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El karma siempre pasa factura [Daniel Deveraux]

Abigail T. McDowell el Sáb Dic 14, 2013 6:01 pm

Maldito el día en el que me ofrecí voluntaria para acompañar al jodido ministro a ver ese dichoso partido de Quidditch. Claro, no podía simplemente decirle que "no" a su más gentil invitación, sino que encima tuve que hacerme la interesada y "luchar" por el puesto para que no se llevase con él al estúpido que intenta robarme el puesto. En un principio, todo parecía un buen plan, tranquilo y bastante interesado. Ir al campo más grande de Londres, sentarme en las gradas más altas junto con los peces gordos y observar el encuentro entre las famosas Avispas de Wimbourne contra las Catapultas de Caerphilly. No tendría que estar cagándome en todo lo cagable, ni en todos los imbéciles que estaban a mi alrededor. Técnicamente, tendría que estar pasando un buen momento espectando mi deporte favorito, pero al parecer, el karma había decidido cobrarse todas mis malas acciones en una sola.

En una jugada increíble por parte de las Avispas de Wimbourne, todos los espectadores presentes en aquel inmenso campo de juego, se levantaron de sus asientos para poder ver mejor como terminaría. Yo no es que sea una gran fan, pero el problema que si tengo es que mi estatura está por debajo de la media y para poder ver, debía de ponerme también de pie si todo el mundo se le antojaba ponerse de pie. No obstante, en lo que me levantaba, noté como una notoria subida de tono de las gradas que estaban al lado nuestras, llegando cada vez más a donde estábamos nosotros. El motivo era que uno de los buscadores, persiguiendo la Snitch, estaba pasando a través de casi todos los espectadores de las gradas más altas —en dónde me encontraba yo—. Las personas de mi fila, yo incluida nos hicimos hacia atrás y notamos como rápidamente el buscador pasaba delante de nosotros cortando el aire en su rápida escoba. No obstante, lo que la gente sabía y que yo no sabía debido a que no veía una puta mierda porque todo el mundo estaba de pie, era que realmente no perseguía a la Snitch, sino que huía de una Bludger. Yo, inocentemente, fui a hacerme nuevamente hacia adelante para colocarme en mi sitio, pero el señor que estaba a mi lado me sujetó del hombro y me hizo hacia atrás para que la Bludger que pasaba justo por donde había pasado el buscador, no me diese. Para mi desgracia, fue tan rápido que a mi brazo izquierdo no le dio tiempo de retroceder y la Bludger impactó directamente en ella.

Maldito deporte de riesgo para espectadores bajitos... me cago en la grandísima put... Que me dolía mucho era decir poco. ¿Sabéis ese dolor incesante y que parece que incluso quema? Pues algo parecido. Suponía que era el momento y el hecho de que no pudiese mover la mano sin sentir que tres mil troles retorcían los huesos de mi brazo, pero ahora mismo sólo recordaba un dolor que superase a eso y se trataba de la marca tenebrosa.

Sin esperar demasiado, le dediqué algunas palabras pocos alarmantes a Edmond para no destrozarle su perfecto ambiente —pues estaba acompañado de más gente— y tampoco quería que me viese como una carga o alguien débil. Soy su asistente, no su hija. Y entre menos trato como este tuviera con él, mejor. Me desaparecí de allí lo más rápido que pude y me aparecí en la puerta de San Mungo, dirigiéndome hacia la sala de urgencias sujetando mi pobre brazo con la mano buena. Me acerqué al mostrador y ni me molesté en parecer tranquila, suficiente había hecho aparentando delante de mi jefe. La mujer del mostrador me saludó y yo le dediqué una sonrisa.

Una Bludger ha impactado contra mi brazo a una velocidad indescriptible por el ojo humano —exageré con ironía. La mujer me miró el brazo con cierto "pánico", pues seguramente no fuese la primera vez que veía eso y salió corriendo hacia dentro, tras decirme que esperase. Yo apoyé mi frente contra la fría encimera del mostrador y mi pelirroja melena despeinada tapó mi cara, mientras esperaba, moviéndome inquietamente para evitar  sentir el exagerado dolor que estaba sintiendo. Llevaba un atuendo de lo más informal y convencional, unos vaqueros ajustados, unas botas de cuero sin tacones por encima de los vaqueros y una chaqueta de cuero que era lo que parecía "hacerme vestir bien", la cual ocultaba una camisa negra y translúcida. ¡Maldita mujer, vuelve ya!
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Sáb Dic 14, 2013 7:46 pm

Aquel día había empezado de lujo. Primero, Tyler me había despertado de un susto tremendo cuando un lagarto se apoyó en el cristal de la ventana de la habitación y el chucho se puso a ladrarlo como queriendo invocarlo a su boca. Después, se rompió mi cafetera echando, además, una agüilla en la jarra que no era café ni era nada. Cogí a Ty y me lo llevé de paseo en busca de una cafetería cercana donde sirvieran café decente, con tan mala suerte que nos encontramos a la vecina justo cuando mi amigo perruno hacía sus necesidades al pie de una farola. Llegué a casa y todo parecía haber vuelto a su cauce.

Pero no. Por la tarde, tras sacar a Ty de nuevo y volver a casa y tan pronto me hube tirado al sofá del salón con una lata de cerveza en una mano y el mando del televisor en la otra, me sonó el busca del hospital. Justo ese día, que jugaba el Arsenal contra el Manchester United. ¡Justo ese mismo día! Hay que reconocer que los muggles son apañados como ellos solos pero sus aparatejos no traen más que problemas.... ¡qué feliz hubiera sido yo sin ese cachivache!

Tan pronto pudo llamar me enteré del bombazo del día: la otra sanadora de mi planta, que le tocaba turno de guardia aquel día, había contraído una fiebre dragoniana (y, para mi suerte, una cepa particularmente virulenta) y no estaba en condiciones de ir a trabajar. ¿A quién le tocaba currar ese día y perderse el partido y el calorcito de su perro tumbado encima? Redoble de tambores, por favor. ¡A mí! Sí, definitivamente aquel era mi día.

Resignado, volví a guardar la cerveza en el frigorífico y a devolver el mando de la tele al frío y polvoriento mueble mientras yo me fui a mi cuarto a buscar una camisa y un pantalón decentes para el trabajo. Qué asco de lavadoras... Si no fuese por los ridículos vecinos y por mi ridículo sueldo, me haría con un elfo doméstico. Una camisa azul y un pantalón de pinzas azul oscuro me salvaron la existencia, y tan pronto me hube calzado y peinado, cogí mi maletín y dejé a mi amigo perruno mirándome con pena en el salón para salir a la fría y húmeda calle londinense.

El plan era alejarme lo suficiente del portal para evitar rostros conocidos y por eso me apresuré a cruzar la calle aún con el semáforo en rojo cuando vi que otra de mis vecinas, mi casera, había fijado su dirección en mí con la típica cara de quien huele un huevo podrido. Lo siento, señora Nosbit, otro día será.

Por fin llegué a la esquina del antiguo bar de Park Street, ahora un local abandonado. Miré dos veces a cada lado del callejón y cuando vi que nadie se percataba de mi presencia, cerré los ojos y me desaparecí. Cuando los abrí me encontraba en el acogedor interior de la sala de administración de San Mungo. Dos segundos después, tan pronto hube fichado, me desaparecí y reaparecí un segundo después en mi despacho, un despacho que esperaba no volver a pisar hasta el lunes y que ahí estaba, dándome la bienvenida desafiante como diciendo con voz seductora: “¿me has echado de menos?”. En cualquier caso, mil veces mejor que la señora Nosbit diciendo esa misma frase, sin duda.

Me quité el abrigo y lo dejé en el perchero. Apoyé el maletín en el suelo y eché la silla hacia atrás haciendo intento de sentarme, pero justo en ese momento me encontré con Agnes, la sanadora de recepción, mirándome con cara de urgencia.

-Buenas tardes, Agnes. – saludé – ¿Le apetece un té? – adopté una pose relajada y la sonrisa más encantadora que le pude dedicar. No podía olvidarme del partido que me estaba perdiendo y de la cerveza que había dejado abandonada en el frigorífico.

-Buenas tardes, señor Deveraux – me estremecí ante ese nombre, molesto. Me recordaba tanto a mi querido padre... - Muy amable, señor, pero no, muchas gracias.

-Como quiera, querida. – sonreí – ¿A qué debo el placer de su visita?

Tuve el impulso de poner los ojos en blanco cuando vi como se ruborizó ante el cumplido aunque supe contenerme a tiempo. Por favor... Ni que fuese el único mago, no, el único humano con ojos azules...

-Acaba de llegar una jovencita a la recepción con lo que parece un brazo roto.

Estupendo, no iba a tener el día en paz. Vaya día has cogido para ponerte enferma, querida mía... ni que lo hubieses programado. Me levanté y me dirigí hacia la puerta del despacho, con la intención de que Agnes me fuese contando mientras llegábamos al vestíbulo (el cual no estaba lejos pues mi despacho se encontraba en la planta baja).

Al parecer una bludger había impactado contra el brazo izquierdo de la joven, que por la hinchazón debía de parecer más una pata de elefante que un brazo humano. En cuanto Agnes terminó le di permiso (alias: despaché rápido) para que pudiese retomar su trabajo cuanto antes (alias: no me siguiese dando la tabarra). Cuando llegué a la entrada al vestíbulo pude ver que Agnes volvía a estar detrás del mostrador justo delante de una chica que parecía tener un volcán en la cabeza. Si no me hubiese dicho que el problema estaba en el brazo, habría pensado que la joven se había vertido una poción defectuosa en el pelo y se le había quedado así.

Me paré antes de llegar, respiré hondo y me acerqué a ella con la sonrisa más cordial que, en mi cabreo por perderme el partido de fútbol de mi equipo favorito, pude esbozar.

-Bienvenida a San Mungo, ¿señorita...? Mi nombre es Daniel y seré su sanador esta noche.

No se me escapó la cara de molestia que puso Agnes cuando le dije mi nombre a mi paciente, aunque me hice el despistado. A ella nunca le permitía llamarme por mi nombre pero tampoco le hacía falta hacerse falsas ilusiones. En el fondo le estaba ayudando.

Eché un vistazo al brazo de mi paciente y no pude evitar soltar un silbido de sorpresa y exclamación.

-El golpeador que lanzó la pelota debía de tener brazos de culturista.
Anonymous
InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Dom Dic 15, 2013 12:23 am

No iba a parar de maldecir a todo lo que me encontrase por delante y de repetir la tan mala suerte que había tenido hoy. Con lo bien que estaría en casa escuchando música mientras mis manos están perfectamente pasando las hojas de un libro... No, no, claro que no... tuve que decantarme por ir a ese maldito partido de Quidditch y ahora soy más tullida que el cojo de los Stark del libro que me estoy leyendo. Suspiré con desgana y escuché, por fin, a un hombre que se dirigía a mí.

Levanté la cabeza y con la mano buena me hice el pelo hacia atrás, observando a quién sería el que me curaría el brazo. Parecía mayor que yo, pero esos ojos azules y ese rostro infantil que tenía le hacía parecer mucho más joven. Realmente no era mi fuerte eso de la edad y me daba totalmente igual.

McDowell. —rellené su frase cuando dejó el "señorita" en el aire. Luego él me dijo su nombre de pila y pensé que en ocasiones como esta lo más sensato sería presentarme con mi nombre. No obstante, acostumbro a que me llamen por mi apellido debido al cargo que llevo en el ministerio y me daba también un poco igual como me llamase un simple sanador. ¿Por qué le doy tantas vueltas a las cosas, narices? Definitivamente mi mente intenta distraerse en cualquier gilipollez para no centrarse en el dolor que tengo en la mano.

No tenía suficiente con mi brazo, como para que encima el jodido sanador contase un chiste sobre mi brazo. Normalmente no tenía sentido del humor con gente desconocida que comenta ese tipo de cosas, imaginaos el que tengo hoy cuando estoy donde no quiero estar con un dolor que no me gustaría tener. Puse los ojos en blanco a su comentario y volví a mantener mi brazo malo con la mano buena.

Menuda observación. ¿Hay que estudiar para eso?  —alcé una ceja, mordaz. Aunque hoy, lejos de intentar aparentar, era incapaz de ocultar mi antipatía usual. Intenté arreglarlo, o más bien, dar pie a que me dijese a donde tenía que ir para que me arreglase este desastre— Fue el golpeador de las Catapultas de Caerphilly, el que parece que ha sido dopado con esteroides. Sí, ese. Ahora que tiene una referencia de la velocidad de la Bludger, la jodida fuerza con la que venía y la posible resistencia de un brazo como este... —señalé con la mirada mi brazo, ironizando todo lo que decía— ...¿Se le ha ocurrido ya lo que hacer conmigo? —finalicé. Sí, a veces soy amor. Pero por si no se notó, me había molestado ese comentario.

Pero es que sólo a él se le ocurre decir eso cuando alguien viene cagándose en esa dichosa Bludger y sólo desea matar al subnormal que la lanzó. Esperaba que el sanador fuese mejor médico que yo paciente y no se tomase todo lo que le decía a pecho, puesto que realmente, a pesar de que tenía ganas de soltárselo, no se lo hubiera soltado en cualquier otro momento y estaba bajo los efectos de la "ira" momentánea. Me desespero con facilidad. Esperé a que me dijese que hacer para seguir sus indicaciones. Sólo había venido una vez a San Mungo así que no tenía ni idea, normalmente soy yo la que manda a la gente aquí.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Dom Dic 15, 2013 12:53 am

Observé la cara de la paciente y asentí cuando me dijo su nombre. O apellido, más bien. No era la primera paciente que me venía con esa simpatía tan atípica, pero en lo que a mí respectaba, seguiría siendo Daniel para todas. Daniel a secas. Ni aún con ochenta años querría que me llamasen “señor Deveraux”. Señor Deveraux…, como si fuese alguien importante en lugar de otro mago mindundi más… Psé.

No pude evitar soltar un comentario irónico cuando vi semejante hinchazón. Estaban los golpes dados con ganas y luego esos. ¡Era como estar viendo el brazaco al increíble Hulk! (pero sin tanto verde). La señorita McDowell pareció tomarse a mal mi comentario (como si me fuese a dejar sin dormir… Esos turnos de trabajo del demonio son los que me quitan el sueño) y no pude evitar alzar una ceja ante su contestación, pero no dije nada. Al fin y al cabo, el dolor nos transforma y hace que digamos estupideces.

Toma el brazo delicadamente entre mis manos y observé la hinchazón que se extendía hasta prácticamente la mano. Parecía ser una fractura múltiple, pero había que determinar si era limpia o había fragmentos de hueso aparte. Tendría que llevarla a una sala de observación o a mi despacho, a algún sitio que fuese más cómodo para hacer examinaciones y diagnóstico que el propio vestíbulo del hospital. Aunque seguro que Agnes disfrutaría como nunca al verme toquetearle el brazo a la señorita McDowell. Las ganas no me frenaron, sino el imaginarme a mi paciente aún con más ira echándome la bronca. El paciente es lo primero y tiene que quedarse satisfecho. Pero, querida Agnes, si no te echas novio pronto, las próximas Navidades te regalo un gato que te haga compañía.

Me reí cuando McDowell dijo que el golpeador de la bludger que le había dado estaba dopado con esteroides. Mucha magia, mucha magia, pero luego siempre se recurre a remedios muggles para hacer trampas tanto en fútbol como en quidditch.

-Nunca me gustó ese equipo. Juegan como si estuviesen luchando por sus vidas – resoplé y negué con la cabeza.

Excepto el guardián al que atendí hace un par de años con un traumatismo craneoencefálico severo por culpa de otra bludger lanzada con saña, ninguno de mis pacientes jugadores de quidditch ha luchado jamás por su vida. Muy irónico, sobre todo recordando que a ese guardián le dieron por ser demasiado lento y enclenque… Al menos en el fútbol no hay bludgers ni magos ni nada, así que no tengo que esperar pacientes jugadores de fútbol. Puede que por eso me guste tanto.

Puse los ojos en blanco al oír el comentario faltón de mi paciente y tuve que frenar mis impulsos de apretar su brazo, aún entre mis manos. Lo solté y le miré con frialdad y los ojos entrecerrados levemente. Otra que también necesitaba un gato...

-Por supuesto. Iremos a una sala de observación y le haré algunas pruebas para determinar la naturaleza de la o las fracturas. Luego efectuaré el tratamiento en no más de cinco minutos y podrá irse a disfrutar de su amarga soltería en paz. Aunque yo que usted me buscaría un… amigo. La soledad está empezando a pasarle factura en su extraordinario carácter.

Lo dije medio en broma medio en serio. Hasta que llegó Len, la muerte de Jackson me había convertido en un fantasma. Mis ojos bajaron inconscientemente a la esclava de plata que llevaba en mi muñeca izquierda para volver a fijarse en la señorita McDowell apenas un instante después. Suspiré, cerré los ojos, los volví a abrir y sonreí como si no hubiese pasado nada, reuniendo todo el buen karma que fui capaz.

-Adelante, señorita McDowell. Después de usted. – extendí un brazo señalando al pasillo de la derecha, señalándole hacia donde teníamos que dirigirnos.
Anonymous
InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Dom Dic 15, 2013 12:46 pm

Había estado observando a la sanadora que había ido a buscar a este tío, la cual se encontraba al lado de nosotros, mirándonos como si fuésemos lo mejor que hay en aquel hospital. ¿No tiene nada que hacer con su vida? ¿Por qué no me atendió ella si tan libre está? pensé, observándola de reojo. Por regla general me comportaba como una antipática arrogante y lo sabía, y realmente podría llegar a soportar a otras personas con la misma actitud si no fuesen tan imbéciles de meterse con lo que me está jodiendo el día.

Tras mi comentario, mordaz y ofensivo, el sanador, lógicamente, se defendió. Contestó que me haría algunas observaciones y luego, gratuitamente, se metió con mi soltería, lo que me hizo soltar la primera sonrisa en aquel sitio de mierda. Los hombres son todos iguales, ven a una chica cabreada y se meten o con que está soltera y está amargada, o bien es porque tiene la regla. ¿No se han parado a pensar de que, no sé, que a lo mejor el problema son ellos? O no sé... ¿A lo mejor es porque mi radio y mi cúbito pueden estar a punto de sintentizarse en uno solo y dejarme sin brazo? No sé. Quizás su única célula funcional está demasiado ocupada y no atiende a otras opciones. Además, para mí la soltería era un bien dulce y preciado y poco me afectaba lo que pensase un sanador de ojos azules sin ganas de trabajar. En una situación normal, en donde mi actitud no se ve modificada por los que tengo a mi alrededor y mi condición física imperfecta, le contestaría. Pero hoy tenía especial deseo en que me curasen y avivando el fuego de esta irónica conversación, simplemente iba a retrasarlo y me pasaría más tiempo aquí. Algo que no tenía maldita ganas de que pasara.

Justo después de decirme eso, pasó más gente por la zona y el médico se había quedado medio ausente con la mirada hacia abajo. Como si estuviese en pause meditando lo que hacer con su vida. Yo solté aire con desesperación para meterle un poco de prisa y el sanador reaccionó, mucho más afable que segundos antes. Seguí sus indicaciones y nos metimos por un pasillo con varias puertas a ambos lados, yo no tenía ni idea de cual sería, así que me pasé la sala de observaciones y cuando me di la vuelta vi al médico esperando en la puerta pasos atrás. Retrocedí en mis pasos con mala gana y me metí en la sala. Era pequeña y parecía tener lo justo y necesario para lo que se hacía allí dentro. Había una camilla en medio de la habitación y me senté en ella deliberadamente porque estaba cansada, sujetándome mi brazo a la vez que lo miraba, mientras esperaba que el sanador Daniel hiciese lo oportuno y viniese a observarme el brazo, o yo que sé, que me hiciese cualquier cosa. Intenté, con mucha fuerza de voluntad, mover la muñeca, pero un agudo pinchazón de dolor me recorrió el brazo, haciéndome soltar un quejido, cerrar la mandíbula y arrugar el ceño. Maldita sea, me voy a quedar sin brazos... me van a tener que amputar... pensé, dramática. A las mujeres nos encanta ser dramáticas, ¿ves? con eso si podrían meterse los hombres porque todas somos iguales...

Daniel —llamé su atención. Se me hacía extraño llamar a la gente por su nombre de pila y que él me llamase por mi apellido, me había acostumbrado a no tutear a nadie y llamarles por sus apellidos, pero supongo que él sería todo lo contrario si se presentó así—. No es por meter prisa, soy una joven paciente que tiene mucha paciencia... —ironicé sin maldad, poniendo lo más parecido a un rostro afable por el mero hecho de parecer más irónica todavía— Pero tengo la sensación de que faltan segundos, quizás minutos, para que mi brazo explote en tres mil pedazos. No sé, ¿no hay una poción o algo que me quite el dolor mientras tanto? O morfina... Si al final los muggles van a tener mejor medicina que nosotros... —murmuré, bajando la mirada y poniendo los ojos en blanco— ¿Me va a doler así hasta que se me cure, no verdad? Somos magos, la magia lo soluciona todo.menos la nariz de Voldermort, eso era algo que la magia no podría solucionar nunca... Adoro mucho al Señor Tenebroso y mato por él, pero hay veces que me quedo mirándole esos orificios nasales sin poder evitarlo. Menos mal que en la mayoría de las reuniones llevamos máscaras y no se sabe a dónde estamos mirando.

Odiaba parecer la típica ignorante en temas claves como este, pero pociones, herbología y todo lo relacionado con la sanación eran mis némesis académicos y nunca se me habían dado especialmente bien, así que, debido a mi extrema curiosidad por mi bienestar personal, me había resignado a preguntar y enterarme de todo lo que pudiese serme útil. Total, con suerte no tengo que volver a ver a este tío más nunca y simplemente seré "la pelirroja antipática que vino con el brazo roto por culpa de un golpeador con esteróides".

Y llámame Abi, si no te importa. La costumbre de presentarme con mi apellido en el trabajo... —le expliqué, para que me llamase Abi y dejase de llamarme de la misma manera que todos los jefes de departamento, trabajadores y hasta el propio ministro de magia. Tenía el "señorita McDowell" hasta en la jodida sopa.

A continuación, me callé, por fin y me mantuve quieta allí, moviendo los pies en el aire inquietamente para distraerme con algo que no fuese el sanador que tenía delante.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Dom Dic 15, 2013 2:47 pm

Hice una seña a la señorita McDowell para que se dirigiese camino a la sala de observación. Sin que ninguno de los dos dijese nada, ella se colocó en la camilla mientras yo cerraba la puerta. Justo entonces fue cuando ella me llamó por mi nombre con bastante más educación que las anteriores ocasiones y me giré para atender a mi paciente.

Torcí una sonrisa ante su comentario, un tanto irónico, mientras de dos zancadas me coloqué justo delante de ella. Mis ojos estaban detenidos en su brazo mientras mi mente trataba de pensar en qué metodología sería la más rápida, eficaz e indolora, pero no pude evitar reírme ante lo de la morfina. La verdad es que no era mala idea. Si habíamos copiado de los muggles lo de los buscas ¿por qué aquello no? La cosa era fastidiar y tocar las narices tanto al médico como al paciente. Pero claro, eso a ella no se lo podía decir, lo que me faltaba ya, ahora que parecía más dispuesta a cooperar…

Traté de adoptar una pose calmada y de transmitir tranquilidad con mi rostro. El típico “todo irá bien” que todo el mundo te dice pero que no te lo quieres creer hasta que te lo acabas creyendo.

-Tranquilícese, señorita McDowell. Está en buenas manos.- me ahorré el comentario de “pero la próxima vez reaccione unos segundos antes”.- Una vez vea como es la fractura, le soldaré el hueso con mi varita y le prescribiré una poción que tendrá que tomar un par de días para bajar la hinchazón y la sensibilidad de la zona. Lamentablemente, aún no hemos patentado la morfina, que yo sepa.

En ese momento, la señorita McDowell me dijo que mejor le llamase por su nombre de pila, Abi. Abi… Como Abi, Abercrombie, el nuevo fichaje de mi equipo de fútbol favorito. El mismo que estaba jugando en esos mismos momentos por primera vez en la historia y al que no estaba viendo jugar. ¿Son muy caros los giratiempos? Me aseguraré de comprar una entrada en la tribuna princip… no, mi sueldo no da para tanto. Lástima.

-Como usted quiera, señorit… Abi. ¿Le parece arremangarse un poco? Así podré examinar mejor su brazo. – y añadí – Tranquila, no le haré daño.
Anonymous
InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Dom Dic 15, 2013 5:51 pm

Parecía una paciente vieja y ancianita que se preocupa por cualquier estupidez anormal en su cuerpo. Lo único diferente es que ni era vieja y no era un estupidez anormal, sino un brazo que no respondía a los impulsos nerviosos que debía responder y eso, lo miremos por donde lo miremos, no es bueno. Después de nuestro primer contacto, antipático y rudo, ambos parecimos entrar en razón y empezar a tener una conversación más civilizada. Por mi parte, lo vi lo más lógico, puesto quería que me arreglase el brazo, no que me lo estropease más. Siendo al revés, si me viene un paciente tocapelotas, es lo que yo haría... Por eso sé que no sirvo como sanadora ni de lejos.

Asentí a lo que dijo de que estaba en buenas manos. Eso esperaba, San Mungo, al fin y al cabo, es la mejor organización médica del mundo mágico... qué menos. Me dijo todo lo que iba a hacerme y a mandarme y simplemente asentí, antes de sonreír al chiste de la morfina. Algunos tan unidos a los muggles y no son capaces de coger las pocas cosas útiles que tienen...

Me pidió que me arremangase y por un momento me invadió ese miedo momentáneo al dejar libre mi antebrazo izquierdo, pues en ocasiones se me había olvidado utilizar el hechizo de ocultación sobre mi marca tenebrosa. No obstante, estaba un noventa por ciento segura de que ese día si lo había hecho. Y si no es así... no pasa nada, no creo que nadie eche de menos a un sanador... pensé, con diversión. La idea era arremangar sólo una de las mangas, no obstante, tenía una chaqueta de cuero y hacer eso para atrás iba contra la física del rozamiento del cuero. Así que directamente pensé en lo más rápido para no parecer imbécil en el intento.

Mejor me la quito y así lo ves mejor. —dije, quitándome primero la de la mano buena y sufriendo las consecuencias de quitarme la del brazo malo. Iba con extrema lentitud, con esa lentitud que el que está mirando posiblemente hasta se desesperase. Yo por lo menos, me desesperaría. Así que intenté hacer que se pusiese en mi lugar. Puse una mueca de dolor— Maldición... voy a hacer explotar todas las Bludger que vea de aquí en adelante... —me quejé, sacando por mi la jodida chaqueta.

Observé mi brazo y, voilà, no había marca. Suspiré aliviada, pues no sabía donde tenía la cabeza y luego vi como mi brazo estaba entre un color rojo, morado y... sinceramente, no quería seguir mirando. Elevé el brazo con lentitud para que me doliese menos y lo mantuve en alto, para que Daniel pudiese mirarlo y darme su veredicto. Tiene un palo de madera con el que hace magia, me hará un hechizo mágico curativo milagroso y me lo arreglará. Sí. Sólo esperaba no tener que sentir este agudo dolor más. Él observó en silencio el brazo, toqueteándolo con suavidad para no hacerme daño, aunque realmente, al mínimo roce me dolía, pero se agradecía el detalle, oye.

¿Y bien? —pregunté, una vez Daniel trasteó lo que debía trastear. O, por lo menos, yo pensé que había terminado.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Dom Dic 15, 2013 9:29 pm

Asentí cuando Abi dijo que se quitaba la chaqueta para que le viese mejor el brazo. Por mí estupendo aunque dudaba que con su brazo… Y en efecto tuve razón. No solo por la velocidad con la que se retiraba la manga de la chaqueta sino por la mueca de dolor que vi en su rostro. En fin, para que estabamos los sanadores ¿verdad?

Me acerqué a ella antes de que se quitase del todo la chaqueta y le ayudé a terminar para evitar que moviese lo menos posible el brazo herido. Reí ante su comentario de las bludgers.

-La verdad es que sería todo un detalle por su parte. Así seguro que me ahorraría la mitad de mis pacientes. –No suelo quejarme de estas cosas, pero con ese sueldo miserable y el alquiler y demás asuntos… Al menos aún no había llegado a estar tan desesperado como para echar de menos la “grandiosa” y “majestuosa” casa de los Deveraux. Meh.

Observé con gesto serio los colores del brazo de Abi. Estaban tan perfectamente combinados que parecían una carpa de una feria. Pero por suerte para ella, aquello terminaría pronto. Tomé con delicadeza su brazo entre mis manos, palpando las zonas más inflamadas. A juzgar por la hinchazón, apostaría a que tenía fracturados tanto el radio como el cúbito.

La paciente estaba algo impaciente aguardando mi respuesta a una pregunta que me había hecho hacía rato, pero no respondí hasta no haber terminado el examen físico.

-Todo apunta a que tiene fracturados el radio y el cúbito. Justo ahí y ahí – señalé con mi dedo índice las partes más inflamadas de su brazo como diciendo: “esa es la clave”.

Sin hacer ningún comentario más, saqué mi varita del bolsillo trasero del pantalón y formulé un hechizo sobre su brazo. Enseguida aparecieron dos luces rojas que brillaron un par de veces antes de desaparecer. Sonreí con gesto de triunfo. Era buena señal.

-Está de suerte, Abi. Ambas fracturas son limpias. –tomé el brazo herido con delicadeza con mi mano izquierda mientras con la derecha hacía unas cuantas florituras con mi varita mientras recitaba mentalmente el hechizo de sanación correspondiente. Cuando terminó, volví a hacer el hechizo anterior y esta vez aparecieron dos luces blancas. Sacudí la varita para que se desvanecieran, solté el brazo de Abi y le miré sonriente –Creo que ya está. Mueva el brazo. Pero con cuidado.

Mientras le dejaba un poco de espacio me dirigi a la mesa, abrí uno de los cajones y saqué pergamino, pluma y tintero para comenzar a escribir la poción que tendría que tomar durante los próximos tres días.
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Abigail T. McDowell el Dom Dic 15, 2013 10:28 pm

Atendí con especial atención a sus facciones y cualquier movimiento de su rostro. De vez en cuando yo bajaba mi mirada a mi brazo, pero por norma general, mientras él pensaba y observaba mi brazo, yo le miraba su rostro. Si ponía cualquier tipo de mueca ceñuda o extraña, es que algo iba mal. Si por el contrario, sonreía o asentía, es que todo podía ir en orden. Mi rostro era serio y mi mirada parecía igual de fría que siempre, realmente, a pesar de estar preocupada, rara vez lo aparentaba si no me volvía loca hablando y metiéndome con todo el mundo. Usualmente, soy alguien con un gesto bastante impasible. Sin embargo, cuando me dijo que estaba de suerte, mi mueca se relajó y suspiré aliviada a lo que podría ser tener que llevar una de esas cosas de yeso horteras que llevan los muggles cuando se rompen un brazo durante más de dos semanas.

Al parecer, el karma no iba a ser tan malo después de todo. Al fin y al cabo, no siempre hago cosas malas, a veces dejo a la gente con vida y he dado puestos de trabajo a más de doscientas personas organizando partes del ministerio. De nada.

Luego fui testigo de una lluvia de colores y hechizos desconocidos que se vertieron sobre mi brazo. Su varita se iluminaba de colores y, pese a que me cueste creerlo, el dolor parecía menguar poco a poco. No entendía ni la mitad de los hechizos que hacía sobre mí, pero ninguno desprendía un color verdoso, así que no tenía de qué preocuparme por mi vida. Tras un pequeño rato, él zarandeó su varita y las luces desaparecieron, soltó mi brazo y pude mantenerlo en alto sin que me escociese como antes. Sonreí aliviada e intenté cerrar y abrir el puño lentamente, una tarea que hace diez minutos ni soñaba con poder hacer. Me dolía el brazo por culpa del hinchazón que debía de tener tanto exterior como interiormente, pero lo que parecía la respuesta a mi intención, respondía, así que me había arreglado lo más importante.

Me levanté de allí al ver que Daniel había ido hacia la mesa y, en vez de ponerme la chaqueta, pues allí dentro hacía calor, me aireé el pelo y la cogí con la mano buena, dirigiéndome hacia la mesa. Realmente no sabía que proceso venía ahora... hace años que no vengo al médico por ningún tipo de cosa.

Entonces... —hice una pausa, sin saber muy bien qué decir— Simplemente me voy, me tomo o me echo lo que me tenga que echar... —adiviné sin mucha idea— ¿Y ya está? Osea, no tengo que venir otra vez ni nada de eso, ¿no? —concluí, de pie delante de la mesa, con la mano recién curada encima de la otra, como si estuviese cruzada de brazos. Lo preguntaba porque sabía de gente que no paraba de venir al médico una y otra vez y yo que sé, revisiones y mierdas de esas. Aunque dudaba que yo tuviese que volver a venir—. Y sí, una prevención que debo tener es no ponerme en las últimas filas cuando vea el Quidditch, mi estatura es un gran inconveniente a la hora de visualizar las amenazas. —ironicé poniendo los ojos en blanco en lo que terminaba de escribir, pues yo era la primera en admitir que mi estatura era una puta mierda, una de las razones de aficionarme a los zapatos de tacón. Eso sí, la única que se ríe de mi estatura era yo y nadie más.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Lun Dic 16, 2013 4:44 pm

Abi estuvo callada en todo momento mientras duró el procedimiento. Quizá estuviese demasiado sorprendida de ver tanta parafernalia, todo lo de las lucecitas y tal puede sorprender un poco al principio. Recuerdo como hace cinco años no podía evitar abrir la boca como un pavo siempre que veía dichos hechizos. luego aprendí a hacerlos, a ver todo tipo de casos y a cobrar por utilizarlos sobre todo tipo de deformidades y la euforia se terminó.

Cuando terminé, me retiré a la mesa mientras le dejaba a ella su espacio para que probase su brazo. Mojé la pluma en el tintero y me chupé los labios mientras pensaba en los ingredientes de la poción. Veamos... cinco gramos de larvas de gusarajo. Un gramo de polvo de semillas de amapola previamente triturado en el mortero (o tres si hay entumecimiento de la zona o dolor). Mezclar en el caldero con una taza de infusión de jenjibre cinco minutos a fuego fuerte. Bajar a fuego lento y dejarlo durante diez minutos... y por último apagar el fuego y dejar reposar un minuto antes de servir. Sí, así servirá.

Apunté también la cantidad total de cada ingrediente que le haría falta (el doble o el triple, según se lo tomase durante dos o tres días). Levanté la vista al oír hablar a Abi y me sobresalté cuando la vi delante de mí pues no me la esperaba encontrar justamente de frente. Recuperado del susto, asentí con la cabeza.

-En efecto. Esta poción es mano de santo, se lo aseguro - le tendí el trozo de pergamino con la receta y guardé el pergamino sobrante, la pluma y la tinta en el cajón - Puede aplicarlo directamente sobre la zona, pero yo recomiendo tomarlo mejor por vía oral (siempre media hora después del desayuno). No por nada, simplemente tiene un olor muy fuerte aunque le aseguro que su sabor no es desagradable. - sonreí para darle ánimo y añadí - Aunque mejor lleve unas cuantas grageas en el bolsillo para después de la poción. Por si acaso. - me encogí de hombros. - Como ya le he dicho, debe tomarla durante dos días o tres si las molestias persisten. Si de aquí a una semana sigue igual ya sabe donde encontrarme. Pero si no, espero no verla por aquí durante mucho tiempo.

Salí de detrás de la mesa y suspiré. No sabía cuanto tiempo había pasado pues me había dejado el reloj en mi despacho (nota mental: no quitármelo nunca), pero esperaba que hubiese sido el tiempo suficiente para que no me tocasen muchos pacientes más. Por favor. Y en caso contrario... Merlín, ayúdame.

Reí ante el comentario de mi paciente mientras colocaba todo antes de abrir la puerta de la sala y dar por terminada la consulta.

-No lo dude, sería una buena prevención. Al menos hasta que se prohiban los dopajes en los deportes de nuestro mundo. O hasta que a cierto golpeador amigo suyo le dé un calambre en un brazo y no pueda continuar jugando - bromeé. - Aunque yo que usted estaría agradecida por la altura: cuanto menos se mide, menor es el objetivo. - torcí una sonrisa conciliadora antes de volver a adoptar un rostro lleno de profesionalidad - En fin Abi, por mi parte nada más. ¿Tiene alguna pregunta, duda,...?
Anonymous
InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Lun Dic 16, 2013 9:33 pm

Una vez estuve delante de él y el hubo terminado, me tendió el pergamino con lo que necesitaría para hacer la poción. Maldición, pensé que ya vendría hecha... ¿En serio le mandan a los enfermos a hacer pociones? Vaya gracia y fuerte pérdida de tiempo... Miré al pergamino con las cejas alzadas, sin familiarizarme demasiado con los ingredientes que tendría que utilizar y luego puse levemente los ojos en blanco, por la simple idea de tener que pasar por el Callejón Diagón a comprar estas cosas cuando saliese de aquí. ¿No iba a llegar nunca a mi casa?

Empezó a explicarme qué hacer con la poción y el hecho de que pudiese ser tanto directamente como oral me dio mala espina. ¿Cómo se supone que es su tacto como para que se pueda usar de crema? Me imagino algo viscoso y extraño y ni de coña me trago algo viscoso. Decidí no comentar nada, ya lo averiguaría por mí misma. Después de eso, finalizó con un "espero no verla por aquí durante mucho tiempo" y yo, debido a mi mala experiencia con el brazo en mal estado, sólo se me ocurrió algo que decir:

Yo también espero no verle durante mucho tiempo. —contesté en plan aliviada. Ambos parecíamos unos antipáticos de mucho cuidado con esos comentarios, pero yo no lo dije a mal y suponía que él tampoco. Y realmente, me daba igual, dudaba que volviésemos a coincidir en ningún lugar.

Ambos nos dirigimos hacia la puerta y tras mi comentario, él río. A veces tengo unas ocurrencias que incluso puedo parecer alguien con quién mantener una conversación, esto de lamerle el culo al ministro y a todos los jefes de departamento ayuda.  Decidí seguí con el rollo de paciente decente durante los próximos minutos, antes de irme, así que sonreí a su comentario sobre la estatura. No sabía cuánta razón tenía... no me habré salvado veces de maldiciones gracias a que soy más escurridiza que cualquiera de mis corpulentos compañeros. Sonreí con diversión a lo que decía, soltando una pequeña risa hasta salir al pasillo.

Pues debo de tener un imán, porque hoy me ha tocado de lleno a pesar de ser el menor objetivo de la grada. Supongo que mi mala suerte ha terminado para toda la semana. —deseé, escuchando su última pregunta para ver si estaba todo en orden. Me encantaba que los profesionales que me atendían me preguntasen si tenía alguna pregunta, siempre podía saltarles con un "¿Tú número de móvil?" si había algún tipo de interés y/o atracción. No obstante, nunca me han ido los hombres con tanta labia y cara de niños buenos y este parecía ser el caso— Ninguna. Y como bien has dicho, en tal caso, ya sé donde encontrarle. —le contesté, caminando de espaldas por el pasillo.

Supuestamente, en estas ocasiones se le da las gracias al médico y demás, algo que me parecía estúpido, puesto que le pagan por curar, no es que lo haga porque quiere. No obstante, era la asistente del ministro y por muchos magos era un rostro conocido, así que decidí ser una buena chica y seguir los estúpidos formalismos.

Gracias por todo y que pase un buen fin de semana. O por lo menos, lo que queda de él. —le deseé, sonriente, dándome la vuelta, quitando la sonrisa casi al momento y caminando hacia dónde en un principio, había empezado todo.

La primera chica que me atendió se puso al momento de pie cuando me vio salir y entró rápidamente por el pasillo, como si estuviese esperando el momento para ir a hablar con Daniel. Me encogí de hombros y me desaparecí, fijando como mi próximo destino el Callejón Diagón.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Jue Dic 19, 2013 11:36 am

Mientras le tendí la lista de ingredientes de la poción antiinflamatoria a Abi, pude ver la cara de fastidio que ponía. ¿Acaso pensaba que se lo iba a dar hecho? No es que fuera la primera paciente que parecía pensar eso... pero en fin, somos sanadores, no boticarios. Decidí no hace ningún comentario al respecto, pues tampoco me apetecía empezar ninguna discusión (cosa que debido a nuestros caracteres, como ya habíamos visto al principio, no era nada difícil), y comencé a explicarle el tiempo de duración del tratamiento y como tomarlo.

Tras los típicos: "espero no verte la cara en un tiempo", que ella también me dijo, nos dirigimos charlando hacia la puerta. Sin duda unas pocas palabras educadas antes de despedirnos y no volvernos a ver jamás en nuestras vidas. Ambos bromeamos un poco antes de pasar a preguntarle si tenía alguna pregunta sobre el tratamiento, a lo que respondió que no. Perfecto para mí, porque realmente no sabía qué más cosas le podía explicar pues era de los más sencillos que había.

Antes de irse, Abi me dio las gracias, a lo que respondí educadamente con una inclinación de cabeza y una sonrisa cortés. También me deseó que pasase un buen fin de semana (o lo que quedaba de él).

-Igualmente, Abi.

Le di las buenas noches y me di media vuelta, sin ver como abandonaba el hospital. No dejaba de pensar en el "que pase un buen fin de semana". Desde luego estaba siendo estupendo. Aunque bueno, mirándolo por el lado positivo, me estaba librando de mi casera. Seguro que estaba tratando de darme caza por cualquier chorrada. ¿Qué me importaba a mí que Tyler se hubiese meado en sus petunias? Ni que fuesen bonitas... Seguro que le caigo mal desde que me vio asomándome por la ventana sin camiseta. Pero oye, estoy en mi casa (más o menos) así que puedo hacer lo que quiera. ¿No?

Algo o alguien me tocó el hombro con firmeza y me hizo regresar al mundo. Mi mano se desplazó rápidamente al bolsillo donde guardaba mi varita mientras mi cuerpo se giraba rápidamente hasta encontrarse con...

-¡Agnes! -la mano que un segundo antes estaba a punto de coger la varita del bolsillo se relajó y cayó a un lado de mi cuerpo junto con el resto del brazo.

-Disculpe, señor Deveraux. - otra vez el dichoso nombre... Nunca me terminaba de acostumbrar, aunque mejor eso a que me llame Daniel precisamente ella -¿Le he asustado?

Me dieron ganas de poner los ojos en blanco ante semejante descaro. Viendo la expresión de su cara, lo siguiente sería que se desabrochase un par de botones (más) de su blusa.

-Me ha pillado por sorpresa, eso es todo. ¿Sucede algo? ¿Han venido más pacientes?

-No, señor, ninguno. ¿Se ha ido ya la joven del brazo herido?

Hubo algo en su tono de voz que me dio escalofríos. Alcé una ceja y la miré con rostro confuso.

-Sí... - Oh, mierda, no debí decir eso. - ¿A qué viene la pregunta?

-¿Conoce el Caldero Chorreante?

Durante la siguiente media hora permanecimos los dos quietos como estatuas en mitad del pasillo. O yo, mejor dicho. Agnes estaba en su salsa, explicándome como conoció a la prima de la madre del vecino de la hija del novio de no sé quién que conocía a otro alguien en el Caldero con quien había coincidido en Hogwarts y que le debía un favor. No entendí adonde quería llegar hasta que no pasó a hablar de comida y a hacerme propagando de lo rica que la servían allí. Puse los ojos en blanco (aunque ella no me vio) y esperé hasta que hubo terminado con los brazos cruzados sobre el pecho.

-... y entonces me acordé de usted y he pensado "¿por qué no le digo a Marcia que nos envíe cena para dos?" - me dieron ganas de reírme tras oír como había sonado aquello. Tyler, amigo, ¿dónde estás cuando más te necesito? - Así que ¿qué le parece? Se ha tirado un buen rato con esa paciente y debe de estar hambriento

¿En una palabra, Agnes? ¡NO!

-Eres muy amable, Agnes. - sonreí. Caso pude ver la ilusión en su rostro cuando vi como se hacía esperanzas... Pobre. - Pero tengo trabajo que hacer.

-Pero si no ha venido nadie más...

-Pero los historiales de los pacientes no se actualizan solos. - traté de poner gesto de aburrimiento, como si no me apeteciese rellenar los ridículos informes. Cosa que, en comparación con una cena con Agnes, prefería mucho más. Esa mujer necesita una mascota urgentemente... Justo entonces vi que abría la boca para contestar con lo que decidí interrumpirle y adelantarme - Estaré en mi despacho. No quiero que venga nadie a no ser que se trate de una urgencia, ¿de acuerdo?

Supe que había sido un poco borde de más cuando el rostro de la mujer se quedó blanco. Me habría sentido un poquito mal si no se tratase continuamente de un molesto grano en mi trasero (aunque sus cupcakes estaban muy ricos, eso sí).

-De acuerdo, señor Deveraux.

Esperé hasta que hubo desaparecido tras atravesar el pasillo (no perdí de vista sus manos con sus puños fuertemente apretados) y entonces di media vuelta y me dirigí a mi despacho. Cerré la puerta con un hechizo de mi varita, por si acaso, y me senté en la mesa mientras iba colocando los historiales y documentos para actualizar en toda su superficie. Una vez todo listo, me coloqué mis gafas, saqué pluma y tintero y suspiré mirando distraídamente el número de historial del primer paciente y la fecha de la última consulta que tenía que registrar.
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