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Where do we draw the line? [Magnus Brooks]

Abigail T. McDowell el Jue Sep 03, 2015 6:33 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Where do we draw the line? [Magnus Brooks] - Página 3 B8sshj

Los mundiales de Quidditch estaban a punto de empezar y, como tal, los festejos también. El Ministerio Francés de Magia solía tener un gran vínculo con el nuestro, sobre todo por la relación de los Ministros actuales y, teniendo en cuenta que los mundiales se celebraban en Francia, requerían de la figura más representativa de Londres para los últimos ajustes al programa. Por lo que Benjamin Winslow tenía unos compromisos a los que asistir, motivo principal para estresarme yo, ya que me tocaba quedarme al mando en ciertos aspectos del Ministerio, totalmente sola y sin jefe.

No obstante, cuando ya me había organizado, todos los planes cambiaron por completo. El Ministro me había dicho que le era imposible viajar a Francia por “motivos personales”, por lo que me pedía encarecidamente que, como su Asistente y persona de mayor confianza laboral, fuera en su nombre y como representante. Mi cara fue un poema trágico de negación continua. Al principio me negué, más por pereza que por otra cosa, pero finalmente el Ministro y su persuasión me hicieron tener que aceptar. Cómo si me quedase otra opción…

Lo peor de todo no era eso, sino que como noticias de última hora, uno de los jugadores del equipo de los Tornados de Tutshill había sido denunciado por doparse para los partidos, por lo que todos los jugadores debían de ser sometidos a juicio para saber si los descalificaban. Teniendo en cuenta que era un equipo británico, reclamaron la presencia de un fiscal de su mismo país para su defensa, interrogatorio y su sentencia.

La idea iba de mal en peor.

Qué por norma general un viaje de trabajo como este no me hubiera importado, ¿pero tener que ir acompañada de Magnus Brooks? Cada vez me apetecía menos. Había insistido al Ministro en ir por separado, hubiera sido mejor, pero él insistía en que mejor si iba acompañada, pues daría una mejor imagen.

Los planes eran pocos: asistir la primera noche al evento de apertura que se celebraría en una de las mansiones francesas de uno de los peces gordos del Ministerio Francés, a dónde estábamos invitados tanto Magnus como yo. Al día siguiente sería el juicio por su parte y algunas reuniones por la mía. Dependiendo de cómo fuera el juicio, íbamos a tener que quedarnos más tiempo. Esperaba que Magnus fuera tan bueno como alardeaba serlo y no tardase más de lo propio en saber aclararlo todo.

El evento era un viernes por la noche, por lo que el Ministro me dio el día libre debido al favor que le estaba haciendo. Preparé una pequeña maleta (pequeña por fuera, infinita por dentro) con todo lo necesario para los días que íbamos a estar en Francia y me vestí de manera sencilla pero profesional. Unos pantalones de pinza ajustados, unos tacones negros y cerrados pero con un tacón de muerte y un top verde bajo una chaqueta del mismo color que los pantalones. Mi pelo, como de costumbre, estaba liso y peinado.

Llegué a las 16:30 a las chimeneas privadas del Ministerio de Magia, posicionadas cerca del despacho tanto del Ministro como del mío. Había quedado a esa hora con Magnus, pues al otro lado de la chimenea estaría el encargado de guiarnos a nuestro hotel a las 16:40.

Impacientemente esperé, pues no me quedaba otra opción.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Abigail T. McDowell el Lun Oct 26, 2015 2:52 am

Puse los ojos en blanco cuando soltó el rollo de por qué de poner el mando del televisor encima del televisor. Menuda conversación MÁS ESTÚPIDA. Cada día nos superábamos.  Llamadme estúpida, pero yo seguía sin entenderlo. Cualquier sitio más cercano al sofá y más alejado de la tele era mucho más lógico que ponerlo encima de su jodido lugar receptor. Pero bueno, podía llegar a entender el porqué de su retraso mental, por lo que seguir discutiendo sobre ello era elevar nuestro retraso mental al infinito y la verdad es que tampoco era un tema que me importase. Eso sí, me enteré de que tenía un perro.

Qué ricura, tienes un perro. Siempre te imaginé más con un gato, en plan cabrón y tocapelotas, más o menos como tú  —dije tranquilamente, ya que no me pegaba lo más mínimo que Magnus tuviera un perro. Era como yo con los animales, tenía una lechuza más bien por obligación y un elfo doméstico porque era demasiado vaga como para perder el tiempo en hacer cosas del hogar. ¿Pero tener que cuidar a un animal de compañía? Demasiada responsabilidad—¿Cómo se llama? —pregunté por curiosidad, ya que el nombre de un animal decía mucho de su dueño. Y con la racha que tenía hoy, no me extrañaba lo más mínimo que pudiera apuntar el nombre de su chucho en mi lista de cosas con las que meterme con Magnus. No era lo mismo a que se llamase Nasus a que se llamase Algodón de Azúcar.

Tras una elección totalmente aleatoria de la película, Magnus eligió una que se llamaba Origen, de un tal Christopher Nolan. No iba a mentir… yo no sabía prácticamente nada de cine muggle. Veía bastantes películas, pero más bien recomendadas. No me enteraba nada de directores ni nada de actores. Y la verdad es que tampoco es que me interesase en exceso. De música ya era otro cantar, ahí sí que, sorprendentemente, me desenvolvía bastante bien.

Miré a Magnus con un rostro un tanto confuso y de pocos amigos cuando empezó a hablar de un tal Alfred. Sabía qué era Batman, pero no había visto una película de dicho héroe nunca, por lo que a pesar de intuir que Alfred salía en esas películas, no tenía ni puta idea de lo que estaba hablando. Así que como no me hacía gracia, le miré bastante seria para que se callase la boca y me dejase prestar atención a la que teníamos delante.

Después de comernos las pizzas, las papas y los nachos y de que yo hiciera PIS tranquilamente, el final de la película cada vez se complicaba más. Un sueño dentro de otro sueño, y de otro, y de otro… Pero creo poder asegurar con total seguridad de que la escena más épica de toda la película fue cuando empezaron a dar esas “patadas” para despertarse de un sueño y volver a la realidad. Joder, es que era una puta pasada. Cuando terminó la película no pude reaccionar rápidamente, si no que tuve que pararme a pensar qué era lo que estaba pasando por mi mente. Cuando le pregunté, su teoría coincidía con la mía, aunque yo no estaba muy convencida.

Yo también creo que está en la realidad. Pero el tío estaba tan perturbado que no me extrañaría lo mínimo que todo hubiera sido un sueño y esa fuera la única manera de estar con sus hijos —contesté, pues el tío de verdad que estaba muy perturbado de la cabeza con su jodida mujer manipuladora y acosadora. Puto asco que daba apareciendo en todos los malditos lados para joder las cosas.

Yo también me había dado cuenta del razonable parecido que habia entre la ayudante de la protagonista de Fly. Las dos eran bajitas, con la cabeza redonda y el pelo largo. Lo que me sorprendió fue que Magnus la relacionara tan rápidamente teniendo en cuenta que no parecen tener demasiado trato.

Fiona Shadows, estuve con ella en Hogwarts, compartíamos dormitorio —le hice saber tranquilamente, pues Fly aunque sea una aurora, creo que es de las personas con las que más complicidad tengo. Supongo que el roce hizo el cariño. Tengo la teoría de que si ambas nos vemos en medio de una pelea, nos hacemos las tontas, nos damos la vuelta y seguimos caminando. Ella para encontrarse con otro mortifago y yo para encontrarme con otro auror. Reí ante su comparación de la frente de Fly con una pista de aterrizaje—Y sí, se da un aire, pero no tiene tanta frente, qué exagerado. Si tal aterriza un helicóptero, pero eso de un avión derrapando... No intentes quitarle importancia a tus cejas, ¿no habíamos quedado ya que eso era otra liga? —le recordé divertida, alzando una ceja mientras veía de reojo el gofre sobrante—¿En serio te cabe eso? —dije mientras apoyaba mi cabeza en el respaldar. Yo había intentado hacer hueco para el postre, pero imposible. Aquella pizza era muy grande y no dejé de comer nachos a tiempo a tener el hueco suficiente. Además, a quién se le ocurre comerse todo eso acompañándolo de una cocacola… Si el gas casi te llena más que la jodida pizza entera.

Me levanté con intención de ir a la cocina a coger un poco de agua, pues estaba seca. Y dirán lo que quieran, pero a mí un refresco no me quita la sed. Me refresca, pero lo único que realmente me quita la sed es el agua. Y el whisky. Pero eso último porque he malacostumbrado mi cuerpo. Mientras bebía un vaso, me acerqué de nuevo al sofá, observando a Magnus por un lateral. Era verdad eso que no le favorecían las gafas, pero sin duda él estaba exagerando. No era peor que sus cejas y creo que tener en tan poca estima hace que crea que es un monstruito con gafas. Si incluso le da un toque intelectual sensual. En fin, no sé, a mí unas gafas no me echaban para atrás cuando quién las llevaba era alguien como Magnus.

¿No te apetece un postre mucho más picante? —le pregunté, seductora y pícaramente desde el lateral del sofá, sonriendo de manera traviesa. Éramos experto en no irnos con rodeos; y también éramos expertos en contestaciones tajantes. Por lo que viniendo de Magnus, me esperaba un: "Tú eres amarga (o ácida), prefiero comerme el gofre."
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Oct 30, 2015 10:27 am

Como al final era obvio que tenía razón con el tema del mando a distancia, no pudo seguir metiéndose conmigo por esa vía. Así que la capulla de doña Abigail lo volvió a intentar con el tema del perro, dato que me pareció muy irrelevante decir. A ver, la gran mayoría de la población tiene un animal doméstico, sobre todo si vives solo como yo. Puse los ojos en blanco cuando me dijo que me imaginaba más con un gato. Cierto es que por mis horarios me vendría mejor un gato porque hay que estar menos pendiente de él, tiene su cajón de arena para cagar y todo eso.

- ¿Un gato? Hay que cuidarlo menos, pero si busco una mascota es para que me haga compañía, no para que pase de mí como hacen la mayoría de los gatos. - tener un gato es como tener un compañero de piso, básicamente. Para eso me compro un pensadero y me meto en los recuerdos de cuando iba a la universidad y compartía piso con dos tíos, a cual más imbécil que el anterior. - Ares. - respondí con mal humor cuando me preguntó por el nombre. Seguro que era para meterse conmigo, pero ahí no tenía nada que hacer: su nombre era el dios de la guerra griego. Otra cosa hubiera sido que me preguntara su raza.

Al final por puro azar empezábamos a ver Origen. Cuando salió el actor que hace de Alfred me emocioné y me puse solemne a recitar la puta maravilla de final de El caballero oscuro. Por la cara de Abi parecía que estaba a punto de meterme la cabeza en el váter, así que me callé y seguí comiendo viendo la película. Repleto de comida hasta los topes, me acomodé en el sillón y seguí viendo la película atentamente hasta que acabó. Con un final abierto que tocaba bastante los cojones, pero en realidad no era solo el final. La película en sí era bastante rara, de esas pelis que tienes que ver un montón de veces para tenerlo todo claro. Era demasiado ambigua. La pelirroja me preguntó por mi teoría y le dije que creía que estaba en la realidad, porque el tótem ese que era una peonza parecía a punto de caerse. Si el puñetero y genial de Nolan hubiera dejado seguir la peli un puto segundo más…

- Sí, también puede ser. También hay que tener en cuenta que la peonza no era el tótem del tío, sino de la mujer. Y en la peli se dice que si alguien que no es el dueño lo toca ya no sirve… - recordé, encogiéndome de hombros luego. Si quería llegar a una conclusión debía ver la peli más veces. Le comenté que la chica que ayuda al protagonista es clavada a una del Cuartel de Aurores y doña Abigail me especificó quien era, sin olvidarse de meterse conmigo. Por favor, ¿cómo se le puede olvidar? - Abi querida, sé que soy inolvidable, pero intenta no pensar en mí durante unos segundos. La frente de esa tal Fiona es la puta hostia, joder, si yo me fijé en ella solo por esa pedazo de frente, es toda una pista de aeropuerto. Que por cierto, Fiona… sus padres no debían quererla mucho. - observé, el nombre era feo de narices. - Que sí, que sí, que no soy el más indicado para hablar de nombres feos, pero hay que tener un poco de criterio… hasta Abigail me parece más bonito que Fiona. - reconocí, Abigail es feo, pero lo puedes acortar y no suena tan horrendo. ¿Fiona a qué lo acortas? ¿Fio? ¿Ona? - Tuve un compañero de clase en la universidad que se llamaba Telesforo. Nunca se me olvidará. Lo llamábamos Tele. - le conté cogiendo un gofre y escuchando su pregunta alzando una ceja. - ¿Lo dudas? - pregunté sorprendido, dándole el primer bocado. Tengo mi propio sistema para comer hasta el infinito: pequeños bocados y descansar de vez en cuando. Aparte de que mi estómago con la práctica se ha convertido en un pozo sin fondo. Abi se fue a no sé dónde, estaba más ocupado prestándole atención a la comida, y como veía que ella parecía no poder comer más, también me empecé a comer su gofre. Escuché su pregunta entre divertido e intrigado, y giré mi cabeza para mirarla. Levanté la palma de la mano en un gesto para que esperara, y terminé de comerme el gofre. Con una servilleta me limpié la boca. La dejé en la mesa y miré a Abi concentrado, muy concentrado. De repente un ruido ensordecedor salió de mi culo, a tal nivel que casi tiembla el sillón. Apenas un segundo después mi boca se abrió casi en su totalidad, soltando un enorme eructo. Tirarme pedos y eructos sincronizados es una de mis especialidades más secretas. - Ahí tienes tu respuesta. - solté. Vamos a ser sinceros: lo último que apetece cuando te has dado una comilona del quince es follar. Creo que si me pongo al tema a la primera embestida me salen pedos, y estos no serían precisamente provocados.

Me levanté sin intención de recoger la mesa, que para eso está el servicio de habitaciones. Fui hasta el baño y sin cerrar la puerta ni mierdas levanté la tapa del váter y eché una buena meada. Justo me la estaba sacudiendo para limpiarla cuando me fijé en algo raro que estaba en el suelo, justo al lado del váter. Algo pequeño y traslúcido. Me coloqué bien los bóxers y el pantalón y me agaché. Solté un bufido de incredulidad cuando me di cuenta de lo que tenía delante de las narices.

- ¡¡¡LAS LENTILLAS!!! - exclamé alterado, a punto de darme un sofoco. Joder coño, es que es la situación era para que me diera tres infartos mínimo. - ¡Ahí están las muy putas, las dos juntitas! ¡Me cago en la puta madre que las parió! - cuando me cabreo y suelto tacos no soy muy lógico. Sé que es imposible parir a una lentilla, esperaba que Abigail no se me pusiera incisiva. - Me voy a pegar un tiro, tía… - solté en voz alta, todavía agachado mirando las lentillas con incredulidad. Hasta yo mismo me mataría. Las cogí con cuidado y me levanté, guardándolas en su estuche. Esperaba que el día siguiente tuviera mejor suerte en el juicio, porque como tuviera la misma suerte que ese día íbamos a estar allí en Francia hasta los próximos Mundiales de quidditch.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Lun Nov 02, 2015 3:58 am

Me seguía pareciendo raro que Magnus fuera capaz de cuidar de un gato y por suerte para su dignidad le había puesto un nombre bastante chulo a su mascota. Nada más ni nada menos que el dios de la guerra. Omití decir nada más. A contrario que mi cuervo, animal que usaba para la mensajería y que se llamaba Corax, mi elfo doméstico sí que tenía un nombre ridículo… Corki. Bueno, no era tan ridículo, pero a mí me parecía horrendo. Menos mal que nunca tengo que tratar con él.

Tras comentar nuestra opinión sobre la película, él relacionó a una de las protagonistas con una chica del ministerio. Nada más ni nada menos que Fly. La verdad es que tenía su parecido, pero a mí no me parecía que tuviera tanta frente… Quizás me había acostumbrado a su gran frente por haber estado siete años viéndole el careto. O quizás como la conozco desde que tenía once años, no he visto el radical cambio de crecimiento de su frente. Ni puta idea, pero el caso es que para mí no la tenía tan grande. Eso sí, lo del nombre no se lo iba a negar…

Por sorprendente que resulte que lo diga yo, Abigail es más bonito que Magnus y Fiona. Que no digo que sea bonito, ojo —Todo conocido mío sabía mi aversión por mi nombre. Creo que el simple hecho de que mi madre me lo hubiera puesto y lo pronunciara con ese retintín durante toda mi vida, había hecho que le cogiera manía—De todas maneras, para nombres feos hay solución. A mí me llaman Abi y a Fiona desde que tengo uso de razón la llamo Fly —le dije a Magnus, por si le interesaba. En realidad no creo que le interese una puta mierda, pero acotar el nombre de Fiona ya era de por sí difícil. Y era normal que nadie quisiera que le llamaran Fiona.

Yo el único momento del día en el que no tengo ganas de tener sexo es cuando estoy mala del estómago. ¿Pero por estar llena? ¿Por tener sueño? ¿Por estar cansada? ¿Por dolor de cabeza? Cualquier mujer que ponga esos pretextos como excusas es que no ha probado el buen sexo. Una buena razón de sexo te quita el sueño, el dolor de cabeza y te hace dormir mejor. Pero bueno, al parecer Magnus tenía otra opinión al respecto… Se tiró tremendo cuesco acompañado con un eructo que me dejaron clara su respuesta. Ladee una sonrisa ante su respuesta, levantándome casi al momento para no tener que oler el hedor de su peo. Me dirigí a la cocina mientras él se iba al baño y me serví un vaso de agua.

Le escuché gritar toda esa hartada de improperios hacia las pobres lentillas y me tuve que llevar la mano a la boca para no escupir el agua en el fregadero. De verdad que aquello iba a ser para toda la eternidad. Día que me acordara de esta noche, día en la que me iba a descojonar de Magnus y su increíble batalla con las lentillas. Por no contar a su madre, su pelo, sus cejas, su super atractiva habilidad de tirarse un pedo y un eructo a la vez y, claramente, sus gafas de pasta que le hacían parecer un nerd. Suspiré después de conseguir tragar el agua y me dirigí hacia el baño, en dónde Magnus estaba metiendo las lentillas en su botecito.

Qué retrasado eres —le dije de sopetón, apoyándome de brazos cruzados en la puerta del baño, apoyada en el marco de la puerta—Me encanta. Cuando perdiste las lentillas pensé: no puede caer más bajo. Claramente me equivoqué. Cuando salimos de tu casa pensé que no podrías superar tu inutilidad. Eres un jodido ejemplo de superación, pensé que no podías ser más retrasado y mírate —dije, mirándole con ojos traviesos y una curvada sonrisa altiva. Adoraba meterme con él, al igual que él adoraba meterse conmigo. Aunque lo que más adoraba era ver en su cara ese gesto cabreado.

A mí tampoco me haría gracia que se metieran conmigo por evidencias tan claras. Pero supongo que si algo teníamos con total libertad era que podíamos meternos con el otro deliberadamente, que el otro siempre iba a salirte con una contra probablemente mejor. Si no en ese momento, en otro momento, eso estaba claro.

Salí levemente del baño para mirar al despertador de la mesa de noche y observé la hora que era. No era excesivamente tarde, pero no estaría mal irse a dormir ya si mañana íbamos a tener que madrugar para hacer nuestros quehaceres. Además, no se me apetecía ver una película y si había algo que apetecía muchísimo después de tener la barriga llena, es dormir aunque no tengas sueño. Volví a mirar a Magnus de arriba abajo y enarqué levemente una ceja.

Me voy a dormir. ¿Estarás a salvo o qué será lo próximo? Francia no te sienta nada bien —le dije, descruzando los brazos para salir del baño y dirigirme al pasillo que daba hacia el salón—Ya me cuentas mañana por la noche cómo salió todo. A ver si resuelve el juicio en un día y hace honor a su reputación, Fiscal Brooks —le guiñé un ojo juguetonamente, ladeé una sonrisa y me giré para ir hacia la puerta.

Desde por la mañana él tenía un cometido y yo otro totalmente diferente, así que como mucho nos veríamos a la noche si es que habíamos terminado para entonces de hacer todo lo que había en nuestro ajetreado croquis hecho por Mandongui.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Jue Nov 05, 2015 10:27 pm

Doña Abigail y yo metiéndonos con un nombre parecía de chiste. Normalmente es un tema como la belleza, es subjetivo, a lo mejor hay una persona en toda la Tierra que crea que Abigail es un nombre bonito (exceptuando a las madres de todas las Abigaíles del planeta). Pero no, ni ella ni yo somos las personas más indicadas para criticar nombres ajenos. Jamás le perdonaré a mi madre que me pusiera semejante nombre, porque seguro que fue idea suya, mi padre me ignoró desde antes de mi nacimiento. Tanto mejor, quizás el viejo me hubiese querido llamar como él y eso sí que sería insufrible. Vamos, es que me llego a llamar como mi padre y me cambio legalmente el nombre, lo tengo claro. Aparte, con mi nombre siempre puedo hacer el chiste de que estoy tan bueno como los helados Magnum (aunque sea una mentira obvia).

- ¿Fly? ¿Qué tiene que ver Fly con Fiona? - pregunté perplejo, asimilando la información. A ver, que Abi era un apodo fácil de Abigail, pero de Fly a Fiona hay un buen trecho. - Siempre está la opción de usar el segundo nombre como primero si es demasiado horrible. El problema es que los dos sean horribles. - como era mi caso, vaya. La mayoría de la gente tiene dos nombres, así que más de una vez me había cruzado con alguien que usaba el segundo porque el primero era de echarse a llorar. Como el susodicho Telesforo.

Fue divertido cuando Abi me propuso sexo y yo la mandé al carajo con una canción compuesta de pedos y eructos. Soy incapaz de follar después de una comilona semejante, tengo que esperar a que me haga la digestión al menos. Pero también era cierto que creo que la hubiera mandado a la mierda igualmente. No sé, será que tirármela en la mesa de su despacho tiene más morbo que en una cama. Soy así de especial.

Fui a mear y nada más sacudir las últimas gotas me encontré con algo increíble. Apoteósico. Imposible. LAS LENTILLAS. Como hago siempre que me cabreo (o sea, el 90% del tiempo) empecé a soltar tacos a una velocidad desbordante. Justo estaba empezando a tranquilizarme y a guardarlas, cuando escuché los pasos de doña Abigail. Me di la vuelta y escuché cómo se metía conmigo de todas las formas posibles. Apoyado en la pared, de brazos cruzados, no reaccioné a sus insultos. Ni siquiera pestañeé. Tampoco añadí nada cuando me dijo que se iba a dormir, estaba esperando el momento propicio para devolverle la jugarreta de haberse metido conmigo por perder las lentillas, por mi foto de la graduación y por… en fin, por todas las mierdas del día de hoy. La venganza es un plato que se sirve frío, y si yo no devuelvo la jugada reviento.

Y ese momento propicio llegó cuando me guiñó un ojo y se giró para darse la vuelta. Acto seguido di en una zancada los dos pasos que nos separaban y la cogí de la cintura, apretándola con firmeza y a la vez suavidad contra mi cuerpo. Así, de espaldas, coloqué mi mano sobre su abdomen, subiéndolo con delicadeza hasta su pecho derecho. Lo fui apretando y masajeando mientras le besaba el cuello. A esas alturas ya estaba empalmado, algo que aunque era obvio me molestaba teniendo en cuenta lo que tenía en mente. Giré su cuerpo y lo apreté contra mí para que sintiera al completo mi erección, cogiendo su cara con mis manos y besándola con una lujuria que ella conocía bien. A mí eso de primero te doy un piquito y luego intento meterte la lengua con cuidado no me va. Me gusta ir al grano. El calor de su cuerpo y su boca casi me hace pensar más con la cabeza de abajo que con la de arriba, pero seguía centrado en lo que tenía que hacer.

Fui empujándola hacia la cama, sin parar de besarla con auténtico deseo. Porque sí, tenía ganas de follármela, pero también de vengarme. Cuando ella cayó en la cama le quité el pijama en menos de dos segundos. Descubrí que debajo llevaba un conjunto de ropa interior negro. Encima negro, la hija de puta. La lencería que más me pone.

- Eres una cabrona, pero qué buena estás, hija de puta. - le susurré, desabrochándole el sujetador y quitándole las bragas con una rapidez que superaba a la velocidad de la luz. Fui bajando con lentitud hasta sus genitales, haciéndome de rogar para que ella supiera lo que le esperaba y lo anhelara más.

Sentía que mi entrepierna iba a explotar, así que fui pensando en viejas arrugadas y feas mientras mi boca se situaba a un milímetro de su sexo. Mi lengua comenzó a hacer su trabajo mientras no dejaba de mirarla. Soy retrasado, porque practicar sexo oral mientras miro a la chica en cuestión y observo sus reacciones me pone brutísimo. Pero en fin, no podía evitarlo.

Solo estuve quince segundos, casi contados, disfrutando de mi comida favorita (antes incluso que la pizza, quien invente una pizza de coño se forra). Luego alcancé el clítoris, con el que me entretuve otro par de segundos. Subí por su cuerpo y le cogí las tetas, chupando primero un pezón y luego otro. Sabía que ahora era el momento perfecto.

La cogí en brazos desnuda como estaba, acercándome a la puerta. Quizás ella pensara que iba a empotrarla con la pared, pero nada más lejos de la realidad. Abrí la puerta y la dejé fuera sin mediar palabra. Cerré la puerta casi entera, solo me podía ver parte de la cara.

- Ahora vete a aliviarte al jacuzzi, guapa. Buenas noches. - solté, cerrando la puerta, a la vez que esbozaba una sonrisa maligna. Que sí, que no era la venganza del siglo, pero seguro que la había jodido. El colofón fue despedirme de ella parafraseando aquel “vete a cascártela al jacuzzi” que me soltó esa misma tarde. Toda su ropa se quedaba en mi habitación, por supuesto. Que durmiera en bolas.

Al día siguiente

Me desperté temprano y fui directo a ponerme gordo al buffet libre del hotel. De verdad que no sé cómo no soy una albóndiga con patas a lo Mandongui, con todo lo que como… me zampé dos tostadas de jamón y tres donuts, con un café para acompañar y despejarme. Me deparaba un día larguísimo por delante. No me crucé con Abi así que desconocía sí se levantó antes que yo o todavía estaba roncando. Ya tenía bastante con saberme mis horarios como para saberme los suyos. Me pregunté si se habría aliviado en el jacuzzi o si se habría pasado el resto de la noche cagándose en mis muertos.

Una de las ventajas de hacer trabajitos extra de abogado siendo un fiscal oficial es que te conoces el negocio. Los colegas del gremio que solo habían ejercido de abogado o de fiscal no sabían lo que se perdían. Yo siempre quise ser fiscal pero no puedes entrar en el mundillo del tirón: hay que pasar por unas fases. Y aunque detestaba ejercer de abogado (era mi primera vez y podía asegurar que última desde que me aceptaron en el Wizengamot) tenía ventaja: sé cómo piensa un fiscal, cómo se prepara el caso, qué argumentos utiliza y de qué manera “influye” en el jurado. Y en mi trabajo habitual también contaba con esa ventaja: fui abogado, sé las artimañas que utilizan. He estado en ambas partes y eso ayudaba. Ayudaba mucho.

El juicio fue tremendamente aburrido. El fiscal tenía unas pruebas tan mierdas y se explicaba tan jodidamente mal que me estaba dando vergüenza ajena. Al menos fue un juicio corto, presentación de pruebas, acusación y defensa, conclusiones y poco más: ni testigos ni mierdas, cosa que ayudaba. Que también es verdad que en un caso de dopaje es complicado contar con testigos, pero de estos malditos franceses me esperaba cualquier cosa. Cuando me escuchaba a mí mismo ejercer mi trabajo me adoraba. Es uno de los pocos momentos en los que hablo con calma, serenidad y una educación digna de un caballero de una novela de Jane Austen. Como es obvio lo bordé, y después del descanso para comer mi “cliente” (veáse un equipo de quidditch completo y nervioso) fue absuelto de todos los cargos. El fiscal me miró como si me hubiera pillado follándome a su madre y yo me dediqué a ignorar olímpicamente al equipo de los Tornados, que ya estaban eufóricos y queriendo invitarme a comer y beber o yo que sé historia.

Pasé el resto de la tarde en el Ministerio de Magia francés liado con la burocracia. Matizo: liado con obligar a los administrativos a que movieran la burocracia. Hasta las 22:00 pasadas no llegué al hotel, con un cansancio físico y mental considerable.

Justo salía del ascensor cuando me encontré a Abi en la puerta. No podía saber si acababa de llegar como yo y no me la crucé en el ascensor por cuestión de segundos, o si hacía rato que llegó y ahora se disponía a salir.

- Hombre, pelirroja. ¿Qué tal ese día? - pregunté de buen humor, apoyándome en el resquicio de la puerta de mi habitación. - Adivina quién ha ganado el caso. Mañana a primera hora nos vamos. - anuncié, orgulloso. A ver coño, que he ganado un puto juicio en un día, que me den una medalla. Sí, el fiscal era un mierda, pero yo también tuve parte del mérito, carajo.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Lun Nov 09, 2015 3:14 am

Obviamente Fly y Fiona no tenían nada que ver, pero a mí desde los once años me había dicho que la llamase así y para mí era el nombre con más sentido de todo el mundo. Tampoco era para darle tantas vueltas. Por eso, dando por finalizado nuestra noche, me propuse irme de su habitación para descansar antes de la mierda de día que nos esperaba. Total, lo único que podía mejorar el fin de semana con Magnus en Francia era tener sexo, pero se ve que va a ser la gran mierda del mes este fin de semana.

Caminé apenas unos pasos por el pasillo y él se encargó de no dejarme continuar. Con una de sus manos me pegó a su cuerpo y con la otra subió por todo mi vientre hasta llegar a mi pecho. Sonreí por haber conseguido lo que quería, sabiendo perfectamente cómo iba a terminar aquello. Me giré y sentí su erección contra mí, sintiéndome cada vez más cachonda cuando me besó con esa mezcla de rabia y pasión que le caracterizaba. Caminé de espaldas hasta que mis piernas dieron contra la cama y automáticamente mi cuerpo cayó sobre el colchón. Me desnudó con una rapidez suprema y bajó por todo mi cuerpo hasta dejar su cabeza en medio de mis piernas. Primero lo miré con picardía, para luego dejar caer mi cabeza hacia atrás nada más sentir su lengua en mi sexo. Era lo puto mejor que te hicieran sexo oral. Era el triple de placentero y te humedecías rapidísimo y es que Magnus lo hacía de puta madre. Sentí un escalofrío de placer por toda mi espalda cuando su lengua rozó mi clítoris y de repente sentí como se tomaba un respiro innecesario. ¿Por qué para? Me cogió en brazos y me dirigió hacia la pared para empotrarme contra ella. Pero no.

Mi sorpresa es que al lado de la pared había una puerta.

Y la puerta se abrió.

Y yo me quedé fuera.

Y él dentro.

...

¿Qué acaba de pasar?

Lo miré con una mirada tan asesina, que si estaba vivo en aquel momento es porque en aquel puto hotel no se puede hacer magia. Porque estoy segura de que hubiera salido de mis putos ojos un puto Crucio que le hubiera matado del puto dolor.

Me cerró la puerta en las narices con la misma frase con la que yo le había mandado a la mierda esta tarde. No sabía si me parecía sublime, o un puto niñato. Me fui a mi habitación rápidamente y entré en ella antes de que nadie pudiera verme en bolas en medio del pasillo.


AL DÍA SIGUIENTE


Me levanté de puta mala hostia. Por una parte por lo de anoche y, por otra, porque me había despertado tres putos minutos antes de que me sonara el despertador. Y no había nada que me jodiera más en esta vida, que despertarme antes de que sonara la alarma, después claro de que un hombre me deje a puto a medias en la cama. ¿Quién se cree qué es? Así que estaba viviendo un puto combo de situaciones que aumentaban mi mal genio matutino y de todo el día.

Fui la primera en entrar al buffet para desayunar y tras comerme apenas lo mínimo para aguantar, volví a mi habitación a lavarme los dientes para luego reunirme con el maldito Mandongui. Obviamente tuve que inventarme una excusa para explicarle por qué nos habíamos ido y claramente le dije que a Magnus le había dado diarrea y se había cagado en los pantalones en medio de la fiesta. Que fue una situación de suma importancia y que por eso nos habíamos ido sin avisar.

Por todo lo demás, el día fue bastante tedioso, pero fácil. Asistir a varias reuniones en donde tuve que dar mi opinión por el ministro británico, algo realmente fácil teniendo en cuenta de que Benjamin y yo nos compenetramos bastante bien. Asistí a reuniones en las que no tuve que ser partícipe pero por el mero hecho de que el ministro francés insistía en que me enterase para los futuros cambios que se llevarían a cabo. Así mismo, almorcé tanto con el Ministro como Mandongui y otros jefes de departamento y por la tarde fue todo más tranquilo, pues giró todo en torno a los mundiales de Quidditch. Un tema que no me parecía tan pelmazo.

El ministro de magia francés había mostrado especial interés no solo por mí, sino por mis relaciones sentimentales. Incluso me preguntó que si tenía algo con mi acompañante de este viaje. Me inventé que en un momento intentamos salir, pero que entre su alopecia (que llevaba peluquín) y su eyaculación precoz, no había salido bien. Finalmente, me invitó a cenar de manera más íntima. Solo él y yo.

No llegué muy tarde al hotel, por lo que aproveché para bañarme y prepararme para la cena con el ministro. Me dijo que me esperaría a las 22:10 en la zona habilitada del hotel para desaparecerse. Así que un poco justa, salí de mi habitación para dirigirme allí, con una falda alta, unas medias con botas de tacón y una chaqueta de cuero. Mi sorpresa fue ver a Magnus en la puerta de su habitación dirigiéndome la palabra. Tiene suerte de que no pueda usar magia. De verdad que tiene mucha suerte. Me caerá bien, pero ningún hombre me ha dejado con anterioridad con las ganas ni me ha tratado de esa manera. NADIE. Y si había algo sagrado para mí era el sexo y Lord Voldemort. Y conmigo no juega nadie, porque antes de que eso pase, está muerto. Soy una mujer con paciencia limitada. Sobre todo con este hombre.

Me acerqué a él con una dulce sonrisa en el rostro, para sujetarle el paquete con fuerza, cogiéndolo desprevenido. Es más, cuando sentí sus huevos entre mis manos apreté fuertemente para luego pegarlo contra la puerta de su habitación. Mi sonrisa ya no era dulce. Es más, ¿qué sonrisa? Le estaba mirando seriamente. ¿No os habéis topado nunca con alguien al que no debiste putear? Esa soy yo. Solo que él no conocía mi auténtica faceta, se había limitado con conocer a la arrogante asistente con la que tener una aventura sexual.

Pensar no duele Magnus, ¿por qué no lo intentas? —le pregunté retóricamente—¿O es que estoy apretando la única cabeza existente en tu cuerpo? —dije, apretando más mi mano. Quería hacerle daño, no dejarle sin descendencia. Aunque no me importaría, fíjate tú. Como si me importase la descendencia de Magnus—Pensabas que te sabías el juego, pero has roto las reglas, querido —le dejé claro antes que nada—No sobreestimes las confianzas que te doy, ni me subestimes a mí. Porque si no vamos a tener que trazar una línea entre tú y yo que más te vale no rebasar —Y para relajar tensiones, con mi mano libre le di un golpecito en la nariz para luego soltarle los huevos. Era una amenaza, sí. Una pequeña. Más quisiera no verme amenazarle de verdad.

Me separé de él y comencé a caminar hacia el ascensor. Si es que estaba claro... Bastante habíamos durado sin jodernos mutuamente todo el viernes. Mira que jugar con mi apetito sexual... como si no me conocieras, Magnus, que me gusta más follar que dormir y ya es decir.

He quedado, Mag, querido, acuérdate de lavarte los dientes, mirarte los huevos a ver si siguen de una pieza y mañana a las diez de la mañana el ministro Winslow reclama tu presencia en su casa —le informé—No llegues tarde.

Sabía que Magnus había resuelto el caso, el ministro francés fue de los primeros en enterarse y yo estuve con él gran parte del tiempo, por lo que también me había encargado de no dejar para el domingo todo lo que pudiera hacer hoy. Mañana domingo tendríamos que reportarle al ministro todo lo ocurrido en el viaje por ambas partes, por lo que oficialmente iba a tener que verle el careto los tres putos días del fin de semana.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Nov 10, 2015 4:13 pm

Estaba reventado hasta tal punto que como me tirase en la cama me iba a quedar dormido al segundo, sin ni siquiera desvestirme. También tenía un hambre de cojones, pero eso siempre se soluciona con el servicio de habitaciones. Mis prioridades se resumían en 1) llamar al servicio de habitaciones, 2) mantenerme despierto hasta que llegaran y 3) no quedarme dormido mientras comía.

Iba pensando en comida y toda la cantidad de mierda que me iba a pedir, cuando me crucé con la pelirroja. Lo que no me esperaba es que la muy puta me cogiera de los huevos, apretándomelos con fuerza y pegándome a la puerta de mi habitación. No le di el placer de hacer ni una sola mueca de dolor. Porque dolía, claro que dolía, la hostia. Que te hagan daño en los huevos es de los peores dolores que puede sufrir un hombre. Pero yo había pasado por varios Crucios y piernas rotas. Aunque el dolor de mi entrepierna pronto pasó a extenderse por el resto del cuerpo pude aguantarlo estoicamente. Otra cosa no, pero acostumbrado al dolor estoy.

La expresión de su cara, su pregunta retórica y que apretara más, llevó a que emitiera una pequeña sonrisa burlona. Sí, soy un puto crack: me están machando los huevos, aguantándome el dolor para no darle el gusto y encima me río en su cara. Pero joder, es que la situación era… ¿bizarra? ¿surrealista? No sé con qué palabra describirlo.

- Me parece increíble que te afecte tanto que te deje a medias. O follas menos de lo que pensaba, o tienes muy pocas neuronas. Sea como sea me he equivocado contigo, y es una pena. Me gustan las mujeres inteligentes. - dije con claridad, alzando una ceja ante el rollo que me soltó. No, si al final va a resultar tener menos neuronas que Eris Masbecth. Pobre Eris, siempre la pongo de ejemplo para cuantificar la inteligencia. - O sea, que me estás amenazando porque de todas las putadas que nos hacemos mutuamente esta ha sido la que más te ha jodido. Eso dice mucho de ti, pelirroja. - soy el primero que adora el sexo, pero prefiero que me dejen a medias a que pisoteen mi dignidad y orgullo. No sé, llamadme raro. Al separarnos fue cuando me permití esbozar una mueca de dolor, pero solo una pequeña. Dignidad ante todo. Mi cuerpo en general se relajó, aunque sentía mi entrepierna emitir un calor insoportable. - Pelirroja, querida, permíteme decirte una cosa: tú tampoco me subestimes a mí. Porque te aseguro que no me conoces ni una puta mierda. ¿Quieres dibujar una puñetera raya? Me parece genial, pero será una línea de dos direcciones. Eso que te quede muy claro, preciosa. - espeté, abriendo la puerta de mi habitación. Me negaba a perder más tiempo con doña Abigail y su “yo-puedo-meterme-contigo-toda-la-puta-noche-pero-tú-no-puedes-ser-calientacoños”. Tenía mejores cosas que hacer, como mirarme los huevos y comer. - Vete al carajo. - me despedí, cerrando la puerta. Me importaba una mierda la reunión de mañana con Winslow. Me planteé seriamente no ir.

Era una puta pérdida de tiempo. Winslow tendría la documentación en su poder a la mañana siguiente, así que nuestra presencia era superflua. Obviamente Abigail querría ir para intentar follárselo con la mirada o a saber, pero yo cuanto menos viera al ministro mejor. Nunca fue un tío que me diera buena impresión o me cayera especialmente bien.

Después de examinar que mis testículos siguieran en su sitio, pedí al servicio de habitaciones. Nada nuevo, una pizza barbacoa y una hamburguesa triple, regadas con una buena Coca-Cola. No sé cómo es posible que me mantenga en buena forma, debo tener un ángel de la guarda culinario o algo así.

Pasé el resto de la noche viendo la tele, comiendo y luchando por no cerrar los párpados hasta no acabar con toda la comida. En cuanto terminé e hice una visita al baño (le dediqué dos o tres mojones a Abi) me fui a dormir. Me tiré en plancha a la cama y como ya había pronosticado, me quedé profundamente dormido en un segundo.

Al día siguiente

Me desperté justo media antes de la cita con el puto ministro. Mirando el techo como si fuera lo más fascinante del mundo sopesé los pros y los contras de asistir. Contras: tenía que ver a Abi y no me apetecía que me siguiera tocando los cojones, tanto física como figuradamente. Ir a soltarle un rollo al ministro era una pérdida de tiempo porque él ya lo sabía todo de sobra, así que nuestra presencia era más por cuestiones de formalidades que por otra cosa. Además estaba deseando llegar a mi casa, cojones. Pros: … ¿había algún pro? Sí, que quedaría bien ante Winslow, profesional y toda esa mierda, y que él era el ministro y por lo tanto mi “jefe supremo”. Con un suspiro de resignación me levanté de la cama y me vestí en cinco minutos. Me apetecía un buen desayuno, pero no me iba a dar tiempo.

A las diez en punto estaba metido dentro de una chimenea de la Red Flú de las que disponía el hotel. Pronuncié la dirección del ministro que me sabía de sobra y al instante volví a sentir ese punzante dolor de cabeza y mareo que me produce viajar de este modo. Cuando por fin toqué tierra firme estaba medio mareado, así que me quedé un par de segundos apoyado contra la chimenea. Luego salí y expuse mi mayor cara de impasibilidad y seriedad, ya que justo enfrente estaba el ministro. Éste estaba sentado en un sofá de cuero que tenía pinta de ser carísimo, y justo enfrente había dos sillones, menos ostentosos pero que tampoco estaban al alcance de un empleado medio del Ministerio. En uno de esos sillones estaba sentada la cabrona de doña Abigail. El ministro me hizo una señal para que ocupara el sillón libre, algo que hice sin tardar.

- Buenos días, señor Winslow. Confío que nuestro trabajo haya cumplido sus expectativas. - dije en ese tono monótono y neutral que utilizo para hablar de temas profesionales. A la pelirroja ni la miré, para qué.
Anonymous
InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Mar Nov 10, 2015 5:32 pm

Había una gran diferencia entre meterse con una persona por su pasado y gestos presentes que bien te hacen parecer retrasados, pero que aún así no vas por ahí pregonando a los cuatro vientos de lo que sea de lo que te estás riendo, a que te dejen en medio de un puto hotel mágico en bolas a riesgo de que te vea cualquiera. No sé si a él le importará salvaguardar su imagen, pero a mí sí. Y mucho. Y más teniendo en cuenta que pretendía quedarme en mi puesto por mucho tiempo y no me apetecía que en Francia me reconocieran como la asistente del ministro británico que se paseó en bolas por el hotel. Además de añadirle la sucia jugada de dejarme a medias, algo que tampoco me gusta. Posiblemente mi cabreo principal fuera en base a eso, pero luego meditándolo seriamente, no era lo más importante de cara a mi imagen.

Su contestación fue de lo más divertida. Que no follo lo suficiente, que no soy una mujer inteligente… En fin, está claro que no me conoce una puta mierda. Una mujer inteligente sabe perfectamente que es una broma de muy mal gusto que primero te dejen a medias y segundo atenten directamente contra la integridad de dicha persona por dejarla en bolas en medio de un sitio público. A mí que no me joda con sus gilipolleces. Aquí el único imbécil es él.

Pues que así sea —le reté cuando él me amenazó después, mirándole con cara de mala hostia. Arg, le reventaba. Debería haberle reventado los putos huevos.

Si es que estaba claro. Habíamos durado seis horas sin jodernos el viernes, bastante había sido. Habíamos gastado toda nuestra paciencia con el otro durante al menos tres meses. Me di la vuelta rápidamente en dirección al ascensor, escuchando como me mandaba para el carajo y se metía en su cuarto mientras se me cerraban las puertas del ascensor.

Al día siguiente.

Me desperté en mi habitación del hotel, me quité las sábanas de encima con los pies y luego me estiré mientras bostezaba. Me levanté rápidamente, me lavé los dientes, me vestí y tras recogerlo todo, salí de mi habitación en dirección a la Red Flú del hotel. Allí me esperaba el Ministro y Mandongui. Me despedí de ambos formalmente y recogí un informe del Ministro Francés que debía de darle a Benjamin, de cual habíamos estado hablando casi toda la noche en nuestra cena. Sin esperar a Magnus, me metí en la chimenea para aparecer directamente en casa del ministro Winslow, el cual estaba puntualmente en su despacho detrás de su escritorio.

Se levantó y rodeó la mesa para acercarse hacia mí. Agradecía haber llegado la primera, pues tenía algunas cosas que decirle sin que Magnus estuviera presente.

Bienvenida —me saludó. Me dio dos besos como saludo y me guió para que me sentara en uno de los sillones, para él sentarse en otro en frente de mí—¿Qué tal la experiencia? —preguntó, consciente de mi negación rotunda en un principio por tener que ir acompañada de Magnus.

¿Experiencia profesional o privada? —maticé, alzando una ceja. Entre Benjamin y yo había una complicidad muy buena y, sobre todo, confianza. Era sin duda mi jefe favorito de los tres que había tenido en mi puesto—Profesionalmente ha ido todo fenomenal. Tenía razón con el ministro francés, es un caballero y pudimos hablar tanto en las reuniones como de manera más privada. Me ha dado esto para usted —le dije, dándole un informe—Le daré los detalles en otro momento —dije rápidamente, mirando la hora—Brooks tiene que estar al llegar —puntualicé, dando por sentado de que el fiscal no debía de enterarse de eso—Luego, mi experiencia privada… por favor, Benjamin… —me tomé la libertad de tutearle por un momento para darle más énfasis a mi petición—No me vuelva a hacer trabajar con él, es un incompetente irrespetuoso y juntos no damos buena imagen para el ministerio británico —dije, alzando una ceja, en señal de que en vez de “incompetente irrespetuoso” era un gilipollas de mierda con complejo de Dios. Benjamin suponía que había entendido exactamente lo que quise decir.

Segundos después, apareció Magnus por la chimenea de Red Flú, bastante puntual. Le miré cuando llegó, pero no le presté ninguna atención. Es más, teniendo en cuenta que no nos dirigimos ni la palabra (algo que decía mucho de la madurez de ambos), se notaba a la legua que no habíamos terminado muy bien nuestro fin de semana.

Fiscal Brooks, siéntese por favor, como si estuviera en su casa —le pidió el ministro, señalando a un sofá distinto del mío. Escuchó lo que dijo y Benjamin asintió—Les he citado aquí con tanta prisa porque me gustaría enterarme de todo por vosotros antes de hacerme una idea errónea por los informes que me reportará el ministerio francés. No os robaré mucho tiempo, me supongo que estaréis cansado y querréis pasar el domingo en casa —añadió, mirando a ambos.

La primera en resumir todo fui yo, tomándome mi tiempo y recreándome en los detalles que sabía que más interesarían al ministro. Luego fue Magnus, el cual relató perfectamente cómo se llevó a cabo todo el juicio contra los Tornados y las evidencias que usó para ganarlo sin ningún tipo de problema. Ninguno comentó la experiencia del baile del viernes por la noche.

El ministro comentó algunas cosas, pero ninguna de especial relevancia. Estuvimos hora y media a lo sumo, por lo que tras acabar con todo, el ministro se levantó de su sillón y Magnus y yo lo imitamos.

Pues nos vemos en el ministerio, Fiscal Brooks —dijo Benjamin, dándole la mano a Magnus para luego dirigirnos hacia la puerta—A ti te veo mañana, que tenemos unos asuntos que zanjar —me dijo a mí, cogiéndome por la cintura para darme un beso en la mejilla.

Que pase un buen domingo, señor Winslow —le desee, saliendo por la puerta.

Magnus salió detrás de mí, aunque para cuando cerró la puerta, yo ya me había desaparecido. Él hizo lo mismo, yéndonos cada uno a nuestras respectivas casas. Esperando, por la gracia de los dioses, que no tuviéramos que pasar otro fin de semana acompañado del otro.
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