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Perdida en la oscuridad. {Daniel}

Invitado el Sáb Dic 28, 2013 11:52 pm

Aquel lugar era tan tenebroso que se me helaba el alma solo con el tétrico ambiente que transmitía. El frío me penetraba con cada ráfaga de viento que recorría el oscuro callejón, así que me tapé con mi capa azul todo lo que pude. Con esto no solo pretendía evitar el frío, sino también las miradas amenazantes de las gentes que poblaban aquel lugar. Me sentía caminando en círculos. Cada callejón que recorría parecía exactamente igual que el anterior y nunca tenía una salida que me llevase a un sitio diferente. Ya era oficial, estaba perdida.

Todo había comenzado cuando aquella mañana me había percatado de que mi armario seguía prácticamente vacío después de tres años, y pensé que ya era momento de completarlo con algún conjunto bonito. Esas cosas que solían tener las chicas. Yo solo tenía esta vieja capa heredada, mis uniformes, unos vaqueros y un par de camisetas desgastadas, nada del otro mundo. Aunque con lo que había cambiado el panorama de la moda, podía ponerme el resto de mi vida la ropa vieja y decir que era "hipster". Solucionado; barato y sería de las más modernas de la escuela.

Caminé más rápido por entre la gente que paseaba por el lugar. Eran pocos, pero en mi mente me sentía rodeada. Todos allí parecían tramar algo, parándose a mirar los escaparates llenos de cachivaches de lo más tenebrosos, cuchicheando y observándome cuando pasaba por su lado. Sabía que aquel lugar no era bueno, que una niña como yo no tenía que estar allí, que me estaba metiendo en un buen follón. De pronto se cruzó por mi mente la idea de no poder salir jamás. Estaba empezando a asustarme demasiado.

Tan inmersa estaba en mis pensamientos que ya no era capaz ni de mirar por donde iba, así que de pronto me topé con un obstáculo en mi camino. Impacté contra un cuerpo, al cual me tuve que sujetar para no caerme. Sentí que estaba perdida, que ya la había terminado de fastidiar. Me iban a matar. Se trataba de un hombre de cuerpo fuerte y ancho, por lo que podía notar físicamente. Ni una palabra fue capaz de salir de entre mis labios, el miedo era demasiado fuerte. Finalmente me atreví a levantar la mirada y me topé con un par de ojos azules que supusieron la calma en medio de la tempestad. Nada malo podía venir de un par de ojos así.
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Invitado el Dom Dic 29, 2013 12:39 am

El día había transcurrido con total y aburrida normalidad. Mi casera había venido corriendo hacia mí para tratar de regañarme por no sé qué chorrada que le hubiese molestado esta vez, pero había logrado desaparecerme a tiempo para que no se acercarse ni a un palmo de mi propia sombra. Agnes había tratado de embaucarme unas cuatro o cinco veces en el trabajo, sin éxito. Y había tenido casi tantos pacientes como cualquier otro día. Al finalizar mi jornada estaba agotado pero satisfecho. Una vez cumplido mi turno, daba gusto llegar a casa y dejar que Tyler me recibiese tan contento antes de calentar cualquier cosa para cenar en el microondas y ponerme el pijama.

Pero no llegué a ir a casa. Cuando terminé mi turno, me puse el abrigo y salí a la fría calle londinense antes de desaparecerse un poco más adelante de la calle del hospital. Segundos antes de desaparecerme, vi dos ojos marrones oscuro mirándome de forma demasiado insistente. Creí habérmelos imaginado y me desaparecí sin más, aunque algo intranquilo, pero supe que no había sido cosa mía cuando, al aparecerme en plena calle muggle, me volví a encontrar con los mismos ojos oscuros. Solo podía pensar en una cosa mientras un frío me recorría la espalda: mierda.

Seguí andando con normalidad hasta el final de la calle muggle, viendo por el rabillo del ojo como me perseguía quien quiera que fuese. Doblé una esquina y esperé a que mi perseguidor la doblase. Cuando le vi, antes de que pudiese reaccionar, le agarré del cuello con una mano mientras con la otra le apuntaba con la varita (o mejor dicho, se la clavaba en la mandíbula) y le miraba con frialdad y una calma que en fondo no sentía.

-¿Quién te manda? - Todas mis cartas estaban en el mismo palo. Pero oye, quien sabe. Una parte de mí esperaba equivocarse. Pero eso no se lo podía dejar ver. Así que le aprete aún más la varita contra la cara, notando el calor que emanaba de ella y sin que me importase lo más mínimo -Responde

Sorprendentemente, el misterioso perseguidor acorralado hizo un gesto de rendición con las manos. Me fié, así que quité mi mano de su cuello y me alejé un par de pasos, aunque en ningún momento le dejé de apuntar con la varita. Soy bueno pero no tonto. O también soy tonto, pues tan pronto le solté, supe lo que iba a hacer. Grité un "No" y le agarré como pude, y pronto los dos nos vimos volando sobre Londres haciendo donde fuese que quisiese ir. Sin embargo, mi agarre sobre él era débil fruto de las prisas y tan pronto me vio apenas tardó tres segundos en zafgarse de mí. Noté esa sensación de asfixia y de opresión de pulmones previa a la sensación de "necesito coger la mayor cantidad posible de aire en mis pulmones" y cerré los ojos. A saber donde caía...

Lo supe tan pronto abrí los ojos. Mierda. Mierda, mierda y mil veces mierda. Me miré de arriba a abajo. Parecía el mismo muchacho que no hacía tanto se aventuraba por esas mismas calles amenazando por activa y por pasiva a todos y cada uno de los que deambulasen por ahí solo para complacer a su Señor. Ahora, yo era mi propio señor. Pero eso traía unas consecuencias. Y, francamente, no me apetecía encontrarme con ningún conocido indeseado por allí...

Me subí para arriba el cuello del abrigo para que me ocultase más la cara y comencé a andar hacia la salida del callejón. Me lo conocía tan bien que casi podía ir con los ojos cerrados. Seguro que aunque así fuese no me mirarían raro, gente más loca se ha visto... Pero no. Tenía que ir con los ojos abiertos. Bien abiertos. Y vigilarme las espaldas. Vigilarme bien las espaldas. Con las manos dentro de los bolsillos del abrigo, me palmeé el lugar donde llevaba la varita, lista para sacarla en cuestión de segundos si era necesario. La presencia perturbadora del misterioso perseguidor me había dejado intranquilo. ¿Quién narices sería? La figura, de torso ancho y cuello grueso, parecía muy masculina. Y esos ojos... Seguro que no los olvidaría fácilmente. Traté de hacer memoria de todos los mortífagos que conocía pero siete años sin rondar ese círculo habían hecho de mi memoria prácticamente caótica. Aunque de una cosa estaba seguro: si lo hubiese conocido entonces, le recordaría. Claro que tampoco significaba nada. Como si el Señor Tenebroso no hubiese hecho amigos durante estos años...

Cuando apenas me quedaban unos cinco minutos para alcanzar la salida principal del callejón, una capa azul al fondo de donde yo me encontraba me distrajo. Me detuve y me quedé mirando a la misteriosa figura durante unos instantes. En un lugar tan lúgubre, tan oscuro, tan negro ¿a quién se le ocurriría llevar una capa azul, una cosa tan vistosa? Solo dos personas: un loco temerario o un inocente extraviado. El primero estaría tan tranquilo en un lugar como aquel pero no asi el segundo. Me quedé observando, por curiosidad, la figura conforme se acercaba para tratar de determinar de qué clase sería. Y un momento después, la misteriosa figura de azul chocó contra mí sin darse cuenta. ¡Cling! ¡El bote va para el inocente extraviado!

Observé como el inocente extraviado se daba la vuelta y se me quedaba mirando. Fue cuando me di cuenta de que era una inocente extraviada. Arrugué el entrecejo. ¿Qué estaría haciendo una chiquilla (pues se le veía bien jovencita) como ella en un lugar como aquel? Parecía estar algo cohibida o quizá tuviese miedo. Aunque ¿y si estaba jugando? Defintivamente aquel día no estaba dispuesto a más trucos. Así que decidí mantener una expresión neutra, indescifrable, cuando miré a la chica de la capa a los ojos y le dije, con gesto serio:

-No deberías estar aquí.
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Invitado el Dom Dic 29, 2013 1:18 am

Al chocar contra aquel extraño, que al menos me sacaba dos cabezas, me dieron ganas de taparme con los brazos a modo de defensa. Es uno de estos gestos involuntarios que crees que te van a proteger de cualquier ataque. Exactamente igual que cuando de pequeños tenemos miedo a que nos coma el coco y nos escondemos debajo de las sábanas, como si de un refugio nuclear se tratase. Yo estaba justo en esa situación, la de una niña asustada que quería protegerse. Ya hacía demasiadas horas que me había perdido, demasiadas como para recordar de donde había salido, incluso a donde iba. ¿Que más me daba la ropa? A Danny le importaba un pepino que yo estuviese guapa o no, me iba a querer de todas formas, que para eso era mi amiga. Y chicos no existían en mi vida, o eso creía. Si los chicos que iban a existir de ahora en adelante en mi vida eran como ese, bienvenidos fueran.

Mi mente adolescente no pudo evitar perderse en aquellos ojos azules profundos, tanto se sumergió en ellos que mi parte racional tuvo que recordarle que volviera al mundo real. No sabía si aquel hombre era peligroso, no sabía si iba a ayudarme o a condenarme. No quería acabar siendo filete para sus perros o diana de sus encantamientos. Esto ya no era vomitar babosas por culpa de un slytherin ni acabar con un par de huesos rotos (cosa que las enfermeras de Hogwarts resolvían tan rápido que ya te daba igual lanzarte desde el tercer piso y romperte la pierna). Aquí ya no estaban ni la profesora Fenixheart, ni Dumbledore para protegerme, solo estábamos yo y mi varita.

Fijé mis profundos ojos ámbar en la mirada del hombre, esperando algún tipo de respuesta, aunque fuera corporal. Un gesto, ¡ALGO! ¿Que se hace en esos momentos? Al chocar contra él había notado su varita en la chaqueta, y al percatarme de que sus manos estaban en sus bolsillos me apresuré a localizar la mía en la falda del uniforme. La agarré con firmeza, más envalentonada de lo que nunca pensé que pudiera llegar a estar. Si se atrevía a atacar, yo también lo haría, no lo dudaría. Al menos moriría sabiendo que lo había intentado, que tantos años aburriéndome en clase habían servido de algo. Aunque si moría, realmente no habrían servido para nada, solo para aburrirme e incentivar mi imaginación sobre el pupitre.

Los susurros de la gente a nuestro alrededor parecieron mutearse por unos segundos, como si todo se hubiera parada en un instante y solo quedáramos dos personas en medio de un oscuro callejón. Un hombre adulto y una niña de cabellos desordenados, muerta de miedo. De pronto los ojos de una mujer que pasaba por la calle se posaron sobre mi, y lo noté, noté como el afilado puñal de su mirada me atravesaba. A los pocos segundos avisó a uno de sus compañeros, un hombre con un rostro perturbador, que también mi miró. Empezaba a no pasar desapercibida, demasiada inocencia en un lugar tan oscuro.

Volví a mirar rápidamente al hombre. Una voz susurrante me recorrió desde dentro, esa que escucho cuando estoy en problemas o necesito ayuda. Me imagino que es la voz de mis padres, que desde algún sitio siguen velando por mi y cuidándome, pero me temo que es mi propia conciencia. Aún así la idea de que sea algo más espiritual me llama tanto la atención que prefiero seguir creyendo en ello, aunque sea una mentira. La voz me dijo que él era mi salvador, que él podía ayudarme, que confiara... Y así lo hice.

-Ayúdame, por favor. -dije agarrando de nuevo sus brazos y mirándole fijamente, tratando de ganarme su confianza. -Yo no debería estar aquí. -musité repitiendo sus palabras, dirigiendo una mirada disimulada a la mujer y al hombre que antes se habían percatado de mi presencia. Mis ojos parecieron brillar, cristalinos por una lágrima de pánico que estaba a punto de caer de ellos. Era la única salida.
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Invitado el Lun Dic 30, 2013 11:27 am

¿Quién narices era mi perseguidor? No lo sabía, pero nadie bueno. Y aunque conseguí agarrarme a él de alguna manera antes de que desapareciera, logró zafarse de mí y acabé cayendo yo solo en pleno callejón Knockturn. El sitio más encantador de la faz de la tierra. Y el más luminoso también. Ideal, vaya. Pues ese.

Por suerte me conocía la salida incluso con los ojos cerrados así que me dirigí hacia allí con la mente en mis cosas y la mirada fija en nada en particular para tratar de no llamar la atención. Sabía como lidiar en lugares así, algo de lo que estaba bastante agradecido, y sabía como no llamar la atención de la gente. Algo que también me vendría bien si ya había una persona que se había dedicado a perseguirme. Me tenía intranquilo, pues no habría logrado verle la cara, solo dos ojos marrón oscuro. ¿Quién era? ¿QUIÉN?

Con el misterioso perseguidor no me volví a encontrar, por desgracia, pero sí con una chica joven con una capa azul demasiado llamativa para un lugar como aquel. Estaba para pocas bromas, así que decidí mantener el gesto serio, sin dar muchas pistas de lo que podía estar pensando o sintiendo en ese momento, para tantear a ver de qué tipo de persona se trataba: si de los lobos que se disfrazan de corderos o de los corderos preciosos a los que estás deseando dar el primer bocado.

Al escucharme, la chica me suplicó su ayuda e incluso se agarró a mis brazos como si de un bebé se tratase. Elia me había agarrado así de pequeña muchas veces, tratando de despertar en mí un instinto de hermano mayor hacia ella que no llegó hasta mucho después. Con esa chica fui exactamente igual. No reaccioné y mantuve mi misma postura. Además de que me sorprendían esos gestos con tantas confianzas así de primeras, no convenía llamar la atención en un sitio como aquel.

Observé que miraba a gente a nuestro alrededor, pero yo no me molesté en mirar. Ya sabía quienes estaban, los mismos de siempre. La mujer de los cuatro pelos grises y grasientos con la bandeja de lo que parecían uñas humanas arrancadas enteras. El hombre con cara de pervertido y que probablemente lo fuera. Y más gente, entre las tinieblas, esperando probar bocado del inocente cordero. Porque, por la mirada de la joven, ahora estaba completamente seguro de que la chica era cien por cordero, sin un ápice de disfraz de lobo.

Sin apenas mover los labios y con el rostro serio, hablé en voz baja para que ella me oyese pero no así las personas que estaban a nuestro alrededor.

- Esté no es un lugar adecuado para gente como tú. - Esa fue mi manera de decir sin decir: "te has perdido". No era prudente dejar que los pervertidos que nos rodeaban asociasen a la chiquilla joven, guapa e inocente con la niña que deambula sola por la calle y acaba donde no debería. Entonces ni yo podría protegerla, eran demasiados. Mejor decir lo que dije, y así se queda en misterio el asunto. Al fin y al cabo, podía no ser el sitio adecuado porque podía tratarse de un mago tenebroso más sofisticado. pero no con esa cara - Pon el rostro serio. Que no vean que estás cohibida - Mi otra de decir: "que no vean que tienes miedo", pues tendría el mismo efecto que decir que estaba perdida.

Le hice una seña para que echase a andar hacia delante y yo le seguí, evitando así que se desviase del camino. La salida que conocía estaba a apenas unos minutos. Solo tenía que asegurarme que la chica no mirase a nadie en concreto con sus ojos de corderito y todo iría bien. ¿Pero qué padres responsables dejan que su hija se interne en esos lugares? Ni los míos habían tratado de hacerlo con Elia, nos habían enseñado a los chicos. Aunque con Elia... dudaba siquiera que pensasen que tenían una oportunidad. Quizá fue por eso...

Miré a la joven extraviada y le sonreí levemente tratando de darle ánimos, lo que fuese para que se le quitase el miedo. Solo hay dos clases de seres que huelen el miedo: los animales y los pervertidos. Y en un lugar como ese, los segundos se fusionaban con los primeros igual que el azúcar se disuelve en agua.
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Invitado el Lun Dic 30, 2013 11:50 pm

Mi miedo de que el hombre reaccionase de manera agresiva fue en vano, se limito a responderme secamente, ofreciéndome de alguna manera su ayuda para salir de aquel infierno. Una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro, a pesar de la inmensa seriedad del suyo, cuando me dijo que no era un lugar adecuado para mi. Podía haber sido mi hermano mayor de no ser por su exagerado atractivo. Yo no podía tener un hermano tan guapo, porque acabaría enamorándome de él y eso...¿estaba prohibido no? Pero por suerte aquel hombre no era mi hermano, aunque posiblemente me sacara más de una decena de años.

Mi salvador me indicó que mantuviera la cara seria. Quería que pareciera que estaba allí como Pedro por su casa, como si todos los fines de semana me pasara por el callejón del terror a comprar uñas y pelos de muerto a la vieja loca de la esquina. Todo de lo más normal. Yo solo quería salir de allí, y si de esa manera lo conseguiríamos, mi rostro sería un libro cerrado. Aunque me iba a costar no poner cara de asco al pasar cerca de las cabezas disecadas y el olor a podredumbre de los puestos ambulantes. Estaba segura que ninguno de aquellos establecimientos pasarían el control de sanidad muggle.

Hice caso al gesto del hombre y comencé a caminar hacia delante, tratando de mantener la vista fija en el frente, sin desviarla hacía aquellas caras sedientas de vida que me miraban desde cada rincón oscuro del callejón. No sabía muy bien hacia donde dirigirme, así que me junté un poco más al hombre. -¿Ahora hacía donde? -susurré mientras echaba la mano hacía atrás y le agarraba tímidamente de la chaqueta. No quería sentirme sola en aquel lugar, me daba miedo que de pronto dejase de seguirme y tener que enfrentarme a la situación sin ayuda.

De pronto, justo cuando iba a subir unas escaleras que parecían llevar al exterior, un grupo de cuatro magos (o eso parecían), me interceptaron, cortándome el paso. -¿Que hace una chica tan joven y bella en un antro como este...? -preguntó uno de los hombres, el cual tenía un aspecto macabro y despeinado. -Si...¿caperucita azul se ha extraviado? ¿No te dijeron que este no es sitio para una niña? -comentó una mujer, medio tapada por un pañuelo y sosteniendo una barita en la mano. El miedo se apoderó de mi, y justo como me había dicho el hombre que no lo hiciera, mi cara lo reflejó como si de un estanque cristalino se tratase.

Empecé a retroceder la marcha, agarrando mi varita enganchada en mi falda, y me topé con el cuerpo del hombre. Me agarré a él desde delante, presionándole el brazo a modo de petición de ayuda. -Socorro... -musité, muerta de miedo y con la voz temblorosa. Si el no respondía mi petición ya podía despedirme de salir de allí entera. Era mi única salvación. Aún así me mantuve expectante, esperando su reacción. Si huía por patas recurriría a mis conocimientos mágicos, aunque me temía que de poco servirían contra aquella magia que me amenazaba.
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Invitado el Mar Dic 31, 2013 1:10 am

Cuando logré, o eso creí, que la chica de la capa azul se tranquilizase un poco para no llamar tanto la atención y poder pasar más desapercibidos, le hice una seña para que siguiese hacia delante, tratando de darle ánimos para que no perdiese toda la confianza en sí misma. No se iba a perder mientras uno de los dos conociese el camino, y ese era yo, pero cuanto más natural pareciese todo, mejor. No resultó ser un gran éxito después de todo, pues pronto se detuvo y me agarró de la chaqueta como un cachorrito, rogándome, preguntándome, adónde había que ir. Aunque habría puesto los ojos en blanco, suspirado o las dos cosas a la vez, me contenté con zafarme de sus manos con firmeza pero sin brusquedad. Aún no me sentía a gusto cuando alguien del sexo opuesto me tocaba. Además el agarre de esa chica era firme, a pesar del miedo que debía sentir en una situación como aquella, y... No me gustaba. Demasiadas sensaciones. Mejor echarse hacia atrás.

Lo que sí hice fue extender un brazo caballerosamente para indicarle que siguiese hacia delante. Por fuera perfectamente se podía interpretar como un caballeroso gesto rollo "las damas delante", pero esperaba que ella lo entendiese sin necesidad de palabras. Y pareció funcionar, pues llegamos justo al principio de las enormes escaleras que conectaban con la salida. Apenas nos quedaban dos minutos de hacer ejercicio con las piernas y llegaríamos a una de las esquinas con el callejón Diagon, y no habría nada ni nadie de que preocuparse. Al menos la joven de la capa, claro. Observé como la chica tomaba la iniciativa e iba a empezar a subir las escaleras cuando unas figuras cubiertas en sombras nos obstaculizaron el paso.

Le dijeron cosas a la chica, nada agradables, pero yo hice lo que debía hacer y dejé mi rostro imperturbable, de piedra. Sin embargo, aunque yo no podía ver su rostro, la chica debió de reflejar todo el miedo acumulado en su cara a juzgar por como le miraron los otros. Alguien tenía que tomar la iniciativa... y yo no iba a dejar que la tomasen los otros. La joven también parecía dispuesta a animarme, pues se agarró de nuevo a mí (de nuevo me puse tenso) y me pidió socorro. Incómodo, me moví con suavidad, en guardia, para que se soltase de mi cuerpo mientras con una mano cogía mi varita del bolsillo.

- Colócate detrás - le susurré con una voz apenas audible, para que los demás no se enterasen de lo que decía - No te agarres a mi espalda, necesito libertad para moverme por si la cosa se pone fea. Pero - añadí apresuradamente. Raro era que no me hubiese mordido aún la lengua - no te separes. Que no te pierda de vista.

Está bien, Daniel, listos para la acción...

- ¡Hey, vosotros! - dije alzando la voz para que me oyeran - Sois unos cobardes, ¿lo sabéis? ¿Por qué la niña? ¿Por qué no yo? - Mis ojos saltaban de uno a otro, tratando de escrudriñar sus rostros en la oscuridad, mientras mi varita iba, igualmente, apuntando de uno a otro. Observé que uno de ellos, que parecía una mujer, iba medio tapada con un pañuelo mientras que otro, un hombre, llevaba el pelo mal peinado y tenía un aspecto un tanto... perturbador, teniendo en cuenta los individuos que van a un lugar como aquel. Pero, desgraciadamente, ninguno me sonaba de haber hecho tratos con ellos en el pasado. ¡Con lo fácil que habría sido en ese caso!
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Invitado el Mar Dic 31, 2013 12:48 pm

El miedo reflejado en mi cara como una ventana al alma solo agravó la situación. ¿Por que no podía seguir unas indicaciones tan sencillas? Menuda inútil estaba hecha, y por mi culpa ahora no solo estaba en peligro yo, sino que había metido en un buen follón a aquel hombre. El gesto en la cara de aquellos cuatro magos, dos mujeres y dos hombres, me aterrorizaba. Sabía que mi magia inocente de estudiante no haría nada contra aquellas personas, el simple aura que las rodeaba era lo suficientemente tenebrosa como para suponer que se trataba de mortífagos. Gente poco deseable en cualquier caso.

Hice lo que se me indicaba sin quejarme demasiado. Me sentía una inútil, si no era capaz de salvar mi culo yo solita, ¿como iba a sobrevivir en este mundo? Lo tenía asumido, yo no duraría ni un mes cuando saliera de Hogwarts. Aquel comentario de que no me agarrase a su espalda me hizo pensar que llevaba todo el rato incordiándole cada vez que establecía contacto con él. ¡No podía evitarlo! Además de que por norma general yo era una chica bastante cariñosa, cuando estaba muerta de miedo tenerle agarrado me daba confianza y seguridad. No estaba haciendo otra cosa que molestarle, y eso me hizo sentir muy culpable. Tanto que estuve a punto de huir, pero no podía dejarle allí solo con todo el marrón. No era tan mezquina, no era una slytherin.

Las amenazas del hombre a los extraños sonaron deliciosas, pero a la vez provocativas. No quería que acabase con un ojo morado por mi culpa (ojalá pudiera ser solo un ojo morado, pero si la cosa se nos iba de las manos podía haber hasta muertos), así que saqué mi varita de su escondite y empecé a apuntar a los enemigos también con ella desde atrás. Puede que no consiguiera hacer mucho, pero para algo podía servir. Una simple ayuda de unos segundos que podía darnos la ventaja.

La señora del pañuelo pareció echarse hacía atrás ante la amenaza, pero rápidamente sacó la varita y se colocó en la misma posición amenazante que el resto. -Es ella la que no debería estar aquí. Se ve que tú conoces bien estos lares, ¿no? ¿Que haces con una criatura tan tierna? -comentó otro hombre señalandole con la varita torcida de arriba a abajo. Las risotadas resonaron por el grupo contrario, como si estuvieran insinuando que me iba a hacer algo malo. Yo estaba segura de que no.

De pronto oí a alguno de ellos comentando que si sería mi padre. "Mi padre...mi padre murió. Pero eso no me hace más débil, yo se que él me quería...", me dije a mi misma. Luego miré al que había hecho el comentario, con mirada furiosa. -¡Silencius! -hechicé con mi varita contra él. -Hablas demasiado, ¿nunca te lo habían dicho? -comenté asomándome desde detrás de la espalda de mi protector, haciéndole un gesto con la cabeza para decirle que estaba con él en esto. Ese hechizo no iba a servir de mucho, solo para cabrearles más. Ya me habían dicho más de una vez que mis impulsos me meterían en muchos líos, pero puede que mi fuerza me sacase de ellos.

-¿Cual es el plan? -susurré a mi compañero acercándome a él, todavía apuntando con la varita a los enemigos. -No pienso ocultarme detrás tuyo como una niña. -dije antes de darle oportunidad a reprocharme. No era ninguna niña. Saldríamos de aquello juntos.

OFF: Los personajes que me he inventado (imaginación al poder) puedes controlarlos tú también <3 siempre que quede creíble la pelea.
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Invitado el Miér Ene 01, 2014 11:27 pm

Parecía que íbamos a poder salir de allí sin incidentes, pese a la cara de miedo inicial que de la muchacha. Pero hubiera sido demasiado sencillo y fácil, ¿y desde cuándo era mi vida sencilla y fácil? Justo cuando la chica de la capa azul iba a subir las escaleras de salida del callejón, unas personas aparecieron de la nada y cortaron la salida. La chica se quedó quieta, paralizada por las palabras de los individuos recién aparecidos, pero yo intervení y les llamé cobardes. ¿No tenían nada mejor que hacer que meterse con una chica asustada como ella? No pude evitar torcer una sonrisa y poner los ojos en blanco ante la respuesta de semejante individuo, mientras los amigotes se reían ante su gracia (pues menuda gracia más graciosa). Mi pose era tranquila, como si no me importase lo más mínimo lo que pudiera pasar allí. Pero no era totalmente cierto, por algo le había indicado a la chica que se pusiese detrás de mí pues así al menos mi cuerpo le cubriría.

- Lo que ella y yo hagamos aquí no es de tu incumbencia. Y aunque lo fuese probablemente no te lo diría. O te mentiría - agarré mi varita con más fuerza y, tras pasarla de una persona a otra, apuntando cada vez a uno distinto, volví a apuntar con ella a quien me había hablado - No creo que quieras hablar y, sinceramente, yo tampoco tengo ganas. ¿Te parece que nos saltemos ya la parte de...?

Me interrumpí cuando oí a la chica gritar un hechizo detrás de mí y no pude evitar girar la cabeza y mirarle con gesto sorprendido y confuso. ¿Qué había pasado con el corderito miedoso de hacía unos segundos? Ella me miró y asintió con la cabeza y yo le devolví el gesto. Era todo un detalle que se quedase allí conmigo en vez de salir corriendo lo más lejos posible de aquel punto. Al fin y al cabo, aunque no era su culpa, ella había iniciado todo esto.

Observé a los cuatro individuos, dos hombres y dos mujeres al parecer, que seguían en las escaleras, bloqueándonos cualquier salida. Tras haber estado un momento mirando con preocupación al que había hechizado la chica, los cuatro parecían haberse recuperado y tenían puestas sus vistas en nosotros con más enfado que al principio. Entendía muy bien esa mirada. Era algo así como: "antes era un juego, ahora es personal". Y, a juzgar por el comentario entre susurros de la joven, ella también lo había visto.

- Es todo un detalle, pero harías mejor en ocultarte. - miré a la cara a la joven y suspiré, entre cansado y resignado. Había algo en la mirada de las mujeres que... - Está bien, pero si te matan no pienso cargar con la culpa. - ¿Ah no? - No dejes que sus hechizos te den. No creo que estén muy contentos después de lo que le hiciste a...

En ese momento, noté algo tirando de mí hacia el suelo y haciéndome caer. Por suerte para mí, caí de espaldas y no perdí la varita de mi mano, aunque me llevé un buen culetón. Aún en el suelo, levanté la vista a nuestros cuatro oponentes y traté de identificar al que me había atacado pero en su lugar identifiqué al que la chica le había lanzado el hechizo: era el que tenía aspecto de estar más enfadado de todos. Le pillé justo a tiempo, alzando el brazo justo segundos antes de apuntar a mi acompañante con su varita para lanzarle cualquier hechizo y, lo que era peor, de forma no verbal. Al menos de forma verbal, el oponente tiene una probabilidad de defenderse, pero con hechizos no verbales está el incordioso y molesto factor sorpresa. Por eso mismo, antes de que pudiese pronunciar palabra (o pensamiento, mejor dicho) le apunté al contrincante mudo con la varita y le lancé un Desmaius no verbal. Sonreí al ver que caía desplomado al suelo y, aprovechando el estupor de sus compañeros (oh, mierda, añadamos más cabreo a la cuenta...), me levanté del suelo rápidamente, haciendo caso omiso al dolor de mi trasero.

- Siento lo de vuestro amigo. Pero era muy callado, lo nuestro no habría funcionado - ironicé. Era consciente de que eso podría atraer sus enfados sobre mí, pero también sabía que peor era que estuviesen concentrados en la chica. A juzgar por su aspecto, le debía de sacar veintipico años... lo cual se traducían en veintipico años de hechizos, magia y experiencia.
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Invitado el Jue Ene 02, 2014 12:22 am

Cuando mi hechizo impactó contra el hombre, todos parecieron quedar muy sorprendidos. Parecía obvio que no se esperaban aquella reacción por mi parte, solo veían en mi una cría inofensiva, pero a lo mejor mi fuego interior podía causarles más que alguna molestia. "No me llamo Alice D'Fiamma por nada". Al fin y al cabo estaba en sexto curso, no me quedaba tanto para ser una maga adulta y ya tenía que ir aprendiendo a defenderme por mi misma. Me daba igual que en aquellos momentos estuviera arriesgando mi salud, o incluso mi vida, era una prueba vital que en algún momento tendría que superar.

Las miradas amenazantes de aquellos magos se fijaron en nosotros con una nueva amenaza. Aquello había dejado de ser un simple entretenimiento, se había convertido en un duelo real. En parte me sentía emocionada, era el primero al que asistía, pero no esperaba que el primero fuera a vivirlo en primera persona. -No te preocupes, se defenderme. -comenté en voz baja, acercándome más a él. -No te voy a dejar solo después de haberte metido en este lío. Podemos con ellos, lo sé. -traté de animarle. ¿En teoría no ganaban siempre los buenos? ¡Pues aquí los buenos eramos nosotros! O eso creía.

Justo después de decirle eso, mi acompañante salió volando por los aires y calló de espaldas a varios metros de mi. Inmediatamente me giré para ver como estaba. -¡¿Estas bien?! -grité preocupada, pensando que podía haberle pasado algo. Pero justo cuando iba a acercarme a él se incorporó y lanzó un hechizo que me pasó a pocos centímetros. Me volvía girar, algo desorientada. Había sido un hechizo no verbal, por lo que no me lo esperaba, que impactó contra el hombre al que había silenciado yo hacía pocos segundos. Al segundo el hombre cayó desplomado sobre el suelo por culpa del Desmaius, y las miradas agresivas y lenas de ira del resto se volvieron a fijar sobre nosotros.

En los pocos segundos que tuve para reaccionar, corrí hacía donde estaba el hombre, que se acababa de levantar del suelo como si nada. Sus comentarios parecieron enfurecer más a nuestros enemigos, ¿estábamos jugando con fuego? La cosa empezaba a estar más igualada de aquella manera, pero de todas formas la actitud de mi "amigo" (si me aventuraba a poder llamarle así) me hizo armarme de valor y volver a enfrentarme a ellos.

-Esto no es justo...vosotros sois tres adultos, y yo soy solo una pobre niña. ¿No os parece que sois un poco abusones? -dije con voz de pena, dramatizando en un tono algo provocador. Levanté la varita y conjuré en voz alta un "Glacius", lo que hizo que los pies de mis enemigos quedaran congelados y pegados consecuentemente al suelo. Puede que mis hechizos fueran de baja dificultad, casi al nivel de bromas de mal gusto, pero podían otorgarnos una valiosa ventaja.

El problema de mi nueva posición envalentonada fue que olvidé que aunque sus pies estuvieran congelados, sus manos seguían libres, y a los pocos segundos el sonido audible de un "religio" hizo que mi cuerpo fuese atrapado por unas cadenas, que me dejaron inmóvil en el suelo. Giré la cabeza todo lo que pude para intentar localizar a mi aliado, pero no conseguía verle con mi ahora limitada visibilidad. ¿Me había abandonado?
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Invitado el Jue Ene 02, 2014 12:53 am

No pude evitar sorprenderme cuando la chica demostró tener más agallas de las que parecía en un principio. Pero, debido a la naturaleza de la situación, tampoco tuvimos tiempo de contemplaciones y cumplidos. Nos colocamos e intercambiamos unas palabras que quedaron interrumpidas cuando nuestros oponentes decidieron ejecutar el segundo movimiento... sobre mí. Aterricé de espaldas sobre el suelo aunque por suerte logré mantener mi varita en la mano y poco después dejé fuera de combate al contrincante al que la chica de la capa había lanzado el Silencius poco antes.

Ella vino y se colocó en mi posición, y decidió mandar al traste mis intentos de hacer que nuestros enemigos fijasen su atención más en mí que en ella. Una cosa era segura: les estábamos cabreando. Y de pronto, el corderito volvió a transformarse en lobo. ¿Pero qué? Me permití mirar a la chica y dirigirle una mirada de orgullo. La verdad es que al principio me había parecido un impedimento, un estorbo. Y ahora... Ahora la cosa, dentro de la desigualdad, parecía estar algo más igualada. Eso era bueno. Además, contábamos con tres oponentes. Con que otro más se quedase fuera como el anterior, tendríamos aquello prácticamente hecho.

Fruto de la emoción del momento, no me dí cuenta de que el Glacius de la chica les había inmovilizado pero no incapacitado y no fue hasta que no vi, demasiado tarde, como uno le lanzaba un hechizo a ella, cuando me di cuenta. Observé durante unos instantes a la chica inmovilizada y, aunque una parte de mí quería agacharse a intentar librarla de las cadenas con las manos, otra parte sabía que era inútil porque eran mágicas y necesitaban su contrahechizo. Volviendo la vista al atacante de la chica, supe lo que tenía que hacer:

-¡Inmobilus!

En cuestión de segundos, el enemigo se quedó rígido como una tabla, proporcionando los típicos segundos de estupor en los dos restantes para darme tiempo a lanzarle el contrahechizo a la joven. Sus cadenas desaparecieron y tras girarme hacia ella, le tendí una mano para ayudarle a incorporarse.

- ¿Estás bien?

Volví la vista al frente y apenas tuve tiempo de agacharme para esquivar una teja lanzada por el enemigo que tenía delante. Cuando volví a levantarme, todavía con el corazón palpitando a mil por hora, le miré con cara de sorpresa y enfado, a lo que el otro respondió con risas burlonas. Vale, estaban cabreándome, y mucho. Y esta gente no me conocía cabreado... Pero no, Daniel, tranquilízate. Nada bueno sale de las mentes que lo piensan todo en caliente y actúan impulsivamente. Cerré los ojos unos segundos y, cuando los abrí, mi respiración ya se había calmado un poco.

Miré a los dos contrincantes que aún tenían capacidad para seguir aquello, con cara de pocos amigos.

- Os creéis muy graciosos. Siento aguaros la fiesta, chicos, pero Santa Claus no existe.

Los dos me miraron con cara de tontos, seguramente sin entender a qué venía aquello, pero pronto debieron pillarlo y me miraron (y para mi desgracia, le miraban también a ella) con cara de chupar limón. Durante un momento, todo estuvo en silencio. De pronto, uno de los dos se adelantó.

- ¡Obscuro!

Pese a que el callejón estaba oscuro y, normalmente, se veía mal, pasé de ver mal a no ver absolutamente nada. Todo se había quedado negro. Y yo tenía ganas de cargarme a alguien. Pero así, sin ver, ¿quién me decía que no estaba atacando a la chica?

- Mierda - se me escapó, mientras oía de coro las risotadas y burlas de mis contrincantes.
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Invitado el Jue Ene 02, 2014 9:18 pm

Las cadenas me estaban apretando cada vez más, por lo que era inútil intentar desprenderse de ellas, solo podían ser eliminadas con el correspondiente contrahechizo. Menos mal que tenía a un mago adulto en mi equipo, porque sino hubiera estado perdida. Los alumnos no conocíamos la mayor parte de los contrahechizos, solo barreras o escudos protectores. Antes de que mi compañero pudiera ayudarme se dedicó a eliminar a otro de nuestro enemigos, disminuyendo así las posibilidades de ser atacado mientras se dedicaba a liberarme de las cadenas mágicas. Con un inmobilus nos quitó otra amenaza del campo de batalla, y al instante me libró de mi prisión. -Si, perfecta. -dije frotándome los brazos, donde me había quemado la presión de las cadenas de hierro. -Gracias...-musité con algo más de timidez.

Rápidamente intenté salir de mi mundo, era más importante salir de allí entera que fantasear con el hombre adulto tan innegablemente atractivo que tenía al lado. Aquella firmeza y determinación para hacerlo todo, su mirada azul profunda...¡Alice sal del país de las Maravillas y vuelve al mundo real! Cogí la mano que me ofrecía sin dudar ni un instante y me levantó de un tirón, como si yo no pesara más que una pluma. No podíamos seguir distrayéndonos con ayudas, había terminar con esto ya.

Mi compañero parecía más furioso cada segundo que pasaba, su mirada no cambiaba de intensidad, pero el gesto en su cara denotaba una posible explosión de furia que esperaba que no me pillase de por medio. Viendo como luchaba no quería que uno de sus hechizos me pillasen de por medio y me dejasen inválida para el resto de mi vida. Sus bromas en voz alta solo parecían provocar la misma reacción de ira en los enemigos, lo cual me daba miedo. "Puede que él tenga la seguridad de que puede vencerlos, pero como le pase algo yo no voy a ser capaz de sacarle del apuro, debería limitarse a lanzar hechizos y dejar los comentarios para las tertulias..."

Fue pensar eso y escuchar como uno de los enemigos aún operantes conjuraba un "Obscuro". Como acto reflejo me cubrí con mis brazos, pensando que eso me libraría de los efectos. No sentí nada en mi, y al retirar los brazos y alzar la vista me di cuenta que yo no era la destinataria, sino el hombre que me ayudaba. Los enemigos se reían a la vez que yo me giraba para verle totalmente cegado. Un sudor frío me inundó el cuerpo, ¿que se suponía que tenía que hacer ahora yo?

-Podéis despediros, parejita. Estáis acabados. -oí decir a uno de ellos mientras elevaba la varita en nuestra dirección. Como ya había dicho, yo trabajo mejor bajo presión, y una idea se me cruzó por la mente justo a tiempo de salvar el pellejo. Me adelanté rápidamente y me situé justo delante del chico cegado, como tratando de protegerle con mi cuerpo. La escena resultaba graciosa teniendo en cuenta que me sacaba casi dos cabezas, pero lo que no se esperaban los enemigos es que realmente yo fuera capaz de protegerle. -¡Aura! -hechicé en voz alta al tiempo que un escudo blanquecino nos protegía del siguiente hechizo enemigo. Agarré como pude a mi amigo de la chaqueta para que no saliera donde pudieran alcanzarle. Pero de nuevo el sentimiento de incomodez por su parte me hizo distraerme y mi magia dejó de protegernos.

El segundo que tenía para pensar una nueva estrategia fue el suficiente para que el enemigo me derribase con un hechizo no verbal, que me lanzó varios metros hacia atrás hasta que choqué contra un muro. Un fuerte dolor me invadió por todo el cuerpo, pero no podía rendirme, no ahora que estaba tan cerca de la victoria. Me levanté lo más rápido que pude y me volvía  acercar a mi compañero. Si hubiera podido quitarle aquella venda mágica de los ojos, lo habría hecho, pero no conocía el contrahechizo. Aún así, creía poder sacarnos a los dos de aquella.

-No me sueltes. -dije, volviendo a agarrar su mano a pesar de sus sentimientos. Era la única opción para guiarle a ciegas. -Cuando te avise corre, yo te guiaré. Confía en mi. -le di las instrucciones y no malgasté ni un segundo más por miedo a volver a recibir otro hechizo. Levanté por última vez mi varita y conjuré con toda la fuerza que había en mi interior, confiando en que fuera suficiente. -¡Confundus! -el hechizo fue directo a los dos enemigos que quedaban en pie, dejándolos como recién salidos de una montaña rusa. -¡Ahora! -le señalé a mi compañero mientras echaba a correr como alma que lleva el diablo. Empezamos a subir juntos las escaleras, a toda velocidad. Tuve tiempo suficiente como para echar la mirada atrás y ver que lo había hecho bien. No nos seguían, estábamos a salvo.
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Invitado el Jue Ene 02, 2014 11:13 pm

El ataque hacia mi compañera me pilló totalmente desprevenido pero por suerte, pude reaccionar como debía y decidí contratacar antes de centrarme en librarle a ella de las cadenas mágicas que habían invocado en torno a ella. Le ofrecí la mano para incorporarse (no se me escapó que parecía mirarme demasiado intensamente, lo cual me ponía algo nervioso).

Al igual que crecía mi enfado, también lo hacía el de nuestros contrincantes, que ya habían disminuido a la mitad de los que habían sido en un principio. Decidí contestarles con una burla como las que, anteriormente, nos habían estado diciendo ellos. Pero entonces uno de los dos movió ficha antes de que nadie se diese cuenta. Y todo se quedó oscuro.

Mi primer instinto fue atacar, algo gordo que pusiese punto y final a aquella tontería. Probablemente es lo que habría hecho de haber estado solo. Pero no lo estaba. La chica de la capa azul estaba junto a mí (o delante, o detrás,... ¿Cómo saberlo? Era imposible), y si atacaba tenía las mismas opciones de dar a uno de ellos o de darle a ella. De hecho, era más probable que mi tiro fuese a ella que a quien tenía que ir. Y seguro que, para mi suerte, no era lo suficientemente mayor como para saber el contrahechizo. Yo lo sabía pero ¿cómo gasta mi tiempo ahora, un tiempo que podía ser crucial, en aquello? No podía ser. ¿Pero entonces...?

Oía, sin enterarme del todo, las voces de los enemigos a mi alrededor, las risas, pero no oía a mi compañera. Sin soltar la varita, moví los brazos a los lados tratando de palparla, de notarla, para asegurarme de que no le hubiesen hecho daño. Noté su cuerpo delante del mío (o el que supuse que era su cuerpo) justo antes de oír como exclamaba un hechizo. Me permití sonreír, más relajado, unos instantes. Aura. Un hechizo protector. Definitivamente, la chica sabía lo que hacía. Mi sonrisa se borró cuando noté como me agarraba (y bien agarrado) de la chaqueta. Era ciertamente incómodo y... no estaba bien. Siempre que lo hacía, el rostro de Lenore, su sonrisa, sus ojos brillantes, llenos de vida, y el timbre de su voz al reírse venían a mi cabeza. Ella también me agarraba así cuando...

En ese instante, noté una ráfaga de viento a un lado y como la chica había dejado de agarrarse a mí. Unos segundos después, un golpe seco. Por lo general soy un hombre tranquilo, pero en esas circunstancias no pude evitar sentir un poco de pánico. No quería ser el responsable de otra desgracia, no otra más...

- ¿Estás ahí? - exclamé, con la voz levemente temblorosa por los nervios y el miedo de que le hubiese pasado algo - ¿Hola? ¿Chica? - No tenía ningún nombre por el que llamarla, así que usé la palabra genérica que valía para todas las personas del sexo opuesto al mío- ¿Estás bien?

En ese momento, noté como una mano me agarraba fuertemente de la mía. Otra vez... Mi primer impulso fue librarme de ella, pero ella me ordenó que no lo hiciese, que me guiaría para sacarnos de allí. Dejé de intentar librarme y asentí secamente con la cabeza. No podía evitar sentirme incómodo ante semejantes gestos. Eran cosas que hacía ocho años que no experimentaba y que no veía posible volver a experimentar con nadie más. Que alguien desconocido me tratase era... desconcertante, como mínimo.

La chica que me agarraba la mano lanzó un confundus con todas sus fuerzas (¿en serio le queda voz después de semejante grito?) y me apremió a que corriese, guiándome ella por delante, sin soltar mi mano. Noté como subíamos los escalones que antes habían estado bloqueando nuestros enemigos, y un par de veces tropecé con un par de ellos por no poder verlos, pero la mano y la guía de la chica me impidieron caerme al suelo. Corrí detrás de ella todo lo deprisa que pude, pues notaba que si perdía ritmo me quedaría atrás. Tras unos angustiosos minutos, debimos llegar al final de las escaleras, pues paramos e inconscientemente me agaché, apoyando las manos en las rodillas, para recuperar la respiración. Todavía tenía la varita firmemente cogida en una de mis manos, pero aún no estaba completamente seguro de si debía soltarla. Mejor esperar unos minutos por si acaso (aunque una voz en mi cabeza, burlona, no hiciese más que decirme que a quién podría atacar, si no podía ver lo que tenía justo ante mis narices).

- ¿Estamos solos? - pregunté entre jadeos, girando la cabeza hacia donde mi mente se imaginaba que ella debía de estar, y añadí - Gracias.
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Invitado el Vie Ene 03, 2014 2:28 pm

Subimos las escaleras a toda velocidad, con miedo de ser alcanzados por nuestros enemigos, pero al parecer mi hechizo había sido lo suficiente potente como para que no pensaran en venir tras nosotros. No me podía creer lo que había acabado de suceder, y mucho menos que los dos siguiéramos vivitos y coleando. Bueno, casi vivitos y coleando, yo tenía un par de magulladuras en los brazos y fuerte dolor en la espalda, y mi compañero no veía tres en un burro. Así que podíamos conformarnos con el vivitos.

Cuando terminamos la larga caminata escaleras arriba (esperaba que no fueran las escaleras al cielo, porque madre mía, era eternas) paramos exhaustos a descansar. Los dos estábamos agotados, y a mi compañero parecía haberle costado seguirme el ritmo. "Ya no eres un jovenzuelo eh...", pensé divertida, pero no me atreví a decirlo en alto. A pesar de haberme ayudado no estaba segura de que fuera un hombre muy cariñoso, y que mucho menos aceptara bromitas sobre su edad. No quería un "Vete a la mierda cría", no todavía, eso podía esperar a cuando realmente estuviera hasta las narices de mi.

-Será mejor que nos movamos un poco, por si suben a buscarnos. -dije mientras le tiraba de la chaqueta para moverle y escondernos en el primer callejón que encontré a la derecha, no quería arriesgarme a tener que volver a usar la varita, ni ella ni yo dábamos más de sí. Eso sí, este callejón no estaba lleno de ratas, ojos arrancados y magos oscuros que te atacan porque sí. Simplemente estaba vacío. -¿Estas bien? Lo siento, esto ha sido mi culpa. -dije, soltándole de la chaqueta por la ya comentada incomodidad que provocaba en él.

Empecé a dar vueltas mientras pensaba, teníamos un único problema bastante gordo, y era que yo no conocía el contrahechizo para que pudiera volver a ver la luz del día. Seguramente él estaba pensando en quienes eran los que nos habían atacado y porque lo habían hecho, pero eso no tenía nada que ver conmigo. Yo no tenía ni idea y podía jurar ser inocente.

-Por cierto, me llamo Alice. Creo que no he tenido oportunidad de decírtelo. -comenté, como si ese fuera el momento más oportuno para las presentaciones. Me desate la capa y me libré de la capucha, me estaba muriendo de calor de la carrera que acabábamos de pegarnos. -Si me dices lo que tengo que hacer, te ayudaré, pero no me gustaría dejarte más ciego de lo que ya estas. Si quieres te acompaño a casa. -Normalmente la socorrida era yo, y tener que ser ahora el punto de apoyo de otro me estaba resultando muy complicado. Sabía por experiencia propia que los efectos se pasarían en un par de horas. Menuda inútil me sentía.
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Invitado el Vie Ene 03, 2014 4:41 pm

Lo que sucedió después del Obscuro que me lanzó mi enemigo fue digno de una película de acción. En menos que canta un gallo, la chica de la capa me había agarrado de la mano y tiraba de mí escaleras arriba, guiándome hacia la salida. Había aturdido a nuestros enemigos y estos se habían quedado atrás, pero aun así no pude evitar preguntarle, una vez nos detuvimos, si estábamos a salvo, si nos habían dejado de perseguir. Pero, lejos de soltarme, me agarró de la chaqueta y tiró de mí hacia no sé dónde debido a que, según ella, aún podían seguir buscándonos. Así que estamos escondidos... ¿Pero dónde? ¿Habíamos salido ya del callejón Knocturn? Y aun así, pese a todos los interrogantes (unidos al de: ¿quién narices eran esos tipos y por qué parecían estar esperándonos?), no podía evitar dejar de pensar en la chica y yo. Nos imaginaba en cualquier callejón, cerca el uno del otro. No ayudaba el hecho de que escuchase su respiración, aún algo jadeante, cerca de mí. La chica pareció notar mi incomodidad, pues me soltó la chaqueta y se disculpó. Eso me hizo sentirme más incómodo en cierto modo, pues ella no tenía la culpa.

- No lo sientas. Soy yo quien debería disculparse. - No entré en más detalles de como ni por qué, pero esperaba que fuese suficiente. Sencillamente, aún no estaba listo para tomarme esas confianzas con las mujeres. Que ellas se las tomasen conmigo, como la chica de Honeydukes, Danny, o esta otra de la capa azul, se trataba de lo más normal del mundo... pero yo qué le iba a hacer si era así de especial. Aún no estaba listo para eso. Pero, como la voz en mi cabeza se encargaba amablemente de decirme, ¿volvería a estarlo alguna vez?

Aunque no veía nada, por el temblor del suelo provocado por las pisadas, supe que la chica estaba caminando de un lugar a otro. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda. Ahora se para. Y después derecha. Después izquierda. Después derecha... Seguramente estuviese pensando qué hacer ahora. Seguramente se hubiese perdido y no quisiese decirlo en voz alta para que no cundiese el pánico. O quizá veía acercarse a los malhechores y, con mi incapacidad, no sabía como reaccionar. Pero eso no podía ser. Había sido capaz de pensar acertadamente y sacarnos a los dos de aquel lugar, cuando ella era quien, al principio, había buscado mi ayuda. Ella no debería haber terminado en el callejón Knockturn, pero había sido lo suficientemente inteligente y hábil para poder escapar de él. No me cabía duda que sabría volverlo hacer otra vez más. ¿Verdad?

- Daniel - respondí con sencillez y tono neutro cuando ella me dijo como se llamaba. Después de decirme su nombre, la chica, Alice, se ofreció amablemente a ayudarme, o incluso a llevarme a casa. Traté de controlar mi expresión para que mis sentimientos no me delataran y ella no pudiese sentirse ofendida - Eres muy amable, Alice, pero no será necesario. Pero sí necesito tu ayuda para asegurarme de estar apuntándome con la varita a los ojos en lugar de a... - iba a decir una grosería, pero me corregí a tiempo - cualquier otro sitio. - Sí, así definitivamente mejor.

Con la varita aún en mi mano, me apunté a los ojos (o confié en estar haciéndolo, pues esperaba que de no ser así, Alice me lo dijese) y formulé el contrahechizo de forma no verbal. Al instante, noté una fuente de calor en mis ojos. Al principio era reconfortante pero después resultó algo molesto. Notaba como los ojos me escocían, así que los cerré. Y de pronto... nada. Abrí los ojos lentamente y parpadeé un par de veces, enfocando la vista y librándome del escozor. Al fin, distinguí una figura femenina, una chica bajita, pelirroja y con capa azul. Sonreí, aliviado.

- Estupendo - murmuré, más para mí mismo que para la chica. Y añadí, en tono de broma - Hola Alice, cuanto tiempo sin verte.

Reparé que aún tenía la varita en mi mano y me la guardé en el bolsillo del que había salido al principio. Eché un rápido vistazo alrededor, algo que solo sirvió para reparar de nuevo en que estábamos ella y yo solos, ocultos en el oscuro callejón. Inquieto, me moví de mi posición, inspeccionando el pedacito de oscuridad que nos envolvía dentro del callejón. El caso era distraerme, y lo conseguí. Unos minutos después, me detuve de espaldas contra la pared y me apoyé, visiblemente más tranquilo, más yo.

- Si a estas alturas no han venido a buscarnos, es que no han podido seguirnos. Por cierto, bien hecho allí abajo. Para necesitar mi ayuda, te desenvuelves muy bien tu sola bajo presión. - Cuando hay motivo para dedicarle a alguien un cumplido, yo soy el primero. Y esa chica, Alice, se lo merecía. Si de aquí a que nos fuésemos no me agarraba como Cheetah otra vez, quizá le mandase una caja de grageas o una rana de chocolate como regalo de agradecimiento. Danny, la chica del otro día, había reparado en la monstruosa cantidad de dulce que me llevaba... pero yo no me di cuenta hasta que llegué a casa y me quedé sin sitio para guardarlo todo. A ella le había mandado ya una caja de grageas, una a la que no tendría que encontrar un sitio que no tenia en casa. Y, con el dulce que aún tenía, podía incluso hacer un catálogo para que pidiese vía lechuza (menos mal que Danny no está aqui y tampoco puede leer mentes, que yo sepa...).

Al volver a mirar a Alice me di cuenta de que, aunque hubiese sabido sacar su fuego interior, al principio había estado muerta de miedo. ¿Y si había sacado su valor a raíz del miedo? Seguro que le dejaba sola y se pondría a temblar, o casi, no parecía ser la típica Gryffindor. Tampoco tenía pinta de Slytherin. Y por su aspecto inocente, y su osadía/insensatez de ponerse una capa como aquella en un sitio como aquel... tampoco me parecía muy Ravenclaw. ¿Era posible que fuese de la misma casa que Danny? Desde luego Hufflepuff es una casa variadita, pero...  Suspiré. Probablemente tuviese razón y estuviese muerta de miedo. Probablemente no se quedaría tranquila hasta que estuviese con alguien de confianza. Sin saber si después, cuando desapareciese la chica de la capa y reapareciese el monito abracitos, me arrepentiría de mis palabras, giré la cabeza hacia ella y le pregunté:

- Si te quedas más tranquila, puedo acompañarte a casa. Ya sabes, si quieres.
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Invitado el Vie Ene 03, 2014 7:25 pm

El hombre se presentó, en el típico tono seco y frío que empezaba a descubrir que le caracterizaba. "Daniel, que se me olvide...", me recordé mentalmente. Tengo una memoria horrible, posiblemente me trataba de la reencarnación de Dori, pero en este caso trataría de acordarme por si no me lo volvía a repetir. Ahora que empezábamos a calmarnos me daba cuenta de lo mucho que imponía a pesar de todo. no solo por su atractivo, sino por su condición física y su altura, me habría asustado mucho de ser él uno de los que me atacaban y no el que estaba en mi propio bando. Estuve a punto de soltar la típica broma de "Oye guapo, ¿vas al gimnasio?", pero me mordí la lengua. Quedaba muy feo viniendo de una cría como yo, el podría ser mi padre, o eso creía. Tampoco me había aventurado a preguntarle la edad, ya la soltaría el solito en un descuido.

Rechazó con algo de incomodez, o eso parecía, mi propuesta de acompañarle a donde fuera que viviera. En lugar de eso me pidió el favor de que le ayudase con la varita para no lanzarse el hechizo al lugar equivocado. -Vale, tranquilo. ¿Crees que si te equivocases de lugar te saldrían ojos donde lanzaras el contrahechizo? Sería divertido... -comenté, como siempre, yéndome por las ramas. ¿Que pregunta estúpida era esa? no me extrañaba que ni se hubiera molestado en contestarla, me extrañaba que no me hubiera mandado a la mierda ya. Le ayudé a apuntarse a los ojos y se hechizó a si mismo.

Aunque al principio parecía que le costaba ver, finalmente pareció enfocar y me dedicó una mirada. Estaba segura de que en aquel momento, calmada y sin la capucha haciéndome parecer una marciana, me veía mucho más...cría, niña, renacuaja. -Hola Daniel, ¿te encuentras mejor? ¿Te duele algo? -comenté en tomo amigable levantando una manita a modo de saludo. A mi el dolor de la espalda se me pasaría en cuanto le pidiera a Danny que me pusiera sacos de arena caliente en los lumbares, pero no sabía si él había tenido algún otro golpe desafortunado.

Me asomé por unos segundos por la esquina del callejón para comprobar que no había nada raro y al instante volví. Viendo que ya había pasado todo, guardé mi varita de nuevo en el pliegue de la falda. Era mejor sitio que el calcetín, se me acababa colando por la zapatilla y clavándome en el tobillo. Aquellas malditas varitas se astillaban, aunque pareciera mentira. Pero la mía y yo eramos buenas amigas de batalla, me dieron ganas de decirle "bien hecho", pero lo que me faltaba era ser también la loca que hablaba con las varitas. ¡Alice, la chica que susurraba a los palos! Todo muy lógico.

Daniel me felicitó por mi comportamiento, lo cual me sorprendió gratamente. No me lo esperaba de él, así que me sonrojé levemente. Yo sabía que funcionaba mejor bajó presión, pero no me había visto nunca capaz de hacer eso. Al fin y al cabo yo era una chica que se dedicaba bastante a sus estudios, pero no tenía a Snape&Co. como tan buenos profesores, hasta ahora. "Lo habéis hecho bien conmigo, para que luego me tengáis todo el día entre broncas...", les dediqué mentalmente una reprimenda. ¡Ya podían estar orgullosos! -Necesitaba tu ayuda para salir, nunca dije que fuera mala maga. -comenté en tono de dramático y presuntuoso, con una sonrisa torcida en la cara. -Más te vale no volver a tratarme como una niña, te acabo de salvar el culo. -comenté señalandole con la mirada. Se lo recordaría todas las veces que pudiera, incluso siendo consciente de que sin él todavía seguiría allí abajo a saber en que condiciones. Lo que fuera por molestar, era lo que las niñas hacíamos.

De todas formas mi fuego interior solo salía en aquel tipo de situaciones, en mi día a día nunca había sido capaz de protegerme de un Sly, siempre me había quedado en una esquina, muerta de miedo, esperando a que alguien me ayudara. Ahora que sabía que era más poderosa de lo que creía, les pensaba patear el culo la próxima vez que se metieran conmigo. Aunque sería más compasiva que con los magos de hoy, iban a empezar a respetarme. (Todo mentiras, luego llegaría al colegio y tendría que volver a esconderme protegiéndome de una sartén voladora que pretende abrirme la cabeza, bienvenidos a mi vida).

La proposición del chico de acompañarme me dejó fuera de lugar, sabía que lo estaba haciendo por cortesía, y yo no era quien para obligar a nadie a nada. Ya bastante le había molestado. -No te preocupes, no tienes porqué. Paso las vacaciones en Hogwarts. Se ir sola desde aquí, ya hemos tenido bastante por hoy. -comenté en el tono amable y simpático que me caracterizaba. -¿Tu sabrás llegar a casa? -le dije con un guiño, terminando con una risita. -Espero que nos veamos en otra ocasión. Ya sabes, sin peleas, algo más relajado. -le pregunté justo antes de irme. Luego me volví a abrochar la capa y levanté la mano a modo de despedida. Le habría dado un abrazo, pero vistas sus anteriores reacciones no me atrevía. -Adiós, Daniel. Cuídate mucho.-musité, y a los pocos segundos salí del callejón y me perdí entre la multitud de la calle. Había sido un día muy largo, ¡y al final no había comprado nada!
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