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Down on our luck —Max McDowell] {Evento}

Sam J. Lehmann el Miér Sep 16, 2015 3:04 pm

Down on our luck —Max McDowell] {Evento} 2ufsfhc

No podía estarle pasando eso. ¿Cómo era posible que justamente ella, una simple instructura de legeremancia, fuera la víctima de objetos que deben de ser tratados con cuidado en el departamento de Misterios? Estaba irritada, indignada y muy, muy cabreada.

Todo empezó en un tranquilo día laboral en dónde las obligaciones de Sam se reducían a dar algunas clases y quedarse el tiempo restante aceptando algunas fichas para futuras sesiones. No obstante, su jefe le llamó y tuvo que asistir al despacho con toda la eficiencia posible. Por el camino había un alboroto increíble, debido a que habían encontrado varios objetos de origen desconocidos que precisaban de una rápida evaluación para saber de qué se trataban y saber si eran peligrosos o no. Sin embargo, la gran mayoría de los inefables solían destacar por su incompetencia en estos casos, por lo que uno de ellos cogió lo que parecía una espada antigua y comenzó a hacer el imbécil imitando que se peleaba con alguien, dándole estocadas al aire.

En una de estas, apuntó a Sam y de la punta de la espada salió un rayo amarillo que impactó rápidamente contra el brazo de la chica. En un principio ella no sintió nada, pero la mirada de sorpresa de todos los presentes fue un claro ejemplo de que algo no estaba en su sitio. Se miró a sí misma y se dio cuenta de lo que le pasaba en su brazo derecho. No tenía brazo derecho, sino que se había reducido de manera considerable hasta parecer un trocito de carne que no podía servir ni para uno rascarse.

Desde que el primero de los presentes tuvo la valentía de reírse, todos los demás también lo hicieron. Por suerte, los pocos profesionales que habían salieron adelante para coger al empleado que había estado jugando con ese objeto, probablemente para quitarle el rango de inefable y borrarle la memoria, y otros se acercaron a ella, aconsejándole que fuera a San Mungo, ya que ellos no tenían ni idea de lo que había sido.

Por lo que cogió la Red Flu más cercana y se fue para San Mungo, apareciendo directamente en la sala de urgencias. Se acercó corriendo, con la mano buena tapando su pequeña mano reducida porque le daba vergüenza ver cómo se movía. Con ojos llenos de pánico, miró al enfermero que estaba detrás del mostrador—Necesito ver a un sanador con suma urgencia, por favor —le pidió Sam al enfermero.

Como toda esta sala —contestó el enfermero, el cual parecía estresado. Sam, entonces, miró a su alrededor y se dio cuenta de que la sala de urgencias estaba tremendamente llena—Deme su nombre y su problema. Dependiendo de la gravedad del asunto entrará antes o después. No puedo hacer más por usted.

A Sam le dieron ganas de morirse allí mismo, pensando en lo peor. ¿Y si no tenía remedio? ¿Y si se quedaba así para toda la vida? Era su brazo dominante, el derecho. ¿Qué iba a hacer sin su brazo derecho? Pero respiró profundamente y miró al enfermero— Sam Lehmann y no sé lo que me ha pasado, solo sé que mi brazo se ha reducido hasta parecer un maldito Tiranosaurius Rex retrasado —apartó la mano para que pudiera verse y aprovechó para pasarse la mano por los ojos—Trabajo en el departamento de Misterios del Ministerio, por lo que no sé qué ha podido ser —informó.

El enfermero lo apuntó todo en un pequeño pase, aguantándose claramente la risa y a Sam eso no pudo molestarle más.

Tome asiento, le llamarán en cuánto puedan ofrecerle una solución —dijo el enfermero, para luego levantarse e ir a llevar el informe al interior de una gran puerta.

Sam lo miró con cara de pocos amigos y se dio la vuelta, buscando un asiento libre. Vio dos sillones libres en medio de la sala, por lo que se acercó allí y se dejó caer en el de la derecha. Se le estaba cayendo la cara de vergüenza, aunque probablemente estuviera con la cara roja no de ruborizarse, sino del cabreo que tenía encima.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Jue Sep 24, 2015 5:46 pm

Esa mañana iba a ser única, una mañana que Max recordaría durante años. ¿El motivo? Ahora lo sabremos.

Max se encontraba en un aula vacía de la quinta planta, como de costumbre, con un grupo de amigos. Su grupo de travesuras. Estaban jugando a las cartas, un juego inocente. El mentiroso. El juego consistía en repartir las cartas, toda la baraja e ir poniéndolas sobre la mesa bocabajo a la par que dices, por ejemplo, dos reyes. El siguiente jugador si le cree pone una carta más, de no creerle las levanta. Vamos, gana quien antes se descarte. Ahí estaba la emoción del juego, en el perdedor. El jugador que no se descarta debe cumplir un mandato.

- ¡Mentiroso! - Le acusó Gabriel, levantando las cartas y dejando a la luz que Max había mentido al decir que eran tres ases cuando en realidad eran dos cuatro y un rey. Esto suponía el fin de la partida, Gabriel era el único rival que tenía en ese momento y sólo tenía dos cartas en su mano, por su parte, Max tenía el resto de la baraja al completo. Estaba perdido, hubiera necesitado felix felicis para ganar esa ronda. - ¡Mentiroso! - acusó en esta ocasión Max a Gabriel, levantando las cartas y observando como la partida llegaba al fin. - Has perdido McDowell - Replicó el chico con la risa haciendo acto de presencia en su voz. - Tienes que beberte esto y lograr que Lluna Conde te de una prenda, un pijama. - Expuso su castigo. Max sabía que resultaría imposible. - Tú quieres que la rubia me odie de por vida, ¿verdad? - Comentó con tono dejado, si volvía a pasarsele el efecto de esa poción mientras hablaba con Lluna, estaba seguro de que la tendría de enemiga para toda la vida.

Cogió la petaca, que contenía poción multijugos que él mismo había preparado mucho tiempo atrás y bebió con imprudencia. Imprudencia por no preguntar de quién era el pelo, pero confiaba en sus amigos. Lo que ninguno sabía es que el pelo, que creían era de Damon Harrelson era del gato de Max. Sí, de su gato, porque ninguno se dio cuenta de que el gato intercambio el pelo. Son así de malvados los felinos.

Enseguida comenzó a hacer efecto la poción. Max conocía bien la sensación. Pero algo iba mal, sentía que su cuerpo comenzaba a calentarse. Notaba pelo donde no lo había. Sus amigos se reían a carcajada limpia frente a él y en un primer momento no lo entendió. No necesitó que nadie dijera nada, algo le subía por la traquea y no sabía que era, pero su cuerpo se arqueó hacia delante. Arcadas, más arcadas hasta que una bola salió de su boca. Sintió asco, y una gran sensación a pelo en la lengua. - ¿Soy un gato? - Preguntó casi gritando. En ese momento sus amigos apenas podían hablar de la risa. Él había leído algo de que esa transformación no era buena, así que corrió hacia la enfermería.

- No sé que me ha pasado, estaba tan tranquilo tomando zumo de calabaza cuando…- Explicó al sanador. Éste no le dejó hablar mucho más, lo sujetó de la mano y salió con él de Hogwarts.


Ahora se encontraba en San Mungo, en una sala con un montón de pacientes, algunos más graves que otros. El enfermero de Hogwarts le dijo que se sentara que ahora volvería, así que no dudo en sentarse junto a una joven rubia muy guapa. - Disculpe, ¿cree que me estaría permitido sentarme junto a una dama tan hermosa? - Tuvo un peculiar modo de hacerse notar, pero era Max, intentará cortejar a una mujer como aquella siempre, y aunque tenga cara de gato no va a cambiar de actitud.
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Sam J. Lehmann el Sáb Sep 26, 2015 10:39 pm

Sam estaba de los nervios. Se sentía no solo avergonzada por lo que le había pasado, sino que estaba increíblemente cabreada con la incompetencia de su departamento. ¿Qué clase de seriedad es la que le piden a los inefables? Parecía que no había termino medio en ese trabajo. O eran muy serios o eran extremadamente estúpidos.

Había utilizado su propia rebeca para taparse el brazo, ya que le daba cierto asquito verse y tocarse su propio brazo. Aquello rozaba lo surrealista… Se llevó la mano a la cabeza y bajó la misma, perdiendo la mirada en el suelo mientras le entraba un tick nervioso en la pierna, ese tick que hace que no puedas parar de moverlo casi de manera inconsciente. No solo estaba perdiendo el tiempo allí, sino que había dejado trabajo a medio hacer y no iba a poder asistir a las clases que tenía que dar esa tarde. Eso era, básicamente, lo que más nerviosa le ponía.

De repente, dentro de esa burbuja de mala suerte llena de nervios y malas noticias, apareció algo muy gracioso. Al principio parecía la voz de un chico, pero cuando Sam alzó la mirada… Lo primero que hizo fue llevarse su mano buena a la boca, esbozando una pequeña sonrisa. Ella no era experta en temas de transformaciones, pero lo que le pasaba a ese chico era bastante revelador—Por favor —le dio permiso, señalando al asiento que tenía al lado— Faltaría más, no todos los días un gato te llama hermosa, no podría negarme ni aunque quisiera —añadió mientras tanto, con un gesto de lo más cómplice.

Algo más que añadir a su día surrealista.

Le daba algo de pena el chico. ¿Cuántos años tendría? No lo podría adivinar con total certeza, pero por el uniforme sabía que había venido de Hogwarts… Está claro que solo allí pasan ese tipo de transformaciones. Sam no la había tenido nunca, de hecho nunca ha probado la poción multijugos, solo olido, pero su amigo Henry sí que se había convertido una vez en una especie de ratón humanoide. Fue muy desagradable. Lo miró de arriba abajo con una sonrisa empática—Normalmente se acostumbra en salas de espera a preguntar el por qué de estar aquí, pero tu motivo es bastante intuitivo —bromeó—¿Fue una gamberrada o un error? —preguntó Sam, curiosa por saber la historia del chico. ¿Sabéis eso de “males de otros, consuelo de tontos”? Pues más o menos, era lo que le había pasado. No le consolaba lo más mínimo que ella no fuera la única pringada del día, pero en cierta manera, no se sentía sola. Podrían compartir sus desgracias y así no sentirse tan mal.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Dom Sep 27, 2015 11:26 pm

El chico se vio de pronto en San Mungo, esperando a ser atendido mientras el enfermero de Hogwarts tramitaba todo el papeleo. No le había dejado ni quitarse el uniforme, lo cual llamaba bastante la atención en el lugar. Lo que no sabía Max es que estaría durante horas en la sala de espera, pues su caso era de lejos de los menos graves que habían ese día. Un completo caos en el lugar, había gente escupiendo fuego, literalmente hablando.

El joven optó por sentarse junto a una chica de lo más guapa, rubia y de piel blanca. A simple vista no sabía que podía traerla al hospital. Quizás sólo estaba esperando a alguien, fue lo que pasó por la mente del chaval.

Se sentó a su lado y se pasó la mano por la cabeza felina. Era consciente de que todos en la sala habían girado la cabeza para mirarlo, pues no siempre se ve a un gato humanoide. A Max no le importaba, le gustaba ser el centro de atención, aunque en ese momento preferiría no serlo. - Lo cierto es que deberían hacerlo más a menudo. - Añadió como si fuera obvio que los gatos debían llamarla guapa cada vez que se cruzaran en su camino.

Durante unos instantes Max dudó en su respuesta. Había sido un poco de ambas partes, pero no podía admitir abiertamente que la poción era de su creación, ni mucho menos podía admitir que había sido por un estúpido juego. Todo lo contrario, debía seguir manteniéndose en sus treces de que no tenía ni idea del origen, al menos en un comienzo.

- Diría que fue un error, o eso espero, porque hay que ser muy villano para hacerme ésto. Yo simplemente bebía jugo de calabaza cuando comencé a sentirme raro, y de pronto…¡puf! - Hizo un gesto con las manos, como si de una explosión se tratara. -Estaba cubierto de pelo y escupiendo bolas de pelo, valga la redundancia. - Explicó el chico, tal como había relatado al enfermero.

- Ya que es tan normal, ¿Qué puede causar que una mujer como usted esté en un lugar como éste? Seguramente sólo esté esperando por alguien.. - Dijo mirándola con esos ojos de felino, poniendo una carita de lo más adorable. No se había atrevido a mirar más allá de sus ojos, pues le resultaba descortés mirar a una mujer de arriba abajo. Por ello no se había percatado de cómo guardaba con recelo su brazo bajo la chaqueta.
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Sam J. Lehmann el Mar Sep 29, 2015 1:30 pm

No debía de ser muy cómodo eso de estar escupiendo bolas de pelo, por lo que desde que Sam vio al chico, tuvo una mezcla de sentimientos. Por una parte le hacía gracia ver un gato humanoide tan campante por San Mungo que encima le tiraba piropos, pero por otra parte, se sentía mal porque, como a ella, se le había torcido el día de tal manera que habían acabado en San Mungo. Y quieras o no, no es solo la pérdida de tiempo que eso supone, sino que había que añadirle un plus de nervios, de ansiedad y, por qué no, de humillación. Porque ya me diréis… un brazo reducido y una poción multijugos mal elaborada dará mucha pena, pero lo que más da es risa.

La chica sonrió con cariño cuando el chico dijo que deberían de hacerlo más a menudo. Solo por ese rasgo caballeroso ya se había ganado un punto con Sam—Gracias —dijo, guiñándole un ojo, girándose levemente hacia él para no tener que girar totalmente la cabeza.

Sam, curiosa, le preguntó que qué le había pasado. No recordaba si la poción multijugos estaba prohibida en Hogwarts, pero apostaría un galeón a que en sus tiempos sí que lo estaba. Motivo principal de que su amigo Henry hubiera estado una semana castigado intentando podar al Sauce Boxeador. Su historia fue bastante creíble, sobre todo porque nadie se tomaría una poción multijugos con un pelo de animal a propósito—Vaya… La verdad es que si, no siempre la reacción es la misma. Imagínate que llegas a ser alérgico a los gatos… Podrías haber acabado muy mal —explicó Sam, basándose en los conocimientos que recordaba sobre la poción, ya que ella tenía la habilidad de que se le quedaban cosas de lo que estudiaba y solía saber de cosas que no eran su especialidad, pero la verdad es que la rama de las pociones nunca llamaron su atención—La única ventaja de haber acabado peor es que seguramente ya estarías siendo atendido —dijo Sam, mirando levemente a su alrededor y viendo la cantidad de gente que había allí con cosas muchos más grave que las de ello. No iban a salir de ahí en la vida…

La chica suspiró y alzó las cejas cuando el chico dio por hecho que solo estaba esperando por alguien—¡Ojalá! —dijo casi automáticamente, con una risueña sonrisa—Te lo voy a enseñar, porque es tan surrealista que no sabría como describirlo sin parecerme gracioso e inverosímil —Y entonces miró a los ojos del chico, llevándose la mano buena a la rebeca y dejándola caer. Un pequeño bracito, del tamaño de un tenedor, apareció. La mano en miniatura saludó al chico y rápidamente Sam se lo volvió a tapar—¡Es que me da hasta grima mirar mi propio brazo! —dijo con el rostro arrugado, como si acabase de chupar un limón—Horrible, ¿eh? Tú por lo menos estás proporcionado —añadió la chica tras colocarse la rebeca, con una sonrisa en el rostro, ya que era mejor tomárselo a broma a deprimirse—¿Tú buscarás venganza por lo tuyo? Porque yo aún me estoy replanteando la mía… —murmuró con un rostro que esperaba ser malicioso, pero ciertamente el rostro de Sam no podía ocultar ni un atisbo de maldad ni de venganza. Aparentemente, claro— Si no despiden al que me lo ha hecho, ya me encargaré yo de que lo hagan —dijo, descargándose con el chico, ya que había sido la primera persona con la que poder hablar del tema. Y, jope, estaba cabreada.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Lun Oct 19, 2015 11:16 pm

Estar en San Mungo no era la mejor forma de pasar el día, pero viéndolo desde otra óptica, así se iba a librar de largas e insoportables clases de historia de la magia. Era una ventaja considerable. Y para ponerle la guinda al pastel, estaba sentado junto a una mujer de lo más guapa, rubia como a él le volvían loco. Encima era cortés con él y no había salido huyendo al ver como un alumno flirteaba con ella. El día no podía haber mejorado tanto para él.

Explicar el porqué se encontraba allí no le resultó muy sencillo, más que nada porque tuvo que mentir y no olvidar las palabras exactas que había dicho al enfermero de Hogwarts. Era un tema delicado, podía jugarse la expulsión de Hogwarts si la verdad salía a la luz. Así que mejor ceñirse al primer cuento.

- Si fuera alérgico, dudo que siguiera vivo. - Bromeó el chico, haciendo una mueca con su cara gatuna que reflejaba sus palabras. La risa se apoderó de él, una risita floja. La chica tenía razón, quizás ya estaría siendo atendido o de vuelta en Hogwarts. - Pero seamos sinceros, para estar de vuelta en clase de historia de la magia, prefiero mil veces estar aquí charlando contigo. - Añadió guiñándole un ojo y soltando un ronroneo que no sería propio en su estado humano.

La historia de la chica fue realmente reveladora, y aumentó la curiosidad del chico. ¿Qué podía haber pasado para que estuviera allí? No estaba escupiendo fuego, ni tenía la piel escamosa o cualquier otra cuestión que fuera evidente. Lástima que no fuera más observador. Sus ojos de gato se agrandaron por la sorpresa. Era un brazo diminuto, como el de un hada que al agrandar su tamaño se dejó una parte. Pero fue divertido ver como la pequeña mano le saludaba. - No es tan horrible, yo diría que encantador. ¿Sabes las utilidades que puede tener? - Preguntó ladeando la cabeza, lo cual lo hacía ver cómico. - Puedes meter la mano en los tarros de cristal pequeños, cuando se queda algo dentro. Puedes pasar el brazo por esos barrotes tan estrechos y abrir las vergas con más facilidad. Puedes.. hacer miles de cosas! - Comenzó a hablar con euforia, callandose algo que podría horrorizar a la chica, cómo era, poder sacarse la cera de los oídos sin usar bastoncillos. Aunque claro estaba, que no le llegaba la mano a la oreja.

- Por esto no buscaré venganza. Me lo voy a tomar como algo anecdótico y cuando menos se lo espere, quizás dentro de dos años, sufrirán la venganza perfecta. - Respondió el chico asintiendo seguidamente y con una expresión de lo más perversa, que vista en un gato era de lo más encantadora.

- Por cierto, me llamo Max. - Se presentó el chico estirando la mano y esperando poder estrecharla, luego se dio cuenta de que tendría que estrechar la minimano y tuvo una ocurrencia más animal. Ladeó su cuerpo y frotó su gran cabeza contra su brazo. - Así saludan los gatos. - Comentó con un tono risueño.
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Sam J. Lehmann el Miér Oct 21, 2015 11:36 am

No sabía si era por su forma de ser, o el hecho de que estuviera convertido en gato lo que lo hacía ser un chico tan adorable. Quizás probablemente la obsesión de Sam con los gatos también hacía que, en cierta manera, ya le pareciera adorable aunque fuera una transformación un tanto extraña—Iba a recalcar lo irresponsable que es eso como buena exRavenclaw que fui pero… —frunció con delicadeza la nariz en un gesto de aburrimiento—Historia de la Magia es mucho mejor cuando te la lees con ganas y no cuando alguien te la cuenta de manera monótona y aburrida, esa clase debería considerarse la hora de la siesta —bromeó con algo de diversión. La clase favorita de Sam era pociones, con diferencia. Las cosas que eran de memoria prefería estudiarlas por ella misma, como era la Historia, que se la leyó más como curiosidad que por obligación.

Sam le enseñó al chico el por qué de estar en San Mungo en un día como aquel. Le daba un poco de vergüenza pregonar su pequeño brazo y enseñarlo, pero debía de empezar a tomárselo de manera divertida o se iba a terminar deprimiendo ahí dentro. Tenía suerte Sven de estar en Hogwarts ocupado o Sam le hubiera acosado como sanador personal tras ese infortunado incidente—¡Pero todo eso se puede hacer con una varita!—Dijo Sam cuando el chico enumeró, de manera optimista, todas las cosas para las que servía su brazo—Gracias por tus ánimos, pero no puedo encontrarle ningún uso válido como para que llegue a consolarme —contestó con un gesto ocurrente.

Estaba claro que Sam si iba a buscar a venganza. Quizás hace tres años se hubiera convertido en algo como decía el chico, algo meramente anecdótico, pero no estaba como para soportar la poca profesionalidad de los que se suponen que están sobre ella y que enciman no tenga la decencia de hacerse el responsable—Iba a actuar de adulta responsable y decir que la venganza no te lleva a ningún sitio pero… —de su rostro afloró una pequeña sonrisa cómplice al repetir la misma frase de antes—En estas ocasiones un escarmiento está bien —se encogió de hombros, algo juguetona. Estaba segura de que su jefe tampoco soportaría esa falta de profesionalidad, por lo que al menos una reprimenda se llevaba si no es que lo despedía.

El chico se presentó de una manera de lo más innovadora. Rara vez un niño de Hogwarts transformado en gato te saluda restregándose contra ti. Sam se llevó la mano buena a la boca para aguantar una divertida risa, negando con la cabeza—¿Sabes que adoro los gatos? Tengo uno. Lo que daría porque fuera la mitad de cariñoso de lo que lo eres tú —confesó al joven—Si lo tuyo no tiene solución, te adopto. Yo creo que harías buenas migas con Don Gato —dijo, dándole un pequeño codazo con su brazo bueno—Yo me llamo Sam. Y sí, mi gato se llama Don Gato. Cuando entré a Hogwarts estaba demasiado entusiasmada como para pensar en un nombre mejor, lo admito —confesó, algo más animada. La verdad es que una conversación desinteresada y agradable como esa ayudaba mucho a liberar el estrés de momento. Y sobre todo a darte cuenta de que los problemas que tenías no eran tan graves cómo tu hipocondriaca mente te hacía pensar.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Vie Nov 13, 2015 9:20 pm

El gato de Max estaría orgulloso de verlo en esa situación, por fin su amo/esclavo estaba a su altura, imitándolo burdamente. Sin duda los felinos lo verían como un ser superior. ¡Un gato que anda y es gigante! Seguro que en ese estado podía dominar a todos los gatos y estos les seguirían y cumplirían sus órdenes sin mucho reproche. O todo lo contrario, a fin de cuentas los gatos son los seres del diablo.

Las clases de historia de la magia eran mundanamente conocidas como las clases de la siesta. Quién no se haya dormido en ellas, ya sea literalmente o despierto, es que era un friki total o se había tomado alguna poción justo antes de la clase. Era imposible no caerte sobre el pupitre a primera hora de la mañana mientras te cuentan como unos magos decidieron celebrar un tratado. ¿Para que nos sirve eso luego?

Conocer el motivo de la presencia de la chica en San Mungo le resultó curioso y no dudó en buscar usos prácticos a su dolencia. Mas la chica no parecía estar de su parte, y dejar claro que no era agradable. - Sí, pero ¿y si estás rodeada de muggles? - Preguntó el chico, decidido a verle el lado positivo a su situación. Max no estaba del todo tranquilo sin intentar consolar a la chica, más debía desistir o sería considerado un cansino redomado.

Sam hablaba sin reparo, comentandole al chico que ella se vengaría. Max por su parte, tuvo pequeñas dudas, principalmente porque no solía admitir públicamente sus ganas de venganza. Por otro lado, se debía a su parte de responsabilidad con la situación. Esta última opción era la más pesada para no vengarse, no del modo en que lo haría de ser diferentes las circunstancias. - Cierto que un escarmiento viene bien de vez en cuando, y más en situaciones como las nuestras. Pero ¿realmente es necesario? Yo creo que Nemesis será lo suficientemente justa como para devolverselas. Sí, estoy seguro de ello. - Dijo sin más, asintiendo con su gran cabeza felina y ronroneando al final.

- No lo sabía. - Negó divertido. Saber que la chica adoraba a los gatos supuso un punto a  su favor, o así lo vio. Estaba disfrutando de la conversación y más aún de la compañía. - ¿Me adoptarías? Por una chica tan guapa y simpática como tú, ¿quién no sería cariñoso? - Replicó con una sonrisa, colocandose mejor. - Si fuera tu gato, no pasaría un segundo sin ser cariñoso contigo. - Sus palabras intentaban sonar inocentes, pero en parte Max intentaba flirtear con la chica. - Al menos tiene un nombre original, el mio se llama Gail, por fastidiar a mi hermana. - Confesó con una risa al final. Su pequeño gato sólo honraba el nombre que tanto odiaba su pelirroja favorita.

- ¿A qué te dedicas Sam? - Preguntó con curiosidad, quedaba mucho que esperar en esa sala y mejor sacar tema de conversación, aunque fuera trivial.
Anonymous
InvitadoInvitado

Sam J. Lehmann el Miér Nov 18, 2015 11:42 am

Era adorable la necesidad del chico por intentar que Sam no se sintiera tan mal por su desgracia, pero la verdad es que lo tenía muy difícil. Por regla general Sam solía intensificar los problemas, sobre todo cuando se trataba de daños o salud. Su amigo Sven siempre le decía que era una hipocondríaca—Si fuera delante de muggles, tendría que dar demasiadas explicaciones —le contestó. Era mucho más fácil decirle a un mago que había sido un maleficio desconocido que intentar convencer a un muggle de que lleva toda su vida con ese brazo.

Sam era muy rencorosa. Ahora, claro. Hace cuatro años era una chica adorable sin una pizca de maldad, pero actualmente no estaba como para pasar irresponsabilidades como estas. Eso sí, el chico era bastante honorable diciendo que no quería buscar venganza—Eso dice mucho de ti —dijo con una dulce sonrisa—¿Pero eres consciente de que la vida está llena de injusticias? Muchas veces Nemesis, Karma o Justicia no están ahí para hacer su trabajo. Hay veces que tienes que dar un empujón a los acontecimientos… Aunque todo esto que te esté diciendo me esté dejando como una chica rencorosa y vengativa… en realidad es porque estoy cabreada —se percató con diversión, mostrando una sonrisa risueña—Pero en pequeñas dosis, no es tan malo ser rencoroso o vengativo —se excusó, divertida.

Sam le preguntó que si sabía que adoraba los gatos y él dijo que no. Era una pregunta retórica, pero siempre le había hecho gracia que la gente se molesarla en contestar lo evidente. Si no se conocían, evidentemente no sabía que le gustaban los gatos. La chica miró al chico con una tímida sonrisa. No solía gustarle que ligaran con ella, pero aquel chico estaba innovando y, ciertamente, estaba siendo adorable en comparación a otras técnicas de ligues con la que se había encontrado—Mi gato no me ve con los mismos ojos con los que me ves tú —contestó Sam, cuando preguntó quién no sería cariñoso con ella—Si por alguna razón eres un caso especial que no tiene solución y te quedas como gato para siempre, yo te adopto —le aseguró con un gesto divertido, para luego fruncir ligeramente el ceño al no entender exactamente por qué un nombre como Gail es burlesco—¿Gail es un nombre de persona? —preguntó sorprendida, relacionadno que si era para fastidiar a su hermana es porque se llama así—Si tal de chico, me pega, ¿pero de chica? —añadió algo confusa. Ella no había tenido la experiencia de tener hermanos, pero seguro que tampoco le hubiera hecho gracia que su hermano, mayor o pequeño, daba igual, llamara a su gato Sam.

Le preguntó por su profesión y Sam no tuvo reparo en decírselo—Soy instructora de legeremancia en el ministerio y dicho departamento está dentro del de misterios, por eso trabajo cerca de inefables, como te comenté antes —le explicó, para que no se hiciera un lío. No sabía él, pero a Sam por lo menos, teniendo en cuenta que para ella el mundo mágico era todo un mundo desde que entró, le costó ubicarse con todas las plantas y departamentos que había en el ministerio—Aunque lo bueno de mi trabajo es que no es un secreto para nadie —esbozó una pequeña sonrisa—Tenía bastante claro lo que quería estudiar desde que conocí la legeremancia en Hogwarts. ¿Tú ya lo tienes claro? —preguntó, aunque de repente se dio cuenta de que a lo mejor le estaba echando más edad de la que tenía y aún estaba en quinto o sexto, por lo que aún le quedaba tiempo para poder decidir—¿Te queda mucho para enfrentarte a la realidad y salir del colegio? —intentó saber así su edad, o, en su defecto, su curso. El chico tenía una carisma y un carácter bastante notorio, no le pegaba para alguien de solo quince años.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Sáb Dic 26, 2015 11:04 pm

Max estaba encantado de compartir su experiencia en San Mungo con tan grata compañía. La conversación fluía sin problemas. Pasando por situaciones de lo más pintorescas. Primordialmente restarle importancia al actual estado del brazo de su compañera. Era curioso ver a alguien con un brazo similar al de un t-rex, y el joven no tardó en buscarle posibles usos, si bien ninguno tenía funcionalidad real teniendo una varita.

- De acuerdo, no es nada útil. Pero seguro que con el brazo así los muggles te consideran discapacitada y te pagarían todos los meses una buena suma de libras sin tener que hacer nada. Me dirás que no es útil. - Comentó como último recurso para verle la parte positiva a su problema.

Las palabras de Sam fueron adentrando en la mente del joven, el cual sonrió con su boca gatuna y asintió con la cabeza sin más. Ella tenía razón, pero en este caso no era aplicable. Toda la culpa recaía en él, nadie le había obligado a beberse la posión. Cuando juegas con fuego puedes quemarte, y él se había quemado pero bien. Por suerte su madre todavía no era consciente de la situación y no había aparecido por allí, sino sí que estaría en graves problemas.

Dejando a un lado las vendettas, pasaron a un tema más importante, ¡LOS GATOS! El tema más obvio de la conversación y a la vez el más adorable. Max estaba dispuesto a ser la mascota de la chica, ¿quién no lo estaría? Saber que el gato de la chica no estaba de acuerdo, no le sorprendió. A fin de cuentas, los gatos son los animales más despegados del mundo, por eso le gustaba tanto su pequeño amigo Gail. - Podemos irnos ya, me adoptas y listo. Ya no necesito que me arreglen esto. - Dijo señalándose la cabeza en un gesto circular con su mano derecha. - ¡Acabo de encontrar la vocación de mi vida! - Exclamó con una leve euforia, levantándose dispuesto a irse con la chica en cualquier momento. - Mi hermana se llama Abigail, pero no es partidaria de su nombre completo, así que le puse al gato la parte que no le gusta. - Explicó sin tener mucho sentido. Con todos los nombres posibles había optado por algo que nadie entendía. Explicarlo no le suponía ningún problema, aunque la explicación careciera de sentido.

Le sorprendió que alguien aparentemente tan joven trabajara en el departamento de legeramancia. En realidad no conocía a nadie de esos departamentos, pero estaba casi seguro de que no podían ser muy jóvenes. - No te vayas a meter en mi mente ahora. - Dijo el chico, agachando la cabeza e inclinándose un poco hacia atrás, en un patético intento de ocultar su mente de su vista. Patético en máximo esplendor, puesto que la mente no se puede ocultar con ese gesto.  

Cuando preguntas por el trabajo de alguien, hay una contrapregunta que no gustaba al joven, es como en navidad cuando te preguntan por la novia. Era una pregunta odiosa, pero tocaba responderla. - Lo cierto es que estoy dudando entre adentrarme en las relaciones internacionales o ser alguacil en Azkaban. Lo sé, puestos muy dispares, pero no creo que encaje en otro lugar. Me quedan unos meses todavía para decidirme. - Respondió encogiendo levemente sus hombros y sonriendo. Su séptimo curso en hogwarts estaba comenzando, pero su futuro se acercaba con rapidez, tenía que comenzar a tomar decisiones al respecto. Pero era demasiado complicado elegir.

Mientras hablaban uno de los sanadores se acercó a ellos, para hacerles una pequeña revisión visual. - ¿Quién va primero? - Preguntó a ambos. - Ella primero, si me dejas así me voy a vivir con ella, así que por mi no hay prisa. - Respondió riendo.
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Sam J. Lehmann el Lun Dic 28, 2015 12:24 pm

El chico tenía razón y es que si Sam hubiera tenido la mano así en el mundo muggle ya tendría para vivir toda su vida. Por suerte para ella, ni era muggle ni había nacido así, sino que podía ser reversible —o eso esperaba— con alguna poción de la mano de los sanadores de San Mungo—Me alegro de no ser muggle, ¿te imaginas tener que vivir toda mi vida así? —preguntó, haciéndose a la idea mentalmente—Prefiero seguir trabajando toda mi vida con un brazo normal —confesó de manera risueña.

Sam no sabía si el chico tenía esa energía siempre o si había sido un pronto de optimismo sacado del mal momento de convertirse en gato, pero era una persona increíblemente agradable. Encima ya si le sumamos el hecho de que tenía pinta de gato, aumentaba considerablemente su adorabilidad que profería—Comida gratis, estancia gratis, buena compañía… ¿Quién no aceptaría? —contestó con un tono divertido, bromeando con el chico, el cual se había puesto de pie y todo para irse ya con ella. Le explicó el por qué del nombre del gato y Sam se encogió de hombros tras poner una mueca conforme—Así te aseguras de que no haya ningún gato que se llame como el tuyo.

Le contó al chico que era instructora de legeremancia, para que pudiera relacionar el hecho de que estuviera en el departamento de misterios. Su comentario fue el típico que suelta todo el mundo. Ese comentario para una persona hábil y profesional en legeremancia es totalmente similar al que le dicen a un bailarín cuando éste dice que es bailarín: “Pues no te vayas a poner a bailar ahora.” En el fondo era divertido ver los matices de diferencia. Rio ante su gesto con la cabeza—No me tientes, ¿eh? Seguro que tienes oscuros secretos ahí escondidos que no quieres que salgan a la luz —le “amenazó” con su dulce gesto, para luego sorprenderse ante la respuesta que le había dado sobre su futuro, ya que sí, eran dos profesiones muy diferentes—¿Alguacil de Azkaban, en serio? —preguntó sorprendida—¿Seguro que no eras Gryffindor? —preguntó de broma, aludiendo al hecho de que por lo menos para ella, había que tener coraje para querer trabajar ahí. Tenía la sensación de que los que trabajaban de eso, es porque tampoco le quedaban demasiadas opciones—Relaciones internacionales parece una opción más amplia y segura. Y con más futuro, como Ravenclaw deberías aspirar a lo más —le recomendó, con un guiño amistoso. No era quién para dar consejos, pero entre esas dos opciones… quiso intentar motivarle a la más segura.

Entonces un enfermero o sanador, lo mismo daba, se acercó a ellos, preguntando quién iba primero. Sam se había acostumbrado a estar así, a fin de cuentas el chico le había supuesto un plus de felicidad que no esperaba encontrarse en San Mungo. Iba a decir que fuera él primero, así no perdería clase, pero él no tardó en hablar primero—Espero que seas igual de encantador sin estar convertido en gato —dijo Sam mirando a Max.

El sanador sonrió ante la conversación de ambos y se sentó al lado de Sam, observándole el brazo. Inevitable el sanador sonrió. Le preguntó que cómo se lo había hecho y Sam le explicó nuevamente toda la historia—Seamos positivos y pensemos que es algo reversible… —dijo el sanador. Sam puso un cara de horror, para luego mirarle con seriedad—Es broma. Tiene solución, no te preocupes —Tenía suerte de tener una sonrisa encantadora, porque si no Sam se hubiera cabreado por el susto innecesario.

Luego el sanador se dirigió a Max—Lo tuyo me huele a poción multijugos mal hecha, ¿no? —quiso adivinar, acariciándole la cabeza—¿Sabes que está prohibida la elaboración de esa poción en Hogwarts? Te va a caer una buena cuando vuelvas a Hogwarts, granujilla —dijo el sanador.

Sam miró a Max con una cómplice mirada de: “Menudo sanador más graciosete nos ha tocado” y sonrió mientras negaba con la cabeza—Vayan los dos por aquel pasillo de allí hacia la sala número 4. Estaré con vosotros en un momento, que ambos necesitáis del efecto de una poción.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Invitado el Mar Ene 12, 2016 10:52 pm

Cierto, mejor no vivir con el brazo así eternamente. Sin embargo, poder vivir toda la vida sin tener que trabajar mientras el estado te mantiene no parece para nada un plan descabellado. Todo lo contrario, sería una jubilación permanente, poder hacer lo que quisieras, viajar, nada de madrugar. Una utopía nada desdeñable.

Por otro lado, Max se estaba divirtiendo tanto con la chica, que en ocasiones olvidaba que tenía el físico de un gato. Pero ello no fue impedimento para ofrecerse a ser la más fiel mascota de la rubia. Otro posible sueño para el joven, vivir al eterno servicio de una mujer tan guapa y simpática. En esos momentos se encendió una bombilla en su interior, ¿y sí se hacía animago? Partiendo de su patronus y las numerosas teorías al respecto de que el patronus era un gran indicativo de tu forma animaga, sería un felino de lo más adorable. Más que la forma que ahora mismo tenía.

Hablar de su profesión trajo consigo la pregunta más tópica a un estudiante de Hogwarts. Sin embargo primero optó por bromera con la profesión de la chica, pues conocía a muy poca gente que tuviera las habilidades necesarias para adentrarse en la mente de otras personas, por suerte, o eso creía él, nadie se había adentrado en la suya. - Mejor que no, luego dejarías de verme tan adorable. - Bromeó también, poniendo esos ojitos tan adorables y brillantes, capaces de derretir al más temible de los bárbaros.

- Me negarás que es una profesión con poca competencia. - Explicó con un encogimiento leve de hombros. - No, te aseguro que no tengo nada de león. Pero es una alternativa a tener en cuenta, siempre he tenido curiosidad por ver la prisión desde dentro, y sería la mejor opción sin estar preso. - Concluyó su explicación, inclinando la cabeza y rascándose detrás de la oreja gatuna derecha. Sam sin embargo le alentó a decantarse por su alternativa, a lo que el chico asintió dándole la razón y lamiendose la mano. Por alguna extraña razón le apetecía lamerse las manos.

Mientras hablaban un sanador se acercó, dejando ver que era el momento de atenderlos. Max insistió en que atendieran antes a la chica. - Por supuesto, ya verás, soy hasta más guapo. - Bromeó en respuesta. Mirando al sanador con desconfianza por sus bromas. ¿Cómo podía insinuarle a una semidiosa que no podía tratarla? Vaya forma más patética de ligar. Sin embargo no parecía del todo tonto, aunque sus intentos de ser gracioso podían acabar con la paciencia del joven.

- ¿No me digas? Y yo pensando que simplemente había digievolucionado. ¡Me cachis! Otro sueño frustrado…. - Replicó en broma, haciendo caso omiso a su posible castigo posterior al volver a Hogwarts. Nadie ha dicho que la poción se preparara en el castillo, ni mucho menos que la hicieran mal. Sólo un error de pelo, algo idiota por nuestra parte.

Siguiendo las indicaciones del sanador, Max se levantó y ofreció su brazo a Sam, esperando que ésta aceptara y su minibrazo rodeara el de Max. - Nos queda poco tiempo de compañía, el enfermero de Hogwarts enseguida vendrá a por mi. - Comentó con pena, una vez ya en la sala indicada. - Pero te escribiré desde el castillo para saber por tu brazo t-rex, sigo pensando que no deberías deshacerte de él. - Dijo el joven, sonriendo por última vez con aspecto gatuno, pues segundos después tomó una poción para volver a su estado habitual.
Anonymous
InvitadoInvitado

Sam J. Lehmann el Vie Ene 15, 2016 3:03 pm

Sam estaba sorprendida por el coraje del chico, o más bien las ganas, que tenía para ir a trabajar como vigilante de Azkaban. Sin duda alguna no parecía ser un oficio demasiado demandado por lo que posiblemente encontrase rápidamente trabajo. ¿Pero realmente merecía la pena? Debía de ser sumamente aburrido trabajar en medio de ningún sitio rodeado de presos que no pararán de amenazarte una y otra vez—Puedes ir de visita —dio como opción. Una opción mucho más viable y menos peligrosa.

El enfermero tenía un humor un poco especial, ya que no sé qué le había dado por bromear con los supuestos problemas por los que la gente va a urgencias. A Sam no le había hecho gracia ninguna, aunque el chiste que había hecho Max sí que lo entendió. Sam era una chica procedente de dos padres muggles y poseía veintiséis años, por lo que sabía perfectamente qué era eso de digievolucionar. ¡Qué recuerdos! Hacía años que no se acordaba de los Digimons. Así que se rió ante la elocuencia del joven, dejando al pobre enfermero ignorante del tema como el cascarrabias que no se ríe del chiste.

Ambos se dirigieron a la zona a donde el sanador les guió. Sam fue a darle su pequeño brazo cuando le ofreció el suyo, pero prefirió dar la vuelta y darle su brazo sano, para poder sujetarle con propiedad. Una vez llegaron al interior de la sala, Sam miró al chico bastante contenta por lo agradable que había sido—Y  cuéntame también si te han castigado, recuerda que si no quieres ir a trabajar a Azkaban o nada llama tu atención, puedes hacer compañía a Don Gato si te gusta tanto ser gato —bromeó con una risueña sonrisa para luego morderse el labio inferior ante su última premisa—¡No me lo voy a quedar, es horrible!—exclamó divertida, viendo como se bebía la poción que el enfermero le había dado.

Sam todavía no había recibido su remedio, ya que suponía que era un caso más especial que simplemente una poción multijugos mal hecha. Sam se sentó en una camilla mientras veía como el chico cambiaba su aspecto progresivamente hasta el de un chico bastante mono y atractivo. Sin duda lo prefería así a gato. Como si de un reloj se tratase, apareció el sanador de Hogwarts. Por desgracia no era Sven, ya le hubiera gustado a Sam ver a Sven y que pudiera reírse libremente de la desgracia de Sam de ese día—Un placer conocerte, Max. Espero esa carta —dijo antes de que se tuviera que ir.

Le recordaba mucho a su amigo Henry cuando ambos estaban todavía en Hogwarts, así de carismático y jovial, con un arte innato para hacer sonreír a la personas. Lo vio irse junto al sanador con una sonrisa, hasta que apareció el “simpático” enfermero, para lo cual Sam borró su sonrisa y lo miró con seriedad, deseando terminar e irse de allí cuanto antes. Ahora que se había ido su pequeño brillo de diversión, nada le motivaba a pasar más tiempo allí dentro.
Sam J. Lehmann
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