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Mister Stubborn [Privado]

Invitado el Sáb Nov 28, 2015 10:54 am

Nunca le habían gustado los hospitales, pero había acabado por conocer San Mungo como la palma de su mano. A pesar de todo, y siempre que fuera posible, prefería tratarse las heridas y los maleficios él mismo. Una temeridad, sin lugar a dudas, que en más de una ocasión le habían criticado sus superiores y compañeros. Pero ya tenía a suficientes personas en su vida lanzándole encantamientos sin que él lo consintiera, como para encima permitir que estudiantes en prácticas lo utilizaran como un atlas de anatomía. No se sentía cómodo fuera de su guarida, o de su madriguera, como decían en tono jocoso algunos de sus compañeros del Ministerio. En aquella ocasión, había conseguido mantener la compostura el tiempo suficiente para, tras la misión, rellenar el correspondiente papeleo y el ingreso en Azkaban del detenido, un tipo loco y peligroso, un demente que se había aparecido en un barrio muggle y había comenzado a asesinar a discreción a golpe de varita a todo aquel que había entrado en su rango de acción. Al principio pensaron que se trataba de un mortífago, o de un purista, pero al parecer no había ningún tipo de móvil racial en lo que hacía.

Utilizó la Red Flú para llegar a casa, y al salir de la chimenea ya estaba tambaleándose, con el mismo color blanco macilento de la pared, recostó la espalda sobre ella para, con las manos temblorosas, subir hacía arriba el suéter negro y contamplarse el costado derecho. Se palpó con los dedos, y tuvo que inclinar la cabeza hacía atrás, apretando los dientes y los párpados en una mueca de dolor, conteniendo un siseo. Uno de los maleficios había logrado impactarle durante el duelo, y ahora una intensa mancha negra se extendía por su cuerpo como si, bajo la piel, tuviera atrapada una bolsa de tinta. De los bordes irregulares, que se iban extendiendo lentamente, salían ramificaciones y pequeñas venitas, del mismo color oscuro. A su paso, abrasaba y dolía como si lo que quiera que fuera, estuviera destruyendo el tejido. – Hijo de puta. – Masculló entre dientes, con la piel perlada de sudor, antes de avanzar torpemente, aferrándose en la pared, hasta llegar a lo que parecía ser un pequeño y sombrío laboratorio de pociones.

Comenzó a rebuscar entre los frascos con cierta prisa y sin demasiada delicadeza, abriendo un par de ellos y vaciando su contenido de un trago, sin siquiera estar del todo seguro de sus efectos. Apoyó las manos sobre la madera de la mesa, inclinándose hacía adelante incapaz de sostenerse por si mismo sin el soporte del mueble. El pelo ligeramente largo y empapado le caía por la frente y respiraba con dificultad debido al dolor. Parecía esperar que lo que se había tomado surtiera efecto, pero en su lugar, se llevó la mano al pecho, justo encima del corazón, y comenzó a estirarse de la ropa como si quisiera arrancársela del cuerpo. Comenzaba a sentirse agobiado, el corazón le latía desbocado en las sienes y cada vez le costaba más respirar. Al final, agarró la varita, apretando tanto la mano por temor a no poder sostenerla propiamente que los nudillos se le pusieron blancos y movió los labios, murmurando un hechizo que no llegó a pronunciar realmente, aunque tampoco era necesario.

Se apareció en mitad de la sala de urgencias de San Mungo, y solo le dio tiempo a dar un par de pasos antes de desplomarse en el suelo.
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Invitado el Sáb Nov 28, 2015 8:56 pm

¿Por qué algunos sanadores odian las guardias? Esa pregunta me la hacía una y otra vez siempre que tenía una. Somos pocos sanadores en todo el hospital, para que encima los nuevos se quejen de las guardias cuando los veteranos nos hemos llegado a pegar hasta tres días en pie. Hoy precisamente estaba acabando mi turno de tres días, sustituyendo las numerosas bajas...Debería de hablar con Daniel para que me suba el sueldo, pero él también está desaparecido. -¿Es que no hay nadie decente en todo este puto hospital? Pregunté en voz alta cuando me encontraba sola en una de las consultas. Lo hice mas bien en plan desahogo, porque si lo hacía en público quedaría como una pregunta retórica y paso de las miradas amenazantes del resto. Mi último paciente era una vieja bruja muy amable que siempre venía para que la atendiera yo, y siempre que veía me traía algo de comer para que siguiera aguantando las guardias toda mi vida...Y también me preguntaba que por qué una chica tan guapa como yo, no tenía un pretendiente. Como era de esperar no le iba a contar a una de mis pacientes el motivo por el que no tenía pareja, tanta confianza no hay como para ir soltando mis intimidades a la gente, aunque me traigan una manzana o un pastelito.

Tras despedir a la encantadora viejecita, me encargué que todo estuviera en orden...Guardé mi bata en mi mochila y me encaminé a mi casa, pero primero tenía que atravesar la sala de urgencias porque Mike me pidió que recogiera unos informes firmados sobre los pacientes que atendí esas horas. Mis pensamientos ahora mismo se encontraban en mi ducha y en la comida calentita que le pediré a Allie que me haga, que seguro que si le pongo ojitos cederá, cuando de repente delante de mis narices aparece un hombre que con la misma se desploma en el suelo. -¡Coño! Me cago en...Grité por instinto del susto. Era normal que la gente se te aparezca en urgencias pero siempre te acaban asustando como a cualquier persona normal...Me fijé de repón y vi el estado de ese hombre, y justo cuando me iba a ir a casa... -Oye tú, trae esa puta camilla y ayúdame a levantarlo para llevarlo a mi consulta, y como no te des prisa haré que te despidan. Le grité a uno de los enfermeros que estaba comiéndose los mocos apoyado en la pared...Me parece que la ducha y la comida de Allie tendrá que esperar, ahora mismo lo que me importaba era que este hombre viviera, que a juzgar por su primera impresión, no se había ido de copas con alguien.
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Invitado el Sáb Ene 09, 2016 10:04 am

El enfermero no tardó en obedecer las órdenes de la medimaga. ¿Quién en su sano juicio lo habría hecho con semejante carácter? Entre los dos y con la ayuda de las varitas no tardaron demasiado en subir el cuerpo del auror a una camilla que, flotando alegremente, recorrió el hospital como una exhalación hasta llevarlo a la sala correspondiente. El enfermero, que acababa de terminar sus estudios y todavía estaba en prácticas, seguía a la médico como si fuese su sombra, rezando por no meter mucho la pata y asintiendo exageradamente a cada una de las instrucciones que le daban. En la camilla, Moody estaba cada vez más pálido y respiraba con dificultad. La mancha negra del costado se había extendido hasta tomar casi por totalidad el torso del hombre. El corazón, taquicárdico, latía más y más deprisa hasta que, en un momento dado, y con un desagradable estertor, entró en parada.

***

Moody se despertó desorientado, sin saber dónde se encontraba, qué había pasado, ni cuanto tiempo. Lo primero que hizo al abrir los ojos fue llevarse un brazo sobre ellos, deslumbrados por una luz demasiado intensa debido al tiempo que los había tenido cerrados. Gruñó por lo bajo, y parpadeó varias veces, sacudiendo la cabeza, tratando de enfocar. Lo único que podía ver eran manchas borrosas a su alrededor. Los sonidos, a su cabeza, llegaban difusos y amortiguados. Parecían voces lejanas, pero era como si hablasen en un idioma ininteligible para él. Algunas palabras sonaban increíblemente cercanas, como amplificadas. Otras, un leve murmullo, como si alguien estuviera jugando con el mando del volumen de un transistor.

La desorientación le duró lo suficiente para que alguien se diera cuenta de que había recobrado la conciencia. Estaba completamente desnudo en la camilla y demasiado confundido para recordar que estaba en San Mungo, que él mismo se había aparecido en el hospital. El primer recuerdo que vino a su mente, justo cuando percibía la presencia de alguien inclinándose sobre él, fue el del duelo con aquel mago que tenía que detener. Inmediatamente, como si hubieran accionado algún resorte, Moody se levantó de la camilla, en un acto reflejo, agarrando con su ancha mano por el cuello a la figura que había su lado y llevándola hacía la pared más cercana. La espalda golpeó contra la pintura mientras el paranoico auror conseguía ya ver lo suficiente como para distinguir que era una mujer, aunque no reconocía sus rasgos. Apretó un poco más los dedos en torno al delicado cuello.

–Dime ahora mismo quién eres y qué estoy haciendo aquí. – Masculló entre dientes.
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Invitado el Jue Ene 28, 2016 5:17 pm

Ese ansiado momento en que tu libertad estaba a punto de hacerse realidad tras varios días de clausura entre estas cuatro paredes, esa libertad que se encontraba tras las puertas abriéndose ante mis ojos...Esa libertad que tiene que esperar otro rato más porque a algún loco se le ocurrió aparecerse desplomándose en plena sala de urgencias delante de tus narices, lo normal en un hospital donde todo es mágico...En vez de caer goteras pues caen personas. Tras recuperarme rápidamente del susto que me había propiciado el hombre que apareció, pedí al primero que vi que me ayudara a llevar a este hombre a alguna sala libre porque como siguiera más tiempo en el piso acabaría enterrado bajo tierra y eso no quiero que pase mientras yo siga viviendo, o por lo menos cuando yo esté de guardia, ya que ocurra cuando yo esté en mi casa ya no es asunto mío y eso me deja la conciencia tranquila. Yo metía prisa a quien me estaba ayudando, no iba a ser yo la que tirara de todo, a ver si llegaba ya a mi sala correspondiente porque a medida que el tiempo corría, este hombre se estaba poniendo cada vez peor, a simple vista no sabía lo que tenía, tan solo que se estaba poniendo pálido y algo le estaba apareciendo por el cuerpo, ya cuando lo estabilizara me encargaría de revisarlo de pies a cabeza.

Una vez llegamos al sitio donde quería, pedí que me lo pusieran en un sitio cómodo. Cerré los ojos y con la varita quité las cosas que me servían como las prendas que llevaba el hombre, seguro que no echará de menos esa camisa. Examinaba con detalle todo lo que podía, incluso con la varita seguía las direcciones, mayoritariamente cerca del corazón. -Necesito que me traigas esta poción, corre o vuela pero te quiero ver aquí en un zumbido. Le di un papel escrito a mi joven ayudante, espero que no me la lie y me traiga la poción equivocada, si quiere salvar su pellejo mejor que lea bien la nota y el frasco. Mantenía al hombre casi con vida, necesitaba la poción urgentemente para remetir lo que se estaba expandiendo, si no lo curaba nada podía hacer por hacer que su corazón siguiera con vida...De repente, a los dos minutos me abren la puerta, era mi pequeño ayudante con un pequeño frasco de poción que yo misma había elaborado. Es lo que tiene sacar un 10 en los EXTASIS de Pociones, que siempre te puede venir bien en tu vida laboral. -Llegas tarde, 10 segundos más y ahora mismo yo estaría rellenando el formulario de muerte del paciente y el tuyo...Si quieres ser mi mejor ayudante, aplícate. Le dije sacando casi a relucir mi fuerte carácter, en realidad no estaba muy enfadada pero no quería que por la lentitud de mi ayudante pierda un paciente.

Tras un rato mirando como hacía efecto la poción y la mancha cada vez se iba desapareciendo, comprobé que todo estaba en orden. Ya solamente quedaba que el hombre descansara y de un momento a otro despierte. Me pasaron una ficha de ingreso y pude ver quien era, o mas o menos sus rasgos me eran conocidos...Auror, ya con esas palabras sabía que el estado en el que apareció no era una simple gripe. Me giré para marcharme y dejar que descansara cuando escuché un sonido proveniente de mi espalda. Resulta que el paciente se había despertado, parecía desorientado...Muchas veces esa desorientación puede llevar a actos involuntarios, y muchas veces a volverse algo violentos. -Tiene que seguir tumbado, si no lo hace la poción no acabará de surgir efecto. Me giré para intentar darle algo para calmarle cuando de repente siento que me dan contra la pared y me agarra del cuello. No tenía miedo, muchas veces me había metido en peleas cuando estaba en el mundo de las drogas, así que por que un paciente me agarre del cuello no voy a suplicar...Me habló con un exigente y yo no me iba a quedar atrás, ni tampoco iba a llamar a alguien de momento. -Soy una sanadora....y como no me sueltes te meto el frasco de la poción por el culo o algo mucho peor....agarro un bisturí muggle y te rajo el cuello. Le hablé en el mismo tono en el que él me habló. No me intimidaba en absoluto, a pesar de ser una mujer, tengo los ovarios bien puestos. -Así que tienes tres opciones, soltarme o elegir entre las dos amenazas que te dije. Seguí con el mismo tono, o también una patada en sus partes nobles también funcionaba, una mujer nunca debe revelar sus tácticas...Así que esperaré a ver lo que hace, seguro que me sorprenderá.
Anonymous
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