formalidades sin sentido
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Jue Sep 24, 2015 1:11 am

Estaba claro que de pequeños todos éramos gilipollas, tanto los de Slytherin, como los de Gryffindor. Aunque estaba claro que eran distintos tipos de gilipolleces. A ver, no había que ser muy listo para darse cuenta de lo imbéciles que éramos con quince años. Hasta yo me avergüenzo de algunas cosas que hice, pero vamos, es lo que había. Los Slytherin vivían para martirizar a todos los habitantes de ese castillo mientras que los Gryffindor estaban para rivalizar contra los Slytherin y quedar de valerosos lameculos. Los Hufflepuff y los Ravenclaw están porque en uno tenían que entrar los inteligentes que no perdían el tiempo y en la otra el resto: los que sobran.

Normal, a mí los Gryffindor me caían como el culo. Bueno, me siguen cayendo, míranos —solté un bufido, pues la realidad hablaba por sí sola—La verdad es que sí, yo era de esas que iba jodiendo a todo el personal que pudiera, solo por diversión —Recuerdo a una chica que se llamaba Ellaen, que la inflé, la até a la torre más alta y la dejé volando ahí toda la noche como un globo de Helio sin dueño. ¿Y esa tal Melinda? Destrocé su relación porque me dio por enrrollarme con su novio delante de ella. Obviamente su novio no se le ocurrió decirle que no a semejante bombón como era yo por mantener una relación con esa tía del tres al cuarto… De hecho, le hice un favor al tío. Sonreí nostálgica y me encogí de hombros—Éramos pequeños e inmaduros. Ahora míranos, sabemos comportarnos como personas adultas —Porque bueno, no éramos ni yo la Abi de Slytherin de diecisiete años ni él probablemente el Magnus Gryffindor de la misma edad, por lo que tras madurar te das cuenta de que la rivalidad en Hogwarts es una auténtica tontería. Por lo menos yo, solo la usaba para divertirme.

Obviamente, muy obviamente, no iba a bailar con Belius. ¿Estábamos locos? Tenía una reputación que mantener en Hogwarts y otra que mantener ahora. Era demasiado gordo y bajito para mí, por favor, pareceríamos gilipollas bailando juntos. Y mira que yo soy bajita, por lo que ya es decir que un hombre es demasiado bajito para mí. Así que no me corté ni un pelo, le eché el muerto a Magnus y me lo llevé a bailar. Prefiero mil veces bailar con él que tener que aparentar un baile de ese tipo con alguien como Tibelius. Qué horrible.

Cuando llegamos a la pista de baile y le sujeté como las formalidades de ese tipo de baile estipulaban, él se quejó. Parecía una mujer, siempre quejándose. Me preguntó por el plan y lo miré con una mirada cómplice, desviándola levemente ante la clara confesión de que no tenía ningún plan.

He improvisado, ¿vale? No quiero bailar con ese tío… —dije eso último bajando un poco la voz y girando mi cabeza hacia el lado contrario hacia donde estaba Belius—Me da asquito y parece que tiene peluquín —alcé el lateral de mi labio superior, en un gesto de desagrado. A mi también me daba la impresión de que no iba a rendirse fácilmente, lo cual lo hacía realmente admirable. ¿Lo hacía por cortesía o porque realmente estaba interesado? ¿Será consciente de que hay chicas que están por encima de sus posibilidades y yo estoy en esa categoría? Nunca me ha ido eso de ocultar mi desdén hacia la personas, pero en aquella ocasión iba a tener que controlarme para no mandarle a la mierda literalmente si vuelve a insistir—Ya… y para colmo el único que nos hace caso es Tibelius y al final, para lo de siempre, porque no es más que otra estúpida fiesta formal de las que hay a patadas en nuestro Ministerio —añadí a su queja, ya que a mí también me repateaba no solo haber venido a Francia, sino tener que soportar otro evento como este. Eventos a los que, por mi cargo, estoy hasta los cojones de ir. Tras una leve pausa, mi emoción de desagrado por todo lo que me rodeaba, fue la encargada de encender una pequeña bombillita en mi cerebro—¿Y si nos vamos?

Vale, quizás no era lo más adecuado, pero sin duda era lo que ambos queríamos, eso casi seguro. Podríamos perdernos entre la multitud para que Tibelius no nos viera y escurrirnos a cualquier lado para poder desaparecernos. Mañana ya me inventaría cualquier excusa.

Ya hemos hecho acto de presencia —Y yo podía sobrevivir sin tirarme al Ministro Francés, la verdad—Yo creo que ha sido suficiente. Si no nos ven, no nos echarán de menos…

Había sido un poco estúpido asistir para irse en menos de una hora, pero seamos sinceros… Soportar una velada así entre tanta gente desconocida no era nada agradable y, mucho menos, con un tío gordo, bajito y con peluquín besándote el culo para que bailes con él. Incluso podríamos alegar mañana que yo o él enfermamos y tuvimos que irnos urgentemente, si es que las mentiras estaban a la orden del día y a mí se me daba de cojones mentir.
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