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Where do we draw the line? [Magnus Brooks]

Abigail T. McDowell el Jue Sep 03, 2015 6:33 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Where do we draw the line? [Magnus Brooks] - Página 2 B8sshj

Los mundiales de Quidditch estaban a punto de empezar y, como tal, los festejos también. El Ministerio Francés de Magia solía tener un gran vínculo con el nuestro, sobre todo por la relación de los Ministros actuales y, teniendo en cuenta que los mundiales se celebraban en Francia, requerían de la figura más representativa de Londres para los últimos ajustes al programa. Por lo que Benjamin Winslow tenía unos compromisos a los que asistir, motivo principal para estresarme yo, ya que me tocaba quedarme al mando en ciertos aspectos del Ministerio, totalmente sola y sin jefe.

No obstante, cuando ya me había organizado, todos los planes cambiaron por completo. El Ministro me había dicho que le era imposible viajar a Francia por “motivos personales”, por lo que me pedía encarecidamente que, como su Asistente y persona de mayor confianza laboral, fuera en su nombre y como representante. Mi cara fue un poema trágico de negación continua. Al principio me negué, más por pereza que por otra cosa, pero finalmente el Ministro y su persuasión me hicieron tener que aceptar. Cómo si me quedase otra opción…

Lo peor de todo no era eso, sino que como noticias de última hora, uno de los jugadores del equipo de los Tornados de Tutshill había sido denunciado por doparse para los partidos, por lo que todos los jugadores debían de ser sometidos a juicio para saber si los descalificaban. Teniendo en cuenta que era un equipo británico, reclamaron la presencia de un fiscal de su mismo país para su defensa, interrogatorio y su sentencia.

La idea iba de mal en peor.

Qué por norma general un viaje de trabajo como este no me hubiera importado, ¿pero tener que ir acompañada de Magnus Brooks? Cada vez me apetecía menos. Había insistido al Ministro en ir por separado, hubiera sido mejor, pero él insistía en que mejor si iba acompañada, pues daría una mejor imagen.

Los planes eran pocos: asistir la primera noche al evento de apertura que se celebraría en una de las mansiones francesas de uno de los peces gordos del Ministerio Francés, a dónde estábamos invitados tanto Magnus como yo. Al día siguiente sería el juicio por su parte y algunas reuniones por la mía. Dependiendo de cómo fuera el juicio, íbamos a tener que quedarnos más tiempo. Esperaba que Magnus fuera tan bueno como alardeaba serlo y no tardase más de lo propio en saber aclararlo todo.

El evento era un viernes por la noche, por lo que el Ministro me dio el día libre debido al favor que le estaba haciendo. Preparé una pequeña maleta (pequeña por fuera, infinita por dentro) con todo lo necesario para los días que íbamos a estar en Francia y me vestí de manera sencilla pero profesional. Unos pantalones de pinza ajustados, unos tacones negros y cerrados pero con un tacón de muerte y un top verde bajo una chaqueta del mismo color que los pantalones. Mi pelo, como de costumbre, estaba liso y peinado.

Llegué a las 16:30 a las chimeneas privadas del Ministerio de Magia, posicionadas cerca del despacho tanto del Ministro como del mío. Había quedado a esa hora con Magnus, pues al otro lado de la chimenea estaría el encargado de guiarnos a nuestro hotel a las 16:40.

Impacientemente esperé, pues no me quedaba otra opción.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Sep 25, 2015 3:46 pm

Me quedé con el culo torcido cuando Abi le soltó a don Albóndiga que me prometió a mí bailar en cuánto acabáramos las bebidas. Vaya manera más descarada de pasar del culo del Tibelius y echarme el marrón a mí. Bailar con doña Abigail no estaba en mi lista de cosas que hacer esa noche, pero tuve que joderme y seguirle el rollo. Me cago en la puta, con lo divertido que hubiera sido verla bailar con el Mandongui de los cojones… me hubiera reído la vida. Que la verdad, me reiría ver bailar a ese tío con cualquier tía, porque siendo tan bajito y gordo su única compañera de baile aceptable es una enana.

- Ya sé qué no quieres bailar con él, ¿por qué te crees que le he dado permiso para que me arrebate a esta “maravillosa y dulce compañía”? - pregunté retóricamente, imitando la voz de don Albóndiga en la última vez. No entendía para qué carajo habíamos ido, porque todo el mundo pasaba de nosotros. En este sentido hasta me alegraba de haber ido a ese maldito viaje de negocios con Abi, por lo menos tenía algo de conversación. Si no probablemente me hubiera pasado la noche en la barra mirando el infinito y cagándome en mi jefe segundo tras segundo. Escuché lo que me decía, y arqueé la ceja, reflexionándolo durante un momento. Sí, la verdad, para que mentir, lo suyo sería irse. Y no dudaba que no nos echarían de menos, si ni siquiera repararon en nuestra presencia, ¿quién se iba a fijar que esos dos del ministerio británico que estaban marginados se habían escaqueado? Vale, el Albóndiga. Ese se iba a dar cuenta fijo. Más que nada porque lo observaba por el rabillo del ojo y miraba a Abi fijamente. - El Albóndiga no te quita ojo de encima. Como te siga mirando con tanta intensidad te va a borrar. - comenté mientras lo seguía mirando de reojo. Era interesante el empeño que le ponía el tío. - Sí, yo también creo que es lo mejor es que nos vayamos. No creo que mañana nos digan nada, si comentan algo decimos que nos sentó mal algo que comimos, nos sentíamos indispuestos y punto. - odiaba tener que dar explicaciones, pero no estaba de más tener alguna excusa preparada.

Terminó el vals y en el transcurso de acabar este y empezar el siguiente, muchas parejas se cambiaron entre sí. Otras se fueron a la zona de las bebidas, y otras llegaban a la pista. Aprovechando que había más gente por medio me escabullí de la multitud con Abi. Salimos por la puerta sin que nadie nos dijera nada, ni nos interrumpiera. No me fijé en sí don Albóndiga se dio cuenta de nuestra huida, pero como así fuera se le rompería el corazón al subnormal. Volvimos a utilizar la Red Flú y en unos minutos nos encontrábamos de nuevo en el horrendo vestíbulo del hotel.

- ¿De qué se supone qué son las reuniones que tienes mañana? ¿De papeleo y crear lazos entre ambos ministerios o tienen alguna utilidad real? - pregunté más por curiosidad que por otra cosa mientras subíamos en el ascensor que nos dejaría en nuestra planta. Ya tenía bastante con lo mío como para que preocuparme del trabajo que tenía que desempeñar la pelirroja. - Espero que mañana a estas horas ya estemos en Inglaterra. Que no creo, porque aunque se solucione la mierda de los Tornados mañana habrá que hacer papeleo y mierdas varias. Y eso siempre lleva su tiempo. - comenté a la vez que se abrían las puertas del ascensor. En fin, teniendo en cuenta la importancia del caso a lo mejor tardaban dos o tres horas en arreglarse por el canal burocrático, que en otras circunstancias sería un tiempo récord, pero entre ese tiempo extra y que los juicios siempre tienen lo suyo, no nos veía huyendo de esa mierda hasta el domingo por la mañana mínimo.
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Abigail T. McDowell el Dom Sep 27, 2015 3:08 am

Desde que terminó el vals, ni él ni yo dudamos en salir de allí. Aquello era una putísima mierda. Bastante tenía con tener que soportar cada una de las que se crean en Londres por pura formalidades, ya que absolutamente todo el Ministerio me conoce, como para encima tener que hacer el paripé en Francia porque mi maldito Ministro está “indispuesto” para venir. Perseguí a Magnus, el cual se abría paso hasta llegar nuevamente a la Red Flu del Hall para volver al hotel. La verdad es que seamos sinceros: la idea de pasarme la noche en Francia en mi habitación viendo la televisión o leyendo una novela barata, tampoco llamaba lo más mínimo mi atención.

Comenzamos a caminar nuevamente hasta el ascensor y Magnus me preguntó por lo que tenía que hacer mañana. Aunque sonase enfermo, ya tenía todo organizado para mañana. Solía mantener mis cosas al día en mi puesto de trabajo y como no tenía intención quedarme más tiempo del estipulado, quería esforzarme para irme de Francia lo más pronto posible o en Londres se me iba a acumular el trabajo de manera apoteósica. El Ministro será muy bueno en su trabajo, pero en lo que es ordenándolo y sacándolo AL DÍA no lo era. Por suerte era fin de semana y no había tanto trabajo como entre semana.

Tengo tres. Mayormente son reuniones cotidianas en el que mi papel es bastante irrelevante, pero según comentan el apoyo del Ministerio Británico es de mucha importancia y, sobre todo, la opinión del Ministro, vamos, la mía —puse los ojos ligeramente en blanco— Pero tengo una en relación con los mundiales. No me dieron demasiada información, pero supongo que será importante teniendo en cuenta que empiezan en breve, quizás necesiten ayuda de nuestro Ministerio —le expliqué por encima, ya que de la última no tenía prácticamente idea alguna. Que me daba igual, la verdad, ya improvisaría en el momento ante cualquier cosa.

Las puertas del ascensor se abrieron y ambos seguimos caminando por el pasillo hacia nuestras habitaciones mientras él comentaba que probablemente tardaríamos más de lo esperado en volver a Londres. Tenía pensamientos de pasar el domingo en casa, pero por lo que decía Magnus, mejor no hacerse ilusiones.

¿No pueden encargarse del papeleo ellos? O quizás no les importe que se solucione lo que sea desde Londres —O también podría irme yo si terminaba y que él se quedase pringando. Sería un poco feo, tanto entre nosotros como a ojos ajenos, pero oye, era una solución.

Y entonces, ambos llegamos a nuestra puerta de habitación. ¿Sonaría a indirecta si le digo que no se me apetece lo más mínimo entrar a mi habitación y pegarme el resto de la noche sin hacer nada? Sonaba a indirecta de todas las maneras posibles que había para decirlo. Así que simplemente decidí ser directa y clara. A lo mejor él prefería irse a dormir, en tal caso, ya vería qué cojones se me pasaba por la mente, pero está claro que encerrarme yo sola en mi habitación no era la manera en la que iba a acabar mi noche.

¿Te vas a dormir ya? —pregunté directamente, antes de que abriera la puerta de su habitación—Llámame inconformista, pero no es lo mismo no querer estar en esa puta bazofia de fiesta que querer irme a dormir ya. Es viernes, me he pegado durmiendo toda la tarde y quiero hacer algo, sobre todo teniendo en cuenta el sábado que nos espera —le dije, apoyándome en mi puerta con el hombro—¿Te apuntas o te vas a la cama?

Mañana iba a ser una puta mierda de día, por lo que quería aprovechar la noche para empezar el sábado con ganas o me iba a deprimir antes de entrar en la segunda reunión junto a Mandongui.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Sep 29, 2015 10:47 am

Nos escaqueamos de la fiesta mierdosa sin llamar la atención, o al menos eso parecía. No era muy tarde, no pegaba que me fuera directamente a dormir, aparte que no tenía sueño. Así que pensaba dedicarle un par de horas o más a revisar la documentación del juicio del día siguiente, y también a ponerme gordo a costa del servicio de habitaciones del hotel. Vamos, lo mismos que hice esas eternas seis horas antes del puñetero evento. Le pregunté a la pelirroja por las reuniones, dando por hecho que serían mierdas para que entrelazar los apoyos entre ambos Ministerios y ese tipo de cantinela que se escuchaba a menudo por los pasillos del Ministerio. Hay estrechar lazos con el Ministerio de Francia, con el de Alemania, con el de Italia, con el de Rusia, y si te despistas, hasta con el Ministerio de los putos esquimales. En fin, de esas putas mierdas sabía bastante, el primer departamento en el que curré fue precisamente el de Cooperación Mágica Internacional. Fue una pesadilla.

- Joder tía, debes cobrar bastante bien para aguantar semejante mierda. No soporto ese tipo de reuniones, por algo me fui del departamento de Cooperación. - cierto es que de eso ya hacía diez años, por aquel entonces yo era un joven que acababa de salir de la universidad, con flequillo tapándole los ojos, cara de bueno (según mi madre) y con ganas de comerse el mundo. No aguanté ni tres años allí, luego me las piré al departamento de Entrada en Vigor de la Ley Mágica, donde sí trabajaban en condiciones y donde me formé para mi objetivo, que siempre fue el Wizengamot. - Vamos, un fin de semana divertido. ¿Por qué se ha librado el ministro de venir, por cierto? ¿Qué excusa se ha inventado? - pregunté dando por hecho que se había escaqueado con todas las de la ley. Es lo bueno de ser el jefe supremo, que puedes hacer lo que te salga de los cojones.

Previne a Abi de que probablemente mañana no estaríamos de vuelta en casa. Y todo esto partiendo de la base de que el juicio se solucionara en un día, tenía material y recursos para zanjarlo. Pero por experiencia también tenía en cuenta que la mayoría de los juicios son imprevisibles, y que muchas veces la defensa se saca cosas de la manga… mierda, ahora no sería la defensa, sería el fiscal. Porque el jefe del departamento es subnormal y no aprendió en Barrio Sésamo la diferencia entre fiscal y abogado, y ese fin de semana tenía que meterme en la mente de un abogado. En fin, fuera como fuera, no podíamos planear al dedillo volver mañana porque era imprevisible. Y a eso súmale la mierda burocrática, que aunque en este caso tardase mucho menos de lo habitual, ya sería más de lo deseable.

- No tengo ni puta idea, que quieres que te diga. A ver que me encuentro mañana y si puedo negociar ese punto y echarle el marrón a los becarios. - comenté encogiéndome de hombros, porque realmente hasta que no estuviera allí no podía saber cómo reaccionarían los del Ministerio francés. A lo mejor el juicio era amigable y tenían un buen día y no se les importaba que la parte burocrática se hiciera desde Londres, o estaban de mala hostia y me obligaban a solucionarlo en persona.

Iba a abrir la puerta de mi habitación y despedirme hasta el día siguiente cuando escuché su propuesta. La miré con una sonrisa burlona, sin poder creerme muy bien lo que escuchaban mis oídos. Vamos, que lo qué quería era follar. Teniendo en cuenta que horas antes le había propuesto plan de gordos y se negó pensando que quería follar, me parecía un poco raro. Bueno, la respuesta era sencilla: Abigail es bipolar. Punto. No tiene otra explicación.

- Pelirroja, si quieres follar dímelo y ve al grano. Aunque no entiendo entonces por qué esta tarde me mandaste al carajo, no fomentes ese cuento popular de que las tías sois bipolares. Que no quita - aclaré, levantando la mano en un gesto - que esta tarde mis intenciones no fueran las que tú pensaste. Solo quería plan de gordos. En serio. No me voy a negar al sexo si surge, pero creo que vales bastante más que para meterla. Me caes bien. Aunque al final siempre acabemos discutiendo, pero tienes neuronas. - que yo reconociera la inteligencia de una persona era casi el mayor piropo que podía soltar. No soy precisamente alguien que reconozca los méritos ajenos con ligereza. - No pensaba dormir yo tampoco, lo último que tengo es sueño, así que te vuelvo a proponer un plan de gordos y a darle trabajo al servicio de habitaciones del hotel. O salir por ahí a algún pub para que encuentres otro Mandongui, siempre y cuando no te metas conmigo por pedirme una cocacola. - si no se metía conmigo por eso se metería por otra cosa, pero me tocaba mucho los cojones que se mofaran a mi costa cuando hago las cosas bien. No tengo la culpa de que el puto alcohol sea una droga tan extendida que si no lo consumes parezcas gay.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Jue Oct 01, 2015 2:01 am

A mí tampoco me gustaban nada ese tipo de reuniones. Eran aburridas, llena de formalidades y de opiniones asquerosas. No era por parecer aquí la mandamás con mis opiniones, pero debían de admitir que había gente que no tenía ni puta idea de cómo llevar con orden algunos asuntos, ni de arreglar algunos problemas. A veces me sentía la cabeza de las reuniones junto al Ministro. De verdad, en la mayoría de ocasiones el Ministro y yo salíamos pensando que por qué cojones nos reuníamos con gente si al final siempre hacíamos lo que nos salía de los cojones, porque aparte de ser la mejor manera de mantener un orden, el Ministro era el que tenía la última palabra. Actualmente teníamos que seguir manteniendo el Ministerio en orden y en ocasiones, teniendo en cuenta el amor que siente Lord Voldemort por el desorden y el caos, lo más que me estaba temiendo era que cogiera el poder y decidiera destrozar el Ministerio. Llamadme hereje, pero a mí el orden en asuntos profesionales me pone. Por algo me consideran una obsesa del orden y del control en mi trabajo.

Lo mejor que hiciste —le dije claramente—A mí me encanta mi puesto, lo único malo es que como Asistente a veces me toca asistir a más reuniones a mí que al Ministro, pero ya estoy acostumbrada —añadí, ya que yo ya no sufría en esas reuniones. Había aprendido a cómo resaltar y dejar claro mi punto de vista, que, normalmente, siempre era el mejor. Además, tenía una labia increíble y rara vez no conseguía convencerlos a todos. Miré de reojo a Magnus cuando me preguntó por el Ministro—Pufff… cada vez que lo pienso me dan ganas de matarlo, de verdad —dije claramente molesta—Su única explicación fue que estaba indispuesto, por motivos personales. De verdad, los putos “motivos personales” me tocan los cojones —me quejé molesta, pues seguro que le había dado puta pereza venir y había cogido la puta excusa más usada de toda la historia.

Maldito egocéntrico. Eso fue lo primero que me pasó por la mente cuando dijo que si lo que quería era follar no tenía más que decirlo. Él sabe perfectamente que si me lo quiero follar, no le pido permiso. Lo miré con los ojos ligeramente entrecerrados mientras hablaba, mirando a esa sonrisa burlona que le acababa de salir. Vale, que podía dar lugar a confusiones… si al final me acababa de pasar lo mismo que le pasó a él esta tarde. Pero era lo que él decía, por muy cabrón que fuera a veces, era una buena compañía. Finalmente, cuando me dio a elegir entre el plan de la tarde y salir a un pub… me miré de arriba abajo: una hora preparándome para nada. Pero debía de admitir algo: mejor quedarme en casa pasándomelo bien con alguien que sé que me lo voy a pasar bien a salir por ahí y llevarme un chasco. Francia no es famosa por sus fiestas precisamente. Además, Magnus a pesar de lo egocéntrico cabrón que sea a veces y que me llame Abigail, me caía bien cuando no discutíamos. Él y yo en una reunión sí que no nos aburriríamos. Nos la pasaríamos todo el rato discutiendo, seguro.

Me quedo con el plan de gordos —dije, acercándome a su puerta para empujarla —pues estaba media abierta— y meterme en el interior de su habitación—Y no soy bipolar, soy selectiva. Me gusta hacer lo que me apetece cuando me apetece. ¿A ti no? —le guiñé un ojo, acercándome al salón y apoyándome en la parte de atrás del sillón, apoyando mis manos a la misma, mirando a Magnus que entraba por la puerta—¿Y cuál es el primer paso de tu plan de gordos? ¿Mirar la carta de comida y arruinar al servicio de habitaciones, no? —curvé una sonrisa, cogiendo de la mesita que estaba al lado del sillón la carta, observando que ponía que el buffet libre era a las nueve—Teniendo en cuenta que la cena y el buffet libre fueron hace una hora y media, tendrán que hacer todo de cero y tardarán en traernos cualquier cosa —comenté como dato adicional para que no se hiciera ilusiones de tener la comida a corto plazo, apoyada en el sillón pero con la vista fija en la carta.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Oct 02, 2015 2:32 pm

Me tuve que reír con la excusa que había puesto el ministro para escaquearse. Motivos personales. Joder, Winslow, alma de cántaro, ya que estás invéntate algo más creíble, o explica cuáles son esos putos motivos personales. No soporto la pereza, cierto que muchas veces soy el primero en caer en ella, pero solo cuando mis obligaciones me lo permiten.

- Mira que yo no quiero llegar a ministro, debe ser un puto coñazo, pero creo que vale la pena solo por conseguir hacer lo que te salga de los cojones. Una excusa muy creíble, sí. - dije irónicamente, poniendo los ojos en blanco. Muchos todavía pensaban que mi ambición no paraba en el Wizengamot y que quería ser ministro algún día. Y supongo que a mi padre le encantaría eso, un motivo más para no serlo. Quitando el tema de mi padre, no me interesaba para nada tener tanto poder. Con el que tenía dentro del Ministerio me bastaba y sobraba.

Obviamente lo primero que pensé con su propuesta fue que quería follar. Ya no por la propuesta en sí, que deja caer lo lógico, sino porque horas antes fui yo el imbécil que le propuso plan para pasar la tarde. ¿Y qué hizo doña Abigail? Me mandó a masturbarme en el jacuzzi. Todo muy maduro y profesional. Si fuera un ser amargado y rencoroso la mandaría a la mierda y le diría lo mismo, pero como en el fondo soy buena gente (solo en el fondo) le propuse salir a tomar algo por ahí o el plan de gordos. Básicamente porque tampoco hay gran cosa que hacer. Aceptó el plan de gordos y entró en la habitación diciendo que era selectiva. Los cojones.

- Bonito eufemismo, Abigail. Algún día me tendrás que decir tu segundo nombre para poder llamarte con el nombre completo en condiciones. - propuse burlón, sabiendo lo mucho que le jodía que la llamara Abigail. Precisamente por eso lo hacía. - Te pega Raimunda. Abigail Raimunda McDowell. - recité divertido, diciendo el primer nombre horrible que se me ocurrió. Que la verdad, Abigail tampoco es que sea un nombre precioso, entiendo que prefiera acortarlo a Abi.  Me quité la chaqueta y la dejé encima de un sillón. Escuchaba de fondo a Abi diciendo no sé qué del servicio de habitaciones, sobre que iban a tardar. Me encogí de hombros y me fui quitando la ropa hasta quedarme en bóxers. Total, me había visto desnudo un montón de veces, no es que tenga mucho reparo en cambiarme delante de ella. - Voy al baño mientras te decides. A mí pídeme una pizza barbacoa familiar, un paquete de patatas grande y una botella de Cocacola Zero. Que tarde lo que tenga que tardar, total, es relativamente temprano. - la verdad es que no tenía ni puta idea de qué hora era, pero no era hora de irse a dormir así que con eso me bastaba. Había pedido una buena cantidad de comida, pero si no soy exagerado no soy yo.

Entré al baño y eché una buena meada. Luego rebusqué en mi bolsa de viaje y saqué un pantalón de pijama. Era muy típico y simple, blanco y azul a rayas. Tenía muchas manías, y entre ellas estaba el dormir con pantalón pero no con camiseta. ¿Por qué? Ni puta idea, pero sin pantalones no estoy cómodo. Volví al salón un momento mientras Abi seguía ensimismada con la carta. Recogí el traje, lo guardé en el armario de la suite y volví al baño. Me estaba lavando los dientes cuando noté algo raro en mi ojo derecho. No veía bien. Me giré sobre mí mismo un par de veces, perplejo, mirándome en el espejo. Casi me da algo cuando me di cuenta de lo que pasaba: se me había caído una lentilla.

- ¿Pero qué coño…? - exclamé en voz alta, todavía dando pequeños giros sobre mi cuerpo, mareándome por el cambio de visión del ojo izquierdo al derecho. Era la primera vez en mi vida que se me caía una puta lentilla. - Me cago en el puto Merlín joder. - mascullé volviendo al salón con el ojo derecho cerrado. Si centraba la vista con el izquierdo no me mareaba tanto, claro que tener un ojo cerrado todo el rato es tremendamente incómodo. Mi varita estaba sobre la mesa de la suite. - ¡Accio Lentilla! - conjuré esperando a que apareciera la muy puta. Sin rastro. Abi se debía pensar que me había dado un ataque esquizofrénico. Una sospecha empezó a fraguarse en mí. - Engorgio. - conjuré apuntando con mi varita a mi carpeta de documentos del juicio, también situadas encima del escritorio. Tenía que haber aumentado de tamaño pero por el efecto que hizo, o sea, ninguno, parecía que en vez de una varita tenía un puto palo en la mano. - Abi, ¿probaste a hacer magia esta tarde cuando estabas en tu habitación? - pregunté, muy preocupado por la puta lentilla. Tenía su lógica que el hotel estuviera hechizado para invalidar cualquier conjuro, suponía que por seguridad, prevenir duelos y toda esa mierda. No era el primer hotel mágico con esas características que visitaba. - Me cago en la puta, he perdido una lentilla y no veo ni tres en un burro. - mascullé malhumorado, yendo otra vez al baño. Debía tener un aspecto ridículo despeinado, con los pantalones a rayas y un ojo cerrado. Me quité la lentilla que me quedaba con el pensamiento de ponerla en su estuche para limpiarla un poco e hidratarla. Esperaría un rato sentado en el váter. Pero antes de ponerla en su estuche se me escurrió. Ahora no veía nada. Pero nada de nada, y ambas lentillas estaban perdidas. - ¡¡Abi, se me ha perdido la otra lentilla!! - grité sabiendo que se iba a reír de mí toda la vida por el numerito. Pero joder no veía nada. Nada. Soy un puto cegato.

Volví al salón con las manos en alto para tocar los objetos que me iba encontrando y no meterme una buena hostia. Solo veía manchas borrosas y en un extremo del salón, sobre una mancha verde que suponía que sería el sillón, veía otra mancha naranja. Esa debía ser Abi, digo yo.

- La cama, por Merlín Abi, dime donde está la cama, me tengo que sentar. No veo nada joder. - iba avanzando a tientas, pero mi técnica de los brazos no dio del todo resultado. Me choqué contra una tremenda mancha marrón (¿la parte posterior del armario?) y fue una hostia tan brutal que me caí de espaldas. Solté un tremendo quejido de dolor, porque me había roto todo el puto culo. Ahora estaba ciego e inválido. La pedazo de hostia que había recibido era tan épica que el dolor estaba siendo inimaginable.
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Abigail T. McDowell el Lun Oct 05, 2015 2:28 am

Miré a Magnus con reproche cuando me preguntó por mi segundo nombre. Menos mal que no tenía, ya tenía suficiente con tener que soportar un nombre que odiaba como para tener que lidiar con dos. Él sería el típico imbécil que me llamaría por ambos. Tuve que sonreír cuando me llamó Raimunda, negando con la cabeza. Solo él era capaz de buscar el nombre más feo de la historia para ponérmelo a mí. En realidad de mi nombre no me gustaba nada. Mi nombre no me gustaba y mi apellido tampoco, aunque básicamente porque era el de mi madre y odio a mi madre. Pero era mejor eso a ponerme el del estúpido de mi padrastro. Y, quieras o no, al ser ella un aurora bastante reconocida, me daba un voto de credibilidad y confianza.

Magnus se fue para el baño tras decirme lo que quería y no me costó retenerlo en la mente hasta yo decidirme. Lo miré mientras se iba el bóxers, mirándole el culo. La verdad es el que el cabrón tenía un cuerpo diez. Volví a prestar atención a la carta para decidirime, había tantas cosas que, aun no teniendo hambre, ya me estaba sonando la barriga. Finalmente me decidí por algo parecido a lo de él. Total, la pizza siempre es bienvenida a una noche de gordos. Cogí el teléfono y marqué el número del servicio de habitaciones mientras veía a Magnus llevarse su traje. Yo también debería cambiarme…

Hola, servicio de habitaciones. ¿Qué podemos hacer por ti? —preguntó alguien al otro lado del teléfono.

Buenas. Una pizza barbacoa y otra carbonara, ambas familiares, un paquete de patatas fritas grande, nachos con queso y dos botellas de cocacola zero —para mantener la línea, tal… Vamos a ir de sanos, no se me apetecía beber alcohol teniendo en cuenta la semejante mierda que iba a comer esta noche.

¿Algo más? —preguntó la voz del otro lado del teléfono.

Quizás algo dulce. ¿Qué me recomienda que sea dulce? —pregunté, ya que obviamente no me había terminado de leer la carta.

Tenemos tarta de queso con arándanos, unos donuts rellenos de chocolate, crepes con nutella, gofres…

Pero entonces, antes de poder seguir escuchando a la voz del otro lado del teléfono, Magnus apareció como loco por la casa, apuntando con su varita a todos lados mientras intentaba que su lentilla volase hacia él. Me quedé mirándole con sorpresa, sobre todo porque parecía retrasado con un ojo cerrado y con esos pelos.

—Apunte también dos gofres con nutella… —dije, antes de colgar y acercarme a Magnus, el cual me preguntó que si había hecho magia—No, pero porque me imaginaba que no se podía. Suele ser así en casi todos los hoteles mágicos —contesté a su pregunta, ya que él al parecer había caído en eso ahora. Teniendo en cuenta mi trabajo, no era la primera vez que iba a un hotel mágico.

Cuando dijo con todo el odio del mundo que había perdido la lentilla, curvé una sonrisa de lo más divertida al verle tan frustrado. Parecía más cabreado por la lentilla de lo que nunca le había visto yo cabrearse. Gracias a Dios mi vista era perfecta y no tenía que depender de lentillas o gafas. Me encogí de hombros cuando volvió a irse al baño, asumiendo que se quitaría la otra lentilla y se pondría las gafas. No obstante, cuando llegué nuevamente al salón, el grito que soltó en el baño hasta me asustó. Eso sí, me tuve que partir el culo porque aquello me parecía de lo más divertido. Ya sé cuál es el punto débil de Magnus: las lentillas.

Me acerqué a él cuando le vi salir cegato perdido con las manos en alto, escuchando como me pedía que le dijera donde estaba la cama. Antes de que pudiera decirle nada, él solo caminó hasta allí y…

¡Espera! —intenté avisarle, pero tremendo partigazo se pegó contra el armario.

Y no pude evitarlo, estallé de risa allí mismo. Pero una sonora risa, de esas que molestan. ¿Sabes esa risa cuando un amigo se hostia en frente de ti y lo primero que haces es partirte el culo antes de ayudarle? Pues me pasó exactamente lo mismo. Una carcajada viva y que no pude evitar. Como lo vi un poco indispuesto y me dio algo de pena, ya que siempre Magnus había adoptado esa pose de chico malo, serio y de que nada puede con él, el hecho de que una lentilla le volviera tan vulnerable y tonto hacía que me diera hasta pena. Me acerqué a él aún riéndome y le cogí las manos tras agacharme.

A la de tres, ponte de pie —le dije—Una, dos y… tres —Y tiré de sus manos para ponerle de pie, todo un reto teniendo en cuenta que estoy en traje y tacones todavía—¿Estás bien? —pregunté, con un hilo de voz en el que se reflejaba claramente que estaba aguantándome la risa. Su cara de mala hostia y desconcierto era la caña, de verdad—Tu boggart son lentillas perdidas en habitaciones de hoteles en dónde no se pueda hacer magia, ¿verdad? —le pregunté divertida, soltándole una mano para con la otra guiarle hasta la cama. Una vez se sentó y estaba alejado de objetos punzantes o demasiado grandes en dónde pudiera atentar contra su vida, lo miré—¿Dónde están tus gafas? —pregunté, dando por hecho que todo ser humano con falta de vista lleva consigo siempre las gafas. Era una putada haber perdido las lentillas, pero tampoco era el fin del mundo.

Ahora pensándolo creo que nunca había visto a Magnus con gafas. ¿Serán de esas pequeñas que le hacen envejecer diez años? ¿Sin montura? ¿De pasta? La verdad es que sin acostumbrarme y sin haberle visto, todas me parecían que le quedaban horrible.

Porque habrás traído tus gafas, ¿no? —pregunté, por si acaso hubiera sido el imbécil de turno. Quería reírme de él, pero había que priorizar: primero hacía que Magnus no se matase a sí mismo por no saber por dónde está caminando y, luego, ya me río de él durante toda la noche por ese: “ABI!! SE ME HA PERDIDO LA OTRA LENTILLA!!”. De verdad, épico. Por no hablar de la hostia que se dio. No se me olvidará en la vida.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Oct 06, 2015 4:40 pm

No me lo podía creer. Jamás tuve problemas con las lentillas, y las usaba desde los catorce años. Cuando tenía esa edad decidí que estaba harto de arreglar mis gafas treinta mil veces diarias, ya que siempre se me rompían cuando me metía en líos. Aparte del aspecto tan ridículo y empollón que me daban, que sí, que era el típico que sacaba siempre muy buenas notas, pero esas pintas de nerd no me pegaban. Conseguí convencer a mi madre de que me comprara lentillas y desde entonces, renovándolas cuando me tocaba y cuidándolas como debía, jamás tuve ningún problema. Hasta hoy.

No podía creerme que se me hubiera caído una. Era demasiado irreal. Intenté atraerla con magia, mientras escuchaba de fondo a Abi llamar al servicio de habitaciones. Cuando me di cuenta que la varita en mis manos parecía más un puto palo inútil, caí en la cuenta de que el hotel tendría puñeteras normas de seguridad. Le pregunté a Abi y me lo confirmó. Solté un enorme gruñido y confesé que había perdido una puta lentilla. A ella le pareció muy gracioso, lo que provocó que me pusiera de peor humor todavía. Y a eso hay que sumarle lo terriblemente incómodo que es ir por la suite con un ojo cerrado.

Mi intención era dejar hidratar un rato la lentilla que me quedaba en su estuche, sentarme en el váter y pensar cómo coño encontrar la otra lentilla. Pero al quitármela se me escurrió la puta lentilla troll de los cojones y ya sí que no veía nada. Nada. No recuerdo exactamente cuántas dioptrías tengo, pero son bastantes. Hasta tal punto de que sin lentillas o en su caso extremo, gafas, estoy perdido. Le grité angustiado a Abi mi peripecia, sabiendo que se iba a reír de mí hasta el día del Juicio Final. Salí del baño con el objetivo de llegar a la cama, una superficie lo suficientemente grande y blanda como para no provocar accidentes, y ya allí vería lo que hacía. No me dio tiempo a llegar, justo una milésima de segundo antes de darme de lleno con una mancha marrón, creo que sería el armario, escuché la voz de Abi avisándome. No me dio tiempo y me caí de culo al suelo, con un enorme gemido de dolor. Me quedé unos segundos sin poder moverme ni decir nada, con una mueca de dolor tremenda. Joder, vaya puta hostia que me había metido. Como era obvio Abi se estaba riendo a carcajada limpia, pero no se lo reprochaba, yo en su lugar me estaría riendo hasta ahogarme. Sin embargo la miré con cara de indignación, o lo que yo pretendía que era indignación. Achicaba los ojos como si fuera chino, intentando forzar la vista para ver algo más que manchas, y sabía que esa cara difícilmente podía parecer indignada. Más bien cómica.

- Aaaaaay… mi culo… tía, mi culo… me duele el culo… - repetí como un idiota, mientras ella se agachaba y me cogía las manos para levantarme. Conseguí levantarme con su ayuda, pero no sin esfuerzo, y al hacerlo me mareé. Me apoyé contra la mancha marrón unos segundos, antes de que el mareo fuera tal que me volviera a caer. - Gracias. Todo lo bien que se puede estar si eres hetero y te rompen el culo. - contesté con una mueca de dolor, frotándome con la mano el trasero. Se veía a leguas que se seguía descojonando de mí, pero era normal. Acababa de montar un numerito patético. - Que graciosa… anda, ríete, si sé que lo estás deseando. - contesté fastidiado con el tema del boggart. No me gustaba hablar de los boggarts, años atrás descubrí cuál era el mío y fue una experiencia que jamás quiero volver a repetir.

Me guió hasta la cama como un perro lazarillo ayuda a un ciego. La escenita estaba siendo patética, pero se lo agradecí, de otro modo llegar a la cama me hubiera costado una odisea y multitud de golpes. Me tumbé en la cama, sin que ninguna parte de mi cuerpo tocara algo que no fuera esa superficie mullida para prevenir accidentes. Escuché la pregunta de Abi y me quedé callado unos segundos, mirándola. La miraba con los ojos achicados, y creía que era ella porque era una mancha naranja, pero bien podía ser la lámpara. Me quedé callado como un muerto mirando a la mancha naranja posible Abi/posible lámpara, porque cuando dijera que no traje las gafas… me iba a matar.

- No las he traído… - contesté en voz baja, mirando a la mancha naranja, cerrando los ojos un momento para descansar la vista forzada. - Llevo usando lentillas desde los catorce años y jamás me había pasado esto. ¿Cómo iba a saber que de repente se me iban a perder? ¿Me has visto alguna vez con gafas? - pregunté retóricamente. Nadie me había visto con ellas, excepto mis padres y un par de personas más contadas. - Las tengo en casa para algún imprevisto, o cuando me tengo que renovar las lentillas y debo pasar un par de días sin ellas. - días que “casualmente” siempre me coincidía con días libres en el trabajo. A ver joder, ya soy bastante feo de cara como para que encima me vean con gafas, y encima las mías, que son enormes y de pasta. Horribles. No quiero perder mi reputación tan fácilmente. - Tengo que encontrarlas… ¡¡joder!! - solté de repente, incorporándome en la cama. Hasta ese momento mi problema radicaba en que era complicado comer pizza con una visión tan pésima, pero acababa de recordar lo importante: el juicio del día siguiente. - ¡¡Qué mañana tengo un puto juicio!! ¡Se me ha olvidado! ¿Cómo coño encuentro las lentillas? ¡No puedo trabajar sin ver tres en un burro! - exclamé angustiado. Pocas veces me altero tanto como para sentirme tan indefenso e inútil, pero la situación no era para menos. ¿Cómo carajo iba a defender a los Tornados estando medio cegato? Y no podía aparecerme de repente en mi casa para buscar las gafas, primero porque si no veo poco voy a encontrar, y segundo porque el hotel no permitía hacer magia. - Vale, espera… la casa de mi madre está conectada a la Red Flú. Puedo ir y pedirle que me busque las gafas en mi casa, la mía está enfrente y ella tiene las llaves. - proseguí pensando rápidamente. Era una opción. Claro que en mi estado, que lo veía todo borroso y todavía no tenía claro si le hablaba a Abi o a la lámpara, el solo hecho de moverse era un peligro. Y dudaba mucho que Abi me fuera a hacer tal favor, aparte que conociendo a mi madre seguro que se pensaba que ella era mi novia y le decía un montón de gilipolleces. - ¿Qué hago? - pregunté mareado, volviendo a tumbarme en la cama. Me estaba empezando a doler terriblemente la cabeza.
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Abigail T. McDowell el Miér Oct 07, 2015 2:15 pm

Había estado intentando reprimir la risa por algo de respeto hasta saber si estaba bien, pero si se había chocado contra el armario —que no era precisamente algo pequeño—, es que no debía de ver absolutamente nada, por lo que dudo mucho que pueda ver mi cara de burla suprema. Le ayudé a llegar a la cama, básicamente porque como lo intentase por su propia cuenta, iba a terminar con una lámpara metida en el ojo y sin dedo meñique de ambos pies. Si ya los humanos tenemos nuestra propia guerra con los muebles con los sentidos al 100%, no quiero ni imaginarme qué clase de fiesta sangrienta harán los muebles con los meñiques de personas inválidas como Magnus.

Le pregunté que dónde tenía las gafas para traérselas, como una buena amiga que vela por la seguridad de su amigo. Pero el muy gilipollas no las había traído. Lo miré al principio con algo de desagrado, aunque como me di cuenta de que sería imposible que me estuviera viendo, directamente aparté la mirada y rodé los ojos molesta al escuchar sus excusas.

No te he visto con gafas, pero es de lógica profunda llevar las gafas allí a dónde vayas por si te pasan estas cosas —le dije. Joder, si supieras que se te va a perder algo con antelación, ten por seguro de que nunca perderías nada. Ventajas de ser bueno en adivinación que al parecer él no tenía—No sé cómo pretendes encontrarlas si, aparte de no ver, encontrar una lentilla aquí debe de ser imposible —Sobre todo la primera que se le perdió, que no sabe dónde se perdió.

Me abstuve de decir nada más, pues el pobre estaba suficientemente estresado por cuenta propia como para encima tener que incrementarle cualquier cosa que le dijera, la cual iba a ser algo claramente ofensivo. ¿Cómo se le ocurre no traer las gafas? Es que hay que ser de género tonto como para tener falta de vista y no llevarlas, por mucho que uses lentillas.

Se tranquilizó tras ese ataque de ansiedad sobre no poder trabajar sin ver nada y, tras unos segundos en dónde le miré con los brazos cruzados y negando con la cabeza, con la típica pose de mujer que no está contenta, él llegó a la conclusión de que el camino más fácil era conseguir sus gafas era contactar con su madre. Era buena idea, pero solo de pensar el papel que tendría yo en ese plan me daba toda la pereza. Porque ya me diréis cómo podría llegar Magnus a la habitación de Red Flu que estaba en la primera planta sin matarse por el camino. Que no es por nada, pero si hay extintores en medio de las paredes que atentan con nuestra vida viendo perfectamente, no quiero imaginarme a Magnus caminando por esos pasillos sin ver una mierda. Finalmente, más perdido que Marco en el día de la madre, me preguntó que qué hacía. Debía de admitirlo, así de vulnerable era adorable, creo poder decir que jamás lo había visto así. Da la sensación de que tiene un corazón débil debajo de esa fachada de cabrón que intenta meterle a todos por los ojos.

Pues ir a buscarlas, Magnus, eso vamos a hacer. Porque si no vas a estar toda la noche quejándote y mañana vas a tener tú a Mandongui como perro guía todo el rato y eso conllevaría a que mañana por la noche no nos fuéramos y siguieras quejándote —dije claramente, viendo como se volvía a echar hacia atrás. Busqué hacia todos lados y caminé hacia el baño, viendo allí la una camiseta de color liso que probablemente era la que se iba a poner. La cogí y volví a salir—Venga, levántate, antes de que se haga más tarde. Toma —le di la camiseta para que se la pusiera, para luego cogerle de la mano otra vez para que se levantase de ahí—Te acompaño hasta la Red Flu y vamos a casa de tu madre. Le pides las gafas y esperamos a que vuelva con ellas. Y mañana te aguantas y vas con gafas en vez de con lentillas —dije, asumiendo que no tendría más recambios de lentillas o, también, usando la lógica aplastante, se las hubiera traído por si acaso—Venga, vamos —Y tiré de su mano para levantarlo de ahí—¿Estás bien? —le pregunté al ver su cara, que era un poema, una mezcla entre cabreo, mareo y ganas de reventar a alguien contra la pared—Cierra los ojos si quieres, prometo evitar que te des con nada. Ya eres suficientemente retrasado como para incrementarlo con más golpes en tu cabeza... —me metí con él, para no perder la costumbre, sabiendo que él no estaba precisamente de humor.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Oct 13, 2015 8:58 am

Ya bastante jodido estaba como para que Abi me diera un puto sermón sobre la importancia de llevar las gafas encima si eres cegato. Desde luego que después de esta experiencia iba a llevar las gafas en un bolsillo hasta para ir a comprar el pan, pero ahora de nada servía que me lo dijera. Lo que necesitaba era encontrar las puñeteras lentillas.

- Abi tía, por el amor de Merlín, si te estoy diciendo que jamás he tenido problemas con las lentillas con la cantidad de años que llevo usándolas, ¿para qué coño iba a traerlas? Se supone que vamos a estar un fin de semana, no tres meses. Aparte que con las gafas parezco retrasado. - esa era la verdadera razón de que las gafas estuvieran escondidas en el último cajón del escritorio de mi biblioteca. No ayudaban precisamente a mi reputación. - Aunque está claro que a partir de ahora las llevaré encima hasta para cagar. - añadí con desagrado, apoyando la palma de la mano en la frente. El mareo estaba empezando a dar sus frutos y me palpitaba el lado derecho de la cabeza.

Al final llegué a la conclusión de que lo más viable era ir a casa de mi madre, aprovechando que su chimenea está conectada a la Red Flú. La verdad es que era un golpe de suerte, porque si no fuera por eso no sé qué coño haría. ¿Qué iba a decirles a los del Ministerio francés? “No mire, lo siento, tengo que aplazar el juicio porque no veo una puta mierda”. Mi casa está enfrente de la de mi madre, y ella tiene las llaves. Todo esto contando con que estuviera en casa, claro… pero ¿dónde va a ir un viernes por la noche una mujer de 55 años? Estaría haciendo ganchillo o esas gilipolleces que hacen las madres. Sin embargo la idea de que Abi me acompañara no me agradaba. No podía ir solo porque me mataría por el camino, eso estaba claro, pero conocía a mi madre. Es la persona que más quiero en el mundo, la adoro y toda la parafernalia, pero joder, está como un cencerro. Y conociéndola sabía cómo reaccionaría al verme llegar con una mujer.

- No puedo estar así, eso está claro. Ya tengo un dolor de cabeza horrible. Seguro que todo esto es una maldición que me ha echado el puto Mandongui de los cojones por bailar contigo. - me quejé, incorporándome un poco en la cama. Me dio una camiseta, que intenté ponerme sin mucho éxito. Después de meter la cabeza en una manga conseguí ponérmela, pero estaba terriblemente incómodo. Creo que estaba del revés. Bueno, por lo menos me tapaba. Vaya cara que se le quedaría a mi madre cuando me viera entrar en pijama, despeinado y achicando los ojos. - Vaya puto fin de semana de los cojones y me cago en la hora en la que me mandaron este trabajo. - escupí cabreado, ayudándome de Abi para levantarme de la cama. - Voy a hacer como que no he escuchado lo que me acabas de decir por la cuenta que me trae. - añadí con el ceño fruncido cuando me dijo que ya era suficientemente retrasado como para perder más neuronas con un golpe. Me convenía estar suave con Abi porque era mi lazarilla, así que tendría que lamerle el culo un rato. Bueno, a decir verdad demasiado bien nos estaba yendo la convivencia laboral, y no era precisamente el mejor momento como para discutir.

Cerré los ojos y me dejé guiar por Abi como si yo fuera un maniquí muy pesado. La verdad es que sería cómico vernos, entre mis pintas de zombie y la diferencia de altura entre ciego-lazarilla, parecía que saliámos del circo. Abrí los ojos unos segundos al entrar en el ascensor, y así asegurarme de que íbamos en buen camino. Ser tan vulnerable y que fuera Abi la responsable de mi seguridad me daba una confianza menos tres mil millones.

- En fin, gracias. Por no dejar que me mate y esas mierdas. - dije escuetamente, malhumorado. No me hacía mucha gracia tener que deberle un favor, pero la verdad es que se lo merecía. Demasiado poco se estaba metiendo conmigo para el material que daba la situación, cuando parezco gilipollas lo reconozco. Y ciego soy gilipollas. Salimos del ascensor y me dejé guiar hasta la habitación de la Red Flú. Una vez delante de una de las chimeneas disponibles abrí los ojos y los achiqué de nuevo para intentar concentrar la poca visión que tenía. Con cuidado me metí dentro y cogí un puñado de los polvos que estaban dispuestos en un platillo. - ¿Estoy bien así? - pregunté. Parecía una pregunta muy ridícula, pero joder, lo último que necesitaba es tener una pierna medio fuera de la chimenea, por poner un ejemplo. Prefería la aparición mil veces a esa mierda. - Número 45 del valle de Godric, Inglaterra. - dije en voz alta y clara, esperando que Abi se quedase con la dirección para luego meterse ella en la chimenea. Vamos, que tampoco es que fuera muy difícil, es lo que tiene vivir a las afueras del pueblo sin ninguna calle o código postal identificativo.

Era la cuarta vez que usaba la Red Flú en el día, y el mareo que producía no hacía ningún bien a mí ya de por sí dolor de cabeza y palpitación craneal. Visualicé grandes manchas de color rosa y supe que ya estaba en la chimenea de la casa de mi madre, la pobre es un poco hortera y todo lo tiene de color rosa. Todo. Salí con las manos en alto, tocando con mucho cuidado e inseguridad las paredes y fui directo a una mancha fucsia, que sabía que era un sillón. Justo entonces escuché la llegada de una mancha pelirroja, o sea, Abi. Estábamos en el salón, y como estaba iluminado me extrañaba que mi madre no estuviera allí. Quizás estaría en la cocina o en el baño.

- Te aviso que es un poco Hufflepuff… - previné a Abi en voz baja, justo cuando empecé a escuchar pasos cerca de la puerta del salón. Se abrió la puerta y apareció una mancha rubia y rosa, suponía que sería una bata. - ¡¡¡Mag, cielo!!! ¿Qué haces aquí tan de repente y con esas pintas? ¡Haber avisado de que venías y te hubiera freído unos huevos! Mira que te lo digo siempre: niño, avisa cuando vengas, y tú, sí sí mamá, pero luego ¡no avisas! - soltó indignada, yendo hacia mí con rapidez y cogiéndome de los mofletes. Me cogió un pellizco fuerte al estilo abuela y luego dos sonoros besos en las mejillas. - ¡Traes compañía! ¡Ay, pillín! ¡Por fin me presentas a tu novia! Un placer querida, soy Selene, ¿te apetece a ti comerte unos huevos? - le preguntó la mancha rubia a la mancha pelirroja, y conociendo a mi madre y por su tono de voz sabía que tenía una sonrisa muy amplia. No sé qué era más cómico, que pensara que era mi novia (eso me lo esperaba) o que le propusiera “comer huevos”. Empecé a reírme debido a lo mal que sonaba, risa que empecé a disimular con una tos. - Mamá, no te emociones, que es una compañera de trabajo. Estamos de viaje de trabajo en Francia y he tenido un problema y se me han perdido las lentillas. Haz el favor de buscarme las gafas en mi casa, que mañana tengo juicio. Están en el último cajón del escritorio de la biblioteca. - le conté frotándome la cabeza. Me palpitaba de cojones. La mancha rubia, para variar, no se dio por vencida. - ¿Y tú por qué no llevas las gafas encima, tonto? De verdad eh, que pocas luces. Pues mira - añadió, girándose hacia la mancha pelirroja - si no eres su novia haz el favor de buscarle una que falta le hace. Mira la edad que tiene, 32 años y sigue sin casarse, ¿tú lo ves normal, querida? Y no entiendo por qué, pretendientas de buen linaje y sangre pura no le faltan, pero el niño es muy exquisito y no le gusta ninguna. Y es una pena, tendría hijos preciosos, mi Mag tiene muy buena genética, pero de las mejores, ¿eh? Ha heredado los genes de su padre. Mira querida, espera un momento que esto te va a encantar. - expuso mi madre con una felicidad desbordante, yendo hasta un mueble color granate que sabía que era una estantería. Metí un gemido de frustración y dolor a partes iguales, Abi se iba a reír de mí el resto de mi vida. Lo olía y hasta lo tocaba. Mi madre cogió un objeto que no identifiqué, y acto seguido se lo enseñó a Abi. - ¿No era una preciosidad mi niño? Mira que ojos y que sonrisilla de travieso… pero engaña eh, engaña, que mi Mag fue un niño muy bueno y muy tranquilo, no daba jaleo ni ruido, ¡parecía que no había niño en la casa! Ay, quien volviera a esos tiempos… - la mancha rubia se puso nostálgica mientras miraba aquello que ya sabía que sería un marco de fotos. De la foto escuchaba como salía una risa infantil, obviamente la mía. No sabía que foto era, pero creo que prefería no saberlo. Tengo fotos horribles de pequeño. - Mamá, por favor, las gafas… me duele la cabeza una barbaridad… - pedí hundiéndome más en el sillón fucsia, cerrando los ojos para descansar mi escasísima vista. - Sí, sí, ya voy…. ¡ah, mira esta, querida! Su foto de graduación, cuando acabó Hogwarts. - agregó cogiendo otra foto del mueble. Una oleada de auténtico pánico me embargó. - ¡No! ¡Mamá, esa foto no! Por favor, no, que parece que me ha lamido una vaca. - imploré desesperado, pero me ignoró y le enseñó esa horrible foto a Abi. Ya está, mi puta reputación a la jodida mierda. Esa foto era bestial, tan horrible que la quise desterrar a un rincón olvidado del desván. Pero mi madre ahí la tenía encima del mueble, como si fuera algo digno de enseñar. - Mamá, por favor, las gafas… - volví a pedir con las manos en la cara. Joder, me cago en el puto Merlín de los cojones, ¿por qué mi madre tendrá que ser tan Hufflepuff? - Vale, vale, voy. No tardo ni cinco minutos. - contestó ella con voz cantarina, saliendo del salón. Me relajé sabiendo que ya no enseñaría más fotos vergonzosas, y volví a cerrar las ojos. Ya no porque estuviera cegato, sino por pura vergüenza.
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Abigail T. McDowell el Jue Oct 15, 2015 3:06 am

Lo que menos me hubiera esperado aquella noche es que a Magnus le diera por perder las lentillas y se convirtiera en un Hufflepuff con retraso. Más si es posible. No solo se chocaba, sino que la cara de estreñido que tenía no se la quitaba nadie, además de que parecía ir tanteando cada milímetro por el que se movía. Jamás había tenido falta de vista. ¿Pero de verdad que era para tanto? ¿No era simplemente ver las cosas desenfocadas y algo borrosas? Joder, si parecía que no veía nada de nada. Pero vamos, lo más lógico en aquel momento era ir a casa de la madre para que cogiera sus malditas gafas. No me hacía especial ilusión tener que ir a a casa de la madre de Magnus y conocerla, pero menos ilusión me hacía tener que soportar a Magnus quejándose una y otra vez por todo. No solo esta noche, sino todo el resto del tiempo que pasáramos juntos y él no tuviera sus malditas lentillas.

Vamos, deja de quejarte. Son solo las lentillas, no son el puto fin del mundo —dije claramente cuando se puso a conspirar contra Mandongui—Está claro que tanta masa corporal tiene que estar guardado algo. Esperemos que no sea tan malvado como gordo o la noche solo irá en mal en peor para ti —le contesté a Magnus, metiéndome con las proporciones de Mandongui. Era gordo y yo era una maldita superficial, así que si podía reírme de ello, me reía.

Finalmente aceptó a regañadientes ir a casa de su madre. Si al final parecía que era yo la que quería ir y le estaba convenciendo. Y no, no era así. Si no quería ir que no fuera, eso sí, yo me piro para mi habitación para que no se esté quejando todo el rato. Yo fui a buscarle la camiseta para que se la pusiera y después de eso le sujeté la mano para que se levantara y empezar a guiarle. Solo le sujeté una de sus manos y tiré de él suavemente para que me siguiera, pasando antes que él por las puertas y asegurándome de que su cabeza no se daba contra nada. Lo que me faltaba, conseguir las gafas y que luego se quejara por los golpes. ¿Se nota que no me gusta la gente quejica? Nos metimos en el ascensor y pulsé el botón que daba al primer piso. Miré a Magnus de reojo ante su agradecimiento.

No hay de qué. Quiero pensar que si un día me ves tan inútil como yo te estoy viendo a ti hoy, harías lo mismo por mi —le dije claramente—Pero por Merlin que no pase nunca —añadí a mi comentario.

Tras salir del ascensor llegamos a las chimeneas de polvos flú (pasando claramente por el vestíbulo en dónde la mujer de recepción nos miró con una cara digna de ser fotografiada) y le ayudé a colocarse en el interior, asegurándome de que se agachaba lo suficiente y todo su cuerpo estaba bien colocado. Lo que faltaba es que se quedase el pie aquí y el resto fuera para casa de su madre. Otro motivo más para quejarse… que si no veo, que si tengo montón de chichones en la cabeza, que si me falta una pierna… Cuando él desapareció, entré detrás y cogí polvos, repitiendo la misma dirección que él había dicho.

Después de mi cuarto viaje aquel día en polvos flu, aparecí en casa de Magnus. Él había conseguido salir de la chimenea sin romperse ningún hueso y yo no tardé en imitarle, colocándome a su lado y evitando que se rompiera la pierna contra una mesa. Pero nada, no me dio tiempo de decirle nada, pues su madre ya había abierto la puerta con una bata un poco hortera y unos rulos en el pelo. Se acercó a Magnus con una euforia terrible. ¿Ese era el conocido amor de madre? Supongo que mi madre me curó de espanto, pues desde que tengo uso de consciencia no he tenido ese “amor de madre” que en la señora Brooks parecía sobrar. Saludó a su hijo, medio cegato, despeinado y en pijama, para luego reparar en mí, una mujer en vestido, tacones y perfectamente peinada.

No, gracias —contesté ante su ofrecimiento a comer huevos—Soy más de salchichas por la noche —no me corté ni un pelo, pero entre mi poco sentido común con los comentarios delante de madres, mi mente sucia y la risa de Magnus que perfectamente capté, no pude evitarlo. Por suerte la mujer parecía bastante entusiasmada con la visita inesperada de su hijo y su amiga como para reparar en mis palabras.

Magnus le explicó para lo que habíamos venido, pero ni con esas dejó de hablar. ¿Esta mujer cuánto tiempo llevaba sin hablar que ahora no paraba? Se dirigió especialmente a mí con la suplica de que le ayudara a Magnus a buscarse una pareja. A ver, Magnus era un tío que estaba buenísimo y tenía su punto, pero no me extrañaba que no tuviera pareja. Era bastante independiente y exigente. Podría haberme compadecido de mi amigo y negarle a la madre la necesidad de que se encontrase ya con 32 años una mujer, pero no. Era mucho más divertido meterme con él junto con su madre.

¿Verdad? Yo le digo lo mismo —dije de repente cuando me preguntó si veía normal que estuviera soltero. Luego es que no me dio tiempo de volver a interrumpirla, pues la mujer se fue a buscar lo que parecía un porta retrato para traérmelo y enseñármelo con todo su orgullo. Me llevé la mano a la boca para no reírme—La verdad es que sí, tendrías unos nietos preciosos —En realidad no, yo no era amante de los niños y todos me parecían fetos, incluido Magnus de pequeño. Parecían mal hechos. Lo siento por lo adorable que le parecen a algunos. Yo creo que nací sin instinto materno y solo veo aberraciones en dónde hay infantes y niños. Aunque la foto que vino después… fue increíble. Sublime. Muy épica. Fantástica. Digna de recordar para toda la vida. Era su foto de graduación en Hogwarts y entendía perfectamente que hubiera intentando, a pesar de su invalidez visual, que yo no viera aquello. Me llevé la mano a la boca, pero esta vez para no descojonarme viva—Pues sí, qué galán… —dije, con un nudo en la garganta que delataba mi necesidad de reírme—No entiendo como no saliste con pareja desde Hogwarts, Mag —usé el mote cariñoso que había utilizado su madre.

Me quedé con el retrato en la mano cuando Magnus se quejó por enésima vez y su madre salió de allí para ir a buscar las gafas de su hijo. Desde que cerró la puerta y escuché que sus pasos se alejaban lo suficiente, volví a mirar el retrato y solté una increíble carcajada.

Oh, por favor… —dije en medio de mi risa, llevándome la mano a mi ojo derecho para quitarme una lágrima con delicadeza para no hacer que se me corriera el lapiz de ojo—¿Solo una vaca te lamió? Yo creo que contrataste a todo un equipo de hipogrifos especialmente cualificados para hacer ese tipo de peinados. Pero normal, era tu día especial, ¿no? Querías causar buena impresión a las féminas vacunas de Hogwarts —me reí de su peinado. Pero cuidado, que eso no era lo peor de la foto— Y normal que no ligaras, joder, hay que comprender que con esas cejas tapabas todas tu cara… Nadie podía ver tus increíbles y atractivos genes, Mag...—me reí nuevamente, pues esas cejas parecían tener vida propia.

Luego me tomé la libertad de ir hacia dónde la madre había cogido el portaretrato para dejarlo en su lugar, curioseando las demás fotos que había por los alrededores. Me partía cada vez que veía alguna de Magnus de pequeño. La verdad es que de pequeño no era muy agraciado.

No tendrás pareja, ni falta que te hace… —dije desde mi posición, mirando los cuadros que tenía con cada vez más sorpresa en mi rostro. Yo tampoco era guapa de pequeña, había que admitirlo, pero Magnus era todo un ejemplar—Pero por lo menos has mejorado muchísimo con los años, eso sí que te hacía falta —La barba era la clave. Además de esos rasgos más maduros. Él no se tenía en demasiada estima en cuanto a su físico, pero debía de admitir que eso también hacía que fuera todavía más atractivo. Rara vez me encuentro con hombres que no alardeen y presuman de su físico. Será que me rodeo de egocéntricos narcisistas. Dios los crea y ellos se unen, dicen. Me quedé parada en medio de aquella sala, mirando a mi alrededor. Ya decía yo que algo me sonaba de aquel lugar: yo ya había estado allí antes.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Oct 16, 2015 11:26 am

Mi madre era un auténtico espectáculo. Conociéndola sabía que en cuanto me viera aparecer con una mujer ya se emocionaría y se pensaría automáticamente que es mi novia. Previsible. Pero lo que no me esperaba es que le pidiera ayuda a Abi para que me echara una novia. ¿Pero qué cojones…? Y encima la jodida pelirroja se puso de su parte, obviamente para meterse conmigo, que eso se veía a leguas. Cuando me avisaron de que tendría que hacer un viaje de negocios con doña McDowell lo último que imaginé es que acabaría hablando con mi madre de mi escasa vida sentimental.

Encima le enseñó una foto mía de pequeño. Que bueno vale, tiene un pase, todos tenemos fotos de pequeños donde tenemos la boca manchada de chocolate y llenos de babas. No tenía ni puta idea de que foto era, pero como de la foto salía una risilla infantil, me imaginé que sería una donde estaba crecidito. Si le hubiera enseñado esa que tengo con seis meses de vida tumbado en una cama y completamente desnudo, me hubiera muerto de vergüenza. Pero incluso eso estaría bien al lado de la otra foto que le metió por delante de las narices. En cuanto mi madre dijo la palabra “graduación” saltaron todas mis alertas y le supliqué que no se la enseñara. En vano claro, creo que ni siquiera me escuchó. Sabía que foto era y sabía que Abi se iba a estar riendo de mí toda mi puñetera vida. Me cago en la hostia. A pesar de que no veía absolutamente nada, pude captar la reacción de Abi. Me la imaginaba a punto de descojonarse, y por su tono de voz supe que así era… a ver, que no la culpo. Yo en su lugar me estaría descojonando vivo y me habría meado encima. Le dirigí una mirada fulminante y asesina, que obviamente no contenía suficiente desprecio, porque cegato mis prioridades son otras que concentrar mi odio en una mirada. Galán dice la muy puñetera…

Por fin, ¡por fin! mi madre me escuchó y salió resuelta a buscar las gafas. Me frotaba las sienes para aliviar el dolor justo cuando escuchaba a Abi dar rienda suelta a las carcajadas que estaba reprimiendo mientras mi madre estaba delante. Y empezó a desahogarse, como es natural.

- ¿Has terminado ya de meterte conmigo o todavía no? - pregunté retóricamente, cabreado, pero estaba visto que no. Ahora le tocaba el turno a mis cejas. Solté un bufido de irritación y me hundí más en el sillón fucsia. Me importaba una mierda que se riera de mí utilizando el apodo con el que me llamaba mi madre, pero ¿qué coño tiene en contra de mis cejas? ¿Qué le pasa a mis cejas? - Me cago en la hostia, Abi. Por aquel entonces, no sé si se seguirá haciendo, dejaban a los padres asistir a la graduación de los hijos. Y mi madre vino unas horas antes para “peinarme”. - indiqué, haciendo comillas con los dedos - Cuando estaba en Hogwarts tenía un buen flequillón, para además así tapar esas cejas que todo el mundo usa para meterse conmigo. ¿Qué coño le pasan a mis cejas? ¡Ni que fuera el hermano mayor de Lily Collins! - dudaba que Abi supiera quién era esa, pero igualmente me salió del alma decirlo. Una vez iba andando por Londres cuando pasé delante de un cine y vi el cartel de una película de Blancanieves. El nombre de la actriz protagonista y sus horribles cejas jamás se me olvidarían. Mis cejas no son así. No señor.

Vi como la mancha pelirroja avanzaba por el salón y se acercaba peligrosamente al estante granate, donde estaban todas las fotos. Supuse que quería cotillear y solté otro bufido de indignación e impaciencia. Esperaba por lo menos que mi madre se diera prisa y no se quedara un rato acariciando al perro y diciéndole cualquier tontería. Aún así, por mucha prisa que se diera, mi dignidad y reputación ya estaba por el puto suelo. Escuchaba a Abi reírse de vez en cuando y cuánto más se reía, más intentos de miradas asesinas le dirigía yo.

- Ni en mis peores pesadillas me iba a imaginar que acabaría cegato perdido y tú viendo fotos mías de pequeño. Solo te voy a pedir que quede entre nosotros y que no vayas contando en el Ministerio que el día de mi graduación contraté a un equipo de hipogrifos. - puse los ojos en blanco ante aquella expresión, algo contraproducente, porque provocó que me doliera aún más la cabeza. Quizás estaba pidiendo demasiado, pero lo último que necesitaba era que el lunes todo el puñetero Ministerio me llamara Mag y me preguntara por mis genes. - Pues sinceramente, yo me veo igual… mayor y sin flequillón, pero tampoco veo tanta diferencia entre ahora y mi yo de hace quince años. - contesté sorprendido cuando me dijo que había mejorado. Mi gran cambio fue de niño a adolescente, joder, si cuando era niño era rubio. ¡Rubio! Y ahora tengo los pelos de los huevos más negros que el carbón.

De nuevo escuché como se abría la puerta principal y luego se cerraba. Obviamente era mi madre, que menos de veinte segundos después abría la puerta del salón. Vi la mancha rubia-rosa y me sorprendió que hubiera salido en bata. Bueno, en realidad a estas alturas de la vida no debería sorprenderme. Fue hasta mí y me puso las gafas como si fuera un crío de tres años incapaz de ponérselas. Al instante todo volvió a su nitidez habitual. Solté un suspiro de alivio y empecé a mirar a todas partes con cara de retrasado. Lo que no ayudaba que tuviera puestas gafas de pasta de retrasado. Joder, vaya material estaba recaudando la jodida Abigail hoy.

- Coño, esto ya es otra cosa. Gracias, mamá. - le contesté, fijándome en que llevaba rulos. ¿En serio había salido de casa con rulos? Vale, eso sí que no me lo esperaba. - Mucha suerte mañana en el juicio, cariño. Y no seas tonto y llévate encima las gafas siempre. De verdad eh, que pocas luces… - repitió como un loro, dándome otra vez dos sonoros besos en las mejillas. - Que sí, que sí. Vámonos ya. - le dije a Abi, antes de que le diera tiempo a mi madre de sacar un álbum de fotos y nos entretuviera allí toda la maldita noche. Me encaminé hacia la chimenea, pero escuchaba como mi madre seguía cotorreando. - Encanta de conocerte, querida. Mag cielo, invita a tu amiga a comer aquí un día de estos, me resulta tan raro verte con una chica tan guapa. Tendriáis unos hijos preciosos. -  me di la vuelta justo cuando iba a entrar en la chimenea, mirando a mi madre con los ojos saliéndose de las órbitas. Me cago en la puta, ¿en serio había dicho eso? ¿En serio? La incredulidad que me salía por todos los poros de la piel era bestial. Mi cara no tenía precio. Preciosos, vamos. Niños pelirrojos con muchas cejas (según Abi). ¡Qué bellezas! - Antes me hago una vasectomía casera con el cuchillo de cortar jamón. - dije muy en serio. Y teniendo en cuenta que mi deseo oculto es ser padre, que prefiriera hacerme esa carnicería a preñar a Abi decía mucho de mí. Aunque lógicamente eso nadie lo sabía. - ¡Qué bruto eres, por Merlín! No le hagas caso querida. ¡Pero cómo no sea abuela en tres años máximo me voy a enfadar mucho contigo, Mag! - me advirtió, justo cuando cogí polvos flú del platillo de la chimenea. Sin ni siquiera despedirme y esperando que Abi me siguiera rápido, me metí en la chimenea y pronuncié la dirección del hotel francés.

Quinto viaje en Red Flú en todo el día. Joder, al final iba a acabar vomitando con tanto mareo. Me sujeté a las paredes de la chimenea del hotel sintiendo naúseas, pero no me duraron mucho ya que ahora al menos tenía la visión perfecta y el dolor de cabeza iba remitiendo. Salí de la chimenea y esperé a Abi, con un cabreo de tres pares de cojones. ¿Por qué coño mi madre da tanto por culo con ese tipo de temas? Ya soy mayorcito para hacer lo que me salga de los huevos.

- Bueno qué, sé sincera, ¿foto de graduación o yo actual con gafas? ¿Cómo parezco más retrasado? - le pregunté nada más verla llegar, sabiendo que le presentaba una elección bastante complicada. - Mi madre más pesada y no nace joder, que manía tiene con que me case. - comenté mientras íbamos de camino a la habitación, pasando por delante de la recepción. - ¡Coño, el servicio de habitaciones! Se me había olvidado completamente. - reconocí, acordándome más que nada porque de repente sentí hambre. Entre las putas lentillas, mi accidente con el armario y el ir a hacer el idiota a casa de mi madre, se me había pasado que encargamos comida rato antes.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Mar Oct 20, 2015 4:47 pm

No, no iba a terminar de meterme con él en la vida después de haber visto aquellas dos fotos que habían marcado un antes y un después en nuestra relación de amistad. Yo no tenía el problema que él tenía: mi madre nunca fue a mi graduación a destrozarme el peinado y estaba cien por cien segura que si en alguna ocasión remota tenía que ir a casa de mi madre con Magnus (que Merlín no quiera que tenga que pisar esa casa otra vez), no iba a encontrar en ningún lado ninguna foto mía tan ridícula como las que yo acababa de ver de él. Al contrario de muchas madres que se sienten orgullosas de sus hijos debido a su incondicional amor, la mía nunca fue así. Por lo menos conmigo. Max por suerte si ha tenido una vida normal.

Ahora tus cejas están bien, pero en tu graduación tenías más cejas que cara, Magnus, normal que se metieran contigo —le dije claramente, pues tenía perfectamente grabada la cara de aquel retrato en mi cerebro. Me encargaría personalmente de que nunca se me olvidara— Tienes suerte de que después de la graduación te fueras de Hogwarts, o hubieras sido el hazmerreír al año siguiente después de asistir a coger el título con ese peinado —Le harían bullying cómo si fuera Hufflepuff.

Fui a dejar el retrato en su lugar, aprovechando el momento para observar todas y cada una de las fotos que había en aquella vitrina sobre Magnus. Se notaba que era hijo único, pues era su cara la que ocupaba prácticamente todos los retratos de aquella habitación. La preocupación de Magnus era normal, teniendo en cuenta lo cabrones que podíamos llegar a hacer con el otro, podríamos llegar a temer que esa jodienda mutua se tornara en un ámbito más profesional. Y no, por mi parte aquello era solo para reírme de él. Sería mucho más divertido reírme de él teniendo yo sola la información que pregonándola en todos lados.

Puedes estar tranquilo, prefiero tener la exclusiva —le contesté desde mi posición mientras veía a un hombre mayor con un niño pequeño en sus piernas. Me imaginé que sería él y su padre. Miré entonces a Magnus cuando dijo que él se veía igual ahora que antes—¿En serio? ¿Cuándo ligabas más, cuando tenías este pelo y estas cejas—señalé al retrato en cuestión, sabiendo que él sabría a cuál me refería— o ahora? —Ese era el mejor ejemplo para saber cuánto habías mejorado físicamente—Antes no te hubiera tocado ni con un palo —Ni con un palo muy largo, vamos. Él podría verse igual, pero ni de coña. Magnus tenía un atractivo increíble y era el típico que iba mejorando con los años.

La madre entonces llegó, dándole las gafas a Magnus y diciendo que ambos tendríamos hijos preciosos. Por favor, hijos no. Puse los ojos en blanco antes de darme la vuelta y dirigirme hacia la chimenea al escuchar lo que decía de la vasectomía. Yo también lo haría de poder antes que tener hijos con Magnus Brooks. No era un mal partido, pero no, no y no. Los hijos estaban vetados en mi vida en cualquier situación. Bastante mal me sentía estando casada con Apolo y teniendo un hijastro del que no me tengo que encargar. Imaginaos si tuviera a alguno bajo mi responsabilidad directa.

Te dejaría que usaras ese mismo cuchillo para cortarme las trompas de falopio —le contesté divertida, imaginándome una escena de lo más gore. Pero así a la madre le quedaba claro de que podía juntar a Magnus con quién quisiera, menos conmigo. Si nos soportamos en pequeñas cantidades es porque tenemos bastante descanso del otro.

Él fue en primero de irse de la chimenea y ese momento en dónde me quedé a solas con la madre de Magnus fue un poco incómodo. Había estado antes allí, pero nunca antes había hablado con la señora Brooks. Así que desde que tuve oportunidad, me metí en la chimenea y volví a aparecer en el hotel francés, viendo delante de mí a Magnus con esas gafas horteras. La pregunta que me hizo prácticamente desde que me vio me hizo sonreír mientras salía de la chimenea, aún con aquellos tacones y el vestido.

En tu graduación, sin duda alguna. Si te hubieras presentado hubieras ganado el premio al mejor retrasado anual —le dije divertida, caminando de camino a nuestras habitaciones otra vez—Las gafas son un poco feas, pero no te quedan tan mal —lo miré de reojo—Te quedan mal, pero no tanto como para compararte con tu de joven, aquello es jugar en otra liga totalmente diferente. Aquel peinado y aquellas cejas solo la aceptan en ligas profesionales de gente retrasada —me reí mientras negaba con la cabeza al recordar la imagen. De verdad que era épica—Al ser hijo único es normal que tu madre quiera verte casado para que le des nieto para poder disfrutarlos antes de que no pueda moverse. Pero es normal que tardes en encontrar a alguien, una mujer que pueda soportarte las veinticuatro horas del día debe de ser única en su especie —dije, aparentando sorpresa mientras nuestros pasos resonaban por la recepción del hotel.

Lo bueno de todo aquello es que habíamos hecho tiempo para que la comida llegase a la habitación sin tener que esperar sin hacer nada. Y joder, qué hambre me había entrado. Después de aquella noche iba a mirar a Magnus con otros ojos. Entre esas gafas que, a pesar de no quedar extremadamente mal, no favorecían a su atractivo y los retratos que su madre me había enseñado… De verdad, algún tipo de ente divino se compadeció de él e hizo que mejorase considerablemente con los años. Ambos nos subimos al ascensor por enésima vez y una vez en nuestra planta, como todavía no parecía haber llegado el servicio de habitaciones y ya estaba hasta las narices de caminar con tacones, yo seguí de largo para mi habitación.

Ahora voy, que voy a cambiarme —le informé, siguiendo de largo para entrar en mi habitación.

Llegué al dormitorio y me desvestí, haciendo que el vestido cayera por gravedad al suelo. Me senté en ropa interior en la cama y me quité los tacones, para luego dirigirme al armario y coger un pijama. No tenía ropa de entretiempo. Me había traído pijamas y ropa elegante para asistir a la fiesta y a las reuniones. Así que me puse unos pantalones de algodón de color negro bastantes sueltos y sujetos con un lazo a la cintura y una camisilla blanca y negra, me puse unas zapatillas y tras mirarme en el espejo para ver que mi raya del ojo (básicamente mi único maquillaje) estaba bien, salí nuevamente hacia la habitación de Magnus, encontrándome en la puerta al servicio de habitaciones. Se me hizo la boca a agua cuando olí las pizzas y vi el queso de los nachos. Sin duda alguna la noche de gordos con el cejas iba a ser mucho más divertido que estar en aquel baile evitando a Mandongui.

Entré a la habitación mientras el servicio de habitaciones entraba la comida y me senté en el sofá con los pies sobre él, dándome cuenta de que el mando del televisor no estaba sobre la mesa, sino que estaba encima del televisor. Puse los ojos en blanco.

¿Qué clase de lógica usas para poner el mando del televisor encima del televisor, Mag, querido? —dije con el mismo tono de voz que usó su madre, aunque ella lo decía con dulzura y amor, yo más bien con ironía—¿Quieres ver una peli? —pregunté, asumiendo que la respuesta sería positiva. Realmente lo que quería preguntarle es que eligiera una película. Mientras no fuera una de esas películas ñangas de amor, me valía.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Miér Oct 21, 2015 4:08 pm

Vaya cachondeíto que se estaba metiendo entre pecho y espalda la puñetera de la pelirroja con la foto de mi graduación. Joder, reconozco que esa foto es horrenda, la peor foto de toda mi vida, pero para ya, coño. Déjalo de una puta vez. Pero ella seguía y seguía, insistiendo sobre todo en mis cejas. Venga vale, que sí, que tenía más cejas que cara, aceptemos submarino por animal acuático, pero déjame vivir. Nota mental: obligar a mi madre a esconder esa puñetera foto en el rincón más oscuro y sucio del desván.

- Si me hubieras tocado sería preocupante, cuando yo estaba en séptimo tú estabas en… ¿segundo? - pregunté, porque realmente no lo sabía. No recordaba la edad exacta de Abi, mi cerebro solo almacena la información importante. Es igual. - Coño, tuviste que estar en mi graduación entonces. - añadí, pero obviamente no se acordaría. Era un poco pertubador saber que nos habríamos cruzado por Hogwarts cuando yo era un adolescente pajillero y ella una niña sin tetas todavía. - Ahora ligo más, pero vamos, tampoco es que sea muy difícil… en Hogwarts solo la metí un par de veces. En la universidad sí tuve más rollos. - comenté, en Hogwarts solo tuve a la primera, la chica con el vello púbico rosa. Pobrecita, ni me acordaba de su nombre. Dijera lo que ella dijera, yo me veía igual. Mayor, con menos cejas (y juro que nunca me las he depilado, tendré alopecia “cejeril”) pero con la misma cara.

Gracias a Merlín mi madre no tardó mucho en traerme las gafas. Tuvo que dar su colofón de despedida, diciendo que invitara a Abi a comer a casa porque blablabla y porque tendríamos hijos preciosos. ¡HIJOS CON ABI! Mira, no. No, en serio, me corto los huevos, me corto las venas, me corto lo que haga falta pero a esta no la preño ni aunque me paguen un sueldo vitalicio de 10.000 galeones al mes. De hecho cuando habíamos follado no solo me aseguré de que ella usara protección (pociones raras y ese tipo de historia que toman las tías) sino que yo también lo hice. Y odio los condones con toda mi alma, pero yo no me arriesgo. Aparte, no es por ser desconfiado y tal, pero sabiendo cómo es Abi no me extrañaría que me pegara ladillas o cosas peores.

Cabreado con el mundo, bueno no, cabreado con la puñetera madre que me parió, fui el primero en llegar al hotel por la puta Red Flú. Abi llegó poco después y lo primero que le pregunté era lo obvio: ¿graduación o con gafas de pasta? A mi parecer tenía la misma cara de retrasado en ambas situaciones.

- Que exagerada eres, pelirroja, me cago en la hostia. - me quejé ya de camino a las habitaciones, cuando ella dijo que mi foto de graduación era jugar en otra liga. No, si ya tenía asumido que tenía cachondeíto para una década al menos. - Habría que verte a ti con dieciséis o diecisiete años… cada vez que voy a ver a mi madre le meto la bulla para que tire esa puta foto a la basura o al menos la guarde en el rincón más escondido del desván, pero siempre dice que estoy precioso y que le recuerda tiempos mejores. - conté poniendo los ojos en blanco. Mi madre es insoportable a veces, la quiero mucho, pero es insoportable. Tiempos mejores decía la jodida… claro, cuando mi padre le daba palizas diarias. Unos tiempos maravillosos. Tenía la teoría de que mi madre nunca había sido consciente de que fue una mujer maltratada. Las mujeres de su época verán igual de normal ir de compras a que su marido las viole y las maltrate. Yo que carajo sé. - No hace falta que me case para que mi madre tenga nietos… puedo adoptar a una chinita o a un niño desnutrido de África. - aunque sonaba a coña y de hecho pretendía que pareciera una broma, en el fondo para mí era una opción real. - Para encontrar hay que buscar, y yo no busco a nadie, querida. - agregué imitando a mi madre en la última palabra. - Estoy muy a gusto solo, que es verdad que es complicado que haya una tía que me aguante, pero oye, también es complicado que yo aguante a una tía. - no me iba a negar si de repente aparecía en mitad de la nada eso que llaman “media naranja”. Pero, ¿y lo a gusto que estoy yo tocándome los huevos sin darle explicaciones a nadie? ¿Y si algún día salgo de caza, qué le digo a la novia, eh? “Cariño, hoy llego tarde porque voy a asesinar a un par de tíos, ¿te importa llevar a la tintorería mi ropa? Las manchas de sangre son difíciles de quitar.” - Para que una tía me ate tiene que ser prácticamente perfecta. Perfecta para mis gustos claro, pero perfecta. Punto. No me conformo con menos. - sí, soy un tío exigente, pero si lo único que me interesase fuera no envejecer solo (motivo por el cual se forman muchísimas parejas) me habría casado con doña Eris.

Entre una cosa y otra se me había olvidado por completo que pedimos comida. Mejor dicho: que Abi pidió comida al servicio de habitaciones mientras yo hacía el subnormal perdiendo lentillas. Al subir a la habitación me pregunté si habrían venido ya y se habrían ido al no recibir la contestación, algo que me angustió. Joder, sé que no es motivo para que a uno le entre ansiedad, pero es que tenía un hambre que te cagas y como por culpa de las putas lentillas me perdiera mi pizza familiar barbacoa me iba a dar un ataque. Un ataque de hambre, cabreo e histeria.

- Mucho estabas tardando. - respondí cuando Abi me dijo que iba a cambiarse, entrando en mi habitación. No sé cómo coño pueden aguantar las tías en tacones. Me senté en la cama y me quité la camiseta, porque me agobiaba. Verme comprando pijamas es un espectáculo, porque como con camiseta no estoy cómodo o uso pantalones de chándal sueltos o compro pijamas normales y las camisetas las corto para trapos (sí, limpio mi casa, no soy un guarro… un guarro de limpiar, no de sexo, de eso sí lo soy).

Justo guardaba la camiseta cuando llamaron a la puerta. Abrí pensando que sería la pelirroja, pero para mi goce y felicidad era el servicio de habitaciones. Metieron todo un carro lleno de comida de gordos y antes de decir Alohomora lo dispusieron todo encima de la mesa. Me senté en el sillón y justo entonces apareció la pelirroja, quien acaparó el sofá. Estaba disponiendo la comida de manera que su pizza estuviera delante suya, la mía delante mía, las patatas y las cocacolas, cuando escuché su pregunta. Alcé la vista, bastante sorprendido.

- Coño, ¿dónde quieres que ponga el mando, Abigail, querida? - contesté retóricamente en el mismo tono que ella, o sea, imitando a la maldita madre que me parió. - ¿Dentro del váter? Es el mando de la tele, ergo, se pone en la tele. Lógico. - de toda la vida de Merlín, me cago en la hostia. - Si lo pongo en otro lado luego no lo encuentro. - añadí abriendo mi cocacola y dándole un largo trago. Cerré la botella y la puse encima de la mesa, escuchando su pregunta. - Venga va. - me levanté y cogí el mando, encendiendo la tele. Lo primero que me apareció fue una especie de catálogo de películas y series, nada de canales de televisión muggles. Tanto mejor. Me volví a sentar en el sillón y empecé a comer una porción de pizza mientras con el mando iba viendo la larga lista de pelis. - A tres metros sobre el cielo, Perdona si te llamo amor, Un paseo para recordar, El diario de Noah, Orgullo y prejuicio… en serio, ¿quién coño ha hecho esta lista? - pregunté sorprendido, la enumeración de las pelis no era precisamente fantástica. Luego me di cuenta de que había entrado en la categoría Romántica sin querer. - Joder, soy retrasado. - reconocí, no hacía falta que la pelirroja me lo dijera. Tragué otro bocado y en la categoría General empecé a indagar. - ¿Alguna idea? Gore no, que sé que te da asco la sangre. ¿Ves? Sé algo de ti, aparte de que eres insoportable y estás más buena en pijama que arreglada, por cierto. - era la pura verdad, yo no sé para qué coño las tías se arreglan tanto, si luego al natural están mucho más follables. Seguí navegando en la lista hasta que me harté. Cerré los ojos y empecé a hablar, con cada sílaba movía el cursor de la tele hacia la derecha. - Pito pito gorgorito, ¿a dónde vas tú tan bonito? A la era verdadera, pin pon fuera, tú te vas y tú te quedas. - abrí los ojos y la película que apareció en pantalla tenía el título de Origen. - ¿Esta no es la que va de un sueño que está dentro de otro sueño o una paranoia parecida? - pregunté, me sonaba de haber leído alguna crítica, pero no la había visto. - Pues esta misma. - le di al play y dejé el mando en la mesa, justo a mitad de Abi y yo, para que luego se queje. Seguí comiendo otra porción de pizza y hundido en el sillón mientras aparecía la primera escena de la peli.
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Abigail T. McDowell el Jue Oct 22, 2015 12:04 am

Si  comparábamos nuestras edades por los cursos en Hogwarts se notaba muchísimo más que me sacaba prácticamente cuatro años. No estaba en segundo, pero sí que estaba en tercero cuando se graduó. Joder, menudos tiempos aquellos. Y era una verdadera pena no acordarme de la graduación de Magnus, aunque por acordarme no me acordaba ni de la mía propia.

Habré asistido, pero no estaba prestando atención a los graduados. Si te llego a ver, te aseguro que ese peinado no se me hubiera olvidado nunca en la vida —dije divertida, encogiéndome de hombros ante la pura realidad. Abrí los ojos más todavía cuando Magnus aseguró que había mojado más el churro en la universidad que en Hogwarts—Los hechos hablan por sí solos. En tu adolescencia eras un cardo, con el tiempo has ido mejorando y por mucho que te creas del montón, tienes un no sé qué qué sé yo que es tremendamente follable —curvé una sonrisa—Aunque creo que tu actitud de arrogante gilipollas a veces ayuda —Que no sé qué tenemos las chicas que nos gustan este tipo de hombres. Pero yo por lo menos lo sabía, yo no soportaba a los chicos buenos que buscan amar para siempre y poseen una personalidad tan simple y aburrida que no despiertan ni el más mínimo interés.

Fue bastante corta la visita a casa de su madre, pero de lo más enriquecedora. Nunca pensé que pudiera encontrar tantas sorpresas en una habitación tan pequeña. Cuando nos fuimos de allí y volvimos al hotel francés, le dejé claro a Magnus que no estaban tan mal con gafas, por lo menos si lo comparábamos al aspecto de nerd retrasado que tenía con diecisiete años. Dejó caer que cómo sería yo con esa edad y lo miré de soslayo… No sé cómo estaré con cuarenta años, pero a partir de mis quince me desarrollé de tal manera que mi narcisismo ahora mismo está en su punto más álgido. Según mi propia opinión he cambiado a mejor, pero jamás he pasado por una etapa como por la que pasó Magnus. Pero las cosas eran diferentes: las mujeres nos desarrollábamos mucho antes que los hombres y la cara de niñato a muchos les duraba demasiado tiempo.

No creo que puedas encontrar en ningún lado fotos de mí con menos de quince años —le dejé claro, pues creo que mi madre las quemó todas y luego hizo desaparecer las cenizas—Pero te digo desde ya que no hay ninguna etapa en mi vida de la que me avergüence, por lo menos desde que tengo consciencia —ladeé una sonrisa, dejando claro que yo siempre había ido a mejor.

Ya por una parte me aterraba la idea de tener hijos. ¿Te imaginas tener un hijo y no tener a alguien que te apoye para criarlo? Aunque visto así... un hijo era un compromiso, pero tener un hijo y al padre de hijo, eran dos compromisos. A lo mejor sí que era mejor adoptarlo aunque no tengas pareja… Aunque por norma general siempre pensé que las personas como Magnus, que quieren casarse y tener hijos, siempre habían pensado en hacer primero una cosa y luego la otra. No directamente pasar a la segunda adoptando a un niño él solo. ¿Tantas ganas tenía de ser padre? Qué miedo.  

¿Tendrías un hijo adoptado si te cansas de esperar a una chica? —pregunté sorprendida pues no me lo esperaba y tampoco me lo imaginaba. ¿Magnus siendo padre soltero de una chinita o de un negrito desnutrido? Sería bastante tierno, pero no podía imaginarme a Magnus así ni de lejos—Hombre, como todos los inconformistas, creo yo... —contesté cuando Magnus dijo que solo se casaría con alguien que le pareciera realmente perfecta.

Yo directamente NO me casaría con nadie (sin contar claro el desliz de drogados que tuvimos Apolo y yo en las Vegas, suceso que no se lo voy a contar a más nadie pues la reacción de Caleb fue suficiente por lo que no me quiero imaginar la de Magnus como se entere de que Doña Abigail está casada con el que podría haber sido su cuñado gay), pero si por algún casual mi mentalidad cambia con el tiempo y no vomito al escuchar la palabra compromiso, si el hombre no me parece perfecto, ni de coña. La simple idea de formar una familia hacía que me dieran arcadas. Imaginaos si me imagino a una familia no perfecta.

Tras cambiarme en mi habitación volví a la de Magnus mucho más cómoda, sin tener que soportar los tacones y con una movilidad mucho mejor. Me quité las medias  y las ligas y me puse simplemente un pijama, dejando la varita en mi habitación pues no me iba a servir de nada. Justo cuando volví al cuarto de Magnus vi que el servicio de habitaciones ya había llegado y mientras ellos lo colocaban todos, yo me senté en el sillón, escuchando la lógica aplastante que Magnus había utilizado para colocar el mando de la tele.

Coño, es un maldito mando a distancia. Menuda gilipollez es ponerlo encima del televisor, se supone que fue creado para poder controlar el televisor desde lejos. No sé, ¿no sería un mejor sitio aquí? —señalé la mesita que estaba delante de nosotros como si estuviera iluminada divinamente—¿En una mesita en donde llegues estirando el brazo una vez te has sentado en el sillón y encontrado la posición perfecta? —pregunté retóricamente. ¿Era la única persona que pensaba que era de género retrasado poner el mando de la tele encima de la tele?

Abrí mi pizza carbonara y cogí un trozo a la vez que él pasaba con el mando una cantidad de series moñas, casi me daba la sensación que en vez de estar comiéndome una carbonara estaba comiéndome una jodida pizzas de sabor arcoiris y unicornios. No había visto ninguna, pero los nombres hablaban por sí solas. Menos “Orgullo y Prejuicio” que parecía un drama de tres mil pares de cojones, todas tenían nombre de romances adolescentes de mierda.

Qué sorpresa… —murmuré de manera irónica cuando dijo que era retrasado, mirándole de soslayo con jocosidad— Mientras no sea un romance o de drama, me vale —le dije cuando me preguntó, para luego escuchar cómo hacía subir mi ego. No contesté, simplemente ladeé una sonrisa mientras volvía a morder mi pizza, echando en dos vasos la cocacola para ambos.

Tras una canción infantil de elección aleatoria cantada por Magnus, dimos con la peli perfecta. Origen. No tenía ni idea de lo que iba, pero al parecer él sí. Me encogí de hombros confiando en su criterio y en su maldita canción infantil y cogí la caja de mi pizza para hacerme hacia atrás y ponérmela encima, para poder comer tranquilamente apoyada hacia atrás sin manchar nada. La película prometía con el principio, pero la verdad es que la pizza no me duró demasiado. Por norma general una pizza sería suficiente para mí para cenar, pero aquello era una noche de gordos y había que cumplirla con propiedad. Después de mi pizza y una escena de descanso, cogí los nachos y me comí bastantes, pero no todos, ya que había que dejar hueco para el postre.

Más o menos a mitad de la película ya nos lo habíamos comido casi todo, como buenos gordos qué éramos. Eso sí, de igual manera que comí mucho, también bebí mucha cocacola. Cuando ya había pasado hora y media de la película, cogí el mando y lo pausé sin previo aviso.

Me hago pis —le informé a la vez que me levantaba y corría hacia el baño. Hice pis, me lavé las manos y me enjuagué la boca, para luego secarme y volver a salir hasta el salón.

Cuando me senté nuevamente, le volví a dar al play y abracé a un cojín mientras me sentaba como los indios encima del sofá. La película se volvía cada vez más interesante, hasta que llegó el final. Un final inesperado y… confuso. Muy confuso. Me quedé callada los primeros segundos de los créditos y, cuando ordené mis propias ideas, me giré hacia Magnus en la misma posición pero mirándole a él.

¿Era un sueño o la realidad? —le pregunté, sabiendo perfectamente que era un final abierto de libre creencia, pero con curiosidad por saber qué opinaba él. ¿O quizás sí había un final seguro pero había que pensar demasiado para dar con él? Puff, odiaba y me encantaban estas películas en partes iguales. Por una parte adoraba esa sensación de misterio pero por otra parte odiaba que no estuviera completa, que faltase ese final claro y preciso. Era horrible teniendo en cuenta que tengo la mala manía de tenerlo todo bajo control y que me gustaba saberlo todo; era como un vacío.
Abigail T. McDowell
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PB : Hayley Williams
Edad del pj : 30
Ocupación : Ministra de Magia
Pureza de sangre : Sangre limpia
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Lealtad : Lord Voldemort
Patronus : No tiene
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Oct 23, 2015 12:49 pm

Cuando doña Abigail expone su ego me dan ganas de potar. Luego yo soy gilipollas y le reconozco que está buena, pero porque tengo el problema que si no digo lo que pienso, reviento. Si tuviera más autocontrol le mentiría y le diría que es un cardo, pero ni ella se lo iba a creer ni yo iba a poder luego dar a argumentos a favor de esa afirmación. Porque si fuera un cardo no me la pondría más dura que el hormigón. Fácil, sencillo y obvio. Ojalá cuando pasaran los años se transformara en un oso hormiguero y se le bajaran las ínfulas.

Soy un bocazas. Un puto bocazas. Rodé los ojos cuando me preguntó sorprendida sobre mi arranque adoptivo a lo Brangelina. No tenía ni puta idea de qué decir, porque reconocerlo sería darle motivos (¡más!) para cachondearse de mí y mentir no es lo mío. Hoy no estaba siendo mi día más inteligente.

- Era una exageración, tía. - contesté en tono neutral. Y era cierto, no adoptaría a una chinita o un niño desnutrido de África. Inglaterra está lleno de orfanatos de niños abandonados, no hace falta irse tan lejos para adoptar.

Cualquiera que nos viera colocar las pizzas, nachos y patatas pensaría que somos dos obesos que después de toda esa comilona engordaríamos tanto que modificaríamos la gravedad de la Tierra. Aparte que se supone que comer tanto por la noche es malo para el estómago y demás mierda, pero total, un día es un día. Abi me tocó los cojones con el tema del mando a distancia de la televisión, al principio no entendí por qué carajo me preguntaba. El mando de la tele va con la tele, de toda la vida de Merlín, igual que la escobilla del váter va junto al váter. Es pura lógica, cada oveja con su pareja. Puse los ojos en blanco con su diatriba sobre que lo suyo sería ponerlo en la mesa. Por Merlín dame paciencia, porque como me des fuerza la mato.

- Vamos a ver, Abigail, querida. - empecé, abriendo mi caja de pizza y enamorándome del olor que desprendía. - Cuando estoy viendo la tele pongo el mando en la mesa para cogerlo cómodamente, pero cuando no la estoy viendo lo pongo encima de la tele, porque si lo dejo encima de la mesa luego viene el perro y jugando lo tira, y es capaz de acabar el mando debajo del frigorífico. Y cuando no es el perro soy yo que lleno la mesa de papeles, el mando se cae, y acaba apareciendo en la ducha. Para prevenir lo pongo en la tele, porque sé que de ahí no se va a mover. ¿Te parece buena explicación o todavía tienes que sacarle la puntilla? - probablemente lo segundo. Qué puñetera es la jodida cuando se lo propone, o sea, el 100% del tiempo.

Curioseando por el catálogo de películas solo me encontré mierdas moñas, hasta que me di cuenta que me había metido en la categoría de Romántica  sin querer. Tengo que admitirlo, de esas películas insoportables que enumeré había visto una: El diario de Noah. Fue una noche aburrida en casa, no echaban nada en la tele porque hubo partido importante de ese deporte muggle… fútbol, creo que se llama. Todos los canales hablaban del partido menos el que echaba esa película y con el pensamiento de reírme la dejé. Acabé cabreadísimo con la tía, que más estúpida y subnormal no nace, pero el final… joder, el final. Acabé llorando como un retrasado. Y no soy de lágrima fácil, hacía muchos años que no lloraba, pero esa noche gasté tres paquetes de kleenex. Magnus Brooks, famoso por su arrogancia y por ser un capullo egocéntrico las 24 horas del día, llorando a moco tendido con temblores incluidos por una película romántica. La película era horrible, pero ese final… mira, hay que tener el corazón de piedra para no llorar con ese final.

Al final tuve que elegir una peli totalmente al azar y salió Origen. Me hundí en el sillón con mi caja de pizza, concentrado desde el primer fotograma. Escuché buenas críticas y además era de Christopher Nolan y ese tío era un puto crack, así que esperaba que mereciera la pena. No tardé mucho en terminar la pizza y atacar las patatas, justo en el momento que una figura conocida salía en pantalla, el actor que encarnaba al padre del protagonista.

- ¡Hombre, Alfred! - dije en tono alegre, recordando de repente que no estaba solo. Mierda. Cuando veo películas me abstraigo tanto del mundo que ya me había olvidado de doña Abigail. - Es el que hace de Alfred en las pelis de Batman de Christopher Nolan… esta peli también es de Nolan. Sí, me gusta Batman. - reconocí. - “Porque es el héroe que Gotham se merece, pero no el que necesita ahora mismo. Así que lo perseguiremos porque él puede resistirlo. Porque no es un héroe, es un guardián silencioso. Un protector vigilante.” - relaté con una seriedad y epicidad desbordante, haciendo luego una pausa teatral. - “Un… caballero oscuro.” Buah, ¡qué final joder! Me empalmo solo de acordarme. ¡Los pelos de punta! - sinceramente dudaba mucho que Abi hubiera visto las películas de Batman, y menos esa, pero joder, me encanta. Aparte de que es un peliculón que te cagas es que Batman es la puta caña. Me callé antes de que me asesinara con un nacho envenenado, volviendo a meterme en la película. Al buen rato de repente la pausó, diciendo que iba a hacer pis. - Qué fina me ha salido la pelirroja… se dice me estoy meando, Abi. - le corregí para tocarle las narices un rato.

Cuando terminó de “hacer pis” volvimos a ver la película y ya no me di cuenta de nada de lo que pasaba a mi alrededor hasta que acabó. El final me había dejado con el culo torcido, así que los primeros segundos de los créditos me quedé mirando la tele perplejo. Coño, que puto coraje me dan los finales así, con que hubiera durado un segundo más de película mi culo estaría tan recto como siempre. Christopher Nolan tenía que ser. Escuché la pregunta de Abi, que básicamente era la misma que tenía yo en mi cerebro. La miré con cara de póquer, porque yo estaba igual que ella, aunque tiraba más a la teoría de que era la realidad.

- El tótem parecía a punto de caerse, así que yo creo que estaba en la realidad. Porque en las otras escenas donde están soñando el tótem no tambalea en ningún momento. - razoné, tenía su lógica. Sobre todo en la escena esa que va la mujer del protagonista que está como una puta cabra y guarda el tótem en una caja fuerte. Están en un sueño y el trasto ese se pasa un buen rato girando como si tal cosa. - Aparte, creo, que los niños parecen más creciditos que en las otras escenas donde son recuerdos o sueños… como una señal de que el tiempo ha pasado desde la última vez que los vio y tal. Creo, tampoco me he fijado mucho. - la ropa era parecida, pero yo los veía más altos. - Vaya puta paranoia, es de esas películas que tienes que ver cinco veces para enterarte de la mitad. Por cierto, la chavala que ayuda al prota se parece un montón a esa del departamento de aurores… tú sabes a quien me refiero, que tampoco es que haya muchas mujeres auror. - no tenía ni puta idea de cómo se llamaba la auror a la que me refería, pero la había visto incontables veces por los pasillos. Y la chica de la peli, Ariadne, tenía toda su puta cara. Pero toda la cara. - Tú te quejarás de mis cejas de adolescente, pero esa chavala tiene una pedazo de frente... le cabe ahí un avión derrapando. - agregué volviendo la vista a los gofres y cogiendo uno. Una noche de gordos nunca estará completa sin un buen postre repleto de calorías.
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