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Running out of time —Eric Hume/Jayce Corvin]

Sam J. Lehmann el Jue Sep 10, 2015 2:54 am

Recuerdo del primer mensaje :

Running out of time —Eric Hume/Jayce Corvin] - Página 3 2iixrh3

Hace poco Sam había conseguido una información de vital importancia. Bueno, mejor dejémoslo en simplemente importante. Ella era tan buena en su trabajo como instructora que no solo instruía —válgase la redundancia—, sino que en muchas ocasiones la llamaban del propio departamento para que fuera ella la encargada de leerle la mente a los mortifagos. Utilizar veritaserum era efectivo, pero en la mente había secretos que si no preguntas, jamás sabrías. Ella, experta en legeremancia, acudía a dicho trabajo y firmaba un acuerdo de confidencialidad. Ella no decía nada, pero cuando algo le interesaba, lo utilizaba en su beneficio.

Vio en la mente de ese criminal una relación con un hombre que Sam llevaba buscando bastante tiempo por su cercanía con la familia a la que había jurado odiar. Y evidentemente, teniendo la seguridad de la localización de ese hombre, no iba a desperdiciar la oportunidad aunque corriera riesgo.

El Callejón Knockturn era a menudo un lugar al que gente racional no visitaría caída la noche, pero Sam hacía tiempo que cosas como esas las veía normales. Sabía defenderse de manera convencional, pues la carroña que se escondía en ese callejón no podía precisamente alardear de su maestría con la varita. Así que como en ocasiones anteriores, se vistió de negro, con una capa aterciopelada de color negro por encima que tapaba prácticamente todo su rostro. Su caminar, no obstante, delataba que se trataba de una elegante y esbelta mujer y no una encorvada bruja que no tenía nada que envidiarle a Quasimodo.

Tenía unas botas sin tacón, por lo que su caminar era silencioso. Todo estaba tremendamente oscuro y a pesar de tener la varita en la mano, la tenía apagada y oculta. Se había aprendido los caminos casi de memoria, por lo que tan solo con adaptar su vista a la oscuridad, ya podía andar libremente.

Los pasillos se hacían cada vez más pequeños pero su rostro estaba contento, ya que reconocía aquel lugar perfectamente por haberlo visto en la mente de aquel criminal. Posó su mano suavemente en la puerta resquebrajada de la casa en cuestión en la que, supuestamente, estaba el hombre. Era una casa que parecía querer caerse de lo mal que estaba. Parecía tener humedad en cada rincón, el balcón parecía estar violando todas las leyes de la física y no parecía precisamente sano vivir ahí dentro.

Rodeó la casa, intentando averiguar si realmente allí dentro le esperaba algo de provecho o, si por el contrario, allí ya no había nada. En cierta ocasión, al rodearla, se chocó contra un cubo de basura y un gato salió despavorido de allí, maullando fuertemente—¡Joo...der! —dijo, con el corazón en la boca, intentando no alzar la voz y controlar su vocabulario. Casi le da un infarto de miocardio. ¿He comentado ya que Sam es particularmente propensa a asustarse hasta con el más mínimo e insignificante detalle que no esté en sus planes? Pero en el Callejón Knockturn tenía más enemigos que amigos, por lo que debía de evitarlos a toda costa.

Miró alrededor, intentando asegurarse de que no había llamado la atención de nadie y continuó rodeando la casa, buscando algún rastro de vida, subiéndose a ladrillos y cubos de basura para poder ver mejor el interior de la casa. No pensaba entrar sin ni siquiera haber observado el terreno. No quería meterse en más líos de en los que ya estaba.


Última edición por Sam J. Lehmann el Jue Oct 15, 2015 1:11 pm, editado 1 vez
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Lun Oct 05, 2015 10:45 am

Desde siempre había sido alguien al que le gustaba que le respeteran. Ya en los primeros cursos en Durmstrang era raro que alguien decidiera enfrentarse a él, pero lo era más aún que en caso de hacerlo, saliera ileso. No sólo porque por norma general solía superar en habilidades a todo aquel que se me había encarado. En ocasiones había salido perdiendo, pero eso nunca había significado que el susodicho saliera indemne de dejarme en ridículo. Siempre había considerado la venganza un método infalible, un recurso totalmente lícito para conseguir un fin. Mis padres me habían enseñado desde muy jóven que tenía que hacerme respetar y que nadie más lucharía por ello como yo mismo y yo me lo había tomado a raja tabla. En aquellos tiempos pensaba que tarde o temprano se quedaría en algo del pasado, pero realmente hasta el momento nunca he dejado de tomarme la justicia por mi mano.

En aquella ocasión el guardián de un equipo rival se había tomado la libertad de, en una pelea callejera y completamente ebrio, haber golpeado a uno de los cazadores de mi equipo, lo que suponía un retraso importante en nuestros entrenamientos. ¿Pensaba que podría hacer eso y simplemente seguir viviendo felizmente? Se notaba que no me conocía. Sin pensarmelo demasiado decidí optar por ponerme manos a la obra, como había hecho tantas veces en el pasado y en pensar en algo que resultara una buena reprimenda, una lección que no olvidaría. ¿Y qué mejor lugar que el Callejón Knockturn para comprar algún objeto que pudiese serme valioso?

Así fue como a media tarde, casi anocheciendo, decidí dirigirme a uno de los establecimientos de confianza, llamado Borgin y Burkes, con algunas cosas en mente. El dueño era un buen amigo de mi padre, así que el trato hacia mí fue inmejorable, como era de esperar. Tras un rato relantándole lo sucedido y cuáles eran mis objetivos, (pues el hombre era alguien de fiar), ambos llegamos a la conclusión de que un libro sería adecuado para la ocasión. En unas fiestas le había escuchado decir que en su tiempo libre le gustaba leer (quién lo diría), así que sería perfecto. Lo habíamos predispuesto de tal manera que una vez abriera el libro, aparecería un texto del tipo: "De tu amigo, Jayce Corvin. Espero que te guste" Dicho texto se borraría instantáneamente, el único objetivo del mismo era dejar bien claro de parte de quién era el “regalo”. Tras insistirle varias veces al dependiente éste me había asegurado que dicho texto no podría ser revelado por ninguna magia conocida, así que me dejó conforme. Tras eso me informó de cuál sería su funcionamiento: Tras leer diez páginas el lector quedaría completamente ciego durante aproximadamente un mes, pudiendo alargarse en casos extremos. ¿Un guardián ciego? Sonaba bien.

Entre una cosa y otra salí bastante tarde del local, por lo que al salir ya era completamente de noche. Si alguien me veía a aquellas horas con algo en las manos podría sospechar, teniendo en cuenta que además era bastante conocido, así que mi intención era dirigirme a casa sin parar o entretenerme. - ¿Me dejas una escoba? - Le dije al hombre, antes de que cerrara la puerta de la tienda. Así no sólo llegaría antes a casa sino que desde el aire sería más difícil que me vieran los curiosos que pudiesen rondar por allí. Éste accedió a prestarmela con la condición de que se la devolviera en menos de dos horas, así que la cogí y segundos más tarde me encontraba en el aire.

Sin embargo no todo podía salir tan bien. Segundos más tarde pude divisar una curiosa escena unos metros más abajo. Claramente se trataba de un hombre apresando a una chica, quizás con intenciones más que crueles. Dentro de mí se formó una duda seria. En ocasiones normales hubiera pasado de largo, evitandome problemas innecesarios. Además en aquellos callejones era más bien típico ver aquel tipo de cosas, pero por alguna razón que desconocía algo me instaba a bajar y echar una mano. ¿Desde cuándo me había convertido en un salva-damiselas?

Finalmente opté por echar una mano, aunque si la cosa se ponía demasiado fea no dudaría en largarme pitando de allí. No era un cobarde, sólo alguien que prefería salvar su trasero cuando la situación no tenía nada que ver con él. Bajé en picado hacia el lugar, de modo que segundos antes de bajarme de la misma, justo detrás del hombre, pude ver cómo agarraba un arma que no había visto nunca, al menos en vivo y en directo. "¿Una puta ballesta?" ¿De qué siglo era ese hombre? Saqué la varita de inmediato, tratando de evitar una muerte inminente, la chica ni siquiera estaba mirándole. - Disculpa. - Era gracioso dirigirme a aquel hombre con aquel tono tan educado en una situación así, pero nunca se sabía. - ¿Te importa? - Añadí una vez se dio la vuelta para mirarme. Sin apenas darle tiempo a responder, pues tampoco es que fuera mi estilo ponerme a dialogar con asesinos en potencia, conjuré un Expulso hacia el hombre, con la esperanza de que diera en el blanco y poder acabar con aquello rápidamente. No es que me importara demasiado la vida de aquella chica, pero disparar por la espalda era sucio, muy sucio.

Off: ¡Hola!. Me meto en el rol con permiso de Sam y Eric. C:
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Invitado el Mar Oct 06, 2015 12:47 pm

No servía de nada que pidiera ayuda o que tratara de evitar la muerte inminente. Las posibilidades de que apareciera alguien para socorrerla en aquellos momentos era lo bastante baja como para que Eric se sintiera muy confiado, demasiado quizás. No sólo era improbable que alguien anduviera por aquellos lares a esas horas intempestivas, sino que en el caso de percatarse de la situación pocos serían los que se atreverían a interponerse en una situación tan peliaguda. Durante el tiempo que había estado estudiando a los magos le había llamado la atención la cantidad de personas egoístas que uno podía encontrarse. Los había que se hacían los héroes, claro, pero éstos eran más escasos y sólo actuaban cuando las circunstancias actuaban todas a su favor.

Hume quiso decirle a la chica algunas palabras, quizás de consuelo o quizás crueles, pero lo cierto era que le apetecía alargar aquel momento de agonía. En ciertas ocasiones no dudaba un instante en apretar el gatillo y acabar con la vida de sus víctimas sin apenas dejarles expresar sus sentimientos, pero en aquel momento quería escuchar a la chica y sobretodo quería prolongar la agonía que suponía que una persona ajena tuviera en sus manos tu vida. Una persona que además, en aquella ocasión, era un sádico bipolar y sin escrúpulos. ¿Qué esperanzas podía albergar una persona bajo aquellas condiciones? - No importa cuanto grites, aunque he de admitir que me hubiera gustado que esto acabara de otra forma.

No obstante, y como si el destino hubiera querido llevarle la contraria, Eric sintió de pronto otra presencia en el lugar. Presencia que no dudó en avisar de su llegada. Éste se dio la vuelta, con la ballesta en ristre, preparado para clavarle aquella flecha al iluso que había decidido interponerse, pero la rapidez del susodicho mago había sido demasiado para él en aquella ocasión y ni tan siquiera le había dado tiempo a responder a sus palabras, pues un fuerte rayo impactó contra su cuerpo, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera sobre las cajas tras las cuales la chica se había estado escondiendo momentos antes. Aquel golpe le había dolido, para qué negarlo. Era un simple humano y aunque su fortaleza y agilidad fueran superiores que las de la mayoría había momentos en que no podía evitar sentir dolor ante ciertos impactos. Sin embargo el hombre no soltó gruñido ni quejido alguno, así que en el aire sólo se escuchaba la voz de aquel chaval insensato tratando de salvarle la vida a aquella tipa con suerte.

Antes de que pudiese darse cuenta el chico le decía algo sobre una escoba y de irse volando. Por alguna extraña razón su visión estaba parcialmente borrosa, por lo que al levantar la mirada divisó dos figuras algo deformes subiéndose sobre un palo de madera. En última instancia intentó evitar que se largaran, pero había que admitir, siendo realistas, que dos magos serían demasiado incluso para él. Así que se limitó a esperar que alzaran el vuelo, quedándose lo mejor que pudo con la cara de aquella chica, la cual había marcado su sentencia desde el momento en que se delató como maga. Se levantó, respiró dos veces y una tercera más profundamente, apuntando a su objetivo y entonces movió levemente el dedo índice, accionando el artilugio y dejando que la flecha saliera disparada en dirección  al chico. ¡Bingo! Al parecer esta había dado en el blanco, no sólo porque lo pudo ver con claridad sino porque un quejido del mismo fue suficiente para darle la razón. “Nos veremos pronto, rubia”
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Sam J. Lehmann el Mar Oct 06, 2015 1:33 pm

Seguía viva. Misteriosamente, seguía viva. Entonces fue cuando la chica escuchó una voz totalmente diferente a la que le había estado intentando matar toda la noche, una voz que parecía estar ayudándole. Abrió los ojos de golpe y vio como un hombre, con varita en una mano y escoba en otra, había dejado al hombre de la ballesta indispuesto.

Los ojos de la chica se iluminaron ante aquella milagrosa aparición y se levantó rápidamente de allí con la varita en su mano para correr hacia su salvador, abrazándole como si acabase de encontrar la última persona sobre la faz de la Tierra—Gracias gracias gracias gracias —repitió incontables veces con la cabeza oculta entre su hombro y su cabeza. Eso sí, cuando se separó de él y rápidamente le instó a subirse a aquella escoba, sintió que era la peor persona del universo por estarle obligando a subir a una escoba—¿Qué? —Odiaba las escobas, odiaba volar. Odiaba con toda su alma tener que subirse a una escoba. Pero no tardó en mirar un poco hacia detrás para ver cómo aquel hombre de pelo largo estaba recomponiéndose, así que sin dudarlo ni un segundo más y sintiendo como todo su pavor a volar aparecía de repente, se subió detrás de aquel hombre. Le abrazó por la cintura tan fuerte que posiblemente se le fueran a salir todos los órganos por la boca, pero a Sam no le importó. Sintió como el hombre controlaba la escoba perfectamente para salir de allí y como el viento comenzó a azotarles al haber sobrepasado el límite de las casas. Lo sintió todo, ya que desde que le abrazó había cerrado los ojos tan fuertes que no veía absolutamente nada.

Tenía el corazón a mil. Primero porque estaba jugándose la vida y, ahora, por estar volando. ¿La noche no iba a dejar de hacerle pasar por desgracia tras desgracia? Iba a darle un infarto como no tuviera un segundo de descanso. Y exactamente, no lo tuvo. Escuchó un ruido, acompañado de un quejido por parte del conductor de aquella escoba, además de que la escoba se había zarandeado sospechosamente. Se obligó a abrir los ojos y pudo ver en el muslo del hombre como una flecha de la ballesta se le había clavado ahí. Esto no podía estarle pasando a ella. De repente la escoba comenzó a descender bastante rápido y, a pesar de que estaba perfectamente controlada por el chico, ella se cagó—¿Vamos a morir? —preguntó, cerrando nuevamente los ojos para apoyar su frente contra la espalda de chico.

Lo que ella experimentaba como una bajada a kilómetros por hora con clara intención de chocarse y morir, lo que realmente se veía desde fuera era una escoba bajando lentamente hacia las calles del Callejón Diagón. No se chocaron, obviamente, sino que el chico apoyó la pierna que no estaba herida en el suelo lentamente, haciendo que cualquier aterrizaje forzoso fuera totalmente imposible. Sam se bajó rápidamente de la escoba y se acercó al chico que, tras el movimiento de bajarse de la escoba, caminar y sentarse sobre una caja, había conseguido que la punta de la flecha agrandase la herida por dentro y comenzase a sangrar—Necesitas ir a San Mungo —le dijo claramente. Ella también tenía heridas, pero de toda la adrenalina que había liberado esa noche, no iban a dolerle hasta que se curaran—Soy malísima apareciéndome bajo estos nervios que están matándome. Pero si ocurre alguna despartición, ten en cuenta que vamos a San Mungo y nos pueden curar —le advirtió, pensando en las cosas positivas—Pero no voy a dejar que te desangres aquí —añadió.

Acto seguido, se concentró durante tres segundos y, tras respirar, sujetó su mano y se desapareció con el chico hacia San Mungo. Aparecieron en la sala de urgencias y no había nadie. Antes de hacer nada, Sam se aseguró que ambos seguían de una pieza y luego ayudó a Jayce a acercarse a mostrador con ella, para que no apoyara la pierna mala. Sam tocó varias veces el timbre ese que se pone sobre el mostrador y no tardó en aparecer una enfermera. Nada más llegar y verlos, pegó un grito. ¿Tan mal estaban como para gritar de esa manera?—¡Jayce Corvin! —fangirleó, acercándose rápidamente. ¿Quién era ese?—¡Ay, mi madre! —gritó la enfermera otra vez al darse cuenta lo que tenía clavado el chico en el muslo. Corrió al interior, pegó un grito otra vez y salió esta vez con un sanador.

El sanador se acercó al chico y apartó el brazo de Sam para ser él quién le ayudara al entrar al interior—Maveis, quédate aquí por si viene alguien más. Señorita, acompáñeme —dijo el sanador, por lo que Sam rápidamente les persiguió. Entraron en la primera habitación que encontraron en un pasillo y el hombre hizo que el chico se sentara en una camilla. Sam, mientras tanto, permaneció en una esquina. Se tomó la libertad de sentarse en una silla pues estaba exhausta y ahora que estaba en San Mungo y se sentía “a salvo”, toda esa adrenalina le estaba desapareciendo y estaba empezando a sentir el cansancio—¿Qué ha pasado? —preguntó el sanador—¿Es eso una flecha de ballesta? —añadió con evidente sorpresa.

Sam decidió contar la verdad, ya que si ese hombre con ballesta solía frecuentar en Callejón Knockturn lo mejor era decirlo para que se tomaran medidas, aunque ella pudiera quedar un poco mal por haber estado allí—Sí señor, me encontraba caminando por las calles del Callejón Diagón y con el cansancio y la desorientación me desvíe del camino y terminé en el Callejón Knockturn. Un hombre con una ballesta me atacó e intentó matarme —dijo, de manera lenta y concisa— Y este chico de aquí consiguió quitármelo de encima, aunque luego recibió él el disparo —añadió.

¿Cómo consiguieron huir si no puede caminar? —preguntó el sanador.

En escoba. El hombre de la ballesta le dio una vez estuvimos sobrevolando el callejón para irnos —contestó Sam, dándose cuenta de que sonaba muy surrealista todo lo que le estaba contando.

¿Habéis llegado aquí en escoba? —preguntó sorprendido, ya que San Mungo estaba en medio de Londres. Mientras tanto, se estaba poniendo unos guantes.

No, no salimos del Callejón Diagón… Él aterrizó en frente de Ollivander’s y me desaparecí para llegar aquí —dijo Sam—Sé que puede parecer un poco difícil de creer, pero le juro que es la verdad —intentó sonar convincente y lo cierto es que debido al pánico en sus ojos que aún sentía, lo consiguió.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Miér Oct 14, 2015 7:41 pm

En el momento en que aquella flecha impactó contra mi muslo lo primero que pensé fue en qué demonios estaba pensando para meterme en aquel tipo de situaciones. Hubiera sido mucho más fácil hacerme el loco y largarme a mi casa, pero por alguna extraña razón que aún no llegaba a comprender un sentido del heroísmo que desconocía completamente hizo que decidiera entrometerme en asuntos que no me concernían en absoluto y como fruto de esa pésima decisión me había llevado una puta flecha de regalo. Aquello me había dolido, obviamente, así que un ligero quejido salió de mi boca, haciendo que mi acompañante se percatara de la situación segundos más tarde. Lógicamente no era seguro volar en aquellas pésimas condiciones así que no me quedó más remedio que tratar de aterrizar de la forma más amena posible, a pesar del dolor.

No fue difícil, a pesar de las circunstancias. Mi habilidad con la escoba era superior a la de muchas personas y gracias a eso pude descender sin peligro a matarme en el proceso. No obstante estaba sudando muchísimo y mirar la herida sólo hacía que me sintiera aún peor. - Joder. - Me acerqué cojeando a una caja de madera que parecía estable, sentándome sobre ella y apretando los dientes con tal de no seguir soltando groserías. Necesitaba tranquilizarme.

La chica por la que me había jugado el cuello llamó mi atención, diciéndome que lo más seguro era ir a San Mungo. Tenía razón, aunque sus siguientes palabras no lograron tranquilizarlo en absoluto. Aunque su destino fuera San Mungo no le hacía ninguna gracia perder alguna extremidad por el camino, sinceramente. - Ten cuidado, por favor. - Se limitó a decir, volcando la poca confianza que tenía en aquella chica, que a pesar de estar a salvo aún parecía nerviosa. Ya me estaba arrepintiendo de todo aquello y algo me decía que ese agobio iría en aumento. Pero, ¿acaso tenía alternativa?

Cuando la rubia cogió mi mano cerré los ojos en una especie de auto-reflejo, temiéndome lo peor. Sin embargo al abrirlos pude observar que a parte de la herida que me había propinado aquel cabrón, el resto de mi cuerpo seguía intacto, motivo por el cuál dejé escapar un amplio y profundo suspiro de alivio, aunque el dolor de la pierna seguía aumentando por momentos. Estaba a punto de desmayarme debido a la gran pérdida de sangre, pero los gritos de la que suponía que era una de las enfermeras hizo que abriera los ojos de par en par, tratando de averiguar la razón de tal alboroto. No obstante era obvio. Por un momento había olvidado que mi cara era conocida por la mayor parte de la comunidad mágica de Londres, así que los gritos no eran por otra cosa sino por el mero hecho de su presencia, como de costumbre. En ocasiones normales me hubiera incluso agradado aquel comportamiento, pero en aquellos momentos en lo único que pensaba era en aquel terrible dolor que ahora se extendía por toda la pierna.

Estuvo a punto de gritar que dejaran de lado aquel estúpido comportamiento y le ayudaran, pero no hizo falta, puesto que un enfermero salió de inmediato, agarrándome en lugar de la chica y arrastrándome prácticamente hacia las salas interiores, donde reinaba un silencio bastante reconfortante. Aún seguía preguntándome quién me mandaba a meterme en aquellos líos.

Éste me sentó en una camilla con dificultad ya que no parecía tener demasiado fuerza y mientras realizaba su trabajo hizo lo que solían hacer en aquel tipo de situaciones, preguntar sobre lo sucedido.

Las palabras de la chica sonaban en mis oídos como si estuviera a un kilómetro de distancia, a pesar de que se encontraba a un escaso metro de ellos. No prestó demasiada atención a lo que decía, pero por otro lado comencé a apaciguarme. No sabía exactamente qué había hecho o que había utilizado el enfermero, pero sin duda estaba haciendo resultado, puesto que la herida no sólo había dejado de sangrar prominentemente sino que el dolor comenzaba a aliviarse. En aquel momento comencé a respirar con más detenimiento y de forma más acompasada, volviendo a la realidad y recuperando mi color de piel habitual, aunque seguía sudando prominentemente, en aquel lugar hacía un calor infernal.

El hombre me dio unas pastillas y me quedé dormido casi al instante. Al despertar vi a la chica todavía allí, tenía unas vendas, así que supuse que se habían ocupado de ella después de que me trataran a mí. Carraspeé levemente para dar a entender que me había despertado, pero al parecer ella también se había quedado sopa en aquel sofá, que parecía francamente incómodo. - Eh. - Me levanté con cuidado, aunque estaba prácticamente curado del todo, los medimagos eran capaces de curar cualquier cosa en un santiamén.

Me acerqué a donde estaba y me agaché levemente para luego darle un par de toquecitos en el hombro. En ese momento me percaté de que ni siquiera sabía cómo se llamaba. - Eh. - Repetí. - ¿Estás bien? - Tras mi insistencia la chica abrió los ojos, desperezándose. No esperaba que aún estuviera allí cuando desperté, pero al parecer había visto conveniente quedarse la noche allí, a pesar de que ambos ya estábamos completamente a salvo. - Nos vamos ya, ¿no? - Le dije, aunque casi en un susurro. ¿Por qué coño estaba hablando tan bajito si ya era por la mañana?

Al final no había salido tan mal como esperaba, pero aún así debería volver pronto para llevar a cabo mi plan, el cual me había llevado hasta aquel callejón del demonio. Estaba ansioso por cumplir mi venganza y allí ya había terminado mi cometido, así que en principio podría irme ya, o eso esperaba. Aunque si aquella chica podía decirme su nombre para vernos más adelante no estaría mal, ahora que me fijaba bien no estaba nada mal… Además me lo merecía, ¿no?
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Sam J. Lehmann el Jue Oct 15, 2015 1:03 pm

La conversación con el médico estaba rozando lo surrealista. Entre el hecho de que una señorita como ella se encontrara en el Callejón Knockturn, le atacase un hombre con ballesta y luego se hubieran ido volando en escoba… Hasta a ella misma le costaría creérselo si se lo contaran. El sanador no tardó en empezar a curarle la herida al joven valiente que le había salvado y Sam permaneció tranquilamente en un sillón hasta que se mejorase para poder agradecérselo bien. Por desgracia, una de las pastillas que le había dado le dejó totalmente K.O y no se despertó en toda la noche.

Cuando el chico ya estaba bien, el médico se centró en las pequeñas heridas de ella que no eran nada grave, pero que aún así necesitaban atención. Hablaron durante todo el tiempo —ya que Sam estaba sorprendentemente despierta a esas horas de la noche debido a toda la adrenalina liberada— y se enteró de que el chico que le había salvado era ese tal Jayce Corvin, un famoso jugador de Quidditch de las Avispas de Wimbourne que jugaba en la posición de guardián. Lo había sabido porque la enfermera entró nuevamente totalmente embelesada por la presencia del pobre Jayce. Por suerte para él, estaba durmiendo, ya que la cara de loca de esa enfermera no se la quitaba nadie.

El médico aconsejó a Sam que se fuera, pero sabiendo ahora que el chico que le había salvado era tan importante, no iba a irse o no iba a poder contactar con él nunca más para poder darle las gracias. La verdad es que le importaba un pepino quién fuera y su reputación, ella odiaba el Quidditch, pero ya para ella aquel chico iba a ser su jugador favorito para siempre.

Así que tras esperar y esperar, se quedó dormida en aquel incómodo sillón que intentaba parecer cómodo por su brillo y su aparente acolchamiento, pero desde la más profunda experiencia de Sam ya os digo que ni era cómodo, ni acolchado, ni tenía la ergonomía correcta para un buen descanso.  Gracias a Dios que la voz del chico le despertó o iba a adoptar la posición aquella para toda la vida. La primera pregunta que escuchó del hombre fue la de que si se iban ya. Ella no contestó, simplemente se abalanzó sobre él para abrazarlo fuertemente con las manos rodeándole el cuello. Sam era sumamente agradecida, sobre todo cuando incluso había pensado en que iba a morir esa misma noche—¿Te he dicho ya todo lo que te agradezco lo que hiciste por mí? —le preguntó, separándose pero sin soltarle. Aun después de haberle salvado y pasar una noche en San Mungo, aquel hombre olía de maravilla—¡Me has salvado la vida! —añadió, clavando sus ojos inocentes y prácticamente celestes en los de él—No tenías por qué inmiscuirte, ni por qué salir herido, ni tampoco a jugar a ser un héroe con una desconocida. Pero lo hiciste. De verdad, muchísimas gracias, sin ti ahora mismo estaría crucificada en el Callejón Knockturn —continuó agradeciéndoselo al chico, con los ojos brillantes y llenos de sentimientos.

Luego se percató de que probablemente el chico estuviera un poco perdido y lo que más quisiera fuera irse a la cama de su casa—Me supongo que quieres irte… —dijo, levantándose lentamente de su sillón junto a él—Pero me llamo Sam —agregó tras una pausa, tendiéndole la mano—Y me gustaría agradecértelo, Jayce Corvin guardián de las Avispas del Wimbourne  —dijo, cual enano del Hobbit que posee veinte mil títulos en su nombre— Creo que debo de ser una de las pocas personas del mundo mágico que no sabía quién eras, odio el Quidditch. Pero a partir de ahora apostaré por tu equipo siempre —dijo, con una sonrisa cálida y risueña. Podía irse si tenía prisa, sabiendo quién era, entendía lo ocupado que pudiera estar. También tenía curiosidad por preguntarle qué hacía sobrevolando en escoba el Callejón Knockturn, pero no quiso abrumarlo. Le valía con saber que Jayce sabía que le debía la vida y pretendía pagárselo.
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Sáb Oct 24, 2015 3:30 am

Me había despertado un tanto confundido y claramente aturdido, a pesar de que había dormido un par de horas largas. Estaba bastante ido y ni siquiera hubiera sido capaz de averiguar en qué día estábamos o si era por la mañana o por la noche. En definitiva, mi sentido del tiempo y el espacio se había visto ligeramente dañado y ahora mismo lo único que sabía era que la chica a la que había ayudado aún se encontraba allí. Por otra parte recordaba a la perfección todo lo que había ocurrido. Miré inconscientemente hacia el lugar donde había sido herido, antes de levantarme. Al parecer la herida estaba casi completamente curada, o al menos eso parecía, y desde luego ya no quedaba demasiado del dolor que había experimentado tras que aquella maldita flecha se clavara directamente en mi muslo.

Algo más tranquilo me levanté, con la intención de despertar a mi hermosa acompañante. Ésta abrió los ojos perezosamente, adaptándose a la luz de la habitación. No sabía muy bien cuál era la reacción que esperaba, o qué sería lo que me diría, pero sin duda su comportamiento me pilló desprevenido. En cuanto se hubo despertado del todo no dudó en aferrarse a mi cuello como si no hubiese un mañana, agradeciéndome lo que había hecho por ella. La leve sensación de pérdida de tiempo que había tenido durante el rato antes se esfumó rápidamente. Había sido peligroso y claramente poco previsor por mi parte lo de inmiscuirme en una situación así, pero en aquel momento parecía incluso que había valido la pena. Aunque habíamos pasado una noche horrible la chica seguía conservando un olor a un perfume bastante fuerte, pero que en aquel momento me pareció sumamente embriagador. Yo me limité a sonreír levemente, esperando a que la chica se separara, para luego asentir a sus palabras con cierto deje divertido. - Tienes razón, la próxima vez me lo pensaré mejor. Les tengo bastante cariño a mis extremidades. - Comenté con sorna, aunque mostrando claramente que sólo estaba bromeando.

No es que no quisiera disfrutar de su compañía, sino todo lo contrario. Lo único que pasaba es que estaba realmente cansado y por tanto deseando volver a casa para descansar. No obstante hablar con la chica de algún modo me animaba, no sabía si era su tono de voz o su carácter tan jovial, pero lo cierto era que me hacía sentir un poco menos cansado. ¿Cómo podía estar tan hiperactiva después de una noche así? Además por lo visto no sabía quién era hasta que la enfermera se había ocupado de dejarlo bien claro. ¿Qué más podía pedir? Se había topado con una chica francamente bella que además no le conocía en absoluto. Uno no conocía a alguien así todos los días cuando eras el guardián más importante y conocido de todo Londres. - Un placer. - Dije, siendo completamente sincero y con una sonrisa de oreja a oreja. - No te imaginas lo que me alegra que no me conozcas de nada. - Definitivamente parecía que no había sido una tan mala decisión lo de ayudar a la chica, de hecho me sentía hasta orgulloso de mí mismo. Aunque seguía pensando que de volver a suceder me lo plantearía seriamente antes de actuar como lo había hecho.

- ¿Dónde vives? ¿Te parece si vamos saliendo? Necesito salir de aquí. - La chica asintió, así que tras arreglar unos pocos papeles con la enfermera con referencia al alta (y tras darle un autógrafo debido a su incesante insistencia), salimos de San Mungo.

Como imaginaba estaba amaneciendo, así que ya podía verse un poco de luz debido al sol que comenzaba a salir por el este. A mí personalmente siempre me había gustado aquella hora del día, en la que las calles seguían desiertas pero se respiraba un aire más puro de lo habitual en las calles.

Ambos caminamos en silencio durante un rato, seguramente sumidos en lo sucedido la noche anterior. Fue en aquel momento cuando me percaté realmente de a qué nos habíamos enfrentado. Aquel hombre no era un mortífago, y ni siquiera reconocía su rostro. Además había usado una ballesta para atacarnos, ¿qué clase de persona era? - ¿Por qué te atacó aquel hombre? - Pregunté finalmente, aunque sin mirarla. - ¿Tenía algún motivo o era un simple sádico? - Uno nunca sabía lo que podía encontrarse en aquel siniestro Callejón, pero desde luego uno no estaba acostumbrado a ver un psicópata armado con artilugios muggles, y menos una puta ballesta.

Tras unos minutos giramos una esquina, adentrándonos en callejuela algo más estrecha y muchos menos transitada que las calles principales, con el objetivo de desaparecernos. - En fin. - Me apoyé en una de las paredes, cruzándome de brazos, pero manteniendo aquel tono afable con el que le había hablado desde que despertamos. - Supongo que aquí se separan nuestros caminos. Me debes sexo apasionado de agradecimiento, que lo sepas. - Comenté con sorna, mostrando una bonita sonrisa. Estaba bromeando, aunque en el fondo no me importaría en absoluto que volviéramos a quedar en una situación menos… tensa. ¿Había nombrado ya que la chica era increíblemente guapa? Cada vez que la miraba me parecía más guapa que antes.

- Estaremos en contacto, ¿te parece? Me ha gustado conocerte. - Me acerqué a ella y levanté una mano con la intención de despedirme. - Y ten cuidado con los lugares que transitas, no siempre estaré yo para socorrerte.

Tras aquel último consejo con broma añadida me separé un poco de ella y fue tras un último guiño divertido cuando me desaparecí. Ahora tocaba descansar un poco, ya que tenía asuntos entre manos de los que aún debía ocuparme. Ser mago era agotador, a veces me planteaba cómo sería la vida siendo un simple muggle, aunque luego pensaba en lo inferiores que eran y se me pasaba, claro.
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Sam J. Lehmann el Sáb Oct 24, 2015 1:25 pm

Sam suponía que el hecho de conocer a alguien que no te conoce (que normalmente es algo bastante lógico para personas normales) era reconfortante para alguien como él. Que no es que no fuera normal, pero el hecho de tener un puesto en uno de los equipos de Quidditch más famosos de inglaterra hace que tu rostro no pase desapercibido. Menos para la gente como Sam, a la cual le da exactamente igual ese deporte y todo lo que tiene que ver con él.

El chico parecía bastante amable y Sam se sentía cada vez más afortunada por haber tenido la suerte que había tenido—Vivo en la zona sur —dijo a la vez que asentía y se aseguraba de tener todo encima para salir de aquella agobiante habitación con sillón incómodo.

Tardaron más de lo esperado en rellenar algunos informes y hasta Sam se cansó de la pesadez de la enfermera para intentar llamar la atención de Jayce. Empezaba a entender todavía más ese gusto por conocer a gente que no le conocía, aunque fuera redundante. Debe de ser agobiante que todo el mundo sepa quién eres y tú no saber nada de nadie. Al salir y caminar un poco, momento en el que ninguno de los dos habló, él rompió el silencio—Pues tengo la teoría de que fue por pura diversión… —dijo con un hilo de voz—Caminaba por el Callejón y el hombre me tiró un cadáver de una casa. Me asusté y salí corriendo y él, como un perro con la rabia, me siguió… Fue horrible —le explicó tranquilamente, pues había sido todo tan de repente que en esa historia no hacía falta mentir para cubrir su coartada de: “llegué al Callejón Knockturn porque soy rubia y me desorienté.” Sam soltó aire y miró de reojo a su salvador—No era solo un sádico, era un pervertido —Y omitió decir más nada, pues le helaba la sangre el pensar en lo que podría haber pasado si no hubiera aparecido Jayce.

Llegaron a un callejón y ambos se metieron en él para despedirse y aparecerse para volver a sus casas. Debía admitirlo, no lo conocía de nada, pero le estaba cayendo especialmente bien. Normal que tuviera tantas fan detrás. Sam se ruborizó cuando le dijo que le debía sexo pasional como agradecimiento, llevándose la mano a la boca para reírse con un gesto risueño—Debo de ser la envidia de todas las brujas de Londres —dijo divertida, aludiendo al hecho de que Jayce Corvin le acababa de proponer sexo. Pero no cualquier sexo, sino sexo pasional. Sam no dijo más nada, dudaba mucho que volviera a ver al Guardián de las Avispas, por lo que se lo tomó como una anécdota divertida que guardarse y contar a todo el mundo. Aunque Jayce fue bastante amable diciendo que se mantendrían en contacto. ¿Sería eso verdad, o una encantadora manera de despedirse?—Todo lo que tú quieras —dijo Sam, ya que por ella, mientras no le obligara ir a partidos de Quidditch, quedaba con este encantador chico todo lo que él quisiera (dejando el sexo pasional de lado, claro)—Igualmente, Jayce —soltó una pequeña sonrisa—Lo tendré en cuenta. Mil gracias de nuevo… —le dijo Sam, antes de ver cómo se desaparecía.

Sam esperó allí unos segundos y se sintió dichosa. Podría haberse recorrido todo Londres, sino fuera porque aquel sofá le había dejado la espalda fatal. Así que tras comprobar que no hubiera nadie mirando, se apareció hacia su casa, recibiendo una cálida bienvenida de su gato y su cerdito.
Sam J. Lehmann
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